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Manuel F. Ayau in memoriam

Como ya saben los lectores del IJM, a comienzos de agosto falleció en Guatemala Manuel Ayau, fundador, primer rector y alma de la Universidad Francisco Marroquín, tan cercana a nuestro Instituto. Y aunque ya escribió tempranamente sobre él una ilustre compañera de columna, María Blanco: (https://ijmpre2.katarsisdigital.com/comentario/4731/muso/forever/ ), me ha parecido conveniente rematar esa información con una crónica de los actos celebrados en su memoria, la mayoría de los cuales se pueden encontrar en los archivos de la UFM.

Por ejemplo, pueden entretenerse con las emotivas fotos de su velación en el Campus de la Universidad, el servicio religioso celebrado en medio de una tromba de agua (ya sé que suena a tópico, pero no puedo evitar este recurso literario del llorar de los cielos…), o su inhumación posterior, calmada ya esa tormenta del istmo centroamericano ( http://picasaweb.google.com/musoufm ).

Son muchos los testimonios de condolencia que han llegado de todas las partes del globo y, seguramente para permitir a sus amigos rendirle un último homenaje (cosa que sospecho que él habría procurado evitar…), el pasado 12 de septiembre se convocó en la UFM una multitudinaria celebración en su recuerdo. La que, al más puro estilo Marroquín, pudimos seguir por internet en tiempo real. Así que les voy a resumir algunas intervenciones que tuvieron lugar ese día, en presencia o a través de mensajes escritos y audiovisuales.

Y que arrancaron justamente con el presidente del IJM, Gabriel Calzada. Buen comienzo. Pero ya he indicado brevemente cómo nuestro Instituto mantiene una estrecha relación con la UFM, de la que también es parte activa su Rector, Giancarlo Ibárgüen (al que por cierto conviene felicitar por el magnífico desarrollo de estos actos). Gabriel señaló una característica de Ayau que luego sería repetidamente evocada: su alegría y buen humor, recordando precisamente la entrega del II Premio Juan de Mariana que había tenido lugar en el Casino de Madrid apenas tres años atrás (https://ijmpre2.katarsisdigital.com/album/2488/ii/cena/libertad/ ).

Sin orden predeterminado, les contaré algunas cosas que pude escuchar. Entre las personas cercanas a la Marroquín tuvimos a su Rector (con esa inmortal cita del Quijote: “la libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones…”; y es que hablar de Ayau es hablar de libertad); el profesor Joe Keckeissen, alumno de Mises que puso en marcha los estudios de economía en la UFM; el empresario y escritor Francisco Pérez de Antón; Lucy Martínez -Mont, eficaz impulsora de las Exploraciones sobre la Libertad; o la grabación cariñosa del P. Roncero recordando el convencimiento de Ayau de que “sin libertad no se puede salir de la pobreza”.

Del entorno latinoamericano escuchamos testimonios procedentes del Perú (Enrique Ghersi), Chile (Leónidas Montes), México (Roberto Salinas de León), Argentina (Alberto Benegas Lynch), Venezuela (Ricardo Zuluaga) o Ecuador (Dora de Ampuero). Sin olvidar una notable presencia de gringos, que supieron reconocer (seguramente mejor que muchos españoles y europeos) la importante aventura intelectual que supone esta universidad guatemalteca. Hablo de Leonard Liggio (Liberty Fund y Cato Institute), Alex Chafuen, CEO de la Fundación Atlas (quien destacó la importancia de algunas virtudes en la persona de Ayau: integridad, pasión, determinación, continuidad…); Frederic J. Fransen, director ejecutivo del Center for Excellence in Higher Education; Mary O’Grady (consejo editorial del Wall Street Journal); T. Allan Russell, Chairman de Liberty Fund; Ed Crane (Cato Institute), Larry Reed, presidente de la Foundation for Economic Education;  Robert Sirico, fundador del Acton Institute y un larguísimo etcétera.

Junto al referido sentido del humor de Manuel Ayau, que le llevaba a mantener un permanente optimismo ante los éxitos y los fracasos, y que fue ilustrado con un sinfín de anécdotas, destacaré también como leitmotiv en su vida las tres palabras que ilustran el escudo de la Universidad Francisco Marroquín: Verdad, Justicia, Libertad.

Termino con una referencia a la ejemplaridad. Muchas personas hablaron del carácter emprendedor de Ayau, su faceta de impulsor del pensamiento liberal, promoviendo no solo la UFM sino una multitud de iniciativas grandes y pequeñas en defensa de las tres palabras que acabo de escribir. Todos coincidían en la necesidad de preservar y mantener su legado, de seguir su “luminosa estela”, de no entretenerse en conversaciones o lamentos y poner manos a la obra…; que es lo que precisamente acaba de anunciar la UFM con los proyectos Manuel F. Ayau SocietyFriends of UFM, Inc. (http://friends.ufm.edu/index.php/Main_Page ).

La economía y la caída de los Incas

Mises, en alguna de sus obras, afirma que es imposible entender la historia si no se conocen las leyes económicas, de la misma forma que sería imposible entenderla sin conocer las leyes físicas. El historiador que desconoce las leyes económicas se encuentra perdido a la hora de entender los fenómenos que trata de describir, por la sencilla razón de que no puede aplicar relaciones de causalidad entre los acontecimientos que analiza.

Desgraciadamente, la mayor parte de los historiadores no tiene en cuenta este principio a la hora de realizar su trabajo, por lo que tenemos versiones de la historia que, en muchos casos, parecen entroncar con la leyenda y el mito, cuando no atentan seriamente contra el sentido común.

Vaya por delante que quien estas líneas escribe no es historiador, ni está versado en sus técnicas, ni posiblemente tenga sentido común. Pero siempre me ha llamado la atención la relativa facilidad con que una panda de mataos españoles fueron capaces de hacerse con el dominio de territorios como los controlados por los poderosos incas y aztecas, state of the art en su época en el continente americano.

