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La cuenta atrás

La aceleración de los acontecimientos relacionados con la economía mundial está tomando tintes vertiginosos. En lo que se refiere a España, se tornan trágicos a causa de la singular mezcla de corrupción e inepcia de la casta política local que derrocha recursos presentes y futuros. Al grito keynesiano – y de Groucho Marx- de “¡más madera!”, los planes de rescate de bancos y empresas de todo tipo, los programas de estímulo (Planes E y compañía) por no hablar de los gastos insostenibles del Estado de bienestar -¿sorprende que se recorte tímidamente la baladronada de su  “cuarto pilar”?- han provocado tales desajustes en las cuentas públicas que los inversores internacionales suscriben deuda pública con un nerviosismo comprensible. Especialmente, la de países como España, cuyo deterioro económico ha provocado el hundimiento de los ingresos con los que se supone debe pagarse la deuda al vencimiento.

Causa perplejidad que a estas alturas tengan tanta resonancia las campañas denigratorias lanzadas por gobiernos adictos al crédito contra la actuación de sus prestamistas en mercados organizados. Tal vez se deba a que estos chivos y cocos expiatorios transmiten al público no especializado señales de alarma y convierten en transparente lo que los gobiernos buscan ocultar.

Sea como fuere, pocas veces puede presenciarse un momento tan crítico. Guste o no, depende de la casta política la adopción de unas cuantas medidas basadas en la sensatez y la racionalidad. El gobierno irresponsable que nos ha metido en semejante lío carece de mayoría parlamentaria, pero, paradójicamente, antes de largarse a su casa debería promover las medidas que eviten sumir a un país entero en una prolongada depresión, si no activa la espoleta que haga saltar por los aires el frágil esquema de la unión monetaria europea.

Dentro de ese contexto, el gobierno español, presionado con insólita publicidad por los socios de las organizaciones a las que pertenece, se vio forzado la semana pasada a adoptar los primeros recortes serios. Por solo mencionarlos, se trata de la reducción del 5 por ciento de los sueldos del personal del sector público en términos brutos anuales; la suspensión de la revalorización de las pensiones públicas para el año 2011, excluyendo las no contributivas y las pensiones mínimas; la irretroactividad del reconocimiento de situaciones de “dependencia” para no pagar las prestaciones correspondientes desde el momento de la solicitud; la supresión del cheque bebé de 2500 euros a partir del año que viene y el racionamiento de medicamentos subvencionados por el sistema público de salud.

Obviamente, cabe criticar la elección concreta de las partidas elegidas. Nótese que esos recortes de gasto reúnen la característica común de que pueden hacerse efectivos sin pensar demasiado y algunos afectan a las cuentas de todas las administraciones. En el caso de la necesidad de reducción del sueldo de los empleados públicos, por ejemplo, fue advertida hace tiempo, sobre todo después de la disparatada subida lineal pactada por el gobierno con los sindicatos el año pasado, a pesar de las tasas negativas de IPC del año 2009. Sin embargo, la cuestión esencial es que son alarmantemente insuficientes para atajar el descontrolado déficit de las administraciones públicas españolas. El anunciado ahorro equivale tan solo a los quince mil millones de euros ya despilfarrados en subvencionar obras de los ocho mil ayuntamientos españoles.

El preceptivo trámite parlamentario previsto en el artículo 86 de la Constitución permite que el Congreso ratifique el decreto ley utilizado por el gobierno para adoptar esas medidas para, a continuación, proseguir su aprobación como proyecto de ley por el procedimiento de urgencia. De esta manera, cabría añadir enmiendas parciales que suprimieran o redujeran partidas adicionales de gasto como las subvenciones públicas a organizaciones de todo tipo (partidos, sindicatos, ONGs, empresas) y ayudas a gobiernos extranjeros.

Si el Estado gastó el doble de lo que ingresó por impuestos el año pasado, esos recortes apenas son un parche que debería acompañarse de una terapia de choque. La gravedad de la situación exige, además, una inmediata liberalización de todos los sectores de la economía (relaciones laborales, arrendamientos de vivienda y rústicos, del suelo) que contribuya a un rápido reajuste de los factores productivos. De este modo podrá atajarse el índice de paro del 20%. Asimismo, es necesario derogar leyes y normativas que comportan estipendios públicos, liquidar empresas públicas deficitarias (incluyendo las cajas de ahorros) enajenar las rentables al mejor postor, eliminar consorcios y fundaciones que escapan del control financiero de las administraciones, eliminación de ministerios y sus unidades administrativas respectivas, y el despido de empleados públicos que sirvan en esos puestos.

Es cierto que la envergadura del envite sobrepasa en gran medida las dimensiones de la economía española, por lo demás intrincada en los flujos de la europea y mundial. Sin embargo, en pocos lugares como en España cabe percibir con nitidez la línea que separa una crisis coyuntural, si se adoptan medidas drásticas que suponen sacrificios, de un descenso a los infiernos y la instalación en el marasmo al menos durante una generación, realimentado por las luchas intestinas favorecidas por la inseguridad jurídica y la arbitrariedad introducida por estatutos de autonomía como el catalán.

Si los socialistas son capaces de rectificar levemente sus errores porque les tiran de orejas sus héroes americanos (por supuesto más preocupados de endeudarse para intervenir su propia economía que de rescatar lejanos países mediterráneos) el tiempo de los disimulos y el regate corto de los líderes de la supuesta oposición debería agotarse. ¿Es imposible que se sacudan de esa falta de criterio que Hayek atribuyera a los conservadores en general? El tiempo se está agotando y los galgos y podencos pueden conducirnos a la más persistente de las ruinas.

En conclusión, la cuenta atrás para evitar un desastre colectivo sin paliativos sigue corriendo. Con independencia de la valoración del ECOFIN de la Unión Europea y el FMI, los principales examinadores de la viabilidad de los planes de reducción de gasto y de liberalización de la economía que permita la adaptación de la estructura productiva a la nueva situación son los millones de personas que conforman el mercado. Esperemos que un ataque de cordura asalte a los dirigentes de los partidos mayoritarios y sirvan patrióticamente a su país evitando que se despeñe por la vía tercermundista.

Bancarrota: se veía venir

Cuando durante el verano de 2007 saltaron las primeras alarmas en Estados Unidos sobre el posible impago de las hipotecas que los bancos habían concedido a individuos de dudosa solvencia, en España se dormía a pierna suelta, y el que más y mejor lo hacía era el propio Gobierno. En aquel entonces, tres años hace ya, se acababa de cerrar el trienio mágico del socialismo español. Por primera vez en la historia un Gobierno socialista había gobernado cómodamente sin hundir la economía y multiplicar el número de parados.

