Ir al contenido principal

Pacto educativo

Parece que los dos partidos que dominan la escena del complejo Estado español no han llegado a escenificar lo que denominan pacto educativo. Quizá el ministro Gabilondo, apresado por la cercanía de diferentes citas electorales, desde las catalanas de este año hasta las generales de 2012, haya decidido poner distancia con el PP. Y éste, tan contento, porque es difícil atarse a un pacto cuando se espera que el poder le caiga entre los brazos.

Pero lo sorprendente no es que no haya pacto sino negar que ésta ya existe desde hace décadas. Las grandes líneas de gestión educativa de los dos partidos dominantes son realmente calco una de la otra y sólo diferencias de matiz, más coyunturales que de fondo, los separan. La definición de este gran acuerdo existente “de facto” tiene dos niveles. Uno que afecta a la libertad y otro que afecta a la calidad.

En cuanto a libertad de, para, y en la educación ambos partidos son similares. Conciben al gobierno como el gran educador nacional, quien ha de definir los contenidos y hasta el tipo de elección que han de hacer los padres dentro de la uniformidad monopolística. El matiz diferencial sólo afecta a que la derecha admite un grado de elección mayor entre diferentes establecimientos dentro del monopolio estatal. Que deba comprar los mismos zapatos siendo solamente libre de elegir entre zapaterías (y esto dentro de un orden) parece poca libertad o, más bien, una falsa libertad. Cierto es que hay zapaterías mejores y peores, pero el producto varía muy poco. Eso sucede en la educación. Ni siquiera la propensión derechista a subvencionar a los colegios concertados aumenta la diversidad de centros y ni la libertad de los padres .

Para ambos partidos son las autonomías las que, dentro de un marco general en el que están de acuerdo, han de definir parte de los contenidos educativos para pasar así de una subeducación nacional a una subeducación regional. Siendo de un ámbito o de otro, la educación, en régimen de monopolio, sólo puede resultar un servicio de baja calidad y alejado de las verdaderas preferencias de los padres.

Y esta es la tercera afrenta a la libertad. Se concibe a los padres como inválidos morales para responsabilizarse de la educación de los hijos. No hay respuesta creíble a la pregunta de por qué no se deben responsabilizar las familias para atender con sus recursos un servicio como el de la enseñanza. Se difunde, para amagar una respuesta, la idea de que los ciudadanos, sagrados para el voto, puede ser incapaces de pensar en el futuro de sus hijos y ese es un riesgo que no debemos correr dadas las externalidades positivas que conlleva una educación políticamente dirigida.

Lo cierto la preparación para la irresponsabilidad es una especialidad del estado. La practica con bastante éxito al incurrir en políticas con elevado riesgo moral, es decir en fomentar la imprevisión y el “carpe diem”. Ejemplos hay muchos y diversos: pensiones de reparto, para disuadir de la responsabilidad del propio sostenimiento en la vejez; seguros sanitarios que incentivan la imprudencia en el cuidado propio; y políticas inflacionarias que estimulan a empresas, a particulares y, especialmente a funcionarios y políticos, el vivir por encima de las propias posibilidades.

Los adultos-adolescentes, en consecuencia, transmiten la sensación de que tampoco son capaces de ahorrar e invertir en la educación de sus hijos. Razones no les faltan como vemos, pero el origen de esas dudas está en las propias políticas públicas del Estado del Bienestar.

No es que no haya sido posible un pacto educativo, lo cierto es que el consenso básico entorno a cómo aherrojar la educación no ha sido ni superficialmente cuestionado. 

El espíritu de la libertad

(En memoria de Learned Hand)

El espíritu de la libertad es aquél que asume y goza de su propia responsabilidad, que prefiere elegir y equivocarse a recibir directrices externas. Es el que no se ve atado a planes ajenos, por sesudos que éstos sean, puesto que en la vida de cada cual los diseños más importantes son los propios. Este espíritu actúa por derecho y no por permiso.

Aunque no esté siempre seguro de lo que es más idóneo, sabe muy bien lo que no debe hacerse. Su capacidad de actuar tiene ciertos límites que son infranqueables y que no son otra cosa que los derechos individuales y de propiedad del prójimo. Esta fuerza vital, por tanto, pese a ser dinámica y audaz, no puede ser ciega ni despiadada.

El que atiende sus propios intereses acatando aquellos límites está haciendo lo que debe y, por ello, ha de respetarse. Cree firmemente que no existe nada siniestro en arreglar privadamente los asuntos de cada uno para mejorar su suerte. Duda de solidaridades forzadas recurriendo al poder, no así de las recíprocas acciones voluntarias y beneficiosas. Desoye los reproches de los que prefieren no seguir su propio ímpetu de libertad; éstos han elegido su opción de vida y carecen de toda legitimidad para imponérsela a los demás.

El impulso de libertad produce inconformistas que luchan por superar adversidades. Reconoce los riesgos que acechan en el cotidiano vivir, pero su capacidad de innovación y adaptación le permiten afrontarlos confiadamente. Si no fuera así, dejaría de ser humano.

Este espíritu es consciente de que no puede alcanzar, ni alcanzará jamás, el conocimiento completo del mundo. Asume sus propias limitaciones pero descarta la salvadora intervención del esperado para manejar los asuntos de todos. Sabe que de este modo la ignorancia arrogante no atropellará al valioso conocimiento práctico disperso por el mundo.

