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La alternativa liberal

…a costa de los desarrapados proletarios o del expoliado medio ambiente. Así, no es extraño asociar las posiciones liberales con la defensa de reducir el gasto en sanidad o en educación, con la de abaratar el despido, con la de abolir las regulaciones de discriminación positiva, con la supresión de las subvenciones a la cultura o, también, con la de elevar la edad de jubilación.

La izquierda y los intervencionistas de todos los pelajes rápidamente sacan buen provecho de ello: "Es que los liberales queréis una sanidad y una educación de mala calidad para poder privatizarla y que sólo los más ricos puedan costeársela; es que queréis que los empresarios despidan a los obreros para incrementar sus beneficios; es que queréis que las minorías sean discriminadas por el hombre blanco dominante; es que queréis analfabetizar a las masas para que no puedan emanciparse y luchar por sus derechos; es que queréis que los proletarios trabajen más años para poderlos explotar durante más tiempo".

Por demagogo y ruin que sea este ejercicio de difamación, ha terminado calando en la sociedad. Los liberales no hemos sabido decir alto y claro que lo que queremos es una educación y una sanidad de elevadísima calidad y al precio más reducido posible y de ahí que queramos privatizarlas; que lo que queremos no es un despido barato, sino libre, porque el despido impuesto por el Estado puede actuar de barrera de entrada a la hora de crear empleo; que no queremos que se discrimine de manera absurda y prejuiciosa, sino que demandamos libertad para discriminar entre las discriminaciones lógicas y positivas (que yo no pueda jugar de pívot en la NBA) y las discriminciones irracionales que tienden a castigarse en un mercado libre; que si no queremos subvenciones a la cultura es porque tienden a empobrecerla y convertirla en propaganda estatista, al contrario de lo que sucede cuando se la deja a la filantropía privada; y, por último, que no queremos que la gente se jubile a los 67 ó 70, sino a los 50, a los 45 o, si fuere posible, a los 35 y con la renta más alta posible. Por todo eso y porque seríamos más libres, que no es poco.

En este sentido, el caso de las pensiones es simplemente sangrante. Cuando un liberal defiende que la edad de jubilación en el sistema público debe elevarse a los 67 o a los 70 lo hace como una desagradable constatación de la realidad –"la estafa piramidal de la Seguridad Social no da para más"– y no porque disfrute viendo cómo el Estado nos roba cada día con mayor descaro.

La verdadera alternativa liberal es el sistema de capitalización, esto es, ahorrar e invertir (que no especular) una parte de nuestra renta en activos que proporcionen rendimiento, idealmente el mercado bursátil. Décadas de estatismo y de pensiones públicas nos han terminado acostumbrando a unas rentas tan raquíticas que parece imposible que una persona pueda jubilarse a los 45 años con una pensión media que duplique, al menos, la actual pública.

Pero no, sólo hay que mirar lo que nos arrebata mes a mes el Estado y cuánto se ha revalorizado la bolsa para comprobar que la alternativa es y ha sido posible: el Estado le quita cada mes un tercio de su sueldo sin que usted llegue a verlo reflejado en nómina; ese tercio de su sueldo va destinado en su práctica totalidad a financiar el sistema público de pensiones (y no la sanidad, que se financia vía impuestos como el IRPF); usted podría haber invertido ese tercio de su sueldo sin merma alguna en su nivel de vida presente; la inversión más rentable del sistema capitalista es por lógica la bolsa, donde cotizan títulos que dan propiedad a una parte de las empresas punteras de una sociedad; en el último siglo, la bolsa se ha revalorizado de media un 7% anual en términos reales (descontada la inflación); los bancos centrales no tienen nada que ver con esta expansión, si acaso la entorpecen y la frenan con su inducción a generalizar malas inversiones que consumen y despilfarran capital; es cierto que la bolsa es muy volátil a corto plazo (puede caer hasta un 60% en un año), pero a un plazo de 15 años –que es un horizonte razonable para capitalizar una pensión– se convierte en el activo más seguro y menos volátil; el resultado de capitalizar el tercio no percibido de nuestros sueldos a un 7% anual de media durante toda nuestra vida laboral nos proporciona unos patrimonios inmensos y unas pensiones que en muchos casos triplican las más generosas actuales.

Eso es lo que queremos los liberales: una sociedad de propietarios. Pensiones más altas y vidas laborales más breves. Es más, muchos ni siquiera queremos que los bancos gestionen las pensiones privadas, pues abogamos por que cada uno administre su propia cartera bursátil o, en el peor de los casos, la invierta en un fondo que replique el índice (ETF). No es necesario buscarle cinco pies al gato ni tratar de encontrar intereses espurios. Las cosas son como son y basta hacer el cálculo retrospectivo. Es y ha sido el socialismo, no el capitalismo, el que ha empobrecido el nivel de vida de las masas con su insostenible, carísimo e ineficiente Estado del Bienestar; es y ha sido el socialismo quien debe responsabilizarse de la ruina de su modelo y quien tiene ahora la pelota en su tejado.

No caigamos, otra vez, en su trampa populista. Que no nos hayamos aprovechado hasta ahora de los frutos de la libertad no significa que estén podridos, sino que nos han hecho creer que lo están para que otros, los políticos, puedan zampárselos bien frescos a nuestras costillas.

Las amistades del abuelo de Darwin

La idea de la evolución es antigua. No obstante, la visión del mundo y de la vida que predominó desde los tiempos de Aristóteles fue estática (fijismo). El paradigma empezó a cambiar lentamente en el siglo XVI y, sobre todo, a partir de mediados del siglo XVIII.

Erasmus Darwin, abuelo paterno del célebre naturalista, fue un notable médico que sentía pasión por todo ser viviente, la poesía y los inventos. Fue uno de los miembros fundadores de la Sociedad Lunar, un grupo de científicos (generadores de conocimiento) e industriales (adaptadores de conocimiento) que discutía sobre la tecnología y sus aplicaciones. Formaban parte de dicho club muchos ilustrados ingleses de los condados centrales de Inglaterra en torno a la ciudad de Birmingham. Pese a que la Ilustración inglesa no tuvo el brillo de la francesa o la profundidad de la escocesa fue un eje vital y práctico para unir la Revolución científica y la posterior Revolución industrial.