Las otras dos veces –en 1931 y 1982– había sucedido exactamente lo contrario. La contracción económica y la llegada al machito de los vástagos de Pablo Iglesias eran la misma cosa. El ascenso de Zapatero tenía una explicación distinta. No había conquistado el poder tras un cambio de régimen o una crisis económica. En 2004 España llevaba ocho años creciendo, creando empleo y aminorando el diferencial de desarrollo con los países ricos de la Unión Europea. La Constitución del 78 y la monarquía estaban perfectamente consolidadas y se hablaba del milagro español, un milagro que se cifraba en buen clima, mejores negocios y estabilidad política. Las faraónicas obras del AVE de Madrid a Barcelona simbolizaban mejor que nadie aquel optimismo con el que inauguramos el siglo.

Pero sucedió que alguien, no se sabe aún quien, reventó cuatro trenes de Cercanías en Madrid a tres días de las elecciones. La izquierda, cuya estrategia de Oposición era un eslogan contra una guerra en la que España no había participado –los noalaguerra tienen todavía pendiente mostrar el documento en el que se declara la guerra a Irak–, supo estar a la altura de sus circunstancias y las urnas dieron un vuelco histórico. Bajo el nuevo liderazgo Zapatero acometió con presteza un programa ideológico de gran profundidad. La economía, entretanto, marchaba sin más. Nadie sabía por qué lo hacía, por qué razón en cada ejercicio Hacienda aumentaba su recaudación sin necesidad de subir impuestos; por qué, en definitiva, España, uno de los países menos competitivos de la OCDE, emulaba por enésimo año consecutivo a los dragones asiáticos.

En 2007 la fase de sueño REM ya había terminado y el despertador de la mesilla apuraba los últimos minutos antes de sonar. Y sonó, y todos lo oímos aquellas Navidades tras las cuales las colas en las oficinas del INEM empezaron a estar especialmente concurridas. Pero, ¡ay!, en marzo había elecciones. La prodigiosa primera legislatura zapaterina, la del matrimonio gay, la alianza de civilizaciones, la negociación con la ETA y el Estatuto catalán, tocaba su fin y llegaba el momento de vender las grandes “conquistas democráticas”, los “derechos” recién concedidos por su graciosa majestad monclovita y los logros de la España asimétrica, plural y de progreso. Todo aderezado con un excelente cuadro macroeconómico y la promoción a la Champions League de la economía mundial a la vuelta de la esquina.

En la mercadotecnia electoral los fracasos no existen, en marzo de 2008 lo que no existía era la amenaza de crisis. Los carteles de la campaña eran tan descriptivos que, mirados hoy, mueven a risa: “Por el pleno empleo”. “Soñar con los pies en la tierra”. “Motivos para creer”. La propaganda electoral era un sublimado de lo que soltaba Zapatero, su ministro Solbes y todo socialista al que pusiesen un micrófono delante. En diciembre de 2007 Solbes aseguraba que la economía crecería “a velocidad de crucero durante los dos próximos años, en los que avanzará en torno a un 3%”, un mes después el oráculo de la Moncloa bramaba “la crisis es una falacia, puro catastrofismo” para rematar diciendo que crear alarmismo sobre la situación económica era de “lo más antipatriótico” que él conocía.

En esta frágil barquichuela carcomida por el triunfalismo y con dos ineptos como remeros nos cogió la tormenta perfecta. El crecimiento no fue, naturalmente, del 3% sino del 1,2% y eso después de aplicarle mil masajes estadísticos. El paro se desbocó, la construcción se detuvo en seco, la recaudación fiscal se derrumbó y no había manera de atender los gastos corrientes del Estado. La crisis no era una falacia. Los mismos que antes no acertaban a entender por qué las cosas iban bien, ahora no se explicaban por qué iban mal.

Pero, como de costumbre, la suerte jugaba a su favor. Zapatero había ganado holgadamente las elecciones y tenía por delante más de tres años para salir del agujero. Entonces alguien le susurró al oído que de esto se saldría como se ha entrado, de un modo casi mágico, totalmente inaccesible a los hombres, porque la economía es una cuestión de actitudes no de aptitudes. Para que la medicina surtiese el efecto deseado el Gobierno debía estimular ciertos puntos sensibles con una generosa cantidad de dinero. No importaba que la recaudación no llegase, primero se tiraría de las reservas y luego se pediría prestado. Lo importante es que el dinero, el propio o el ajeno, no dejase de circular. “Pedro, no me fastidies, no me digas que no hay dinero para hacer política”, cuentan que Zapatero le dijo a Solbes en plena euforia, poco antes de ponerse pedir préstamos como un chiflado. Una frase para enmarcar que preludia todo lo que vino después. 

A mediados de 2009 nuestro Gobierno era ya el que más deuda emitía de toda la Unión Europea, un 75% más que el año anterior. Los prestamistas, encantados con la rentabilidad del bono español, compraban alegremente. A fin de cuentas España guardaba aún cierta credibilidad en los mercados y, fruto de los años de bonanza, tenía un ratio de deuda sobre el PIB muy discreto. Con el dinero fresco en la mano, Zapatero y la nueva ministra del ramo, Elena Salgado, se animaron y daban la crisis por zanjada. En abril Zapatero afirmaba seguro que era probable que “lo peor de la crisis económica haya pasado ya”. Días después la ministra veía “brotes verdes” que saldrían “en unas semanas”. De esto ha pasado más de un año y ni brotes ni verdes, pero el Gobierno Zapatero cuenta con un aliado fiel en la prensa, a la que teledirige a placer, y las hemerotecas crían telarañas.

De la burbuja de la construcción se pasó a la de la deuda pública. Nada había cambiado, tal vez algunos parados más, pero no en lo esencial para la casta, que seguía teniendo de donde tirar para financiar su costosísimo tren de gasto, sus Planes-E, sus subvenciones, su red clientelar, su demagogia a cuenta del erario público, sus rediles de voto cautivo. Como el camello que se engancha a la heroína que vende, Zapatero terminó creyéndose sus propias patrañas, comprando su propia mercancía, buena para engañar a los bobos y a los militantes del partido, pero letal para un Gobierno al que aún le quedaban tres años de mandato. Llegado el momento, y el momento se acercaba, no habría sobre quien cargar las culpas del desastre.

