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Juan Márquez y el gobernador cristiano (1612)

En nuestro repaso de los autores de la Escuela de Salamanca, verán que vamos saltando con facilidad del pensamiento económico al político y viceversa. Por ejemplo, la cuestión de los tributos legítimos permite consideraciones tanto en el ámbito de la justicia distributiva como en la discusión sobre los límites del poder. Precisamente ambas cuestiones se contemplan en un interesantísimo libro de Javier López de Goicoechea sobre Juan Márquez y dos escritos suyos: El governador christiano (un encargo del duque de Feria "para los que han de tocar las cosas del gobierno") y su Respuesta a la consulta del Consejo de Castilla sobre la licitud y justicia de la aprobación de nuevos tributos (1619).

Juan Márquez (1565-1621) fue un teólogo agustino, nacido en Madrid, formado en los estudios de la Orden en Toledo y profesor de la Universidad de Salamanca. Allí sufrió diversos avatares en la provisión de las cátedras (una vieja costumbre académica que lamentablemente vemos que se mantiene hasta nuestros días), ganando finalmente la de Vísperas de Teología en 1607; al tiempo, ocupó los cargos de Predicador en la Capilla Real y censor del Santo Oficio.

En 1604 don Gómez Suárez de Figueroa, II duque de Feria y Virrey en Sicilia, escribió al fraile agustino para que compusiera "un escrito de conformidades, para los que andan ocupados en cosas públicas y peligrosas, debido a las contradicciones de lo útil y lo honesto que tales cosas conllevan". Ocho años tardó en publicarse el libro, del que en seguida celebraremos el cuarto centenario. Fue casi un modelo en su género, siendo reimpreso en 17 ocasiones, incluidas sendas traducciones al francés e italiano.

No podemos "catalogar" en pocas palabras el contenido de esta obra dentro de la literatura política del Siglo de Oro. En medio del maquiavelismo y tacitismo, los defensores de la razón de estado, los críticos del poder absoluto o la corriente jesuítica sobre los límites del gobierno, esta obra es más bien un tratado bíblico-moral del que se pudieran deducir reglas de prudencia cristiana para los que ocupan puestos de responsabilidad pública. Veremos en seguida que Márquez no tuvo el arrojo del padre Mariana en su crítica del aumento los tributos reales; pero sí manifiesta esa cierta independencia de los doctores de Salamanca frente al ejercicio del poder.

Ya en los Preliminares señala que "las leyes de una República quiere san Agustín que sean pocas y constantes; porque siendo muchas se vendrían a quebrantar por menosprecio o por olvido, y mudadas cada día llegarían a causar turbación y confusión en el pueblo". Enseñanza que nos parece muy conveniente en todo tiempo; así como la de "alargar los ojos a ver las necesidades que padecen sus vasallos, mayormente cuando nacen de las injustas opresiones"; o su recomendación de que "los hombres impacientes de sinrazones son buenos para gobernar". Lo que traduzco libremente como aquellas personas que se rebelan contra la estulticia general y lo políticamente correcto.

En sus consejos para el Gobernador cristiano, Márquez trata a continuación de los tributos, citando con perspicacia a Mariana: "Por lo cual, deben los príncipes examinar con grande atención la justicia de las nuevas contribuciones; porque cesando ésta, como los Doctores resuelven, sería robo manifiesto gravar en poco o en mucho a los vasallos. Tan cierta y tan católica es esta verdad, que aun los tributos necesarios afirman hombres de buenas letras (J. de Mariana) que no los podría imponer de nuevo el Príncipe sin consentimiento del Reino". Pero decíamos que no llega a la postura firme del jesuita: "Estos Doctores hablan cristiana y piadosamente, deseando cerrar la puerta a las tiranías de los malos Príncipes: mas tampoco es razón estrechar tanto la autoridad de los Reyes, que se venga a hacer cortesía lo que es deuda debida y natural".

Como señala el prof. López de Goicoechea, "Lo que no niega Márquez es la legitimidad de condicionar la elección del soberano a la no imposición de mayores cargas sin consentimiento popular. Pero si el pueblo ha conferido todo su poder y autoridad al monarca, como habitualmente sucede según comenta, no se puede exigir a aquél otra cosa que magnanimidad en sus decisiones, ni se le podrán atar las manos a la hora de estimar los tributos necesarios para el mantenimiento de la Hacienda Real".

Vemos, por tanto, una postura más tibia en lo referente a los límites del poder que la mantenida por Juan de Mariana, Francisco Suárez o, antes que ellos, Juan Roa Dávila. Siendo que los doctores de Salamanca, en general, comprendieron la vieja teoría pactista del Medievo que reformuló Francisco de Vitoria, luego unos y otros adaptaron esos criterios a la realidad del gobierno con mayor o menor exigencia. En el caso de Márquez, el otro documento que estamos comentando nos da la medida de su compromiso.

Efectivamente, su Respuesta a la consulta del Consejo de Castilla sobre la licitud y justicia de la aprobación de nuevos tributos (de 1619) nos muestra la imagen de un viejo maestro ya acomodado a la cercanía al poder. Y es que desde 1616 ejercía como predicador del Rey; lo que por una parte le trajo ciertas complicaciones con la Universidad de Salamanca por el abandono de su docencia (en esto tampoco hemos avanzado demasiado cuatrocientos años después); pero sobre todo le vemos mucho más transigente en cuanto a las limitaciones impositivas: "Es más probable la parte de que este tributo es justo que la contraria… Lo uno, porque en caso de duda se ha de presumir que el tributo que el Príncipe propone es justificado. Lo otro, porque hay muchos doctores que dicen que basta que el Príncipe siga opinión probable, para imponerle con justicia".

En fin, sin dejar de reconocer la erudición e inteligencia de nuestro doctor agustino, parece que se le debe situar más cerca de la llamada "razón de estado" que de la postura crítica mantenida por otros maestros de Salamanca.

