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Ayau no estará en Doha

Nunca conocí a Manuel Ayau. De hecho, ni siquiera pude asistir a la Cena de la Libertad en 2008, cuando el Instituto le premió con el galardón a una Trayectoria Ejemplar en Defensa de la Libertad. Siempre me ha dado la sensación de que me había perdido algo realmente especial y la lectura de sus libros y artículos acrecienta este efecto. Además, mis compañeros del IJM que le trataron hablan maravillas de él y a mí me queda la frustración propia del que sabe que pudo haber conocido a un hombre excepcional y no lo consiguió por poco.

Pensaba en todo esto el otro día, mientras repasaba un pequeño librillo de apenas una docena de páginas que me dejó Mayra Ramírez a su paso por Madrid. Mayra es una guatemalteca excepcional que trabaja en la Universidad Francisco Marroquín y vino a visitarnos hace un mes para presenciar la entrega del premio de este año a Giancarlo Ibargüen y para ofrecernos su ayuda, su alegría y su extraordinaria capacidad organizativa.

El cuadernillo es un trabajo precioso que, a modo de homenaje, realizaron los miembros de la Marroquín en 2010, al poco de fallecer Manuel Ayau. Como resumen de lo mucho que hizo este enorme liberal, han mezclado fotos de su gran obra (la Universidad) con algunas de sus frases más inteligentes.

Dos de ellas están dedicadas, seguramente no por casualidad, al comercio internacional. Ayau nos descubre algo evidente, pero de lo que no nos percatamos siempre que leemos titulares como “Rusia eleva los aranceles a los productos españoles” o “EEUU protege su industria del acero con nuevas tasas” o “Los Veintisiete acuerdan mantener los cupos de importación de productos agrícolas”. Lo que don Manuel nos recuerda es que “en las discusiones sobre comercio internacional parece olvidarse que quienes intercambian no son los países, sino las personas”.

Los políticos, como casi siempre, toman la parte (sus intereses) por el todo (los ciudadanos) y se envuelven en la bandera nacionalista para justificar el proteccionismo más absurdo y antieconómico. En 2001, se constituyó la Ronda de Doha con la promesa de ser el impulso definitivo hacia la supresión de las barreras comerciales internacionales. Diez años después, las conversaciones siguen en un punto muerto. Hace unos días, se supo que quizás la solución sea cerrar un acuerdo de mínimos que no satisfaga a nadie, pero que permita defender que se ha llegado a un consenso. Es decir, los políticos se harán la foto de rigor y lo celebrarán con una gran fiesta y declaraciones grandilocuentes. Mientras, los productores, los consumidores y los empresarios de todo el mundo lamentarán que los intereses de unos pocos grupos de presión se hayan impuesto a los de la gran mayoría de la humanidad.

En 2008 se reunió en la capital de Dinamarca un grupo de economistas convocados por Bjorn Lomborg. No eran especialmente liberales, pero sí eran inteligentes y estaban dispuestos a pensar en soluciones sencillas para ayudar a los más pobres. Su objetivo era repartir un presupuesto de 75.000 millones de dólares en medidas contra la miseria. El resultado de su trabajo se denominó Copenhague Consensus e incluye programas de entrega de vitaminas, mejora de las redes de agua o ayudas a la escolarización. No estoy de acuerdo en todas sus conclusiones, pero su planteamiento y su forma de trabajar me pareció mucho más interesante que las grandes campañas de ayuda al desarrollo con la que malgastan nuestro dinero los gobiernos occidentales.

Pues bien, la segunda medida más eficaz para luchar contra la pobreza (en mi opinión, sería la primera de la lista), la que menos costaría aplicar y la que más beneficios económicos aportaría cada año es liberalizar el comercio mundial. Según sus cálculos, el coste sería cero y sus beneficios serían de más de 3 billones de dólares anuales en todo el mundo, aunque el 80% de esa cantidad redundaría en el bien de los países más pobres. Me encanta dar esta cifra porque los que llegaron a ella eran una mezcla de economistas de todo tipo y condición (liberales, socialdemócratas…). Existe un consenso generalizado en que el mejor impulso que podría recibir el mundo para salir de esta crisis sería abrir las fronteras y dejar que, como explica Ayau, “las personas” intercambien allí donde “los países” (los políticos) no son capaces de hacerlo.

Un par de páginas más atrás, ese pequeño librillo que me entregó Mayra, tan breve como valioso, me ofrece otra cita de este guatemalteco genial, que veía con preocupación y tristeza cómo su propio país no era capaz de salir de la trampa del subdesarrollo: “Que el intercambio libre sea tan poco comprendido y apreciado constituye, sin duda, una de las principales causas de la pobreza que todos lamentamos”. No tengo nada que añadir. Es una lástima, pero me da la sensación de que tampoco los que han estado, están o estarán en Doha (o donde quiera que se reúnan para la firma final) conocieron a Manuel Ayau.

Una alucinación compartida

En realidad se trata de un “concepto, imagen o representación sin verdadera realidad, sugeridos por la imaginación o causados por engaño de los sentidos”. Es decir, una alucinación.

Al parecer “los mercados financieros imponen el desmantelamiento del Estado del bienestar en busca de unos beneficios desmesurados”; “los poderes financieros cuentan con nuestra soledad y nuestro miedo. Sus amenazas intentan paralizarnos, privatizar nuestras conciencias y someternos a la ley del egoísmo y del sálvese quien pueda”. Lo de la privatización de las conciencias es una memez de gran calibre que los retrata perfectamente. Se presentan en plan victimista como solos y asustados, cuando se los ve sistemáticamente como masas muy animadas.

No está claro cómo esos mercados, que no tienen ni armas ni ningún representante, pueden someter, amenazar o imponer nada a nadie: quizás lo que pasa es que hay ahorradores que se niegan a seguir prestando a derrochadores e insolventes, lo cual no es nada extraño ni escandaloso; más que buscar beneficios desmesurados, que la deuda pública no suele proporcionar, probablemente se conformen con no tener que asumir riesgos de pérdidas abultadas.

