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El origen franquista de los medios públicos

Uno de los grandes problemas del consenso socialdemócrata dominante en la sociedad española, como en otras, es que la mayor parte de la población considera natural que el Estado tenga un papel predominante en determinadas áreas que deberían quedar siempre dentro del campo de la actividad privada. En el caso de España se produce, además, la ironía de que la irrupción de la Administración en muchas de esas actividades tuviera lugar durante la larga dictadura franquista y que a casi nadie le parezca algo grave. De hecho, los más reacios a cambiar las cosas son precisamente quienes más hablan de la "memoria histórica": el Gobierno de Rodríguez Zapatero, los partidos de izquierdas y los medios y supuestos intelectuales afines a todos ellos.

Los ejemplos son múltiples, como es el caso de esos hoteles de lujo estatales conocidos como "Paradores" de los que tan orgullosos se encuentran nuestros políticos. Sin embargo, hay un terreno en el que es especialmente evidente entra intromisión de origen franquista: los medios de comunicación públicos.

Cuando se piensa en dichos medios, el primero que viene a la mente de la mayor parte de los ciudadanos en Radiotelevisión Española. Esta es una empresa que, lejos de desaparecer, ha ido creciendo de manera desmesurada. Después de muerto Franco, y ante los avances tecnológicos producidos, a las emisoras de radio (tanto de RNE como de Radio Exterior de España) y las dos "cadenas" de televisión se le han sumado otros muchos canales temáticos televisivos (que emiten tanto para dentro del país como para el extranjero) y un cada vez mayor sitio web. Todo ello, al servicio del Gobierno de turno.

Aunque nacidas ya en democracia, las televisiones y radios autonómicas (e incluso locales en manos de los ayuntamientos) han copiado todos y cada uno de los vicios de su "hermana  mayor", RTVE.

Hay, sin embargo, un caso del que no se suele hablar y si cabe es de mayor importancia. Se trata de Efe. Esta empresa es la más importante agencia de noticias en lengua española, y de sus teletipos se nutren en buena medida la mayor parte de los medios de España y gran parte de Iberoamérica. Al igual que RTVE, sus problemas económicos no son pequeños y está sometida a un importante control por parte del poder político (hasta el punto de que es este último quien nombra a sus máximos responsables). Su origen está en el año 1939, fue fundada por Ramón Serrano Suñer mediante la fusión de las agencias Fabra, Faro y Febus. Aunque la historia oficial es que la actual empresa tiene su nombre por ser la inicial de las tres fusionadas, otra versión dice que se llama así por ser la primera letra de Falange.

Por mucho que los políticos y sindicatos discutan sobre cómo dirigir y gestionar la gigantesca RTVE para lograr que sea "independiente" y de "calidad", no hacen lo mismo con la agencia Efe. En este caso, el consenso socialdemócrata funciona a la perfección. Además, en ningún caso nadie parece querer afrontar la única salida aceptable si no se quiere que estos medios sean instrumentos de propaganda al servicio del poder político: la privatización.

¡La escuela austriaca en los periódicos!

Hace unos días fue Gregory Mankiw, uno de los economistas y tomboleros más conocidos del mundo, quien se planteaba que quizá –penurias que ha de sufrir uno– no fuera tan buena idea aquello de dejar que los bancos se endeuden a corto plazo y presten a largo. Ahora, el autor de uno de los libros de macroeconomía más vendidos y estudiados en las facultades parece darse cuenta de que esa estrategia financiera, tan desestabilizadora, tan peligrosa y tan ruinosa puede que no depare demasiados beneficios. Oh, de golpe, comprendemos que ese método tan científico, exacto y respetable que emplean los economistas ortodoxos ha engañado a varias generaciones de universitarios y profesionales; lo que parecían conclusiones asentadísimas dejan de serlo de la noche a la mañana.

Bien está que Mankiw recapacite, aunque mejor hubiera estado que no ignorase La acción humana, de Ludwig von Mises, por el mero hecho de que fue publicada en 1949. Así, quizá se hubiese ahorrado –y hubiese ahorrado a tantos– años y más años de confusión, pues ya en esas páginas Mises analizaba y criticaba el descalce de plazos por el que hoy, 61 años después, Mankiw comienza a preocuparse.

Si la ciencia económica realmente existente, según dicen, es una disciplina nada sectaria, nada ideologizada y nada influida por intereses políticos y empresariales, habrá que asumir que todos los artículos académicos que se publican llevan en sí, implícita o explícitamente, lo mejor de las generaciones anteriores. Así que habrá que asumir que todo lo aprovechable de La acción humana está adecuadamente filtrado, aislado e incorporado en la corriente económica mayoritaria.

Ja.

El otro que hace unos días reivindicó algunas ideas típicamente austriacas fue el ex presidente de la Fed, Alan Greenspan. En un largo artículo con el que pretende sacudirse su más que evidente responsabilidad en la gestación del boom artificial del crédito, Greenspan concluye que los problemas de un sistema financiero aparecen cuando éste se endeuda a corto plazo e invierte a largo. Quizá a muchos les sorprenda. A mí, no tanto. Cualquiera que haya leído qué pensaba Greenspan en 1966 sobre el patrón oro podrá darse cuenta de que la teoría austriaca jamás lo abandonó: para lo bueno y para lo malo. Pues sin tales conocimientos probablemente no hubiese logrado sostener ese castillo de naipes financiero durante tanto tiempo, y la crisis actual hubiese sido mucho más liviana.

