Ir al contenido principal

Preferencia por la liquidez y tipos de interés: la auténtica relación

Resulta bastante evidente que John Maynard Keynes hizo un gran trabajo a la hora de demoler todo el saber convencional de la economía clásica y de sustituirlo por un conjunto de errores, prejuicios y tergiversaciones que se consideraban archirrefutados.

Uno de los misiles más peligrosos que lanzó Keynes contra la línea de flotación de lo que en ese momento se consideraba la “economía ortodoxa” fue su nueva teoría de los tipos de interés. Desde Böhm-Bawerk a Irving Fisher, la teoría del tipo de interés había ido robusteciéndose sobre la base del concepto de preferencia temporal: se forjó un auténtico consenso en torno a la idea de que el interés podía explicarse por causas “reales”… hasta que llegó Keynes y lo desbarajustó todo. En palabras de José Antonio de Aguirre: “Cuando aparece la Teoría General de Keynes en 1936, la doctrina generalmente aceptada era que la tasa de interés nacía de la interacción entre la tasa de preferencia temporal subjetiva y la productividad objetiva de las distintas opciones de inversión. Es decir, el planteamiento de Fisher hijo directo del de Böhm-Bawerk”.

En esencia, Keynes vino a sostener que el tipo de interés era un fenómeno puramente monetario, determinado por la oferta y la demanda de dinero; a saber, la idea tan repetida aún hoy de que el tipo de interés es el precio del dinero: “el tipo de interés es en cada momento una medida de la disposición de quienes poseen dinero a ceder el control de su liquidez; es decir, la recompensa por ceder esa liquidez”. En opinión del inglés, los economistas habían errado estrepitosamente al considerar que el interés era una recompensa por no gastar, cuando en realidad es una recompensa “por no atesorar”; dado que los agentes prefieren tener sus ahorros en forma líquida (“preferencia por la liquidez”), el tipo de interés sería el precio que motivaría a quienes atesoran dinero a desprenderse de esa liquidez.

Claro que con esta misma lógica podríamos negar que el precio de los bienes de consumo depende de su utilidad marginal y atribuirlo también a la preferencia por la liquidez: a mayor preferencia por la liquidez, mayor cantidad de bienes de consumo deberán entregarse para que la gente renuncie a su dinero, es decir, más bajos deberán ser los precios.

En realidad, lo que Keynes intuyó, sin ser capaz de comprenderlo, es que tener dinero atesorado no es una actividad estéril: “el dinero es tan productivo como cualquier otro activo, y es productivo exactamente en el mismo sentido”, explicaba William Hutt. Es cierto que el atesoramiento no proporciona una rentabilidad explícita, pero sí genera un rendimiento implícito para su tenedor: reduce el riesgo o de tener que liquidar con pérdidas sus planes empresariales o de no poder completarlos por la imposibilidad de acceder a los bienes económicos que necesita en cada momento.

El dinero atesorado permite hacer frente a pagos imprevistos o compensar cobros previstos que no llegan a producirse. Cuanto más inciertos sean los flujos de caja futuros de un agente económico, más útil le resultará tener efectivo atesorado y, por tanto, mayores contrapartidas exigirá para desprenderse de esos fondos: exactamente lo mismo que sucede cuando la utilidad de los tomates aumenta y los vendedores exigen (o los compradores están dispuestos a abonar) precios mayores por ellos. Sigue siendo la utilidad del dinero la que determina frente a la utilidad del resto de bienes la que determina sus diversos precios de mercado.

Ahora bien, fijémonos que la demanda de dinero –el atesoramiento– implica siempre una demanda por otros bienes presentes: por un lado, quien atesora dinero quiere asegurarse que no perderá el control de bienes presentes que ya posee o que podrá acceder a los bienes presentes que va a necesitar; por otro, quien pide prestado dinero lo hace necesariamente para poder disponer de otros bienes presentes a adquirir con esos fondos (nadie se endeuda para mantener su dinero atesorado). Es decir, es justamente la oferta y la demanda de bienes presentes lo que determina el tipo de interés; oferta y demanda de bienes presentes que viene determinada por la preferencia temporal, tal y como sostenían Böhm-Bawerk y Fisher. Al final, el tipo de interés responde a la pregunta de cuántos bienes futuros me tienen que entregar (o tengo que entregar) para renunciar (o acceder) a la disponibilidad de bienes presentes.

De hecho, como acertadamente apuntaba Henry Hazlitt en ese magnífico libro de Los errores de la nueva economía, si los tipos de interés vinieran determinados por la preferencia por la liquidez, éstos deberían ser mínimos en los momentos de expansión crediticia –cuando todos los agentes degradan su liquidez– y máximos en los momentos de depresión –cuando todos los agentes tratan de reconstruirla–, pero la historia nos muestra que justamente lo contrario es cierto. Basta observar en la presente crisis: desde 2003 a 2007 (fase de auge) los tipos de interés fueron crecientes y desde 2008 hasta la actualidad (fase de depresión) han sido decrecientes.

