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¿Quién mató a Adrián Leiva?

Los cubanos que sufren el exilio y el destierro acaban de perder a una persona querida para ellos. Se trata de un compatriota suyo, también demócrata, que acaba de fallecer en extrañas circunstancias al tratar de entrar en su país. Su nombre es Adrián Leiva.

La dictadura caribeña no sólo decide qué cubanos pueden salir del país. También quiénes pueden volver a él. El Gobierno de Cuba exige a sus propios ciudadanos residentes en el extranjero un visado para poder entrar en la isla. A cientos o miles de ellos se les niega dicha autorización. El régimen castrista les ha incluido en la categoría de “salida definitiva”. Adrián Leiva luchaba desde el exilio contra esto. Trataba de lograr que sus conciudadanos pudieran entrar y salir libremente de su patria, como ocurre en cualquier país del resto de Occidente.

Él mismo quería volver a su hogar y estar con su familia. La dictadura le denegó de forma constante el permiso para ello. Se dirigió varias veces, con cartas enviadas mediante correo electrónico, a Rodríguez Zapatero para solicitar de sus buenos oficios ante el Gobierno cubano. La respuesta habitual fue el silencio. En una ocasión le contestaron de diferente manera, una réplica automática que decía textualmente:

“El presidente del Gobierno ha recibido su correo electrónico, cuyo texto figura más abajo. Con el fin de poder atenderle, le solicitamos que cumplimente los campos marcados como obligatorios en el formulario adjunto”.

Ante la falta de permiso para volver a Cuba, decidió entrar ilegalmente en su propio país en una barca. Murió,l según las autoridades castristas,  ahogado antes de pisar tierra. Llamaron a su hermana para que identificara el cuerpo, el cadáver de un ser querido del que la dictadura la mantuvo separada durante muchos años. No hubo explicación oficial. El castrismo se cobró una nueva víctima.

El socialismo y las ranas

La manipulación del lenguaje es una de las batallas que los amantes de la intervención del Estado frente a la libertad individual han ganado. Al menos, de momento. Las acusaciones de egoísmo, falta de solidaridad, extremismo, llegando a insultos a las primeras de cambio y de forma sistemática, van en una sola dirección: de ellos a nosotros.

En el momento en que cualquier persona se atreve a expresar una opinión acerca del mercado, la crisis, el mito del cambio climático, el canon digital o el despilfarro de subvenciones del Gobierno hay un alto grado de probabilidad de que sea tachado de fascista, neoliberal, radical y defensor del capitalismo salvaje. No existe, por el contrario, un término similar para designar a quienes pretenden que los más vivan a costa de los menos, no hay socialismo salvaje.

No importa que el socialismo haya condenado a la pobreza a tantos países, que las dictaduras sean, en su mayoría, contrarias al mercado y se caractericen por aniquilar la libertad individual. Da lo mismo que la esencia del socialismo sea que los trabajadores financien con sus impuestos a los grupos que el gobierno decide privilegiar, en principio porque lo necesitan más, y no contribuyen. El Estado es “benefactor”, no puede hacer mal, redistribuye el dinero de los más ricos a los más pobres. Y esa idea, por más que cada día en los periódicos la realidad muestre su falsedad, está grabada a fuego en la mente de los ciudadanos. Uno puede publicar, como hace Desde el Exilio, las subvenciones más peregrinas y sangrantes, los millones de euros injustificados que dan fe del derroche gubernamental. El Estado sigue siendo “benefactor”… siempre lo hace bien.

Por el contrario, el mercado, como egoísta que es, siempre busca que gane el más rico, el más fuerte, el abusón del patio del colegio. Y si Manuel Ayau proclama a los cuatro vientos que para salir de la pobreza hace falta libre mercado, propiedad privada y cumplimiento de los contratos, seguro que es sospechoso de algo, es amigo de los americanos o algo oculta. Y si Johann Norberg muestra en su documental Globalization is Good que quienes tratan de salir de la pobreza lo que quieren es que les dejemos competir en nuestros mercados, lo más probable es que esté financiado por algún malo maloso y, en realidad, odia a los pobres.

Quienes denuncian que las medidas del gobierno ante la crisis son un disparate son unos cenizos que se alegran de cualquier mal que sobrevenga para poder criticar al gobierno, a la oposición y a todo lo que se mueva. Quienes cuestionan que el dinero presupuestado por un comité sospechoso de irregularidades para combatir el cambio climático (como si eso fuera posible) sea un gasto inútil, o que tal vez hay otras necesidades, o que no tiene sentido… son tachados de destructores de la Tierra, irresponsables ecológicos, no piensan en el futuro de los niños.

Eso sí, si es el Gobierno el que hipoteca los recursos de los niños del mañana emitiendo deuda pública, no pasa nada, bien empleado está ese dinero, no hay más que esgrimir como argumento la solidaridad intergeneracional. Y esa es la clave: la solidaridad coactiva. Sea intergeneracional, ecológica, entre Comunidades Autónomas, entre países… sirve para todo, cubre todos los desmanes estatales con su manto y tranquiliza las conciencias de todos. De quienes gastan y de quienes consienten, aplauden y votan a los que gastan.

Es más difícil justificar el derroche cuando se trata de observadores extranjeros (The Economist, el Fondo Monetario Internacional, o la canciller alemana) quienes nos señalan con en dedo como uno de los cinco países junto con Portugal, Italia, Irlanda y Grecia, que lo vamos a llevar peor a la hora de salir de la recesión.  Pero la imaginación humana da para mucho y está claro que esta vez son ellos los que se comportan como capitalistas salvajes, exagerados, cenizos, o como si tuvieran un interés oculto y malévolo: acabar con el euro, detentar el poder europeo absoluto… ¡vaya usted a saber!

Y, sin embargo, cada día que pasa, usted y yo decidimos menos sobre nuestros actos, sobre nuestro dinero, sobre nuestro esfuerzo. Cada día, el monopolio gubernamental de los medios de comunicación es mayor, la necesidad de licencias, permisos, el pago de tasas, es más aplastante, y no nos damos cuenta. ¿El secreto? El mismo que para cocer ranas: subir la temperatura poco a poco.