En septiembre del año pasado el primer ministro griego, Giorgios Papandreu, comunicó a la Unión Europea y al BCE que llevaban años dando cifras falsas y que su país estaba al borde de la quiebra. La sombra de la duda se posó sobre los Gobiernos europeos que habían pedido prestado más de la cuenta. Los mercados de deuda acusaron el golpe. Seguirían prestando, pero a un tipo mayor y mirando de reojo el colateral que, en el caso de la deuda soberana, son los Estados en sí mismos, es decir, su capacidad recaudatoria. Si Grecia no pagaba se desencadenaría un temporal mayor incluso que el que provocó la quiebra de los bancos norteamericanos un año antes. El temido “default” de un país europeo haría temblar a la Unión y socavar los cimientos del euro.

Pero Grecia no era la principal preocupación de los inversores sino España. Nuestra economía es equivalente a cinco Grecias y, aparte de la deuda pública, arrastra serios problemas estructurales de difícil remedio. En los últimos meses el acceso al crédito por parte del Gobierno ha ido endureciéndose. Los acreedores no confían en nosotros. Creen que un país que gasta un 11% más de lo que ingresa, que soporta la mayor tasa del desempleo de toda Europa, una deuda privada espeluznante y que está convencido de que puede vivir así eternamente, no es de fiar. 

La fuente del “dinero para hacer política” se estaba empezando a secar. El mismo mercado al que Zapatero había acudido soberbio meses antes para que le suministrase los fondos que su Gobierno necesitaba para seguir viviendo en Babia, se cerró en banda desprendiéndose a toda velocidad del papel que había emitido el Estado español durante los años anteriores. Los mercados, es decir, cientos de miles de personas que compran y venden productos financieros, no son irracionales. Cuando descubren un mal negocio se asustan y echan marcha atrás. Lo hacen de golpe y sin avisar porque, a diferencia de la política, el mercado carece de una dirección centralizada. Por esa razón, en el medio plazo, las decisiones colectivas que toma el mercado son siempre acertadas y óptimas para los que se han involucrado en la acción. Nadie, por ejemplo, compraría acciones de una compañía que está próxima a la quiebra ni vendería las de otra que acaba de descubrir un yacimiento petrolífero. O tal vez lo haría pero comprando las primeras muy baratas y vendiendo las segundas muy caras. Llevándonoslo al terreno de la deuda, nadie prestaría a un individuo sin empleo que gasta mucho más de lo que ingresa, y si alguien decide correr ese riesgo lo hace a cambio de un interés altísimo que le compense. Elemental. 

La eficiencia dinámica inherente al mercado, principio opuesto al de la ineficiencia estática que caracteriza al Estado, le pilló los dedos a Zapatero, que es político y, como tal, tiene la mala costumbre de pensar que todos deben hacer lo que él dice. Así, declarado paria entre los prestamistas y con su patrimonio devaluándose a diario, hubo de recurrir, como Papandreu nueve meses antes, a la Unión Europea. El 7 de mayo España estaba en bancarrota. Debía mucho más de lo que podía pagar y nadie había hecho nada para enderezar la situación. El poder, siempre necesitado de culpables oficiales, cargó sobre unos tenebrosos especuladores que, aunque ayer nos dejaban a manos llenas, hoy nos han cogido manía. Fútil intento de desviar la atención porque, a estas alturas, ya nadie se cree nada, ni siquiera los crédulos oficiales del pesebre funcionarial, chivos expiatorios de la dadivosidad de su amo.  

Decía el humorista P.J. O’Rourke que dar dinero al Gobierno es como dar un cubata y las llaves de un coche a un chaval de quince años. Nunca mejor traído un chiste para ilustrar lo que nos ha pasado, un drama nacional que, para colmo, tenemos sobradamente merecido. España lleva década y media viviendo por encima de sus posibilidades, agarrada a un ramillete de ilusiones sociales que hemos confundido con derechos, produciendo menos y gastando más, invirtiendo en quimeras al tiempo que dábamos por hecho que era riqueza contante y sonante. La guinda final la ha puesto José Luis Rodríguez Zapatero que, en su ramplona vulgaridad, es una metáfora del país que lo ha puesto donde está.

Al cabo, sólo nos queda decir que, aunque muchos se hayan puesto hasta arriba del alucinógeno que nos servían gratuito desde el Gobierno, tanto la crisis como la reacción de Zapatero se veían venir. Las dos desde muy lejos. Salir de esta no nos va a costar sangre, sudor y lágrimas, ese es el típico escenario tétrico del que se valen los políticos para saquearnos a conciencia, sino poco gasto, mucho ahorro y mesura la próxima vez que nos ofrezcan El Dorado sin esfuerzo. Al final resulta que el principal teórico de la economía era nuestra abuela. No se nos debería olvidar.  

Un millón de camisetas usadas

Jason Sadler quería aprovechar las camisetas utilizadas por su empresa publicitaria y está coordinando una campaña para movilizar a donantes. Sus intenciones son buenas, pero eso no basta para que funcionen.

Desde que estrenó la campaña, Sadler ha recibido un alud de críticas por parte de expertos en ayuda al desarrollo y activistas con experiencia en el terreno. En primer lugar, destacan que es ineficiente. Un millón de camisetas es pesado, el coste de envío y aduanas probablemente sea superior al coste de producirlas en el país. Además, inundar el mercado local con camisetas gratis puede perjudicar la industria textil nacional
 
Este último argumento, sin embargo, no me convence: ¿no salen los consumidores africanos ganando si ya no tienen que comprar camisetas y pueden demandar otros bienes con ese dinero? Los productores locales dejarán de producir ropa y producirán esos bienes. Es análogo a la importación de productos baratos en Occidente: los consumidores disponen de más renta, y los productores locales y sus recursos se desplazan a otras líneas de producción.

En segundo lugar, en África no hacen falta camisetas. Los activistas de ONGs que trabajan en África han preguntado a Sadler si ha pisado alguna vez el continente y ha visto a mucha gente desnuda. África tiene problemas sociales, sanitarios y económicos bastante más acuciantes. En Aid Watch apuntan que la idea de Sadler, como muchos otros proyectos caritativos, surge de plantearse "qué tipo de ayuda quiero ofrecer" en lugar de "qué tipo de ayuda puede ser más útil para grupos de personas específicos".

