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Tiranos en tiempos de democracia

Son todas elecciones voluntarias e individuales. De forma superficial, parece la descripción de la situación actual. El individuo, mediante sus actos aislados, crea la sociedad. Pero, ¿y si tal descripción no fuese así? ¿Qué ocurre cuando la sociedad crea al individuo y lo guía por una senda teleológica o finalista con un propósito de antemano? Construir una sociedad a medida del Estado: complaciente, que le sirva y rinda culto. Eso sería una tiranía.

Pepe Blanco ha declarado que las constructoras deben "reestructurarse". Cree que sobran empresas constructoras, parece una idea bastante evidente. Tenemos una fuerte crisis del sector, pero las crisis no se arreglan con mandatos desde un órgano central redistribuyendo capital de un sector hacia el otro de forma arbitraria. Nuestro dictador de la producción ignora las decisiones individuales de la sociedad, del mercado. No presta atención a lo que tenga que decir la demanda y la oferta, es decir, desacredita las libres elecciones de los españoles que le han elegido. Blanco maneja el dinero y manipula el sector a su antojo.

Recordemos que la fortaleza de la construcción se debe a que este Gobierno y los anteriores la impulsaron con dinero de todos y mediante desgravaciones fiscales. Grandes constructoras, el Estado, ayuntamientos e intermediarios de todo tipo han vivido del sector durante décadas, pero el "soviet" ahora decide que toca redirigir la economía hacia otra parte. Probablemente al lobby verde, donde sólo en renovables los españoles vamos a pagar en concepto de impuestos 151.000 millones de euros en la próxima década. Imagínese cuánto dinero roba el lobby verde de su sueldo mensual.

El ministro de Educación va por el mismo camino. La semana pasada el dictador social afirmó que "en España hay demasiados universitarios". Es lo mismo de antes, hay demasiados universitarios porque este Gobierno y anteriores promocionaron con dinero de todos la formación universitaria respecto a otras opciones. En consecuencia, tenemos el mayor paro juvenil de toda Europa, el 40%.

Gabilondo, lejos de culpar a sus predecesores de la situación, opta por hacer más difícil el acceso a la universidad respecto a la formación profesional. Igual que el caso de Blanco. No tenemos libertad de elegir porque lo hace el Estado con nuestros recursos mediante la planificación central, mediante un soviet. Ambos ministros son los pastores de una panda de borregos que van siempre por el camino más fácil, el de los subsidios, becas estatales, ayudas económicas y leyes.

Todo occidente vive su particular 1984 orwelliano. Las tres bases de la sociedad del libro eran: "Guerra es Paz", aunque ahora le llamen "guerra contra el terror". La "Libertad es Esclavitud", aunque ahora le llamemos estado del bienestar, ecologismo, igualitarismo o socialdemocracia. Y la más evidente de Orwell: "Ignorancia es Fuerza", aunque le llamemos Ministerio de Educación o Cultura.

Nuestra era no se caracteriza por la libertad como afirman los oligarcas del poder. Nuestra era se compone de una sociedad de esclavos complacientes con el Gobierno, caracterizada por las subvenciones al empresario, al ciudadano llorón, al rentista gubernamental y a la pereza intelectual del ciudadano adicto a la información manipulada y a las campañas de concienciación (lavados de cerebro).

De expectativas y engaños

¿Por qué la economía norteamericana parecía recuperarse con mayor vigor? ¿Acaso por la política monetaria más agresiva? ¿Por sus estímulos fiscales? ¿O será por su mayor flexibilidad y libertad de empresa? Responder a esta pregunta resulta ciertamente complicado sin recurrir a la teoría económica.

No obstante, hay casos interesantes que merecen la pena analizarse, y que pueden dar bastante luz para rechazar ciertas ideas.

La falacia en la que me detengo es una que pudo ser utilizada por los defensores del Gobierno español para negar públicamente la crisis económica. Dejando de lado la razón principal para hacerlo –la presencia de elecciones–, los más "sofisticados" podían pensar de la siguiente manera: "no podemos dar mensajes de alarma y crisis, puesto que ello generaría expectativas negativas en la población, lo que deprimiría el consumo y por tanto la economía en general, elevando el desempleo".

Con este argumento de corte tan keynesiano, y con un fundamento bastante endeble, se podía justificar el engaño y la manipulación de la población española. No en vano, estoy seguro de que parte de los economistas suscribirían este razonamiento por aquella época.

Sin pretender formular una crítica exhaustiva contra un argumento tan falaz como el de que la victoria en el Mundial nos sacará de la crisis, sí conviene al menos señalar sus errores más flagrantes. Y es que los riesgos de la economía española en 2007 y principios de 2008 parecían reducirse a un problema psicológico de expectativas. No importaba que hubiéramos sustentado nuestro crecimiento (artificial) en la expansión del crédito y la deuda exterior (con un déficit por cuenta corriente anual del 10% de nuestro PIB), o que tuviéramos un sector constructor e inmobiliario hipertrofiado en relación al resto de la economía. Lo que temían era que los españoles regresaran a la sensatez, poniendo fin a unas expectativas totalmente infundadas y finiquitando el boom artificial (e insostenible) de consumo e inversión en el que estábamos inmersos. En otras palabras, se buscaba perpetuar el engaño masivo que suponen las burbujas de crédito.

En contra de sus deseos, la crisis –proceso que supone el inicio de la vuelta a una estructura productiva con bases sólidas– golpeó a la economía española con virulencia, a pesar de los engañosos mensajes de que todo estaba bien.

Hoy, pues, podemos constatar el absoluto fracaso de la política informativa del Gobierno, al menos en la parte que presuntamente buscaba reanimar la economía. Al problema ético de engañar a los ciudadanos, se une la pérdida de credibilidad y confianza que inevitablemente se ha ganado la Administración Zapatero. No sólo eso, sino que de haber mantenido otra actitud, el ajuste de la economía española –en especial el necesario ajuste a la baja de los precios de las viviendas– podría haberse producido con mayor celeridad.

Conviene constatar una vez más lo erróneo de algunas de las ideas keynesianas que han servido de respaldo teórico para los políticos y que bien podrían estar conduciéndonos a un prolongado período de estancamiento.

Algunos serán más iguales que otros

Tres años y medio después de asestar el golpe más sistemático contra la igualdad de las personas ante la Ley por razón de sexo en muchos años, las insidiosas consecuencias de la promulgación de la Ley Orgánica 3/2007, de 22 de marzo, para la igualdad efectiva de mujeres y hombres se van desplegando de forma rutinaria.

Muchos incautos pensaron que toda la historia consistía en el nombramiento de una jovencita adoctrinada y alimentada desde su infancia en el socialismo como titular del orwelliano “ministerio de igualdad” y confundieron sus anuncios sectarios con las poses de una mala actriz. Si alguien no le hace ascos a ocupar una dirección general del flamenco en el gobierno regional andaluz (¿cabe imaginar una dirección general del Rock&Roll en Memphis (Tennessee) o Liverpool (Merseyside)?) parece muy probable que sea capaz, con el mismo descaro, de apropiarse y apadrinar cualquier símbolo con el que sustentar su poder y el de los miembros de su banda.

Pero el asunto tiene una trascendencia mucho mayor. Liberados los trabajadores del yugo del socialismo que les reducía a un colectivo amorfo, los socialistas viraron hacia otros caladeros donde pescar buscadores de rentas que les brindaran el poder comprando sus voluntades. El último berrido del más amplio movimiento posmoderno se abría camino entre sus estrategas y agit-props. Para ello se aplicaron en este caso a una pretensión, ridícula en apariencia, que hasta finales de los años ochenta del pasado siglo sólo cabía en las mentes delirantes de las feministas más atrabiliarias. Se trataba de partir en dos mitades a los miembros de la sociedad, rememorando esa dicotomía malograda de capitalista/proletario, para presentarse como los benefactores y defensores de las víctimas históricas: las mujeres.

