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Pan y circo

En la primera mitad del siglo XX fueron miles los españoles que, huyendo del hambre y la guerra, cruzaron el Charco en busca de un futuro mejor. Muchos, incluso, lograron hacer fortuna. Hoy, sin embargo, un creciente número de aquellos emigrantes, y los hijos y nietos de éstos, regresan a España horrorizados del declive económico y social que vive Venezuela desde hace casi una década.

El régimen totalitario que, poco a poco, está imponiendo Hugo Chávez se ha materializado en un empobrecimiento generalizado de la población. Según el último informe de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), el PIB venezolano cayó un 3,3% en 2009 mientras que la inflación superó el 25%. Y las previsiones para el presente año no son mejores. Venezuela seguirá hundida en la estanflación (recesión e inflación), el peor de los mundos posibles. Así, el PIB descendió un 5,8% en el primer trimestre de 2010, al tiempo que los precios se dispararon un 31,3% interanual el pasado junio (un 16,3% en el primer semestre).

Los venezolanos siguen sufriendo frecuentes cortes de luz y agua en sus hogares y empresas. Además, la producción de petróleo, principal motor económico del país, se redujo un 7% de media entre 2008 y 2009. Esta actividad sufre una desaceleración constante desde hace años debido a la falta de inversiones y a la ineficiente gestión estatal tras la nacionalización del sector energético decretada por Chávez.

Que Venezuela va de cabeza a la ruina no es ningún secreto. Se trata de un hecho, admitido incluso por algunos de los que en su día aplaudieron con entusiasmo la llegada al poder del dictador bolivariano. La razón de tal pobreza es, sin embargo, incomprendida por muchos. La explicación es simple. Tan sólo dos palabras sintetizan la causa y origen de dicho fenómeno: pan y circo. El estado de bienestar venezolano, sustentado a golpe de petrodólares, está colapsando como resultado de una huida hacia adelante del poder estatal.

El reparto masivo de subvenciones y ayudas públicas a los acólitos del régimen chavista (en su mayoría, clases desfavorecidas), la nacionalización de sectores productivos, el creciente intervencionismo económico, la fijación de precios máximos en numerosos productos de primera necesidad, la devaluación de la divisa (causante de la inflación) o la expropiación de empresas y propiedades, entre otras barbaridades, están limitando hasta el extremo el comercio y la actividad económica.

La historia se repite, una y otra vez, pese al trascurso de los siglos. El antiguo Imperio Romano padeció un fenómeno similar hace ahora más de 1.500 años. Pan y circo era también el lema de los gobernantes en Roma (no se pierdan este vídeo). Fue el estado de bienestar, no los bárbaros, el que logró tumbar el otrora todopoderoso Imperio. El trigo gratis decretado por los emperadores con el fin de contentar a la plebe arruinó a los agricultores que, desesperados, huyeron en masa hacia Roma para beneficiarse igualmente de las dádivas imperiales.

La escasez de grano era tan sólo cuestión de tiempo. El aumento de precios fue combatido sin éxito mediante la fijación de precios máximos y la prohibición de que los campesinos abandonaran el campo. Además, el despilfarro de dinero público siguió su curso, y para ello los gobernantes no dudaron en envilecer la moneda y subir los impuestos. Todo resultó inútil. El Imperio llegó a su fin. Los bárbaros tan sólo se aprovecharon de la situación.

Tal y como explica Ludwig von Mises en La Acción Humana:

Lamaravillosa civilización de la antigüedad desapareció porque fue incapaz de amoldar su código moral y su sistema jurídico a las exigencias de la economía de mercado […] El Imperio Romano se derrumbó porque sus ciudadanos ignoraron el espíritu liberal y repudiaron la iniciativa privada y la libre empresa. El intervencionismo económico y su corolario político, el gobierno dictatorial, descompusieron el poderoso imperio, como también, en el futuro, lo harán con cualquier régimen social.

Otra de gambas

La vida marina en las zonas costeras está corriendo un grave riesgo nos advierte el periódico El Mundo. Pero esta vez el culpable no es el cambio climático, ni la sobreexplotación de las pesquerías, ni siquiera la especulación urbanística que degrada las costas…esta vez los culpables son los antidepresivos.

Según un estudio de la prestigiosa Universidad de Porstmouth, la concentración de antidepresivos en las zonas costeras está alterando el comportamiento de las gambas, las cuales, normalmente tímidas y retraídas, sometidas a la influencia de dichos fármacos, cambian su comportamiento y se vuelven alegres y confiadas, nadando hacia la luz donde son fácil presa de peces y aves. Según los autores del estudio, este comportamiento desinhibido está alterando la cadena trófica y sus consecuencias son imprevisibles pero, sin duda, dramáticas.

Una vez más vemos como el ser humano, la civilización occidental, las grandes corporaciones farmacéuticas, más preocupadas por sus beneficios que por la salud del planeta, ponen en riesgo el delicado equilibrio de la madre tierra.

Pero repasemos un poco las conclusiones de dicho estudio. Sin pararnos a analizar la situación del becario que quería ser Costeau y que ha acabado midiendo el grado de atracción hacia la luz de gambas con antidepresivos vs gambas con placebo, el estudio saca la siguiente conclusión: “En presencia de dichos compuestos las gambas son hasta cinco veces mas propensas a nadar hacia la luz”

Realmente, el informe nos deja un poco a medias. ¿Son todas las gambas cinco veces más propensas? ¿Algunas gambas sólo son dos veces más propensas? ¿Hay gambas, las más introvertidas, cuya respuesta a los antidepresivos les haga salir de su tristeza habitual, pero no lleguen a ir nadando alegremente hacia la luz y hacia una muerte segura?