El motivo, volviendo a las teorías reales del interés, debería resultar evidente: en las fases de auge artificial, todo el mundo quiere acceder al control de bienes presentes (bienes de consumo y bienes de inversión), lo que dispara la demanda de crédito y los tipos de interés (los agentes están dispuestos a entregar muchos bienes futuros a cambio de disponer de bienes presentes). En la fase de depresión, sin embargo, los agentes comienzan a amortizar sus deudas liquidando y reestructurando su patrimonio, es decir, renuncian a la posesión de bienes presentes para reducir su carga de bienes futuros y por ello los tipos de interés se reducen a mínimos históricos.

Para el análisis keynesiano, sin duda resulta paradójico que cuando los bancos mantienen sus reservas de caja en mínimos (escasa preferencia por la liquidez) los tipos de interés sean crecientes y que cuando, como ahora, están sentados sobre una montaña de caja “ociosa” (elevada preferencia por la liquidez) los tipos de interés sean decrecientes. Paradoja que resuelven de mala manera recurriendo a toda una serie de excusas bastante inexactas como que “los tipos reales son altos” o que los tipos de interés de mercado no son realmente de mercado porque nadie está dispuesto a prestar a cambio de ellos.

En verdad, tal y como hemos explicado, es todo mucho más sencillo: los tipos de interés son un fenómeno real –el precio de los bienes presentes en términos de bienes futuros– y en las fases de depresión los agentes ni demandan bienes de consumo ni bienes de inversión, sólo buscan restablecer un balance perdido entre los bienes de que disponen hoy y los bienes de que, tras cumplir con sus enormes compromisos, podrán disponer mañana.

Lo cual, claro, debería llevar a los keynesianos a plantearse a qué han estado jugando durante décadas cuando manipulaban la expresión monetaria de esos tipos de interés reales mediante las expansiones crediticias de los bancos centrales. A saber, si nadie está ahorrando más y no hay más bienes presentes que puedan ser dispuestos e invertidos en la economía, ¿no caeremos en un proceso inflacionista de malas inversiones generalizadas si los tipos de interés son fruto de una creación de un crédito desligado de cualquier base real? Sí, bienvenidos a la teoría austriaca del ciclo económico.

Internet, cada vez menos libre

Sostenía en 2006 que ocurría precisamente eso, que en dicha jornada "no había nada que celebrar, sólo que condenar: la falta de libertad en internet". Por desgracia, y sin que resulte sorprendente, todo sigue igual. En aquel entonces hablé de la situación de la red en lugares como Cuba, Egipto o China. En la actualidad podría decir justo mismo. En esos países, y en otros, se mantiene la censura, las prohibiciones y los ciberdisidentes en prisión.

A pesar de ello, el resto del mundo sigue celebrando el Día Mundial de internet. Al menos, eso sí, ahora hay quien aprovecha la fecha para denunciar la represión de la libertad online practicada por muchos gobiernos. Entre los denunciantes tiene un lugar destacado Reporteros Sin Fronteras, que recordaba su informe anual sobre la cuestión presentado unos días antes. En el resumen se desenmascara a los gobiernos que ejercen un mayor control sobre la red. No sorprende que, como siempre, estén entre ellos los regímenes comunistas que siguen existiendo en la actualidad (Cuba, China, Vietnam, Corea del Norte o Birmania, país bajo el control de una junta militar marxista) y una buena parte de ejecutivos de países musulmanes (nada extraño si se tiene en cuenta que la mayor parte de estas naciones están sometidas a dictaduras).

Reporteros Sin Fronteras denuncia otra amenaza a la libertad de expresión en la red de la que sabemos mucho en España: las leyes que se aprueban con la excusa de proteger la propiedad intelectual. Es cierto que esto no crea situaciones tan dramáticas para los ciudadanos como la represión de las dictaduras, pero también impone recortes que deberían resultar intolerables en un sistema democrático. Denuncia RSF otro fenómeno más: las leyes abusivas con motivo de la lucha (combate, por otra parte legítimo y necesario) contra la pornografía infantil.

Efectivamente, en estos cuatro años internet dista mucho de haberse vuelto más libre. Mientras las dictaduras siguen reprimiendo a los internautas con todo tipo de censuras, controles, prohibiciones y penas de cárcel, en las democracias no paran de crecer los controles sin ningún tipo de garantías para los ciudadanos. Esto ocurre bien para combatir, eligiendo la vía equivocada, fenómenos terribles como la pornografía infantil, bien para proteger los privilegios de sectores concretos de la sociedad especialmente mimados por los políticos.

En 2010, como en 2006, no había nada que celebrar durante el Día Mundial de internet.

Antonio José Chinchetru es autor de Sobre la Red 2.0.

ZP es un caballero Jedi

Y vaya si lo trae, como que se carga a todos sus colegas de trabajo. A nivel político y económico, tal vez acabamos de asistir a lo mismo.

Me explicaré. La semana pasada el presidente del Gobierno, José Luis Rodriguez Zapatero, anunció una serie de medidas sorprendentes que significan recortes de derechos sociales importantes (rebaja del sueldo de los funcionarios, congelación de las pensiones, reducción de los gastos farmacéuticos, etc.). Evidentemente, todos nos preguntamos: ¿y por qué este hombre no ha empezado con los gastos pueriles? Por ejemplo, el Gobierno acaba de tirar 74 millones de euros en la Expo de Shanghai. Eliminar el dineral regalado a sindicatos y políticos reduciría el gasto en 20.400 millones de euros. El mismo día del anunciado recorte, la administración tiró otro dineral a la danza, la lírica y la música. Al día siguiente regaló 270 millones de euros a payasos (los de verdad, no los del parlamento), a domadores y a mineros.

