Francisco Capella – Libertad y Contratos
Francisco Capella – Libertad y Contratos – 18/06/2010.
Francisco Capella – Libertad y Contratos – 18/06/2010.
La intervención del Estado chileno en el rescate de los 33 mineros atrapados a más de 600 metros bajo tierra se ha saldado con éxito. La imagen pública del presidente Sebastián Piñera, implicado desde el principio en los esfuerzos de salvación, se ha beneficiado de la gestión mediática llevada a cabo por el Gobierno. No tiene nada de extraño que los políticos intenten rentabilizar cualquier tipo de incidente. Incluso Evo Morales ha venido de Bolivia a hacerse la foto.
Lo que no ha sido objeto de portadas y grandilocuentes titulares es el papel que ha jugado el mercado en el rescate. Como de costumbre, su “mano invisible” pasa desapercibida. Pero es necesario destacar su vital aportación, aunque sólo sea para contrarrestar el afán de protagonismo de los políticos. Además, el Estado siempre aprovecha las catástrofes (BP, Katrina, 11-S) para adjudicarse un rol más activo en aras de nuestra seguridad, acusando de negligencia al mercado. Es preciso neutralizar tanto populismo, sopesar con rigor los costes y los riesgos de las distintas medidas, e ilustrar la participación directa e indirecta del mercado en hazañas que se atribuyen enteramente al Estado.
En el caso del rescate de los mineros chilenos, el 75% de la factura (cerca de 15 millones de dólares) ha sido asumido por Codelco, la empresa estatal dedicada a la extracción de cobre. No está claro que este coste vaya a ser posteriormente traspasado a la empresa privada propietaria de la mina derrumbada, Minera San Esteban, que tiene deudas por valor de 19 millones de dólares. En cualquier caso, a día de hoy, el 25% del coste del rescate ha sido sufragado por empresas privadas como las mineras Collahuasi, Escondida y Anglo American.
Por ejemplo, Escondida fue la que contrató la perforadora T130 que llegó hasta los 630 metros de profundidad, a un coste de 18.000 dólares diarios. Doña Inés de Collahuasi se hizo cargo de la financiación en una segunda etapa. Escondida también arrendó cinco máquinas a Geotec que se utilizaron para los primeros sondajes.
Antofagasta Minerals, la rama minera del grupo Luksic, y Minera Caserones, de Lumina Copper, entregaron 50.000 raciones de alimentos elaborados por Sodexo a los rescatistas durante los dos meses de la campaña. El empresario y filántropo Leonardo Farkas donó 10.000 dólares a la familia de cada una de las víctimas. Las mineras Lomas Bayas, de Xstrata y Freeporta, por su parte, contribuyeron prestando maquinaria e ingenieros.
Esto sólo en el capítulo de la financiación, donde el Estado chileno ha tenido un papel más activo que el sector privado (probablemente atribuible a un efecto desplazamiento o crowding-out). Es en el ámbito de innovación tecnológica donde el mercado se ha demostrado imprescindible.
Como explica Danniel Henninger en el Wall Street Journal, si este accidente hubiera tenido lugar 25 años atrás, los mineros no hubieran podido ser rescatados, por mucho que el Estado hubiera sufragado toda la operación. ¿Qué es lo que ha marcado la diferencia?
El taladro de la empresa Center Rock y el cabezal de la empresa Schramm. Sin esta innovación tecnológica, motivada por el afán de lucro, no se hubiera podido perforar un agujero hasta esa profundidad, como se ha hecho.
Los mineros chilenos vieron películas a través de un proyector integrado en un teléfono móvil de Samsung, evitaron los hongos y otras infecciones gracias a unas medias de Cupron elaboradas con fibra de cobre que protegen de las bacterias, y se comunicaron en videoconferencia con el exterior gracias a la fibra óptica de Micomo. Movistar también entregó dos teléfonos satelitales con llamadas gratuitas a las autoridades de gobierno de la zona.
El mercado también ha salvado a los mineros chilenos.
¡Cómo no rebelarse ante eso! Luego son sólo unos pocos los que se dan cuenta de que lo que está mal no es la realidad, sino ellos. Pero volvamos a las perplejidades. El Tea Party. Le encaja como un guante la mitología izquierdista, un movimiento popular espontáneo que se rebela contra las estructuras de poder establecidas. Sólo que el guante está hecho para la mano izquierda, y el té se sirve en Estados Unidos con la derecha.
Ejemplo máximo de periodismo socialdemócrata. Página 4 de El País de este domingo. Nos encontramos ante una alianza entre el empuje y las ideas del Tea Party (el periodista comparte su ignorancia al respecto con sus lectores) y el dinero de Karl Rove y los neocón con el objetivo de recuperar el poder (lo que no parece sorprendente en una democracia) para, "esta vez, ejercerlo sin concesiones". Sólo que la ideología en torno al Tea Party propone restringir el poder, es decir, que nadie lo ejerza sin concesiones.
