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Hijos de nuestros padres

Hasta ahora, en España, la tradición respaldada por la norma indicaba que el primer apellido del recién nacido correspondía al del padre y el segundo al de la madre, sin que por ello se impidiera su cambio en determinados supuestos. Esta convención trivial, pero comúnmente aceptada, permite presuponer fácilmente las filiaciones y trepar por las ramas del árbol genealógico hasta descubrir nuestros orígenes. Con el pretexto de modernizar el Registro Civil, actualmente, se está tramitando un proyecto de Ley que pondría fin a esta norma, dejando al común acuerdo de los progenitores la elección del orden de los apellidos, mientras que por defecto, o en caso de desacuerdo, el orden quedaría determinado por el orden alfabético.

Más allá de la anécdota y de lo que en una primera lectura podría parecer una reforma liberadora del peso de la tradición y la discriminación de la mujer, se esconde un paso más para controlar a los individuos. Un paso firme y decidido que culmina otras reformas dedicadas a desestructurar la sociedad, tal y como ha ido evolucionando a lo largo de los tiempos, para reorganizarla. Las leyes deberían limitarse a respetar los acuerdos y recoger el fruto de los usos sociales y tradiciones que genera la sociedad en lugar de procurar su transformación.

El proyecto histórico de la Izquierda ha sido la creación del hombre nuevo éticamente preparado para vivir solidariamente en el paraíso socialista. Del socialismo científico, pasando por el socialismo real hasta esta nueva izquierda, el proyecto sigue siendo el mismo. Donde las formas de totalitarismo más evidentes fracasaron, hoy triunfa la misma idea enmascarada bajo organizaciones pantalla como el ecologismo reaccionario o la ideología de género. Así, proyectos descabellados como descomponer las familias y arrebatar a los niños de sus familias para reeducarlos se llevan a cabo hoy de forma dispersa entre una educación controlada estatalmente y el propio pensamiento dominante.

Si este texto legal es aprobado tal y como ahora se encuentra, se abandonará el libro de familia alienando al individuo y eliminando cualquier referencia legal a esa institución natural, piedra angular de toda sociedad. Los progenitores (A y B) serán meros intermediarios donde el orden de los apellidos es mera anécdota. Disuelta nuestra filiación, a cada individuo se le asignará un “código personal de ciudadanía”, un código de barras que nos identificará no como individuos, sino como ciudadanos dependientes del Estado, fuente de todos nuestros “derechos” y razón última de nuestra existencia. De la cuna hasta la sepultura nuestro paso por este mundo quedará reducido a los registros legales ligados a este código que ya no debemos a nuestros padres sino al Estado.

Del Estado autoritario patriarcal hemos avanzado a un estado de dominación matriarcal mucho más efectivo en nuestro control y registro. La familia es el enemigo más peligroso para el Estado, que se define como monopolio en todos sus accidentes; la última de las barreras protectoras que protegen al individuo contextualizándolo en un momento histórico-familiar, fruto de una tradición y unos genes concretos que enraízan en sus antepasados y se proyectan hacia el futuro a través de sus hijos. De ahí el peligro que conlleva dinamitar esta estructura social convirtiendo al hombre en un mero contribuyente de la granja estatal en el que la élite privilegiada explota para mantenerse y perpetuarse en el poder.

La suerte todavía no está echada, el texto es un proyecto y puede sufrir modificaciones sustanciales o no llegar a ver la luz. A los legisladores les interesa tener ciudadanos dóciles, pero nosotros todavía tenemos recursos suficientes para recordarnos a nosotros mismos y a la casta política que somos hombres antes que ciudadanos, que somos hijos de nuestros padres.

¿Algo se mueve?

Hicieran lo que hicieran, que generalmente era o malo o nada, los políticos siempre hablaban en el mismo sentido: había que proteger a los autores, esto de la piratería estaba muy mal, había que tomar medidas, etc.

Pero esta última semana parecen haber cambiado las tornas. David Cameron fue el primero en disparar, anunciando que el próximo año se revisará la legislación sobre derechos de autor. Al parecer, el premier británico quedó impresionado por una conversación con los fundadores de Google en la que éstos aseguraron que, de haberse regido por las leyes británicas, nunca podrían haber creado el buscador. La razón: las leyes de propiedad intelectual en el Reino Unido son muy estrictas, y los casos de "uso legítimo" muy limitados.

Lo más probable es que tras la revisión las leyes sean más parecidas a las de otros países, respetando la posibilidad de citar o hacer parodias sin enfrentarte a una demanda por violación de derechos de autor. Pero el cambio de tendencia sí es significativo. Cameron sigue escuchando a los lobbys, mas no sólo a los de siempre.

El bombazo, no obstante, venía de Bruselas. La vicepresidente de la Comisión Europea y responsable de esa cosa pomposa llamada Agenda Digital, Neelie Kroes, aseguró que el "copyright no es un fin en sí mismo" sino un medio para incentivar la creación y que deja la capacidad de decisión en manos de intermediarios, impidiendo en muchos casos al público acceder a las obras artísticas y dejando "un vacío que es cubierto por contenidos ilegales". Incluso rechazó "enmarcar el debate sobre los derechos de autor en términos moralistas satanizando a millones de ciudadanos".

¿Se traducirán estas opiniones en medidas concretas? Pues previsiblemente no, al menos a corto plazo. Pero parecen indicar que los lobbys culturetas ya no lo tendrán tan fácil en Europa y deberán remar contracorriente.

¿En toda Europa? No. Aquí, naturalmente, la ley Sinde que permite a la administración cerrar sitios web a las órdenes de las esgaes sigue su curso y será aprobada con los votos de PSOE, PNV y CC. Volveremos a llegar tarde, naturalmente.