Me da la impresión de que las explicaciones de teoría económica no pueden andar muy lejanas del fenómeno. Por otro lado, Oakeshott, en su On History, nos describe el trabajo del historiador como el de un fabricante de ladrillos que se van acumulando para construir la interpretación histórica, y que se ha de renunciar a explicaciones causales simples entre unos fenómenos y los sucesivos. Más que a establecer causalidades, el historiador ha de disponer unos ladrillos sobre otros para ver el conjunto.

Por ello, y en relación con la caída del imperio de los incas, me limitaré a exponer algunos fenómenos que, atendiendo a la teoría económica, podrían estar relacionados con dicha caída. Los supuestos hechos están extraídos del libro “Los incas – Economía, sociedad y estado en la era del Tahuantinsuyo”, de Waldemar E. Soriano.

El primero y más llamativo es la ausencia de dinero. Según el autor, en el imperio Inca no se manejaba ningún material como dinero. Únicamente, se cobraban en forma de tributo cierto tipo de conchas a los pueblos limítrofes con el imperio, que de esta forma evitaban la conquista.

La ausencia de dinero conllevaría que todos los intercambios eran directos. Pero más grave aún: es imposible que una economía se desarrolle en ausencia de dinero, pues es el dinero posibilita la especialización en el trabajo así como la acumulación de capital. Sin estos factores, difícilmente puede aumentar la productividad y, por tanto, desarrollarse la economía. Por tanto, el imperio inca tenía los pies de barro.

En todo caso, resulta bastante difícil creer que la gente normal del imperio no tuviera medios de intercambio indirecto. Lo que pasa es que ese dinero informal no era aceptado por la clase inca, ni por tanto se hace acreedor de una referencia por los historiadores. Claro, para estos no existe el dinero si no está impuesto por el gobierno.

Lo que nos lleva a otro punto de interés: los incas cobraban sus impuestos en trabajo de sus súbditos. Gracias a este impuesto en especie construyeron las magníficas construcciones que pueblan sus territorios, como Cuzco y el Valle Sagrado. Pero no solo era mano de obra para la construcción, sino para cualquier tipo de actividad económica: elaboración textil y de ornamentos, agricultura…

El último aspecto de interés es el de la innovación. El autor del libro citado repite en varias ocasiones que durante el imperio inca no hubo innovación de ninguna clase. Los incas se limitaban a coger las técnicas desarrolladas por los pueblos conquistados, y extenderlas por todo el imperio, pero sin nuevas ideas.

Este hecho se utiliza para criticar a los incas, en relación sobre todo con las civilizaciones previas, con las que aquellos acabaron. Pero, aparte de su constatación, el autor no da ninguna explicación sobre esta posible carencia.

La teoría económica, una vez más, nos aporta elementos que pueden ayudar a comprender la ausencia de innovación en el imperio inca. Como es sabido, el emprendedor innova en el uso de los recursos con la finalidad de obtener los beneficios de la revalorización del recurso. Si no existe la posibilidad de obtener dichos beneficios, se desmotiva el espíritu innovador.

En la medida en que el imperio inca fuera intervencionista en la economía de los pueblos subyugados, se reducirían los incentivos a innovar de sus individuos, hasta desembocar en algo asimilable a una economía planificada y, por tanto, llamada a la ruina y la desaparición. Esto ocurrió en cuanto llegaron los españoles, por cierto, tras una historia que no alcanza los 100 años.

En resumen: ausencia de dinero, cobro de impuestos en forma de trabajo y desaparición de la innovación. Tres ladrillos que quizá deberían tenerse en cuenta a la hora de explicar la caída de un imperio como el Inca, cuyas obras podemos contemplar impresionados aún en la actualidad.

Ayatolás asesinos de internautas

Esa es la triste realidad de países como Egipto, Siria, China, Cuba y muchos otros. Sin embargo, el régimen dictatorial y teocrático de Irán ha ido un paso más allá. La fiscalía de la república de los ayatolás ha pedido que se condene a muerte por ahorcamiento al más conocido de los blogueros de la antigua Persia.

De nada le ha valido a Husein Derajshan el cambio protagonizado antes de su detención en 2008, cuando había pasado de ser una "bestia negra" del régimen a defender a un presidente Mahmud Ahmadineyad cada vez menos legitimado y más delirante. A "Holder" (como es apodado) no le perdonan demasiadas cosas, en especial que durante mucho tiempo hubiera sido un referente de modernidad y aperturismo frente al oscurantismo y el fanatismo político-religioso de la casta dirigente. Ahora, por haber sido un ejemplo, puede ser ejecutado en virtud de una legislación que retrotrae internet a la Edad Media.

Mientras que Ahmadineyad acude a la ONU para defender absurdas teorías conspirativas destinadas a acusar a EEUU e Israel del 11-S (nada sorprendente viniendo de alguien que niega el Holocausto), su gobierno reprime con dureza la libertad de expresión dentro y fuera de la red. En lo que atañe a internet, el número de sitios web bloqueados en Irán asciende a cinco millones y varios blogueros han sido encarcelados, y uno de ellos falleció en prisión (destino similar al que sufrieron numerosos opositores detenidos durante las protestas posteriores al fraude electoral que confirmó en la jefatura del Estado a Ahmadineyad).

El iraní es un régimen asesino. Entre sus víctimas figuran opositores muertos en prisión sin juicio alguno, homosexuales ahorcados por el mero hecho de serlo, mujeres lapidadas tras ser acusadas de adulterio (lo que incluye el haber sido violadas) y cientos de asesinados en Israel, El Líbano, Argentina y otros países a manos de Hizbollah y otros grupos terroristas financiados por los ayatolás. Ahora puede pasar a engrosar esa lista un bloguero condenado a muerte. La iraní se convierte de esta manera en una dictadura asesina de internautas. Una novedad peligrosa.