Tampoco es que sea necesario ser muy listo para saber de qué va el fenómeno. Pero el izquierdismo residual, la socialdemocracia canónica impone cortocircuitos insuperables al racioninio. No los supera ni la inteligencia más preclara. Los cortocircuitos son lo llamativo. Son los mismos desde hace décadas pero se siguen utilizando. La derecha "dura". Y ahí cabe todo. Libertarios, conservadores, fascistas… Jesús Ruiz Mantilla, por no salir del mismo diario. Para él, Esperanza Aguirre es esa derecha dura a la que le va (tiene que irle) la bronca. Los silbidos a Zapatero, vaya. Y la que apadrina al Tea Party, encastizado en Café Party. Mantilla, historiador, parte de los neocón de Bush para seguir: "los adalides de ese fenómeno ultra y facha se replegaron en el Tea Party". Y quieren "quemar a los homosexuales" y "empelar comunistas". Forges, el mayor genio español en el humor gráfico y también el más miserable, dice "allí Tea Party/Aquí te parto…". El pensamiento en mantillas de decir que la derecha "dura" es la bronca, la violencia. La derecha dura sería, en España, el sindicalismo.
Irene Lozano. "Excrecencia ultra de la derecha americana", tan sutil. Como no puede ser un movimiento popular, es la rebelión de las élites. Le pasa como a Caño, a Forges y a Mantilla. No sabe que este domingo fue el día mundial de la pobreza, pero no de la pobreza intelectual.
El pasado 24 de septiembre se cumplieron dos siglos de la constitución de las Cortes de Cádiz. Una nación ocupada convoca a unos hombres que intentan reconstruir el entramado institucional en un reducto del territorio sin más salida que el mar. Se juntaron el patriotismo y el heroísmo fuera de los campos de batalla, en una labor intelectual y en un contexto de primacía del liberalismo. Los liberales miramos con orgullo aquella obra, que cristalizó a los dos años de empezada en una Constitución que inspiró otras en distintos lugares del mundo.
Hay mucho que celebrar de aquello. Hizo tabla rasa de algunas instituciones carentes de justicia y función y de privilegios que habían perdido su sentido. Reconoció la libertad de imprenta y las libertades económicas. Pero también hay motivos para censurar aquellas Cortes y aquella Constitución desde un punto de vista liberal. Curiosamente, esta posición me acercará a las posturas realistas de aquellos años, pero pronto se verá cuál es el motivo.
La inspiración de la Constitución de 1812 es netamente francesa. Mejía Lequerica, cuando expuso un proyecto de decreto para la elaboración de una Constitución, puso como ejemplo el juramento del Juego de Pelota de 1789 por el que los miembros de la Asamblea Nacional francesa no saldrían de allí sin haber redactado un texto fundamental. Los vocales de la comisión constitucional se limitaron a corregir, completar o modificar un texto elaborado por Antonio Ranz Romanillos. Fue éste secretario de la Junta de Bayona y participó en la redacción de la Carta Otorgada de 1808, que tradujo cuidadosamente al español. Se puede apreciar claramente la inspiración francesa en la inclusión de una relación de derechos fundamentales, si bien éstos quedan relegados al articulado; en la separación de poderes; en el racionalismo administrativo, y en la idea de la soberanía nacional.
Esta última idea, que fue introducida en 1810, procede de un concepto de nación puramente francés, enlaza perfectamente con Rousseau y su “voluntad general”, y supone entronar un poder absoluto, sin limitación teórica o práctica, en una institución. Ese poder, no nos extrañará, recaía en gran medida en las Cortes. Además, era un sistema unicameral, sin el elemento moderador que puede aportar una segunda cámara.
Las Cortes llevaron la idea de soberanía nacional depositada en ellas hasta su última conclusión, que es el poder absoluto y el abandono de la separación de poderes. Se ha hablado, con propiedad, de “absolutismo parlamentario”. Sobre la concentración de poderes en las Cortes, dan fe sus muchos actos ejecutivos y resoluciones judiciales.
Entre los muchos actos propios de una administración, las Cortes resolvieron asuntos tan particulares como atender “una solicitud de Josefa Granados para que al sargento Juan Antonio Gallego se le conceda dispensa en depósito para contraer matrimonio”. O resolvió una exposición de “D. Francisco Quesada para que se le permita vender a censo algunas tierras procedentes de una memoria de misas”. Entre sus fallos judiciales se encuentra el caso de un impresor de Cuenca, que denunció ante las Cortes al alcalde de la ciudad, Feliciano Grande, “que infringiendo la Constitución allanó su casa con objeto de quitarle una resma de almanaques que había impreso”.
