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Impago de la deuda pública. Hacia la crisis monetaria.

La perspectiva de negros nubarrones que planean sobre la economía española, fruto del incremento del gasto público y el descontrol de las cuentas públicas, fue tan intensa en mayo de 2010 que la Unión Europea, enarbolando el Pacto de Estabilidad, trató de revertirla frenando en seco las pretensiones populistas del gobierno socialista. Pese a todo, el peligro ni mucho menos se ha desvanecido, como demuestra el nuevo repunte de la prima de riesgo de la deuda pública experimentada estas últimas semanas por países de los llamados PIIGS (Portugal, Italia, Irlanda, Grecia, España), y las nuevas presiones al gobierno español para que ataje el déficit y ponga en marcha reformas estructurales.

Los tenedores de las promesas de pago del sector público son en su gran mayoría bancos comerciales, instituciones de inversión, aseguradoras y Bancos Centrales. Así pues, cualquier deterioro en la solvencia del sector público supondrá pérdidas e incluso la quiebra de estas instituciones, y la ruina de sus respectivos acreedores: depositantes, ahorradores, asegurados o tenedores de moneda, respectivamente. Veamos un poco más en detalle el desarrollo de este proceso.

  • Se produce un hundimiento del mercado (altos tipos de interés) de los bonos de deuda pública, que empiezan a reflejar la creciente prima riesgo. Las caídas en el precio de la deuda pública provocan agujeros implícitos en los balances de las instituciones financieras.
  • Estas instituciones ya vienen tocadas por la crisis de deuda privada, que ha desencadenado agujeros contables por la doble causa conjunta de morosidad y caída de los precios de los bienes reales (sector inmobiliario) que respaldaban los títulos que los representaban (préstamos).
  • La creciente falta de solvencia de este nuevo deudor –el sector público– implicará una presión adicional sobre los activos bancarios y, de su mano, la creciente inquietud de los depositantes.
  • La retirada masiva de fondos o depósitos de los bancos puede correr como la pólvora y hacerse patente la incapacidad de atender a esas promesas de pago inmediato por parte de los bancos.

En el caso que nos ocupa, España, existe una gran parte de su deuda pública en posesión de las entidades financieras privadas alemanas. No es de extrañar el resquemor del pueblo alemán hacia España, pues el impago por parte de la Administración española supondría que, con sus impuestos, habrían de realizar un esfuerzo adicional para la recapitalización de sus bancos afectados.

Pero los males no se paran aquí. El sistema monetario y cambiario, así como la estabilidad monetaria, están íntimamente vinculados con el resto del sistema financiero y con las prácticas presupuestarias del sector público.

El proceso, esquemáticamente, viene a ser el que sigue. Los operadores de los mercados empiezan a barruntarse que el Banco emisor se está viendo obligado a comprar toda esa deuda pública dudosa, en manos del sector financiero, para impedir un colapso bancario completo. Empezará a haber una huida de la moneda y una tendencia a la depreciación monetaria.

Es en esta tesitura cuando pueden aparecer los “ataques contra la moneda” o “tormentas monetarias”. Éstos tienen su origen en la crisis de deuda pública y no en ninguna extraña confabulación antipatriota. Para entenderlo, no hay que hacer más que una analogía con la relación entre los depositantes y los bancos comerciales en las crisis. En el caso de los depósitos, se manifiesta el deseo de los depositantes de convertirlos en dinero antes de que se establezca algún corralito o suspenda pagos el banquero; mientras que en el de la moneda, se trata de cambiarlo a otra moneda (o comprar bienes líquidos) antes de que su precio se hunda definitivamente. Los tenedores de la moneda emitida por ese Banco Central empezarán a temer por la capacidad de sostener el valor de una divisa cuyo respaldo (activo) tiene una composición de cada vez peor calidad.

Y es que es incompatible con el objetivo europeo de estabilidad monetaria el que los Bancos Centrales inflen sus activos con creciente deuda pública, originada por las políticas de rescate, primero, del sector privado y, posteriormente, del público. Los ataques acelerarán el proceso de huida a monedas extranjeras que ya se había iniciado, es decir, la región monetaria afectada experimentaría una fuerte fuga de capitales.

Así se explica el malestar del pueblo alemán hacia los países PIIGS. Se ven teniendo que pagar los platos rotos de la mala política crediticia y económica española, en tanto que ambas naciones comparten la misma moneda y hay un notable grado de integración económica y financiera. Si hay tormentas monetarias y se desploma el euro, no sólo los españoles –grandes culpables del desaguisado– verán languidecer su calidad de vida.

Es por eso que se oyen voces en círculos europeos que piden a gritos que si España no es capaz de reducir su déficit público, sea expulsada del euro antes de arrastrar a toda la UE.

Cheque escolar: poder para los padres

La enseñanza en España es un completo desastre. Y no es una apreciación individual, sino un hecho objetivo. Los datos de los sucesivos informes PISA que miden la calidad educativa en todo el mundo son concluyentes. España va a la cola en casi todos los apartados del informe, especialmente en los tocantes a ciencias y matemáticas, en el que se sitúa muy por debajo de la media de los países de la OCDE.