Irresponsables

Pero todavía no tenemos constancia de ninguna dimisión, ninguna reprimenda, ni siquiera una disculpa. Sinde ha anunciado… que seguirá con sus planes inalterados. Ni que fuera la sentencia del antenicidio.

La política es el reino de la irresponsabilidad. Nadie paga por nada. Incluso normas como la Ley de Protección de Datos tienen excepciones para las administraciones públicas. Ni el Estado ni quienes forman parte de él, sea como funcionarios o políticos, padecen en sus carnes las consecuencias de sus malas acciones. No hay más que ver el Faisán.

El canon digital ha sido protestado con una rara unanimidad por opinadores profesionales y ciudadanos anónimos de todo el espectro político; aunque seguramente a mucha izquierda le haya molestado más que lo recaude una organización privada que el canon en sí. Los votantes de los partidos que han votado a favor lo aborrecen. Incluso ha surgido una iniciativa llamada #nolesvotes que pide que no se apoye en las urnas a PP, PSOE y CiU, responsables de la aprobación de la Ley Sinde. Pero no servirá de nada. Aunque les voten menos, ganará el PP, o el PSOE. No existe alternativa real en un sistema político organizado de tal modo que hay garantía de que no exista competencia a los partidos ya asentados. Rajoy y Zapatero podrán ser despreciados a modo, pero ningún tercer candidato puede aspirar a gobernar, a no ser que antes se convierta en califa del partido en lugar del califa actual.

No existe puesto más seguro que el de político o funcionario. Tienes que ser un delincuente para perderlo, y a veces ni eso. Evidentemente, un asuntillo de poca monta como que la Audiencia Nacional declare ilegal la regulación del canon es lo de menos. Hacemos otra norma, y punto. Y los súbditos afectados, que se aguanten y, a poder ser, no hagan mucho ruido.

El dinero como institución evolutiva

El dinero es una institución abstracta que puede concretarse de diferentes maneras. Cada sociedad o sistema económico utiliza un bien específico como dinero y lo produce de algún modo. La determinación de qué bien concreto se utiliza para cumplir las funciones abstractas del dinero no necesita ningún mandato centralizado ni ningún implausible contrato o consenso social.

El dinero es una institución, un patrón repetitivo de conducta que emerge de forma evolutiva mediante la generación de alternativas, selección y generalización de lo exitoso, y rechazo y desaparición de lo fracasado: múltiples agentes participan imitándose unos a otros y ocasionalmente probando algo nuevo. El uso generalizado de un mismo bien concreto como dinero se origina por difusión espontánea sin necesidad de coordinación central: múltiples acoplamientos parciales y locales generan un orden global.

El dinero permite la coordinación social: cada agente utiliza un dinero concreto y lo acepta como medio de pago porque sabe o cree que los demás individuos con quienes se relaciona habitualmente lo han hecho, lo hacen y continuarán haciéndolo. A cada usuario de un dinero concreto le interesa que los demás agentes económicos con quienes realiza o podría realizar intercambios usen el mismo dinero. La institución del dinero se mantiene por los intereses comunes y entrelazados de todos los participantes.

El dinero es un bien red: cuantos más agentes lo empleen, más útil resulta para cada usuario (realimentación positiva reforzadora). La existencia prolongada de competencia entre dineros alternativos en un mismo grupo o zona geográfica es anómala, ya que cuanto más popular es una variante más puede incrementar su popularidad y desplazar a las demás. Dineros diferentes pueden coexistir si son complementarios (oro para mucho valor, plata para poco valor) o en regiones limítrofes.

Otras instituciones como el lenguaje o el derecho constan de múltiples elementos que pueden tener variedad geográfica y evolucionar de forma relativamente independiente: vocabulario y sintaxis de diversos idiomas o dialectos (símbolos y reglas parcialmente arbitrarias), normas concretas de diferentes tradiciones o sistemas legales. El dinero en contraste es básicamente un solo bien (o unos pocos bienes) que no se elige de forma caprichosa: las características objetivas de los bienes materiales los diferencian claramente respecto a su funcionalidad monetaria.

La existencia de un único dinero concreto completamente universal es en principio posible pero no está garantizada. El camino histórico de una institución es determinante para su desarrollo futuro. Una variante institucional (una forma concreta de dinero) tiene un alcance espacial determinado por su lugar de origen y sus posibilidades de expansión. Es posible que grupos suficientemente separados tengan dineros o monedas diferentes por su evolución histórica independiente, la debilidad de las relaciones de acoplamiento y los costes de transición entre variantes institucionales.

Un determinado bien (como un metal precioso) puede ser técnicamente el mejor dinero posible (almacenamiento, transporte, manipulación, reconocimiento), pero su implantación exitosa es problemática y depende de la resistencia de las tradiciones culturales relativas a otros dineros preexistentes y de los intereses y las fuerzas relativas de los productores y poseedores de las diferentes variantes monetarias.

Los seres humanos han convivido históricamente en diversos grupos más o menos aislados entre sí: las relaciones son más frecuentes e intensas entre individuos más próximos pertenecientes al mismo grupo. Las fronteras o límites entre grupos pueden ser más o menos difusas (zonas de transición con influencias mixtas o pertenencia a varios conjuntos) y permeables (grupos abiertos o cerrados, aislados). Algunos individuos se especializan en relaciones entre grupos alejados (aventureros, exploradores, comerciantes importadores y exportadores).

La evolución institucional es histórica y gradual: cada situación se construye mediante cambios marginales a partir de la situación anterior. Pero la velocidad de cambio no es necesariamente constante: en algunas circunstancias un sistema complejo es muy sensible a ciertos cambios internos o ambientales, mientras que en otras circunstancias un sistema puede ser muy resistente al cambio. Algunos cambios institucionales suceden en momentos críticos, transiciones, cruces de umbrales o cambios de fase: influencia cultural o invasión e imposición exógena, aislamiento de un grupo pequeño con menos resistencia al cambio, cambios tecnológicos importantes (metalurgia, imprenta).