William Easterly, reconocido economista del desarrollo, llama la atención sobre el doble rasero respecto al sector de la ayuda externa: si un cirujano nos opera, esperamos que sus intenciones no sean malas pero lo que realmente nos importa es que sepa lo que hace y lo haga bien. Pero en cuestiones de ayuda al desarrollo, parece que lo más importante son las intenciones.

En realidad, a un nivel menos consciente, lo que busca mucha gente es tranquilizar su conciencia y mostrar que se preocupa por los demás. Si la ayuda es o no efectiva resulta secundario. Sucede, por ejemplo, en el metro cuando algunas personas se apresuran a sacar cuatro centavos para el mendigo que toca el acordeón. Algunos quizás tienen intenciones genuinamente solidarias, pero otros simplemente están mostrando a los demás pasajeros (y al mendigo) que ellos son solidarios.

En cualquier caso, pocos se hacen la pregunta pertinente: ¿la limosna va a ayudarle a salir del pozo, o es un alivio temporal que le incentiva a seguir tocando el acordeón? En lugar de dar limosnas indiscriminadas, quizás sería más efectivo donar el dinero a una ONG que promueva la formación y el trabajo, o que tenga mecanismos de ayuda condicionales.

Ocurre lo mismo con el 0,7%. Lo jalean porque su objetivo oficial es ayudar a los países pobres, pero pocos se han preocupado por leer a los economistas del desarrollo que concluyen que es inocuo o contraproducente. Es una ayuda de Estado a Estado, que engrosa el sector público autóctono (corrupto e ineficiente) a expensas del sector privado, promoviendo el inmovilismo en materia de reformas. Nunca un país ha salido de la pobreza gracias a la "ayuda externa" sino a la apertura de sus mercados, a la liberalización de la economía interna, y a la progresiva acumulación de capital y aumento de la productividad. El contraste de Asia con África es ilustrativo.

En Aid Watch recomiendan a Sadler que no dilapide esfuerzos con esta campaña y aproveche sus conocimientos publicitarios para divulgar el mensaje de que donar dinero en metálico es mejor que donar productos. Si divulgar este mensaje no satisface su deseo de ayudar, puede aportar dinero a una ONG con experiencia y dedicada a solventar problemas específicos. Yo añadiría otra opción: invertir en fondos de economías emergentes. No muestras solidaridad, al contrario, te van a tachar de egoísta y explotador. Pero estarás contribuyendo directamente a crear empresas, puestos de trabajo y riqueza en el país.

La teoría del parche

Un niño está jugando con su recién comprado balón. Una patada desafortunada hace que caiga entre zarzas, de forma que inadvertidamente se pincha. Las consecuencias del suceso no tardan en hacerse notar: a cada nuevo puntapié, la pérdida de aire es apreciable. En poco tiempo, el balón está inservible y el niño compungido acude a su padre con los restos de su juguete.

Evidentemente, el progenitor tiene que tomar alguna decisión para remediar la tragedia. ¿Cómo tomará esta decisión? La teoría económica tiene la palabra. Básicamente, se abren dos posibilidades: comprar un nuevo balón o reparar el pinchado. Cada una de las acciones supone un coste distinto para el padre, que en este caso se puede medir por la utilidad a la que renuncia al dedicar parte de su dinero a la compra o reparación. Se puede asumir que el coste es inferior en el segundo caso, ya que previsiblemente será menor el precio a pagar por el parche y posterior hinchado del balón.

Habida cuenta de que se trataba un balón nuevo, se puede asumir que, para el padre, la utilidad de repararlo es muy similar a la de otro balón nuevo. Por tanto, lo normal es que el padre en este caso opte por poner el parche. Evidentemente, la respuesta no puede ser concluyente, ya que no se han considerado factores como la diferencia de costes entre un balón nuevo y su reparación. Pero al menos se plantean los fundamentos praxeológicos de algo que parece obvio: la decisión de los sujetos de renovar sus activos no es automática, sino que depende de la relación entre costes (el parche) e ingresos (disfrute de jugar) percibidos.

Si el balón tiene ya una cierta edad o uso, los beneficios que previsiblemente se obtendrán por el nuevo balón quizá sí justifiquen a mucha gente la compra de un nuevo balón, en lugar de reparar el pinchado. “Bah, no pasa nada, ya tenía muchos años”. En términos técnicos, se puede decir que el balón está amortizado, esto es, que los servicios que hemos obtenido de él superan ya el coste que nos supuso. En este sentido, suele ser difícil encontrar balones con muchos parches.

Ésta, que podríamos llamar la teoría del parche, es por supuesto aplicable en ámbitos no tan familiares (en el doble sentido), como pueda ser el de la producción de las empresas. Sobre todo, cobra especial relevancia en el entorno de los sistemas de información. En mi experiencia, los sistemas de información de todas las empresas que he conocido, son siempre “una chapuza”, un “conjunto de parches”, que es necesario tirar abajo y volver a construir de cero. Proliferan los nuevos mapas de sistemas que “vamos a empezar a desarrollar/implantar y que ya resuelven esto que me estás diciendo”.

Lo cierto es que las decisiones relacionadas con el balón son sencillas, y hasta cierto punto de rápida ejecución. No ocurre lo mismo con las decisiones que se toman en las empresas, en particular, las referidas al departamento citado. De hecho, pueden transcurrir varios meses e incluso años desde que los requerimientos del sistema se definen hasta que éste se empieza a explotar. Y durante este tiempo lo lógico es que cambien las preferencias de los consumidores y, por tanto, las necesidades que han de resolver los citados sistemas.

Dicho de otra forma, el sistema de información nace ya “pinchado”, simplemente por los cambios a que da lugar el paso del tiempo, y sin necesidad de que suceda nada extraordinario. Tras todo el tiempo e inversión, el sistema en marcha ya no satisface adecuadamente las necesidades de sus usuarios.

Es el momento de aplicar la “teoría del parche”. Confrontado con la decisión de reparar el sistema, o comprar uno nuevo, el responsable de sistemas ha de decidir como el padre con el balón pinchado. Comparará el coste del parche con el coste del nuevo sistema. En el 99% de los costes, el parche es mucho más barato que la construcción desde cero de un nuevo sistema. Y así el sistema empieza ya parcheado.