Si el mundo no reacciona puede suponer un terrible precedente dentro y fuera de Irán. Hacia dentro, la teocracia persa sabrá que puede endurecer sus tácticas represivas. Y actuará en consecuencia. Hacia fuera, otras dictaduras podrían verse animadas a seguir el ejemplo y pasar de las penas de prisión a las de muerte, algo que no se puede descartar en lugares como China o Corea del Norte. A pesar de ello, lo más seguro es que los gobiernos del mundo democrático cierren los ojos una vez más y no alcen su voz contra el asesinato de Husein Derajshan.

Las reducciones de tipos de interés perpetúan las depresiones

El valor presente de un activo, determinado por el descuento de sus flujos de caja futuros, aumenta cuando los tipos de interés de mercado bajan y disminuye cuando los tipos de interés suben. Entre los activos de muchos inversores destacan de manera prominente los créditos a tipo fijo, esto es, los préstamos de dinero a distinto plazo y con una rendimiento predeterminado que han efectuado a terceros. Así pues, la rebaja de tipos de interés también aumenta el valor presente de los créditos y su aumento lo reduce.

Sin embargo, los créditos tienen la característica especial de ser, al mismo tiempo, las deudas de otros sujetos –los deudores– de modo que también podríamos decir que con las reducciones de los tipos de interés de mercado aumenta el valor presente de la deuda y que sus aumentos lo reducen. Así, por el mismo criterio –el principio de prudencia valorativa– que contablemente provisionamos las reducciones del valor de los activos, deberíamos provisionar el aumento del valor de los pasivos tan pronto como se produzca. En caso contrario, los agentes estarán actuando bajo la hipótesis de que su capitalización es mayor de la que realmente es, favoreciendo su consumo inadvertido.

En forma abreviada, ésta es una de las contribuciones claves –y también más incomprendidas– de Antal Fekete a la ciencia económica. La práctica totalidad de los economistas o desconoce la teoría o simplemente se burla de ella. No entienden de qué manera las reducciones de los tipos de interés pueden perjudicar a los deudores si estos no necesitan liquidar anticipadamente su deuda (pueden ir amortizándola de manera periódica al tipo de interés fijo que se pactó al emitirla). Los tipos de interés de mercado, sostienen, sólo son de incumbencia para los nuevos deudores, para los nuevos demandantes de crédito o, en todo caso, para los antiguos deudores que logren refinanciar sus obligaciones al nuevo bajo tipo de interés de mercado.

Pero el argumento es idéntico a si tratáramos de defender por qué el valor de los activos debe incrementarse en el balance cuando lo haya hecho en el mercado y con independencia de que hayamos realizado o no esa ganancia. Que el inversor incremente el valor contable de los activos ante disminuciones de los tipos de interés no tiene por qué perjudicarle en nada siempre que en el futuro realice el activo al menos a ese incrementado valor. Los tipos de interés de mercado, podrían decir estos mismos economistas, sólo son de incumbencia para los nuevos inversores o, en todo caso, para los antiguos inversores que logren enajenar sus activos al nuevo bajo tipo de interés de mercado.

Es obvio, sin embargo, que algo falla en ambas argumentaciones. Que el incumplimiento del principio de prudencia valorativa no tenga consecuencias negativas siempre no significa que no las tenga nunca. Precisamente de ahí la prudencia: con tal de evitar las malas consecuencias nos olvidamos de las eventuales buenas.

Claro que, a mi juicio, la explicación que ofrece Fekete a su genial aportación está incompleta. Los tipos de interés sólo destruyen capital cuando los agentes se vean forzados o deseen amortizar anticipadamente su deuda, del mismo modo en que las depreciaciones de los activos sólo son de importancia cuando los agentes se vean forzados o deseen a liquidarlos. Por consiguiente, será necesario especificar cuáles serán esas circunstancias y si es verosímil que se den. Aquellos que conozcamos la teoría austriaca del ciclo económico, sin embargo, no lo tendremos muy difícil para identificarlas.

Durante largos períodos de tiempo, los agentes económicos van degradando su margen de crédito endeudándose a corto plazo e invirtiendo a largo. Asumen compromisos para entregar demasiado pronto más bienes futuros de los que realmente pueden llegar a producir debido a las distorsiones micro y macroeconómicas que genera su enorme apalancamiento a corto plazo. Llegado el momento del vencimiento de las deudas, pues, sólo hay dos caminos que seguir: o impagarlas o refinanciarlas. Mientras el margen de crédito de casi toda la sociedad no haya colapsado, la táctica de huir hacia adelante –ir endeudándose más y más para amortizar las deudas pasadas con incluso mayores promesas de bienes futuros– funciona. En estos casos, la relación entre progresivas reducciones de los tipos de interés y crecimiento –medido en términos de PIB– es bastante sólida: reduciendo los tipos podemos estimular la inversión y con ella el aumento de nuestras variables macro.

El problema es que, como sabemos, las distorsiones, los errores y los desajustes en la estructura productiva y en los balances privados van acumulándose con las sucesivas rebajas, hasta un punto en el que ni siquiera nuevos recortes logran estimular dosis adicionales de endeudamiento. En ese momento, la liquidación y el reajuste devienen inevitables y los agentes, en lugar de pretender sucesivos aumentos de su activo sufragados con aumentos de sus pasivos, buscan más bien lo contrario: reducir sus excesivos y desproporcionados pasivos liquidando su activo.

En este punto, las reducciones de tipos de interés –o su mantenimiento a niveles artificialmente bajos– no logran incentivar más inversión y, en cambio, sí acicatean la ralentización del ritmo de desapalancamiento, esto es, del ritmo de reajuste de los balances privados y de la estructura productiva. Si los acreedores esperan que los tipos de interés van a mantenerse bajos o descendentes durante mucho tiempo, su predisposición a revenderles sus créditos a los deudores disminuye muy notablemente. Al fin y al cabo, si los tipos de interés se mantienen bajos o decrecientes, el inversor que se desprende hoy sus créditos carece de alternativas de alto rendimiento en las que volver depositar su dinero, por lo que exigirá las correspondientes primas de valor presente a los deudores. A éstos, en cambio, les puede resultar más conveniente no amortizar anticipadamente su deuda y seguir con el esquema de pagos periódicos pactado desde un comienzo; justo lo que están haciendo hoy los bancos: atesorar dinero en lugar de destinarlo a amortizar su pasivo con coste financiero.