Nuestra intimidad, con el culo al aire

Otros, en cambio, dejaron al descubierto en su web los datos personales de millones de personas. No pagarán ni un duro.

¿A qué se debe esta diferencia entre un caso y otro? Sencillamente, a que el primero es una empresa privada, Iberia, y el segundo un organismo público, el INEM. La Ley Orgánica de Protección de Datos incluye dos regímenes completamente separados de sanciones, uno para empresas y otro para las administraciones públicas. En el primer caso, puede imponer sanciones de hasta un millón de euros. En el segundo, un tirón de orejas.

La lógica detrás de este doble rasero es el llamado criterio de caja única. Dado que todo el dinero que reciben todas las administraciones viene de un mismo bolsillo, el nuestro, no tiene mucho sentido mover la pasta de un departamento a otro. Mejor que se quede donde está y nos ahorramos los costes de transferirlos, rehacer presupuestos, etc. Suena lógico, y hasta cierto punto lo es. Pero crea un incentivo perverso: mientras que las empresas se han ido poniendo las pilas en cuanto a la protección de sus datos, las administraciones se lo toman con una pachorra que pa qué.

Vean si no el caso del INEM. Tenían noticia desde diciembre de 2008 de un error que permitía obtener los datos de todas las personas que hubieran estado alguna vez apuntadas a las listas del paro. Un error, además, que todo el que sepa un poco de programación web sabe que es debido a un descuido y que cuesta bien poco corregirlo. ¿Hicieron algo? Naturalmente que no. Cuando fueron "condenados" por la Agencia Española de Protección de Datos finalmente movieron un dedo, o dos. Y ya está. No se tienen noticias de que nadie haya perdido su trabajo por esto.

De hecho, ni siquiera políticamente han sufrido daño alguno por esto. Resulta que cuando se emitió la resolución, la misma agencia que mueve Roma con Santiago para informarnos de los más mínimos detalles de las reuniones de su director, Artemi Rallo, con la red social de moteros de Cuenca para asegurarse de que los menores de 14 años no pueden entrar en ella no tuvo a bien sacar una nota de prensa para informar a los periodistas, y a través de ellos a los españoles, del caso más grave de desprotección de datos que ha tenido lugar en España. ¿Por qué? No se consideró noticia, parece ser. Yo por mi parte pienso mal. ¿Y ustedes?

Dado que es un problema de incentivos, no es sólo el INEM el que se toma con cierta tranquilidad este problema, naturalmente. Samuel Parra, el mismo experto que descubrió y denunció el caso, ha criticado la inacción de la DGT ante una reciente "condena" de Protección de Datos. Resulta que la web nos permitiría con cierta facilidad averiguar los puntos que tiene en el carnet cualquier conductor que conozcamos. Basta con tener el NIF y la fecha de expedición del primer carnet, y aún sin saber lo segundo la cosa es relativamente fácil, pues no hay límite de intentos, así que puede probar todas las fechas que estimo oportuno automáticamente. Suponga que es usted una compañía de seguros. ¿Verdad que es una noticia como para frotarse las manos?

Pues bien, el responsable de informática de la DGT, un tal Luis de Eusebio, ha dicho que como hasta ahora no han detectado ningún intento de aprovecharse del sistema, pues que no lo cambian. ¡Y que no lo cambian, oiga! Naturalmente, el mes que viene cobrará íntegro su sueldo, y el que viene, y al otro. De nuestro dinero. Luego habrá quien se pregunte por qué soy liberal.

Daniel Rodríguez Herrera es subdirector de Libertad Digital, editor de Liberalismo.org y Red Liberal y vicepresidente del Instituto Juan de Mariana.

Las burbujas y las mentiras de Krugman

…y los inflacionistas pregonaban exactamente lo mismo que pregonan ahora: "Por favor, Mr. Greenspan: baje los tipos de interés y créenos una nueva burbuja con la que ir tirando".

Para que no quepa duda sobre cuáles fueron las palabras de Krugman en 2002, conviene volverlas a anotar. Decía el futuro Premio Nobel, en un artículo publicado en el New York Times:
 

Para combatir la recesión es necesario que la Fed responda con contundencia; hay que incrementar el gasto familiar para compensar la languideciente inversión empresarial. Y para hacerlo Alan Greenspan tiene que crear una burbuja inmobiliaria, con la que reemplazar la burbuja del Nasdaq.

Tengo la impresión de que a muchos economistas les molesta que los poderes públicos les hagan escrupulosamente caso en sus recomendaciones. Quieren influir e inspirar la acción política, pero no responsabilizarse de la misma. Avalar una determinada política económica suele servir para demostrar que sus nefastas consecuencias proceden de una no menos nefasta teoría económica. Sea como fuere, la recomendación de Krugman fue diáfana: de burbuja en burbuja hasta la explosión final, cuando, naturalmente, estaremos todos muertos como intuía Keynes.

 

Como decía, al Sr. Nobel no le gusta que los fachorros, movidos por el odio hacia su conciencia progre, le recuerden una y otra vez sus palabras. Así que ha contraatacado en su blog negando que dijera lo que dijo. Su frase, asegura, estaba sacada de contexto:
 

Yo no estaba apostando por una burbuja, estaba reflexionando sobre los límites de los poderes de la Fed, señalando que lo único que podía hacer Greenspan para lograr que la economía se recuperase era crear una nueva burbuja, lo cual NO equivale a decir que eso era una buena idea.

No sé si algún fanático se habrá ensartado en el anzuelo de Krugman, pero todo esto cada vez resulta más ridículo. Es a todas luces evidente que Krugman está mintiendo, y además lo está haciendo de manera descarada.
 

Si al menos se tratara de un traspié aislado, de una flor marchita en una pradera de aciertos, aún cabría pensar que esa columna la escribió su alterego neocón. Pero no. Los llamamientos de Krugman a crear una nueva burbuja inmobiliaria fueron constantes en esas fechas. Pueden encontrar una recopilación aquí; por mi parte, me permito destacar los más sangrantes.
 