Así como en una empresa la forma más rápida de reducir coste es eliminar personal, ZP ha aplicado lo mismo; medidas que de entrada son inmediatas y fáciles de tomar unilateralmente. El Gobierno necesita dinero ya, ahora. No tiene tiempo para hacer un plan racional ni ordenado. La situación es muy grave. Si esto no da los resultados deseados –que no los dará–, el segundo paso es subir impuestos. Cosa que ya han insinuado y harán sin duda. Si tampoco resulta, entraremos en la fase tres: recortes en la sanidad. Ya se pueden ir concienciando, el copago en la Seguridad Social vendrá tarde o temprano. Por ahí se va una cantidad inimaginable de dinero y es una medida rápida de aplicar.

De hecho, el Gobierno ha afirmado de forma tajante que no tocará educación ni sanidad. Lo ha dicho con la misma contundencia con la que afirmó que no estábamos en crisis hace un par de años, que lograríamos el pleno empleo, o que no tocaría ningún derecho social hace un par de semanas. Una de las diez leyes del liberalismo es que si el Gobierno dice algo, hará lo contrario.

Zapatero, al igual que Obama, son como el joven Anakin Skywalker. Son tipos a los que el ciudadano votó porque tenían que traer el equilibrio a la fuerza, al estado del bienestar. Por el contrario, serán quienes lo dinamiten. Están haciendo el trabajo sucio al liberalismo con el consentimiento de sus mayores detractores: conservadores y socialistas.

Estos meses vamos a ser sufridos espectadores (pero que muy sufridos) de cómo evolucionará el experimento de ZP. Los sindicatos ya han dicho que aplazan la huelga general y que posponen la de funcionarios. No saben qué hacer. Los actores, lobby del movimiento zapateril donde los haya, no han dicho ni "mu". Si estas medidas las hubiera tomado Aznar… en fin, ya se pueden imaginar lo que habría pasado.

Ahora que el Gobierno y los políticos se han quitado la careta, podemos contemplar su auténtico rostro. Nos hemos de preguntar: ¿por qué pagar tantísimos impuestos si prácticamente no recibimos nada? Sólo unos oligarcas políticos, lobbies sociales y económicos se enriquecen con lo que pagamos. ¿Por qué pagar forzosamente una jubilación si el Gobierno la recorta cuando le viene en gana y las expectativas de cobrarla se reducen día a día? ¿Por qué pagar elevadísimos impuestos a la sanidad, si al final la vamos a tener que sufragar por partida doble con el copago, o triple mediante mutuas para ahorrarnos las colas? ¿Por qué pagar impuestos sobre la educación, si lo primero que están haciendo algunos ayuntamientos es reducir esta partida? ¿Por qué confiar en los políticos cuando se aprovechan de sus privilegios, roban como nadie, despilfarran y sus mentiras podrían entrar en el Guinness?

Cuando los socialistas de todos los partidos hayan minado la confianza del clásico pijo-progre adicto a series yanquis, telediarios manipulados y programas basura (la clase media de este país), y por fin vea que el idílico sueño del socialismo no es más que una pesadilla de represión, robo y tiranía, a los liberales nos quedará el camino fácil. Proclamar que la mayor minoría es el individuo y no grupos sociales que sólo saben cobrar subvenciones. Que esta minoría no necesita la autoritaria vara del Estado; y que el mejor Gobierno es el que menos gobierna. Y mientras este radical cambio de mentalidad llegue, vaya preparando el bolsillo. La transición va a ser muy dura para todos.

Colombia: la sociedad civilizada frente a la demagogia y el populismo

Las Elecciones Presidenciales 2010 en Colombia serán cruciales para dilucidar si la sociedad civilizada sigue extendiéndose por el país andino o, por el contrario, si cae presa de la demagogia del comunismo bolivariano o del populismo, que tan frecuentemente destruyen la creación de riqueza en Sudamérica.

Hace tiempo que analizamos la necesidad de Apoyo Internacional a Colombia para que las raíces del desarrollo socioeconómico se asentasen en la democracia parlamentaria de un país esplendoroso por sus recursos naturales y, por el carácter alegre, vital y emprendedor de sus gentes.

En el siglo XVIII, Adam Smith, máximo exponente de la escuela escocesa de economía, ya señaló las directrices para lograr La Riqueza de las Naciones. Y, en estos momentos, cualquier visitante puede comprobar como, el presidente Álvaro Uribe ha garantizado la seguridad exterior frente a la amenaza totalitaria de la dictadura comunista de Hugo Chávez, la seguridad interior frente al narcoterrorismo de las FARC, y la seguridad jurídica con tribunales independientes que proporcionan certidumbre a los inversores y a los ciudadanos mediante la protección de las propiedades y de la libertad de elegir.