Mas no quería hablarles ni de Mankiw ni de Greenspan, sino de otros dos economistas de renombre, Martin Wolf y Paul Krugman, que también han mentado a la Escuela Austriaca en fechas recientes.

Wolf, jefe de Opinión de Financial Times, ha escrito un artículo en que pide opiniones sobre la Escuela Austriaca. En principio, él ve con agrado algunas de sus teorías; por ejemplo, la que dice que la reserva fraccionaria tiende a generar booms crediticios que cristalizan en malas inversiones generalizadas. La exposición de Wolf es simple y muy poco matizada, pero cumple su función de transmitir la esencia sin errores. No podemos decir lo mismo cuando pasa a reflexionar sobre la parte de la teoría austriaca que no le agrada: por ejemplo, la idea de que los problemas de la crisis se solucionan dejando que todo quiebre.

Es cierto que algunos austriacos (sobre todo, en el Mises Institute) son partidarios de que, si es necesario, caiga el sistema. Por no es una postura unánime. Así, Hayek era consciente de los riesgos de la "contracción secundaria", y otros austriacos han alertado sobre los peligros de que la necesaria liquidación se transforme en una sobreliquidación. Yo mismo he sugerido alternativas al rescate público de la banca que no pasan por su quiebra.

Es una pena que Wolf no conozca demasiado bien toda esta rica tradición austriaca, aunque en su descargo reconoceré que los austriacos tampoco han hecho demasiado por darla a conocer.

Muy otro es el caso de Krugman. En el Nobel de 2008 se juntan en distintas dosis la ignorancia y la mala fe. Es difícil saber cuál de ellas prevalece, dados sus antecedentes. Pero afirmar que la teoría austriaca del ciclo económico es incapaz de explicar por qué surge desempleo durante la fase recesiva denota una nula comprensión de la misma. La heterogeneidad y la poca convertibilidad de los bienes de capital, unidas a la falta de ajuste en los precios relativos (salarios incluidos), explican la persistencia del desempleo durante una crisis. En caso contrario no sólo no habría desempleo, sino que no habría crisis. Parece mentira que haya que volver a explicar esto.

Otros economistas de media fila, como Brad Delong, ese que manipula los textos de Hoover para tergiversar a un Hayek al que, por otro lado, él mismo confiesa que no entiende, también han participado en el debate; pero sus opiniones son sólo un refrito de las de Krugman con un poco de jerga monetarista, así que tampoco merece la pena prestarle demasiada atención.

En fin, a lo que iba: periodistas y economistas, sabiéndolo o no, manipulando sus tesis o no, están empezando a conceder a la Escuela Austriaca la relevancia que merece. Probablemente no sea mérito de quienes nos consideramos austriacos –en general, somos divulgadores muy perfectibles–, sino más bien fruto de la propia tozudez de los hechos.

Y es que cuando los bancos centrales expanden el crédito a gran escala, provocan crisis descomunales, rebajan los tipos de interés sin conseguir reinflar las burbujas causantes de todos los males, y los planes de estímulo keynesianos sólo sirven para lastrar el crecimiento presente y futuro, una de dos: o empiezas a aceptar el peso de las teorías austriacas, o dejas que la ideología te ciegue. Esperemos que la gente honrada y equivocada tenga más peso que la gente deshonesta y politizada.

Fascistas del siglo XXI

Lo grave del asunto ya no son los continuos desvaríos de los ecologistas, sino la creciente influencia política y social que está alcanzado este nuevo ideal fascista en los últimos años.

Resulta alarmante que los partidos políticos y la mayoría de medios de comunicación defiendan este tipo de ideas sin apenas reflexionar o cuestionar lo más mínimo sus medios y fines. Y es que la utopía ecolojeta, simplemente, da pavor.

Año 2050. Tras décadas de lucha ideológica, la elite ecologista logra, al fin, su ansiado objetivo. Bajo la excusa del calentamiento global, el Estado-nación se desvanece bajo la sombra de una figura totalitaria que aglutina y concentra en un único ente todos los resortes del poder político. Nace el "Gobierno Mundial", un Estado planetario que, por ser único en su especie, carece de todo tipo de límites y contrapesos. Un nuevo modelo en el que la democracia carece ya de todo sentido y razón de ser, pues la naturaleza misma del poder único lleva implícita la marca de la dictadura y el autoritarismo.

La economía de mercado ha sido borrada del mapa. Se impone la planificación económica a nivel mundial, una variante del comunismo soviético o el corporativismo estatal nazi, en el que la utopía racial y de la lucha de clases ha sido sustituida por la religión medioambiental. La supremacía de la naturaleza sobre las libertades individuales y la existencia misma del ser humano deriva hacia un totalitarismo económico que se guía de forma arbitraria bajo el criterio de la "sostenibilidad" y el "crecimiento cero".