Es evidente que según el estudio, se estaría produciendo una selección, en la cual, las gambas más extrovertidas, al reforzar su alegría natural y su tendencia hacia la luz, caerían víctimas de los depredadores, mientras que aquellos crustáceos más tristones seguirían vivos, y, a pesar de que les cuesta relacionarse, sí trasmitirán sus genes a la siguiente generación.

En un proceso análogo al de la polilla del abedul (Bison Betularia) que durante la Revolución Industrial cambio su color dominante del blanco al negro para poder camuflarse en los árboles llenos de hollín, las gambas extrovertidas serán sustituidas por las introvertidas.

Pero sigamos, pues el estudio artículo carece de una visión global, limitándose solo a las gambas  Por ejemplo, ¿Qué pasa con los peces y las aves que se comen a las gambas desinhibidas? ¿Cambian también su comportamiento? Las merluzas, normalmente acostumbradas a nadar en bancos compactos, ¿empiezan a ir por libre? Los lenguados ¿abandonan sus escondites bajo la arena y se dedican a remolonear entre dos aguas?

Si subimos en la cadena trófica, y en un proceso similar a la famosa acumulación del DDT en los tejidos de los predadores, las antidepresivos también se acumulan, ¿qué pasaría con los delfines, ya de por sí alegres y desinhibidos?

Finalmente, en el vértice de la pirámide ¿Cómo afecta esto al consumo humano? Efectivamente, tomarse una de gambas con una caña en una terracita tiene un indudable valor antidepresivo pero no creo que se deba a los altos índices de serotonina presentes en los crustáceos.

Respecto a otros miembros del ecosistema, también sometidos a la presencia de dichas sustancia, las interrogantes se mantienen. ¿Cómo afectarían los antidepresivos a otros seres vivos? ¿Dejarían las ostras de ser tan aburridas? ¿Cambiarían los cangrejos su estilo de locomoción de adelante a atrás por de atrás a adelante? ¿Las quisquillas dejarán de ser tan quisquillosas? En resumen, ¿se está convirtiendo el lecho marino en una especie de episodio de Bob Esponja con la fauna desquiciada?

Sinceramente, creo que no: creo que estamos ante el típico estudio en el cual las conclusiones ya estaban concebidas a priori, en el cual se buscaban unos datos, en este caso el  “incremento de la  propensión de las gambas a ir hacia la luz”, para, una vez más, agitar la bandera del desastre ecológico, lo que sin duda es mucho más efectista y rentable (léase subvenciones) que no hacerlo.

Sin duda, un modelo de estudio y de conclusiones, así como de tratamiento periodístico que sabe perfectamente lo que esta buscando…Un modelo que sin duda tiene su máximo exponente actual en la calentología, pero que tiene raíces profundas en otros campos como por ejemplo en la antropología racial del S XIX y en los trabajos de Samuel GeorgeMorton , un modelo en el cual ya sabemos lo que vamos a encontrar y como utilizarlo.

Deprimente…

Cuerpos perfectos, por ley

A la mayoría de nosotros nos gusta estar contentos con nuestros propios cuerpos. Hay quien hace dietas o recurre al ejercicio y hay quien no hace nada de lo anterior y vive aceptablemente satisfecho con lo que tiene. Por otra parte, nuestro cuerpo perfecto no tiene que responder a los cánones de belleza que en ese momento estén de moda. Hay gente que disfruta de su obesidad tanto como otros de su delgadez sin que ambas se perciban ni sean patologías.

Los cánones de belleza van y vienen como las modas textiles o artísticas. Sólo hay que comparar a divas del cine como Ava Gardner o Marilyn Monroe con las actuales Keira Knightley o Cameron Díaz para descubrir apreciables diferencias, lo mismo que si comparamos a los forzudos de las películas de Maciste con los cuerpos tableteados que dominan el canon de belleza masculino actual. En medio siglo, la estética ha experimentado un cambio que ya la quisieran para su causa los partidarios del calentamiento global.

La salud pública, los cuerpos perfectos, ha sido una preocupación de todo sistema político totalitario. Con el auge del cine, los regímenes nazi y soviético nos inundaron con películas que demostraban la buena forma física del nuevo hombre, ciudadanos ejemplares que eran capaces de ganar cualquier competición deportiva internacional en la que participaban, ciudadanos ejemplares que algunas veces veían como una raza inferior o una clase decadente terminaba por hacerles morder el polvo en la pista. Un cuerpo perfecto era el reflejo de una sociedad perfecta y por ello destinaban (y destinan) una importante cantidad de recursos a formar a estos deportistas. Esta identificación se realiza incluso en las actuales democracias occidentales cuyos gobiernos acaparan los triunfos deportivos como propios si el deporte es lo suficientemente popular.

De un tiempo a esta parte, la salud pública, los cuerpos perfectos se están convirtiendo en una prioridad para el Gobierno español. Hace unas semanas la ministra de Sanidad Trinidad Jiménez nos obsequiaba con un proyecto coordinado con las Comunidades Autónomas que pretende limitar/prohibir la venta de refrescos, chucherías y bollería industrial en el interior de colegios e institutos. Rápidamente la polémica se ha trasladado a la calle. ¿Son o no son buenos estos alimentos? ¿Contribuyen a un aumento de ciertas patologías como la obesidad y las enfermedades que en ella tienen su origen?