El malestar de marxistas y freudianos

Freud escribió poco sobre la teoría marxista. Sin embargo, a diferencia de muchos de sus contemporáneos, no se dejó embaucar por la misma. En sus escritos sociológicos rechazó que el hombre se hiciera naturalmente bueno en ausencia de la propiedad privada y denunció la vana esperanza en una igualitaria sociedad futura. Llegó a la conclusión de que el comunismo sería una de tantas ilusiones de la humanidad.

A pesar de este afilado análisis sobre una de las ideologías que más muertes y sufrimiento produjo en el siglo XX, no deberíamos inferir que Freud fue un apóstol de la libertad; más bien, fue todo lo contrario. Como convencido determinista, pensaba que el hombre estaba gobernado por su inconsciente. Compartió con el marxismo más cosas de lo que imaginaba.

Para marxistas y freudianos, el hombre moderno es incapaz de sentirse cómodo y arrullado en las sociedades desarrolladas. Ante un mundo industrializado y complejo, sentido como opresivo por Marx, su visión ofrecía una filosofía radical de acción para liberar al proletariado de su esclavitud. Por su parte, Freud creía que la cultura moderna incorporaba tal conjunto de inhibiciones ante las pulsiones humanas que provocaba las consabidas frustraciones por culpa de nuestro vigilante interior, el super-yo. La cultura actual se habría vuelto neurótica y el hombre debería “liberarse” de aquella situación.

La teoría marxista y el psicoanálisis fundaron dos nuevas cosmovisiones con pretensión científica. Funcionaron como infalibles máquinas de desenmascarar la conciencia social (Marx) o individual (Freud). Debido a su respectivo poder de explicación de la realidad, su atractivo fue enorme para muchas personas. Sus acólitos se sentían distintos (y superiores) de los demás. Cada una de sus vulgatas manejaba verdades a toda prueba y no probadas.

Estas ideologías iniciáticas veían ejemplos confirmadores en todas partes: el mundo estaba lleno de verificaciones de su respectiva teoría. Los incrédulos que rehusaban ver la verdad manifiesta era porque iba en contra de su interés de clase o porque se lo impedían sus propias represiones. Debían ser encarcelados (o ejecutados) o, en su caso, someterse a análisis y tratamiento. De hecho, cada fe tuvo su pléyade de disidentes y sectas.

Popper argumentó que una teoría que parece explicarlo todo, en realidad, no explica nada. Marx se las dio de científico social frente a los utópicos que le precedieron; hizo predicciones específicas, pero cuando todos y cada uno de los predichos acontecimientos no se materializaron, sus seguidores respondieron modificando la teoría, de modo que siguiese “explicando” todo lo que sucediese. Menuda ciencia.

Los freudianos, por su parte, nadaron desde el inicio a sus anchas en los mares simbólicos de la mitología (fascinante pero a la postre lesiva, según denunciaba Wittgenstein) y ni siquiera se aventuraron a lanzar una sola conjetura. Sólo funcionó en algunos casos como efecto placebo (cosa que ni siquiera ocurrió con el marxismo).

A diferencia del proceder de la verdadera ciencia, buscadora de evidencias falsadoras que revelen la necesidad de una nueva y mejor explicación de la realidad, la obsesiva y hermética interpretación de ésta por parte del materialismo dialéctico y del psicoanálisis les hace merecedores del calificativo de pseudociencias al blindar y hacer irrefutables sus proposiciones. En una reunión de especialistas con verdadera pretensión científica, la presencia de la duda y el reconocimiento de los límites del conocimiento no sólo son deseables, sino que es lo más normal de encontrar en cualquier congreso científico que se precie. Actitud completamente ausente en los seguidores de Marx y Freud.

Además, y esto fue lo más grave, sendas ideologías supusieron, desde su ámbito respectivo, un ataque frontal a aquellas instituciones exitosas (propiedad, mercado, familia o moral) creadas por el actuar humano no diseñado. Sus adeptos ofrecían una atractiva y atávica coartada para la completa ruptura de las mismas. El sacrificio, la responsabilidad y el respeto por ciertas pautas de conducta en libertad serían sustituidos por una nueva y corrosiva ética del igualitarismo y la permisividad. Cada credo cuestionaba todos los poderes salvo el suyo propio, como ayer nos recordaba K. Kraus y hoy, Th. Szasz.

Marcuse, ya en la posguerra, integró hábilmente las denuncias marxistas y freudianas del mundo moderno. Su descabellada idea de poner freno al desarrollo técnico alcanzado y de dedicar los esfuerzos a la creación del hombre nuevo en una sociedad no represiva no sería más que el ideal de la regresión a un estadio infantil e irresponsable (¿malcriado?).

En contraposición a dichos planteamientos, está la coherente obra de Hayek que, siguiendo la estela de Hume y los ilustrados escoceses, pero también la de Burke, Savigny y de Menger, nos explica que nunca sabemos por qué muchas tradiciones y ciertos códigos morales existen y evolucionaron a lo largo de los siglos, pero su importancia es decisiva para la vida en la sociedad extensa. También Oakeshott acertaba al indicar que muchas víctimas indirectas de la cultura liberal y del individualismo moderno han estado dispuestas a entregarse servilmente a cualquiera que les garantizara una mínima satisfacción. Pronto se postularían “expertos” políticos y psicoanalistas para dirigir sus vidas y traducir la voluntad del Partido o del Inconsciente.

La Sociedad Abierta y la globalización actuales exigen de nosotros un ajuste y el sometimiento a ciertas reglas de conducta que rigen necesariamente nuestro comportamiento en la Gran Sociedad; sólo así se permite la supervivencia y desarrollo de un número cada vez mayor de población y conocimiento humanos sobre la Tierra.