Erasmus escribió al final del XVIII un trabajo científico denominado Zoonomia que anticipaba la teoría lamarkista de la evolución biológica (que luego se revelaría falsa) y mostraba su idea de que toda vida orgánica provenía de un solo y mismo filamento viviente.

El médico Sr. Darwin estaba familiarizado con el pensamiento evolucionista gracias a su amistad con el juez y lingüista James Burnett, Lord Monboddo, ilustrado escocés conocido por ser el fundador de la moderna lingüística comparada y también por sus análisis de la evolución lingüística y el cambio adaptativo de la capacidad de los humanos para el lenguaje (tenía Burnett, además, una extraña obsesión con la relación del hombre y los primates).

Mantuvo el abuelo de Darwin asimismo una prolongada relación de amistad con Benjamin Franklin; ambos compartían apoyo por las revoluciones americana y francesa de su época y ambos visitaron Edimburgo (la “Atenas del Norte”) y mantuvieron una fructífera correspondencia con muchos de sus eruditos de allí. Como Franklin, la mayoría de los integrantes de la Sociedad Lunar, y en especial Erasmus, se opusieron al inmoral comercio de esclavos.

Otro miembro de la ilustración escocesa con el que también trabó estrecha amistad fue James Hutton, padre de la moderna geología, quien primero sugirió junto a John Playfair que la tierra fue configurada por fuerzas tectónicas de movimientos lentos durante enormes periodos de tiempo que seguirían operando en la actualidad. El geólogo inglés del siglo siguiente Charles Lyell, influyente amigo de Charles Darwin, refinó dicha teoría con numerosas observaciones plasmadas en su obra Principios de Geología, obra de cabecera del nieto Darwin durante su periplo por el Beagle. Por cierto, el geólogo James Hutton fue amigo íntimo de David Hume y de Adam Smith cuyas obras sobre la naturaleza y sentimientos humanos Erasmus conocía sobradamente (lo mismo que su nieto).

Tanto el iluminismo escocés como el inglés, a diferencia de sus coetáneos franceses, no buscaron crear con sus teorías y observaciones un nuevo mundo (creacionismo social) sino únicamente descubrirlo y entenderlo. Sin mostrar una confianza desmedida en la razón llegaron a conclusiones sorprendentes, tales como que los humanos son criaturas de su entorno en permanente dinamismo o que muchas de las costumbres e instituciones sociales que habían hecho progresar al hombre surgieron, paradójicamente, de forma espontánea en el curso de la acción humana, no de su designio intencional. La misma mente, siendo producto del cerebro, no era causa de la evolución o proceso social sino más bien su efecto.

El hombre es efectivamente un ser intencional pero la evolución (tanto biológica como cultural) carece de propósito o de dirección. Aunque ambas sean muy diferentes entre sí, son las dos naturales. La actual teoría de la evolución biológica fue concebida por el nieto de Erasmus y, por ignorarse en su época las leyes de la genética, hubo de completarse más adelante (aún así, sigue plenamente vigente). La actual teoría de la evolución cultural, por su parte, se asemeja –según Hayek- curiosamente al lamarkismo y la dedujo el extenso círculo de amigos del abuelo Erasmus mucho antes que Darwin.

Erasmus escribió al final de su vida un largo poema sobre la evolución conocido como el Templo de la Naturaleza que traza la progresión de la vida desde los microorganismos a la sociedad civilizada. Dicho poema, publicado póstumamente en 1803, fue originalmente titulado El Origen de la sociedad.

Darwin no lo tuvo tan difícil.

¿Qué haría Ahmadineyad sin Israel?

El encuentro entre Abbas y Netanyahu de este mes de septiembre era esperado y deseado desde hacía tiempo. Primero retomaron las conversaciones indirectas y, finalmente, se encontraron en Estados Unidos. La administración demócrata de Obama ha sido una de las grandes valedoras de que así haya sido, consciente el de Illinois de que su bagaje internacional, Premio Nobel al margen, es más bien deficitario. Además, en un buen número de ocasiones la diplomacia norteamericana ha ido por detrás de los acontecimientos, por ejemplo en el caso de Honduras.

El mandatario árabe y el israelita fueron cautelosos tanto en sus declaraciones previas como en los análisis de lo que aconteció en las conversaciones. En Israel, Netanyahu es más optimista que Lieberman. Razones para la desconfianza no le faltan al Ministro de Exteriores, cuyo pesimismo avalado por los hechos suele ser empleado para desacreditarlo. Sin embargo, la historia está ahí y tiende a repetirse.

En efecto, poco antes de iniciarse el diálogo, Hamas llevó a cabo una masacre que costó la vida a numerosos ciudadanos de Israel. El objetivo de esta acción era claro: frenar cualquier intento de normalización en la región. Si finalmente se logra la paz, la razón de ser para Hamas y su futuro económico no tendrá lugar, es decir, dejará de “administrar” las cuantiosas cantidades que en forma de ayuda para el desarrollo tan generosamente le llegan.

La comunidad internacional reaccionó condenando el atentado y lo hizo con un vigor mucho mayor que las opiniones públicas occidentales. Por desgracia, el gobierno de Tel Aviv se ha acostumbrado a que así sea. En agosto, el ataque sufrido por sus soldados a manos de Hezbollah “pasó desapercibido”, pese a que la ONU dio la razón a Israel. Si el veredicto de Naciones Unidas hubiera sido el contrario, el “todos a la calle” se habría convertido en la consigna y el calificativo de genocida el otorgado a quien no comulgara con “la versión oficial”. Sin embargo, el enaltecimiento del terrorismo que hizo Hamas no encontró repulsa en forma de manifestación solidaria con Israel.