De hecho, por aquello de que los sistemas de información son “software” (blandos), parece que son fácilmente moldeables, y muchas alteraciones en las necesidades son recogidas y aceptables debida al bajo coste relativo de los parches. A nadie se le ocurriría mantener el mismo nivel de adaptación con otros activos más “hard”, como puede ser un coche, una casa o un computador.

Así que rápidamente el sistema se llena de parches para dar solución a los constantes cambios requeridos: parece que los beneficios de la nueva adaptación superan siempre los costes de implementarla. Y los sistemas de información se transforman en la “chapuza” a que estamos acostumbrados.

Poco a poco, la cosa involuciona, hasta que los parches incrementan su coste de tal forma, posiblemente por la existencia de parches previos, que el responsable empieza a pensar que es el momento de reconstruir aquello desde cero otra vez. Lo que se producirá en el momento en que la diferencia entre el coste del parche y del nuevo sistema sea inferior a los beneficios incrementales previstos para este. En ese momento, se podrá decir que el sistema antiguo está amortizado.

Y empezará la construcción de una futura chapuza. Que, eso sí, parecerá limpia y espléndida en los primeros papeles que la definan, no quepa duda.

Liberalismo Imposible

No ya en el presente, sino desde hace al menos una centuria, puede distinguirse con cierta nitidez entre dos tipos de liberalismo: el “posible”, o ingenuo, y su antagónico, y por tanto, “imposible”, o utópico. Hay quien, con buen juicio, considera a ambos “utópicos”, dado que la ingenuidad del Liberalismo oportunista, por así decirlo, no deja de plantearse en un escenario tan inverosímil (encorsetar al Estado) como el esbozado por el liberalismo estrictamente utópico (negación de lo político). Conviene aclarar algunos aspectos sobre ambos:

Liberalismo Posible, o Ingenuo, incluso “clásico”. Es tan diverso que cualquier definición peca de imprecisión y sesgo capcioso, pero aun así lo consideraré como un movimiento estatista, si por Estado, en su sentido contemporáneo, tomamos a aquel poder unificado y racionalizado que pretende desbancar a cualquier otro poder que le sea ajeno, todo ello con la intención de garantizar el respeto de la libertad individual, la autonomía de la voluntad y la asociación civil fundada en la autoridad de la ley (Estado liberal, y no totalitario).

Estos valores, que tan antiguos nos parecen, fueron los que hicieron a la mayoría de los liberales del XIX (si no antes) apostar por la refundación del poder en base a criterios constructivistas, no obstante inspirados en la carencia de instrumentos políticos y jurídicos que garantizasen la libertad del individuo frente a las fuerzas del antiguo régimen: aristocracia, corte, clero y gremios, por ejemplo. Se trata de una concepción del Estado como translación política de la Ley igual para todos, de su autoridad y su vocación de no interferir en los fines individuales.

Sin embargo, puesto que tamaño esfuerzo es tomado en su conjunto, terminan surgiendo y triunfando valores netamente colectivistas, a modo de respaldo teórico para un entramado institucional ciertamente condenado a la restricción progresiva de la libertad individual. Se cree en la voluntad o el interés general, en el carácter liberador y equiparador de la instrucción pública, del mismo modo que se empiezan a justificar determinadas políticas públicas (A. Smith).

La ingenuidad del posibilismo se traduce, en una época más reciente, en una suerte de conservadurismo oportunista y temeroso, cautivo del Estado y el culto a la unicidad del poder (y que muchas veces bordea el autoritarismo). Queda en él algún resquicio de radicalidad económica, pero sólo alumbrado cuando el resto de facetas sociales se estiman bajo control.

Liberalismo imposible, o utópico. No necesariamente anarquista, porque a pesar de la radicalidad que encarna, muchos de sus defensores asumieron acomplejados el mito del poder impersonal y unificado (confundiendo Estado con gobierno, como sucede en Mises o en Hayek, que siempre arrastró su pasado fabiano).

En su versión más extremista, se trata de un movimiento disperso e indefinido que surge de la frustración y el desencanto político. Despertando del letargo de ingenuidad en el que tan cómodos se sienten sus compañeros conservadores, los liberales utópicos creen incluso superada la etiqueta que los distingue, deseosos de marcar las diferencias y plantarle cara al socialismo en solitario. Negando lo político se alejan de un rigor intelectual que, a pesar de ello, siguen creyendo en su haber.

La utopía se basa en eso mismo: eliminar todo aquello que cuestione la razonabilidad o el consecuencialismo de sus hipótesis (la verosimilitud de una utopía depende más de lo que olvida, oculta o desprecia, que de la rigurosidad del razonamiento lógico que parece confirmar sus máximas). El sesgo político, o la subversión jurídica (creyendo ciegamente en un cierto “contractualismo individualista”), hace a este tipo de liberalismo ubicar el orden de económico, bien por encima de aquellos otros órdenes que en realidad lo preceden, o por el contrario como un todo ajeno a la realidad, ecuación perfecta de la que obtener conclusiones apodícticas (no les interesa la con-vivencia, sino exclusivamente la co-existencia social).

El liberalismo imposible es rebelde, y radical, pero también constructivista y en ocasiones altivamente necio (como todo constructivismo): no entiende el Derecho, ni lo pretende; parte de un tipo ideal de individuo, previo a lo social, ajeno a lo político e íntegro a priori en sus posibilidades de interacción. Confunden el Poder con las facultades de domino real (propiedad privada), regresando así a fases del proceso social muy superadas tras largos siglos de evolución jurídica y política, y que son parte del acervo que define a esa misma sociedad abierta que también dicen defender.El dominio competitivo (propiedad plural) no es capaz de explicarlo todo, pero sí proporciona apariencia de perfección al constructo teórico del liberalismo imposible (resolviendo la cuestión de la soberanía sin negarla por completo -como debería ser-, sino a través de un engendro sin sentido: concediéndosela al individuo).

Y dado que los dos tipos de liberalismo se hallan en la misma precariedad, a pesar de los movimientos y los esfuerzos de uno y otro por aparentar una integridad que le es imposible a ambos, permanece la encrucijada de la que no puede rehuir  quien cree en la libertad del individuo. No queda otra alternativa que recurrir a un estudio de tipo compositivo, que admita la primacía del orden jurídico y moral sobre todos los demás, que comprenda la relevancia del hecho político, de conceptos tan importantes como son el de autoridad y el de potestad, o que sepa distinguir, conociendo la naturaleza de ambos, entre Gobierno y Estado, entre lo común y la mera estructura de dominación impersonal y teleológica, sostenida sobre la moral redistributiva. La complejidad de esta disyuntiva debe motivar las más severas reflexiones, evitando dejarse llevar por la autocomplacencia del oportunista, o del radical, del utópico o del ingenuo que todos llevamos en nuestro interior con mayor o menor intensidad.

