Ir al contenido principal

Banca y vivienda: los nuevos motores de España

Aquí se acaban las diferencias. En todo lo demás, incluyendo el paisaje y el paisanaje, son tan parecidas como dos gotas de agua.

Los griegos llevan varios años cocinando las estadísticas oficiales. Nosotros estamos en ello, empezando por las del paro, cuyos números sólo se creen Corbacho y la Salgado, esa calamidad que Zapatero puso de testaferro para poder gestionar personalmente el desastre. Está por ver si, llegado el momento, quiere seguir gobernando el barco cuando se encuentre debajo del agua como ya está haciendo su colega Papandreu.

Grecia no dispone de capacidad de recuperación porque no produce nada que otros países deseen y porque su Gobierno ha endeudado a todos, incluso a los que todavía no han nacido. España tampoco hace nada que sea deseable fuera, a excepción del sector turístico que es moderno, competitivo y multinacional. Pero del turismo no comen los 46 millones de españolitos.

Nuestra industria principal sigue siendo, dos años después del crack, la de la carretilla de cemento, el andamio y el alondra que apura el sol y sombra en el bar de enfrente antes de ponerse al tajo. Esos han sido los artífices del espejismo español de esta década y nadie, empezando por el propio Gobierno, quiere jubilarlos. Por eso los han puesto a adoquinar aceras y a hormigonar pistas para que unos inexistentes niños monten en patinete.

En cuanto al endeude, es cuestión de tiempo que Zapatero (vía Salgado) nos hunda en la sima del impago. S&P ya no se fía; creen estos remilgados señores de Wall Street que, en un par de años, la deuda española alcanzará ya el 80% del PIB, mucho más de lo que la Unión Europea está dispuesta a tolerar. Luego Dios dirá. O nos echan, o nos vamos, o se van ellos; pero lo que no puede soportar el euro es un país tan grande como éste haciendo el indio a su costa.

Grecia, como España, está paralizada ante la adversidad, resacosas ambas de socialismo quejumbroso e irresponsable. Las algaradas violentas y los coches calcinados de Atenas o Tesalónica no tardarán en verse por Madrid o Barcelona en cuanto se acabe el maná del dinero que el Gobierno pide prestado para arrojar después por la alcantarilla de la dilapidación pública.

La izquierda radical, que se crece con la miseria, espera esa oportunidad para sacar de paseo a sus camisas negras. Zapatero, entretanto, emulando a Papandreu, prefiere quedarse sentado viendo el incendio, esperando a que lleguen los bomberos y arreglen el desaguisado para luego ellos presentarse como los artífices del milagro. No sería la primera vez en la historia que esto sucede. A Roosevelt le salió a pedir de boca, ¿por qué no habría de sucederle lo mismo a Zapandreu?

Fernando Díaz Villanueva es periodista.

¿Se nos está rebelando la Naturaleza?

Este desastre va a poner a prueba la economía, la política y las instituciones del país más rico de Iberoamérica. Además nos invita a reflexionar sobre las relaciones entre los fenómenos naturales extremos y el desarrollo socioeconómico e institucional de un país, así como sobre algunos de los mitos que envuelven las catástrofes naturales.

Conviene empezar por lo evidente: la naturaleza no es la madre protectora que nos presentan continuamente los medios de comunicación y el movimiento ecologista. La imagen falaz de los fenómenos naturales como algo intrínsecamente bueno para el hombre ha servido para demonizar la transformación que el ser humano hace de los recursos naturales tal y como los encuentra en estado puro. Según esta visión del mundo, el principal factor causal de los desastres que padecemos los seres humanos es la propia acción cooperativa y empresarial del hombre. De este modo, el capitalismo, que fomenta la cooperación y la productividad humana a través del respeto de la propiedad privada y a los contratos libremente acordados, alteraría esa armonía natural entre el hombre y su medio ambiente provocando reacciones de la naturaleza que sufrimos en forma de catástrofes.

La realidad es bien distinta. La naturaleza es y ha sido siempre tremendamente dura para el hombre. Sin embargo, la inteligencia humana nos ha permitido adaptarnos y adaptar el medio en el que vivimos para que nuestra relación con la naturaleza sea, en general, más segura y armónica. Sin embargo, quienes han convertido su oficio en hacernos creer que el capitalismo y el progreso socioeconómico es una especie de pecado, no soportan la idea de una naturaleza que destruye y mata sin otra razón que no sea eminentemente física o, si lo prefieren, natural. Sus ideas se han colado hasta tal punto en el ideario popular que periódicos como El Mundo titulan y califican el desastre chileno (y las borrascas ibéricas) de "rebelión global de la Naturaleza". ¿Contra quién se supone que opone resistencia o se subleva la Naturaleza? Contra el ser humano, está claro. ¿Y por qué? Por habernos atrevido a desarrollar nuestras sociedades y superar la etapa en la que íbamos en taparrabos.

