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Dos éxitos de ZP

Una cifras de paro sobrecogedoras, un déficit público galopante, una política económica absurda. Una absoluta irrelevancia en el plano internacional, apoyando a tipos como Castro o Chávez. En nuestro país se negocia con ETA, se trata de revivir el enfrentamiento guerra-civilista con absurdas leyes sobre la Memoria Histórica y se abren las puertas a un Estatuto claramente inconstitucional…

Está claro que, después de llegar al poder gracias a un atentando con 200 muertos, ZP ha dado muestras tanto de su absoluta ignorancia, como de su sectarismo y de su condición de iluminado.

Pero, ¡basta ya! Esto no es suficiente para descalificar a la entera obra de gobierno de un político que, sin duda, como todos, tendrá luces y sombras, ying y yang. Nosotros, los liberales, también sabemos reconocer cuando un político ha acertado, y en estos momentos, en los cuales ZP se desploma en las encuestas y dentro de su propio partido ya empiezan a pensar en cómo deshacerse de un personaje que puede ser perjudicial de de cara a mantener los puestos y sinecuras de toda la organización, desde esta web quiero hacer un reconocimiento a los aspectos positivos de la gestión zapateril.

En el balance global de la etapa de ZP al frente de los destinos de nuestra nación hay dos hitos, dos auténticos logros, pertenecientes a campos muy dispares que, sin duda, hay que reconocerle y que revelan tanto su visión de futuro como su categoría de estadista. Estos campos son la promoción del pádel y la lucha contra el calentamiento global, sin duda, dos temas claves y de entidad similar.

Empecemos por el pádel. Aunque denostado como un deporte de pijos y en principio más cercano al PP, ZP ha mostrado su amplitud de miras y su decisión estratégica llevando dicho deporte a todos los rincones de la geografía “estatal” gracias a los sucesivos Planes E. Así, en miles de municipios, desde pequeños pueblos a ciudades, las pistas de pádel han florecido como setas. Gracias a dicha visión, ZP, por un lado, tendrá a miles de parados practicando un deporte fácilmente accesible y, por otro, muchos jóvenes podrán alcanzar un gran nivel en dicha disciplina.

Y aquí esta el quid de la cuestión. Al igual que toda una generación de jóvenes argentinos que tuvieron que salir de su país debido al desastre económico y la falta de oportunidades, y que gracias al pádel pudieron abrirse camino como monitores y jugadores, muchos jóvenes españolitos podrán hacer lo mismo en un futuro muy cercano. Esto, tanto su futura salida de España como su maestría con la pala, es algo que tendrán que habrá que agradecer a ZP.

Seguimos con el siguiente hito. La lucha contra el Calentamiento Global. Otro tema importante, sobre todo para el futuro del Planeta, y de la Raza Humana… tanto como el pádel. Aquí sí, ZP lo ha conseguido. A las pruebas me remito. Desde que el 14-M llegó al poder, dispuesto a luchar contra algo que “ha causado más muertos que el terrorismo” ZP dixit, el Calentamiento Global se ha parado, literalmente.

Desde entonces, la temperatura media global no solo no ha subido sino que ha bajado, la capa de hielo en el Ártico ha aumentado y en España hemos tenido los inviernos más fríos de las últimas décadas. Incluso, un problema como la “pertinaz sequía” que siempre ha castigado al agro andaluz ha dejado de ser historia y si no que se lo pregunten a los jerezanos.

¿Cómo lo ha conseguido? ¿Cómo un simple mortal como ZP ha sido capaz de cambiar el clima, de dominar la lluvia y las tormentas? Una tarea que antes las sociedades humanas, en su desesperación, encomendaban a dioses como Thor, como Júpiter, ha sido resuelta por ZP.

Subvencionando  bombillas de bajo consumo, llenando las sierras de molinillos subvencionados, subvencionando los huertos solares (que en muchos casos funcionan gracias al gas-oil subvencionado), subvencionando todo tipo de alternativas energéticas deficitarias, carismas e insostenibles. De esta manera ZP ha doblegado al clima, se ha impuesto a los elementos y ha demostrado que aunque “la tierra solo pertenece al viento”, él sabe cómo manejarlo. En fin, que no todo es malo en la etapa ZP…

Habrá que ver si Rajoy es capaz de superarlo…, yo no lo tengo muy claro.

Pallywood surcando las olas

Hace ahora tres años la organización terrorista Hamas tomó el control de la franja de Gaza, la parte desgajada de los territorios palestinos que Israel ocupó tras la Guerra de los Seis Días en 1967. Esta ocupación militar duró 38 años, hasta que, mediante el llamado Plan de Retirada Unilateral, Ariel Sharon abandonó la franja, que se integraba desde los acuerdos de Oslo dentro de los territorios controlados por la Autoridad Nacional Palestina.

La franja de Gaza es, como su propio nombre indica, un estrecho corredor costero poblado desde tiempos antiguos que comunica Israel con la península del Sinaí y el valle del Nilo. Su población ha sido árabe desde hace siglos, aunque existieron juderías mucho antes de la formación del Estado de Israel. Hoy de aquella presencia no queda más que el recuerdo. En los últimos cien años ha sido primero otomana, luego británica, más tarde egipcia y finalmente israelí. Podría decirse que hasta la toma del poder por parte de Hamas nunca ha sido independiente, ni sus habitantes –cerca de medio millón en la actualidad– han tenido nunca esa veleidad.