Cada “empleo verde” que crea Italia destruye 4,8 puestos de trabajo

Un nuevo estudio ratifica el fiasco de las energías verdes. En este caso, el Instituto Bruno Leoni ha elaborado recientemente un informe sobre el impacto de las subvenciones públicas al sector de la energía eólica y solar en Italia, tomando como referencia el estudio sobre empleos verdes realizado por la Universidad Rey Juan Carlos y los analistas del Instituto Juan de Mariana en España. Y los resultados son aún peores que los registrados para el caso español.

Los investigadores Carlo Stagnaro y Luciano Lavecchia demuestran que cada “empleo verde” que se crea en Italia destruye 6,9 puestos de trabajo en la industria del país y 4,8 en el conjunto de la economía. De este modo, supera a los nefastos resultados obtenidos en España: cada “empleo verde” español ha precisado subvenciones por valor de 571.138 euros desde el año 2000, de modo que por cada trabajo creado en las renovables se ha destruido un promedio de 2,2 empleos en el resto de la economía española.

El estudio toma como referencia el volumen de subvenciones verdes estimado por el Gobierno italiano hasta 2020, en cumplimiento de la agenda impuesta por la UE para reducir la emisión de gases de efector invernadero a la atmósfera. Concluye que la inyección de ayudas públicas al sector creará entre 23.700 y 45.100 empleos en el sector eólico, y entre 26.900 y 45.900 en el fotovoltaco para 2020.

El problema, sin embargo, es que el coste público de dicho apoyo será milmillonario. En concreto, los expertos calculan que los contribuyentes italianos aportarán de su bolsillo -vía subvenciones directas- unos 30.800 millones de euros al sector eólico y otros 32.700 millones para el solar.

Como resultado, la creación de cada "empleo verde" en el sector eólico costará entre 464.000 y 1,3 millones de euros, dependiendo de los distintos escenarios observados (menos o mayor peso de las energías renovables en el conjunto del sector). Mientras, en el caso de la energía fotovoltaica, el coste para los contribuyentes oscilará entre los 713.000 y los 1,22 millones de euros por cada trabajo que genere el sector para 2020.

En la actualidad, según las subvenciones inyectadas entre 2005 y 2008, cada empleo verde en el sector de las renovables ha costado de media unos 163.000 euros. Sin embargo, los nuevos compromisos adquiridos por el Ejecutivo italiano para cumplir con la estrategia de la UE contra el cambio climático para 2020 amenaza con disparar el coste de los empleos verdes, al igual que acontece desde hace años en España.

El informe ratifica así los resultados del informe español para esta misma materia, que obtuvo una gran repercusión en EEUU tras la intención de su presidente, Barack Obama, de imitar el modelo energético verde español.

De hecho el fiasco verde español ya es admitido abiertamente por el propio Gobierno y, en especial por el ministro de Industria, Miguel Sebastián, decidido a recortar drásticamente las subvenciones que recibe el sector renovable nacional. Algo que, por cierto, desmonta también la última campaña orquestada desde Greenpeace en defensa de las energías verdes.

El resultado del trabajo italiano podría extenderse igualmente al resto de países que, en cumplimiento de los dictados de Bruselas, apuesten en el futuro por impulsar este tipo de energía mediante ayudas y subvenciones públicas.

Pese a ello, gobiernos y responsables políticos a nivel internacional aún insisten en las ventajas de la energía verde a la hora de crear empleos que, en realidad, son artificiales, según demuestran los citados estudios.

Es, por ejemplo, el caso del secretario general de la OCDE, Ángel Gurría, al subrayar este mismo martes que las "políticas verdes", además de reducir el impacto medioambiental de las actividades humanas, son un factor de crecimiento económico al generar empleos y desarrollar nuevos sectores de negocio.

Gurría lo ilustró señalando que construir edificios respetuosos con el medio ambiente no sólo sirve para disminuir la factura energética de sus ocupantes, sino que da trabajo y favorece la emergencia de un sector importante para el crecimiento en el futuro.

El secretario general del que se conoce como el Club de los países desarrollados subrayó que "los alcaldes tienen un papel muy importante" en el diseño de las políticas ecológicas en la medida en que las dos terceras partes de la energía se consume en las ciudades.

"Necesitamos -afirmó Gurría- el compromiso de todos los países y de todas las ciudades", entre otras cosas para poner en marcha una agenda internacional que venga a suceder al Protocolo de Kioto de limitación de emisiones de gases de efecto invernadero, informa Efe.

Lo que faltaba: ahora los especuladores amenazan nuestro glorioso Estado del Bienestar

A nadie se le debería escapar que unos mismos fenómenos despiertan muy distintas, incluso contrapuestas, interpretaciones. La crisis es un caso que refleja perfectamente este hecho, y la actualidad económica española, en concreto los recortes de gasto público anunciados por Zapatero, nos ofrece un ejemplo que sirve muy bien para ilustrar esta cuestión.

Lo que para unos es la evidente manifestación de la pésima gestión de la política económica de la Administración actual, para otros es la evidente manifestación del peligro y la perversión que representan unos mercados financieros descontrolados. Veamos, paso a paso, el razonamiento que hay detrás de este segundo argumento, sostenido por cierta parte de la izquierda y por no pocos economistas, algunos de ellos considerados de prestigio.

En primer lugar, para éstos el origen de la crisis se encuentra en un sistema financiero y bancario desregulado y libre -gracias a las desregulaciones de la época Reagan y el “ultra-liberalismo” de Alan Greenspan- sin apenas control ni supervisión pública, y animado por la revolución de la nueva ingeniería financiera y los productos financieros sofisticados de Wall Street.

Los agentes en este mercado –if left to themselves– son inherentemente proclives a asumir demasiados riesgos y apalancamiento en un contexto de expectativas optimistas, lo que probablemente sumado a una excesiva ambición y avaricia, da lugar a la fase de auge del ciclo: exuberancia irracional, burbujas, etc. Pero esto llega a su fin tan pronto como llega la desconfianza y se instala el pesimismo en los agentes, lo que puede llevar a colapsos, pánicos y, en definitiva, crisis. Así se manifestaba recientemente Nouriel Roubini.

