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¿Quién debe ligar los salarios a la productividad?

Empecemos por lo básico. Imagine que el precio de la gasolina se le encarece y que, por tanto, usted puede realizar diariamente menos desplazamientos en automóvil. ¿Tendría algún sentido que usted mismo se engañara afirmando que ahora es más rico y puede realizar un mayor número de desplazamientos? No, mas eso es lo que puede suceder cuando en una economía indexamos indiscriminadamente los salarios a la inflación: debido a la mayor escasez relativa de petróleo (reflejada en su mayor precio), somos capaces de producir menos bienes y servicios y, sin embargo, incrementamos los salarios, algo que significa que podemos adquirir más bienes y servicios.

¿Pero de dónde vamos a poder adquirirlos? ¿Acaso los sindicatos se sitúan por encima de las leyes de la física? No, simplemente el alza salarial por decreto condenará a una parte de los trabajadores al desempleo (cuya demanda de bienes y servicios por tanto caerá a cero) y la otra parte disfrutará de un mayor consumo rapiñando los bienes que ya no pueden consumir los nuevos parados.

Hasta aquí todo claro: si somos más pobres, somos más pobres, y eso ni Zapatero, ni Toxo, ni Méndez pueden remediarlo, sólo ora ocultarlo ora redistribuir las pérdidas desde los trabajadores más eficientes a los menos eficientes.

Así pues, si ligar los salarios a la inflación no es una buena idea, ¿lo será en tal caso vincularlos a la productividad? En abstracto sí. Pero descendamos a la realidad. Debemos indexar cada salario a la productividad… ¿de quién? ¿De la economía? ¿De un sector económico? En esos supuestos, si por ejemplo la productividad agregada del sector textil se eleva año tras año gracias a la genialidad innovadora de Zara y a pesar de la mediocridad de sus competidores, aumentar los salarios de todos los trabajadores según la superior productividad de los de Zara sólo abocará a los competidores de ésta a la quiebra más inmediata, pues sus costes crecerán más de lo que puedan hacerlo sus ingresos.

Lo lógico es fijar el salario de cada trabajador en función de la evolución de su propia productividad, esto es, del valor que posee hoy la riqueza que un determinado empleado contribuirá a crear mañana dentro de un plan empresarial. Pero, ¿quién puede anticipar hoy cuál será la riqueza creada mañana? Nadie, ni siquiera el empresario, simplemente porque no conocemos el futuro.

Ahora bien, dado que si un empresario abona salarios más elevados que la riqueza que crearán en el futuro sus trabajadores perderá dinero, parece lógico que se le deje la libertad de equivocarse, esto es, de pactar la remuneración de cada trabajador con el propio trabajador. No deberían ser los sindicatos ni el Gobierno quienes con ojo del mal cubero establecieran cuál va a ser la productividad de un obrero, pues en tal caso sus errores los sufrirá por entero el empresario. ¿Creen que una ideologizada izquierda tendrá algún incentivo a establecer cuál es la productividad real de un trabajador cuando puede descargar el coste de sus errores en el maléfico empresario? Y aunque lo tuviera, ¿creen que una camarilla de planificadores centrales puede conocer la productividad de cada uno de los 15 millones de trabajadores españoles? Obviamente no.

¿Y si un empresario fija los salarios por debajo de la productividad de un trabajador? Pues simplemente dejen operar a la competencia: si se paga 10 a una persona que produce 20, otro empresario vendrá –o el obrero podrá buscar a otro empresario– dispuesto a pagarle 11, pues la diferencia sigue siendo bastante jugosa.

Dejen actuar al mercado; no porque éste nos vaya a dar salarios más altos o más bajos que los que pueda fijar el Gobierno, sino porque nos dará salarios que permitan crear empleo y maximizar nuestra riqueza dentro de nuestras posibilidades. Justo lo contrario que cuando los fijan los sindicatos, oiga.

Fuera de la ley

Apenas he variado mis hábitos, y mis vicios son más o menos los mismos de siempre, pero, de un tiempo a esta parte, muchas de las cosas que hacía de forma cotidiana se han ido situando fuera de la ley. No es que haya añadido perversidad a mis actos, sino que la expansión legislativa ha sido tal que cada vez son más los hechos cotidianos que han sido regulados y expulsados del orden moral que el Estado prescribe. Tampoco debería escribir en primera persona, el mío no es un caso excepcional, pues todos nos hemos visto afectados por igual sin discriminación aparente.

