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A vueltas con el paro

Sin casi ninguna duda, la principal tragedia causada por la crisis económica cuya fase depresiva llevamos viviendo un par de años, es el desempleo. Es la frustración de muchas personas, casi 5 millones sólo en nuestro país, que se ven imposibilitadas de conseguir un puesto de trabajo y la fuente de ingresos que tal puesto supone, en muchos casos imprescindible para la supervivencia.

Lo más triste de la situación es que la mayor parte de la gente no comprende por qué está en paro. Imagino que, en muchos casos, los habrá incluso que se culpen a ellos mismos (“no valgo para nada”), aunque siempre es más fácil culpar al empresario explotador que les ha despedido o no les contrata. Como saben muy bien los economistas, la culpa no es de empresas ni de trabajadores.

Y es que el fenómeno del paro es algo ajeno al libre mercado. Veamos un país como España. El que haya cinco millones de parados es como decir que en España ya está hecho casi todo, y no quedan trabajos que hacer. Nada más lejano de la realidad, si comprobamos el estado de muchas calles o la existencia de terrenos sin explotar, o, sin ir más lejos, los cuadros que hay sin colgar en mi casa. Evidentemente, queda mucho trabajo que hacer en España; y siempre quedará, siempre podremos mejorar la satisfacción de nuestras necesidades de una u otra forma.

Entonces, ¿cómo es que hay tanta gente mano sobre mano? Podría ser que no desearan trabajar. Es cierto que la gente confronta el trabajo y el ocio, y sólo trabaja si la utilidad que obtiene de trabajar es superior a la que obtiene de holgar. Pero no parece ser el caso: en España, muchos de los parados están buscando empleo, quieren trabajar, pero no encuentran en qué.

En resumen: hay trabajo por hacer y hay gente deseosa de trabajar. ¿Qué impide que el proceso se consume satisfactoriamente? ¿Por qué no se encajan las piezas del puzzle?

La teoría económica explica que el proceso de encaje entre recursos y necesidades, entre trabajo por hacer y potenciales trabajadores, lo llevan a cabo los emprendedores, o, si se quiere, los empresarios. Estos individuos son capaces de localizar oportunidades en el mercado: recursos que están infravalorados y que se pueden poner a mejor uso. Esto no lo hacen por amor al arte, sino más bien por la posibilidad de quedarse con la diferencia entre ambos valores, si sus previsiones son acertadas (que no siempre lo son).

Esto proceso implica que el emprendedor debe adelantar el pago a los recursos, y correr el riesgo de que sus apreciaciones sean correctas. Pero es fundamental, en todo caso, que perciba un recurso que puede comprar a menos precio del que puede obtener por su venta, una vez tratado.

Uno de estos recursos es el trabajo. Así pues, si no se está produciendo el encaje antes citado, debe de ser porque los emprendedores no ven oportunidades de poner en valor el trabajo potencial; esto es, porque perciben que el trabajo es demasiado caro para lo que se puede obtener de él. Lo situación es tanto más grave si consideramos que el trabajo es un componente imprescindible en cualquier empresa: se puede prescindir de otros recursos, pero no existe empresa sin trabajo.

En esta situación, lo normal es que el precio del trabajo bajara, como el de cualquier otro recurso en situación de exceso de oferta, y así los emprendedores empezaran a encontrar oportunidades para invertir en ese recurso. Habida cuenta de que el número de desempleados sigue creciendo, es evidente que en España tal ajuste no está ocurriendo, y cabe preguntarse por qué. La respuesta es también evidente, y se llama salario mínimo interprofesional (SMI). La obligación de pagar este mínimo por el recurso trabajo impide que el ajuste natural antes explicado se produzca.

Tampoco los dígitos marcados por el SMI bastan para comprender el precio del recurso trabajo: han de acompañarse de toda la legislación de supuesta protección de los trabajadores, entre las que destaca la famosa “Seguridad Social a cargo de la empresa” (que también es a cargo del trabajador), las posibles indemnizaciones por despido o los distintos permisos retribuidos. Todos estos factores incrementan considerablemente la cifra oficial del SMI y dificultan la corrección a la baja del precio del recurso trabajo, y la eventual localización de oportunidades por los emprendedores, que llevaría a la creación de puestos de trabajo.

Siguiendo este razonamiento, debe estar claro que el principal problema del desempleo es el salario mínimo, y, más en general, cualquier regulación que dificulte la función del emprendedor. En este sentido, puede resultar curiosa la continua reivindicación de los empresarios de que baje la indemnización por despido.

Asumiendo, como parece razonable, que dicha bajada no afectaría a los contratos ya existentes, ¿qué más les da el importe de la indemnización? Lo que hace el empresario es tener en cuenta dicho posible pago, y reducir el salario ofrecido al trabajador. Por ejemplo, si originalmente se le pagaría 12.000 Euros/año, y se fija una indemnización de 45 días por año trabajado, la oferta al trabajador se quedaría en 10.500 Euros anuales (aproximadamente) teniendo en cuenta que si se le despide hay que pagarle otros 1.500 por año.

Como se ve, dicha obligación, una vez conocida, se descuenta del salario del trabajador, para mantener el valor que se puede pagar por el recurso. En otro caso, no se le puede contratar. Por eso, desde la perspectiva del empresario, da lo mismo que sea 33, 15 o 45 días por año trabajado.

O daría lo mismo si no fuera por la existencia del salario mínimo, que impide una vez más la corrección a la baja. Así que cuando los empresarios piden la reducción en la indemnización por despido en el fondo lo que están pidiendo es la reducción del salario mínimo. Pero, claro, eso no les debe de parecer políticamente correcto. Y, mientras estamentos políticos, sindicales y empresariales “oficiales” se empeñan en darse de bruces contra las leyes económicas, la tragedia del desempleo crece imparable.

Libertad de elección y abundancia de alternativas

Según el psicólogo Barry Schwartz (autor de The paradox of choice. Why more is less) existe un dogma oficial aceptado de forma acrítica en las sociedades avanzadas: que para maximizar el bienestar de los ciudadanos es necesario maximizar la libertad (porque es buena en sí misma y en libertad cada cual puede decidir por sí mismo) mediante el incremento de la capacidad de elección. Pero más y mejores alternativas para elegir no siempre implican mayor satisfacción.

Demasiadas posibilidades de elección pueden ser malas para la gente e incluso causar serios problemas clínicos (depresión, suicidio): cuando lamentan sus decisiones (e incluso se preocupan antes de la elección anticipando el probable arrepentimiento futuro); cuando piensan demasiado acerca de los costes de oportunidad (el valor de las alternativas no elegidas) y, por lo tanto, no pueden disfrutar lo que han escogido; cuando sus expectativas crecen, se hacen poco realistas y no son alcanzadas; cuando se paralizan y no pueden elegir por la dificultad y la importancia de algunas decisiones; y cuando se culpan a sí mismos por sus errores al no tomar decisiones perfectas (como presuntamente la sociedad exige) cuando no hay límites a sus opciones.