La destrucción de capital se consuma: dado que hasta que no se reorganice la estructura productiva no habrá nuevas oportunidades de inversión, la tesorería en la que vayan madurando los activos de los inversores apalancados será atesorada en lugar de reinvertida o empleada para amortizar anticipadamente las deudas. Debido a la estructura de tipos de interés artificialmente bajos, los agentes se ven forzados a pagar intereses sobre sus saldos de tesorería, algo totalmente absurdo pues a nadie le interesa demandar crédito para mantenerlo atesorado.

Esta adaptación de la teoría de Fekete nos permite, por un lado, comprender mejor fenómenos históricos como la Gran Depresión, caracterizada por unos tipos de interés estancados a la baja debido al abandono precipitado del patrón oro. Según Fekete, fue el abandono del oro lo que permitió mantener artificialmente reducidos los tipos de interés, retrasando tanto como fue posible el despalancamiento de la sociedad a costa de la recapitalización encubierta y sobre el papel de una banca quebrada. El mismo análisis podemos trasladarlo a la crisis japonesa de los 90 o a la Gran Recesión actual. La conclusión en todos los casos es idéntica: cuando la crisis deflacionista deviene inevitable –cuando se ha agotado el margen de crédito de la sociedad– la inflación y las reducciones de tipos de interés no son en absoluto formas de combatirla –ni siquiera de parchearla–, sino de perpetuarla.

Asimismo, la teoría de Fekete también nos permite darle la vuelta a uno de esos dogmas tan populares a los que se aferran los keynesianos: la trampa de la liquidez. De acuerdo con Keynes, cuando los tipos de interés a corto plazo ya se han reducido extraordinariamente para estimular la inversión privada, es muy complicado que reducciones adicionales conlleven nuevos incrementos de la inversión privada. Su razonamiento es en apariencia muy parecido al nuestro: si hay la más mínima expectativa de que los tipos de interés vayan a subir en el futuro, supondría un enorme error empresarial adquirir hoy unos activos que mañana van a reducirse muy sustancialmente de precio. Por ello, siempre que se esperen subidas de tipos –y cuanto más bajos estén éstos, más verosímiles y extendidas serán esas expectativas– los inversores preferirán atesorar el dinero antes que inmovilizarlo en activos a largo plazo.

Nuestra explicación, sin embargo, se diferencia en dos aspectos clave de la de Keynes. El primero es que, para el inglés, las expectativas relevantes en la trampa de la liquidez son las de los deudores –son ellos quienes se niegan a seguir endeudándose–; para nosotros son las de los acreedores: son ellos quienes exigen altos valores presentes por la deuda debido a que no esperan que los tipos aumenten en el futuro. El segundo es justo este último: Keynes considera que el signo de las expectativas que reprime el comportamiento de los agentes es el de que los tipos de interés van a subir en el futuro, mientras que para nosotros las expectativas contraproducentes son las que pronostican que los tipos de interés no van a subir en el futuro. Si se esperaran repuntes en los tipos, los acreedores podrían pactar con los deudores un precio presente por la deuda que fuera mutuamente beneficioso para ambos; si los tipos de interés se mantienen bajos, a ambas partes les interesa no amortizarla anticipadamente.

El error de Keynes fue, como es evidente, el de suponer una relación unívoca entre tipos de interés, inversión agregada y crecimiento. Si sólo podemos crecer cuando invertimos y sólo podemos invertir cuando se reducen los tipos de interés, el corolario lógico es que las expectativas de aumentos de tipos mantendrán maniatados a los demandantes de crédito y por tanto el crecimiento. Pero, gracias a la teoría austriaca del ciclo, sabemos que en ocasiones antes de volver a crecer hay que reducir la inversión agregada para reorganizar nuestra estructura productiva y los balances privados. En ese contexto –que caracteriza a las depresiones económicas– las expectativas de menores tipos de interés se traducen en un estancamiento del reajuste y, por tanto, del crecimiento futuro.

Cuanto nos quedaría por resolver es si es posible que en un mercado libre se forjen expectativas bajistas sobre los tipos que ralenticen el ritmo de desapalancamiento. Y la respuesta es que no: durante las depresiones la demanda de crédito se desploma, por lo que los tipos de interés se hunden de golpe. A partir de ese momento –y sobre todo si el público comienza a atesorar el oro fuera del sistema bancario– las expectativas son necesariamente a que los tipos de interés vayan subiendo conforme la demanda de crédito reflote y se tope con una oferta bastante rígida.

Es, por consiguiente, el sistema de dinero fiduciario con banco central el único capaz de mantener durante prolongados periodos de tiempo la expectativa de unos tipos artificialmente bajos. Sólo el banco central y el dinero fiduciario son capaces de generar ese clima al poder satisfacer la demanda de dinero mediante el incremento en su cantidad y al poder suplir la naciente demanda de crédito mediante la monetización de activos. Justamente la política monetaria que Keynes recomendaba como óptima en tiempos de depresión; justamente la política opuesta a lo que en realidad necesitan la economía y los agentes privados.

El debate sobre la prolongación de la recesión en EEUU

El National Bureau of Economic Research norteamericano, a través de su Comité del Ciclo Económico, anunció esta semana que la actividad económica en Estados Unidos tocó fondo en junio de 2009, marcando así “el final de la recesión que comenzó en diciembre de 2007 y el comienzo de la expansión”. Un “final de la recesión” y “comienzo de una expansión” que tienen más de técnico que de realidad, según las percepciones de la gente, los analistas y diversos indicadores, como el elevado desempleo.

Sea como fuere, lo cierto es que la situación de la economía estadounidense no parece nada boyante. Esto es reconocido claramente por las autoridades, tanto por la Administración de Obama al proponer nuevos planes de estímulo fiscales, como la Reserva Federal, que prepara medidas adicionales de expansión monetaria. Ambas piensan que “deben hacer más” para asegurar que las cosas no vuelvan a descarrilar.