La independencia de facto les acaba de llegar, y lo ha hecho a lomos de una sanguinaria banda de terroristas islámicos que gobierna con mano de hierro. Hamas es una organización reciente. Fue fundada en 1987 por el célebre jeque Ahmed Yassin, aquel anciano que, desde su silla de ruedas, enviaba a los combatientes de Alá a inmolarse en las ciudades israelíes. Yassin fue liquidado en una operación militar israelí en 2004, pero la organización ha demostrado tener voluntad y, sobre todo, programa propio que aspira a cumplimentar en su totalidad. Éste consiste en la fundación en Palestina de un estado teocrático islámico que reemplace al de Israel, cuyos habitantes deben ser expulsados o, siguiendo el delirante guión bélico de los mulás palestinos, “arrojados al mar” y eliminados físicamente.

Desde la llegada al poder de Hamas la franja se ha convertido en un puesto de avanzada desde el que se promueve el terrorismo islámico y se ataca directamente con morteros y misiles Qassam a los pueblos y ciudades del lado israelí. El ejército hebreo penetró en la franja hace ahora año y medio para detener la ofensiva de Hamas y castigar a sus responsables. Tras la operación, a la que se llamó “Plomo fundido”, se decretó un embargo de armas y un bloqueo naval que llevan a cabo las Fuerzas de Defensa de Israel (IDF).

Desde entonces la paz ha reinado en la franja. Hasta Gaza han llegado toneladas de ayuda humanitaria y se han acometido las tareas de reconstrucción. El primer donante ha sido el propio Israel, cuyo último deseo es que una población depauperada se eche en manos de Hamas y el problema se enquiste. Aparte de esta ayuda oficial, oenegés de todo el mundo han enviado ayuda que ha pasado, previa inspección por parte del IDF, a la franja sin mayores problemas. Como resultado los mercados de Gaza han vuelto a estar repletos de víveres y la normalidad reina desde hace más de un año. En definitiva, el peor de los escenarios posibles para los amos de Gaza, que legitiman su poder sobre un irredentismo sangriento y el recurso constante al odio y a la guerra contra el “invasor” israelí.

En este punto una serie de organizaciones extranjeras lideradas por el grupo islamista turco Insani Yardim Vakfi, una fundación de caridad con vínculos con Hamas y Al Qaeda, promovieron el envío de una flotilla solidaria dirigida a romper el bloqueo israelí por las bravas desembarcando ayuda humanitaria en el mismo puerto de Gaza, un puerto pesquero que ni es de aguas profundas, ni dispone de las instalaciones adecuadas para estibar carga. Por esta razón, todo lo que ha entrado en Gaza por vía marítima en las últimas décadas lo ha hecho a través del puerto de Ashdod, a sólo 40 kilómetros de distancia, ya en territorio israelí.

Cuando en la madrugada del 1 de junio la flotilla se encontraba a 28 kilómetros de la costa los patrulleros les indicaron por radio que no habría problemas en la entrega pero que tendrían que atracar en Ashdod, donde la descarga sería mucho más sencilla y se realizaría la pertinente inspección. De las seis naves que formaban la flotilla –autodenominada “de la Libertad–, cinco accedieron a las condiciones impuestas por la Armada israelí; una de ellas, la nao capitana de la expedición, un barco abanderado en las Islas Comoras de nombre Mavi Marmara, se negó en redondo y, en palabras de uno de los activistas “solidarios”, se preparó “para la resistencia” al tiempo que, desde el puente de mando, les decían que callasen y volviesen “a Auschwitz”.

La Armada israelí entendió el desafío y supo ver que lo que el Mavi Marmara buscaba era un enfrentamiento abierto que ocasionase un bombazo mediático al día siguiente. Primero envió agentes desarmados a inspeccionar la carga. Un grupo de pasajeros les esperaba con palos y ganas de bronca. La hubo. Una multitud enfervorecida de “pacifistas” apalearon sin piedad a los inspectores para forzar la intervención de infantes armados desde los helicópteros. Cuando éstos descendieron una batalla campal se desató sobre la cubierta. Resultado: nueve muertos, infinidad de heridos y un notición.

Los armadores del Mavi Marmara habían conseguido su objetivo, la máquina de fabricar masacres de Pallywood se puso en funcionamiento en todos los medios de comunicación occidentales. El lunes 1 de junio fue un día glorioso para Hamas que, después de intentarlo varias veces, había conseguido reavivar la llama de la guerra en Gaza. Miles de personas salieron a la calle a protestar en todas las capitales europeas y apenas quedó tiempo en el telediario para otra cosa. A la condena de oficio de los países árabes le siguió entusiasta la de la presidencia española en la UE y las bravuconadas de Erdogan, indignado por el asalto a un barco turco que, curiosamente, ondeaba en popa la bandera de las Comoras. La ONU y Estados Unidos se abstuvieron por si acaso.   

Sabía decisión la de Obama y Ban Ki-Moon porque el efecto duro poco esta vez. Israel había previsto grabarlo todo en vídeo para apoyar las razones de su intervención, y esos vídeos se hicieron públicos al día siguiente. Internet hizo el resto. De la ofensiva los pacifistas pasaron a la defensiva. A bordo no se encontraron armas de fuego –tan torpes no son los voluntarios propalestinos– pero sí barras de acero y un gran surtido de cuchillos y armas blancas de todo tipo. Lo necesario para tensar la cuerda y crear de la nada un conflicto internacional con los papeles adjudicados de antemano. Así, Israel era el malo; Palestina, el bueno; el activista solidario, el héroe y la comunidad internacional, el corifeo. Para que la historia funcionase en taquilla Hamas debía quedarse fuera del reparto.

Cuando la historia estaba muerta en las portadas, los tres integrantes españoles en la expedición llegaron a Barcelona, donde, con intención de reavivar el caso, soltaron una soflama ideológica cargada de odio que reveló al escéptico que, más que activistas solidarios, eran activistas pro Hamas. Uno de ellos, Manuel Tapial, es un conspicuo defensor de esta banda terrorista y habitual de las asociaciones de extrema izquierda. Otro, el valenciano David Segarra, vive por voluntad propia en la Venezuela de Chávez, es corresponsal de Telesur y, según cuentan sus allegados, se sitúa “a la izquierda de la izquierda”.