El mal llamado Estado del bienestar sigue vivito y coleando con mínimos cambios cosméticos, por mucho que algunos histéricos se empeñen en que está siendo desmantelado. El que estos activistas critiquen que el Gobierno socialista ha recurrido a “degradar los derechos públicos y las condiciones laborales” hace sospechar que hay muchos en la progresía que maman de esos presuntos derechos públicos (antes llamados “sociales”), y que disfrutan de condiciones laborales no acordes con su escasa productividad gracias a las múltiples prebendas sindicales. Tal vez defienden los servicios públicos porque están cómodamente instalados en ellos. Piden una economía sostenible, pero la sostenibilidad financiera no parece estar entre sus principales preocupaciones.

Critican “un sistema cada vez más avaricioso, que desprecia con una soberbia sin barreras la solidaridad internacional y la dignidad de la Naturaleza y de los seres humanos”. Observen la desvergüenza de criticar rasgos morales del sistema, que no es un agente moral, en lugar de mencionar personas concretas con estas graves taras éticas. Y fíjense como la naturaleza se ennoblece con mayúsculas que no merecen los seres humanos.

Nadie prohíbe la solidaridad ni promueve el egoísmo del sálvese quien pueda: algunos nos limitamos a pedir que la cooperación no sea coactiva, que sea un acto libre. El que me obliga a ser solidario con sus problemas viola mi libertad y además quizás sea un parásito caradura que quiere vivir a costa de los demás. Estos ilusos ilusionados no aspiran a construir redes voluntarias de ayuda mutua: lo que pretenden es que nadie pueda negarse a participar en sus descabellados proyectos colectivistas.

Creen ser los únicos con principios y que luchan contra la injusticia. Y aseguran que “todo es posible”: qué bonito e ilusionante. Pero va a ser que no, que hay cosas imposibles, y resulta que el socialismo es una de ellas: un engaño compartido.

Los servicios de protección en el anarco-capitalismo

Uno de los problemas clásicos del anarco-capitalismo, quizá el problema por excelencia, es el cumplimiento de las normas. No se olvide que el servicio público por excelencia, aquel que aceptan los liberales clásicos para el Estado mínimo, es precisamente la provisión de servicios de justicia y protección. Es la causa original del Estado: despojémonos de la posibilidad de ejercer la violencia y otorguémosla todos a esta entidad como única forma realista de convivir.

¿En qué consisten los que llamo servicios de justicia y protección? Son aquellos que nos permiten asegurar que se cumplen los contratos y que se respetan nuestros derechos de propiedad. En una sociedad anarco-capitalista, ninguna de estas circunstancias se puede dar por supuesta, como tampoco el suministro de agua o que dispongamos de ropa. La forma concreta en que estas necesidades se satisfagan es asimismo imprevisible para la teoría económica. Lo único que sabemos es que existe tal necesidad (por la observación empírica) y que es el libre mercado el mejor mecanismo para garantizar su satisfacción (por la teoría económica).

Dicho esto, lo primero que cabe decir es que el coste de estos servicios habrá de ser asumido por los beneficiarios de los mismos. Dicho de otra forma, el coste de defender mi propiedad me corresponde a mí únicamente, y no debería poder imponérselo a la sociedad, como de hecho ocurre en presencia de Estado. Lo mismo cabe decir de los costes asociados a la vigilancia y cumplimiento de un contrato.

Si analizamos ahora la decisión del individuo, básicamente confronta dos posibilidades: 1) auto-suministrarse los servicios de protección; 2) contratar con un tercero dichos servicios. Esta decisión no ofrece peculiaridades respecto a otras decisiones del individuo, y se tomará en función de su análisis coste-beneficio subjetivo. Por ejemplo, normalmente no defendemos nuestro billetero mediante un escolta privado; según el valor que demos a nuestro vehículo, somos más o menos reacios a dejarlo en la calle…

La casuística es, como suele ocurrir, muy variada. Por un lado, tenemos a los traficantes de drogas, que se confeccionan su ejército privado para defender sus propiedades (de hecho, muchas grandes empresas tienen sus propios servicios de seguridad) y hacer cumplir sus contratos, en un ejemplo de "tomarse la justicia por su mano"; por otro lado, existen individuos sin propiedad alguna que defender, y que no precisan este tipo de servicios.

Una vez el individuo decide cómo suministrarse los servicios de protección y justicia, surge la pregunta decisiva: ¿cómo se solucionan los conflictos entre individuos? ¿Será siempre por la fuerza? Y de nuevo nos vemos abocados a un análisis coste-beneficio, a realizar en este caso probablemente por empresas especialistas en el suministro de servicios de protección.

Y es que el uso de la fuerza es también costoso. Alguien con un ejército privado puede tratar de apoderarse de los bienes de mi casa, y seguramente lo conseguiría a la vista del servicio de protección que yo me puedo permitir. Es evidente que este acto suyo no es legítimo, pero también lo es que el coste que le supondría el allanamiento de mi morada con sus mercenarios es muy superior al beneficio que obtendría de mis bienes robados. En estas condiciones, parece que ese robo le habrá salido deficitario.

Para compensar los costes de la fuerza, deberá invadir con su ejército propiedades mucho más valiosas que mi casa, las cuales, precisamente por ello, estarán mejor protegidas. A su vez, esto tenderá a hacer crecer los costes de la fuerza necesaria, hasta posiblemente hacer indeseable la invasión en caso alguno.

En estas condiciones de libre mercado, ¿es realista pensar que un individuo va a invertir sus recursos en hacerse con un servicio de protección tal que le permita violentar las propiedades de otros? ¿No creerá que es mejor dedicar dichos recursos a actividades que generen riqueza, la forma más segura de ganar dinero en el mercado no intervenido, en vez de a tomarla por la fuerza?

Aún asumiendo que, por las razones expuestas, no es eficiente para los individuos el uso de la violencia para conseguir sus fines en el libre mercado, sigue existiendo la posibilidad de conflictos por así llamarlos legítimos, en que cada parte cree tener la razón. ¿Se habrá de dirimir dicho conflicto por la fuerza?