Durante la formación inicial de una institución pueden competir alternativas sin que ninguna tenga la ventaja de ya estar implantada. Una vez afianzadas, las implementaciones concretas de las instituciones sociales tienen una fuerte inercia, que por un lado las hace útiles (las expectativas de los agentes tienden a cumplirse) pero por otro dificulta los cambios adaptativos.

La estabilidad de las instituciones es fuerte pero no absoluta: una forma concreta relativamente peor puede ser sustituida por otra mejor si los costes de transición entre ambas no son demasiado elevados (o mantenerse en caso contrario). La adopción de una alternativa potencialmente mejor debe enfrentarse al gran coste que supone su promoción y el abandono generalizado de la anterior, considerando además el posible riesgo de fracaso de lo novedoso en comparación con la funcionalidad de lo ya conocido.

Los miembros de diferentes grupos, aunque utilicen los mismos metales preciosos (oro y plata) como dinero, pueden utilizar diferentes acuñaciones o monedas: la confianza en la certificación de la pureza y la cantidad declarada de la moneda por algún agente con buena reputación puede estar limitada a un área en la cual el prestigio del certificador es conocido; los imperativos legales tienen jurisdicción limitada (el curso legal forzoso sólo se extiende al ámbito de soberanía del gobernante).

La determinación de qué bien concreto se usa como dinero puede verse influida o distorsionada por algunos agentes especialmente poderosos que pueden imponer coactivamente su criterio o dificultar la competencia en su propio beneficio y a costa de los demás: monopolio de la producción, certificación o acuñación; exigencia del pago de impuestos en una determinada moneda; protección privilegiada de ciertos aliados productores de dinero o complementos monetarios (billetes y depósitos de bancos prestamistas del gobierno); imposición legal de algún dinero fiat con bajos costes de producción, sin valor intrínseco ni convertibilidad ni adecuado respaldo.

En una sociedad libre nadie está obligado a aceptar ningún bien concreto como dinero. En cada intercambio una parte propone y la otra acepta o no unas condiciones, entre las cuales puede figurar el medio de pago. Cada agente económico refuerza una institución mediante su uso voluntario.

Los 40 millones de jefes de Ana Pastor

No pude seguir en directo la entrevista que le hizo Ana Pastor a Mahmud Ahmadineyad (aunque he podido ver algunos pasajes en internet) pero, según me cuentan todos los que la vieron, la periodista española estuvo impecable: preguntó lo que tenía que preguntar, no se dejó avasallar por el tirano iraní y le molestó con cuestiones que pocas veces ha tenido que responder.

No me sorprendió, aunque eso no le quita mérito. En los últimos años, son habituales en los medios españoles las entrevistas a la carta, pero Pastor lleva tiempo demostrando que es posible para un periodista molestar a un político con cuestiones incómodas e, incluso, reprenderle si no responde a aquello que se le pregunta. Y lo hace desde una televisión pública, algo de lo que se enorgullece.

Un par de días después de volver de Irán, acudió a Buenafuente y esta vez sí pude ver en vivo las respuestas que daba cuando se le preguntaba por su trabajo: “[Quiero] ofrecer una televisión pública de calidad. La entrevista [a Ahmadineyad] es un símbolo de esta televisión pública en la que creo y de la que estoy orgullosa de formar parte. A mí nadie me dice cómo tengo que hacer las entrevistas”.

En un momento dado, Andreu incluso le reconoce que la visita a Teherán puede que sea la mejor campaña de marketing de RTVE: “Dices, hombre, ya que tenemos una tele pública, que trabaje gente buena, ya que la pagamos”. La respuesta de Ana no tiene desperdicio: “Sí, eso es verdad, nuestros jefes son los cuarenta y picos millones de españoles que espero que crean, y lo sé, en este modelo, que pienso que tiene que perdurar”. Es una pena que el cómico catalán no sea tan buen entrevistador como Pastor, porque de sus palabras se pueden sacar muchas cuestiones que no se deberían haber dejado en el aire.

Es fácil para un liberal criticar un servicio público de mala calidad, pero todo se vuelve más complicado cuando lo que te ponen enfrente es a un funcionario haciendo bien su trabajo. En realidad, esto parte de un equívoco habitual en la literatura anti-estado. Como no nos gusta el modelo, usamos los ejemplos negativos como si fueran la norma exclusiva. De esta manera, satirizamos al funcionario, criticamos la ineficiencia del burócrata o nos cebamos con el político en abstracto, como si todos los que trabajan para el poder político fueran malvados, inútiles o perezosos.

La realidad nos desmiente a poco que abramos los ojos. Tengo numerosos familiares y amigos que trabajan, de una u otra forma, para el Estado y la inmensa mayoría son amables, inteligentes e industriosos. De hecho, no sólo mis conocidos cumplen estas características: en la mayoría de las ocasiones que he tenido que acudir a solucionar un problema con la Administración, me he encontrado con funcionarios cordiales, deseosos de ayudarme y competentes profesionalmente. El problema no es de personas, es de modelo.

Ana dice que sus jefes son “los cuarenta y pico millones de españoles”, pero ella misma sabe que eso no es verdad. Sus jefes son los burócratas nombrados a dedo por el Gobierno para dirigir RTVE. Si ella quiere conservar su trabajo, deberá convencerles a ellos, y no a los telespectadores, de que lo merece.

Cuando afirma que sabe que los españoles creen en “esta de televisión pública”, alguien debería preguntarle: ¿y cómo lo sabes? ¿Les has preguntado a todos? ¿Les has pedido su dinero, uno a uno, para pagarla? RTVE cuesta unos 1.200 millones de euros al año Sale a unos 70 euros al año por hogar aproximadamente. No parece una cantidad desaforada. Puede que haya muchos españoles dispuestos a pagarla a cambio de ver las entrevistas de Pastor y las series sin anuncios. El problema es que Ana no parece darse cuenta de que sus palabras se contradicen. Porque sus jefes no son los ciudadanos, ni éstos son libres de pagarle su sueldo.

