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La imparcial

Durante el programa "Los Desayunos" de TVE, la secretaria General del Partido Popular, Dolores de Cospedal, y la presentadora del mismo, Ana Pastor, tuvieron un breve pero agrio debate sobre la imparcialidad de RTVE y la profesionalidad de sus trabajadores.

Respondiendo a una pregunta sobre una supuesta campaña del PP en contra de la entidad pública, Cospedal aseguró que ésta no mantenía una línea imparcial en el área informativa. Ana Pastor replicó a la política preguntando que dónde existía ese tipo de televisión pública que sirviera de modelo, refiriéndose aparentemente a las televisiones públicas autonómicas de Comunidades gobernadas por el PP, a lo que Cospedal respondió que una televisión pública, pagada con el dinero de todos, no puede ser subjetiva y parcial y que entendía que esto podía enfadar a sus dirigentes. Pastor, aparentemente molesta, respondió que también a sus profesionales y así se convertía durante unos instantes en juez y parte del debate, y no en moderador.

La polémica siguió. Primero, sobre si lo dicho por la presentadora era representativo de la posición de todos los profesionales, luego, sobre el hecho de qué tipo de dirección se había creado, si una dirección política o profesional, que el PP también había ayudado a crearla y que, según los premios y valoraciones, esta RTVE era la más libre de todos los tiempos, incluyendo la que hubo con algunos gobiernos socialistas.

Al día siguiente un nuevo debate surgió entre la vicesecretaria de Organización, Ana Mato y el presentador de RNE, Juan Ramón Lucas. Para Mato, las televisiones públicas no debían estar ni dirigidas ni teledirigidas por un Gobierno que abusaba de su posición: hay noticias, como los ERE de Andalucía, que no tenían presencia relevante en la televisión pública nacional. Lucas, más agresivo que su compañera televisiva, preguntaba sobre la parcialidad cuando gobernaba el PP, sólo consiguiendo reforzar los argumentos de la popular. Lo novedoso en este caso era que, según Mato, el PP, una vez en el poder, estaba dispuesto a cambiar la ley y privatizar todas las televisiones autonómicas. Sobre RTVE no se manifestó. Sería un paso revolucionario, ya que en ocho años de gobierno popular no se hizo nada en este sentido. En todo estos debates llama la atención que todo gire en torno a cuándo y cómo fue la televisión pública menos parcial, reconociéndose así de facto que sí que son parciales.

La naturaleza objetiva de la entidad pública estaba para los populares, en entredicho y para algunos de los presentadores estrella y los máximos dirigentes de RTVE, la profesionalidad de sus trabajadores.

Ya sean públicas o privadas, la objetividad y la imparcialidad son quimeras que nos han vendido muy bien los políticos y, en algunos casos, los empresarios. Nosotros, sujetos, tenemos valoraciones subjetivas, nuestras percepciones están limitadas, nuestros valores morales determinan lo que está bien y lo que está mal. Como mucho, se puede pedir honestidad a la hora de transmitir esa visión subjetiva. De la misma manera, que un programa traiga varias opiniones o posiciones tampoco lo convierte en objetivo, pues pueden dejarse fuera otras que alguien puede considerar esenciales o dar tiempos distintos a cada una de ellas, interrumpiendo en ciertos momentos clave, etc. Ser imparcial puede ser posible en situaciones simples, pero no en aquellos casos donde como en la política hay demasiados intereses. Pero es que ser parcial y subjetivo no es un pecado, es humano y puede que una estrategia empresarial perfectamente aceptable.

La supuesta profesionalidad de los trabajadores tampoco es un tema importante en el fondo del asunto. Hay sacerdotes que son grandes profesionales y consiguen no sólo dar paz a sus feligreses, sino que convertir a quien no lo es. De la misma manera, hay asesinos que, como grandes profesionales, han matado sin que nadie les haya atrapado. La profesionalidad no dice nada de la naturaleza de la empresa, de su idoneidad o la necesidad de que exista, sino del desempeño de una labor. Cuando Juan Ramón Lucas se defiende de Ana Mato diciendo que la única consigna que le han dado desde la dirección ante la campaña electoral del 22 de mayo era independencia, quería decir que nadie le iba a decir lo que tenía que decir, pero si los gestores hacen bien su trabajo, no tienen que hacerlo ya que los "profesionales" elegidos sabrán cuáles son los contenidos que deben ser potenciados y cuáles no. Bastaría con contratar a un periodista honesto de izquierdas (o de derechas) para que los contenidos de izquierdas (o de derechas) tomen protagonismo sin que necesariamente ese profesional decida manipular. Qué no se podrá hacer si el elegido no es honesto y sí un hábil manipulador.

Lo que está en entredicho es la naturaleza pública de estas televisiones, si una televisión pública subjetiva y parcial, porque no puede ser otra cosa, es moralmente aceptable. Si una televisión pública que depende del poder político y que se pone al servicio del partido, de la ideología o del gobierno de turno, que apuesta por unos contenidos ideológicos o gubernamentales, puede ser pagada con el dinero de todos.

Cuando se empezaron a fundar las primeras empresas televisivas en el mundo, en España había una dictadura, la de Francisco Franco y la televisión que se creó lo hizo al servicio del poder, para educar en los principios morales y políticos de la época o, al menos, para no maleducar. El problema es que en democracia el modelo de televisión pública es básicamente el mismo, fiel al poder, en este caso con un fuerte componente ideológico progresista y con un control que, pese a depender de todos los partidos, en la práctica es sólo del partido en el poder.

Las televisiones autonómicas copian el sistema nacional y la consecuencia es un conjunto de entidades que en mayor o menor medida son herramientas de poder para los políticos. Existe sin embargo una novedad, actualmente la producción de ciertos programas en algunas televisiones públicas se ha dejado en manos de productoras privadas, pero que hacen las veces de excelentes comisarios en cuanto al sesgo de los contenidos. Un ejemplo más de cómo la alianza entre el Estado y las Empresas es tremendamente negativo para el ciudadano y el contribuyente.