Pero no podremos apreciar todo su carácter sin mencionar, siquiera de pasada, los casos del obispo de Orense y Miguel Lardizábal, ambos elegidos para formar parte de la Regencia. Se les envió un juramento que comenzaba así: “¿Reconocéis la Soberanía de la Nación representada por los diputados de estas Cortes generales y extraordinarias?”, a la que seguían otras preguntas. El obispo, Pedro Quevedo y Quintano, renunció antes de firmar y solicitó que se le permitiese regresar a Orense, lo que le fue concedido. Pero creyó necesario compartir su opinión sobre el decreto de 24 de septiembre y el concepto de soberanía nacional. Quevedo y Quintano observó que si la soberanía estaba en la nación, no estaba en el Rey y éste se convertía en un súbdito. Fue más allá al señalar que se le obligaba a firmar la sumisión a “los decretos, leyes y Constitución” que aprobasen en el futuro las Cortes, cuyo contenido era imprevisible. Y añadió que jamás un gobierno absoluto había llegado tan lejos.
Las Cortes se reunieron en sesión secreta (lo que era muy común) para decidir qué hacer ante la expresión de sus opiniones. Sabemos por Antonio Campmany que unos querían enviarle a las Malvinas; otros, confinarle en Ceuta; aun otros, que se le decapitase. Dueñas propuso que se le confiscasen todos sus bienes y los de Lardizábal y con ello se sufragase un monumento a Padilla y al obispo de Zamora, “degollados ambos sin oírlos en tiempos de los comuneros por haber sostenido los derechos de la nación”. Finalmente, las Cortes resolvieron que el obispo de Oviedo y, como él, todo español “que se halle en el caso de no querer jurar la Constitución en los términos prevenidos, sea tenido por indigno del nombre de español, despojado de todos sus empleos, sueldos y honores y expelido del territorio español en el término de veinticuatro horas”.
Al obispo de Oviedo, sin embargo, le “intimaron” a firmar los juramentos. Pero éste resolvió “no conformarme ni hacer el juramento a menos que se me permita explicar el sentido en que puedo hacerlo sin perjuicio de mi conciencia y de mis más estrechas obligaciones”. Pero finalmente el pulso lo ganaron las Cortes frente al enfermo Pedro Quevedo y Quintano, que juró el 3 de febrero de 1811. José María Blanco White se preguntó, reflexionando sobre los casos del obispo de Oviedo y de Miguel Lardizábal “¿Cómo es que las cárceles de Cádiz no han estado libres de dos o tres escritores a la vez desde el principio de la libertad de imprenta?”.
Porque, como en el caso francés, las libertades eran prístinos ideales abstractos, pero en lo contingente no se podía tolerar oposición alguna a las autoridades que las defendían. En marzo de 1814, una moción firmada por trece diputados pedía la redacción de un Código Penal, lo que se comenzó a hacer en sesiones extraordinarias. El proyecto de ley decretaba la pena de muerte, por traición, a quien “alterase y conspirase directamente y de hecho a destruir o alterar el Gobierno monárquico hereditario que la Constitución establece, o a que se confundan en una persona o cuerpo las potestades legislativa, ejecutiva y judicial, o a que se radiquen en otras corporaciones o individuos”. Pena de muerte a quien “intentase directamente o de hecho establecer en España otra religión”, para quien impida o entorpezca la celebración de Cortes o la celebración de juntas electorales. Martínez de la Rosa, dos días después de que Fernando VII disolviese las Cortes, propuso: “El diputado a Cortes que, contra lo prevenido en el artículo 375 de la Constitución, proponga que se haga en ella o en alguno de sus artículos alguna alteración, adición o reforma hasta pasados ocho años después de haberse puesto en práctica la Constitución en todas sus partes, será declarado traidor y condenado a muerte”.
Yo no niego el patriotismo de los convocados a Cortes en estos años. Pero el camino que tomaron seguramente no fue ni el mejor ni el único posible. No es que llegasen con las manos vacías, es que se las sacudieron. España, como Inglaterra, tenía una Constitución histórica. Gaspar Melchor de Jovellanos, ante los crecientes rumores de que se estaba pensando en escribir una nueva Constitución, señaló que España ya la tenía, pues “¿qué otra cosa es una Constitución que el conjunto de Leyes Fundamentales que fijan los derechos del soberano y de los súbditos, y los medios saludables para preservar unos y otros?”. El Manifiesto firmado en 1814 por varios diputados decía: “Constitución había, sabia, meditada, y robustecida con la práctica y el consentimiento general”. Los firmantes reconocían el “despotismo ministerial digno de enmienda” de la época de Carlos IV y estaban abiertos, como Jovellanos, a las reformas.