Tras el atentado cometido Hamas, apareció en escena el que faltaba y al que nadie había invitado: Ahmadineyad. El iraní echó gasolina al fuego y de nuevo amenazó con borrar a Israel del mapa. Una vez más, y eso es lo triste, las bravatas de este vulnerador sistemático de derechos humanos han quedado impunes. Nos estamos acostumbrando a aceptar y dar por bueno todo liberticidio procedente del régimen de Teherán. Las elecciones del 12 de junio de 2009 refrendan esta tesis. La oposición política y civil aún sigue reclamando justicia y la mayor parte de ella lo hace desde las cárceles.

Sin embargo, las amenazas vertidas por Ahmadineyad no le sirven para ocultar la realidad de los hechos, especialmente en lo que al contexto doméstico se refiere, cuya depauperación va en aumento y donde los derechos humanos y libertades fundamentales son una utopía.

Así, a los problemas económicos de la población iraní, especialmente de aquellos sectores que no comulgan con el integrismo religioso de los Ayatolás, se une ahora que la comunidad internacional está pendiente de lo que pueda pasar con Ashtiani, condenada a la lapidación tras un juicio-farsa. Antes ya había recibido 99 latigazos. Todo ello sin olvidar que su abogado defensor, ante las presiones y amenazas sufridas, hubo de huir del país teniendo Noruega como destino. Hasta ahora, la mediación internacional no ha surtido efecto. Lula y Amorim intentaron de convencer a Ahmadineyad de lo erróneo de sus planteamientos sin éxito alguno.

Siguiendo con las dificultades, la OIEA desconfía de los supuestos fines civiles del programa nuclear y el líder de la oposición, Karrubi, ve como la Guardia Revolucionaria asedia su casa. Lo dicho, la paz en Oriente Medio se convierte en el principal enemigo para Ahmadineyad.

Demos una oportunidad a la libertad

Banalizan medidas que suelen ser profundamente traumáticas. El mejor ejemplo es el trato contra la inmigración, los impuestos a las rentas altas, las prohibiciones a estilos de vida no mayoritarios o a cualquier cosa que se tacha de incívica… Esta forma de arreglar las cosas no sólo ocurre entre las personas de la calle; también se produce en los grandes directivos, políticos o gerentes. Una de las razones que explica este proceder es que las personas son seguidoras de tendencia innatas y simplemente cambian aspectos de cosas que ya existen amoldándolas a su parecer. Muy pocas personas son rompedoras y apuestan por cambios de tendencia bruscos; cambios de sistemas incluso. A estas personas se les llama radicales.

En el centro de Europa, y algunas partes de Reino Unido por ejemplo, han probado algo nuevo para aliviar el tránsito y la congestión en la ciudad: han eliminado las señales de tráfico y los semáforos. ¿Los resultados? Menos congestiones, menos estrés para los conductores, menos accidentes y, sorprendentemente, la gente llega antes a sus destinos.

Podríamos pensar que todo es resultado de la casualidad, pero muchas cosas funcionarían mejor si pensásemos contra tendencia, o mejor dicho, al revés de todo. Creemos durante un momento nuestro mundo particular. Un mundo más libre. Demos una oportunidad al orden espontáneo porque tal vez es la razón por la que las cosas van bien.

Eliminemos todos los estímulos. El Gobierno de España ha destinado una cantidad espeluznante de dinero a los estímulos económicos. Hasta el punto de que nuestro país corre el riesgo de entrar en default y de ser intervenido. Todo ello con el dinero de nuestros impuestos. Obama ha hecho lo mismo pero a lo grande. En Estados Unidos van a por otra ronda de estímulos ante el fantasma de una segunda recesión. Ambos países están destrozados y la deuda no pronostica buenos tiempos para los pagadores de impuestos. Fíjese por el contrario qué ha hecho el Gobierno de Alemania. Poco después de empezar la crisis, realizó el recorte más duro de toda la eurozona. No están para tirar cohetes ni mucho menos, pero sus últimos resultados han sorprendido al propio Gobierno y a los analistas económicos. La conclusión tal vez sería que el dinero donde mejor está es en el bolsillo del ciudadano en lugar de en las manirrotas zarpas del Estado.

Eliminemos el subsidio de desempleo gubernamental. Tal vez los largos plazos del subsidio crean no sólo mayores impuestos al ciudadano y mayores costes al trabajo, sino también la cultura del desempleo. En el momento en que alguien pierde el trabajo y el Estado se "responsabiliza", el incentivo para el parado es claro: volverse irresponsable hasta el momento en que finaliza el subsidio. El paro estatal no es un seguro de desempleo, es una renta para rentistas estatales. La economía privada, compañías de seguros, lo harían mejor que el Gobierno, sin necesidad de entrar en el espectacular moral hazard que provoca el Gobierno.

Eliminemos los impuestos al trabajo. Entre la parte del trabajador y de la empresa, un asalariado en España paga la mitad de su salario bruto al Gobierno. Eso significa que el trabajo en España, sobre la productividad real del trabajador, es un 50% más cara que en otro país que no tenga tales impuestos. Fíjese que el Gobierno ha facilitado el despido, pero algo más eficaz habría sido eliminar esta parte importante del coste al trabajo. El trabajador no se habría dado ni cuenta del cambio. Algo que no ha ocurrido por el simple hecho de seguir inflando las arcas gubernamentales (públicas).

Eliminemos la burocracia. Qué sentido tiene que una persona pierda más de dos meses de su vida en montar un negocio simplemente rellenando papeles para el Gobierno y pagando tasas. Con esta burocracia, ¿el camarero servirá mejor el café, el peluquero cortará mejor el pelo o el cocinero cocinará mejor? La tierra de las buenas intenciones que practica el socialismo sólo está llena de pesadillas y horrores.

Eliminemos ministerios, políticos, reguladores, funcionarios, subvenciones. ¿Qué nos está aportando esta gente a la que mantenemos? Problemas. El Gobierno tiró la casa por la ventana en época de crecimiento. Llega la época de crisis, ¿y qué hace? ¡Gastar más! Pero no su dinero, sino el nuestro. Qué bobada más grande que durante una crisis tan acentuada nos suban los impuestos y su único resultado sea el de habernos convertido en el país con peor tendencia de la UE. Su dinero ahora mismo se está tirando en cosas como crear una perreras de 7,6 millones de euros.

