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Mercados de trabajo

La enfermedad crónica de la economía española es el mercado de trabajo. Aquí hay paro hasta cuando las cosas van bien. En los años de la burbuja, aquel tiempo feliz en el que atábamos a los perros con longaniza, la tasa de desempleo bailaba con el 10%. Decíamos que había pleno empleo y que quien no trabajaba era porque no quería. Algo de razón había en eso, pero las listas del INEM estaban a rebosar.

Ahora, ya no nos queda ni perro ni longaniza y, claro, el paro se ha duplicado situándose en una tasa tan alta que en cualquier otro país originaría una revuelta social. Pero aquí no pasa nada. Los parados que cobran subsidio –cada vez menos– y los que no lo cobran –cada vez más– muestran una paciencia digna de un cartujo. ¿Por qué sucede esto? ¿Somos los españoles unos Quijotes que viven del aire y jamás se quejan? Evidentemente no.

En España conviven cuatro mercados de trabajo. De arriba a abajo creciente en riesgo y decreciente en productividad. El primero es de los funcionarios, más de 3 millones, que viven al margen del mercado y, por lo general, no dan golpe. El segundo el de los contratos indefinidos, ilusorio blindaje contra el despido por el que todo el mundo anhela. El tercero es el de los contratos temporales y los autónomos, que viven y se la juegan al día. Por último, el cuarto, el más libre y arriesgado, es el mercado sumergido.

Aunque los políticos se empeñen en lo contrario, el trabajo no deja de ser un factor de producción. Cuando la economía se contrae, su precio se ajusta a la baja. Sin embargo, por privilegios legales, en los mercados superiores –el funcionarial y el de los contratos fijos– no se puede o es muy complicado ajustar el precio del factor, es decir, el salario. Por esa razón el empleo está desapareciendo o sumergiéndose en el mercado negro, donde no se firman contratos ni se pagan impuestos.

Si el Gobierno quiere que baje el paro, no tiene más que dejar de pelearse contra la realidad y liberalizar un mercado que, por lo demás y al margen de sus arbitrios, es totalmente libre en, al menos, uno de sus escalones. Para eso tendría que suprimir privilegios convirtiendo los cuatro mercados de trabajo en uno solo, que es como debe de ser por una cuestión de elemental de justicia social auténtica, no el piélago de leyes, privilegios y normativas en el nos ha metido un socialismo eternamente peleado con la libertad. 

El gen nacionalista

 Un llamado ancestral, atávico, de pertenencia a la tribu. Es un reclamo poderoso. Es una pulsión que, en espíritus menos evolucionados, resulta irresistible. La muela del juicio de las ideas políticas. Un residuo genético de otro hombre, el que identificó su persona con la pertenencia a un grupo, del cual dependía su misma existencia. Decenas de miles de años condenando a la muerte al que va por libre, ¿podían pasar a la historia sin haber marcado a fuego esa querencia por lo tribal?

Pero el gen no es nacionalista sino tribal. El nacionalismo es sólo una forma, una vía de escape de ese instinto. El socialismo es otra vía de plasmación de la misma querencia, eterna. Nacional socialismo, pleonasmo. Rara vez vencen la razón o la moral. El instinto las manipula, las pone a su servicio. El nacionalismo es una ideología, un armazón que recoge y protege esa necesidad de pertenencia. El último argumento de un nacionalista es el agravio. Es un argumento sentimental. No necesita ninguna Ilustración. Sobran los QED. El nacionalismo no se puede compadecer con la historia jamás, porque los agravios van en todos los sentidos y porque la realidad es demasiado compleja para el relato nacionalista.

Pero el nacionalismo se compadece perfectamente con la política. Bien lo sabemos en España. No entenderemos del todo el nacionalismo en nuestro país si no atendemos dos claves: la atávica y la política. No insistiré en la primera. La segunda es el papel del nacionalismo para ampliar el poder político. No hay más que identificar la tribu con el poder y éste quedará protegido de cualquier crítica. Aquí el nacionalismo no es más que un instrumento de poder, un cortocircuito de la razón, de la crítica.

El problema de España, el nuevo problema de España es que su arquitectura institucional favorece el discurso nacionalista. Por eso, entre otras razones, tendríamos que cambiarlo; decir adiós a las autonomías y acoger un sistema federal.

