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Récords de empleo y afiliación: el maquillaje y la realidad

La ley de reducción de la jornada laboral es una de las medidas que lleva meses poniendo de manifiesto las discrepancias internas e incongruencias ideológicas del gobierno de coalición. La ley, que ya se encuentra en el Congreso de los Diputados, lo hace sin los apoyos necesarios y con la confirmación de una enmienda a la totalidad por parte de Junts. Pero el circo no viene de ayer: desde el principio, la ley ya ha tenido a diferentes ministerios a la gresca en torno a cuándo y cómo debía aplicarse.

Y en medio del caos, el esperpento de esta ley se suma a un Gobierno en general, y a una Yolanda Díaz en particular, que no para de jactarse de los datos de empleo y crecimiento en España. La ministra de Empleo que, por un lado, se vanagloria de bajar el paro con datos maquillados, se jacta también de recortar la jornada laboral y fotografiarse con un libro llamado ‘Abolir el trabajo’. Así, pues, cabría preguntarse qué sentido tiene vender la reducción del paro como un triunfo, si abolir el trabajo es el fin último del discurso. Yolanda defiende esta ley como una forma de hacer que la gente sea más feliz haciendo apología de la trabajofobia.

El Gobierno, por su lado, lleva meses repitiendo que estamos a la cabeza del crecimiento y la creación de empleo. Pero los datos de afiliación del Gobierno, como siempre, tienen agujeros de guión enormes. Los datos se maquillan y se tergiversan a voluntad, y se pretende reducir la jornada laboral sin que baje el salario. ¡Como si las horas trabajadas no tuvieran relación con la productividad! Un Gobierno que presume de tener más empleo que nunca, una ministra de Trabajo que quiere acabar con el trabajo, y todo ello sin pronunciar una sola buena palabra hacia los empresarios en siete años de gobierno socialista.

Un delirio más al nivel que ya nos tienen acostumbrados…

El empleo como construcción ideológica

Una de las piedras angulares de los Estados modernos es su narrativa en torno al empleo. El discurso del Gobierno que cuida al trabajador versus el maligno empresario que solo quiere explotar. Además, el neomarxismo y el carpe diem se han ido concatenando creando un tejido social en el que el trabajo es visto como una forma de explotación moderna. Esto, sumado a una ley laboral totalmente rígida, ha acabado por generar un escenario en el que el Gobierno crea las consecuencias con sus propias medidas, y luego señala como culpable al sector privado.

Se crean las políticas de salario mínimo para homogeneizar las condiciones dignas de empleo, sin tener en cuenta el tipo de trabajo, las horas, el territorio en el que se aplica y otros factores clave. En consecuencia (como señalaba Anxo Bastos recientemente) ocurre que con la misma ley laboral aplicada, los datos de desempleo varían enormemente según la región. Y así, sin tener en cuenta nada de esto, el Gobierno ha convertido las cifras de afiliación en un hito histórico, como prueba irrefutable de que “España funciona”. Creamos más empleo y crecemos más que nadie.

El problema es que una de las figuras que ha ido maquillando el desempleo de forma sesgada es el contrato fijo discontinuo: un contrato que no garantiza continuidad, ni estabilidad, ni salario constante. Personas que trabajan dos meses, diez los pasan en casa, y no aparecen como paradas en el sistema, pues al final es lo único que importa.

Otro aspecto clave es el número de afiliados. Pues es cierto, y según los últimos datos disponibles, que el número de cotizantes está actualmente por encima de los 21 millones. Pero también es cierto que hay más de 10 millones de personas que reciben pensiones de todo tipo. Y si a eso le sumamos que 3.5 millones de cotizantes son empleados públicos, aproximadamente estaríamos hablando de 17 millones de personas trabajando para mantenerse a sí mismas… y a 13 millones de personas más.

Por lo que, en realidad, estas cifras, más que venderse como un triunfo, deberían venderse como las cifras de un modelo insostenible, en el que cada trabajador del sector privado no solo se mantiene a sí mismo, sino que carga a sus hombros a un empleado público o pensionista.

Pero estos datos no importan, no aplican, pues, como ya sabemos, el dato no mata al relato, sino que es el relato el que crea los datos que luego se vierten sobre la población para crear el imaginario de que en España hay más empleo que nunca.

Datos reales, pobreza estructural y ficción estadística

La realidad de la situación laboral es muy diferente a cómo se vende desde las altas esferas gubernamentales. El paro juvenil es alarmante, y desde el ministerio de Trabajo se lanzan soflamas ideológicas en torno a la abolición del trabajo. Los sectores más jóvenes de la población asisten a cómo, desde el Gobierno, se proclama, por un lado, la reducción del paro como un éxito; y, por otro, se fomenta la recreación y el ocio como nuevos pilares vitales, por encima del trabajo y del esfuerzo por un futuro mejor.

Tenemos así, a una generación abocada a denostar el trabajo, mientras mira al Estado como padre legislador para protegerla del poco empleo que los malvados empresarios estén dispuestos a ofrecer. Sin salarios competentes, sin miras al futuro y sin motivación a luchar por mejorar su situación, pues el gobierno dice que ya hace todo lo que puede… pero esos malvados capitalistas no dan su brazo a torcer.

Mientras tanto, la economía va como un tiro (según Pedro Sánchez) y cada vez se reduce más la brecha entre ricos y pobres. Lo que no nos dice el presidente es que, en parte, esto es porque cada vez más la inflación afecta más a todo tipo de bolsillos, y cualquier persona que comienza a enriquecerse intenta huir del sistema fiscal criminal que sufrimos en España.

No sólo somos más pobres en promedio y seguimos por debajo de los niveles prepandemia, sino que además las familias españolas pagan 11.000 euros más de media que en 2018. La cifra del paro, además, se maquilla gracias a que 800.000 personas figuran como fijos discontinuos, aunque en realidad se encuentran inactivas la mayor parte del tiempo, pero no se desagregan de los datos de bajada del paro.

A ello hay que sumarle que hay en torno a 600.000 pluriempleados, por lo que un trabajador puede figurar varias veces como cotizante según los trabajos que acumule. Y si todo esto no fuera suficiente, si nos ceñimos a la bajada del paro como triunfo único y demoledor, España actualmente sigue a la cabeza del paro en Europa. Y no solo eso. Si ampliamos el baremo a datos conocidos en el plano mundial, España solo tendría menor tasa de paro que superpotencias tales como Angola, Ruanda, Yemen o Zimbabue. Por lo que tampoco se entiende la obsesión del gobierno por vender esta cifra como prueba definitiva de su éxito económico.

El gobierno no crea empleo. Solo la ilusión de ello. Se contrata en peores condiciones que hace años. Los impuestos asfixian las ganancias empresariales. Y los trabajadores jóvenes no pueden competir con perfiles más formados debido a las rígidas políticas de despidos y a un salario mínimo que actúa como barrera de entrada.

Pero oiga, España va mejor que nunca, porque el paro ha bajado. Poco importa que de los 1,16 millones de contratos en marzo de 2025, 657.000 fueran temporales, 127.000 a tiempo parcial y 144.000 nuevos fijos discontinuos. Poco importan los datos. Poco importa que el empleo se precarice, se vuelva más inestable y el sabor entre la población sea cada vez más amargo en torno al futuro y la estabilidad. Poco importa todo esto, pues para eso tenemos el Estado, para publicar los datos oficiales.

Y el que no quiera contentarse con esto es, como ya sabemos, porque se traga los bulos de la ultraderecha, o porque directamente pertenece a la fachosfera que quiere destruir el país progresista y vanguardista que el gobierno de Pedro Sánchez ha creado.

Una cultura contra el esfuerzo, un país en caída

El empleo no es un dato que se pueda manipular mediante ingeniería estadística o decretos de quita y pon. El empleo, como vemos en otros países, se crea cuando hay libertad para emprender, para contratar y, sí, por mucho que duela a algunos, libertad para despedir.

Actualmente, vivimos una de las épocas en las que más se denigra el trabajo, y no en vano, una gran parte de la población ha querido entender que trabajar es el mal que el maligno capitalismo ha creado.

Una población que ha olvidado que todo lo que tiene ha sido precisamente por el sacrificio y ahorro de muchos antes que ellos. Una población que ha olvidado lo que es el esfuerzo, que no cree en la meritocracia porque el de al lado ha recibido una herencia. Una población que ya no quiere adaptarse, sino que busca la comodidad del subsidio y del trabajo fácil. No vaya a ser que ese día no pueda bajar al bar del autónomo, que sí que puede estar ahí día y noche para ponerle las cañas…

En defensa de los déficits comerciales

Por Andrew Lilico. El artículo En defensa de los déficits comerciales fue publicado originalmente en el IEA.