Schwartz afirma que hay una cantidad óptima de elección que las sociedades modernas han sobrepasado por mucho, y que la redistribución de los ingresos beneficiará a todo el mundo, no sólo a los pobres sino especialmente a los ricos, debido al daño que les causa la sobrecarga de decisiones.

Schwartz estudia un fenómeno real y un conjunto de posibles problemas, pero los exagera y saca de quicio, ignora soluciones ya existentes y propone el defectuoso remedio de las transferencias coactivas de riqueza. Habla de un dogma (que es lo que uno a menudo llama a ideas que no le gustan), pero no ofrece nombres o citas para demostrar su acusación, así que quizás está simplemente construyendo un hombre de paja. Proporciona algunas anécdotas acerca de la inmensa diversidad de bienes de consumo y muchos buenos chistes sobre la problemática de la elección humana, pero sus argumentos son falaces en múltiples aspectos.

La libertad, como concepto político, significa que los individuos que actúan pueden elegir perseguir los objetivos que prefieren sin la interferencia violenta de otros. Schwartz no diferencia entre la libertad negativa (respeto por los derechos de propiedad) como ausencia de coacción en la elección y la acción por un lado, y la abundancia y variedad de las alternativas disponibles entre las cuales elegir por el otro lado (libertad positiva, riqueza). Lo empaqueta todo junto e ignora una realidad importante: que las personas quieren tener el control último de la decisión, incluso si esta decisión es delegar la elección a otra persona. Los individuos quieren ser metadecisores, los que deciden acerca de cómo decidir (de forma recursiva); no les gusta ser controlados contra su voluntad, pero aceptan la influencia y el consejo de aquellos en quienes confían.

La abundancia de alternativas es un rasgo normal de las sociedades opulentas y no es un problema irresoluble: es mucho más fácil eliminar o no considerar opciones existentes que crearlas cuando no están ahí. La posibilidad de vivir vidas más simples y pobres siempre está ahí, y a veces la gente dice que eso es lo que quiere, pero sus elecciones reales lo desmienten. Cuestionarnos nuestras propias decisiones puede resultar obsesivo, pero también puede considerarse reflexión sensata y responsable. Crecer y transformarse en personas maduras incluye aprender a elegir. Nadie exige que tomes decisiones perfectas: en realidad a la mayoría de la gente no le importan en absoluto ni tú ni tus decisiones, ellos tienen sus propias elecciones que hacer y vidas que vivir.

La praxeología muestra que los agentes actúan intencionalmente para conseguir sus fines según sus preferencias subjetivas entre las posibles alternativas usando los medios disponibles. La ciencia cognitiva añade que la elección es también una acción, no en el mundo externo al cuerpo sino dentro del cerebro del agente pensante y evaluador: la decisión es una tarea de procesamiento de información que utiliza recursos escasos como la atención, la percepción, la memoria, la capacidad de procesamiento y el tiempo. Como las capacidades cognitivas humanas son limitadas, el proceso de decisión puede enfrentarse a diversos problemas normalmente debidos a demasiado o insuficiente conocimiento.

Analizar y comparar muchas alternativas puede ser una tarea compleja: una persona no prefiere una cosa a otras siempre de forma directa y sin esfuerzo; algún procesamiento cognitivo, normalmente inconsciente, es necesario, y en ocasiones esta tarea puede ser muy exigente para los recursos mentales. No importa sólo que las alternativas existan, sino que puedan ser conocidas y comparadas, y esto no es siempre fácil. Si te ofrecen la posibilidad de quedarte con los contenidos de una caja entre miles de cajas, te enfrentas a un problema de búsqueda que puede ser realizada con diferentes estrategias de satisfacción u optimización. El coste de oportunidad no es sólo lo que abandonas, sino también lo que no has podido hacer mientras tomabas la decisión (has gastado tiempo y energía). Un proceso de toma de decisiones puede ser controlado por un mecanismo de metadecisión que evalúa su importancia y los recursos que es necesario asignarle (y esta estructura de control puede tener varios niveles recursivos).

Si las diferencias entre las opciones son pequeñas y el coste de exploración es alto la decisión podría tomarse al azar. Si hay muchas alternativas semejantes, entonces la elección entre ellas no es muy relevante, y además a veces pueden probarse de forma sucesiva (muchas oportunidades están disponibles sistemáticamente y algunas elecciones son reversibles). Si aquello a lo que renuncio es muy atractivo, eso significa que lo que he escogido es aun más atractivo. Cuando las opciones son abundantes, renuncio a mucho pero también obtengo mucho, de modo que no es inevitable que acabe sufriendo y arrepentido.

Las preferencias surgen del funcionamiento de la mente, la cual es un orden complejo formado por elementos más simples interconectados (la sociedad de la mente). Una elección puede entenderse como una competición entre diferentes agentes mentales cada uno promoviendo una alternativa: algunas veces la victoria es rápida y clara, pero otras veces la lucha puede llevar tiempo y el resultado final no es tan claro. Incluso si se toma una decisión, los agentes derrotados pueden permanecer activos y protestar por no haber sido elegidos: puede ser difícil disfrutar una decisión si uno está constantemente pensando en las opciones abandonadas. Como una persona no conoce con certeza sus estados mentales futuros, podría acabar insatisfecho. En algunas elecciones difíciles la percepción consciente de la posibilidad del arrepentimiento es un factor que añade una dificultad importante.

Debido a la especialización, a la división del trabajo, y a la acumulación de capital y tecnología en ámbitos institucionales relativamente adecuados, las sociedades opulentas pueden disfrutar abundantes y diversos servicios y bienes de consumo. No sólo hay muchas cosas concretas que todo el mundo quiere: como los gustos son diferentes, hay una gran diversidad de bienes y servicios. Cada persona puede estar interesada solamente en una pequeña fracción de todos los bienes existentes, pero esa fracción es distinta para cada individuo. Las personas tolerantes aceptan esto como una realidad de la vida. Las personas intolerantes quieren imponer sus preferencias sobre otros. Algunas personas no pueden soportar la complejidad, prefieren un mundo simple, pero simple según sus propios criterios.

La calidad de muchas cosas precisa de cantidad y diversidad: en una sociedad libre con división del trabajo los productores no están pensando sólo en ti. Tenderán a darte lo que quieres a un precio competitivo, pero también ofrecerán muchas más cosas que interesen a otros, lo cual puede confundirte porque te obliga a buscar. En esta situación, surge una oportunidad empresarial para los proveedores de simplicidad, los garantes de satisfacción o los asesores de compras. La gente puede aprender a ponerse los límites necesarios a sus propias elecciones sin necesidad de que intervencionistas paternalistas lo hagan por ellos.