José Carlos Rodríguez es miembro del Instituto Juan de Mariana

El tabaco, un negocio muy rentable para el Estado

Hipocresía, éste es el término que mejor define la actitud del Estado respecto al ámbito del tabaco. Por un lado, la nueva reforma legislativa persigue a los fumadores con mayor ahínco mientras que, por otro, amplía los puntos autorizados para la venta de cigarrillos. De ahí, precisamente que, más que Ley Antitabaco, ésta deba ser calificada como Ley Antifumadores. Y es que, al contrario de lo que se piensa, al Gobierno le interesa, y mucho, que la gente siga fumando, ya que dicho hábito le genera pingües beneficios.

Los políticos son conscientes de que este particular producto, debido a la adicción que provoca, se caracteriza por tener una demanda muy inelástica, de modo que su consumo apenas varía en función de la subida o bajada de precios. El Estado aprovecha esta circunstancia para aumentar los impuestos que gravan el tabaco, incrementando así sus ingresos, si bien luego, de cara a la opinión pública, trata de ocultar este hecho alzándose como el gran defensor de la salud de los ciudadanos. Nada más lejos de la verdad. Los datos así lo demuestran.

La recaudación fiscal vinculada a esta actividad no ha dejado de crecer ni un solo año. Así, el Estado ingresó 9.842,3 millones de euros en 2010 mediante los impuestos especiales y el IVA del tabaco. En concreto, 7.966,1 millones correspondieron al Impuesto Especial sobre las Labores del Tabaco y los 1.876,2 millones restantes al IVA. Esta cifra supone un 4,19% más que lo recaudado en 2009 y un nuevo récord histórico. No es de extrañar si se tiene en cuenta que los impuestos representan casi el 84% del precio de una cajetilla, de modo que el Estado se fuma 16 pitillos por paquete.

Desde 1990, los ingresos derivados del tabaco se han multiplicado por seis gracias a las constantes subidas tributarias que ha experimentado este producto. Desde entonces, los fumadores han desembolsado a las arcas públicas más de 115.000 millones de euros en total, lo cual no está nada mal. Para poner esta cifra en perspectiva, los fumadores pagan cada año en impuestos el equivalente al 25% del Impuesto de Sociedades y al 15% del IRPF. De este modo, cada fumador paga de media algo más de 1.000 euros al año en el pago de impuestos asociados al tabaco. 

En teoría, las leyes antifumadores se promulgan con la intención de reducir el consumo de cigarrillos y el número de fumadores, pero la realidad, una vez más, es bien distinta. El porcentaje de fumadores en España apenas ha variado en los últimos años. De hecho, ha aumentado ligeramente desde 2006, año en el que se aprobó la Ley que acaba de ser reformada y endurecida: desde el 34% de los mayores de 15 años en 2006 hasta el 35% en 2009, frente al 29% de media en la UE-27. En concreto, 9,23 millones de personas fumaban cigarrillos a diario en 2009, según datos del Instituto Nacional de Estadística (INE).

Así pues, es evidente que la ley ha obtenido un rotundo fracaso en la consecución de los objetivos perseguidos a no ser, claro está, que el fin último del Ejecutivo sea realmente otro. Y es que, efectivamente, aunque el número de fumadores apenas varía (un 1% más), la recaudación fiscal que origina el tabaco se ha elevado en 1.700 millones desde 2006, un 20,8% más. Sin duda, un negocio muy rentable para el Estado.

Despertares

Recientemente se ha popularizado el término de generación ni-ni para caracterizar a los jóvenes de entre 16 y 26 años que ni estudian ni trabajan. Más allá de ofrecer contenido para alguna serie de televisión estrambótica, el hecho es que toda una generación criada en la prosperidad de sus padres no ha sabido, o no ha podido, incorporarse al mercado laboral ni autorealizarse. Pero los ni-ni’s no son más que la culminación de un cambio social que también ha afectado a la generación anterior, que habiendo estudiado y trabajando conforma una sociedad mileurista de la que no puede escapar y que también terminará atrapando a los ni-ni’s.

Los estudios reglados tampoco marcan hoy la diferencia, pues encontramos que de la mayoría de facultades tan sólo salen analfabetos titulados sin valor en el mercado; el título que acreditan debería ser una seña de excelencia y eso hoy sólo se encuentra en el extranjero y en contados postgrados. Así pues, las diferencias entre quienes tienen estudios superiores y quienes los dejaron en su día no es tanta y los puestos de trabajo que pueden encontrar son similares. 

El recurso fácil en estos casos suele limitarse a diluir los fracasos individuales en responsabilidades colectivas o, directamente, en culpar no a la mano invisible del mercado sino a la mano negra del consumismo y del egoísmo. Y como no, la solución pasa por engrosar el Estado. Pero no es la ausencia de libertad sino la ausencia de responsabilidad la que ha promovido estos comportamientos cortoplacistas.