En una entrevista en Die Zeit declaró:

Durante las fases de bajo crecimiento siempre hay quien dice que recortar los tipos de interés no va a servir de nada. Esta gente olvida que los bajos tipos de interés actúan de distintas maneras. Por ejemplo, ayudan a construir más viviendas, lo que expande el sector de la construcción. Más bien debemos plantearnos lo contrario: ¿por qué diantres no vamos a bajar los tipos de interés?

En otra entrevista, el 18 de junio de 2001, manifestó:

Ahora mismo, todo es posible, incluso que los consumidores contribuyan a la recuperación. ¿Recortará la Fed lo suficiente los tipos de interés? ¿Caerán bastante los tipos a largo plazo como para lograr que los consumidores se metan en el sector inmobiliario? No lo sabemos.

Ese mismo año, en un artículo publicado en el New York Times el 14 de agosto, insistía:
 

Los consumidores, que ya están ahorrando poco y endeudándose mucho, probablemente no contribuirán a la recuperación. Pero la construcción, que es muy sensible a las reducciones de los tipos de interés, sí podría hacerlo.

También en 2001, en octubre, dijo:


La política económica
debería dirigirse a estimular otro gasto que compense temporalmente la reducción de la inversión empresarial. Unos tipos de interés bajos que promuevan el gasto en construcción y otros bienes de consumo duradero son la parte principal de la respuesta. (El énfasis es mío).

Parecería difícil, más bien imposible, que ante declaraciones de este calibre Krugman siguiera negando que promovió la política monetaria que nos ha llevado a la crisis actual. Pero el Sr. Nobel está en ello: en realidad, dice, no estaba defendiendo la creación de una burbuja inmobiliaria, sino sólo la reducción de los tipos de interés. La burbuja, prosigue, fue una consecuencia indeseable de la unión de unos tipos bajos, que él sí defendía, con la desregulación financiera, que él no defendía. Dejemos que él mismo se explique:
 

¿Defendí una reducción de los tipos de interés? Sí. Desde mi punto de vista, eso no es lo que hizo mal la Fed. Necesitábamos una mejor regulación para poner coto a la burbuja, pero no una política monetaria que sacrificara el crecimiento y el empleo con tal de limitar la exuberancia irracional. Podéis estar en desacuerdo, pero eso no me convierte en alguien que promovió deliberadamente una burbuja.

Bueno, ciertamente, su defensa de las reducciones artificiales de los tipos de interés no tendría por qué convertirle en alguien que deliberadamente promovió una burbuja, pero sí en alguien que lo hizo inconscientemente, sin conocimiento de causa, sin tener la más mínima idea de cómo funcionan los mercados; lo cual, dicho sea de paso, no deja en muy buena posición a uno de los premios Nobel que más está tratando de inspirar las acciones del Estado. ¿Deberíamos, pues, dejar todo este escándalo en que Krugman es un irresponsable y un ignorante? Si no queremos hacer sangre, sí. Pero no veo ningún motivo para dejar de probar que Krugman, aparte de irresponsable e ignorante, es un mentiroso.
 

Para ello nos basta con darnos cuenta de que es imposible reconciliar estas dos afirmaciones que realiza en su último post:

Yo no promoví que la Fed creara una burbuja inmobiliaria, sino sólo que bajara los tipos de interés. 
 

Mi frase sacada de contexto era una reflexión sobre las limitaciones de los poderes de la Fed: sólo señalaba que lo único que podía hacer Greenspan para favorecer la recuperación económica era crear una burbuja.

Veamos. Según el propio Krugman, en 2001 y 2002 él estaba defendiendo las reducciones de los tipos para favorecer la recuperación; pero, según él mismo, la Fed sólo podía lograr esa recuperación generando una burbuja inmobiliaria a través de… unos tipos bajos. Si él buscaba la recuperación con unos tipos bajos y la única manera de que éstos la lograran era dando lugar a una burbuja, ¿cómo puede siquiera insinuar que no veía con buenos ojos la gestación de una burbuja en el ladrillo? ¿Acaso estaba defendiendo aquello que según él mismo Greenspan no podía hacer: bajar tipos y relanzar la economía sin generar una burbuja? No, nada de eso. Lo que sucedió fue lo que la navaja de Occam sugeriría que sucedió: Krugman aplaudió la expansión descontrolada del crédito que terminó generando la crisis presente y ahora está mintiendo de manera intencionada.
 

Alguien podría pensar que todo esto carece de importancia, que no va más allá de un episodio chusco en el que Krugman ha sido pillado con el carrito del helado y trata de defenderse como puede. Pero no creo que debamos quedarnos en la anécdota y olvidarnos de la categoría. La honestidad es una de las principales cualidades que le son exigibles a un científico. La honestidad es el primer elemento que nos permite discriminar si una teoría trata de desentrañar la verdad o si, por el contrario, es un mero subterfugio para manipular al público y al resto de la comunidad científica. La honestidad es una de las características básicas que permiten diferenciar a un científico de un propagandista, a un analista de un charlatán, a un economista de un juntaletras con pujos de ingeniero social.
 

No es irrelevante que Krugman haya sacrificado su honestidad en público. Ha mostrado que cuando le conviene está dispuesto a mentir, a tergiversar sus opiniones y a engañar a sus lectores. Cada uno de sus libros, cada una de sus columnas, cada uno de sus artículos académicos deberían ser leídos con mucha más cautela a partir de ahora. Muchos ya lo hacíamos desde hace tiempo. Otros deberían empezar a hacerlo desde ya. A menos, claro, que ellos mismos sean especímenes a lo Krugman: trileros con piel de científicos.

¿Cómo eliminar la corrupción?

