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Un plan sencillo para salir de la crisis

Tim Evans y otros reformistas británicos le propusieron medidas cuya descripción no excedía de una página. Valga lo mismo para enumerar las medidas necesarias para salir de la crisis. Lisa y llanamente.

La prioridad es reducir el déficit, dicen todos. Comencemos por revitalizar la economía. Uno a uno, levantemos los grilletes que aún quedan en forma de trabas a la apertura de empresas y a lo que hacen: regulaciones medioambientales, las mínimas. Que quepan en uno o dos folios a dos espacios. Las regulaciones de seguridad de los productos que sea privada. La marca que quiera contratar un servicio de calidad, que lo pague, y la que no tenga esa estrategia comercial, que se lo ahorre.

Desaparezcan las licencias y permisos, que sólo benefician a los políticos y no cumplen ninguna función social. Horarios y condiciones de oferta, las que elijan los oferentes, que ya están los consumidores para elegir, entre éstos, lo que más les convenga. La relación entre empresario y trabajador será la que libremente acuerden entre ambas partes, sin más protección para ambos que los códigos civil y mercantil. Desatada la producción, los ingresos del Estado sólo pueden crecer.

Impuestos: un único tipo marginal que grave todo ingreso no destinado al ahorro, y valga eso para familias y empresas. La declaración de la renta de Telefónica y la de cualquier hogar sería formalmente idéntica. A partir del tipo general, que cada Comunidad Autónoma sume su propio tipo marginal, que le darán los únicos ingresos con los que financie los servicios que decida ofrecer. Así competirán por ofrecer mejores servicios al menor impuesto, en lugar de alimentar los particularismos con quejumbrosas justificaciones insolidarias. De paso acabamos con el nacionalismo como problema político.

Sigamos, que hoy vamos a batir un récord. Nada de reformar las pensiones. Aquí la reforma consiste siempre en ajustar lo que se paga a lo que se puede pagar, y como es un timo de base piramidal, cada vez habrá que pagar más para recibir menos del sistema. Así que acabemos con él. Los que quieran, que se aferren al viejo sistema y los demás que se apunten al nuevo, en que las cotizaciones se ahorran en una cuenta privada. Los nuevos cotizantes, todos, entrarán en el sistema privado. Tarda dos décadas o más, pero acabamos con el problema y favorecemos el ahorro, el progreso, y la entrada de los trabajadores en el mundo capitalista.

Para la sanidad y la educación bien me gustaría a mí acabar con la oferta pública, pero valga la solución intermedia del cheque escolar para las aulas y un cheque sanitario para los servicios de salud. Adiós a las subvenciones, que aparte de establecer clientelismos no ofrecen función social alguna.

Adiós a los puestos permanentes en la Administración. Que los puestos desaparezcan a los ocho años como mucho, y que sólo se puedan renovar una vez. Que los presupuestos se aprueben en dos tiempos: uno en marzo, que fijará el nivel de gasto y la previsión de ingresos, y otro en septiembre, en el que se decidirá qué parte de ese gasto, ya intocable, se destina a qué partida. Y un programa ambicioso de privatizaciones y venta de haberes públicos.

La última medida es la que prometió el gobierno de Ucrania y no se atrevió a llevar a la práctica: la eliminación del ministerio de Economía. Ganaríamos todos, menos los periodistas especializados en política, que acabarían por aburrirse, y los propios políticos. Y todo en un solo año de reformas, que no hace falta más. ¿Alguien se apunta?

Carlos Alberto Montaner, un gigante de la libertad

El Instituto Juan de Mariana celebró su cuarta Cena de la Libertad, durante la cual hizo entrega de su premio a una trayectoria ejemplar en defensa de la libertad. El galardonado no era otro que Carlos Alberto Montaner, que, tras medio siglo de exilio se ha convertido en un símbolo vivo de la oposición a la tiranía castrista y se ha ganado un lugar destacado entre los grandes intelectuales en lengua española de las últimas décadas.

Carlos Alberto Montaner dejó su patria apenas saliendo de la adolescencia. Aun así, cuando marchaba al exilio desde su Cuba natal ya conocía la experiencia de las prisiones de un entonces recién instaurado régimen castrista y del hacinamiento durante meses en una embajada en la que se refugió junto a docenas de personas. Desde entonces, la lucha contra la dictadura que sufre su pueblo ha ocupado un lugar central en su vida. Eso no le ha impedido, sin embargo, reflexionar, escribir e implicarse personalmente en el esfuerzo por la libertad de millones de seres humanos en muchos otros puntos del planeta.