Una vez establecida esta estructura, los ecolojetas cuentan ya con vía libre para exterminar a miles de millones de personas y esterilizar a medio planeta para reducir así las emisiones de CO2, tal y como defiende el Club de Roma o el Optimum Population Trust (OPT). Por último, los denominados "animalistas" –otra rama del ecologismo–, dotan a los animales de derechos que, hasta el momento, eran únicos y exclusivos del individuo. No obstante, el ser humano –a excepción de la elite gubernamental dominante– es una plaga que ha de ser minimizada por resultar perjudicial (contaminante) para la Madre Tierra. Como resultado, se prohíbe comer carne y pescado. Se impone la dieta vegetariana o sintética.

La libertad individual es una figura obsoleta, propia del pasado. La civilización ha muerto, ¡viva la naturaleza! ¿Exageraciones? Revisen los postulados económicos y políticos del ecologismo y descubrirán que el mundo descrito constituye al ansiado paraíso de los ecologistas. Un Gobierno Mundial sin democracia, basado en una economía planificada "sostenible" y la limitación e, incluso, reducción, de población. Dicho así asusta, ¿verdad? Las similitudes del ecologismo respecto al ascenso social y político del nazismo y el comunismo son palpables. Quizá por eso los verdes se empeñen ahora en encarcelar a todos aquellos que nieguen la teoría del cambio climático o se opongan a las tesis ecologistas… Bienvenidos al fascismo del siglo XXI.

¿Subida del IVA? ¡No, gracias!

A estas alturas no queda ni un solo analista medianamente serio que crea en la capacidad de España de reducir su déficit a un nivel inferior al 3% del PIB para 2013 como fija el Pacto de Estabilidad y Crecimiento (PEC). Actualmente ronda el 10%. Una de las medidas que el gobierno quiere tomar para alcanzar el objetivo de pagar la deuda galopante es la famosa subida del IVA: del 16% al 18% en el tipo general, del 7% al 8% en el reducido.

Antes de comentar la conveniencia o no de las subidas del IVA, se debería pensar cómo es posible haber llegado a esta situación, es decir, por qué se llega a estos gigantescos niveles de déficit. Los motivos son básicamente dos:

El primero, es el tremendo gasto público que proviene de la imparable expansión de los estados del bienestar, que suponen un continuo y progresivo avance en cuanto a la intervención y control de todos los aspectos de nuestra vida. El Estado, pilotado por el poder político de turno es actualmente el encargado de garantizarnos la cobertura de un amplio conjunto de necesidades como las pensiones, la asistencia sanitaria, la permanencia del puesto de trabajo, el pleno empleo perpetuo, la vivienda o el subsidio de paro. Y, evidentemente, pese a sus promesas y discursos sobre la gratuidad de estos servicios, éstos se deben pagar (y muy caro, por cierto).

El segundo motivo por el cuál se llega a este escenario deficitario es la inclinación y preferencia de los gobiernos a financiar ese gasto público con otras herramientas que no sean los impuestos, como por ejemplo, endeudándose o emitiendo moneda principalmente (en el caso de España, esta última vía no es viable gracias a Dios). Y es que los Estados deberían financiarse exclusivamente con los impuestos de los ciudadanos. De esta manera existiría un límite para el gasto estatal. No podrían gastar más de lo que ingresan. Al mismo tiempo son impopulares, por lo que no podrían aumentarlos ilimitada y alegremente. Sin embargo, los gobiernos desean gastar más por motivos populistas, por lo que deben recurrir a generar inflación o emitir deuda para financiarse. Además, aprovechan que el ciudadano no es plenamente consciente del impacto que tienen en su renta estas vías alternativas de financiación estatal.

Dicho esto, creo que es un grave error subir el IVA para intentar solucionar el déficit español (realmente creo que subir cualquier impuesto siempre es un error y una medida empobrecedora para todos). Para empezar, el dinero recaudado por esta subida será de unos 5.150 millones de euros, mientras que el déficit es de más de 120.000 millones de euros.

No sólo no reducirá significativamente el déficit, sino que impedirá la salida de la crisis. Este es mi principal argumento en contra de la subida del IVA. ¿Por qué? Porque dilapida la renta de los ciudadanos y empresas, con lo que evita que salden sus deudas y que puedan reestructurarse financieramente. Despilfarra los recursos necesarios para que la crisis se vaya superando progresivamente. El gobierno debería favorecer el ahorro privado, pero no para consumirlo él en nuevos programas de gasto público prescindibles y subvenciones a sectores, sino para que pueda ser puesto a disposición de los intermediarios financieros y, de esta manera, favorecer la inversión.

Si lo que quiere el gobierno es recaudar y tapar de esa forma el déficit, ¿qué mejor que estimular la recuperación cuanto antes? De esa manera podrá recaudar más porque la actividad económica y productiva será mucho mayor que la actual. Pero para ello hay que liberar recursos para que el sector privado genere riqueza. Y eso sólo se puede hacer bajando los impuestos, las trabas burocráticas, ayudando a liquidar las malas inversiones, haciendo que los factores productivos se dirijan hacia áreas más productivas y rentables y… ¡recortando notablemente el gasto público!

Por tanto, la solución no pasa por subir los impuestos, sino por que el Estado mengüe. Para empezar, podría eliminar los Planes E, reducir un 10% el sueldo de los funcionarios, eliminar ministerios (el primero el de Igualdad, que queda muy progresista y moderno en época de bonanza, pero que resulta menos gracioso con un 20% de paro), eliminar subvenciones y retirar las ayudas a sectores específicos.