Nuestros niños y jóvenes reciben una pésima educación a pesar de que el presupuesto dedicado a este capitulo no hace sino aumentar. Hoy hay más y mejores escuelas que en cualquier otro momento de nuestra historia. El profesorado es numeroso, está bien remunerado y el oficio de enseñar disfruta del prestigio social que antaño no tuvo. Los medios técnicos de los que dispone el sistema educativo nada tienen que envidiar a los de los países más ricos del mundo.

Las escuelas españolas tienen aulas amplias con calefacción. Desde hace más de una década no existe masificación porque han coincidido dos circunstancias que habitualmente no se dan; a saber, prosperidad económica y bajos índices de natalidad. Esto ha repercutido en altísimas inversiones por alumno, inéditas desde que se creo la instrucción pública en España hace algo más de siglo y medio. El colegio público medio tiene campos deportivos, gimnasio, aulas dedicadas a la informática, laboratorios, cursos de idiomas y otras instalaciones y servicios que, hasta hace no mucho, eran patrimonio de la educación privada.

Aquí aparece la paradoja. Mientras la inversión en educación describe una curva ascendente, la calidad desciende en la misma proporción. ¿Por qué sucede esto? Básicamente por dos razones de fondo. La primera, de sobra conocida, es la aplicación de un modelo educativo anclado en la mediocridad, que penaliza el mérito y rechaza la disciplina. La segunda es una cuestión de titularidad. La enseñanza pública en España es eso mismo: pública, es decir, forma parte orgánica del Estado, que, aparte de financiarla con cargo al erario, se encarga de gestionarla.

Los colegios en España son, como los ministerios, propiedad del Estado. El profesorado y el personal de administración y servicios son funcionarios. A los ciudadanos nos toca un colegio por zona de residencia y hemos de escolarizar a la fuerza a nuestros hijos en él. Aunque todos pagamos la infraestructura y las nóminas mediante impuestos, la libertad de elección y el control sobre la educación es nulo. El Estado mediante las Comunidades Autónomas, a las que están transferidas las competencias, hace y deshace a su antojo ofreciendo un plato único, generalmente indigesto, oneroso para los bolsillos del contribuyente y, de propina, muy ideologizado.

El resultado está a la vista. Desde la administración insisten, además, que, aunque mejorable, no existe otra opción. O esto o caer en la insondable sima de la liberalización educativa, lo cual implicaría, según ellos, un verdadero drama escolar. Las familias de menos recursos sacarían a sus hijos de los colegios y los pondrían a trabajar. Se pondría fin a la igualdad de oportunidades y España volvería a los tiempos bárbaros en los que apenas un décimo de la población sabía leer y escribir.

Ante un panorama tan sombrío todos tragan y nadie piensa. O casi nadie. Thomas Paine ya propuso a finales del siglo XVIII un sistema mediante el cual el coste educativo corriese a cargo del Estado, pero fuesen los padres quienes decidiesen a qué escuela llevar a sus hijos. Entre uno y otros mediaría un cheque que, anualmente, el Gobierno enviase a cada hogar para cubrir la factura del colegio. Esta idea de Paine se debatió en Francia a finales del siglo XIX sin grandes resultados. Los estatistas, temerosos de privar al Leviatán de una de sus mejores herramientas de adoctrinamiento, frenaron la iniciativa.

Un siglo después el economista Milton Friedman recuperó la idea ante el abandono de la enseñanza pública por parte de los gobernantes. Los contribuyentes seguirían financiando la educación, pero ésta no sería un apéndice estatal, sino que, tanto la titularidad como la gestión correspondería a agentes privados especializados en ofrecer este tipo de servicio. Ante la avalancha de críticas Friedman arguyó que, precisamente porque le preocupaba la educación pública y universal, era vital encontrar un sistema que mejorase su eficacia y garantizase la calidad.

En cuestiones de eficiencia, satisfacción del cliente y calidad ningún monopolio puede medirse con la libre concurrencia de actores que acuden al mercado con la intención de ganarse el favor de los consumidores. Esto es así en todos los sectores de la economía y mucho más en proveedores de bienes y servicios básicos como la alimentación, el vestido o la educación. Nuestro ordenamiento jurídico afirma que recibir una formación académica básica es un derecho que debe ser garantizado por el Estado. Eso, claro, no significa que tenga que ser el mismo Estado el encargado de suministrar esa formación. Y es aquí donde el cheque entra en juego.

Como en otras actividades, el Gobierno se limitaría a fijar el marco legal y efectuar las inspecciones oportunas. Los jueces, por su parte, arbitrarían los conflictos y observarían el cumplimiento de los contratos entre ambas partes. Resumiendo, lo mismo que sucede, sin ir más lejos, en el mercado de los alimentos, con la diferencia de que éstos no se pagan con dinero del contribuyente a pesar de que son infinitamente más necesarios para vivir que la enseñanza.

La familias recibirían un cheque que atendería la totalidad de los gastos escolares del curso. Ese cheque podrían gastarlo en el colegio que quisiesen. Así de simple. Las ventajas serían muy numerosas. En el sistema escolar público habría, por vez primera, sanísima competencia entre colegios. Esto haría aumentar la oferta educativa en función de una demanda que, en el caso de la educación, se ha demostrado variadísima. Los padres tendrían donde elegir y se acabarían de golpe interminables conflictos como el del laicismo, los derivados de la lengua vehicular o el de la selección de contenidos.