…el piso de lujo que se ha comprado el hijo de Bono; la vergonzosa ocultación de bienes patrimoniales por parte de toda la clase política, sin excepción; la financiación ilegal del PSOE en la negra etapa de Filesa; la condonación de créditos multimillonarios a partidos políticos; el fichaje de políticos por parte de grandes empresas; la opacidad de las cajas de ahorros; los cientos de cargos municipales imputados y condenados por casos de corrupción urbanística… ¿Seguimos?

Es evidente que casi todo huele a podrido en las instituciones públicas que nos gobiernan, sancionan, multan y regulan hasta la saciedad. Y mientras el sector privado es vigilado con lupa para limitar su actividad en aras de un falso "bien común", todo un ejército de cargos públicos se llena los bolsillos, amasando auténticas fortunas, mediante el regular desarrollo de delitos económicos.

La corrupción política de alto rango, en la que están implicados senadores, diputados y cargos autonómicos, ha llenado las portadas de los periódicos en los últimos tiempos y todo indica que lo seguirá haciendo en los meses venideros. No obstante, y no por casualidad, la clase política se ha convertido en el segundo mayor problema del país por detrás de la crisis, según el barómetro del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS).

Y ante la obviedad, la tradicional hipocresía de los afectados. Lemas del estilo "no se puede generalizar", "la mayoría somos honrados" o "actuaremos con contundencia reformando nuestros códigos internos" han sido, una y otra vez, los mensajes reiterados a la opinión pública con la malvada esperanza de quitar hierro al asunto.

Pues no, señores. La corrupción nace con la política. Es un mal intrínseco de la actividad pública, algo natural y propio en el ejercicio del poder. Desde la antigua Roma y la mítica Atenas los cargos se vendían al mejor postor realizando toda clase de servicios ilegales a cambio de unas monedas. Nada ha cambiado.

Todos los casos citados anteriormente tienen un denominador común: el pago de dinero por parte de empresas o particulares a cambio de determinados favores cuya otorgación depende, única y exclusivamente, del sector público como, por ejemplo, la concesión de licencias urbanísticas, la apertura de negocios, la evasión de multas y sanciones o la firma de contratos por obras y servicios de toda índole, entre otros muchos.

¿Cómo combatirla? ¿Es posible erradicarla? Por extraño que parezca, la resolución de esta lacra, lejos de ser un tema político, pertenece por entero al ámbito económico. La respuesta positiva a tales preguntas tiene su explicación y origen en el grado de libertad económica de la que disfruta un país. Si a mayor Estado menor libertad, también se corrobora que a mayor Estado mayor corrupción política.

Según el Barómetro de Corrupción Global 2009, elaborado por Transparencia Internacional, "casi dos de cada cinco ejecutivos de empresas encuestados afirmaron que se les había solicitado pagar sobornos al realizar gestiones con instituciones públicas. La mitad estimó que la corrupción aumentaba en al menos un 10% el costo de los proyectos. Uno de cada cinco señaló haber perdido oportunidades comerciales como resultado del pago de sobornos por un competidor. Más de un tercio percibía que la corrupción se está agravando" a nivel mundial.

Se estima que tan sólo en los países en vías de desarrollo y en transición, los políticos y funcionarios gubernamentales corruptos reciben sobornos por un total de entre 20.000 y 40.000 millones de dólares al año, lo que equivale a aproximadamente entre el 20% y el 40% de la ayuda oficial para el desarrollo.

Ahora bien, dicho esto, cabe diferenciar entre unos países y otros. Y hete aquí cuando el cruce de datos confirma lo dicho: 15 de los 20 países menos corruptos del mundo en 2009 son, precisamente, los que gozan de una mayor libertad económica, según el índice que elaboran Heritage Foundation y Wall Street Journal. Nueva Zelanda, Dinamarca y Singapur cuentan con los políticos menos corruptos del planeta, al tiempo que se enmarcan entre las diez economías más libres. Por el contrario, los países más corruptos son también los menos libres económicamente. Sobre todo, países del Tercer Mundo y en vías de desarrollo.

España pasa del puesto 28 que ocupaba en 2008 al 32 en el ránking de corrupción, que incluye un total de 180 países, mientras que en el Índice de Libertad Económica pierde siete y desciende hasta el 36.

La corrupción tiene muy poco que ver con la bondad u honradez de las personas que ocupan cargos públicos, y casi todo con el grado de intervención económica que sufren los individuos y las empresas. Si los rusos y cubanos han sobrevivido durante décadas al puño comunista es gracias al mercado negro (ilegal) y al pago estructural de sobornos para evitar la cárcel. Es un mal endémico del sistema intervencionista.

La corrupción brilla por su ausencia en los mercado libres, con marcos regulatorios simples y favorables a la libertad, ya que, simplemente, no es necesario corromper al político de turno para desarrollar cualquier actividad legítima y acorde al derecho natural del ser humano. Así pues, ni se engañen ni se dejen engañar. Para combatir eficazmente la corrupción hay que liberalizar al máximo los mercados.

‘Sonido e imagen made in Japan privadamente

Los soldados americanos llamaban familiarmente “sonny” a los críos del ocupado Japón de la posguerra. Pese a que su capital había sido ferozmente bombardeada, brotaron iniciativas privadas allí como la del profesor de ingeniería electrónica, Masaru Ibuka, y su alumno aventajado, Akio Morita, que en 1946 fundaron Tokio Tsushin Kogyo (Ingeniería de Telecomunicaciones de Tokio) que luego cambiarían de denominación por Sony en 1958.

Sus inicios no fueron fáciles. Realizaron ingeniosas chapuzas con abandonados materiales de las tropas de ocupación. También compraron a precio de saldo radios del ejército para su reparación y posterior reventa para uso doméstico. Al no formar parte de ningún conglomerado bancario-empresarial (keiretsu) se les negó todo apoyo por parte del MITI, el todopoderoso Ministerio de Industria y Comercio, que decidía qué negocios promocionar y cuáles no. Tuvieron que echar mano de la autofinanciación entre familiares y amigos.