El problema radica no en estas preguntas que por sí mismas son importantes sino en que una vez más los poderes públicos, las instituciones que forman el Estado, se inmiscuyen en temas que debían ser resueltos por las familias y, en este caso, las instituciones escolares, que son las implicadas. Si tan horribles son estas “bombas de relojería metabólica”, que en la siguiente reunión los padres planteen a la dirección del instituto que se limiten o prohíban y ésta considerará su desaparición o sustitución por otros alimentos más saludables.

Hemos llegado a un punto en que las iniciativas que regulan la vida pública surgen desde las instituciones estatales hacia la sociedad y no al revés. El ciudadano ha perdido la dinamismo, la capacidad de dirigir su propia vida, la posibilidad de equivocarse y corregir o la de acertar. La preocupación por una salud aceptable es algo que, dentro de nuestra responsabilidad, debería surgir de nosotros mismos, pero la hemos terminado delegando. Y esto es paradójico cuando hoy por hoy los alimentos-medicina, las dietas saludables, las medicinas místico-orientales o los productos milagro inundan nuestras radios y televisores. Somos capaces de gastarnos una millonada en productos llenos de calcio que seguramente no digerimos o de vitaminas que en el mejor de los casos terminan saliendo tal como han entrado y parece que no nos preocupamos o no controlamos lo que comen nuestros hijos.

El Estado del Bienestar nos ha convertido en irresponsables. No debemos cuidar de nuestra salud, no debemos dar importancia a nuestra sexualidad, no debemos controlar las materias que estudian nuestros hijos, no debemos ahorrar para asegurar un futuro económicamente estable, no debemos preocuparnos por los periodos de carestía, no debemos hacer nada pues alguien vendrá a solucionarlo, aunque luego sea imposible. Para ello sólo hay que cumplir unas cuantas leyes, unas cuantas normas que surgen de las iluminadas mentes de nuestros comisarios políticos. Los cuerpos perfectos hay que trabajárselos desde jovencitos, por ley, que la Sanidad Pública tiene ya demasiados gastos como para que un mocoso o un vejete al borde de la muerte, pero que se niega a dejar este mundo, vengan a aumentarlos. Y es que somos unos egoístas.

Huelga de controladores aéreos

También tengo formación académica como físico, en inteligencia artificial e ingeniería del conocimiento, y como economista.

He estado destinado en las torres de control de Tenerife Sur y en Madrid Barajas (donde fui instructor y supervisor) y ahora estoy en proceso de instrucción en el centro de control de ruta de Madrid Torrejón. Además he estado en comisiones de servicio en las torres de Almería, Ibiza y Málaga. Aclaro que este artículo lo escribo a título estrictamente personal.

Mis sueldos de los últimos años han estado ligeramente por encima de la media dada a conocer por el ministro Blanco (aquellos más de 330.000 euros brutos anuales). Además mi nómina era de las relativamente bajas en la torre de control de Barajas, ya que estando más o menos en la media de antigüedad y carrera profesional yo solo hacía la ampliación laboral básica (el primer nivel de los tres que había de horas extra). Y Barajas es una torre de categoría inferior a los centros de control, que es donde hay más personal destinado.

Estos abultados salarios se han conseguido mediante la elevación de la demanda de controladores y la restricción de su oferta, fenómenos que no han sido ajenos a la presión sindical y a su capacidad de hacer daño al dejar de prestar un servicio esencial difícilmente sustituible (la unión hace la fuerza, especialmente en un monopolio público como éste). Los propios controladores decidían de forma casi unilateral cuántos eran necesarios durante cada turno en cada dependencia (las configuraciones de referencia, con cantidades a mi juicio infladas y exageradas porque prácticamente siempre solía sobrar personal, a menudo se abrían sectores no estrictamente necesarios y las horas efectivamente trabajadas estaban lejos del límite reglamentario). Dada la limitación de horas a trabajar por convenio (1.200 anuales) se programaban grandes cantidades de horas extra.

Algunos controladores se han presentado ante la opinión pública como responsables trabajadores que sacrificaban su tiempo libre, su familia y su salud (el famoso presunto estrés laboral) para hacer las horas extra y salvar la navegación aérea, al turismo y al país: la verdad es que se aprovechaba cualquier oportunidad para generar esos servicios adicionales y se hacía cola para hacerlos y cobrarlos suculentamente. Simultáneamente el sindicato reclamaba con gran cinismo ante la opinión pública más controladores, justo lo contrario de lo que realmente quería (cualquier economista puede explicar cómo a los gremios les interesa restringir la competencia para elevar sus ingresos y mejorar sus condiciones).

Quizás por la bonanza económica o para evitar problemas políticos los ministros y los directivos anteriores de Aena cedieron ante la presión sindical, básicamente las amenazas de dejar de hacer esas infladas horas extra y quizás también retirar a los profesores de la escuela y parar en seco los procesos de formación. Otras medidas eran y son las típicas de las huelgas de celo: utilizar el reglamento y los procedimientos (estos últimos de nuevo decididos y aplicados según el criterio de los propios controladores) como excusas para ralentizar el tráfico (los controladores aéreos insisten mucho en la seguridad, la cual invocan constantemente y aprovechan para meter miedo al personal, pero de lo que no pueden presumir en general es de eficiencia).