Pero es que, además, el sistema público de televisiones nos sale carísimo. Las televisiones públicas presentan unas pérdidas que no aguantaría ninguna empresa privada sin quebrar: el conjunto de entes televisivos públicos de España acumula al año cerca de mil millones de euros de pérdidas, a los que hay que añadir unos 600 millones de euros más en concepto de subvenciones del Gobierno Central o de los autonómicos. Son empresas deficitarias, que si existen es porque el poder político así lo quiere. No hay ninguna razón para mantenerlas, las opciones que tiene hoy el ciudadano para estar informado o entretenido son múltiples y con contenidos muy variados gracias a las nuevas tecnologías.

Extraña el anuncio de Ana Mato de proceder a privatizar las televisiones autonómicas, no porque no sea una medida muy positiva sino porque no sé si considerarlo creíble. ¿Es una opinión personal, está recogida en las propuestas del PP o es una promesa electoralista a olvidar tras las elecciones? ¿Existen empresarios dispuestos a hacerse con entidades tremendamente endeudadas si no reciben algún tipo de ventaja? ¿Podemos pensar que las pujas por estas televisiones serán libres o los ganadores serán ciertos empresarios de éxito, controlando posteriormente de forma indirecta los contenidos a través de condiciones que no tienen que ver con la libertad de empresa?

La unificación del Poder

EL Poder único tiene dos formas: personal e impersonal. La primera forma, en su estricto desarrollo, tiende a la segunda o cede ante ella. La monarquía absoluta genera su propia burocracia, como cualquier poder extenso que multiplica sus facultades a medida que complica el ejercicio de las mismas. Las organizaciones, sean o no políticas, públicas o privadas, acaban burocratizándose (Mises), momento en el que comienza su decadencia. El Estado representa la segunda forma, la impersonal, y surge a su vez de dos factores: la necesidad organizativa del poder extenso (y expansivo), y la convergencia de intereses particulares, ya sean estos políticos, morales o económicos, que acaban definiendo la naturaleza de este tipo singular de organización. La forma del Poder plural es la República, entendida como cúmulo de poderes públicos coordinados y contrapesados, en relación federativa entre sí, y en interdependencia con otros poderes particulares que pueden o no terminar adoptando la categoría de contrapoderes institucionalizados.

La unificación del Poder exige que tanto el poder político como el económico se fundan bajo una misma organización sin que esto suponga necesariamente la centralización de la dirección empresarial o la colectivización de la propiedad de los bienes (principalmente los de orden superior), sino que se expresa en las distintas versiones intervencionistas (Mises). Sin embargo, el proceso integrador al que tienden las grandes organizaciones originalmente competitivas o sometidas a un régimen de propiedad plural y Derecho común tiene en lo económico un límite insuperable (Coase), mientras que en lo político, puede darse la existencia de varias voluntades no dispuestas a dicha integración por motivos que exceden un análisis praxeológico (Mises) o cataláctico (Hayek). 

A consecuencia de la técnica moderna, las organizaciones tienden a desarrollarse, unirse y a aumentar su campo de acción. La consecuencia inevitable es que el Estado político debe aumentar incesantemente sus funciones económicas o abdicar parcialmente a favor de grandes empresas privadas suficientemente poderosas para desafiarle o fiscalizarle. Si el Estado no exige la supremacía sobre esas empresas, se convierte en su muñeco y ellas se convierten en el verdadero Estado. De un modo o de otro, dondequiera que existe la técnica moderna deben ser unificados el poder económico y el político.

B. Russell. El Poder. Un nuevo análisis social.

Esta lección posee un fondo de verdad que, no obstante, parece no ser coherente con las teorías que el autor maneja sobre el Poder (muy consistentes y completas).

Sólo el estatismo genera las condiciones para que el Poder político, en su versión extensa, tienda a unificar el resto de órdenes bajo su halo homogenizador (D. Negro). Russell asume que la única forma de Poder viable en el mundo industrial es el ilimitado, o Estado, descartando por completo la República. El anarquismo soluciona la cuestión eliminando de su razonamiento todos los órdenes que no sean el estrictamente económico, pudiendo así dar aparente verosimilitud a unas teorías claramente desconectadas de los rasgos inteligibles propios de los fenómenos que trata de explicar. En ambos casos se produce idéntico error intelectual: considerar el Poder como una fuerza que no se halla también sujeta a las vicisitudes y contingencias del proceso social, sean estas de tipo moral, jurídico, político o económico. Es decir, en ambos casos se realiza un análisis parcial de los fenómenos sociales, lo que conduce al fracaso explicativo de sus teorías.

El Poder social (distinto del poder físico), en cualquiera de sus versiones, se manifiesta como una fuerza fundamental que afecta a la coordinación de intereses y el consenso civil básico que a su vez posibilita la convivencia. Sin embargo, queda sometido a otras muchas fuerzas que impiden esa tendencia agregadora que inspira el ideal estatista. El Hombre es un ser moral, que se comporta también de un modo jurídico, y que participa de intercambios motivados por sus valoraciones subjetivas. El tipo de conocimiento relevante que hace posible la coordinación de intereses particulares y su satisfacción impone una grave limitación a la concentración del dominio económico, haciendo irrelevante semejante temor en la consideración de la acuciante necesidad de compensar en lo político la temida aparición de un poder extenso en el ámbito estrictamente mercantil. De igual modo, tampoco es cierto que el poder moral, o el poder religioso, puedan alcanzar la uniformidad, poniendo a disposición de una estructura de dominación organizativa la facultad de provocar el cambio social en una dirección concreta sin que este hecho experimente crisis, revoluciones y una constante tendencia a la disgregación, la novación y la singularidad.

El estudio del Poder no debe verse condicionado por el mito de la unificación, se entienda esta desde la perspectiva estatista o desde la que podemos denominar anarquista. La primera hace deseable, o al menos preferible, que el poder se unifique en torno a lo político. El anarquismo elimina por completo la fuerza que representa el Poder social, prescindiendo de sus todas sus formas, con excepción de la económica (idealizada al margen de sus inevitables extensiones políticas), en su versión capitalista o, exceptuando el poder moral, en su versión estrictamente comunista.