Los fumadores no pueden ya fumar a no ser que se protejan tras las paredes de sus casas; los padres de familia descubren que circulaban hasta ahora a una velocidad hoy multada; no se permite escribir topónimos de algunas regiones españolas en español; prestar y compartir música o películas es ilegal; ¡hasta se controla el peso de las modelos y se regula el tallaje! La lista es interminable y se anuncian nuevas leyes que amenazan con perseguir el pensamiento disonante de la corrección política.

Norma a norma, desde la administración local pasando por la nacional hasta la europea, se ha ido sustituyendo la costumbre y la autonomía de las personas para resolver sus problemas por una organización centralizada, coactiva y monopolística de la sociedad. De forma concienzuda, metódica y paulatina, vivimos un proceso burocratizador que convierte al hombre en un sujeto pasivo cuyo camino es marcado desde arriba. Sin libertad ni responsabilidad para tomar decisiones autónomas nos deshumanizan y nos condenan a vivir como autómatas dentro de la granja feliz que han diseñado para nosotros.

La igualdad de todos los ciudadanos bajo estas prohibiciones y regulaciones parece garantizada, pero por encima de estos se sitúan los éforos contemporáneos. Haciendo y deshaciendo con capacidad para situarse por encima de la ley, los políticos no solo tienen capacidad para regular la realidad sino que pueden transgredir las normas generales situándose por encima del bien y del mal. Sus privilegios se mantienen y los demás ciudadanos no tienen autoridad ni potestad para reclamar sus derechos. La fuerza es monopolio del Estado y éste se cuida mucho de que sus ciudadanos puedan estar armados mientras que la legitimidad de esos derechos se obtiene por el hecho de pertenecer a la comunidad política, eliminando cualquier posibilidad para reclamar derechos previos que no puedan ser cercenados por una decisión política.

¿Cortinas de humo? ¿Agenda política estratégica? Preguntas superficiales dado que mientras prevalezca la dictadura del positivismo todas las facetas de nuestras vidas serán susceptibles de ser reguladas por el bien común o nuestro propio bien, eso sí. Mientras tanto, quienes se empeñen en mantener sus proscritas costumbres se quedarán fuera de la ley, con todas las consecuencias que eso conlleva.

El Estado del Bienestar ha de ser abolido

No le basta con los impuestos al automóvil, a la gasolina, a las concesionarias, las multas, el impuesto de matriculación. Si sigue así robando al ciudadano y manipulando sus estadísticas, le harán ministro de Economía y Hacienda.

Este es el último ejemplo de la abominación del Estado del Bienestar. ¿Se lo ha cuestionado nunca? Todos los servicios públicos, es decir, estatales, salen de sus impuestos y están orquestados por la organización más ineficiente y corrupta del planeta, el Estado, los funcionarios, los políticos. El Estado del Bienestar es una máquina de quemar dinero que no produce nada, al revés, resta producción y recursos a la economía privada. Tan ineficiente y costosa es, que no se puede mantenerse ni con altos impuestos y déficits. Opciones como las multas, el aumento de la deuda y las pseudoprivatizaciones que va a hacer el Gobierno no dan para mantenerlo.

Esta semana un colegio de Lleida eliminó el comedor a algunos de sus alumnos porque la administración no paga. Un 25% de las quiebras empresariales se deben a que la administración no paga. Esto provoca que en Europa se produzcan 500.000 desempleados anuales. Solo los grandes empresarios con un banco detrás siguen adelante. El enemigo número uno de las pymes es el Gobierno y sus burócratas.

El apego del hombre a las falsas promesas del Gobierno supera toda lógica. Me contaba un amigo argentino que cuando ocurrió el corralito en su país natal la gente no salió a la calle pidiendo más libertad para el ciudadano y menos intromisión estatal, sino "políticos honrados". ¿Pero qué es eso? La mayor de las contradicciones. La casta política no tiene ni un solo incentivo para que le guie hacia el camino de la bondad humana. Viven en un estado de anarquía donde hacen lo que quieren. Son niños mimados con el poder de un emperador absoluto, lo que convierte al Gobierno en una oligarquía.

El ciudadano no ve que la libertad no se gana cada cuatro años en las elecciones, sino cada día. Esta dejadez, apatía y conformismo ha convertido el poder de la sociedad civil en un mercado de esclavos con voto. Podemos elegir cada cuatro años a un amo llamado PSOE y otro idéntico llamado PP.