Ya se ha dicho que el uso de la fuerza tiene un coste elevado, por lo que las partes tenderán a evitarlo si les es posible. La solución en este caso es acudir de común acuerdo a un juez o a un árbitro, y aceptar el dictamen de este sujeto como vinculante. Como digo, harán eso a priori, al percibir que la solución por la fuerza les puede resultar más costosa.

Pero, claro, una vez dirimido el litigio, la parte perdedora puede tener poderosos incentivos a retomar al uso de la fuerza para evitar las consecuencias de la sentencia. ¿Cómo se evita esto en el anarco-capitalismo? En principio, lo normal es que los individuos en conflicto tengan contratados los servicios de protección con un tercero, por lo que serían estas empresas especializadas las que, en todo caso, tendrían que usar de la fuerza para dar servicio a su cliente. Y no cabe duda de que, ante las perspectivas del alto coste de este uso, la iniciativa empresarial encontraría vías mucho más baratas para solucionar este hipotético problema, como demuestra la teoría económica.

En suma, las reflexiones anteriores apuntan a que la consecución del respeto a los derechos de propiedad y a los contratos pactados no sería un problema insoluble para el anarco-capitalismo. Como, por cierto, no lo es la provisión de ningún otro servicio tendente a satisfacer las necesidades de los individuos. Por mucho que se empeñen los defensores del Estado, no hay razones irrefutables para pensar que los servicios de protección y justicia sean intrínsecamente diferentes a los otros productos y servicios que proporciona el mercado, ni, por tanto, que se hayan de extraer del ámbito benéfico del mismo.

El samaritano ecologista

Con este juego de palabras quiero hablarles de las dos últimas conferencias del Ciclo sobre Economía y Liberalismo que ha organizado el Centro Covarrubias en colaboración con el CEU y la ACdP (y del que ya hemos hecho aquí mismo algún comentario anterior).

Pues bien, a lo largo de este mes de junio tuvimos la ocasión de escuchar a dos grandes comunicadores de nuestro Instituto: Carlos Rodríguez Braun y Gabriel Calzada. El primero nos expuso, con ese estilo suyo tan ameno, una particular lectura de la conocida parábola del buen samaritano: desde una perspectiva liberal, explicaba los distintos personajes que aparecen en este episodio bíblico. La conclusión más interesante podría ser una nueva insistencia sobre la importancia que tienen las acciones individuales en la organización social. Más allá de estados providencias y bienestares sociales que se mantienen por una gestión pública tantas veces ineficiente (y hoy a punto de la bancarrota), Rodríguez Braun insistía en la vuelta a la responsabilidad personal como método más eficiente de cohesión social. El samaritano ayudó al herido por una decisión libre de su conciencia; cosa que, jugando un poco a la historia-ficción, hoy seguramente no pasaría porque todos pensamos que "ya habrá quien se ocupe de él". Es el efecto perverso de la beneficencia pública: que ahoga cualquier respuesta de solidaridad personal.

Sobre esta conferencia ha aparecido un excelente comentario en Religión en Libertad, donde también se recuerda otra brillante sugerencia hipotética de nuestro Catedrático: ¿qué hubiera pasado de haber un Centurión romano controlando la gestión sanitaria y el auxilio social?.. De nuevo, jugando a conjeturar, no cabe duda de que el pobre herido habría muerto abandonado a su suerte: a ver qué judío, samaritano o galileo, se iba a arriesgar al control de un estado invasor y biempensante.

Hablando más en serio, lo que sí podemos avalar históricamente es el gran desarrollo que siempre ha habido en las iniciativas de solidaridad individual. Las personas y las instituciones privadas han puesto en marcha a lo largo de los siglos increíbles ejemplos de hospitales, escuelas o asilos que se mantuvieron al margen del erario público gracias a una ayuda desinteresada. Hasta que el Estado, ese centurión socialdemócrata, las ha ido marchitando a través de leyes, desamortizaciones confiscadoras y todo tipo de intervencionismo (por ejemplo, el sistema actual de los conciertos educativos en España). Así nos va.

La clausura del referido Ciclo tuvo lugar el pasado martes, con una también entretenida sesión de Gabriel Calzada sobre Medioambiente, liberalismo y cristianismo. Aunque para nuestros lectores resultan bien conocidos todos esos argumentos que destapan la falacia del ecologismo intervencionista, siempre es bueno recordar tantos disparates que se han venido extendiendo a propósito del cambio climático, las alarmistas y rabiosamente equivocadas previsiones del Club de Roma, los errores sobre la deforestación y los parques naturales, o toda la cercana política sobre energías renovables, tan sectaria como engañosa. No hay que perder de vista que detrás de esa careta ecológica muchas veces encontramos un misticismo, bastante ridículo en sus planteamientos, de culto a la Pachamama y, por lo general, muy intolerante respecto de otras opiniones (no puedo dejar de citar aquí el reciente comentario de Pablo Carabias sobre las supersticiones contemporáneas).

Precisamente, Gabriel Calzada recordaría al comienzo de su intervención la postura más razonable que se propone desde la inspiración judeo-cristiana: tal como se explica en el Génesis, el hombre fue creado para "llenar la tierra y sojuzgarla". El rey de la creación adquirió el dominio sobre animales y plantas, para desarrollarse como criatura especialmente querida por Dios. Nada malo tiene, por tanto, transformar la naturaleza que está al servicio del hombre. ¿Cuidándola? Por supuesto: es lógico, y es también inteligente. Pero no parece que el Edén fuera un bonito jardín con el cartel de "no tocar"…

Y es que una ecología fundamentalista entra en contradicción con los principios más elementales de la Economía. Como recordaba Gabriel Calzada (citando a Mises), aquí es perfectamente aplicable esa reflexión sobre "la tragedia de los comunes": como ya señalaron nuestros doctores del Siglo de Oro (recogiendo una tradición escolástica anterior), "lo que es de todos no es de nadie". La naturaleza humana lleva a descuidar aquellas cosas que tienen muy difusos sus derechos de propiedad. Un ejemplo claro de cómo se pueden destruir los recursos compartidos es el caso de algunas especies en extinción, como los bisontes, búfalos o elefantes que, gracias a las políticas "liberales" de definición y reparto de derechos de propiedad en algunos países, no sólo subsisten, sino que crecen y se exportan a otros territorios. Al contrario de aquellos animales que quedaron sometidos a la vigilancia "paternal" del Estado; y que se han extinguido a pesar de algunas políticas verdaderamente desquiciadas (¡como la de ocultar francotiradores que disparaban contra los cazadores furtivos!).