Desafortunadamente, ya sabemos por experiencia que el Estado prefiere aumentar la coacción sobre ciudadanos y empresas antes que menguar lo más mínimo. Y ese es otro motivo principal por el cual no deben subir los impuestos: no volverán a bajar. Históricamente se ha demostrado que el Estado incumple la promesa de volver los impuestos a su situación anterior. Sencillamente, los impuestos no habría que subirlos ni “temporalmente” como predican algunos.

¿Un alto en el camino?

…para ver si de esa forma mantenía el servicio de la mayoría de sus clientes. En concreto, decidió dar menos prioridad al tráfico P2P (descargas tipo Emule, para entendernos).

Hizo esto sin decir nada a sus clientes. Pero, para su desgracia, alguno de ellos se percató y denunció la situación a la FCC, que es el vigilante de las telecomunicaciones en Estados Unidos. De esta forma, resurgió con fuerza el debate sobre la neutralidad de red, que tanto vigor ha cobrado las últimas semanas, y qué básicamente pone en cuestión el derecho de los operadores y dueños de las redes a gestionar el recurso escaso que poseen, en aras de las protección de unos supuestos derechos de los usuarios.

La FCC analizó el caso, y emitió una orden diciéndole a Comcast que eso no se podía hacer. Comcast no quiso meterse en más líos, la acató, pero planteó ante un tribunal de apelación si la FCC era quién para andar diciendo a los operadores cómo tenían que gestionar su red.

El tiempo pasó, Obama ganó las elecciones en aquel país, y cambió el presidente de la FCC. El nuevo inquilino acometió como primera tarea de su nuevo mandato la regulación de la neutralidad de red, que él llamó aseguramiento de la apertura de internet, en él que decía a los operadores de telecomunicaciones cómo se podía, y cómo no, gestionar sus redes. Esta propuesta se emitió a primeros de año, y lleva desde entonces sujeta a consulta con los interesados.

Pero hete aquí que el tribunal de apelación antes aludido, en un tiempo record de dos años (inimaginable para un tribunal español sobre un tema de estas características), resolvió sobre la petición de Comcast. Y le ha dicho a la FCC que nanay, que no es quien para meterse en cómo los operadores gestionan sus redes, y que se cante otra. Además, lo ha hecho por unanimidad de los tres jueces.

Así que Mr. Genachowski, que a este nombre responde el presidente de la FCC y promotor de la propuesta de regulación sobre neutralidad de red, ha visto como se le caían todos los palos del sombrajo. Pues toda su supuesta capacidad para regular la gestión de las redes descansaba en los supuestos que uno por uno le ha tumbado el tribunal de apelación. En fin, que se augura un negro futuro para su propuesta y, en consecuencia, para la "apertura de internet" (dicho esto último con toda la ironía posible).

Esta sentencia, con poca repercusión mediática, es una excelente noticia para todos, aunque muchos no lo crean: es buena para los operadores, que recuperan su libertad para gestionar sus recursos de la forma que consideren conveniente y que inevitablemente será para servir mejor a sus clientes, contra el riesgo de perderlos. Y es buena para los clientes, aún aquellos que ahora estén echando pestes, pues les asegura un mejor servicio en el futuro.

Ahora bien, tampoco hay que ser iluso. Aunque la situación de Obama no es la mejor tras la reciente reforma de la sanidad, el tema de la neutralidad de red fue una de sus banderas electorales. Por eso, no se puede desdeñar algún nuevo ataque contra la libertad desde este flanco.

Por el momento, disfrutemos de este alto en el camino hacia la planificación central de las telecomunicaciones.

El coche fantástico

El contraste con el ideal colectivista no puede ser mayor. Frente a las latas de sardinas del transporte colectivo en las que la comodidad brilla por su ausencia, el aroma corporal inunda los pulmones, el rumbo lo dicta un burócrata y el horario lo marca cualquiera menos el pasajero, el coche permite disfrutar del confort, de la ambientación sonora y aromática que a uno más le guste; permite, en definitiva, desarrollar los planes particulares y elegir el destino personal.

Después de años escuchando que hay demasiados coches, que la ciudad debe ser exclusivamente para el peatón, que el transporte colectivo es más racional, que la contaminación del coche es inadmisible, que el transporte de masas ayuda al ahorro energético y que el combustible se iba a acabar, nos encontramos ahora con que el Gobierno socialista va a defender el coche particular siempre y cuando sea eléctrico. En realidad, más que defenderlo va a intentar metérnoslo a empujones en nuestra plaza de garaje.

Quizá la descripción sea un tanto exagerada. En realidad los socialistas de todos los partidos han sido grandes defensores del coche, siempre y cuando se tratara del oficial, el que traía chófer incluido y no requiere financiación a plazos porque lo paga el contribuyente. Tanto amor le tienen al coche oficial de gasolina de toda la vida –pero siempre en su versión más reciente y más lujosa– que ellos por ahora seguirán usándolo mientras al resto nos concederán el derecho y la obligación de tenerlo eléctrico.