No es casualidad que la participación española en tan chusco episodio corriese a cargo de una asociación llamada “Cultura, Paz y Solidaridad Haydée Santamaría” a la que pertenecen dos de los tres activistas. El último nombre, el de Haydée Santamaría, han sabido ocultarlo para embozarse tras tres palabras a las que nadie puede oponerse. Haydée Santamaría fue una guerrillera de Sierra Maestra, fundadora del Partido Comunista de Cuba e inspiradora de la Casa de las Américas, una institución que forma parte del frente cultural del castrismo desde la que se difunde su ideario y se da sustento a la tiranía. Normal que, para este viaje, prescindiesen de su patrona.

Con esta materia prima se levantó el escándalo de la flotilla de Gaza, un plan minuciosamente trazado para hacer estallar de nuevo la guerra dentro de la franja que, por fortuna, se ha quedado en un simple fogonazo sin más trascendencia que unas horas de propaganda gratuita. Y es que, mal que les pese a sus productores, Pallywood ya no es lo que era.

Realidad contra ideología

Asistimos atónitos no al fin de las ideologías pero sí al desmoronamiento del pensamiento hegemónico del Estado total del Bienestar. Las diferentes burbujas han ido explotado como si se hubiesen estrellado contra la cama de un faquir, y la burbuja estatal no iba a ser una excepción.

Si bien es cierto que mientras que el mercado y la libre información han permitido purgar las malas decisiones empresariales, la reacción del aparato estatal se ha resistido hasta el último momento a ajustar el cinturón que a todos nos aprieta.

El Estado concebido como ese gran Leviatán mecanicista tiene sus tiempos y un fin primordial que se antepone a cualquier objetivo: su supervivencia. En eso, se asemeja a un ser vivo y antes de caer y desmoronarse por pura ineficiencia busca la forma de perpetuarse. Ni presiones internacionales ni ejercicios de responsabilidad sobrevenidos de la clase política. De hecho, ahora se están dedicado a poner en práctica lo que mejor saben hacer, mantener el poder. Y en esa maniobra nos salvarán de la quiebra y de caer en el abismo. 

No sabemos hasta dónde llegaran los ajustes en la administración pero los primeros pasos apuntan en la buena dirección y aunque se podría haber elegido el camino del populismo y la pauperización somos afortunados, el país no parece haberse echado al monte a golpe de cacerola sino que ha asumido los pecados colectivos y está dispuesto a redimirlos con resignación. Tampoco podemos lanzar las campanas al vuelo pues la senda de la demagogia nunca desaparecerá y es un camino recto y fácil que desemboca en la miseria igualmente distribuida entre todos los miembros de la sociedad.

Por el momento, la realidad se ha terminado imponiendo a las ilusiones y espejismos que se habían diseminado desde la ideología del Estado que todo lo puede, las "ayudas" indiscriminadas y universales son insostenibles para los hombros de los contribuyentes en una economía que intenta ser productiva y dinámica. Continuar aumentando la presión fiscal sin disminuir el gasto terminaría dejando exhausta a la gallina de los huevos de oro, ese difícil equilibrio que Europa ha conseguido al permitir un libre mercado tutelado por el Estado gravado con unos impuestos que no hagan inviable la supervivencia empresarial.

De la necesidad virtud, con lo que al final hemos terminado viendo como los defensores del credo estatista empezaban a podar la enredadera de la burocracia y el gasto del dinero de los contribuyentes sin más límite que el del bien común, lo que equivale a decir a lo que beneficia a la clase dirigente. La crisis nos ahorrará muchos gastos y obras innecesarias programadas que ya nunca se llegarán a realizar. Aunque sea a regañadientes, y mucho más tarde de lo que se debería, se sanearán las cuentas permitiendo que el ahorro pueda ajustarse a las necesidades reales del mercado y no a las imaginadas en los despachos de los políticos.

Pero la Humanidad no es estática y el fin de la Historia nunca llegará, se creyó que con la caída del muro y del comunismo las utopías no volverían a desafiar la realidad con metas inalcanzables pero cuando no se habían terminado de derrumbar ya se estaban erigiendo sobre sus escombros las ideas que proveerían al progresismo de bazas con las que ilusionar a unos votantes siempre deseosos de sustituir su confianza en el paraíso del más allá con el de más de acá, mucho más próximo y, por tanto, enfervorizante.

Ahora más que nunca es el ocasión perfecta para dar la batalla de las ideas. El socialismo, además de un  error intelectual, siempre conlleva la ruina y es por ello que debería aprovecharse este momento de baño de realidad generalizada para sustituir semejante ideología dominante en el pensamiento de nuestra época por otra que se ajuste a la realidad de la lógica de la acción humana.

La Acción Humana en catalán

El acto será presidido por Juan Rosell, presidente de Foment del Treball, e intervendrán Xavier Mallafré, director general de la editorial Grup 62, Juan Torras, presidente del Instituto von Mises de Barcelona, Joan Maria Nin, director general de La Caixa, y Jesús Huerta de Soto, catedrático de la Universidad Rey Juan Carlos y el principal exponente de la escuela austriaca en España.

El Instituto von Mises de Barcelona ha sido el promotor de esta iniciativa, añadiendo otro idioma a la lista de traducciones de este monumental tratado de economía. Ludwig von Mises ha sido probablemente el mejor economista del siglo XX, y los seguidores de su obra en Cataluña han querido dar un renovado impulso a sus enseñanzas, hoy más vigentes que nunca.

