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La Comisión Europea al rescate

La cosa era difícil, pues la empresa portuguesa veía en esa filial su futuro, por lo que no quería venderla. Así que la primera tuvo que subir y subir su oferta, hasta que los dueños de la portuguesa quedaron convencidos de que ganarían una pasta vendiéndola. De hecho, nuestra protagonista estaba dispuesta a pagar por la filial casi tanto como lo que valía todo el grupo.

Sin embargo, cuando ya todo pintaba feliz, apareció el presidente de Portugal. Este señor tenía poderosos hechizos que le permitían vetar las operaciones que desearan hacer los accionistas con sus propiedades. Y decidió lanzar su "acción de oro" contra ambas partes, que se quedaron por el momento anonadadas y sin saber cómo responder.

Afortunadamente, no todo estaba perdido. Había también en los alrededores una bruja, con sus propios poderes mágicos. Esta bruja consultó su bola de cristal y decidió que el mago no podía usar el hechizo "acción de oro". Así, la Comisión Europea acudió al rescate, y comenzó una lucha de magia, también de incierto resultado, pues el mago portugués tal vez guardara más recursos en su arsenal.

Mientras tanto, la empresa española, la portuguesa y, en general, el público, contemplaban con cierto estupor el combate. ¿Cuáles eran las razones por las que la bruja acudía al rescate? La misma bruja que unos días antes sostenía que los operadores no compiten en roaming y sigue siendo necesario regular sus precios; que cree que hay compartir la fibra óptica que uno desplegare (futuro del subjuntivo, sí) con todo aquel que lo solicite, o que acaba de invocar al mundo de los vivos al BEREC, tingladillo para regular el mercado europeo de las teleco. ¿Cómo podía ser? ¿Era ahora la Comisión Europea la defensora del libre mercado?

Quizá haya que buscar las razones del rescate en rincones más sórdidos. Dejemos ya los cuentos de hadas y volvamos al mundo real. Y, en éste, los gobiernos no defienden la libertad, mucho menos la económica. Si la Comisión Europea quiere eliminar la "acción de oro" que algunos gobiernos mantienen sobre algunas empresas estratégicas no es para facilitar el libre intercambio y la circulación de capitales, aunque ésta sea una de sus consecuencias.

No, lo que busca la Comisión Europea es eliminar a sus rivales por el poder, quitar poderes a los gobiernos de los Estados Miembros, sea en telecomunicaciones, en moneda o en laboral. Pero no para devolvérselos al individuo, sino para quedárselos ella. La Comisión Europea quiere, sí, un mercado libre… europeo, en el que ella sea la que mande. El día que lo consiga, será ella quien ejercite la "acción de oro" sobre los operadores paneuropeos con que sueña y que no pierde oportunidad de promocionar.

Ese día, la libertad en Europa habrá retrocedido, pues nos enfrentaremos a un gobierno con poder sobre un mayor territorio. Nuestro voto "con los pies" habrá perdido valor respecto a la situación actual en que unos pocos kilómetros nos separan de un régimen opresor distinto (en España, dicha distancia está a punto de reducirse).

Así que, bueno, disfrutemos, sobre todo Telefónica y los accionistas de Portugal Telecom, del combate entre mago y bruja, pero que nadie se confíe en la aparente buena voluntad de ésta última. Cuando llegue el momento, se volverá contra nosotros. Y comprenderemos el verdadero por qué de su rescate.

¿Está justificada la sanidad pública?

Los individuos supuestamente conocen mejor su propensión a enfermar que las aseguradoras, de forma que éstas no son capaces de discriminar en precio y ofrecen la misma prima a todos. Así, la prima promedio es más barata de la que pagarían los individuos más riesgosos, y más cara de la que pagarían los más sanos. Los segundos tienden a salirse y los primeros a quedarse, de modo que la prima sube (para ajustarse al riesgo medio del nuevo pool), en una espiral que aboca al sistema a la ineficiencia: escasa y onerosa cobertura.

Aun si este problema de selección adversa fuera cierto y grave, la respuesta no sería la nacionalización del mercado sanitario. La obligatoriedad del seguro médico privado bastaría para evitar la espiral descrita.

Pero es que además, el debate es estéril. Lejos de fallar, el mercado ya ha dejado obsoleto cualquier problema de asimetría de información. La aseguradora, mediante chequeo médico con técnicas avanzadas y revisión del historial familiar, es capaz de calcular con notable exactitud la propensión de un individuo a sufrir distintas enfermedades (a menudo genéticas). La asimetría de información desaparece y la aseguradora puede discriminar en precio, cobrando la prima correspondiente al coste esperado de cada usuario.