Puede que a una gran mayoría de nosotros nos guste Pastor como entrevistadora: incluso aunque sepamos que no comparte nuestras ideas políticas, nos agrada como realiza su trabajo. Seguramente, esa estima del público le garantizaría un puesto en otras muchas cadenas y allí lo haría igual de bien: la diferencia estaría en los incentivos que hay en uno y otro lugar.

En cualquier trabajo, el objetivo es mantener el puesto, ascender si es posible y ganar más dinero si se tercia. En la empresa privada, para lograrlo, uno tiene que convencer al cliente (o a tu jefe) de que su labor merece la pena, y de que el sueldo que recibe es merecedor de esa confianza. Eso no elimina a los inútiles, que pululan también por los pasillos de las grandes compañías, pero les hace más difícil avanzar. Una empresa sólo puede sobrevivir si es lo suficientemente eficiente en su organización interna como para obtener beneficios y esto sólo se logra ofreciendo al público bienes que éste desea a un buen precio. Cada departamento debe estar enfocado a este objetivo. Puede que en un momento determinado haya un jefe poco preparado o un trabajador incapaz, pero la propia dinámica del negocio los sacará a la luz, puesto que de no hacerlo, la compañía lo acabará pagando. Es decir: hay ineficiencias, errores y fallos cada día, pero los incentivos de todos los que participan en ella los llevan a minimizarlos.

En la empresa pública la decisión final no está en el público, sino en el burócrata. Es éste quien tiene en sus manos el control del dinero y de sus trabajadores. No quiere esto decir ni que el político sea malo per se, ni que el funcionario vaya a ponerse a sus órdenes y a olvidar al ciudadano. Lo que significa es que el que decide donde se gasta el presupuesto, cómo se organiza una oficina o quién ocupa una vacante tiene como prioridad satisfacer al político y no al público. Esto crea incentivos perversos y provoca que, de media, haya más ineficiencia y derroche en el sector público que en el privado.

De la misma manera, una película, obra de teatro o programa de televisión subvencionado no tiene por qué ser malo: simplemente, no se sabe, porque quien la paga (contribuyente) no es quien se beneficia de ella (artistas, políticos,…). Por eso, el antiguo ente público RTVE acumuló hasta 7.500 millones de euros de deuda, una cantidad que habría llevado a la quiebra a casi cualquier otro grupo de comunicación.

Ana Pastor dice que los cuarenta millones de españoles somos sus jefes. Dudo de que ella misma se lo crea, pero desde ese pequeño puesto de honor que me concede, me gustaría decirle: “Gracias por tu entrevista a Ahmadineyad; fue un gran trabajo. Eso sí, la próxima vez, deja que sea yo el que decida si quiere pagar mi (pequeña) parte de tu billete de avión, del hotel, del equipo técnico y de tu sueldo. Estaría encantado de hacerlo”.

Regular los mercados

Estas afirmaciones revelan una profunda ignorancia de lo que son y cómo operan y se autorregulan los mercados libres, que son órdenes espontáneos complejos que no pueden ser diseñados o planificados de forma coactiva y centralizada.

Un mercado libre, por definición, se basa en una regla fundamental, el derecho de propiedad, o sus formas equivalentes: el principio de no agresión o la libertad individual. Cada persona está legitimada para decidir libremente qué hacer con lo que posee, sin coacciones externas, en el ámbito limitado de su justa posesión, con la única restricción de no invadir la propiedad ajena: debe respetar la libertad de los demás, no agredir a otros, no robar o dañar lo que no es suyo. Además es legítimo usar la fuerza para defenderse de ataques o amenazas claras e inminentes y para reclamar justicia por alguna violación del derecho.

También existen normas sobre cómo acceder a la propiedad, siendo el primer usuario de algo (colonización), o mediante intercambios voluntarios que benefician a ambas partes. Así cada agente especializado en un sistema de división de trabajo, comercio y competencia se enriquece en la medida en que sirve adecuadamente a los demás. Los precios y las cantidades se ajustan o equilibran mediante la interacción de la oferta y la demanda. El mercado se autorregula porque los productores ineficientes, los que no sirven satisfactoriamente a los consumidores, cosechan pérdidas y ven disminuido su poder de actuación; los productores eficientes obtienen beneficios y tienen más medios a su disposición.

Además del derecho de propiedad como norma universal y abstracta, en los mercados existen múltiples y diversas normas particulares y concretas, generadas mediante contratos, compromisos formales exigibles por la fuerza entre partes con preferencias y conocimiento específicos acerca de su situación. Si uno quiere restringir las acciones de otros, puede hacerlo pactando con ellos y ofreciéndoles algo a cambio: pero tal vez no les interese, y quizás lo que quiere el promotor de una regulación es limitar la libertad pacífica de otros sin su consentimiento y en contra de sus intereses, imponiendo su particular criterio sobre los demás. Las normas se transforman en armas cuando se usan para perjudicar a otros en beneficio propio: el derecho se pervierte y se transforma en herramienta de depredación, parasitismo o bloqueo al competidor.

Los defensores de la regulación exógena por agentes coactivos (gobernantes, burócratas, tecnócratas) no suelen saber de lo que hablan. Proponen regular ámbitos que ya están regulados y en los cuales la intervención es la causa de los problemas. Omiten cuidadosamente los detalles acerca de los contenidos concretos de las normas que proponen, asumiendo que el regulador experto es sabio y bondadoso y ya concretará con acierto y sin posibilidad de error; ignoran que el planificador no tiene incentivos adecuados para acertar ni dispone del conocimiento disperso acerca de las circunstancias locales de cada uno.