El porvenir de la civilización quedará seriamente amenazado si se imponen teorías desconectadas de la realidad (y no sólo en el terreno económico). Hayek, primo de Wittgenstein, calificó el siglo XX en el epígono de su obra Derecho, Legislación y Libertad como el siglo de la superstición, debiendo dicho epíteto mucho a las doctrinas de marxistas y freudianos. Mucho antes, Karl Jaspers advirtió que eran –junto al racismo– las tinieblas más extendidas que habían caído sobre la humanidad. Pese a que sus orígenes son ya centenarios, hoy perviven con fuerza en el postmodernismo.

Adiós, Obama

De ellas, una no debiera pasarnos por alto, y es que los estadounidenses han rechazado la política de Obama. El resultado tiene algo de profecía autocumplida, pues Obama, con Harry Reid y Nancy Pelosi en el Senado y la Cámara de Representantes, impulsó un cambio político acelerado en un sistema político poco proclive a los golpes de timón. Todo porque temía que lo que no consiguiese en los dos primeros años le sería complicado colocárselo al Congreso en los dos siguientes. Pero esa prisa ha precipitado, precisamente, esa derrota.

Han cambiado de signo 60 escaños de Representantes. ¿Son muchos o pocos? La media de los trasvases está en la veintena. Afinando un poco más, un politólogo ha creado un modelo para apreciar qué trasvase de escaños es previsible, en función del tipo de elección que sea (en este caso unas elecciones de mitad de mandato de primera legislatura), la ventaja del partido mayoritario (ya que cuanto mayor sea, más fácil es que pierda escaños) y la evolución económica (medida con la marcha de los ingresos semanales). Con esos datos en la mano, lo previsible es que los demócratas perdiesen 45 representantes, que pasarían a manos republicanas. Sí, ha sido una victoria histórica del Grand Old Party.

Nada más tomar posesión llegué a la convicción de que Obama no iba a ganar en 2012, y sigo aferrado a esa idea, ahora más que nunca. Y eso que en los últimos 100 años, siempre que un presidente ha perdido el Congreso a los dos años de estrenarse ha salido reelegido. El último, por cierto, Bill Clinton, después del vuelco electoral liderado por Newt Gingrich con el "Contrato con América" de 1994 y que quedó en nada dos años más tarde, lo que debe hacer pensar a los republicanos sobre qué errores cometieron entonces y no deben repetir. Según el propio Gingrich se resumen en prometer mucho y cumplir poco. Así funciona la democracia estadounidense.

Las perspectivas para los demócratas son francamente malas. En estos dos años, Obama no va a poder sacar adelante su programa, con una Casa en su contra y con el Senado con una mayoría tan exigua. Es más, los votantes han hablado contra el gasto y el déficit excesivo, y 23 senadores demócratas que se juegan su puesto en 2012 lo habrán de tener en cuenta si quieren seguir. Más a largo plazo, los republicanos han ganado 9 estados y controlan 29. El año que viene los estados tendrán que rehacer los distritos electorales, cuando tengan los datos del censo, que se renueva decenalmente. Y cada estado lo hace a mayor beneficio de su propio partido.

Hay cambios más profundos y preocupantes para los demócratas, como que las mujeres, los independientes, los católicos y los suburbios se están decantando por el partido rojo. Obama, con ese gusto de la izquierda por crear nuevas Pyongyang, ha fomentado la concentración en grandes urbes sometidas al diseño de planificadores urbanos. Pero los estadounidenses prefieren vivir en los suburbios, en casas con jardín antes de en pisos en grandes urbes. Ahí es donde está el sustrato social del Tea Party, donde se tiene más apego a los valores tradicionales, junto con quienes viven en el campo.

Pero aquí hay lecciones para todos. También para el Tea Party, que ha obtenido un resonante éxito en estas elecciones, pero que también se ha llevado unos cuantos reveses. Su discurso le ha permitido llevar al Partido Republicano a muchos votantes que se habrían quedado en casa. Pero las ideas no son suficientes; tienen que defenderlas candidatos solventes. Y toda la frescura y la espontaneidad del movimiento Tea Party ha llevado al apoyo a candidatos francamente malos, como Christine O’Donnell, Sharron Angle o Ken Buck.

Bien es cierto que no es fácil encontrar nuevos Ronald Reagan. Pero estas elecciones han llevado al Senado a Rand Paul, hijo del congresista Ron Paul, el más identificado con el Tea Party (se siente más parte del movimiento que del aparato republicano) de los nuevos senadores del GOP. No tiene la capacidad de comunicar del ex presidente, pero al menos sí tiene buenas ideas que compartir. Va a proponer una enmienda a la Constitución que obligaría a que el presupuesto no incurriese en déficit. Y propondrá que se les dé a los legisladores un día por cada 20 páginas que tengan las nuevas leyes propuestas. No es una tontería. La mayoría de las leyes que se votan, incluso las más importantes, no las leen por falta material de tiempo.

Se acabó el Obama que conocíamos. No creo que él acabe de entender lo que ha pasado. Y no creo que un hombre brillante, pero que no ha cumplido ni una legislatura en el Senado, tenga la capacidad de manejarse políticamente en un contexto complicado, como es el que le espera en los dos próximos años. Ya tiene título para su próximo libro, publicado en 2013: Yes, we could.

De la locura antieconómica a la derrota política

Para quienes Obama es algo así como el Mesías redivivo, el ejecutor de la magna obra de convertir a los Estados Unidos en una democracia "de verdad" equiparable a los megaestados europeos, el barrido republicano en las elecciones estadounidenses sólo cabe atribuirlo a la fatalidad. Es imposible que el socialdemócrata e ilustrado Obama haya salido derrotado por deméritos propios frente a una panda de reaccionarios ultraconservadores y algún pirado libertario; la responsabilidad, cómo no, la tiene el agitprop del Tea Party, la subversiva propaganda republicana y, sobre todo, una recuperación económica que no llega pese a los denodados esfuerzos del presidente.