Debido a su imperfección, el hombre tiene necesidad de libertad. No está solo, cuenta con las aspiraciones creadoras de otros seres libres. Pese a desconocer sus resultados, confía en la poderosa capacidad del hombre cuando coopera voluntaria y libremente con sus semejantes. De esta guisa, los planes personales de cada uno se concilian asombrosamente entre sí en pacífica y descentralizada coordinación de conocimientos y esfuerzos de individuos que se desconocen entre sí. Quedamente, el otro impulso esencial del hombre –el colectivo- se colma sutilmente sin necesidad de mediadores o pastores privilegiados.

El verdadero progreso social tiene su motor en la libertad que dispara la creatividad y talento de cada hombre. La historia nos muestra que se olvidan con frecuencia las portentosas lecciones de la libertad aunque, por fortuna, no desaparecen por completo. Si persiste un resquicio a la misma, por pequeño que sea, su espíritu acaba abriéndose camino de alguna manera y reclamando su ampliación. Sin embargo, su triunfo no está ni mucho menos asegurado. Sus verdaderos enemigos bien lo saben.

El ser humano es la única especie inadaptada a la naturaleza por sus meras aptitudes físicas. Gracias a su razón y a su inclinación por sondear lo desconocido ha logrado sobrevivir y propagarse por la tierra. Los benéficos frutos de la libertad son contra intuitivos y a menudo impredecibles, pero una vez desplegados disipan los anhelos por regresar a los cálidos brazos del antiguo orden conocido, siendo éste siempre inestable.

Conocedor de que el mayor capital existente es el humano, este espíritu no cree en los derechos de los pueblos sino en los de la persona. Recela del señuelo de los intereses y fines colectivos zarandeados por los ávidos de poder. Tampoco lo confía todo a las normas oficialmente promulgadas (por perfectas que éstas sean) ya que no dejan de ser, en el mejor de los casos, un mero reflejo suyo.

La primera y más eficaz barrera protectora de la libertad reside, no en las leyes, sino en los valores que anidan en las personas. La gustosa asunción de responsabilidades, la cultura del esfuerzo, el arrojo para correr riesgos razonables, hacer honor a la palabra dada, la admiración ante la iniciativa personal, la disciplina para posponer los deseos inmediatos, dar a cada uno lo suyo, el sagrado respeto por la vida, por los intercambios voluntarios y por los logros alcanzados de los demás son, entre otros, sus mejores valladares.

La libertad reside en los corazones de los hombres y las mujeres, si muere allí, ninguna constitución, ninguna ley ni ningún tribunal pueden hacer mucho para salvarla.”

El dinero verde

Durante los años que llevo como miembro del Instituto Juan de Mariana hay dos bromas recurrentes respecto a la financiación del Instituto. Una, que nos financia la CIA. Incluso encontré un foro en el que un alma cándida (e ignorante) aseguraba que brindábamos con champán que se derramaba sobre la costosa moqueta financiada por la CIA. ¡Qué buenos momentos nos ha hecho pasar ese comentario a quienes conocemos la sede del IJM!

La otra broma era que nos financiaba Exxon. Y dejó de serlo cuando algún panfleto gubernamental la utilizó en serio para desprestigiar al IJM y restar credibilidad al estudio sobre los empleos verdes que dio tanto de que hablar el año pasado.

El viernes pasado, en el breve discurso que pronunció durante la Cena de la Libertad, Gabriel Calzada, presidente del Instituto, volvió a recordar cómo un periodista de Público fue a la sede de Exxon (en Texas) para comprobar si el Instituto Juan de Mariana estaba financiado por dicha empresa. Pues no. Se tuvo que volver con las manos vacías. No obstante, el que Exxon financiara algunas instituciones estadounidenses simpatizantes del IJM ha servido para que la campaña contra nosotros siguiera adelante. Hasta hoy.

Pero si utilizamos la lógica de estos acreditados periodistas que tanta inquina nos tienen nos encontramos con resultados sorprendentes. El blog Desde el Exilio ha publicado una entrada desvelando quiénes financian a la organización ecologista más importante del mundo: Greenpeace. Esta institución a la que pertenecen personajes como Ban Ki Moon, U2, Daryl Hannah o Emma Watson. Esta organización que proclama su independencia financiera respecto a empresas, partidos y gobiernos, y que se permite financiar la compra de terrenos adyacentes a Heathrow, con la ayuda de ilustres preocupados por la Tierra y el clima, como Emma Thompson, para evitar su ampliación; que dispone de una flotilla de barcos, con el Rainbow Warrior a la cabeza… estos luchadores verdes están financiados por ¡Exxon!

Sí, entre otros. Tal y como Hurssel (quien firma la entrada en Desde el Exilio) resalta, además de la Fundación Rockefeller (alma de la Standard Oil y Exxon), está la General Motors, el magnate de la comunicación Ted Turner y la fundación de los Getty (fundador de Getty Oil, hoy en manos de Luckoil).

Desde marzo del 2009, cuando se publicó el informe sobre empleos verdes, Greenpeace se ha empleado a fondo tratando por todos los medios de desprestigiar el estudio, al Instituto, a su presidente… a pesar de que cada vez, una tras otra, Gabriel Calzada ha respondido a las embestidas de los que llama ecolojetas. La última a finales de abril, cuando López Uralde “y sus mariachis” (como dice Gabriel) convocaron una rueda de prensa para vilipendiarnos de nuevo. No tengo nada que añadir a lo que ya escribió Calzada en Libertad Digital.

Sí, me parece relevante traer a colación que quienes están financiados por petroleras son ellos, Greenpeace, y por tanto, todas sus acciones, embustes, contrainformes, y condenas están contaminados por los intereses creados de grandes multinacionales que harían lo que fuera por evitar la competencia y sacarle las entrañas al bolsillo del ciudadano (a través del Estado o de alguno de sus tentáculos). No es raro, con esta información en mente, que hasta hace poco en la página de Greenpeace internacional se instara a los incautos buenistas verdes a que compraran en BP. Es coherente con sus intereses reales pero ocultos.

