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El gobierno global experimenta con España

Cada vez parece más probable que España entre en default a corto plazo y los políticos de aquí son incapaces de hacer nada.

La ciudadanía está dividida. No saben si se han de celebrar elecciones anticipadas, cambiar el Gobierno o sólo al presidente. La mayoría están de acuerdo en lo mismo: al Gobierno actual le viene grande la situación y algo ha de cambiar. Pero la pregunta es, ¿por qué cambiar? La situación ha escapado de las manos del Gobierno nacional.

El destino de nuestras vidas se ha visto afectado por un gobierno global que no tiene sede en ninguna parte, nadie conoce, apenas disfruta de estructura, que se ha ido construyendo sin intención expresa ni plan alguno. Los intereses políticos y buenas intenciones que vinieron después de la II Guerra Mundial han llevado a la situación actual casi por accidente.

No me confunda con ningún paranoico del Club Bilderberg. No hay una agenda global, ni un plan detallado para planificar el Nuevo Orden Mundial (NOM). De igual forma que el nacimiento de la moneda o el sistema capitalista no fueron diseñados por una persona ni grupo, sino que surgieron de las circunstancias que condicionaron tales épocas, la dominación política mundial (el NOM) ha germinado igual. Ha sido fruto de las casualidades y avance del "socialismo moderado".

España es el ejemplo más palpable del NOM. Zapatero ha pasado de una política de subvenciones y dinero para todos, a reducir el sueldo a funcionarios y crear una "economía de guerra" –lo que llaman "neoliberalismo" que no deja de ser socialismo y colectivismo– de un día para otro y sin estar en una situación de quiebra oficial. Eso es lo alucinante.

Tras varias llamadas de atención, el "Gobierno Mundial" ha actuado. En marzo Obama llamó a Zapatero para que pusiera orden a sus balances y todo cambió. Un mes después, el FMI se da una vuelta por España para examinar la situación del país. Después, representantes de la Reserva Federal y del Tesoro americano se vinieron aquí a dar instrucciones al Ejecutivo. La canciller alemana Ángela Merkel también ha dicho cómo ha de ser el plan de austeridad y reducción del déficit en el menor tiempo posible. Incluso la UE ya tiene un fondo para salvar a España de 750 mil millones de euros (aunque digan que se ha hecho para Europa, es para nosotros). Y el Banco Central Europeo, como siempre, dejando dinero y retirándolo según le da la gana y de forma arbitraria.

Esta malgama es lo que crea un Gobierno Mundial. Macroinstituciones heredadas y un policía del mundo (Estados Unidos) con un gran poder que sólo cuidan de sus intereses. La lucha por el bien común sólo parece ser posible con la sumisión y esclavitud del individuo. Somos el rebaño de los políticos. Ya de paso, vea este video que lo ilustra bastante bien: La historia de vuestra esclavitud.

Si cambian el Gobierno en bloque o a su cabecilla o si el pelele de la oposición pasa a gobernar, ¿cree que va a cambiar algo? Keynes no sólo mató la economía, sino que plantó la semilla del totalitarismo –de las buenas intenciones– que con los años ha liquidado la democracia y libertad individual. ¿Podemos votar al líder del FMI, al presidente de Estados Unidos, de la UE o del Banco Central Europeo? Los oligarcas del poder y dictadores de la producción han subido un peldaño y ahora mangonean a nivel global. Demasiado tarde para hacer absurdas manifestaciones, demasiado temprano para una revolución.

PD: Sabe que en la presidencia española de la Unión Europea, aquella que fue un éxito según Zapatero, se aprobó el documento 8570/10 que permite espiar a los "radicales". Dicho en roman paladino, a los que no se consideran establishment-borregos-del-sistema, ya sean de derechas o de izquierdas. Vigile lo que escribe en su blog, Twitter o Facebook. El gobierno global le vigila bajo el amparo de la ley.

De precios y estadísticas

Cuando uno va a comprar al supermercado y repara en el precio de las naranjas, no acaba de aprehender la importancia vital que esos simples guarismos tienen. Por otro lado, cuando escucha en la radio el crecimiento del PIB o que España es el enésimo país por penetración de banda ancha en Europa, tiende a asumir que estas informaciones son fundamentales para su ciclo vital. Después de todo, el precio de las naranjas rara vez sale en la tele, mientras el PIB, el déficit público o el IPC ocupan portadas en todos los medios.

 

Y, sin embargo, es mucho más importante la primera de las magnitudes que cualquiera de las otras, incluso de todas ellas juntas. ¿Por qué entonces ocurre que todos estamos preocupados por éstas, y no por las otras?

El papel de los precios es fundamental para posibilitar, no ya el desarrollo de las economías, sino el simple funcionamiento de las mismas. La concepción hayekiana del precio es quizá la más brillante y completa. Según ésta, los precios son indicadores sintéticos de la escasez de los bienes en relación con sus usos y permiten de esta forma coordinar las preferencias de los individuos.

Así, cuando el precio de un bien tiende a subir, se están dando señales al mercado de que la escasez relativa del bien está aumentando. Esto puede ser básicamente por dos razones: el stock del bien ha disminuido (por ejemplo, una mala cosecha) o porque a alguien se le ha ocurrido un nuevo uso para el bien que es más valorado por los individuos que los usos precedentes (por ejemplo, el uso de cereales para biocombustibles).