En los últimos años, las infraestructuras han mejorado indudablemente con pueblos, presas, centrales de energía, carreteras o autopistas de peaje protegidas por el ejército colombiano, que alejan las acciones narcoterroristas a los rincones más inhóspitos de las fronteras con Ecuador y Venezuela y, que permiten garantizar las comunicaciones entre las principales ciudades, haciendo avanzar la civilización frente a la anarquía de los grupos armados.

La política de seguridad democrática es lo mínimo que debe garantizar un Estado de Derecho, digno de tal nombre, ya que permite que se puedan ejercer las libertades individuales, el derecho de propiedad, el cumplimiento de los contratos y, por supuesto, también consigue que se asienten los servicios de salud con clínicas y hospitales que alcancen a la mayoría de la población y, logra que existan servicios de educación con colegios y universidades que ofrecen la oportunidad de progresar a los ciudadanos con su esfuerzo, mérito y capacidad, sin quedar sometidos a los caprichos de las acciones de sabotaje terrorista.

Los fundamentos del crecimiento económico han enraizado en Colombia y permiten que la mayoría de la población tenga oportunidades de emprender. Cualquier visitante puede comprobar como el progreso socioeconómico está avanzando en Colombia y, como la seguridad permite que exista un incremento medio anual del PIB del 4 % en los últimos 10 años, con una prosperidad socioeconómica que queda reflejada en su liderazgo en exportaciones a los demás países andinos.

Lamentablemente, todavía queda mucho esfuerzo que realizar, y la existencia de grandes bolsas de pobreza en las grandes urbes, permite que la demagogia y el populismo consigan muchos votos en ciudades como Bogotá (9 millones de habitantes), Cali (3,5 millones), Medellín (2,5 millones) o Cartagena (1,5 millones). El principal desafío del próximo Gobierno debería ser mejorar las infraestructuras en los asentamientos urbanos donde residen los “desplazados”. Comúnmente se denominan “invasiones” y, agrupan a miles de emigrantes que abandonaron el campo y se dirigieron a la ciudad, para escapar de los caprichos de la violencia y disfrutar de mayor seguridad, lo que les permite seguir una vida normal sin tener que preocuparse de que un grupo terrorista les haga “desaparecer”.

Sin duda, las Elecciones Presidenciales 2010 son esenciales para el sostenimiento de un Estado de Derecho en Colombia, de modo que se protejan eficientemente la propiedad privada y las libertades de los ciudadanos. Y son cruciales para aportar una referencia democrática que ayude a proporcionar estabilidad geopolítica a la región andina, y que siga generando progreso socioeconómico frente a la ruina y decadencia de Venezuela.

Los ciudadanos colombianos deben ser cautos y recordar la situación de inseguridad que existía hace apenas una década y, desde luego, deben evitar caer en procesos de involución institucional que destruyen la democracia parlamentaria mediante el ataque sistemático de sus pilares fundamentales como la libertad de prensa, la propiedad privada, las elecciones libres, la separación de poderes o la independencia judicial.

Cuando se acerquen a las urnas para depositar su voto, deben evitar los candidatos que estén vinculados a partidos políticos que defiendan utopías o experimentos sociales “colectivistas” y deben ser prudentes, ya que el posible éxito electoral de un político demagogo y populista puede llevar a que Colombia quede nuevamente presa de la inseguridad narcoterrorista o peor, quede secuestrada por el totalitarismo del presidente venezolano Hugo Chávez que, con la ayuda de su Alternativa Bolivariana y sus petrodólares, ya ha logrado ampliar la revolución comunista a otros países andinos como Ecuador y Bolivia.

LEER MÁS

Finanzas, producción y dirección económica

Es común criticar ciertas transacciones financieras porque "no tienen un objetivo social útil", porque "no proporcionan capital para crear empleos, ni para financiar la investigación, ni para construir factorías", en definitiva porque "no contribuyen a la capacidad productiva de la economía".

Lo de la falta de utilidad social es una necedad demagógica que parece sugerir que nada está justificado a menos que beneficie a toda la sociedad en su conjunto. Conviene recordar que si dos partes participan libremente en una transacción es porque ambas creen que resultará beneficiosa (y el resto del mundo, aunque a muchos les guste interferir en asuntos ajenos, no pinta nada a menos que demuestre una agresión o externalidad negativa).

Resulta más preocupante en un analista financiero que no entienda que el desarrollo económico no depende solamente de la mayor disponibilidad de capital (resultado de la producción y el ahorro previos), sino que resulta crucial decidir a qué elementos de la estructura productiva asignar ese capital. No se trata sólo de trabajar más y tener más herramientas y más energía, sino de utilizar todo eso de manera inteligente para satisfacer lo mejor posible las preferencias de las personas (y no las de ahora, sino las del futuro, que aún no se conocen). No se trata sólo de que el motor del coche sea muy potente y que el depósito esté lleno de gasolina, sino de que la dirección nos lleve donde queremos ir.

La dirección centralizada de la actividad económica es imposible e intentarla sólo puede llevar al desastre. Sí son posibles planes empresariales parciales coordinados por precios de mercado y mecanismos de beneficios y pérdidas (es decir sin garantías de éxito). Estos planes empresariales pueden suscitar diversas opiniones en múltiples actores económicos sobre su conveniencia o posibilidades de éxito, pero la utilización de esta información es problemática: tener una opinión es trivial, lo difícil es que sea acertada, y es necesario establecer los incentivos adecuados para que predominen las opiniones inteligentes y se descarten las poco informadas.

