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Ni muy tonto ni muy valiente

…afirmando que los inversores perderían hasta la camisa si tomaban posiciones contra la deuda del Gobierno español, eran desconcertantes. En el titular se planteaba el editor que ZP debe de ser muy tonto o muy valiente.

Zapatero y su Gobierno han puesto a España al borde de la quiebra con las medidas de despilfarro público implementadas desde el comienzo de la crisis. Ahora vemos cómo otros países cuyos gobernantes siguieron las mismas recetas keynesianas han tenido que pedir auxilio y ser rescatados o están sufriendo para poder cumplir con sus compromisos de pago. Tras el hundimiento de Grecia e Irlanda todos los inversores y analistas miran a España y Portugal. Por eso Financial Times piensa que lo lógico después de lo que le ha pasado a Irlanda sería que Zapatero saliera a declarar que va a cumplir las promesas de mayo, que ampliará los recortes y que presentará nuevas reformas estructurales en cuestión de horas.

Pero Zapatero no es ni tonto ni valiente. Es un especulador temerario. No es tonto. Él sabe perfectamente que España está al borde de la suspensión de pagos. Lo que ocurre es que piensa que si lo reconociera se vería obligado a realizar verdaderos recortes del gasto público y del tamaño del Estado, e incluso a liberalizar mercados. Así que piensa que con este farol quizá logre mantener intacto el elefantiásico gasto e incluso le sirva de excusa para nuevas subidas de impuestos.

Tampoco es valiente. Alguien es valiente cuando realiza una acción en la que arriesga algo que aprecia mucho y que le pertenece. Zapatero, en cambio, arriesga el dinero del contribuyente presente y futuro, no el suyo. Está especulando de manera alocada con el crédito de las empresas, con el empleo de los trabajadores que aún tienen la suerte de conservarlo, con el sistema eléctrico, con las pensiones y con el tejido empresarial de todo el país.

Su objetivo no es otro que poder salir de esta crisis sin renunciar a la etiqueta de presidente "rojo" que el mismo se puso al llegar a Moncloa. Piensa que puede escapar en esta huida hace adelante soltando mensajes contradictorios para calmar a todos y seguir haciendo lo mismo: intervenir y gastar. Lo que parece tontura o valor no es más que temeridad y cobardía.

Estonia, paradigma de cómo capear la crisis

Estonia, un pequeño país a orillas del mar Báltico que apenas alcanza el millón y medio de habitantes entrará en la zona euro el próximo 1 de enero. Será la primera ex república soviética en hacerlo después de haber culminado con éxito dos décadas de prodigioso desarrollo económico que han catapultado al país del tercer al primer mundo en sólo una generación.

Llegar a la soñada meta de pertenecer a la primera división europea les ha costado varios años y tres intentonas. Estonia entró a formar parte de la Unión Europea en 2004con el compromiso de adoptar la moneda única tan pronto como fuese posible. El plan era integrarse en la eurozona en 2007 junto a Eslovenia. Llegado el momento el Gobierno se echó para atrás y retrasó la integración hasta el año siguiente para hacerlo coincidir con la entrada de Eslovaquia. Pero Estonia seguía sin cumplir los requisitos de inflación, que rondaba el 7%. Su economía, recalentada por un crecimiento rapidísimo (un promedio del 9,5% de incremento anual del PIB entre 2000 y 2007), un no estaba aún preparada. Se dio entonces un último plazo, 2011, fecha en la que no había prevista ningún ingreso más.

A mediados de año el Gobierno estonio se fue con sus números a Bruselas para que el Ecofin los supervisase y aprobase el ingreso. Nadie se podía creer lo que veía. Estonia, ese remoto e ignorado país del Báltico, era lanación menos endeudada de Europa y la que podía presumir de un déficit público. La inflación, por su parte, había remitido hasta colocarse en niveles aceptables. Para contener este indicador contribuyó el hecho de que el PIB estonio se despeñó, literalmente, un 14% durante el año 2009, lo que enfrío el sistema lo suficiente para controlar la inflación, que pasó del 10,4% en 2009 a una deflación de 10 décimas durante este año.

Ajuste titánico

La clave del éxito estonio ha sido el ajuste titánico que ha llevado a cabo. El Gobierno del liberal Andrus Ansip, reaccionó rápido a la crisis financiera y ya en 2008 aprobó un plan de ajuste que recogía un amplio recorte de gasto público y el aumento de ciertos impuestos como el IVA y los que gravan el tabaco, el alcohol o la gasolina. Ya puesto, Ansip, aprobó una reforma laboral que facilitó el despido. Los ajustes llegaron al mismo Gobierno, los ministros se bajaron el sueldo un 20%, justo el doble de lo que de promedio estaban bajando en las empresas privadas. El resultado fue una depresión inmediata y muy dolorosa, pero corta. Estonia ha pagado los excesos crediticios cometidos en la etapa expansiva de un golpe durante un solo año.

¿Estímulos al estilo de los planes E?, ninguno, Ansip no cree en ellos. De hecho, cuando la crisis arreciaba la oposición le acusó de ser el responsable de ella por reducir el gasto, a lo que el primer ministro respondió que la crisis sería aún peor si se hubiesen puesto a imprimir moneda o a gastar a lo loco. El tributo que ha tenido que pagar ha sido el reajuste del mercado interno, inflado durante las vacas gordas, y una tasa de desempleo del 19%, que empieza a remitir conforme la economía se purga de las malas inversiones.

Brotes realmente verdes

En 2010 el país ha emprendido el camino de la recuperación. Estonia se ha ganado de nuevo la calificación A de las agencias de rating y goza de crédito pleno en los mercados. Las cuentas públicas vuelven a estar saneadas, el mercado interior ha retomado su tamaño natural y pocos se acuerdan de las exuberancias irracionales de los años del crecimiento vertiginoso que precedieron a la crisis.

La recuperación está siendo tan sorprendente -y para muchos inesperada- que los indicadores handejado con la boca abierta a más de un economista. Tal y como puede apreciarse en la gráfica inferior, la producción industrial ha crecido un 31% en el último año y las exportaciones se han disparado un 54%. Brotes realmente verdes, y nos los que, hace año y medio, vendía a la prensa cierta ministra de Economía de un país del sur de Europa.
 

Y todo sin necesidad de devaluar la moneda como ha venido haciendo el Reino Unido o la vecina Polonia, cuyo zloty flota libremente, lo que está permitiendo a los polacos ganar cierta (y falsa) competitividad a cambio de empobrecerse. La corona estonia está vinculada al euro en un tipo de cambio fijo por lo que el banco central que la emite asume como propia la política monetaria del BCE. 