Por el contrario, si el precio del bien tiende a bajar, se da el fenómeno dual: aumenta la abundancia relativa, sea por que el stock del propio bien ha aumentado, por ejemplo, por una innovación que permite reducir los costes de fabricación; o porque la gente ha encontrado un sustituto y, de alguna forma, se ha eliminado uno de los usos que lo hacían valioso.

En ambos casos, los emprendedores alerta en el mercado empiezan a tomar acciones correctoras de la situación, atraídos por los posibles beneficios, o ahuyentados por las posibles pérdidas. Una subida de precios es una promesa de futuros beneficios: el mercado está diciendo que quiere más de ese bien, y que la gente que esté en condiciones de proporcionárselo puede lucrarse con ello. Evidentemente, si el emprendedor tiene éxito, el stock aumentará y los precios tenderán a bajar.

Por el contrario, la bajada de precios amenaza con pérdidas: el mercado está diciendo que está saturado del bien y que no merece la pena dedicarse a ello. Los emprendedores avisados deberán abandonar esas líneas de negocio, y dedicar sus recursos a otras más valoradas. Esta salida del mercado, a su vez, reducirá el stock hasta los niveles que el mercado valore suficientemente.

He aquí el fundamental papel de los precios en el mercado: integran todas nuestras preferencias y recursos en un solo número sobre el que resulta fácil tomar decisiones. El precio de las naranjas es el único dato adicional que necesitamos para decidir si las compramos o no: no necesitamos saber nada de su cultivo, tecnologías, propiedades de los campos, logística de transporte o plagas que asolan al árbol.

La existencia de un sistema de precios que funcione libre de injerencias es imprescindible en cualquier sociedad (no ya mercado). Una sociedad con precios intervenidos está abocada a la destrucción, como demuestra el debate sobre la imposibilidad del cálculo económico en el socialismo, que, como demuestra Mises, es la prueba definitiva de que tal sistema no puede funcionar.

Los economistas sitúan, al mismo nivel que los precios, otra información: las estadísticas. En este tipo de información, se agregan diferentes ítems de información microeconómica, para proporcionar indicadores macroeconómicos. Por ejemplo, sumando todas las ventas realizadas por todas las empresas de un país se obtiene el Producto Interior Bruto (PIB); ponderando las variaciones en los precios de unos determinados bienes y servicios se obtiene el Índice de Precios al Consumo (IPC); recopilando los precios del kilo de naranjas en los países de la OCDE, se obtiene una comparativa internacional de estos precios.

Toda esta información, mejor dicho, datos, no nos sirven prácticamente de nada como individuos. Ninguno de nosotros ni ninguna empresa toma decisiones basándose en ellos. ¿De qué me sirve el IPC o el ranking de España en el precio de naranjas a la hora de comprar un kilo de éstas?

La única entidad que produce, necesita e, incluso, toma decisiones sobre su base son los estados. Dado que los estados no se guían por los precios, como hacen el resto de los mortales, se buscan otro tipo de indicadores para justificar sus decisiones ante la opinión pública.

Su trabajo tiene dos partes: la primera es definir el indicador. Dado que son indicadores no observables directamente, la definición no está exenta de discusión. Al contrario que los precios, que son magnitudes objetivas, los valores estadísticos siempre son matizables e interpretables. Por ejemplo, qué servicios incluir en el IPC y a qué precios valorarlos; o a quién se considera desempleado, si al que está sin trabajo o al que está inscrito en el INEM.

La segunda parte del trabajo consiste en convencer a la opinión pública de la importancia del indicador. En esto los políticos cuentan con la inestimable complicidad de los economistas, que se hartan de analizar todo en base a sus estadísticas: que si la balanza por cuenta corriente, que si el déficit público, o el sursuncorda.

Una vez se consigue lo segundo, los políticos, una vez más con la ayuda de los economistas, tienen claros incentivos en rehacer lo primero, cuando los resultados no les acaban de gustar. Por eso, las discusiones sobre si se debe revisar la metodología de cálculo del IPC solo se producen cuando éste está en el 5%, no cuando se sitúa en el 1%. Y no se ha de olvidar que los Estados tienen el cuasi-monopolio de la producción de estadísticas, normalmente a través de institutos supuestamente independientes.

De nuevo, nos encontramos ante una creación de los gobiernos en que estos tratan de remedar pobremente una creación espontánea del mercado. Las estadísticas económicas pretenden sustituir a los precios, pero fracasan lamentablemente en su intento, pues no son capaces de transmitir información objetiva ni relevante sobre los recursos en el mercado. Eso sí, permiten justificar a los gobiernos sus actuaciones arbitrarias con una apariencia de objetividad.

¡El sistema educativo funciona!

Lamento decepcionaros pero tenía que decirlo: el sistema educativo funciona. Es prácticamente perfecto. Educar, no educa, pero es que no fue creado -ni es mantenido- para educar.

El sistema educativo fue creado, en primer lugar, como parking de niños. Es un lugar dónde puedes dejar a tus hijos durante muchas horas al día y, así, dedicarte a tu vida de adulto. Meter a los niños en la escuela te permite pasar ocho horas diarias en un trabajo que no te gusta por un sueldo que, probablemente, tampoco te compense.

Empezamos (empiezan) por escolarizar a los niños de tres años y enseñarles cosas que aprenderían de todos modos. ¿Alguien cree de verdad que los niños no aprenderían los colores, los números o los conceptos de “grande”, “pequeño”, “cerca” y “lejos” si no fueran al cole? Los niños aprenden sin dificultad cualquier cosa que les interese o que les resulte útil en su vida diaria.