No hay, pues, selección adversa ni espiral de costes, siempre y cuando el Estado no prohíba la discriminación de precios o restrinja las técnicas de evaluación de riesgo de las aseguradoras. Entonces, ¿qué justifica la sanidad pública? Los intervencionistas siempre encuentran "razones".

Los enfermos crónicos no podrían asegurarse (no hay riesgo a estimar) y tendrían que pagar de su bolsillo el elevado coste del tratamiento. Por otro lado, los más pobres no podrían permitirse la prima del seguro. La reacción instintiva del intervencionista ideológico es reclamar la nacionalización de la sanidad. La respuesta lógica del liberal que acepta intervenciones quirúrgicas es pedir subsidios para los individuos con graves condiciones preexistentes y para los más pobres, sin tocar el resto del mercado.

Este enfoque descuadra a los estatistas maximalistas, empeñados en imponer a toda la sociedad un modelo planificado con argumentos que, en el mejor de los casos, solo justifican parches (subsidios, regulaciones) a un sistema fundamentalmente de mercado. Así sucede con respecto a los tres pilares del Estado del Bienestar: sanidad, pensiones y enseñanza. No conciben que quizás sea mejor subsidiar al pobre para que tenga acceso a los servicios de un mercado eficiente, que abolir el mercado para que todos tengan acceso a un servicio estatal deplorable. Así, en lugar de ponderar las ventajas de las pensiones privadas con intervenciones localizadas (como en Chile, México o Hungría) o de la introducción del cheque escolar (como en Holanda, Suecia o Florida), prefieren socializar el sector entero.

A la privatización de la sanidad suele oponerse el ejemplo de Estados Unidos, que pese a sus ventajas (ausencia de lista de espera, libertad de elección de proveedor, innovación médica) gasta mucho más sin obtener mejoras en salud. No mencionan que son las regulaciones y los programas estatales los que distorsionan el mercado y elevan el gasto, y que hay otros modelos sanitarios con un fuerte componente privado que no padecen ese problema.

En Suiza el gobierno solo financia un 25% de los costes sanitarios (en Estados Unidos el gobierno paga casi el 50%). El gasto total en sanidad es similar al de los países con sistemas públicos. Los individuos están obligados a comprar seguro médico privado, que por ley incluye una cobertura básica. Las compañías compiten en precio y servicios, y muchos suizos se decantan por pólizas baratas con deducibles altos. El Estado subsidia a los más pobres (nadie paga más de un 10% de su renta por el seguro), y más de un tercio de la población contrata pólizas suplementarias. No hay listas de espera y los pacientes pueden elegir libremente el proveedor sanitario.

En Singapur el gasto total en sanidad es la mitad que el de España, y sus indicadores de salud son excelentes. Dos tercios de la financiación son privados. Los singapurenses disponen de cuentas de ahorro sanitarias individuales, financiadas con aportaciones obligatorias, a las que recurren para gastar cuando enferman. El Estado subsidia servicios básicos y paga la sanidad a las familias con menos recursos. Hay libertad de elección de proveedor y no existe lista de espera.

¿Por qué no se exploran estas alternativas? ¿Por qué este afán por justificar lo injustificable?

Pastores de almas

Una de las constantes ideológicas durante la Transición fue la chanza y la chirigota que provocaba entre la intelectualidad de izquierda los hábitos, usos y costumbres de la derecha, en especial la más conservadora. Durante el final de la década de los años 70 y durante casi toda la de los 80, todo lo que sonase a irreverencia, desenfreno y ataque a la tradición se puso de moda.

Fue la época de las Vulpes, la del cine de un director manchego llamado Pedro Almodóvar que también cantaba con MacNamara, fue la época de las películas S, la del amor libre, la del destape, la época en la que fumar porros y posar con las reinas del desnudo y las musas de la transición era bien visto hasta para un alcalde con gafas de miope, de edad avanzada y fama inmerecida. Fue la época en la que el divorcio confundía el pecado con el derecho, era la época en la que las pudientes abortaban en Londres y en España se manifestaban al grito de “nosotras parimos, nosotras decidimos” sin que el nonato tuviera demasiada voz en una televisión cada vez más controlada por la izquierda mediática y política.

Fue una época donde la tradición -se la inventara Franco o se remontara a las legiones romanas-, la familia, la música tradicional, la Iglesia Católica podían ser pasto de cínicas canciones, de guiones más o menos afortunados, de novelas y ensayos de plumas que ya venían despuntando desde los pozos más profundos del franquismo o de otras que no habían juntado dos letras en su vida hasta ese momento.