La realidad es casi la contraria. Los fenómenos catastróficos naturales son más o menos los mismos de "siempre". La diferencia fundamental es que los hombres hemos ido reduciendo paulatinamente el riesgo y la incertidumbre relacionados con los fenómenos catastróficos gracias al desarrollo económico, al ahorro, al avance del conocimiento y al desarrollo de las instituciones. A muchas personas esta idea les resulta chocante porque sabemos que los daños (medidos en unidades monetarias) de los desastres naturales no han hecho sino crecer en los últimos dos siglos. Pero la paradoja es sólo aparente. Este fenómeno sucede allí donde las sociedades han progresado. A medida que vamos siendo más ricos, el valor económico de los daños es superior pero representan una fracción cada vez más pequeña de la riqueza total. Además, a medida que hemos desarrollado instituciones como la de los seguros, una parte de estos riesgos queda actuarialmente cubierta, reduciendo así la incertidumbre a la que nos enfrentamos. Es más, parte de ese mayor valor monetario que se destruye en catástrofes como la ocurrida en Chile se debe a que las construcciones se diseñan para tratar de compatibilizar una elevada densidad demográfica (que permite una mayor división del trabajo y crecimiento económico) con una alta protección del ser humano; éste sí, el recurso más valioso de cuantos existen.

Gabriel Calzada Álvarez es doctor en Economía y presidente del Instituto Juan de Mariana

TDT

Resulta que no todo el mundo canta al son del periódico y ello le causa a él y a nuestra izquierda un desasosiego insoportable. El periódico de la izquierda global en español disimula lo que puede. Pero de cuando en cuando se desahoga, y si bien no puede cambiar la realidad a su gusto, aunque lo haría de buen grado, por lo menos deja bien claro lo que piensa de ella.

Lean el artículo TDT, Trinchera Digital Terrestre, de Antoni Gutiérrez-Rubí. Es un ejemplo perfecto del pensamiento de izquierdas. Identifica las ideas con los sentimientos, y por tanto para él quienes no forman parte de la grey socialdemócrata son, básicamente, malas personas cuya principal característica, en política, es el odio. Si un periodista da su opinión y es contraria al Gobierno socialista, lo que está mostrando no son ideas, sino "el odio irracional hacia el adversario". Y frente a un sentimiento total como ese, ¿cabe ejercer el pensamiento?

Gutiérrez-Rubí no lo necesita, claro está. Le vale con ejercer ese recurso que concentra el 80 por ciento de la dialéctica de izquierdas de las últimas décadas, colgar el prefijo "ultra" a todo lo que se menee fuera de la izquierda. Eso, y una buena dosis del sentimiento que él achaca a la derecha.

El artículo recoge otras prácticas habituales en la izquierda. Por un lado muestra, con toda claridad, que en su opinión no ser de izquierdas es un pecado vergonzoso, una mancha en el alma que se debía curar o, al menos, esconder. Se frota los ojos cuando comprueba que hay medios de comunicación que son "abiertamente conservadores". Tolera a la derecha, nadie le acuse de lo contrario, pero a la "derecha democrática". No hay una "izquierda democrática", porque toda la izquierda es democrática, ya saben. Recuerdo los elogios de El País a Eric Honecker. Esta derecha-pero-democrática no es la que tiene presencia en los medios de comunicación y que se expresa con más libertad de la que desearían el diario y su articulista.

Hay un fondo de verdad en el artículo. Hubo un tiempo en que al grupo Prisa le bastaba sacar la chequera para comprar a sus competidores, como hizo con Antena 3 Radio. Se mueve bien en el mundo de las licencias ("no hay cojones en España para negarme una televisión"), donde se comercian favores políticos. Eso sí que es la "técnica de ocupar y expulsar" de la que habla Gutiérrez-Rubí.

Con la TDT la oferta es muy amplia, mucho más de lo que desearía este experto en comunicación. Y en internet, el otro objeto de su diatriba, ni siquiera hay licencias. Tú llegas y creas un periódico sin permiso de la autoridad. Un escándalo. El hecho de que cuanto más libre ha sido la creación de medios de comunicación, más lugar haya habido para el centro derecha en España, que eso es lo que refleja el artículo, es el motivo de tanto encono.

José Carlos Rodríguez es miembro del Instituto Juan de Mariana

El problema de los controladores aéreos

Llevamos unas semanas enfrascados en el debate sobre las condiciones laborales de los controladores aéreos. Como no puede ser de otra forma, es un debate alimentado desde el Gobierno con el objetivo bastante explícito de rebajar los beneficios de dicho colectivo, con el apoyo de la opinión pública.

Esta clase de polémicas serían algo inimaginable en el libre mercado, donde los agentes se coordinan espontáneamente y el sueldo de la gente no está al arbitrio de los votos, sino, simplemente, del dinero que las demás personas estén dispuestas a pagar.

La opinión pública tiende a pensar que las condiciones salariales de los controladores aéreos son espectaculares, muy por encima de las que disfruta el común de los mortales. Y la verdad es que es un hecho objetivo que sí lo son, tanto en lo referente a salario, como a horarios, descansos y jubilación. Esto no se puede negar, pero tampoco supone mayor problema. Hay muchos otros individuos que perciben prestaciones muy superiores a la media, como deportistas o artistas, por actividades que cabría calificar de menor importancia para sus conciudadanos.

Ocurre que la prestación por el desempeño de un trabajo, como todos los precios en el libre mercado, se fija por el juego de la oferta y la demanda. Incluso los trabajos más importantes para la vida humana pueden tener precios muy bajos si hay mucha gente capacitada para hacerlos. Por el contrario, trabajos completamente prescindibles, pero que poca gente puede desempeñar, pueden dar lugar a sueldos de infarto. Por ello, el problema de los controladores aéreos hay que analizarlo desde sus vertientes de oferta y demanda.