Los niños crecen y les obligamos (les obligan) a leer un libro por semana y resumirlo. Un libro que, quizás, es infumable. Un libro que, aunque sea espléndido, quizás ellos no habrían elegido. Con lo que sembramos la semilla del odio a la lectura. Siguen creciendo y seguimos (siguen) obligándoles a estudiar cosas que ni les interesan ni les servirán para nada más que para seguir estudiando, para pasar de un curso a otro y sacarse un título tras otro.

Los niños y los adolescentes no pueden trabajar (no es que no sean capaces, es que es ilegal que lo hagan) y tampoco pueden estar todo el día en la calle o en sus casas sin vigilancia mientras sus padres trabajan. Así que el sistema educativo es la solución perfecta al problema que nos hemos creado.

Con cada crisis económica, el Estado ha añadido más años a la enseñanza obligatoria. Esos cursos de más han tenido que llenarse de contenido, para lo que se ha ampliado el currículum con materias de todo tipo. La inercia de los años nos ha llevado a convencernos de que uno no estaba correctamente educado (académicamente hablando) si no sabía hacer un análisis morfosintáctico, despejar la X y “cantar” la lista de los reyes godos. Obviamente, ante una situación general de falta de trabajo, al Estado le interesa más tener estudiantes que tener parados. Nos han convencido de que una carrera universitaria es imprescindible para triunfar en la vida. Y, después de la carrera, mejor si complementas tu formación con un postgrado o un doctorado. Así que los jóvenes no entran en el mercado de trabajo (o en las listas del paro) hasta los treinta años de edad, más o menos.

El sistema funciona. Es un sistema perfecto que, además, mantenemos entre todos, nos guste o no, lo utilicemos o no. Es el parking de niños más barato del mundo, porque no pagas lo que cuesta. Todo sea por el bien común.

A la calle

…una prebenda protegida por el poder coactivo del Estado para impedir que un trabajador sea despedido y sustituido por otro cuando se niega a realizar las funciones a las que se ha comprometido contractualmente.

Es sencillamente inaceptable que se proteja la holganza, el sectarismo o la estrechez de miras de unos cientos de empleados que no quieren trabajar ni dejar que el resto trabajen cuando hay cinco millones de candidatos a ocupar su puesto. Es sencillamente intolerable que cuando millones de personas han perdido todas sus fuentes de renta porque sus empresas han quebrado o se han reestructurado, una tropa de privilegiados se acoja a la prebenda del derecho de huelga para protestar contra una rebaja del 5% de sus salarios destinada a evitar que quiebre la compañía que los contrata, el Estado, mantenida mediante el expolio sistemático de, entre otros sufridos contribuyentes, los cinco millones de desempleados. Es sencillamente inadmisible que un grupo protegido y financiado por ese Estado al borde de la quiebra, los sindicatos, trate de lograr beneficios políticos y crematísticos saboteando el normal funcionamiento de una empresa capitalizada para más inri con el dinero de todos los madrileños.

Porque, no lo olvidemos, el perjuicio económico y social que generan los huelguistas no procede de que ellos en concreto se nieguen a trabajar, sino de que impiden por la fuerza que cualquier otra persona ponga en funcionamiento y utilice el costosísimo equipo de capital de Metro Madrid. Su huelga no consiste en no acudir al trabajo, sino en secuestrar una maquinaria y unas infraestructuras que no les pertenecen a ellos, sino a todos los ciudadanos madrileños que las han sufragado coercitivamente con sus impuestos.

Y siendo, pues, una huelga inaceptable, intolerable e inadmisible no podemos ni aceptarla, ni tolerarla ni admitirla un segundo más. Como mínimo, todos los empleados públicos que han llegado a superar los generosísimos límites de esa prebenda estatal que es el derecho de huelga sometido a unos servicios mínimos deben ser despedidos ipso facto y, en su caso, reemplazados por alguno de esos millones de demandantes de empleo de nuestro país que a buen seguro estarán deseosos de ocupar su puesto.

Si los huelguistas deseaban conservar su empleo, lo tenían muy fácil: bastaba con que hubiesen cumplido con sus obligaciones laborales y con que hubiesen aceptado percibir un salario que la Administración les podía abonar sin declarar directamente la bancarrota y sin incrementar su rapiña fiscal sobre el resto de ciudadanos. Si se han negado a trabajar a cambio de un salario un 5% inferior, que busquen otro empleo en el sector privado, que por lo visto allí las cosas deben andar mucho mejor que en una compañía que pace en el presupuesto público.

Al menos Kant exigía que prevaleciera la justicia para aceptar que reventara el mundo. Otros parece que tienen bastante con llenarse el bolsillo a fin de mes a costa de unos madrileños a los que machacan inmisericordemente tan pronto como se les toca el fuero. Mientras la maquinaria estatal cuente con gas suficiente para seguir extrayendo sus emolumentos de una economía moribunda, poco les importa que tengamos cinco o diez millones de parados y que el Estado impague o no a sus acreedores.

Mientras prevalezca la injusticia –sus privilegios– el resto del mundo puede irse al carajo. Va siendo hora de que noten algo del frío que hace ahí fuera causado, entre otros motivos, por la hipertrofia de un sector público que ellos contribuyen a consolidar.