La electrificación del coche es algo que creo que posiblemente acabaría por tener lugar en algún momento. La tendencia a la electrificación ha sido una constante del último siglo en casi todos los ámbitos, industriales, comerciales y en los propios hogares. La razón de fondo no es que sea más eficiente sino que da mucha más flexibilidad. La energía eléctrica, una vez en la red, puede tener innumerables usos mientras que el combustible en un tanque los tiene bastante restringidos. Sin embargo, la electrificación del coche, como reconocía hace unos días el Sr. Chu, secretario de Energía de Obama y premio Nobel de Física, presenta diversos problemas técnicos y económicos por los que la electrificación del parque móvil de los EEUU tardará bastantes décadas.

Zapatero, en cambio, quiere que ocurra ya. Se despertó una mañana y creyó ver el futuro. Como sucede con los niños pequeños, su impaciencia no le permite esperar. Tiene que ocurrir ya. Así que para conseguirlo ha decido ofrecer un regalito de nada menos que 6.000 euros a todo el que se compre un coche eléctrico. Claro que para poder dar ese dinero se lo tiene que quitar primero a otro. Como para ver cumplido su sueño no sólo va a tener que generar una demanda del coche que no existiría sin su regalito sino que necesitará involucrar a los productores, importadores, comercializadores así como a muchos profesionales del sector, Zapatero también va a dar hasta 590 millones de euros en ayudas.

Si consigue colocar todos los coches que quiere en los próximos dos años, las ayudas de cada uno habrán costado la friolera de 8.428 euros. Casi nada. Pero nos contarán que ha creado nuevos puestos de trabajo más verdes, olvidando siempre que otros puestos de trabajo que realizaban tareas más deseadas por los consumidores habrán dejado de existir porque les han arrebatado esos recursos.

El coste de traer al presente algo que posiblemente no fuera a ocurrir de forma natural hasta dentro de varias décadas puede ser enorme. Llama la atención que si estaban tan convencidos de que el petróleo se iba a acabar, tengan que dar tal empujón al coche eléctrico. Si sus pronósticos eran acertados, bastaba con sentarse a esperar unos pocos años y ver cómo tenía lugar la electrificación sin haber de gastar un duro en ello. Pero lo más desconcertante es cómo resulta posible que hayan superado su rechazo al modelo individual de transporte.

Uno puede pensar que han vencido su aversión a la libertad que permite el coche porque puestos a tener coches, el eléctrico respeta más el medio ambiente. Sin embargo, la energía que requerirá cargar las baterías necesitará de la contribución de centrales eléctricas, muchas de las cuales emiten el denostado CO2 y gases contaminantes. Además, las propias baterías son un problema medioambiental.

La respuesta está en lo que el gran economista Ludwig von Mises llamaba la dinámica del intervencionismo. Las enormes ayudas públicas a las energías renovables han hecho proliferar hasta tal punto las placas solares y los molinos eólicos que han puesto en serio riesgo la viabilidad técnica y financiera del sistema eléctrico español, según reconoce el propio Ministerio de Industria. Uno de los problemas de estas energías es que producen según el viento y otras variables meteorológicas y no cuando la gente quiere consumir. Por ejemplo, suelen producir electricidad por la noche, cuando nadie la demanda. En lugar de dar marcha atrás, a Zapatero se le ha ocurrido apuntalar los molinos haciéndonos consumir electricidad cuando sople el viento. ¿Cómo? Teniendo que recargar las baterías por la noche. Así es como Zapatero pretende que su coche fantástico, que nos va a costar un ojo de la cara a los españoles, rescate sus fantasiosas aspiraciones energéticas.

Propaganda de la libertad

Definirse como liberal es todo un atrevimiento cuando la doctrina oficial divide la política en categorías opuestas como izquierda y derecha donde la idea de libertad parece no tener lugar. Aún así, existen subterfugios en los que el votante puede acogerse; hay quienes se consideran liberal-progresistas frente a los que se denominan liberal-conservadores, y evitar así mayores quebraderos de cabeza. Por supuesto que en el mismo país en el que se inventó el termino “liberal” podemos encontrar una minoría excéntrica que se identifica como liberal, y podríamos entrar a desgranar variantes en una lista interminable que solo satisfaría a todos si pudiéramos encontrar tantas acepciones como visiones. Pero esta se antoja como una tarea interesante, aunque estéril en la práctica y, en concreto, en la forma de participación por antonomasia de nuestro sistema político: el voto.

Si hay un momento en la vida pública de las democracias representativas en el que se pueden encontrar algunas semejanzas con un mercado “libre” es el de la cita con las urnas. Existen otras formas de participación con las que las demandas y apoyos pueden influenciar el sistema pero éstas terminan articulándose a través del voto. El profesional de la política vende su mensaje y el votante elige entre las opciones. Mientras que los resultados son medibles y sirven para elegir representantes, formar gobiernos o refrendar decisiones; ni los costes ni los beneficios para los votantes son cuantificables por lo que la elección es emocional antes que racional.

Hoy no se pone de manifiesto la novedad del triunfo de la emotividad sobre la política, sino las consecuencias de su expansión a todos los ámbitos. Mientras esperábamos el fin de la Historia, el Estado ha crecido con las ideologías y sus raíces se entrelazan con las de la democracia evolucionado con ella. De partidos de notables pasando por partidos de masas hasta los llamados electoralistas, los votantes de cada momento histórico han sido movilizados de forma diferente pudiendo identificar intensidades de emotividad distintas. Así, el momento de mayor excitación sentimental colectiva no es el actual sino el del hombre masa orteguiano mientras que hoy aquél ha sido superado por el hombre posmoderno que certificó erróneamente la defunción de las ideologías.