En los tiempos que corren, la solución no pasa por más de lo mismo ni por seguir la tendencia. Pasa por dar un vuelco radical. Desde el punto de vista económico y civil, la sociedad más que nunca necesita: menos regulaciones, menos burocracia, menos Estado y más libertad para que el ciudadano gestione su dinero como le dé la gana sin un tirano de la producción que se adueñe de su trabajo con el único propósito de someterlo todavía más. Demos una oportunidad a la libertad. Como nunca lo hemos probado, quién sabe, tal vez funciona y somos más prósperos y felices.

Sangría para todos

La previsible subida de impuestos está al caer. Nuestro Gobierno, maltrecho en credibilidad, no sabe cómo hincar el diente en la yugular del ciudadano. Pero, no lo dude, antes o después, lo hará.

A pesar de lo incómodo que resulta el traqueteo informativo, los “ahora sí, ahora no” del Gobierno respecto a las medidas económicas, primero anunciadas, luego esquivadas, este comportamiento tiene su objetivo. El primero, desde luego, marear al personal. Y lo han conseguido con creces. Pero, además, es el típico juego de despiste de la enfermera que te va a poner una vacuna dolorosa y te da unos golpecitos antes en plena vena. La idea es despistar la atención del paciente para que la inyección duela menos. Pues igual. Que recorto. Que no recorto. Que subo los impuestos. Que no. Bueno, mejor sí. Y cuando estemos más despistados, nos endiñan una subidita.

Los sufridos pacientes, que ya nos la sabemos, generalmente le pedimos a la enfermera que ataque a la de tres y se deje de tonterías que ya aguantamos nosotros el dolor, que a estas alturas ya sabemos. Lo sorprendente es que la sociedad no exige a los gobernantes que no amague y se retire, y menos con el dinero de todos. Es decir, no hay algaradas en las calles, ni protestas exigiendo la dimisión de nadie. Y mira que hay motivos. Corbacho se va por la puerta grande, tan grande como el boquete de paro que deja tras de sí, para ser candidato socialista en Cataluña. Y todos mirando.

Estas reacciones de la manada, este instinto de rebaño, no es nuevo y está en la vanguardia de los estudios del comportamiento económico y político.

Cuando la gente piensa que la información a la que tiene acceso es insuficiente se dispara el bandwagon effect, según el cual, las decisiones individuales se toman observando lo que hacen los demás: si ves que A es la opción mayoritaria, simplemente la adoptas sin tener en cuenta evidencias ni creencias personales, te subes al carro. De manera que las conductas se generalizan a medida que las modas pasajeras y las tendencias lo hacen. Este comportamiento puede acabar en la elección de la opción menos deseable para el conjunto. Amos Tversky, Daniel Kahnemann y Vernon Smith (todos con un Nóbel de Economía en su haber) son tres de los investigadores que han estudiado cómo afectan estos aspectos de la toma de decisiones grupales a las finanzas.

Y así, la idea de que subir los impuestos es necesario para salvar a los parados, eliminar desigualdades (injustas, no se olviden, siempre injustas) y “curar” al país de todo mal, va acompañada de ejemplos de otros países, a los que supuestamente queremos parecernos, que han subido los impuestos. No importa que todos sepamos que cada caso es distinto, que nuestro paro es inigualable, que nuestro sistema productivo es el que es, que nuestras empresas son principalmente pequeñas y medianas y que la mayoría de nuestro tejido empresarial está integrado por autónomos. Nada, todos lo mismo. Viva la igualdad… pero págala tú.

La metáfora médica no se restringe al comportamiento enfermeril. En general, los gobiernos se autodefinen como los médicos, los que poseen la cura milagrosa, los que van a extirpar esos activos tóxicos y van a sanar el sistema financiero. Y tienen razón. Lo malo, sobre todo para nosotros, es que son médicos de otras épocas. Ya desde la Antigüedad se usaban sanguijuelas para sanar, pensando que las sangrías, es decir, la extracción de sangre con fines terapéuticos, era lo mejor. La gente solía morirse desangrada, pero sin dolor. Como la saliva de la sanguijuela contiene un anticoagulante, un anti cicatrizante, un vasodilatador y un anestésico, uno no se enteraba de que le estaban matando, simplemente se sentía cada vez más débil.

De la misma forma, nuestro Gobierno nos unta con anestésicos locales para que no nos demos cuenta, pero el sistema económico está tan débil que no puede con su alma. Y lo que le queda. La próxima subida de impuestos, la vendan como “sólo para ricos” o como “purga Benito”, va a empobrecernos a todos. Los “ricos” que no se han llevado ya el dinero fuera de España, no van a estar en disposición de crear empleo. Y no se trata de las grandes empresas, ésas probablemente han tenido tiempo y recursos para esquivar el golpe. La cura va dirigida a las clases medias, a los pequeños y medianos empresarios. Les van a sangrar, y no solamente a ellos, la medida nos va a salpicar a los demás. A grandes males, grandes remedios. Y este gobierno ha decidido lo que necesitamos: sangría para todos.

Las primarias no resultan… en España

Un atractivo espectáculo es el que ofrecen Tomás Gómez y Trinidad Jiménez compitiendo por la candidatura autonómica del PSOE de Madrid. Quienes apoyan esta buena opinión acerca de las elecciones primarias en los partidos políticos suelen acudir, además, al argumento de la competitividad como elemento positivo. Son dos argumentos, el democrático y el competitivo, que aportados simultáneamente parecen apoyar la bondad de las urnas pero que en un sistema constitucional como el vigente en España resultaría tan dificultoso de implantar como estéril en sus resultados. Lo democrático, teniendo en cuenta el mito predominante según el cual todo lo elegido es bueno, se une, en esto de las primarias, con la carrera competitiva, según la cual todo lo que triunfa en una pugna reglada es lo excelente. Al simplismo de esta argumentación se une la coletilla del ejemplo constitucional donde las virtudes de las primarias se perciben cada cuatro años: los Estados Unidos de América.