Los políticos y los comentaristas en general que no son economistas a menudo hablan como si un “déficit comercial” fuera algo malo. Donald Trump habla de un déficit comercial como si fuera casi una especie de robo, como si el déficit fuera dinero robado sin nada a cambio. Otros hablan de un déficit comercial como si indicara algo sobre las barreras comerciales, como si, por ejemplo, fuera razonable asumir que cuanto mayor es el déficit comercial de un país, mayores deben ser las barreras a las exportaciones de ese país. Ambas son ideas profundamente confusas que reflejan un malentendido sobre un aspecto fundamental de la macroeconomía internacional.

Supongamos que un país tiene un tipo de cambio flotante estable y una oferta monetaria interna estable. Eso debe significar que las entradas y salidas de dinero deben estar en equilibrio. Si, por ejemplo, la gente comprara más de la moneda de la que vendiera, esta se apreciaría en valor. Dado que eso no está sucediendo, las compras y ventas deben ser iguales.

Existen dos tipos de flujos financieros que entran y salen de un país. Se denominan “cuenta de capital” y “cuenta corriente”. La cuenta de capital cubre las transferencias internacionales de capital y la adquisición o disposición de activos no producidos y no financieros, como la tierra. Para nuestros propósitos aquí, pensemos en la cuenta de capital como la posición de inversión neta. Si los extranjeros están invirtiendo más en su país de lo que sus propios ciudadanos están invirtiendo en el extranjero, su cuenta de capital tiene superávit. Y si ocurre lo contrario, su cuenta de capital tiene déficit.

La cuenta corriente cubre la balanza comercial y de “invisibles”. Para nuestros propósitos, pensemos en la cuenta corriente solo en términos de comercio. Si usted vende un mayor valor de bienes y servicios de los que compra, entonces el dinero que entra por sus exportaciones es más que el dinero que sale para pagar sus importaciones. Eso es un superávit comercial. Si usted tiene un déficit comercial, entonces hay una salida neta de dinero (y una entrada neta de productos).

Volvamos a nuestro caso de un país en el que las entradas y salidas netas están en equilibrio. Si usted tiene una entrada neta de fondos en la cuenta de capital, es decir, si los extranjeros quieren invertir más en su país de lo que sus ciudadanos quieren invertir en el extranjero, eso debe equilibrarse con una salida neta de fondos en la cuenta corriente, es decir, debe estar incurriendo en un déficit comercial.

Eso es todo lo que es o significa un “déficit comercial”, si usted tiene un tipo de cambio flotante: que los extranjeros están lo suficientemente interesados en invertir como para que eso cree una entrada neta de capital. Esa entrada neta de inversión y el déficit comercial son simplemente contrapartes matemáticas, dos caras de la misma moneda.

Si desea eliminar su déficit comercial sin devaluar su moneda o tener un período de rápido crecimiento monetario (lo que impulsaría la inflación), debe eliminar esas entradas netas de inversión. No hay otra cosa que pueda suceder. Dado que el déficit comercial es, en este caso, precisamente lo mismo que las entradas netas de inversión, esa es su única opción.

A continuación, comprendamos qué causa qué. ¿Son las entradas netas de inversión las que causan un déficit comercial, es un déficit comercial el que causa entradas netas de inversión, o un poco de ambas?

La respuesta habitual es que son los flujos netos de inversión los que causan los flujos comerciales netos, y no al revés. La razón es que es mucho más fácil y rápido ajustar los flujos de inversión. Hay grandes volúmenes de capital internacionalmente móvil. Pueden moverse entre los bonos del Tesoro de EE. UU. y los bonos del gobierno del Reino Unido en nanosegundos, ya sea con solo pulsar un interruptor o a través de las decisiones automatizadas de un algoritmo de negociación de alta velocidad. Por el contrario, los flujos comerciales se ajustan mucho más lentamente (al menos en términos de volumen; en términos de valor cambian instantáneamente a medida que cambian los tipos de cambio). Los flujos comerciales cambian cuando las empresas cambian de dónde obtienen los productos, a medida que evolucionan los gustos de los consumidores o a medida que surgen nuevas innovaciones.

Así que la causalidad funciona de la siguiente manera. Ocurre una perturbación. Eso lleva a un cambio en los flujos de inversión (por ejemplo, un aumento de la entrada neta de inversión). Eso conduce a un cambio en el tipo de cambio (por ejemplo, una apreciación). Ese cambio en el tipo de cambio cambia el valor del comercio (por ejemplo, encareciendo las exportaciones del país y abaratando las importaciones, ampliando el déficit comercial). Para ver la importancia de este punto sobre qué reacciona más rápido, imagine una perturbación que, de forma aislada, aumentaría la inversión neta o las exportaciones netas. Típicamente, lo que sucederá es que, debido a que los flujos de inversión se ajustan más rápidamente, las entradas netas de inversión conducen a una apreciación suficiente de la moneda que las exportaciones netas caen (en lugar de subir).

Las entradas netas de inversión suelen considerarse algo bueno. Los gobiernos hacen considerables esfuerzos para atraer la inversión extranjera directa. Dado que un déficit comercial es simplemente la contrapartida del éxito en la atracción de inversión neta, uno debería cuestionar por qué un déficit comercial debería verse como algo malo. Por otro lado, la inversión neta significa que los activos de un país están siendo adquiridos y creados por extranjeros. Quizás existan circunstancias políticas en las que eso pueda parecer poco atractivo (por ejemplo, si se anticipara ir a la guerra con esos extranjeros). Por lo tanto, es interesante preguntar qué se podría hacer para disuadir las entradas netas de inversión, aparte de la opción de dañar la propia economía tanto que los extranjeros no quieran invertir allí (lo que no suele considerarse una política óptima).

Una forma interesante y a menudo importante de entrada neta de inversión es el dinero extranjero que viene a comprar bonos del gobierno. Estos suelen ser, entre los activos, los más atractivos para los extranjeros. Por lo tanto, una reducción del déficit presupuestario del gobierno a menudo conducirá a una reducción de las entradas de capital y, por consiguiente, a un aumento de las exportaciones netas (es decir, una reducción del déficit comercial o un aumento del superávit comercial).

Otra forma de reducir las entradas netas de inversión sin dañar tanto la economía nacional como para que la inversión allí sea poco atractiva sería hacer que la inversión en el extranjero fuera más atractiva. Eso podría hacerse ayudando a los países extranjeros a crecer más rápido, si eso fuera factible. Pero una alternativa podría ser persuadir a los gobiernos extranjeros para que suban sus tipos de interés.

Eso podría tener consecuencias negativas para esos países, por ejemplo, quizás deflación, o quizás disturbios sociales a medida que se recortaran los salarios. Pero si la alternativa fueran aranceles y grandes trastornos comerciales, las consecuencias negativas podrían ser aún peores.

Así que, si Trump quiere eliminar los déficits comerciales, tiene varias opciones:

  • Podría devaluar el dólar.
  • Podría reducir el déficit presupuestario federal de EE. UU.
  • Podría impulsar el crecimiento del PIB internacional.
  • Podría persuadir a otros países para que mantengan tipos de interés más altos.

En sí mismos, los aranceles pueden reducir el déficit comercial de EE. UU., pero solo dañando la economía nacional más que las economías extranjeras, reduciendo así las entradas netas de inversión. Aparte de eso, Trump simplemente está utilizando la herramienta equivocada para lograr sus objetivos.

El Pepe. Cómo José Mújica embaucó, engañó y moldeó una nación

Por Martín Aguirre. El artículo El Pepe. Cómo José Mújica embaucó, engañó y moldeó una nación fue publicado originalmente en FEE.

José Mujica, el guerrillero uruguayo que se convirtió en presidente y luego en estrella del pop político, falleció el 13 de mayo. Intentar explicarlo a cualquiera que viva fuera de Uruguay puede ser un desafío, porque Mujica era un personaje completamente uruguayo.