Ahora viene la pregunta. Si Irlanda actuó rápido, acometió un severo recorte de gasto y, al estar dentro del euro, no pudo devaluar la moneda, ¿por qué no ha seguido el mismo camino que Estonia. Por el sistema bancario, que en Irlanda estaba quebrado y fue rescatado in extremis por el Estado. En Estonia los principales bancos son subsidiarios de la banca sueca.

El mayor banco del país es el Swedbank, seguido del SEB y de Nordea, todos suecos con sede en Estocolmo. La banca sueca es tan hegemónica que muchos estonios se quejan de que tiene más poder que el mismo Banco Central de Estonia. Con o sin poder, el hecho es que el Gobierno de Ansip no ha tenido que emplear un solo céntimo del erario público para salvar bancos de la bancarrota. Y eso, al final, se ha notado.

Lecciones que vienen del Báltico 

Estonia es un país pequeño, pero eso no significa que la receta que ha utilizado para enfrentar la crisis no sea válida. Los números cantan. Ante un excesivo endeudamiento, amortización y ajuste, y no, como se ha pretendido en otros países, mantener el ciclo expansivo a costa de nueva deuda y malabarismos con la moneda.

El premio los estonios lo recogerán el próximo 1 de enero cuando se incorporen a la divisa única con un cuadro macroeconómico que haría entrar en trance a todos los ministros de economía de la Unión Europea, especialmente a los de los países derrochones como España, Grecia o Portugal.

Pocos se quejan, a fin de cuentas, los estonios nunca antes se habían visto en mejor posición. Son independientes, el nivel de vida ha crecido exponencialmente en sólo un par de décadas y, como los negros años del comunismo aún están cerca, muchos recuerdan lo que de verdad es una crisis estructural con escasez de todo y cortes de electricidad. La diferencia está clara.      

Reyes inc.

Hay instituciones claves para un país. Y una de ellas es la Monarquía. No voy a hablar aquí de las evidentes ventajas que para nuestro país representa el que, a diferencia de los estadounidenses, los españoles no hayamos sido creados iguales, sino que algunos, por derecho de nacimiento, tengan asegurado su mantenimiento a cargo del erario y tengan reservados unos cargos, honores y prebendas diferentes al resto de la población.

Tampoco voy a hablar de lo duro y difícil que es ser uno de esos seres humanos excepcionales, pues, aunque mucha gente les envidia, es muy cansino ser rey. Viajes de estado, recepciones, presencia constante en eventos deportivos apoyando a sus súbditos más destacados…

Simplemente quiero exponer la fórmula para hacer que una institución tan importante, esencial y necesaria como la Monarquía sea más accesible, cercana y económica para el mayor número de ciudadanos.

Y el modelo es Telefónica de España, actualmente Movistar. Muchos dirán que no es comparable, pero en el fondo ambas instituciones son, básicamente, un servicio a la ciudadanía, y, por otro lado, estoy seguro de que si le preguntan a la gente qué prefiere, si tener móvil y ADSL con tarifa plana o monarca, la mayoría optaría por lo primero.

¿Qué pasaba antes con la telefonía? Pues lo clásico, que era un monopolio estatal y, por consiguiente, deficitario, ineficiente, una carga para el erario; una empresa que debía su estructura pre-liberalización de los 90 a un decreto franquista (¡¡caramba, qué coincidencia!!) y que daba un servicio nefasto a sus consumidores (tardaban meses en instalarte una línea).

¿Y qué pasa ahora? Pues, aunque no se haya producido una verdadera liberalización de lo servicios de telecomunicaciones, sí se ha hecho una regulación que introduce ciertos elementos de libre mercado en el sector, se ha abierto a la competencia y se ha privatizado la compañía, con lo cual ha dejado de ser una pérdida neta para el contribuyente, genera beneficios, crea riqueza y da un mucho mejor servicio a sus clientes, antes paganos obligados.

Pues eso es lo que hay que hacer con la Monarquía. Abrirla al libre mercado, privatizarla, dejar que con la actual Casa Real entren en competencia otras Casas Reales, tradicionales o de nueva creación, que ofrezcan sus servicios en un régimen de mercado libre.

Estos nuevos jugadores en el sector Casas Reales podrían ser, desde monarquías derrocadas como los Hohenzolllern o los Saboya, hasta empresas de nueva creación como Reyes Inc., Tele-Monarca, algunas incluso especializadas en sectores concretos, como la restauración donde ya hay algo parecido en el campo del fast food.

Así, estas nuevas Casas Reales competirán en precio, calidad y servicio con la actual para hacer las tradicionales actividades propias de la Monarquía, como las mencionadas al comienzo del artículo: recepciones, mensajes navideños, asistencia a eventos deportivos, viajes representativos. Gracias a ello, muchos más ciudadanos podrán disfrutar de las ventajas de tener una Figura Real, con mayúsculas, a su servicio.

Por ejemplo, un grupo de empresarios del sector del corcho quieren tener una Recepción Real. La actual Casa Real cobraría una tarifa determinada, quizá demasiado elevada para dichos empresarios, pero otras Casas Reales alternativas ofrecerían precios más competitivos, quizás a cambio de un menor boato, y todos tan contentos.

Así, desde la comunión de fulanito hasta la Final del Campeonato Provincial de Petanca del Bajo Ampurdán, podrán contar con una figura regia, la cual, actualmente, aunque pagada con el dinero de todos los contribuyentes, limitaba sus apariciones a grandes eventos, tales como la Final de la Copa de Él Mismo, los Juegos Olímpicos o bodas y bautizos de la jet set.

Y de cara a las actividades del sector público, pues también sería posible y deseable introducir la competencia. Un ejemplo sería la apertura del año judicial donde siempre queda muy bien la presencia de un Monarca. Pues bien, un concurso público abierto a Casas Reales con un pliego de condiciones para dicha necesidad específica proporcionaría la respuesta. Aunque, eso sí, habría que vigilar con lupa dichos concursos, pues en determinadas autonomías surgirían Casas Reales con conexiones con el poder que se llevarían todos los concursos.

Eso sí, ninguna Casa Real se mantendría a costa del erario público, sino del dinero de las personas que libremente deciden contratar sus servicios, y de esta forma veríamos cómo valora la gente la excepcional labor que la institución de la Monarquía presta al país.