Los presuntos controles democráticos sobre los mercados financieros no funcionan porque los votantes ni tienen los conocimientos requeridos ni los incentivos adecuados para actuar conforme a ellos. La solución es desconfiar de los presuntos expertos de boquilla y pacotilla que dicen a todo el mundo lo que hay que hacer, y exigir a los que quieran dirigir la economía que se mojen, que se jueguen algo, que se conviertan en apostantes: que comuniquen su opinión a través de operaciones de compra y venta (u opciones y otros derivados) en los mercados financieros donde arriesguen su propia riqueza. En este momento el pseudoexperto escurrirá el bulto alegando que él no puede dedicarse a algo tan bajo y ruin como la especulación.

A priori toda operación financiera parece inteligente y conveniente a todos sus participantes, aunque estén en lados opuestos. Pero es absurdo pretender a toro pasado que ciertas operaciones no deberían efectuarse porque acabaron perdiendo dinero o causando problemas. Lo que sí es criticable es que ciertas operaciones estén distorsionadas porque no se hacen en mercados auténticamente libres: algún participante disfruta de garantías implícitas o explícitas de salvamento a costa de otros, se limita la competencia otorgando privilegios a unos pocos, o ciertas regulaciones intervencionistas llevan a los actores a esquivarlas mediante maniobras indirectas y operaciones innecesariamente complejas. En ausencia de mercados de capital donde se respeten los derechos de propiedad y la libertad contractual es difícil saber qué tamaño y nivel de complejidad es el adecuado para el mundo de las finanzas.

Francisco Capella es director del área de Ciencia y Ética del Instituto Juan de Mariana, creador del proyecto Inteligencia y Libertad y escribe regularmente en su bitácora.

Ni Zapatero ni Trichet salvarán a España

Durante décadas hemos podido escuchar que el PIB estadounidense se desplomó un 30% al inicio de la Gran Depresión, que todo el sistema bancario quebró y que el desempleo explotó a tasas del 25%, pero que gracias a las políticas económicas de cuño científico que habían desarrollado desde entonces keynesianos y monetaristas (tanto monta), nunca volveríamos a presenciar una debacle de tal magnitud.

Bueno, pues aquí la tienen: España. Poco nos falta para yacer en esa sima económica que fueron los años 30 en EEUU. Y ello pese a que hemos tenido un presidente del Gobierno keynesiano como pocos y a que el Banco Central Europeo ha acomodado extraordinariamente su política monetaria (ahora monetizando deuda pública española). De no ser por los rescates e intervenciones antikeynesianas que han venido desde Bruselas, probablemente el Estado español ya hubiese quebrado o se encontrara al borde de hacerlo y con él todo nuestro sistema bancario (algunos deberían preguntarse qué tenía de buena la venta de deuda pública a nuestros bancos comerciales).

Quizá todo esto sea indicativo de que cuando no se producen los pertinentes cambios en nuestra estructura productiva, incluyendo los ajustes de los precios relativos, ninguna política pública puede sostener una economía que se niega a funcionar. Llevo años diciendo que el precio de los inmuebles tiene que caer un 40% y los salarios en torno al 10% para que dentro de la economía española puedan volver a aparecer proyectos rentables y competitivos (brotes verdes) que nos permitan amortizar nuestra abultadísima deuda externa y generar empleo.

Lo mismo pasó en los años 30 en Estados Unidos, donde los controles de precios en todos los ámbitos impidieron liquidar las malas inversiones y recolocar los factores productivos hasta que se levantaron después de la II Guerra Mundial. Y en estas situaciones, ni el keynesianismo ni un monetarismo cerril destinado a ampliar el crédito tanto como sea posible (cosa distinta es aquel que pretenda evitar la contracción secundaria) pueden hacer demasiado salvo si es para empeorar las cosas.

¿Por qué, en cambio, Estados Unidos está comenzando a reflotar en la actualidad? Simplemente porque sus precios sí se han ajustado durante esta crisis: los costes laborales se ha reducido en torno al 5% y los inmuebles se han depreciado más de un 30%. No han sido ni Bernanke –especialmente desde comienzos de 2009 cuando se puso a comprar masivamente titulizaciones hipotecarias sin ton ni son– ni tampoco Obama –que ha despilfarrado casi un billón de dólares sin ningún resultado positivo– quienes han permitido purgar, liquidar y reestructurar la economía, sino su propia flexibilidad.

De eso aquí no tenemos demasiado –los inmuebles sólo han caído en torno al 15% y los salarios se mantienen estables gracias a unas constructoras que no quiebran y a unos sindicatos que controlan los sueldos vía negociación colectiva– y sólo nos ha faltado para rematar el desastre nacional que Zapatero primero con su enorme gasto público y Trichet luego mediante la monetización de nuestra deuda, nos hayan concedido un oxígeno carísimo para poder retrasar las imprescindibles reformas que precisamos para ajustar nuestros precios relativos.

Hasta entonces, seguiremos hundidos y ni Keynes ni Friedman, ni Obama ni Bernake, ni Zapatero ni Trichet podrán hacer nada para evitarlo.