La cuestión es que, como dijo Manuel José Quintana, “una posición política, nueva enteramente, inspiró formas y principios políticos enteramente nuevos”, que llevaron a un absolutismo parlamentario. Sería interesante pensar si una reforma de la Constitución tradicional española, más que la ruptura de las Cortes de Cádiz, hubiera dado más estabilidad, continuidad y libertad a nuestro país.
El sistema será muy simple. Durante dos ejercicios consecutivos cada persona que esté dentro de la franja de edad antes citada puede comprar una tarjeta de prepago de validez anual por valor de 50 euros pagando sólo la mitad de esta cantidad. El resto de su coste lo pone el Estado.
Tanto los eurócratas como el Gobierno de Sarkozy sostienen que se trata de una medida que ayudará a combatir las descargas "ilegales" y permitirá que los jóvenes puedan acceder a música más barata de lo que les cuesta normalmente. Dicho así puede sonar aceptable para muchos; pero no lo es tanto. Para empezar, los millones de euros que esto puede suponer para las arcas del Estado francés tienen que salir de algún sitio. Y dicho lugar no es otro que las cuentas corrientes de los ciudadanos a través de los impuestos. Pero hay algo todavía peor.
Por mucho que las autoridades francesas y europeas quieran hacer creer que esta medida está destinada a favorecer a los jóvenes, ellos no son los principales beneficiados por este nuevo saqueo a las cuentas públicas. Quienes mayores provecho van a sacar de estas subvenciones son quienes viven del negocio de vender música, desde los intérpretes hasta las grandes discográficas, pasando por las tiendas de música online que participan en este "invento".
Si quisiéramos creer en la bondad de los gobernantes, pensaríamos que es sólo una casualidad que entre los muchos beneficiarios de las subvenciones estén la esposa de Sarkozy y cantante Carla Bruni (aunque, reconozcámoslo, podemos decir a favor de ella que los ingresos de sus discos los dedica a causas benéficas), así como la discográfica con la que trabaja. Si deseáramos confiar en que quienes ejercen el poder nunca tienen en cuenta sus propios intereses, los de su familia y los de los sectores económicos con los que se relacionan, sostendríamos que la defensa a ultranza de los intereses de la industria musical que ejerce el Ejecutivo francés se debe al convencimiento de que es lo que se debe hacer. Por desgracia, nuestra opinión no es esa.
Pero incluso aunque creyéramos en esa bondad, los ciudadanos no tienen por qué mantener con sus impuestos a un sector musical que no sabe adaptarse a internet.
Como viene ocurriendo desde hace años, uno de los hechos más destacables del desfile de las Fuerzas Armadas españolas por la Fiesta Nacional o Día de la Hispanidad ha sido la lluvia de abucheos e insultos al presidente del Gobierno. Uno de los momentos elegidos por los vociferantes no pudo ser menos adecuado: el homenaje a los caídos. Unos instantes que deberían estar dominados por el respeto y recogimiento, máxime si se tiene en cuenta la presencia de familiares de los militares fallecidos en acto de servicio durante el último año, quedaron empañados por la legítima pero inoportuna protesta de una gran cantidad de ciudadanos que no quisieron o pudieron elegir una ocasión mejor para mostrar su rechazo a Rodríguez Zapatero.
El Gobierno ya ha anunciado su intención de cambiar el protocolo del desfile del 12 de octubre para evitar que a partir del año que viene puedan repetirse este tipo de episodios. No han explicado, eso sí, cómo pretenden hacerlo. Sin embargo, sólo existe una forma, alejando todavía más al gobernante de los gobernados. El único modo de impedir que el público asistente a la parada militar abuchee, increpe, silbe o exija la dimisión de Zapatero (o cualquier otro jefe del Ejecutivo) es aislándolo físicamente de la población, evitando que los ciudadanos puedan verlo.
Y, sin embargo, esa permanente distancia física entre el presidente del Gobierno y los ciudadanos que caracteriza a la democracia española (y de muchos otros países europeos) puede explicar en parte la irrespetuosa elección del momento de la protesta contra Zapatero. El desfile del 12 de octubre es prácticamente el único día del año en el que el jefe del Ejecutivo (el actual y cualquier otro) acude a un acto en el que está próximo a miles de ciudadanos. Por lo tanto, no debe extrañar que sea en dicha ocasión cuando se producen las públicas muestras de rechazo. El único modo de evitar los silbidos y abucheos en los momentos menos oportunos es mediante una mayor exposición pública de los gobernantes.
Sin embargo, este distanciamiento físico parece inherente al sistema democrático español y de otros países. Pero no en todos. Toda estructura gubernamental tiene una simbología, parte de la cual no resulta demasiado evidente, pero expresa mucho sobre la concepción del poder.