Si alguien se molesta en comparar esa izquierda de hace 30 años con la izquierda actual podría llegar a la conclusión de que es algo esquizofrénica. Mientras en los años 70 y 80, el humo, el alcohol, las drogas y el desenfreno eran las constantes, en la actualidad, se tramitan leyes contra el tabaco, se sigue persiguiendo la droga que no se despenaliza y la publicidad de los licores se limita a sitios y zonas donde no molestan ni invitan al desenfreno etílico. Mientras que en esa época la gente aprendía todo lo que hay que saber sobre el sexo de los amigos y amigas, de aventuras veraniegas, de dime tú qué hay que hacer para no pillar eso y lo otro o no ser padre o madre antes de tiempo, hoy nos hacen un completo mapa del clítoris, enseñan técnicas de masturbación a edades donde antes como mucho se jugaba a vaqueros e indios o a las muñecas de Famosa. El sexo se ha convertido en un asunto de estado, de salud pública, donde cualquier cosa está permitida y a la vez prohibida, dependiendo de si molesta o no a nuestros egregios dignatarios.

Podría ser esquizofrenia, pero no lo es. Es simple ingeniería social. La meta del socialismo, ya sea la del comunismo más totalitario o la de la socialdemocracia más suave, es el paraíso en la Tierra y para eso necesita crear un hombre nuevo. La izquierda de los años 70 y 80 se enfrentaban a una tradición española que iba mucho más allá de la ingeniería social franquista, se enfrentaba a una tradición ligada a la familia, a la Iglesia Católica, a siglos de historia y desde luego a cierta mitología que unía todo lo anterior.

La izquierda se esforzó en eso en lo que tanto destaca, la propaganda y la cultura contestataria, que no tiene por qué ser necesariamente de izquierdas, y empezó a transformarlo en ideología. Actores, actrices, directores, escritores, pintores, escultores y demás artistas empezaron a crear embriones de lo que hoy nos ha dado por denominar “los artistas de la ceja”. Cada ataque, cada crítica, cada risa, cada ironía erosionaba la moral tradicional y contribuía a crear otra que poco a poco se parecía a aquello que se buscaba. Cada nueva reforma educativa ayudaba, a costa de reducir el nivel de conocimientos, a enseñar a los púberes una nueva moral que tarde o temprano, y en un número cada vez mayor, terminarían transmitiendo a sus hijos. Al llegar al poder, los políticos izquierdistas encontraron en la legalidad una estupenda herramienta para anular esa tradición, para acelerar el proceso, para crear el nuevo hombre que buscaban.

Era cuestión de tiempo, algunos no verían los resultados, pero con paciencia se hace el camino. En los 70 y los 80, la copla era propia del régimen franquista y debía ser ridiculizada, en la España de Zapatero, la copla y el flamenco son dos formas de expresión artística socialmente aceptables. En los 70 y los 80 cualquier expresión podría ser arte, en la España de Zapatero, el arte es lo que la subvención determina. En los 70 y los 80, fumar, drogarse, beber y fornicar era liberarse, en la España de ZP puede ser perjudicial para la sociedad perfecta. En los 70 y los 80, había que destruir, en la España de ZP hay que crear. Al fin y al cabo, son simples pastores de almas.

Los ladrillos de la globalización

La contribución del contenedor marítimo a la moderna globalización ha sido a menudo subestimada. Antes, la tradicional actividad llevada a cabo por los estibadores en los puertos era lenta y muy costosa. Cargar y descargar un barco podía llevar varios días o incluso semanas. Eso sin contar con los numerosos hurtos y accidentes que sobrevenían con la manipulación de las mercancías. Se sufrían dichas ineficiencias casi desde los tiempos de los fenicios. El alto coste portuario inhibía una verdadera expansión del comercio internacional. Hasta que la innovación hizo acto de presencia.

Pese a que el contenedor era conocido desde el siglo XIX, tuvo que esperarse al año 1956 para que todo cambiara. Hasta entonces, tanto empresas como entes reguladores habían tratado la distribución de mercancías no como un proceso único sino como un proceso dividido en compartimentos estancos. Gracias al contenedor multimodal se unificaron las cargas sin interrupciones entre medias. Una gran revolución comercial se puso en marcha.