Permítanme ilustrarlo. Uruguay es un país con dos almas. Una, urbana, de clase media, socialista, con ascendencia mayoritariamente europea y pretensiones cosmopolitas imposibles de cumplir en un país de 3 millones de personas en las afueras de América Latina. Eso es principalmente la capital, Montevideo, donde vive la mitad de la población. La otra mitad vive en lo que generalmente se llama “el campo”, aunque la mayor parte reside en pequeños pueblos dispersos en un territorio más pequeño que Dakota del Sur. Y su gente, aunque étnicamente similar, tiene un enfoque muy diferente de la vida y la política. Son más individualistas, desconfían del alcance del gobierno, están vinculados a la producción agrícola extensiva y tienden a votar por opciones conservadoras. Se han hecho comparaciones con Texas.

Mujica fue una mezcla muy peculiar, y algunos dirían que fabricada, de estos dos mundos. Mundos que desde el nacimiento del país han chocado implacablemente, en una lucha de poder político que involucró una guerra civil abierta durante todo el siglo XIX. Después de eso, la lucha se “civilizó” en su mayoría, y el país tuvo un período de florecimiento económico que creó la sociedad más igualitaria y democrática del continente. Hasta que Mujica y sus amigos, deslumbrados por la Revolución Cubana y frustrados por un período de estancamiento económico, lanzaron un levantamiento guerrillero que terminó con ellos en prisión durante una década y el país en una dictadura militar.

Después de su liberación de la prisión, indultado por una ley aprobada por los mismos enemigos políticos contra los que había luchado una década antes, Mujica protagonizó una de las historias de redención más asombrosas —y algunos dirían que dignas de Hollywood— en la política continental. Fue el hombre que impulsó a su grupo guerrillero, los Tupamaros, a aceptar las reglas de la democracia, y finalmente lo convirtió en uno de los movimientos políticos más poderosos del país, lo que finalmente lo llevó a la presidencia en 2010. Esto fue posible gracias a una mezcla de carisma, un lenguaje directo sin concesiones a la corrección política ni siquiera a la cortesía, y una extraordinaria campaña de base. Mujica y sus compañeros literalmente recorrieron todo el país, ganándose la confianza de la gente común, tanto en la ciudad como en el campo.

Se propuso demostrar que vivía de la misma manera que todas las personas pobres del país, y efectivamente lo hizo, a pesar de que su esposa, Lucía Topolansky, una Tupamara de mayor rango que él, provenía de una familia muy rica. Fue entonces cuando el mito del “presidente más pobre del mundo” comenzó a ganar terreno. Todo comenzó durante sus primeros días como congresista, cuando un episodio no confirmado, repetido en bares y redacciones, afirmaba que llegó con su aspecto nada pulcro al gran edificio del Parlamento en una Vespa destartalada, y estacionó en el lugar reservado para los representantes electos. Un policía se le acercó y le preguntó cuánto tiempo planeaba quedarse allí. Y supuestamente respondió: “Los cinco años completos, a menos que algo terrible suceda”. La leyenda solo creció a medida que ascendía en la escala política. Como presidente, todavía vivía en una casa muy humilde en una pequeña granja a las afueras de Montevideo, donde recibiría al rey de España o a los presidentes brasileños, obligándolos a sentarse en una silla hecha con tapas de botellas de plástico.

Su legado político, como cualquiera que lea esta historia puede imaginar, es extremadamente polarizador en Uruguay. Algunos lo aman; algunos lo odian. Muy pocos, sin embargo, discuten que su gobierno fuera malo. Aunque ocurrió al mismo tiempo que el mayor auge económico de la región, con precios de exportación para los productos uruguayos nunca antes vistos gracias a la expansión de China, dejó el país con más deuda de la que tenía cuando asumió el cargo. Su tiempo en el poder llevó a la quiebra a la empresa estatal de energía que tiene el monopolio legal para vender gas, y nunca cumplió con las reformas que había prometido como esenciales para el futuro del país. En educación, algo que Mujica afirmó que era una prioridad absoluta para su mandato, no pasó nada.

Por otro lado, durante su gobierno, se legalizaron el aborto y el matrimonio entre personas del mismo sexo, y la marihuana se reguló de una manera extraña, donde el gobierno tiene el monopolio de la producción y venta. La verdad es que Mujica nunca defendió ninguna de estas reformas antes de su presidencia, y solo se embarcó en ellas después de percibir que tenían un fuerte apoyo de la clase joven, intelectual y de izquierda, un grupo que generalmente despreciaba.

Esa es una expresión perfecta del talento político del Sr. Mujica. Tenía una capacidad sobrehumana para anticipar los cambios de tendencia en el electorado, y cambiar descaradamente de rumbo de un minuto a otro. También era un político implacable, y quien lo confundiera con una figura de abuelo amable pagaría el precio completo de su error.

También contribuyó a una profunda degradación en la argumentación política en Uruguay. Al romper todos los códigos del discurso público y no dudar en el lenguaje profano, desencadenó una degradación en un sistema que alguna vez fue conocido por su cortesía, incluso en las peores batallas ideológicas. No muy lejos de lo que se ha acusado a Donald Trump en EE. UU. La comparación entre estos dos personajes, aparentemente radicalmente diferentes, no ha sido inusual en Uruguay. Por supuesto, más en la forma que en el fondo. Nunca en la moda o el gusto.

Mujica era un animal político total. Incluso durante sus últimos días, se levantó de la cama para enviar un emotivo mensaje a los votantes en la última semana de las elecciones de noviembre. Con el cabello desordenado, sin dientes y con aspecto de estar a punto de expirar, les dijo que votaran por su heredero político, el Sr. Yamandú Orsi. Y, según la mayoría de los analistas, eso fue clave para la victoria de Orsi.

Era contradictorio, un día criticando a los líderes empresariales por ser codiciosos, al siguiente a los líderes sindicales por ser analfabetos. Era un socialista impenitente, pero podía lanzar las críticas más virulentas a los experimentos comunistas. Era amigo de Fidel Castro, pero se llevaba igual de bien con el antiguo rey de España. Más que nada, Mujica era un virtuoso, que podía tocar mejor que nadie las sutiles teclas que mueven las emociones del uruguayo común.

Se podría argumentar que podría haber usado ese poder para una causa mejor, o haber logrado mejores resultados. Pero en un mundo de políticos asépticos, fabricados y obsesionados con las encuestas, él era único en su clase.

Sobre el anarcocapitalismo (IV): sobre la defensa europea centralizada

Hace algunas semanas (10/03/2025) se publicó un elaborado informe en El País, un periódico de gran difusión en España, sobre las carencias en el poder defensivo de Europa, comparándolas con las del que se entiende que sería el enemigo a confrontar, presumiblemente Rusia, y que justificaría tanto un sustancial aumento en la cantidad gastada en armamento como cambios en la forma en que están diseñados los servicios públicos de defensa de nuestro territorio.

Aparte de que no entiendo la necesidad de tamaño rearme, cuando los países europeos ya gastan mucho más en este rubro que Rusia, su población es varias veces mayor y su PIB supera diez veces al de la potencia eslava, sí que me gustaría manifestar mi desacuerdo con algunas de las afirmaciones realizadas en el informe y que se centran más en la forma en que se quiere plantear el desafío de una agresión rusa que en discutir si es o no este país el enemigo a afrontar, pues esto queda para expertos en geopolítica y yo para nada lo soy. Pero el texto da pie a debates muy interesantes.

En primer lugar, el informe señala el problema de las duplicaciones y de la interoperabilidad de los sistemas de armas europeos debido a su fragmentación política. Para mí, no solo no son problemas, sino que pueden ser ventajas, sobre todo en caso de una guerra defensiva. Evitar la duplicación de servicios es uno de los grandes principios rectores de la administración cartesiana, pero si se analiza con calma, como lo ha hecho uno de los líderes de la escuela de Bloomington, tan querida en algunos círculos libera-libertarios, Vincent Ostrom en su clásico The Intellectual Crisis of American Public Administration, observaremos que ningún sistema de administración, sea pública o privada, puede funcionar sin duplicidades y redundancias.

Simplemente, porque una administración sin duplicidades es mucho más vulnerable a un fallo. Si no hay alternativa y el sistema central falla por algún motivo, la organización puede colapsar. Es el mismo principio por el que un avión comercial tiene dos motores, pudiendo volar con uno solo, o un tren de alta velocidad, con tres sistemas de freno en vez de uno muy eficiente. También es lo que explica que el sistema de transportes de una gran ciudad no se centre en solo un modo de transporte; así hay autobuses, metro, taxis, circulando al mismo tiempo, de tal forma que si uno falla o está en huelga, no se pare toda la ciudad. Un sistema de defensa sin duplicidades puede dar lugar a que un fallo en el mando central deje a todo el sistema inoperativo. Una derrota en un sistema bélico centralizado, como ocurrió en Francia en 1940, que colapsó en días a pesar de contar con un ejército comparable en cantidad y calidad al alemán (véase La extraña derrota de Marc Bloch), precisamente por no estar duplicado.