El estatismo es ingenuo al pensar que cabe uniformizar dando primacía a lo político, domando así las otras tendencias bajo el mito de la integración del individuo en lo público organizado, hallando un justo equilibrio entre el interés común y los intereses intensamente particulares. El anarquismo peca de idéntica ingenuidad partiendo como parte de la misma concepción que tiene el estatismo sobre el poder, todo ello en su objetivo de resolver la paradoja social mediante la eliminación abstracta de la inevitabilidad del Poder social en todas sus expresiones, salvo en lo que considera sometido a fuerzas suficientes como para limitarlo: la competencia, el mercado y la propiedad privada (versión anarco-capitalista).

La alternativa a todo esto es el esfuerzo por estudiar y comprender el Poder expresado en sus distintas formas, identificando la unificación, desde cualquiera de ellas, como un artificio que se sostiene gracias a la anulación del propio proceso social, total o parcialmente, en alguno o en todos los órdenes que lo componen (D.Negro). El Poder social, sea éste privado o público, asistemático o institucional, es limitado mientras que el poder desnudo del absolutismo no logre adquirir la condición de tradicional (Russell). Esta actitud permite explorar las distintas posibilidades históricas o aquellas que quepan imaginar y poner en práctica por el Hombre, en el sentido de potenciar el carácter plural del Poder, aislarlo en sus distintas expresiones (moral, político, jurídico, económico, intelectual…), dentro de un proceso dinámico y competitivo que se adapte a la naturaleza misma del orden social, frente a la ciega confianza en la capacidad humana para organizar la sociedad de manera centralizada y a través de mandatos de contenido suficiente.

Inmigración y ultraderecha

El capitalismo es una potente fuerza niveladora. El capital va a donde el trabajo es barato. Lo hace más productivo, lo que eleva los salarios. El trabajo barato, por otro lado, viaja a donde hay mucho capital, también para ser más productivo y generar una mayor renta. Esta doble vía no es perfectamente simétrica. El capital no incorpora una moral, un poso cultural, una forma de entender el mundo y relacionarse. Los trabajadores, sí. La primera importación de los Estados Unidos es la pobreza, que cruza sus fronteras a diario. Aquel país es tan productivo que transforma esa pobreza en oportunidades para la mejora. También ocurre en nuestro continente, que absorbe masas crecientes de gente procedente de países pobres.

El mercado es un proceso integrador; permite el acuerdo y la cooperación entre personas que en otros ámbitos mantienen diferencias graves, acaso irreconciliables. Un empresario contrata a un trabajador por lo que éste le puede aportar, sin necesidad de que tengan que estar de acuerdo en su forma de ver la vida. En otro tiempo, la presencia de millones de musulmanes en Europa sólo se podía entender como el resultado de una invasión bélica, pero lo cierto es que sólo han venido a ganarse la vida porque nuestra sociedad es mucho mejor para ellos que la que les ha visto nacer.

Nosotros, guiados por el triunfo arrollador de la izquierda, hemos negado la realidad de nuestra cultura para igualarla, en el cero absoluto, a las culturas que arrastran quienes vienen a trabajar. Si, por un lado, muchos musulmanes mantienen que su sociedad de origen es mucho mejor que la nuestra, pese a desmentirse cada día que deciden estar aquí, por otro, entre nosotros también hay quien parece tener la misma idea. Esta confluencia extraña ha resultado en una solución absurda: el multiculturalismo. Es la solución que permite a los musulmanes mantener su sociedad, pero en nuestro suelo, y con nuestra organización económica.

La integración no es una cédula que le entregamos a quien viene, sino una voluntad de quien llega. Nosotros fomentamos los guetos multiculturales y ofrecemos ese apoyo sin lazos sociales que es el Estado de Bienestar. No les damos motivos para hacer un esfuerzo por integrarse. Ellos tampoco los tienen, porque se ven sustancialmente distintos a nosotros, y muy superiores.

Esta es la realidad. Una parte de la sociedad la niega. Otra la afronta, indignada ante la hipocresía reinante, y quiere acabar con ella con manos de cirujano: cortando por lo sano. Es ese terreno de quien no niega la realidad, pero no confía en que una sociedad libre puede ser lo suficientemente integradora como para que no surjan problemas, es donde surge la ultraderecha. Frente a ella no cabe negar los conflictos. Si permitimos que el terreno de la verdad lo ocupe este espacio ideológico, mal vamos. Lo que sí podemos hacer es un esfuerzo por entender cómo se puede integrar a personas de culturas diferentes en un mercado abierto. Y por empezar a creérnoslo nosotros mismos.

De cabras, ardillas, gallinas y nazis

Que todo nacionalista lleva dentro un SS es algo evidente. El tema de la pureza racial es sin duda una de sus obsesiones, y, aunque en algunos casos parecen anteponer el idioma al fenotipo, como cuando el histórico dirigente peneuvista Xavier Arzallus hace algunos años manifestó preferir a un negro que hablase euskera que a un vasco puro que lo desconociese… (aunque no aclaró para qué exactamente lo prefería…), la obsesión racial siempre está presente.

Así, en sus orígenes todos los movimientos nacionalistas han buscado una afirmación racial, unos orígenes arios, celtas, árabes o directamente cromagnon. Han tirado de grupos sanguíneos, medido narices, palpado cráneos…Desde Sabino Arana a Adolf Hitler el impulso eugenésico ha sido una constante para cualquier movimiento étnico- patrio-nacionalista.

Pero hoy en día, la selección racial humana, la definición de "herrenvolks" puros, libres de "untermensch", charnegos o maketos está más complicada. Realmente, las sociedades occidentales están tan mezcladas que para cualquier nacionalista se complica el poder definir unos patrones raciales exclusivos en los cuales no se quede fuera algún conocido, familiar, compañero de partido o futbolista del equipo de sus amores (aunque el Athletic de Bilbao con su política de fichajes exclusivos de vascos, muy lograda desde el punto de vista racial, pero no tanto desde el punto de vista deportivo, sea una excepción en este último punto).

