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Escuela Austriaca y value investing: una hoja de ruta

Muchos seguidores de la Escuela Austriaca practican a la vez el value investing –la inversión de valor– y a su vez algunos value investors –no demasiados– son declarados seguidores de la Escuela Austriaca. La cercanía y creciente relación entre ambos enfoques puede que se deba a la marginalidad que ambas escuelas ocupan dentro de sus propias disciplinas –la economía neoclásica, por un lado, y la moderna teoría de la inversión basada en la hipótesis de los mercados eficientes, por otro–, pero también, y sobre todo, a sus cuantiosos puntos de encuentro.

La Escuela Austriaca, como el value investing, remarca que las fuerzas desequilibradoras del mercado prevalecen en el corto plazo pero tienden a ser derrotadas empresarialmente en el largo; el futuro presenta una elevada incertidumbre inerradicable pero, pese a ello, los agentes son capaces de tomar algunas decisiones consistentes intertemporalmente y de minimizar el riesgo merced a su superior conocimiento; el valor de una empresa, si bien depende de su capacidad para satisfacer a sus clientes (generación de cash flow) y de la preferencia temporal (descuento del cash flow) no es objetivable y presenta un amplio rango de indeterminación debido, precisamente, a esa incertidumbre inerradicable sobre el futuro; la rentabilidad no supone una recompensa por el riesgo, sino que pueden obtenerse altas rentabilidades asumiendo muy bajos riesgos; el mercado nunca alcanza una posición de equilibrio en el que no quepan más arbitrajes empresariales, ya que las correctas asignaciones de capital dan lugar a nuevas oportunidades de ganancia, tanto en el mercado real como en el de valores; el buen inversor no es ni quien sigue a las masas ni quien trata de automatizar una respuesta para cada estímulo cuantitativo, sino quien analiza el conjunto de la imagen y trata de comprenderla cualitativamente; las limitaciones cognitivas del inversor restringen su campo óptimo de actuación a un círculo de competencia para que el ya posea un cierto trasfondo de conocimientos; algunas empresas son capaces de obtener de manera sostenida una rentabilidad por encima de la del mercado sin que ello implique la existencia de un monopolio en perjuicio del consumidor, sino sólo la presencia de ciertos “fosos” que la blindan de la presión competitiva; el ahorro y la capitalización individual no son causas de empobrecimiento sino de exponencial enriquecimiento colectivo; el crecimiento empresarial no es intrínsecamente ni bueno ni generador de valor; las crisis económicas no son momentos para huir de un mercado en desplome autoalimentado, sino de entrar con toda la caballería; los activos presentan diversos grados de liquidez que deberán ser tenidos en cuenta para el caso de que la compañía vaya a ser liquidada; la liquidez del pasivo –en contra de lo que sostiene el Teorema de Modigliani-Miller– no es irrelevante a la hora de condicionar el desempeño de la empresa; los bancos son empresas oscuras de muy difícil y, en parte, arbitraria valoración; el marco institucional es esencial a la hora de determinar el éxito futuro de una compañía; se le concede una cada vez mayor importancia, como herramienta auxiliar, al análisis de la psicología individual y sus sesgos en la toma de decisiones, así como a la psicología de las masas (memética); y no existen “nuevas eras” que cambien las leyes económicas subyacentes, especialmente si van precedidas de una fuerte inflación crediticia.

Pese a los numerosas compatibilidades, también existen desavenencias entre ambas escuelas, en ocasiones de corte ideológico (ni Benjamin Graham ni Warren Buffett ni Martin Whitman han sido demasiado amigos de una economía muy liberalizada) y otras de corte operativo (muchos austriacos ven con desconfianza uno de los conceptos centrales del value investing como es el “valor intrínseco”). Al fin y al cabo, ni es necesario poseer un profundo conocimiento de la teoría austriaca para ser un muy buen value investor (Buffett es la prueba) ni tampoco es imprescindible estar ducho en el value investing para ser un buen economista austriaco (Mises, Hayek, Rothbard…).

Sin embargo, creo que austriacos y value investors deberán de unir –y de hecho unirán– fuerzas de cara a la próxima década; los primeros necesitan incorporar a su análisis una buena teoría sobre valoración de activos y sobre la toma de decisiones en un contexto de incertidumbre, porque en caso contrario se enrocarán en la caja negra que en muchas ocasiones puede suponer el concepto de “perspicacia empresarial”; los segundos deberán de buscar un paradigma alternativo más amigable que no los azote cada dos por tres con el  fuste de la hipótesis de los mercados eficientes, y que además enriquezca lo suficiente su comprensión de los mercados como para que su aprendizaje les sea útil y les permita obtener unos diferenciales de rentabilidad sobre sus competidores. Ahora bien, la alianza sólo fructificará si los unos y los otros dejan de lado sus fobias personales y, sobre todo, sus arquitecturas dogmáticas.

Los austriacos deben hacer su teoría más market friendly, no en el sentido de vulgarizarla para su comercialización, sino en el de mejorarla con tal de hacerla más comprensible para los operadores de mercado. La teoría austriaca se ha desarrollado en los últimos 80 años a remolque de la neoclásica y ello le ha llevado a utilizar categorías tremendamente rígidas e irreales como “el” tipo de interés –o incluso el tipo de interés natural–, cuando todos los inversores son conscientes de la existencia de una pluralidad de tipos; “el” volumen de ahorro, cuando, de la misma manera, existen ahorros a muy distintos plazos y riesgos que los hacen muy diferentes entre sí; los factores originarios de producción, clasificación del todo irrelevante e inoperativa para los empresarios; o la incapacidad para distinguir entre tasa de retorno y coste del capital, cuando ambas sólo son equivalentes en situaciones de equilibrio (una línea de investigación, por cierto, abierta por Hayek en 1939 que pocos austriacos han seguido).

Asimismo, los austriacos también han desatendido el desarrollo de herramientas teóricas que sí puedan serles de enorme utilidad a los inversores, como la determinación del valor del dinero fiduciario, el análisis de la liquidez conjunta de los agentes a partir de sus balances y estados de flujo de caja y de la influencia de la misma sobre la demanda y la oferta de crédito; el estudio de las reacciones de los diversos apalancamientos operativos y financieros en un contexto de variabilidad de tipos de interés; el desarrollo de parámetros que permitan localizar los sectores económicos concretos con mayor capacidad de revalorización a lo largo del ciclo; el análisis de la sostenibilidad de las ventajas comparativas de los agentes; la explicación de los efectos de los distintos tipos de impuestos sobre la organización empresarial, sus resultados y su coordinación social; el estudio de la interrelación entre el modelo empresarial y la estructura de los mercados con la fase de desarrollo de los productos; la teorización sobre las condiciones para la creación y transmisión de información y conocimiento relevante para el empresario, o la concreción de los límites y la eficiencia del cálculo económico atendiendo al tamaño de la compañía.