Si un ejército único europeo colapsase por cualquier motivo, incluida la traición o la rendición, no habría otro preparado para tomar el relevo. Un sistema con muchos ejércitos puede no ser el mejor para atacar, pero garantiza mejor que continúe la resistencia por parte de uno o varios de los ejércitos nacionales en caso de derrota de algunos de ellos. No solo eso, es más invulnerable a la traición o a un mando incompetente, puesto que la posibilidad de estos eventos se reduciría mucho y, en cualquier caso de suceder, sus consecuencias serían mucho más limitadas.

No solo eso, al concurrir con doctrinas militares distintas y con especialidades distintas, los distintos ejércitos mostrarán una mayor variación a la hora de combatir, dificultando el aprendizaje por parte del enemigo de nuestra forma de combatir. Recurramos a un ejemplo histórico para ilustrar este punto. Como relata Walter Scheidel en su genial, pero discutido libro Escape from Rome, los mongoles de Gengis Khan no tuvieron gran problema en derrotar a los grandes ejércitos de los imperios de las estepas, pero fracasaron al llegar a Hungría.

Acostumbrados a combatir en campo abierto con fuerzas a caballo de gran movilidad, se vieron frenados al enfrentarse con plazas fortificadas, propias de los pueblos de montaña, con soldados nativos que combatían de forma totalmente distinta a la que ellos conocían y frente a los cuales no disponían de experiencia militar. Unos pocos miles de soldados centroeuropeos, habitantes de pequeños reinos, fueron capaces de frenar a las tropas del gran emperador del mundo que había derrotado al imperio chino y a Rusia, y cuyos descendientes hicieron polvo, unas décadas después, al gran imperio persa, que, por excesivamente centralizado y unificado, cayó en muy poco tiempo.

Simplemente, los mongoles no conocían y no estaban preparados para la forma de guerra de húngaros y austríacos. Si estos hubiesen combatido de forma conjunta con los rusos, poco habría quedado de ellos y los mongoles hubiesen penetrado aún más en Europa, aunque dudo que consiguiesen conquistarla por completo, debido principalmente a su fragmentación. Como tampoco pudieron los turcos cinco siglos después.

Algo semejante ocurre con la interoperabilidad de los sistemas de armamento, aunque quizás aquí no sea tan obvio. Es cierto que compartir sistemas de armamento y munición equiparables sea una gran ventaja, no lo dudo, pero también la capacidad de adaptación del enemigo a este único sistema es mucho mayor, y de no ser adecuados estos al tipo de combate del enemigo, quedaríamos inermes frente a él y sin capacidad rápida de respuesta.

Además, en el caso de que se apropien de armamento nuestro, le es más fácil de descifrar e incluso se le facilitaría que volviesen estas armas contra nosotros al disponer en abundancia de repuestos y pertrechos. Disponer de varios sistemas permite testar cuál de ellos se adapta mejor al combate o incluso establecer sinergias entre ellos, difíciles de imitar, por el contrario.

La propia guerra de Ucrania lo podría ilustrar bien. El ejército ucraniano que resistió e incluso ganó terreno en los primeros meses del conflicto estaba compuesto por los desechos de los arsenales occidentales, con armas de todo tipo combinadas, frente a las cuales los rusos estaban casi siempre desprevenidos. Si los ucranianos hubiesen combatido solo con sus viejos sistemas de armas soviéticos, bien conocidos por el enemigo, los rusos no tendrían que haber adaptado sus procedimientos operativos tantas veces como lo han hecho, ralentizando sus ofensivas, hasta el punto de que sus logros en los tres años que han discurrido de guerra han sido relativamente moderados.

Otra cuestión que se plantea es la de configurar un ejército europeo bajo mando único, supongo que a las órdenes de un comisario europeo con competencias en la materia, aunque eso es algo que no está aún definido. La primera objeción que cabe hacer es obvia, y es la de cómo garantizar que ese hipotético ejército no se vuelva contra sus ciudadanos o contra alguno de los estados de la Unión en el caso de que decidiese no acatar alguna directiva o bien decidiese, como los británicos, abandonarla.

El precedente de la guerra de secesión norteamericana es claro. El ejército federal se usó para evitar la secesión de estados, que en principio deberían tener derecho a hacerlo, por lo menos en los términos en los que los Estados Unidos se configuraron en sus inicios. Por cierto, Europa ya quiere imitarlos con sus mutualizaciones de deuda, eficaz sistema ya ideado por algunos de los padres fundadores, para así hacer a las antiguas colonias federadas dependientes del aún incipiente estado federal.

No existe garantía alguna de que una vez establecido ese ejército no vaya a ser usado contra sus propios ciudadanos, pues esta garantía no existe con ningún ejército permanente del mundo. En segundo lugar, cabría discutir su definición operativa. Un ejército se diseña normalmente de acuerdo con los enemigos potenciales que se presupone que deben ser confrontados, esto es, un ejército se diseña prioritariamente contra alguien.

La cuestión a discutir es quién podría ser ese alguien. En principio, todo apunta a que ese enemigo potencial sería la agresiva Rusia. Los principales beneficiados serían los países del este y el centro de Europa, potencialmente amenazados por el expansionismo de la potencia eslava. Otros países podrían, en cambio, desear unas fuerzas armadas pensadas para afrontar los riesgos potenciales que podrían venir del norte de África, sean estos propiamente militares, sean estos los que podrían derivarse del uso de la inmigración como arma de guerra.

Sin contar con que alguna potencia neocolonial, como Francia, podría querer hacer uso del euroejército para mantener su dominio, ahora cuestionado por los rusos, en el Sahel. También sería conveniente discutir si el nuevo ejército es meramente defensivo o si tendría capacidades operativas para operar en territorios distintos del europeo, con la posibilidad latente, de darse este último caso, de que pudiese ser empleado en aventuras neoimperiales de la reforzada Comisión Europea.

Esta última estaría encantada de financiar, a través de emisiones de deuda convenientemente adquiridas o avaladas por el Banco Central Europeo, el despliegue de la nueva fuerza, que conseguiría al fin su sueño, siempre fallido, de contar con una fuerza armada que esté a su servicio y no depender de las veleidades de los estados nacionales actuales, con los que siempre cabe la posibilidad de tener algún susto y que salga algún gobierno euroescéptico.

Entiendo que antes de proponer experimentos centralistas y no contratados en el espacio plurinacional europeo, no estaría de más observar las ventajas con que cuentan los actuales sistemas de defensa e intentar profundizar en sus aciertos, que son muchos más de los que aparentan. Detrás de los temores inducidos desde los medios de comunicación atlantistas, supuestamente asustados por el temor a que los americanos retiren su apoyo militar, no deja de estar presente la intención expresada en la, gracias a dios, fallida Constitución europea de una unión cada vez más profunda.

Serie ‘Sobre el anarcocapitalismo’

Elecciones presidenciales en Polonia (II)

Cumpliendo las previsiones, en la primera vuelta de las elecciones presidenciales polacas ninguno de los candidatos consiguió más de la mitad de los votos necesarios para resultar elegido para el cargo. Asimismo, los dos candidatos favoritos se enfrentarán en la segunda vuelta del 1 de junio. Con una participación de más del 67 por ciento del electorado, la ligera sorpresa vino, sin embargo, por el reajuste de la influencia anunciada de las fuerzas políticas concurrentes.

Así, la ventaja de cinco puntos a favor de Rafał Trzaskowski ( Coalición Ciudadana -KO) frente a su contrincante más destacado, Karol Nawrocki (Derecho y Justicia – PiS) quedó en un virtual empate. Ambos candidatos, representantes de los dos partidos políticos a quiénes se ha dado en llamar “duopolio”, se repartieron alrededor del 60 por ciento del voto escrutado, si bien la distancia entre ellos se redujo a dos puntos porcentuales[1].