Contaba Llewellyn H. Rockwell que la socialización de la ontología en Reino Unido ha provocado que "muchos ingleses no tienen más remedio que sacarse ellos mismos las muelas" porque aunque el Gobierno ofrece el servicio, las colas pueden durar años. La conclusión del autor no podía ser más certera: "si acabamos con el capitalismo, pronto estaremos de vuelta a la Edad de Piedra".

Y es que en España nos está pasando lo mismo. La medicina estatal ha conseguido, por ejemplo, que en Canarias el tiempo medio de esperar para que le atienda un especialista sea de 277 días (9 meses). Desde que vamos al médico para explicar nuestras dolencias hasta conocer el diagnóstico pueden transcurrir 134 días para unas pruebas de alergia, 131 días para una resonancia o 128 días para una mamografía. ¿Esto es Estado del Bienestar? Sabe que con lo que le roba la seguridad social tendría usted un seguro de calidad infinitamente mejor, y no hablemos del trato. Volver a los médicos funcionarios no mejora la sanidad, la mata.

Muy probablemente después de las elecciones de mayo habrá otro apretón de tuercas por parte del Gobierno y administraciones locales, ya sean del PSOE o del PP. Las arcas están vacías. Los impuestos, las tasas y las multas han de subir para cubrir "nuestro bien social". La solución no son absurdidades como un "Gobierno inteligente" o un gobernante honrado. Es una cuestión de incentivos humanos. Puede ocurrir que por vocación haya un político honesto, pero en el momento que tiene dinero y poder ilimitado desaparece tal humanismo. Solo hay una solución para combatir la era negra a la estamos abocados, menos Gobierno y más libertad individual. Entre nosotros y el bienestar sobran intermediarios. Es hora de poner fin al Estado del Bienestar y al Gobierno omnipotente.

Por qué los políticos son corruptos, ineficientes y mentirosos

La respuesta corta es simplemente porque pueden serlo. ¿Qué hace un político? No hay mucha diferencia con la de un empresario. Ambos buscan una necesidad y la cubren. Una de las definiciones de empresario político es aquella persona que intenta obtener beneficios a cambio de reformas. (La forma más extendida del concepto es otra, y se refiere al hombre de negocios que intenta ganar beneficio mediante subsidios, proteccionismo, contratos del Gobierno o influencias políticas. Esto es lo que conforman los lobbies de la banca, ecologista o sostenible, sector alimenticio… Este sistema es que nos lleva al Capitalismo de amigotes o Crony Capitalism).

Las diferencias entre un político y un empresario son básicamente que:

  1. El empresario necesita el favor del mercado para triunfar: el de su cliente, acreedores, accionistas y proveedores. La pérdida de confianza destruye al empresario al momento. El político no necesita el favor del "mercado", es decir, de la gente. En todas las naciones siempre hay dos partidos mayoritarios que controlan el país hagan lo que hagan. Solo necesitan el favor corporativista de otros políticos (oposición, parlamento, municipios…) y lobbies para conseguir sus fines.

     

  2. El empresario no puede saltarse la legalidad, el político sí. Los medios políticos, en sentido amplio como: Gobierno, partidos, sindicatos, patronal… se financian mediante el robo de los impuestos, el fraude de la deuda o la extorsión de las tasas y multas. Si un empresario usara estas herramientas para crecer, iría a la cárcel. Solo una empresa privada en este país (y probablemente en el mundo) cobra un impuesto privado. La SGAE. La razón se debe a la unión política que tienen con el Gobierno. En un laissez faire, tal absurdidad no podría existir.

     

  3. La irresponsabilidad. Un empresario siempre ha de ser responsable de sus acciones. Si vende artículos defectuosos o engañosos, tarde o temprano, pagará tal abuso. Incluso si hace una línea de productos que no gusta a la gente —el mercado—, lo tendrá que retirar. El político es todo lo contrario. Las acciones del político no tienen consecuencia. En este país hay escándalos cada día y ningún político dimite ni se le juzga. Incluso si hacen políticas nefastas para el país, son asumidas como gajes del oficio. ¿Por qué el Gobierno no ha de responder ante las pérdidas que ha provocado su ley antitabaco, Plan E, políticas ecologistas de Miguel Sebastián…?

Si una persona no es responsable de sus actos y tiene derechos ilimitados para hacer lo que quiere, ¿en qué se convierte de forma lógica? En un tirano. Es lo que les ocurre a los niños pequeños. Un niño de cinco años no entiende qué implica la responsabilidad, por eso acude a la violencia y conductas antisociales continuamente. Si tal comportamiento se le permite, lo único que hacen los padres es convertirlo en un sociópata. Solo los niños y el Gobierno recurren siempre a la violencia como forma habitual de interaccionar con la sociedad. Una sociedad así, no está madura.