Aunque se aprecian sustanciales diferencias sobre el alcance de los postulados igualitaristas que se enuncian y el grado de coacción a aplicar para conseguirlos, las patrañas del feminismo forzoso han logrado permear casi todo el espectro político de los países occidentales. Paradójicamente, jamás las mujeres habían llegado, en relación a los hombres, a unas condiciones de igualdad jurídica semejantes a las que disfrutaban por la previa evolución de estas sociedades. Por cierto, una situación que dista años luz de las humillaciones rutinarias a las que son sometidas en países regidos por las versiones más retrógradas del islam. Como ha denunciado tan convincentemente Ayaan Hirsi Ali, los ungidos como protectores de las mujeres en Occidente se muestran extraordinariamente condescendientes con la manifiesta desigualdad jurídica y las humillaciones que las mismas padecen en los países musulmanes como mera consecuencia de su sexo, cuando no lo justifican apelando a un abyecto polilogismo multicultural. Cuestión diferente es la estrategia que debamos adoptar ante esos casos quiénes sentimos repugnancia por esas relaciones de semiesclavitud de unos seres humanos con otros.

Sea como fuere, ya no bastaba con conseguir la igualdad ante la ley, sino que urgía imponer la “paridad” de la participación de hombres y mujeres como sinónimo de igualdad efectiva, incluso en ámbitos privados. Los mecanismos para hacer cumplir esas medidas mediante la coacción y las no menos importantes recompensas que obtienen las empresas contratistas de los poderes públicos, los medios de comunicación y las organizaciones creadas ad hoc de los poderes públicos trascienden a las personas que en un momento determinado se encargan de sacudir a la sociedad.

Concretamente, en el ámbito privado, con el pretexto de conseguir la igualdad efectiva entre hombres mujeres en el trabajo se introducen no pocas astillas para atizar la guerra de los sexos. De paso, se crea una legión de expertos en elaboración de planes de igualdad, defensores entusiastas de las medidas de discriminación positiva, entre otras razones porque facturan por ese trabajo y se ha elevado esa ideología a la dudosa categoría de asignatura académica que deben conocer forzosamente fiscales, jueces, funcionarios y empresarios.

Aparte de la anulación de la candidatura del Partido Popular al Ayuntamiento de Garachico (Tenerife) compuesta enteramente por mujeres, dado que no cumplía los criterios obligatorios de paridad impuestas por la ley de marras, convalidada por el desprestigiado Tribunal Constitucional; la prohibición a las aseguradoras de ofrecer primas más ventajosas para las mujeres en los seguros de coches y el fomento de la “presencia equilibrada” de mujeres y hombres en los consejos de administración de sociedades mercantiles, poco se ha hablado de las prescripciones del capítulo tercero del título cuarto de la ley, que imponen directamente a las empresas la adopción de medidas contra la discriminación laboral entre hombre y mujeres, las cuáles formarán parte de los puntos de la negociación colectiva con los sindicatos. En el caso de aquellas que superan los 250 trabajadores deben elaborar y aplicar obligatoriamente los denominados planes de igualdad, que se definen en la propia ley como las “medidas, adoptadas después de realizar un diagnóstico de situación, tendentes a alcanzar en la empresa la igualdad de trato y de oportunidades entre mujeres y hombres y a eliminar la discriminación por razón de sexo”.

Paralelamente, una modificación de la Ley de Infracciones y Sanciones del Orden Social contenida en la Ley (disposición adicional 14ª) tipifica como infracciones muy graves de las empresas el incumplimiento de las obligaciones en esta materia.

Se atribuye la vigilancia y control de la puesta en marcha de estas medidas en las empresas a la autoridad laboral (bajo el mando de las comunidades autónomas) la cual, aparte de sus poderosas armas inquisitivas de la inspección de trabajo y sancionadoras, puede sustituir sanciones accesorias por la orden de adoptar esos planes de igualdad según su discrecional criterio.

Todo este intervencionismo, con la esperada colaboración de sindicatos afines, está llamando a la corrupción institucionalizada, como si se tratara de un peaje, dañino en cualquier caso, a pagar por cualquiera que ejerza una actividad empresarial a los nuevos adláteres del Gobierno, llamados ahora “auditores de igualdad”. En el peor de los casos al chantaje directo a los empresarios por parte de los políticos de turno o funcionarios, gracias a los múltiples pretextos ofrecidos por la ley.

En el futuro, para eliminar la opresión del gobierno en este campo, no bastará la eliminación el Ministerio de Igualdad, reclamación que, a modo de chirigota, aprovechando que la depresión económica aconseja reducir drásticamente los órganos administrativos, se prodiga tanto. La ley que se comenta ha incrustado tantas excrecencias en los aparatos de policía administrativa de los poderes públicos que se hace imprescindible su derogación pura y simple. La igualdad ante la Ley resulta incompatible con la discriminación. Aunque se la llame positiva.

El Encanto de Cuba

Las tiendas departamentales son verdaderas instituciones comerciales en cada país donde germinan. Estos grandes almacenes están muy ligados al entorno social donde operan por lo que, pese a ser un modelo de negocio replicable en el exterior, es difícil que una misma marca arraigue en ambientes culturales diferentes de donde surgió (véase si no la trayectoria de Lafayette, Macy’s, El Corte Inglés, Marks&Spencer o Mitsukoshi).

En Cuba, antes de que la revolución de los barbudos arrasara con casi todo signo civilizatorio, existió durante más de sesenta años un afamado almacén departamental. Se llamaba El Encanto y tuvo un afán de servicio y responsabilidad mercantil notables.

A finales del siglo XIX un inmigrante asturiano creó una tienda de telas en La Habana. Al poco tiempo amplió el negocio con la ayuda de su hermano y un empleado (Solís Entrialgo y Cia). Se transformó luego en El Encanto que llegó a extenderse por toda una manzana de la capital. Desde 1938 a 1959 se abrieron sucursales en Camagüey, Santiago de Cuba, Holguin, Santa Clara, Cienfuegos, Varadero, Bayamo, Manzanillo y Sancti Spiritus, entre otros.

El Encanto estaba estructurado por secciones con el fin de ofrecer al público en un mismo lugar una cómoda y surtida variedad de artículos a un precio percibido como competitivo. El almacén principal de la Habana tenía cinco pisos abiertos al público con diversos departamentos distribuidos por cada planta. Destacaron el de los adornos para la casa, la sastrería para caballeros (salón inglés), el de ropa de señoras (salón francés) y el de adolescentes (Teen Age). Los primeros televisores de Cuba se vendieron en aquellas tiendas.

La organización del control de las mercancías se realizaba mediante un eficaz seguimiento y reposición inmediata de artículos vendidos. Además de los repartos a domicilio, se introdujo un novedoso sistema de crédito mediante la entrega a los clientes asiduos de tarjetas de compra. La relación de la gerencia con los empleados fue ejemplar: se les ofreció cheques regalo, un trato respetuoso, mes de aguinaldo navideño, excursiones pagadas y dividendos para los trabajadores. A cambio, se les enseñaba a trabajar con disciplina, puntualidad y tesón. Se hizo presente el lado cívico y humano de todo negocio bien gestionado.

La decoración interior era primorosa. Deambular por su interior para contemplar las novedades de sus escaparates (renovados semanalmente) era un verdadero acontecimiento pues, al decir de una antigua empleada, “satisfacía el espíritu” del concurrente.

Tenía el almacén cubano oficinas en Nueva York y París y agentes de compras en Londres, Nápoles y Barcelona para hacerse con los materiales y artículos de calidad producidos en todo el mundo (consiguió en 1952 la exclusividad de Christian Dior). Muchos turistas americanos regresaban de Cuba cargados de regalos empaquetados con papel mostrando el característico emblema de aquellas apreciadas tiendas cubanas.

La innovadora gerencia no descuidaba los pequeños detalles (uso de aire acondicionado perfumado) ni las nuevas técnicas y campañas publicitarias (“Ya es verano/invierno en El Encanto”, “Esta Navidad regale lo más moderno”, “Aproveche las rebajas de julio”). Sus estanterías lucían de continuo abundantes artículos. Parte de su ropa se confeccionaba en sus propios talleres y llegó a tener también una fábrica de perfumes. Su colonia fue una referencia ineludible en todo el Caribe.