Sigue el canon ilegal

Una de las principales excusas que se nos vendieron como justificación es que se incorporaba una disposición que obligaba, je, al Gobierno a modificar la regulación del canon digital contra el que tanto nos habíamos movido los internautas.

El plazo era de tres meses. La ley se publicó en el BOE el 5 de marzo. Echen cuentas. Como denuncia la Asociación de Internautas, el plazo ha expirado. No soy, en cambio, tan optimista en su conclusión de que el Gobierno está delinquiendo al no obedecer la ley. Creo que a estas alturas todos sabemos que la en España la Ley está hecha para la Casta, y no la Casta para la Ley. Aquello de Kant de que existe libertad cuando gobiernan las leyes y no los hombres, ¿lo recuerdan? Pues eso.

El canon sigue vigente, sigue vigente tras ser declarado ilegal en su formulación actual, y el Gobierno no ha movido un dedo. No es que sorprenda: la economía española se está yendo por el desagüe y tampoco es que se muevan mucho. Y ETA ha vuelto a las instituciones también, con el aplauso progre unánime, que argumenta que lo democrático es meter a los verdugos a gobernar a las víctimas. Así que esto no es deja de ser un tema menor. Sinde está muy ocupada ampliando el déficit para dar dinero a sus colegas del cine, así que no es cuestión de molestarla con temas menores, como ese diezmo impuesto a la tecnología para pagarle la pensión al menesteroso Teddy Bautista.

Lassalle ya se quejó a la ministra en el Parlamento y ésta le respondió que era mejor "una buena ley retrasada que una mala ley puntual". Sinde es incapaz de lograr ninguna de las dos cosas, por lo que se ve. Cabe suponer que el portavoz de Cultura considera que con esa pregunta ha cumplido. Pero nos debería dar alguna explicación a los internautas. No pretenderá que nos creamos que fue tan tonto como para fiarse de la palabra del Gobierno de Zapatero, Rubalcaba y Sinde, ¿no?

Dinero y deuda

Un agente económico distribuye su riqueza o patrimonio entre varias categorías: bienes de consumo, bienes de capital (entendidos como herramientas que sirven para producir otros bienes o proporcionar servicios), activos o pasivos financieros (acciones u obligaciones) y dinero. Los bienes de consumo satisfacen directamente deseos humanos. Las herramientas son productivas, pueden emplearse para generar riqueza. El dinero es inerte, apenas tiene valor de uso, prácticamente sólo tiene valor de intercambio. En la medida de lo posible los agentes económicos intentan economizar en el uso de dinero manteniendo pequeños saldos de tesorería. El dinero tiene un poder adquisitivo estable, pero atesorarlo tiene un coste de oportunidad: los bienes de consumo que no se disfrutan o los posibles rendimientos de las inversiones que no se realizan. Para economizar dinero los agentes económicos pueden recurrir a sistemas de pago que no requieran de su presencia física.

El dinero es el medio de intercambio generalizado, pero esto no significa que el dinero deba estar presente de forma directa e inmediata en todos los intercambios. El trueque es siempre posible, y también se pueden intercambiar bienes y servicios no por dinero sino por promesas de pago de dinero en el futuro, o dar dinero a cambio de la promesa de entrega futura de algún bien o servicio. No todos los intercambios se completan en el momento pagando al contado: algunos intercambios son separados en el tiempo (adelantados o aplazados, diferidos), el pago definitivo no se produce en el mismo instante en que se entregan las mercancías o se proporciona el servicio. En un intervalo de tiempo pueden intercambiarse bienes sin dar o recibir dinero a cambio (se dio o recibió antes o se dará o recibirá después), y también puede intercambiarse dinero sin dar o recibir bienes a cambio (porque se dieron o recibieron antes o se darán o recibirán después). También son posibles los intercambios de dinero presente por promesas de pago de dinero en el futuro (préstamos de dinero).

Un pago por adelantado genera una deuda o compromiso de entrega de un bien o servicio: el vendedor debe el bien al comprador. Una venta con pago aplazado genera una deuda o compromiso de entrega de dinero: el comprador debe el dinero al vendedor. El acreedor tiene un derecho de cobro respecto al deudor; el deudor tiene un obligación de pago respecto al acreedor. Pero los compromisos de pago de dinero (o de bienes) no necesitan siempre cumplirse mediante la entrega efectiva de dinero (o de los bienes): a veces es posible cancelar una deuda con otra deuda de sentido contrario. El pago por adelantado es poco común y es raro poder compensar deudas de bienes o servicios específicos. La venta a crédito es muy común y al ser el dinero un instrumento utilizado de forma universal es relativamente fácil compensar unas deudas monetarias con otras.

Un vendedor puede aceptar un pago aplazado porque quiere garantizar una venta (que si no tal vez no se realizaría) y sabe (o al menos cree) que recibirá el pago en poco tiempo con gran seguridad. Algunos agentes económicos tienen riqueza o la capacidad de generarla pero ocasionalmente pueden no disponer de dinero (o pueden tener dinero pero no llevarlo consigo en el momento de la compra). Las personas compran (gastan dinero) y venden (ingresan dinero), pero la distribución temporal de sus ingresos y sus gastos monetarios puede estar descompensada: es común recibir unos pocos pagos concentrados (el salario de un trabajador, la venta de la cosecha de un agricultor) y realizar frecuentes pequeños pagos (compra diaria).