El hombre medio desconoce que todo hombre se mueve por incentivos, no por vocaciones. La vocación del buen político es "servir a la gente" según la opinión popular. Pero los incentivos para dedicarse a la política son el beneficio personal. Incluso el que por vocación se dedica a la política no puede triunfar, ya que el corporativismo del sector y la búsqueda de intereses personales lo expulsan. El buen político, el que triunfa, es porque sabe negociar bien con relación a los intereses de su partido y/o Gobierno. Eso no tiene nada que ver con buscar fines humanistas para la sociedad. Los fines humanistas no son más que un engaño más para conseguir metas personales. ¿Se acuerda de las promesas de Zapatero? Ha hecho todo lo contrario a lo que prometió. Y no dude que en las elecciones de mayo una avalancha de ciudadanos votará a los socialistas.

La fe del ciudadano en el político se debe a la falacia de Hobbes o del Leviatán: el hombre es brutal y destructivo por naturaleza, por tanto, ha de existir uno de esos seres brutales y destructivos que lo coordine todo haciendo mejor a la sociedad. Tal invocación a la autoridad coercitiva no es más que un ensalzamiento mitificado del "buen gobernante" que solo existe en la imaginación de quien lo propugna.

¿Por qué los políticos son corruptos, ineficientes y mentirosos? Porque les resulta gratis. No tienen controles. No hay restricciones a sus acciones ni puede haberlas jamás porque ellos poseen el Poder. La única solución es limitar la fuerza de los medios políticos, ya sean sindicatos, patronal, funcionarios y evidentemente el propio Gobierno. El mayor incentivo para el crimen es la política, especialmente con un Gobierno Omnipotente.

Esto merece una subvención

Probablemente sea que el Gran Arquitecto en Su sabiduría, aunque corriendo un cierto riesgo, decidió que la aparición de un enviado como nuestro presidente iba a ser más conveniente en nuestra época para trabajar por la paz perpetua, la fraternidad universal, el mejoramiento social de los más débiles, la igualdad de género, el aborto libre y las subvenciones a las energías renovables, objetivos todos muy necesarios para conseguir una sociedad igualitaria y progresista.

Algo así es lo que debe pensar de sí mismo ZP para actuar de la forma que lo hace sin caer fulminado por un ataque agudo de sentido del ridículo, porque nadie que no tenga una idea hipertrofiada de sus méritos, por lo demás inexistentes, es capaz de decir las cosas que suelta este hombre sin el menor rubor en cuanto lo ponen ante un auditorio propicio.

Y este es el problema, que todavía a estas alturas hay mujeres con la falta de autoestima necesaria para rendir honores al personaje más dañino para la sociedad española en general, mujeres incluidas, que hemos tenido la desgracia de padecer en los últimos tiempos.

Zapatero puede encabalgar con la solemnidad que le caracteriza varias decenas de chorradas conceptuales entresacadas de la escatología feminista, pero el resultado de su mandato es que todos somos mucho menos libres y prósperos que cuando él llegó al poder. También las mujeres, claro, salvo las que forman parte de las asociaciones que defienden la agenda socialista a cambio de trincar subvenciones cada vez más jugosas, que ellas sí pueden decir a boca llena que les ha ido muy bien con ZP.

Como las camaradas de la organización "Women Deliver", que acaba de incluir al feministo circunflejo en su lista de las cien personalidades que más han hecho por el bienestar de las mujeres, motivo por el cual les ha endilgado a sus miembras una homilía feminista de las que hacen época. A ver si alguien de la junta directiva, con la alegría del momento, sufre un arrebato de locuacidad y nos enteramos también nosotros de lo que nos ha costado a todos los españoles el galardón.

Los enemigos de las mujeres

Uno de los mayores errores que hemos cometido nunca las mujeres es aceptar la idea de que para combatir la discriminación hay que discriminar. Es como si se propusiese, para combatir la esclavitud, el esclavizar a los amos. Este error, que se ve más claramente cuando se cambia el contexto, es defendido especialmente en un día como hoy, señalado en el calendario como Día Internacional de la Mujer.