Empecemos por la oferta: pudiera ser que muy poca gente tuviera la capacidad y el deseo de ser controlador aéreo, por las razones que fuera. Por mucho que se propugne la igualdad sin cortapisas, Pau Gasol sólo hay uno, y por eso gana lo que gana. No todos podemos ser Pau Gasol. ¿Ocurre lo mismo con los controladores aéreos? Un repaso a los requisitos para esta profesión (que se pueden consultar en las bases de la oposición) nos confirmará que no hay falta de individuos capacitados para desempeñar el oficio. Son ciertamente exigentes, pero nada que no pueda dar lugar a una saneada colección de voluntarios.

Si no hay problemas en la oferta que justifiquen unas condiciones laborales tan magníficas, habrá que volverse al lado de la demanda. ¿Y qué nos encontramos aquí? Ya se podía adivinar. Los controladores aéreos son contratados por las empresas que gestionan el tráfico homónimo. En nuestro país, solo hay una empresa, más bien un ente público, que desempeñe tal tarea: AENA. Así, que el lado de la demanda lo constituye una empresa pública con un monopolio legal. No se puede imaginar un escenario peor desde el punto de vista de la sociedad, ni mejor para los grupos organizados que se puedan beneficiar del mismo.

Como monopolio legal, no confronta amenazas de entrada, por lo que puede obtener rentabilidades superiores a la de mercado. Como administración pública se puede permitir no orientarse a los clientes, sino a finalidades de otro tipo (por ejemplo, el “interés general”), dado que siempre están los impuestos para las chapuzas.

Así pues, en ausencia de la disciplina que pone el mercado, el colectivo de controladores aéreos ha podido satisfacer sus intereses por el simple procedimiento de presionar, de una forma u otra, a los compradores de sus servicios. Un empresario en el libre mercado no hubiera podido ceder a esta coacción sin llevar a la quiebra a la empresa: su exceso de costes hubiera supuesto una desventaja competitiva con otros emprendedores. Pero AENA no es una empresa en el libre mercado. Y las condiciones laborales de los controladores, tampoco, en consecuencia.

Ahora bien, como siempre ocurre con la intervención estatal, se pretenden solucionar los problemas creados con una nueva intervención. Es claro que la única forma de resolver el problema de los controladores aéreos es abrir el mercado de aeropuertos a la competencia, y privatizar AENA al mejor postor, pues se ha mostrado que esta es la causa del problema.

Dado que el gobierno no parece dispuesto a esto, opta por someter a consideración de la opinión pública el sueldo del controlador aéreo. Tan arbitrarias eran las condiciones laborales anteriores como las que se puedan imponer ahora. Y seguirá sin solucionarse el problema, aunque por el camino se hayan ahorrado unos cuantos euros los de AENA.

Y es que el precio de las cosas no lo puede poner el gobierno a su antojo; el único mecanismo válido, que no genera distorsiones, es del mercado sin intervención. Lo contrario nos lleva a colectivos privilegiados, como los controladores aéreos (posiblemente) y los políticos (estos, seguro).

‘Avatar’: la verdadera historia

Realmente ha sido el éxito de estas navidades. Quién no se ha conmovido viendo en 3D las peripecias de los indígenas de Pandora, los navis, tratando de salvar su Árbol Madre de la codicia del capitalismo-imperialismo americano, siempre en busca de pueblos a los que explotar y esquilmando las materias primas de la tierra.

Una lucha desigual en la que los navis, luchando con arcos y flechas, se marcan una Intifada y, ayudados por unos dragones alados con los que tienen una relación que ya querría el cabo Rusty con Rin Tin Tin, plantan cara a los mismísimos marines. Además, hay una linda historia de amor en la cual una indígena navi, que realmente no está nada mal y encima es muy progre y liberada, le enseña al prota (un marine que ha sido enviado dentro de un cuerpo navi a espiar a su pueblo para robarles minerales) los valores de respeto a la naturaleza, sostenibilidad y solidaridad innatos en la raza navi… entre otros temas más personales.

Así, el marine se encoña, digo se solidariza con la hembra navi y, aunque le cuesta adaptarse a una cultura que le es ajena y tiene verdaderos problemas con el idioma, finalmente decide traicionar a sus compatriotas (algo así como Montilla, pero con un poco más de estilo) y plantar cara a la maquinaria bélica americana.

Todo precioso. Incluso Evo Morales ha declarado sentirse identificado con los navis, lo cual no está nada mal, teniendo en cuenta que los susodichos navis son azules y miden casi tres metros, mientras que el líder indigenista bolivianos es más bien chaparro y de tez cetrina. Repito, todo precioso, pero no sucedió así.

El amigo James Cameron se ha marcado una peli que no respeta lo más mínimo qué es lo que pasó cuando los americanos llegaron a Pandora, sino que ha cocinado un refrito entre Pocahontas de Disney y las obras completas de Rosseau, con algo de Tarzán de los Monos. Eso sí, en 3D y con unos efectos especiales que te dejan boquiabierto. Pero la verdadera historia de lo que pasó en Pandora es muy diferente.

– En primer lugar, los Navis, como todos los pueblos primitivos, vivían en un estado de guerra perpetua entre clanes. La esperanza de vida era bajísima y, en general, se mataban unos a otros y practicaban el canibalismo, los sacrificios naviazos; como en todas las sociedades primitivas, la esclavitud era una práctica común. La llegada de los americanos, como la de los españoles al Imperio Azteca, prohibiendo los sacrificios a los dioses, o la de los británicos a  la India persiguiendo las cremaciones de viudas, significó el fin de dichas bárbaras prácticas.