En la venta a crédito el vendedor o proveedor entrega su mercancía y el comprador reconoce una deuda pendiente de pago. La deuda es una promesa de pago de dinero que el acreedor acepta en la medida en que juzga que el deudor es solvente: es necesaria la confianza del acreedor acerca de la voluntad y la capacidad de pago del deudor; el acreedor da o reconoce crédito al deudor (estima su honradez y su capacidad económica).

La confianza en que los intercambios diferidos se completen satisfactoriamente surge de forma natural en relaciones entre agentes próximos o con contactos frecuentes, repetidos, estables: compradores habituales y tenderos; diversos eslabones de la estructura de producción, suministro y distribución mayorista o minorista. Los tenderos apuntan los pagos pendientes de sus clientes; los proveedores entregan mercancías a cambio de letras de cambio pagaderas a corto plazo.

Un comprador puede generar una nueva promesa de pago para entregársela al vendedor, pero también puede ofrecerle un derecho de cobro ya existente, una promesa de pago que le entregó un tercero: la deuda circula, se acepta como medio de pago; algunas promesas de pago de dinero se usan como dinero. Si los componentes de un grupo de agentes que comercian entre sí compran y venden por el mismo valor económico en un intervalo de tiempo, no necesitan utilizar dinero en sus intercambios si se dan cuenta de que lo que cada uno debe a los demás por sus compras queda compensado por lo que los demás le deben por sus ventas. El dinero se utiliza principalmente como unidad de cuenta y referencia, y se intercambia solamente para saldar las deudas que no puedan ser compensadas.

La deuda no sólo tiene cantidad: también tiene plazo y riesgo. No es lo mismo un derecho de cobro a corto plazo que un derecho de cobro a largo plazo. No es lo mismo un derecho de cobro contra un deudor muy solvente que contra un deudor poco solvente. Las deudas se compensan y anulan entre sí con más facilidad en la medida en que tengan plazos y riesgos semejantes. Normalmente sólo se usan como medio de pago las deudas a corto plazo y bajo riesgo, con buenas garantías, avaladas por personas fiables y respaldadas por colateral líquido (de valor estable y fácilmente realizable).

El uso de deuda como dinero puede estar inicialmente limitado a grupos pequeños con fuertes lazos internos de confianza, como los comerciantes. La banca comercial extiende esta posibilidad a una población más amplia: certifica el crédito de los agentes económicos, emite deuda propia (billetes y depósitos) que puede usarse de forma generalizada como dinero, y compensa las deudas entre sus clientes (y entre los clientes de bancos diferentes mediante las cámaras de compensación interbancaria). El dinero en sentido estricto (monedas metálicas, dinero básico) se complementa con instrumentos de pago derivados (billetes y depósitos bancarios, dinero en sentido amplio).

Chávez o el ocaso de Venezuela

 La prolongada e inexplicada estancia de Hugo Chávez en un hospital de La Habana ha levantado una polvareda mediática de considerables dimensiones. Todo indica que el presidente de Venezuela padece una grave pero desconocida enfermedad de la que está siendo tratado en Cuba. Debido al mutismo gubernamental, muy propio, por otra parte, de las dictaduras comunistas, nadie sabe el alcance de la dolencia ni si Chávez podrá salir de ella.

Todo lo que ha trascendido a los medios es un sucinto y misterioso parte que este fin de semana hizo público el canciller Nicolás Maduro. El comunicado hablaba de una “gran batalla por su salud” la que estaría librando el presidente venezolano en tierras cubanas y poco más. Del resto se ha encargado el propio Chávez a través de su cuenta de Twitter, red social a la que el autócrata es adicto y en la que tiene más de un millón y medio de seguidores repartidos por todo el mundo

Hay muchas preguntas y casi ninguna respuesta. ¿Qué enfermedad padece Chávez?, ¿es terminal?, ¿por qué ha viajado hasta Cuba para tratársela?, ¿acaso no hay buenos hospitales en Caracas?, ¿es él quien envía personalmente esos mensajes a través de Twitter?, ¿por qué todo un jefe de Estado ha elegido ese medio y no los canales habituales de los que dispone?

Ante tantos interrogantes sólo cabe poner en cuarentena toda la información que llega de La Habana y abrir un hipotético escenario sin Chávez. Si realmente la enfermedad es tan grave –terminal dicen algunas fuentes–, Venezuela debería ir preparando la sucesión de un líder que, aparte de nefasto, es irrepetible por su peculiar biografía y las circunstancias históricas de su país, lo que ha terminado cuajando en una personalidad megalomaníaca, excéntrica y amiga de los excesos, tanto verbales como políticos.

Y no sólo Venezuela. La sombra de Chávez es extraordinariamente alargada. Actualmente en Hispanoamérica hay cuatro Gobiernos abiertamente chavistas, los de Bolivia, Ecuador, Nicaragua y Perú. Los tentáculos del venezolano se extienden, además, por partidos opositores de toda la región –el caso del mexicano Cuauhtémoc Cárdenas es bastante ilustrativo– y por otros Gobiernos que, aunque no siguen estrictamente las líneas marcadas por Chávez, simpatizan con su causa. Así ha sucedido con los Kirchner en Argentina, el Brasil de Lula o los Gobiernos del Frente Amplio en Uruguay.

Hoy por hoy, y aunque duela a los amigos de la libertad, Chávez es el principal y más activo jugador internacional dentro de la América hispana. El resultado ha sido una vuelta a lo peor del populismo latinoamericano que Chávez hace años se apresuró en rebautizar como “socialismo del siglo XXI”. Lo cierto es que esta variedad presuntamente moderna de socialismo no difiere en lo esencial del que ya conocemos y que se basa en la coacción, el politiqueo y la destrucción sistemática y concienzuda de la libertad individual, lo que redunda inevitablemente en la ruina económica.