Habría colegios muy religiosos y otros que no lo serían en absoluto. Colegios especializados en las artes y otros en disciplinas como las ciencias o las humanidades. Habría, por último, colegios normales, equilibrados en todo y sin asomo de excesos ideológicos o académicos. La cantidad de unos y otros la fijaría la mayor democracia de la historia, que es y seguirá siendo el orden espontáneo emanado del libre mercado, donde, de forma pacífica, convergen voluntades coordinando la sociedad como ningún otro sistema basado en la coacción ha conseguido jamás.

La calidad de la educación variaría de un centro a otro, pero subiría ostensiblemente respecto al modelo centralizado y estatal que padecemos actualmente. El mercado premia y fomenta la excelencia. El profesorado malo sería, como la mala moneda o el café de achicoria, retirado paulatinamente del mercado educativo. El buen profesor sería promocionado. La razón es fácil de entender. Ningún padre quiere que su hijo sea un zoquete iletrado. Muy al contrario, los primeros interesados en la exigencia escolar y la disciplina suelen ser los padres. Con el cheque en la mano podrían escoger entre la lenidad logsiana de la nueva pedagogía, actualmente de curso forzoso, y escuelas donde los aprobados generales no fuesen moneda corriente.

Los amigos de lo público estarían de enhorabuena. Salvo alguna excepción atada al estatus, desaparecerían definitivamente los colegios privados. Todos lo serían. El Gobierno no tendría que asignar cantidades siempre crecientes para mantener el gravoso, conflictivo e hipersindicalizado mamotreto educativo. Serían los empresarios del sector los que, asignando recursos y factores, se encargasen de esa menudencia.

Todos ganaríamos. Entonces, ¿por qué no se adopta el cheque escolar? Probablemente porque sean demasiados los intereses que se amontonan sobre la enseñanza. El Estado no quiere prescindir de algo tan ideológicamente útil que, además, le proporciona una generosa clientela reacia a exponerse al veredicto de la libre elección. De ahí que sea un tema tabú y a quien se atreve a tocarlo le caen dicterios por doquier. Es, utilizando un símil educativo, una asignatura pendiente que tal vez nunca podamos aprobar.    

Assange, ni héroe ni villano, pero poco honesto

¿Es Julian Assange un hombre al que le gusta abusar de las mujeres? Seguramente no. Todo apunta a que algún servicio secreto se ha aprovechado del despecho, o incluso lo ha alentado, de dos mujeres que se han podido acoger a las estrambótica legislación sueca sobre relaciones sexuales para poder acusar al que para muchos es un héroe de la libertad. Sobre esto último, ¿lo es en realidad? La respuesta es que tampoco. O, al menos, no más que cualquier periodista que no esté al servicio de los gobiernos. El fundador de WikiLeaks es simplemente una persona que ha utilizado internet para hacer de forma eficiente lo que los medios de comunicación han hecho desde que existe: conseguir información, seleccionar la que considera de interés (o responde a sus propios intereses) y transmitirla.

No responde a la realidad que, al proporcionar a los medios los cables de las Embajadas de EEUU, Assange estuviera cometiendo un acto de traición. Para empezar, Assange es australiano, con lo que no está traicionando a nadie al filtrar información referida a la diplomacia estadounidense. En segundo lugar, quien ha violado el compromiso de confidencialidad que exige el tratamiento de todas esas comunicaciones entre legaciones diplomáticas y Washington es el funcionario (o funcionarios) que ha pasado la información, nunca quien la haya hecho pública. Sin embargo, cabe plantearse si el fundador de WikiLeaks ha actuado con honestidad en todo este asunto. Y la respuesta es que seguramente no.

Todos aquellos que le han proporcionado información confidencial de todo tipo referente a gobiernos y entidades privadas han actuado bajo la premisa de que todos esos datos saldrían a la luz de forma abierta y para todo el mundo. Confiaron en una organización que defendía la idea de que "la información debe ser libre". Sin embargo, una vez obtenida una gran cantidad de jugosos documentos, se ha actuado en sentido contrario. Es WikiLeaks quien decide qué información se hace pública, en qué momento y a qué medios de comunicación se le ofrece. Esto no supondría problema alguno si de forma previa se hubiera avisado a las fuentes de que se iba a actuar así, pero se les dijo todo lo contrario.

Obtener información confidencial, prometiendo que esta se va a distribuir de forma libre y transparente, para después actuar de forma contraria resulta poco o nada honesto. Además, puede tener un problema añadido de índole jurídica. Si WikiLeaks hubiera difundido de forma abierta la información, o incluso hubiera abierto un sistema de suscripciones como si de una agencia de noticias se tratara, Assange podría rechazar informar sobre sus fuentes a un tribunal apelando al secreto profesional periodístico. Sin embargo, con su manera de actuar ha sido él quien se ha convertido en la fuente, por lo que no puede negarse a dar a un juez los nombres de quienes le proporcionan toda la documentación que él hace llegar a ciertos medios de comunicación.

Con su comportamiento, Assange ha traicionado los principios con los que ha conseguido la información que distribuye y, además, puede llegar a poner en peligro la confidencialidad de sus fuentes. ¿Estaría, en un hipotético y no deseable juicio por las filtraciones, dispuesto a ser condenado por mantener su anonimato? Entonces sí sería, al menos en parte, un héroe de la libertad de expresión.