En segundo lugar, los descalabros producidos por los mercados financieros y Wall Street conducen a serios problemas que ponen en serio peligro al sistema bancario, lo que afecta al crédito, puede poner en peligro los ahorros de los ciudadanos y, por tanto, afecta a la economía real y a la gente de Main Street. Por ello, al gobierno no le queda otra y se ve obligado a salir en rescate a la banca para ayudar al ciudadano medio, lo que inevitablemente genera aumentos importantes en el déficit y la deuda pública.

En tercer lugar, los beneficiados de esos rescates (banqueros, inversores, especuladores…) muestran su verdadera cara y maliciosamente se vuelven contra los gobiernos y el déficit, lanzando ataques especulativos (la retórica usada no es casual ni elegida al azar), ya sea contra la deuda soberana, los mercados bursátiles o la moneda de un país o conjunto de países (Zonaeuro).

Como consecuencia, se produce un aumento notable del coste de financiación de la deuda de estos países que han sido atacados (disparando los tipos de interés a niveles nada “razonables”), lo que pone contra las cuerdas a los gobiernos y las cuentas públicas, deterioradas precisamente por culpa de quienes ahora les están atacando. A medida que aumenta la presión de los mercados internacionales, los gobiernos deben acceder a reducir el déficit y los “derechos sociales”. Y así es como los mercados y especuladores acaban poniendo de rodillas a los gobiernos, amenazando nuestro glorioso Estado del Bienestar, progreso social y calidad de vida.

Al margen de ciertas inconsistencias, incoherencias y non sequitur en este análisis, la clave descansa en el primer punto: asumir que es la libertad económica la que genera los ciclos como el actual. Por el contrario, lo que otros autores han sostenido, y lo que parece más sensato pensar a la luz de la evidencia empírica y la teoría (o cierta teoría), es que es precisamente la intervención pública en muy diversos ámbitos, pero especialmente en el sistema monetario y bancario, la que genera estos ciclos. Las razones que explican la actual crisis, desde este enfoque, ya han sido suficientemente explicadas, además de respondidas las tesis intervencionistas.

Pero hay mucho más que añadir a la crítica del razonamiento anterior. Primero, los rescates públicos a la banca no eran inevitables, y existían otras alternativas, como han propuesto Rallo y Rodríguez Braun en “Una crisis y cinco errores”, o Philipp Bagus. Segundo, resulta poco serio hablar de “ataques” especulativos: si éste fuera el caso, debiera probarse. Más bien, parece que los inversores huyen de lo que consideran más arriesgado, y descuentan con bastante acierto la realidad oculta para muchos.

Para los defensores de las tesis anteriores, parecería que los problemas fiscales y de insolvencia de España son sólo fruto de la actividad de esos especuladores. Un tentador chivo expiatorio para justificar un déficit público disparado, un gobierno incompetente, y un Estado del Bienestar difícilmente sostenible. Como afirma Philipp Bagus en un reciente artículo, “la crisis, con su brutal incremento en la deuda pública, es un salto adelante hacia el inevitable colapso del Estado del Bienestar”.

En suma, no parece aceptable la conclusión de que los mercados financieros libres y la especulación estén amenazando nuestra calidad de vida. Más bien son los gobiernos y sus acólitos quienes actúan más irresponsablemente, suponiendo la mayoría de las veces un lastre para el progreso económico y el aumento en la calidad de vida. Puede que durante años este lastre fuera camuflado y escondido por la “economía de la burbuja”. Pero eso ya acabó.

Morales o el bufón que sueña con ser un líder

…se prodiga en declaraciones absurdas, acusaciones surrealistas y llamamientos grandilocuentes. A pesar de tratarse de un “segundón” mantenido que ha entregado el mando real de su país al mandatario venezolano, sueña con ser un líder de primera fila con capacidad de imponer sus caprichos tanto a nivel regional como global. Recordemos que entre sus “genialidades” figura la convocatoria (no secundada por nadie) de un referéndum a nivel mundial contra el capitalismo y sobre el cambio climático.

Morales –que se permite amenazar a los empresarios extranjeros que apoyen a los partidos de la oposición y que va denunciando supuestos golpes de estado orquestados por fuerzas políticas españolas mucho más democráticas que él– acusa ahora a la Unión Europea de “dividir” a los andinos a través del libre comercio. En sus delirios de grandeza, parece no poder aceptar de buena gana que la UE, Perú y Colombia firmen unos acuerdos que tanto él como el ecuatoriano Rafael Correa no querían suscribir.

Aunque el mandatario boliviano centra su queja en la Unión Europea, con quien realmente está molesto es con sus pares peruano, Alan García, y colombiano, Álvaro Uribe. Al firmar el acuerdo de libre comercio, ambos han mostrado una vez más que los suyos son dos de los países más independientes de Iberoamérica. Perú y Colombia no están, por fortuna, sometidos al populismo liberticida dirigido por Hugo Chávez desde Caracas. Ni tampoco al indigenismo cutre y empobrecedor de Morales, deudor del ex militar golpista venezolano. García y Uribe no dividen, tan sólo apuestan por una vía que conduce a una mayor prosperidad.

Evo Morales parece soñar con ser un líder mundial de primer orden. Peor, en demasiadas ocasiones actúa como si creyera que lo es. Hugo Chávez y los hermanos Castro alimentan las  fantasías del cocalero. Es un bufón muy útil para sus planes de dominio continental. Le dejan –incluso le animan a que lo haga– convocar referendos mundiales, proclamarse líder espiritual de América en una ruinas precolombinas, llamar a desconvocar cumbres mundiales o convocar las suyas propias. El presidente boliviano parece feliz con todo eso y, a cambio de poder imaginar ser lo que no es, cede a todo lo que se le ordena o se le pide desde Caracas y La Habana.

¡Por fin el clima está cambiando!

El cambio al que me refiero es el del clima del debate científico sobre el cambio climático. La confirmación de esta realidad que flotaba en el ambiente desde el estallido del Climategate se ha producido durante la Cuarta Conferencia Internacional sobre Cambio Climático organizada por el Heartland Institute (y copatrocinada por el Instituto Juan de Mariana) entre el 16 y el 18 de mayo en Chicago.

Esta cumbre climática es considerada la cumbre de los académicos escépticos sobre las teorías catastrofistas del calentamiento global del planeta debido a las emisiones humanas de CO2. La mayoría de los más de 70 científicos y economistas que participaron en esta conferencia prefieren el calificativo de "realistas" frente a lo que consideran el alarmismo de Naciones Unidas y su Panel Intergubernamental de Cambio Climático.