Hubo de darse la confluencia de varios factores para que se generalizara lo que ha venido a llamarse la “contenerización” (perdón por el palabro). La idea de racionalizar la carga en un contenedor intermodal se le ocurrió a un inquieto camionero de Carolina del Norte. Inicialmente se usó tímidamente sólo dentro de los EE UU. Con la guerra de Vietnam empezó a utilizarse masivamente por la Marina norteamericana. Luego se imitaría en el comercio por los pacíficos armadores en sus servicios de transporte de mercancías.

Finalmente la propagación de su uso hizo necesaria la estandarización de sus medidas. Hoy los contenedores ISO más utilizados son los de 20 y 40 pies de longitud (denominados TEU y FEU). Todos los medios de transporte e infraestructuras debieron adaptarse a los mismos. Apareció un nuevo actor en los océanos: el buque portacontenedores, cada vez de mayores proporciones para apilar mayor número de contenedores sobre y bajo su cubierta reduciendo, así, los costes por unidad. Muchos camiones se diseñaron especialmente para acoplarse al nuevo tráiler-contenedor y los trenes de mercancías tuvieron que sustituir de sus vagones buena parte de sus desfasados contenedores por el multimodal.

La navegación devino el medio de transporte preferido por el mercado para el traslado intercontinental de mercancías “enladrilladas”. Por su parte, camiones y trenes se han convertido en las últimas millas de la distribución global. Todos confluyen en las modernas terminales de los puertos que se han transformado en gigantescos centros logísticos. El manejo y transporte de mercancías pasó en muy poco tiempo de ser una actividad de trabajo intensivo a otra de capital muy intensivo.

Hoy, se usan más de 13 millones de contenedores en el mundo de forma recurrente. El contenedor no se abre durante todo su trayecto. En su interior son empaquetados previamente bienes, alimentos o productos de cualquier especie (no a granel) por los fabricantes o sus intermediarios y no se vuelven a tocar ni se cambian de posición hasta su destino final, aunque el contenedor se transfiera a otros medios de transporte a lo largo de todo su recorrido. Reduce el tiempo de tránsito así como los costes de su manipulado y almacenaje en puerto. Aumenta la fiabilidad de entrega de la mercancía desde cualquier parte hacia cualquier sitio del mundo. Con ello, se ha masificado el comercio mundial.

El contenedor marítimo multimodal ha sido un factor crítico para el desarrollo de la globalización. Fabricantes y consumidores de medio mundo se han aproximado. Los habitantes de países pobres, históricamente aislados del mundo, pudieron soñar de manera realista por primera vez en convertirse en suministradores de los países ricos por lejanos que éstos estuviesen. Asimismo, multinacionales -compañías con plantas en diferentes países- se transformaron en verdaderas fábricas internacionales, integrando sus procesos productivos y logísticos de tal suerte que hoy ya no hay límites físicos para la producción, cada vez más global. Alrededor de la mitad del comercio internacional se lleva en estos momentos a cabo entre localidades distanciadas por más de 3.000 kmts.

También gracias a él, millones de consumidores actuales en todo el mundo -y no sólo los de los países ricos- disfrutan de una gran variedad y recurrente reposición de bienes y alimentos a precios asequibles, inimaginable hace tan sólo unas pocas décadas. Hoy es posible enviar tomates españoles a China para que los hagan puré y se devuelvan desde allí a Europa o EE UU en forma de zumo embotellado o salsa enlatada.

Esta revolución ha cambiado radicalmente y para siempre el transporte y la distribución mundial de mercancías y, con ello, nuestra existencia. Del “puerto a puerto” se ha pasado al “puerta a puerta”. El contenedor marítimo moderno ha empequeñecido al mundo y ha agrandado la economía global tal y como subtituló el economista Marc Levinson su libro The Box. (1 y 2). Desde entonces ha tenido lugar algo insólito y crucial: el crecimiento de los intercambios comerciales ha superado el de la producción mundial.

Rindámonos ante la evidencia; si el libre flujo de información se ha propagado por el mundo gracias al Internet y al desarrollo asociado con las TIC, el factor esencial que ha impulsado un mayor intercambio de mercancías a lo largo y ancho de este mundo ha sido el contenedor marítimo intermodal. Por fin el transporte marítimo logró combinarse exitosamente con los otros medios de transporte. Comenzó así la edificación de la globalización. Es ya imparable.