Y aunque, por supuesto, la actual Casa Real gozará de una situación de privilegio en este nuevo mercado abierto, como antes disfrutaba Telefónica, con un market share dominante, tendrá que espabilar, pues el mercado libre es muy volátil, las preferencias de los consumidores cambian y la competencia siempre es feroz…

Descolonización, estados fallidos y el Sahara

… y las tensiones entre ellos marcaron las siguientes décadas. Todos los procesos internacionales relevantes, todos los conflictos entre países o entre organizaciones estaban polarizados o eras susceptibles de ello si las grandes superpotencias así lo deseaban. Cualquier régimen podía conseguir la legitimación universal si era apoyado por alguno de los dos bloques: el comunista como herramienta para llevar la revolución y el socialismo al resto del mundo, el occidental si consideraba que éste le hacía fuerte para luchar contra su rival. Ambos bandos legitimaron así dictaduras y democracias, aunque para la Unión Soviética y los comunistas en general, las segundas eran simplemente un paso previo para el Estado socialista.

Pero la Segunda Guerra Mundial no sólo trajo la Guerra Fría. El esfuerzo de guerra había dejado agotados a dos de los imperios que hasta 1945 habían dominado el mundo, el británico y en menor medida, el francés. Ambas potencias administraban, gestionaban y dominaban políticamente una parte muy importante de los continentes asiático y africano y otro tanto se podía decir de otros países europeos como Portugal, Bélgica u Holanda. Sin embargo, ese dominio había recibido el golpe definitivo, los esfuerzos económicos que supuso la guerra habían generado fuertes déficits que hacían imposible que siguiera mucho más.

No menos importante era el cansancio de casi todas estas sociedades que, después de seis años de guerra, no estaban muy dispuestos a aguantar más conflictos y muertos. A ello hubo que unir el auge del internacionalismo marxista y religioso, en especial el islámico, el resurgir de los nacionalismos y el carácter anticolonialista de las sucesivas administraciones estadounidenses con la de Roosevelt a la cabeza. Todo ello propició del declive del dominio de Europa sobre el mundo y la denuncia del colonialismo que hasta ese momento había sido un sistema asumido por dominantes y dominados sin demasiados problemas ni conflictos más allá de los locales y algunos entre potencias coloniales.

Y así, como después de las Guerras Napoleónicas se inició la emancipación de América del dominio español, Asia y África se deshicieron del dominio europeo en un entorno marcado por la polarización de la Guerra Fría, ideas políticas y filosóficas novedosas y otras que lo eran menos. La independencia de La India, la guerra de Corea, la de Vietnam, los procesos de descolonización de las naciones africanas, el nacimiento de Israel, los conflictos de las naciones musulmanas con éste, deben enmarcarse en este escenario.

El resultado de la descolonización, sin entrar ni en las causas y los efectos ni en la complejidad del mismo, fue diverso. De él nacieron estados que hoy son prósperas democracias como por ejemplo Canadá, Australia o Nueva Zelanda. Otros son estados más o menos estables, muchos de ellos con regímenes autoritarios como la mayoría de los que forman parte del mundo musulmán y alguno con un paulatino asentamiento de procesos democráticos como La India. Pero no pocas sociedades que nacen del post colonialismo se pueden considerar estados fallidos, es decir, estados que se encuentran en conflicto permanente entre facciones dentro del propio territorio o con los estados fronterizos, en los que no se han desarrollado instituciones sociales que hayan permitido la estabilización de la sociedad y donde la corrupción y la violencia forman parte de la misma, sin que los individuos luchen por erradicarlas, sino más bien ignorarlas o dirigirlas a favor de su propia facción o grupo.

El Sahara es uno de estos estados fallidos. Su proceso de descolonización fue tardío y en unas circunstancias muy diferentes de las que se dieron en los países subsaharianos o de las de su entorno atlántico-mediterráneo más cercano. España, como potencia colonial debería haberse hecho cargo de supervisar el proceso, pero la muerte de Francisco Franco y el inicio de la transición de la dictadura a la democracia la hacía un supervisor poco preparado y dispuesto. A pesar de ello, el Sahara fue uno de los temas que usó la entonces oposición política (socialista y comunista principalmente) contra los ejecutivos de centro que gobernaron España durante los primeros años de democracia, apoyando la creación de la República Árabe Saharaui Democrática. No es extraño que muchos piensen que el actual gobierno socialista de España haya traicionado a sus aliados.

Marruecos presionó al gobierno español a través de la Marcha Verde que lideró el propio Hassan II y observó en el Sáhara un territorio con gran cantidad de recursos naturales que podía poner bajo su soberanía. España terminaría cediendo el control administrativo, pero no la soberanía, de su colonia a este país y a Mauritania tras los Acuerdos de Madrid. El imperialismo no sólo es propio de los estados europeos. Los marroquíes tenían de su lado a dos grandes socios. Por una parte, a Francia: su ex potencia colonial era (y es) su gran aliada aunque sólo fuera porque Argelia, la otra ex colonia francesa, estuviese bajo la órbita soviética. El otro socio fue (y es) Estados Unidos que también veía al aliado marroquí como una manera de hacer frente a la creciente influencia de los rusos en el norte de África (Argelia y Libia).

La Guerra Fría polarizaba las partes del conflicto: Estados Unidos y Francia apoyaban a Marruecos, mientras que Argelia (enemiga local de Marruecos) y la Unión Soviética apoyaban al Frente Polisario. Este se enfrentó exitosamente a Mauritania que terminó por renunciar a la parte que le correspondía, pero no ha Marruecos que ocupa el territorio de facto. España, mientras tanto, rehuyó hacer frente a sus compromisos internacionales, actuación lógica dada la delicada situación de ese momento.

El resultado es un conflicto enquistado en el que se mezclan diferentes intereses. Occidente en general y Francia, España y Estados Unidos en particular, no están interesados en que estalle un conflicto armado en la zona pues crearía un foco de tensión demasiado cerca de Europa y que podría extenderse a otras partes del territorio africano con el integrismo islámico como modelo para algunas de las facciones implicadas. La ONU sigue con su política de mantener los conflictos en una situación de “baja” violencia a través de una aparente neutralidad, en vez de solucionarlos.

Marruecos se siente fuerte en la zona, bien por el apoyo de sus aliados, bien por la pasividad de España. Esto le hace incrementar el uso de la fuerza y el control de la información a través de la censura de los medios de comunicación propios y los de otros países. Además, durante estas tres décadas largas se ha encargado de “colonizar” el Sahara con marroquíes que puedan hacer de contrapeso en caso de que se vaya a una solución que pase por algún tipo de referéndum.