Obama, argumenta el discurso canónico, ha tenido la desgracia de estar gobernando en medio de la mayor crisis de los últimos 80 años y los ciudadanos, cortoplacistas por excelencia, no han sido capaces de valorar las sensatas políticas de los demócratas destinadas a pavimentar la recuperación. El ciudadano estadounidense ha sucumbido a los cantos de sirena del extremismo –como en los años 30 sucumbió Alemania– por una depresión que, en última instancia, es achacable a Bush y al neoliberalismo reaganiano.

Pero lo cierto es que Obama probablemente jamás hubiese resultado elegido de no ser por esa grave crisis económica que ahora deplora electoralmente, y ni mucho menos hubiese sido capaz de aprobar toda su sectaria legislación intervencionista sin el impacto psicológico que tuvo la caída de Wall Street. Ni multimillonarios planes de des-estímulo, ni nacionalizaciones encubiertas como rescates a la industria automovilística, ni socialización sanitaria, ni nueva y mala regulación de los mercados financieros. Todas estas patadas al sentido común económico fueron posibles sólo por los poderes excepcionales que hace dos años los estadounidenses le entregaron embriagados a su dictator (¿se me permitirá criticar, como ahora hacen los demócratas, el cortoplacismo y la catástrofe política que supuso la unción absolutista de Obama por parte del pueblo americano?).

Obama y su equipo lo comprendieron rápidamente. La crisis era una oportunidad única para hacer avanzar la secular agenda liberticida de la izquierda. El cesado Rahm Emanuel –antiguo jefe de Gabinete de Obama– lo resumió a la perfección: "Nunca has de dejar pasar una crisis sin haberte aprovechado antes de ella". En ese sentido, nadie podrá negar que el progresismo estadounidense ha sacado una enorme tajada ideológica de esta crisis, llevando al Estado al borde de la omnipotencia económica; pero, a renglón seguido, habrá que reconocer que esa megalomanía izquierdista de liquidar el modelo político, económico y social del país no ha beneficiado en nada a unos ciudadanos cuyas perspectivas sólo han ido decayendo desde la ascensión obamita en medio de un persistente desempleo y de una marabunta de deuda. En su éxito han encontrado las semillas de su propio fracaso.

Si la implosión en menos de dos años de todo su equipo económico no acreditara el rotundo fiasco de su desempeño, la huida hacia adelante pidiendo más gasto y más déficit para salir del atolladero en el que ese gasto y ese déficit nos han atascado debería ser lo suficientemente ilustrativo. Porque onanismos ucrónicos al margen, Obama aprobó su mastodóntico programa de des-estímulo prometiendo una reducción drástica del desempleo que no se ha visto por ningún lado: según las propias proyecciones demócratas que sirvieron para justificar su particular Plan E, hoy la tasa de paro debería estar en el 7% y no en el 9,6%, cifra incluso por encima del apocalíptico escenario que pintaban los demócratas para el caso de que no pudieran tirar a la basura 700.000 millones de dólares (más de la mitad del PIB español, ahí es nada).

Tan absurdo es afirmar que Obama no tiene ninguna responsabilidad en esta derrota, que todo es la inexorable consecuencia de una población que no entiende sus audaces políticas anticrisis, como lo sería afirmar en España que Zapatero tampoco tiene ninguna responsabilidad en una eventual debacle socialista. La crisis perdura no a pesar de Obama, sino como consecuencia de su desnortada, manirrota y distorsionadora gestión. Y es que no siendo el keynesianismo del que ambos gobernantes han hecho gala más que pura superstición ideologizada en bancarrota, es plausible y deseable que la población se rebele contra su política antieconómica. Cierto es que habría sido más plausible y deseable que nunca los hubiese colocado más allá de la presidencia de una comunidad de vecinos, pero en la capacidad de reacción y corrección de sus propios errores también se nota el temple de los pueblos.

"Mi nombre no está en las papeletas, pero mi mensaje sí lo está", se atrevió a afirmar ayer el iluminado de la Casa Blanca. Ojalá tenga razón y sea cierto que los estadounidenses –tan proclives siempre, como cualquier otra nación, a caer en las garras del populismo keynesiano-rooseveltiano– han aprendido una valiosa lección para al menos una generación: el Gran Gobierno no es la solución a ningún problema. De momento, el bloqueo de ambas Cámaras nos asegura que no habrá más planes de des-estímulo hasta el final de la legislatura ni previsiblemente un mayor crecimiento del Estado. Habrá que ver si este no empeoramiento de las cosas basta para limpiar todos los escombros que Obama se ha dedicado a apilar durante estos dos años; al fin y al cabo, la factura de sus destrozos todavía está pendiente de pago.

David Cameron: There is no alternative

El gobierno de Gordon Brown no supo afrontar la crisis económica pese a que en la Conferencia Anual de 2008, el ex Ministro de Hacienda salió ungido con la escarapela de “Mesías Salvador”. Nada de eso. Su fórmula fue un calco de la aplicada por Harold Wilson y James Callaghan en los años setenta: intervención estatal pura y dura, con la única diferencia de que las Trade Unions (sindicatos) no son tan potentes en el siglo XXI como en 1979.  Margaret Thatcher y Toni Blair las domesticaron.