No estoy diciendo, como es obvio, que la Escuela Austriaca deba pervertir sus teorías hasta el punto de que todo no economista pueda comprenderlas por entero, o que deba renunciar a ciertos caballos de batalla teóricos que no son del interés directo de la mayoría de inversores –como el regreso al patrón oro o la transición hacia órdenes policéntricos–, pero sí que debe dejar de ser tan endogámica como para que el value investor se vea forzado a iniciarse en un mundo ajeno al empresarial y a realizar un ejercicio de traducción y adaptación de la teoría recibida si quiere aplicarla al mundo real. Ésa es la tarea de los científicos sociales en economía –crear herramientas para empresarios e historiadores–, no la de los empresarios metidos con calzador a economistas.

Por fortuna, no creo que cueste demasiado esfuerzo que los austriacos cambien ligeramente de perspectiva y de vocabulario, especialmente porque el realismo metodológico está en su núcleo mengeriano y porque, a diferencia del resto de escuelas económicas, es, con diferencia, la que menos se ha alejado de ese realismo.

Por otro lado, los value investors deberán de estar dispuestos a dejar de ser una “filosofía de inversión” para convertirse en una “ciencia de la inversión”, con todo lo que ello implica: rigor en las categorías (no debería hablar de la diferencia entre valor –intrínseco– y precio cuando quieren referirse a las diferencias entre precio teórico y precio de mercado de un activo; y deberían refinar su distinción entre inversión y especulación cuando lo cierto es que toda inversión es especulativa), preocupación por que sus proposiciones sean consistentes entre sí y con el resto de leyes económicas, mayor esfuerzo por articular un conocimiento difícilmente articulable y, como consecuencia de lo anterior, un progresivo abandono de su anecdotario de experiencias personales y de estudios de caso en pos de una mayor modelización de las técnicas inversoras hasta donde sea técnicamente posible.

En definitiva, los value investors deberán aceptar “descargar” un conocimiento que hasta hoy se ha desarrollado esencialmente en torno a intuiciones y comprensiones personales del mercado, y para ello deberán formalizarlo y someterlo a los estándares del razonamiento científico. De nuevo, en este caso también soy muy optimista por tres motivos: a los value investors les interesa que sus ideas sean consistentes con el resto de leyes económicas y para ello deberán plasmarlas sobre el papel y preocuparse por compatibilizarlas; la explosión de pequeños inversores gracias a internet tenderá a generar una convergencia entre las variadas “filosofías de value investing” –tesis, antítesis y síntesis– que poco a poco irá cristalizando en proposiciones cada vez más impersonales sobre qué, cómo, cuándo, dónde y por qué funciona; y, por último, ese mismo proceso de competencia práctica y de microformalización de las distintas filosofías de value investing supondrá –ya supone– un fenómeno digno de estudio para el científico social que tratará, a su vez, de formalizar el conocimiento disperso y práctico que se vaya generando (en este sentido puede leerse el valiosísimo libro de Bruce Greenwald, Value investing: From Graham to Buffett and Beyond).

En definitiva, creo que en los próximos años la Escuela Austriaca se abrirá aún más a los empresarios e inversores y el value investing se abrirá a los teóricos económicos que tengan ojos para ver y oídos para escuchar. De ambas tendencias surgirá una alianza natural entre los dos paradigmas –que en gran medida ya se está dando hoy– y de esa alianza una fusión con enormes sinergias positivas que se convertirá en herramienta básica para cualquier empresario e historiador que quiera enfrentarse con una mínima solvencia a los complejísimos fenómenos que se dan en un mercado. Algunos intentaremos trabajar activamente en impulsar ese cambio y, de hecho, en unos meses podremos anunciar la aparición de un nuevo máster que tratará de aunar ambas perspectivas; sin duda, se trata de un viaje apasionante.

Occidente se queda atrás

China padecía el yugo destructivo de Mao, India estaba cerrada al mercado, y Brasil se encontraba sometido a una junta militar. No por más tiempo.

Hoy las naciones en desarrollo que suman 3.000 millones de personas tienen un crecimiento económico superior al 8% anual, mientras Occidente a duras penas registra tasas positivas. La Unión Europea y Japón están en relativo declive, con asfixiantes Estados de Bienestar y una población cada vez más envejecida. Estados Unidos no está en una situación tan precaria, pero a largo plazo su protagonismo es menguante. Mientras tanto, China sustituye a Japón como segunda potencia mundial, Brasil a España como octava potencia, e India está a las puertas del top 10.

En 2008 China producía más acero que Estados Unidos, la Unión Europea y Japón juntos. Quizás más sorprendente es que en 2009 China fue también, de lejos, el mayor fabricante de coches del mundo: 13,8 millones de unidades, más del doble que Japón. Brasil y Corea del Sur ocuparon la quinta y la sexta posición. De 2000 a 2009 la producción de automóviles se triplicó en India. En contraste, en Europa abundan fábricas con baja productividad que no operan a plena capacidad pero no pueden cerrarse por razones políticas.

Este dato ilustra que los países en desarrollo son cada vez más competitivos en sectores antes concentrados en los países ricos, y que la única forma que tiene Occidente de seguirles a la zaga es aligerando la losa del Estado y permitiendo que la economía se reestructure y se especialice en aquellos sectores donde tiene una ventaja comparativa: finanzas, investigación y desarrollo, alta tecnología, diseño, arte, entretenimiento, educación.

Pero a veces la preservación despierta más simpatía que la transformación, sobre todo por parte de los grupos de interés establecidos que tienen mucho que perder con el cambio, con el dinamismo y la competencia. Así las cosas, por ejemplo, una reciente directiva de la Unión Europea corre el riesgo de herir de muerte la capitalidad mundial de la City de Londres en el ámbito de las finanzas.

Las nuevas regulaciones que se aplicarán a los fondos de inversión incluyen normas contra la "liquidación de activos", que limitarán la venta de activos inmediatamente después de la compra, restricciones en las remuneraciones, y un costoso registro para los fondos que quieran operar en la Unión Europea. Esta directiva se suma a otras medidas contraproducentes del Gobierno inglés (límites sobre los bonuses, tasa sobre los beneficios de los bancos, aumento del tope marginal máximo del impuesto sobre la renta) que restan competitividad a Londres a favor de centros financieros de Asia, como Hong Kong o Singapur.

Los fondos de inversión no han contribuido a la generación de la crisis (la mayoría no estaban apalancados y ninguno ha tenido que ser rescatado), pero sí juegan un papel importante en la recuperación. ¿Qué hace el Gobierno de Bruselas? Ahuyentarlos. El éxodo es por ahora anecdótico: varias aseguradoras (Kiln, Hiscox, Beazley, Brit) y hedge funds (Blue Crest, Brevan Howard, Moore Capital). Pero el daño irreparable puede sentirse a largo plazo.