Lo que necesitas no es amor (sino cumplir la ley)

Este mes de diciembre se ha abierto más caliente de lo esperado. En España, la baja laboral por enfermedad masiva y sincronizada de los controladores aéreos, que han dejado en la estacada a muchos miles de pasajeros españoles y extranjeros, ha degenerado en un caos inesperado para muchos.

La cronología de los hechos y de las consecuencias son sabidas porque se han descrito exhaustivamente en los últimos días. Pero lo que me llama la atención es la impunidad (aparente) con la que miran al tendido estos gobernantes cuestionados, ni más ni menos, que por tomar medidas ilegales. Que reaccionaran a sabiendas, que fuera todo tardío y mal organizado no es novedad. Pero que el Ejército armado se ocupe de amedrentar a población desarmada es muy revelador. En primer lugar, dice mucho de la incapacidad del gobierno para dialogar. En segundo lugar, describe la arbitrariedad de nuestros representantes, elegidos por 11 millones de españoles, a la hora de decidir qué funciones son las atribuibles al Ejército español. En tercer lugar, habla de la hipocresía de la izquierda, que se le tiró al cuello a Esperanza Aguirre cuando despidió a los huelguistas del Metro de Madrid. Y sobre todo, es indignante la ilegalidad del "estado de alarma". Lo resume perfectamente Almudena Negro en su blog Es la libertad de expresión, idiotas. No tengo nada que añadir.

Pero este tipo de acciones no es exclusiva de nuestro país. En esta misma semana se ha producido un hecho con connotaciones semejantes en Buenos Aires, Argentina. Un numeroso grupo de narcos bolivianos y paraguayos se instala en un parque donde acuden vecinos a pasear, e intenta ocupar las casas por la fuerza. Ante el desorden, una juez ordena la actuación de las fuerzas del orden. Se producen tumultos y dos muertos. Pero sigue la ocupación ilegal y las protestas de los vecinos. De nuevo, un juez ordena la actuación de las fuerzas del orden. Pero, hete aquí que la presidente decide que de eso nada. Que es mejor que ellos solucionen sus cosas. Macri, alcalde de Buenos Aires, pedía a la presidente del Gobierno "que se aplique la ley, la orden de los jueces y que se despeje la zona". Y también pidió "a los vecinos de Lugano y Soldati para que no hagan justicia por mano propia". ¿Y por qué no dio el la orden a la Policía Metropolitana que depende de él? Se fue a hablar con presidencia y así sancionó la barbaridad. Cristina Kirchner no le recibió. Pero sí otros miembros del gobierno. Aun así, no hubo acuerdo. Pero la regidora argentina finalmente ordenó que la Policía Federal rodeara el parque, a petición de los invasores, que vieron que los vecinos estaban dispuestos a tomarse la justicia por su mano, ya que el gobierno no les amparaba.

Y ese es el tema. ¿Qué pasa cuando quienes detentan el monopolio de la fuerza no cumplen su misión? Sea mandando al ejército a ocuparse de algo que se les escapó de las manos por su incompetencia como en España, sea saltándose a la torera una decisión judicial ante una invasión violenta de la propiedad privada como en Argentina. Porque por más que la situación de los inmigrantes ilegales paraguayos y bolivianos fuera miserable, en un país en el que rige el imperio de la ley y existe una democracia "real", ¿cabe la invasión de la propiedad privada? Si la solución de Kirchner es darles subvenciones o una vivienda, el mensaje es "inmigrantes ilegales del mundo, venid a mi país, que utilizaré todos los medios que los argentinos me han dado para que ocupéis sus propiedades". Y así, la ley no será igual para todos y los argentinos verán su derecho a la propiedad privada reducida, a expensas de que aparezcan más inmigrantes organizados y violentos dispuestos a echar un pulso a la presidencia del gobierno.

Del mismo modo que los sindicalistas más privilegiados de España ya saben que solamente tienen que echar un órdago al gobierno para sacarle de sus casillas, y encima salir a hombros de ciudadanos muy confusos.

La una reclamando amor para solucionar una violación de los derechos de propiedad y los otros reclamando amor para quienes llevan años mintiendo, maquillando datos para cobrar más y extorsionando a quienes, por ocio o por trabajo, tienen que tomar un avión en una fecha señalada.

El amor no tiene que ver con la política. El orden sí. Y para ello, el cumplimiento de la ley es imprescindible. Si los gobiernos no sirven para defender a sus ciudadanos, sinceramente, que nos devuelvan la responsabilidad de la defensa. Que desaparezcan los jueces si sus sentencias no sirven y se interpretan en clave de amor versus xenofobia, que se utilice al Ejército también para asegurarse de que los terroristas están fuera de las instituciones españolas, ya que ese manoseado "diálogo" no funciona…

En mi opinión, esta perversión de la política tan peligrosa no se debe exclusivamente al argumento "amoroso" para no cumplir la ley. Es un mensaje a la ciudadanía, una muestra de poder, un decir "Pa chulo, chulo, mi pirulo" de puertas adentro y de puertas afuera. Cristina dice que no es Luis XIV, pero actúa como si lo fuera. Y lo mismo es aplicable a Zapatero.

Sea como fuere, el deterioro de nuestras instituciones, fruto de la actuación de los representantes elegidos por tantos millones, debería hacer reflexionar a esos votantes respecto al futuro. De lo contrario, sin instituciones y con una ciudadanía adormecida, la democracia está en serio peligro de desaparición. Pero no importa. Será un crimen por amor.