Cuando dan detalles éstos tienden a ser arbitrarios y mal argumentados; parece que sólo una regla específica es posible para cada asunto, que no puede haber competencia y adaptación entre diversas alternativas. No consideran los efectos secundarios, indirectos y a largo plazo de las regulaciones que proponen. Y olvidan que no basta con decretar normas, sino que hay supervisar y vigilar su cumplimiento, lo cual puede no ser posible o tener un coste considerable: a los intervencionistas esto no suele importarles, porque asumen que el coste lo van a pagar otros, que es básicamente su filosofía de vida.

La chaqueta de Botín

Y parecía decir, con ese gesto, que ha estado trabajando en las palabras que iba a decir ante Zapatero hasta el momento antes de pronunciarlas.

En fin, que se puede interpretar como uno quiera. Al fin y al cabo lo único que ha hecho es ponerse la chaqueta. Lo que no ha hecho, eso queda claro, es cambiarla. Siempre ha estado al lado de Zapatero. No sabemos si a la izquierda, a la derecha, delante, detrás, pero cerca. A comienzos de septiembre de 2007, un año antes de que estallara la crisis, Botín hizo de anfitrión del presidente del Gobierno, y lanzó un claro mensaje de confianza en la política de Rodríguez Zapatero. El diario El País titulaba entonces: "Zapatero y Botín coinciden en confiar en la economía frente al catastrofismo del PP", lo que acompañaba con una foto en la que ambos personajes se fundían en un monstruo de dos cabezas. Hoy tenemos la catástrofe, pero el apoyo del banquero no ha cambiado.

En la Junta General de Accionistas de 2010, Botín alabó la política de contención del gasto del Gobierno. Aunque pidió nuevas reformas, que más tarde tendría ocasión de alabar, como la financiera. En febrero de este año, con Merkel revisando en Madrid el cumplimiento de la política económica que ella ordena, volvió a incidir en las "magníficas" reformas zapateriles. Este sábado ha dicho claramente que Zapatero no debe convocar elecciones anticipadas ni debe anunciar su intención de no presentarse, si es el caso. Lo primero porque detendría el programa de reformas hasta la llegada de un nuevo Gobierno y lo segundo porque entorpecería la labor del Gobierno, más pendiente de mantenerse en equilibrio con todos sus ministros liderando candidaturas a suceder a Zapatero, o alineándose con uno u otra. ¿No había un partido de oposición que legítimamente aspira a suceder al PSOE en el poder y, acaso, hacerlo un poco mejor? Nada, la opción es Zapatero hasta el final, y Dios dirá.

No es el único que ha salido en socorro del Gobierno. Al fin y al cabo, los empresarios deben luchar por sus propios intereses y en un momento de zozobra financiera es lógico que los banqueros opten por la estabilidad y por mantener la política económica de Merkel. Ahora, nadie se ha puesto la chaqueta camino de La Moncloa con tanta gracia como Emilio Botín.

¿Por qué usamos el dinero?

Nada, apenas un convidado de piedra que sí, engrasa y facilita los intercambios frente al trueque, pero poco más.

Lo cierto, sin embargo, es que el dinero es un elemento esencial dentro de nuestro sistema económico. No sólo porque actúe como medio generalizado de intercambio –que también– sino porque desempeña otras dos funciones de tanta o mayor importancia: ser un depósito de valor y una unidad de cuenta.

Empecemos por lo básico: los seres humanos tenemos problemas para coordinarnos en órdenes sociales muy extensos. Por un lado, somos productores especializados y consumidores generalistas, lo que implica que, en ausencia de dinero, sólo podríamos realizar intercambios mutuamente beneficios con aquellas personas que tuvieran lo que nosotros queremos y, al mismo tiempo, quisieran lo que nosotros tenemos. Viviríamos merced al trueque y como nuestra área de conocimiento estaría muy limitada, apenas intercambiaríamos nada. ¿Acaso conozco yo las necesidades del chino que ha fabricado el ordenador con el que estoy escribiendo este artículo? Ni siquiera sé quién es; difícil, pues, que hubiésemos podido llegar a realizar algún intercambio que nos beneficiara a ambos.

Por otro, los seres humanos también deseamos trasladar parte del valor de nuestra producción presente al futuro. Nos gusta acaparar lo que no necesitamos ahora para poderlo emplear después. El problema es que, salvo algunos bienes muy básicos, no sabemos qué vamos a necesitar o desear en el futuro (y aparte, muchas de las cosas que podamos desear se estropean o pasan de moda con el tiempo). Tampoco, ni mucho menos, sabemos qué va a necesitar o desear en el futuro la persona que pueda proporcionarnos esos ignotos bienes que nosotros necesitaremos o desearemos con el paso de los meses. Entonces, entre tanto barullo y confusión, ¿cómo preparar hoy, a partir de nuestra producción actual, la satisfacción de nuestras necesidades futuras?

Una forma es utilizando el dinero como depósito de valor, es decir, atesorándolo. Yo vendo mi producción en el presente, obtengo dinero y me lo guardo debajo del colchón consciente de que en cualquier momento futuro podré echar mano de él para comprar lo que quiera… sea esto lo que sea. La otra forma sería tratando de anticipar las necesidades futuras de los consumidores: vendo mi mercancía presente a cambio de dinero e invierto ese dinero en producir bienes futuros que les venderé a los consumidores por más dinero (el famoso D-M-D’ de Marx) y con el cual ya podré comprar cualesquiera bienes que demande en ese momento.

Mucha gente considera que atesorar dinero es una estupidez individual (renunciamos a la rentabilidad de las inversiones) y un suicidio social (si la gente atesora dinero, no se gasta y la actividad económica se contrae). Es una excusa como cualquier otra para justificar que los Gobiernos generen inflación, "incentivando" el desatesoramiento de dinero. Otro día les hablaré sobre las diferencias entre atesorar el dinero e invertirlo y sobre por qué no podemos decir que una de las dos alternativas sea siempre superior a la otra. No es un tema baladí: los errores fundamentales de keynesianos y monetaristas nacen de no entender este punto básico.