Tampoco extraña que un miembro del gobierno de Zapatero, la Directora General de Cambio Climático, Teresa Ribera, escribiera una carta (una de las esgrimidas por Greenpeace como arma arrojadiza) denostando el famoso “informe Calzada”. Pero siendo que esa señora y esa Dirección General están financiadas por todos los españoles, dada la necesidad de reducir el gasto público de la economía española y dado el escándalo “climático” y la financiación sesgada de la organización Greenpeace, no estaría mal que esta señora dimitiera, que se suprimiera esta Dirección General o ambas cosas a un tiempo. Salimos todos ganando.

Sólo los especuladores pueden salvarnos de Zapatero

Critica Zapatero, el de las dos tardes, que los especuladores estén actuando basándose en "pronósticos e hipótesis" y no en "datos y hechos".

Al margen de que los datos y los hechos de la economía española ya son argumento suficiente para horrorizarse –20% de paro, déficit público de 12% del PIB y sistema bancario al borde de la quiebra–, los especuladores, todo especulador, actúan siempre basándose en pronósticos, pues su cometido precisamente es el de tratar de anticipar un futuro que es incierto. Si la especulación consistiera en actuar conforme a datos objetivos que todos interpretáramos del mismo modo, simplemente no habría lugar a la especulación, pues todos tendríamos unas expectativas homogéneas sobre un futuro cierto.

Y es aquí precisamente donde los pronósticos que cabe deducir de las actuaciones de los especuladores deberían preocuparnos. Ha bastado con que el jefe parlamentario de Merkel, Volker Kauder, se mostrara favorable a dejar quebrar a los PIGS, a España, para que los especuladores rápidamente huyeran de nuestro país. Del mismo modo, a lo largo de las últimas semanas la previsión de que los alemanes aceptaran un rescate de España como lo estaban haciendo con Grecia impulsaba al alza el mercado de valores español sin que en aquel entonces nadie alzara la voz contra los pérfidos especuladores. En otras palabras, la mayoría de agentes del mercado descuenta una suspensión de pagos del Estado español en el futuro, por mucho que Zapatero lo tache de "absoluta locura"; los socialistas que ahora niegan todo riesgo son los mismos perros (con idénticos collares) sin credibilidad alguna que a comienzos de 2008 nos situaban en la Champions League de la economía mundial, se vanagloriaban de contar con el sistema bancario más sólido del mundo y nos prometían el pleno empleo antes de 2012.

Pero al cabo sólo nos queda confiar nuestra suerte a esos antipatriotas especuladores cuyo comportamiento refleja la calamidad que se nos avecina si Zapatero continúa en el poder y sigue bloqueando cualquier reforma conducente a consolidar el presupuesto y liberalizar nuestros mercados. Sólo cabe esperar que varias sesiones de batacazos en los mercados acaben por mostrar tanto a los españoles como al resto de europeos que la catástrofe es Zapatero y que si bien España no quebrará mañana, bajo su batuta no parece haber otro horizonte posible.

Si bien Rajoy ha renunciado a hacer oposición, los especuladores no parecen estar dispuestos a que Zapatero los arruine. El mayor servicio que podrían prestar a la patria, es decir, a todos y cada uno de los españoles que no abrevan en los aledaños de La Moncloa, es que terminaran forzando la renuncia del presidente del Gobierno. Porque precisamente ese es el lado fuerte de los especuladores: no necesitan que la bomba les estalle delante de sus narices para saber que va a haber una explosión; les sobra y les basta con ver la mecha encendida.

Ahora vayan y lean a los muy patriotas diarios nacionales culpar a la especulación de todos nuestros males. Los mismos que le ríen las gracias a uno de los políticos más nefastos de nuestra historia, los mismos que disculpan todas y cada uno de los atropellos, tropelías y agravios que Zapatero ha infligido y sigue infligiendo día a día a los españoles, se rasgan las vestiduras porque los inversores huyan en desbandada de nuestro país. Eso sí, no se extrañe que los dueños de esos rotativos hayan sido los primeros en expatriar los capitales. Por lo visto, son el resto de mortales los que han de sufrir estoicamente cómo el socialismo los expolia.

Renovarse o morir: el entuerto energético

Cuando Zapatero llegó a la Moncloa prometió «una reorientación del modelo energético, apoyado en todas las renovables y, en particular, en la energía solar».

Para lograr esa reorientación, anhelada por los dos partidos, se concedieron diversos privilegios, primas y precios artificialmente altos con los que hacer atractivas las inversiones en este sector. La lluvia de ayudas públicas para estas fuentes de energía fue tan grande que todo el que pudo se lanzó a por las licencias que permitían montar chiringuitos renovables, cuya rentabilidad anual rondaba el 20% sin apenas riesgo. Pronto aparecieron las listas de espera para hacerse con las licencias y con ellas la corrupción. Lo que eran formas de producción eléctrica con cierta potencialidad en condiciones muy determinadas se convirtieron, por arte de reales decretos, en formas de producción que uno puede encontrarse en todos los rincones de la geografía española.

El agraciados con esta bicoca justificaba la extracción de recursos del resto de la sociedad hacia sus bolsillos con la reducción de las emisiones de CO2 y con la creación de empleos verdes. Lo primero, aún olvidándonos del debate que existe acerca del calentamiento global, no tenía ningún sentido en el marco del Protocolo de Kyoto, que raciona estos gases con la idea de que se comercien sus derechos de emisión y vayan a parar a sus usos más valiosos.