En un tercer puesto, aunque las primeras encuestas le auguraron un apoyo popular superior, respaldado por la multitudinaria asistencia a sus mítines por todo el país, quedó Sławomir Mentzen, del partido Confederación Libertad e Independencia, con un poco menos del 15 por ciento. Curiosamente, a más distancia le siguió su antiguo compañero de filas, Grzegorz Braun, quién se alzó con un significativo 6,34 por ciento. Por su parte, el actual presidente del Sejm (Congreso) Szymon Hołownia obtuvo casi un 5 por ciento; el líder izquierdista fuera de la coalición gubernamental Adrian Zandberg un 4,86 por ciento y cerrando los resultados estimables la vicepresidenta del Senado, la dirigente de Nueva Izquierda, Magdalena Biejat con un 4,23%[2].

En un principio, si las etiquetas de derecha e izquierda que llevaban los candidatos en esta primera vuelta se transfiriesen sin mayores consideraciones a los dos que han superado la criba, el casi desconocido Karol Nawrocki, sustentado por la máquina electoral de Derecho y Justicia (PiS) tendría la victoria en sus manos. No en vano, la suma de su porcentaje de voto a los recibidos por Mentzen y Braun, denominados genéricamente como de derechas, equivaldría prácticamente a más de la mitad del electorado. Las huestes moderadamente europeístas de la Coalición Ciudadana (KO) de Donald Tusk más sus aliados de centro evanescente de la Tercera Vía (Hołownia) así como la izquierda coaligada (de Biejat) e, incluso, la opositora (de Zandberg) tendrían escasas probabilidades de aupar a la presidencia de la República bicéfala a Rafał Trzaskowski.

No obstante, la situación política presenta aristas e incógnitas que solo se resolverán el mismo día de los comicios en segunda vuelta, cualquiera que sea  el vaticinio de las encuestas. Los más avisados advierten que la cohabitación del primer ministro Donald Tusk con un nuevo presidente apoyado por Jarosław Kaczyński abocaría a una probable convocatoria de elecciones generales anticipadas, dadas las potestades en esta materia del Jefe del Estado (art. 98 de la Constitución)

Por supuesto que la larga campaña electoral fue calentando progresivamente los ánimos de los contendientes más destacados, tal como se pudo contemplar en los cuatro debates televisados, organizados por medios de comunicación públicos y privados tradicionales, pero transmitidos también a través de distintos portales de internet.

A lo largo de la campaña se hicieron más evidentes los choques entre el presidente saliente afín al partido Derecho y Justicia (PiS) y el gobierno del primer ministro. A pesar de alinearse en grandes cuestiones de política y defensa, durante el escaso año y medio de cohabitación, Andrzej Duda ha opuesto su veto y devuelto, seis leyes aprobadas por el Parlamento a instancia del gobierno de Coalición Ciudadana, Tercera Vía y Nueva Izquierda, dirigido por el primer ministro Donald Tusk[3].

La reversión de las leyes que afectaron la independencia judicial y atentaron contra el Estado de derecho en el marco de las obligaciones asumidas por la República polaca, tal como recordó la Sentencia definitiva del TJUE de 5 de junio de 2023 (Caso C‑204/21) cuentan, aparte de situaciones de hecho consolidadas a lo largo de seis años, con la abierta hostilidad del actual presidente, proclive a defender la labor de los gobiernos que promovieron esas reformas legislativas y torpedearon el cumplimiento de las sentencias del Tribunal de Luxemburgo.

El veto presidencial a la Ley sobre la asistencia sanitaria financiada con fondos públicos, que, entre otras medidas, reducía las cotizaciones empresariales por empleado para la financiación de la sanidad, puso de manifiesto otra división ajena al esquema izquierda/derecha. En efecto, los jóvenes dirigentes del partido Confederación (el candidato Sławomir Mentzen y Krzysztof Bosak) en su línea de defender la desregularización de la economía, abroncaron al presidente por dificultar la actividad de las empresas polacas manteniendo unas contribuciones específicas progresivas, mientras que el líder izquierdista de Razem (Juntos) Zandberg alabó la postura, en consonancia con el criterio del anterior gobierno del PiS, en tanto que, en su opinión, los empresarios deben sufragar el sistema público de salud de esa forma.

A los pocos días de un debate en el que el candidato Karol Nawrocki se manifestó en contra del impuesto catastral y que se conociera que solo había incluido la propiedad de una vivienda en su declaración patrimonial, un diario en internet comenzó a publicar los detalles de una oscura operación formalizada en 2011, mediante la cual, su esposa y él adquirieron un pequeño apartamento municipal del Ayuntamiento de Gdańsk,  financiando en un primer momento su compra a un anciano inquilino, quién disfrutaba de un “alquiler social”  y tenía el derecho de adquisición preferente a un precio reducido al 10 por ciento del valor, con la condición de mantener la posesión durante al menos 5 años. No obstante, por vivir durante mucho tiempo en una residencia de ancianos pública, parece que el primer adquirente nunca poseyó el apartamento en cuestión. El candidato interesado ha negado hasta ahora toda ilegalidad en la adquisición de la vivienda, la cual finalmente inscribió a su nombre en el Registro de la Propiedad. Este caso de corrupción enfrentó a Karol Nawrocki contra los demás candidatos. Sin embargo, fue Mentzen quien extrajo las conclusiones más políticas del caso[4]

Tres acontecimientos tendrán sin duda una repercusión decisiva en la segunda vuelta de las elecciones para elegir presidente de la República polaca. En un alarde por mantener el pulso con grandes movilizaciones, los estados mayores de los dos grandes partidos han convocado en Varsovia, a la misma hora – el mediodía – del domingo sendas manifestaciones. La posibilidad de enfrentamientos violentos entre los partidarios más enfervorizados de ambos bandos no se puede descartar, en un marco de polarización creciente. Ambos candidatos han anunciado que van a celebrar un debate adicional abierto a todos los canales de televisión y medios que deseen retransmitirlo.

No obstante, la iniciativa más original y audaz desde el punto de vista de la táctica y la comunicación políticas ha partido de los jóvenes de Confederación, encabezados por el candidato Sławomir Mentzen. Dispuesto a convertir el quince por ciento de los votos populares en el fiel de la balanza entre los supervivientes de la primera vuelta, ha invitado a ambos a mantener una conversación en su canal de Youtube sobre ocho puntos “para ayudar a sus votantes a tomar una decisión” en la segunda, a quiénes en todo caso considera maduros para hacerlo por sí mismos sin recomendaciones. De esta manera, asegura Mentzen que se podrán observar no solo la coincidencia o divergencia de opiniones, sino también las razones esgrimidas para sostenerlas y la credibilidad de los candidatos, de forma transparente.

Básicamente, esa lista de objetivos conducirían al futuro presidente a vetar las leyes que aborden las siguientes cuestiones: que suban los impuestos, la tasas parafiscales y las cotizaciones; que limiten el uso del dinero en efectivo y eliminen el zloti polaco; que cercenen la libertad de expresión, de acuerdo a la Constitución Polaca; que autoricen el despliegue de tropas polacas en Ucrania; que ratifiquen la adhesión a la OTAN de Ucrania; que limiten el acceso a las armas de los polacos; que transfieran cualquiera de las competencias de la Republica polaca a la Unión Europea o que ratifiquen nuevos tratados de la UE que debiliten la ponderación del voto y restrinja el derecho de veto de Polonia en la UE (lo cual significa un veto indirecto a la adhesión de Ucrania)

Forzados ambos contendientes a ampliar sus respectivas bases electorales, no solo han aceptado mantener esas reuniones con Mentzen por separado, sino que en el caso de Karol Nawrocki ha declarado su disposición a firmar el documento en señal de aceptación. En definitiva, que las propuestas de un grupo que bascula entre el nacionalismo económico, la defensa de las libertades civiles y económicas y una más que cauta política de defensa pueden convertirse en el programa del futuro presidente de Polonia.

Notas

[1] Concretamente, Rafał Trzaskowski obtuvo un 31,36 %, mientras que Karol Nawrocki recibió el 29,54 % del voto escrutado.

[2] Curiosamente, el periodista Krzysztof Stanowski logró un 1,24 por ciento de los votos, por encima de los candidatos independientes y la política profesional Joanna Senyszyn.