Vamos a dar por bueno el aserto de que las primarias al estilo americano son positivas y un ejemplo de democracia y, por ello, culmen de la excelencia. Damos por bueno también que la competitividad intrapartidaria en América concluye en la elección del mejor. Ambas afirmaciones tienen puntos discutibles pero, como supuesto del que partir, se pueden aceptar.

Lo que, por el contrario, no parece ya admisible es que trasplantar el sistema de las primarias a los partidos españoles haya de tener los mismos efectos que en los EE UU. Una de las dos diferencias que lo refuta está, justamente, en los modelos de partidos, muy diferentes, a ambos lados del Atlántico. La otra reside en el muy distinto papel que tales partidos políticos desarrollan en sus respectivos sistemas constitucionales.

Los partidos políticos españoles y, por extensión, europeos continentales, son los principales ejes de la vida política. Su estructura interna está formada por una pirámide orgánica, funcionarial y formal de carácter permanente. Su actividad interna es intensa, monopoliza la vida política de manera ininterrumpida entre elección y elección y su vida interna es, por tanto, jerárquica. El jefe del partido controla férreamente la organización y es el candidato usual a la jefatura del gobierno.

A diferencia de este modelo, los norteamericanos no ve a los partidos más que en periodos electorales porque no son los que estructuran la vida política; son, casi exclusivamente, clubs que organizan la selección previa de candidatos. Ante cada cita electoral los partidos Demócrata y Republicano resurgen una y otra vez sin haber tenido una actividad orgánica previa que posicionara a nadie como líder y su organización apenas puede servir de mecanismo selectivo. Nada que ver con los partidos en España.

No obstante, si alguien estuviera tentado en intentar trasplantar este modelo de partidos mínimos a nuestro sistema constitucional, habría que explicarle cuál es la razón, suprema razón, que lo impediría y que, en caso de llevarse a cabo, frustraría toda esperanza de que las primarias aquí fueran un ejercicio de democracia y de selección de los mejores.

No es casual que los partidos, en cada sistema, sean como son. El sistema político norteamericano es, por sí mismo, legítimo; no necesita de los partidos para canalizar la adhesión de los ciudadanos. La regularidad inalterable de sus citas electorales, la invariabilidad de sus ritos y símbolos, el apego a la Constitución, el culto a los hitos fundacionales y a los padres de la patria, la solidez, en suma, de sus instituciones democráticas y de las encargadas del control de sus excesos no precisa principalmente de los partidos. Los norteamericanos, desde los inicios de su nación, son, ante todo, ciudadanos venerantes de un sistema en el que creen porque lo llevan practicando casi sin interrupción durante más de dos siglos.

Al contrario, España y la Europa continental han sido escasamente creyentes en el sistema democrático-liberal durante ciento cincuenta de los mismos doscientos años en que los norteamericanos sí lo fueron. Los europeos han sido partidarios de sus partidos ideologizados y de los presidentes y secretarios generales de éstos antes que de ningún sistema constitucional y democrático. Han escrito y derribado constituciones sin número por impulsos revolucionarios y contrarrevolucionarios y solamente la brutal derrota de los totalitarismos de derecha en la Segunda Guerra Mundial ha podido lograr que los partidos políticos hayan abrazado el credo democrático durante los últimos ¡sesenta años! En España hizo falta para ello una guerra civil, cuya secuela franquista reduce a la mitad esa cifra. Y, hasta para ser demócratas hasta la médula, los europeos, y aún más los españoles, necesitan a sus partidos. La competitividad es, esencialmente entre partidos rivales, nunca entre candidatos del mismo partido pues la rivalidad entre éstos desencaja completamente el concepto mismo de partido a la europea.

Los partidos norteamericanos no son partidos permanentes ni jerárquicos porque no son pilares del sistema. Los de aquí sí lo son, por desgracia. ¿Qué sucedería en caso de trasplantar el sistema de primarias al PP, PSOE, UPyD, etc.? Pues que no habría más remedio, para sostener la integridad interna de esos grandes estructuradores de la democracia española, que introducir restricciones en esas elecciones internas. Sin duda, esto no es muy positivo o halagüeño, pero es la realidad.

La rigidez de los partidos en España es, sin duda, un lastre para el desarrollo y la mejora de los modos de gobernar y para las actitudes ciudadanas, pero la responsabilidad no está tanto en los partidos como en la fragilidad de las propias instituciones constitucionales. Y más de treinta años con un sistema educativo sectario y sectarizante no han hecho avanzar, sino al contrario, esa adhesión. Pero ese es otro tema.

La farsa bancaria se confirma

¡Oh sorpresa! Resulta que las entidades analizadas han ocultado a los reguladores su exposición a la deuda soberana de los países más débiles de la zona euro (Portugal, Italia, Irlanda, Grecia y España). Es decir, han maquillado sus carteras de deuda pública con el objetivo de reflejar una solvencia superior a la real.

Tal y como publica este martes The Wall Street Journal, los bancos han excluido de su contabilidad ciertos activos (basura, cabe suponer) e, incluso, han reducido de forma artificial y maniquea sus respectivas carteras de bonos a corto, esto es, el volumen de deuda que pretendían vender.

Así, por ejemplo, las grandes entidades francesas, que representan hasta el 80% del mercado financiero galo, tan sólo declararon una exposición a la deuda española de 6.600 millones de euros cuando, en realidad, ascendía a 34.700 millones (casi cinco veces más), según los datos del Banco Internacional de Pagos (BIS, el banco de bancos centrales); la griega se reduce a 11.600 millones frente a los 20.000 millones que contabiliza el BIS (el doble); mientras que apenas declararon 4.900 millones de deuda portuguesa frente a los 15.100 que poseen en realidad (el triple).