Los diez mandamientos del profeta Blanchard

…un artículo publicado junto a Carlo Cottarelli, donde tratan de aleccionarnos sobre cómo se deben ejecutar los planes de consolidación fiscal que ya se están implementando en diversos países.

Para algunos, estos planes levantan grandes preocupaciones e incluso rechazo. El caso paradigmático sería el de Paul Krugman, quien continúa defendiendo que hay que continuar con los estímulos fiscales, y que el déficit público no debería ser una preocupación en estos momentos, con altas tasas de desempleo y una producción muy por debajo de su potencial.

Para otros, estos planes responden a una perentoria necesidad: poner por fin las finanzas públicas en orden, aunque sea de forma parcial, y abandonar esa práctica –tan alabada por algunos, aunque de forma sutil– de gastar muy por encima de nuestras posibilidades, que es la que en parte nos ha llevado a la situación de crisis.

Blanchard se situaría en una especie de punto medio entre estas dos posiciones. Se debe proceder a la consolidación fiscal, pero hay que tener cuidado con llevarla demasiado lejos, porque podría perjudicar la recuperación económica, sostiene. Las claves para llevarla a cabo con éxito son varias: ser claros, concretos y creíbles en los objetivos de reducción de déficit/deuda, implementar las adecuadas reformas estructurales, y recibir un poco de ayuda de la política monetaria y el crecimiento de los países emergentes.

El Gobierno español podría tomar nota de algunas de estas recomendaciones, evidentes para la mayoría de expertos. Desde comienzos de la crisis, la política informativa de Zapatero ha dejado bastante que desear, con contradicciones múltiples entre distintos miembros del Ejecutivo; gran ambigüedad en las propuestas de política económica, como es el caso de la reforma laboral. Además, la credibilidad no es uno de los activos que gocen de mejor salud en la administración socialista.

Pero del texto de Blanchard también se incluye algún recadito para que Obama y su Administración abandonen el doble rasero en el que están incurriendo en relación a las finanzas públicas. Al menos así lo interpreto cuando dice que "Las promesas de acción futuras [de cara al ajuste fiscal] no serán suficientes". Hasta ahora, el gobierno norteamericano, con Obama y su secretario del Tesoro Geithner a la cabeza, se ha llenado la boca de promesas y de la necesidad de reducir el disparado déficit a niveles más sensatos, pero no han pasado ni mucho menos de las palabras a los hechos.

Si bien parte de sus recomendaciones, como las anteriores, pueden tener bastante sentido, habría que añadir importantes matices sobre Blanchard. En primer lugar, antes de exigir orden en instituciones ajenas, debería ser más exigente con la institución de la que él es economista jefe: el FMI, con errores garrafales en sus previsiones y recomendaciones discutibles. En segundo lugar, era este mismo organismo internacional quien hasta hace nada recomendaba continuar con los estímulos fiscales para evitar una recaída en la actividad económica. De no haber sido por sus recomendaciones, muy posiblemente no tendríamos los graves problemas fiscales que sufrimos en algunas economías avanzadas, y hacia las que se dirigen los "mandamientos". Y desde el punto de vista teórico, las ideas que ha propuesto Blanchard tras la crisis, con el fin de construir un nuevo consenso entre los macroeconomistas, también dejan bastante que desear como ya analizara Juan Ramón Rallo.

Después de todo, quizás sea mejor desconfiar de presuntos profetas económicos que, lejos de acertar en sus previsiones del futuro a través de la revelación divina, yerran estrepitosamente gracias a un juicio humano más que discutible.

Ladrones de plasma

Bonito título. Perfecto para una película de ciencia ficción con vampiros mutantes o para un artículo en Quo sobre nebulosas intergalácticas en colisión. Pero no van por ahí los tiros. Van por un terreno (de juego) totalmente distinto. Acabo de ver a España imponerse a Chile y pasar a la segunda fase del Mundial ( ¡¡Vamos!! ) ,   y es un buen momento para repasar la fascinante personalidad de Marcelo Bielsa, seleccionador chileno, argentino de origen y ferviente partidario del robo de televisores de plasma.

Con una gran sensibilidad “social”, admirador de la ex presidenta chilena Bachelet, el seleccionador chileno cultiva una imagen de  persona enigmática, no concediendo entrevistas a los medios, viviendo y trabajando aislado. Aunque, por otro lado, ha sabido transcender del deporte a la empresa, siendo un conferenciante de éxito, cuyas charlas sobre liderazgo y trabajo en equipo son un referente en el mundo empresarial chileno.

Precisamente, en una de esas charlas, celebrada en el Casino Viña del Mar bajo el tema “Creando lideres positivos” ante más de mil asistentes, muchos de ellos jóvenes estudiantes, fue donde, ante las preguntas del auditorio sobre su opinión acerca de los saqueos que siguieron al terremoto de Chile, con los televisores de plasma como producto estrella, el seleccionador reveló su lado más cleptómano: "No hay que justificar ni satanizar", dijo; "sólo hay que tomar conciencia para implementar un cambio. Lo que es un robo es que te digan que eres un tarado si no lo tienes y que te ofrezcan pagarlo en 100 cuotas. Así, yo también robaba un plasma".

¡Toma “lideres positivos”!

Está claro. Si te encoñas con un televisor de plasma que, dado la cercanía del Mundial y que Chile se haya clasificado, se convierte en un objeto de primera necesidad, y te parece caro, pues nada, ¡lo robas!  Porque en el fondo ¿Quién es el dueño del establecimiento para decidir a que precio vende sus televisores? ¿Para ofrecer facilidades de pago en 100 cuotas? No es nadie.