Trabajaron en El Encanto Pepín Fernández (creador luego de Galerías Preciados), su primo César Rodríguez y el sobrino de éste Ramón Areces (fundadores de El Corte Inglés), todos ellos asturianos. Como se ve, los dos grandes almacenes españoles no inventaron nada nuevo.

El Encanto fue expropiado en 1960 como otros muchos comercios y negocios cubanos. La sede y joya de sus tiendas en La Habana fue incendiada el 13 de abril de 1961 por los fanáticos revolucionarios, ideologizados enemigos del mercado e ignorantes del bien y civilidad que proporciona al orden social la iniciativa de los comerciantes. Un manto de carestía envolvió desde entonces la isla y el incentivo por el trabajo responsable y creativo sencillamente se desvaneció de allí.

Para saber más, ver este interesante documental:

1ª parte: http://www.youtube.com/watch?v=Mxd5Fqoi30M&NR=1

2ª parte:  http://www.youtube.com/watch?v=wWrjjmTzUJ0&NR=1

3ª parte: http://www.youtube.com/watch?v=EuuLYKsQQfQ&NR=1

Suárez, de moda

Me refiero a Francisco Suárez, el filósofo y teólogo de la Escuela de Salamanca, del que ya he hablado alguna vez en estos Comentarios. Está de moda “no solo porque lo que Descartes aprendió de la modernidad en gran medida se lo debe al jesuita español, sino porque la explicación de que todo problema político es un problema teológico tiene que leerse y entenderse a la luz de lo escrito por Suárez”. Precisamente con estas palabras, el semanario Alfa y Omega presentaba un libro reciente del eximio doctor jesuita: Una aproximación al Tratado de las Leyes y Defensa de la fe (Unión Editorial, 2010), escrito por un grupo de profesores del CEU, algunos de los cuales han colaborado también en la publicación de otra obra similar: En la frontera de la modernidad. Francisco Suárez y la ley natural, resultado de un Curso de Verano de aquella Universidad.

El primer libro nos ofrece algunos extractos de esas dos grandes obras suarecianas: De legibus y la Defensio fidei, impresas hace ya tiempo en una excelente colección del CSIC, el Corpus Hispanorum de Pace (aquellos tomos verdes que nos recuerdan al gran maestro Luciano Pereña). Sin embargo, como resultan difíciles de encontrar (y constan de bastantes volúmenes), me parece oportuna esta versión más reducida para un público interesado en la materia aunque no erudito, y con unas presentaciones de los editores y del filósofo José J. Escandell.

En cuanto al segundo, coordinado también por los profesores Fernández de la Cigoña y López Atanes, ofrece primero una introducción al pensamiento suareciano y después se centra en el estudio de la ley natural con otras cuestiones jurídicas y filosóficas.

Pues bien, verán que vuelvo a escribirles sobre los doctores de Salamanca, porque al igual que en la Economía, de la que ya hemos señalado alguna vez sus avanzadísimas intuiciones, en lo referente al pensamiento político también podemos rastrear la propuesta de un moderno orden liberal que posteriormente desarrollarían los fundadores del liberalismo clásico. Aquí es preciso recordar la importancia de algunos tratados escolásticos bien conocidos en la Europa Moderna, como fueron la citada Defensio Fidei (especialmente sus libros III: Principatus Politicus, y VI: De Iuramento Fidelitatis) de Francisco Suárez, o el De Rege et Regis Institutione, de Juan de Mariana. El primero fue publicado en 1613 para refutar el famoso Juramento de Jacobo I de Inglaterra. Se propone defender la libertad cristiana frente al absolutismo político (el caso de los católicos perseguidos en Gran Bretaña), al tiempo que es una defensa de la autoridad legítima frente a rebeliones injustificadas (el caso de los protestantes sublevados en los Países Bajos): con la tradición medieval, Suárez entendía que la potestad política es otorgada por Dios directamente al pueblo, y por el pueblo a los gobernantes. Esta postura generó susceptibilidades y alguna incomprensión en España, además de ser condenada públicamente en Oxford (1613) y París (1614). Pero los vericuetos de la Historia permiten afirmar que (citando a Pereña): “dos siglos más tarde, en la revolución francesa y aún en el movimiento de la independencia de los virreinatos españoles en América, las ideas democráticas de Suárez son utilizadas como favorables para el pueblo y contrarias a la nobleza”. Seguramente no se pueda hablar con propiedad de “democracia representativa”, pero debo reconocer que me gusta mucho esa frase del profesor jesuita: “omnis potestas a Deo per populum libere consentientem”.

Finalmente, en cuanto al De legibus, me parece muy interesante aquella reflexión escolástica sobre la jerarquía de las leyes, que nos recuerda un argumento muy del gusto de la Escuela Austriaca: la existencia de un orden natural en las actividades humanas, que es el resultado de su acción, pero no de su designio. Estas normas configurarían tanto el ordenamiento político como el económico. En lo que se refiere al primero, la repercusión de todo ese iusnaturalismo escolástico deviene en la defensa de un orden político natural, en el que la autoridad descansa democráticamente en el pueblo. Y los frutos más conocidos de tales premisas serían la defensa del tiranicidio o la justificación de la Independencia americana (que ahora celebra su Bicentenario y sobre lo que me gustará escribirles en otra ocasión).

No quiero terminar estas líneas sin referirme a otro profesor, Francisco Baciero, por cierto de la Universidad de Salamanca, que lleva algunos años estudiando la figura de Suárez como gran precursor de la modernidad. Por ejemplo, analizando su influencia (como ya hemos señalado) sobre Locke; o sobre Leibniz y toda la filosofía alemana del XVII y XVIII.

Wikileaks, libertad y responsabilidad

…y no parecía haber ninguna excusa para semejante comportamiento, ni lágrimas si morían en actos de servicio. Y aunque doliera que pillaran a uno de los nuestros, no se consideraba injusto que se le aplicara la misma medicina.

Pero ya no hay enemigo común o, aunque exista, no todos lo reconocen como tal. El islamismo no es una organización centralizada como lo era el totalitarismo comunista soviético y entre sus métodos raramente se encuentra la confrontación directa, sino la llamada "guerra asimétrica", en la que el terrorismo, la guerrilla y la propaganda son las principales armas. Cierto es que ambas luchas tienen algo en común, como el uso de la libertad de expresión en Occidente para minar el esfuerzo de las democracias o el carácter totalitario de la ideología a la que nos enfrentamos, pero las diferencias parecen mayores que las semejanzas.

Quizá me exceda en mi ingenuidad, pero creo que la línea divisoria entre quienes defienden o se muestran "objetivos" ante las filtraciones de Wikileaks de documentación secreta norteamericana y quienes la critican no es ideológica y se reduce a si creen o no que estamos en guerra. De ahí que Wikileaks y su fundador, el australiano Julian Assange, se hayan convertido en traidores o héroes de la libertad de expresión, dependiendo de a quien se pregunte.

No creo que nadie se sorprenda cuando les comunique solemnemente que yo sí creo que estamos en una guerra contra el islamismo. De ahí es difícil no concluir que la labor de Wikileaks en lo que al Gobierno de Estados Unidos se refiere se parece mucho a la de Alger Hiss, los Rosenberg o el Círculo de Cambridge, por más que sus métodos hayan cambiado y en lugar de pasar microfilms en calabazas ahora lo publiquen en un sitio web.

Sin embargo, no es sólo eso. Quizá ni siquiera sea principalmente eso. No confío en Wikileaks ni en Assange. Primero, porque en su lucha por la transparencia no se limita a asuntos relevantes. No sé qué interés informativo tiene publicar vídeos de los rituales de los mormones o los masones, no digamos ya los de las hermandades universitarias. Publicarlos, como ha hecho Wikileaks, me parece equivalente a si colgaran un vídeo sexual robado, sea a un famoso o a una persona anónima.

Yo tengo secretos. Y usted también, no disimule. Seguramente tanto los suyos como los míos le provocarían la risa floja a cualquier observador imparcial ante su poca importancia. Pero el caso es que para la persona que los guarda suelen ser importantes. A Wikileaks eso le da igual; la transparencia es un valor ante el cual todos los demás palidecen. O, al menos, en el caso de los demás, porque Wikileaks es cualquier cosa menos transparente. Si siguiera las mismas reglas que parece exigir a los demás, colgaría en su web todos los correos, audios y vídeos de su trabajo, en el que se viera, se leyera y se escuchara cómo toman todas sus decisiones y por qué. Por supuesto, no lo hacen.