La educación, completamente controlada por los poderes públicos, se ha colocado de espaldas al mercado laboral y el agujero presupuestario que supone sólo es comparable al coste social que produce. Las buenas intenciones de los políticos de turno, que a golpe de ley nos quieren hacer más inteligentes, no hacen más que incrementar las diferencias y aquellos que quieren tener colgado en su despacho un título que les aporte valor se ven obligados a salir del circuito público que lejos de formar “las generaciones mejor preparadas de la historia de España” las degenera.

Quienes no pertenecen a esta élite son adoctrinados, educación para la ciudadanía mediante, para encontrar esta felicidad marcada por los políticos de una vida sin sobresaltos y con todas las seguridades que otorga el estado. El sistema se perpetúa con el culto a la nueva religión secular y se protege de quienes lo ponen en duda expulsándolos.

Así se cierra el círculo perverso en el que la creatividad se ahoga en la mediocridad y cualquier atisbo de ambición o competencia se antoja demasiado arriesgado allí donde hasta “gozar de los recursos naturales y del paisaje en condiciones de igualdad” es un derecho. Las ideas felices y su desarrollo quedan en manos de una élite que se cuida mucho de que sus hijos no cursen los planes que ellos han diseñado para el resto de mortales.

Desde la pirámide de Maslow parece lógico que, satisfechas las necesidades primarias, el ser humano se dedique a realizar otras apetencias que pueden conllevar satisfacciones más espurias o elevadas. Por supuesto, no es objeto de esta reflexión establecer o jerarquizar un listado de preferencias comunes ni la forma en que los hombres pueden alcanzar la felicidad, pues eso es algo que debe elegir cada uno.

El problema, no obstante, reside en que todas las informaciones que reciben los individuos para tomar decisiones son falsas o están maleadas por la intervención estatal conduciendo su vida a un callejón sin salida. La irresponsabilidad, el cortoplacismo y la infantilización de la sociedad no es más que la consecuencia de la falsa seguridad garantizada por el estado; conductas que una vez que se generalizan convierten a toda la sociedad en dependiente e incapaz de crear riqueza a través de la innovación y el espíritu emprendedor. Una comunidad así sólo puede vivir y disfrutar de la prosperidad que generaron sus antecesores pero dejará el terreno yermo para las generaciones venideras.

Una vez más, la búsqueda de una solución centralizada por parte de los poderes públicos no ha hecho otra cosa que crear desajustes enormes que, como toda burbuja, terminará por pincharse. El sistema es insostenible y esta crisis de la prosperidad estallará con toda su crudeza cuando la crisis económica depure los excesos y reajuste las malas inversiones. A diferencia de lo que nos han enseñado durante todo este tiempo, no tenemos derecho a todo sino que tendremos que ganárnoslo y renunciar a muchos de esos bienes producto de las rentas de quienes nos precedieron. Será muy duro, pero en cierto modo será un despertar tras un largo sueño inducido por la comodidad de permitir que otros decidieran por nosotros.

La responsabilidad, en último término, es nuestra por haberlo permitido; pero también está en nuestras manos la posibilidad de desatarnos y salir de la caverna platónica para mirar el mundo directamente, poniendo fin a esta vuelta a la adolescencia. Lo malo de este nuevo despertar es que la realidad es más imperfecta que las sombras con las que tratan de engañarnos; y lo bueno, que vivir consiste en sobreponerse a las dificultades superándonos día a día.

Libertad verdadera

No tuvo suficiente con la tierra y el viento y ahora acude a un acto religioso a darle la vuelta a las palabras de San Juan. La libertad os hará verdaderos, ha ido a decir a Washington. En su caso, la libertad le ha hecho un verdadero botarate, porque más allá del juego de palabras no se adivina ni verdad ni libertad en sus palabras. Me sugería un gran escritor este mismo jueves que Zapatero busca esculpir una frase en mármol para que luego la recuperasen los historiadores. Pero su ingenio sólo le da para rotularlas en cartón. Cuatro gotas de realidad, y sus palabras se corrompen al momento.