– El supuesto equilibrio ecológico que mantenían los navis no era tal. De hecho, estaban acabando con las poblaciones de grandes animales y dragones alados, al igual que los primitivos pobladores protoindios de Norteamérica acabaron con la megafauna pleistocénica o los navegantes polinesios que arribaron a Nueva Zelanda se cepillaron a todos  los moas. La introducción por parte americana de modernas técnicas de gestión de la fauna y la aparición de ecoturistas dispuestos a dejarse unos dólares por fotografiar dichos animales, hizo que los navis se planteasen que era más rentable (y menos cansado) ser guía turístico o camarero en un lodge, que cazador con dragones alados, con lo que la presión sobre la fauna disminuyó.

– Las hembras navi no estaban lo que se dice liberadas. Al igual que en los pueblos de Nueva Guinea o en las tribus yanomami de la Amazonia, las hembras estaban claramente en una situación inferior, sin derechos, siendo propiedad de los machos y tratadas como mercancía. La mentalidad políticamente correcta de los recién llegados americanos cambió esta situación.

– Como todo pueblo sin acceso a la medicina moderna y a las prácticas higiénicas actuales, los navis eran acosados por enfermedades endémicas, parásitos internos y problemas de desarrollo debido a la malnutrición. Con la llegada de los americanos los índices sanitarios dieron un salto espectacular.

Finalmente, sí hubo descontentos, agitadores, etc., una especie de liberados sindicales, que iban por las nuevas urbanizaciones que habían surgido con piscina y televisión a las que los navis, con la pasta que habían ganado trabajando en la industria mineral, se estaban desplazando a vivir de forma masiva. Dichos elementos trataban de atizar el descontento entre la población nativa y, de paso, presionar a las autoridades coloniales USA para que les diesen una subvención.

– “¡No queremos a los americanos¡ ¡Yankees go home! ¿Qué les debemos a los americanos?”, grita el agitador

– “Las vacunas y las campañas de desparasitación”, contesta un voz tímidamente.

– “Bueno, las vacunas y las campañas de desparasitación, ¡pero nada más!”

– “Y el alcantarillado…”.

– “Han acabado con los sacrificios navianos y las guerra de clanes. Gracias a ellos, no hay malnutrición ni esclavitud”.

– “Han hecho respetar los derechos de las hembras”.

– “Tenemos casas de verdad, televisores, aire acondicionado…”.

– “Hemos aprendido inglés, podemos salir de Pandora y viajar por toda la galaxia”.

– “Vale. Pero ¿aparte de las vacunas, el alcantarillado, la casas, los derechos de las hembras, el fin de la malnutrición, la esclavitud, las guerras de clanes, los sacrificios, los televisores, el idioma inglés, etc., qué les debemos a los americanos?” (sic)(aunque creo que esta escena la he visto en alguna otra película).

Finalmente, qué pasó con los protagonistas a nivel personal. Suertes distintas. Mientras que el marine que tomó avatar de navi aprovechó sus tres metros para fichar por la NBA y que Niké lanzase unas zapatillas con su nombre (dicho sea de paso, los navis monopolizan desde entonces la posición de center en dicha liga), a la bella indígena le salió mal la jugada.

El susodicho marine la preñó, se piró a la tierra “a la francesa “ y ahora, soltera y con cuatro cachorros navi que alimentar, pues las camadas navi son múltiples, trabaja de reponedora en un Mercadona que se acaba de abrir en Pandora…

En fin, que esto es lo que realmente pasó.

La censura rutinaria y eficiente de ZP

…se ha mostrado "confiada" en una rápida tramitación de la Ley de Economía Sostenible que permita empezar lo antes posible a clausurar páginas web en beneficio de las grandes discográficas, las entidades de gestión de derechos de autor, numerosos artistas "de la ceja" y demás.

Tras el revuelo inicial con la popularmente mal llamada "Ley Sinde", apenas se habla ya de ella. Poco a poco el tema va pasando a segundo plano y, piano piano si va lontano; en muy poco tiempo nos encontraremos con que se ha culminado un grave atentado contra la libertad de expresión en la red. El Gobierno se siente seguro en esta cuestión. Todo parece indicar que confía en poder sacar adelante la normativa censora.

Por una parte, incluso antes de que se apruebe en España, Zapatero pretende llevar su modelo a toda la Unión Europea. El objetivo presidencial es que entre en la agenda de los Veintisiete el bloqueo (y no debería extrañar que también el cierre) de sitios web. Los "males" que se dice querer combatir con esta medida serían la pornografía infantil, el racismo y la violación de la propiedad intelectual.

Resulta lamentable que se pretenda poner en pie de igualdad la "violación de la propiedad intelectual" con el fomento del odio a otras personas o algo tan especialmente repulsivo como la pornografía infantil. Sin embargo ZP, en defensa de grupos amigos de su Gobierno, lo hace. Sabe que así será más fácil hacer aceptable un recorte de la libertad de los ciudadanos.

Por otra parte, el grupo de presión de la industria de los contenidos en Estados Unidos se muestra optimista con el futuro de sus intereses bajo el Gobierno de Zapatero. La Alianza Internacional de la Propiedad Intelectual (IIPA, por sus siglas en inglés) ha hecho patente su satisfacción por el hecho de que el cierre de webs en España será "rutinario y eficiente". Lo mínimo que podemos hacer es preguntarnos qué información, que no ha sido proporcionada a los ciudadanos, y qué garantías han recibido desde La Moncloa o algún ministerio.