Seguramente tienen razones legítimas para ocultarse, como también existen muchas razones legítimas para no decirlo todo sobre todo. Evidentemente, los políticos de todo el mundo abusan del secreto para ocultar cosas que si se supieran sólo podrían en riesgo sus propios culos. Pero no parece que Wikileaks haga muchas distinciones entre una cosa y otra. La web no es un mero receptáculo digital que publica todo lo que le llega; Assange tiene la última palabra a la hora de decidir qué cuelgan y qué no. No parece la persona más responsable a la hora de tomar esa decisión.

La España invertebrada

Los nacionalismos vasco y catalán son hoy la más grave amenaza para el estado social español tal y como lo conocemos. Esto, que podría ser una buena noticia para la libertad, es, sin embargo, un abierto desafío a la pervivencia de la unidad política de los españoles, y lo que es fundamental, un peligro para sus libertades. La presión nacionalista encarna los peores rasgos del estatismo contemporáneo.

El estado del bienestar español se basa en la redistribución de la renta intraterritorial, que pervive a pesar del reconocimiento de la autonomía política y financiera a las regiones que lo componen. El caso del País Vasco y Navarra es singular, dado que su contribución al sistema general de redistribución es prácticamente nula. Semejante excepción no ha representando un obstáculo insalvable que impidiera constituir un estado social sobre el resto de territorios. Sin embargo, la aspiración catalana de obtener un estatus similar al vasco o al navarro compromete hoy más de 30 años de dependencia interregional cuya continuidad resulta imposible sin la “aportación” que desde Cataluña se hace a la redistribución centralizada.

España no es un país homogéneo. La dependencia se concentra en unas regiones, del mismo modo que la mayor riqueza se halla en otras. El artilugio conocido como “balanza fiscal” responde a una realidad innegable, puesto que estableciendo fronteras y calculando de manera agregada lo que un territorio aporta o recibe, resulta evidente el desequilibrio. Sin Cataluña aportando a la caja común, España no podría garantizar la redistribución actual, despareciendo no sólo el estado del bienestar en cuanto a las competencias centralizadas, sino también los subestados sociales en que se han querido convertir todas las autonomías.

El catalanismo no aspira a que desaparezca el expolio y la reasignación en su territorio. Lo que pretende es consolidar un estado del bienestar íntegramente catalán, donde toda la recaudación revierta en políticas de gasto decididas en Cataluña, y para los que allí residan. Los vecinos de los barrios pudientes o las clases medias catalanas seguirían siendo expoliados para mantener una red interna de dependencia entre otros conciudadanos con menos recursos. La diferencia es que los impuestos recaudados por la Generalitat dejarían de ir a parar a Andalucía, Galicia o Extremadura, para concentrarse en Tarragona, Hospitalet o Sabadell.

España no tiene otra salida que desmontar su propio estado del bienestar y tratar que las regiones dependientes dejen de serlo, bien mediante el recorte de prestaciones, bien a través de su desarrollo económico. Como lo segundo no ha funcionado, parece inevitable que andaluces o gallegos se preparen para renunciar a esa recepción de riqueza que hoy sostiene artificialmente sus respectivos sistemas de dependencia social. Si Cataluña acaba como el País Vasco o Navarra, ni el Estado central tendrá capacidad para afrontar tales prestaciones por sí mismo, ni el sistema de vertebración nacional podrá garantizar la redistribución de unas regiones a otras.

Esta situación resulta inviable, y muy tendente a generar violencia interregional. El catalanismo pretende evadir los actuales costes del estado social español, pero mantener como hasta ahora los mercados internos de los que vive, mayoritariamente, su industria. Esto es lo que llevan haciendo más de 30 años vascos y navarros, pero lo cierto es que cuando tal situación comenzó a darse, ni el estado social tenía las dimensiones que hoy tiene, ni existían estructuras de poder autonómico tan definidas como hoy. Quizá la Constitución de 1978 tendría que haber reconocido a Cataluña el mismo estatus que a los territorios forales, pero lo cierto es que este reconocimiento habría hecho imposible el desarrollo ulterior de todo el Estado autonómico tal y como hoy lo conocemos (lo cual nos podría haber ahorrado muchos problemas).

El Título VIII de la CE-1978, en concurso con la Disposición Transitoria Segunda, ha sido la fuente de todos los desajustes. Pero no en el sentido de reconocer el acceso directo a la máxima autonomía a aquellos territorios que hubieran plebiscitado afirmativamente un Estatuto en época republicana y que contasen con regímenes provisionales de autonomía previos a la Constitución, sino en el subterfugio creado por el artículo 151.1, por el que Andalucía pudo acceder (no sin irregularidades) a la máxima autonomía prevista en el 148.2. Desde ese momento el modelo autonómico dejó de ser útil para satisfacer las legítimas demandas del regionalismo vasco y catalán y pasó a convertirse en un instrumento de descomposición de la Nación española, además de la coartada para construir un estado del bienestar manifiestamente incompatible con el espíritu autonomista del texto constitucional.

En 1978 se presentó un modelo virtuoso que parecía capaz de reafirmar la unidad de España, reconocer derechos históricos, autonomía en un grado inaudito en cualquier sistema político del mundo, y a la vez ser el origen de un Estado intervencionista y de bienestar de corte europeo. La cuadratura se hizo imposible, como se ha visto, desde el momento en que una región dependiente, nada menos que la más poblada de España, se colocó al mismo nivel de autonomía política que Cataluña y País Vasco, regiones ricas y mucho más prósperas. La anomalía catalana o el privilegio vasco hicieron que Cataluña se convirtiera en una autonomía de primer rango, pero avocada a contribuir como la que más a las aventuras socialdemócratas, no sólo del Estado central, sino de las autonomías más precarias que, siguiendo la estela andaluza, también quisieron su parte del pastel.

Aun a pesar de todo lo anterior, el catalanismo no puede luchar contra 30 años de desarrollo autonómico, tampoco puede practicar el victimismo en soledad, puesto que en el Régimen común existen otras regiones que sufren, incluso con mayor intensidad, la pesada carga de la redistribución interterritorial (por ejemplo, Madrid). Lo peligroso y problemático es que España se ha definido como eso: una garantía de dependencia. Podría haberse consolidado como un espacio de encuentro, un mercado común o una realidad provechosa para todos los españoles sin distinción, pero no se quiso que así fuera.

La perversión política a la que aspira el catalanismo podría resumirse en la actual posición de los diputados y senadores procedentes de las provincias vascas o navarras: con independencia fiscal o en otras muchas materias, se integran, participan y votan en el seno de unas cámaras que deciden sobre cuestiones que no les atañen. El mercadeo político se hace insoportable, sobre todo en lo que a revisiones fiscales o presupuestarias se refiere. Cataluña pretende ahondar en ese desequilibrio. Si se cumplieran las previsiones de su actual Estatuto, los diputados y senadores catalanes se convertirían en fuerzas ajenas pero determinantes en cuestiones que ya no les concernirían directamente. La alternativa que hoy plantea el catalanismo, en términos estrictamente políticos y de modelo de Estado, resulta inviable e inaceptable por el resto de España.

O se presentan otras opciones o el modelo seguirá encallado durante años, aumentando los niveles de crispación o la excitación particularista. La España federal, como salida a este desaguisado, no puede comenzar con un abandono unilateral de Cataluña del sistema común, sino con la iniciativa y el esfuerzo de quienes así lo pretendieran por presentar un modelo general e integrador, capaz de propiciar una nueva realidad política, menos intervencionista, menos interdependiente en términos de redistribución, y mucho más proclive a la libertad de sus ciudadanos en mercados amplios, dinámicos y competitivos. Si Cataluña quiere más autonomía, incluso la independencia fiscal, no puede seguir enconándose en el intervencionismo de puertas para dentro, y hostigando al resto de España sin ofrecer una actitud mucho más liberal y modernizadora.