No quiere ello decir que no debamos prestarle atención. Al fin y al cabo tiene mucha influencia sobre nuestras vidas; demasiada. Pero en su caso hay que ser todo un experto para separar el grano de la paja. ¿Que la libertad es buena porque “nos permite a cada cual mirar a la cara al destino y buscar la propia verdad”? Paja. Porque él tiene impresa en su alma la idea de que la libertad procede del poder y que él nos debe guiar por el camino verdadero. De ahí Educación para la Ciudadanía. ¿Que dice "Cuando firmas una ley puedes hacer más libre a la gente"?, grano, porque coincide con su idea de la libertad: seguir los designios de su moral y abandonar los esquemas que a su juicio ya no valen. ¿La tierra pertenece al viento? Paja. ¿"La identidad personal no es cómo uno se ve a sí mismo sino cómo te ven los demás"?, grano. Para él no hay autenticidad en la persona y por tanto no hay verdadera libertad.

Libertad verdadera. ¿Qué es eso? Muchos de los pensadores más eximios le han intentado dar una respuesta cierta, relevante, que se adapte a la experiencia del hombre en sociedad. A mí la definición que me convence es la que la contrapone a la coacción, es decir, al ejercicio o la amenaza del uso de la violencia física. Si hay coacción no hay libertad, y viceversa. Y diré que de todos los criterios con que podamos juzgar a Rodríguez Zapatero o a cualquier otro político, éste, el de la libertad verdadera, me parece el más excelso.

Carta de una discográfica ‘indie’

Mi empresa es de esas que se hacen llamar "independientes" o de música "indie". Como eso indica, soy una persona muy cool, moderna, totalmente a la última y vanguardista. Por esa misma razón no comprendo cómo mi empresa (que también es cool, moderna, a la última y vanguardista) está resultando un fracaso estos últimos años. Dudo de que tenga algo que ver el hecho de que me empeñe en mantener un modelo de negocio totalmente anticuado.

Da igual que me empeñe en seguir vendiendo en un formato ya superado y según las reglas que imperaban en el mercado hace décadas. Yo soy indie y eso me convierte de forma automática en alguien cool, moderno, a la última y vanguardista. Da igual que la modernidad vaya por una senda muy diferente al sendero en el que yo me empeño en seguir transitando. Yo tengo razón y es el resto de la sociedad quien debe ceder a mis deseos y caprichos. Y si no lo hace, que acuda la fuerza represiva del Estado a obligarle a renunciar a la evolución para que yo me siga sintiendo cool, moderno, a la última y vanguardista.

Como nadie en el Gobierno, ni tan siquiera González-Sinde ha encontrado la manera de obligar a la gente a comprar mis discos, alguien tiene que hacer algo. Yo quiero seguir siendo "independiente". Me gusta sentirme cool, moderno, a la última y vanguardista sin tener que evolucionar. Esto último va con otros, que sí se esfuerzan por hacer cosas nuevas en el mercado musical. La solución para mí es la más antigua del mundo. Como el Estado no puede obligar a los ciudadanos a comprar esos discos que me empeño en vender sin éxito alguno, que al menos utilice sus impuestos para pagarme por no poder venderlos.

Estimado lector, cómo me gusta ser cool, moderno, a la última y vanguardista. Deme usted su dinero para que pueda seguir sintiéndome así, aunque a usted no le interese en absoluto lo que hago.

Antonio José Chinchetru es autor de Sobre la Red 2.0.

Parados, ahí os quedáis

A saber, a menos que la asignación presupuestaria de 2011 para los sindicatos vaya a sufrir un muy considerable incremento, a mayor enfado sindical, a mayor pataleo y berrinche de Toxo y Méndez, mejor habrá de ser la orientación de esa reforma.

Atendiendo a semejante relación, cabe anticipar que el vacío que Zapatero no se ha dignado a ofrecer tras el Consejo de Ministros para completarlo con algún espacio en blanco más tras la reunión de los agentes sociales, no sirve absolutamente para nada salvo para volver a colocar bajo los focos con una mayor expectación a políticos, sindicatos y patronal.

Todos han mostrado su buena disposición a seguir negociando sobre la nada y a aprobar un decálogo de inútiles buenas intenciones con tal de que los alrededor de cinco millones de trabajadores vuelvan a encontrar ocupación. Tan esenciales se le antojan al Gobierno sus propuestas para volver a crear empleo, que ha preferido mantenerlas en una absoluta incógnita a cuyo lado palidece la Esfinge. Sólo hemos podido contemplar gestos, sonrisas y algún comentario de tapadillo sobre que se rebajará la indemnización de despido para los jóvenes extendiendo el ámbito del contrato de fomento del empleo y a que se implantará el modelo alemán del Kurzarbeit para repartir los escasos puestos de trabajo cuya supervivencia permite el asfixiante marco laboral actual entre un mayor número de trabajadores. Nada, en todo caso, de un despido libre (que no necesariamente barato), de rebajar las cotizaciones sociales, de restar capacidad rectora sobre la vida de los trabajadores a las centrales sindicales y a la patronal, de permitir ajustes a la baja de los salarios o de abrir un poco la mano a la movilidad funcional y geográfica.