Pero La Acción Humana ya estaba traducida al castellano por Unión Editorial (van por la novena edición), y es en este contexto que surge la interesante cuestión de si es práctico y beneficioso traducirlo al catalán siendo los catalanes bilingües, o es un despilfarro de esfuerzos y recursos para mayor gloria del nacionalismo. En otras palabras, ¿es La Acción Humana en catalán redundante?

En primer lugar, que los catalanes sean bilingües no significa que sean indiferentes respecto al uso de una lengua u otra. Muchos catalanes prefieren relacionarse sólo en catalán, o prefieren leer más en catalán que en castellano. Dadas estas preferencias, algunos catalanes estarán más predispuestos a leer la obra de Mises si está en catalán.

En segundo lugar, en el ámbito educativo y universitario (especialmente en un contexto de imposición lingüística) una obra en catalán puede tener mejor difusión que una obra en castellano. También entre la élite política. Las ideas liberales de Mises recibirán más atención por parte de profesores, alumnos y cargos públicos.

En tercer lugar, el lanzamiento de la edición catalana traerá consigo una nueva oleada de publicidad, aunque la tirada sea modesta. Teniendo en cuenta que la obra de Mises ya va dirigida a un público minoritario, cualquier campaña complementaria tiene el potencial de llegar a "liberales durmientes" adicionales y despertar su interés.

Por último, e independientemente de las ventajas que la edición catalana pueda tener para la difusión del liberalismo en Cataluña, está la cuestión de la promoción privada de un idioma como fórmula para preservarlo. La traducción al catalán de obras extranjeras que ya están en castellano sirve a este propósito.

Para quienes pensamos que el catalán se encuentra en una posición natural de desventaja respecto al castellano pero creemos que su preservación a largo plazo debe pasar por el esfuerzo voluntario de los hablantes (y no el dirigismo de la Generalitat), la traducción de La Acción Humana no sería redundante aunque lo fuera para el liberalismo. Del mismo modo, no cabe argüir que el fomento privado de la lengua catalana es un despilfarro y al mismo tiempo decir que el proteccionismo lingüístico es innecesario, pues una lengua minoritaria no se preserva sola. Otra cosa es que algunos no le vean sentido a preservar una lengua, lo cual me parece una postura respetable y hasta tentadora, aunque hipócrita en boca de muchos. Es fácil desdeñar el afán de preservación desde el cómodo atrio de la tercera lengua más hablada del mundo.

Peculiaridades de la negociación colectiva española

El canon marxista establece que existe lucha de clases entre empresarios y trabajadores. Según la versión oficial, durante el franquismo, la integración de dicho conflicto en un sindicato vertical fue un vano intento por enmascararlo pues, al fin y al cabo, las decisiones en materia laboral se imponían de forma paternalista a trabajadores y empresarios desde el Ministerio del Trabajo a espaldas del mercado. Sólo con la llegada de la democracia pudieron los trabajadores verse representados por verdaderos sindicatos y relacionarse con el empresariado mediante el conflicto (huelgas) o la libre negociación (colectiva).

El problema de este tipo de medias verdades es que no explican bien la compleja realidad. Así, el franquismo introdujo y reguló los convenios colectivos por primera vez en el derecho laboral español en 1958. Los actuales surgidos de la transición son sus herederos y, pese a potenciar supuestamente la “autonomía” colectiva, se siguen pactando a espaldas de la inmensa mayoría de los implicados a los que se les imponen tal y como ocurría antes.

Fruto de ese origen franquista, la negociación colectiva en España es muy diferente a la llevada a cabo en otros países desarrollados. Lo peculiar es que nuestros más de cinco mil convenios sectoriales pensados para grandes empresas se aplican de forma automática a todas las empresas y trabajadores del ámbito territorial correspondiente sin importar lo más mínimo su tamaño ni si los implicados están o no afiliados a las patronales y sindicatos firmantes.

En España, a la aplastante mayoría de los trabajadores por cuenta ajena y a las casi tres millones y medio de pymes se les imponen acuerdos tomados centralizadamente por poderosos lobbies privilegiados de bajísima representatividad. Tienen éstos la facultad de que sus pactos formen parte del ordenamiento jurídico laboral. Sólo en situación crítica de pérdidas cuantiosas y continuadas cabe el desenganche de dichos convenios por parte de los afectados.

En otros países con relaciones laborales consolidadas y maduras, por el contrario, al disponer de una tradición más respetuosa con la opinión de los no afiliados, no se les aplican automáticamente los acuerdos colectivos sino que existe a modo de garantía todo un proceso específico de enganche o extensión de dichos compromisos laborales a los no firmantes. Obviamente en dichos países más desarrollados sus agentes sociales son mucho más prudentes a la hora de negociar sus condiciones si quieren que sus acuerdos se extiendan entre los no afiliados y tengan aplicación general.

Otra característica de nuestra negociación colectiva patria es la casi inexistencia de convenios de empresa pese a su posibilidad legal. Los convenios de ámbitos superiores (nacional, autonómico o provincial) son muy intrusivos y prevalecen absolutamente sobre los de empresa (más pegados a la realidad). Así, a diferencia de otros países, se aborta la práctica de una negociación descentralizada y flexible de las condiciones laborales.

Otra peculiaridad más de nuestra negociación colectiva es la indexación de tablas salariales con fijación de “tarifas mínimas no revisables” muy por encima del SMI a lo largo de todo el periodo de vigencia del acuerdo que puede abarcar varios años (prorrogable también automáticamente en caso de no llegar a un nuevo acuerdo a su terminación) y sin vinculación alguna a los resultados personales de cada trabajador y sin tener la más mínima consideración por cada empresa ni por la situación del mercado en cada momento.