Juan Ramón Rallo es jefe de opinión de Libertad Digital, director del Observatorio de Coyuntura Económica del Instituto Juan de Mariana, profesor de economía en la Universidad Rey Juan Carlos y autor de la bitácora Todo un Hombre de Estado. Ha escrito, junto con Carlos Rodríguez Braun, el libro Una crisis y cinco errores donde trata de analizar paso a paso las causas y las consecuencias de la crisis subprime.

Fallo de mercado, oportunidad de negocio

El mercado “falla”. No siempre está a la altura de nuestras expectativas. Vemos ejemplos de ineficiencia por doquier. Un mal servicio en un restaurante, un holgazán detrás del mostrador, un precio excesivamente caro por un producto, una tienda sin clientes, un aparato que no hace lo que dice, un fontanero que no nos arregla bien la cisterna, el coche que se nos avería después de comprarlo o una mala película.

Si el mercado fuera “perfecto” cobraríamos más que nuestro compañero que produce menos, o no echaríamos en falta un servicio que está muy demandado en el barrio pero nadie satisface, o esa empresa que recibe tantas quejas hubiera cambiado ya de gestor.

Los ejemplos concretos de ineficiencias o imperfecciones, de acuerdo con nuestro estándar de lo eficiente o perfecto, no son razones para intervenir el mercado si lo consideramos de forma dinámica en lugar de estática. El mercado es un proceso, una estructura de incentivos que tiende a la eficiencia (palabra clave: tiende). Esto es, las empresas e individuos, en un contexto sin barreras legales de entrada al mercado, tienen incentivos económicos para descubrir ineficiencias (demandas insatisfechas o formas de producción más rentables) y corregirlas.

Cada fallo del mercado, o ineficiencia desde una perspectiva estática, es una oportunidad de negocio desde una perspectiva dinámica. Significa que hay algo que no se está haciendo bien, o que podría hacerse mejor, y aquél que explote esta oportunidad latente antes que los demás se hará con un beneficio extraordinario en el corto plazo.

Así, el hecho de que en un determinado momento haya una empresa que ofrezca un pésimo servicio, o que consideremos que nos está timando, o que se resista al cambio, o que no cubre una determinada necesidad de la gente, no debería llevarnos a concluir que el Estado “tiene que hacer algo”, pues el mercado tiene su propio mecanismo de corrección a medio y largo plazo. Los incentivos económicos del mercado son una mejor garantía de que esa “ineficiencia” va a corregirse con el tiempo que el voluntarismo del Estado, carente de incentivos económicos para encontrar soluciones eficientes, propicio a la incompetencia y al abuso de poder.

Cuando veo, pues, una ineficiencia en el mercado no siento el impulso de criticarlo y exigir la intervención pública. Pienso “alguien puede hacerse muy rico explotando esta oportunidad”, o “esta empresa durará poco”, o “seguro que a alguien se le acaba ocurriendo cómo solventar este problema”, o “espero que el competidor cruja a este incompetente”, o “si nadie está satisfaciendo esa demanda a lo mejor es que no es tan sencillo (y rentable) como parece”.

Hay que darle tiempo al mercado, entenderlo como un proceso dinámico con mecanismos de autocorrección. El intervencionista, impaciente, quiere “hacer algo” de inmediato, obviando que el Estado falla más a menudo y su estructura de incentivos no favorece una tendencia a la autocorrección.

Recientemente me pusieron el ejemplo del coche eléctrico para ilustrar que el mercado no funciona como debería. En este documental se explica como General Motors abandonó el proyecto del coche eléctrico. ¿Ineficiencia del mercado? Varias dudas me asaltan: ¿Es realmente una buena idea? ¿No será más arriesgada y menos rentable de lo que parece?¿Están los consumidores tan interesados como para pagar lo que vale? Si hay una demanda latente o potencial lo bastante alta como para proporcionar ingentes beneficios (considerando los costes de desarrollar el producto), estamos ante una oportunidad de ganancia.

El mercado automovilístico es competitivo, no hay barreras legales de entrada al sector. Si General Motors desaprovecha esta supuesta oportunidad, otros que sí la perciban como tal tienen incentivos para implicarse. Así, por ejemplo, lo afirmaba Patrick Renau, presidente Associación Promotora del Vehículo Eléctrico Volt-Tour: “Otras empresas de fuera del sector automovilístico están aprovechando la opotunidad de negocio que General Motors no quiso aprovechar”. El mecanismo autocorrector del mercado, en marcha.

El capitalismo bien, gracias

Se arrodilló ante el demócrata Hu Hintao y nuestro monamí Sarkozy, que finalmente le coló de rondón. Y eso que la había organizado BelceBush. Aquella reunión, anegada por discursos anticapitalistas de líderes de países capitalistas, iba a ser el nuevo Bretton Woods. Sarkozy dijo que había llegado la hora de "refundar el capitalismo". Y a lo que hemos llegado es a que lo que hay que re-fundar, son los Estados, los Estados sin crédito, como el español.