Los dos años en que las medidas de Gordon Brown se aplicaron fueron desastrosos. Dejaron como bagaje un desolador “there is no money left”. Curioso paso el del político escocés por Downing Street. Tanta prisa por suplir a Blair para luego acabar de un plumazo con todo un legado, internacional, diplomático y económico. Éste último es el más preocupante y ha servido para poner de manifiesto que los tories, si tienen una característica distintiva, generación tras generación, es que son buenos gestores de la economía.

Algunos, de modo peyorativo, hablan ya de “experimento cameroniano”. ¡Qué poco conocen a los conservadores! Su trayectoria histórica, si por algo los define, es por la cautela hacia los cambios, ya sean grandes o pequeños. La huella de Edmund Burke se mantiene intacta en la filosofía del Partido. La política de wait and see no sólo la aplican cuando de la Unión Europea se trata. Es un dogma.

En efecto, como sucediera a partir de 1979 con la famosa There is no alternative (TINA) de Margaret Thatcher, ahora mismo no queda otra opción que “apretarse el cinturón”, lo que incluye recortes en todos los departamentos. George Osborne (Ministro de Economía) lo avisó en Birmingham con motivo de la Conferencia Anual. Todo el mundo lo consideró “el patito feo” del gobierno, aunque pesos pesados de política británica de los años 80, como Norman Tebbit, alabaron sus propuestas de modus operandi que ahora David Cameron ha aplicado con el objetivo de lograr, en sus propias palabras, “un nuevo dinamismo económico”.

Sin duda alguna, el Primer Ministro es un valiente. Primero, porque no dispone de un gobierno mayoritario y sus socios, los Liberales Demócratas, querrían un credo económico diferente, o por mejor decir, antagónico. Segundo, porque muchos usarán sus recortes para hacer demagogia contra él. Tercero, porque las “medidas impopulares” afectan a carteras ministeriales claves como Defensa, piedra angular en la política de seguridad británica. Esto no significa que conceptos clave (como responsabilidad) o temas centrales (como el rol de la familia) hayan desaparecido de su ideario.

En definitiva, Cameron está viviendo unos intensos primeros meses en el retorno tory al número 10 de Downing Street. Encuentro con Obama en julio, con el tema de BP por medio (y toda la demagogia con la que actuó el norteamericano); oposición al malgasto que tiene en mente la UE con sus presupuestos; petición de un reparto “más justo” de las cargas económicas a los integrantes de la OTAN; fecha de caducidad a la estancia de las tropas británicas en Afganistán…

Es muy posible que en mayo de 2008, cuando el Partido Conservador arrasó en las municipales, Cameron esperase una estadía más plácida en el gobierno. No ha sido así pero, precisamente por eso, está mostrando su valía como estadista nacional e internacional. Los conceptos grandilocuentes quedan para la política y los políticos continentales. En las Islas se opta más por el realismo, en este caso,  de tipo económico. El interés nacional es lo primero.

La econoficción de Occidente

Recientemente Brad DeLong (un tipo bastante célebre entre economistas del mainstream) afirmo que la economía, o teoría económica, es una ficción, una bufonada:

"Uno de los vergonzosos y sucios secretos de la economía es que no hay tal cosa como la teoría económica propiamente dicha.

¿Cuáles son las conclusiones ‘correctas’? […] Hay dos. Un tipo decide, por razones no económicas y no científicas […] El otro enseña lecciones y propone principios que serán de utilidad a los votantes, burócratas y los políticos en su intento de guiar nuestra civilización".

Ambas conclusiones parecen las opciones de un tirano más que las de un economista. ¿Y qué es la teoría económica para DeLong? Un juego de intereses entre amigos (economistas y políticos; políticos y lobbies…). De aquí habrá salido el término anglosajón que define la forma de hacer política económica: crony capitalism (capitalismo de amigotes). Antes llamado capitalismo corporativo, de Estado, economía del fascismo o simplemente "neoliberalismo". Nada de eso tiene que ver con el liberalismo que se basa en la total libertad económica y civil.

Los comentarios de DeLong, sin embargo, pueden tener una lectura acertada. DeLong, en realidad y sin darse cuenta, ha descrito la prostitución occidental de todo. Por ejemplo, Aristóteles afirmó que las mayores características del político eran la honradez y la virtud. Para nosotros la política es la prostitución de cualquier idea y la asociamos a la corrupción. Lo mismo le ha ocurrido a la economía. Si Carl Menger levantara la cabeza y viera que la economía ha dejado de ser el pilar de una ciencia social para convertirse en la máxima expresión de populismo y compra de votos, no se llevaría menor decepción que Aristóteles.

Fíjense en Zapatero. Esta misma semana ha dicho que el país ha mejorado desde que gobierna. Sí, sí, tal cual. Celebra que la tasa de desempleo haya bajado del 20% en el tercer trimestre cuando tal logro se ha debido íntegramente al aumento de los asalariados públicos. Desde 2007, los trabajadores del Gobierno han crecido en 300.000 personas y la economía privada ha perdido 1,7 millones. Según Eurostat, hasta septiembre España era el país con mayor número de desempleados de Europa.

La econoficción de los Gobiernos occidentales proclama, por ejemplo, que los subsidios de desempleo ayudan al trabajador hasta que encuentra un nuevo empleo y que esto no dilata el periodo para acceder a un nuevo trabajo. Es absurdo. El subsidio de desempleo es una subvención. No tiene nada que ver con un seguro. Cuando un Gobierno da una subvención al ejercicio de una actividad, ésta crece a costa del dinero del ciudadano. Es dinero gratis para quien percibe la renta o la dotación. Si el Estado subsidia el desempleo, quiere decir que lo subvenciona. Si lo subvenciona, quiere decir que lo impulsa. A mayores subsidios de desempleo estatal en dinero y/o tiempo, mayor paro. España vive en una eterna cultura del paro gracias a la "generosidad" del Gobierno. Europa, ahora Estados Unidos, y muy especialmente nuestro país, se han convertido en yonkis del rentismo estatal. El ciudadano es tan dependiente del Estado como el drogadicto de su camello.