Los individuos no nacen con todas sus preferencias establecidas en sus cerebros. Las valoraciones tienen algo de componente genética, pero también son formadas durante la historia de cada persona por sus interacciones con otra gente influyente (parientes, amigos, figuras de autoridad, expertos, anunciantes, comercializadores, vendedores). Siempre hay una tensión entre un estilo personal estable y la experimentación con cosas nuevas. Del mismo modo que muchas opciones carecen de interés para una persona pero son relevantes para otros, algunas opciones pueden no tener importancia para un sujeto en una fase de su vida (cuando desea estabilidad y constancia) pero ser importantes en otros momentos (cuando está aprendiendo, convirtiéndose o transformándose, o cuando se aburre de la rutina y busca algo diferente).

Es posible que en un determinado ámbito una persona no haya establecido sus preferencias: no conoce las alternativas, no las ha probado o aún no se ha aclarado qué quiere. La vida es un proceso de aprendizaje, no sólo acerca de cómo hacer cosas sino también acerca de qué desear, de qué produce satisfacción: los individuos tienden a descubrir lo que quieren y les gusta, y esto puede ser transformado en hábitos o rasgos de la personalidad. Aprender es un proceso de ensayos y errores. La frustración con los errores de elección es una parte esencial del aprendizaje: si no sientes algún dolor no corregirás tus fallos. Los individuos tienden a tomar decisiones cada vez más importantes en sus vidas de forma progresiva y gradual: no suelen enfrentarse súbitamente a graves dilemas para los que no están preparados en absoluto, sino que van construyendo sobre lo previamente experimentado.

Algunas elecciones, como los tratamientos médicos o las inversiones financieras, requieren el uso de conocimiento especializado: una persona puede externalizar parte de la decisión a un especialista de confianza. Los tecnócratas suelen creer que sólo los expertos deberían tomar las decisiones finales por el bien de los otros: olvidan que los expertos a menudo carecen del conocimiento particular de las circunstancias específicas de las personas a quienes pretenden aconsejar, y no se enfrentan a los mismos incentivos (el doctor conoce la enfermedad y las posibles curas, sus beneficios, los costes y los riesgos, pero no sufre las consecuencias él mismo). Dar a los individuos la posibilidad de elegir no les fuerza a hacerlo, pueden usar el consejo de quien quieran. El bienestar es subjetivo, y se consigue por las personas actuando para conseguir sus objetivos deseados: no se promueve por los tecnócratas utilizando la coacción para imponer legislación y redistribuir la riqueza por el presunto bien del pueblo.

Algunas personas necesitan o prefieren que les digan qué hacer, o piensan que otros necesitan que les digan qué hacer o al menos qué no hacer: esto no les legitima para interferir violentamente contra su libertad. Menos libertad significa que otros deciden por ti sin tu consentimiento, y probablemente ellos ya tienen sus propios problemas de sobrecarga de decisiones. La solución a los problemas de la elección no es destruir las opciones de los demás por su presunto propio bien. Los individuos pueden madurar, hacerse más conscientes, mejorar su capacidad de decisión, disfrutar el momento y aprender a relajarse y no obsesionarse con el pasado o el futuro. Ser humano incluye reflexionar sobre las propias decisiones, aprender del pasado y proyectarse hacia el futuro. Conforme la sociedad se hace más compleja es posible producir herramientas que ayuden en la toma de decisiones. Múltiples guías y referencias pueden asistir en la navegación del inmenso espacio de posibilidades.

Los seres humanos no nacen ni están hechos para ser felices: la felicidad es un mecanismo emocional adaptativo que te informa de lo bien que lo estás haciendo en la competición de la vida. Los seres humanos no viven para ser felices, sino que son felices para vivir: la felicidad es normalmente una señal de que las tareas necesarias para la vida humana (salud, amor, riqueza) están siendo realizadas correctamente. La satisfacción completa es imposible porque la vida exige acción (los seres vivos son agentes autónomos autopoyéticos) y la evolución implica algo de competencia por la supervivencia y la reproducción: éxito es siempre relativo y temporal, y por lo tanto los mecanismos mentales responsables de la sensación de felicidad necesitan ajustarse y recalibrarse según cambien las circunstancias. Estos mecanismos pueden ser imperfectos y forzar al sujeto a hacer demasiado para sus capacidades, pero el error también puede producirse en la dirección contraria, cuando las expectativas y exigencias se ponen demasiado bajas: los individuos felices con poco tienden a eliminarse y extinguirse por sí mismos (puede ser peligroso manipular la mente para recibir satisfacción psíquica sin realizar tareas necesarias en el mundo real). Los que están satisfechos con poco y quieren simplicidad podrían tal vez hacer el esfuerzo de comprender y tolerar a quienes tienen el impulso de mejorar.

Obamacare, una tumba sanitaria y fiscal para EEUU

El presidente de EEUU, Barack Obama, está a punto de lograr su objetivo. Su reforma sanitaria modificará, sin duda, la actual estructura económica e, incluso, cultural, de la primera potencia mundial. El conocido Obamacare es la antesala de la socialización sanitaria y, posiblemente, la puntilla a las cuentas públicas estadounidenses.

Se equivocan de plano quienes califican de “progreso” y “avance” la reforma sanitaria aprobada por el Congreso, y aún más los que se conforman con el “mal menor” en comparación con la idea inicial impulsada por Obama, consistente en la instauración de un seguro público universal. Por desgracia para EEUU y, en general, el mundo libre, la realidad es bien distinta.

Obama aspira a convertirse por méritos propios en uno de los presidentes más izquierdistas de la historia estadounidense. No obstante, toma como referencia el mal llamado Estado de Bienestar que hace aguas en Europa con el único fin de poner bajo su control a la, hasta ahora, todopoderosa industria sanitaria y farmacéutica. Y ello, bajo la falaz excusa de ofrecer cobertura a unos 32 millones de estadounidenses.

En un país en el que el 85% de la población cuenta con un seguro privado, Obama se agarra al 15% restante (unos 45 millones de personas) para justificar su reforma. Sin embargo, su argumento no se sostiene una vez que se desagregan los datos. Para empezar, el 25% de los no asegurados son inmigrantes ilegales; muchos tan sólo carecen de seguro médico una parte del año (mientras están sin trabajo); unos 15 millones cuentan con unos ingresos superiores a los 50.000 dólares anuales; unos 18 millones tienen entre 18 y 34 años, una edad en la que es poco probable enfermar y, por ello, eligen no contratar un seguro; además, más de 11 millones tienen acceso a los programas médicos estatales.