La izquierda española, la que todavía se duele de la caída del muro, no tuvo pudor en sacar a la luz su rencor histórico por aquella conquista de la libertad y dijo que la crisis, recién estrenada, era la caída del muro del capitalismo. Cuando los pocos muros que se erigen en países capitalistas ¡son para evitar que lleguen en masa quienes migran hacia él como quien va a la tierra prometida! Pero ni muro ni refundación. El capitalismo bien, gracias. Está en plena purga, zafándose de todos los excesos firmados por los presidentes de los bancos centrales. El capitalismo tiende al equilibrio, y un zurriagazo en forma de liquidez y crédito sin respaldo no podía dejarle indiferente. Pero luego vuelve a su ser, liquida todos los malos proyectos y vuelve a enriquecernos a todos, incluso a los más desagradecidos.

Los inversores, que no se dejan engañar por los políticos cuando se trata de su propio dinero, desconfían de la deuda española. Ese hecho ha forzado a Zapatero, ¡a Zapatero!, a hablar a los españoles de la gravedad de la crisis y de la necesidad de hacer recortes. Tal es el poder del capitalismo para repartir buen sentido incluso a quien siente un rechazo visceral hacia la realidad, como nuestro presidente. Ya no se habla de refundar el capitalismo. Se hacen las cuentas, se calcula qué reforma, de todas las convenientes, será la que menos moleste a los electores, y adelante. Al final, lo que quedan son los excesos de la política, el gasto sin medida, y sin más sentido que la compra de votos.

Y, al final, lo que se ha colado por el sumidero de esta crisis no es el capitalismo sino el discurso de la izquierda, que ni entiende de dónde viene la crisis, ni acepta su propia responsabilidad en ella y se ve forzada a desdecirse, como Zapatero, por el peso de la realidad. En contra de lo que se dijo en su momento, esta crisis económica será una crisis, una más, de la izquierda.

El ajuste de la izquierda

…ése que había prometido durante dos años no tocar y ése que había convertido en el estandarte de la vía española o zapaterina para salir de la crisis. Algunos todavía siguen queriendo rebelarse contra una ciencia económica que no entienden, pero en su fracasado intento sólo logran arruinar a naciones enteras. Zapatero y la izquierda son un buen ejemplo: durante mucho tiempo –demasiado– creyeron que el Estado tenía que gastar más de lo que ingresaba (al contrario de lo que empezó a hacer un mucho más prudente sector privado) para relanzar la recuperación; hoy, Zapatero se ha visto obligado a empezar a rectificar y sus corifeos están desconcertados. ¿Es posible que les hubiese mentido durante tanto tiempo sin que ellos se dieran cuenta?

Algunos incluso emplean la coyuntura para implementar su agenda ideológica. No es que estén convencidos de que nos veamos abocados a la quiebra, pero dado que su líder ha dado el pistoletazo de salida para reducir el déficit, aprovechan para hacer aquello que siempre quisieron hacer: subir los impuestos a los ricos y recortar el gasto público al ejército, a la banca y a la Iglesia.

El diario Público despliega este fin de semana sus propuestas para poner corto al déficit, tanto por el lado del gasto como por el de los ingresos fiscales. No voy a entrar a valorar las propuestas concretas –en muchas reducciones del gasto puedo incluso estar de acuerdo– ni la lógica que puedan tener (es absurdo pensar que aumentando los impuestos en medio de la mayor depresión de nuestra historia moderna se logrará un incremento lineal de la recaudación o que el déficit puede solucionarse sin una liberalización enérgica del mercado laboral). Sólo me interesa destacar la incapacidad de una parte muy importante de la izquierda para digerir la realidad y proponer soluciones en consecuencia.

Después de, entre otras cosas, recortar un tercio el presupuesto de Defensa, dejar quebrar a la banca española al suspender el FROB, gravar las loterías, reinstaurar el Impuesto sobre el Patrimonio, aumentar el tramo máximo del IRPF al 50%, eliminar la práctica totalidad de las deducciones a las que se acogen las clases medias, multiplicar por cinco la tributación de las SICAV, aumentar el Impuesto de Sociedades al 35% para las grandes empresas y luchar genéricamente contra el fraude fiscal, sólo esperan reducir el déficit en unos 23.000 millones de euros (el cálculo que hace Público es algo superior, pero se debe a que no suma correctamente).

Bien: ahora recordemos, en 2009 el déficit público de España estuvo en torno a los 110.000 millones de euros. ¿23.000 millones? ¿Eso es todo? ¿Con este ajuste de cuentas, en su doble sentido, concluye la consolidación presupuestaria alternativa de la izquierda? Debería bastar este botón fuertemente ideologizado como muestra de lo poco que nos tiene que ofrecer el socialismo en la salida de esta depresión. Y no entro a juzgar, ya digo, los efectos devastadores que en la actual coyuntura tendría gravar aún más las escasas fuentes de ahorro de que dispone la sociedad española.