Es el pueblo el que debe dar un paso al frente, rebelarse contra la alineación… perdón, alienación (en que estaría yo pensando…) de la sociedad de consumo que le dice “que eres un tarado si no lo tienes” y hacerse con los ansiados televisores. En las palabras de Marcelo Bielsa resuenan los ecos del pensamiento de izquierdas latinoamericano, el espíritu del Che, las venas abiertas de América Latina, el conflicto  Norte-Sur.

Pues el televisor de plasma es un derecho inalienable, es la nueva conquista social, la nueva revolución: así, el “hombre nuevo” recorrerá las amplias alamedas llevando sobre sus espaldas no la carga de siglos de opresión, sino un Panasonic, a ser posible de 65 pulgadas.

Como cantaría Quilapayún: “El pueblo unido jamás será vencido…y verá los Mundiales en una tele de plasma por la cara”.

Camino de servidumbre

Se trata de Camino de servidumbre, el primer libro escrito por Friedrich A. Hayek más allá de la economía. La obra, ya desde el título, era una advertencia a Gran Bretaña y a todo Occidente, que estaba luchando contra el socialismo nacionalista en Alemania, pero abrazaba sus mismas ideas en casa.

Fue un completo éxito. Vendió medio millón de ejemplares en Estados Unidos y también desaparecía con rapidez de las librerías británicas. Pero era un libro pensado para aquellos días, desde los cuales han pasado ya 66 años. ¿Cómo es posible que ahora se convierta en un superventas, sin necesidad de hacer mención de vampiros adolescentes o periodistas suecos? La respuesta más inmediata se llama Glenn Beck. Este hombre ha pasado de estar en lo más bajo personal y profesionalmente a convertirse en el periodista con más impacto en Estados Unidos y, según parece, también en un líder social. Recientemente habló con dramatismo del futuro de socialismo y opresión que se cernía sobre su país, y dijo que un libro ya había advertido de todo ello, lo había visto de forma preclara. En Alemania, los aliados lo censuraron porque resultaba crítico con el New Deal. En Rusia se pasaba secretamente entre los disidentes en versiones manuscritas. Muchos de los millones de estadounidenses que seguían a Beck se lanzaron a la librería on-line para reservar su copia.

Pero esa es sólo parte de la respuesta. En noviembre de 2008, exactamente cuando ganó las elecciones Barack Obama, las ventas de Camino de servidumbre se multiplicaron por cuatro. La Rebelión de Atlas, una distopía que relataba cómo se desvanecía la sociedad por el triunfo del colectivismo, volvía a venderse como nunca. Una parte de la sociedad teme la deriva socializante que iba a imprimir Obama a un pueblo que nació con una idea sobre todas las demás y era la del orgullo de vivir en libertad. Y quería recordar qué habían dicho los que mejor han sabido exponer los errores, intelectuales y morales, del socialismo. Glenn Beck ha sido un potente detonante, pero la necesidad de saber a qué nos enfrentamos estaba ahí, latente.

El libro de Hayek es una llamada valiente a reconocer las virtudes del "camino abandonado", que es el de una sociedad libre, y un alegato contra una sociedad sometida, subyugada e infantilizada en manos del poder. Explicó las viejas ideas detrás de las propuestas sólo aparentemente nuevas. Señaló a los totalitarios dentro de una sociedad todavía libre. Mostró el peligro que suponía la planificación para la democracia y para la libertad. ¿Necesita más elementos para interesarle al lector de hoy? Camino de servidumbre será siempre un libro de actualidad. No podría ser de otro modo, ya que está dedicado "a los socialistas de todos los partidos".

El Estado del Bienestar como desincentivo a la inmigración

¿Es el Estado del Bienestar un incentivo artificial a la inmigración? Es una tesis que varios liberales hemos sostenido, pero que quizás debamos revisar. 

Por un lado, creemos que el Estado del Bienestar atrae inmigrantes, en busca de prestaciones. No obstante, también argumentamos que fomenta la deslocalización de empresas y trabajadores, en busca de un clima más atractivo para prosperar. Por eso desde el liberalismo a menudo defendemos la descentralización fiscal y la competencia entre Estados en el entendido de que los contribuyentes tienden a desplazarse de los Estados más intervencionistas a los menos intervencionistas, y este flujo migratorio presiona a los primeros a ser más respetuosos con la libertad personal y económica.

¿No estamos ante una contradicción? Si el voto con los pies funciona (y hay datos que lo corroboran) es porque el Estado del Bienestar aliena a empresas y trabajadores. Si el Estado intervencionista, en vez de promover la deslocalización, es un incentivo a relocalización, no hay voto con los pies a favor de Estados con menos impuestos y regulaciones más laxas. Los dos fenómenos (incentivo a la inmigración e incentivo a la emigración) no pueden darse al mismo tiempo. ¿O sí?

Lo cierto es que ambos pueden darse al mismo tiempo, pero en segmentos distintos de la población. El Estado del Bienestar puede incentivar la inmigración de trabajadores poco cualificados (que esperan beneficiarse más de las prestaciones sociales) y al mismo tiempo incentivar la emigración de trabajadores cualificados, inversores y empresas (que esperan beneficiarse más de una fiscalidad benévola). Con todo, ¿es razonable suponer que los trabajadores poco cualificados inmigran para aprovecharse del Estado del Bienestar? De hecho, en numerosos países ni siquiera tienen acceso inmediato a las prestaciones.