¿Y qué han hecho? Pues buscar un campo en el cual poder dar rienda suelta a su imaginario racial, a su pulsión eugenésica.

Así la obsesión por las razas puras, por la selección racial, se ha desplazado sobre los animales, cada vez más humanizados para bien o para mal, buscando, seleccionando e inventando razas "puras" que encajasen dentro del imaginario nacionalista y, a la vez, señalando especies o variedades como extranjeras que erradicar.

Y, si bien en algunos casos la erradicación de especies alóctonas como los conejos europeos en Australia (…y los colonos blancos, añadirían los aborígenes) puede ser justificado por problemas ecológicos que se transforman en problemas económicos, en otros casos, destila un tufillo xenófobo inconfundible.

Así, en Inglaterra, toda una campaña nacional, con cebos envenenados, con trampas, con escopetas, se ha puesto en marcha para erradicar a la ardilla gris americana, que desde su introducción en los años treinta ha desplazado a la nativa ardilla roja…básicamente por ser más fuerte, más resistente a las enfermedades, más adaptable y mucho más simpática con la gente, es decir, por ser mejor ardilla, como comentaba un periódico yankee….

Pero, por supuesto, es en nuestro país donde estas campañas de limpieza étnica animal han alcanzado cumbres delirantes, como la normativa del gobierno vasco para mantener la pureza de una supuesta y ancestral gallina euskaldún, unas Leyes de Nuremberg, con plumas, en las cuales prácticamente solo han tenido que cambiar la palabra "judío" por "gallina española"…

Lógicamente, en Cataluña no se podían quedar atrás y, después de toda una campaña identitaria basada en el burro catalán, ahora, para alegría del nacionalismo, han descubierto, nada más y nada menos, en el Montseny un rebaño de cabras ¡de pura raza catalana!, no contaminadas por sangre charnega.

Ante semejante tesoro étnico-pecuario, del cual el payés propietario no era consciente, pues pensaba que simplemente eran cabras no identitarias, una asociación, Slow Food, que reivindica la vida lenta, se ha hecho con algunos ejemplares para fomentar la recuperación de dicha estirpe… Hasta aquí bien, es su problema…

Pero como siempre, estas cuestiones raciales e identitarias tienen un trasfondo económico. Así, un rebaño de cabras que a duras penas era rentable para su propietario y que, de hecho, debía ser muy poco productivo, como demuestra su escasez, pasa a ser un activo a subvencionar…

Y seguro que estará al caer una ayudita del Govern, que convertirá a dichas cabras en un negocio saneado… Aunque, eso sí, para considerarse merecedoras de dichas ayudas, deberán pasar un proceso de inmersión lingüística que sustituya el "meeeé" tradicional acabado en acento agudo castellano con el que se comunican con otras cabras del resto de la península por un "meeeè" acabado en acento grave, más acorde con su catalanidad….

Pues eso, que se empieza por seleccionar cabras, ardillas o gallinas por motivos étnicos, y se acaba seleccionando a personas. No olvidemos que un tal Henrich Himmler empezó de avicultor…

Endeudamiento mórbido

La deuda, anticipar la satisfacción de nuestras necesidades, es adictiva: proporciona un placer inmediato muy por encima del que podríamos (y deberíamos) permitirnos; el ahorro, retrasar la satisfacción de nuestras necesidades, es doloroso: requiere de la espartana disciplina de la austeridad, impropia en estos tiempos modernos donde todos tenemos "derecho" a todo por obra y gracia del Estado providente y benefactor.

Podemos fijarnos en Estados Unidos, pero semejante tendencia está bastante más acusada en Europa. Lo mismo da. Una sociedad que premia el endeudamiento y castiga el ahorro es una sociedad que lógicamente tendrá progresivamente más deuda y menos ahorro: es decir, más obligaciones a devolver una renta futura para cuya generación se cuenta con menores medios.

Mas, ¿qué esperar? Al endeudamiento se lo premia con inflación, tipos de interés artificialmente bajos, rescates indiscriminados y tributación amigable. Idénticos clavos con los que se sepulta al ahorro: la inflación erosiona el valor de nuestros patrimonios, los tipos de interés bajos castran su rendimiento, los rescates o las amnistías de los deudores se ceban con el expolio de los acreedores y la sangrante tributación de plusvalías, dividendos, riqueza o beneficios afean su recompensa.

A riesgo de simplificar, pocos elementos ilustran mejor esa desatada ofensiva contra el ahorro y esa desacomplejada promoción del endeudamiento que el definitivo abandono del patrón oro por parte de Estados Unidos. Vean, si no, qué ha sucedido con la tasa de ahorro neta sobre el PIB desde que en 1973 Nixon decidiera enterrar definitivamente Bretton Woods: la capacidad de la economía estadounidense para generar nuevos bienes de capital tras reponer los ya existentes se ha ido desplomando, hasta el punto de que durante esta crisis se ha vuelto negativa (es decir, el ahorro nacional es insuficiente para conservar todas las inversiones ya realizadas bajo el paraguas del brioso endeudamiento previo).

Tendencia paralela a esa explosión del endeudamiento de las últimas tres décadas, coincidente con el fin de los altísimos tipos de interés que Paul Volcker tuvo que colocar a finales de los 70 y principios de los 80 para evitar la desmonetización del dólar en favor del oro:

El sueño de todo keynesiano –la eutanasia de facto del rentista– y la pesadilla de todo economista con dos dedos de frente. A la vista de la evolución del ahorro y del endeudamiento durante las últimas cuatro décadas, ya puede suponer qué grupo ha predominado en la academia y, sobre todo, en el Gobierno.

¿Aquí paz y después gloria?

El aluvión de noticias y los rumores sobre las maniobras que deben subyacer a la sintonía –hasta para expresar la discordia– entre los mensajes del gobierno y los de la banda terrorista ETA impiden ver el bosque de un guión repetido de forma repugnante demasiadas veces.