El gigante homenajeado el pasado viernes denuncia la falta de libertad bajo cualquier tirano, con independencia de en nombre de qué ideología ejerza su poder, en cualquier punto del planeta. Ha hecho suya también la causa por la igualdad (la auténtica, no la de cuotas y similares) de todos los seres humanos con independencia de sexo, raza u orientación sexual. Una igualdad que, por cierto, es negada en los hechos a negros, mujeres y homosexuales en la Cuba de los hermanos Castro.

Buena muestra de su compromiso con la libertad y de su talla intelectual es el hermoso discurso con el que recogió el premio concedido por el Instituto Juan de Mariana. Especialmente emotivo resultó que terminara su intervención dedicando el galardón a Orlando Zapata Tamayo, una de las últimas víctimas mortales del castrismo. Tanto Montaner como Zoe Valdés, exiliada en París que acudió a España para participar en la entrega del premio, lograron llegar al corazón de todos los presentes. Sin rencor, pero con firmeza, las palabras de ambos fueron de compromiso con la libertad.

No en vano el castrismo siente un especial temor ante Montaner. Con su trayectoria intachable de honestidad, valor y fuerza intelectual, la suya es la voz de la esperanza para millones de seres humanos que sueñan cada día con una Cuba libre.

Felicidades, maestro, nunca un premio fue tan merecido

Si fuéramos una empresa privada, ya habríamos quebrado

…tal como demuestra que durante toda la crisis griega el coste de su deuda pública sólo haya aumentado en 25 puntos básicos.

No estaría de más que el propio Krugman o nuestro muy transparente Gobierno nos aclararan si este comentario ha estado motivado por, digamos, algún tipo de agradecimiento monetario o se debe una vez más a la empanada mental del estadounidense. Al fin y al cabo, el propio Nobel escribía hace unos meses que "el gran problema de la eurozona no es Grecia, es España. Es cierto, España está incurriendo en enormes déficits presupuestarios, pero eso es consecuencia de su colapso económico".

Estipendios al margen, lo cierto es que no sé dónde podemos encontrar una pizca de esa credibilidad fiscal de España que pregona Krugman. Es cierto que la relación de su deuda pública con el PIB sigue estando en torno al 55%, por debajo de la media de la Unión Europea, pero este dato aislado no significa nada. Déjenme citar a Carmen Reinhart y Kenneth Rogoff, dos economistas que han elaborado uno de los estudios más extensos sobre los impagos de deuda pública:

Sólo el 16% de los países que quebraron entre 1970 y 2008 tenían una deuda pública que superara el 100% del PNB; más de la mitad de todas las quiebras ocurrieron a niveles inferiores al 60% e incluso el 20% de las suspensiones de pagos se produjeron a niveles menores del 40%.

Podemos seguir echándonos deuda a la espalda con el pretexto de que todavía tenemos margen para alcanzar a Japón, cuyos pasivos soberanos copan casi el 200% de su PIB. Pero sólo estaríamos cavando nuestra propia tumba. No conozco a ninguna empresa que esboce una sonrisa cuando anuncia que sigue perdiendo irremediablemente dinero pero que, al menos, todavía posee cierto margen de endeudamiento para conseguir pagar los salarios de sus trabajadores.

Porque la situación de España es exactamente ésa: una empresa que pierde año tras año 120.000 millones de euros (déficit presupuestario), que tiene una deuda pendiente de 550.000 millones (deuda pública), con un quinto de la plantilla cobrando y durmiendo al Sol (desempleo del 20%), con unos inviables compromisos futuros en concepto de pagos de pensiones a sus trabajadores (Seguridad Social en quiebra) y a la que no le queda más remedio que endeudarse para poder hacer frente a sus gastos corrientes y obligaciones pasadas (gastos presupuestarios y refinanciación de deuda). Todo ello con varios agravantes: las pérdidas anuales de esa empresa, lejos de reducirse, han crecido hasta marzo casi un 20%; los consumidores que deberían adquirir los productos de esa empresa (los contribuyentes que pagan impuestos) tienen unas deudas que son dos veces superiores a sus ingresos anuales (una deuda privada del 190% del PIB), y los bancos que prestan a la empresa están casi quebrados (sistema financiero español). ¿Credibilidad fiscal? Tanta como Krugman debería poseer credibilidad económica.