No es correcto fijarse en los flujos migratorios actuales y concluir que el Estado del Bienestar incentiva la inmigración poco cualificada, pues la correlación no es causalidad. Lo más lógico es que los individuos y familias con pocos recursos emigren a sociedad más prósperas y abiertas, con más oportunidades para progresar. Estas sociedades son también las que pueden permitirse un Estado del Bienestar, pero eso no significa que el Estado del Bienestar sea la razón por la que esas familias vienen en primer lugar. Es posible que vengan a pesar del Estado del Bienestar.

No en vano los liberales nos oponemos al Estado del Bienestar porque creemos que menoscaba la prosperidad y las oportunidades. Si los inmigrantes vienen fundamentalmente atraídos por la prosperidad y las oportunidades de nuestra sociedad, ¿no es el Estado del Bienestar, en balance, un freno a la inmigración?

Si España o Estados Unidos no tuvieran Estado del Bienestar, habría menos prestaciones públicas, pero la sociedad sería más rica y esos servicios serían provistos más eficientemente por el mercado. La reducción en el número de inmigrantes motivada por la extinción de las prestaciones públicas sería más que compensada por el aumento resultado de una mayor prosperidad y una expansión de las oportunidades.

En este sentido, sería interesante comparar la tasas de inmigración de los distintos países desarrollados y verificar si la gente tiende a desplazarse a sociedades relativamente más ricas con un Estado del Bienestar más reducido (por ejemplo, Estados Unidos), o a sociedades relativamente más pobres con un Estado del Bienestar más generoso (Francia). En cualquier caso parece difícil aislar el factor "prosperidad/Estado del Bienestar" del resto (situación geográfica, restricciones legales a la inmigración, afinidad con la cultura autóctona etc.).

Ken Schoolland, de la universidad de Hawai, hace una comparación menos ambiciosa pero igualmente sugerente entre distintos estados norteamericanos, concluyendo que aquellos territorios con un Estado del Bienestar más pesado tienden a registrar un flujo migratorio negativo (Hawaii, Alaska, Massachusetts, Connecticut, Washington D.C.), mientras que los territorios con un Estado del Bienestar más modesto registran flujo migratorio positivo (Mississippi, Alabama, Arkansas, Tennessee, y Arizona).

Este debate presenta un dilema interesante a los liberales anti-inmigración: ¿se opondrían con la misma fuerza al Estado del Bienestar si el precio de su reducción fuera un aumento de la presión migratoria?

G. K. Chesterton

Les voy a hablar sobre un gobernante de un país europeo, que decide cambiar radicalmente los fundamentos culturales y ciertas leyes tradicionales de su país.

En esa historia, todo comenzaría por los discursos de un peculiar santón turco, que supuestamente demostraba cómo lo que pensábamos como típico de nuestra civilización en realidad provenía del Oriente Próximo. Además, este predicador habría convencido a las autoridades para establecer (a golpe de Decreto) la ley seca, el vegetarianismo y, en general, corregir muchas de las costumbres ancestrales de aquella nación.

Me imagino que ustedes lo estarán asociando con alguien conocido… pero no; no es él. De quien hablo es de Lord Ivywood, un personaje inventado por Chesterton en su genial novela La taberna errante, que ha sido reeditada hace poco y que les recomiendo que disfruten con su lectura. La acción se sitúa en Gran Bretaña y llama la atención ese parecido con algunas conductas de gobiernos y otros grupos de nuestra actual sociedad que -desde Europa-, de repente, quedan fascinados por cualquier otro modo de vida diferente del que ellos conocen y se ha vivido en su entorno durante siglos… Pero deciden que no les gusta y quieren cambiarlo. No importa que hayan sido años de pruebas y error, ajustes, búsqueda de las mejores soluciones: hay que cambiarlo todo porque sospechan que misteriosos poderes ocultos (particularmente les disgusta la religión cristiana) controlan las conciencias de la gente.

Y la solución, como decía, estará en la "moderna" propuesta de un islamismo bienpensante que aparece descrito con humor en la novela (no se olviden que les hablo de un libro de ficción); cosa que seguramente disguste a los políticamente correctos defensores de las alianzas de civilizaciones, acercamientos de las culturas y todo eso.

El segundo elemento de la trama es algo más simple e históricamente conocido: la decisión de proscribir el consumo de alcohol por razones de salud cívica (aunque enlaza también con un orientalismo bastante fundamentalista). El caso es que Chesterton nos entretiene con las andanzas de un rebelde militar irlandés y un práctico tabernero del pueblo pesquero de Pebblewick que burlan esa prohibición amparándose en los resquicios de una ley precipitada que permitiría la bebida siempre que se ofreciera bajo un letrero (los cuales habían sido, por cierto, convenientemente retirados).

La taberna errante fue escrita en el año 1914, y me llama la atención lo clarividente de su ironía. Seguro que el propio Chesterton estaría notablemente sorprendido al constatar hoy el parecido de sus historias con la realidad.