En gran parte de Europa continental existe, y así se refleja, una idea última de que el gobierno está por encima de los ciudadanos y no debe ser expuesto a ellos. Las sedes del Ejecutivo y/o la jefatura del Estado se encuentran, bien a las afueras de la capital, como La Moncloa en Madrid, bien en el centro de la ciudad, pero aisladas por altos muros y frondosos jardines, como El Elíseo en París. Contrasta este aislamiento con la céntrica localización y ausencia de altos muros de la Casa Blanca en Washington, el 10 de Downing Street en Londres o, por citar un caso menos conocido, el Palacio Presidencial de Bratislava.
En estos últimos casos parece dominar, al menos en teoría, la idea contraria a la característica de gran parte de la Europa continental. El mensaje implícito en este tipo de sedes es que el poder debe estar expuesto ante los ciudadanos, no protegido de la incómoda mirada de la población. En el caso concreto de Reino Unido y EEUU, puede ser producto de una tradición política distinta que no tiene como antecedente un despotismo ilustrado en el que se consideraba que el Gobernante debía estar a resguardo del escrutinio público.
Es sano que el gobernante no se mantenga en una torre de marfil sin más contacto con los ciudadanos que las encuestas. Aunque pueda deparar situaciones incómodas, como abucheos o manifestaciones frente a la sede del gobierno, quienes ejercen el poder deberían mostrarse con mayor frecuencia ante la población y estar atentos a cómo se expresan las personas ante ellos. Significaría demostrar una menor prepotencia y, además, tal vez tendría el beneficio añadido de que los insultos y silbidos no empañaran momentos solemnes.
Los primeros han visto en estos dos años cómo sus planes de estímulo fracasaban estrepitosamente: nos prometieron que todo era cuestión de impulsar la demanda agregada vía déficit y al final seguimos tan o más estancados, pero con una montaña de deuda a nuestras espaldas. Los segundos, que llevan tres años ovacionando a Bernanke por su audaz política monetaria y por haber salvado a la economía de la Gran Depresión, continúan repitiendo la misma cantinela de siempre de que es necesario generar inflación; bien está, aunque estaría mejor si nos explicaran cómo es posible que Bernanke salvara la economía en 2008 y 2009 y ahora sea necesario volver a salvarla con todo tipo de facilidades crediticias. ¿Será acaso que lo único que logró Bernanke fue retrasar el momento de la inexorable penitencia?
Ciertamente, la inflación aparece como un remedio sencillo y rápido para salir de la crisis. Al fin y al cabo, si nuestras economías padecen un exceso de deuda, nada mejor que la inflación para diluir su valor real. Si hacemos que un sueldo de 1.000 euros hoy tenga el mismo poder adquisitivo que un sueldo de 100.000 euros dentro de unos meses, entonces el problema de la deuda hipotecaria y de los promotores en España queda ipso facto solventado… al menos para los deudores, claro. Los acreedores, aquellos que adelantaron su capital esperando obtenerlo de vuelta, lo tendrán algo más complicado en esta coyuntura inflacionista.
Cuenta Hayek en La desnacionalización del dinero que durante años el apellido de Schumpeter estuvo maldito en Austria porque este célebre economista, siendo ministro de Finanzas, autorizó que las deudas contraídas en coronas antes de la hiperinflación que sufrió el país tras la Gran Guerra pudieran saldarse en las nuevas coronas cuyo valor era 15.000 veces inferior a las originales; esto es una política monetaria sensata y lo demás son tonterías. Pero si lo que queremos es expoliar a los acreedores y reducir el saldo real de las deudas, ¿por qué no premiamos a los deudores que impaguen sus deudas? ¿Por qué no celebramos que los hipotecados subprime dejaran de cumplir en 2007 con sus compromisos a millones? ¿Por qué escandalizarse de que los bancos –que son siempre acreedores netos– quebraran como consecuencia de ese impago parcial de deudas?
Es más, los inflacionistas deberían explicarnos cómo es posible que en 2008 entráramos en esta complicada depresión si por aquel entonces San Bernanke había conseguido que disfrutáramos de la inflación más elevada de los últimos 20 años. No se explica que lo que se propone ahora como definitiva panacea fuera el contexto del que ya disfrutábamos antes de quebrar Lehman Brothers y meternos a todos en el hoyo.
Lo cierto es que la inflación –la dilución parcial del valor de las deudas– no soluciona los problemas reales que padecemos: un cúmulo de malas inversiones ocasionadas por la brutal y distorsionadora expansión del crédito que se vivió entre 2001 y 2007. Durante esos años ya gozamos de una cuantiosa inflación de activos y nada de ello impidió que entráramos en crisis, pues de hecho no era parte de la solución sino una exteriorización del problema; a saber, la cuestión es cómo evitamos que nuestros muy eficientes productores sigan construyendo a mansalva viviendas que nadie necesita y, en este sentido, condonar las deudas vía inflación sólo sirve para que aquellos que se equivocaron en sus inversiones –y que como consecuencia no pueden cumplir con sus obligaciones financieras– consoliden la posesión de unos recursos que deberían estar empleados en otras partes de la economía.