Es increíble que estemos avanzando hacia el abismo y todos sigan tocando la lira, aunque sospecho que la mayoría lo hace mientras se llena los bolsillos a costa de aquellos a quienes les queman sus hogares. Grecia sí está en el horizonte a menos que alguien rectifique: catástrofe o sacrificio. Lean el plan de ajuste del país heleno para ver qué se nos avecina: recorte de sueldo a los funcionarios, paralización de las contrataciones durante tres años, rebaja de las pensiones en un 15%, segunda subida del IVA hasta el 23%, incremento de los impuestos especiales y congelación salarial del sector privado. Todo lo cual, probablemente, ni siquiera sea suficiente. El futuro de los griegos es trabajar más para vivir peor, todo por cortesía de unos políticos y sindicatos que se fundieron la riqueza futura de los helenos durante más de una década. Exactamente como aquí en los últimos tres.

En España vamos por el mismo camino de la mano de los Zapateros, Salgados, Toxos y Rajoys. Como digo, si fuéramos una empresa ya habríamos quebrado hace meses.  Y no se crean que la ficción del Estado, por mucha capacidad para expoliar que posea, puede durar eternamente. Ni siquiera con maporreros como Krugman.

Terminator contra los videojuegos

Sin embargo, la norma nunca ha llegado a aplicarse debido a que un tribunal de apelación consideró que atenta contra la libertad de expresión reconocida en la Primera Enmienda de la Constitución de los Estados Unidos. Sin embargo, el promotor de la restrictiva regulación, el senador estatal Leland Yee, y el Ejecutivo de "Governator" no se dieron nunca por vencidos.

El Tribunal Supremo de EEUU ha aceptado el recurso presentado por las autoridades californianas, por lo que la máxima instancia judicial será la encargada de decidir en última instancia si la ley en cuestión viola o no la libertad de expresión. Con independencia del desenlace, no deja de resultar sorprendente que un Gobierno encabezado por el actor que ganó una fortuna con películas como las que conforman la saga Terminator, Commando o Depredador se haya empecinado en una ofensiva tan larga contra la violencia en la ficción.

Como no podía ser de otra manera, la Asociación de Software de Entretenimiento (ESA, por sus siglas en inglés) y las empresas implicadas en el sector (editoras, distribuidoras y vendedoras) se oponen con fuerza a la norma. El presidente de la ESA, Michael Gallagher, ha recordado algo que debería resultar de sentido común: "Los videojuegos deberían tener las mismas regulaciones que los libros, las películas y la música".

Esto último es la clave del asunto. Yee y Schwarzenegger pretenden imponer a los videojuegos una ley mucho más restrictiva que las existentes para otro tipo de entretenimientos. De hecho, seguramente "Governator" no hubiera querido jamás una ley similar para las películas, muchas de ellas con un altísimo contenido violento, que él mismo protagonizó durante su etapa de actor de cine.

Con su empeño, el gobernador de California se pone en esta cuestión a la altura de Hugo Chávez. El caudillo venezolano, al que le encanta fotografiarse con armas y en uniforme y no duda en utilizar la violencia, también prohibió el mismo tipo de software de entretenimiento. Eso debería hacer reflexionar a Terminator. Ninguno de los dos (y otros muchos en numerosos países, por cierto) parece querer aceptar que son los padres quienes deben decidir si un videojuego es adecuado o no para sus hijos. Lo mismo que con las películas o los libros, ni más ni menos

Carlos Alberto Montaner – Premio Juan de Mariana 2010

Premio Juan de Mariana 2010 – Carlos Alberto Montaner. Entregado en el Casino de Madrid el 30 de abril de 2010 durante la Cena de la Libertad. En el evento intervinieron Ricardo Castillo, Secretario General de la Universidad Francisco Marroquín, Carlos Rodríguez Braun, economista y Zoé Valdés, escritora.

Tetas falsas precoces y libertad

Una cadena de ropa inglesa lanza bikinis con relleno para niñas de entre 7 y 8 años… Se crea un cierto escándalo, con el tabloide sensacionalista The Sun de por medio y con el líder conservador David Cámeron calificando la prenda de “asquerosa”. A continuación la cadena de ropa retira el producto de la venta y para tratar de lavar su imagen: decide donar los beneficios, bastantes escasos por cierto, a una ONG infantil… Se acabó el problema.