DeLong tiene razón al afirmar que la economía es una bufonada, pero sólo cuando la toma el Estado bajo su responsabilidad. Pierde sus pilares científicos para convertirse en un juego de intereses. Se inventa teorías y leyes surrealistas cuadrando números imposibles con la única finalidad de conseguir más dinero y poder. En realidad, no es el dinero lo que el Gobierno ansía, éste es un medio para un fin mayor: el Poder y el control. A más Gobierno, mayor Estado policial económico y civil.

Esto contrasta con la visión del ciudadano corriente. Que el Gobierno haga trampas, prometa cosas que después no hará o se dedique a regalar dinero sacando el doble de recursos de los impuestos es como hacer trampas al solitario. No es así. El Estado no es un teórico, ni representa los intereses de la gente. El Gobierno se ha convertido en tal monstruo corporativo que sólo representa sus intereses particulares. Su existencia sólo se explica para mantener sus excesos. Su único objetivo es crecer. El Estado Omnipotente se ha convertido en una empresa con la potestad de usar la fuerza contra sus súbditos. Es como la mafia, pero en legal.

DeLong es un economista pésimo, como su maestro Keynes. Pero ambos han demostrado ser unos teóricos políticos extraordinarios. Lo gracioso es que Keynes usó la política populista para inventar su modelo económico, y ahora, DeLong, afirma que eso mismo es un fraude.

La economía, bien dibujada como lo hace la Escuela Austriaca, es ciencia. La politización de la economía inventada por Keynes y desenmascarada por DeLong no es más que más que una ópera bufa. Sin darse cuenta, DeLong ha descubierto la doctrina de la Public Choice.

El cambio, también al PP

Como se veía venir, el terremoto social y de ideas que la crisis económica trajo y trae consigo se lleva por delante a una parte de la clase política española. La otra, la que anida en el Partido Popular, parece mantener el tipo e, incluso, llega a ser vista como salvadora, casi más por defectos del zapaterismo que por méritos propios. Y es esta táctica de Mariano Rajoy, que se dice “de la fruta madura”, la que, de no ser rectificada, puede llevárselo por delante a él también. ¿Por qué?

La sociedad española siente una profunda decepción por la gestión que los políticos hacen de lo económico. Si bien las fechorías perpetradas desde el gobierno son de juzgado de guardia, la gestión autonómica y municipal de muchos mandatarios “populares” es contradictoria y envía mensajes brumosos al electorado. Por un lado, se presenta la gestión coherente en la línea liberal más posibilista de Esperanza Aguirre y, por otro lado, la escasamente edificante actuación de Camps y Ruiz Gallardón. Pero la falta de claridad no es privativa de estos últimos ejemplos. En la cabeza, parece, es donde se encuentra el mal del PP.

La táctica de Rajoy que calificamos arriba, la de la fruta madura, dice mucho de lo poco que puede llegar a hacer este señor cuando llegue a La Moncloa. Declaró en un medio de comunicación de izquierdas que aplicará, cuando pueda hacerlo, un plan de austeridad y de reducción del Estado al estilo británico. Pero esta declaración no es creíble en absoluto. Para que lo fuera, ni los ejemplos de Camps ni de Gallardón se hubieran permitido. ¿Por qué el gobierno de la nación ha de ser austero, pero no el ayuntamiento de la capital de España, por ejemplo?

Si se quiere un cambio nacional de rumbo, que se debe querer, es preciso prepararlo desde mucho antes en la opinión pública. Sin dobleces, sin tacticismos. Lo que precisamos es modificar radicalmente el modelo de lo público para aniquilar los obstáculos que este sobredimensionamiento del Estado opone al desarrollo responsable y razonable de los ciudadanos. Transformar la caza de subvenciones y ayudas, propia del presente, en competitividad personal y económica exige bastante más que esperar a que caiga el gobierno por sí mismo. Y, dado que en España no gozamos de una tradición de movimientos populares en esa línea al modo del Tea Party norteamericano, al menos podríamos contar con líderes políticos, algunos de los cuales sí están en el PP, que lanzaran el debate a la calle. Porque si aquí no hay Tea Party, sí hay “Juan de Mariana”, “Libertad Digital” y otros medios que podrían ser de mucha ayuda para un cambio en las ideas dominantes en cuanto determinados políticos avanzaran los términos clave del mismo. Y no hay voluntad en el PP de hacer algo así.

En términos objetivos, pues, el vuelo de Rajoy es corto; es el vuelo de la gaviotilla, muy alejado del famoso “vuelo del halcón”, como se denominó al del primer Aznar, al de la oposición a González. Y este aleteo del PP solamente puede preludiar que lo que haga en el gobierno sea tímido e ineficaz, muy lejos de las necesidades de España, que, ya de partida, son mucho más acuciantes y profundas que las de la Gran Bretaña de Cameron.

Una victoria de Rajoy en 2012, con la actual tónica sin tono que lleva, le impedirá consolidar su presencia en las instituciones porque no estará a la altura de las circunstancias. De hecho, hoy mismo ya no está al nivel mínimamente exigible. Las encuestas le ciegan y pasea su sorna como si fuera sinónimo de triunfo, pero en absoluto es así.

El nuevo absolutismo democrático bolivariano

Si ya alguna vez se ha puesto de manifiesto que el sistema económico en el que vivimos no es capitalista sino que reúne las principales características del mercantilismo de los siglos XVI y XVII, en los últimos días hemos asistido a la confirmación de esta idea.