[3] Concretamente, la ley de acompañamiento de la Ley de Presupuestos para el año 2024; la ley de reforma del Derecho Farmacéutico;  la reforma de la Ley de Minorías Nacionales y Étnicas, así como las Lenguas Regionales; el proyecto de ley para derogar la ley sobre la Comisión Estatal para el Estudio de la Influencia Rusa ; la Ley sobre soluciones especiales respecto al examen por el Tribunal Supremo de los casos relacionados con las elecciones del Presidente de la República de Polonia y las elecciones parciales al Senado de la República de Polonia convocadas en 2025 y la Ley sobre la asistencia sanitaria financiada con fondos públicos.

[4] En su perfil de X Mentzen indicó que Nawrocki ha mostrado brillantemente cómo funciona el Estado del bienestar. La preocupación de los políticos significa que los pobres se vuelven aún más pobres, los políticos se vuelven más ricos y las personas a las que se supone que deben cuidar sufren graves problemas.

Ver también

Elecciones presidenciales en Polonia (I)

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La Iglesia y la propiedad

Mucho se ha comentado en las últimas semanas sobre el nombramiento del papa León XIV como Sumo Pontífice de la Iglesia Católica. Se han formulado diversas hipótesis sobre cómo será su pontificado, a qué le dará prioridad y qué rumbo tomará la Iglesia en los próximos años. Un aspecto muy comentado ha sido la elección de su nombre y su clara alusión a su antecesor nominal, León XIII. Es bien conocida, y ha sido mencionada por el papa, la encíclica Rerum Novarum, documento vertebral para entender la doctrina social de la Iglesia y sus postulados frente las corrientes económicas que tomaban fuerza en el ocaso del siglo XIX.

La elección del nombre “León” y los escritos mencionados, han hecho que muchos vaticanistas, expertos y aventureros hayan decidido llamar al nuevo papa, “el papa de la paz”, “el papa de lo social” o “un nuevo Francisco”. Sin entrar a debatir sobre esos calificativos (no considero tener la capacidad para analizar asuntos tan elevados), creo que hay algo, sin embargo, que no se debe dejar pasar por alto: uno de los elementos constitutivos de cualquier paz y dignidad social pasa por el reconocimiento de la propiedad individual como ente vertebrador de una sociedad justa (no aquella que busca el igualitarismo marxista ni tampoco un mercado sin reglas). Eso es uno de los mensajes fundamentales de la mencionada encíclica, y debe seguir siendo una de las banderas a defender por parte de la Iglesia, si ésta pretende seguir defendiendo la dignidad de cada hombre (algo que estoy seguro quiere hacer).

La defensa de tales ideas no es nueva. Desde por lo menos el siglo XVI, con el advenimiento de nuevas rutas comerciales y actividades económicas, un grupo de religiosos católicos agrupados en la llamada Escuela de Salamanca, capitaneados por el Padre Juan de Mariana, se dedicaron a defender la idea fundamental de que el hombre que está hecho a imagen y semejanza de Dios, y cuyo fin último es buscar la salvación a través de sus actos y fe, debe tener la posibilidad de disfrutar del fruto de su trabajo como mejor le parezca. Nada ni nadie debe interferir con eso mientras la explotación de dichos frutos no afecte la dignidad o integridad de otro hombre. Esto no quiere decir que debamos tener un mercado sin reglas (a veces mal llamado “capitalismo salvaje”); o lo que es casi peor, un férreo control estatal sobre las ganancias del trabajo de cada hombre. Se requiere de una armonía entre libertad individual y responsabilidad colectiva para garantizar un adecuado progreso tanto individual como social.

Esto es lo que la Iglesia (obviando las subversiones marxistas camufladas so pretexto de liberación de las almas) ha defendido siempre, y hoy en día no es menos importante. En un contexto donde la polarización social extrema y el tribalismo son pan de cada día (en gran medida debido a crisis económicas y avances tecnológicos a una velocidad exponencial), resulta muy importante retomar aquellas palabras escritas por León XIII: “El primer y más fundamental principio, por lo tanto, si uno se compromete a aliviar la condición de las masas, debe ser la inviolabilidad de la propiedad privada.” ¿Por qué? Primero por el imperativo moral que emana del derecho natural del hombre y su dignidad, pero además (siendo más utilitaristas), porque sólo así se puede conseguir una paz duradera.

En momentos donde un nuevo pontífice hace un fuerte llamado a la paz y al triunfo de la concordia y la razón frente a la locura de la guerra, espero que quienes actualmente formamos parte de esta gran tradición occidental (seamos creyentes o no), tengamos claro que no es con extremos políticos o diatribas insulsas que podremos superar las crisis que actualmente atravesamos. Es una vez más recuperando las banderas de la propiedad, la libertad, la justicia y la dignidad (todo exigible no sólo a quien nos gobierna, si no a cualquier ser humano que aspire a vivir en sociedad), que lograremos enderezar el rumbo que llevamos. León XIV nos da ya algunas claves con gestos sencillos, como su nombre pontificio, pero debemos “coger el guante” y volver a poner estos principios como faros fundamentales.

Felipe Schwember, un obituario

Hoy hace una semana que nos dejó Felipe Schwember Augier. No hacía tanto que le conocía —apenas unos años—, pero fueron más que suficientes para poder llamarlo amigo. Y no un amigo cualquiera: uno de esos que se hacen mil kilómetros y se trajean —con su particular toque descuidado— para estar contigo el día de tu boda. Uno de esos que te acompañan en todas las aventuras, personales y profesionales. Uno de esos que ya no se encuentran.

Felipe fue, a la vez, el mejor compañero intelectual y el mejor amigo que uno puede tener. Sencillo, generoso, sin prejuicios. Un hombre profundamente bueno, profundamente libre.

Nos conocimos gracias a Robert Nozick, el filósofo libertario que él tanto admiraba y cuya obra conocía como nadie en el mundo hispanohablante. Durante la pandemia, le entrevisté para el Instituto Juan de Mariana en el marco de una serie dedicada a grandes pensadores liberales.

Él fue quien me transmitió la inquietud por la obra de Nozick, y lo que empezó como varias conversaciones sobre la utopía libertaria, el derecho natural y los dilemas del libertarismo frente a los derechos de los menores y los animales terminó desembocando en mi tesis de máster. Él me animó a lanzarme a esa investigación, la revisó y me apoyó durante todo el proceso. De hecho, una adaptación del trabajo era lo que íbamos a publicar en el libro coral que estaba editando, y la base de algunos proyectos que habíamos empezado a maquinar juntos.

Poco después de conocerle, fue él quien me llevó a la Universidad del Desarrollo, y así, finalmente, a Chile. Fue allí donde terminamos de conectar. En lo personal y en lo intelectual. Charlas interminables con un alfajor o cualquier cosa dulce que llevase manjar, que a él le encantaba. No solo intelectuales, también personales. Felipe era alguien tremendamente libre y empático.

Felipe fue académico, divulgador, profesor y pensador. Estudió Derecho y Filosofía en la Pontificia Universidad Católica de Chile, y más tarde completó su doctorado en Filosofía en la Universidad de Navarra. Por eso tenía un gran cariño por España, donde hizo buenos amigos y trataba de venir siempre que podía. De hecho, en Chile algunos decían que tenía acento español. Él se reía mucho diciendo “joder”.

Dedicó su vida a lo que amaba: enseñar, pensar, debatir, escribir. Ejerció la docencia en diversas universidades chilenas hasta recalar feliz en Faro, donde encontró un espacio para desplegar plenamente su vocación. Tanto los compañeros como los estudiantes le tenían un gran aprecio. En realidad, cualquiera que tuviese la oportunidad de conocerle le cogía un cariño inmenso.

En lo intelectual, Felipe era un maestro. Sus trabajos abarcan temas tan diversos como el derecho natural, la propiedad, la justicia, las utopías y sus límites. Pero, sobre todo, Felipe fue un filósofo político en el sentido más noble del término: alguien que pensaba en serio sobre cómo debe organizarse una sociedad libre y justa. Y lo hacía desde una mirada profundamente comprometida con la libertad individual.

Esa misma pasión lo llevó a involucrarse en el debate público, especialmente durante el estallido social de 2019 en Chile, donde defendió con claridad y valentía el Estado de Derecho y la democracia liberal. Como fruto de ese compromiso, coordinó el libro El octubre chileno: Reflexiones sobre democracia y libertad (2020), donde reunió distintas voces en defensa de una sociedad abierta. Su capacidad para argumentar sin perder la calma, con lucidez y sin concesiones, le valió una columna mensual en El Mercurio, uno de los principales diarios del país.