Sony participó en la incipiente globalización y fue el mejor ejemplo de internacionalización de una compañía nipona por medios privados. Vendieron con éxito al exterior sus primeras radios transistores de uso no militar, sus diversos registradores, sus televisores portátiles y las posteriores Trinitron. Un tercio de su creciente plantilla fue siempre reservada a ingenieros o diplomados.

Tras abrir en 1960 una subsidiaria en los EEUU, los co-fundadores de Sony no encontraron financiación alguna de los bancos, así es que decidieron salir a bolsa por su cuenta y riesgo en el mismísimo Wall Street. Era la primera vez en la historia que una empresa japonesa se proponía semejante osadía sin contar, además, con el beneplácito oficial, más centrado en una industrialización planificada del país que en arriesgadas deslocalizaciones. Sony Corporation of America fue todo un éxito. Morita se mudó con toda su familia a la Quinta Avenida de Nueva York y se codeó con la élite empresarial y cultural de los EE UU. Posteriormente, conquistaron Europa y pactaron una fructífera alianza con Philips.

Con tenacidad, muchas horas de investigación, sagaces compras de licencias, marketing muy estudiado y estratégicas alianzas con la competencia devino una de las empresas de consumo de artículos electrónicos y de entretenimiento más apreciadas del mundo (está entre las marcas más reconocidas en América junto a Coca-Cola y General Electric). Pese a la admiración de Morita por la sociedad americana y su completa integración con aquella cultura, no pudo entender nunca la recíproca infidelidad ejercida sin reparos por empleados y empleadores en EEUU, ni tampoco la excesiva litigiosidad de dicha sociedad.

Los años 80 fue una década de innovaciones rompedoras como el Walkman de 1979 (abuelo del iPod, mp3 y demás nietos), el CD o disco compacto de 1982 (desarrollado en comandita con Philips), sus reproductores y su versión portátil discman. Para ello, Sony se aseguró unas relaciones privilegiadas con la casa de discos americana CBS (mediante una joint-venture) y con la casa alemana Decca (gracias a los buenos oficios del director Karajan, deslumbrado por la calidad del sonido japonés). Fueron también hitos de ventas en el mercado global por aquella época las cámaras Mavica y las videocámaras Betamovie o Handycam.

También hubo derrotas comerciales como la de su reproductor de imagen en formato Betamax por carecer de suficientes derechos de películas para hacer más atractivo su producto frente al VHS (de menor calidad pero de mayor duración) de la también japonesa JVC, que se les adelantó. Ibuka, muy afectado por las amargas pérdidas que obtuvo de aquella apuesta, decidió dejar el timón de su empresa a su socio y discípulo Morita. Se retiró a un segundo plano para dedicarse a la educación de niños deficientes mediante la enseñanza de la música (ésta fue siempre algo muy serio para la gente de Sony).

En los inicios de la batalla comercial por un nuevo soporte digital para video DVD, Morita, rememorando la aciaga experiencia vivida con Betamax, dio un golpe de audacia en 1988 con la compra de CBS y, sobre todo al año siguiente, con la compra de uno de los siete grandes estudios de cine de Hollywood, Columbia Pictures, por el que pagó un precio excesivo y que acabó convirtiéndose en el negocio más caótico y ruinoso emprendido por Sony en toda su historia. Finalmente, constituyeron su propio holding de productoras-distribuidoras de cine y televisión. Por su parte, tras completar la compra de BMG, la unidad de Sony Music Entertainment se convirtió en una de las cuatro grandes de la industria discográfica, pero su tienda online Sonny Connect no supo competir con iTunes. Los empleados de sus divisiones de contenidos han chocado siempre con los de electrónica de consumo y no han sabido crear verdaderas sinergias a favor del consumidor, y eso se acaba notando.

Morita fue considerado una especie de embajador no oficial de Tokio (el mejor portavoz de Japón, según Kissinger). Políticos y empresarios japoneses se sirvieron de él para introducirse en los EEUU. No obstante, fue considerado siempre un outsider por la clase económicamente dominante de su país debido a sus maneras excesivamente occidentales y a que no procedía del sector de la industria pesada o del servicio público. Sólo al final de sus días fue reconocido oficialmente por sus colegas al ofrecerle en 1993 presidir la Keidanren, la más prestigiosa federación empresarial de Japón, justo cuando su país se adentraba de lleno en una prolongada recesión. Por desgracia, sufrió un infarto antes de tomar posesión de dicho cargo honorífico que le dejó postrado para los restos.

Pese a haber quedado al margen de la revolución informática y perdido la claridad de visión primigenia, Sony sigue dando hoy la batalla para competir en mejorar y entretener nuestras vidas con los ordenadores Vaio, los televisores Bravia, los móviles al alimón con Ericsson, la célebre consola de videojuegos PlayStation y su versión portátil PSP, el disco óptico Blu-ray, sus e-Readers con acceso en formato abierto ePub o las próximas emisiones televisivas en 3D de los mundiales de fútbol desde Sudáfrica. Su gran reto es poner en marcha la Sony Online Service, su nueva tienda online unificada para vender una amplia gama de contenidos (películas, programas de televisión, música, libros, parte de su catálogo histórico de la PlayStation, aplicaciones móviles, etc.) accesibles desde sus diversos dispositivos. El futuro de la multinacional nipona probablemente se decidirá allí.

Para volver a sus raíces ahí va este consejo dirigido al empresario: “Contempla cuidadosamente cómo viven las personas, intuye qué es lo que desean y lánzate a por ello; no hagas demasiados estudios de mercado”, palabra de Morita.

Ingeniería eco-social

Pocos ven las actuales políticas públicas sobre medio ambiente como perjudiciales, sino como un beneficio para todos. Tampoco creo que haya muchas personas que sospechen de los grupos ecologistas, identificados con la vigilancia y el cuidado de la naturaleza y sus ecosistemas. Sus mensajes y denuncias nos llegan a través de los eficientes altavoces de los medios de comunicación. Al fin y al cabo, quién en su sano juicio dudaría de una organización como Greenpeace cuyo objetivo es“proteger y defender el medio ambiente y la paz, interviniendo en diferentes puntos del Planeta donde se cometen atentados contra la Naturaleza”.