Quizás consuele que la relativa decadencia de Occidente no implique un deterioro de las condiciones de vida de su población en términos absolutos. Gracias a la globalización, las innovaciones locales devienen globales, de modo que los occidentales también nos beneficiaremos del progreso asiático aunque no estemos por delante de ellos. Al fin y al cabo, de lo que se trata es de promover la máxima prosperidad para todos, no de que unos queden más arriba en el ranking que otros. Al mismo tiempo, si Occidente se queda atrás es porque navega con demasiado peso, y también beneficiaría a todos que aligerara la bodega. Puede que la competencia nacionalista sea ventajosa después de todo: la constatación de que otros te avanzan quizás sea el único acicate de los Gobiernos occidentales para enderezar el rumbo.

Sea como fuere, ya lo dijo el célebre inversor americano Jim Rogers: "Alguien espabilado en 1807 iría a vivir a Londres, en 1907 se desplazaría a Nueva York, y en 2007 se trasladaría a Asia". Jim Rogers vive hoy con su familia en Singapur.

Albert Esplugas Boter es miembro del Instituto Juan de Mariana, autor del libro La comunicación en una sociedad libre y escribe regularmente en su blog.

El misterio de la Revolución Industrial

La producción industrial en Inglaterra creció a un ritmo del 3-4% anual entre 1782 y 1855. La renta nacional su duplicó entre 1800 y 1850. La manufactura, que en 1770 representaba una quinta parte de la economía, suponía un tercio del total en 1831. Las botas reemplazaron a los chanclos y se popularizaron complementos como los sombreros, los pañuelos o los relojes. Prosperaron las cajas de ahorro, las sociedades de mutuo socorro, los sindicatos, los periódicos y opúsculos, las escuelas y los templos no conformistas.

Bajó el precio de la ropa, el té, el café y el azúcar. En 1830 el londinense medio consumía semanalmente casi la misma cantidad de alimentos básicos que en 1959. Gracias a una comida más sana, unos hogares más confortables y una mayor higiene, la gente fue menos propensa al contagio de enfermedades como la tisis. Se redujo la mortalidad infantil y se triplicó la población del país en el espacio de un siglo. El mundo nunca volvería a ser igual desde entonces.

¿Cuál fue la causa de esta extraordinaria transformación social? La Revolución industrial suele atribuirse al marco legal inglés imperante en aquella época, fuertemente inspirado en ideas liberales. Sin embargo, si fue producto del liberalismo y su estructura de incentivos, ¿por qué no ocurrió antes?

La economía mundial estuvo básicamente estancada, con tasas de crecimiento nulas o muy bajas, desde que el hombre recolector se hizo agricultor hace 10.000 años. El historiador económico Gregory Clark, autor de A Farewell To Arms: A Brief Economis History of the World, sostiene que para explicar un retraso de 10.000 años de la Revolución Industrial hay que mantener la ficción de que todas las sociedades anteriores a 1800 eran tiranías como la de Kim Jon Il en Corea del Norte. Y lo cierto es que durante ese periodo de estancamiento económico hubo numerosos ejemplos de sociedades de mercado totalmente incentivadas.

En las listas tributarias inglesas en 1377-81 había abundancia de comerciantes, artesanos y mercaderes. En los registros de la universidad de Oxford, en 1500, pueden encontrarse los descendientes de esos comerciantes y artesanos, ahora integrados en las élites de la sociedad medieval. Las ciudades-Estado de Florencia o Venecia en el Renacimiento fueron sociedades notoriamente comerciales, lo mismo que los Países Bajos en el siglo XVII. Londres y París ya eran multiculturales en 1300. Las ciudades medievales eran hubs mercantiles y los monarcas cargaban impuestos bajos para evitar la fuga de riqueza. Con todo, estas sociedades tuvieron tasas de crecimiento económico muy bajas.

Esta circunstancia lleva a autores como Gregory Clark, Deirdre McCloskey o Joel Mokyr a atribuir la causa de la Revolución Industrial a un cambio cultural, de comportamiento y de valores. El crecimiento económico sería así resultado de que la sociedad moderna respete, admire y promueva actividades como el ánimo de lucro, la innovación y el marketing. Este auge de las “virtudes burguesas” explicaría por qué sociedades como las de los países nórdicos siguen produciendo e innovando a pesar de la fuerte intervención del Estado.

Algunos historiadores sugieren que en su estudio Clark ignora varios cambios políticos importantes que tuvieron lugar en el Inglaterra entre 1500 y 1800, como las actas de cercamiento que parcelaron lo que antes eran terrenos comunales. No obstante, aun suponiendo que estas políticas no hubieran tenido ningún efecto y los incentivos económicos no pudieran explicar por sí solos el progreso de la humanidad y sus irregularidades, ello no significa que no sean un factor necesario.

Bryan Caplan propone un modelo de “crecimiento multiplicativo” según el cual, para que una economía despegue, tienen que darse varias condiciones:

  1. Un sistema político que promueva los incentivos económicos adecuados. Los experimentos históricos de Corea del Norte y Corea del Sur, de la China continental y Hong Kong/Taiwán/Singapur, Alemania Occidental y Oriental, muestran que el sistema político puede marcar claramente la diferencia.
  2. Una masa crítica de población, que permita aprovechar las economías de escala y la división del trabajo. Además, cuanto mayor sea la población, más ideas van a descubrirse e intercambiarse. Un pequeño grupo aislado a duras penas podrá superar el nivel de subsistencia.
  3. Un grado determinado de conocimiento científico, pues el desarrollo económico estuvo estrechamente ligado a un conjunto de invenciones, como el transporte, la electricidad o la imprenta.

Si una de las tres condiciones está ausente, la economía no llegaría a despegar.

De este modo, es posible que la Revolución Industrial no ocurriera antes porque los incentivos económicos no eran suficientes. Pero lo cierto es que ocurrió en el Reino Unido, que es donde imperaban leyes más liberales, y no en otro lugar, lo que parece indicar que la estructura de incentivos propia del liberalismo es, cuando menos, necesaria.

Wilhelm von Humboldt

Wilhelm y Alexander von Humbold nacieron al comienzo del último tercio del XVIII. Se formaron en el palacio familiar en Tegel y recibieron una esmerada educación por varios de los mejores instructores de Alemania. Wilhelm siguió una carrera política y diplomática que le proporcionó más decepciones que alegrías, aunque introdujo una reforma educativa que perduró más de un siglo en su país. En sus últimos años se retiró para dedicarse al estudio, principalmente de las lenguas y de los clásicos griegos. Fue un liberal eximio, una figura descollante en la Alemania de Goethe y Schelling, de quienes fue muy amigo. Y es autor de una obra que no solo mantiene su vigencia sino que merece más atención de la que ha recibido.

Su obra política fundamental es Los límites de la acción del Estado, que desde el título ya indica el objetivo de su libro. Humboldt parte de la idea kantiana de que el hombre es un fin en sí mismo, lo que deja al Estado como un medio subsidiario y a su servicio. ¿Cuáles pueden ser sus objetivos, cuáles sus límites? Nuestro autor concibe dos fines últimos por parte del Estado: el apoyo económico de los ciudadanos y la seguridad.