Pero ¿Qué hubiese pasado si la reacción de Primark, que así se llama la susodicha cadena, hubiese sido otra? ¿Y si resulta que decide mantener el artículo en venta porque hay demanda -es decir, porque los consumidores lo desean- que es la razón principal por la que las empresas deciden mantener los artículos en venta? Pues nada, que el que quisiera le compraría el bikini a su hija; y el que no, no se lo compraría… Y también se acabaría el problema.

Porque aquí lo único que hay es una cuestión de si a una empresa le interesa libremente vender un producto y si hay consumidores dispuestos a hacerse con el. Pero seguro que si la reacción de la compañía hubiese sido seguir con las ventas, una parte de la opinión pública hubiese exigido que los poderes públicos tomen cartas en el asunto, prohibiendo la prenda. Y rápidamente los políticos se hubiesen lanzado a tratar de capitalizar dicho estado de animo, pensando ¿cómo no? en la posible rentabilidad electoral…

Ministerios de Igualdad, Agencias de Protección de la Infancia, Defensores del Menor, Concejalías de Juventud… El caso parece de libro para que toda una tropa de funcionarios justifiquen su sueldo y se lancen a tratar de prohibir la polémica prenda… “Bikini para pederastas”, “Convertir a niñas de siete años en objetos sexuales”, “Explotación temprana de la mujer": realmente los argumentos en contra del bikini pueden ser infinitos. E infinitamente vacíos.

En primer lugar, ¿por qué ir contra el bikini?, ¿por qué no atacar los zapatos de tacón para niñas o las falditas cortas?, ¿por qué no prohibir la nueva colección primavera verano infantil de  El Corte Ingles?, ¿y los maquillajes de la Señorita Pepis?. ¿Cual es el criterio? Y si prohíben que se venda dicho artículo, ¿también habría que prohibir que de forma artesanal se pongan relleno en un bikini? ¿Qué se hace con una madre que tiene una niña con una prenda prohibida, ya sea comprada en un comercio o cosida artesanalmente? ¿Se le pone una multa? ¿Se le quita la custodia?

Con los fabricantes y distribuidores de goma espuma de relleno susceptible de ser utilizada para dichos fines, ¿qué hacemos? ¿un sistema de cuotas? ¿inspecciones periódicas para confirmar que no se ha usado su material para las prendas proscritas?

Por otro lado, cuando acabarán las responsabilidades penales. ¿Una niña de 11 años sí podría usarlo?, ¿y una de 13 acomplejada porque no tiene tetas y sus compañeras de clase ya han desarrollado podría? Realmente no hay ningún criterio absoluto y definitivo. Sólo gente que se siente indignada y trata de imponer su voluntad a los demás. Y mientras lo consigan mediante campañas de opinión pública, me parece perfecto.

Lo malo es cuando no lo consiguen así y son los poderes públicos, haciéndose eco de una opinión pública mayoritaria los que mediante coacción imponen dicha voluntad. Porque la libertad no es una cuestión de opiniones mayoritarias… ni de democracia.

El socialismo, es lo que tiene

…así que no resulta extraño que en todo este tiempo hayan depurado sus técnicas hasta alcanzar el grado sublime que tienen en la actualidad.

Esas abultadas dosis de propaganda, a base de frases sencillas y acusaciones metafísicas que influyen en el terreno emocional de la gente de a pie, es lo que permite a nuestros socialistas contemporáneos seguir blasonando de que su principal objetivo es defender el bienestar de los más desfavorecidos. El PSOE dice que va a castigar a los ricos y los pobres le creen, aunque los realmente adinerados, en este o cualquier otro país, disfruten de muchas más gabelas cuando manda la izquierda que cuando lo hace la derecha. La consecuencia es que, aunque los trabajadores pasen hambre como ya está ocurriendo en muchos casos, prefieren votar a un partido que les regala los oídos estimulando el sentimiento de la envidia, sin el cual el socialismo perdería gran parte de sus expectativas.

Cuando aparece algún socialistón que se ha enriquecido de forma asombrosa, las víctimas del telediario saldan el expediente acusándole de no ser realmente de izquierdas. Al contrario. Precisamente por ser socialista se ha enriquecido mientras la población normal se empobrece. Ese es el resultado inapelable de la aplicación de las ideas socialistas: una casta de ungidos encaramados al poder que se enriquece, unos grupos de presión que le hacen el trabajo sucio a cambio de que sus miembros vacíen el bolsillo ajeno y, en contraposición, una clase media destruida y millones de obreros viviendo del mísero subsidio estatal.