La conferencia de Heartland tiene otras dos características. Por un lado se trata de una cumbre no-gubernamental y por el otro no había tenido hasta ahora la participación de científicos que crean fervientemente en la teoría de un peligroso calentamiento global provocado por el hombre. Desde que tuviera lugar la primera edición de esta conferencia, la organización ha invitado a los científicos más destacados del lado alarmista y a personalidades como Al Gore o al también Premio Nobel y secretario de estado de Energía, Steven Chu. La respuesta siempre había sido la misma: silencio y desprecio.

Sin embargo, en esta cuarta edición un pequeño grupo de científicos que creen en la teoría del calentamiento global antropogénigo aceptaron la invitación. Uno de ellos, Scott Denning, tuvo la valentía de preparar una presentación en la que apuntaba al CO2 como el responsable del calentamiento global en contra de la opinión de una marea de científicos que asistieron al evento desde todos los continentes. Por primera vez en mucho tiempo se pudo asistir a un debate serio entre científicos de primer nivel que se respetan desde sus contrapuestas visiones de esta compleja materia.

La ponencia de Denning, que llevaba por título La conexión entre el dióxido de carbono y el cambio climático, contrastaba fuertemente con las otras dos de su panel a cargo de dos importantes climatólogos como son William Gray y Howard Hayden, que defendieron respectivamente "la aplastante preponderancia del cambio climático natural sobre cualquier cosa que pueda provocar el incremento del CO2" y "la existencia de un techo a la sensibilidad climática que desmiente la mayoría de las tesis y pronósticos catastrofistas".

Lo que se vivió en Chicago fue el principio del restablecimiento de un clima científico que llevaba años anulado por culpa de la nefasta influencia del activismo ecologista y de la (agenda) política sobre el debate científico y económico relativo al cambio climático. El público agradeció calurosamente la presencia de Denning y participó activamente en un interesante y respetuoso debate, dejando en evidencia una vez más la macabra acusación de negacionismo fabricado por el movimiento radical ecologista y seguido por la prensa amarilla (incluida casi toda la española).

Scott Denning, por su parte, solicitó una segunda oportunidad para hablar al público que le fue concedida por la organización durante el acto de clausura. Sus palabras comenzaron con un agradecimiento a los responsables de la conferencia por haberle invitado y continuó afirmando que tenía "que decir que he aprendido mucho aquí" y continuó afirmando que sentía realmente que era una gran pena que tantos miembros de la comunidad científica no hubieran aceptado la invitación ni lo hayan hecho en el pasado. El climatólogo de la Universidad de Colorado concluyó deseando que esta situación cambie en el futuro y aseguró estar convencido, tras escuchar a los científicos críticos, que "es mucho más lo que tenemos en común que lo que nos diferencia".

Si escuchar a los científicos escépticos con el alarmismo fue importante para Denning, no menos fue para el resto de los asistentes escuchar las teorías de Denning y verle debatir con sus críticos. Las corrientes científicas aisladas tienden a la endogamia y a defender la validez de teorías débiles. Esto ha ocurrido de manera notoria entre los científicos oficialistas y llegó a su clímax en el Climate Research Unit de la Universidad de East Anglia. Pero en alguna medida ocurre también entre los académicos a los que suele calificarse de escépticos. Por eso, la asistencia de Scott Denning a la Cuarta Conferencia Internacional sobre Cambio Climático ha supuesto todo un cambio climático.

Los que no cambian son los grandes medios y agencias de prensa españoles que fueron invitados por la organización pero declinaron cubrir el acto e incluso contestaron despectivamente a la organización. Quizá algún día el cambio del clima científico termine desecando su demanda de noticias científicas por parte del público.

Gabriel Calzada Álvarez es doctor en Economía y presidente del Instituto Juan de Mariana

Zetapé y los Estafoides

En los dos últimos años se ha escenificado en el gran teatro de la vanidad intelectual un gigantesco drama en dos actos en el que unos desalmados han resucitado al barón Keynes, tiempo ha un indocumentado aristócrata británico, lo han paseado como un zombi hasta que, muerto como está, se ha vuelto a la tumba por su propio pie. Pero el drama sigue en la mitad del segundo acto. Los desalmados perseveran en su empeño aplicando descargas eléctricas al cadáver descompuesto con la vana esperanza de que se levante de nuevo y, esta vez sí, haga lo que ellos creen que es capaz de hacer.

Hace sólo dos años, cuando la Bolsa se preparaba para el shock lehmaniano y era obvio que íbamos directos al precipicio, los pirracas de guardia desempolvaron apresuradamente su manualillo para situaciones de emergencia y, contra el sentido común más elemental, nos dijeron que la crisis se combate gastando más, imprimiendo dinero y enfocando el tema de un modo optimista porque el secreto de la economía reside en esos instintos animales que nos son innatos. Además, como han falseado la historia, se apuntan un éxito que no lo fue, el del New Deal rooseveltiano, un programa gubernamental que multiplicó por diez los efectos del crack del 29 transformando un ajuste de un año en una interminable y costosísima depresión.

En España, donde el traje de espada de Roma y martillo de herejes nos viene que ni al pelo, los que mandan coronaron a Frankenstein como rey de la economía, desenvainaron el cuchillo de trinchar pavos y aplicaron con denuedo las instrucciones del manual. Cuando todo el mundo ahorraba, ellos gastaban; cuando la banca restringió el crédito, ellos hicieron lo imposible por expandirlo; cuando el tejido productivo empezó a sanearse purgando sus células muertas, ellos lo infectaron con ruinosos proyectos de inversión en los que se dilapidó un capital precioso con el que ahora, por ejemplo, podrían atenderse ciertos y urgentísimos vencimientos de deuda.

Una inmensa y premeditada estafa realizada sobre la espalda del contribuyente, un innoble espectáculo, una movida contracultural en la que el solista principal, Zetapé, y su orquesta de acompañamiento, los Estafoides, nos han levantado la cartera y se disponen a limpiarnos la tarjeta en el primer cajero que se encuentren. Cuando lo consumen –el robo, quiero decir– harán lo que Ramoncín en sus lluviosos tiempos dorados y seguirán a lo suyo, aporreando la guitarra hasta que nos hagamos a una tonadilla que en Argentina llevan medio siglo tarareando.