Este automatismo e insensibilidad del sistema de nuestra negociación colectiva impuesta es responsable de que en plena recesión hayan subido los salarios una media de 3,3% durante 2009 a costa de expulsar un número verdaderamente exorbitante de personas fuera del mercado laboral. Todos los poderes que emplean los sindicatos para elevar la remuneración de sus miembros se basan –como dijo Hayek– en privar de oportunidades a otros.

Lo importante es dinamizar y abaratar el empleo, no el despido. Cuando se habla de la rigidez del mercado laboral español hay que responsabilizar, sobre todo, a esta homogeneización imperativa de los numerosos costes laborales vía convenios colectivos centralizados e inflexibles (amén de las muy pesadas cotizaciones a la Seguridad Social) y no tanto al encarecimiento del despido que, pese a poner trabas a un ajuste racional de plantilla, no acarrea las devastadoras consecuencias de aquéllos sobre la productividad y competitividad de todo el tejido empresarial español en un entorno globalizado.

Eso sí, si nuestros sindicalistas no creen que todo ello sea causa de nuestra baja productividad y del elevadísimo paro nacional pueden recurrir, parafraseando a Unamuno, al grito de “¡Que cambien ellos!”.

El festín de nuestro Leviatán

Añade el ministro del Interior que los españoles "son gente trabajadora" que "cuando tiene que hacer sacrificios los saben hacer" y que es "rotundamente falso" que el Gobierno haya sacrificado su política social" dado que gasta 200.000 millones de euros entre sanidad, educación y pensiones, otros 17.000 en desempleo y 5.000 en dependencia.           

La verdad es que los comentarios de Rubalcaba no tienen desperdicio. Si España es un país serio o no será una cuestión bastante subjetiva que en todo caso determinarán quienes no forman parte del conjunto de los españoles a través de la imagen que se forman de nuestro país. Pero el juego de palabras intenta plantear al público (los españoles) la idea de que alguien duda de la seriedad y del crédito que tenemos los ciudadanos españoles. En realidad, esa no es la cuestión. El Gobierno ha incurrido en un déficit público superior al 10% del PIB y la duda de los inversores internacionales es si esta política manirrota del Ejecutivo puede sostenerse. En especial, los inversores extranjeros se preguntan si este Gobierno o los que le sigan serán capaces de cumplir con unos durísimos compromisos en el marco de una economía desequilibrada y rígida por exceso de intervencionismo en la que el crecimiento sostenido no se prevé en el medio plazo. En otras palabras, los compradores potenciales de bonos se preguntan si el Gobierno no estará ahogando a los españoles, esos a los que tendrá que sacarles el jugo impositivo para pagar las deudas a las que se ha comprometido en su nombre. La honorabilidad que está en juego es la del Ejecutivo. En el pasado ha habido gobiernos españoles que se la han jugado a los inversores suspendiendo pagos o devaluando la moneda. Lo segundo ya no es posible pero lo primero está por ver.

Rubalcaba pasa de la demagogia a la provocación en un abrir y cerrar de ojos. ¿En qué sentido los españoles somos gente trabajadora cuando un 20% de la población se encuentra en paro? Los más de cuatro millones de desempleados deberían explicarle a este señor que la humanidad está compuesta de gente trabajadora. El problema es que en unos pocos países una inmensa minoría compuesta por millones de personas no pueden trabajar por culpa de las absurdas rigideces defendidas por gobiernos como el de Zapatero y trabas establecidas por los lobbies sindicales y patronales. Claro que lo de que "sabemos hacer sacrificios cuando tenemos que hacerlos" ya es de traca. Los españoles estaban realizando el sacrificio que supone apretarse el cinturón dejando de consumir y ahorrando mucho más. Pero en esto llegó el Gobierno de ZP y se lo desabrochó al empezar a gastar en todo tipo de asuntos absurdos tirando el dinero bueno detrás del malo. De esta manera, lo que podía haber sido el comienzo de la solución a la crisis económica no sirvió de mucho porque el Gobierno se fundía todo lo que ahorrábamos y los bancos compraban deuda española en vez de prestar los ahorros a los proyectos empresariales sólidos con necesidad de refinanciación.

Para ponerle una guinda a este pastel empalagoso pastel, Rubalcada niega que el Gobierno haya sacrificado su política y lo justifica argumentando que sigue sacando muchos millones de euros del bolsillo de unos para meterlo en el bolsillo de otros. Por ahora sí han tenido que traicionar su políticas (a)sociales. Pero lo que dice Rubalcaba apunta a lo que pretenden hacer mediante una nueva tanda de medidas anticrisis: que los recortes en el gasto vengan ahora acompañados de nuevas subidas impositivas que den al Estado el espacio perdido y aún más. Como dice Robert Higgs, las crisis económicas y militares son el alimento que más hace crecer al Estado. De nosotros depende que esta vez el festín se le indigeste a nuestro Leviatán.

Funcionarios en huelga

Mañana habrá huelga de funcionarios. Al margen de sus niveles finales de seguimiento, ha venido acompañada por un sinnúmero de declaraciones de sindicatos con frases como: “no vamos a pagar la mala gestión de la crisis” o “los funcionarios de más baja escala no podrán vivir decentemente tras el recorte”. La idea que empuja a esta postura es la de que el salario ha de permitir una vida “digna” al margen de lo productivo que sea el trabajo desempeñado, que ha de hacerse una buena gestión para mantener esta ficción y, aún en caso de desastre, mantener indefinidamente la mentira.