Detrás de la ingenuidad de creer que, por conceder un día especial a las mujeres, la sociedad va a recapacitar acerca de lo importante que es la población femenina, hay un oscuro intento de controlarlo todo, empezando por la mujer.

Bien es verdad que en determinadas empresas hay diferencias salariales en función del sexo, y que hay mujeres maltratadas y asesinadas por sus parejas. Es verdad que a lo largo de la historia hemos pasado de no tener alma reconocida por el hombre en la Grecia antigua a necesitar la firma de un familiar varón para abrir una cuenta corriente en el banco en la España franquista.

Pero en la actualidad, y gracias al sacrificio y esfuerzo de muchas mujeres que nos precedieron, unas cara al público como feministas militantes y otras simplemente como mujeres que exigían igualdad ante la ley, las cosas no son igual. Probablemente esas mujeres luchadoras sentirían espanto al contemplar en qué han quedado sus reivindicaciones. Hemos pasado de las manos del padre a las manos del marido, y de ahí, directas, a las manos del Estado. Y lo que es aún peor: quienes pretenden esclavizar de nuevo a la mujer son otras mujeres. No dudo que tengan muy buenas intenciones, pero los resultados cantan.

El problema de fondo es el mismo que se planteaba en la antigüedad: ¿quiénes son los hombres para conceder graciosamente que las mujeres tienen o no alma? Es más, aun en el caso de que los afirmaran, ¿dejarían de tener las mujeres de entonces el mismo alma que los hombres (si es que estos la tienen)? La cuestión hoy en día es la igualdad de hombres y mujeres. ¿Quién son esas feministas colectivistas para decirnos a las demás mujeres si somos o no iguales a los hombres? Mientras las leyes se apliquen por igual a ambos, lo de menos es que venga una indocumentada a repartir sellos que certifican la igualdad.

A pesar de lo obvio que parecen estos argumentos, la mayoría de las mujeres sonríen encantadas cuando les felicitan en "su día" y se entretienen recordando lo malo que es la llamada violencia de género, lo maravillosas que somos las mujeres, las diferencias salariales y que no hay mujeres en puestos directivos. Juegos infantiles.

La violencia es mala cuando no es en defensa propia, tanto si el agredido es un hombre como si es una mujer. Y si hay más violencia hacia las mujeres es, entre otras cosas, porque nuestras madres y padres no nos enseñan a defendernos y nuestros gobernantes se aseguran de que no lo hagamos. Si tu pareja te pega, denuncia. ¿A quién? ¿A una justicia que hace años nos da miles de razones para dudar de su eficiencia? No, primero, defiéndete, si sabes y ves la oportunidad. Y eso implica aprender a nivelar la diferencia física entre hombres y mujeres, lo que es posible gracias a la libertad de armas.

No hay mujeres en puestos directivos. ¿Y qué? ¿Hay una confabulación de hombres para que no asciendan las mujeres? ¿Y la solución es crear leyes que obliguen a los hombres a ceder puestos directivos? Los datos dicen que es al revés, las cuotas aseguran que las minorías sigan siéndolo. Los estudiantes afro-americanos que estudiaron en grandes universidades americanas por "cuota" salieron peor preparados porque se era condescendiente con ellos, y engrosaban las filas del paro.

¿Por qué no hay más mujeres empresarias? Porque hay que arriesgar. Pues a lo mejor el problema (si es que es un problema) es que la mujer es más conservadora, dedica su tiempo a cosas diferentes que el hombre y tiene otra escala de valores. ¿Ser jefe es lo más importante? Pues que la que quiera, que arriesgue y monte su empresa. La solución de dar ayudas a mujeres empresarias por el mero hecho de ser mujer perpetúa la diferencia, la cristaliza y deja a la mujer a expensas de que el gobernante (hombre o mujer) le dé la ayuda o no.

Los enemigos de las mujeres no son los hombres, ni tampoco otras mujeres. Unos y otras funcionamos según los incentivos que hay en nuestra sociedad. Y esos incentivos dependen de los legisladores, los gestores políticos, los jueces… Pero también de quienes votan y quienes nos abstenemos. En el siglo XXI, en un continente que pertenece a lo que se llama "Primer Mundo", con pleno acceso a la Universidad, con las nuevas tecnologías de la información y la comunicación, ¿vamos a seguir las mujeres comprando el cuento del falso feminismo que nos vende el Estado? La machacona insistencia en la igualdad no hace sino abrir la brecha de la diferencia, pero, además, es una excusa perfecta para que el Estado compre nuestra libertad con la moneda de cambio en la política: la subvención, el privilegio, el cargo…

El día que la mujer se rebelde de verdad contra el verdadero negrero empezaremos a caminar en la buena dirección.