Lo peor del caos aéreo: la reacción ecologista

Unos piensan que lo peor de esta historia ha sido comprobar cómo un grupo de privilegiados trabajadores puede poner en jaque a toda una sociedad. Otros creen que lo peor es la constatación de que el Gobierno no ha sido capaz de solucionar un problema por la vía del diálogo. Muchos entienden que la declaración de un estado de alarma y la militarización de un sector son lo más escalofriante de esta pesadilla. También hay quien ve en las pérdidas millonarias la parte más oscura de este conflicto entre Aena y una parte de sus empleados. Y no falta quien piensa que los cientos de miles de afectados que se quedaron sin unas anheladas vacaciones o sin estar cerca de sus seres queridos son lo más triste del episodio.

A todos estos candidatos a ser lo peor de la crisis aérea yo añadiría uno que creo que merece competir por el dudoso honor de encabezar la lista. Se trata de la reacción del movimiento radical ecologista, liderado por Greenpeace. Los guerreros del arco iris vieron "positivo" que los españoles se quedaran tirados –aunque dicen que no llegaron a alegrarse– porque eso significaba que se emitieron "menos gases de efecto invernadero", dado que los aviones no volaron y no pudieron por lo tanto emitir CO2.

Estos activistas no sólo parecen haber perdido totalmente la empatía por los demás seres humanos sino que han perdido el contacto con la realidad. Dicen que lo "positivo" del cierre del tráfico aéreo es que esos días los cielos estarían "un poco más limpios" por esa menor emisión de gases de efecto invernadero. Los cielos no están ni más ni menos limpio por el hecho de que se emita más CO2. Hablamos de un gas que ni se ve ni mancha ni huele ni es tóxico. Podríamos discutir si el planeta estaría infinitesimalmente un poco más frío si los aviones se mantienen en tierra, pero mezclar CO2 con contaminación y la limpieza de los cielos es otro de los timos a los que nos tienen acostumbrados este grupo de histéricos enemigos del desarrollo.

Greenpeace lleva años atacando al sector aeronáutico. No parecen interesarles los diversos estudios que prueban que las emisiones de la aviación moderna, por persona y kilómetro recorrido, son de las menores del transporte ni que el sector haya rebajado –sin necesidad de los sistemas de racionamiento que tanto gustan a estos verdes– más de un 20% de sus emisiones de CO2 en los últimos años. Lo único que parece interesarles a estos activistas que no dudan en desplazarse en avión para desarrollar sus campañas es tergiversar, retorcer datos y aprovechar cada suceso para pedir más restricciones a las actividades económicas sin pararse a pensar que el fin de esas actividades que quieren prohibir o limitar es la mejora del medio ambiente en el que viven los seres humanos. Es por eso que tampoco entienden que el medio ambiente no haya parado de mejorar allí donde se ha producido un sostenido desarrollo económico.

El ecologismo radical se ha convertido en una extraña secta que ve positivos sucesos tan dolorosos como las recesiones económicas o los cierres del espacio aéreo y no encuentra nada positivo en que según la NASA llevemos 10 años sin calentamiento global mientras el mundo ha seguido desarrollándose y emitiendo más CO2. Algún día nuestros nietos mirarán atrás y se preguntarán cómo fue posible que un movimiento como éste se desarrollara y tuviera la más mínima aceptación social en la era del conocimiento y la información.

Gnosticismo financiero

Poco antes escribía a su mujer, que estaba en Florida, que enviase a alguien para que se ocupase del niño, de dos años, que tras la muerte de su padre se quedó con la sola compañía del perro, sin correa. Esto pasó el sábado, cuando se cumplían dos años de que saltase el escándalo. Bernard Madoff, el genio de las finanzas que ofrecía rentabilidades fabulosas todos los años a un selectísimo club de pringaos, había creado en realidad un esquema ponzi.

Bien mirado, era todo un suicidio. La de Madoff era una estafa piramidal como cualquier otra. Él ofrecía con regularidad un retorno muy atractivo para los inversores. No le faltaba dinero si alguien decidía retirar parte de la inversión o toda ella. Pero ese dinero no provenía del rendimiento o del aumento del valor de sus inversiones, sino de los nuevos capitales a él confiados. Además, ¿quién iba a retirar nada, si Madoff parecía haber hecho añicos la idea de tener que elegir entre seguridad y rentabilidad? Pero cada nuevo cliente, cada entrada de dinero, era una exigencia de rentabilidad futura, y sólo se puede pagar con entradas mayores, con una permanente huida hacia adelante. Sólo se puede esconder el crimen haciéndolo más grande, pese a que Bernard sabía que en algún momento tendría que estallar; fue un suicidio económico desde el comienzo. Mark trabajaba en el negocio familiar. Al parecer no conocía en qué consistía el negocio de su padre, en que él mismo trabajaba, y que le compensaba con más de 16 millones de dólares al año. Llevó una vida de lujo extremo, y cuando se empezaron a cerner sobre él las responsabilidades económicas, quizá penales, acabó con su vida.