En este contexto, los analistas están debatiendo las causas del crecimiento anémico de los Estados Unidos y de la ausencia de una recuperación vigorosa. Como es habitual, existen diversas explicaciones, algunas complementarias pero otras contradictorias entre sí. Gran parte de estas diferencias se deben al diferente concepto de ciclo económico. En esta ocasión, me centraré solamente en dos de las explicaciones más comunes, dejándome en el tintero otras no menos importantes.

Por un lado, tenemos la interpretación de Paul Krugman –no me atrevería a decir que es la interpretación de los keynesianos, puesto que no creo que sean un bloque monolítico y homogéneo-, para quien los problemas en la recuperación y persistencia del desempleo se deben a la “falta de demanda”, lo que lleva a que las empresas sufran problemas de ventas muy bajas.

Con el rigor y la argumentación tan rica en matices que le caracterizan, afirma: “Las empresas no están contratando debido a las malas ventas, punto, final de la historia”. Frase que era seguida por un gráfico que mostraba la evidencia irrefutable de su postura. Y, por supuesto, por su sutil y siempre razonada recomendación de política económica: “lo mejor que el gobierno podría hacer para ayudar a las empresas sería gastar más, incrementando la demanda”. Por fortuna, las cosas no son tan fáciles como las pinta Krugman.

Robert Higgs, en cambio, se centra en aspectos diferentes en su diagnóstico de las dificultades de la economía norteamericana. La clave para entender la recesión actual y su extensión estaría en la profunda caída que sufrió la inversión privada doméstica y su muy lenta recuperación. El verdadero problema es que, como afirma este economista, “Sin una inversión privada neta (la dedicada a aumentar la capacidad productiva de la economía) sustancial, es impensable tener un crecimiento económico dinámico más allá del muy corto plazo”.

Entonces, ¿debería el gobierno incentivar con políticas públicas la inversión del sector privado, ya que éste no se anima? Nada más lejos de la realidad, sostendría Higgs, ya que son precisamente los policy-makers quienes, con sus numerosas, erráticas e imprevisibles intervenciones, están generando una elevada incertidumbre -adicional a la inherente del mercado, relacionada con la incertidumbre sobre los futuros impuestos y regulaciones, por ejemplo- entre los inversores, lo que les hace ser sustancialmente más precavidos a la hora de invertir a largo plazo. Es lo que Robert Higgs denomina “incertidumbre de régimen”, concepto que le sirvió para explicar la extraordinaria duración de la Gran Depresión.

La importancia de este debate es difícil de exagerar, y va mucho más allá del corto plazo y de las personas involucradas directamente en él, como señalaba hace ya casi dos años. En este sentido escribía recientemente el economista Mario Rizzo, que enfatizaba la importancia del momento actual -“que afectará a la disciplina de la economía y a las percepciones de la opinión pública en el futuro por un largo tiempo”- y lo comparaba con el que tuvo lugar en los años 30, durante la Gran Depresión y el New Deal.

En esa ocasión, triunfó por goleada la interpretación histórica keynesiana de ambos fenómenos, mientras que los pocos economistas austriacos que había en esa época quedaron diezmados. Según Rizzo, “Los austriacos fracasaron en el debate después de la Gran Depresión, dentro de la profesión económica, entre los intelectuales y entre los historiadores económicos”.

¿Fracasarán otra vez? Si bien se mostraba más optimista en esta ocasión, señalaba una “deficiencia crítica” entre los economistas austriacos, a la vez que lanzaba un reto para éstos: “Continuamos careciendo de trabajo empírico, en una escala suficientemente amplia, para convencer a otros economistas de que tenemos algo relevante que decir”.

Este trabajo empírico puede ser relevante para ganar el debate reseñado, si bien, como suele señalar Russ Roberts, la ideología u otros aspectos pueden hacer que para algunos cualquier evidencia empírica sea insuficiente o rechazada de forma prejuiciosa.

La lucha contra la corrupción

Si realmente se quiere mejorar la función pública en una nación se necesita que las instituciones sean gestionadas con pulcritud e independencia. Para ello, deben minimizarse los casos de corrupción y prevaricación ya que deterioran gravemente el sistema democrático y, de modo especial, destruyen los valores morales que impulsan las sociedades más prósperas.

Ya vimos la importancia de las declaraciones patrimoniales y auditorías que, sin embargo, son papel mojado sin el concurso de la limitación de mandatos y las agencias anticorrupción.

La limitación de mandatos aplicada no sólo a los políticos electos sino también a sus altos cargos de confianza, introduciría una barrera normativa en contra de las redes clientelares que se forman entorno a las unidades administrativas públicas. Al igual que en todas las profesiones, existen buenos funcionarios que trabajan con honradez y profesionalidad, que hacen multitud de horas extras no remuneradas y que orientan su trabajo al servicio a los ciudadanos. Por ello, una renovación “efectiva” cada cuatro u ocho años dentro del Estado permite que entre aire fresco por los despachos y, al menos en teoría, complica la labor de los lobbies y grupos de presión.   

Por otro lado, también sería esencial que interviniesen Agencias Anticorrupción sobre aquellos funcionarios, directivos y políticos en los que se observase un crecimiento patrimonial “anormal” o una reiteración en actos administrativos “no ajustados a derecho”. Evidentemente, las instituciones anticorrupción no deben seguir los intereses de ningún político, sino que deben quedar bajo el ámbito de la justicia, como órganos auxiliares de investigación y toma de pruebas que permitan encausar a los delincuentes.

El Gobierno de los Estados Unidos destaca como factores críticos para el éxito de una agencia anticorrupción: la implementación de una estrategia comprensible que alcance a todo el sector público y no solo a Estado central, la independencia y un fuerte respaldo político. Como en todos los procesos de evolución de la estructura institucional, resalta la importancia de elegir bien el “momento constitucional” para implantar la agencia anticorrupción de manera efectiva y eficiente, con el apoyo político necesario para que se promueva de modo que funcione.