El Frente Polisario, ya sin el apoyo soviético, pero con las formas que había aprendido de este totalitarismo, y con Argelia aparentemente ajena al conflicto, ha anunciado una respuesta armada como única salida a la situación. Todo ello nos llevaría o a una guerra, para la que ya no dispone de los medios necesarios ni el apoyo internacional preciso, o a un incremento de la violencia terrorista que podría afectar a los intereses de las partes implicadas, pero que también podría restarle el escaso apoyo que posee en Occidente si se perjudicaran los intereses de éstos o se produjera un incremento de la presencia de Al Qaeda en la zona, algo que no sólo no es descartable sino bastante plausible.

La solución a corto o medio plazo no es fácil pues no hay una parte que tenga “el poder” y que pueda hoy por hoy, acabar con la otra de manera rápida y poco cruenta. La internacionalización de los conflictos y cierta moral “pacifista” que dominan actualmente simplemente lo impiden. No estoy haciendo un juicio moral ni estoy tomando partido por el bando más fuerte o el más débil, soy simplemente descriptivo.

Producción, preservación e intercambio de valor: el dinero

El dinero es la entidad utilizada en el mercado para conservar y transmitir valor de forma eficiente. Los problemas de coordinación y búsqueda y los costes de transacción, almacenamiento y transporte presentes en una sociedad con división del trabajo avanzada y estructura de producción compleja llevan a los agentes económicos a buscar y encontrar depósitos de valor y medios de intercambio indirecto de aceptación generalizada, que además sirven como unidad de cuenta y referencia común para realizar comparaciones entre las valoraciones de los diferentes bienes y para llevar contabilidad de ingresos, gastos, beneficios o pérdidas.

En el proceso evolutivo de búsqueda de bienes monetarios tienen una importancia especial los comerciantes o intermediarios: son los más interesados en resolver estos problemas debido a la gran cantidad de operaciones que realiza cada uno, y son los más capaces de hacerlo gracias a su experiencia y perspicacia empresarial. Los consumidores o trabajadores son muchos más, pero cada uno realiza relativamente pocas transacciones y no actúan de forma coordinada como un solo agente: en asuntos monetarios tienden más a copiar las conductas exitosas que a generar nuevas alternativas más eficientes.

La elección del bien (o bienes) utilizado como dinero depende de las valoraciones subjetivas de las personas y de los rasgos objetivos esenciales de los bienes. Un buen dinero es algo que conserva el valor y que se puede intercambiar múltiples veces con cualquier persona en cualquier circunstancia. El dinero debe ser algo duradero (consistente, no perecedero, que no se desintegre, consuma, estropee o desaparezca, ya que para conservar el valor debe por lo menos seguir existiendo), fácil de almacenar (atesorar y desatesorar guardando existencias y añadiendo a ellas o sustrayendo de ellas), fácil de transportar (alto valor por unidad de masa y volumen), fácil de manipular, de dividir y agregar mediante unidades homogéneas, de reconocer, de medir o contar.

El dinero es el bien más líquido, el bien cuyo valor es más estable o invariante respecto a diversos cambios: de persona, de circunstancia, tiempo y lugar, de cantidades ofrecidas, demandadas e intercambiadas por cada agente y por todo el mercado, y de posición ofertante o demandante (comprador o vendedor). Gracias a estas características cualquier persona puede atesorar su dinero en cualquier cantidad con costes muy bajos si no encuentra una oportunidad de compra interesante, o intercambiarlo por todos los demás bienes, con cualquier persona, en cualquier momento y lugar, y en cualquier cantidad sin sufrir pérdidas de valor crecientes al incrementar la cantidad de dinero desembolsada.

El dinero debe ser un bien fungible, de unidades homogéneas indistinguibles, y que no se estropee con su uso, de modo que al revenderlo no pierda valor como otros bienes usados o de segunda mano. Debido al mínimo diferencial entre el precio demandado y el precio ofrecido por el mercado, el receptor de dinero sabe que puede aceptarlo sin temer que cuando quiera revenderlo tenga que asumir grandes pérdidas respecto a lo que pagó por él, esperar una buena oportunidad o asumir altos costes de búsqueda y transacción.

El poseedor de dinero tiene una posición negociadora ventajosa respecto a los poseedores de otros bienes menos líquidos (soberanía de los consumidores o compradores en el mercado libre): todo el mundo demanda dinero sistemáticamente, mientras que la demanda de los demás bienes y servicios es más variable y sus dueños suelen estar presionados para vender (costes de almacenamiento, costes comerciales fijos).

Las valoraciones humanas son subjetivas, relativas y dinámicas, dependen de cada persona, son de unas entidades respecto a otras y pueden cambiar: pero el valor o poder adquisitivo de algunas entidades es relativamente más estable respecto a los posibles cambios que puedan afectarlo.

Algunas valoraciones o utilidades dependen mucho de la persona, de sus gustos particulares o de rasgos individuales variables (estilo o talla de ropa, gustos artísticos, gastronómicos, de entretenimiento). Algunos bienes o servicios satisfacen preferencias muy particulares; otros bienes son más genéricos, populares o de usos múltiples. Ciertos objetos muy específicos son demandados por especialistas de alguna profesión (instrumental quirúrgico), otros están asociados a alguna afición particular (maquetas, instrumentos musicales).

Algunas cosas son preferidas según ciclos estacionales periódicos (ropa de verano o invierno, calefacción, refrigeración); otras son populares solamente como modas pasajeras (vestimenta, música). Algunas cosas son queridas como típicas en algunas culturas o lugares concretos y poco valoradas fuera de allí; la utilidad de algunas cosas depende de factores ambientales variables geográficamente (como el clima o la orografía).

Algunas cosas (como un diccionario, una navaja, una información concreta) tienen poca utilidad para una persona más allá de la primera unidad (quizás como reserva): su valor es muy sensible a la cantidad, la utilidad marginal de las unidades adicionales decrece muy rápido.

Algunas entidades tienen una demanda muy estable y grande, tanto ancha (muchas personas) como profunda (cada persona quiere grandes cantidades): son valoradas de forma regular por todos o casi todos y la demanda de cada individuo se satura muy lentamente (la utilidad marginal de cada unidad homogénea o cantidad adicional decrece muy despacio). Para que un bien sea dinero no es suficiente que su demanda sea alta: es necesario además que esta esté distribuida más o menos uniformemente (muchos compradores dispuestos a comprar grandes cantidades). Si el mercado es profundo pero estrecho tengo que encontrar al comprador (coste de búsqueda); si el mercado es ancho pero somero (poco profundo) tengo que hacer muchos intercambios para vender grandes cantidades de mi bien (costes de transacción). Debido a su demanda distribuida los cambios de conducta de unas pocas personas respecto al dinero tienen un impacto muy pequeño sobre el mercado.