Lo dramático es que precisamente cuando la injusticia social es más notoria, es cuando los más perjudicados exigen una dosis mayor de socialismo; no de otra forma cabe entender que, a estas alturas, Zapatero siga generando un notorio apoyo popular que le puede llevar a revalidar su victoria electoral en 2012 si antes no revienta por completo nuestra economía.

El socialismo es el mayor agente destructor de riqueza y la garantía de que los pobres lo van a ser cada vez más, mientras un ejército de parásitos vive en la abundancia desvalijando a los que no tienen capacidad suficiente para defenderse de las coacciones del Gobierno. Eso es el socialismo y esos son los socialistas. En una pena que no sólo estén en el PSOE.

El lenguaje antiliberal

A menudo se enseña a los niños a no mentir, porque la falsedad va contra la naturaleza de la comunicación, y no se les explica mucho más acerca de la funcionalidad del lenguaje. Algunos pensadores, poco conocedores de su naturaleza evolutiva, parecen creer que el lenguaje humano sólo sirve (o sólo debería servir) para describir con precisión, claridad y concisión la realidad y compartir información de forma imparcial y desinteresada. Bastantes personas ignoran cómo el lenguaje se utiliza para la manipulación.

El lenguaje es una herramienta cognitiva que sirve para la interacción, el acoplamiento, la cohesión y la coordinación social (saber qué hacer juntos y cómo organizar las tareas). Algunas teorías evolutivas del lenguaje explican que el lenguaje puede surgir en sujetos aislados que no necesitan coordinarse con otros individuos: pero incluso entonces su utilidad es la comunicación entre diversos subsistemas de la sociedad de la mente, que no pudiendo comunicarse internamente de forma directa dentro del cerebro lo consiguen mediante un área de memoria de trabajo común o incluso saliendo al exterior mediante la expresión verbal y volviendo a entrar mediante la audición.

El lenguaje permite la transmisión racional de información objetiva, expresando hechos verdaderos acerca del mundo real, pero esa no es su única función ni su aspecto principal. El habla es una acción y también un medio para la acción: al hablar el emisor actúa sobre los receptores, influye sobre ellos, altera su estado mental, provoca emociones y cambia su conducta.

Estas interacciones y sus efectos pueden ser inconscientes o involuntarios, como cuando un miembro de un grupo percibe una amenaza, siente miedo y emite un grito que alerta y asusta a los demás, que pueden prepararse o escapar. Conforme los animales se hacen más inteligentes y conscientes perciben las relaciones entre las expresiones verbales y los efectos que producen en los demás, aprendiendo a utilizarlas en su propio beneficio (en ocasiones mediante el engaño y la distorsión de los mensajes). El hablante se transforma en un persuasor o seductor, que intenta provocar diversas acciones de sus oyentes para así utilizarlos como medios para la obtención de sus propios objetivos. Los sujetos participantes en actos comunicativos también pueden aprender a defenderse de la manipulación ajena, no creyéndose todo lo que les dicen o sospechando intereses ocultos. La existencia del lenguaje origina una carrera de armamentos evolutiva, desarrollando progresivamente mejores habilidades para su uso y para la defensa ante su abuso.

Los agentes sociales deben resolver problemas de coordinación de sus acciones grupales y de gestión de la confianza para la cooperación. Al actuar como un todo el grupo necesita tener un objetivo común, una sintonía o coherencia que permita que los esfuerzos vayan en la misma dirección y se potencien o complementen mutuamente en lugar de interferir de forma destructiva. Esta meta puede ser propuesta por algún individuo que intenta convencer a los demás de la conveniencia o necesidad de realizar alguna acción; otras personas pueden tener otras ideas diferentes, posiblemente incompatibles, y cada uno argumenta de forma competitiva según sus preferencias y creencias.

Pero el lenguaje que manifiesta la argumentación puede ocultar los intereses reales de cada sujeto. Sea o no sincero el orador que intenta animar a una acción colectiva (su intención no declarada podría ser egoísta y no altruista como pretende), su discurso se refiere al bien común, al interés ajeno (todo es por el bien de los oyentes): habla en plurales colectivos (debemos, queremos) o con formas impersonales (hay que, es necesario). El individuo puede fracasar en su intento de motivar y coordinar la acción social, pero al menos da una buena imagen de altruista interesado en los demás, un elemento en sintonía con el grupo.