Durante mucho tiempo advertí a mis compañeros de que se estaban pasando y que estaban generando un sistema insostenible, pero obviamente no me hicieron ningún caso y continuaron los excesos y abusos. Y entonces llegó la crisis económica, la reducción del tráfico aéreo y el cambio de ministro de Fomento y de equipo directivo en Aena. Y más recientemente las nuevas leyes sobre provisión de los servicios de navegación aérea. Lejos de practicar una sana autocrítica, el nuevo equipo directivo de USCA (Unión Sindical de Controladores Aéreos) ha decidido huir hacia delante, se han autoproclamado víctimas esclavizadas y han promovido la convocatoria de una huelga. Estoy totalmente en desacuerdo, y además me siento profundamente avergonzado e indignado por lo que he visto y oído en los últimos meses en la torre y en la sala de control. Por eso me he dado de baja del sindicato USCA y estoy considerando mi futuro profesional. En próximos artículos espero ir dando más detalles, aclarando ideas y desmontando diversas falacias difundidas interesadamente por algunos controladores aéreos.

¿Es posible para un anarco-capitalista sentir los colores de la selección?

El pasado 11 de julio ocurrió algo que nunca había pasado, y que muchos habíamos ya desistido de ver pasar: la selección española de fútbol ganó el Mundial de Sudáfrica. Con la histórica victoria, muchos españoles nos echamos a la calle a celebrarlo, y proliferaron como nunca los símbolos nacionales españoles, de repente signo de orgullo entre nuestros compatriotas. Todavía hoy, en muchas terrazas, tiendas, bares, coches y ventanas aparece ondeante la enseña nacional, recordándonos que España es campeona del mundo.

Sin embargo, desde un planteamiento liberal anarco-capitalista, esta celebración puede verse como algo contradictorio. El anarco-capitalista considera al estado como opresor de las libertades individuales, y a sus signos externos (la bandera, el himno) como intentos uniformadores de aceptar dicha opresión a cambio de la pertenencia a una cierta colectividad que nos hace más fuertes. Dentro de estos signos, cabría incluir las selecciones deportivas, como la de fútbol.

De hecho, no es desdeñable el planteamiento del problema, cuando todos los años, en fechas navideñas, se organizan partidos de fútbol en que aparecen selecciones vascas y catalanas, aunque también de algunas otras comunidades autónomas. Parece claro que, en esos casos, se utiliza la selección deportiva como método de cohesión en torno a unos supuestos valores colectivos. ¿Ocurre lo mismo con la selección española de fútbol o la de baloncesto? ¿Debe un anarco-capitalista arrepentirse del gozo que siente por estos triunfos?

No es fácil dar respuesta a la pregunta, pero trataré de compartir algunas reflexiones al respecto en las siguientes líneas, utilizando la praxeología.

El punto de partida nos lo da la evidencia empírica. Los individuos disfrutan con la competición. Estrictamente, los hay que disfrutan compitiendo, pero, sobre todo, hay muchísimos más que disfrutan viendo competir. La historia demuestra que, hasta el día de hoy, esto es así: las Olimpiadas en el mundo clásico, los gladiadores y carreras de cuadrigas con los romanos , los torneos del medioevo, o el juego de pelota de los mayas, no dejan de ser pálidos precedentes de lo que en la actualidad se mueve en torno a las competiciones.

Esta preferencia es indiscutible. De hecho, la constatación de la misma hace que muchos individuos en la actualidad se dediquen profesionalmente a la competición: una vez detectada la necesidad, los emprendedores tratan de resolverla de la mejor forma posible. La prueba definitiva de la importancia que la preferencia por ver competiciones tiene en la actualidad la constituyen los elevados salarios que los competidores profesionales son capaces de extraer por sus servicios. Además, lo hacen en un entorno relativamente poco intervenido, en el que no hay barreras de entrada para los individuos: puede triunfar igual un chavalín de Ghana que uno educado en Harvard.

Ahora bien, toda competición exige la existencia de, al menos, dos rivales. Cuando la competición es individual, la identificación de rivales carece de mayor problema, pues son los individuos distintos los que, en sí mismos, fijan los criterios de separación entre los rivales.

Pero no ocurre lo mismo cuando la competición se realiza por equipos. En este caso, se exige algún criterio de homogeneización, que identifique a un equipo respecto a otro. Estos criterios pueden ser de múltiples tipos: casados vs solteros, padres vs hijos, profesores vs alumnos, o simplemente los cinco primeros que metan una canasta. Lo cierto es que hace falta algún criterio para distinguir entre los equipos que han de competir: no pueden jugar todos contra todos.

Qué criterio se utilice para configurar los equipos queda al arbitrio del mercado, que lo resolverá mediante un proceso de descubrimiento espontáneo. De entre estos, un criterio bastante razonable y que parece haber resistido el paso del tiempo, es el de vecindad. Cuando los vecinos de un pueblo o de una ciudad decidían formar un equipo, tendían a llamarle con el nombre de la localidad en que habitaban, posiblemente porque es el aspecto que más fácilmente compartían de sus valores.

No se olvide la evidencia empírica de que a los individuos nos gusta ver competir, y que esta emoción parece enriquecerse si se toma partido por uno de los rivales. Así que, cuando este equipo de la localidad en cuestión (que no representante de la misma) compite contra el equipo de otra localidad, y a falta de más información, lo normal es que los demás habitantes de las respectivas localidades se identifiquen con el equipo de la suya, aunque solo sea por el rasgo común de vecindad. En cambio, si se dispone de más información, por ejemplo, por conocer personalmente o ser amigo de alguno o varios de los contendientes, es posible que no se utilice ese criterio para elegir rival de preferencia.