De nuevo, ante la inminente celebración de unos comicios electorales, se pone en marcha una farsa infame, donde los actores, que son al mismo tiempo guionistas, comienzan la actuación. No cabe duda que uno de los mayores placeres para esta pléyade de pícaros que detentan el poder en España consiste en mantener ese último resorte que distingue al poderoso del débil: reservarse la potestad de pronunciar lo que es legal e ilegal. Estar por encima de la ley. Esto es, actuar de forma arbitraria esgrimiendo la legitimidad que confiere –se apresuran a pregonar estos aprendices de brujo– la aritmética parlamentaria para hacer y deshacer lo que quieran. A menudo, cuando los estigmatizados críticos de estos apaños con una banda de criminales amalgamados por una ideología colectivista y esotéricamente milenarista espetan al primero su "debilidad" frente a los terroristas, yerran ingenuamente el diagnóstico.

Los gobernantes españoles o, mejor, los tiranos a los que los españoles en su conjunto han consentido durante largos años toda suerte de tropelías sin apenas rechistar no son débiles frente a una banda de dos mil miembros activos –y acaso doscientos mil pasivos– que solo en algunas zonas del País Vasco constituye un poder de facto paralelo. Al principio de esta historia, marcada por el error letal de conceder la amnistía a sujetos reos de asesinato en los primeros años de la Transición, pudo esgrimirse que el apoyo de regímenes totalitarios y la falta de colaboración internacional de supuestos países aliados –léase Francia– dificultaban el desmantelamiento de la ETA.

Pero esa coartada se acabó hace bastante tiempo. Una banda, por muchos apoyos que sume entre una población, acostumbrada, por cierto, a observar la impunidad añadida de que gozan los terroristas frente a los demás delincuentes, no puede compararse con un Estado como el español, moderada, pero no rematadamente, ineficaz e ineficiente, como tantos otros.

Éste cuenta con ingentes recursos económicos y humanos y, si sus gobernantes se lo proponen de veras, puede destinar a decenas de miles de policías, centenares de espías y decenas de jueces y fiscales a investigar las actividades de esos terroristas, detenerlos y juzgarlos. Por otro lado, aunque el fanatismo y el mesianismo del que hacen gala los ideólogos de la ETA sea parangonable a los imperantes en otros lugares del mundo donde parecen enquistados, como ocurre en ciertos países iberoamericanos e Irlanda del Norte, también saltan a la vista las diferencias entre las sociedades sobre las que se proyectan. Aunque la insidiosa extorsión de la banda ha destrozado la vida de miles de personas y enviado al exilio a otras decenas de miles, lo cierto es que el País Vasco continúa siendo una región relativamente próspera económicamente y dista mucho todavía de ser el infierno socialista en el Cantábrico que sueñan sus autoproclamados libertadores. Dentro de ese contexto, los etarras tampoco han reclutado masas de asesinos entre jovencitos pendientes de aprobar la enseñanza secundaria obligatoria, por mucho que los programas impartidos durante años de hegemonía nacionalista hayan sembrado de odio y mentiras la conciencia de varias generaciones.

Descartado que nos encontremos ante muestras de debilidad, se hace preciso plantear claramente qué ocurre en España para que sea el único país europeo donde su gobierno no ha relegado a la marginalidad al principal grupo terrorista local. Siempre dispuestos a saltarse la ley de una manera u otra, recordemos que los dirigentes actuales de la PSOE, herederos del GAL pero investidos de manos libres gracias a su mesianismo socialista, han ensayado políticas nada improvisadas para moldear la mentalidad de los españoles y exprimir las posibilidades del sistema electoral actual, urdiendo una trama de apoyos externos a su grupo que les permita detentar el poder en el gobierno central y el mayor número de comunidades autónomas y ayuntamientos sin abolir formalmente la democracia.

Cualquiera que sean sus motivaciones, uno de los puntales que han arrojado sobre la sociedad que dominan ideológicamente ha sido esa patraña de conseguir "la paz en el País Vasco" como eufemismo para describir el resultado que se derivaría de una colaboración estratégica para que los terroristas dejen de matar y alterar las relaciones de fuerzas en las elecciones. Bien sea por incapacidad o bien por malicia de los políticos del PP, quienes podrían intentar un discurso alternativo pero no lo hacen, lo cierto es que su tarea se ve facilitada por esa ausencia. Evidentemente el miedo puede adormecer conciencias, pero los beneficios que se pueden obtener de su canalización siempre han fascinado a los teóricos socialistas. Parece que fue el siglo pasado debido a la ausencia de análisis con perspectiva en casi todos los medios, pero los socialistas no solo instaron la aprobación de una moción en el Congreso de los Diputados que otorgaba carta blanca al gobierno para tomar las decisiones que estimara convenientes en una primera fase de esta negociación, sino que buscaron y obtuvieron un aval rocambolesco del Parlamento Europeo en octubre de 2006 por un estrecho margen.

Aconsejada otra vez la jugada en vísperas de otras elecciones en mayo de 2011, el gobierno de Rodríguez Zapatero muestra concesiones y la ETA se congratula el domingo de resurrección, día elegido por el difunto Sabino Arana para celebrar el día de la Patria Vasca. Niega negociaciones con la banda terrorista, pero al mismo tiempo abre las puertas para que las siglas que patrocina a los miembros de la banda (ahora se llama Bildu) participen en las elecciones municipales. Bien es cierto que retuerce las dotes para el disimulo utilizando las instrucciones del fiscal (de cuya supuesta independencia del gobierno ya ni se habla) para que impugne algunas candidaturas de esa coalición, pero… salve a otras. Los beneficios penitenciarios para los miembros de la ETA y los aparentes despistes sobre el control de la libertad provisional de otros gotean las portadas de los medios de comunicación, incrementando la sensación de inevitabilidad de las decisiones y de que el gobierno realmente lucha pero se enfrenta a imponderables en su sacrificada tarea.