El liberalismo defiende el autogobierno, pero no resulta convincente, y mucho menos coherente, cuando, dejándose llevar por la visceralidad, confunde los objetivos y antepone una presunta conquista colectiva e histórica a la efectiva consecución de mayor libertad individual, dentro de sistemas políticos pacíficos y sostenibles. No se debe combatir al socialismo con más socialismo, o al Estado con una alternativa incluso más estatista que aquella que criticamos. Y esto es lo más triste, porque ni siquiera los catalanistas que dicen ser liberales son capaces de identificar y ordenar sus propias convicciones con aquello que exclusivamente son meros sentimientos colectivistas.

Por qué los liberales clásicos no ganamos elecciones

Texto de la ponencia que D. Pedro Schwartz presentó el pasado martes en la V Universidad de Verano del Instituto Juan de Mariana.

El gran economista e historiador George Stigler (1911 – 1991) publicó en 1981 un ingenioso artículo titulado “El economista como predicador”. En él sostenía que los grandes profesionales de la ciencia económica de vez en cuando ponían paño al púlpito y se dirigían a sus conciudadanos para exhortarles a un mejor comportamiento político. Pero las más de las veces preferían dedicarse a explicar la acción humana y el funcionamiento de las sociedades sin entretenerse demasiado en prédicas poco efectivas. 

Me temo que esa visión tan sobria de nuestra profesión se debe, entre otras cosas, a que pasó poco tiempo en España. Los economistas españoles no hacemos otra cosa que exhortar a los poderes que corrijan los fallos de la política económica de España, los defectos de nuestro modelo económico, la flaqueza de nuestro I+D+i, la falta de productividad de nuestros trabajadores, las carencias de nuestro sistema de enseñanza, lo abultado de los déficits públicos, lo escandaloso del despilfarro de los ingresos del Estado, lo insostenible de nuestro sistema de pensiones y sanidad. No nos arredramos ante la evidencia de que nadie parece hacer caso de nuestras propuestas de reforma, y menos que nadie el Gobierno de la nación. Los que más pecamos de la vanidad de dar consejos a tirios y troyanos somos los columnistas de los medios de comunicación, como el que os habla. ¡Mea culpa!

Mejor será, pues, que comencemos por explicar en vez de exhortar. ¿Cómo explicamos que las verdades de la ciencia económica que consideramos tan probadas sufran tanto rechazo de políticos y votantes? ¿Cuál es la razón por la que la política económica ortodoxa, que tan buenos efectos ha producido incluso aquí en España, tenga tan poco seguimiento? ¿Hay que esperar a momentos de crisis gravísima como la de Grecia, España y demás países periféricos de la Unión Europea en los primeros meses de 2010 para que nos hagan caso, siquiera a regañadientes?

Mi ponencia de hoy pretende defender la siguiente tesis. El que gobernantes y opinión pública hagan oídos sordos a nuestros buenos consejos no se debe a mala voluntad o ceguera irracional. Más aún, el que no abunden los políticos liberales clásicos que hayan alcanzado el poder para reformar es un misterio, dados los repetidos fracasos de los políticos del montón. Una primera aproximación consiste en señalar los defectos de la democracia y diseñar posibles cedazos institucionales que separen el grano de la buena política de la paja populista. Hay que ir más ahondo en la explicación de nuestros repetidos fracasos. Incluso si fuera posible diseñar instituciones democráticas que garantizaran que las preferencias de una ciudadanía racional se transmitieran sin refracción a las decisiones de unos representantes fieles al ideal del bien común, sostengo que resultaría muy difícil llevar adelante una política económica centrada en la libertad y la prosperidad. La razón es bien sencilla: la mayor parte de nuestra ciudadanía, de nuestros políticos, de nuestros economistas, de nuestros académicos son unos social-demócratas redomados.

Explicación basada en los defectos de la democracia

A lo más que llega la mayoría de los economistas españoles, cuando los Gobiernos no hacen lo que deben, incluso cuando saben lo que deben hacer, es a señalar algunos defectos funcionales o constitucionales de nuestra democracia. No van más allá de decir que que los políticos por necesidad han de recabar votos para alcanzar o conservar el poder y que la frecuencia de elecciones les hace muy difícil o imposible evitar la demagogia o el populismo. También señalan que el sistema electoral de listas cerradas contribuye a acallar en el seno de los partidos cualquier voz crítica de posturas irresponsables o medrosas. Por fin lamentan que el claudicante sistema autonómico español fomente una cultura del gasto y la subvención sin sufrir la disciplina de tener que financiar esos dispendios con el impuesto. Eso es muy poco decir.

El idealismo democrático fue cuestionado desde finales del s. XIX. Así, Gaetano Mosca (1858-1941), en su famoso libro sobre la clase gobernante (1896) señaló, inspirándose en Wilfredo Pareto (1848-1932), lo inevitable de la persistencia de una clase dominante, incluso en democracia. El politólogo de origen alemán Robert Michels (1876-1936) formuló en 1911 su “ley de hierro de la oligarquía”, por la que los partidos democráticos inevitablemente se hacen cerradamente elitistas. En Inglaterra, Graham Wallas (1858-1932) subrayó los fallos de la idea de que, en política, los individuos actuaban sensatamente, guiados sólo por la razón. El mismo Ortega (1883-1955) se mostró muy crítico con el tipo de persona prevalecía en el capitalismo democrático de su tiempo. Pero este tipo de sociología política descriptiva nos dice poco sobre las razones por las que seguimos tan mal gobernados.

El que seamos lo suficientemente lúcidos para mirar de frente los defectos de un sistema en el que el pueblo manda, no quiere decir que lo rechacemos porque no es perfecto. La tradición de mirar a la democracia sin cristales tintados de rosa es bastante antigua. No me refiero a la postura platónica de condenar sin paliativos la democracia porque es un sistema incapaz de seleccionar los mejores para los cargos públicos. La democracia en política así como el mercado en economía son sistemas defectuosos pero indispensables para evitar la concentración del poder en manos de los poderosos o los ricos. El carácter a menudo indivisible del poder hace que la democracia funcione peor que el libre mercado. Ello no quita para que la necesitemos como salvaguardia de nuestras libertades individuales. No estaría yo del todo tranquilo si, en vez de políticos venales, ciudadanos distraídos, grupos conspiradores, sindicatos clientelistas fuese un filósofo-rey el que nos a gobernase al estilo de Esparta o Siracusa.

Digo, pues, que es posible analizar con más precisión los defectos de la democracia de lo que suele hacerse cuando nos contentamos con lamentar el estado de la cosa pública. Un antecedente remoto de un modo de análisis más profundo que el habitual se encuentra en las dificultades de la agregación de preferencias (típica cuestión de la Economía del Bienestar) en la obra del marqués de Condorcet (1743-1794). Este gran teórico de la teoría de la probabilidad aplicada a las decisiones políticas, hizo ver en 1785 que, en un sistema mayoritario, las decisiones colectivas pueden ser cíclicas (es decir, A preferido a B, que es preferido a C, que es preferido a A), pese a que los votantes hayan ordenado sus preferencias de forma transitiva.

Ya en el siglo XX, se ha ahondado el análisis de los defectos y condiciones de funcionamiento de la democracia. Por un lado están los resultados obtenidos por Black y Arrow en materia de “social choice”. En efecto, a mediados de siglo, Duncan Black (1908-1991), alumbró sobre la base de la paradoja de Condorcet, una teoría de los comités, según la que, en determinadas condiciones de distribución de las preferencias, la decisión queda siempre en manos del “votante mediano”, del votante que divide los miembros del cuerpo electoral en dos partes iguales. En la misma dirección opera otro teorema que extiende el efecto destructivo de la paradoja de Condorcet: se trata del teorema de Kenneth J. Arrow (1921 – ), que demuestra que, en una democracia, es imposible decidir por mayoría un orden completo de preferencias. Lo conseguido por Black y Arrow podría resumirse con la proposición de que “ningún sistema de votación es justo”.