En las últimas dos décadas se han encadenado, formando un buen catálogo, las perversas consecuencias de la intervención de los gobiernos en la vida de los ciudadanos. El monopolio de emisión la moneda, que ostentan los estados, junto con su connivencia con los bancos para incrementar la oferta de dinero, por un lado. Por otro, se ha generado, tiempo ha, la falsa idea de que las personas tenemos derechos que otros han de cubrirnos al margen de que estos quieran hacerlo y, por tanto, al margen de la productividad real de quien presta el servicio o de la sociedad que lo subvenciona. Esos derechos, que son coacción, pura transferencia arbitraria de riqueza, se pagan con impuestos, con creación de dinero sin respaldo real de ahorro real, y con endeudamiento público.

Una parte de este hipócrita sistema articula la cobertura de tales falsos derechos mediante la prestación directa por el estado de determinados servicios. Unos, como la educación o la sanidad, serían servicios que los ciudadanos demandarían, y serían cubiertos por la creatividad empresarial, de no ser defectuosamente proporcionados por los gobiernos. En caso de que dicha iniciativa empresarial lo hiciera, los profesionales encargados sabrían cuál es su productividad, es decir, su aportación al producto final de su empresa, y, por tanto, sabrían cuál es la referencia de su salario. El salario es el precio del factor trabajo y éste está orientado, como cualquier otro factor, por el valor de su producto marginal (descontado el interés originario). En una economía libre los salarios tienden a reflejar la productividad.

Pero, ¿qué ocurre en un estado que suministra los servicios que habrían de proporcionarse mediante el mercado libre?. Sencillamente que de quienes lo proporcionan, los funcionarios, no puede decirse si reciben demasiada cantidad de dinero o demasiado poca. El servicio que suministran recibe subvenciones al consumo (es gratuito o semigratuito) y no existe una medida de las preferencias del consumidor-usuario que, plasmada en un precio, en contraste con la oferta del servicio, dé como resultado un valor final del mismo. Al no haber valor final, no hay valoración de los factores utilizados, ni siquiera del trabajo.

Podemos especular, a la luz del desempeño de muchos funcionarios que, evidentemente, éstos están mal pagados, o, no, que están pagados en exceso. Pero su productividad, fruto combinado de su trabajo con el conocimiento y la tecnología aplicada en sus profesiones, no tiene medición posible. A la luz del resultado global del gasto público en cada servicio del estado, puede, no obstante, deducirse sin margen de error, que los trabajos que desempeñan los funcionarios en sus puestos de trabajo son excesivamente caros. Lo son porque solamente existen incentivos para encarecer y ninguno para abaratar. Se valora el servicio público por la cantidad despilfarrada, puesto que no hay medida de la rentabilidad real del servicio.

Ningún incentivo existe a la eficiencia económica. Los recursos humanos y materiales son adquiridos por los gobiernos no en mercado de factores, sino mediante impuestos obligatorios, inflación crediticia y endeudamiento. Estas tres fuentes del poder económico del político y del funcionario les alejan de todo control de su productividad, de toda eficiencia en la gestión y de toda legitimidad para pedir más dinero por no se sabe qué. Dirán que lo hacen por el interés general, pero, al margen de que esta fórmula esconde su contrario, que unos ganan y otros pierden, no es posible medir de verdad las preferencias de bienestar de la gente y, por tanto, su aserto es pura mentira, que oculta sin más una variante más de la llamada “tragedia de los bienes comunales”.

Por esto, si usted es funcionario y mañana se pone en huelga cambie su lema por el de: “saqueemos el erario público nosotros antes de que otros lo hagan”.

En defensa de los trabajadores

Hace más de un siglo, Frédéric Bastiat, uno de mis economistas liberales favoritos, describió de la siguiente manera el objeto de sus esfuerzos, escritos y casi de su existencia:

Lo que deseamos es la aproximación constante de todos los hombres hacia un nivel que se eleve constantemente. La cuestión es saber si esta evolución humanitaria se consigue mediante la libertad o mediante la compulsión…

En una era como la que vivimos, en la que el igualitarismo bastardo se impone, cuando hasta la derecha utiliza el "argumento social" para rascar intenciones de voto y titulares, da la sensación de que los que tienen en su mano tomar las medidas adecuadas se han olvidado de cuál debería ser el fin último de sus maniobras: la gente. Y en estos momentos, la ciudadanía lo pasa mal. Hay casi cinco millones de parados en España, un déficit exterior enorme, una población que ha perdido un 24% de su poder adquisitivo en tres años, un déficit público con obesidad mórbida, una deuda soberana desprestigiada, y no muy buenas perspectivas en el horizonte más inmediato.

En estas circunstancias, cualquiera que diga que su preocupación son los pobres, los parados, los que no tienen recursos tiene un cincuenta por ciento de la población como mínimo en el bolsillo. Por eso, cada vez que un político, sea del partido que sea, alude a las medidas "sociales" como las más necesarias, las irrenunciables, sabe que al menos a cinco millones de personas sin trabajo y a aquellos que ya saben que en un año o dos van al paro, se les ha encogido el corazón. Por desgracia, todo es una dulce mentira. O bien esos socialistas de todos los partidos han caído en un profundo error intelectual, o bien carecen de la más mínima preocupación por los más necesitados.

La parte más importante de la evolución humanitaria que defiende Bastiat y que comparto plenamente, no es que los hombres alcancen un nivel de riqueza igual para todos, sino que todos se aproximen a unas condiciones de vida en constante mejora. La diferencia respecto al ideal socialista es notable: no se trata solamente de que se eliminen desigualdades, lo que a lo largo de la historia ha llevado a igualar a la baja, sino de que todos asciendan de forma permanente. Pero, además, para Bastiat, el cómo importa. El fin no justifica los medios, y la coacción es la peor manera de buscar la virtud ajena. Siguiendo las palabras de Bastiat, es necesario que la desigualdad se desvanezca progresivamente y, si la libertad no incluyese esta solución, él la reclamaría al Estado como los socialistas.