La manipulación sentimental ha sido, es y será la clave de cualquier victoria electoral, pues la forma en que se concibe el mundo, el marco a través del cual pensamos, es la clave por la cual nos identificamos con unos colores políticos y no otros. Ni las razones ni los argumentos nos llevan a las urnas mientras que sí lo hacen los argumentarios y las asociaciones rápidas de ideas. Los falsos debates de los parlamentos no sirven para convencer a la tribuna contraria sino para enviar mensajes a los propios mientras que las construcciones teóricas sobre las que se asientan son elaboraciones anteriores y no se cuestionan durante los procesos electorales.

En este punto nos encontramos, hemos asumido que los antagonismos habían sido superados en una reinterpretación obscena del materialismo histórico y hemos olvidado la propaganda, el marketing de las ideas. De ahí que una idea tan atractiva como la de la libertad tenga más enemigos que defensores, no entre los profesionales de la política -interesados en su libertad y no en la nuestra- sino entre los hombres que se ven reducidos a meros ciudadanos-votantes. Por acción y omisión el debate sobre la tensión entre la libertad y las demás necesidades humanas se ha roto a favor de éstas. No lamentamos la pérdida creciente de libertades que sufrimos a cambio de la falsa protección del Estado; una falta seguridad que nos hace irresponsables e incapaces de vivir nuestras vidas sin que otros tomen nuestras decisiones.

Los escritos y pensadores están ahí, y siempre quedarán preguntas filosóficas sobre las que debatir, pero el liberalismo no puede limitarse a combatir dentro del marco que han construido sus detractores sino que tiene que bajar a la calle para reivindicarse y dejarse querer, no como un liberalismo simpático -para sus detractores, se entiende- sino como lo que es: la reivindicación del individuo y las relaciones que establece libremente.

L. M. Lachmann: elogio de la incertidumbre

Sin incertidumbre, sin la ignorancia inerradicable, consustancial a la sensación de inseguridad ante el futuro, no habría libertad. Somos libres porque somos ignorantes. El corolario de esta ignorancia es que las valoraciones son siempre subjetivas. Si no existe un canon único de valoraciones objetivo, y/o no lo conocemos, valoramos subjetivamente los objetos y las acciones a través de nuestra imaginación y conocimientos.

Como Mises afirmó, el subjetivismo valorativo es esencial en la acción humana y, según el descubrimiento de Hayek, sin obviar lo anterior, el conocimiento está disperso. Según los modernos austriacos, sólo un régimen social de libertad y propiedad privada hace posible que las valoraciones subjetivas y dispersas puedan ser conectadas por medio de la acción empresarial. Si ésta es libre puede tantear las parcelas de conocimiento para coordinar los planes individuales y producir coordinación de planes y, por consiguiente, beneficio empresarial.

No obstante es preciso contemplar esto a la luz de uno de los más oscurecidos representantes de la Escuela Austriaca, el berlinés, Ludwig M. Lachmann para contemplar una dimensión ineludible. Decía Lachmann que la condición humana establece en el individuo una subjetividad radical, y por ende una libertad según la cual no es posible asegurar que la tendencia a la coordinación de los planes fruto de la acción humana es mayor que la tendencia a la descoordinación. Según Lachmann, no es posible hablar de un cierto grado de subjetivismo, que lleva a acciones coordinadoras, ni de conocimientos dispersos coordinables crecientemente por empresarios vía precios solamente. Es precisamente lo que no se ve lo que ha de ser desvelado y si existe cambio impredecible y de ritmos variables es porque las tendencias a la descoordinación, al desorden, fruto de la acción humana son tan fuertes al menos como las que producen orden. Según Lachmann, la incertidumbre proviene del principal foco de valoraciones, que es la imaginación humana individual y que en esa imaginación inaprensible radica la esencia libre del hombre. Concluimos aquí que, restringida la imaginación y la subjetividad, la libertad se ve mermada.

Lo cierto es que podríamos estar ante un universo social tal y como Lachmann lo describe. En términos lógicos habría que aceptar que no es posible predicar un poco de subjetivismo como principio de la acción humana. Éste es o no es. Y si el ser humano es subjetivo, lo es radicalmente, tal y como Lachmann aseguró. Por consiguiente, también es radicalmente libre.

Pero, en apariencia, estamos inducidos a pensar que las sociedades, salvo momentos históricos de desorden, producen orden creciente. Somos propensos a creer que la coordinación es mayor en cantidad y frutos que la descoordinación. Y aquí está lo más relevante de todo esto. Por una parte, la subjetividad es consustancial al ser humano, es la base de su libertad y tanto aquella como ésta producen orden en la misma medida que desorden. Por otra parte, parece que la humanidad crece en número y en capacidad de coordinar a mayor número de personas.

En conclusión, no es cierto que la coordinación humana sea un fruto de la libertad realmente existente y que cuanta más libertad más orden espontáneo surgirá. La coordinación supone que una parte de las valoraciones subjetivas han sido sustituidas por las valoraciones subjetivas de otros a los que se confiere superioridad valorativa. Hay una coacción mental inducida por fantasías o por coacciones físicas que hace que la coordinación sea más posible que el desorden.