El argumento de la supuesta creación de empleo tiene, si cabe, menos solidez. En cualquier sector en el que la clase política se comprometa a inyectar decenas de miles de millones de euros se va a producir empleo. La cuestión es cuántos empleos destruye en otros lugares el hecho de que se le retiren coactivamente esos recursos. Y la respuesta es que con ese dinero se hubiesen creado más del doble de empleos en el resto de la economía. Todos los recursos, incluso los financieros, son escasos, y cada reluciente ayuda pública tiene el coste de un apagado ciudadano que se ha quedado sin ellos.

La burbuja renovable ha ido creciendo y de hecho necesita crecer si quiere mantener el empleo, puesto que la mayoría de los contratos se realizan en instalación de nuevos parques. Pero cada nuevo parque genera una energía que hay que subvencionar. Es como una bola de nieve que crece sin parar. De esta manera, el año pasado se otorgararon primas a las renovables por un valor superior a todo lo que costó generar la electricidad durante el año. Tan sólo la energía solar obtuvo 2.688 millones, a pesar de representar apenas el 2,5% de la producción eléctrica. El coste unitario de las energías renovables fue 3,3 veces superior al del resto de las energías.

Visto lo visto, no es extraño que las primas a las renovables supongan ya un tercio de la tarifa eléctrica que paga el consumidor final. El Gobierno se comprometió a acabar con el déficit tarifario por ley y puso un tope anual decreciente que en 2009 establecía un máximo de 3.500. Sin embargo, se llegó a 4.615 por culpa de las renovables, y la diferencia habrá que cubrirla subiendo nuevamente el recibo de la luz, más allá del 37% que le ha subido a los hogares y 77% a la industria entre 1998 y 2009.

El Gobierno ha tardado en darse cuenta de la insostenibilidad del modelo y ahora busca desesperadamente cómo deshacer el entuerto. En una economía desarrollada en la que los salarios son relativamente altos, la forma de generar nuevos empleos es logrando combinar el factor trabajo con otros relativamente más baratos e intensivamente utilizados como la energía.

Así se logra reducir el coste unitario de producción y se abre el mercado del producto a capas de la población que antes no lo consumían, generando inversión y nuevos empleos verdaderamente sostenibles. Si queremos tener una sociedad próspera, unos salarios elevados y evitar innecesarias deslocalizaciones por encarecimiento de la energía, debemos dejar que sean los ciudadanos en el mercado, y no los políticos en el Parlamento, quienes decidan la combinación de fuentes de energía que debemos tener.

Gabriel Calzada es profesor de Economía en la Universidad Rey Juan Carlos y presidente del Instituto Juan de Mariana (artículo publicado en el suplemento económico Mercados).

La (i)lógica del terror

La complejidad de las sociedades humanas es, en última instancia, la razón de la imposibilidad del socialismo. Las variables son demasiadas y la información se genera constantemente de forma que la planificación central se hace imposible. Cada problema, cada carencia, tendrá diferente respuesta en función de las circunstancias y los actores implicados. La violencia forma parte de las sociedades hasta el punto de que la extrema violencia de la guerra puede llegar a destruir unas y volver hegemónicas otras. Si la economía, la sociología o la psicología generan complicadas teorías que nunca llegan a explicar con acierto todas las razones de ciertos comportamientos y sus consecuencias, ¿por qué tendemos a aceptar teorías simplificadas que explican la violencia?

El dolor que la banda terrorista ETA ha causado a la sociedad española es bien conocido por todos. Cada atentado de estos asesinos va acompañado de un duelo generalizado y de ciertas preguntas: por qué, cuáles son los motivos profundos que les impulsan a matar. Queremos y creemos ver en las caras de los etarras rasgos que definen su maldad, miradas extrañas y gestos desafiantes que nos ayudan a “comprender” su comportamiento. Si no es algún tipo de patología o desviación, entonces la siguiente pregunta sería por qué una persona normal es capaz de cometer un asesinato de una manera tan fría y despiadada.

Paradójicamente, cuando los muertos de la barbarie terrorista se producen a miles de kilómetros de distancia en sociedades con principios morales y éticos diferentes a los nuestros apenas les hacemos caso. Cuando en Bagdad, Kabul, Islamabad, Nueva Delhi o Mombasa estallan las bombas, las noticias no suelen ocupar más allá de unos pocos minutos de un noticiero que suele dar cifras e imágenes sangrientas con una profesional desgana ante una indiferencia que no me atrevo a calificar como general, pero casi. Es el sopor de la comida o de la cena el que nos inunda y no la rabia.

Está claro que la cercanía de las víctimas es el factor más importante para encender el circuito neuronal de nuestra indignación. Es en este caso cuando las explicaciones simplificadas se hacen más evidentes. Cuando no es el petróleo de la zona, es la pobreza de los terroristas, o el imperialismo al que se ven sometidos, o son ciertos intereses económicos, políticos o ideológicos (si es que estos son contrarios a lo políticamente correcto) los que les impulsan a tomar tales decisiones. El razonamiento lineal, sujeto a nuestros más íntimos prejuicios, se apodera de nuestra razón.

El terror es una herramienta para dañar al contrario, no un objetivo en sí mismo, y persigue contribuir a decantar un conflicto, real o ficticio, hacia los intereses del grupo que la utiliza. No busca tanto la victoria sino generar una situación de inestabilidad e indefensión entre gente que, a priori, no está implicada en el conflicto, incluyendo en muchos casos personas cercanas a la causa, que se convierten rápidamente en mártires o daños colaterales. El terror como arma se ha venido usando durante siglos: estados contra estados, grupos de personas contra estados y viceversa o grupos entre sí. Desde los hashshashiyyín y el Viejo de la Montaña a Al Qaeda han pasado unos cuantos siglos.