Es decir, por mucho que se empeñen en ofrecer una visión dramática, la realidad es que los estadounidenses disfrutan de una cobertura médica amplia y de gran calidad, ya que cuentan con uno de los mejores sistemas sanitarios del mundo desde hace décadas, y muchos de los que carecen de seguro lo hacen voluntariamente.

En este sentido, el mito de que los enfermos se mueren a la puerta del hospital por carecer de recursos es equiparable a la falacia sobre la pobreza en EEUU. Los organismos oficiales califican como “pobre” a un matrimonio con dos hijos cuya renta anual sea inferior a los 21.000 dólares, es decir, lo que en España vendría a ser clase media. La mayoría de estos “pobres” –mileuristas en España- cuentan, además con casa y coche propios.

Pero los datos poco importan. Los políticos suelen tomar como excusa cualquier circunstancia, ya sea real o inventada, para justificar su intervención en el ámbito de la libertad individual. En este campo, Obama es un auténtico maestro. Y es que, pese a no lograr su ansiado seguro público universal, su reforma atará en corto a clientes y aseguradoras.

Así, todos los ciudadanos estarán obligados a tener un seguro privado bajo amenaza de multa (hasta el 2,5% de sus ingresos), las empresas con más de 50 trabajadores tendrán que ofrecer cobertura médica bajo sanción de 2.000 dólares por empleado sin seguro, las aseguradoras no podrán discriminar entre pacientes haciendo uso del historial médico, la reforma establece límites de riesgo y períodos de espera y todos los planes deberán incluir, como mínimo, el 60% de las coberturas básicas, entre otras restricciones.

Sin embargo, lo más grave del Obamacare es su enorme coste presupuestario, próximo al billón de dólares hasta 2019, según la Oficina Presupuestaria del Congreso (CBO). En un momento en el que la deuda pública de EEUU supera los 12 billones de dólares y hay un déficit próximo a los 1,5 billones -más del 10% del PIB-, la citada reforma amenaza con convertirse en la puntilla de las cuentas públicas estadounidenses.

Obama ha vendido a la opinión pública que, lejos de aumentar el gasto, su plan logrará reducir el déficit en 140.000 millones de dólares para 2019. ¿Cómo? Ahorrando medio billón de dólares en los programas públicos Medicare y Medicaid.

Puro engaño electoralista. La historia demuestra que las proyecciones presupuestarias en este tipo de programas casi siempre se quedan cortas. Así, por ejemplo, en 1967, el Gobierno de EEUU estimó que el coste del Medicare ascendería a 12.000 millones de dólares en 1990, muy lejos de los 110.000 millones que supusieron en realidad (casi 10 veces más de lo previsto).

La única vía de financiación posible que tiene la reforma es el aumento de impuestos a familias y empresas. Así, si bien la nueva ley recoge un incremento del impuesto sobre la renta para los que ganen más de 250.000 dólares al año, será tan sólo cuestión de tiempo que dicha subida fiscal acabe extendiéndose a la clase media norteamericana. El Gobierno también prevé gravar más a farmacéuticas y aseguradoras, al tiempo que aplicará un impuesto del 40% sobre los seguros privados que cuesten más de 27.500 dólares anuales por familia a partir de 2018. Y esto para empezar…

En definitiva, más gasto público, más impuestos y menos libertad individual en un momento muy delicado para las cuentas públicas del país. No obstante, el CBO advierte de que EEUU se enfrenta a medio plazo a la insolvencia o a la hiperinflación como resultado, precisamente, del creciente gasto federal en los programas públicos de salud. Esta reforma tan sólo agravará la situación. Por ello, el Obamacare se podría convertir no sólo en la tumba de la prestigiosa sanidad norteamericana sino también en un agujero insalvable para los contribuyentes.

Grecia hace temblar al euro… y el euro a los europeos

…consistente en ampliar el capital de la banca, cambiar las reglas contables y, sobre todo, impedir el descalce de plazos. Esto es, evitar que las entidades inviertan a largo plazo –hipotecas a 30 años– haciendo uso de deuda a corto –emisión de cédulas a tres o cinco años.

Tampoco las recomendaciones que lanza al Gobierno para salir de la cuasi depresión que sufre España no van desencaminadas. Por un lado, incide en la necesidad de reducir el gasto público para cumplir con el Pacto de Estabilidad y Crecimiento cuanto antes, al tiempo que apuesta por la implantación de un contrato único para abaratar el despido y, así, dinamizar el obsoleto y férreo mercado laboral.

La idea no es original. Se trata de una propuesta muy similar a la elaborada por la patronal de empresarios (CEOE) y los miembros de la Federación de Estudios de Economía Aplicada (FEDEA). A grandes rasgos, consiste en aplicar a los nuevos contratados una indemnización por despido creciente en función del número de años trabajados. En el primer año de contrato la compensación sería de 12 días y, a partir de ahí, iría aumentando dos días extra por cada año trabajado, hasta un máximo de 12 años.

Se trata de un avance con respecto al modelo actual, pero se queda muy lejos de la solución definitiva. Esto es, una flexibilización completa del mercado laboral, en donde empresario y trabajador pacten libremente las condiciones del contrato, así como la completa eliminación del mal llamado "diálogo social" y, por añadidura, de la nefasta política de convenios sectoriales.

Puestos a reconocer, también es digno de mención el jarro de agua fría que el organismo ha lanzado sobre las previsiones de crecimiento, paro y déficit público elaboradas por el Ministerio de Economía. Sin embargo, la gestión de Miguel Ángel Fernández Ordóñez (Mafo) al frente de la institución cuenta con muchas más sombras que luces. Y es que, a excepción del primer punto (regulación bancaria), el resto de recomendaciones y recetas anticrisis son meros brindis al sol, ya que exceden el ámbito de sus competencias.

La política económica está en manos del Gobierno, pero lo peor de todo es que el futuro del sistema financiero también. El Banco de España es perfectamente consciente de la gravísima crisis bancaria que comienza a experimentar el país. Sin embargo, Mafo cedió en su momento a las presiones políticas y dejó bajo el mando de Salgado la necesaria reestructuración financiera.

Es el Gobierno (políticos), no el Banco de España (técnicos), el que controla en última instancia el Fondo de Rescate Bancario (FROB) y, por tanto, el máximo responsable de las fusiones y planes de saneamiento que están en marcha. De ahí, precisamente, que los gobiernos regionales hayan logrado mantener intactos sus particulares feudos y chiringuitos financieros.

Aún más grave si cabe es el silencio otorgado por Mafo a los despropósitos contables que quiere aprobar el Ejecutivo con el fin de ocultar las pérdidas bancarias el máximo tiempo posible. Además, el Banco de España prefiere ignorar el escandaloso proceso de refinanciación continua de créditos impagados (roll over) que está aplicando en masa el sistema financiero.