Los grupos de interés se basan en alianzas que precisan fidelidad: los miembros necesitan emitir sistemáticamente mensajes que muestren su compromiso por la causa común. El individuo habla bien de su grupo no sólo para presentarse de forma positiva al exterior sino también para manifestar su adhesión. Los miembros de un grupo hablan para animarse y apoyarse mutuamente y para desacreditar a sus enemigos. Las ideas (por ejemplo las religiones), ciertas o falsas, sensatas o absurdas, sirven como cohesionadoras de los grupos, de modo que se fomenta la expresión de las creencias comunes y se penalizan los mensajes críticos que pueden perjudicar al grupo, especialmente si son ciertos.

La hipocresía es un rasgo natural en los agentes cooperativos que compiten por el estatus social. La comunicación sirve para hacer relaciones públicas, para presentarse ante los demás como un buen cooperador y así ganar el aprecio de los otros. La competencia por el estatus lleva a llenar el lenguaje de expresiones de buenos deseos hacia los demás, como los saludos rutinarios. Muchos mensajes sólo sirven para demostrar el reconocimiento y respeto hacia el otro, y estos hábitos se dan por supuestos, de modo que quien no los practica parece no ser neutro frente a los demás sino que aparenta desinterés y provoca emociones negativas, de rechazo. Aunque a menudo se mencionen sentimientos inexistentes, al no hablar de sentimientos parece que no se tienen.

La acción colectiva, especialmente a gran escala, a menudo implica algún perjuicio para otros (una típica actuación como un todo en los grupos es la guerra), sean miembros del propio grupo o de otros grupos. Los dirigentes simplemente declaran que sus actuaciones son por el bien común (o por el bien de los más débiles y necesitados) y no aceptan los deseos de los discrepantes de no participar: tal vez les dejan hablar o incluso votar, para desahogarse de forma inofensiva, pero no les permiten no contribuir una vez que el poder, sea en forma de mayorías o de minorías bien organizadas, ha decidido (la posibilidad de salida disminuiría drásticamente el poder de la acción colectiva). El crítico de la acción grupal, sea por escrúpulos ante la agresión contra otros o por ser víctima perjudicada, corre el riesgo de ser tachado de egoísta o traidor.

El lenguaje de las ciencias sociales, la descripción objetiva de la realidad humana, especialmente de hechos que cuesta asumir, resulta a menudo impopular, y se atiende más a los demagogos que apelan a las emociones, estimulan prejuicios enraizados y realizan bonitas promesas: la expresión de la preocupación por el bienestar ajeno suele importar más que el análisis intelectual de la realidad (porque son los intereses y las emociones, y no la búsqueda de la verdad, lo que en general mueve a la gente). Un parado puede ser técnicamente un trabajador potencial sin empleo a causa del intervencionismo estatal, pero resulta más evocativo presentarlo como un drama personal de angustia, incertidumbre y necesidad de ayuda.

El liberalismo enfatiza la no agresión y exige que la cooperación sea voluntaria y descentralizada pero no anima a ninguna cooperación concreta para ningún proyecto específico: algunos necios pueden acusarlo de promover la indiferencia, de defender privilegios de los poderosos o de estar a sueldo de intereses inconfesables. Es una filosofía política realista y sincera que no intenta ganar concursos de popularidad apelando constantemente a buenos sentimientos de solidaridad que casi siempre sirven para camuflar la coacción institucional.

El liberal puede intentar contrarrestar la demagogia colectivista y las tendencias liberticidas del uso del lenguaje de diversas maneras: explorar lo que no se dice, porque se calla intencionadamente (malicia) o porque no se piensa en ello (ignorancia); investigar las consecuencias de lo que se propone; llamar la atención sobre posibles estrategias de distracción de la atención; preguntar en nombre de quién se está hablando cuando se usan formas plurales, a quién pretende representar el orador (o es que no sabe hablar en primera persona); pedir precisión y concreción para evitar las vaguedades de términos que sólo se usan por sus connotaciones positivas o negativas; llevar más allá el mensaje lanzado, enfatizándolo aun más, para comprobar que es absurdo; preguntar sobre las acciones concretas que el sujeto está realizando por los demás, el ejemplo que debería estar dando ya que muestra tantos buenos sentimientos y reclama que todos ayuden; indagar si el sujeto pretende ser un desapasionado analista científico o un activista o agitador interesado.

La auténtica tolerancia

¿La joven que insiste en cubrirse con un pañuelo? ¿Sus compañeros a quien nadie obliga a cubrirse o a relacionarse con ella?