Public Choice o Elección pública

Sin embargo, no hay que contentarse con esto resultados meramente lógicos sino investigar las regularidades empíricas de la política. Me refiero al enfoque tipo de los cultivadores de lo que hoy llamamos Public Choice. Su método consiste en analizar la actuación de políticos, de votantes, de partidos, grupos de presión, sindicatos, funcionarios preguntándose qué quieren maximizar y bajo qué constricciones. De la misma manera que suponemos que los empresarios buscan maximizar el beneficio, en ciencia política hemos de partir del supuesto de que los políticos quieren maximizar el número de sus votos en la próxima elección. Igualmente revelador es suponer que los votantes están siempre en busca de subvenciones; los empleados de los partidos, de prebendas; los grupos de interés, de protección frente a la competencia; los sindicalistas, del derecho a cobrar sin trabajar. La restricción es para todos el conseguir suficientes fondos para financiar sus campañas de propaganda.    

Este tipo de estudio lo iniciaron en 1962, James Buchanan (1919 – ) y Gordon Tullock (1922 – ) publicaron su libro seminal sobre El cálculo del consentimiento, con el que abrieron un inmenso panorama de investigación. Entre la mies recogida encontramos:

  • el teorema del “votante mediano”, ya mencionado;
  • el fenómeno de la inercia y la reputación en política;
  • la teoría de la burocracia, que explica el crecimiento de los departamentos por el intento de los funcionarios de maximizar su poder en vez de su salario, que en la práctica es fijo;
  • la teoría de la corrupción;
  • el fenómeno de los buscadores de renta;
  • la teoría de los grupos de presión; y también
  • la teoría de la ignorancia racional de los votantes

En efecto, para los votantes es mayor el coste de estar plenamente informados sobre los asuntos públicos que los beneficios que puedan obtener con su solo voto entre millones. La combinación de esa ignorancia racional del votante singular y los beneficios desproporcionados obtenidos por los grupos de presión, ya empresariales ya sindicales, con regulaciones y subvenciones, explica una gran parte de los defectos de las políticas económicas de los gobiernos. Las voces de los economistas bienintencionados se pierden en ese ambiente de inatención y ruido interesado.

Fue precisamente Stigler el que relanzó la teoría de la influencia de pequeños grupos interesados en las decisiones de política económica, que algún tiempo antes había presentado Mancur Olson (1965 y 1971). Partió de la idea de que toda regulación (sea una subvención o la creación de una barrera de entrada) tiene por objeto en lo esencial una redistribución de rentas, que normalmente consiguen los más poderosos o los más enfocados. En efecto, las empresas más grandes tienen recursos para organizar sus lobbies y ganan mucho más con una regulación a su favor de lo que pierde cada uno de los componentes de la gran masa de consumidores.

A este análisis de la demanda de regulación por parte de los poderosos interesados añadió Peltzman una teoría de la oferta de regulación o subvención por parte de las autoridades. Éstas no se dejan siempre capturar por los regulados, por dos razones: que casi siempre hay grupos con intereses encontrados a los que hay que contentar en parte; y que los políticos reguladores tiene que pensar en los votos de la siguiente elección – lo que algunas pocas veces opera a favor de una liberalización de la actividad económica.

No han de interpretarse los análisis de la teoría de la decisión pública como una invitación a aceptar cínicamente las cosas como son en Washington o la Moncloa. Esas teorías también indican qué tipo de reforma institucional podría encauzar hacia otros modos el comportamiento patológico de los actores de la escena política. Los profesores a quienes nos pagan para defenderle interés público no podemos contentarnos con recomendar cansinamente conductas virtuosas. Podemos estudiar las reformas institucionales que harían que políticos y votantes, “al buscar su propio beneficio sean conducido, como por una mano invisible, a promover un fin que no era parte de su intención” – el fin del bien común.

Cuáles sean esas posibles reformas institucionales no debe ocuparnos demasiado hoy. No son fáciles de diseñar ni sus resultados beneficiosos pueden darse por descontado. Los liberales clásicos solemos proponer:

• La vuelta a la clara división de poderes

  • Un interpretación literal de la Constitución Americana
  • Un modelo suizo de descentralización y referendos 

• La reducción del Estado y un papel más amplio para el mercado

  • Una definición más restrictiva de los bienes públicos
  • Más competencia y comercio internacional irrestricto

• Una Carta de derechos individuales

  • Especial firmeza en la defensa de la propiedad privada

Quienes, por el contrario, tienen una visión más comunitaria de la sociedad defienden más participación democrática en nombre del “republicanismo”, creen que la solución es una mayor politización de la vida social y privada. Naturalmente, prefiero subir por la otra vertiente hasta cimas más escarpadas. ¿Proponemos una prohibición legal de los déficits públicos?; ¿una limitación del gasto público al equivalente del 20% de la producción nacional?; ¿la derogación del Estatuto del Trabajador?; ¿la exclusión del sufragio de quienes reciban algún emolumento del Estado? Puedo echar a volar la imaginación sin ningún resultado práctico.

El verdadero problema que nos ocupa es otro mucho más grave. Supongamos que hemos aprendido a aplicar las conclusiones las conclusiones de la teoría de la decisión pública para mejorar sensiblemente el funcionamiento de nuestras democracias. Supongamos que las decisiones públicas consigan reflejar de manera justa los deseos de los ciudadanos. Eso no garantiza una correcta gestión económica porque los ciudadanos no desean en el fondo una la correcta gestión económica.

 Los votantes no son liberales clásicos

No nos engañemos. Los votantes en su gran mayoría no son liberales clásicos. Sus preferencias reveladas son a favor de políticas anti-mercado o al menos de políticas que limiten y palíen los efectos de la libre competencia. Todos los elementos para la puesta en práctica de una política económica intermedia entre la libre competencia y la intervención pública están presentes continuamente en la psique social.

Veamos. Es postura general el sostener que la remuneración debe tener alguna relación con el mérito: muchos se indignan cuando ven que un futbolista o un torero ganan diez veces más que un catedrático. A pesar de las ventajas de la libertad económica, tanto para la autonomía personal como para la prosperidad general, la mayor parte de los ciudadanos acepta e incluso defiende una continua interferencia pública en sus negocios y su vida, aunque ello suponga altos impuestos, dirigismo burocrático, limitación de la libertad de elegir.

La carga impositiva total, incluidos los impuestos nacionales o federales, los autonómicos o regionales, los municipales o locales, los impuestos sobre las transacciones comerciales, sobre el empleo, sobre los beneficios corporativos, pasa en todos los países civilizados del 50% de los ingresos personales.

Los arquitectos municipales deciden sobre la distribución de las actividades en los centros de población y sobre el tamaño y aspecto de las construcciones. Las familias tienen envían a sus hijos a centros de enseñanza pública o procuran inscribirlos en colegios concertados por el sistema planificado de zonas – aparte de que las materias de las enseñanzas las decide el funcionario pedagógico de turno. Los enfermos acuden a centros de salud y hospitales públicos por la gratuidad de los mismos o por la subvención que reciben cuando los usan. Los trabajadores se resignan a tener que contribuir a pensiones de reparto o, en el mejor de los casos, exigen de incentivos para constituir planes privados de jubilación. El mundo del trabajo se ve sometido a las regulaciones de Estatutos de los Trabajadores y soporta la explotación de sindicatos escasamente representativos.

Desaparecidas, por evidente ineficiencia, algunas intervenciones públicas como son el control de cambios, o las empresas industriales públicas; privatizadas parcialmente radios y televisiones; liberados algunos intercambios comerciales dentro de grandes uniones aduaneras: la intervención pública apoyada por la opinión toma otras formas, más sutiles y moralizantes. Así soportamos impuestos y regulaciones para contener el calentamiento global, el uso del tabaco y el alcohol, el consumo de drogas, lo obesidad. Pedimos a las Autoridades que impidan la competencia desleal en el mundo del trabajo, que fomenten el comercio internacional equitativo, que favorezcan la igualdad de oportunidades, que castiguen la discriminación de género, que defiendan la cultura local, el idioma local, la filmografía nacional o europea.