Y si entre 2001 y 2007 la inflación fue un desastre, también lo sería ahora en caso de que Bernanke pudiese generarla. Pero no, no puede. A menos que decida emular a Zimbabue (darle a la maquinita de imprimir billetes), la forma que tiene nuestro perverso sistema financiero de generar inflación es incrementando la cantidad de crédito en la economía y ahora mismo los agentes privados lo que desean es reducir su endeudamiento, no incrementarlo. Podrá Bernanke poner todas las facilidades por el lado de la oferta para que la gente se endeude, pero si ésta no demanda nuevo crédito –y ni lo hacen ahora ni lo harán hasta que reestructuren sus balances… reduciendo su deuda–, de nada servirá y los precios no aumentarán. El ejemplo de Japón es elocuente, pero también el de la Gran Depresión, donde ni siquiera abandonando el patrón oro los distintos países consiguieron tasas de inflación apreciables.
¿Significa esto que la política monetaria de Bernanke es inocua? No, porque para tratar de provocar inflación está generando el clima y las expectativas de que los tipos de interés se mantendrán en mínimos históricos durante mucho tiempo. Y cuando los agentes tratan de reducir su endeudamiento –como hacen y deben hacer ahora pese al brutal endeudamiento público–, los tipos de interés bajos son criminales: cuanto más bajos sean éstos, más retrasan los agentes su desapalancamiento; y cuanto más lo retrasen, más tiempo diferiremos el reajuste real que necesitamos.
Bernanke debería aprender una lección básica: se puede llevar el caballo al río, pero no se le puede forzar a beber. Como banquero central, puede tirar de las cuerdas, pero es incapaz de empujarlas. Pero en esta contraproducente carrera hacia el absurdo está sacrificando el valor futuro del dólar y, lo que es peor, los incentivos de los agentes para dar de baja sus malas inversiones, liquidar su excesiva deuda y volver a empezar a consumir e invertir desde niveles más sostenibles. Si pensamos que en 2008 sólo quebró el sistema financiero y no nuestros fantásticos sistemas productivos especializados en producir millones de carísimas viviendas y redundantes automóviles al año, es que todavía no hemos entendido nada de lo que ha sucedido.
Mr. Obama y Mr. Bernanke, por favor, dejen de obstaculizar el proceso de reorganización. No nos condenen a otra Gran Depresión. 15 años de lento ajuste son demasiados.
Hace unos días tuve ocasión de echar un vistazo a un álbum que reunía parte de la colección numismática de un compañero de trabajo. Entre los billetes que formaban parte de la misma, pude contemplar cómo existía una sección dedicada al pengo húngaro. Esta divisa circuló en Hungría entre 1927 y 1946, y es famosa por tener el dudoso honor de haber sido testigo de la mayor inflación conocida de la historia, que llegó a ser del 4,19 x 1016%, o, dicho de otra forma, del 41.900.000.000.000.000%.
El pengo fue una moneda que precisamente se creó con la idea de reemplazar a la corona húngara que, por aquel entonces, tenía una alta tasa de inflación. Para ponerle freno a ésta, el pengo, en su creación, estuvo ligado al oro. Aunque el banco central no tenía la obligación de convertir los pengos en oro, el hecho de que se ligase su cotización a una determinada cantidad de oro (3.800 pengos por un kilogramo de oro), y de que se obligase al banco central a adoptar un determinado porcentaje de cobertura de dichos billetes (no podían emitirse billetes nuevos si un porcentaje de ellos no estaba respaldado por divisas extranjeras o por oro), dio sus frutos. Así, el pengo pasó a ser conocido como una de las divisas más estables de la zona. No obstante, con la Gran Depresión dicha estabilidad empezó a cambiar. A partir de dicho momento, la disciplina monetaria fue abandonándose, especialmente en los momentos previos a la Segunda Guerra Mundial. Ya durante la guerra, el banco central pasó directamente a manos del gobierno, y la impresión de dinero se supeditó a las necesidades presupuestarias. Las monedas de plata desaparecieron de la circulación, y se imprimió dinero sin absolutamente ninguna cobertura. Tras la guerra, y con la ocupación soviética, la inflación continuó creciendo. Si en agosto de 1945 un kilogramo de pan venía a costar 6 pengos, en octubre ya valía 27, en diciembre, 550, y en junio del año siguiente, 6 billones.