Obsérvese que para ninguno de estos procesos es necesaria la existencia de una agencia gubernamental que imponga las preferencias a los individuos. Es más, una mirada al libre mercado demuestra que los equipos de las distintas disciplinas tienden a identificarse con una ciudad, no solo en Europa, sino también en economías tradicionalmente más libres como la de EEUU. Parece por tanto que el criterio de vecindad para establecer equipos es eficiente y sostenible desde el punto de vista del libre mercado.

De hecho, otro tipo de criterios no parecen haber tenido tanto éxito. Por ejemplo, a los individuos les cuesta identificarse con equipos denominados con marcas comerciales. Esto ocurre, por ejemplo, con los equipos de ciclistas, que suelen estar patrocinados por la marca comercial que les da nombre. Normalmente, uno no desea que gane el Astaná o el Caisse d’Épargne o el Euskaltel; con quien se identifica es con los corredores españoles que corren en estos equipos. De la misma forma, tampoco se suele desear que gane un corredor extranjero, aunque corra en un equipo de marca española.

Así pues, parece que es el criterio de vecindad el que triunfa y ha triunfado históricamente a la hora de identificarse con uno de los rivales en una competición. Y no parece que dicho criterio haya venido impuesto desde fuera del individuo.

Cabría preguntarse hasta qué punto son los gobiernos los que nos imponen que hemos de entender por vecindad. ¿Por qué yo me siento más cercano a alguien nacido en el territorio llamado España, que a uno nacido en Portugal? Pero aún así, no sería una imposición sostenible si va contra nuestra preferencia natural.

En conclusión, parece haber buenas razones para que, incluso un anarco-capitalista, si ha nacido en territorio español, pueda sentirse feliz con el triunfo de la selección española de fútbol. Hay muchas posibilidades de que tal identificación con los colores sea una creación espontánea del mercado y no una imposición del estado. Así que: CAMPEONES, CAMPEONES, OÉ, OÉ, OÉ.

Pobre macroeconomía

Jesús Fernández-Villaverde aplaude estas citas ajenas:

"All the interesting policy questions involve understanding how people make decisions over time and how they handle uncertainty. All must deal with the effects on the whole economy. So, any interesting model must be a dynamic stochastic general equilibrium model. From this perspective, there is no other game in town."

"What is exactly that you are against in DSGE models? Being dynamic? Being stochastic? Being aggregate? Or being a model?"

Cuando tu única herramienta es un martillo, es posible que todo lo que veas te parezcan clavos. Si además intentas utilizar un martillo pilón como una herramienta de precisión probablemente hagas más mal que bien. Los macroeconomistas, con sus modelos matemáticos que pretenden representar a toda la economía, creen que su actividad es esencial para el estudio de las cuestiones políticas. Pero no suelen tener la humildad intelectual de reconocer que tal vez sea algo prácticamente imposible y potencialmente peligroso por sus abusos.

Los gobernantes tratan de dirigir la actividad de los ciudadanos, pero se les podría criticar no haber tenido algo en cuenta, haberse fijado sólo en lo que se ve fácilmente y no en lo que no se ve a primera vista (aparte de los problemas éticos de interferir con la libertad individual, claro). En realidad la tarea de ingeniería social es imposible debido a la complejidad de los sistemas sociales, imposibles de controlar por sus múltiples y variadas interconexiones. El macroeconomista ofrece una coartada genial para el político: en lugar de estudiar cada uno de los múltiples sectores, factores o aspectos de una economía y fracasar de forma ostentosa en el intento, huyamos hacia adelante, distraigamos la atención del espectador, demos el cambiazo y recurramos a los remedos holísticos más burdos (eso sí, con mucha sofisticación matemática que eso impresiona una barbaridad).

Vendamos nuestra debilidad como una fortaleza: olvidemos que no somos capaces de representar con precisión ningún sector real de una economía (si lo fuéramos usaríamos las predicciones de nuestros modelos para garantizar nuestro éxito empresarial y enriquecernos fácilmente, lo que obviamente no ha sucedido) e intentemos representar todo a la vez; asumamos que los detalles parciales y locales desaparecen o se vuelven irrelevantes por la magia de la compensación estadística.

Mencionemos de boquilla a la microeconomía hablando de individuos que toman decisiones en el tiempo en condiciones de incertidumbre. Y desde aquí y sin que se note mucho, demos un salto mortal sin red, ignoremos cómo estos agentes coordinan empresarialmente de forma evolutiva y adaptativa sus acciones y asumamos que toda la economía está ya prácticamente ajustada y en equilibrio en todos los mercados salvo pequeñas perturbaciones que como parecen muy complicadas vamos a decir que son aleatorias.

Presumamos de rigor científico porque usamos modelos matemáticos implementables en sistemas informáticos: si luego no somos capaces de predecir crisis generalizadas seguro que no es culpa nuestra sino de la realidad que se empeña en no comportarse como debe. Agreguemos de forma ambiciosa, aspiremos a entenderlo todo para ocultar que no sabemos casi nada acerca de los fenómenos particulares y concretos que alegremente sumamos y restamos. Pongamos la etiqueta de estocástico, que casi nadie entiende lo que significa y eso apabulla pero bien. Y naturalmente no vamos a ir de estáticos por la vida, que en el mundo todo es cambio dinámico. No nos apeemos nunca del paradigma básico: como mucho asumamos unas pocas clases de agentes heterogéneos en lugar de agentes representativos; supongamos que la conducta no es del todo racional y que el conocimiento y la competencia no son del todo perfectas. Y pidamos más y más dinero para nuestras líneas de investigación.