Y llegados a este punto… ¿Alguien se extraña? El engaño de los stress test era algo sabido y previsible. En estas mismas páginas (aquí y aquí) ya advertimos de que dichas pruebas ofrecerían a la opinión pública una imagen distorsionada e inflada de la solvencia real del sistema financiero europeo y, en especial, de algunos países miembros. La clave del asunto, sin embargo, no consiste en si hubo o no engaño –era evidente que lo habría, tal y como se ha confirmado– sino en si éste ha sido o no consentido deliberadamente por las autoridades públicas competentes.

En primer lugar, cabe recordar que semanas antes de la publicación de las famosas pruebas los reguladores, ésos que en teoría existen para salvaguardar los intereses de los indefensos ciudadanos, pretendían excluir de sus análisis de solvencia los cientos de miles de millones de euros de deuda pública que las grandes entidades europeas acumulan en sus balances. Curioso, ¿verdad? Resulta que en medio de una crisis de deuda pública que ha llegado a tambalear los cimientos mismos de la Unión Monetaria, los poderes públicos estaban dispuestos a esconder debajo de la alfombra dichos activos, descartando así cualquier atisbo de quiebra (default) de países y, por consiguiente, también grandes entidades.

Como es lógico, tal intención fue percibida de inmediato por los inversores como una ocultación inaceptable por lo que, finalmente, los gobiernos se vieron obligados a dar marcha atrás, aunque sólo parcialmente. Y es que si bien los stress test contemplan un cierto descuento en los bonos soberanos, éste tan sólo se aplica a la deuda pública que las entidades europeas pretenden vender a corto plazo (apenas 108.000 millones de euros en el caso de los 10 mayores bancos) y no en la que mantienen hasta su vencimiento (cerca de 400.000 millones). Es decir que, en realidad, dichas pruebas seguían descartando por completo un escenario de quiebra soberana dentro de la Unión y sus posibles efectos sobre la banca.

Y por si ello fuera poco, ahora se descubre que incluso así las entidades no han revelado la exposición real de sus carteras a corto. Y la pregunta es: ¿lo hicieron con la autorización y consentimiento de los reguladores?; ¿de verdad se han arriesgado los bancos a ocultar datos de este calibre a sus respectivos supervisores con la posible sanción que ello podría generar?; ¿quién ha intentado engañar realmente a inversores y depositantes?.. ¿bancos, gobiernos, o más bien ambos?

Ni se engañen ni se dejen engañar. Bancos centrales, bancos y gobiernos tienen intereses comunes y compartidos en este ámbito. Los stress test auspiciados bajo el control gubernamental son una farsa de principio a fin, ya que ni a unos ni a otros les interesa lo más mínimo reflejar la crisis financiera y soberana en ciernes. Uno de los problemas más graves del actual sistema bancario radica, precisamente, en la existencia de supervisores públicos y bancos centrales ideados para mentir, engañar y falsear lo que sea necesario en el momento oportuno con el fin de mantener el modelo en pie. Gobiernos y bancos centrales son los auténticos responsables de la crisis actual, al igual que lo fueron de las pasadas y lo serán de las futuras.

Y, sin embargo, todo está desembocando, poco a poco, en un mayor control gubernamental sobre un sector financiero y monetario intervenido hasta sus entrañas. Por ello, es necesario cambiar el sistema de raíz. La banca libre es la solución a los problemas de la banca central. La farsa bancaria continuará mientras siga existiendo el actual modelo.

Responsables

Según el Instituto Ethos, la Responsabilidad Social Corporativa (RSC o RSE) es:

 “Una forma de gestión que define la relación ética y transparente entre la empresa y todas las partes interesadas con las que se relaciona, y los objetivos de negocio para impulsar el desarrollo sostenible de la sociedad, preservando recursos ambientales y culturales para las generaciones futuras, respetando la diversidad y promoviendo la reducción de las desigualdades sociales”.

Para la Organización Internacional del Trabajo (OIT):

Es el reflejo de la manera en que las empresas toman en consideración las repercusiones que tienen sus actividades sobre la sociedad, y en la que afirman los principios y valores por los que se rigen, tanto en sus propios métodos y procesos internos como en su relación con los demás actores. La RSE es una iniciativa de carácter voluntario y que sólo depende de la empresa, y se refiere a actividades que se considera rebasan el mero cumplimiento de la legislación”.

Si siguiéramos nadando en las muchas descripciones que se dan sobre RSC, encontraríamos que en casi todas se repite de alguna manera la implicación de la empresa en el desarrollo social y en el cuidado del medioambiente, asumiendo voluntariamente una ética pública que aplicaría en sus actividades empresariales y extraempresariales. Todo esto suena bien: voluntario, solidario, sostenible, medioambiental, social. Cómo no iba a sonar bien si repite de manera sistemática buena parte de los mantras de la progresía, buena parte de las ideas más exitosas del intervencionismo. Es tan exitoso y tan políticamente correcto que pronto podría dejar de tener carácter voluntario para tenerlo obligatorio. Cualquier excusa es buena para desarrollar sistemas de ingeniería social como un “código ético” empresarial universal.

La empresa, la gran empresa sobre todo, asume su papel de malo y pide perdón a través de una actividad que conlleva el uso de capital y recursos que podían dedicarse a otros aspectos mucho más productivos. Porque nadie se confunda, la RSC es una “devolución”. Como se indica en el informe de la Caja de Ahorros del Mediterráneo:

“Devuelve a la sociedad un alto porcentaje de sus beneficios, a través de Obras Sociales”.

La actividad principal de una empresa es ganar dinero. Desde luego que a la empresa le interesa que la sociedad sea cada vez más rica, porque cuanto más lo sea, mayor renta tendrán los ciudadanos y habrá mayor demanda de sus bienes y servicios lo que redundará en su beneficio. La empresa ya tiene su propia “misión” social, descubrir desequilibrios y demandas y satisfacerlas. La empresa no debe “devolver” nada a la sociedad porque nada ha tomado, sino que ha habido un doble beneficio. El cliente tenía un dinero que por sí mismo no le servía de nada y ha obtenido el beneficio del producto o servicio que ha adquirido.