No es casual que el padrino y alma máter de Hugo Chávez sea Fidel Castro, último superviviente de la pesadilla del socialismo real que castigó a Occidente durante la segunda mitad del siglo XX. La diferencia entre uno y otro no han sido, por tanto, las ideas, sino la disponibilidad de grandes reservas de petróleo. La Venezuela de Chávez se ha beneficiado del espectacular alza en el precio del crudo que se ha registrado en la última década. Miles de millones de dólares que han servido para lubricar hasta el último engranaje de su “revolución bolivariana” al tiempo que ésta se exportaba al resto del continente, con especial predilección por países ricos en materias primas como Bolivia o Ecuador.

Doce años después de su llegada al Gobierno, Venezuela es un país mucho más pobre e infinitamente menos libre. La dependencia del oro negro es absoluta pero, curiosamente, los rendimientos de la industria petrolera –completamente nacionalizada– son decrecientes. El país necesita importar prácticamente todo para poder funcionar. El precio del crudo pende como una espada de Damocles sobre los presupuestos nacionales, extremadamente sensibles a la más mínima fluctuación tal y como sucedió durante el año 2009.

Existe, obviamente, una alternativa al chavismo piafante que amenaza con apoderarse de toda Hispanoamérica para esclavizarla en nombre del socialismo. Lo representa Chile y su ya consolidada democracia liberal que apuesta por la tripleta mágica de libertad individual, imperio de la Ley y libre mercado. A día de hoy Venezuela no resiste una sola comparación con Chile en ninguno de los rubros. Donde uno se hunde, el otro prospera sin necesidad de petróleo ni de que el Estado confisque la riqueza que la sociedad genera mediante inversión y trabajo. Donde uno busca desesperadamente enemigos y se rearma, el otro se reafirma como país avanzado y pacífico en el concierto de las naciones.

Los dos modelos están uno frente al otro midiéndose en igualdad de condiciones. Si Chávez no sale de esta sería una oportunidad de oro para que los venezolanos reenfoquen el inmerecido destino de su maltratada república.    

Supersticiones anticrisis

Mediados del Siglo XIV. La Peste Negra asola Europa. Nadie parecía a salvo. Ciudadanos y campesinos, jóvenes y ancianos, sacerdotes, soldados… "Vemos la muerte que llega en medio de nosotros como un humo negro". Pero la sociedad bajomedieval carecía de los conocimientos para luchar contra ella… Algunos se volvieron a la Iglesia en busca de ayuda, convencidos de que la Peste era un castigo divino ante los pecados del hombre. Otros, al ver que dicha Iglesia no conseguía detener las muertes, decidieron apelar directamente a la divinidad. Dicho movimiento, los flagelantes, buscaba el perdón divino mediante el método de azotarse tres veces al día durante 33 días (un día por cada año de Cristo…). Así, iban de pueblo en pueblo, reuniéndose en grupos multitudinarios que entonaban canciones, himnos y salmos mientras se desollaban la espalda y renegaban del demonio… Y, de paso, saqueaban los hogares y negocios de los judíos, como siempre culpables de casi todo…, pues la piedad, ni antes ni ahora, está reñida con el sentido práctico.

Comienzos del Siglo XXI. España se debate en medio de la Crisis. Las empresas se cierran, el paro se dispara… No hay trabajo, la gente no puede hacer frente a sus hipotecas, los precios suben… La gente se vuelve hacia esos políticos que durante años han respondido a sus ruegos, con subvenciones, con cheque bebés, con ayudas sociales… Pero ahora no funciona. En una primera etapa, la decisión es volver a apelar a dichos "proveedores". Huelgas, manifestaciones, eslóganes coreados en grupo… En una segunda etapa, al comprobar que dichos políticos han perdido su "magia", que ya no responden, las multitudes deciden luchar directamente contra la Crisis…

Se juntan en plazas por toda la geografía española, montando tenderetes en los que escriben salmos anticrisis, tocan el bongo, hacen caceroladas, organizan asambleas de las cuales salen delirantes propuestas contra "el capital y los mercados"… Y, de paso, a falta de judíos a mano, asaltan algún hipermercado propiedad de una pérfida multinacional, también culpables de casi todo.

Muy eficaz todo ello… Tanto como desollarse el lomo a latigazos para luchar contra una bacteria transmitida por una pulga que infecta a las ratas.

En ambos casos estamos viendo las mismas respuestas de la psiquis humana ante lo desconocido. Murray Gel Man en su obra "El Quark y el Jaguar" nos explica las claves de estas respuestas.

Según el prestigioso físico estadounidense, el cerebro humano, y el de todo ser vivo por extensión, busca identificar pautas reconocibles en el caos de información que recibe para establecer esquemas mentales que le ayuden a procesar dicha información.

Pero en la elaboración de dichos esquemas es muy fácil cometer dos errores; el primero, identificar falsas regularidades en modelos aleatorios, y el segundo, su contrario, no aceptar regularidades reales. El primer caso se denomina superstición, y el segundo, negación de la realidad. De la interacción de ambos surgen "creencias", "religiones" que tratan de explicar lo que percibimos y que, si encima son compartidas por un grupo, nos dan un sentido de pertenencia muy reconfortante…

Por ello, volviendo a los ejemplos de comienzo del artículo, hace siete siglos, antes de que la ciencia hubiese entrado a formar parte del acervo cultural humano, se carecía de los conocimientos técnicos pero, sobre todo, de los esquemas mentales para tratar de buscar una respuesta no religiosa, no basada en las creencias grupales de la época, ante una situación desesperada como era la Peste Negra.

Hoy en día la situación es parecida. Después de tantos años de hegemonía socialista en las mentes, en los cuales el socialismo se ha convertido en la nueva religión, con sus dogmas, con su panteón de santos encabezado por el "Che", con su promesa de un futuro paraíso, con su Dios en forma de un Estado omnipresente y salvador…, con sus demonios, los empresarios y especuladores y con El Capital como la encarnación del Maligno, es muy difícil para un importante sector de la población poder buscar respuestas no socialistas ante otra situación desesperada, la Crisis, y salirse de unos esquemas mentales que tiene grabados a fuego… y que son ampliamente compartidos.