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El verdadero derecho a internet

A Intereconomía le ha caído, literalmente, la del pulpo, 100.000 eurazos, por emitir un autopromocional en el que se criticaba el desfile del Orgullo Gay. No es que la multa sea totalmente desproporcionada para el presunto delito del que se acusa a la cadena, es que tal delito no existe. En un país libre cada uno puede criticar lo que y a quien le plazca siempre que, al hacerlo, no acuse a alguien de ser algo que no es. Es decir, que no se puede llamar a alguien “hijo de puta” sino estamos en condiciones de demostrar que la madre del aludido se dedica al viejo oficio de la prostitución. Punto. A partir de ahí entramos en el terreno de la opinión, santuario sagrado donde una democracia se la juega. La nuestra se la juega continuamente y suele perder.

En España como no teníamos suficiente con el engendro ese del “derecho al honor”, nos estamos inventando continuamente leyes y regulaciones nuevas que imponen lo que se puede y no se puede decir, escribir o difundir por las ondas hercianas. A Intereconomía la han cogido con un artículo perdido de una ley que, a su vez, se acoge a una directriz comunitaria. El típico caso de Leviatán legislativo que lo único que persigue es atemorizar al personal opinante para que se lo piense dos veces antes de emitir un juicio. El poderoso lo celebra y el ofendido se regodea como gato panza arriba sabiendo que desde ya mismo es inmune a la crítica.

La izquierda, que es muy arrojada y muy de llamar asesino a Aznar sin necesidad de demostrar nada, tiene una epidermis finísima, de apenas unas pocas micras de grosor. Ellos, como es lógico, tienen carta blanca para decir lo que les venga en gana, pero, ¡ay!, como los de enfrente hagan lo mismo arman la de San Quintín y se ponen a toda leche el camisón de la abuela de Caperucita. Son los dos raseros. El de unos, el suyo, es de malla gruesa que lo deja pasar todo. El de los otros, el nuestro, es de malla fina de esa que retiene hasta las impurezas microscópicas.

Esto es así porque, en su universo simbólico, ellos representan el Bien y nosotros el Mal, ellos el luminoso mañana y nosotros el pasado retrógrado. Como la gasolina que pone en marcha el motor de explosión del cerebro progre son los mantras, es fácil saber sobre quién debe caer todo el peso de una ley hecha sólo para los malos. Por eso, a igualdad de “delito”, con Intereconomía se ceban mientras que los mismos que han promovido el castigo pueden seguir desfilando vestidos de obispo blasfemo con un miembro viril de gomaespuma colgando de la sotana. Y no les pasará nada. Faltar el respeto es algo que sólo ellos se pueden permitir.        

Los dos raseros

No obstante, esta vuelta de tuerca, que a todas luces debería abrir un nuevo proceso constituyente, intensificará en el futuro la insostenibilidad de las cuentas regionales y el consiguiente despilfarro autonómico, tal y como ya hemos analizado. Sin embargo, el actual sistema arropa un tercer problema estructural aún más importante: la indeseada fragmentación del mercado nacional.

La amalgama de competencias que aglutinan en sus manos las respectivas comunidades autónomas han desembocado en un intenso intervencionismo público generalizado sobre diversas y amplias materias que, a modo de compartimentos burocráticos diferenciados, dificultan el desarrollo libre y natural de la actividad económica y, por tanto, del crecimiento. El caso de los fabricantes de tragaperras es tan sólo uno de los múltiples ejemplos que sirven para evidenciar el galimatías regulatorio que existe actualmente en España. Este sector ha de destinar un volumen sustancial de recursos para sortear con éxito el sinfín de trámites, licencias y regulaciones a los que están sometidos sus máquinas. Pero lo mismo sucede en el comercio (véase la obligación de rotular en catalán), las cadenas de distribución, el sector inmobiliario, las grandes superficies, sector servicios, industria, etc.

El empresario ha de enfrentarse constantemente a una compleja y voluminosa red de procesos burocráticos, tanto a nivel regional como nacional, para desarrollar su actividad, lo cual, como es lógico, desincentiva, y mucho, el fundamental espíritu emprendedor. No es casualidad que la mayoría de los jóvenes aspiren a ser funcionarios. En España es muy difícil hacer negocios gracias a nuestros queridos políticos. Crear una empresa se convierte aquí en un proceso arduo, caro y tedioso, al igual que en muchos países del Tercer Mundo, mientras que en Singapur o Hong Kong, por ejemplo, legalizar una sociedad no lleva más de un día y, además, a coste cero.

Así, resulta evidente que, más allá de la ineficiencia estática (redistribución y gestión de recursos disponibles), el principal problema que sufre la estructura estatal española radica en su falta de eficiencia dinámica. ¿Y esto qué significa? Pues que lo importante en Economía no es tanto administrar con diligencia una casa o empresa (eficiencia estática) sino saber cómo incrementar la hacienda actuando empresarialmente y comerciando con ella (eficiencia dinámica).