Pero detrás de la retórica ecologista existe un proceso intenso de ingeniería social que afecta a todos y cada uno de los ciudadanos que forman la sociedad. No estamos ante un proceso rápido, sino ante un intenso adoctrinamiento que lleva décadas funcionando machaconamente. Desde los años 60 y 70 del siglo XX, el peso de las organizaciones ecologistas ha ido ganando relevancia. Sus políticas medioambientales hoy son asumidas no sólo por los gobiernos, que crean organismos públicos (consejerías, ministerios, secretariados) para diseñarlas e implantarlas, sino por las empresas que difunden, apoyan e incluso se lucran con ellas.

El proceso tiene muchos frentes. La naturaleza sustituye al ser humano como objeto moral, sustituye incluso al colectivo, a la sociedad que propugna el socialismo. Nuestras necesidades son destructivas, egoístas y derrochadoras, nuestra propia existencia queda supeditada a la protección y la supervivencia de la Naturaleza, de la Madre Tierra, de Gaia. Es el único mandamiento de esta religión.

Así, Ecologistas en Acción asegura que “los problemas medioambientales tienen su origen en un modelo de producción y consumo cada vez más globalizado, del que derivan también otros problemas sociales, y que hay que transformar si se quiere evitar la crisis ecológica”. Esta naturaleza destructiva del ser humano es principio de trabajo para organizaciones de izquierdas que ven en el ecologismo una herramienta aceptable para sus objetivos particulares. Por ejemplo, la Fundación Ideas, think tank ligado al PSOE, nos indica en su informe: Un nuevo modelo energético para España que “el modelo energético actual es insostenible por su elevado nivel de consumo y de emisiones contaminantes, tal y como señala en sus informes la Agencia Internacional de la Energía. Se hace necesaria una reflexión por parte de la sociedad española y mundial que permita concebir un nuevo modelo energético orientado a garantizar el suministro de energía al mismo tiempo que se protege el medio ambiente”.

Como vemos, los grupos ecologistas o las organizaciones que hacen suyas sus ideas y dogmas nos avisan contra los peligros del capitalismo, de la libertad. Nos indican que el consumismo es nocivo, que los recursos están limitados, que no deben ser utilizados o que deben ser entregados a las generaciones futuras. Se inician campañas para limitar nuestro consumo energético, se crean “huellas ecológicas” y otras herramientas aparentemente científicas que miden el daño que hacemos los seres humanos al planeta simplemente por existir y vivir.

El cambio climático, el calentamiento global, el enfriamiento global, el incremento de los efectos meteorológicos extremos se convierten en justificaciones necesarias y suficientes para cualquier planificación centralizada. El ecologismo impregna la investigación científica y sirve como elemento necesario para destinar fondos a ciertos estudios y negárselos a otros. Escándalos como el Climagate, aunque les hacen daño, no les detienen, pues lo suyo es un ejercicio de propaganda machacona al que dedican año tras año buena parte de sus recursos financieros.

No hay nada que se interponga en sus objetivos, la mentira es una herramienta tan aceptable como cualquier otra si sirve para un objetivo más elevado. La acusación sin pruebas, la exageración o las medias verdades son frecuentes: peces mutantes en Garoña, efectos cancerígenos de las antenas de móviles, incremento de la temperatura global durante la última década, etc. La ciencia se transforma en dogmas y los que osan apostatar son tratados como parias, herejes o locos, como bien sabe Bjorn Longborn. La coacción es el medio, rara vez la argumentación y la defensa de sus teorías. De esa manera, la alianza con el Estado es necesaria, dada la naturaleza coactiva de este último. Éste, a su vez, obtiene una argumentación moral más para justificar sus acciones, ya no sólo es el bien común propio del socialismo, sino el del propio planeta.

Incluso surgen visiones más extremistas. La necesidad de la preservación del medio ambiente puede pasar por la del control de la propia población, no sólo por la limitación de la libertad. El mantra de que el ser humano es un plaga para el planeta se repite con frecuencia, incluso por aquellos que los propios ecologistas podrían ver como sus enemigos en el ámbito político. El vicesecretario de Comunicación del PP, Esteban González Pons, aseguró que el ser humano corre el riesgo de convertirse en “enla peor plaga que ha conocido el planeta Tierra”, defendiendo de esta manera “una nueva cultura del consumo, del reparto de recursos; del hombre sobre la tierra y en su relación con el medio ambiente”.

Si el hombre es una plaga para el planeta, ¿no debería tratársele como tal? Ya hay quien aconseja limitar el número de nacimientos, nuestros movimientos, recluirnos en guetos, que nuestros sistemas de producción vuelvan a sistemas más parecidos a los medievales de subsistencia, a la autarquía económica. ¿Cuándo surgirá algún grupo que se dedique al genocidio activo por el bien de la Madre Tierra? De momento, el ecoterrorismo es un movimiento que no se ha cobrado demasiadas víctimas, pero eso no quiere decir que sea inofensivo.

El concepto de sostenibilidad desembarca en todas las facetas de la sociedad. Se explica a nuestros hijos en las escuelas que el consumo, el comercio y el capitalismo son malos por naturaleza, que los recursos son limitados y deben ser racionados, que ciertas fuentes de energía son perjudiciales y otras claramente beneficiosas y que debemos ceder nuestra libertad a los que “saben” para que nos guíen. La sostenibilidad se hace política de empresa y se descubre la economía verde, algunas empresas viven de los impuestos y tasas que los políticos toman de los ciudadanos, mientras que otras dedican departamentos enteros a justificarse y disculparse ante la sociedad por su naturaleza nociva, a través de la RSC. La sostenibilidad impregna y justifican gastos públicos, costosas infraestructuras de dudosa utilidad o la ausencia de otras que deben esperar ya que algún elemento natural, alguna especie en peligro es más importante que las necesidades de las personas, o en el peor de los casos, que las vidas humanas.