El Gobierno español pretende imponer una censura rutinaria y eficiente en internet. Lo peor de todo es que, tras un amplio y generalizado enfado inicial, casi nadie parece dispuesto a luchar por impedirlo.

Antonio José Chinchetru es autor de Sobre la Red 2.0.

Imitación, innovación y empresarialidad

El ser humano tiene dos importantes habilidades cognitivas complementarias, la capacidad de innovar y la capacidad de copiar: puede hacer algo nuevo, creativo; o puede imitar lo que ya existe, replicarlo. Las novedades exitosas pueden reproducirse, y a partir de múltiples copias pueden generarse más cambios que a su vez podrán copiarse de forma recursiva. La acción humana se desarrolla en una tensión permanente entre la permanencia y el cambio.

Imitar no es simplemente repetir lo que uno mismo ya ha hecho antes: se trata de copiar lo que ha hecho otro, observando, reflexionando, comprendiendo y añadiendo la nueva facultad o conducta al repertorio de habilidades propias. El aprendizaje suele requerir una fase inicial de atención consciente hasta que la tarea se automatiza y puede invocarse a voluntad o como un hábito que no requiere el esfuerzo de pensar.

Imitar conductas existentes más o menos generalizadas tiene sentido evolutivo: un comportamiento muy nocivo tiende a desaparecer al eliminar a sus agentes portadores, de modo que la simple existencia de algo muestra su capacidad de supervivencia; además, al ser la competencia un fenómeno relativo, hacer lo mismo que todos significa estar en terreno seguro y, al menos, no quedarse atrás. Para no malgastar recursos al resolver un problema, conviene averiguar si alguien lo ha resuelto ya antes; pero en ocasiones es mejor ignorar las respuestas de otros para así no restringir la imaginación y abrirse a la posibilidad de soluciones alternativas.

La innovación no surge de la nada: consiste en recombinar elementos previos para producir algo original, novedoso. La innovación es una tarea problemática: en algunos ámbitos, todas o casi todas las combinaciones posibles ya han sido generadas (al menos a cierto nivel de abstracción, como en el caso de los argumentos literarios, donde existe un número limitado de personajes y tramas ya explorados); en otros ámbitos, hay tantas combinaciones posibles que su generación y comprobación sistemática completa es prácticamente imposible y es necesario utilizar heurísticas (técnicas de búsqueda basadas en conocimiento experto) para reducir el espacio de búsqueda y los costes de la misma.

Innovar de verdad implica pisar terreno desconocido, arriesgarse a equivocarse, ensayar y errar a menudo hasta eventualmente acertar. Las innovaciones que funcionan suelen ser graduales, marginales, construyen sobre lo que ya existe e intentan mejorarlo, exploran ámbitos desconocidos pero cercanos a los ya dominados.

Las novedades pueden surgir accidentalmente, de forma inconsciente o no intencionada. Pero también pueden ser resultado de acciones intencionales: los emprendedores son personas proactivas, que se fijan objetivos y ponen en marcha proyectos para alcanzarlos, que imaginan formas mejores de hacer las cosas e intentan llevarlas a cabo. Un emprendedor puede actuar simplemente para satisfacer sus propios deseos de forma autónoma; pero, en general, los participantes en mercados con división de trabajo son productores especializados y consumidores generalistas. Los empresarios suelen intentar organizar nuevos proyectos productivos para servir a los demás: por un lado ellos mismos son causantes de cambios al crear y hacer crecer sus empresas, y por otro lado especulan intentando predecir las potencialmente diferentes condiciones del mercado en el futuro (preferencias y capacidades de los agentes económicos) para adaptarse a ellas.

El emprendedor es responsable del dinamismo y la coordinación del mercado: busca desajustes para aprovechar oportunidades de beneficio y su propia actividad origina situaciones diferentes con nuevas oportunidades. El emprendedor es el explorador que se arriesga, lanza su propuesta y se somete al juicio de los consumidores.

Los empresarios no suelen trabajar solos en sus proyectos. Son coordinadores de recursos humanos, necesitan contratar empleados, trabajadores que siguen indicaciones, obedecen órdenes. Todo ser humano puede ser empresario en principio, pero pocos lo son en la práctica: muchos no tienen el ánimo o la perspicacia necesarios, la capacidad de tomar decisiones bajo incertidumbre, o no quieren asumir riesgos.

La empresa es una aventura, algo heroico, pero lo épico es precisamente lo que se sale de lo ordinario. El empresario debe no solo enfrentarse a los competidores establecidos, a otros empresarios con diferentes innovaciones, y a los intereses creados que se sienten amenazados y preferirían que todo siguiera igual: también tiene que tirar con su entusiasmo y los incentivos adecuados de los trabajadores que carecen de su iniciativa y su ímpetu creador.

Más amnistías fiscales y menos condonaciones

Somos los últimos de Europa en casi todo. A estas cifras se suma la que anunciaron el martes los Técnicos del Ministerio de Hacienda (Gestha). La economía sumergida subió hasta el 23,3% del PIB en 2009. En este periodo no se declararon casi 20.000 millones de euros.

¿Qué hace el Gobierno o la oposición para solventar tantos problemas? En 2007 el Ejecutivo actual condonó toda la deuda a los países pobres. Fueron más de 3.500 millones de euros. Este mismo año, Zapatero ha condonado a Evo Morales más de 60 millones de euros. Tal vez lo hizo porque Morales hace la vida imposible a las empresas españolas afincadas en Bolivia o porque insulta a los españoles cada vez que viene a España.