El primero lo rechaza de plano. Esto no se podría entender si no nos detuviésemos en su concepción del hombre, cuyo verdadero fin, “no el que le señalan las inclinaciones variables, sino el que le prescribe la eternamente inmutable razón, es la más elevada y proporcionada formación posible de sus fuerzas como un todo”. Esa “formación” es lo que Humboldt llama bildung en su idioma. Es el proceso de crecimiento personal y el cultivo del carácter que emana de ese proceso y combina la sensibilidad estética, los sentimientos y la razón. Esa formación del carácter no puede crearse sobre bases falsas, tiene que forjarse desde la experiencia tal cual se da en un entorno de naturaleza, es decir, de libertad. Por eso dice que “para esa formación, la condición primordial e inexcusable es la libertad. Pero, además de la libertad, el desarrollo de las fuerzas humanas exige otra condición, aunque estrechamente relacionada con la de la libertad: la variedad de las situaciones”.

Si el Estado cuida de la provisión de nuestro bienestar, se producirán dos efectos muy perniciosos, al entender de Wilhelm von Humboldt. Por un lado se corrompe el bildung. Lo expresa con estas palabras: “Quien es dirigido mucho y con frecuencia tiende fácilmente a sacrificar, de un modo espontáneo, lo que le queda de su independencia. Se considera libre del cuidado de dirigir sus actos, confiándolo a manos ajenas, y cree hacer bastante con esperar y seguir la dirección de los otros”. Un camino que lleva a la corrupción también de la verdadera solidaridad, que nace de los vínculos privados: “Cuanto más se encomienda uno a la ayuda tutelar del Estado, así tiende, o en mayor medida todavía, a confiar a ella la suerte de sus conciudadanos. Y esto debilita la solidaridad y frena el impulso de la ayuda mutua”.

El intento del Estado de asegurar nuestro bienestar también preocupa mucho a nuestro autor, y es que socava la natural diversidad de una sociedad libre: “La variedad que se logra por la asociación de varios individuos es precisamente el bien supremo que confiere la sociedad; y esta variedad se pierde indudablemente en la medida en que el Estado se inmiscuye. Ya no son, en realidad, miembros de una nación que viven entre sí en comunidad, sino súbditos que entran en relación con el Estado, es decir, con el espíritu que impera en su gobierno”.

Descartada cualquier actuación del Estado para asegurar nuestro bienestar, y sin recurrir para ello a ningún argumento económico, Humboldt estudia a continuación la conveniencia de que el Estado nos procure seguridad. Considera que una sociedad perfectamente libre no será capaz de proveer este bien, ni frente a las violaciones de nuestros derechos dentro de la comunidad ni frente a la injerencia de Estados extranjeros. Aquí, y siempre de un modo subsidiario, sí debe actuar el Estado.

Pero de nuevo no entenderíamos el pensamiento de Humboldt en este aspecto si no le dejásemos definir qué es para él la seguridad. “Yo considero seguros a los ciudadanos de un Estado cuando no se ven perturbados por ninguna injerencia ajena en el ejercicio de los derechos que les competen, tanto los que afectan a su persona como los que versan sobre su propiedad”. En consecuencia, “la seguridad es la certeza de la libertad concedida por la ley”. No hay oposición entre seguridad y libertad. Ambas son una y la misma cosa: el reconocimiento y la protección de nuestros derechos. Hay un paso que no da Humboldt a partir de aquí, pero que sí haremos nosotros: El Estado no puede violar nuestros derechos en nombre de la seguridad, porque lo que hace es violar nuestra seguridad en su mismo nombre.

Humboldt también atiende el problema de los crímenes sin víctima. A su entender, Si el Estado sólo puede actuar cuando se lesiona el derecho de un individuo, ha de mantenerse al margen cuando los individuos, haciendo uso de su libertad, cometan actos que puedan ser considerados inmorales o inadecuados pero no atenten contra el derecho de un tercero. Llega a decir que “incluso debería quedar impune el homicidio realizado por voluntad de la propia víctima”, aunque confiesa su temor por “el peligroso abuso a que esto podría dar pie”.

Humboldt también mostró su temor por la pretensión de los intelectuales, que pudo comprobar en París inmediatamente después de la toma de la Bastilla, de reconstruir la sociedad sobre nuevas bases, erigidas únicamente en la razón. Ya en Los límites había aclarado que “la mejor forma de exponer la intención general que preside las ideas aquí expuestas podría ser la de decir que pretenden liberar a la sociedad de todas las ataduras, pero entrelazarla, a la vez, mediante todos los vínculos posibles”. Estos vínculos voluntarios, fuertes por surgir del interés personal, pero lo suficientemente flexibles como para no atentar contra los objetivos de los hombres, forjan usos, costumbres, que se prueban una y otra vez contra la experiencia de generaciones, y emergen perfilados y refrendados con el paso del tiempo. No son el fruto de una concepción racional, aunque no están exentos de racionalidad. Y son muy superiores a lo que pueda surgir de una razón desinformada, desasida de la experiencia de una sociedad.

Es más, la legislación es más fruto de la costumbre que de la ley: “La mayoría de los resultados que hoy se atribuyen con tanta frecuencia a la sabiduría del legislador son, en realidad, simples hábitos populares, tal vez vacilantes y necesitados, por ello, de la sanción de la ley”. En la obra que escribió tras su paso por la Francia Revolucionaria incidió en los límites del racionalismo, al decir que “La razón es capaz de dar forma al material que esté ya presente, pero no tiene el poder de crear material nuevo… Las constituciones no se pueden injertar en los hombres como los brotes en los árboles”. Y, si por un lado la legislación racionalista tiene sus peligros, por el otro es menos necesaria de lo que pueda pensarse, ya que “la experiencia demuestra no pocas veces que lo que desata la ley lo ata precisamente la costumbre”. Esta fe en la capacidad de una sociedad libre de regular los buenos usos sociales es fundamental para el liberalismo.

Wilhelm von Humboldt no necesita acudir a la economía para exponer los principios más importantes de una sociedad libre. Sus ideas han sido expresadas más tarde por varios de los miembros de la escuela austríaca y por otros autores liberales. Su obra es importante y merece atención por quienes creemos en las bondades de las sociedades libres.

España o Cuba, las dos niñas Daniela

Hace unos días nacía en Madrid una niña llamada Daniela. Sus padres, dos buenas personas, son periodistas. A pocos kilómetros de donde viven, en la misma ciudad, reside otra niña Daniela, de ocho años de edad y llegada desde el otro lado del Atlántico hace ahora cuatro meses. Sus padres también son dos buenas personas, y él, como los españoles a los que nos referíamos antes, también es periodista. Aquí se terminan las coincidencias entre ambas menores.