Llegados a este punto se trata solamente de establecer cuánta coacción y de qué tipo es la compatible con un régimen de libertad enraizado en la naturaleza humana. En otra ocasión propuse la autoridad religiosa moralista como alternativa a la coacción física e inmoral del Estado. Para un liberal, reactivo ante el Estado, no hay otra alternativa.

Greenspan, el genio culpable

"…Más tarde, los oficiales de la Reserva Federal intentaron absorber el exceso de reservas y finalmente tuvieron éxito en frenar el boom. Pero ya era demasiado tarde".

Esta radiografía de la crisis, bastante atenida, no es mía. Mi única aportación a la misma ha sido escribir "mercado inmobiliario" donde antes ponía "mercado de valores". Esta sucesión de hechos, que se ajusta como un guante a la crisis que estamos padeciendo hoy, fue escrita en 1966 por Alan Greenspan y pretendía ser una síntesis de las causas de la Gran Depresión de 1929.

Lástima que Greenspan no haya recordado estas sabias palabras a la hora de analizar su actuación durante la gestación del boom inmobiliario ante el Congreso de Estados Unidos. Se proclama inocente, como cabría esperar de alguien que no tenga una marcada pulsión suicida. Su actitud es comprensible, no excusable. Al menos no desde el rigor intelectual.

Es cierto que concentrar todas las responsabilidades en un solo nombre peca de simplista. No hay un único culpable de la crisis, sino muchos, cada uno desde esfera de responsabilidades: los bancos comerciales por conceder hipotecas a 30 años mediante depósitos a muy corto plazo; los bancos de inversión por mantener merced a operaciones repo intradía carteras de negociación repletas de activos ilíquidos; la Administración republicana por gastar sin freno y engendrar unos déficits que sólo Obama ha conseguido que parezcan pequeños; las aseguradoras por olvidarse de todo principio de prudencia actuarial y emitir CDS que de ningún modo podían cumplir con sus niveles de capitalización; los reguladores por favorecer aún más el apalancamiento de la banca, por promover normativas desastrosas destinadas a inflar el precio de las viviendas y por incentivar el régimen de vivienda en propiedad entre las clases menos solventes; las agencias de rating por carecer de una teoría económica fiable que les permitiera anticipar la contracción crediticia; el Banco Central de China no por mantener tipos de cambio fijos con el dólar, como se le suele acusar, sino por respaldar sus emisiones de yuanes con activos a largo plazo nominados en dólares (otro descalce de plazos); y sí, como acusa Greenspan, Freddie Mac y Fannie Mae por aprovecharse de las garantías implícitas del Gobierno para endeudarse contra toda lógica en adquirir activos hipotecarios de altísimo riesgo.

Todo esto es cierto y, en cierto modo, sería injusto culpar a Greenspan por ello. Pero, y he aquí un gran pero, todos estos procesos devastadores para la economía se desarrollan en medio de una orgía crediticia que tiene su causa original en la bajísima financiación que la Reserva Federal presidida por Greenspan otorgó a los mercados financieros. En 2001 y 2002 la economía estadounidense se abocaba hacia una sana liquidación de las malas inversiones acumuladas en los años precedentes. Pero Greenspan rebajó enérgicamente los tipos de interés (más allá incluso de lo que él mismo consideraba necesario, según admitió en sus memorias) y consiguió que los bancos estadounidenses volvieran a endeudarse a corto plazo para invertir a largo.

Es inútil fijarse en agregados monetarios del todo insuficientes –como la M0, la M1 o la M2– para conocer el alcance de la intervención de Greenspan: sólo queda leer y analizar sobre los balances empresariales en el brutal apalancamiento a corto plazo en el que incurrieron bancos comerciales, los bancos de inversión, los conduits, las GSE, las aseguradoras financieras e incluso los bancos centrales extranjeros, después de las rebajas de tipos de la Fed.

Sería absurdo sostener que la Fed es capaz de estabilizar el sistema financiero e incluso promover la creación de empleo mediante su intervención continuada en los mercados de crédito a corto plazo –como sostienen muchos economistas– y al mismo tiempo exculpar a la Fed de haber tenido una muy poderosa influencia a la hora de empujar a un colosal endeudamiento a corto plazo entre los agentes. Fue la Fed quien colocó los tipos al 1%, fue la Fed la que hizo posible que los bancos encontraran rentable volver a arbitrar la curva de rendimientos (endeudarse a corto e invertir a largo), fue la Fed quien logró que reaflorar demandantes de crédito. Es decir, fue Greenspan.

Que luego el banco central no obligara a ningún banco privado a endeudarse imprudentemente a corto plazo o a prestar a deudores de alto riesgo o a acrecentar sus fondos de maniobra negativos o a mantenerse infracapitalizados o a sumarse a la especulación inmobiliaria, no quita que fuera él quien sentó las bases para que todo esto sucediera.