La generosidad de Zapatero con el dinero que no es suyo ha continuado. En los próximos tres años, el presidente del Gobierno donará 300 millones de euros para que los países pobres hagan frente al cambio climático. En la cumbre de Bruselas, los miembros de Unión hicieron algo similar, pero a lo grande. Donaron 7.000 millones de euros hasta 2012.

Tanta generosidad con dinero ajeno contrasta fuertemente con otros problemas más reales. Ahora la UE se ve incapaz de dar un solo céntimo a Grecia para salvarla de su hecatombe. Son incapaces de hacer una hoja de ruta para el país heleno, pero todo el mundo cree que sí la pueden redactar para los países en desarrollo con el mero hecho de regalarles millones y millones de euros a paladas sin ningún control ni supervisión. La ayuda exterior ha sido la excusa perfecta para saciar el gasto desmedido del Estado a costa de nuestro bienestar material.

Los problemas pueden tener solución ahora mismo pensando en clave práctica en lugar de en los votos. Si España tiene una economía sumergida superior al 23%, es que hay un gran problema con los impuestos en este país. Aumentarlos en épocas de crisis como hace el Gobierno sólo logrará que empeore la situación. La economía sumergida se mueve en un entorno libre que no daña al país en tanto que produce con menos costes y puede vender más barato o esquiva las arbitrariedades legales del político, pero tiene un coste de riesgo altísimo que la limita y dificulta. En lugar de ir regalando indecentes cantidades de dinero a causas políticamente correctas, ¿no sería mejor aprobar una amnistía fiscal para los empresarios "sumergidos" de este país para que entraran en la economía formal?

Redondeando la situación y para impulsar la producción, creatividad empresarial y empleo, el Gobierno podría eximir de impuestos a todas las empresas de nueva creación. Al menos mientras dure la crisis. En esta línea, también podría pensar que de las grandes empresas cuelgan muchas otras de todos los tamaños. Si les reduce o elimina los impuestos –al menos provisionalmente– la economía se disparará, aumentarán los beneficios empresariales, las retribuciones que percibe la gran parte de la sociedad que invierte en acciones, fondos y otros productos aumentará y el desempleo disminuirá drásticamente en muy poco tiempo.

Una de las críticas que tiene la reducción o eliminación de impuestos es que reduce la capacidad de maniobra del Estado. Todo el mundo cree que no se harían puentes, carreteras o que nadie cobraría la pensión. Bueno, en este país vive mejor un preso –a los que el Gobierno destina 20.000 euros anuales– que nuestros ancianos con una pensión mínima. El Estado le dedica más dinero al reo que a los jubilados. Tal vez la solución de los pensionistas sea agredir a policías para ingresar en la cárcel y mejorar así su nivel de vida. A esto se le llama Estado del Bienestar (debe ser para los presos).

Aunque el Gobierno mermase temporalmente sus ingresos, ¿dónde está el problema? Zapatero ha destinado 100 millones de euros al Plan E que no es más que una carísima subvención encubierta para ganar votos que no generan producción alguna. Levantar aceras para recomponerlas no nos hace más competitivos ni productivos. En medio de la crisis se gastan más de 1.500 millones de euros en un tren (eso son muchos impuestos de su bolsillo). Ha destinado más de 6,5 millones de euros al Banco Asiático de Desarrollo (tiene gracia que Zapatero le saque el dinero al español que no llega a final de mes para dárselo a una organización que no deja de ser un banco). Sanidad, que sólo es conocida por la desidia de sus trabajadores y colas, ha regalado 190 millones de euros a ONGs que él mismo escoge (evidentemente serán todos amiguetes). También ha dado 48 millones de euros a la ONCE. Son muchos millones para regalaros a una sola organización. El colmado que tiene usted en la esquina, no sólo no verá un céntimo del Estado, sino que la "generosidad" política le despoja día a día de sus pingües beneficios.

Y luego ya vienen esos gastos típicos del Gobierno. 845.000 euros para "investigaciones feministas". 3,35 millones de euros en centros de menores en Marruecos que nadie va a controlar. Los menores de aquí, que se busquen la vida (y desgraciadamente ya lo hacen robando en las calles). 400 millones de euros para impulsar el hedonismo y la baja producción y así comprar descaradamente más votos. Un lobby de los actores se lleva 67 millones de euros. Y en fin, una lista interminable. Pero interminable de verdad.

Viendo esto, ¿qué tiene de malo que el Estado ingrese menos? Más bien sería una bendición ya que el Gobierno siempre derrocha el dinero ajeno, el que nos saca mediante la fuerza y coacción para distribuirlo a sus votantes, amigos y para la compra de emociones baratas. ¿Por qué no hacer algo útil de verdad? Amnistía fiscal a las empresas que están en la economía sumergida, menos impuestos para todos, menos regulaciones y menos multas recaudatorias. Rápidamente veríamos los frutos: más riqueza, más producción, más empleo y un mejor porvenir para todos.

Jorge Valín es miembro del Instituto Juan de Mariana

Habsburg

Estas semanas atrás ha fallecido la Archiduquesa Regina, esposa de Otto de Habsburgo, el hijo del último emperador del trono Austro-Húngaro, Carlos I (1887-1922; quien ha sido recientemente considerado Beato por la Iglesia Católica  debido a sus virtudes y su preocupación por el sufrimiento de su pueblo durante la I Guerra Mundial, en la que también trató de mediar para conseguir un tratado de paz). Aunque vive todavía, Otto transfirió los derechos dinásticos a su hijo Carlos, que es actualmente el jefe de la Casa Imperial de Austria y Real de Hungría. Está casado con Francesca Thyssen-Bornemisza, hija del Barón Hans Heinrich y su segunda mujer.