Conforme fui pasando las páginas del álbum e iba viendo la evolución cronológica de los billetes y cómo éstos iban añadiendo ceros a su importe, no pude evitar imaginarme cómo debía ser la vida en un país donde los precios se llegaron a duplicar cada 15 horas y donde llegó a existir un billete de 100 trillones (1020) de pengos. Para hacerse una idea, debe tenerse en cuenta que en junio de 1946 era prácticamente imposible encontrar un pengo en circulación en la calle a partir de las dos de la tarde. El motivo no era otro sino el que los bancos cerraban a esa hora, por lo que se depositaba la totalidad del dinero en el banco, para que los intereses pagados por éstos durante la tarde y noche mitigasen el envilecimiento que la moneda iba a sufrir en dicho espacio de tiempo. Los comercios cerraban también a dicha hora, precisamente por este motivo, y cuando el gobierno les obligó a abrir, sencillamente no aceptaban pengos. Con motivo de esta hiperinflación, muchas empresas quebraron, ya que sus ingresos, cuando llegaban, no daban para pagar las materias primas y mercaderías, que habían subido de precio. Determinados bienes únicamente se comercializaban en dólares, y los dos grandes temas de conversación de la población eran la ocupación soviética y la cotización del pengo con respecto al dólar. El banco central no disponía de tiempo para cambiar el diseño de los billetes, y muchas veces, sacaba el mismo billete cambiando únicamente el color y la denominación. Cuando el pengo fue cambiando por el florín, el banco central no pudo emitirlos, sencillamente porque carecía de papel al habérselo gastado en la emisión de pengos.
Ejemplos como el del pengo húngaro deben servirnos para estar alerta sobre las terribles consecuencias y el colapso económico que pueden traer consigo políticas monetarias basadas en el envilecimiento de la moneda. Aunque pueda parecer un ejemplo lejano, el dólar zimbabuense ha experimentado una evolución muy similar en los últimos años, habiéndose producido un colapso de la economía de dicho país. De ahí que uno de los fundamentos para que pueda existir simplemente un sistema económico basado en algo más que en el trueque, es la existencia de una moneda fiable, cuyo valor no sufra deterioro considerable.
Así, el Consejo de Ministros ha aprobado para 2011 una subida del IRPF: los ingresos superiores a 120.000 euros tributarán a un tipo del 44% (antes 43%) y los superiores a 175.000 euros a un tipo del 45% (antes 43%). Pan y circo para complacer a las bases socialistas.
Los que confunden la envidia con el afán de justicia repiten la consigna de que quien gana más debe pagar más. La factura del Estado discrimina según la renta, una práctica virtualmente inexistente en el mercado, donde empresas e instituciones privadas cobran el mismo precio por sus servicios con independencia de raza, religión, orientación sexual y poder adquisitivo. En el caso de los servicios públicos, en cambio, se acepta el principio discriminatorio de que los que obtienen más ingresos deben pagar un precio distinto.
Sin embargo, ni siquiera la discriminación se hace respetando un mínimo de proporcionalidad. Conforme uno obtiene más ingresos no paga una parte alícuota mayor (por los mismos servicios que antes, no lo olvidemos), sino que la excede. Si un individuo incrementa su renta de 20.000 euros al año a 40.000 euros al año, un aumento del 100%, no paga un 100% más de impuestos sino un 230% más. De 2.746 euros anuales pasa a pagar a Hacienda 9.033 euros.
Nuestro sistema fiscal no es proporcional sino "progresivo", eufemismo de "desproporcional". Los que reclaman que los ricos contribuyan "acorde con sus mayores ingresos" o "asuman el coste de la crisis como el resto" parecen no haberse enterado de que ya se les confisca una proporción mucho mayorde sus ingresos que a los demás.
¿Qué han hecho las rentas altas para merecer esta confiscación? ¿Cuál es su fundamento ético? Puesto que el fin no justifica los medios, pasemos por alto la presunta finalidad de la redistribución ("ayudar a los menos favorecidos", "garantizar oportunidades básicas a todos") y centrémonos en los medios: quitar a alguien parte de sus ingresos bajo coacción.
Ricos los hay y los habrá bajo cualquier sistema político, porque los individuos tienen distintas capacidades, ambición y escrúpulos. La diferencia entre un sistema de mercado puro y un sistema socialista puro es que en el primero los ricos son los más productivos, los que obtienen mayores ganancias del hecho de ofrecer servicios que los consumidores valoran, y en el segundo los ricos son los que ostentan el poder, los que detentan el privilegio de dictar a los demás lo que deben hacer.
En un sistema mixto como el que vivimos encontramos, lógicamente, ejemplos de ambos: gente que se ha enriquecido produciendo bienes y servicios útiles para los demás, y gente que se ha enriquecido gracias a las prebendas estatales (subvenciones, restricciones a la competencia, contratos públicos, rescates y socialización de pérdidas, corruptelas varias). También los hay que se han enriquecido de las dos maneras. Reduzcamos el presupuesto y las prerrogativas del Estado a su mínima expresión y las élites y grupos de interés no tendrán de quien conseguir privilegios.