Pues, aunque actualmente sí tenemos los conocimientos y las herramientas para poder entender la situación y tomar las medidas para salir de ella, dichos conocimientos están aplastados por toneladas de propaganda, de educación "social", de manipulación informativa, no siempre consciente… y sobre todo por el peso de la tradición cultural, una tradición contraria al libre mercado, a la iniciativa individual y a la libertad.

Y por supuesto, están los "sacerdotes y hechiceros", hoy en día los políticos, que siempre han sabido "colocarse" en dichos sistemas de creencias, reforzándolos, de paso, para combinar el liderazgo espiritual con beneficios materiales evidentes…

Eso sí, en un punto sí hemos progresado. En determinadas culturas primitivas, cuando por ejemplo catástrofes naturales como sequías o terremotos asolaban a la población y los hechiceros y sacerdotes eran incapaces de dar respuesta, ellos mismos eran los sacrificados como método de aplacar a la ira de los Dioses…

Aunque, ¿quién sabe? Quizá sea una pena que se hayan perdido dichas tradiciones…

Navegar con el DNI tatuado en la frente

…luchar contra el terrorismo, combatir la pornografía infantil o (por algún motivo, tratan de hacernos creer que se trata de una lacra tan peligrosa como las anteriores) terminar con las "descargas ilegales".

En cualquier caso, los políticos de todo el mundo suelen hacer referencia a la lucha contra el crimen para justificar alguna nueva medida destinada a controlar qué hacemos los ciudadanos en internet.

El último ejemplo de esto viene de tierras nórdicas, en concreto, de la patria de La Sirenita (la estatua, no la de Disney). El Ministerio de Justicia de Dinamarca pretende crear un sistema de identificación obligatorio para poder navegar en internet, de manera que se pueda identificar de forma exacta a un internauta sin tener que recurrir a la menos precisa IP (que permite localizar el ordenador, pero no al usuario que lo ha manejado). Por supuesto, y como señalábamos más arriba, la excusa es poder determinar quién ha cometido un delito utilizando internet. En concreto, dicen, la idea es utilizarlo para perseguir a los implicados en actos de terrorismo.

El problema de este tipo de medidas es que permiten ejercer un mayor control de la población, no sólo de los posibles implicados en acciones delictivas. Por muchos controles que se traten de imponer para evitar abusos, como la obligación de una orden judicial para rastrear el comportamiento de un usuario concreto, las autoridades siempre pueden encontrar modos de saltárselos. Si no, que les pregunten a los responsables de los servicios secretos de todo el mundo. Y, aunque no fuera sencillo, este tipo de medidas suponen una vigilancia excesiva sobre los ciudadanos.

Veamos un equivalente fuera de la red. Lo que quiere imponer el Gobierno danés es el equivalente en internet a obligar a los ciudadanos a vivir con el documento de identidad tatuado en la frente, de manera que en todo momento las autoridades puedan saber quiénes son, con independencia de que estén atracando a alguien, besando a su pareja o comprando un libro. Se trata de una medida de control más propia de un Estado policial que de una democracia asentada y respetuosa con la intimidad y la libertad de los ciudadanos.

Como dijera Hamlet en la obra de Shakespeare: "algo huele a podrido en Dinamarca". Y, lo que es peor, es el tipo de podredumbre que le gusta imitar a todos los gobiernos. Por nuestra seguridad, eso sí. O al menos eso dicen.

Manipulaciones y contemplaciones

Parece que todo aconteció el siglo pasado y solo queda la bruma convertida en un manto de silencio. Pero la matanza más monstruosa acontecida desde la guerra civil española no ha traído todavía la búsqueda y captura de los culpables transcurridos más de siete años. Una fosa abisal ha quedado abierta en la conciencia de tantos que han preferido mirar a otro lado o, simplemente, se han tragado la descomunal operación de intoxicación desplegada para proteger a los participantes en los crímenes del 11M. Por el contrario, cada vez que las escasas personas entregadas a que esta causa no caiga en el completo olvido analizan aspectos concretos de esa estafa procesal que resultó ser la instrucción y juicio del caso principal, no se sabe ya que resulta más lacerante; si la masacre misma o la resignación generalizada a que quede impune, para mayor gloria de los canallas que la perpetraron, quienes disfrutan de una inmerecida libertad.

Va ya para más de dos años que la Asociación de Ayuda a las Víctimas del Terrorismo del 11-M emprendió acciones contra el Jefe de los Tedax, Sánchez Manzano, y la química del laboratorio de ese cuerpo policial por unas actuaciones que, objetivamente, revisten, cuando menos, la apariencia de encubrimiento de los atentados, dado que ellos mismos se hicieron responsables de la ocultación de pruebas en las sesiones del primer juicio oral. Esas cuestiones tendrían que haberse depurado durante la instrucción, ya que resulta insólito que al poco de cometerse estos auténticos crímenes de lesa humanidad, se destruyeran restos de los trenes y casi todos los demás vestigios, sin que nadie que estuviera al tanto de las investigaciones –así como del destino de unas muestras tan difíciles de soslayar sin levantar sospechas- hiciera absolutamente nada por evitarlo o denunciarlo inmediatamente. Más difícil de aceptar es el silencio posterior sobre estos extremos de cientos de funcionarios de la policía, de los juzgados y de la fiscalía, quienes forzosamente tuvieron que conocer esas irregularidades delictivas en algún momento.

Como se sabe, se desconoce todavía oficialmente quién dio la orden de destruir los trenes. El juez del Olmo, bajo cuya responsabilidad recayó la primera instrucción, no adoptó ninguna medida contra quienes lo hicieron, suponiendo que no fuera él mismo quien lo autorizó. Por el contrario, como si tratara de suplir el análisis de pruebas reales por remedos de diligencias, cubriendo un expediente que se piensa que nadie va a leer, un año después de la comisión de los atentados y de la destrucción de los trenes, encargó un informe a miembros de tres cuerpos policiales. La principal conclusión de ese documento fue que no podía llegarse a una conclusión segura sin analizar los restos aniquilados…

Aunque, cuando resolvió los recursos de casación contra la sentencia de la Audiencia Nacional, el Tribunal Supremo manifestó su "sorpresa" ante una eliminación que constituye por sí misma la descripción de una modalidad del delito de encubrimiento, no llegó a la conclusión lógica que se deriva de ello: la deducción de testimonio para esclarecer quiénes intervinieron en un delito de una gravedad difícilmente repetible. Esa actuación no agotaría el asunto, ya que las investigaciones sobre esos aspectos podrían llevar a calificar esa intervención como complicidad o cooperación necesaria, dada la escasa distancia que separa a estas formas de participación del encubrimiento en los atentados.