Ya de cosecha propia, Jesús Fernández-Villaverde no recomienda leer "La acción humana" (además, Mises era "insufrible" y hasta se peleó con Hayek, de qué cosas se entera uno…) y Hayek no está arriba en su lista. Pretende que "La teoría austriaca del ciclo tiene bastantes problemas" y no explica la crisis actual: tal vez no entiende ninguna de las dos. Como demostración:

"Los problemas de reajuste que según la teoría austriaca explicarían la recesión también deberían causar problemas en una expansión, lo cual obliga a introducir una asimetría en costes de ajuste que es un tanto difícil de justificar".

La asimetría es fácil de justificar, pero como él no sabe hacerlo cree que es muy difícil. La expansión y la recesión son esencialmente asimétricas: en una expansión (debida fundamentalmente al intervencionismo estatal sobre el dinero, el crédito y la banca) se están forzando descoordinaciones y generando tensiones excesivas en un sistema inicialmente bastante bien ajustado; los componentes del sistema no se reacoplan gradualmente, las tensiones se acumulan y el sistema se rompe de forma catastrófica (dinámicas no lineales, caóticas); donde antes había pugna por asignar recursos a proyectos empresariales existentes pero insostenibles, ahora es necesario recalcular, reasignar recursos, liquidar muchas empresas y lanzar otras posiblemente desde cero; donde antes había confianza, que se gana con dificultad y se pierde con facilidad, ahora hay desconfianza. Un globo es muy distinto mientras se está hinchando que después de haber explotado; los animales salen poco a poco de sus madrigueras atentos y con miedo a los depredadores, y vuelven corriendo en cuanto detectan el peligro.

Destruccionismo a toda costa

En las últimas tres décadas el destruccionismo ha encontrado un perfecto caldo de cultivo en el movimiento radical ecologista que considera el progreso humano y al propio ser humano como el principal problema ambiental. Desde las propuestas de crisis económicas inducidas (denominadas por ellos mismo políticas de "crecimiento cero") hasta las políticas misantrópicas que promueven la reducción del tamaño de la población con medidas "aparentemente brutales", el movimiento ecologista se ha destacado por luchar contra el ser humano y la mejora de su medio ambiente al tiempo que lanza campañas de marketing en las que se presenta como un movimiento redentor.

En este contexto hay que enmarcar el nuevo informe de Greenpeace en el que la organización se muestra molesto con que el 44% de la población española viva en municipios costeros. A Greenpeace no le gusta que vivamos cerca del mar. Claro que tampoco le gusta que vivamos en las montañas ni cerca de parajes naturales de ningún tipo. Es evidente que a la organización ecologista lo que le gustaría es decirnos dónde y cómo podemos vivir, algo que ya hacen en alguna medida prohibiendo la urbanización de grandes extensiones del territorio y presionando para prohibir multitud de actividades, productos y servicios, así como obligándonos a consumir otros que no nos interesan.

En este nuevo panfleto de la organización también descubrimos que a los guerreros verdes no le gusta el turismo porque habitualmente está relacionado con estancias cerca del litoral y porque, según ellos, tiene una escasa rentabilidad. ¿De qué quieren que vivamos entonces en España? Quizá piense que era mejor dedicarse a la agricultura biológica o a otras actividades subvencionadas. Pero para que vivamos de cuentos verdes alguien tendrá que subvencionarnos con el fruto de producir cosas que la gente quiera realmente. ¿Quién será? No queda claro porque el destruccionismo sólo se ocupa de eso, de destruir a base de prohibiciones lo que funciona sin necesidad de coacción y de prometer un mundo mejor diseñado por un grupo de sabios verdes. No les importa que los españoles hayan preferido la rentabilidad del turismo, por baja que pueda ser su rentabilidad en algunos casos, a sus alternativas ecologistas.

También les molesta que el 60% de las playas estén en entornos urbanizados. Parece que el hecho de que las playas estén a mano y puedan ser disfrutadas por los seres humanos supone un problema para estos autoproclamados defensores del medio ambiente.

La manía de alejar al ser humano de la costa ha echado raíces en los partidos políticos españoles. Hace cinco años la entonces ministra de Medio Ambiente Cristina Narbona ya emprendió una campaña en contra de la mala costumbre de los españoles de querer vivir cerca de la costa y de las playas. Sus discursos coincidieron con la compra de Zapatero de un chalecito a pie de playa en Almería. También en el PP se relacionan de forma extraña con la costa. El ex ministro de Medio Ambiente Jaume Matas disfrutó de su gran casa delante el mar y con una piscina en zona marítimo terrestre mientras su Ministerio se dedicaba a expropiar a quienes disfrutaban de la costa de forma similar.

Dios los cría y ellos se juntan. Políticos y ecologistas radicales intentan gobernar nuestras vidas a toda costa y forman actualmente la coalición destruccionista más peligrosa para la libertad individual.

Democracia a la catalana

¡Tantas cosas! Pues, yendo por lo más filosófico, como le gusta a Puigcercós, estamos, así es, en la plena sustitución del ideal liberal, que es la preeminencia de leyes que favorezcan una igual libertad para todos, frente al democrático, que es la tiranía de la mayoría. Ese ideal, el democrático, avanza a medida que va prohibiendo e imponiendo lo que quiere la mayoría. Si la mitad larga lo puede todo, no hay ley, vieja o nueva, justa o injusta, ni hay derecho legítimo que se le ponga por delante. Este hombre es un Kelsen; justo lo que necesita el nacionalismo catalán.