Y es que la función empresarial (acción humana), tal y como enfatizaba Ludwig von Mises en su Tratado de Economía, no consiste en asignar de forma óptima unos determinados recursos disponibles sino en buscar, descubrir y darse cuenta de nuevas oportunidades de negocio capaces de generar beneficio. Es decir, la clave radica en propiciar las condiciones socioeconómicas adecuadas para incentivar con fuerza la creatividad empresarial.

Pare un momento y pregúntense lo siguiente: ¿Quién ha hecho grande a Estados Unidos en el último siglo? Sin duda, un inmenso ejército de empresarios dispuestos a satisfacer necesidades ajenas (oportunidades de negocio) con el fin de lograr beneficios (crecimiento económico); ¿a qué se debe el espectacular desarrollo chino en los últimos años? A la relativa apertura económica que ha experimentado su régimen al permitir, aunque de forma aún muy limitada, el disfrute de la propiedad privada a sus ciudadanos; ¿por qué no ha surgido durante décadas ningún Bill Gates en Cuba o Corea del Norte? Supongo que ya sabrán la respuesta.

De este modo, para lograr una creciente eficiencia dinámica es necesario orientar la política económica hacia la configuración de un marco institucional que respete al cien por cien la propiedad privada, potencie los intercambios comerciales de carácter voluntario, garantice el cumplimiento de los contratos y, en resumen, favorezca la actividad empresarial en toda su variedad y riqueza de matices.

En este sentido, el levantamiento de barreras administrativas entre regiones impide y dificulta el intercambio comercial, de ahí la importancia de la unidad de mercado. Además, el intenso intervencionismo que ejercen los poderes públicos, a todos los niveles, tan sólo tiende a generar pobreza y miseria. Da igual que éste sea impuesto a nivel central (régimen chino o cubano) o regional, ya que la clave no es quién detenta el poder sino cómo se detenta. Por ello, en el actual sistema autonómico, los gobiernos regionales que apuesten por una mayor eficiencia dinámica tenderán, sin duda, a registrar mayores tasas de crecimiento y menor paro (Madrid), mientras que las menos eficientes tan sólo generarán pobreza y estancamiento… ¿Adivinan cuáles?

Eficiencia dinámica

El poder lo que puede hacer es o bien reconocerlos y protegerlos, o bien violarlos, que es lo que ha hecho casi siempre desde que el mundo es mundo. Son los derechos a la vida, a la libertad, a la propiedad; esos que se llaman "negativos" porque para respetarlos basta con no atacar a los demás.

Pero durante el siglo XX los socialistas de todos los partidos decidieron que, puesto que sus propuestas obligaban a violar estos derechos, debían llamar a todas las medidas que apoyasen "derecho", y así justificar que estuvieran cargándose nuestras libertades. Si el "derecho a una información veraz" está al mismo nivel que la libertad de expresión, entonces está justificado montar tribunales administrativos de orden público que impongan multas y quiten licencias de emisión a quienes no digan lo que los socialistas quieren que se diga.

La última moda, inaugurada por Finlandia pero que ya amenazan con seguir con entusiasmo las demás socialdemocracias europeas, consiste en considerar el acceso a internet a una velocidad mínima de 1 Mbps como un "derecho fundamental" que debe garantizarse a un "precio razonable", que ha cifrado en 30 o 40 euros. La traducción de este grandilocuente enunciado es que dicha conexión debe ofrecerse en régimen de "servicio universal", de modo que aunque uno viva en una cabaña de Laponia donde hace años que no llega nadie y ni siquiera se ha enterado de que las copas de Europa ahora se llaman champions lij, las operadoras de telecomunicaciones deben darte internet si lo pides a 40 euros al mes como mucho.

Cuando nos quitamos de encima la retórica socialdemócrata nos daremos cuenta de que esto es ni más ni menos que una redistribución de la renta, darle a unos lo que le quitamos a otros. En este caso es menos visible, porque no es el Estado quien lo hace, sino los operadores, que cobrarán más a los usuarios que viven en el centro de Helsinki a dos metros de la centralita para poder pagar las conexiones de quienes viven a tomar viento de la civilización occidental, y que los 40 euros al mes no son capaces de sufragar ni de lejos. Pero lo llaman "derecho", y todo son "ahs" y "ohs" de admiración por los grandes avances de los países escandinavos.