Pero precisamente esta nulidad de contenidos unida al feliz compadreo entre pastores, supone la prueba del algodón de que nadie se ha comprometido a nada y de que, en lo esencial, esa legislación laboral franquista que los socialistas y sindicalistas tan bien han asimilado como propia, va a continuar aplastando las expectativas de nuestros parados.

Porque ahí reside el quid del asunto: por qué van a renunciar a sus prejuicios ideológicos, liberalizando los mercados, quienes, como sindicatos y patronal, tienen su puesto de trabajo asegurado merced a los privilegios que les concede el Estado, hasta el punto de que seguirán medrando económicamente aun cuando el país se declare en quiebra y llegáramos a los diez millones de parados. Venden sensibilidad, pero sólo muestran impostura. Sólo es necesario oírles hablar para darse cuenta de que nada entienden, pero que están dispuestos a imponer su ignorancia por ley y a arrastrar al país hacia el abismo. No quieren reformar en lo sustancial el mercado de trabajo porque, alegan, sólo se creará empleo cuando la economía se recupere, si bien no queda claro cómo se recuperará la economía sin una liberalización de los mercados. Colocar la carreta antes de los bueyes, se llama.

Apenas dos centrales sindicales y dos organizaciones empresariales con un espontáneo presidente del Gobierno en medio deciden sobre las condiciones laborales de más de 20 millones de trabajadores. Escandaloso liberalismo salvaje que convendría erradicar de una vez para solucionar todos nuestros problemas económicos. No en vano, ese ruin mecanismo de la contabilidad de doble entrada que arroja pérdidas o ganancias según cada empresa esté creando o destruyendo riqueza, usando adecuadamente los recursos escasos o despilfarrándolos en inutilidades, les sobra por entero a nuestros agentes sociales, siempre dispuestos a colocar un paréntesis a la economía de mercado cuando sea menester. Basta con que dejemos de fijarnos en la rentabilidad, para que todos vuelvan a trabajar en este país; ¿o acaso no disfrutamos de pleno empleo desde el Paleolítico hasta el advenimiento del capitalismo con la Revolución Industrial? ¿Qué mejor remedio, pues, que arrancar cualquier reducto de libertad a las relaciones laborales para erradicar el paro por decreto?

Total, el destino de cinco millones de personas ya depende de los caprichos de unos pocos estómagos agradecidos y no parece que les preocupe demasiado: "el Gobierno plantea reformas para los ciudadanos, no para los mercados". Prohíban ya el despido, aprueben cinco nuevos Planes E, cierren los mercados financieros y córtenle el pescuezo a algún osado especulador. Así seguro que no se les escapa nada. Mercado, ¿para qué?

Esperemos que todo sea una representación populista teledirigida desde Bruselas. Si no, la llevamos clara. Y luego algunos se extrañan de que los inversores huyan de la deuda española. Con un presidente y unos agentes sociales más interesados en seguir mareando la perdiz que en permitir que cada empresario y trabajador generen riqueza, la incertidumbre total es lo mínimo que puede planear sobre nuestra solvencia.

Juan Ramón Rallo es jefe de opinión de Libertad Digital, director del Observatorio de Coyuntura Económica del Instituto Juan de Mariana, profesor de economía en la Universidad Rey Juan Carlos y autor de la bitácora Todo un Hombre de Estado. Ha escrito, junto con Carlos Rodríguez Braun, el libro Una crisis y cinco errores donde trata de analizar paso a paso las causas y las consecuencias de la crisis subprime.

Cómo se humanizó la economía vietnamita

Tras más de un siglo de sucesivas guerras contra Francia, Japón, EEUU, y luego contra las vecinas China, Camboya y Laos, la población de Vietnam quedó diezmada y su economía devastada. La situación empeoró aún más con la reunificación del país bajo un mismo gobierno comunista en 1975, al decretarse centralmente una economía cerrada y fuertemente dirigida desde el poder. El triste resultado de todo ello fue la imposibilidad de producir lo más básico para mantener con vida a los propios vietnamitas. Se evaporaba el futuro esperanzador que algunos intelectuales (i.e. Chomsky) veían allá románticamente.