El futuro de la menor de ambas Daniela no se verá afectado por la profesión de sus padres más allá de los avatares propios de cualquier país democrático, como posibles periodos de desempleo en tiempos de crisis o cambios de residencia voluntarios por una mejora laboral. El ejercicio honesto del periodismo por parte de los progenitores de esta niña no le supondrá riesgo alguno. Muy al contrario. Si las cosas no dan un giro inesperado en España, los periodistas podrán seguir ejerciendo su labor en libertad y sin miedo a represalias, como penas de prisión o destierro. La Daniela madrileña tendrá, en principio, la infancia que puede esperar cualquier niña nacida en un país democrático. Lo contrario de lo que ha vivido su tocaya.

La mayor de las dos niñas llamadas Daniela nació y vivió hasta hace unas semanas en Cuba. Sin embargo, en plena infancia fue condenada, junto a sus progenitores y otros miembros de su familia, al destierro. Este castigo colectivo sustituye a uno, aún más brutal, que su padre sufría hasta su venida a España. Normando Hernández González, un valiente periodista independiente, fue detenido durante la llamada Primavera Negra de Cuba por ejercer su oficio de forma honesta. De los ocho años que hasta ahora ha vivido Daniela, durante siete y medio le robaron la presencia paterna en el hogar familiar. Para ver a Normando, cada muchos meses, ella y su madre tenían que viajar cientos de kilómetros a fin de poder visitarle en alguna de las inhumanas prisiones castristas en las que estuvo recluido durante ese periodo.

Pero el régimen dictatorial cubano no se conformaba con tener encarcelado al padre. Tenía que castigar a la hija. Daniela era testigo constante de episodios en los que las maestras decían a sus compañeros de clase que su padre era una persona muy mala, un terrorista que quería poner bombas con las que asesinar a los niños del colegio. Ella, una menor muy inteligente y sensible, sufría hasta puntos difíciles de imaginar en alguien de tan corta edad. Las consecuencias para su salud siguen todavía presentes.

Uno de los peores cargos que contra Normando Hernández se presentaron en el juicio farsa al que fue sometido en 2003 es digno de entrar en los anales de la infamia política. Se le condenó por criticar en un artículo la mala calidad del pan y apuntar a los responsables de ello. Si el propietario del horno es el Gobierno, el proveedor de la harina es el Gobierno y el empleador de los panaderos es el Gobierno, argumentaba el periodista, el pan es malo por culpa del Gobierno. Siete años y medio de prisión y un destierro que ahora acaba de comenzar es el alto precio que Normando y su familia pagan por escribir algo que en otro lugar del mundo no hubiera tenido consecuencias negativas para un profesional de la información.

No sólo los periodistas independientes y los disidentes pagan un alto precio por querer ser libres en la Cuba de Fidel y Raúl Castro. También lo hacen sus familiares, incluidos los niños pequeños como la hija de Normando Hernández González. No cabe hablar de avances y reformas en Cuba mientras a las niñas Daniela de la isla se les impida tener una vida como la que, en principio, tendrá la niña Daniela de Madrid, recién nacida hija de periodistas.

Bruselas quiere engordar aún más a nuestra costa

En apenas dos años y medio Keynes ha resucitado y ha vuelto a morir. Ahora la mayoría de los países se afanan en convencer a los mercados de que están decididos a equilibrar el presupuesto en unos pocos años y de que dejarán a un lado los planes de despilfarro.

Hasta ahora la Unión Europea parecía inmune a este debate y tanto la Comisión como el Parlamento estaban empeñados en incrementar en un 6,19% el presupuesto europeo del año próximo. Y si no es por la victoria de David Cameron en el Reino Unido posiblemente el europresupuesto hubiese crecido en ese monto sin apenas oposición. Sin embargo, desde finales de septiembre el ministro de negocios e innovación del Reino Unido, Vince Cable, ha estado criticando que la Unión quede al margen de los recortes.

La Comisión Europea, con Barroso a la cabeza, reaccionó a las críticas del Gobierno británico proponiéndole a los Ejecutivos de los Estados miembros una propuesta que pensaban que jamás rechazarían: reducir su aportación al presupuesto comunitario a cambio de permitir que la UE pueda, a partir de 2014, imponer tributos directamente a los ciudadanos europeos. En la actualidad casi el 90% de los fondos de la Unión provienen de aportaciones de los Estados miembros y tanto la Comisión como el Parlamento Europeo creyeron ver en la crisis presupuestaria de muchos países una oportunidad para "independizarse". Por eso Barroso se apresuró a emitir una propuesta en la que explica el tipo de impuestos que podría establecer a escala europea después de 2013, todos ellos muy de moda. Destacan en ese creativo documento la implantación de un impuesto sobre el transporte aéreo, una cuota sobre un nuevo impuesto energético europeo, la recolección de beneficios de la subasta de derechos de emisión de CO2, la implantación de un impuesto sobre las actividades financieras, el establecimiento de un IVA europeo o la introducción de un impuesto sobre la renta a nivel de toda Europa.

Afortunadamente, y contra todo pronóstico, las críticas de Cameron y sus ministros encontraron eco en Angela Merkel, quien a comienzos de este mes rechazó de plano el establecimiento de un impuesto europeo. Cameron aprovechó la posición de la canciller alemana y su enfrentamiento con las instituciones europeas para proponer en la pasada cumbre europea que en vez de crecer un 6,19%, el presupuesto de la Unión aumentara un 2,91%. El primer ministro británico recibió inmediatamente el apoyo de los gobiernos de Alemania, Holanda, Suecia, Finlandia, Dinamarca, República Checa, Francia, Austria, Eslovenia y Estonia. Los cinco primero países están además claramente en contra del establecimiento de los nuevos impuestos europeos.

Estas dos disputas sobre el incremento del presupuesto europeo y sobre el establecimiento de impuestos paneuropeos han provocado que por ahora el presupuesto de la UE para 2011, que por primera vez se negocia de acuerdo con las reglas del Tratado de Lisboa (que establece el acuerdo en igualdad de condiciones entre los Estados miembros y el Parlamento Europeo), quede bloqueado. En el fondo lo que está en juego no es tanto si las instituciones de la Unión Europea deben gastar 126.000 millones o 268.000 millones más (que también), sino si el proyecto europeo sigue siendo controlado a través de su financiación por los Estados miembros o no. Bruselas ya ha demostrado que incluso con presupuestos moderados es capaz de dañar enormemente la competitividad y la libertad de mercado a través de una gigantesca maraña de directivas intervencionistas. Si además se le otorga la capacidad de crecer a su antojo gracias a estos nuevos impuestos europeos, el estatismo europeo se expandirá aún más rápido y de manera imparable.

La discriminación positiva en EEUU: Sowell y los asiáticos

Hace unas semanas, un amigo[*] me mostró el cuadro de pobreza entre los menores norteamericanos en 2008, antes de que se hicieran patentes las peores consecuencias de la crisis. Según estas cifras, el 35% de los negros con menos de 18 años y el 33% de los hispanos vive en un hogar considerado oficialmente como "pobre"[**]. Mientras, entre los jóvenes blancos y asiáticos este porcentaje es del 12 y el 13%, respectivamente.