Por supuesto, tras el caso de Caja Castilla La Mancha (CCM), se ha cuidado y mucho de no levantar la liebre sobre la necesidad de realizar nuevas intervenciones, al tiempo que los responsables de la caja manchega siguen impunes pese a los escándalos (presuntos delitos financieros) cometidos.

Chitón. Ni una palabra altisonante sobre la crisis financiera española, no vaya a ser que se enfade Zapatero. Ni una sola mención a la privatización de cajas de ahorros o a la liquidación de entidades insolventes. Ni un mero atisbo de responsabilidad para dotar de transparencia al sistema y sacar a la luz la morosidad real que ocultan bancos y cajas. Silencio total sobre las competencias que, precisamente, tiene encomendadas.

Lanzar consejos a Zapatero lo puede hacer cualquiera que tenga un mínimo conocimiento de economía. No es ningún mérito y, además, no es su función. Mafo ocupa el cargo de gobernador, pero no lo ejerce. Ya es hora de que se dedique a lo suyo y comience a ganarse el sueldo. Mejor nos iría a todos.

Manuel Llamas es jefe de Economía de Libertad Digital y miembro del Instituto Juan de Mariana.

Mafo, dedícate a lo tuyo

No es lo mismo tener una hogaza de pan que tener derecho a recibir una hogaza de pan del panadero de mi vecindario; sobre todo, porque el panadero puede quebrar y, por tanto, dejarme sin mi hogaza.

Los dineros fiduciarios que los gobiernos de medio mundo nos han impuesto desde hace 40 años son, en última instancia, pasivos impagados de los bancos centrales. Aparecen en el lado de sus deudas porque es lo que son: obligaciones cuyo valor se han comprometido a estabilizar a través de la diligente gestión de su activo. Pese a la obsesión de muchos con los agregados monetarios (M1, M2, M3, M4, MZM, TMS…), lo relevante no es cuán endeudados están los bancos centrales –del mismo modo que no nos planteamos si es preocupante que una empresa abstracta tenga unas deudas de, por ejemplo, un millón de dólares–, sino cuán solventes y líquidos son: es decir, qué capacidad tienen, gracias a sus activos, no ya para amortizar su pasivos impagados, sino para defender el valor de los mismos en los mercados.

Conviene tener esto bien claro al observar lo que le está pasando estos días al euro. El Banco Central Europeo ha sido desde el inicio de la crisis una entidad mucho más diligente que la Reserva Federal en la gestión de su activo, tal y como se refleja en la importante depreciación que el billete verde ha padecido con respecto al euro durante los últimos tres años. Y, sin embargo, basta con que el nombre de Grecia aparezca en los titulares de los periódicos para que el valor de la moneda única europea se tambalee. No, no es que se tema que la cantidad de euros vaya a crecer exponencialmente, sino más bien que se sospecha que la calidad de los activos del BCE –la deuda pública de los Estados europeos– va a sufrir un revés muy importante si quiebra Grecia y hay que rescatarla (o, sobre todo, si quiebra España y se la intenta rescatar).

En cierta medida, deberíamos analizar al BCE como si fuera un banco que durante años ha saturado su patrimonio de activos subprime. Sólo que en este caso no hablaríamos de hipotecas, sino de obligaciones de Estados tan poco fiables como Grecia, Portugal o… España. Los desorbitados déficits públicos que los keynesianos gobiernos europeos se siguen empeñando en mantener sólo añaden más incertidumbre al futuro de la moneda única: cuanto menos solventes sean ciertos países, más en peligro se hallará el BCE y, por consiguiente, más se depreciará el euro frente a todo (pero especialmente, en el contexto actual de deflación, frente a otros activos que sirvan para conservar el valor).

No es que el dólar esté a salvo de este proceso, máxime con Franklin Delano Obama al frente del Gobierno y Helicóptero Bernanke comandando la Fed. Pero de momento, y pese a todo, EEUU sigue siendo más solvente que muchos países europeos; por supuesto, más que Grecia y España.

Al final, sin embargo, el problema del dólar, del euro y en general de todo tipo de dinero que consista en una promesa de pago (incluido, sí, el patrón oro, aunque en mucha menor medida, porque al menos los activos de los bancos centrales no son los pasivos de otros agentes, como el Estado) es el mismo: los ladrones y estafadores existen, y a veces llegan a dirigir bancos o gobiernos. Nos equivocaríamos si creyéramos que podemos encontrar un dinero perfecto, a prueba de bombas. Pero, aún así, cuando al menos tenemos libertad para elegir en qué divisa manejamos nuestras vidas, contamos con la opción de detectar a los estafadores y proceder en consecuencia.

Con nuestros dineros fiduciarios de curso forzoso ni siquiera nos dejan tal opción. Se saben ladrones y nos obligan a aceptar el robo velado que supone el envilecimiento de la moneda: ahí están los alemanes, soportando una moneda que se tambalea porque el BCE se ve forzado a comprar la deuda basura de Grecia; y ahí están los estadounidenses, padeciendo los dólares mientras Bernanke sigue acumulando montones de valores basura procedentes de Freddie Mac y Fannie Mae.

No es sólo que nos atraquen, es que además nos obligan a que les riamos sus tropelías. O quizá es que quedarse con las reservas de un banco central y dejar impagos por doquier no debería considerarse un robo. Pues entonces que rehabiliten moralmente a Menem, a Kirchner y a un tal Madoff…

Balmes y el marginalismo en España

Este año se celebra el bicentenario del nacimiento de Jaime Balmes, sacerdote y filósofo catalán que también participó activamente en la discusión política durante el reinado de Isabel II. Balmes tuvo una vida breve, muriendo muy joven para nuestro tiempo (38 años). Es verdad que en su época era menos excepcional, y además se compensaría con una cierta precocidad intelectual (comenzó a estudiar Teología con 15 años) y una copiosa producción literaria: en menos de diez años redactó los libros que en sus obras completas abarcan 33 volúmenes.

De manera que voy a aprovechar esta efeméride para sintetizar una comunicación sobre Balmes que presenté el año pasado en el II Congreso de Economía Austríaca; lo que también me sirve de recordatorio para animarles a participar y/o asistir a la III Convocatoria que se celebrará el próximo mes de abril en la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid.

En su conocido manual de Historia de las Doctrinas Económicas, el profesor Lucas Beltrán escribió un brevísimo epígrafe (dos páginas) titulado Un precedente español: Balmes, a propósito de su capítulo sobre el Marginalismo. Beltrán señala que, “aunque sería exagerado llamar a Balmes economista”, en su artículo “la idea de la utilidad marginal se dibuja con suficiente precisión”. Por su parte, en los Nuevos estudios de economía política, Jesús Huerta de Soto hace también una alusión al citado artículo de Balmes, explicando cómo este autor “tomista” fue “capaz de resolver la paradoja del valor y enunciar muy claramente la teoría de la utilidad marginal veintisiete años antes que el propio Carl Menger”.