En julio de 1986, cuando Lê Duân -sucesor de Ho Chi Minh- falleció, las autoridades comunistas de Vietnam llegaron a la conclusión de que más recetas de corte estalinista iban a suponer sencillamente el colapso de su cuerpo social. Por entonces, dicho país importaba anualmente 1,5 millones de toneladas de arroz y el hambre se propagaba más veloz que las consignas políticas. Fue entonces cuando pusieron en marcha su particular perestroika (un año antes que la soviética) para transformar todo su modelo productivo desde una economía centralmente planificada hacia otra más amable con el mercado -tutelado, no obstante, por el poder comunista-. A este sensato cambio se le denominó Doi Moi (renovación).

Lo que se inició como una tímida reforma del sistema económico comunista de Vietnam, acabó derivando -especialmente en 1991 tras el desmoronamiento definitivo de la URSS- en un repudio de facto de todos los principios responsables de su calamidad económica. Los cambios más importantes consistieron en la abolición de aduanas internas, el fin del control de precios y de subsidios directos, la instauración de precios y salarios de mercado, la descolectivización de la agricultura, el reconocimiento y protección de la propiedad privada, el permiso a los empresarios para contratar inicialmente hasta cinco trabajadores, la reducción progresiva de restricciones a la autonomía empresarial, la liberalización de amplios sectores de la economía, la supresión del monopolio estatal del comercio exterior y la apertura internacional del mismo, la privatización de algunas empresas públicas y la creación de zonas francas que garantizasen el capital extranjero. Todo aquello fue enmarcado en una suficiente estabilidad institucional.

Fruto de ello, una explosión de ‘empresarialidad’ y dinámica experimentación invadió el país de cabo a rabo. Miles de pequeñas o pequeñísimas empresas empezaron a ofrecer sus bienes y servicios dentro y fuera de sus fronteras en una frenética marea de intercambios, inversiones y turismo. Hoy, dos terceras partes del producto interior de Vietnam provienen de la iniciativa privada. La crisis asiática del 97 le afectó poco y desde hace más de una década, su tasa media de crecimiento está por encima del 7%. Actualmente Vietnam es el segundo exportador de arroz del mundo (después de Tailandia) y el segundo vendedor de café (tras Brasil); también es uno de los principales actores en la exportación de caucho natural, muebles, calzado y confección textil. Con más de 86 millones de almas degustando la incipiente libertad, es seguramente la economía de más rápido crecimiento del mundo.

En estos momentos el Estado vietnamita maneja aún el 36% del PIB nacional (porcentaje ya menor al de la mayoría de los países de la OCDE). Desde inicios de siglo se han ido creando en dicho país anualmente unas 14.000 empresas privadas (que pueden ser muchas más debido a la extensa economía sumergida con la que cuenta). Desde 2005 hay cierta libertad de culto y se permite también la vuelta de algunos exiliados al país. La pobreza severa (definida como aquella población que gana menos de 1 dólar diario) se ha reducido significativamente, situándose hoy por debajo de países como China, India o Filipinas.

No obstante, aunque su renta per cápita se ha quintuplicado en los últimos quince años el país indochino padece severos inconvenientes: a parte de sufrir una escasez importante de libertades civiles y políticas, lastra una atosigante burocracia, un pobre desarrollo tecnológico y gerencial, unas raquíticas infraestructuras así como toda una casta política -estatal, provincial y local- corrupta hasta el tuétano (por lo demás, signos todos ellos inherentes a cualquier dictadura ordinaria de partido único). Todavía no se permite que el capital extranjero tome una participación superior al 49% de las empresas locales. El banco central del gobierno –uno de los monopolios indiscutidos del partido comunista- ha llevado a cabo durante años una laxa política monetaria y crediticia que se ha traducido en una inflación desbocada de su moneda local (el dong) y en un riesgo elevado de estallido de burbujas de activos varios (¿les suena?). El banco central vietnamita, el SBV, ha aplicado recientes cataplasmas para conjurar los desórdenes monetarios creados por el mismo; está por ver si la extensa red de pequeños bancos comerciales de dicho país sale indemne.

A pesar de todo ello, es indudable que el Doi Moi de Vietnam ha representado, en términos generales, un notable éxito al sacar a sus habitantes de la miseria facilitándoles el acceso a la economía global y permitiéndoles beneficiarse de su ventaja comparativa. Cuanto más se profundice en las reformas que desaten la capacidad de actuación creativa de sus gentes y haya menos dirigismo económico de sus políticos, mayores posibilidades existirán allá de disfrutar de un progreso prometedor.