Por último, en una economía de intercambio, donde cada persona produce para satisfacer las necesidades ajenas como paso previo a satisfacer las propias, debe de existir algún método para averiguar qué producciones son las más valiosas. Al cabo, las materias primas y trabajadores que yo utilizo para producir, por ejemplo, corbatas son materias primas y trabajadores que otro no podrá utilizar otra persona para producir, por ejemplo, maletines. ¿Qué les es más valioso a los consumidores? ¿Cómo comparar las manzanas-corbatas con las peras-trabajadores o con los melocotones-maletines? De nuevo, el dinero entra en acción: si reducimos todos los bienes y factores a un precio monetario que se haya determinado a través de intercambios voluntarios en el mercado, podremos calcular si los consumidores valoran más, en dinero, las corbatas que los maletines o que el resto de usos alternativos que se les podría haber dado a los trabajadores y a las materias primas. El dinero, pues, también sirve como común denominador y herramienta de cálculo para tomar decisiones empresariales.

Lejos de lo que parece transmitir la expresión clásica del "velo monetario", el dinero presta un servicio (o triple servicio) esencial e insustituible dentro de nuestras sociedades. Es el dinero, al final, lo que fuerza a los empresarios a competir para ponerse al servicio de los consumidores, lo que valida la soberanía del consumidor: si éstos no enajenan sus mercancías a cambio de dinero, se quedan atascados con ellas, lo que significa que no podrán acceder ni hoy ni mañana a las mercancías que hubiesen deseado adquirir. Por eso, Gobiernos y empresarios ineficientes llevan siglos atacando al dinero desde todos los frentes. Viva la inflación es muera el dinero y muera la división del trabajo.

¿La guerra del mundo nuevo?

Quede claro que un posible derrocamiento del Coronel Gadafi no merece ni una sola lágrima. Para quienes se asoman a los acontecimientos de la política internacional con aspiraciones de objetividad, el tinglado llamado Yamahiria montado por ese militar libio después de su golpe de estado de 1969 siguiendo la estela de los regímenes comunistas a las órdenes de Moscú, siempre fue una banda de criminales.

Como especialmente execrable cabe recordar el atentado contra el avión de la PAN-AM (vuelo 103 Londres-Nueva York) cuando el 28 de diciembre de 1988 sobrevolaba Lockerbie, donde fueron masacradas doscientas setenta personas, incluyendo a todos los tripulantes y algunos vecinos de ese pueblo escocés que tuvo la desgracia de sufrir la caída de los restos de la aeronave. Un par de años antes el presidente norteamericano Ronald Reagan había lanzado a la poderosa aviación norteamericana contra distintos objetivos militares en Trípoli y Bengasi, incluidas las residencias de este tirano histriónico, después de que el 5 de abril de 1986 se produjera un atentado en una discoteca de Berlín Occidental, frecuentada por soldados norteamericanos, que segó la vida de tres personas.

A pesar de las diatribas contra el imperialismo norteamericano por hacer lo mismo que él está haciendo ahora, lo cierto es que este bandido sobrevivió al ataque norteamericano. Tras la demolición del Muro de Berlín, buscó un barniz islámico, redujo sus intervenciones para dominar a sus vecinos africanos y su apoyo a grupos terroristas occidentales entró en una fase de letargo. Por el contrario, se concentró en apuntalar un pintoresco régimen posrevolucionario para convertirlo en una especie de monarquía despótica y sanguinaria, al modo sirio, por ejemplo. Gracias a los grandes yacimientos petrolíferos que se encuentran en las costas y el territorio libio, él y los suyos probablemente deben gran parte de su fortuna a las comisiones por las concesiones de explotación de esos pozos y la adjudicación de grandes proyectos de obras públicas a empresas italianas, francesas, británicas, españolas…

Sorprendente y significativo fue el episodio de las enfermeras búlgaras liberadas por la intervención del presidente francés Sarkozy, que recordó tanto los rescates de rehenes desamparados en manos de los piratas berberiscos del siglo XVI. A ello siguió una visita a Libia, en julio de 2007, para sellar unos acuerdos de venta de material militar y un reactor nuclear para "desalinizar agua". Hace apenas un año, no obstante, este rufián amenazó a las autoridades helvéticas con la "yihad" por el hecho de que los suizos aprobaran en referéndum prohibir la construcción de nuevos minaretes en las mezquitas, lo cual se añadía a la supuesta afrenta que había sufrido su familia cuando la policía de ese país tuvo la prosaica idea de detener en julio de 2008 a su primogénito, Hannibal (¡ojo al homenaje al caudillo cartaginés!) y su esposa por haber infligido malos tratos a sus criados en una de sus estancias en Ginebra.

Dentro de las recientes revueltas en distintos países árabes ocurrió que le llegó el turno a la satrapía libia, la cual había sobrevivido a la caída de antiguos mentores en la Unión Soviética. Por el momento, la información disponible sobre cuál sea la orientación de esos rebeldes dista mucho de ser completa. ¿Miembros de tribus distintas a la de Gadafi? Cuarenta años de dictadura sanguinaria implacable permiten suponer que habrá un número relativamente importante de exiliados. Probablemente un primer gobierno que se hiciera con el control de todo el país quedaría profundamente agradecido por la colaboración de los países que han decidido intervenir. Pero nadie desde fuera puede asegurar su estabilidad y cuál será su evolución posterior. Tampoco cabe descartar que haya sucesivos golpes de mano y que, al final, los extremistas islámicos se alcen con el poder político.