Eso no es dar derecho a internet, sino obligar a unos a pagar a otros. Que oye, que puedes estar a favor de eso, pero sería un detallazo que lo llamaras por su nombre.

Lo que sí es tener derecho a internet es que el Gobierno no pueda bajo ningún concepto prohibir a un operador dar servicio a un cliente si ambos están de acuerdo en los términos. Es decir, es reconocer que el Estado no nos puede quitar algo que los ciudadanos ya tenemos. Tener derecho a internet es la no existencia de leyes como la francesa de los tres avisos. Tener derecho a internet es que el Estado no censure los contenidos que no quiere que veas. Tener derecho a internet, en definitiva, es lo que disfrutamos en general en los países occidentales, y de lo que carecen en Cuba, China, Irán, Túnez y demás países admirados por el tenaz Moratinos. Hagan el favor de no desvirtuar algo tan valioso llamando "derecho" a la última ocurrencia de unos políticos parar lograr, dicen, que el 99% de los ciudadanos se conecten a internet, enorme salto cualitativo frente al 96% que lo hace en la actualidad.

Daniel Rodríguez Herrera es subdirector de Libertad Digital, editor de Liberalismo.org y Red Liberal y vicepresidente del Instituto Juan de Mariana.

El legado europeo de Zapatero

El presidente español, que había soñado con la gloria del Olimpo europeo, ha cosechado duras críticas por su pésima gestión, durante estos seis meses, por parte de gran parte de la prensa europea.

La debacle comenzó antes de la presidencia. La presentación de los objetivos del Gobierno español ya merecieron duras críticas por parte de un buen número de mandatarios. Zapatero se había propuesto dictar la fórmula de la salida europea de la crisis. Su receta consistía en la aplicación del keynesianismo más rancio a euroescala y en el buenismo político combinado con el negacionismo económico que con tanto éxito ha practicado en España. Traducido al román paladino, su idea era glorificar las políticas de gasto público como solución a la crisis económica, fomentar políticas asociales y negar cualquier recaída económica. Además, pretendía exportar a toda Europa el intervencionismo energético que ha aplicado en nuestro país con desastrosas consecuencias.

Ya entonces algunos dirigentes extranjeros y medios de comunicación de gran prestigio como The Economist o Financial Times sugirieron a Zapatero que mejor buscara objetivos más modestos para la Unión y dedicara más tiempo y empeño a la resolución de la gran crisis española. Pero como para Zapatero la recuperación española era "inminente" no había motivo para escuchar aquellos consejos.

El encuentro con la realidad ha sido duro para nuestro presidente. Primero vino la crisis griega, un desastre financiero que el propio gobierno socialista griego no dudó en atribuir a un exceso de Estado; demasiado tamaño, demasiadas atribuciones y demasiado despilfarrador. Zapatero culpó a los especuladores y sacó pecho afirmando que España rescataría a Grecia junto con los países más sanos de Europa. Luego llegó el plantón de Obama, que ignoró la invitación de Zapatero para participar en su gran evento del año. Poco más tarde hizo acto de presencia el descalabro financiero español y el Ejecutivo no supo reaccionar inicialmente de otra forma que como lo hacen las mafias de las películas: amenazando con la cárcel a los inversores que huían de su política manirrota. Por aquel entonces ya había quedado claro para todos los europeos que Zapatero era algo así como la antítesis del Rey Midas: todo lo que tocaba perdía valor.

La crisis de la deuda de España y los otros PIGS que le acompañaban en su caída por el despeñadero del gasto público se ha transformado en la crisis de la deuda soberana europea. El día 7 de mayo España estuvo al borde del colapso. Desde entonces, estamos siendo rescatados por el Banco Central Europeo, que financia el gasto de Zapatero a través de la banca. Nuestros socios en el euro y nuestros acreedores se han hartado y han dejado de reírle las gracias a nuestro presidente. Por eso le llaman insistentemente para exigirle recortes del gasto público y estabilidad presupuestaria. Tienen miedo de perder todo lo que le han prestado a nuestro país o de que el euro se hunda por la irresponsabilidad presupuestaria del gobierno zapateril. El caos económico y político es el legado europeo de Zapatero. Europa le recordará por mucho tiempo.