A pesar de que en algunos medios se habla de él como tirano, a pesar de que en otros medios más tibios se anuncian sus medidas económicas como si fueran extravagancias de un tonto, lo cierto es que Hugo Chávez se presenta como el representante del nuevo absolutismo. O tal vez, para subrayar la paradoja, habría que decir “absolutismo democrático”.

El absolutismo se caracterizó por la supresión de las libertades individuales y el sometimiento de la sociedad al príncipe, rey, duque, o cabeza política, fuéramos habitantes de una monarquía despótica o de una pequeña república. Los teóricos de la filosofía política dedicaban sus plumas y sus energías a justificar las razones por las que los súbditos (no ciudadanos) debían someterse, o bien enunciaban las virtudes que debían adornar al gobernante, o, en un alarde de sinceridad, como en el caso de Maquiavelo, describían qué debía guiar al príncipe, desde un punto de vista positivo más que normativo, para ser el más poderoso.

Entre este conjunto de justificaciones la libertad individual, la vida y la propiedad privada poco importaban. De alguna manera, un súbdito era libre si su soberano era poderoso; una nación era rica si su soberano lo era; el hombre, en última instancia, quedaba absorbido en el todo del interés común personificado por otro hombre, el príncipe, quien para algunos teóricos era el legítimo poseedor de todas las cosas y personas de su reino.

Estas ideas, que hoy en día resultan hirientes así expresadas, no se han ido, sino que inspiran las medidas de gobernantes tiranos en algunos países. Hasta ahora, nada nuevo bajo el sol. La sorpresa es la actitud de nuestros gobernantes democráticos, defensores de las libertades, los derechos humanos, las mujeres, los débiles, las ballenas, la pachamama, y, sobre todo, defensores de sus poltronas. Nuestros representantes electos sienten un democrático pudor a la hora de llamar a las cosas por su nombre cuando se trata de otro representante electo de un país democrático, no importa el tipo de chanchullos que haya hecho para ganar, no importa si tiene las manos manchadas de sangre, no importa qué tipo de barbaridades esté haciendo.

Y la última ocurrencia perversa del dictador bolivariano Hugo Chávez es el ejemplo vivo de lo que llamo “absolutismo democrático bolivariano”. Se trata del programa de expropiaciones. A conciencia, previo anuncio, Chávez comenzó en el año 2007 un programa de actuaciones destinadas a nacionalizar aquellas empresas dedicadas a los sectores más estratégicos: petróleo, electricidad, telefonía, banca y alimentación. Y desde entonces hasta ahora, dicho y hecho: cadenas de hipermercados, empresas constructoras, envasadoras, y todo lo que le parece es robado (que es la palabra que describe lo que hace) en directo, en televisión, a la voz de “¡Exprópiese!”. La razón subyacente es de Estado, en el más puro sentido absolutista: lo que es tuyo es del Estado. Y tú eres libre si el tirano absolutista es poderoso, y la nación es fuerte si su “príncipe” lo es.

Esta idea queda mucho más clara si analizamos la amenaza del tirano a la empresa Polar, cuya expropiación está anunciada, pero que ha osado protestar con una huelga. La frase de Chávez ha sido: “Ninguna huelga de Polar va a tumbar a Chávez. Una huelga de Polar a quien puede tumbar es a Mendoza [presidente de Polar]”, dijo el mandatario antes de añadir, dirigiéndose al presidente de la empresa: “No te pongas a retarme a mí, que es retar al pueblo”. Y ahí está: la identificación absoluta del tirano y el pueblo, de forma que aunque sus súbditos estén arruinados son libres y felices porque viven en una nación cuyo regidor es fuerte, poderoso y millonario. Y tanto más poderoso ahora que se ha asegurado un mandato ilimitado y está encaminando la economía venezolana a un conjunto de monopolios estatales a un ritmo vertiginoso.

¿Y qué hacemos los países democráticos de la Vieja Europa? ¿Qué hacen los Estados Unidos con una democracia que se remonta a sus orígenes como nación independiente? Pues nada. Comerciamos, sonreímos, callamos, y en algunos casos, en un alarde de suma hipocresía, nos escudamos en la farsa electoral bolivariana para seguir practicando la inacción.

Para mí que escupimos al cielo…

El cine como modelo empresarial

Durante las dos primeras décadas del siglo XX, el cine se convirtió en un auténtico fenómeno de masas en Europa y en Estados Unidos. Sin embargo, fue en este último país donde se dieron las condiciones precisas para que se creara la industria que hoy lidera el sector a nivel mundial. En una época donde las películas eran mudas y los Estados Unidos estaban recibiendo miles de inmigrantes que tardaban en dominar el inglés, un espectáculo novedoso, que apenas costaba unos centavos, era un regalo demasiado bueno para una vida con pocas alegrías (para un relato más extenso, leer Estados Unidos. La Historia, de Paul Johnson). Los empresarios supieron detectar esta oportunidad y pronto llenaron las grandes urbes de cines que competirían con otras formas de entretenimiento como el baile, la música popular, y otros, como el teatro o la ópera, demasiado caros para la gente humilde. La distribución y la exhibición eran dos negocios que daban mucho beneficio, pero pronto unieron a ellos el de la producción y el rodaje de sus propias obras.

Cuando los empresarios del sector, buena parte de ellos judíos de origen asquenazí que habían poblado Nueva York de cines y salas de espectáculos, decidieron trasladar parte de su negocio a California, no lo hicieron pensando en crear una industria floreciente que liderara el sector a escala mundial, sino en un simple ahorro de costes.