Ahora que hemos sufrido la enésima crisis financiera de la historia, aunque esta haya sido la segunda más importante del último siglo, arrecia el debate de cómo gobernar el dinero y el crédito, de tal manera que continúen sirviendo el crecimiento económico sin poner en peligro el sistema todo. En vez de reexaminar la garantía estatal de los depósitos y el funcionamiento acomodaticio de los bancos centrales, todo es proponer nuevos métodos de control público de los mercados financiero, cuando son precisamente los controladores y reguladores los que llevan la mayor parte de la culpa del tropiezo.

Quienes me están escuchando se reconocerán al menos en parte en el retrato robot del estatista que acabo de trazar. Mi objeto no es discutir si, para quien valora la libertad, tales o cuales intervenciones son del todo inaceptables o si son sólo pecadillos. Busco otra cosa. Busco hacerles ver que, cuanto más defiendan las intervenciones públicas que critico, mejor corroboran mi tesis – que es que las gentes no escuchan las jeremiadas de los economistas ortodoxos porque están en profundo desacuerdo con ellos. En el fondo, el ciudadano normal detesta el capitalismo clásico, con sus mercados libres, su competencia irrestricta, su moneda firme, sus ricos derrochadores y sus especuladores sin escrúpulos. Considera que, todo lo más, es un mal necesario. ¿Quién no ha oído alguna vez la siguiente proposición?: “El sistema capitalista, hay que reconocerlo, asigna óptimamente los recursos; sin embargo es injusto en la distribución de la riqueza y, al fomentar el egoísmo y la avaricia, lleva en sí la semilla de su propia destrucción.” Cuando miro alrededor de este aula, empiezo a pensar que incluso los que entre nosotros son catadores de los licores del capitalismo los prefieren con mucho sifón. Quod erat demostrandum.

Si los votantes en el fondo no son liberales clásicos es poco realista exigir de los políticos que lo sean. Políticos y votantes, votantes y políticos hacen oídos sordos a las recomendaciones de los economistas ortodoxos mientras luce el sol en un cielo azul, aunque se acuerdan de Santa Bárbara cuando truena.

Fallos políticos de común acuerdo

Éste es el título del reciente libro de un economista de la Universidad de Ehrfurt: Political Failure by Agreement (2008). Estarán de acuerdo en que el retruécano es llamativo. ¿Es cierto que los votantes se ponen de acuerdo para fallar? ¿Se conciertan los políticos de todos los partidos para poner en marcha lo que no funciona? Wegener contesta a estas preguntas sobre la base de un concepto evolucionista del mercado.

a) Incertidumbre epistémica

Es mi opinión que la presente crisis ha ocurrido en el fondo porque el Estado de Bienestar es imposible, aparte de inmoral. Sin embargo, los votantes y sus representantes no aceptan de buena gana la evidencia del fracaso del Estado de Bienestar. La razón fundamental de ello es que en Occidente concebimos la economía política como un instrumento para conseguir resultados definidos y determinados. Nos resistimos a aceptar la incertidumbre epistémica de todo mercado libre. Por epistémico quiero significar que es del todo imposible predecir las actividades futuras en una economía libre. Por su propia naturaleza, un mercado libre no tiene meta ni se puede pretender que llegue a una determinada meta productiva. Por eso es tan morrocotudo el error de hablar de un “cambio de modelo económico” como solución de nuestro males actuales. Si la economía es libre, no se la puede verter en el molde de un modelo.

Todo lo más es posible mejorar el marco institucional de partida, con atinados refuerzos de la propiedad privada; con un buen funcionamiento de la justicia; con cotizaciones sociales reducidas; con impuestos ligeros y sin exenciones; con gasto público reducido a lo esencial. Pero nadie tiene el conocimiento suficiente para decir que las empresas tienen que gastar más en I+D+i; o que los jóvenes deben estudiar esto o aquello durante un número definido de años; o que debemos ser una nación turística, constructora o industrial. Una economía libre siempre nos llevará a un “modelo” inesperado, que será el modelo que individuos y empresarios habremos tenido a bien elegir, si nos dejan.

La incertidumbre epistémica, el “no-finalismo”, del mercado libre dificulta grandemente la labor de quienes buscamos convencer a los socialistas de todos los partidos de las bondades de la libre competencia. Nos preguntan: “¿Qué pasará si liberamos los horarios y días de apertura de los comercios?” También nos dicen: “¿Cómo crearemos puestos de trabajo para los mineros a la Cuenca leonesa del carbón si cerramos las minas?” Más comprometido aún: “¿Qué ocurrirá con la agricultura española si desaparece la PAC?” La única respuesta es: “No sé.” Ni siquiera podemos calcular con precisión los costes de las interferencias administrativas, porque no es posible percibir lo que se pierde por una intervención como la de los horarios o licencias comerciales. Sólo podemos decir que cuando en 1959 o en 1986 España abrió su economía, todo fue a mejor. Pero es imposible saber qué y cómo.

Así parece difícil que convenzamos a nadie de lanzarse al mar abierto y proceloso de la libertad económica. 

b) Distinción entre preferencias y elecciones

Aceptemos que las preferencias de los votantes sean por un liberalismo de bienestar, del estilo del que llevó a Obama a la Casa Blanca. Como bien dice Wegner,

todo ciudadano racional toma sus preferencias políticas como algo provisional, hasta que el impacto de las políticas públicas en la esfera de acción del mercado revela el verdadero coste de los programas. (p. 115)

En suma, que, pese a la preferir  un liberalismo de bienestar, los ciudadanos en países con tradición de debate racional se inclinan por elegir políticas y programas crecientemente sensatos. Cuando descubren que los sistemas de pensiones de reparto no son confiables; que el coste de la sanidad gratuita subvencionada es insostenible; que la educación obligatoria lanza al mundo adulto jóvenes ignorantes e indolentes; que el salario mínimo interprofesional agrava el paro; que la proliferación de derechos resulta en una ciudadanía irresponsable; entonces quizá empiecen a votar de manera más sensata, como lo hacen los suizos en sus referendos legislativos.

La economía de mercado se aprende

Creo haber defendido la verosimilitud de mi tesis. Son dos las razones por las que el público y los políticos no nos escuchan cuando defendemos el liberalismo clásico y una política económica ortodoxa. La primera es que la democracia, como método de agregación de preferencias individuales, es muy defectuosa, lo que se agrava porque los grupos de presión campan por sus respetos y los votantes actúan sobre la base de una indiferencia racional. La segunda es más profunda. Se trata del constructivismo de los ciudadanos y sus representantes: en el fondo, los votantes son partidarios de un Estado de Bienestar liberal y creen posible construirlo, una preferencia que los políticos no tiene otro remedio que obedecer. La lenta domesticación de los intervencionistas es sin embargo posible porque los ciudadanos son capaces de aprender que sus preferencias no son siempre realizables y que les conviene más elegir la libertad.

Ocurre, sin embargo, que, en virtud de la incertidumbre epistémica de todo mercado libre, a nosotros también nos es imposible saber el futuro de una economía capitalista ni intentar forzar la adopción de nuestra utopía favorita. Sería irónico que, en vez de colaborar en el descubrimiento de las consecuencias de elecciones políticas en principio equivocadas, cayéramos en el paternalismo liberal o incluso sintiéramos la tentación de imponer nuestras certezas a una ciudadanía temerosa del mercado.


REFERENCIAS

Arrow, Kenneth J. (1951): Social Choice and Individual Values. Wiley, New York.

Buchanan, James y Tullock, Gordon (1962): The Calculus of Consent: Logical Foundations of Constitutional Democracy. En The Collected works of James Buchanan, vol 3. Liberty Fund, Indianapolis.

Condorcet, marquis de – (1785): Essai sur l’application de l’analyse à la probabilité des décisions rendues à la pluralité des voix. Imprimerie Royale, Paris.

Michels, Robert (1911): Political Parties. A Sociological study of Oligarchical Tendencies in Modern Democracy. Traducción al inglés editada por Seymour Martin Lipset en 1962.  

Mosca, Gaetano (1896): Elementi di scienza politica.

Olson, Mancur (1965 y 1971): The Logic of Collective Action. Public Goods and the Theory of Groups. Harvard University Press, Cambridge, Masschusetts.

Ortega y Gasset, José (1930): La rebelión de las masas. En Obras completas, Juan Pablo Fusi, editor. Tomo IV, Instituto Ortega y Gasset y Taurus, Madrid, 2005.