El terror sirve por tanto a varios fines. Es un elemento de propaganda sobre todo en los países donde la libertad de prensa es un hecho y los atentados terroristas obtienen suficiente cobertura, sobre todo los que afectan a sus ciudadanos. Pretende amedrentar a una población que, asustada, podría exigir a sus gobernantes que cedan a las presiones de los terroristas, pero también para que los gobiernos, agobiados por el impacto de la extrema violencia, busquen acuerdos y cesiones aceptables que no destruyan su posición de poder. Otras veces buscan la propia destrucción de la sociedad atacada, formando en este caso parte de una estrategia más compleja de violencia generalizada, por lo general de carácter bélico. Tal es el caso de buena parte del terrorismo de Oriente Medio contra Israel.

El terrorismo suele ir acompañado de una ideología que canaliza la acción de los terroristas y facilita los atentados. Ha habido (y hay) terrorismo anarquista, nacionalista, islamista, comunista, nazi, fascista, entre otros tantos. Si bien no es necesario, sí ayuda al terrorista matar por un ideal más elevado que la vida de las víctimas o su propia vida. Las medias verdades, una lectura interesada de la historia, un carácter mesiánico, un quimérico y generalmente arrebatado destino histórico son algunos factores que forman parte de esta mitología.

Esta fábula se ve favorecida mediante la creación o la apropiación de una red pública de escuelas donde los jóvenes reciben el adoctrinamiento necesario. No es casualidad que cuando las “ramas” civiles y legales de los grupos terroristas llegan al poder, busquen dirigir o al menos influir en la educación pública.

La pobreza y la miseria pueden ayudar a la hora de elegir a un terrorista, pero tal situación no es ni necesaria ni suficiente, sólo un factor que hay que considerar en función del entorno. Ningún etarra, por poner el caso español, ha llegado al terrorismo en una situación de penuria extrema.

Todo grupo terrorista tiene sus cimientos sobre una masa crítica de gente que lo mantiene, bien con apoyo directo y activo, bien con un apoyo pasivo, de simple tolerancia, bien por un simple y, algunas veces, comprensible temor. El impuesto revolucionario de la banda terrorista ETA es un ejemplo de cómo con la coacción la ETA se ha podido financiar en parte durante años. En algunos casos, el principio del fin ha sido precisamente la desaparición paulatina de esta masa crítica de personas que poco a poco les han ido volviendo la espalda. Los GRAPO, si bien siguen existiendo en España, no tienen la capacidad de dañar que tenían hace unas décadas, pero eso no impide que sigan cometiendo crímenes como el secuestro y desaparición de Publio Cordón. Debemos estar vigilantes incluso cuando parece que se han rendido o han aceptado un acuerdo. Las ramas más extremas del IRA siguen activas, al fin y al cabo.

Este somero análisis invita a pensar que las soluciones a los problemas terroristas a los que se enfrentan las naciones y sociedades serán diferentes para cada una de ellas. Una estrategia ganadora en un sitio puede ser desastrosa en otro. Hay grupos con los que se puede dialogar y con otros sólo serviría la persecución hasta su desaparición. Hay algunos que ante la presión caen como un castillo de naipes y otros que se reafirman. Una ideología novedosa puede aglutinar y hacer fuertes a quienes la siguen; y otra caduca, favorecer la rendición. La complejidad es evidente y las soluciones simples y rápidas, un fracaso casi seguro.

El Titanic se hunde

…vociferando eslóganes desfasadísimos o directamente ajenos al mundo del trabajo, erigiéndose en portavoces de una clase, la trabajadora, que no hace sino darles la espalda pero que tiene la desgracia de padecerlos y depender de ellos por mor de la infausta negociación colectiva.

Aquí les dejo las reflexiones que me suscitó el pasado Primero de Mayo.

1. Nunca he podido aceptar que existan unos derechos de los trabajadores distintos a los derechos de los ciudadanos y a aquellos que libre y autónomamente pacten en sus contratos de trabajo. Todo lo demás son privilegios mediante los cuales unos grupos organizados (sindicatos) explotan a otros grupos desorganizados (trabajadores no sindicados, empresarios no afines al poder y accionistas de empresas) gracias a la coacción estatal.

2. La retórica de la lucha de clases, del trabajo contra el capital, no es que esté caduca y desfasada: es que jamás tuvo un gramo de verdad. Los trabajadores sólo pueden enriquecerse y mejorar su calidad de vida convirtiéndose en capitalistas o siendo beneficiarios de un aumento de sueldo –como consecuencia de un incremento en sus niveles de productividad–. En ambos casos precisarán de más capital. En ambos casos se encontrarán enfrente a una izquierda retrógrada y reaccionaria que exhibe altiva en las calles su poca vergüenza. El líder de IU, Cayo Lara, ha expresado muy bien los deseos de buena parte de las izquierdas: "La solución viene por meter el diente al beneficio y al capital y a eso no se atreven porque parecen intocables".

3. Las únicas reivindicaciones legítimas del Día del Trabajo serían aquellas que exigieran al Gobierno que no impida a los individuos trabajar o convertirse en capitalistas. Se trata de una petición bastante razonable, ¿no creen?, sobre todo en un país como el nuestro, con casi cinco millones de parados y un misérrimo sistema de pensiones en quiebra. Pero no: el pasado 1 de Mayo no se abogó por abolir la negociación colectiva, ni por abaratar el despido, ni por flexibilizar la negociación y renegociación de los salarios, ni por reducir las cotizaciones a la Seguridad Social, ni por reducir la tributación de las plusvalías, ni por ir transitando hacia un sistema de pensiones de capitalización; al contrario: los sindicatos se centraron en defender a un presunto prevaricador, en alabar la exitosa política laboral del Gobierno y en pedir a los trabajadores que no llegan a fin de mes que consuman como posesos.