También creo que se extrañaría ante algún prólogo de este libro, como el que trata de buscar una explicación del argumento en torno a la “destrucción del tejido social que opera hoy el capitalismo”… ¡Menuda forma de entender las cosas! El que suscribe no es ningún experto literario, pero desde luego que no me imagino al Chesterton de La taberna errante como un oculto defensor de la lucha de clases. Bastaría echarle un vistazo al último número de Renacimiento (que me pasa un buen amigo; gracias, Juan) para comprobar que las opiniones del escritor inglés no eran precisamente cercanas al socialismo. Aunque podríamos hablar largo y tendido sobre su propuesta distributista; pero eso lo dejo para otro momento.

Quiero terminar copiándoles algunas frases de Chesterton sobre la propiedad privada que seguro les gustarán: “La propiedad es un derecho natural fundamental: es el medio necesario para hacer real la libertad. La propiedad es la condición material necesaria para que la persona pueda desarrollar su propia creatividad y libertad. La propiedad, efectivamente, garantiza la libertad del hombre y posibilita que pueda cumplir sus aspiraciones”.

Orden adaptativo del mercado libre y descoordinación estatal

Es intelectualmente muy ingenuo tratar a toda la economía como un sistema en equilibrio estático perfectamente ajustado que se ve sometido a perturbaciones pequeñas de naturaleza estocástica (modelo que no explica el origen y la dinámica del orden y según el cual las crisis sistémicas ni deben ni pueden suceder). El paradigma adecuado para la ciencia económica es justo el contrario: estudiar cómo surgen evolutivamente y de forma dinámica órdenes parciales y locales, cómo crecen, se mantienen o desaparecen, cómo se acoplan y desacoplan las diferentes partes de un sistema hipercomplejo mediante las interacciones de múltiples agentes con capacidades limitadas. Ciertos agentes especialmente poderosos, los estados intervencionistas, tienden a descoordinar la sociedad y son causa de crisis económicas recurrentes.

Los seres humanos actúan como agentes económicos intencionales para satisfacer sus deseos según sus capacidades: hacen lo que pueden para conseguir lo que quieren. Las capacidades son siempre limitadas (tanto físicas como cognitivas); las preferencias son en principio ilimitadas (es fácil querer más y mejor), subjetivas y relativas (se prefiere una cosa frente a otras), lo cual implica que toda acción tiene un coste de oportunidad (el valor de aquello a lo que hay que renunciar para alcanzar un objetivo deseado).

En un entorno social libre, las personas no suelen actuar de forma independiente y aislada trabajando y produciendo cada uno solo y solamente para sí mismo, sino que son productores especializados y consumidores generalistas: se dividen el trabajo e intercambian bienes y servicios. Las economías complejas son muy productivas gracias a la especialización y la acumulación de capital; en ellas los participantes se vuelven progresivamente más y más interdependientes: cada uno hace cada vez mejor un número más pequeño de tareas y externaliza el resto, de modo que depende de los demás para más cosas (como productor, sus habilidades podrían volverse innecesarias; como consumidor tal vez necesite bienes o servicios difícilmente sustituibles).

Es esencial que los canales de distribución funcionen bien para facilitar los intercambios, que el dinero sirva de forma efectiva como depósito de valor, medio de intercambio y unidad de cuenta, que los precios funcionen como señales que revelen e integren información dispersa acerca de la oferta y la demanda, y que existan procesos de control de calidad de los productores (libre competencia, posibilidad de acceso de nuevos empresarios y quiebra de los fracasados). Especialmente importantes son los tipos de interés (para la coordinación intertemporal de producción y consumo) y los mecanismos de gestión de la confianza o crédito (para préstamos e intercambios diferidos).

La división del trabajo y la estructura productiva resultante no son resultado de ningún plan centralizado diseñado conscientemente. Para una sociedad mínimamente compleja (mayor cantidad de personas y posibles preferencias, capacidades, acciones e interacciones) es sencillamente imposible juntarse todos y ponerse de acuerdo (la comunicación verbal es un canal lineal de escasa capacidad, y las capacidades humanas de atención, memoria y procesamiento de información son muy pequeñas; tal vez el lenguaje no pueda expresar con claridad y precisión lo que la gente quiere y puede hacer en realidad; siempre son posibles los desacuerdos y las diferencias irreconciliables, la incompatibilidad de los planes personales); tampoco existen los planificadores o coordinadores con los conocimientos y la benevolencia necesarios como para confiar en ellos la dirección centralizada de la actividad económica.

Todo proceso productivo (la preparación de la producción y la producción misma) lleva tiempo: el aspirante a productor debe invertir previamente recursos en alcanzar la capacidad necesaria para realizar su tarea (aprendizaje, adquisición de capital humano, profesionalización); el profesional competente necesita bienes de capital, su propia capacidad laboral y tiempo para poder obtener frutos por su trabajo. Estos procesos de preparación y producción suelen ser tan largos que es posible que las condiciones del mercado sean muy diferentes al final que al principio: los gustos de los compradores pueden cambiar, la competencia puede producir mejor o más barato, o aparecen nuevas tecnologías. La satisfacción de los consumidores con lo ofrecido por un productor no está garantizada de antemano, es posible fracasar, obtener pérdidas y tener que abandonar una línea de producción.

Se produce un acoplamiento exitoso entre productores y consumidores (sean consumidores finales  o productores intermedios necesitados de suministros) cuando los productores hacen lo que los consumidores quieren a precios que los consumidores están dispuestos a pagar y que permiten a los productores obtener beneficios y permanecer en el negocio. El éxito se demuestra mediante los intercambios voluntarios (preferencias demostradas), no mediante declaraciones verbales de satisfacción. Antes de comenzar sus proyectos los productores pueden preguntar a los consumidores qué quieren y a qué precios, pero la obtención y la gestión de esta información es muy problemática  y los consumidores no quedan comprometidos a actuar como han declarado. Cualquier productor debe intentar estimar la demanda futura de sus servicios, la disponibilidad de los suministros que necesita, y la actuación de la competencia.