Pero detrás del rigor intelectual había también un gran sentido del humor. Felipe era brillante, sí, pero también divertidísimo. Recuerdo que, en mi viaje a Chile, él y Pablo organizaron lo que bautizamos como el “tour del estallido”: un paseo a pie por el centro de Santiago para visitar todos los lugares emblemáticos de las protestas de 2019. Íbamos señalando fachadas quemadas, grafitis y monumentos vandalizados como si fueran paradas de una ruta histórica, entre chistes, análisis y risas.

Felipe ha seguido todos estos años al pie del cañón de la actualidad pública. Era una persona muy crítica, no solo con los ajenos, sino sobre todo con los propios. Eso hacía que muchos como yo —también aquellos ideológicamente más alejados— le tuvieran un gran respeto.

Para quienes no lo conocieron, era de esas personas capaces de abrirte las puertas de su casa sin apenas conocerte, de compartir contigo su tiempo, sus ideas, su generosidad sin medida. Un hombre brillante, inquieto, creativo, que contagiaba a todos el hambre por saber más. Que tenía criterio, humor, humanidad. Que era divertido, sí, y mucho. Que no solo pensaba lo que decía, sino que hacía lo que pensaba.

Felipe fue, en definitiva, un liberal comprometido. Un intelectual riguroso. Una persona luminosa. Y un amigo leal. Nos deja un vacío inmenso. Pero también una huella honda, inspiradora, imborrable. Hasta siempre, Felipe. Estarás siempre en nuestra memoria.

Bitcoin: un sistema de cooperación y competencia

Bitcoin es un protocolo monetario que sostiene una red descentralizada que permite la transferencia de valor entre personas sin necesidad de intermediarios externos. Para transferir ese valor, y para sostener el sistema de incentivos que conforma la red de Bitcoin, existen los bitcoins (tokens o monedas), que son unidades escasas y activos reales que podemos obtener al minar, comprar en el mercado y que vemos cambiar de precio continuamente.

Sin embargo, más allá de esa definición técnica o formal, Bitcoin es en realidad un sistema vivo y dinámico de incentivos diseñado para conservarse y adaptarse. Esto implica que los procesos de cooperación, competencia y coordinación participan continuamente en su sostenimiento, y que los principios que fundamentan este protocolo podrían, e incluso deberían, aplicarse por igual a los sistemas monetarios, políticos, de seguridad y poder.

Un sistema vivo de incentivos

Los incentivos son la vía natural para direccionar, equilibrar o sostener los sistemas sociales. Cuando analizamos cualquier estructura, ya sea un deporte, una empresa, un Estado o una familia, debemos comprender los diferentes incentivos que actúan como la luz solar: pueden hacer que la planta crezca en una dirección específica, que crezca sin rumbo o que simplemente no crezca. Un mal sistema de incentivos hará que la planta crezca torcida hasta quebrarse, mientras que un buen sistema de incentivos hará que la planta crezca fuerte, orientada y capaz de dar sombra y protección a las que crecen debajo.

Idealmente, los sistemas deberían haber evolucionado, tanto biológica como culturalmente, o haber sido diseñados con incentivos inherentes, alineados y autosostenibles, capaces de funcionar como una fuente perpetua de energía que ordena y estabiliza la estructura sin requerir intervención externa. Estos sistemas, lejos de necesitar control central, se sostienen a partir de la interacción entre sus partes, como ocurre en los ecosistemas naturales o en los mercados verdaderamente libres.

Los incentivos se autosostienen cuando generan dinámicas que no son de suma cero. Por ejemplo, un salario es un incentivo sostenible si está respaldado por la productividad del trabajador; en cambio, pagar a alguien improductivo es un incentivo disfuncional que inevitablemente colapsará. Llevado al plano social: si tuviéramos que pagarles a los padres para que cuiden de sus hijos, a los amigos para que compartan o a las parejas para que se amen, la familia y la amistad no serían sistemas viables y habrían desaparecido hace tiempo.

Cuando decimos que Bitcoin es un sistema vivo de incentivos, nos referimos a que no es una supercomputadora construida por Satoshi Nakamoto que requiere mantenimiento mensual. Bitcoin es un sistema complejo, dinámico, y abierto, compuesto por miles de participantes que buscan beneficiarse de él, pero que, al hacerlo, inevitablemente deben cuidarlo. Esto es lo que ocurre en los órdenes espontáneos: no hay un centro de mando, pero sí una estructura funcional que emerge de la interacción libre y coordinada entre actores que persiguen fines individuales.

Mineros, especuladores, desarrolladores, usuarios, divulgadores: todos participan con motivaciones distintas, pero al hacerlo refuerzan la solidez y continuidad del sistema. Aunque compitan por adquirir la mayor cantidad de bitcoins, ninguno puede beneficiarse de un Bitcoin roto o centralizado. Además, a diferencia del sistema bancario tradicional, Bitcoin no requiere subvenciones, rescates ni ayudas externas. Sus incentivos son endógenos y están correctamente alineados, lo que le permite mantenerse operativo, resiliente y atractivo, sin depender de la autoridad de nadie.

Cooperación en Bitcoin

Una columna cooperativa central del sistema Bitcoin son los nodos. Cada nodo es una computadora que se conecta voluntariamente a la red para verificar y validar las transacciones que ocurren en ella. A diferencia de la minería, donde se realiza una inversión significativa con la posibilidad de obtener una recompensa monetaria directa en forma de bitcoins, quienes deciden correr un nodo hacen una inversión más modesta —alrededor de 600 GB de almacenamiento, conexión permanente a internet y electricidad— sin esperar una compensación económica inmediata.

Que más participantes se sumen a correr nodos ayuda a descentralizar y fortalecer la red. Es una acción cooperativa con claras externalidades positivas. Aun si quien decide correr un nodo lo hace por desconfianza o por deseo de autonomía, su acción fortalece su privacidad, aumenta su control sobre sus transacciones y, al mismo tiempo, beneficia a toda la red.

Bitcoin es una red abierta y neutral, donde actores grandes y pequeños tienen incentivos a cooperar porque deben participar bajo las mismas reglas técnicas. Grandes actores institucionales como BlackRock corren sus propios nodos no por altruismo, sino para verificar sus operaciones, reducir su dependencia de terceros y construir infraestructura propia. Sin embargo, al hacerlo, también aportan redundancia, validación y descentralización al sistema.

Esta dinámica se reproduce en otros subsistemas de Bitcoin:

  • En el caso de los mineros, tampoco hay un juego de suma cero. Aunque compiten por la recompensa del bloque, su trabajo conjunto protege la red, haciendo que alterarla sea costoso e impráctico.
  • Los usuarios que conservan sus llaves privadas ejercen su soberanía monetaria, pero además reducen los riesgos sistémicos de la red al evitar la concentración de activos en puntos vulnerables.
  • Los desarrolladores, ya sea por motivaciones técnicas, ideológicas, reputacionales o por proteger el valor de sus propios ahorros, cooperan para mejorar el protocolo, adaptarlo a nuevas necesidades y mantenerlo fuera del control de cualquier actor central.
  • Los educadores y divulgadores crean una base de usuarios más informada y robusta, lo que revaloriza indirectamente su propio activo. Más allá de eso, generan un efecto en cadena: aumentan la aceptación social de Bitcoin, lo alinean con visiones ideológicas y contribuyen a una descentralización cultural y política más profunda.

Ahora bien, Bitcoin no garantiza una cooperación perfecta ni permanente. Como cualquier sistema complejo y abierto, está expuesto a incentivos contradictorios, intentos de captura, y conflictos entre actores. Pero lo notable es que Bitcoin ha incorporado mecanismos que mitigan muchos de los dilemas clásicos de la cooperación humana. A través de un diseño cuidadoso de incentivos, Bitcoin reduce el riesgo de tragedias de los comunes, donde el beneficio individual destruye lo colectivo, y del dilema del prisionero, donde la desconfianza impide la colaboración racional. En lugar de exigir confianza, Bitcoin permite verificación. En lugar de depender del altruismo, genera beneficios personales que solo pueden obtenerse si se contribuye al sistema que los hace posibles.

Competencia en Bitcoin

Bitcoin también se sostiene a partir de relaciones de competencia entre sus participantes. Un ejemplo evidente es la competencia entre mineros por obtener nuevos bitcoins mediante la validación de bloques. Esta competencia, sin embargo, no está regida por una autoridad humana ni por regulaciones externas. Está canalizada por reglas criptográficas y económicas inscritas en el propio protocolo.