4. Con la que está cayendo, esa cerrilidad que muestran Gobierno y sindicatos, entente socialista que en cosa de cuatro años ha llevado el país al borde de la suspensión de pagos –con el voto favorable del Partido Popular–, no es lo mejor que podemos exhibir en el exterior. Con un paro del 20%, un déficit del 11% del PIB en 2009 –y creciente en 2010– y un sistema bancario descompuesto, no puede causar sino temor que estos irresponsables –ignorantes y ruines a partes iguales– estén al mando. El socialista Papandreu terminó de cargarse Grecia con la inestimable colaboración de una clase sindical que bloqueaba a golpe de insurrección cualquier alternativa al desastre. Sin embargo ahora, los estómagos agradecidos de Toxo y Méndez –que cobran de los impuestos de los trabajadores a los que ellos mismos impiden trabajar– critican a Merkel por dudar a la hora de financiar el sarao socialista griego. La mala de la película, la codiciosa e insolidaria, es quien no quiere esquilmar a sus ciudadanos para pagar las bacanales griegas: que las paguen –dice, con toda la razón– los que se las corrieron. No tardaremos en ver reproducido ese esquema para España.

5. El mismo ministro de Trabajo que se muestra incapaz de dar una sola respuesta a los cinco millones de parados –salvo filtrar un escuálido y manipulado dato del INEM–, ni sobre una Seguridad Social pública tan ineficiente que ya no puede ni pagar las bajas pensiones que prometía, se indigna de que le den consejos "quienes pactan pensiones millonarias". Será que él no tiene asegurada una pensión millonaria una vez deje la política, en pago por su impecable hoja de servicios; será que no ha alcanzado el poder que le va a procurar ese chollazo por su defensa del discurso socialista que nos ha llevado a la bancarrota; será que la escenografía izquierdista no le ha servido para amasar una fortuna a costa de unos ciudadanos a los que ha negado la posibilidad de construirse un patrimonio amplio y obtener unas rentas crecientes. Por no dejar, hoy, ni les deja trabajar.

Cinco reflexiones sobre el 1º de Mayo

Y a la vista de las últimas declaraciones oficiales del Gobierno alemán, todo indica que, llegado el caso, Berlín no está dispuesto a extender el plan de salvamento griego a otros países de la zona euro. Lo cual, no sólo es lógico sino razonable, deseable y sano para el bolsillo de los contribuyentes germanos.

Esta negativa, sumada al riesgo real de que la tragedia griega se contagie a las economías más débiles de la Unión Monetaria –Portugal, Italia, Irlanda y España–, está provocando la huida de capitales de sus respectivos mercados de deuda pública. La cuestión es muy simple, pese a ser trágica. Tal y como señaló el ex economista del Fondo Monetario Internacional (FMI) Simon Johnson:

La pesadilla para Europa no es Grecia o Portugal sino el rendimiento de los bonos italianos y españoles. El rendimiento –tipos de interés que paga el Tesoro– de la deuda española está subiendo porque los inversores, que hasta ahora pensaban que dichos bonos eran casi tan seguros como el dinero en efectivo, están empezando a darse cuenta de que existe un riesgo razonable de que pierdan un valor considerable e, incluso, puedan llegar a una situación de default (suspensión de pagos).

España cuenta con uno de los déficits públicos y exteriores más elevados de los países ricos y las peores perspectivas económicas de la OCDE. Y ello, en un contexto en el que asistimos a una burbuja de deuda pública internacional de grandes dimensiones, ya que todos los gobiernos se han lanzado a una emisión récord de bonos para salvar a sus respectivos sistemas financieros e intentar salir, ilusoriamente, de la recesión.

El mercado está empezando a discriminar entre países solventes y menos solventes y, puesto que el Gobierno de Zapatero no ha hecho absolutamente nada para reducir la brecha fiscal y ganar competitividad liberalizando al máximo la economía, España tiene todas las papeletas para convertirse en la nueva Grecia si la política económica no registra un drástico cambio de rumbo.

La situación es de emergencia nacional. El tiempo se acaba, el iceberg asoma ya por el horizonte y el capitán del barco (Zapatero y sus secuaces) siguen en el salón de fiestas brindando con champán al ritmo de los violines mientras el Titanic se dirige de cabeza hacia el hundimiento. Y no será porque no nos lo hayan advertido. El primer toque de atención de los inversores a Moncloa se produjo el pasado febrero, que pasará a la historia como la primera semana negra de 2010 en bolsa. El segundo resonar de trompetas no será tan tibio.

Tan sólo un dato: el mercado detectó el pasado enero que Atenas estaba en quiebra técnica cuando descubrió con horror el ocultamiento de su deuda y déficit público, y en apenas tres meses su Gobierno se ha visto obligado a implorar un rescate ante la negativa del mercado internacional a seguir financiando su elefantiásica estructura pública. Veremos cuánto margen conceden a Zapatero. Lo triste, sin embargo, es que la situación podría resolverse en 24 horas. Basta con que el Ejecutivo apruebe un recorte inmediato de entre 40.000 y 50.000 millones de euros y liberalice todos los sectores productivos del país para que esos malvados especuladores que ahora venden España comiencen a comprar de nuevo bonos de Tesoro para felicidad y tranquilidad de nuestros políticos.