Para reducir la incertidumbre respecto al éxito de una actividad económica es posible recurrir a contratos mediante los cuales las partes se asocian y se comprometen previamente a proporcionar o adquirir un bien o servicio. Una economía exitosa requiere libertad contractual para poder adaptarse a las distintas condiciones de tiempo y lugar, y un eficiente sistema institucional que garantice el cumplimiento de lo pactado. Una empresa es una red de contratos de cooperación productiva: accionistas, prestamistas, socios, cooperativistas, trabajadores, proveedores e incluso clientes pueden ligarse mediante compromisos que garanticen la coordinación futura en condiciones pactadas de antemano.

El acoplamiento entre productores y consumidores no es perfecto ni estático: surge de forma evolutiva mediante cambios adaptativos progresivos: dada una estructura económica en un instante determinado, cada productor debe decidir empresarialmente qué hacer, si seguir igual, reducir o expandir capacidad productiva, producir lo mismo de otra manera o producir otras cosas. Estas decisiones son especulativas y estratégicas, necesitan basarse en predicciones o estimaciones de cuáles van a ser las preferencias de los consumidores y las actuaciones de los potenciales cooperadores o competidores. La adaptación evolutiva se produce mediante ensayos y comprobaciones: los productores proponen y los consumidores valoran sus propuestas como acertadas o fallidas. Los productores exitosos permanecen en el mercado y pueden incluso aumentar su poder de acción; los productores fracasados ven su poder de acción reducido e incluso quizás tengan que abandonar el mercado. El sistema económico se ajusta constantemente en el límite del caos: no hay un orden total inmutable ni un caos carente de toda regularidad o referencia estable.

Los ajustes son más fáciles si el sistema económico es descentralizado, distribuido y redundante, con agentes interactuantes relativamente pequeños, reemplazables y con un número limitado de conexiones con el sistema, de modo que sus fracasos puedan ser asumidos con facilidad y los recursos liberados reasignados con rapidez. Las asociaciones humanas coordinadas (y sus dirigentes o gobernantes) son agentes sociales y económicos mucho más poderosos que cada individuo por su cuenta. Un agente grande, con mucho poder de acción y muchas conexiones con otros participantes en el sistema, es un elemento crucial de la estructura de producción y consumo: su actuación acertada puede facilitar la coordinación social, pero sus errores pueden implicar graves influencias desestabilizadoras. Una empresa en un mercado libre crece en la medida en que satisface a los consumidores: su tamaño no es una amenaza para la estabilidad del sistema.

Los estados intervencionistas son agentes descoordinadores de alto poder. En general han abandonado los intentos comunistas y socialistas de planificar coactivamente toda la producción, pero continúan usando su poder coactivo para practicar la ingeniería social y económica causante de los ciclos de auge y crisis: distorsionan la institución del derecho mediante la legislación rígida y burocrática; controlan de forma incompetente el dinero y el crédito; privilegian a unos a costa de otros; ofrecen garantías que generan riesgo moral y conductas excesivamente arriesgadas; diluyen el sentido de responsabilidad de los agentes, que no se supervisan mutuamente e intentan traspasar a otros los costes de sus errores; dificultan la empresarialidad, con los ciudadanos acostumbrados a recibir órdenes y deseosos de integrarse en burocracias parasitarias; generan dependencia de sus servicios asistenciales y sus transferencias de riqueza (pensionistas, parados); amplios sectores económicos dependen de la voluntad política (educación, salud, obra pública, medios de comunicación); pretenden obrar en defensa del bien común y como representantes de la voluntad general democrática cuando en realidad se aferran al poder, reparten favores y defienden intereses organizados.

Los fracasos empresariales depuran los errores del sistema, lo reconfiguran y recuerdan a los supervivientes que deben estar alerta. La ausencia de quiebras en un sector económico podría ser señal de buena salud empresarial generalizada, pero también puede ser resultado de protecciones estatales que ocultan los errores y los acumulan gradualmente hasta que son imposibles de contener y se desencadena una crisis catastrófica (como una avalancha destructiva que podría haberse evitado con sucesivas disgregaciones inofensivas). Las etapas de prosperidad engañosa e insostenible y la crisis correctora son asimétricas: la confianza se extiende en exceso gradualmente pero se pierde de repente; en el auge los recursos económicos se redirigen a proyectos existentes aparentemente más rentables que expanden sus operaciones, mientras que en la crisis se destruyen muchas empresas y es preciso reconstituir proyectos sin apenas referencias de éxito. La crisis no se arregla intentando a ciegas que haya más actividad económica: el problema esencial es la dirección inteligente, atributo ajeno a políticos y burócratas.

Los gobiernos causantes de las crisis critican al mercado libre por ser el presunto culpable de las mismas y por no ser capaz de hacer milagros imposibles y resolver rápidamente los problemas de coordinación económica mientras se encuentra maniatado por la coacción estatal. La peor decisión causante de la crisis fue dar más poder al Estado: la crisis podría ser el momento del arrepentimiento y la remoralización de la sociedad, de dejar de intentar vivir a costa de los demás o de exigir garantías donde no puede haberlas.