Soraya Sáenz de Santamaría, Leire Pajín y todas las starlets, los barones, los pretendientes a alternativa de nuestro panorama político deberían aprender la lección. La solución a la pobreza pasa por la libertad individual. La solución al desempleo pasa por la eliminación de las rigideces generadas por tantas mal llamadas medidas sociales. El seguro de desempleo no genera empleo, alivia la situación temporalmente, pero ese alivio no es el mejor posible. Y eso se sabe analizando qué incentivos y expectativas ha generado: los desempleados reciben un subsidio de tal cuantía y por un tiempo tal que les merece la pena, cada vez más, buscar trabajos ilegales para completar el presupuesto familiar con menor esfuerzo que los trabajadores "oficiales".

Lo que sí soluciona el desempleo es la creación de puestos de trabajo por los empresarios. Pero para eso es necesario pronunciar dos palabras malditas: acumulación y capital. El ahorro transformado en capital, la inversión, eso es lo que genera puestos de trabajo. No toda, la que merezca la pena. Por eso es necesario que haya libertad para que los dueños de los dineros lo inviertan en donde más les rente y desaparezcan aquellas inversiones que retrasan el ideal de Bastiat: riqueza creciente para todos.

En las circunstancias en las que vivimos, no creo que a nadie le preocupara tanto perder el empleo si la posibilidad de encontrar otro similar fuera alta. Por eso se reclama flexibilidad del mercado de trabajo como reforma primera y principal. La flexibilidad permite que el empleador pueda amoldarse con rapidez y eficiencia a los cambios en las circunstancias, y que el trabajador también lo haga. Pero claro, para ello hay que pronunciar otra palabra maldita: despido. Es maldita porque en el imaginario colectivo cuando alguien pierde su trabajo es como si perdiera un brazo o un pié. No hay repuesto. Pero si el mercado es flexible no tiene porqué ser así. Si es barato contratar y despedir trabajadores, el recambio es más fácil, la rotación es más fluida. Y si el trabajador cuenta con que ese es el sistema, se preocupará de ser versátil, valioso, de manera que merezca la pena retenerlo. El empresario sabe que ese tipo puede colocarse en otra empresa bien dentro o bien fuera de España. Y para eso, de nuevo, es necesario que exista libertad de educación, de formación, de contrato, de movilidad del trabajo… para que el trabajador tenga alternativas y aprenda a darse a valer.

El mensaje de Bastiat es que para que haya igualdad en las condiciones de vida y que estas condiciones mejoren constantemente, y no sean un nivel estático artificial, el único camino es la libertad, no la compulsión. Que, por desgracia, es la ruta opuesta a la elegida por quienes manejan el barco.

Los países con moneda propia también lloran

En ella podía verse que España, Irlanda y Portugal tenían un déficit y una deuda pública muy similares a los de Estados Unidos y Reino Unido y que, asimismo, los pésimos datos de las finanzas públicas de Grecia eran equiparables a los de Japón. Pero, por el contrario, el coste de colocar la deuda pública de los PIGS era en muchos casos el doble del de Estados Unidos, Reino Unido y Japón. ¿A qué podía deberse esto? Krugman apuntaba dos hipótesis y se decantaba por la segunda: o bien los inversores no estaban valorando adecuadamente los riesgos de estos tres últimos países o bien la diferencia esencial entre los dos grupos era que los países de segundo tenían una moneda propia (el dólar, la libra y el yen frente al euro de España, Portugal, Irlanda o Grecia).

Mucho se ha escrito sobre la responsabilidad del euro en esta crisis. No son pocos –es más, me atrevería a decir que son casi todos– quienes lamentan que España y el resto de cerditos europeos no gocen ya de autonomía monetaria para devaluar sus respectivas divisas y salir de la crisis sin necesidad de practicar ninguno de esos incómodos ajustes internos como pueden ser reformar el mercado laboral o aplicar intensos recortes en el gasto público.

Al fin y al cabo, la Eurozona languidece en una crisis de deuda que amenaza con sumir al mundo entero en una nueva depresión económica mientras que Estados Unidos parece, mal que bien, estar saliendo de la recesión. Se asume, pues, que si España pudiera devaluar, nuestro enorme desempleo desaparecería y nos sería mucho más fácil amortizar nuestra ingente deuda externa. Es más, se llega al extremo de señalar que si España todavía disfrutara de la peseta, su riesgo de impago sería mínimo.

En mi opinión, la comparativa está desenfocada. No tiene sentido comparar una economía tremendamente flexible, productiva y preparada como la estadounidense con otra exageradamente rígida, improductiva y poco formada como la española. La comparación debería establecerse, en todo caso, entre Estados Unidos y Alemania. Y aquí sí afirmo que el euro está suponiendo un lastre para la recuperación de los alemanes, pero no porque no puedan devaluar, sino más bien por lo contrario: porque han de soportar la carga de economías anquilosadas y al borde de la quiebra como la española.

Nosotros deberíamos mirarnos en otros espejos, en el de otros países que han entrado en esta crisis con moneda propia y con un enorme endeudamiento externo. Por ejemplo, Islandia, Letonia, Ucrania o Hungría. Todos estos países estuvieron a punto de quebrar a finales de 2008 en medio de una crisis monetaria brutal en la que las divisas nacionales se devaluaron entre un 25% (en el caso de Letonia) y un 60% en el de Islandia. Sólo la intervención del FMI y la imposición de duras medidas de ajuste consiguieron estabilizar la situación de esas economías que, no obstante, han continuado –como el resto del mundo y de la Eurozona– estancadas (describí la dura crisis islandesa en este artículo de la Ilustración Liberal).