Libre Mercado

No es casualidad que dicha etapa haya coincidido, precisamente, con el triunfo del pensamiento liberal, tanto a nivel político (democracia parlamentaria) como económico (capitalismo). Hasta anteayer el hombre no era dueño de su destino, hoy, sin embargo, goza del mayor grado de libertad conocido hasta el momento.

Pese a ello, el libre mercado, cuyo eje esencial gira en torno a la figura del empresario, sigue siendo un concepto ampliamente vilipendiado y combatido desde numerosos frentes. Este ataque constante deriva, quizás, de su incomprensión. Y es que, por absurdo que pueda parecer, el socialismo –de todo color político– concibe aún hoy la riqueza como algo dado, al estilo de una tarta inamovible cuyo reparto "justo", a través de la redistribución, ha de ser ejercido por el todopoderoso poder político.

La realidad, sin embargo, es bien distinta. Vivimos en un mundo caracterizado por la escasez, no por la abundancia. De ser así, se trataría de una especie de paraíso en el que todas las necesidades estarían cubiertas de principio a fin. La escasez, por el contrario, obliga al hombre a actuar para tratar de alcanzar sus propios fines, empleando para ello determinados medios (recursos) limitados por naturaleza. Ahora bien, ni medios ni fines están dados sino que están en constante evolución, cambio y transformación.

Y es justo aquí donde la figura del empresario cobra pleno sentido. El término empresa deriva etimológicamente del verbo latino in prehendo –endi -ensum, que significa descubrir o darse cuenta de, mientras que la expresión latina in prehensa conlleva la idea de acción. Es decir, empresa es sinónimo de acción y, por tanto, empresario es cualquier persona que actúa para alcanzar sus propios objetivos. Y puesto que fines y medios no están dados, su función esencial es, precisamente, crear o descubrir cuáles son los fines y medios relevantes para el actor en cada circunstancia de su vida.

La esencia de la función empresarial no consiste, pues, en asignar unos medios dados a fines también dados de forma óptima, sino en descubrir nuevos fines y medios haciendo uso de la innata creatividad de la que goza el ser humano. Esta idea resulta esencial para entender la economía en su verdadera amplitud: la búsqueda constante de nuevos fines y medios por parte del hombre para ir creando, paso a paso, un futuro cada vez mejor; y no, como muchos creen, una ciencia dedicada en exclusiva a una mera cuestión técnica para asignar unos recursos dados de la mejor forma posible.

Pero la aplicación y extensión de tal creatividad humana depende, a su vez, del particular contexto político, económico y social en el que opere cada individuo. Es evidente que el hombre, entendido como empresario, no puede actuar de igual forma en Cuba o Corea del Norte, regímenes totalitarios, que en EEUU o Hong Kong, economías regidas por el libre mercado y el respeto a la propiedad privada.

Los distintos marcos jurídicos, políticos e institucionales limitan en mayor o menor medida la creatividad empresarial y, por ende, el desarrollo económico. El libre mercado es, en esencia, un marco institucional que permite al empresario perseguir libremente sus fines y, de este modo, poder obtener beneficios mediante la satisfacción de necesidades ajenas. Ése y no otro, el logro de una ganancia, siempre subjetiva, es el incentivo que mueve al hombre a actuar en todos los ámbitos de su vida. Y, a su vez, aceptar el concepto de beneficio supone asumir la legitimidad irrevocable de la propiedad privada.

Por el contrario, impedir o restringir esa innata función empresarial conlleva el efecto contrario, con el consiguiente empobrecimiento y estancamiento económico. El socialismo o colectivismo rechazan de plano estos principios básicos que posibilitan la creación de riqueza. Reducir el libre mercado es limitar la creatividad humana y borrar de un plumazo los incentivos que permiten generar un futuro más próspero y mejor para todos.

El Norte de África une a los tiranos de todo el mundo

Oriente Medio y el norte de África son las regiones que mayor número de sátrapas concentran en sus gobiernos. Su casta política busca el enriquecimiento personal al tiempo que a la población le niegan el binomio bienestar-libertad. Practican una ostentación y un lujo que contrasta que la miseria de buena parte de los estratos sociales. En ocasiones, se usa la religión como pretexto; en otras, el burdo y manido recurso al neocolonialismo.