La decisión del instituto de Pozuelo de prohibir a Najwa llevar pañuelo en clase ha sido aplaudida por no pocos conservadores, cada vez más seducidos por la afrancesada política de integrar al inmigrante a golpe de decreto. Algunos se amparan en la autonomía del centro, pero es problemático justificar la discriminación en una escuela pública. Los padres de Najwa también pagan sus impuestos. Más aún cuando la prenda de la disputa es un simple pañuelo en la cabeza, que ni oculta la cara ni es distinto al velo cristiano tradicional que aún se lleva en diversas regiones y contextos.

Es cierto, como apunta Ferran Caballero, que la joven puede cambiar de centro si no le gustan sus normas, y esta aproximación descentralizada se adapta mejor a las preferencias de los padres que una imposición uniforme del Ministerio. No es justo para Najwa, pero es peligroso dotar al Ministerio del poder para "corregirlo". La pendiente prohibicionista es muy resbaladiza, por mucho que la izquierda gobernante se rasgue ahora las vestiduras ante esta falta de tolerancia.

Hablemos de tolerancia, siguiendo a Robin Hanson. La gente se cree muy tolerante. Se siente orgullosa de tener amigos homosexuales o ateos, sentarse junto a un negro en el autobús, tener una pareja que lleva un piercing. Está bien ser así de tolerante, pero no tiene mucho mérito cuando se trata de respetar comportamientos que hemos integrado en nuestro estilo de vida o no nos molestan en absoluto.

La tolerancia de verdad se demuestra respetando comportamientos que realmente nos disgustan o repugnan, por chocar con nuestras intuiciones sobre lo que es una conducta recta. La poligamia, la poliandria, la prostitución, las orgías, el sadomasoquismo, porno infantil creado digitalmente, la promiscuidad, la negación del Holocausto, las ideas racistas, el insulto, los símbolos franquistas, la quema de banderas, la venta y el consumo de drogas, el nudismo, el suicidio y la eutanasia, fumar, comer grasa saturada, la barra libre y el happy hour, la violencia en el cine, los toros, la caza y la pesca, mofarse de Mahoma en unas viñetas, negar el cambio climático, gastarse 150 euros en una cena, contratar una madre de alquiler, pagar a un donante de riñón, trabajar para un hedge fund, cobrar un bonus de 2 millones, apostar, educar en casa, ser miembro de una secta, mendigar, hacer streaptease en un escaparate de Preciados, enseñar diseño inteligente, ser un hombre-anuncio, llevar burka, hacer topless en la playa, cubrirse con un velo. No pretendo equipararlas, sólo son ejemplos de actividades sin víctimas que unos u otros quieren prohibir porque les desagradan o repugnan. A priori ninguna de ellas interfiere en la libertad de nadie. Los que claman por castigarlas suelen aludir al vicio y a la depravación moral, no a las víctimas y a la pérdida de libertad. Si se refirieran al daño causado quizás la prohibición tuviera a veces algún mérito, pero que sea ésa la razón, no la excusa.

Hanson advierte que el futuro pondrá a prueba nuestra capacidad de tolerar la diferencia, y que más vale que nos vayamos entrenando con las pequeñas variaciones actuales si el día de mañana queremos convivir y prosperar en lugar de pelearnos. En el campo de la eugenesia, la nanotecnología o la inteligencia artificial pueden darse desarrollos insólitos. Algunas posibilidades dan miedo. La realidad virtual, drogas que alteran la mente o el alargamiento de la vida permitirán un abanico más amplio de comportamientos exóticos. Pero también es cierto, aunque Hanson no parezca apreciarlo, que cada vez somos más tolerantes. Lo que antes requería esfuerzo en tolerar, ahora lo aceptamos como algo normal. ¿No vamos en la dirección de una mayor tolerancia?

Sea como fuere, la gente confunde la tolerancia con la indiferencia o incluso la aprobación. Seguramente algún lector sigue escandalizado por algunos de los comportamientos que considero que no deberían prohibirse, como si ello implicara que los apruebo, ¡o que los practico! Este es uno de los problemas de esta sociedad que se jacta de su tolerancia mientras busca en el Estado la forma de imponer su concepción de la vida buena. Una cosa es tener valores propios, otra querer imponerlos a los demás.