Mucho han avanzado en estas últimas décadas. Ya no son esos locos verdes que se ponían irresponsablemente delante de los balleneros, ya no son esas víctimas de los servicios secretos franceses que hundieron el Rainbow Warrior en 1985, ni los que denuncian valientemente vertidos ilegales en ríos, mares o terraplenes. Sus amenazas y acciones violentas contra gobiernos, empresas u organizaciones que les hacen frente ya no se deben ignorar.

Copiar no es robar

Su defensa simplista de la propiedad intelectual es meramente intuitiva y no tiene en cuenta una distinción básica en este debate: los bienes tangibles son de uso excluyente (si me quitan el coche quedo excluido de conducirlo), mientras que los bienes intangibles como la música, las invenciones o las ideas en general, no son de uso excluyente. La botella de Coca Cola que cita Sostres es un buen ejemplo: si yo te doy mi botella ya no puedo bebérmela, pero si te dejo copiar una canción puedo seguir escuchándola.

Vayamos primero a la teoría. La función del derecho de propiedad es evitar el conflicto en torno al uso de un recurso. De acuerdo con el principio de apropiación liberal, el derecho a decidir qué hacer con el recurso corresponde en exclusividad al individuo que tenga una reclamación más justa sobre él, que es aquel que le da utilidad antes que nadie lo haya hecho (o lo recibe de un tercero).

La propiedad intelectual no es coherente con este planteamiento. Imaginemos que Juan ocupa una parcela yerma de tierra y la cultiva, deviniendo propietario de ésta. Un individuo en la otra punta del país, Pedro, que jamás ha puesto los pies en esa parcela, concibe un nuevo sistema de regado. La lógica implícita en la propiedad intelectual sugiere que Pedro, en virtud de su invención, tiene derecho a impedir que Juan aplique esta técnica de cultivo en su parcela de tierra, o a cobrarle royalties cada vez que lo haga. Pero, ¿acaso no está Pedro violentando el derecho de propiedad de Juan, al impedirle que haga lo que quiera con la parcela que ocupó en primer lugar? ¿Por qué no puede Juan copiar esa técnica y aplicarla en su parcela?

Dependiendo del contexto copiar puede ser poco elegante o deshonroso. Nos molesta que se aprovechen de nosotros y es lógico que intentemos evitarlo. Pero hay numerosas formas legales de aprovecharse de la gente, desde el adulterio a la falsa promesa pasando por el chantaje emocional o el despotismo hacia un subordinado. Las leyes están para reprimir crímenes, no para imponer buenos modales y blindarnos contra nuestra inocencia.

Con todo, el acto de "copiar" no merece tan mala reputación. Forma parte de la vida, copiamos comportamientos y tomamos ideas de los demás continuamente, y en la mayoría de casos ni sentimos remordimientos ni el que concibió la idea se siente traicionado. El progreso humano está basado en la copia, en la emulación de ideas que han materializado otras personas en el pasado, en la mejora competitiva de las creaciones ajenas, en la incorporación y combinación de diversas ideas con sólo una pequeña aportación original propia.

Sostres aborrece a los holgazanes que parasitan la sociedad y no tengo nada en contra de esta postura. Pero si hoy estuviéramos pagando royalties a los herederos del inventor del supermercado, de la bombilla o del teléfono, ¿saldría Sostres en su defensa, o los criticaría por beneficiarse de privilegios legales a costa de otros potenciales competidores y el resto de la sociedad? ¿Cree Sostres que la legislación debe modificarse para que los modistos puedan proteger sus diseños, los arquitectos sus estructuras, los matemáticos sus fórmulas, o los coreógrafos nuevos movimientos de danza?

A lo largo de los últimos dos siglos en Estados Unidos los límites temporales del copyright se han dilatado con el evidente propósito de prolongar monopolios legales muy rentables para determinadas empresas (de 14 años se ha pasado a toda la vida del autor más 70 años). La legislación de patentes está tan alejada de su propósito oficial que hay compañías trolls que simplemente se dedican a patentar "invenciones" y a cobrar royalties sin producir nada, o lo que es lo mismo, a lucrarse extorsionando a las empresas que sí producen en base a esas ideas.

Nadie tiene un "derecho a la cultura" y es perfectamente legítimo que los artistas busquen mecanismos de exclusión que dificulten la copia. A lo que no tienen derecho es a llamar a papá Estado para proteger sus intereses a costa de la libertad de los consumidores, aplicando impuestos sobre la venta de CDs o persiguiendo a usuarios que descargan canciones que otros ponen a su disposición en la red. Sin olvidar que si tuviéramos que pagar por todo lo que "copiamos" rutinariamente porque nos gusta seríamos pobres al final del día.

Albert Esplugas Boter es miembro del Instituto Juan de Mariana, autor del libro La comunicación en una sociedad libre y escribe regularmente en su blog.

Vagos y juerguistas

Si añado que es vicepresidente de Grecia, se esfuma, con el misterio, el interés que pudiera suscitar el nombre de este caballero. Pero, ¿y si le digo que es un faltón, un filósofo y un político de raza?

Grecia está mendigando los euros sellados en Alemania y no sabe a qué recurrir. Unos han mencionado la deuda que adquirió Alemania con Grecia en la II Guerra Mundial, olvidando que Alemania la satisfizo en 1960. Ahora Pangalos se duele de que Alemania no afloje el bolsillo. Y lo explica porque, en lugar de actuar por solidaridad, Alemania “ha adoptado una visión moral de nuestro problema”, pues se señala que los males griegos provienen de que éstos “no trabajan lo suficiente. ¿Y por qué? Por que tienen buen clima, buena música, beben, y no son tan serios como los alemanes”. Conclusión de nuestro héroe: después de ellos vamos los portugueses y los españoles. ¿Será que él mismo nos considera vagos y juerguistas? Valga ello por lo de faltón.