El dinero es una institución social: cada persona lo quiere como depósito de valor y medio de intercambio sabiendo que los demás hacen lo mismo de forma recursiva. Los bienes no monetarios inicialmente más líquidos refuerzan su liquidez al convertirse en dinero mediante efectos red y bucles de realimentación positiva: la utilidad marginal del dinero decrece muy despacio no porque el dinero por sí mismo pueda utilizarse para los fines más valiosos de cada individuo, sino porque es posible intercambiarlo por los bienes y servicios más valorados.

Que todo el mundo quiera dinero no es en absoluto nocivo, como pretenden muchos moralistas confundidos. Es imposible saber qué cosas concretas quiere cada individuo de una sociedad extensa en cada circunstancia particular: el trueque directo es muy difícil. Saber que el dinero siempre es demandado por todos facilita los intercambios y la cooperación social, ya que basta con entregar dinero y el receptor ya se encarga por su cuenta de buscar y comprar lo que desea.

El valor del dinero es una referencia social intersubjetiva. La recursividad de la preferencia por el dinero estabiliza y objetiviza su valor: si cada individuo al usar el dinero considera sus preferencias y estima correctamente las de los demás participantes del mercado respecto al mismo, entonces todo el mundo incluye aproximadamente (salvo errores de apreciación) las mismas valoraciones en sus cálculos económicos.

¿Puede llevarse a los anarquistas hacia la causa de la libertad?

La pregunta que encabeza este artículo presupone sostener que los anarquistas, bien se definan como colectivistas, bien como individualistas, no han favorecido la causa de la libertad de forma consistente a lo largo de la historia, a pesar de ocasionales destellos de lucidez antiestatista e individualista que predisponen al espíritu crítico frente a los enemigos de la sociedad abierta y la libertad, incluidos los estados del bienestar actuales.

Un tercer género representado por los anarcocapitalistas, a pesar de tener gran audiencia por estos lares gracias a la magna obra de Murray Rothbard, algunos miembros del Mises Institute y el profesor Huerta de Soto, resulta ignoto para el gran público que considera el mero apelativo como una contradicción en los términos. La sustitución en algún momento de los estados por un orden de mercado mundial dinámico, donde agentes privados prestarían los servicios atribuidos a aquéllos ahora, me plantea siempre dudas acerca de su factibilidad. ¿No existiría el riesgo innegable de que esas empresas evolucionasen hasta convertirse ellas mismas en embriones de estados, precisamente para no tener que competir? Aunque podamos hablar de un orden espontáneo al centrarnos en el mercado libre, su existencia no puede concebirse al margen de los actores que interactúan en él. Y sabemos por repetidas experiencias que algunos seres humanos pretenden dominar a otros por la fuerza y, lo que resulta aún más chocante para un amante de la libertad, que muchas personas no tienen demasiados problemas para aceptar esa sumisión.

Ahora bien, en contraposición a esta última corriente que renuncia sin dobleces de la abolición violenta del estado, de forma agudizada por las consecuencias de la gigantesca crisis del intervencionismo actual, saltan a la palestra grupos que reclaman la tradición de los violentos y enfervorecidos anarquistas de finales del siglo XIX y principios del XX. Podríamos resumir el ideario de estos anarquistas en una lucha para destruir el capitalismo mediante la acción directa (léase violencia terrorista). La autogestión de los trabajadores en las empresas y la ayuda mutua entre ellos forman parte también de sus eslóganes más coreados. No obstante, no dudan en "defender" a los funcionarios y a los empleados del sector público, sin explicar la contradicción con su objetivo de liquidar el Estado. Sus mensajes inconsistentes van dirigidos a los gestores de los Estados de bienestar modernos y organismos internacionales como el FMI –quiénes nunca han defendido el laissez-faire y observan incrédulos la "injusticia" de que se les moteje como baluartes del capitalismo– antes de que recorten o reconduzcan los ingentes recursos que controlan. De esta manera, estos seguidores de última hora continúan el tosco voluntarismo de los anarquistas nostálgicos de la tribu (o la comuna) como lugar donde el individuo permanece protegido.

Purismos ideológicos aparte, algunos de los más salvajes manifestantes en Grecia, donde llegaron a matar a tres personas en un incendio provocado en una sucursal bancaria la pasada primavera, enarbolaban proclamas y banderas anarcosindicalistas. Más recientemente, se han producido disturbios en la sede del partido conservador británico, cuando grupos de autodenominados anarquistas irrumpieron en la torre Milibank de Londres, la ocuparon y arrojaron desde su azotea un extintor a los policías que lo rodeaban. Contra todo pronóstico, no mató a nadie. Dirigidos al parecer por el hijo de un conocido (y acomodado) abogado británico especializado en defender ante los tribunales a los miembros de los innumerables grupúsculos de salvadores de la humanidad que acampan en la metrópoli londinense, los estudiantes –acompañados por parte del sobredimensionado personal de las universidades públicas– protestaban contra los planes del gobierno británico de triplicar las tasas académicas que se les cobrará por la matrícula anual, desde las actuales 3.290 a las 9.000 libras previstas para el año 2012. Como se ve, todo muy altruista.

Asimismo, el pasado 11 de noviembre, fiesta de la independencia polaca y los países bálticos, durante el transcurso de una contramanifestación en Varsovia frente a la organizada por el Campo Radical Nacional –grupo fundado en 1935 por Bolesław Piasecki, inspirándose en el falangismo español, para defender una suerte de "totalitarismo católico", lo cual no le impidió colaborar con los comunistas después de la guerra–, jóvenes que portaban banderas rojinegras y gritaban, entre otras frases, "No pasarán" (en español) protagonizaron algunos altercados violentos.

Teóricos anarquistas fueron Proudhdon (refutado por Bastiat en su época), Henry David Thoreau, Bakunin y Kropotkin. En España los seguidores de Bakunin llegaron a formar el sindicato anarquista con más miembros de Europa, la Confederación Nacional del Trabajo (CNT), que cumple este año un siglo desde su fundación. Su bandera roja y negra se enarbola ahora por muchachos atolondrados, que, sin embargo, se avergonzarían de levantar los iconos comunistas de la hoz y el martillo sobre una bandera roja, debido al inocultable rastro de muerte y desolación dejado por esta última ideología.