Peltzman, Samuel (1976): “Toward a More General Theory of Regulation”, Journal of Law and Economics 19: 211-240.

Smith, Adam (1776): An Inquiry into the Nature and Causes of the Wealth of Nations. Reeditado en The Glasgow Edition of the Works and Correspondence of Adam Smith, 1976. Vol. 1, IV.ii.9. Clarendon Press, Oxford.

Stigler, George (1971): “The Theory of Economic Regulation” The Theory of Economic Regulation”, The Bell Journal of Economics and Management Science, Vol. 2, No. 1. (Spring), pp. 3-21.

Stigler, George (1982): The Economist as Preacher. Basil Blackwell, Oxford.

Wallas, Graham (1908): Human Nature in Politics. Londres. Gratis en Google Books.

Wegner, Gerhard (2008): Political Failure by Agreement. Edward Elgar, Cheltenham.

¿Se ha vuelto Hugo Chávez progre?

Una de las características definitorias de toda ideología totalitaria es la búsqueda de chivos expiatorios a los que culpar de los males por los que atraviesa el país. El chavismo tiene una lista grande, a la que recurre cuando vienen mal dadas, como sucede actualmente. Estados Unidos, Colombia, Bush, la burguesía, Uribe o la oligarquía son algunos de sus blancos favoritos. Apelando frecuentemente a ellos, Chávez ha provocado el hartazgo y se ha convertido en el bufón de un público muy concreto que espera con ansiedad sus arrebatos de pseudo-humor.

< p>La estrategia, básicamente, consiste en emplear un lenguaje de corte izquierdista con el que, entre otras cosas, ha logrado el apoyo de jóvenes (y no tan jóvenes) europeos que no conocen carencias de ningún tipo, pero a los que parece que su buena situación les genera una suerte de dilema o desosiego moral de difícil explicación.

 

< p>Es por ello que también fuera de las fronteras de América Latina la ideología comunista, en cada una de sus versiones, goza de adeptos y fieles practicantes de la demagogia. Además, insultar al estamento eclesial parece que sale gratis y permite aumentar puestos en el ranking del buen progre, esto es, aquél que tiene una visión unidireccional del mundo y no se conforma con defenderla, sino que la quiere imponer.

 

< p>Sin embargo, la situación real es que el Chavismo no atraviesa por su mejor momento. La expansión y patrocinio de esta ideología se basa, esencialmente y desde un punto de vista económico, en la existencia de unos precios altos del petróleo, lo que ofrecía ingentes beneficios al gobierno de Caracas con los que financiar a los Ortega, Morales o Castro/s de turno. Las cosas han cambiado pero no así la triste situación de los nicaragüenses, bolivianos o cubanos que ven como la precariedad sigue instalada en sus vidas, al mismo tiempo que sus derechos más elementales son cercenados por parte de las instancias gubernamentales.

 

< p>En Venezuela también se ha producido un recorte del subsidio del Gobierno, lo que se traduce en que necesidades y productos básicos de la población no pueden ser satisfechos. Consecuencia natural: descontento en aumento, que se suma al ya provocado por la constante mina de las libertades.

 

< p>¿Cómo ha reaccionado el protagonista principal y único de Aló Presidente? Muy sencillo. Siguiendo la premisa citada al inicio de este artículo: ha buscado un enemigo y le ha tocado a la Iglesia. El cardenal Urosa ha sufrido la dialéctica incendiaria y los insultos de Hugo Chávez, así como sus amenazas, cual mafioso de algún de clan calabrés.

 

< p>Desde Europa, esta persecución a la Iglesia puede que se jalee desde ciertos sectores, no tenemos duda de ello, pues palmeros hay en todos los sitios. Sin embargo, en Venezuela las cosas son distintas. El pueblo venezolano es católico y por tanto, las afirmaciones de Urosa, en forma de alertas sobre la senda marxista, comunista y totalitaria por la que transita el país, pueden ejercer mayor influencia ante la opinión pública que las denuncias formuladas por la oposición política al régimen, cuya división le resta en algunos casos credibilidad.

 

< p>En definitiva, con las amenazas sufridas por Urosa, los venezolanos ven como ningún estamento social está al margen de los tentáculos liberticidas de su presidente. Todo ello con las elecciones de septiembre en el horizonte, cuyos resultados son difíciles de adivinar. Los senadores de la democristiana cristiana chilena no podrán refrendarlos, ya que Chávez, optando una vez más por la demagogia (ha recurrido a la figura de Allende, icono de la izquierda latinoamericana), les ha vetado la presencia. ¿Acaso tiene algo que esconder?

 

¿Se ha vuelto Hugo Chávez progre?

Una de las características definitorias de toda ideología totalitaria es la búsqueda de chivos expiatorios a los que culpar de los males por los que atraviesa el país. El chavismo tiene una lista grande, a la que recurre cuando vienen mal dadas, como sucede actualmente. Estados Unidos, Colombia, Bush, la burguesía, Uribe o la oligarquía son algunos de sus blancos favoritos. Apelando frecuentemente a ellos, Chávez ha provocado el hartazgo y se ha convertido en el bufón de un público muy concreto que espera con ansiedad sus arrebatos de pseudo-humor.

La estrategia, básicamente, consiste en emplear un lenguaje de corte  izquierdista con el que, entre otras cosas, ha logrado el apoyo de jóvenes (y no tan jóvenes) europeos que no conocen carencias de ningún tipo, pero a los que parece que su buena situación les genera una suerte de dilema o desosiego moral de difícil explicación.

Es por ello que también fuera de las fronteras de América Latina la ideología comunista, en cada una de sus versiones, goza de adeptos y fieles practicantes de la demagogia. Además, insultar al estamento eclesial parece que sale gratis y permite aumentar puestos en el ranking del buen progre, esto es, aquél que tiene una visión unidireccional del mundo y no se conforma con defenderla, sino que la quiere imponer.

Sin embargo, la situación real es que el Chavismo no atraviesa por su mejor momento. La expansión y patrocinio de esta ideología se basa, esencialmente y desde un punto de vista económico, en la existencia de unos precios altos del petróleo, lo que ofrecía ingentes beneficios al gobierno de Caracas con los que financiar a los Ortega, Morales o Castro/s de turno. Las cosas han cambiado pero no así la triste situación de los nicaragüenses, bolivianos o cubanos que ven como la precariedad sigue instalada en sus vidas, al mismo tiempo que sus derechos más elementales son cercenados por parte de las instancias gubernamentales.

En Venezuela también se ha producido un recorte del subsidio del Gobierno, lo que se traduce en que necesidades y productos básicos de la población no pueden ser satisfechos. Consecuencia natural: descontento en aumento, que se suma al ya provocado por la constante mina de las libertades.

¿Cómo ha reaccionado el protagonista principal y único de Aló Presidente? Muy sencillo. Siguiendo la premisa citada al inicio de este artículo: ha buscado un enemigo y le ha tocado a la Iglesia. El cardenal Urosa ha sufrido la dialéctica incendiaria y los insultos de Hugo Chávez, así como sus amenazas, cual mafioso de algún de clan calabrés.

Desde Europa, esta persecución a la Iglesia puede que se jalee desde ciertos sectores, no tenemos duda de ello, pues palmeros hay en todos los sitios. Sin embargo, en Venezuela las cosas son distintas. El pueblo venezolano es católico y por tanto, las afirmaciones de Urosa, en forma de alertas sobre la senda marxista, comunista y totalitaria por la que transita el país, pueden ejercer mayor influencia ante la opinión pública que las denuncias formuladas por la oposición política al régimen, cuya división le resta en algunos casos credibilidad.

En definitiva, con las amenazas sufridas por Urosa, los venezolanos ven como ningún estamento social está al margen de los tentáculos liberticidas de su presidente. Todo ello con las elecciones de septiembre en el horizonte, cuyos resultados son difíciles de adivinar. Los senadores de la democristiana cristiana chilena no podrán refrendarlos, ya que Chávez, optando una vez más por la demagogia (ha recurrido a la figura de Allende, icono de la izquierda latinoamericana), les ha vetado la presencia. ¿Acaso tiene algo que esconder?