Es difícil prever si esta recompensa a los terroristas por haber asesinado durante años invocando razones políticas cuajará en primera instancia, pero tiene bastantes posibilidades, dada la desarticulación de sus críticos y el ninguneo de las víctimas que simplemente quieren justicia. Lo que sí está claro es que los elementos que se conjugan juegan con la subversión de un régimen constitucional que hace aguas por todos los costados. El apaño que están urdiendo estos aliados de ahora anuncia luchas brutales por el poder en el futuro, dada la concepción totalitaria de ambos. No habrá ni paz ni gloria.

La producción de dinero

El dinero es un bien duradero, no perecedero: la masa monetaria o su cantidad existente en un momento dado en una región determinada (o en posesión de una persona o grupo) está constituida por las existencias monetarias acumuladas en un momento anterior más los flujos que la incrementan o reducen durante el periodo comprendido entre ambos instantes. Flujos positivos son la producción local de nuevo dinero y la recepción de dinero del exterior; flujos negativos son las pérdidas o deterioros locales del dinero y las entregas al exterior.

El dinero no es algo dado sino que es necesario producirlo. En un mercado libre qué es dinero y quién y cómo lo produce son cuestiones relacionadas pero diferentes: qué bien se utiliza como dinero es una cuestión institucional en la cual participan todos los individuos que lo entregan y aceptan como medio de pago. La producción de bienes monetarios debe ser tal que su poder adquisitivo sea alto y estable: en un buen dinero, como el oro, la nueva producción a nivel global es relativamente pequeña en comparación con las existencias acumuladas y no sufre grandes oscilaciones; además la producción de dinero debe estar acoplada a la producción de todos los demás bienes y servicios (no ser independiente del resto de la actividad económica).

En una sociedad libre con división del trabajo todo el mundo emplea el dinero, lo ofrece y lo demanda al comprar y vender bienes y servicios: pero no todo el mundo produce dinero, y sus productores no disfrutan de ningún privilegio especial. La producción de dinero es como cualquier otra actividad empresarial privada, especializada, y en competencia, con costes e ingresos y posibilidad de beneficios o pérdidas: producir dinero no garantiza beneficios. Un agente económico decide producir el bien monetario si cree que es la alternativa más rentable dadas sus circunstancias particulares.

Poseer minas de metales preciosos no implica automáticamente su extracción efectiva, procesamiento, purificación, y producción estandarizada de lingotes o monedas: esta sólo se realiza si es rentable en función de los costes asumidos y el valor de lo producido según los precios de los factores necesarios y el poder adquisitivo del dinero. Además la rentabilidad debe compararse con la de otras oportunidades de negocio potencialmente más beneficiosas. El dinero se produce o importa según las ventajas comparativas de la producción y los costes de transacción.

Es absurdo exigir que se mantenga constante o congele la cantidad total de dinero, algo disfuncional e innecesario (aunque puede ser preferible a las fuertes oscilaciones debidas a los abusos o la incompetencia de los agentes estatales que monopolizan coactivamente su producción). El productor de nuevo dinero no comete ningún delito contra los poseedores de dinero: no les genera una externalidad negativa punible por causar una disminución del valor de cada unidad monetaria al incrementar la masa monetaria. Por el contrario, la producción de nuevo dinero acoplada a la producción de nuevos bienes y servicios sirve para mantener estable el poder adquisitivo del dinero, lo cual es su principal característica.

El valor o poder adquisitivo del dinero es el inverso del nivel general de precios, y este es el precio medio de todos aquellos bienes y servicios o derechos sobre los mismos que se intercambian por dinero en un periodo determinado: este promedio debe incluir a todos los bienes y servicios (no sólo los de consumo, también bienes de capital, y salarios) y debe considerar cuántas unidades de cada bien o servicio se intercambian (no es simplemente una media de los precios de cada clase).

La ecuación de intercambio monetario (MV=PY) representa la interdependencia entre la masa monetaria, la velocidad de circulación del dinero (número de veces que se intercambia cada unidad monetaria en un periodo de tiempo), el precio promedio y la cantidad de bienes y servicios intercambiados por dinero en un periodo de tiempo; es la identidad contable que expresa que los pagos totales en una economía son iguales a los cobros totales, que la suma de los precios de todo lo que se vende es igual a la suma de los precios de todo lo que se compra.

Cuántos intercambios se producen depende de cuántos agentes económicos existen, cuánta división del trabajo hay (nivel de especialización o producción para intercambio frente a producción para consumo propio) y cómo de productivos sean los agentes. Una economía libre tiende hacerse más compleja y productiva, a profundizar la especialización y a generar más cantidad y variedad de bienes que se intercambian. Para mantener el poder adquisitivo del dinero con un incremento de la cantidad de intercambios es necesario que crezca la masa monetaria, la velocidad de circulación del dinero, o ambas.

Es absurdo definir la inflación como cualquier incremento de la cantidad de dinero y criticarla como algo destructivo para la economía. La definición adecuada de inflación es el incremento excesivo de la cantidad de dinero que reduce su poder adquisitivo; igualmente la deflación es el crecimiento insuficiente (o incluso disminución) de la cantidad de dinero que incrementa su poder adquisitivo.

La producción libre de dinero no es perjudicial para la economía y tiende a estabilizar su poder adquisitivo: las expectativas de incremento (disminución) del valor del dinero tienden a estimular (desincentivar) su producción respecto a los bienes y servicios con los cuales se intercambia, lo que reduce la fluctuación.

En una sociedad no libre algunos agentes especialmente poderosos pueden influir coactivamente sobre qué bien se utiliza como dinero porque tienen alguna ventaja en su producción a bajos costes y se apropian de considerables beneficios (señoreaje): los gobernantes se apropian por la fuerza de las minas de metales preciosos, monopolizan su acuñación, disminuyen el contenido metálico exigiendo el mantenimiento del valor nominal de la moneda, o emiten papel moneda e imponen leyes de curso legal forzoso.

Sobre la viabilidad de un sistema sin Estado

Una de los temas más apasionantes y polémicos para el anarco-capitalismo es la posibilidad real y práctica de una sociedad en la que no exista Estado. Para la mayor parte de la gente, anarquía es sinónimo de caos y desorden, pero no así para el anarco-capitalista, que limita el significado al etimológico, esto es, ausencia de Estado.