En España, los anarquistas movidos por pulsiones contradictorias lideraron revueltas milenaristas de campesinos que querían ser propietarios autogestionarios, pero usurpando tierras ajenas. Encabezaron el pistolerismo contra los patronos en las grandes ciudades como Barcelona y las listas de enemigos públicos manipulados por agentes provocadores al servicio de conspiraciones políticas. Asimismo, su vesania anticlerical se cobró las vidas numerosos sacerdotes y monjas durante la II República, pero, como en el caso del atentado de Mateo Morral contra el desfile nupcial del rey Alfonso XIII años, muchos años antes, tampoco mostraron excesivos escrúpulos por llevarse por delante las vidas de personas anónimas que concurrían al acontecimiento. Influidos por los teóricos del terror como Georges Sorel, atribuyeron a esas sanguinarias matanzas la virtud de la "propaganda del hecho".

En descargo suyo, algunos anarquistas actuaron con un sentido de la responsabilidad y una libertad de criterio inauditos al tiempo que invocaban sus ideas. El caso de Melchor Rodríguez, evitando que continuaran las matanzas de Paracuellos a mediados de la guerra civil de 1936, resulta paradigmático.

Si partiéramos de una separación del espectro de ideas políticas, cuyo único eje residiera en hallarse más o menos cerca de defensa de la libertad del individuo, encontraríamos a los anarcocapitalistas cercanos a los liberales clásicos, cuya principal preocupación estribaba en controlar y reducir el poder del estado. El liberalismo podría definirse como un anarquismo civilizado desde esta perspectiva. A pesar de los cáusticos comentarios del profesor Huerta sobre la incapacidad del liberalismo clásico para controlar la expansión del estado, ese defecto podría extrapolarse a todos los demás amantes de la libertad.

Los siglos de propaganda anticapitalista dificultan que espíritus inquietos reconduzcan su rebeldía hacia los acuerdos voluntarios, el rechazo de la violencia que no esté legitimada por la defensa, y el descubrimiento de la propiedad dividida (como dijera Hayek de la propiedad privada) como un baluarte para la protección de la libertad del individuo. Desde mi punto de vista, hace falta que estos nuevos jóvenes anarquistas se atrevan a pensar por sí mismos y emprendan unas cuantas lecturas que pulan sus esterilizantes consignas. De lo contrario, se les podrá acusar de ser "grupos antisistema" que quieren que el sistema siga siendo el mismo… pero más grande.

¿Y si quiebra España?

La visión de la mayoría de analistas se resume del siguiente modo: el Fondo de rescate de 750.000 millones de euros, aprobado por Bruselas y el Fondo Monetario Internacional (FMI), puede soportar la caída de Grecia, Irlanda y Portugal, pero si la crisis de deuda aterriza en España no habrá suficiente dinero para salvarla, entre otros motivos, porque el Fondo tan sólo puede asistir a tres países al mismo tiempo para mantener su máximo rating (calidad crediticia).

Así pues, llegado el caso, se abriría un escenario completamente nuevo y desconocido dentro de la zona euro, cuyos efectos podrían ser dramáticos: ¿préstamos bilaterales?; ¿intervención directa del FMI?; ¿quitas y reestructuración de deuda dentro del euro?; ¿abandono o expulsión del euro?; ¿desintegración de la Eurozona en dos o más áreas? En esencia, incertidumbre y riesgo, términos que arengan la ya elevada desconfianza, por no decir pánico, de los inversores, tal y como se está observando en los últimos días.

Lo único cierto es que, tal y como advertimos hace tiempo, los Estados también quiebran. Y, aunque resulta imposible predecir con exactitud la sucesión de los hechos en una situación de tal calibre, existen ejemplos cercanos sobre los efectos devastadores que implica un default (suspensión de pagos) soberano. ¿Se acuerdan de Islandia? Fue el primer país en quebrar oficialmente tras el estallido de la crisis financiera internacional.

Sus problemas fueron similares a los que padece hoy Irlanda: sus tres grandes bancos –que representaban el 85% de sus sistema financiero– quebraron como resultado de un brutal descalce de plazos (origen de la crisis), ya que se endeudaron a muy corto plazo en el exterior (euros) e invirtieron a largo plazo (hipotecas); el Gobierno nacionalizó la banca para evitar su caída, pero su enorme peso (casi 10 veces el PIB nacional) acabó tumbando al propio Estado islandés, declarándose oficialmente en quiebra y solicitando asistencia al FMI.

Desde entonces, finales de 2008, la economía islandesa sigue en cuidados intensivos: su PIB se hundió casi un 7% en 2009 y un 3% en 2010; el PIB per capita (riqueza media de cada habitante) ha pasado de 53.100 dólares en 2008 a apenas 39.500 en 2010, un 25% menos, según datos oficiales del FMI; su tasa de paro ha escalado desde un inexistente 1,6% en 2008 hasta el 8,6% actual; su deuda pública desde el 71% del PIB hasta el 115% en los dos últimos años; la inflación acumula un aumento próximo al 40% desde enero de 2007; la renta disponible se desplomó un 20,3% sólo en 2009; el salario medio real (descontada la inflación) ha caído un 10,1% desde 2007; el 63% de los hipotecados poseen una vivienda cuyo valor de mercado es inferior a la deuda contraída con el banco; el 40% de los propietarios del país son "técnicamente insolventes" y, por tanto, no podrán devolver la hipoteca; su moneda (la corona) se ha devaluado un 60% desde julio de 2006…

¿Seguimos? Y eso, teniendo en cuenta que ha recibido ayuda exterior y su Gobierno sigue monotorizado por el FMI. De hecho, el pasado 14 de noviembre, una delegación de dicho organismo visitó la isla para supervisar la situación económica de Islandia. Según el comunicado oficial, el país aún tiene que acelerar la reestructuración de su abultada deuda (pública y privada) para salir de la crisis, con lo que aún queda recorrido para proclamar la ansiada recuperación.

Así pues, Islandia, uno de los países más ricos y con uno de los mayores niveles de calidad de vida del mundo hace apenas tres años, está aún inmersa en una profunda agonía económica y un acelerado empobrecimiento de su población, que apenas supera los 300.000 habitantes. Imagínense por un momento este mismo proceso en un país de más de 40 millones de personas. Otro ejemplo reciente sería, cómo no, el de Argentina, de todos conocido. La cuestión es que, independientemente de los derroteros que podría suponer la quiebra o rescate de España, así como su permanencia o no en el euro, escenarios todos ellos trágicos, la clave del asunto es que el Gobierno aún puede evitar la catástrofe si asume su responsabilidad haciendo las profundas reformas de liberalización económica que precisa el país, así como un histórico plan de recortes de gasto público e, incluso, impuestos, para reducir el déficit y evitar el precipicio. España se enfrenta a un punto de inflexión que bien podría determinar el futuro de toda una generación de españoles. Zapatero está cada vez más cerca de ver cumplida su gran aspiración política: la de pasar a los anales de la historia.