Y es que, tal y como me ha explicado hoy mismo un buen amigo que trabaja en el mercado de valores internacional:
 

lo más razonable para explicar las últimas caídas de la Bolsa en España sería la del efecto huida de los inversores extranjeros, que se viene produciendo de un modo creciente desde 2008. Parece lógico que esta huida se siga agravando, ya que España no es ni de lejos un país atractivo donde invertir teniendo en cuenta que hay economías mucho más saneadas y con perspectivas de crecimiento mucho más positivas. Esto unido a la gran incertidumbre que existe respecto al rescate de Grecia, la limitada capacidad de maniobra de la UE y la contrastada inutilidad del Gobierno de Zapatero provoca que la Bolsa española se tambalee día sí y día también.

Se puede decir más alto, pero no más claro.

Nubes de ceniza y abusos en el mercado

A mediados de abril, un volcán islandés despertó de su sueño secular y se encontró un mundo muy cambiado. Como en este volcán era habitual, arrojó al cielo unas cuantas toneladas de cenizas. Pero no pudo anticipar al caos que tal estornudo iba a ocasionar en la nueva Europa para él desconocida.

Pues esa Europa estaba surcada por un sinnúmero de aviones que transportaban personas entre lugares distantes, en unos tiempos inimaginables para los islandeses que habían contemplado la anterior erupción del revivido volcán, allá por 1871. Estos aviones tuvieron que ceder el espacio aéreo a esa nube de cenizas, en una situación prácticamente sin precedentes en la historia aeronáutica de Europa.

De repente, montones de individuos se quedaron tirados en los aeropuertos, con sus planes de traslado abortados. Si los aviones no podían volar, ellos no se podrían trasladar.

Muchos de estos individuos no quisieron resignarse a su suerte, y buscaron otros medios para trasladarse: trenes, coches de alquiler, autobuses, taxis. Y empezaron los abusos de los empresarios, explotando la situación de debilidad de los viajeros afectados. Un coche de alquiler en Toulouse, normalmente 60 Euros diarios, se cotizaba a 500 Euros; una carrera de taxi entre Milán y Barcelona alcanzó los 1.200 Euros. Las aves de rapiña se cernían sobre los cadáveres que el volcán dejaba a su paso. Si la situación se hubiera prolongado más, hubiéramos necesitado a los burócratas para poner coto a tanto desmán.

Y, sin embargo, es así como el mercado surte sus efectos benignos para con todos. Contemos la historia desde otro punto de vista.

Un cambio exógeno al sistema, la erupción volcánica, hizo que el transporte aéreo dejara de ser una alternativa para aquellos individuos que demandaban tal servicio. La oferta aérea se colapsó, pero la demanda se había mantenido constante. La gente seguía queriendo desplazarse a su lugar de destino, con un grado de urgencia dependiente de cada caso.

Esa demanda viva atrajo rápidamente la atención de algunos emprendedores que vieron como, de repente y gracias a un acto fortuito, podían dar más valor a sus recursos (el taxi, el autobús, el coche de alquiler). E hicieron su apuesta. Como la demanda superaba con creces esta incipiente oferta inicial, los precios se dispararon.

Eso significa que los medios disponibles fueron dedicados a atender las demandas más urgentes, medida esta urgencia por lo que cada individuo estaba dispuesto a pagar. Lógicamente, los enormes precios cobrados llamaron la atención de la gente, pues presumiblemente dichos ingresos se traducirían en pingues beneficios. Y, en consecuencia, otros emprendedores acudieron al efecto llamada de esos beneficios, incrementando la oferta de medios de transporte a disposición de los viajeros encallados.

A su vez, este aumento de la oferta, hubiera supuesto un descenso del precio, ya que daría la posibilidad de cubrir necesidades de sucesiva menor urgencia. Y esto hubiera seguido hasta quedar satisfechas todas las necesidades valoradas en más que los recursos necesarios para su satisfacción. De esta forma, el mercado hubiera solucionado en un plazo increíble del tiempo, una eventualidad de unas características tan extremas como la emisión volcánica referida.

El proceso descrito se detuvo (al menos, aparentemente) con la reapertura del espacio aéreo y la restitución de los medios de oferta. Por ello, han resultado más llamativos los excesivos precios pagados por algunos individuos para satisfacer lo que debía ser una perentoria necesidad.

Sin embargo, dichos precios, altos como eran, jugaban un papel fundamental en que todos los individuos al final hubieran podido satisfacer su necesidad, incluso en presencia de la nube de cenizas. Por un lado, permitían asignar los recursos existentes a aquellas necesidades más urgentes. Sin esos movimientos de precios, ¿cómo se hubiera podido asignar el taxi entre una persona que necesita llegar a su destino, pongamos por caso, para salvar una vida, y otra que sólo lo quiere para dormir en su casa esa noche?

Pero, más importante aún: sin esos precios excesivos, ¿qué taxistas hubieran abandonado la comodidad de su día a día para dedicarse a trasladar pasajeros a 100 de kilómetros de distancia? Si va a ganar lo mismo que con su trabajo normal, ¿por qué tomarse molestias?

Mirando a un plazo más largo: para ganar lo mismo, ¿hubieran incrementado las compañías de alquiler de coches su parque? ¿Cómo se hubiera solucionado esta carencia si los aviones siguieran sin poder despegar?

Y así podemos contemplar el espectáculo del mercado libre en funcionamiento, la adaptación del ser humano a las condiciones más adversas, y la solución de los problemas en apariencia más complicados. Todo gracias al movimiento de esas señales tan simples que son los precios.

Parece magia, pero no lo es: el poder combinado de los individuos actuando libremente se demuestra una y otra vez como una fuerza imparable, quizá tal vez más potente incluso que las fuerzas naturales.