Ahora bien, ese mismo Alto Tribunal, que tan solo se sorprendería tiempo después de la destrucción de los trenes, había rechazado la admisión de la querella de Manos Limpias contra el Magistrado titular y la Fiscal del Juzgado Central de Instrucción número 6, por ese hecho y otros relacionados con la instrucción, mediante un anodino auto de 1 de diciembre de 2006 que firmó el ponente Carlos Granados Pérez, un antiguo Fiscal General de Estado por nombramiento del último gobierno socialista de González Márquez. De una forma precipitada se cerró la posibilidad de que el juez instructor del 11M diera cuenta de sus actos antes incluso de que se conocieran públicamente todas las irregularidades de la instrucción en el juicio oral celebrado meses después. En un confuso y circular razonamiento jurídico cuarto, en aras de exculpar al magistrado sin ofrecer muchos detalles, la Sala concedió valor probatorio a un informe donde se confiesa que no se analizaron los restos de los trenes y apuntaló la barbaridad metodológica de que los informes periciales oficiales alcancen valor probatorio, prescindiendo de su consistencia y sin necesidad de conservar muestras materiales sobre el objeto de su estudio. Como colofón, incurriendo en el grosero defecto de hacer supuesto de la cuestión de que hubiera realmente pericias, tantas veces censurado por resoluciones de ese tribunal mejor articuladas, se avanzó una justificación peregrina a la destrucción de los trenes: "La conservación y destino de los vagones en cuestión -una vez hechos en ellos todas las pericias que se estimaron necesarias- corresponde a su legítimo propietario (RENFE), que además cuenta con lugares apropiados para ello".

Porque, digámoslo de una vez, ésta es una de las constantes que ha presidido el macabro juego judicial relacionado con los atentados del 11M: Aparte de las manipulaciones de elementos fundamentales del caso, las cuales solo pudieron organizarse y ejecutarse por parte de miembros de los llamados servicios de seguridad del Estado, se han producido también demasiadas contemplaciones, incluidas las de aquellos que alegan que fueron burlados por la actuación decidida y planeada de un simple jefe de los Tedax.

No puede creerse que ese mando medio de la policía, sin recibir órdenes de alguien, desplegara a sus subordinados de confianza para recoger y custodiar (es un decir) las muestras de los focos de explosión, analizarlos (también es otro decir) en el laboratorio de su unidad y evitar que llegaran a otro especializado dentro de la misma policía. Tampoco resulta de recibo que existan policías que declaran solo si se les pregunta expresamente, esperando siete años a que se les cite a declarar sobre la ocultación de pruebas imputada a Sánchez Manzano. Estas circunstancias les convierten a todos ellos en sospechosos. Cuando menos esa falta de iniciativa por denunciarlo por las vías adecuadas (son policías, no espectadores) podría constituir un delito de omisión de la obligación de perseguir otros delitos.

Siguiendo los criterios lógicos de investigación y las máximas de experiencia procesal penal recogidas en la Ley de Enjuiciamiento Criminal, este procedimiento tendría que haberse dirigido ya de oficio contra los superiores directos de Sánchez Manzano, contra sus subordinados y contra aquellos que no asumieron un papel activo en la persecución de los delitos cometidos, tomándoles declaración como imputados. Cuestión diferente podría ser el curso que siguieran las actuaciones, pues no cabe establecer responsables preconcebidos.

Más aun, la estupefacción y la conmoción posteriores a la perpetración de los atentados no debería ser óbice para que las personas que se enteraron de aspectos parciales de la instrucción depusieran ante la juez de instrucción. Lo cual puede extenderse perfectamente tanto a los empleados y directivos de Renfe como a los políticos del gobierno de Aznar. No olvidemos que éste declaró en sede parlamentaria que "los que idearon los atentados no están ni en montañas lejanas ni en desiertos remotos". Si él o alguno de los miembros de su gobierno conocen algún dato o circunstancia que ayude a esclarecer como se produjo este cambiazo de pruebas deberían ofrecerse inmediatamente como testigos. Todavía están a tiempo. No basta con que sus sucesores anuncien que entregaran papeles inútiles que solo sirven para confirmar que la policía no puede destruir las pruebas de un caso, aunque alegue que tiene buenas intenciones.

Por otro lado, el poder judicial no debía tolerar que en un procedimiento penal de esta naturaleza un ministro se burlase durante más de un año sobre las peticiones de certificaciones y los nombres de los Tedax que participaron en la recogida de muestras.

Sin embargo, el dominio de los políticos sobre el poder judicial ha alcanzado cotas de sumisión reverente de los jueces a sus respectivos padrinos. La falta de independencia e imparcialidad de éstos – que nunca ha tenido una gran tradición en España, dicho sea de paso – quiso declararse contraria a esa Constitución tan defectuosa de 1978. Su fracaso objetivo por investigar y juzgar este caso del 11M por encima de las presiones políticas sustenta la convicción de que muchas costumbres y modos deben cambiar para limpiar la miseria y la corrupción que aquejan al moribundo régimen constitucional. Los españoles necesitan un par de rescates, pero solo pueden protagonizarlos ellos mismos. Antes que el económico, necesitan uno moral, pues la demanda de justicia debe estar por encima de la conveniencia en una sociedad que se respete a sí misma y quiera liberarse de las cadenas de una mentira tan terrible. Solo entonces, cuando una masa crítica de individuos se atreva a exigir que se deje de marear la perdiz, se conocerá la verdad del 11M. Sin manipulaciones ni contemplaciones.