En la medida en que las rentas altas obtienen ingresos de mercado, sin que medie la intervención del Estado, los impuestos desproporcionales penalizan el ingenio y la productividad. Castigan la acción de servir a la sociedad de la forma más eficiente posible, pues solo así es posible generar más beneficios e ingresos en el mercado. ¿No tendría más sentido, aunque fuera igualmente injusto, castigar con un impuesto la vagancia y la baja productividad? ¿Por qué no se penaliza con trabajos comunitarios a parados que rechazan empleos?
El prejuicio contra los ricos es una lacra social en una economía de mercado. Solo está justificado en países íntegramente socialistas.
Partiendo de la base de que no me parece que una huelga general convocada por unos sindicatos estatales acabe siendo beneficiosa para las personas ni para la economía de un país en absoluto, sí que creo que la huelga del día 29 ha tenido algún aspecto positivo (aunque no suficiente como explicaré después). A saber: que la gente ha podido comprobar el modus operandi real de los sindicatos. No el teórico, sino el real.
Empezando con su retórica marxista rancia y caduca del siglo XIX. Desde luego, hay que estar muy trasnochado para hablar de “transformar las estructuras de poder”, de “explotación y opresión de los obreros por parte del capital”, de los “conflictos de clase” o de la “solidaridad de la clase obrera”. La gente del siglo XXI los percibe como meros clichés carentes de toda relación con la realidad.
Además, el pasado día 29 se pudo saber exactamente la función de los piquetes: intimidar y coaccionar a personas libres. La mayoría de los trabajadores han sufrido esta forma de hacer de los sindicatos, y se han dado cuenta de sus métodos violentos e injustos. De poco vale que se le aplique el adjetivo de “informativo”. Porque, ¿de qué nos quieren informar? ¿De que se ha convocado una huelga? ¿De los motivos de la misma? Entiendo que ellos están situados en pleno siglo XVIII, pero los demás terrícolas estamos viviendo en plena sociedad de la información y la tecnología. No solamente no necesitamos que nos informen justo el día de la huelga, sino que además han tenido mucho tiempo para ello.
Es fácil comprender que son meras excusas para intentar enmascarar las agresiones sindicales. La violencia de los piquetes y sindicalistas no siempre es física. También es verbal o psicológica, intimidando y amenazando con represalias o venganzas a aquellos trabajadores que expresen su deseo de ir a trabajar el día de la huelga.
Es curioso que a los sindicalistas se les llene la boca hablando de Estado de Derecho, cuando en realidad son un grupo muy minoritario de la sociedad que utiliza métodos violentos para coaccionar a los que no piensan como ellos. Curiosa manera de defender al trabajador.
Sólo por esto, creo que la huelga no ha sido en vano. Pero es insuficiente. La aristocracia sindical no perderá poder sobre la sociedad hasta que se les derrote moral e intelectualmente.
Moralmente, por dos razones. Primero, porque su existencia se debe única y exclusivamente a las subvenciones. Sólo en 2009 el gobierno destinó a los sindicatos la friolera de 193 millones de euros (para comprar su silencio por el 20% de paro, se supone). En una sociedad libre, las organizaciones y empresas se financian voluntariamente, pero los sindicatos saben perfectamente que ellos no se pueden regir por reglas de libre mercado, voluntariedad y la libertad de elección. Ellos deben seguir una estrategia de coacción y obligatoriedad (a través de medios políticos), porque con simplemente un 10-15% de trabajadores afiliados les sería imposible existir. La sociedad le está diciendo a este tipo de organización que no es útil, que no es rentable y que está desperdiciando los valiosos recursos escasos de que dispone (capital y trabajo) en unos proyectos deficientes en lugar de destinarlos a otros más demandados y prioritarios. Y esto va ligado con la segunda razón moral: con un 10-15% de afiliados, representan y toman decisiones por el 85% de los trabajadores españoles. Si esto es libertad y si esto es defender la libre voluntad del trabajador, ¡venga Dios y lo vea!
La derrota intelectual debe venir del rechazo de su ideología en lo que al mercado de trabajo se refiere. Mientras la gente piense que medidas como el salario mínimo, aumentar el coste del despido, la rigidez de salarios, la discriminación positiva y las pensiones públicas son beneficiosas para la sociedad, los sindicatos existirán. Así de simple. Existirán porque la gente creerá que de la acción sindical se derivan medidas positivas para todos, por muy mafiosos que éstos sean. La gente hará la vista gorda en cuanto a los piquetes porque pensará que, a pesar de todo, sale beneficiada.
Por todo ello, creo que las cosas cambiarán drásticamente cuando se elimine la ignorante idea de que los sindicatos benefician al trabajador (o a alguien que no sean ellos mismos). Hay que darse cuenta y mostrar que su función dentro de la sociedad es nefasta y contraproducente para todos… menos para ellos.