La clave para mantener este fraude son las entradas. Y se necesita una buena labor comercial para alimentarlo. La estrategia de Madoff, además de presentarse como ex presidente del Nasdaq, era hacer ver que no todo el mundo podía formar parte del escogidísimo club de inversores con que él trataba. Y todo bajo la idea de que él tenía acceso a informaciones secretas, accesibles sólo a muy pocos, y que eran la llave de la prosperidad perpetua. El gnosticismo financiero, tan falso como cualquier otro.

Porque la información relevante para cualquier inversor está ahí para que la descubra cualquiera. Y la ignorancia que tenemos sobre cuáles son las mejores inversiones no viene de que no tengamos contactos en Washington, sino de que esa información es cambiante y en su mayor parte no está ni creada, pues depende de eventos futuros. Quienes confiaron su dinero a Madoff creían que se beneficiaban de una oportunidad abierta sólo a unos privilegiados. Cuántos de ellos, como Almodóvar, no habrán criticado precisamente eso. Fueron engañados por Madoff, sí. Pero fueron engañados también por la mala literatura sobre el capitalismo, que es más generoso y ciego en las oportunidades que ofrece que lo que se cree. Hay quien ya lo sabía. Prefirieron la ciencia al gnosticismo.

La mordaza bolivariana

En un escenario continental en el que se multiplican las leyes destinadas a acallar los medios no controlados por los Gobiernos, Hugo Chávez es desde hace años un ejemplo a seguir por personajes como el boliviano Evo Morales, el ecuatoriano Rafael Correa o la ex primera dama y actual presidenta argentina Cristina Fernández.

Ahora, el venezolano ha vuelto a adelantarse a sus pares populistas de izquierdas con una inesperada reforma de su propia "ley mordaza". El vicepresidente chavista, Elias Jaua, ha remitido a la Asamblea Nacional (controlada por el chavismo gracias a una ingeniería electoral que transformó en victoria por escaños una importante derrota en votos) un proyecto de reforma de la Ley de Responsabilidad Social en Radio y Televisión, conocida como "Ley Resorte".

En el texto remitido a ese parlamento "títere" se incluyen fuertes medidas de control de internet, imaginables tan sólo en países como Vietnam o Arabia Saudí. Aunque todo el sistema de sanciones y prohibiciones no está pensado de forma exclusiva para la red, su aplicación a la misma podría hacer que tan sólo en Cuba o Corea del Norte fuera menos libre que en Venezuela. Así, el país caribeño va camino de convertirse en uno de los pocos del mundo en los que un proveedor de internet puede ser castigado por permitir el acceso a sitios web en los que haya mensajes anónimos, algo que ocurre en China y pocos lugares más.

La lista de contenidos por los que los medios, tradicionales y electrónicos, pueden ser sancionados es tan larga como absurda. Mostrar o describir escenas de violencia ficticia o real (esta última tan sólo se permite en informativos y cuando acaba de tener lugar), mencionar la existencia de prostitución o del consumo de drogas o alcohol son motivos suficientes para que una empresa de comunicación, incluidas las de internet, sea castigada. Y, por supuesto, no faltan los motivos políticos.

Aunque escritas con suficiente ambigüedad para que parezcan responder a necesidades de estabilidad o convivencia, las prohibiciones en materia política suponen un auténtico freno a la libertad de expresión fuera o dentro de ella. Así, se castiga entre muchos otros cualquier mensaje que la gubernamental Comisión Nacional de Telecomunicaciones (Conatel) estime que incita o promueve la intolerancia por diversas razones, incluida la política. Pero hay dos casos especialmente sangrantes que recuerdan a las legislaciones de países como China y Cuba. Se castigan los contenidos que las autoridades estimen que tienen como objetivo crear "zozobra ciudadana o alterar el orden público" y también aquellos destinados a "irrespetar los Poderes Públicos o personas que ejerzan dichos cargos".

Los proveedores de internet podrán ser castigados por permitir acceder a cualquier contenido de los citados con anterioridad, todos ellos presentes en la red. Tan sólo mediante un rígido control, caro y complicado, de todos los contenidos existentes en internet pueden evitar ser sancionados cuando quiera el poder. Ante eso no les quedaría más remedio que bloquear el acceso al 99% de la web y vigilar el 1% restante por si algún opositor osa criticar a Chávez en una red social o página web. Muy parecido a lo que ocurre en China.

¡Especuladores, llévense su dinero de España cuanto antes!

La situación económica europea actual es tremendamente delicada. El rescate de Grecia y la insolvencia de Irlanda han puesto de manifiesto la verdadera viabilidad de las economías periféricas, los llamados PIIGS. Portugal parece ser el siguiente en declarar su insolvencia y la situación con España es incluso más crítica, ya que la magnitud de este rescate sería difícilmente abordable por el resto de los socios europeos.

Pocos se fían ya de las finanzas de los PIIGS, en especial la de España. El tan cacareado Fondo de Rescate de 750.000 millones de euros se presenta como insuficiente para salvar la situación española. En realidad, este Fondo no llegaría ni a unos 350.000 millones de euros en caso de tener que rescatar a España.

Poco ha tardado el Ejecutivo en culpar a los especuladores de todos los males de España y en hablar del famoso “ataque especulativo”, que encarece la deuda y desestabiliza los mercados. Cualquier cosa antes que admitir su responsabilidad. Como si los problemas de España viniesen de tener unos puntitos más de deuda… En fin, que ya sabemos que para el gobierno todo aquel que compra deuda nacional es un inversor, y todo aquel que la vende o no compra es un malvado especulador que quiere hundir a España.