Claro, que un poco más cerca de la tierra, de la tierra catalana, esa frase es testimonio fiel no sólo de la conclusión última del principio democrático sino más bien de una forma particular de entender la democracia. Para los nacionalistas, como para la izquierda, sólo un sector de la población tiene derecho a ejercer el poder, y una vez instalado en él, puede hacer lo que quiera. Y el programa nacionalista pasa por prohibir a mansalva, prohibir a diestro y siniestro, desde la cuna hasta la tumba y desde el trabajo hasta la alcoba. Ciento y poco años de nacionalismo a base de definir el auténtico ser de Cataluña, y resulta que lo que le caracteriza es la prohibición. Es un nacionalismo en parte contradictorio, pues en lugar de abrazar con generosa dilección a toda la sociedad catalana, desprecia a una parte de ella, que considera enferma y prescindible, y le metería el bisturí hasta el fondo. Esa es la identidad de Cataluña; la prohibición. Nos lo ha dicho The Economist, pero los nacionalistas nos lo llevan diciendo décadas, con su política.

Se ha prohibido el toreo en Cataluña. Vanas son las llamadas a la tradición de la lidia en esta región, porque los nacionalistas no la desconocen; sólo la desprecian, por española. Y ante eso no hay razón que valga. Todo el mundo identifica, a veces hasta extremos estereotipados y ridículos, a los toros con España. Ahora también al fútbol, pero eso no lo van a prohibir. Esta estocada en las libertades de los catalanes da la medida exacta de lo que es el Estatuto de Cataluña; una constitución a lo Kelsen, del todo vale desde el poder, mientras venga referido a una norma suprema. Es la manifestación folclórica, vistosa y polémica de mil imposiciones que ampararán las leyes en Cataluña, y marca el futuro de aquella región española. Una degradación consentida, sí, democráticamente. Pero degradación al fin.

De la prisión al arma de liberación masiva

Hablamos de los presos políticos cubanos desterrados a España en un intento de lavado de cara por parte del régimen castrista. Ahora, al fin fuera de prisión, deben adaptarse no sólo a un nuevo país. También a un mundo radicalmente distinto al que ellos conocían.

Son muchos los cambios a los que tendrán que hacer frente ellos y su familia. Cada día que pasan en España supone un aprendizaje y el descubrimiento de cosas de las que habían oído hablar pero les estaban vetadas. Para ellos resulta fascinante ver cómo los partidos de la oposición pueden criticar al Gobierno o cómo el jefe del Ejecutivo tiene que rendir cuentas (que lo haga mejor o peor es otra historia) ante el Parlamento. Pero es en el terreno de las tecnologías de la comunicación donde se enfrentan a dispositivos y realidades que para ellos resultan poco menos que de ciencia ficción.

Tras días en España siguen sin poder manejar del todo bien unos teléfonos móviles que les fueron regalados por generosos particulares y activistas de derechos humanos. Aunque hace siete años esos aparatos ya formaban parte de la vida cotidiana de millones de seres humanos en todo el mundo, en Cuba era algo reservado para los altos cargos del régimen. Al resto de personas les estaba prohibida su posesión. Así, estos héroes de la libertad todavía llegan a preguntar a quien esté a su lado cómo contestar a una llamada o qué tecla tienen que pulsar para colgar.

Sin embargo, cuando muestran un mayor asombro y satisfacción en materia de tecnología es al descubrir internet. Habían oído hablar de la red, pero no llegaban a imaginar su significado real y las posibilidades que ofrecen. Hemos podido ver a un hombre, curtido por años de periodismo independiente en Cuba y por una larga e injusta condena política, fascinarse al descubrir que puede ver en el monitor de un ordenador el horario de unos autobuses. Y le hemos visto, a él mismo, sorprenderse cuando le mostramos lo que otras personas escribieron sobre él en diversas web para exigir su libertad.

Menos de un minuto después de separarse de la pantalla, estaba preguntando cómo hacer un blog para contarle al mundo lo que vivió y lo que ocurre en su país. Y, como él, varios de sus compañeros ansían aprender a utilizar la red para seguir luchando desde España por la libertad de Cuba. Casi todos ellos, además, desean tener lo antes posible una cuenta de correo electrónico para comunicarse con personas de todo el mundo.

Han descubierto un arma de liberación masiva cuya magnitud no podían llegar a imaginar. Ahora tienen acceso a fuentes de información de todo tipo y vías de comunicación que antes tenían prohibidas. Y han visto que pueden participar en un debate global en el que contar con libertad la triste realidad de su país y, si lo desean, la trágica experiencia que han vivido. Algo que, como otras tantas cosas, sigue vetado a sus compatriotas por el tiránico capricho de los hermanos Castro.

¿Es posible para un anarco-capitalista sentir los colores de la selección?

El pasado 11 de julio ocurrió algo que nunca había pasado, y que muchos habíamos ya desistido de ver pasar: la selección española de fútbol ganó el Mundial de Sudáfrica. Con la histórica victoria, muchos españoles nos echamos a la calle a celebrarlo, y proliferaron como nunca los símbolos nacionales españoles, de repente signo de orgullo entre nuestros compatriotas. Todavía hoy, en muchas terrazas, tiendas, bares, coches y ventanas aparece ondeante la enseña nacional, recordándonos que España es campeona del mundo.

Sin embargo, desde un planteamiento liberal anarco-capitalista, esta celebración puede verse como algo contradictorio. El anarco-capitalista considera al estado como opresor de las libertades individuales, y a sus signos externos (la bandera, el himno) como intentos uniformadores de aceptar dicha opresión a cambio de la pertenencia a una cierta colectividad que nos hace más fuertes. Dentro de estos signos, cabría incluir las selecciones deportivas, como la de fútbol.