Lo primero que me llamó la atención fue el pésimo dato de negros y latinos, pero también la buena cifra de los asiáticos. ¿A nadie le extraña esto? Japoneses, coreanos o chinos llegaron a EEUU entre los años 60 y 80 con menos recursos –familia, cercanía a sus hogares, dinero, idioma, conocimientos sobre la sociedad americana, religión…– que los hispanos o los negros. Casi no han recibido ayudas del Estado, son la minoría que menos peso tiene en las políticas de discriminación positiva y, sin embargo, hace mucho que sus ingresos dejaron atrás a los de aquellos colectivos. Quizás alguien debería empezar a preguntarse si una cosa y otra no tienen alguna relación.

Siempre he pensado que nada ha sido tan dañino para la historia estadounidense como la esclavitud, con la que convivió durante casi un siglo y cuyas secuelas han perdurado durante los 150 años restantes. Cuando los padres fundadores decidieron establecer que todos los hombres eran iguales ante la ley, se debieron de olvidar de los que tenían esclavizados en sus haciendas y, claro, un descuido de este calibre iba a tener consecuencias funestas.

Si el siglo XIX vio una Guerra Civil y casi el desmembramiento de la Unión por la llamada cuestión negra, podríamos decir que la segunda mitad del siglo XX ha sido la época del desagravio. El problema es que, en este proceso, se han subvertido algunos de los valores más poderosos de la democracia americana y, evidentemente, tampoco este error ha salido gratis.

La denominada affirmative action (por cierto, seguida con parecido entusiasmo por demócratas y republicanos) es una teoría que establece que se deben intentar reparar en el presente las injusticias que diversos grupos de población (mujeres, indios, minusválidos, afroamericanos…) han sufrido en el pasado. De esta manera, lo que se pretende no es que los ciudadanos sean iguales ante la ley sino que se intenta conseguir que sean iguales tras la aplicación de la ley.

Este tipo de medidas están basadas en una mezcla de mala conciencia (por lo que los antepasados han hecho), corrección política (que los medios se encargan de alentar), ingeniería social (el intervencionismo a derecha e izquierda quiere diseñar una sociedad a su medida porque le da miedo que los hombres libres decidan por sí mismos), paternalismo (políticos, periodistas e intelectuales unidos, para proteger a una sociedad que no sabría organizarse por sí misma) y táctica electoral (se favorece a un grupo social fácilmente identificable para conseguir el apoyo de sus miembros).

El problema es que la arrogancia intervencionista siempre tiene que hacer frente a la dura realidad cotidiana. Las leyes no se aplican a las sociedades en abstracto, sino a cada una de las personas que vive en el territorio en el que están vigentes. Así, el aparentemente lógico deseo de aumentar la presencia de una minoría en una universidad provocará que un estudiante blanco más preparado (y que se ha esforzado más) vea cómo el puesto que le corresponde va a parar a un compañero con peores registros académicos. Ni este candidato tiene esclavos trabajando en sus posesiones ni tiene la culpa de que sus tatarabuelos los tuvieran. De esta manera, al trato de favor habitual en el pasado, y que tan penoso nos parece ahora, le ha sucedido una fuerza en sentido contrario, que trata de reparar una injusticia con otra.

Como era de esperar, las medidas de este tipo no sólo no han tenido el efecto esperado, sino que, en muchos casos, han provocado reacciones en la dirección opuesta. Éste es el principal lamento de Thomas Sowell en su muy interesante libro La discriminación positiva en el mundo. Sowell, un liberal de raza negra, escribe lo que nadie se atreve a decir en alto, y lo hace apoyado en estadísticas y ejemplos. Éstas son algunas de sus más inteligentes reflexiones:

Sobre los beneficios para la sociedad: "Tanto los grupos preferentes como los no preferentes reducen sus esfuerzos: los primeros porque no necesitan rendir al máximo, los segundos porque esforzarse al máximo resulta inútil. Se produce una pérdida neta, no una suma cero".

Acerca de su eficacia contra la pobreza: "El porcentaje de familias negras con ingresos inferiores al umbral de la pobreza pasó del 87% al 47% entre 1940 y 1960, antes de la legislación a favor de los derechos civiles. Entre 1960 y 1970, disminuyó un 17% más, y desde entonces, con la discriminación positiva, este índice de pobreza entre los negros sólo ha descendido un 1% adicional".

En la universidad: "Los jóvenes negros con más aptitudes rinden especialmente bien cuando se encuentran entre otros jóvenes con más aptitudes, y no cuando se les educa en presencia de otros estudiantes negros menos aptos. Una masa crítica intelectual produce resultados contrarios a una masa crítica racial. (…) A pesar de que el número de estudiantes negros en Berkeley aumentó en la década de los 80, el número de licenciados negros disminuyó. Estos estudiantes negros sobresalientes (admitidos en Berkeley a causa de la discriminación positiva y con buenas notas, aunque no tan altas como las habituales en esta facultad) podrían haberse licenciado en otras universidades".

La ‘justificación’ histórica: "Los males de las generaciones pasadas y siglos pasados seguirán siendo males irrevocables a pesar de lo que hagamos en la actualidad".

¿Respeto o caridad?: "Los defensores de la discriminación positiva en EEUU han dado la vuelta completamente a la historia de los negros. En lugar de ganarse el respeto de otros grupos por salir por sí solos de la pobreza (como hicieron entre 1940 y 1960), amigos y críticos por igual suelen pensar que los negros deben sus mejoras a los beneficios gubernamentales".

La justificación política: "¿Por qué el progreso social anterior a los 70 (antes de la discriminación positiva) se desecha como la política de ‘no hacer nada’? Porque, independientemente de los beneficios sociales y económicos, ofrece pocas recompensas a los políticos, activistas e intelectuales, o a quienes desean aparecer como moralmente superiores".


[*] Posdata: Muchas de las ideas de este artículo las he expuesto en algunos comentarios previos en La batalla por la Casa Blanca, blog al que he sido invitado a participar por su creador Pedro Soriano, mi primo y uno de los mayores expertos en política estadounidense que conozco. Aunque él nunca se calificaría de liberal, su inteligencia, su curiosidad constante y su elegancia en la discusión ideológica merecen la consideración de aquellos que, sin compartir su ideario, aprendemos mucho cada vez que le leemos.

[**] Definición de pobreza: En general hay dos formas de medir la pobreza y las dos están equivocadas. Pueden servir para algunas comparaciones siempre que tengamos presente de dónde provienen; pero deben matizarse para no caer en el error de pensar que el 15% de los estadounidense son pobres, algo que no es cierto en ningún caso y, además, ayuda a la numerosa retórica antiamericana.