¿Libertad para qué?

Palabras del autor en la recepción del “Premio Juan de Mariana a una trayectoria ejemplar en defensa de la libertad".

Madrid, 30 de abril de 2010.

En 1980, poco después de salir de Cuba en condiciones dramáticas, el estupendo escritor Reinaldo Arenas recogió en un libro una colección de sus artículos y ensayos políticos más combativos y lo tituló Necesidad de libertad.

Era un grito. Reinaldo sentía la necesidad de ser libre. Los seres humanos necesitan ser libres. Se ahogaba en Cuba. Vivía entristecido, atemorizado o indignado. Ninguna de esas tres emociones es agradable y a veces se le trenzaban en el pecho hasta la desesperación.

Cuando llegó al exilio, Reinaldo sintió un profundo alivio y dijo algo tremendo y doloroso: por primera vez había estrenado su verdadero rostro. Se había “desenmascarado” y sentía la cálida sensación de poder ser él mismo sin que ello le trajera castigos y marginaciones.

En las sociedades totalitarias la pena de no ser libre y de andar disfrazado se somatiza de diversas maneras: desde el nudo en la garganta hasta un malestar difuso que se expresa con distintos comportamientos neuróticos.

¿Qué es la libertad? Es la facultad que tenemos para tomar decisiones basadas en nuestras creencias, convicciones e intereses individuales sin coacciones exteriores.

Libertad es elegir al dios que mejor se adapta a nuestras percepciones religiosas, o a ningún dios si no sentimos la necesidad espiritual de trascender.

Libertad es ofrecerles sin temor el afecto y la lealtad a las personas que amamos, o a las agrupaciones con las que sentimos afinidad.

Libertad es escoger sin interferencias lo que queremos estudiar, dónde y cómo deseamos vivir, las ideas que mejor se adaptan a nuestra visión de los problemas sociales o las que mejor parecen explicarlos.

Libertad es seleccionar las manifestaciones artísticas que más nos complacen y, por la otra punta, rechazar sin consecuencias las que repelemos.

Libertad es poder emprender o poder renunciar a una actividad económica sin darle cuentas a nadie más allá de las formalidades que establezca la ley.

Libertad es gastar nuestro dinero como nos parezca, adquirir los bienes que nos satisfacen y disponer de nuestras propiedades legítimas. Sin libertad, la creación de riqueza se debilita hasta la miseria.

José Martí, el periodista ilustre que gestó la independencia de Cuba, aportó otra definición lateral: “Libertad es el derecho que todo hombre tiene a ser honrado y a pensar y a hablar sin hipocresía”.

Las tiranías nos arrebatan el derecho a ser honrados cuando nos obligan a aplaudir lo que detestamos o a rechazar lo que secretamente admiramos. Cuando los cubanos desfilan gritando consignas que no sienten, no son honrados. Cuando aplauden al líder que aborrecen o ríen las sandeces que suele decir, no son honrados.

Esa simulación nos crea una incómoda disonancia psicológica. Cuando sacrificamos nuestra honradez, cuando renunciamos a nuestra coherencia interna para evitar un daño o para conseguir un privilegio, nos sentimos “sucios” e internamente avergonzados. Ser hipócrita es una conducta que hiere al que la práctica y repugna al que la sufre.

Pero hay mucho más: en algún punto de la evolución, cuando los seres humanos abandonaron el reino de los instintos y comenzaron a guiarse por la razón, descubrieron el agónico proceso de tomar decisiones barajando constantemente los valores morales prevalecientes, los intereses materiales y los impulsos psicológicos.

Para tomar esas decisiones era menester informarse. La violencia totalitaria trata de impedir que las personas puedan informarse. ¿Para qué necesitan informarse si todas las decisiones las toma el Estado y todas las verdades ya han sido descubiertas? En Cuba hay numerosas brigadas de la policía dedicadas a arrancar antenas parabólicas, descubrir teléfonos satelitales, confiscar libros prohibidos y negarle el acceso a Internet a cualquier persona mínimamente independiente. No se me ocurre una actividad más miserable que ésa.

Cuando el socialista español Fernando de los Ríos le preguntó a Lenin cuándo iba a instaurar un régimen de libertades en la naciente URSS, el bolchevique le respondió con una pregunta cargada de cinismo: “¿Libertad para qué?”.

La respuesta es múltiple: libertad para investigar, para generar riquezas, para buscar la felicidad, para reafirmar el ego individual en medio de la marea humana, tareas todas que dependen de nuestra capacidad de tomar decisiones.

La historia de Occidente es la de sociedades que han ido ampliando progresivamente el ámbito de las personas libres. Poco a poco les arrancaron a los monarcas y a las oligarquías religiosas y económicas las facultades exclusivas que tenían de decidir en nombre del conjunto. Los pobres y los extranjeros alcanzaron sus derechos. Lo mismo sucedió con las razas consideradas inferiores, con las mujeres, con las personas marginadas por sus preferencias sexuales. La esclavitud, finalmente, fue erradicada.

Es posible contar el largo recorrido histórico de los seres humanos como la aventura constante de nuestra especie en procura de ampliar progresivamente el número de las personas dotadas del derecho a tomar sus propias decisiones.

A veces el ejercicio de esa facultad toma dimensiones heroicas. Hace unas semanas el preso político cubano Orlando Zapata Tamayo decidió morirse de hambre y sed para protestar contra las injusticias y los atropellos de la dictadura. Sólo le quedaba la vida para defender su dignidad de ser humano y la entregó. A él, a su memoria dolorosa, muy conmovido, le dedico estas palabras.