Desde un punto de vista teórico, una sociedad sin Estado es perfectamente viable. En efecto, Rothbard, en su clásico Power, and the Market, demuestra que no existe ningún servicio que necesariamente haya de ser proporcionado a los individuos por una entidad monopolista de la violencia. Más en concreto, el primer capítulo de dicho libro se dedica a explicar de qué forma se podría dar la competencia en los servicios de protección y defensa, bastión irrenunciable para los estatistas.

En cambio, la evidencia histórica parece jugar en contra de la viabilidad del anarco-capitalismo. Así, se aduce que la historia de la humanidad parece probar que la existencia de un Estado, de un grupo de privilegiados que mantiene su preponderancia mediante la violencia, es casi consustancial al ser humano. No se han registrado periodos históricos prolongados, quizá ni siquiera significativos, en que la sociedad humana no haya convivido con un Estado.

Sin embargo, aun siendo una evidencia contundente, lo cierto es que la presencia continuada del Estado no resulta una prueba de que el anarco-capitalismo sea inviable. Estamos ante una instancia de la falacia del "cisne negro" popularizada por Taleb en su ensayo del mismo nombre: el hecho de que únicamente se hubieran visto cisnes blancos en Occidente durante más de 3000 años no probaba la inexistencia del cisne negro. Únicamente probaba la existencia del cisne blanco.

También en el ámbito de la evidencia histórica hay que destacar que prácticamente todos los servicios que en uno u otro momento se han usado para justificar la necesidad del Estado han sido, en algún otro momento histórico, suministrados por el libre mercado. Al respecto, conviene la lectura de The voluntary city, editado por D.T. Beito.

Sea como fuere, lo cierto es que hasta el día de hoy el Estado es una realidad en nuestras vidas, como lo ha sido durante casi toda la historia de la humanidad, con una u otra denominación.

Antes de proseguir, quizá convenga aclarar qué se entiende por Estado, por lo menos a efectos de estas líneas. Estado es aquella entidad a la que se atribuye el monopolio de la violencia legal; la violencia practicada por otras entidades es reputada como contraria al ordenamiento, y (supuestamente) condenada y perseguida por el Estado. Al concentrar todo el ejercicio de la violencia en el Estado, los individuos pueden (supuestamente) dedicarse libremente a sus quehaceres pues sus derechos de propiedad están protegidos.

Volviendo a la evidencia histórica, el Estado ha demostrado ser una solución manifiestamente mejorable para el fin al que (supuestamente) se dirige. Por un lado, ha demostrado una discutible eficacia a la hora de proteger a los ciudadanos y a sus derechos, como se observa en el nefasto funcionamiento de la justicia y demás organismos del orden público. Por otro lado, ha demostrado una indiscutible eficacia en extender su ámbito de acción mucho más allá del originalmente encomendado por la sociedad, hasta llevarlo a extremos totalitarios, con casos también sobradamente conocidos.

En resumen, el Estado ha resultado ser una solución chapucera y muy poco efectiva para un problema básico en la convivencia humana y el funcionamiento del mercado, cual es la protección de los derechos de propiedad.

Llegados a este punto, volvamos la vista a la teoría económica para recordar de qué forma consiguen mejorar los individuos el desempeño de sus distintas actividades. Como es bien sabido, la productividad solo se puede mejorar mediante estructuras productivas más largas y complejas.

Robinson Crusoe puede recolectar muy pocas bayas si lo hace con sus manos; en cambio, multiplica la producción si puede utilizar una vara para sacudir los matorrales. Pero la elaboración de dicho palo hace que se dilate en el tiempo la obtención de las bayas. Y para que pueda subsistir durante ese periodo más largo, resulta imprescindible que Robinson haya ahorrado unas cuantas bayas que le proporcionen sustento mientras se hace con la vara.

Dicho de otra forma, para conseguir mejorar la eficacia de una estructura productiva, es necesario previamente disponer de un ahorro, de un cierto nivel de riqueza que permita la subsistencia mientras se pone en marcha el nuevo sistema productivo.

¿Y si fuera esto lo que ha pasado en la historia de la humanidad en relación con el Estado? Quizá las sociedades se han tenido que conformar con una solución low cost, con una solución cutre, para satisfacer su necesidad de protección de la propiedad. Quizá durante toda la historia, la humanidad no ha sido capaz de acumular el ahorro suficiente para pasar a soluciones más caras, aunque más productivas, con que obtener esta protección. Y quizá por eso, durante toda su historia, el hombre se ha tenido que conformar con el Estado para dar solución a sus conflictos.

Pero parece que la humanidad sigue aumentando su riqueza (y ello pese a la nefanda acción de los Estados). La sociedad del siglo XXI es más rica que la del siglo XX, como ésta lo era que la del siglo XV. Si sigue este proceso de acumulación, ¿cabe alguna duda de que en algún momento llegará a ser asumible una solución para la protección de la propiedad mejor que el Estado?

La cuestión entonces pasa a ser en qué momento se habrá acumulado suficiente riqueza. ¿Podría ser ya ese momento?

El Sitio Escolástico del Rector Ibargüen

Escribo con alegría estas líneas, a un mes vista de la V Cena de la Libertad en la que se entregará el correspondiente Premio Juan de Mariana a Giancarlo Ibargüen, rector de la Universidad Francisco Marroquín (UFM) en Guatemala. Poco más voy a añadir sobre sus méritos a la información que pueden encontrar en esta misma página y sus enlaces: Giancarlo es un liberal reconocido internacionalmente (vendrán al Acto directores del Acton Institute, Atlas Economic Foundation, Liberty Fund o la Mont Pelerin Society) que asumió joven la dirección académica de esta brillante Universidad UFM, tan cercana a nuestro Instituto y que ha sufrido recientemente la pérdida de otro gran defensor de la libertad, Manuel F. Ayau, III Premio Juan de Mariana.