Ahora nos enteramos de que Hungría, pese a que en el último año ha visto depreciar su florín en 20% frente al dólar y un 8% frente al euro, se encuentra en una situación cercana a la quiebra, según admite su propio Gobierno, y no parece que una devaluación aún mayor pueda solucionar nada. Para información de Krugman, este país con moneda propia, una deuda del 80% sobre el PIB y un déficit público del 5% (a falta de que el Gobierno actualice estas maquilladas estadísticas) tenía que pagar en abril por sus emisiones de deuda soberana a 10 años casi un 7%; es decir, más de un 50% de lo que, incluso ahora, está pagando una España sin moneda propia.

Es con Letonia o Hungría con quien debe compararse a una España fuera del euro, y viendo cómo están estos países no me parece que nuestros problemas vengan de un exceso de disciplina monetaria sino de un defecto de ortodoxia fiscal y de flexibilidad laboral. No quiero ni imaginar qué habría hecho Zapatero con la peseta observando qué ha hecho con el presupuesto. La inflación de la moneda nunca ha sido un remedio contra la deflación del crédito, ni en los años 20 (que se lo digan a Alemania), ni en la Gran Depresión, ni ahora.

El ciudadano descapitalizado contra la crisis

…y que los votantes nos han elegido para que les dirijamos y les cobremos un montón de dinero por ello.

Tenemos una crisis como pocas encima y hemos de solucionarla. Como nos acaban de poner en el cargo y no tenemos ni idea de qué hacer, recurrimos a cosas cotidianas que conocemos. Somos padres de familia que debemos al banco mucho dinero (igual que España). Como tenemos un perfil de riesgo alto, nos piden más garantías para nuevos créditos (igual que le ocurre a la deuda española). Además, padre y madre están en paro. El niño no está en edad laboral. La única que trabaja es la niña. Es el único foco por donde entra el dinero a la familia (la gama entera de la clase media).

Uno de los progenitores gestiona con mano de hierro la economía doméstica. Los créditos que pide son para tapar deudas anteriores (igualito que el Gobierno de España). Esto no añade producción, sino que lo empeora todo. Nuestro hijo (que no puede trabajar por tener menos de 16 años), no para de quejarse de su bajo nivel de vida. No se puede dedicar holgadamente a sus aficiones, como hacer teatro y tocar la guitarra en el parque. Para no oír cada día las quejas del nene, el gestor de la familia obliga a la hija (la única que trabaja) a que le dé una "pensión mínima" a su hermano para que haga el holgazán todo el día (como hacen los lobbies rentistas del Estado, tales como actores, amigos de políticos, ecologistas, etc.). Uno de los padres, que está en paro, reclama más dinero para mantener su nivel de vida y una vez tras otra rechaza trabajos por "no ser dignos". El otro progenitor, el que dirige la economía familiar, obliga a la hija a que le pague las entradas del fútbol, las cervezas, los viajes que se pega los fines de semana, las salidas que monta… incluso le pide más dinero para invitar a sus amigos cuando se va a cenar fuera (como hace España con el dinero que regala a Venezuela, Cuba, dictadores africanos, Alianza de Civilizaciones, etc.).

A esta situación, algunos le llaman Estado del Bienestar (familiar, en este caso). Los economistas le llamamos estado de ruina inminente. ¿Cómo cree que se siente la hija? La crisis se refuerza y el responsable de la gestión doméstica obliga a su descendiente a dar más dinero a la familia en concepto de "solidaridad", quedándose ella sin nada para sus quehaceres diarios (situación en la que está ahora la clase media). Incluso el gestor se inventa una serie de normas con multas asociadas. Si llegas tarde a casa, te multo por romper la estructura de la familia y barbaridades así (las multas están tomando una parte destacable en la financiación de las administraciones locales).

Esta chica va odiar a su familia. A la mínima que pueda, o le pongan más restricciones, abandona a los tiranos con los que malvive.

Esta es la situación que se produce ahora en España. De forma institucional, el Gobierno y las administraciones locales han empezado una campaña de acoso y derribo contra los ricos. También afectará a las clases medias e incluso a las bajas con subidas de IVA, IRPF, carburantes, etc. Los ricos van a hacer lo mismo que la hija maltratada de la historia. Se irán, o al menos lo hará su dinero. La clase media que no se puedan ir, pasará a clase pobre.

Una crisis económica –ya sea familiar, empresarial o de una nación– no se arregla matando a la gallina de los huevos de oro, ni creando chivos expiatorios, ni asumiendo el rol de dictador de la producción. Se arregla dando libertad a los que trabajan para que produzcan más, suprimiendo de forma drástica el Estado y diciendo claramente a los parásitos y vividores que el rentismo estatal sólo lleva a la ruina de todos. No es difícil de entender. Hemos de crear producción y capital. Un distribuidor de rentas que sólo sabe malgastar no puede producir la riqueza que necesita el país. Esa es la responsabilidad del ciudadano –del mercado– trabajando. Y el trabajo sólo se desarrolla sin tributos para el señor feudal.

Los socialistas y resto de vagos institucionales odian que alguien destaque, ofrezca en el mercado aquello que la gente quiere y, muy especialmente, que todos se relacionen voluntariamente. Por eso a los socialistas les encantan los impuestos. Es una medida de fuerza y coacción para saquear legalmente a la gente productiva. Con medidas tan absurdas como poner multas por todo, crear barreras al trabajo, al comercio, subir impuestos a ricos, a los no tan ricos y a todos en definitiva, este país está condenado a su fracaso. Un ciudadano descapitalizado es un país en ruina. Si no es de la SGAE, político, miembro de un lobby o actor, vaya pensando en emigrar. Aquí no le espera ningún futuro.