Pero, como muchos ciudadanos ya no confiamos en exceso en la actuación de los políticos, entiendo que sería mejor que las agencias anticorrupción pudiesen operar descentralizadas y tuteladas por juzgados especializados, en donde diversos jueces independientes se turnasen aleatoriamente en la dirección de las investigaciones como instructores. Claro que, para que funcionase dicha agencia con una dirección judicial en vez de política, sería preciso un poder judicial “realmente” independiente. Tampoco vendría mal que existiese a escala europea, aunque siempre bajo el control de jueces independientes.

Las agencias anticorrupción deberían estar orientadas hacia el control de los actos administrativos “dudosos” que afecten al presupuesto público pero, también, hacia la supervisión de las declaraciones patrimoniales al igual que ocurre en Estados Unidos. Su alcance podría ser incluso mayor, realizadas de modo aleatorio para que llegase a un porcentaje elevado de los funcionarios públicos en el transcurso de varios años, de modo preceptivo por las denuncias de los ciudadanos afectados y, antes del nombramiento de un alto cargo y, por supuesto, después de su cese.

Sin embargo, por su importancia para la calidad de la democracia, las agencias anticorrupción deberían también mantener controles sobre las auditorias internas llevadas a cabo por los técnicos de la Intervención General del Estado para asegurar que su labor alcanza por igual a todas las instituciones públicas (comunidades autónomas, Estado central, ayuntamientos, diputaciones provinciales, cabildos,…) y, contrasta en sus actuaciones el cumplimiento fiel de los objetivos de eficacia y eficiencia de las operaciones, fiabilidad de la información financiera y cumplimiento estricto de las leyes, reglamentos, normas y contratos.

A modo de ejemplo, la U.S. Goverment Accountability Office ha revisado recientemente sus estándares para introducir mayores niveles de ética, independencia, juicio y competencia profesionales en las auditorias internas. En teoría, deben operar según los criterios y recomendaciones de la International Auditing and Assurance Standards Board (IAASB), sin que los políticos puedan introducir variaciones legislativas “locales” que reduzcan a un mero trámite administrativo la labor interventora, dado que es un cuerpo funcionarial esencial para garantizar  la transparencia en la gestión de las cuentas públicas.

Sin embargo, asistimos a un espectáculo bochornoso de deterioro moral del régimen político en España con una casta político judicial que impide corregir fisuras normativas e instaurar instituciones que puedan mejorar la democracia a favor de los votantes.

Y es ahí donde radica el problema principal para lograr que las declaraciones patrimoniales, las auditorias internas, la limitación de mandatos o las agencias anticorrupción puedan ser implantadas algún día como barreras contra la prevaricación, la malversación y la corrupción generalizadas.

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¡Manos arriba! Soy ZP

Nos van a freír a impuestos, así de simple y así de trágico. Las cajas tienen claro que el Gobierno no podrá cumplir su compromiso de recortar el déficit público sin aplicar un brutal saqueo fiscal a todos los contribuyentes, sin distinción. ¿Más IVA, más IRPF, Sociedades quizás? Quién sabe con qué nos sorprenderá en el futuro este Ejecutivo de ineptos e irresponsables.

La cuestión es que todo apunta a que los socialistas están dispuestos a vaciar, aún más, las carteras de los españoles con el fin de engordar las ahora deterioradas arcas públicas. El problema es que España, tanto el sector privado como el público, ha vivido muy por encima de sus posibilidades durante los años de burbuja crediticia, alimentada al calor de los bajos tipos de interés dictados por la banca central. Sin embargo, en un alarde de chulería, propio de un inconsciente desconocedor de su ignorancia supina, Zapatero hizo lo peor que podía hacer. A saber, ponerse al timón de la economía para, siguiendo las recomendaciones de su ejército de keynesianos, apretar el botón del gasto público y el despilfarro para salir de la crisis.

¿Resultado? En lugar de registrar un déficit público próximo al 5% del PIB en 2009, el Gobierno lo disparó hasta el 11,2%. Ahora, toca reducir el desajuste ya que, en caso contrario, peligra el aval ofrecido por Bruselas (léase Alemania y Francia, nuestros acreedores) y el Fondo Monetario Internacional (léase Estados Unidos) para evitar la quiebra del país. Todo un éxito el plan del presidente, ¿no creen?

El problema es que se trata de un esfuerzo presupuestario histórico. Una reducción tan grande de la brecha fiscal carece de precedentes en la historia reciente de España. El ajuste, sin embargo, es posible, tal y como hemos demostrado aquí y aquí, pero el problema es que su ejecución dependerá de la voluntad política de Moncloa. Pese al recorte de gasto anunciado –del todo insuficiente–, la actual casta política ha demostrado sobradamente que su intención, lejos de apretarse el cinturón hasta quedarse sin cintura si es necesario, discurre por otros derroteros muy diferentes. Así, al mínimo atisbo de calma en el mercado de deuda pública, al Gobierno le ha faltado tiempo para dar marcha atrás a algunas medidas de contención fundamentales, tales como la prohibición de endeudamiento municipal o el recorte en infraestructuras –muchas de las cuales son innecesarias.

Este comportamiento evidencia que el Ejecutivo confía en que la recuperación económica y la "leve" subida de impuestos se materialicen en un aumento sustancial de la recaudación. Pero, ¿y si la recuperación no llega?, ¿Y si los ingresos son menores de lo previsto? En tal caso, la brecha seguirá abierta y el tiempo para curar la herida antes de que se infecte será inferior. ¿Será entonces Zapatero capaz de llevar a cabo el mayor recorte de gasto público de la España contemporánea?; ¿cerrará el grifo de la financiación a comunidades autónomas y ayuntamientos?; ¿privatizará servicios?; ¿cerrará empresas y organismos públicos? En definitiva, ¿impondrá una política de férrea austeridad en una estructura estatal sobredimensionada y acostumbrada a las vacas gordas de tiempos pasados? Sinceramente, lo dudo.