Pero no se trata aquí de hacer una crónica de sociedad, sino de explicarles por qué me ha parecido relevante escribirles sobre la dinastía Habsburgo, generalmente conocida en España como la Casa de Austria. Recordarán que se inició con el Emperador Carlos V (1517), nieto del Maximiliano de Austria; y se mantuvo hereditariamente hasta la muerte sin sucesor directo de Carlos II (1700), tras la que se instalaría la Casa de Borbón con Felipe V. Pero los Habsburgo siguieron regentando las posesiones austríacas a partir del hermano de Carlos, Fernando II, manteniendo él mismo y sus descendientes la Corona Imperial, que con los siglos devendría en el citado Imperio Austro-Húngaro. Hasta su extinción, después de la I Guerra Mundial y los tratados de París, que fueron rabiosamente hostiles contra esta dinastía al desposeerla de su territorio y dividir los reinos.

Así pues, una primera simpatía por los Habsburgo proviene de ese lejano parentesco con la Corona española. Genealógicamente, los monarcas hispanos y los emperadores austríacos casaron a sus príncipes e infantas con excesiva promiscuidad, siendo ésta la causa principal de la extinción de la rama española. Pero junto a ello, las cortes de Madrid y Viena mantuvieron una notable cercanía política, militar o cultural. Como bien ha estudiado Gabriel Calzada, hubo una trasferencia directa del pensamiento de la Escuela de Salamanca a las universidades del Imperio. De manera que no es ninguna casualidad que, al cabo de los siglos, los fundadores de la Escuela Austríaca de Economía reconozcan en los escolásticos españoles de Salamanca sus orígenes intelectuales. Como también vendrán leyendo en los artículos, conferencias o eventos que promueve el Instituto Juan de Mariana, es posible encontrar una conexión entre las explicaciones sobre el Precio Justo de los maestros salmantinos y la formulación de la teoría subjetiva del valor que enseñaron Menger y sus sucesores.

A lo que añado otra razón: y es que, al terminar los encuentros de la sociedad Mont Pelerin, Hayek y sus amigos liberales brindaban por el viejo Imperio Austro-Húngaro… Es una anécdota que me resulta cordial, aunque se la cuento de oídas. Pero la encuentro bastante verosímil; también porque la organización multicultural del Imperio, con todas sus carencias, expresaba un grado de liberalismo y descentralización muy razonable para nuestros autores; a la vez que molesta para unos países europeos cada vez más intervencionistas. Con el final del Imperio tras la I Guerra Mundial y la posterior anexión de Austria por Hitler, se dispersará por el mundo la última generación de pensadores austríacos. Aunque hacía tiempo que lo venían intuyendo: Mises transcribe en su Autobiografía la amarga queja de Carl Menger en los albores de la Gran Guerra sobre “las consecuencias que el mundo pagaría por el abandono del liberalismo y del capitalismo”.

Termino recomendándoles algunas lecturas: repasen a Stefan Zweig y El mundo de ayer (Memorias de un europeo); también a Joseph Roth, La cripta de los capuchinos y La marcha de Radetzky; y si tienen la fortuna de localizarlo, el Requiem por un imperio difunto de Fetjö. Los disfrutarán; y les darán que pensar.

¿Necesitamos un banco central?

Según cuenta Shermer, Gates respondió: "Eso no funcionaría, necesitamos a la Reserva Federal para evitar movimientos extremos en la inflación y la deflación". Curiosa manera de justificar la existencia de ese banco central, que desde su creación ha hecho perder al dólar más del 95% de su valor.

Ya ha pasado casi un siglo desde que el nacimiento de la Fed, y hace mucho más que otras naciones occidentales, como Inglaterra, cuentan con sus propias entidades emisoras. Nos hemos acostumbrado a pensar que el dinero es un monopolio natural del Estado, y no concebimos cómo sería un mundo en el que la acuñación de moneda fuera libre y no existieran las leyes de curso forzoso. Pero lo cierto es que EEUU ha vivido la mayor parte de su historia sin banco central, y quien dice EEUU dice Canadá, que sólo lo tiene desde hace 80 años.

Las razones que suelen aducirse a favor de que el dinero siga siendo un monopolio público no están demasiado claras –basta ver las que utiliza Gates–, sobre todo si tenemos en cuenta que vivimos en un mundo en el que hay –en muchos lugares– libertad de capitales y en el que no existe un banco central global (tampoco una ley de curso forzoso universal). Cualquier ciudadano español puede abrirse hoy cuentas corrientes en dólares, formalizar un contrato de compraventa internacional pagadero en libras y contratar una hipoteca en yenes.

No parece, pues, que argumentos tan simplistas y frecuentes como el de que la pluralidad de medios de pago incrementa los costes de gestión y transacción de la unidad monetaria tengan especial relevancia en la actualidad.

Otro motivo que suele aducirse a favor de los bancos centrales –un motivo que parece más sensato– es la necesidad de que haya un prestamista de última instancia al que puedan acudir los bancos para descontar sus activos y proveerse de liquidez. En este sentido, la experiencia estadounidense suele ser descrita como paradigmática: hasta que se estableció la Fed, los pánicos bancarios estaban a la orden del día.