Si la Fed hubiese mantenido unos tipos de interés a corto plazo mucho más altos (por ejemplo del 5% o 6%) ni los bancos hubiesen podido incrementar tanto la oferta de crédito hipotecario, ni los estadounidenses menos solventes hubiesen podido demandar tanto crédito hipotecario, ni los bancos de inversión habrían estado interesados en concertar caras operaciones a corto plazo para invertir en activos de bajo rendimiento, ni el déficit comercial estadounidense hubiese sido tan cuantioso y por tanto el Banco Central de China no hubiese tenido opción a monetizar tanta deuda en dólares (el famoso ahorro asiático que no era en realidad ahorro), ni la burbuja inmobiliaria hubiese alcanzado magnitudes tales como para arramblar a las agencias de seguros, ni las agencias de rating habrían tenido opción a equivocarse tanto y tantas veces, ni Freddie Mac y Fannie Mae hubiesen podido adquirir enormes cantidades de unas titulizaciones hipotecarias de alto riesgo que simplemente no habrían existido.

Por eso Greenspan causó la crisis. No porque sea, ni mucho menos, responsabilidad exclusiva suya, sino porque fue un cooperador necesario, imprescindible, y causa eficiente de todo el proceso. Que el propio Greenspan sea un experto (digo bien) en teoría monetaria y de los ciclos económicos sólo me reafirma en esta posición. Difícilmente podría haberse hecho todo tan bien para que terminara tan mal. Bernanke muy probablemente no hubiese sido capaz sostener la burbuja tantos años y, de hecho, a las primeras de cambio le reventó. Greenspan la aguantó dos décadass. Tiene mérito, aunque sea un mérito de siniestras consecuencias.

La receta, sin embargo, ya la prescribió el propio Greenspan en 1966 y al menos en parte la reafirmó ayer. Las regulaciones en el fondo no sirven, lo que falla es el sistema: "El oro se interpone en este insidioso proceso como protector de los derechos de propiedad. Si uno entiende esto, no debería tener dificultad en comprender la causa del antagonismo frente al oro de los estatistas". Lo sabía y lo sigue sabiendo. De hecho, probablemente pasará a la historia como la persona que más hizo en la práctica por mostrar lo catastrófico del sistema monetario actual basado en un dinero fiduciario de curso forzoso emitido monopolísticamente por un banco central. Aunque él no lo quiera, aunque él lo niegue.

Copiar es copiar

Sostres había equiparado la descarga de música con el robo, y en mi artículo sintetizo los principales argumentos teóricos y prácticos contra la propiedad intelectual: un bien intangible no es de uso excluyente y la función del derecho de propiedad es evitar el conflicto en torno a los usos excluyentes de un recurso, un monopolio legal sobre un bien intangible está en conflicto con el uso de tu propiedad tangible (el uso de mi ordenador, el uso de mis CDs, el uso de mis instrumentos o de mis cuerdas vocales), las patentes y copyrights a menudo desincentivan la innovación al proteger ciertas ideas de la competencia por un lapso de tiempo.

La respuesta de Sostres es bastante retórica, oscila entre el ataque ad hominem y la reiteración. Me atribuye la opinión de que la literatura, la música y las demás disciplinas artísticas se han desarrollado a través de la copia, pero lo más que he llegado a decir es que la imitación y la emulación son consustanciales al progreso, y la competencia en el mercado a menudo consiste en hacer modificaciones marginales a bienes y servicios existentes: producir lo mismo que otro un poco más rápido, vender lo mismo un poco más barato, vender al mismo precio algo un poco distinto.

Sostres esquiva convenientemente algunos interrogantes: ¿debe modificarse la legislación para que los modistos puedan proteger sus diseños, los arquitectos sus dibujos, los matemáticos sus fórmulas, o los coreógrafos nuevos movimientos de danza? Lo que defiende Sostres no es meritocracia, es proteccionismo. Si de los ingresos del músico se trata, pues tendrá que adaptar su modelo de negocio lo mismo que tuvo que hacer el librero. Más conciertos en directo, más valor añadido atado a la música, más publicidad, más suscripciones. El mundo digital ha sacudido a los dinosaurios pero ha facilitado la entrada a muchos artistas, reduciendo extraordinariamente los costes de producir y distribuir música.

Insiste Sostres en que copiar una canción y pasársela a otra persona es robar. Algunos lo han comparado con el fraude: si después de una consulta con el médico nos marchamos sin pagar, habiéndonos aprovechado de su diagnóstico, ¿no le estamos “robando”? Claro que sí, pero eso es porque hemos suscrito un contrato que nos obliga a pagar a cambio del servicio. Cuando copiamos una idea o nos aprovechamos de una obra artística, no estamos necesariamente sujetos a ningún contrato con el autor.

En primer lugar, porque a menudo pueden asimilarse ideas sin necesidad de entablar ninguna relación contractual (vemos una obra o invención, escuchamos una canción por la radio). En segundo lugar, porque el primero en copiar puede haber cometido un fraude (si el contrato de venta del producto original estipula que el comprador no puede hacer una copia), pero las terceras personas que no están vinculadas al vendedor mediante un contrato de compra no son culpables de fraude si obtienen lo que otros ponen a su disposición. Es como si, una vez filtrados los correos de los calentólogos de la Universidad de East Anglia, tuviéramos que taparnos los ojos o eliminar esa información de “origen fraudulento”. En cualquier caso la legislación actual permite copiar una obra para regalársela a un amigo, y eso es básicamente lo que sucede en la red, solo que quien descarga la copia puede ser un desconocido.

Por último, un disclaimer, ¡no sea que Sostres me acuse de ladrón! No me descargo música de internet (ni siquiera sé cómo funciona el emule). Eso sí, a veces canto en la ducha sin permiso del autor.