La sociedad civil ha dicho basta y ha arremetido. Mubarak cayó, no sin antes cometer un fraude electoral mayúsculo, que quizás, por paradojas de la vida, fue el detonante de su final. El estrafalario Gadafi, de momento, resiste. Veremos por cuánto tiempo y en qué condiciones queda el país, sea cual sea el resultado final.

Mientras tanto, la comunidad internacional "seria", esto es, aquella que apuesta por el Estado de Derecho, sigue sin saber muy bien cómo afrontar esta situación. Las advertencias al libio han caído en saco roto, quien de una forma cínica acusó a Al Qaeda de estar detrás de las revueltas, cuando realmente se está enfrentando a un pueblo que carece de medios para la lucha armada y que sólo cuenta con la fe en sí mismo para derrotar al tirano.

En cierta forma, está siendo un levantamiento romántico; de ahí que el régimen libio se esté cebando a la hora de aplacarlo. El resultado momentáneo es que las víctimas civiles proliferan. Con independencia de la solución final, será complicado que las heridas cicatricen en el corto y medio plazo.

Por otro lado, la otra parte "folclórica" de la comunidad internacional, esto es, el populismo, dice tener la receta para poner fin a los problemas. Ahí entra en juego el ínclito Hugo Chávez, quien fue uno de los valedores principales del dictador libio en los últimos meses, pues desde su punto de vista ambos estaban unidos frente al imperialismo…

La propuesta de "Comisión de Paz" defendida por el venezolano contó con el aval del gran dictador, aunque retirado, Fidel Castro. Éste sigue contemplando el mundo como si estuviéramos en plena guerra fría. Habla de la OTAN como organización maléfica. Habla de expolio de petróleo a Libia y, sobre todo, el cubano es cínico cuando sostiene que el mundo occidental tiene miedo a la democracia en el norte de África. Esto último lo afirma alguien que tiene a su pueblo bajo el yugo de la tiranía desde hace más de 50 años y donde los derechos humanos son una utopía.

Uno y otro, Chávez y Castro, hablan sin pudor de "evitar una guerra imperialista en Libia", sin echar un vistazo al panorama doméstico que tienen. No menos cínico es el punto de vista de esa organización fantasmagórica llamada ALBA, que da su apoyo y solidaridad al pueblo libio. Como diría un castizo, "a Dios rogando y con el mazo dando".

De la misma manera, es evidente que esta ola democrática amenaza con extenderse y no sólo en el contexto geográfico inmediato, sino más allá. Buen ejemplo de la veracidad de esta tesis es que Corea del Norte y China ya toman medidas. Kim Jong Il trata a toda costa de mantener el hermetismo de su país, aquel que le permite que la población sufra hambrunas y bombardear a su antojo submarinos y el territorio de Corea del Sur.

En cuanto a China, el "gigante amarillo" no está pasando por sus mejores momentos a nivel económico. Un problema con el que su capitalismo planificado no contaba se está cebando con ella en los últimos tiempos: la inflación. Curiosa la interpretación que ha hecho el gobierno de Pekín de lo que sucede en el norte de África, hablando de "caos" frente a la "estabilidad" que había con los tiranos previos y actuales. En función de este análisis, en China hay barra libre para cualquier intento de alterar el orden establecido.

Todavía no escampa

Más allá no me atrevo ni a asomarme, por lo que pueda encontrar. Los hogares y las empresas españolas están todavía muy endeudados, tanto en términos históricos como en comparación con otros países. Hasta hace sólo cuatro años nos hemos lanzado a comprar casas a precios imposibles. Creíamos que podíamos porque los tipos eran muy bajos y teníamos todos trabajo. Hoy está en paro uno de cada cinco españoles que busca trabajar. Y lo de los tipos bajos se acabó.

Trichet ya ha dicho que podría subir los tipos en abril. Morgan Stanley cree que el BCE subirá los tipos tres veces este año. Tiene lógica. Los precios de los alimentos y del petróleo se están disparando y el contexto sigue siendo inflacionista. Y Francia y Alemania, que son los dos países que cuentan para el BCE, se están recuperando. ¿Le quedan años para pagar el coche? ¿Está atado a la hipoteca de su casa? Abróchense los cinturones, que diría Lorenzo Ramírez. En una situación así, con el trabajo en el aire, las deudas convertidas en una amenaza mes a mes y los impuestos cada vez más altos, lo lógico es lo que están haciendo las familias españolas, que es ahorrar.