Muchos pensaron que la crisis la había causado el libre mercado (en ningún momento se plantearon el papel que jugaron esos monopolios públicos de la emisión de moneda que son los bancos centrales) y automáticamente se ilusionaron creyendo que era la "hora del Estado", de "lo público". Ya hemos visto qué pasa cuando a un mal diagnóstico lo sigue una peor receta. Aunque se nieguen a reconocerlo, la sociedad española no puede permitirse un Estado tan caro como el actual y por ello habrá de realizar un drástico recorte de gasto público, en parte en las partidas que sugiere la izquierda pero también y sobre todo –porque son el grueso del Presupuesto– en otras que son intocables para el dogma socialista. Esperemos que su tozudez no nos lleve a la quiebra a todos; o, al menos, resultaría deseable que quienes nos abocan a la quiebra sean los que soporten el mayor coste de la misma una vez se produzca (por ejemplo, pagando más impuestos en el futuro por el gasto que no han querido recortar hoy para hacer viable el repago de la deuda). En caso contrario, continuarán brotando e implementándose propuestas políticas disparatadas y suicidas, al estar socializándose unas pérdidas de las que ellos, la izquierda, son los responsables.

Solventando la deuda con Margaret Thatcher

El pasado mes de marzo la Fundación para el Análisis y los Estudios Sociales (FAES) otorgaba su Premio Anual de la Libertad a Margaret Thatcher (Primera Ministra británica entre 1979-1990). Un acierto, sin duda alguna. Pocas figuras del mundo político han tenido tanta trascendencia por su pensamiento y por sus hechos durante el siglo XX, con un mensaje dirigido a un destinatario global, que renunciaba al cortoplacismo, descartando deliberada y voluntariamente el relativismo como modus operandi.

Margaret Thatcher, en defensa de la libertad, libró (y salió victoriosa) una batalla sin complejos contra su mayor enemigo durante el siglo XX: el comunismo. La defensa de la libertad y del individuo fue la parte central de su discurso. Ésa es la gran herencia que nos dejó. En consecuencia, las generaciones más jóvenes deberían saber en qué consistió su ideología, con la que primero transformó a su partido y, más tarde, a su país.

En efecto, cuando ganó las primeras elecciones (mayo de 1979), la decadencia moral, económica y política tanto británica como de Europa occidental era evidente. El “consenso de posguerra” (definido por ella en varias ocasiones como “un fraude”) era el principal causante. Éste fue creado por el gobierno laborista de Clement Attlee, aunque lo “perfeccionaron” los propios conservadores para lo cual eliminaron todo componente liberal de sus programas y aceptaron sin crítica alguna el Estado Providencia.

Las consecuencias de este proceder fueron nefastas: bancarrota a todos los niveles del Estado y de la sociedad británica. Ella misma describió así el panorama: lo que estamos viendo en Reino Unido ahora no es una crisis del capitalismo sino del socialismo. El Estado controla la economía restringiendo la libertad sin producir prosperidad. Eso es lo normal en los países comunistas. En comparación con los países comunistas, los occidentales han mostrado que la libertad funciona. Pero en Reino Unido esa libertad está siendo permanentemente amenazada y erosionada. Yo creo que la gente desea tener más libertad de elección en cada uno de los aspectos de su vida: libertad para elegir”.

Por tanto, la primera tarea que tuvo Margaret Thatcher, una vez fue elegida como líder del partido (1975), consistió en cambiar a éste. Tarea complicada y en la que contó con el apoyo doctrinal e intelectual de Keith Joseph (1918-1994). Ambos apostaron por un programa político donde había una serie de premisas innegociables: defensa del libre mercado, importancia de la elección individual y de la responsabilidad, valor de la familia y de la independencia nacional.

Por ello, lo que hizo la Dama de Hierro fue retomar ideas que su partido había defendido en el pasado y de las que se había ido distanciado debido a que el posibilismo, disfrazado de pragmatismo, se apoderó de los sucesivos ejecutivos de Winston Churchill, Anthony Eden, Harold MacMillan, Alec Douglas Home y, sobre todo, de Ted Heath, cuyo gobierno (1970-1974) supuso el principio del fin de un modo de hacer política por parte de los tories. Edward Heath tuvo la opción de cambiar el panorama político y económico británico, aplicando las recetas que luego utilizó Thatcher, pero cedió ante la presión, especialmente de los sindicatos.

La trayectoria política de Margaret Thatcher no presenta fisuras. Más allá de sus tres victorias electorales consecutivas (1979, 1983 y 1987), hay otros hechos que cobran aún mayor trascendencia. Uno de ellos, la influencia sobre su rival político, el Labour Party, quien hubo de cambiar su credo, adaptándolo al marco teórico del Tacherismo. La eliminación de la Cláusula IV fue el gran ejemplo, aunque no el único. Igualmente, durante sus años de gobierno, hubo otro fenómeno que ilustró la veracidad de las tesis manejadas por Thatcher. Nos referimos a la creación del “Essex Man”, esto es, el votante de izquierdas que dio su confianza electoral al partido conservador.

En definitiva, la palabra libertad se presta a que los políticos la empleen de un modo tan retórico, que hace su contenido vacuo. Sin embargo, Margaret Thatcher, le dio un significado real, al mismo tiempo que nos puso sobre la pista de nuevas amenazas que, enumeradas por ella hace 20 años, tienen hoy protagonismo (los Estados fallidos, el terrorismo internacional o el capitalismo de ficción). Para derrotarlas, ella nos dijo tanto lo qué no teníamos que hacer (contemporizar con el enemigo, pues es el primer paso para la derrota) como la estrategia acertada: librar la batalla de las ideas y hacerlo sin complejos, puesto que la superioridad moral de la libertad es algo incuestionable e indiscutible.