En todo caso, el factor que se ha presentado como crucial en todas las resoluciones del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas para establecer una zona de exclusión aérea en el territorio libio ha venido determinado por las agresiones militares a la población civil, aunque sea allí, precisamente, donde se han hecho más fuertes los rebeldes. La última resolución [1973/2011] autoriza a los gobiernos involucrados (EEUU y países europeos miembros de la OTAN como Reino Unido, Francia, España) a "adoptar todas las medidas necesarias (…) para proteger a los civiles amenazados de agresiones militares dentro del territorio libio, incluyendo Bengasi". De momento, sin embargo, no se autoriza la intervención de ninguna "fuerza de ocupación extranjera de cualquier clase sobre cualquier parte del territorio". Asimismo, se prohíben todos los vuelos sobre Libia para proteger a esa población civil, salvo aquellos que transporten alimentos y medicinas o personal de ayuda para esa población civil, y se autoriza a aquellos países que hayan notificado a los Secretarios Generales de la ONU y de la Liga Árabe su participación para que adopten todas las medidas necesarias para hacer cumplir la prohibición de vuelos. Otras medidas complementarias contra el gobierno de Gadafi vienen dadas por el embargo de armas y la congelación de todo tipo de fondos y activos del gobierno libio y de una lista de personas y agencias que actúan en su nombre en todos los bancos e instituciones financieras del mundo.

No obstante la fragilidad del acuerdo en el seno del gobierno interestatal mundial embrionario que constituye el Consejo de Seguridad (Alemania, Rusia, India y China se abstuvieron), la resolución permite emprender la guerra más allá del marco perfilado originalmente en el tratado de las Naciones Unidas "para mantener o restablecer la paz y la seguridad internacionales" (Capítulo VII del Tratado de las Naciones Unidas). Se arguye que el coronel Gadafi ha vulnerado principios de Derecho Internacional Humanitario e, incluso, se recuerda una denuncia ante el Fiscal de Tribunal Penal Internacional para que investigue los hechos acontecidos en Libia desde el 15 de febrero de este año, principalmente con objeto de hallar a los responsables de las agresiones aéreas y navales dirigidas a la población civil. Obviamente es muy probable que, en efecto, Gadafi sea responsable de crímenes contra la humanidad, pero esto ha ocurrido en otras partes del mundo (Chechenia, Tibet o países dominados por dictaduras sanguinarias como Corea del Norte, Cuba y otras dictaduras emergentes) sin que se hayan dado siquiera los pasos para condenar esas acciones.

Aparte de cuestiones como el doble rasero de la ONU para abordar situaciones similares de manera muy diferente, y la falta de legitimidad de la mayoría de los estados del planeta para exigir a otro el respeto de derechos humanos pisoteados, estas guerras plantean el dilema de si resulta plausible para los países occidentales emprenderlas cuando también pueden suponer en principio una vulneración de los principios de no intervención en los asuntos internos de otro estado, a no ser que éste haya agredido a otro. Sus políticos parecen muy interesados en alcanzar un perfil internacional demostrando su dedicación a estos asuntos de una manera selectiva, pero los individuos que sufragan las aventuras de esos líderes tienen ya suficientes problemas. Pueden invocarse razones humanitarias y cualesquiera otras, pero, para empezar, habría que exigir a los políticos de los mal llamados países capitalistas libres que no compadreen con criminales de baja estofa. La llama de la libertad, si alguna vez ha de prender en todos esos lugares, vendrá acompañada de una difusión más amplia de los ideales y las prácticas que sirven para cultivarla; de la propagación del libre comercio sin mediatizaciones mercantilistas y corruptas y de la asimilación de las libertades fundamentales proclamadas por el liberalismo clásico. Mientras tanto, las intervenciones puntuales solo quedarán justificadas en caso de que las vidas y las propiedades de personas de los países concernidos sean atropelladas.

El mando de la RAF estacionado en Italia ha informado de que las fuerzas aéreas libias y sus sistemas de control aéreo han dejado de ser operativos debido a los ataques de la aviación aliada. Ante la ausencia de una habilitación para tomar posiciones en tierra, esperemos que la situación no se prolongue hasta convertirse en un avispero.

El canon rompe el Clan de la Ceja

Esto viene a confirmar una vez más que la famosa Disposición Final que permite el cierre de webs con enlaces a redes de intercambios de archivo es un disparate jurídico. Sólo dos días después supimos que la Audiencia Nacional anuló "de pleno derecho" el canon de marras. La decisión supone un duro varapalo para las entidades de gestión, que durante años han estado ingresando ingentes cantidades del dinero sustraído a los ciudadanos por esta vía. Y sin esperar al fin de semana, el viernes se escenificó una fractura en el "Clan de la Ceja" por estas cuestiones.

Dos de los máximos representantes del "artisteo" (considerarlos intelectuales o representantes "de la cultura" es demasiado generoso) orgánico hispánico, Imanol Arias y Juan Echanove, protagonizaron una discusión pública por estas materias. El debate es importante, puesto que se trata de dos actores muy próximos al Gobierno de Rodríguez Zapatero, que protagonizan juntos una serie de no ficción en la TVE (el Ejecutivo es generoso utilizando las empresas públicas para premiar a sus fieles) y comparten amistad. Hasta hace poco cabría haber esperado que mostraran una unidad sin fisuras a favor del canon y en contra de las descargas de internet, puesto que son dos de las banderas que tradicionalmente han unido a culturetas varios y el Gabinete de ZP.

Echanove representa lo más rancio del mundillo izquierdista del cine español, que es muy similar a su equivalente estadounidense tan mimado por Obama. Su discurso es el tradicional: defensa del canon, victimización con la excusa de las descargas (¡cómo si las películas españolas fueran especialmente compartidas en las redes de pares!) y la técnica recurrente de "si quieren contenidos gratis, que los pague el Estado". Esto último sería lo que realmente les gustaría. Que además de las generosas e injustificables subvenciones que ya reciben los cineastas españoles, se les pagara con los impuestos de los españoles por la posibilidad de que alguien quisiera ver una película suya bajada de internet. Cualquier cosa con tal de no adaptarse a una realidad cambiante y no tener que depender del gusto de los consumidores, que un día sí y otro también dicen que no les gusta el cine que se hace en España.