Así que me parece interesante explicar algo más sobre esas referencias al artículo de Balmes titulado Verdadera idea del valor, que publicó en 1844, siendo que -como sabemos- los trabajos que inician el pensamiento marginalista se datan en 1854 (Gossen) o ya en 1871 (Menger-Jevons). Más allá de buscar una imposible conexión entre el político/filósofo español y estos economistas europeos, sí podemos analizar con algún detalle los orígenes de la aportación balmesiana.

Como quiera que se trata de un argumento ya bien conocido por nuestros lectores, no voy a insistir más en las importantísimas contribuciones de Marjorie Grice-Hutchinson para demostrar cómo los escolásticos españoles del XVI y XVII atisbaron una teoría del valor basada en la utilidad, la escasez y la elección subjetiva. Aquellos doctores, que escribieron al tiempo de la inflación provocada por la plata americana, se dieron cuenta de que el exceso de metal precioso disminuía su valor, encareciendo por el contrario el precio de las mercancías. De manera que tuvieron muy claro que el trabajo, como erróneamente se comenzó a pensar a partir de Adam Smith y -sobre todo- David Ricardo, tenía un peso menor en la determinación del valor de los bienes. Lo cual ratificaron definitivamente los llamados autores de la “revolución marginalista” de finales del siglo XIX; y así ha quedado asentado en la teoría económica, hasta nuestros días.

El pensamiento económico de la Escuela de Salamanca se mantuvo con fuerza en las universidades españolas hasta el siglo XVIII, cuando comenzó a declinar. Sin embargo, las doctrinas escolásticas pudieron seguir explicándose con mayor o menor continuidad a lo largo del XIX y no es de extrañar -por tanto- que Balmes conociera el pensamiento tomista en la Universidad de Cervera, donde sabemos que estudió. Por otra parte, como él mismo relata, tuvo experiencia directa de crisis económica y alteraciones en los precios durante algunos episodios de las Guerras Carlistas en Cataluña.

Leemos en su artículo que “el valor de una cosa es su utilidad. Entiendo aquí por utilidad la aptitud de la cosa para satisfacer nuestras necesidades”. Y avisa de que “en este punto, el error fundamental está en confundir el coste con el valor… ideas que a veces andan en proporción, a veces en suma discrepancia”. Pero se sorprende de que tales errores se mantengan en el ámbito intelectual, cuando el sentido común demuestra claramente la experiencia que todos tenemos de “cosas que cuestan mucho trabajo, y no valen nada”. Lo cual no se opone a que, en algunos casos, “el coste del trabajo contribuya al aumento del valor de la cosa; pero es accidental y nunca depende de aquí el verdadero valor de ella”. Porque la conclusión de Balmes será que “la medida única del valor de una cosa es la utilidad que proporciona”.

No está de más, por todo ello, destacar la perspicacia de nuestro filósofo catalán, en una lógica coherencia con el pensamiento de los doctores de Salamanca. Como señalaba, por ejemplo, Luis de Molina: “Debe observarse, en primer lugar, que el precio se considera justo o injusto no en base a la naturaleza de las cosas consideradas en sí mismas, sino en cuanto sirven a la utilidad humana”.

Por qué el socialismo no puede funcionar

…donde básicamente sostenía que las economías comunistas estaban condenadas a fracasar ante la imposibilidad de realizar una asignación racional de los recursos. Si la Revolución había prometido que al terminar con la explotación del hombre por el hombre y al emancipar al proletario de la dictadura del capital, viviríamos en una época de abundancia sin precedentes, Mises simplemente se dedicaba a poner el dedo en la llaga: el socialismo no sólo es incapaz de conocer cuáles son las necesidades humanas, sino que sobre todo desconoce cuál es la mejor manera para satisfacerlas.

Sin precios de mercado, frutos del intercambio voluntario entre propietarios, proyectos técnicamente viables como construir las vías de ferrocarril de oro y el tendido eléctrico de plata o concentrar a todos los trabajadores en la producción de acero desatendiendo la de comida, dejaban de ser económicamente absurdos. Sólo porque contamos con precios, costes, tipos de interés, beneficios y pérdidas, los seres humanos podemos coordinar nuestras actividades en un esquema amplio de división del trabajo. El dirigismo, la organización centralizada, los planes quinquenales… todo ello estaba condenado a empobrecer masivamente a aquellas personas que pasaban a convertirse en peones del comité ingenieril. Y ahí está la historia para avalar cuanto Mises ya supo ver hace casi un siglo.

Por supuesto, los economistas socialistas no se quedaron de brazos cruzados. Como buscando validar su idea del polilogismo de clases, retorcieron tanto como pudieron los argumentos para tratar de conservar la ficción de que las economías socialistas sí podían funcionar y de que, por tanto, sus despóticos regímenes debían sobrevivir. Básicamente, su razonamiento pasaba por afirmar que en el socialismo podían reproducirse algunas condiciones propias del libre mercado que permitirían en última instancia el cálculo económico: socialismo de mercado o solución competitiva, lo llamaron.

Aparte del hecho tirando a ridículo de que los socialistas quisieran erradicar un sistema económico –el libre mercado– para admitir más tarde la necesidad de aproximarse tanto como fuera posible a ese mismo sistema económico, Mises siempre rechazó estas piruetas retóricas señalando que el capitalismo no es un juego al estilo del Monopoly o del parchís: los empresarios, los especuladores, los market makers o los capitalistas no eran niños aburridos quemando las horas ociosas en un tablero donde las cartas y las fichas se habían repartido por azar previamente. En el capitalismo los agentes se juegan su dinero, el dinero que han logrado satisfaciendo las necesidades de los consumidores, y ese aspecto esencial del sistema no puede reproducirse en ningún otro a menos que reconozca la propiedad privada y por tanto finiquite el socialismo.

El caso de Miguel Sebastián y la energía solar es un ejemplo bastante ilustrativo de este último punto. El ministro de Industria lleva meses tratando de recortar las primas a esta fuente renovable, consciente de la ruina que supone. La decisión de Sebastián no sólo me parece acertada, sino que debería haberse adoptado hace más de un lustro. El despilfarro de 30.000 millones de euros en las renovables –y especialmente en la solar– ha impedido que esos recursos se utilizaran en otras áreas más productivas de la economía y ha destruido más de 100.000 empleos.