La catástrofe tiene nombre

Pero no convendría olvidar que sus mayúsculos errores se han debido a su excesivo optimismo, a haber mantenido unos ratings absurdamente elevados. ¿O acaso las agencias de calificación, fieles aliadas de los gobiernos, no están ahora tratando de retrasar al máximo la rebaja de los ratings soberanos? ¿O acaso S&P no se ha visto forzada a clarificar que el rating español "dista mucho" de la griega minutos después de que recortara nuestro rating?

En todo caso, pues, estarán falseando nuestra realidad al alza: quien quiera lavarle la cara al Gobierno, mejor haría en no agitar demasiado este argumento, ya que si S&P nos califica como AA, probablemente sea que estemos peor.

Tampoco es de descartar que esta catástrofe humana, social, política y económica que es la izquierda de nuestro país vuelva ahora a agitar el fantasma del enemigo exterior; ya saben, esos especuladores extranjeros que conspiran por hundir el Gobierno de progreso de Zapatero negándole el pan y la sal. Pero no, el problema de España no es que los inversores foráneos no se dejen estafar por las promesas de mal pagador, de trilero consumado, de nuestro Tesoro (In Spain we trust, ¿recuerdan?). El problema originario no es ni siquiera que nuestro paro haya alcanzado el 20%, que tengamos un déficit de más de 100.000 millones de euros o que nuestro sistema bancario se encuentre al borde de la bancarrota.

Tiempo habrá para analizar los efectos concretos de la rebaja del rating sobre nuestras enormes necesidades de financiación exterior; sobre unos bancos y cajas que, maltrechos por la burbuja inmobiliaria, llevan años comprando una deuda pública española cada vez de peor calidad y que amenaza con costarles un ojo de la cara en forma de fondos propios; sobre un déficit cuyos intereses cada vez nos resultarán más onerosos, hasta el punto de amenazar con merendarse el futurible crecimiento económico de nuestro país.

Todo esto es cierto, pero sería un error –en el que cae mucha izquierda autocomplaciente– pensar que el Gobierno socialista tiene que atajar de manera inminente todos estos problemas mediante una reforma laboral y una dura consolidación presupuestaria. No, este Gobierno sólo tiene que hacer una cosa: dimitir en pleno. Irse a su casa de una vez, dejar toda función ejecutiva y convocar elecciones. Ya lo dije hace justo un año y lo repito doce meses después: no queda otra salida que la dimisión de Zapatero. Porque podríamos lamentarnos si no supiéramos cuál es el camino a seguir o si no tuviéramos los medios para avanzar por ese camino.

Pero no es el caso; Zapatero sabe desde 2007 qué medidas hay que adoptar, pero se niega a hacerlo. Prefiere que España quiebre a rectificar, a reconocer que su nefasta ideología ha sido uno de los causantes y agravantes de esta crisis. Y con estos bueyes no se puede arar, de ninguna manera; podemos soportar a un inepto, pero no a un demente cuya única obsesión, cuya única preocupación es desviar la atención, mentir y confundir a los ciudadanos para no tomar ninguna de las medidas que nos son inaplazables.

Mas no hay tiempo para que se sigan riendo de nosotros. No hay tiempo para que Zapatero nos siga repitiendo que ya estamos saliendo de la crisis mientras continúa soterrado por los escombros económicos del país, para que De la Vega diga que están haciendo los deberes cuando han traspasado el muerto a unos sindicatos tan o más cerriles que ellos, para que Campa le reste importancia a la rebaja del rating aduciendo que los cálculos de crecimiento del Ejecutivo, esos mismos que han fallado siempre en esta crisis, son mejores que los de S&P. Basta de sainetes.

Esta gente está arruinando nuestras vidas, las de nuestros vecinos, amigos, parejas e hijos. No es aceptable que sigan arrastrándonos a todos al abismo de su incompetencia con esa insultante indiferencia que exhiben. Porque aun cuando nos suban los impuestos, lleven a miles de empresas a la quiebra, manden al paro a cinco millones de españoles, se fundan los ahorros de todos los ciudadanos salvo los de su círculo cercano, conduzcan a los bancos, a la Seguridad Social con su Fondo de Reserva y al Estado a suspender pagos y nos cierren por décadas la financiación exterior, pese a todo, ellos continuarán viviendo de las rentas amasadas durante estas dos legislaturas a costa de nuestros impuestos y de la jubilación dorada obtenida gracias a los fueros que ellos mismos han redactado y aprobado. ¿Qué poco les vamos a importar los simples y pobretones mortales?