De hecho, no es desdeñable el planteamiento del problema, cuando todos los años, en fechas navideñas, se organizan partidos de fútbol en que aparecen selecciones vascas y catalanas, aunque también de algunas otras comunidades autónomas. Parece claro que, en esos casos, se utiliza la selección deportiva como método de cohesión en torno a unos supuestos valores colectivos. ¿Ocurre lo mismo con la selección española de fútbol o la de baloncesto? ¿Debe un anarco-capitalista arrepentirse del gozo que siente por estos triunfos?

No es fácil dar respuesta a la pregunta, pero trataré de compartir algunas reflexiones al respecto en las siguientes líneas, utilizando la praxeología.

El punto de partida nos lo da la evidencia empírica. Los individuos disfrutan con la competición. Estrictamente, los hay que disfrutan compitiendo, pero, sobre todo, hay muchísimos más que disfrutan viendo competir. La historia demuestra que, hasta el día de hoy, esto es así: las Olimpiadas en el mundo clásico, los gladiadores y carreras de cuadrigas con los romanos , los torneos del medioevo, o el juego de pelota de los mayas, no dejan de ser pálidos precedentes de lo que en la actualidad se mueve en torno a las competiciones.

Esta preferencia es indiscutible. De hecho, la constatación de la misma hace que muchos individuos en la actualidad se dediquen profesionalmente a la competición: una vez detectada la necesidad, los emprendedores tratan de resolverla de la mejor forma posible. La prueba definitiva de la importancia que la preferencia por ver competiciones tiene en la actualidad la constituyen los elevados salarios que los competidores profesionales son capaces de extraer por sus servicios. Además, lo hacen en un entorno relativamente poco intervenido, en el que no hay barreras de entrada para los individuos: puede triunfar igual un chavalín de Ghana que uno educado en Harvard.

Ahora bien, toda competición exige la existencia de, al menos, dos rivales. Cuando la competición es individual, la identificación de rivales carece de mayor problema, pues son los individuos distintos los que, en sí mismos, fijan los criterios de separación entre los rivales.

Pero no ocurre lo mismo cuando la competición se realiza por equipos. En este caso, se exige algún criterio de homogeneización, que identifique a un equipo respecto a otro. Estos criterios pueden ser de múltiples tipos: casados vs solteros, padres vs hijos, profesores vs alumnos, o simplemente los cinco primeros que metan una canasta. Lo cierto es que hace falta algún criterio para distinguir entre los equipos que han de competir: no pueden jugar todos contra todos.

Qué criterio se utilice para configurar los equipos queda al arbitrio del mercado, que lo resolverá mediante un proceso de descubrimiento espontáneo. De entre estos, un criterio bastante razonable y que parece haber resistido el paso del tiempo, es el de vecindad. Cuando los vecinos de un pueblo o de una ciudad decidían formar un equipo, tendían a llamarle con el nombre de la localidad en que habitaban, posiblemente porque es el aspecto que más fácilmente compartían de sus valores.

No se olvide la evidencia empírica de que a los individuos nos gusta ver competir, y que esta emoción parece enriquecerse si se toma partido por uno de los rivales. Así que, cuando este equipo de la localidad en cuestión (que no representante de la misma) compite contra el equipo de otra localidad, y a falta de más información, lo normal es que los demás habitantes de las respectivas localidades se identifiquen con el equipo de la suya, aunque solo sea por el rasgo común de vecindad. En cambio, si se dispone de más información, por ejemplo, por conocer personalmente o ser amigo de alguno o varios de los contendientes, es posible que no se utilice ese criterio para elegir rival de preferencia.

Obsérvese que para ninguno de estos procesos es necesaria la existencia de una agencia gubernamental que imponga las preferencias a los individuos. Es más, una mirada al libre mercado demuestra que los equipos de las distintas disciplinas tienden a identificarse con una ciudad, no solo en Europa, sino también en economías tradicionalmente más libres como la de EEUU. Parece por tanto que el criterio de vecindad para establecer equipos es eficiente y sostenible desde el punto de vista del libre mercado.

De hecho, otro tipo de criterios no parecen haber tenido tanto éxito. Por ejemplo, a los individuos les cuesta identificarse con equipos denominados con marcas comerciales. Esto ocurre, por ejemplo, con los equipos de ciclistas, que suelen estar patrocinados por la marca comercial que les da nombre. Normalmente, uno no desea que gane el Astaná o el Caisse d’Épargne o el Euskaltel; con quien se identifica es con los corredores españoles que corren en estos equipos. De la misma forma, tampoco se suele desear que gane un corredor extranjero, aunque corra en un equipo de marca española.

Así pues, parece que es el criterio de vecindad el que triunfa y ha triunfado históricamente a la hora de identificarse con uno de los rivales en una competición. Y no parece que dicho criterio haya venido impuesto desde fuera del individuo.

Cabría preguntarse hasta qué punto son los gobiernos los que nos imponen que hemos de entender por vecindad. ¿Por qué yo me siento más cercano a alguien nacido en el territorio llamado España, que a uno nacido en Portugal? Pero aún así, no sería una imposición sostenible si va contra nuestra preferencia natural.

En conclusión, parece haber buenas razones para que, incluso un anarco-capitalista, si ha nacido en territorio español, pueda sentirse feliz con el triunfo de la selección española de fútbol. Hay muchas posibilidades de que tal identificación con los colores sea una creación espontánea del mercado y no una imposición del estado. Así que: CAMPEONES, CAMPEONES, OÉ, OÉ, OÉ.