Lo de filósofo va por la oposición entre la solidaridad y la moral. ¡Por supuesto! No hay nada más inmoral que la solidaridad. Al menos, tal como la entienden los políticos, es decir, vía impuestos. El reparto del coste del expolio es lo que conocemos habitualmente como solidaridad. Y en el caso que nos ocupa, el dinero va desde los Estados que han manejado bien sus cuentas públicas hacia los que han despilfarrado a espuertas. ¿Puede haber algo más contrario a la moral? Un filósofo, este Pangalos. Y un político de raza porque encuentra el argumento del momento para reclamar el dinero ajeno.

Pero, así como la solidaridad y la moral no se pueden ni ver, moral y economía son dos caras de la misma… sí, de la misma moneda. Porque la moral, es decir, el refrendo de las buenas costumbres, sanciona aquellos comportamientos que son más exitosos a largo plazo, como son el trabajo, el ahorro, cumplir con los compromisos adquiridos y demás. De modo que si Pangalos tuviera razón y Alemania se guardase sus euros por motivos morales, Alemania probablemente también tendría razón, pero no por vagos, como bien puntaliza Pangalos, sino por manirrotos.

Ni siquiera la ventana rota

La lacra del desempleo concluiría el mismo día en que nuestros políticos fueran lo suficientemente ignorantes como para despreciar las proposiciones fundamentales de la economía clásica y suficientemente déspotas como para colocarse el Nemes de los faraones. En palabras del propio Keynes: "La construcción de pirámides, los terremotos y hasta las guerras pueden servir para aumentar nuestra riqueza, si la formación de nuestros estadistas en los principios de la economía clásica impide que se haga algo mejor".

Trágico que esta simple receta, implementada en España por una banda de napoleoncitos sin formación económica alguna, se haya traducido en las tasas de desempleo más elevadas de Europa. Será que algo falla en el brebaje keynesiano, será que eso de colocar a las masas de parados a producir lo-que-sea a cuenta de las generaciones futuras no nos convierte en personas más ricas, sino en unos zotes que se han endeudado hasta la asfixia para adquirir algo que reputamos completamente inútil.

Y sí, la falla de estas recetas que debieran merecer análoga consideración a la de frotar un billete de lotería en la chepa de un jorobado la conocen o la debieran conocer los economistas desde hace al menos 160 años. Justo la fecha en la que el gran economista francés Frédéric Bastiat publicó su famoso libro Lo que se ve y lo que no se ve donde estaba contenida la todavía más famosa falacia de la ventana rota.

En su ensayo el francés se planteaba si cuando un gamberro destroza la vidriera de una tienda está generando riqueza para la sociedad. Y la conclusión le resultaba evidente a Bastiat: el comerciante que ve destruido su escaparate demandará una vidriera nueva al cristalero con el dinero que pensaba gastarse en encargarle un traje nuevo al sastre. Al final, pues, el saldo para la sociedad de la gamberrada es que hay bienes, como los trajes, que dejan de producirse porque hay que reponer aquellos que, como el cristal, se han destruido.

Así de simple: construir una pirámide para la mayor gloria de Gallardón o Zapatero implica que los ciudadanos no podrán destinar esos recursos a adquirir otros bienes. Si bien vemos la aparente actividad que generan los Planes E, no vemos aquella otra actividad que están destruyendo.

Pero los economistas –por llamarlos de alguna manera– keynesianos parecen estar inmunizados contra la lógica y el sentido común. En su mundo de fantasía, donde sólo es necesario desear que las piedras se conviertan en pan para que opere el milagro, la destrucción de riqueza es sinónimo de… creación de riqueza. ¡El doblepensar al poder! Lean si no al Premio Nobel de Economía Paul Krugman analizando las consecuencias las consecuencias económicas del 11-S apenas tres días después del atentado: "Por horrible que pueda parecer decir esto, el ataque terrorista podría incluso ser beneficioso desde un punto de vista económico (…). De repente hemos pasado a necesitar unos nuevos bloques de oficinas (…). La reconstrucción generará un aumento de la inversión empresarial".

La semana pasada, Will Wilkinson, miembro del Instituto Cato, propuso un reto a los keynesianos: dado que son tan obtusos como para no admitir que desde un punto de vista agregado destrucción de riqueza no equivale a creación de riqueza, ¿serían al menos capaces de admitirlo para casos individuales? Es decir, ¿serían los keynesianos capaces de admitir que si mi casa se incendia, yo me he empobrecido?

Y la respuesta desde el lado keynesiano no se hizo esperar: no, ni siquiera son capaces de admitir eso. En palabras del periodista keynesiano Ryan Avent: "Los desastres suponen una pérdida de riqueza inmediata, pero generan oportunidades para mejorar nuestro crecimiento a largo plazo". A saber: "¿Es que acaso no podemos pensar en un puñado de cosas cuya destrucción por algún funcionario nos haría más felices? ¿Una televisión vieja? ¿Nuestra primera generación de iPods?".

Más allá de que, como sostiene Wilkinson, ese argumento sea tanto como plantearse las bondades de que asesinen a nuestra pareja por si acaso encontráramos una mejor en el futuro o los beneficios de que suframos la amputación de una pierna por si nos viéramos inducidos a cambiar nuestra perspectiva vital volviéndonos más felices, a mí me motiva otra reflexión.

La respuesta de Avent evidencia que la ortodoxia económica actual se encuentra completamente desligada de la realidad y que está dispuesta a retorcer los argumentos tanto como sea necesario para justificar la intervención del Estado en la economía. Ni siquiera los razonamientos más elementales, aquellos que sólo con altas dosis de maldad o de ignorancia pueden negarse, están a salvo de sus disparates. Se preocupan por la formalidad matemática pero se olvidan de las esencias de los problemas. ¿Cómo convertir a la economía en una ciencia si sus principales representantes salen a la palestra a proclamar disparates como que derrumbar dos rascacielos puede llegar a enriquecer no sólo a la sociedad sino a sus propietarios? ¿Cómo pretender que los economistas en general no sean vistos como una calamidad, como una plaga bíblica, si el Estado se sirve de sus disparates para organizar coactivamente las vidas de los ciudadanos? No, esto no es ciencia, es pura propaganda.