La RSC es un batiburrillo de actividades donde la cultura, la sostenibilidad, la inserción laboral, la igualdad de género, el patrocinio deportivo, la lucha contra la corrupción o la defensa del medio ambiente se mezclan con la necesidad de promoción de la propia empresa, con la de adaptación a los usos sociales y políticos, con la de una fiscalidad menor -si supone una reducción de impuestos-, con la adaptación a las políticas públicas estatales o a la presión de determinados lobbies. Es un conjunto de actividades y conductas que podría ser atributo de los individuos de la sociedad, de otras empresas, que lo convirtieran en fuente de beneficios, o de otras instituciones de la sociedad civil sin ánimo de lucro, pero no necesariamente de la empresa que las implementa.

El problema surge de que durante décadas un Estado cada vez más gigantesco ha ido asumiendo una serie de competencias que por una u otra razón ahora no puede o no quiere desarrollar y que ha decidido trasladar a las empresas aprovechando la idea intervencionista, anticapitalista y totalitaria de que su beneficio es la pérdida de sus clientes que pagan precios abusivos. Una idea que implícitamente asume que el ciudadano es básicamente idiota, que no sabe lo qué quiere y que es engañado cuando paga un precio por un producto o servicio. Una idea que hace suya la empresa por simple supervivencia o porque sus gestores han decidido incluir voluntariamente la ideología dominante en su actividad.

El totalitarismo democrático: Hayek, Mises y el color de mi coche

A pesar de que soy aficionado a los toros (tengo un abono en Las Ventas desde hace más de una década) he seguido con bastante despreocupación la aprobación en Cataluña de una Ley que prohibirá los espectáculos taurinos a partir del 1 de enero de 2012. No creo que sea algo especialmente grave ni para la fiesta ni para los catalanes, que ya hace tiempo dejaron de acudir a las plazas de sus pueblos y ciudades. La supresión de la docena de corridas que se dan cada año en Barcelona no dañará a los toros ni la mitad de lo que lo hacen los neotaurinos, que han encumbrado al medio-toro y al cuarto-y-mitad-torero en las últimas décadas y le han quitado al espectáculo gran parte de su atractivo. Además, muchas otras libertades mucho más importantes que ésta se han cercenado en Cataluña y en el resto de España sin que haya habido tanto revuelo.

Entre los que defendían los toros se han dado fundamentalmente dos tipos de argumentos: los culturales (estética, tradición, relevancia económica, turismo,…) y los anti-prohibicionistas (que el que quiera vaya a las corridas y el que no quiera no vaya). Sin embargo a ninguno he oído proclamar lo evidente: que el Parlamento de Cataluña no tiene derecho a decidir si debe haber o no espectáculos taurinos. El problema no es que el resultado de la votación sea “no a los toros”: el problema es que se haya votado.

Pensando en todo esto recordaba una cita de Mises en Gobierno omnipotente en la que afirmaba con su habitual precisión que “las mayorías no están menos expuestas al error y al fracaso que los reyes y los dictadores; el que la mayoría crea que una cosa es verdad no prueba que lo sea”. Quién vivió tan de cerca el nazismo sabía de lo que hablaba cuando pedía limitar a los gobiernos elegidos en las urnas.

En el último siglo, estamos viviendo una deriva hacia lo que podría denominarse como totalitarismo democrático. Se ha llegado a la conclusión de que una decisión tomada por una mayoría (o por sus representantes) es legítima per se, sin que nada ni nadie pueda oponerse a ella. Así, la democracia, que nació como un medio de protección de las minorías, para que cualquiera pudiera ejercer su libertad de opinión, religión o movimiento, se convierte en una apisonadora que se lleva tras de sí los derechos de aquellos a los que debería defender.

A mis amigos más intervencionistas a veces les intento convencer con algunos ejemplos. “Supongamos que yo viviera en un pueblo con otras cien personas. Un día, todos mis vecinos se reúnen y votan por 99 votos a favor y 2 en contra que mi coche debe ser rojo en vez de azul, puesto que rojo es el color de la bandera de la localidad; que mi primer hijo debe llamarse Sebastián, como el patrón, ya que no hay muchas parejas jóvenes en el pueblo y hay que perpetuar los nombres tradicionales; que no me puedo abonar a Digital +, porque el bar ya tiene una licencia y si quiero ver el fútbol mejor que lo haga allí tomándome unas cañas, que eso será bueno para la economía del pueblo; o que debo comprar tomates de la comarca, que son más sanos y, además, así les doy publicidad”. Pues bien, les recuerdo a mis conocidos, “a pesar de que la votación ha sido abrumadora -99 a 2-, nadie tendría derecho a inmiscuirse en ninguna de estas decisiones”.

Mis amigos me suelen mirar con condescendencia, como pensando que qué cosas se me ocurren, que nunca llegaremos a algo así y que, aunque la intromisión del Estado en nuestras vidas a veces puede ser molesta, hay límites que ningún Gobierno se atrevería a pasar. Entonces soy yo el que les miro, asombrado de su candidez.

En estos momentos, en España, están vigentes (o tramitándose) normas muy similares en su fondo y en su forma a los ejemplos arriba citados. Puede que nadie se meta en el color de mi coche, pero si quiero construirme una casa en mi pueblo tendré que ajustarme a los peculiares criterios estéticos del arquitecto municipal y de la ordenanza de urbanismo. Puede que nadie me obligue a llamar a mi hijo Sebastián, pero no me dejan rotular mi comercio, pagado con mi esfuerzo y mi trabajo, como a mí me dé la gana (en chino, alemán o castellano). Puede que no me obliguen a ver el partido en el bar, pero si quiero comprar unas cervezas en un súper después de las diez de la noche no podré hacerlo. Puede que no me fuercen a llevarme los tomates de la comarca, pero me obligan a subvencionar los de todos los agricultores europeos.