California, en concreto la zona de Los Ángeles, tenía ciertos inconvenientes. El número de terremotos era mayor de lo habitual. El viento en ciertas épocas del año era bastante molesto. Sus habitantes no aceptaron demasiado bien a los nuevos vecinos y consiguieron mediante la acción popular de recopilación de firmas que las autoridades locales prohibieran rodar en el casco urbano. Esta medida fue derogada en 1915. Cabe pensar que la preservación de la moral y las buenas costumbres, razón fundamental que esgrimieron los que se opusieron a la presencia en la zona de los estudios, se rindió ante los excesos y también ante el dinero y las oportunidades que suponía la presencia de directores, actores, actrices, guionistas, productores y otra gente de mal vivir.

Sin embargo, las ventajas que vieron los empresarios eran demasiado atractivas. El clima era bastante más benigno que en la Costa Este y en el centro del país, lo que reducía los costes del rodaje hasta en la mitad. Por otra parte, el desarrollo económico de California había conseguido que el coste de la electricidad fuera casi la mitad que el de la media nacional. Así, en 1924, el coste medio estadounidense del kilovatio-hora era de 2,17 dólares frente al 1,42 californiano.

Carl Laemmle, Marcus Loew, William Fox, Louis B. Mayer, los hermanos Warner y otros tantos judíos eran en su gran mayoría inmigrantes o hijos de inmigrantes que antes de dedicarse al cine y a la producción tuvieron innumerables y variopintos trabajos, alguna que otra quiebra, pero sobre todo un espíritu empresarial inquebrantable. Ellos fueron los padres de lo que Hollywood significó y significa: grandes artistas, fortunas inmensas, escándalos mayúsculos, pero, sobre todo, una máquina de sueños y dinero.

Los modelos cambian y sólo los que se adaptan sobreviven. Cuando al final de los años 20 se inventa y empieza a comercializar el sonido, la industria se tambaleó. Las películas “Cantando bajo la Lluvia” (Singin’ in the Rain, 1952) y “El Crepúsculo de los Dioses” (Sunset Boulevard, 1950) muestran los problemas y las consecuencias que tuvieron para los actores adaptarse a la nueva situación. Los que no supieron cambiar la forma de actuar, mucho más visual y tendente a la sobreactuación en el cine mudo que en el sonoro, o aquellos cuyas voces no eran del agrado del público no lo tuvieron fácil.

En 1928 sólo había 1.300 salas de un total de 20.000 con equipos capaces de emitir sonido. Dos años más tarde, eran 30.000 las que podían hacerlo. Los guionistas empezaron a incorporar el diálogo al cine como elemento esencial para transmitir la información, la emoción. El color tardó un poco más en ser comercial. En 1909 ya se había usado en el teatro Palace-Varietè de Londres mediante el sistema Cinema Color que había desarrollado George A. Smith, pero que sólo empleaba dos colores primarios, el verde y el rojo. En 1935 se estrenó “La Feria de la Vanidad” (Becky Sharp), el primer film comercial en Technicolor tricromato (verde, azul, rojo). En 1939, “Lo que el Viento se Llevó” (Gone with the Wind) marcó el punto de inflexión en el que el color empezaría poco a poco a imponerse al blanco y negro.

Todas y cada una de estas novedades supusieron ventajas, pero también tuvieron víctimas: los actores y directores que no se adaptaron al sonido, los guionistas que no sabían o no querían incorporar brillantes diálogos a sus guiones, los exhibidores que no estuvieron rápidos para adaptar sus cines a las nuevas tecnologías, como el sonido primero, y el color después, o los productores que no captaron los nuevos gustos del público.

Los productores que controlaban en muchos casos la distribución y la exhibición de sus obras también empezaron a ceder alguno de estos negocios a otros empresarios interesados en sólo una parte del mismo. No es casualidad que en los años dorados de Hollywood, las estrellas, aunque ganando bastante dinero, estuvieran ligadas fuertemente a las productoras, perdiendo buena parte de su independencia. Cuando con el tiempo el modelo cambió, éstas se impusieron sabiendo que eran las que atraían al público, exigiendo más dinero y protagonismo. Tal circunstancia transformó el cine, generando películas de diferente calidad y periodicidad.

La industria, el arte, los directores, guionistas, actores y actrices son tan necesarios como los empresarios que dirigen las productoras; las pequeñas, las grandes y multinacionales y las alternativas. Fue la visión empresarial la que creó la industria cinematográfica americana y es la ausencia de ella la que terminará matando el cine español y el europeo si se empeñan en vivir de la política y la subvención.

El cine es una industria sujeta a un mercado y como tal debe verse. Las nuevas tecnologías, los gustos variables del público, las novedades, las brillantes ideas permiten una constante renovación y adaptación que ahora parece que empieza a recorrer el camino del 3D, de las tres dimensiones. La manera de transmitir la información, la mayor capacidad de los usuarios de las nuevas tecnologías para copiar los formatos donde se graban las películas, y en general cualquier tipo de dato, hacen que estemos en un momento de crisis; crisis que no impide que los sueldos de algunas estrellas alcancen los 80 millones de dólares. Pero toda crisis no deja de ser un choque entre el viejo modelo que hasta ahora ha sido rentable y el nuevo que aún está por definir, pero que ha empezado a desplazar al anterior.

Hasta ahora, el productor ha controlado la exhibición de sus películas, pero actualmente el usuario final es capaz de acceder a este producto mucho antes, incluso sin su consentimiento. De la misma manera que el cine se enfrentó a la popularización de la televisión, lo tendrá que hacer ahora que se ha popularizado Internet y la tecnología digital. El cine, el arte no están propiamente en crisis. Hoy se están rodando y exhibiendo en el mundo muchas más películas que en ningún momento anterior. Lo que está variando es la manera de verlo y esto afectará a la calidad, a la cantidad y a la forma de vivir de los que hasta ahora se han beneficiado del mercado, de este enorme y maravilloso espectáculo.