Conviene preguntarse si Sebastián o Zapatero, en caso de haber invertido su propio dinero, hubiesen mantenido durante tantos años una apuesta tan absurda como la de las renovables. ¿Qué habría pasado si alguno de estos personajillos hubiese visto cómo todo su patrimonio desaparecía en un proyecto tan ruinoso como éste? Pues que voluntaria –por preocupación– o involuntariamente –por agotamiento del dinero– el despilfarro de recursos habría terminado mucho antes. Difícilmente podemos desligar la irresponsabilidad cometida del hecho de que Sebastián y ZP jugaran con el dinero de los demás.

Pero el punto crítico para comprender la imposibilidad del socialismo no es éste. Ni siquiera es necesario que recordemos que si podemos saber que las renovables son un despilfarro masivo es porque contamos con distintos costes (precios) para la energía. Lo esencial es que nos planteemos si, por absurdo que nos parezca, Sebastián podría estar equivocándose. Es decir, ¿qué sucedería si nos encontráramos a las puertas de un adelanto tecnológico en la solar de tal calibre que permitiera reducir a su mínima expresión los costes energéticos pero que fuera abortado por el recorte de la inversión que planifica Sebastián? En efecto, todos los empresarios visionarios comienzan perdiendo grandes cantidades de dinero hasta que sus productos triunfan y se generalizan en el mercado. ¿Cómo sabemos que no convendría seguir invirtiendo en la solar?

Simplemente no lo sabemos. Somos conscientes de que hasta ahora ha fracasado, pero no podemos conocer un futuro no predeterminado y sobre el que debe especularse. Para ello, contamos con un ámbito de experimentación descentralizado, el mercado, donde cada cual compara su expectativa de éxito con el dinero que le resta para alcanzarla: si triunfa ganará muchísimo dinero y si fracasa, lo perderá. Estoy seguro de que hoy mismo hay multitud de empresas privadas que mantienen sus líneas de investigación para desarrollar una energía solar asequible, pese a que Sebastián ya haya (por suerte) desistido.

Es esta decisión de cada propietario poniendo en riesgo sus ahorros para concebir, seleccionar, iniciar, mantener o abandonar alguno de los billones de proyectos productivos técnicamente viables la que es del todo insustituible. Sebastián y todos los planificadores sociales juegan a empresarios; otros son empresarios. No sólo pueden captar todos los recursos que necesiten para dar forma a sus fantasías, sino que pueden permitirse el lujo de fantasear al margen del resto del mercado. Las locuras impensables en un sistema competitivo con propiedad privada se convierten en norma en un régimen sin la misma. Por eso el socialismo degenera siempre en una ruina colectiva al servicio de la megalomanía personal.

Juan Ramón Rallo es jefe de opinión de Libertad Digital, director del Observatorio de Coyuntura Económica del Instituto Juan de Mariana, profesor de economía en la Universidad Rey Juan Carlos y autor de la bitácora Todo un Hombre de Estado. Ha escrito, junto con Carlos Rodríguez Braun, el libro Una crisis y cinco errores donde trata de analizar paso a paso las causas y las consecuencias de la crisis subprime.

Salario e inteligencia mínimos

De esta manera, y Dieu mediante, con un mínimo impuesto para todo quisque con bandera azul al fondo, “se reconcilia a los ciudadanos europeos con la UE” y, sobre todo, se pone fin a “la competencia social”. ¿Qué es esto de que un húngaro trabaje por la tercera parte que un belga? Eso se ha acabado. Es mucho mejor, al menos para los socialistas belgas, y más si son diputados, prohibir trabajar (competir, esto es) a otros trabajadores.

Porque, ¿qué es una ley de salario mínimo? Una norma que prohíbe a empresario y trabajador llegar a un acuerdo voluntario por debajo de determinado nivel de salario. Los empresarios pagan en función de lo que esperan recibir del trabajador; de la productividad, como lo llaman los economistas. Y si el Estado coloca el salario mínimo por encima de la productividad que en ese momento puede ofrecer el trabajador, pues se queda en la calle y santas pascuas. Total, afecta principalmente a jóvenes, inmigrantes y, en general, a personas con poca formación; gente a la que se le puede impedir progresar mientras se le dice que es por su bien.

Un luxemburgués al uso, de esos que pasarían desapercibidos por las calles de esa ciudad-Estado, no acaba el año sin una renta por debajo de 100.000 euros. En España somos algo más pobres y tenemos una renta per cápita que supera los 35.000, mientras que en varios países ex comunistas hay que estar por encima de la media para alcanzar los 15.000 euros al año. ¿Adivinan qué europeos se encontrarían con que la ley no les permite cobrar el salario que ellos son capaces de generar? No, no serían los más ricos.

Estados Unidos ocupó Haití de 1915 a 1934. Ya entonces Haití era una sociedad miserable. EEUU, a comienzos de los 30, aplicó por error una ley del salario mínimo a la mitad occidental de La Española. De un plumazo, prohibió prácticamente todos los contratos laborales de aquel país, y a medida que se implantaba iban quedando los haitianos sin empleo y las empresas sin producción, hasta que se deshizo el error. Ah, pero los europeos somos más inteligentes que eso: seríamos capaces de convertir un error en un eje central de la política europea. Aunque eso, ¿no lo habremos hecho ya?

José Carlos Rodríguez es periodista.

¿Qué tiene de buena la reforma de Obama?

El texto final queda bastante lejos de lo que inicialmente pretendía el presidente, que no era otra cosa que un modelo en el que el Estado entrara como un elefante en un hospital a hacerle competencia directa y desleal a todos los médicos y compañías de seguros mediante un seguro público impuesto a trompazos. Como su idea resultaba demasiado radical hasta para los compañeros del Partido Demócrata, tuvo que conformarse con dar un paso hacia su anhelado sistema público en vez de decretarlo de golpe y porrazo.

Durante este año Obama ha concentrado todas sus fuerzas en difundir dos mitos: que existen casi 50 millones de norteamericanos sin acceso a los servicios médicos y que los seguros privados son extremadamente costosos, pudiéndose, mediante la intervención y fiscalización del Estado sobre los seguros médicos, ahorrar grandes cantidades de recursos que podrían emplearse para tratar a otras personas. Ninguno de los dos argumentos son ciertos tal y como se han planteado, y en otro lugar he tratado de explicar en qué consisten estas falacias.

Aún así Obama sólo ha logrado sacar adelante su ley mediante el uso de un procedimiento de urgencia que no está pensado para este tipo de leyes y gracias al cual se ha saltado el voto de las dos cámaras a la misma ley, como requiere la Constitución. Además, ha otorgado privilegios a algunos estados como Florida o Luisiana para obtener el voto de sus representantes. Todos estos aspectos formales hacen que la sombra de la inconstitucionalidad planee sobre la nueva ley. Pero más allá de lo que pueda terminar dictaminando la justicia norteamericana en la más que probable batalla jurídica que se avecina, lo verdaderamente significativo es que una ley de tanta trascendencia sea aprobada mediante esta maraña de trucos para sortear los mecanismos de contrapeso de poderes establecidos en las leyes de los Estados Unidos.