El primer indicador de pobreza (el que más repercusión tiene en los medios) mide los ingresos en términos relativos. Es el que utiliza el INE en España, aunque también es muy habitual en estudios académicos de EEUU. Esté método contabiliza como pobre a todo aquel que gane menos del 60% de la mediana de los ingresos. Si imaginamos un país con 100 ricos que ganen 2 millón de euros, cien más que ganen un millón y otros cien que ganen 300.000 euros: habría un tercio de la población considerada pobre. Evidentemente, éste no es el caso de EEUU o España, dos países en los que, efectivamente, hay personas con muy bajos ingresos, pero sirve para ilustrar la trampa estadística: con este tipo de instrumentos, siempre habrá entre un 15-20% de pobres oficiales y los políticos intervencionistas tendrán la justificación que necesitan para meterse en nuestros bolsillos.

El censo de EEUU mide la pobreza de forma algo diferente. El Gobierno norteamericano utiliza lo que denomina Poverty Treshold (ver pag 63) para determinar si un hogar puede calificarse como pobre. Aunque es una manera mucho más precisa que la que utiliza el INE, encierra un cierto equívoco desde el punto de vista conceptual. Pobre es una palabra fuerte, que el público asocia a una situación de miseria y falta de oportunidades. Cuando uno piensa en un pobre se imagina al tipo que está pidiendo en la puerta de la iglesia. Un matrimonio con un hijo y unos ingresos anuales de 17.268 dólares puede tener muchas dificultades para llegar a fin de mes, pero no es pobre en el sentido clásico del término. Además, el censo sólo mide los ingresos, no las posesiones: es decir, un jubilado con una pensión de jubilación baja pero numerosas propiedades puede ser considerado pobre, aunque no lo sea en absoluto y tenga todas sus necesidades cubiertas (y lo mismo ocurre con estudiantes, habitantes de zonas rurales, etc…)

¿Vuelta al patrón oro?

Cada cierto tiempo suelen producirse declaraciones por parte de algunos economistas sobre la conveniencia de darle un papel mayor al oro dentro del sistema monetario. Recientemente, el presidente del Banco Mundial, Robert Zoellick, ha afirmado que el sistema monetario probablemente necesitaría contar con el dólar, el euro, el yen, la libra y el yuan de forma que avance en su internacionalización y desemboque hacia una cuenta de capital abierta. Junto a lo anterior, afirmó que el sistema debería incluir también el uso del oro como punto de referencia internacional sobre las expectativas del mercado en cuanto a inflación, deflación y cambios futuros de las divisas.

Aunque la declaración sobre el papel que debería desempeñar el oro es un tanto ambigua, se puede considerar que forma parte de los intentos de defensa periódica que se hacen para incrementar el peso de este metal precioso en la economía. De hecho, pese a haberse abandonado el patrón oro, nunca ha dejado de tener un papel importante en la economía. Suiza, que mantenía una exigencia de que el 40% de su moneda estuviese respaldada en oro, fue el último país que abolió su ligazón a dicho metal hace apenas una década. Pese a ello, los bancos centrales siguen guardando una parte importante de sus reservas en este metal. Adicionalmente, se puede comprobar que sigue siendo un elemento importante como forma de canalizar el ahorro, especialmente en épocas de incertidumbre, como la actual, hecho que se puede verificar consultando la subida que ha experimentado la cotización del oro en los últimos meses.

No obstante, es natural que exista gente que se pregunte qué ventajas le reportaría que la moneda tuviese algún tipo de ligazón con respecto al oro. Esta duda puede responderse con una frase muy sucinta: el control de la inflación. Así, si la peseta se hubiese ligado al oro en 1972, los precios, en el año 2007, serían 23,5 veces menores. Cuando acudimos a demandar un bien o servicio, en ocasiones, solemos rememorar lo que valía antaño. Así, con las nuevas generaciones comentamos que el cine antes valía cinco duros, o veinte duros (dependiendo de la edad y memoria de la persona que habla); rememoramos cuando en tal bar la cerveza valía un duro, o los pisos se adquirían por dos, diez o veinte millones de pesetas. Son los efectos de la inflación, que no suele llamarnos mucho la atención en el corto plazo, pero que cuando echamos la vista atrás se muestran en toda su crudeza.

Al ser la oferta de oro muy constante y limitada en el tiempo, si los bancos centrales no pueden emitir nueva moneda sin el respaldo de este metal, la oferta monetaria no podría alcanzar los importes actuales, y no se produciría la pérdida de valor en la moneda que se puede observar hoy en día. Esto traería consigo una ventaja importante para el ciudadano: lo que hoy ahorrase no se iba a ver envilecido el día de mañana. Si, simplemente, una persona decidiese guardar una cantidad de dinero, sin ingresarla en el banco, el paso del tiempo no le iba a impedir adquirir una cantidad de bienes o servicios similar. Por lo tanto, no sería necesario prestar el dinero al banco para evitar que la moneda pierda valor. Se podría acudir a las entidades financieras para depositar el dinero por comodidad, por operativa, o por la búsqueda de una rentabilidad adicional, pero no para combatir los efectos de la inflación.

Adicionalmente, a todo esto aparecería una nueva ventaja. Al requerir la oferta monetaria de respaldo, ésta se limitaría, y los tipos de interés dejarían de estar fijados en un despacho, siendo función de la oferta de ahorro y la demanda de financiación. Esto limitaría la formación de burbujas, como ocurrió en las llamadas crisis “punto com”, y en la reciente inmobiliaria. Si se produjesen apalancamientos muy fuertes, lo que suele ser una característica de las burbujas, subiría la demanda de financiación. Al no ser el tipo de interés un elemento fijado, en última medida, por los bancos centrales, este aumento de demanda, si no fuese correspondido un incremento de la oferta de ahorro en la misma cuantía, conduciría a un aumento de los tipos de interés. Este mayor coste de la financiación actuaría de limitante y pondría fin a las burbujas mucho antes.

Finalmente, existiría un ahorro fiscal importante para el ahorrador, y es que las plusvalías minorarían mucho su cuantía. Así, aquel ahorrador que decidiese invertir parte de su dinero en distintos productos (bienes inmuebles, acciones…), sin duda alguna, seguiría experimentando cómo en el precio de éstos seguirían produciéndose variaciones. Pero éstas responderían únicamente a las circunstancias de dicho bien, y no a la inflación, por lo que, a la hora de liquidar la inversión, a igualdad de tipos impositivos, bajaría la cantidad a ingresar al ser menor la base imponible.

Por tanto las ventajas de la vuelta al patrón son importantes. No obstante, resulta poco probable el retorno a dicho patrón al perderse políticamente la posibilidad de jugar con los tipos de interés.

Las claves del G-20 en Seúl

Los principales líderes políticos del planeta se reunirán en la próxima cumbre del G-20 para intentar poner fin a una guerra de divisas que, poco a poco, se está materializando en una escalada de intervenciones monetarias y proteccionistas cada vez mayor. La situación actual recuerda mucho a un escenario de preguerra, en el que los distintos agentes implicados lanzan amenazas y advertencias, al tiempo que negocian alianzas para combatir a un enemigo común.