Como nos recuerda Manuel Ayau, el mercado es el único sistema que puede sacar a un país de la pobreza, siendo además una organización no jerárquica. Sólo cuando se da libre curso a la búsqueda espontánea y descentralizada de riqueza y se crean los estímulos y reglas adecuados para activar las fuerzas del mercado, esto es, sólo cuando los diversos comunismos y sus variantes socialistas se aproximan al capitalismo (y no al revés) es cuando se humanizan y se hacen verdaderamente sostenibles. Los hechos así lo atestiguan

Pandora contra Occidente

 La acusan de tener un mensaje ecologista, anti-militarista, anti-empresa, anti-industrialista e incluso despreciativo hacia la raza blanca. En definitiva, anti-occidental y anti-liberal.

El héroe de la película (Jake Sully) es un marine enviado al planeta Pandora para participar en su colonización. Una corporación minera está explotando los recursos del nuevo mundo y necesita la colaboración del ejército para someter a los alienígenas nativos que oponen resistencia. La sociedad nativa, llamada Na’vi, carece de tecnología e industria, y vive en perfecta armonía con la naturaleza. Sully, infiltrado en el pueblo Na’vi, pronto se siente seducido por su cultura mística y naturalista, y cuando la corporación se decide a expulsarles del territorio para explotar un yacimiento, se pone del lado de los nativos.

En Brussels Journal opinan que los personajes blancos son caracterizados como brutales, codiciosos e insensibles. Destruyen el medio ambiente y otras culturas por motivos lucrativos. Los únicos "blancos buenos" son los que rechazan su propia civilización y se unen a los nativos, desprendiéndose literalmente de su identidad humana. Ross Douthat en el New York Times considera que Avatar es una apología del panteísmo y critica su idealización de la vida salvaje. John Podhoretz en el Weekley Stardard la califica de canto a la derrota de las tropas americanas en Irak y Afganistán. El presidente boliviano Evo Morales elogia su mensaje anti-capitalista y la defensa que hace de la naturaleza.

La lectura anti-occidental o anti-capitalista es razonable. Es quizás la más común, pero no tanto porque el trasfondo de la película sea inequívocamente progre como porque el espectador lo juzga a la luz de sus propias concepciones progres y el marco cultural progre imperante. En otro contexto, partiendo de otras ideas, la película puede tener una lectura liberal. No en vano el film ha sido prohibido por la dictadura china, temerosa de que pueda instigar protestas y promover movimientos de autodeterminación. Según el Wall Street Journal, por ejemplo, el público chino veía en Avatar una defensa de los derechos de propiedad, no una historia racial.

Al fin y al cabo, Avatar es también la historia de una expropiación: una compañía ligada al Gobierno (pues utiliza sus recursos militares y parece tener el monopolio legal sobre la explotación de Pandora) quiere expulsar a los nativos de su propiedad. Los Na’vi, liderados por un marine humano, emprenden una guerra defensiva. No es anti-occidental ni anti-liberal mostrar la vileza de un ejército que invade una sociedad pacífica y a los nativos, da igual de qué color sean, alzándose en armas para repeler la agresión. Nuestra historia está repleta de ejemplos de imperialismo anti-liberal y, como señala David Boaz en Los Angeles Times, también hay un evidente paralelismo con las expropiaciones actuales. A diferencia de lo que ocurre en el mercado, cuando el Estado necesita un terreno para materializar un proyecto no intenta convencer a su dueño para que se lo venda, lo expropia por la fuerza a cambio de una mísera compensación. Pandora redux. Boaz cita el famoso caso de Susette Kelo contra el municipio de New London, que pretendía expropiarle su casa para que la Corporación Pfizer pudiera construir un complejo comercial y hotelero. Pero tampoco está claro que Kelo sea el referente de Cameron…

La propiedad privada individual no parece existir en la sociedad Na’vi (lo cual explicaría su pobre nivel de desarrollo), aunque es indisputable que el árbol en el que habitan es propiedad colectiva de los nativos y los humanos no tienen derecho alguno a expulsarlos. La propiedad colectiva es compatible con el liberalismo y es la fórmula que han propuesto algunos autores para privatizar recursos naturales como ríos, bosques etc. Precisamente uno de los premios Nobel de Economía del año pasado, Elinor Ostrom, ha investigado la eficiencia y los límites de la propiedad colectiva sobre bosques y otros recursos (no confundir con ausencia de propiedad o propiedad estatal).