Orgullo (gay) herido

Claro, que es lo menos vistoso de este desfile. Los alardes tienen honda tradición en España, pero ninguno se ha parecido ni remotamente a este, autodenominado marcha del orgullo gay. Desnudez y sexualidad a la vista, adornadas no precisamente para pasar desapercibidos en El Corte Inglés. Hay algo de autoafirmación en todo ello, de reivindicación e incluso de imposición. Decir que tienen todo el derecho a mostrarse tan llamativos como deseen, a provocar toda la atención e incluso el escándalo de que sean capaces es una obviedad innecesaria.

Tienen derecho a todo ello, claro es. Lo que no pueden pretender es controlar lo que los demás piensen de su comportamiento. No le tiene por qué gustar a todos. No pueden prohibir a los demás que consideren que lo que hemos visto desfilar por la centenaria Gran Vía no es lo normal, lo ordinario, lo convencional. ¿Cuántos de quienes han realizado la marcha del orgullo gay consideran el espectáculo normal? Intereconomía hizo el año pasado una campaña de autompromoción con esa idea. En un spot se comparaba el día del orgullo gay con "364 días de orgullo de la gente normal y corriente".

El Ministerio de Industria, el departamento de Miguel Sebastián, se ha erigido en policía del pensamiento en España. Y no tolera esa contraposición entre las desnudeces aladas en la calle y la normalidad del ciudadano medio, por lo que ha multado a Intereconomía con 100.000 euros. La piel de Sebastián, que es así de fina. Tanto derecho tienen los participantes de la marcha a hacer lo que desean como los demás a pensar de ellos lo que les dé la gana. Pero este Gobierno no piensa así en absoluto. Le hace un traje a medida a la sociedad, y si una extremidad no entra por sus mangas, se amputa y santas pascuas. Han convertido a los homosexuales en un colectivo definido y condicionado por su condición sexual e hiperprotegido frente a cualquier consideración que no se adapte a sus propios esquemas. Los comportamientos más normales se convierten, a los ojos del Gobierno, en una perversión punible, y a los alardes más estrafalarios no se les puede contrastar con la normalidad sin castigo.

Esto de que Industria pueda multar a un medio de comunicación por no ajustarse a sus criterios es propio de la experiencia democrática venezolana, pero no de un país miembro de la Unión Europea. La cabra de Zapatero, que tira a los montes de Perijá. ¿Cómo hemos llegado a aceptar que Industria imponga multas a los medios de comunicación sin escándalo? Sin menoscabo de otros motivos más festivos, este sí que es motivo para salir a la calle.

La Unesco da asco

Hasta aquí nada digno de destacar. Sin embargo, hay algo en todo esto que debiera producir un profundo asco a cualquier persona que tenga aprecio a la libertad humana. El galardón está financiado por el dictador de Guinea Ecuatorial, Teodoro Obiang, y lleva su nombre.

Ante las protestas de organizaciones de derechos humanos y destacados periodistas reprimidos por otros dictadores de todo el mundo, la UNESCO decidió retrasar la entrega del premio. Por lo tanto, sigue en espera. Esto no es suficiente, pues debería ser directamente anulado. El galardón, oficialmente, está destinado a reconocer "los logros científicos que mejoran la calidad de la vida humana", por lo que no resulta aceptable que se haya bautizado con el nombre de tan siniestro dictador. Obiang ha sumido a las tres cuartas partes de la población de su país en la más absoluta pobreza y reprime las libertades más básicas que necesita un ser humano para poder considerar que vive dignamente.

La UNESCO da asco por el simple motivo de instituir el premio, que otorga al dictador de Guinea Ecuatorial una dignidad que no se merece. Y esta organización se ensucia todavía más cuando se limita a retrasar su entrega en vez de anularlo de forma definitiva. El organismo de Naciones Unidas para la cultura no escucha ni tan siquiera a aquellos a los que concedió un galardón, en esta ocasión sí, digno. Siete receptores del Premio Mundial a la Libertad de Prensa UNESCO / Guillermo Cano han escrito los últimos días una carta en la que recuerdan "la grave represión en Guinea Ecuatorial" y expresan su rechazo a un reconocimiento que lleva por nombre el del dictador Obiang.

Este organismo internacional nunca ha destacado por su defensa de la libertad. Ya durante la Guerra Fría hizo suyas las posturas soviéticas contra el libre flujo de información, y poco ha cambiado desde entonces. En 2008, tras anunciar que participaría en el Día por la Libertad de Internet, dio marcha atrás para no molestar a los países que aplican la censura online. Por tanto, que la UNESCO no se decida a cancelar un premio con el nombre de un tirano no tiene nada de sorprendente. Es coherente con una trayectoria que tan sólo puede y debe asquear a quienes creen que hay que oponerse a las dictaduras.