Por el contrario, Imanol Arias apuesta por un discurso distinto, sorprendente por lo general en el panorama artístico español. Al igual que Alex de la Iglesia, sostiene que hay que escuchar a los internautas y no ataca las descargas gratuitas de internet. Como en el caso del director de cine, hay que celebrar su conversión. El ambiente en el que se mueve es sumamente sectario, y no cabe descartar que su carrera pueda sufrir represalias por ello. El "Clan de la Ceja" comienza a romperse por el canon y las descargas. Zapatero y Sinde deberían preocuparse por ello.

La competencia perfecta de las tribus nómadas

El modelo de competencia perfecta es el signo más distintivo de la economía neoclásica y, por ende, de la economía mainstream que domina en la actualidad en círculos académicos y políticos.

La gran mayoría de decisiones regulatorias con pretendido fundamento económico utilizan dicho modelo para su justificación. A modo de ejemplo, todo el derecho de la competencia o antitrust tiene sus bases en dicho modelo; o sea, que cuando se persigue a Microsoft o se sanciona a las compañías aéreas, es porque alguien está mirando a ese modelo y echando la culpa a estos agentes de que no se cumpla lo predicho por el mismo.

El modelo de competencia perfecta descansa en una serie de supuestos que, como bien han señalado muchos autores, más que supuestos son condiciones para hacer que haya solución de equilibrio. Esto es, no se simplifica la realidad para hacerla manejable, sino que se simplifica con el objetivo de que el modelo tenga solución.

Entre estos supuestos, cabe señalar los siguientes:

  • Todos los agentes tienen información perfecta.
  • Hay un gran número de oferentes, que confrontan una curva de demanda horizontal (esto es, solo se puede vender a un precio, y a ese precio se puede vender cualquier cantidad ofrecida).
  • No hay barreras de entrada ni de salida al mercado.
  • La capacidad y la tecnología están dadas y son exógenas al modelo.
  • El producto que se vende es perfectamente homogéneo.

Los economistas neoclásicos demuestran que, en estas condiciones, el mercado está en equilibrio. Y, más importante aún, dicha situación de equilibrio es un óptimo Paretiano: ningún intercambio puede mejorar la situación de un individuo sin empeorar la de otro. Así pues, el mercado en competencia perfecta no es solo una situación de equilibrio, sino que es la situación óptima para la sociedad. Cualquier mercado que se separe de este funcionamiento es ineficiente, por lo que se puede justificar la intervención estatal para mejorar la eficiencia del mercado y el bienestar de la sociedad.

De nuevo, numerosos autores se han encargado de atacar los supuestos y resultados del modelo de competencia perfecta, con escaso éxito a la vista de que se mantiene imperturbable en su posición de referencia para la regulación. Entre ellos, es de destacar el ataque de Hayek con base en el supuesto de información perfecta, argumentando que es precisamente la ausencia de información la que hace necesario el proceso competitivo. Si se asume información perfecta, entonces el mercado está necesariamente en equilibrio, pero precisamente porque se ha descartado el factor que hace necesaria la competencia.

No obstante, interesa aquí otro de los supuestos, cual es el de la "preexistencia" de una determinada capacidad y tecnología. Para el economista neoclásico, el individuo encuentra capacidad a su disposición, y únicamente tiene que optimizar su uso siguiendo las valoraciones de la gente. Nunca se pregunta de dónde ha salido esta capacidad o esa tecnología. En este sentido, tiene una visión infantil: ve una tarta y quiere repartirla; y, como los niños, no se pregunta quién ha hecho la tarta y qué pasará cuándo se gaste. Ese es otro problema.

Reisman sostiene que el modelo de competencia perfecta esconde una visión tribal de la economía: La capacidad es de la sociedad, y el empresario únicamente está autorizado a distribuirla de la forma óptima que da el modelo (esto es, igualando la utilidad al coste marginal). Si ello supone pérdidas para el empresario, bueno, es su problema.

Pero habría que añadir que realmente es una visión tribal, pero no de cualquier tipo de tribu. Ha de ser una tribu nómada, no nos vale una de cavernícolas. En efecto, el hombre neoclásico se encuentra la capacidad instalada y se la distribuye. ¿Qué pasa cuando se agota la capacidad? Pues fácil, se va uno a otro sitio a buscar capacidad.

Es un poco como las tribus nómadas. Sin ser experto en antropología, imagino que llegarían a un sitio. Allí encontrarían árboles frutales y animales para una temporada. Se dedicarían a recolectar lo primero y cazar lo segundo, intercambiando entre ellos según la ley de la utilidad marginal. Ello seguiría así hasta agotar los frutos de la naturaleza, momento en que los sabios decidirían que había que emigrar en busca de otros sitios con suministros intactos.

Como se observa, el modelo de competencia perfecta refleja bien esta situación: no hay que preocuparse por la capacidad y la tecnología (los árboles, la caza), pues milagrosamente se regenera con el tiempo. Solo hay que preocuparse por repartir adecuadamente entre los miembros de la tribu el producto de la recolección.

Sin embargo, en cuanto la tribu se hace algo más sofisticada, digamos que se instala en unas cuevas, el modelo se derrumba. Aquí ya aparece una capacidad instalada (la residencia de los trogloditas) que hay que mantener (aunque solo sea protegerla de las fieras, o limpiarla), lo que fuerza a algún individuo de la tribu a no poder intercambiar su producto al coste marginal que entienden los neoclásicos. En efecto, si el dueño de las cuevas da cobijo a precio cero a sus congéneres, se morirá de hambre, y desaparecerá la cueva, en cuanto que bien económico.

Ahora ya sabemos a qué aspiran gobiernos y reguladores cuando toman sus decisiones sobre el mercado. Ahora ya entendemos cuál es el paraíso dorado que buscan para nosotros: la vida nómada de las tribus de antaño. Por lo menos haremos ejercicio.