Con todo, lamentarse por las malas artes no sirve de mucho y lo cierto es que ahora los estadounidenses viven en un país en el que la sanidad tiene poco que ver con el modelo mayoritariamente orientado hacia el mercado del que disfrutaban hasta ahora. En Europa casi todos los medios y comentaristas han dado la bienvenida con gran alborozo a la reforma. Yo no paro de preguntarme qué es lo que tiene de buena.

La principal característica del nuevo modelo es que obliga a los residentes legales de Estados Unidos que no se puedan acoger a los programas públicos a comprar un seguro médico privado. ¿Es esto tan bueno? ¿Diríamos lo mismo si la obligación fuera de contratar la provisión de alimentos, el transporte o la educación con una empresa? La medida podría ayudar a algunas personas muy irresponsables que se gastan el dinero compulsivamente pero que cuando están más serenas piensan que deberían haber dedicado ese dinero al seguro médico. Sin embargo, la mayoría de la gente no es así y lo que la medida provocará es la desaparición del ejercicio libre de la medicina.

En España el ejercicio libre de la profesión médica (sin tener que pasar por un tercer agente, bien sea el Estado o una compañía de seguros) desapareció con la ley socialista y general de la sanidad del 86 debido a la implantación de ambulatorios gratuitos por todo el territorio nacional. En Estados Unidos el ejercicio libre de la medicina, que aún es una parte muy importante de su sistema sanitario, desaparecerá porque ahora que existe obligación de contratar un seguro serán muy pocos los que contraten directamente con sus médicos u hospitales. Con el fin del ejercicio libre se acaba con una de las características más importantes de un buen sistema médico que es la relación libre, directa y responsable entre médico y paciente.

Tampoco me queda claro qué puede tener de bueno que el Estado intervenga los costes de las empresas que competían libremente en el mercado o se establezcan condiciones y servicios mínimos que a partir de ahora tendrán que ofertar. De esta medida sólo puedo vislumbrar una pérdida de la rivalidad entre empresas, peor servicio y precios más elevados. Eso es exactamente lo que ocurre en los programas públicos que existían con anterioridad a la ley. Bueno, con una diferencia: antes el sistema público podía sacar provecho de copiar los métodos de un sistema privado tremendamente dinámico e innovador, así como comprarle bienes y servicios.

Ni siquiera alcanzo a ver cuál es el beneficio de que las aseguradoras tengan que aceptar a los ciudadanos con problemas médicos preexistentes. La medida distorsionará el cálculo actuarial y terminará por provocar problemas de selección adversa. Puestos a intervenir, hubiese sido mejor meter a este grupo de la población en los sistemas de provisión pública.

A los problemas que crearán estas y otras medidas contenidas en la reforma sanitaria de Obama se responderá con casi total seguridad con otras intervenciones que irán encorsetando el sistema médico estadounidense asemejándolo cada vez más al europeo.

Mientras ese típico proceso de escalada intervencionista se va produciendo, el mundo verá cómo se va secando la fuente mundial de nuevas medicinas, terapias y tecnología médica que hasta ahora era el mercado médico de los Estados Unidos de América. Los políticos repetirán machaconamente que han introducido equidad en el sistema sanitario y que a pesar del elevadísimo coste y de los problemas que surgirán en la gestión de los recursos sanitarios, todo el mundo podrá acceder (más tarde o más temprano) a las técnicas y terapias de comienzos del siglo XXI. Lo que no les contarán es que la medicina dejó de evolucionar debido al intervencionismo y que el precio del igualitarismo fue seguir conviviendo con enfermedades y problemas médicos que el dinamismo de las relaciones médicas más libres habría resuelto.

Gabriel Calzada Álvarez es doctor en Economía y presidente del Instituto Juan de Mariana.

El ecologismo, enemigo de la naturaleza

…para el resto de los mortales reinaba la más absoluta y penetrante oscuridad del ocaso al alba. Por aquella misma época y hasta que llegamos a dominar a nuestro antojo la electricidad, la única fuente de energía barata y abundante era quemar los bosques. Las chozas, los palacios y las abadías se calentaban con ellos, tal vez por eso en francés a la leña se la llama bois de feu, literalmente, bosque de fuego.

Era aquel un mundo más que insostenible, insufrible, al menos para nuestra especie. La agricultura primitiva roturaba campos hasta los márgenes mismos de la eficiencia, las ciudades se levantaban con paja y madera, en los ríos se echaba de todo y luego, sin depurar, se bebía de ellos. Los niños trabajaban de sol a sol y la mayoría moría de alguna enfermedad antes de cumplir un año. Nuestros antepasados vivían poco y envueltos en sufrimientos con los que, según pensaban, se saldaba el pecado primero. Un caldo idóneo para que monjes fanáticos pescasen desdichadas almas para las que el fin de el mundo siempre estaba cercano.

Ese y no otro era el mundo anterior al capitalismo, el mismo al que el movimiento ecologista nos quiere devolver a latigazos. Piden que apaguemos las luces, que no cojamos el coche, el avión o el tren, que nos quedemos en casa helados; que no tengamos hijos porque, ¡ay!, cada niño deja una insoportable huella ecológica; que, bajo ningún concepto, comamos carne o pescado, que con un ramillete de perejil cultivado en una maceta será suficiente para sobrellevar este valle de lágrimas. Y todo para aplacar la ira de la Madre Tierra, una diosa que acaban de inventarse y que, según dicen, anda enfadadísima porque hemos cometido el indecente pecado de desafiarla.

Y, efectivamente, el ser humano ha desafiado a la naturaleza y nueve de cada diez veces ha vencido sus designios. Por ella habríamos de vivir subidos a un árbol y ser pasto de los depredadores. Pero no, nuestra infinita capacidad de inventar ha hecho posible que usted, en lugar de andar buscando un gusano que echarse a la boca en medio de una sabana achicharrante, esté aquí, cómodamente leyendo el periódico con la tripa llena, la comida de mañana resuelta y la conciencia tranquila. Precisamente por eso, porque ya lo tiene todo hecho, aprecia más que nadie el rozagante bosquecillo de su pueblo o que el agua del río baje libre de polvo y paja.

Aunque no lo sepa, usted, habitante de un país del primer mundo, es el principal defensor del medioambiente, que, por lo demás, anda sobrado de enemigos. El primero y más letal es la pobreza antigua, la del medievo. El segundo es el ecologismo, esa perversa ideología antihumana que pretende transportarnos por la fuerza a tiempos pasados, necesariamente más infelices y, sobre todo, implacables con el medio natural.

Fernando Díaz Villanueva es periodista.