El dólar ocupa el epicentro de esta particular batalla. La hegemonía del billete verde, la divisa de reserva internacional por excelencia, lleva siendo cuestionada de un modo creciente desde el inicio mismo de la crisis financiera. La política monetaria de Estados Unidos tan sólo ha aumentado dichas tensiones, ya que persigue envilecer aún más el valor del dólar con el fin de impulsar las exportaciones, monetizar la mala deuda (pública y privada) y generar inflación. Una estrategia que, sin duda, perjudica a sus acreedores y a los países con superávit comercial, como es el caso de China, Alemania y los llamados "emergentes".

No obstante, las críticas a la nueva ronda expansiva de Bernanke han sido insólitamente duras y explícitas por parte de las autoridades europeas y asiáticas. Las grandes potencias esperan poder rebajar esta tensión alcanzando algún tipo de acuerdo durante las sesiones de trabajo que tendrán lugar en Seúl. En esencia, todo gira en torno a un mismo y trascendental punto: la reforma del sistema monetario internacional y, por tanto, la sustitución del dólar como moneda mundial de referencia. Ni más ni menos. Gobiernos y autoridades monetarias llevan discutiendo este asunto a puerta cerrada desde 2008 y, sin duda, volverá a centrar el debate en Seúl.

De ahí, precisamente, la nueva propuesta del Banco Mundial, consistente en establecer una especie de tipos de cambio fijos anclados (con un margen de fluctuaciones) a una cesta de divisas, materias primas e, incluso, oro. No se trata de una mera ocurrencia. China, Rusia, Brasil, India, la ONU y hasta el propio Fondo Monetario Internacional (FMI) han avanzado reformas monetarias similares a lo largo de los últimos meses. De hecho, incluso el secretario del Tesoro de EEUU, tras sufrir un lapsus, llegó a admitir en público la posibilidad de establecer una nueva moneda mundial en sustitución del dólar. Es decir, el G-20 estudia un nuevo Bretton Woods.

¿Problema? Ninguna moneda fiduciaria mundial solventará las graves deficiencias que padece el actual sistema monetario. Y es que, la única solución pasa por restaurar el clásico patrón oro –puro y duro, sin ambages–. Sólo así la economía internacional logrará desarrollarse en el futuro sobre cimientos sólidos. Y es que si falla la base (dinero fiduciario), tarde o temprano, el resto del edificio se derrumbará.

Dicho esto, el acuerdo no sólo no es sencillo, sino poco probable. Washington sería el primer y principal perjudicado, ya que perdería su gran privilegio de imprimir papel moneda de curso legal a nivel mundial, con todas las ventajas que ello conlleva. Por ello, Estados Unidos insistirá en su propuesta de establecer límites máximos (4% del PIB) en los desequilibrios comerciales (superávit y déficit) de los distintos países. Sin embargo, Alemania y China ya han rechazado esta opción.

Ante tales divergencias, resultará difícil alcanzar un acuerdo sobre esta materia. Y es aquí, precisamente, donde surge el gran dilema. ¿Qué pasará si la guerra de divisas continúa? La devaluación artificial de monedas es una estrategia de corto recorrido y, tras ella, se esconde la mayor amenaza para la economía mundial: el proteccionismo y la desglobalización. El Gobierno de Estados Unidos ya tiene preparado todo un arsenal proteccionista contra China ante tal eventualidad; China, por su parte, está restringiendo la exportación de las denominadas "tierras raras", la materia prima de las tecnologías más avanzadas; mientras, Bruselas estudia una nueva legislación que permita a Europa adoptar represalias contra sus socios comerciales, incluidos los países emergentes, que no abran sus mercados públicos a las compañías europeas; los emergentes, a su vez, apuestan por aplicar barreras de entrada a los capitales foráneos… y así, sucesivamente.

Seúl es, pues, una cita clave para el futuro de la economía mundial. Puede suponer un freno a las actuales tensiones comerciales o, por el contrario, la espita que, finalmente, haga saltar por los aires el constante proceso de apertura, liberalización y desarrollo internacional propio de la globalización económica.

Los sindicatos: un apéndice más del Estado

La acción sindical es inmoral por numerosas razones. A su modus operandi claramente violento (véase piquetes), y a su supuesta representación (totalmente falaz), se le une su forma de financiarse.

Una de las contribuciones que cabe destacar del sociólogo alemán Franz Oppenheimer es su distinción entre medios políticos y medios económicos. Creo que viene muy a cuento al hablar de los sindicatos.

El berlinés explicaba que el ser humano dispone básicamente de dos medios (opuestos entre sí) para obtener los medios necesarios para vivir y alcanzar sus deseos y fines: a) el trabajo de uno mismo y el intercambio equivalente de su propio trabajo por el trabajo de otros, y b) la apropiación no recompensada del trabajo de otros (robo). Los denominó medios económicos y medios políticos, respectivamente.

Una sociedad libre está regida por medios económicos. Las organizaciones, empresas y particulares obtienen su financiación mediante acuerdos y transacciones voluntarias.

Los sindicatos no obtienen su financiación de esta manera. Saben perfectamente que ellos no se pueden regir por reglas de libre mercado, voluntariedad y la libertad de elección. Ellos deben seguir una estrategia de coacción y obligatoriedad (a través de medios políticos) porque con simplemente un 10-15% de trabajadores afiliados les sería imposible existir. La sociedad le está diciendo a este tipo de organización que no es útil, que no es rentable y que está desperdiciando los valiosos recursos escasos de que dispone (capital y trabajo) en unos proyectos deficientes, en lugar de destinarlos a otros más demandados y prioritarios.

La fuente de financiación directa más importante de los sindicatos la encontramos en los Presupuestos Generales del Estado. Cobran del Ministerio de Trabajo cerca de 16 millones de euros. Eso sin contar con lo que ingresan de las comunidades autónomas. Por ejemplo, de 2004 a mediados de 2009, la Junta de Andalucía concedió subvenciones a UGT y CCOO por importe de 260 millones de euros. Sólo en el segundo trimestre de 2009, las organizaciones sindicales recibieron 125 millones de euros del Estado. Y para qué hablar de lo que reciben para cursos de formación y para los liberados sindicales… Todo esto a costa de nuestros salarios.

Depender de las subvenciones del gobierno de turno reduce terriblemente la independencia, la autonomía y la libertad de los sindicatos, hasta el punto de no ser más que un mero apéndice del Estado. No en vano, los sindicatos mayoritarios UGT y CCOO han sido los principales aliados de Zapatero por su silencio y complacencia con la política económica del gobierno.

Si George Sorel levantase la cabeza y viese cómo los sindicatos se han convertido en organizaciones burocráticas financiadas por el “Estado Burgués”, se volvería inmediatamente a la tumba para no verlo.