Con todo, la película contiene varias paradojas, algunas ya mencionadas por Peter Klein. Primero, el villano es una gran corporación que busca maximizar sus beneficios, mientras que la película está producida por una gran corporación (20th Century Fox) que busca amasar una fortuna en taquilla. Lo mismo cabe decir del multimillonario director. Segundo, en el idílico mundo Na’vi no hay necesidad de tecnología, todos van con taparrabos y cazan su comida, pero Avatar 3-D solo ha sido posible gracias a la innovación tecnológica de nuestra sociedad capitalista y de consumo. Tercero, la película ensalza el amor por la naturaleza de los nativos y describe a los industrializados humanos como sus principales enemigos, pero lo cierto es que el ecologismo es un capricho de sociedades ricas, en el Tercer Mundo tienen otras cosas de las que preocuparse antes que reciclar y participar de voluntario en una ONG.

Lo que me lleva a un último punto que Xavier Pérez comentaba en su excelente crítica para La Vanguardia: es decepcionante que el mismo director que nos ha traído Aliens o Terminator presente a los alienígenas Na’vi como unos seres angelicales, pacíficos y bien avenidos. Esta falta de matices, junto con la trama en exceso previsible, es lo que hay que echarle en cara a Cameron. El discurso anti-liberal se nota menos si te pones las gafas 3-D y te metes en la piel azul de los nativos.


Albert Esplugas Boter
es miembro del Instituto Juan de Mariana, autor del libro La comunicación en una sociedad libre y escribe regularmente en su blog.

Cómo impartir EpC y no sufrir de náuseas

En esa situación me encuentro ante niños de 11 y 12 años durante hora y media cada semana. No cabe duda de que me resultaba violento hacerlo y de que me resistí a ello. Solamente me disuadí de evitarlo cuando pensé qué libro de texto primaría si yo no aceptaba. Y me puse a ello.

Lo primero que hube de hacer es el preceptivo currículo para la asignatura en el que situé todos los lugares comunes de la misma evitando siempre los dos sesgos más perniciosos que caben en el modelo ministerial.

El primero y, a mi juicio, más grave tinte es el colectivista. Todo el currículo de EpC está plagado de colectivismos. Los derechos son colectivos; las diferencias humanas son colectivas; las segregaciones, grupales; las identidades, comunitarias. Sin olvidar esa parte tan necesaria para el ser humano que es el grupo y la pertenencia a él, introduje el elemento básico que no es otro que el individuo o, mejor, la persona, en la que se integra la soberanía individual y los compromisos asociativos entre los que nace y los que entabla a lo largo de su vida.

Visto así, hablar de no discriminación ya no resulta un mero discurrir acerca de las perversiones del racismo y la xenofobia para sustituirlo por el diálogo “entre culturas”. No discriminación es destacar que, por encima de identidades culturales, raciales y territoriales está el individuo. Que las culturas no tienen existencia propia, son meros resúmenes conceptuales para el manejo comunicativo y, por consiguiente, no tienen derechos. Y, lo más importante para la formación de personas, que por encima de las decisiones de ella misma no existen ni culturas, ni razas, ni grupos, que es el individuo el que tiene derechos.

Para desarrollar esto me serví del método compositivo de estudiar el desarrollo humano. El primer texto de la clase es una adaptación propia del ejemplo que en los textos de destacados autores austriacos, especialmente Huerta de Soto, con un Robinson Crusoe ‘ad hoc’ y las sucesivas incorporaciones que, como el caso de Viernes, aportan complejidad sin perder claridad. Gracias a él los alumnos, en orden a conocer mejor los fundamentos de la acción humana, estudiaron conceptos como la preferencia temporal, la cooperación social y un rudimentario esbozo de las ventajas comparativas de un adecuado reparto de tareas entre los seres humanos.

El segundo sesgo a desechar es la pérdida de respeto por los propios valores occidentales que no resultan disociables de la enseñanza de la soberanía del individuo y de las ventajas de la cooperación social voluntaria. Frente a elementos identitarios, que en el caso de mis alumnos afectan no excesivamente pero sí sutilmente, basados en el celtismo y majaderías similares, el aleccionamiento que reciben es que los mimbres entre los que se traba la libertad individual que han de asimilar y practicar de la mejor manera posible han tenido su mejor desarrollo, aunque no el único, en los entresijos de la herencia greco-romana y judeo-cristiana. Señalando los graves errores de ésta, que los hubo y los hay, y destacando las cimas del pensamiento y de la obra occidental a favor de una vida humana más plena en tanto que más libre e individualista, los alumnos aprenden a no arrojar al basurero lo mejor que tenemos.

Y todo esto, moviéndome entre las líneas de la legalidad tanto como de la libertad.