En realidad, sí que dependemos de los inversores/especuladores. Son los únicos que pueden salvarnos. ¿Cómo? ¿Comprando deuda nacional? No, todo lo contrario: llevándose su dinero de España inmediatamente. Cuanto más rápido, mejor. Ya tardan.

Hay dos principales motivos por los cuales esta huida de capitales sería un beneficio para todos.

El primero, porque es imprescindible dejar de financiar los despilfarros del gobierno español con cargo a nuestra riqueza. Es necesario que los inversores protejan el dinero y la riqueza de los depredadores estatales. Más adelante, cuando los tiempos les sean más propicios, podrán volverlo a traer, invirtiendo en España y enriqueciéndonos a todos. Pero ahora hay que evitar a toda costa que el gobierno siga dilapidando su riqueza para cumplir con sus objetivos partidistas, electoralistas y particulares, que no coinciden especialmente con los de los ciudadanos de a pie. En el momento en que una gran parte de inversores huya de España, al gobierno no le quedará más remedio que fomentar medidas que reviertan la situación: menos impuestos, menos burocracia, menos regulación y más seguridad jurídica.

El segundo y no menos importante motivo por el cual los especuladores deben abandonar sus inversiones en España es que de esta manera se forzaría al gobierno a realizar verdaderos cambios estructurales ante la amenaza de poder quebrar. Cambios que incluso un gobierno populista como el actual no podrá evitar. Ya hemos visto algunos de ellos, como la supresión de los ministerios de Vivienda e Igualdad. Cosa que parecía imposible estando un Ejecutivo tan marcadamente socialista como el actual en el poder. Pero no ha tenido más remedio. Y es que el actual Estado del Bienestar es insostenible. Simplemente. Sólo puede perpetuar sus crecientes funciones mediante más deuda y más afán recaudatorio… hasta la quiebra definitiva del país (ya se sabe que en algún momento las deudas se tienen que pagar con riqueza real). Así que la única salida que tendrá si no recibe financiación extra será limitar sus funciones si no quiere entrar en default.

Lamentablemente, esta parece ser la salida que nos queda a los españoles: que los inversores ayuden a que los Estados se limiten.

Del Estado del Bienestar al Estado de Alarma

De la misma forma que la caída del muro del Berlín el 9 de noviembre de 1989 marcó el final de una década, podríamos aventurar que la nuestra comenzó el 11 de septiembre de 2001 y todavía no ha concluido. Desde entonces una crisis latente recorre Occidente, que se ha demostrado incapaz de gestionar “el fin de las ideologías”, superadas por una síntesis de liberalismo estatista que promueve la doctrina de la tolerancia infinita frente al multiculturalismo en la forma de un Estado del Bienestar que se financia a través de una expansión crediticia irreal.

Entonces, no solo se tambalearon los cimientos de las Torres Gemelas, sino que con ellas se pusieron de manifiesto las debilidades de las formas políticas bajo las que nos organizamos actualmente. El pánico y la indefensión se calmaron con una respuesta contundente que conllevó restricciones en las libertades que, en algunos casos, se mantienen hasta el día de hoy. Entre otros ámbitos, Internet, que permanecía virgen a la intervención estatal, empezó a ser objeto de preocupación y legislación; estos días comprobamos cómo la fuerza de los gobiernos recae sobre un hombre, Julian Assange, héroe para unos y villano para otros, por mantener un refugio de anonimato en el que volcar secretos -y cotilleos- de Estado. El debate sobre la neutralidad en la red forma también la agenda política, y su regulación podría, en lugar de garantizar un acceso libre, garantizar la intervención estatal para igualarnos por la base en el mundo virtual. Ejemplos que algunos podrán considerar banales pero que sin duda marcan la tendencia de los estados, siempre dispuestos a garantizar la seguridad de sus ciudadanos a cambio de un alto precio. Otro ejemplo es el de la hiperregulación de sectores como el energético debido a la alarma creada por un supuesto apocalipsis climático que no termina de llegar pese a sus heraldos. Recientemente en España se ha decretado uno de los estados de excepción previstos en la Constitución para desbloquear el cierre del espacio aéreo que causaron los controladores al abandonar sus puestos de trabajo y en el que de momento nos encontramos.

El mismo temor que nos lleva a sacrificar libertades es la misma pulsión sobre la que se ha construido el Estado del Bienestar. El miedo a una enfermedad a la que no podríamos hacer frente por nosotros mismos nos incita a delegar esa responsabilidad, aunque la falta de incentivos de mercado para la investigación impida encontrar remedios futuros. El miedo a perder el trabajo nos impele a legitimar un sistema de subsidios que, en lugar de ayudar al posible desempleado, encarece y dificulta la contratación. Y así con todas y cada una de las garantías del bienestar que el abrazo maternal del Estado nos ha ido ofreciendo hasta constreñir la capacidad creadora y equilibradora del libre mercado. Un sistema económico y socialmente insostenible que empieza a colapsar, pero que no por ello impide a la propia organización reestructurarse para no perder su hegemonía. Como si de una extremidad gangrenada se tratase, el Estado se deshará de sus políticas más inoperantes sin renunciar a mantenernos en un verdadero Estado de Alarma.