No voy a ser yo quien me oponga a la idea de fondo que contiene ese razonamiento. Sin embargo, la defensa que suele hacerse del mismo peca de simplista y errónea. Primero, porque tampoco queda muy claro que la Fed haya conseguido estabilizar el sistema bancario estadounidense, como bien ilustran la Gran Depresión y la crisis actual. Segundo, porque tampoco está claro que en el s. XIX, cuando los bancos centrales eran menos habituales, hubiese más pánicos bancarios que en el XX. El economista e historiador Charles Calomiris sostiene más bien lo contrario, esto es, que el número y la intensidad de las crisis bancarias es mayor en la actualidad que hace 100 años; lo cual, si bien no demuestra per se la superioridad de los sistemas que no se dotan de un banco central, sí pone bastante en duda la supuesta capacidad estabilizadora de nuestros bancos centrales. Tercero, las crisis bancarias estadounidenses del s. XIX estaban más relacionadas con las draconianas regulaciones bancarias que con la ausencia de un banco central; así, los bancos no podían abrir sucursales en más de un estado (y muchas veces ni siquiera dentro del mismo estado), y sólo tenían permitido emitir dinero contra deuda pública: lo primero provocaba una concentración de los riesgos y lo segundo una profunda incapacidad para gestionar los medios de pago que necesitaban los agentes económicos. Y cuarto: Canadá no padeció una sola crisis bancaria… hasta que se dotó de un banco central.

Cada vez tengo más claro que hay que desmitificar, para bien y para mal, la naturaleza de los bancos centrales. Un banco central no es más que el banco de los bancos (y en muchas ocasiones también el banco del Estado); su papel es muy necesario (como cámara de compensación interbancaria, como depósito centralizado de las reservas del país y como prestamista de última instancia), pero no tiene por qué desempeñarlo el Estado, ni siquiera es necesario que lo desempeñe un banco privado en régimen de monopolio. Si se desnacionalizara el dinero, como proponía Hayek, muy probablemente tendríamos diversos bancos de bancos compitiendo entre sí, incluso en un mismo territorio.

Es más: en cierta medida, en todo sistema bancario se desarrollan las funciones que en nuestras economías concentra el banco central. Siempre ha habido bancos que actúan como depositarios de otros bancos, a los que éstos acuden para obtener liquidez en momentos puntuales (incluso hoy tenemos un intensísimo mercado interbancario); dentro de éstos, la nota distintiva de los centrales era que se encontraban en el centro del sistema financiero, en aquellas urbes donde se realizaba la mayor parte de los pagos, es decir, donde tenía más sentido disponer de reservas de dinero.

Personalmente, no le veo ventajas a un banco central monopolístico frente a un sistema de bancos centrales privados en competencia, y sí, en cambio, muchos inconvenientes. Los bancos privados tienen fuentes incentivos para emplear sus reservas en descontar los activos líquidos de los bancos comerciales en caso de necesidad, de modo que no tendrían por qué producirse restricciones artificiales del crédito; de hecho, con varios bancos de bancos en competencia, ante un pánico bancario algunos podrían optar por restringir el crédito, mientras que los otros podrían elegir incrementar sus descuentos. Una variedad de opciones que no existe en los regímenes de monopolio, donde la política sólo es una y nada impide que, contrariamente a lo que recomendaba Bagehot, sea una política de restricción del crédito al buen papel comercial.

Por consiguiente, ¿qué nos queda para defender la existencia de un banco central monopolístico? La verdad es que no mucho. Se me ocurren dos argumentos… que en realidad son el mismo: por un lado, el banco central tiene que facilitar el cumplimiento de ciertos objetivos macroeconómicos, como la reducción del desempleo y la estabilidad de precios; por otro, los bancos centrales privados podrían no estar interesados en prestar a los deudores ilíquidos o insolventes, cuando esto puede ser necesario ora para expandir la economía, ora para aplacar un pánico.

Como digo, esta última intentona pasa por defender que el banco central no se guíe únicamente por consideraciones económico-empresariales, sino por criterios políticos: a saber, que habrá ocasiones en las que sería necesario inflar artificialmente el crédito en perjuicio de la liquidez del banco central, y, como es lógico, las empresas privadas no tendrían incentivos para hacerlo.

Sin embargo, me temo que precisamente ésta sea la razón más importante para abogar por la… eliminación de los bancos centrales. Los bancos privados, en ausencia de paracaídas y colchones estatales, tienen, como digo, fuertes incentivos para preservar su liquidez. Es la aparición del banco central público y de sus préstamos indiscriminados a todo tipo de bancos, con independencia de la calidad de sus activos, lo que favorece que los segundos se sumen a la orgía de expansión del crédito sin respaldo de ahorro real, origen de los ciclos económicos en las sociedades capitalistas.

No existen beneficios económicos en el hecho de que el banco central provoque una inflación del crédito, pues la dilución del valor de las deudas perjudica a los acreedores y el estímulo artificial del empleo es sólo consecuencia de la iniciación de un ciclo económico que más adelante revertirá.

De ahí que el motivo último de que los bancos centrales continúen existiendo no sea otro que el deseo de intentar someter las leyes económicas a los caprichos políticos, la buena gestión al despilfarro y la ciencia a las supersticiones. Por eso hay que eliminarlos; no para que nadie haga lo que ellos hacen, sino para que desaparezcan las prácticas nocivas en las que ahora incurren y que en un mercado financiero verdaderamente libre nadie o casi nadie adoptaría por falta de incentivos.