Se acabó

El Estado –incluyamos a las autonomías– tiene un déficit monstruoso y los activos de la banca están inflados y para más inri vencen a muy largo plazo. Nuestros acreedores, por consiguiente, han de refinanciarnos día a día miles de millones de euros con la esperanza, cada vez más ingenua, de que algún día les paguemos. Si nos cortan el chorro, y ya lo han hecho en alguna ocasión este año, sólo tenemos tres opciones: o suspender pagos, o lanzarnos a los brazos de Alemania o esperar que el Banco Central Europeo cree más euros para refinanciarnos.

Sea como fuere, el euro se debilita y los alemanes pierden. Ahora la cuestión –su cuestión– es cómo minimizar daños. Al cabo, diferir el momento del pago tiene sentido para los acreedores si piensan que de este modo verán incrementar sus opciones de recuperar su capital; en caso contrario se acabó lo que se daba. El problema de España es que su endeudamiento sigue creciendo, sus fundamentos económicos continúan empeorando y que, por tanto, a sus acreedores les toca cada vez una porción más diminuta de un pastel que se está encogiendo.

Sólo nos faltaba que la suspensión de pagos de Portugal –un país con una economía esclerotizada que sólo ha cerrado con un nimio superávit público del 0,04% uno de los últimos 25 años– se descuenta cada día como más segura por su incapacidad para reconducir su enorme déficit y, por tanto, de que sus bancos o empresas, que nos deben cerca de 90.000 millones, sobrevivan una vez los fríana impuestos y les impaguen sus tenencias de deuda pública.

En estas condiciones lo normal es que, por un lado, los de fuera dejen de destinar su capital a refinanciarnos nuestras deudas y, por otro, que los de dentro tratan de blindarse frente a la catástrofe sacando su capital fuera. ¿Qué nos queda? A estas alturas tal vez no mucho. El crédito, lo que necesitamos para no suspender pagos, se basa en la confianza (crédito viene del latín credere, creer) y Zapatero ha dilapidado cualquier confianza que pudiéramos merecer como país.

A mediados de año, los inversores nos dieron una segunda o tercera oportunidad para que contuviéramos nuestros gastos y mejoráramos nuestras perspectivas de crecimiento futuro y Zapatero se mofó en su cara. Pergeñó un recorte de gastos que enmendó según el diferencial con el bono alemán variaba y aprobó una reforma laboral que no modificaba nada y a la que los sindicatos se opusieron sólo para aparentar que era algo que realmente no era.

Ahora tocaría hacer bien lo que prometimos realizar en mayo. Pero Zapatero es preso de su propia ideología sectaria y de su descrédito internacional. Por el lado del gasto habría que meter mano a las autonomías (que en medio año se han endeudado más que en todo 2009 y que amenazan con convertirse en el gran lastre del déficit público durante este ejercicio) y a las pensiones, pero, aun con inminente riesgo de quiebra, tal propósito es imposible antes de las elecciones catalanas del domingo y muy improbable a partir de entonces. Por otro, con tal de tener esperanzas de volver a generar riqueza durante esta década, habría que liberalizar de verdad los mercados, especialmente el laboral –poner fin a la negociación colectiva, al salario mínimo, a los privilegios sindicales…–, mas, de nuevo, ya manifestó Zapatero que la salida de la crisis sería social o no sería.

Sin embargo, el problema esencial es que, como digo, todo esto sería un programa político para alguien que tuviera alguna credibilidad a la hora de aplicarlo. Zapatero ya no la tiene. Seis años mintiendo a los españoles, pasen. Seis meses mintiendo a los europeos serán nuestra tumba… o la suya.

La búsqueda de lo público

Forma parte de la propensión humana a comunicar lo comunicable el intento de verbalización del conocimiento, conseguir rebajar su carácter subjetivo (B. Russell). Si entendemos por "público" todo espacio de entendimiento, de transmisión inteligible de conocimiento, sensaciones y opiniones, podemos vincular todo lo público como resultado mismo del "proceso social", concretamente, en lo que se refiere a la parte articulada de las instituciones sociales. Por desgracia, "público" ha adquirido como concepto ciertos matices que dificultan su manejo dentro del vocabulario científico.

Conviene diferenciar entre el contenido profundo, tácito y superconsciente (F.A. Hayek) de la conducta, de aquella otra parte superficial, relativamente articulable y semiinconsciente o consciente que finalmente logra ser expresada como conocimiento institucional. El primer tipo de contenido se traduce en instituciones con un alto grado de certidumbre, verbalización y sistematización, que posibilitan su tratamiento lógico y comprensión, dentro de conclusiones teóricas controlables (K. Popper). Una suerte de objetivación de conocimiento en forma de leyes, preceptos, enunciados, reglas sintácticas, definición de cualidades, términos, etcétera. Sea cual sea la institución social estudiada, Derecho, Lenguaje, Dinero, Moral o Mercado, nuestra mente será capaz de expresar de manera inteligible cierto conocimiento que sea comprensible, comunicable, transmisible, discutible, explicable, y, en definitiva, hecho público, expuesto con relativa claridad al resto de individuos. La búsqueda de lo público representa el esfuerzo por dar una apariencia de objetividad a lo que tiene un origen estrictamente subjetivo, descubriendo conocimiento y enunciándolo con suficiencia. Acudir hasta las profundidades de nuestra mente en busca de aquellos retazos de acción, conducta y perceptibilidad que puedan ser evidenciados ante el resto de individuos.

El siguiente paso es dotar al conocimiento científico de un método, y es aquí donde se comete un error primordial. Si las instituciones de las que nos percatamos, y que tratamos de hacer inteligibles en su explicación y efectividad, acaban interpretándose como entes dotados de una esencia singular, estaremos convirtiendo esas ideas teóricas o abstracciones de nuestro pensamiento en entes colectivos, distinguibles e independientes de las acciones de los individuos cuyos resultados, fundamentalmente no intencionales, las conforman. El colectivismo metodológico comete dicho error, lo que conlleva trágicas consecuencias no sólo en el orden de lo científico, sino también en el de lo práctico. El interés de este método es estudiar el devenir de los entes abstractos colectivos e impersonales, en pos de enunciar las leyes históricas que determinan su movimiento y destino. De todo ello se infiere una clase de fines que sobrepasan al individuo, quien pasa a ser considerado una ínfima parte dentro de un todo superior, e incluso una simple abstracción, algo que no es capaz de existir por sí mismo (Hegel). Decía Popper que "una de las mayores equivocaciones es creer que una cosa abstracta es concreta; se trata de la peor ideología". Supone la conversión de las ideas en cosas tangibles, confundiendo lo que son meras construcciones teóricas abstractas con realidades específicas dotadas de fines y cierto tipo de voluntad propia para alcanzarlos.