Zapatero optará por la vía fácil, la que tiene más a mano y la que, sin duda, le reportará un menor castigo electoral. Lo que menos importa al presidente es freír a impuestos a los españoles y sus nefastas consecuencias sobre la economía nacional. Así pues, ¡manos arriba!, Zapatero sigue vivo (políticamente) y no dudará en apretar esta vez el botón del expolio fiscal con tal de mantener el poder. Esto sí que merece una huelga, pero no laboral, sino tributaria

La droga es lo de menos

Y, de repente, saltó la espita. El ex presidente del Gobierno Felipe González reclama ahora un acuerdo internacional para legalizar el tráfico de drogas tras ignorar este necesario debate durante los largos años que detentó el poder político. ¿Casualidad? Lo dudo. La violencia y los miles de muertos que cada año se está cobrando este negocio ilegal en México, unido a la estrecha colaboración que mantiene González con alguno de los grandes magnates del país, como es el caso de Carlos Slim, explicarían el repentino interés del ex dirigente por esta espinosa cuestión.

Pero, más allá de las intenciones no declaradas de González, lo cierto es que sus declaraciones han logrado reavivar, aunque sea temporalmente, el debate sobre la conveniencia o no de legalizar ciertas sustancias hasta ahora prohibidas, como es el caso de la heroína, la cocaína o la marihuana, por citar tan sólo las más demandadas y conocidas.

Como suele ser habitual, los férreos defensores del prohibicionismo han reaccionado de inmediato alegando que la legalización desembocaría en un aumento sustancial de la demanda y, por tanto, de los problemas de salud asociados a esta práctica. Sin embargo, los amantes del intervencionismo parecen olvidar que el consumo de drogas ilegales ha crecido de forma constante entre los países que lideran la denominada “guerra internacional contra el narcotráfico”. Asimismo, la legalización de la marihuana y sus derivados no se ha traducido en un crecimiento del consumo entre los holandeses.

Por si fuera poco, cabe recordar que el encarecimiento de drogas legales como el tabaco y el alcohol, así como las recientes restricciones administrativas para limitar su consumo, restringir su venta y prohibir su publicidad, han obtenido un rotundo fracaso. El número de fumadores no ha descendido y los jóvenes siguen practicando el “botellón” en las grandes ciudades de España cada fin de semana. Pese a ello, los prohibicionistas insisten en los mismos errores cometidos durante el reinado de la Ley Seca en Estados Unidos, sin prestar la más mínima atención a los graves problemas y a las decenas de miles de muertos que causa el comercio (violencia asociada al narcotráfico) y el consumo (sobredosis) ilegal de drogas cada año.

Sin embargo, más allá de los efectos que se derivan de la legalización o no de este tipo de sustancias, en el trasfondo de este debate subyace un elemento sustancial, un principio básico cuya vulneración desarma por completo la libertad y el derecho de propiedad de los individuos. Y es que, en este ámbito, la pregunta clave es la siguiente: ¿Es cada uno dueño de su propio cuerpo y, por tanto, propietario de sí mismo? De la respuesta a esta cuestión dependerá todo lo demás.

Si partimos de la base de que cada hombre es dueño de sí mismo, entonces, es libre de hacer lo que estime conveniente con su cuerpo siempre y cuando no dañe ni vulnere los derechos de propiedad del prójimo. Se daría entonces un ámbito de libertad en el que, por supuesto, se incluiría el consumo de drogas ilegales -y, por tanto, su venta-, al igual que sucede en la actualidad con sustancias tanto o más nocivas, como el tabaco o el alcohol. Por el contrario, los prohibicionistas niegan este derecho al impedir o limitar que un individuo consuma tales sustancias, bajo el absurdo e hipócrita argumento de que es malo para su salud.

Por esa regla de tres, tal y como sucede en la actualidad, el Estado se arroga la potestad para determinar la composición de ciertos alimentos, prohibir o limitar la venta de materias grasas y azúcares, restringir su venta o, simplemente, imponer los requisitos que estime en gana por “nuestro bien” (es decir, el suyo). Si uno no es dueño de sí mismo, el Estado puede dictar su vestimenta, su corte de pelo, su movilización y sacrificio en favor del “interés general” de su “líder” o su “nación”; podría determinar la conveniencia o no (exterminio) de su raza, de su aspecto físico, de su salud mental; y, así, sucesivamente, hasta la esclavitud… Y es que, si tu cuerpo no es tuyo, ¿a quién pertenece entonces? Las drogas son lo de menos. La cuestión es… ¿somos dueños de nuestro cuerpo o no?

El romance con la ayuda externa

Los prejuicios y sesgos ideológicos de cada individuo parecen ser muy relevantes a la hora de juzgar la bondad de una política determinada.

A pesar de ello, al menos de cara a la galería, nos consideramos personas críticas, de pensamiento independiente, abiertas a nuevas evidencias e interesadas en el bien común. Y es que ya se sabe, del dicho al hecho va un trecho: decimos maravillas de nosotros mismos, pero luego nuestras acciones no suelen reflejar lo mismo.

Por esto, no es de extrañar que la gente tenga "romances" –una opinión o actitud positiva que bebe más de las emociones que de la razón y las evidencias– hacia determinadas instituciones o políticas. Uno de éstos puede ser el romance con el Estado, que explicaría en parte la atracción y simpatía que la gente siente hacia el intervencionismo estatal.

Pero en el que me quiero centrar es en el de la "ayuda externa" como factor de estímulo al desarrollo de los países más pobres del mundo desde las naciones ricas. Para la mayoría de la gente, es simplemente obvio y evidente que esta ayuda externa es positiva y que "cuanta más, mejor".

Economistas "competentes" llegan a afirmar cosas como que "siempre que se realiza una inyección de ayuda desde el exterior es beneficioso para el país receptor de la ayuda". Otros, como el gurú de los microcréditos Muhammad Yunus –para algunos poco más que un farsante simpático– apuntan que con todo el dinero empleado en las guerras modernas habríamos podido acabar hace mucho tiempo con la pobreza.