Me enorgullezco de conocerle personalmente y de haber sido acogido con esa cálida hospitalidad chapina durante un viaje a la Antigua ciudad de Guatemala. Allí, junto al Secretario de la UFM, Cayo Castillo, me enseñaron despacio la Casa Popenoe, restaurada por la Universidad como un centro de Convenciones. Pues bien, paseando entre orquídeas y cafetos por su jardín me encontré nada menos que con nuestros amigos escolásticos Diego de Covarrubias, Juan de Mariana o Francisco de Vitoria en uno de los pabellones artísticamente restaurados, y donde se han celebrado varios encuentros para jóvenes liberales bajo el patrocinio de El Cato y la UFM. Otras imágenes similares de aquellos doctores adornan también el Campus de la Universidad en Guatemala.

Pero, más allá del buen gusto estético, no puedo menos que admirar el gran sentido académico que ha mostrado la UFM al reconocer la importancia de los Maestros de Salamanca en los orígenes del liberalismo económico y político, o en los fundamentos del Derecho Internacional moderno. Algo sobre lo que no les voy a insistir ahora, pero que ya es una tesis científicamente asentada a pesar de que en este lado del Atlántico todavía la desconozca demasiada gente.

Sencillamente quería destacar el enorme impulso que le está dando a ese argumento un Rector "de ciencias", brillante ingeniero de telecomunicaciones y hombre de negocios, que ha sabido descubrir (y hacer patente) la tradición humanístico-liberal de la Escuela de Salamanca. Para difundir estas ideas y dar a conocer a sus autores puso en marcha el Sitio Escolástico, un espacio en la web que completa las intuiciones visuales de la Casa Popenoe. El Instituto Juan de Mariana también ha colaborado en ese proyecto, del que todavía queda mucho recorrido (y al que por supuesto animo a que se incorporen ustedes). Tan solo por este motivo creo que nuestro Rector se merece con honores el V Premio Juan de Mariana.

Sobre la suspensión de pagos de EEUU

Comenzamos la semana con la intolerable insubordinación de esa agencia de rating llamada S&P al advertir sobre la posibilidad de arrebatarle la triple A al Gobierno estadounidense: ya saben, una parte del oligopolio privado de las agencias de calificación amenazando a quien ha creado y sustenta ese oligopolio privado. Enternecedor.

Con todo, más allá de este apaño para guardar las apariencias, EEUU debería haber perdido la máxima calificación crediticia hace mucho. No ya porque su deuda pública supere el 80% del PIB, no ya porque su déficit público ronde el 10% del PIB, sino porque de momento no hay ningún plan creíble para reducir el abultadísimo déficit público futuro derivado de su "gasto social" (sí, en los turboliberales EEUU hay tanto de eso como para abocarlos al impago). Bill Gross, el mayor gestor de renta fija del mundo, ya se ha puesto corto en la deuda pública estadounidense, señal de que pintan bastos a menos que la Reserva Federal lo evite.

Y es que, de hecho, ahí se encuentra la madre del cordero. A punto de concluir el Quantitative Easing 2 –el programa por el que la Fed ha adquirido prácticamente toda la deuda pública emitida en los últimos meses–, ¿qué hará Bernanke? ¿Continuará monetizando más deuda pública para que Obama siga despilfarrando a placer en lugar de ajustar sus cuentas o, en cambio, cerrará el grifo permitiendo que los tipos de interés se disparen?

Técnicamente, el Gobierno de Estados Unidos, siempre que tenga detrás a la Reserva Federal, no puede suspender pagos. Si se les acaba el dinero, basta con que lo pinten. Disponen de un monopolio monetario controlado por el Gobierno (¡vaya si es un monopolio!) que les concede autonomía monetaria, es decir, autonomía para destruir la moneda.

Pero no se confundan. Recurrir a la inflación para no impagar la deuda es impagar la deuda, pues se devuelve una moneda de menor valor que aquella que se prestó (al acreedor le da igual que le devuelvan un 30% menos de dólares que el 100% de unos dólares con un 30% menos de valor). Se dice que Estados Unidos nunca ha suspendido pagos, pero obviamente sí lo hizo: cuando Nixon abandonó Bretton-Woods, los bancos centrales extranjeros se quedaron sin el oro al que daban derecho los dólares que tenían en sus saldos de tesorería. Es una lección muy sencilla de la que los argentinos son unos maestros: redefine la unidad monetaria hasta que puedas devolver el importe nominal al que te comprometiste.

Claro que los riesgos de esta política deshonrosa (si no puedes pagar, admítelo, pero no te cargues la divisa) son bastante elevados. Las dinámicas inflacionistas a tan alto nivel, una vez desatadas, son muy difíciles de controlar. Nada tienen que ver con la inflación de tipo crediticio que hemos vivido en los últimos 50 años: no son una inflación que nace de crear demasiado crédito sino una inflación que estalla por diluir la moneda para destruir demasiado crédito.

De momento, el mercado sólo está penalizando ligeramente al dólar porque piensa que la deuda pública monetizada por Bernanke terminará pagándose a través de los ingresos tributarios del Gobierno estadounidense. Todo cambia, sin embargo, si los operadores de mercado y los tenedores de dólares llegan a la convicción de que el Gobierno sólo amortizará la deuda pública de la Fed a través de los dólares que consiga monetizando nueva deuda pública.

Ése sería un punto hiperinflacionista de muy difícil retorno, porque significaría la descapitalización completa del banco central: los activos de deuda pública de la Fed estarían formalmente impagados en la medida en que sólo podrían atenderse a través de un mayor endeudamiento (de una mayor monetización de dólares) por parte de la misma Fed. Básicamente, el dólar se convertiría en un fraude piramidal como el de Madoff del que los inversores saldrían en desbandada.

Por eso Obama y Bernanke están jugando con fuego. A la muy zapaterina manera, no se están tomando en serio los riesgos a los que se enfrenta la mayor economía del planeta. Uno gasta y gasta porque el otro imprime e imprime. Que luego no nos vendan que eso también es culpa del libre mercado.