Así, en este estado de pánico perpetuo en el que nos encontramos sometidos, parecemos decididos a renunciar a la libertad para garantizar nuestra seguridad. Como un rebaño de ciudadanos pastoreado por una casta de políticos, no reparamos a preguntarnos si la cerca que levantan a nuestro alrededor nos protege de los lobos o es utilizada para mantenernos bajo control. El lobo no solo se encuentra entre nosotros vistiendo piel de cordero, sino que nos domeña con el cayado del pastor.

¿Implica este razonamiento justificar o legitimar en algún modo un ataque terrorista, el bloqueo de la navegación aérea? Absolutamente no, de ningún modo. Siendo hechos muy distintos, solo son comparables en que sus únicos responsables son quienes los causaron: los terroristas en el primer caso y los controladores en el segundo.

Pero esto no debe impedir analizar las decisiones políticas desde una perspectiva crítica. De hecho, al no hacerlo caeríamos en una grave irresponsabilidadm pues jamás debemos olvidar las palabras de Jefferson advirtiendo que “el precio de la libertad es una eterna vigilancia” a sabiendas de que el poder a vigilar en nuestros días es el de las leyes que se atribuyen la capacidad de transformar la realidad. Leyes que pueden dictarse de forma provisional para atajar una situación de peligro inminente, real o imaginado, pero que terminan sumándose al acervo normativo para ser utilizadas de forma ordinaria en lugar de extraordinaria. Rara vez, cuando el Estado avanza restringiendo nuestras libertades vuelve sobre sus pasos deshaciendo el camino andado. Ahora más que nunca, los hombres celosos de su libertad deben -debemos- permanecer en un verdadero estado de alarma.

Vamos a contar mentiras

…en comparación con el nefasto desempeño que nos depararía su sustituta en el cargo, Elena Salgado. El tiempo ha terminado por confirmar tal previsión. Y es que, si en 2009 el diario británico Financial Times ya situaba a Salgado como uno de los peores responsables económicos de la UE –tan sólo por delante de sus homólogos húngaro, griego e irlandés–, en 2010 su calificación desciende hasta el penúltimo puesto de la tabla, disputando el liderato de "peor ministro de Finanzas" al mismísimo Brian Lenihan, principal responsable político del desaguisadocelta.

Sin embargo, el aspecto más deleznable, vergonzoso y condenable de su actual función pública no radica tanto en las malas decisiones adoptadas, como el Plan E (13.000 millones de euros despilfarrados), o en sushonorables hitos económicos, tales como aprobar la mayor subida fiscal de la democracia (unos 15.000 millones) y alcanzar uno de los mayores descuadres presupuestarios de la zona euro (110.000 millones en 2009 y algo menos en 2010), sino en su desvergüenza política. Salgado se ha convertido, si es que no lo era ya antes, en una mentirosa compulsiva, cuya principal misión consiste en negar la mayor a fin de ocultar la cruda realidad a la ciudadanía.

Miente más que habla. Siguiendo al pie de la letra las enseñanzas de su maestro y guía espiritual José Luis Rodríguez Zapatero, Salgado insiste, una y otra vez, en lanzar anuncios que son automáticamente desmentidos apenas horas después. Y ello, sin ruborizarse lo más mínimo. El hecho de que no haya caído en la última crisis de Gobierno constituye la prueba irrefutable de que para eso fue, precisamente, designada por el presidente. La ministra desarrolla a la perfección la tarea encomendada: negar la mayor. Da igual que su credibilidad, ya de por sí escasa por no decir inexistente, quede en entredicho ante la opinión pública y la mayoría de analistas. Ella tan sólo se dedica a cumplir el guión preestablecido a sabiendas de que, llegado el momento, recibirá su justa recompensa.

Los ejemplos de tal desfachatez son numerosos. Así, por citar tan sólo los últimos, negó durante semanas la necesidad de activar un Plan B para reducir el déficit público. Dicho y hecho. La semana pasada Zapatero anunció en el Congreso un nuevo paquete de ajuste con el ilusorio fin de tranquilizar a los mercados. Justo después, ni corta ni perezosa, la ministra negó también la aprobación de alguna medida adicional en el Consejo de Ministros de ese mismo viernes, más allá de las citadas por Zapatero. De nuevo, Salgado sorprendió a propios y extraños con una nueva subida de impuestos sobre el tabaco, con la que pretende recaudar otros 780 millones de euros extra.

Ahora, la fidedigna y creíble ministra no se corta al afirmar que el fondo de rescate europeo "nunca estuvo pensado para España", como si su insultante palabrería pudiera travestir los hechos (confirmados aquí, aquí y aquí). Por si fuera poco, insiste en que el tamaño del fondo, dotado con 750.000 millones de euros, es suficiente para asistir a los países con problemas. Quizá por eso las principales autoridades internacionales no paren de discutir un plan alternativo en caso de que España precise ayuda. De hecho, hasta el propio presidente del Consejo Europeo, Herman van Rompuy, ha desmentido a Salgado este martes al señalar que la UE podría estudiar la ampliación del fondo "si fuera necesario".

Por último, según la ministra, el Gobierno cumplirá "el objetivo de déficit y también las reformas estructurales". Por desgracia, a la vista de lo expuesto hasta ahora, tales promesas serán un nuevo fiasco. La farsa debe continuar…