Organizaciones que, como Cáritas, realizan tareas de gran valor en ayuda de los más necesitados tanto en España como en otros países, también caen en esta actitud acrítica hacia la ayuda externa. Así, en una nota de prensa de mayo con motivo de los recortes presupuestarios del Gobierno, afirmaban que "es inadmisible que se recorte la ayuda a proyectos de desarrollo en países empobrecidos cuando la vida de las personas depende a menudo de esa ayuda".

Con esta afirmación, se da por hecho que toda ayuda externa redundará en un mayor bienestar de la población receptora de la misma. Se pasa por alto la posibilidad (mejor dicho, la cruda realidad que muestran los datos) de que esos recursos puedan fortalecer a ejecutivos tiránicos y corruptos, obstaculizando así posibles reformas o cambios de gobierno; o que existan problemas de incentivos e información de donantes y receptores que dificulten la eficacia de la ayuda externa para reducir la pobreza, y se convierta ésta o en una actividad lucrativa para ciertos grupos de intereses o en un fomento de políticas irresponsables.

Como con otras expresiones, el caso de la "ayuda externa" es un ejemplo de cómo el lenguaje puede resultar realmente útil y sesgado: ¿cómo puedes estar en contra de ayudar?

Pero, como deberíamos saber, las buenas intenciones no bastan para ayudar. Hace falta que nos fijemos más en los hechos… y tengamos cuidado con nuestros romances.

Los depresivos bajos tipos de interés

Su respuesta fue que los inversores esperaban en el futuro subidas en los tipos de interés y dado que cuando los tipos de interés suben el valor presente de los activos baja, todos preferían esperar para inmovilizar su dinero.

Esta teoría, conocida gracias a John Hicks como "trampa de la liquidez", sirve hoy de base para que todos los inflacionistas habidos y por haber defiendan que los bancos centrales tienen que adquirir un compromiso creíble de que no van a permitir que los tipos de interés suban en el futuro; sólo así, argumentan, los inversores se decidirán a desatesorar su dinero, incrementar su cartera de activos y volver a crear empleo.

El propio Bernanke acaba de decir que "garantizará tipos de interés excepcionalmente bajos durante un prolongado período de tiempo". Incluso se muestra dispuesto a seguir monetizando activos para que los tipos de interés a largo plazo no aumenten. Todo parece muy sensato: cuanto menores sean los tipos de interés, mayor será la inversión y por tanto el crecimiento económico. Pero no, todas estas relaciones mecanicistas constituyen en la actualidad un puro disparate. Japón lleva más de una década con tipos de interés a corto plazo al 0% y con tipos a largo al 1% y el país sigue estancado. Señores banqueros centrales, anótenselo bien claro en sus cocorotas: mantener artificialmente bajos los tipos de interés durante una crisis deflacionista no funciona.

Muchos creen, por simple relación léxica, que para combatir la deflación hay que promover la inflación. Pero no, el descabellado ejercicio equivale a tratar de curar la hipotermia incitando la fiebre. Y es que el problema de la deflación es el de cómo amortizar rápidamente un enorme volumen de deuda para así reconstruir los balances de los agentes privados y la receta de la inflación pasa por seguir expandiendo ese volumen insostenible de deuda (pues la única manera con la que se puede generar inflación es expandiendo el crédito).

Cambiemos de perspectiva. La cuestión ahora mismo no es por qué unos inversores hiperapalancados no se endeudan todavía más para seguir invirtiendo, sino por qué no reducen con mucha mayor rapidez ese extraordinario apalancamiento. Y parte de la respuesta, lamento decírselo a los inflacionistas, está en el actual clima de bajísimos tipos de interés.

Cuanto más bajan los tipos de interés más se incrementa el valor presente de las deudas con un rendimiento fijo (todas las deudas, también las concertadas a tipos variables, se reconducen al final a una deuda a tipo de interés fijo). Al fin y al cabo, si yo he adquirido deuda de una empresa que me paga unos intereses anuales del 10% durante 30 años, no querré desprenderme de ella ahora mismo, pues mis inversiones alternativas proporcionan una rentabilidad bajísima. Para que nos hagamos una idea: el precio de mercado de un bono a perpetuidad que pague 100 euros anuales se incrementará de 2.000 euros cuando los tipos están al 5% hasta 10.000 euros cuando están al 1%.

Una empresa que desee hoy reducir anticipadamente su endeudamiento y proceder a reorganizarse, deberá abonar de golpe un coste tan elevado por recomprar su deuda en los mercados que perfectamente puede preferir continuar pagando elevados intereses año a año. Fíjense en los bancos: su atesoramiento de dinero está en máximos históricos. ¿Por qué no destinan parte del mismo a amortizar parte de sus deudas? Pues porque el coste de hacerlo con los actuales tipos de interés es elevadísimo.

A menos que se formen expectativas de que los tipos de interés van a subir en el futuro, los acreedores sólo estarán dispuestos a desprenderse de sus derechos de cobro de alto rendimiento a cambio de precios gravosísimos para los deudores. Como ya viene denunciando desde hace años Antal Fekete, lo único que tendremos será un masivo consumo de capital.

Soy consciente de que al inicio de una depresión los tipos de interés se hunden en la medida en que la demanda de crédito se desploma. Pero no estamos hablando de eso, sino de que Bernanke –de la mano de los especuladores que anticipan sin grandes dificultades sus decisiones futuras– impide con su monetización de deuda pública y de titulizaciones hipotecarias que las expectativas de tipos de interés futuros sean al alza.

El presidente de la Fed debe abandonar su política de depresivos bajos tipos de interés. Ahora mismo no nos interesa que el endeudamiento crezca, sino que se reduzca, y para ello necesitamos altos tipos de interés. Deje de manipular el mercado y permita que los tipos aumenten. De lo contrario, Estados Unidos será el próximo Japón.