En Bitcoin existen divisiones claras de poder. Por un lado, los mineros producen bloques y compiten por recompensas. Por otro, los nodos verifican que los bloques cumplan con las reglas del consenso. Esta separación impide que un solo grupo imponga cambios unilaterales. Ninguna parte puede modificar las reglas fundamentales del sistema sin lograr un consenso amplio entre actores con incentivos a conservar aquello que les da estabilidad y protección, tanto en la cooperación como en la competencia.

Las reglas criptográficas garantizan, por ejemplo, que solo el dueño legítimo de una clave privada pueda gastar los bitcoins asociados a una dirección. También exigen que cada bloque contenga un hash válido, calculado mediante un proceso computacional que no puede ser falsificado ni acelerado artificialmente. Las transacciones deben ser estructuralmente válidas, no pueden duplicar monedas ni crear otras inexistentes, y las reglas de consenso, como el tamaño de los bloques, son verificadas automáticamente por los nodos sin necesidad de intervención humana.

Las reglas económicas, por su parte, imponen una escasez programada que limita el suministro de bitcoins y obliga a los mineros a gastar energía real para competir por una recompensa limitada. La competencia es libre, la entrada y salida del sistema está abierta, y se favorece la destrucción creativa: sobreviven los actores más eficientes, mientras que la dificultad de minado se ajusta automáticamente en función de la potencia total de la red.

En este entorno, los mineros deben optimizar cada recurso. Buscan hardware más veloz, electricidad más barata, mejores sistemas de refrigeración y software más eficiente. En otras industrias pueden alterar las reglas a su favor con subsidios o favores políticos. En Bitcoin, solo pueden prosperar respetando las reglas del protocolo.

Un ejemplo claro ocurrió en 2017, cuando un grupo de mineros y empresas propuso aumentar el tamaño del bloque como solución a los problemas de escalabilidad. Esta propuesta buscaba procesar más transacciones directamente en la cadena, pero generó una fuerte oposición entre usuarios y desarrolladores que valoraban la descentralización y la posibilidad de que cualquier persona pudiera correr un nodo. Esa oposición derivó en el rechazo sistemático de los bloques mayores a 1 MB, lo que volvió inútiles los esfuerzos económicos de quienes intentaron forzar el cambio sin consenso.

El resultado fue la bifurcación: surgió una nueva cadena, conocida como Bitcoin Cash, que adoptó bloques más grandes y una visión diferente sobre la escalabilidad. Sin embargo, el mercado validó como legítima a la cadena original de Bitcoin, donde se mantuvieron las reglas más estrictas y el compromiso con la descentralización. Esta disputa dejó una lección clara: en Bitcoin, la competencia no se resuelve por imposición, sino por la coordinación entre participantes y la verificación distribuida de reglas compartidas.

Además, lejos de estancarse, el ecosistema de Bitcoin respondió con innovación. Soluciones como Lightning Network, que permiten realizar transacciones rápidas y de bajo costo fuera de la cadena principal, demostraron que es posible escalar sin sacrificar la estructura descentralizada del protocolo. Estos desarrollos son también producto de la competencia, no por el control del protocolo, sino por ofrecer mejores servicios dentro de los márgenes que el protocolo permite.

Así, Bitcoin no elimina la competencia, pero la contiene dentro de un marco de reglas técnicas y económicas que hacen del conflicto una fuerza constructiva. En lugar de destruir el sistema, la competencia lo refuerza. Y en lugar de centralizar el poder, lo redistribuye entre quienes mejor se adaptan a las exigencias del consenso.          

Conclusión: Un sistema ejemplar

Bitcoin es un sistema de cooperación y competencia donde los actores buscan el beneficio personal, el beneficio del sistema y la conservación de las reglas. En términos generales estas características de Bitcoin son ejemplares y deberían constituir las bases de cualquier sistema social de cooperación. Tal como ocurre en Bitcoin, ocurre en el mercado y en otros sistemas emergentes, abiertos y dinámicos, donde la autorregulación y la alineación de incentivos surgen como fuerza que fortalecen y sostienen al sistema. Adicionalmente, otro aspecto que hace tan solido y resiliente a Bitcoin es su independencia de autoridades e incentivos externos, el protocolo cuenta con las cualidades para que los seres humanos imperfectos, altruistas, egoístas, cooperativos y competitivos, participen sin poder romperlo ni controlarlo. Así debería funcionar cualquier sistema que aspire a durar.

La economía a través del tiempo (XXVII): Hesíodo y la Caja de Pandora

La Caja de Pandora y el mito que gira en torno a ella es algo que ha cubierto las más diversas representaciones culturales populares. La idea de un recipiente que contiene todos los males y que, al abrirse, se permite que estos salgan y se esparzan ha calado tanto que ha llegado incluso al lenguaje vulgar con los más diversos casos de uso. No obstante, y dado que aquí lo que interesa es todo lo relacionado con la economía y su pensamiento, tiende a quedarse atrás el trasfondo real del mito, que no es otro que la explicación del origen del mal, pero con un especial enfoque en el esclarecimiento de la necesidad de trabajar. Así lo recoge Hesíodo (2006) en su obra Trabajos y días:

Oculto tienen los dioses el sustento a los hombres; pues de otro modo fácilmente trabajarías un solo día y tendrías para un año sin ocuparte de nada. Al punto podrías colocar el timón sobre el humo del hogar y cesarían las faenas de los bueyes y de los sufridos mulos (p.65).

Es decir, el inicio de la narración del mito de la Caja de Pandora en Hesíodo comienza, nada más y nada menos, con la exposición de la problemática de la complejidad del trabajo, el cual parece excesivamente laborioso y, sin la voluntad de las deidades, podría convertirse en algo baladí. A partir de este momento, el narrador señala directamente a Zeus como máximo responsable de tales penurias: “Zeus lo escondió irritado en su corazón (el sustento de los hombres) por las burlas de que le hizo objeto el astuto Prometeo; por ello entonces urdió lamentables inquietudes para los hombres y ocultó el fuego (p.65)”.

Es decir, la necesidad del trabajo se erige como una de las más altas preocupaciones de todas las penurias y la explicación de su existencia es la misma que la del resto de males. Trabajar, o al menos el alto nivel de complejidad bajo el que se expresa en este mundo, se convierte en algo así como en el presidente de los males, asociado a una condena divina. Una condena que se recrudece cuando Prometeo roba el fuego “para bien de los hombres” (p. 65), es decir, para tratar de aminorar las penurias de las tareas laboriosas. Es ahí cuando Zeus traza un plan rebuscado: La Caja de Pandora.

El líder de los dioses manda crear a Pandora y se la da como esposa al hermano de Prometeo, Epimeteo, el cual acepta pese a las advertencias de su consanguíneo. Esa mujer tiene a su cargo una jarra cerrada con todos los males:

En efecto, antes vivían sobre la tierra las tribus de hombres libres y exentas de la dura fatiga y las penosas enfermedades que acarrean la muerte a los hombres (…). Pero aquella mujer, al quitar con sus manos la enorme tapa de una jarra los dejó diseminarse y procuró a los hombres lamentables inquietudes (p.67).

Por tanto, hubo un momento en el que el trabajo no era fatigoso. Anteriormente, hemos mencionado (https://ijmpre2.katarsisdigital.com/la-economia-a-traves-del-tiempo-xiv-riqueza-y-divinidad-en-la-antiguedad-agni/) como en la Antigüedad era común asociar la riqueza a un regalo divino, por lo que no es difícil entender que las penurias del trabajo hayan sido relacionadas con castigos, venganzas o actitudes similares provenientes de los dioses.

Por otro lado, es imposible leer este relato sin recordar el Génesis bíblico y a Adán y Eva. En aquel caso, los males y las penurias del trabajo vienen también por una decisión de la mujer, que es comer del fruto del Bien y del Mal, contraindicando el mandato de Dios. En el paraíso no había fatigas tampoco, siendo éstas producto del pecado original, al igual que el resto de males.

Sea como sea, en la Antigüedad se situaba el trabajo entre los males más indeseados, pese a que entonces, y también ahora, es completamente necesario para la producción y para el sustento. Si la tecnología acaba permitiendo su abolición, como reivindican algunas tendencias ideológicas modernas, quizás estemos ante el cierre definitivo de la Caja de Pandora.

Bibliografía

Hesíodo (2006). Teogonía. Biblioteca Gredos

Serie La economía a través del tiempo