Frente a ello, el Gobierno no hace las reformas necesarias para que nuestra economía sea más productiva. Por el contrario, el secretario de Estado de Economía llama a los españoles a consumir más para lograr una mejora en la tasa de crecimiento que sería un efecto puramente estadístico (el consumo supone el 70 por ciento de la contabilidad del PIB) a costa de la verdadera recuperación.

Sólo la perspectiva de una subida de tipos es motivo para preocuparse. Pero se suma el precio del petróleo, que rondará o superará los 100 dólares durante un largo tiempo. Y, de nuevo, esto hace especial daño a la economía española, que entre las grandes es de las más dependientes del petróleo del mundo. En 2009, Corea del Sur pagó con más del 6 por ciento del PIB la factura del petróleo, e India con algo más del 4 por ciento. Les siguen por encima del 2 por ciento España y China y, a partir de ahí las demás. Garoña ahorra todavía 5,6 millones de barriles, poco menos que lo que ahorraría una España a 110 kilómetros por hora; nos podríamos haber evitado ambos. No queda otra que rebajar el consumo, ahorrar lo que se pueda y reducir el endeudamiento. Hasta que escampe.

La manipulación inevitable

El mapa fue concebido como una guía, una representación simbólica del territorio. En tanto tal, su significado siempre tuvo un sentido de dominio del entorno y, especialmente, de dominio político de las poblaciones asentadas en el territorio. Como Miguel Anxo Bastos identifica acertadamente, el mapa es la simulación sobreponiéndose a la realidad, la elaboración simbólica que los personajes dominantes imponen a los dominados para que éstos legitimen su sumisión. Al término de esto, aunque es cierto que el territorio, especialmente el territorio no humanizado, impone su realidad a la del mapa, la progresiva configuración humanizada de más y más extensiones de Naturaleza, convierte a ésta en subsidiaria del símbolo, del mapa.

El incremento exponencial de la complejidad social supone que las capas de símbolos, superpuestas a la realidad en escalones inmediatos, van multiplicando ese solapamiento de unas a otras formando redes de metasímbolos donde una jerarquía dinámica de modelos conectados crecen en todas direcciones, justificándose a sí mismos, orientando las acciones y aumentando su distancia con lo que anteriormente percibíamos como realidad. Las autorreferencias de los cada vez más complejos sistemas simbólicos de las redes sociales de comunicación terminan por evidenciar claramente lo que ahora sabemos lleva ocurriendo desde los albores de los intercambios sociales, bien voluntarios, bien forzados: que el mapa precede al territorio y no al contrario. Hayek acierta cuando dice que la ciencia no estudia la realidad, sino la representación mental de la realidad. Apunta también, al igual que el resto de le Escuela Austriaca, que tal representación es configuradora de la misma realidad con lo que representación y realidad parecen confundirse. Es más, es la representación lo real, lo que mueve a la acción.

Pero lo que esto nos lleva a concluir es que, aplicando un filtro moral liberal, la resultante de esto es ambigua. Por un lado, podríamos argumentar que en esta complejidad, autoorganizada en su conjunto, el factor involuntario supera al planificado y al impulsivo, que ni la razón ni el instinto son las fuerzas más influyentes, sino que es algo poco consciente pero suficientemente represor del instinto lo que configura las redes neuronales, en el cerebro y las institucionales, en la sociedad. Pero es altamente cuestionable que, por más que los liberales aportemos esos filtros éticos, podamos negar la realidad de la mentira, la fuerza del engaño. Éste, precisamente por ser autoinfligido, por ser autoengaño, supera al control global y es autoorganizado, pero, en la medida en que las redes de símbolos se jerarquizan en torno a nodos con limitado pero evidente control del entorno de símbolos, las posibilidades de planificación limitada, de manipulación al servicio de la coacción y del dominio, la simulación del dominio, de los atributos del poder, ejerce por sí mismo un poder que parece totalmente imposible de suprimir.

Nos queda, eso sí, aspirar a que, cada vez que se pueda identificar un nodo manipulador, tal acción sea debidamente denunciada, debidamente desobedecida y debidamente disuelta en el laberinto de la fe en lo no coactivo. Y para eso, para combatir la simulación del poder, la precedencia del mapa dominante sobre el territorio, de la mentira prodominio, hemos de oponer la precedencia del símbolo de lo autoorganizado sobre lo dirigido, la mentira de la dispersión frente a la de la centralización, el antimapa disperso, frente al mapa concentrador. En definitiva, el individualismo radical frente a todo lo demás.