Y la lista no acaba aquí: no puedo decidir si en mi bar se fuma o no, ni si quiero publicar artículos de prostitución en el periódico, ni si quiero llevar un pañuelo musulmán en la cabeza, ni si quiero que mis hijos coman bollos en el colegio, ni si quiero conducir sin cinturón de seguridad… La lista sería interminable. Cada caso es diferente y merecería un comentario aparte, pero todos se caracterizan por lo mismo: un tipo cree que por haber recibidos más votos que otro puede decidir lo que quiera sobre mi vida durante cuatro años.

Alexis de Tocqueville, en La democracia en América, ya advirtió hace más de 150 años, del peligro del gobierno de las mayorías. Lo que no se atreverían a hacer algunos tiranos por miedo a la reacción popular, lo hacen gobiernos democráticos que, revestidos por la legitimidad de los votos, saben que no tendrán esa contestación. Quizás fue Friedrich Hayek, en Camino de servidumbre, el que mejor lo expresó: “Dando al Estado poderes ilimitados, la norma más arbitraria puede legalizarse y una democracia puede establecer el más completo despotismo imaginable”.

No creo que a los tres maestros aquí citados les gustaran mucho los toros. Pero, desde este modesto tendido liberal, pido voluntarios para sacarlos a hombros, por la Puerta Grande.

Cómo se mofó Lubitsch de los totalitarismos

Durante el transcurso de la Segunda Guerra Mundial miles de espectadores deseaban evadirse en las salas de cine de la dolorosa realidad. El director Ernst Lubitsch –antiguo actor de teatro- no sólo llevaba atendiendo con éxito dicha demanda desde hacía años, sino que decidió burlarse elegantemente justo entonces de aquellos totalitarismos que contaban en su época con mayor apoyo popular (el socialismo real y el nazismo). Fruto de ello fue la producción de dos comedias devenidas en clásicos de la cinematografía.

Ninotchka (1939) relata la historia de amor que surge en París entre dos especimenes de mundos contrapuestos, el occidental (capitalista) y el soviético al toparse un vividor de apretada vida social (representado por Melvyn Douglas) con una emisaria comunista gélida y calculadora (Greta Garbo, alias Ninotchka) con motivo de la venta en la capital francesa de unas joyas expropiadas por el Estado soviético a una duquesa de la Rusia blanca.

Toda la película rebosa humor e ingenio. Por primera vez la divina Garbo intervenía en una comedia. Nada más bajar del tren en la estación parisina, la protagonista comenta que el trabajo del porteador de maletas era una injusticia social, a lo que éste le replica que eso dependía de la propina. Seguidamente le preguntan sus enlaces en la ciudad por la URSS después de los juicios (las purgas estalinistas, se entiende) y contesta –sin inmutarse- que tras aquéllos había muchos menos rusos pero los que quedaban eran mejores.

Otro diálogo memorable es el que mantiene el galán protagonista con su mayordomo, aterrado este último ante la perspectiva de tener que compartir, según los cánones marxistas, su cuenta bancaria y sus ahorros con su empleador, un crápula y un derrochador incorregible. Todos los actores secundarios lo bordan, en especial los inolvidables tres delegados soviéticos, subalternos de Ninotchka, que sucumben con deleite a los lujos capitalistas. Esta obra maestra, al parecer una de las favoritas de Lubitsch, fue nominada a cuatro Oscars; lástima que 1939 fuese también el año del estreno de Lo que el viento se llevó y de La diligencia que se llevaron todos los honores. Un excelente guión (Wilder y Brackett) apuntala esta incisiva comedia de la planificada Unión Soviética y sus insoportables servidumbres, algo insólito en el mundo del cine de entonces y de hoy.

El proverbial refinamiento fílmico del judío berlinés Lubitsch se enfocó un poco más tarde, en 1942 (año de la mítica Casablanca), en otra tiranía; esta vez contra la política belicista que los nazis estaban acometiendo en esos momentos. El resultado fue To be or not to be. Otra sátira deslumbrante con un guión de los llamados “de hierro” y un reparto perfecto. Se trata de una parodia a cuenta de la deplorable invasión nazi de Polonia en la que una compañía de actores de teatro, de gira por Varsovia, trata de impedir a toda costa que un profesor espía al servicio de la Gestapo desvelase los nombres de los cabecillas de la resistencia polaca. A tal fin despliegan, disfrazados de nacionalsocialistas, sus propias dotes interpretativas en un festín de situaciones equívocas, brillantes elipsis, gags desaforados y situaciones cada vez más enloquecidas a medida que avanza la trama.

En este enredo también hay una subtrama romántica de celos, desconfianza e infidelidad entre un terceto amoroso formado por el matrimonio protagonista (los actores Tura, encarnados por Jack Benny y Carole Lombard) y un piloto polaco, amante de la sra. Tura. El tan alabado “toque Lubitsch”, consistente en un sutil empleo de la sugerencia y del entrever no explícito, tiene en esta película uno de sus mejores exponentes. La chanza de las vanidades de los actores no fue menor que la dedicada a los nazis. A diferencia de lo que ocurrió dos años antes con el film más simplón El Gran dictador (Chaplin), los críticos de la época no supieron apreciar Ser o no ser y lo tacharon de banal e insensible. Con el tiempo, no obstante, se ha revelado como una magistral mofa del aplastante poder totalitario en el que había bastante de grotesco y de ridículo en toda su aparatosa parafernalia.

Estas dos sofisticadas comedias de Lubitsch son la mejor vacuna contra sendos modos de poder totalitario del siglo XX. ¿Algún director actual osará burlarse así de las tiranías actuales? Lo dudo; la corrección política o la timorata alianza de civilizaciones lo impedirían.

La extensa filmografía de Ernst Lubitsch (una cincuentena de películas mudas y, sobre todo, las veinte sonoras) le acredita como el mejor director de comedia cinematográfica de todos los tiempos. Los dos largometrajes aquí comentadas son, además, hitos primordiales para cualquier cinéfilo. También para todo aquél que tenga algún aprecio por la libertad.