Frente al colectivismo, únicamente cabe oponer el "individualismo metodológico", que se define por entender que las ciencias sociales han de consistir en el estudio de las consecuencias no intencionales de las acciones racionales (orientadas a un cierto fin) emprendidas por los individuos, que son los únicos que piensan, razonan y actúan (Mises); es decir, los agentes reales que originan y dan forma a las instituciones. Las ciencias sociales se centran en conocer las instituciones que surgen, fundamentalmente, de las consecuencias no intencionadas de las acciones individuales (Menger). El tipo de conocimiento que debe preocupar al científico social será aquel que forme parte del contenido profundo de nuestra conducta, tácito y no articulado, que se esforzará en explicar, objetivar y verbalizar, exponiéndolo así en un ámbito "público".

Llegados a este punto resulta mucho más sencillo que al principio percatarse de las principales causas que han contribuido a distorsionar y corromper la idea de lo público, atribuyéndole cualidades o esencias que, siendo rigurosos, no deberían formar parte de su significado. Lo público, decía, es el espacio de entendimiento, también una construcción abstracta que utilizamos para explicar la facultad de comunicar lo comunicable. Sin embargo, el hiperracionalismo, resumido en la convicción sinóptica que ingenuamente concede a la consciencia humana, y a la razón que en ella gobierna, unas facultades cuasi ilimitadas, pervierte la idea de lo público en la construcción de su falaz discurso ideológico.

Como mejor se percibe este choque entre las ciencias sociales y la metafísica colectivista comentada, es observando la asimilación política que el estatismo ha practicado sobre todo aquello que suene a "público". Porque público, de acuerdo con la definición aquí dada, también tiene su traslado en el lenguaje político y jurídico cuando se habla de instituciones públicas, poderes públicos, leyes, autoridad o potestad públicas. Estos ámbitos de encuentro y comunicación, de comprensión y formación de un orden compartido e inteligible de convivencia merecen la consideración de públicos porque, al igual que en el ámbito estrictamente científico, son maneras discernibles de objetivar conocimiento, sensaciones, principios y valoraciones. Sin embargo, nada tiene que ver la naturaleza plural, competitiva y de raíz espontánea que tiene la conformación de esta res pública con la definición exacta de Estado, como estructura mecánica, artificial e impersonal de dominación al servicio de un poder absoluto y excluyente que niega a los individuos su libertad política (D. Negro). En este sentido, nos hallamos ante la pretensión intelectual y política de organizar lo social a través de mandatos imperativos que beben de un conocimiento parcial, superficial e insuficiente, en pos de fines considerados de interés general o colectivo, que niegan o impiden los fines en estado puro, que son los que surgen del individuo y sus propias valoraciones subjetivas (Mises).

El mito de lo público, de la mano del constructivismo racionalista, se convierte así en la mascarada del poder absoluto, que identifica Imperio de Ley con Estado de Derecho, que corrompe la idea misma del Gobierno limitado condenando a esta institución política espontánea a su sumisión frente al estatismo totalitario. Todo ello, a costa de destruir la libertad política, expropiar las instituciones sociales espontáneas e imponer una opción moral y de fines a todos y cada uno de sus súbditos.

José Carlos Herrán es autor del reciente libro El Orden Jurídico de la Libertad (Unión Editorial, 2010).

25 años de ventanucos

El fecundo laboratorio Xerox PARC había mostrado el camino: los ordenadores debían adoptar la metáfora del escritorio, emplear un ratón y usar iconos y ventanas. Apple había sido el primero y Microsoft anunció que pronto lanzaría un entorno gráfico similar. Pero pasaron dos largos años hasta que en noviembre de 1985 presentó Windows 1.0. Fue la primera versión del producto más exitoso de la compañía y fracasó miserablemente.

No fue el único, todo hay que decirlo. Por aquel entonces varias empresas intentaron hacer lo mismo. Digital Research lanzó GEM, IBM sacó TopView y otras compañías lanzaron productos similares como Visi On o Desqview/X. Todos intentaban ser el entorno gráfico de referencia y ninguno lo fue, más que nada porque con los PC de entonces iban a pedales. Pero Microsoft perseveró, y a la tercera fue la vencida. Windows 3.0 no era más rápido que la versión original, pero los ordenadores en los que se ejecutaba sí. Habían cambiado mucho en cinco años.

Es difícil minusvalorar la importancia de Windows en la historia de la informática. Fue el principal responsable de extender la informática a todos los hogares de la clase media de los países desarrollados. Mis compañeros de profesión –los informáticos, no los periodistas– seguramente se lleven las manos a la cabeza ante esa afirmación, pero el mejor producto no es necesariamente el mejor hecho, el más rápido, el más fácil de usar. Es el que mejor responde a las necesidades de la gente. Y eso hizo Windows.

En realidad, ni siquiera Microsoft tenía mucha fe en que aquella fuera la vía. Mientras trabajaba en él mantenía una colaboración con IBM para desarrollar un nuevo sistema operativo, llamado OS/2, escrito desde cero, tecnológicamente mucho mejor que Windows… pero incompatible con el software creado para MS-DOS. No llegó a tirar del todo, pero hasta el sorprendente éxito de Windows 3.0 en 1990 –sorprendente sobre todo para Bill Gates y los suyos– Microsoft siguió colaborando con el invento.

Pese al empuje que han recibido las ventas de ordenadores Apple estos últimos años, lo cierto es que más del 90% de los ordenadores que se conectan a internet lo hacen con Windows. Ahora vivimos una época en que cada vez hacemos más cosas en la red y nuestro navegador parece tener más importancia que nuestro sistema operativo, porque tanto Windows como Mac OS X como Linux cubren las necesidades básicas de los usuarios. De hecho, es un grave problema para Microsoft, porque la mayoría de sus clientes están más que satisfechos con XP.

Windows ya no está en el candelabro, que diría aquella, pero es el producto informático más importante de este cuarto de siglo junto al navegador web. Aunque nos duela cada vez que sale la maldita pantalla azul.