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Sobre pensiones y pastillas

El anuncio del ministro de Trabajo, Celestino Corbacho, de las medidas referentes a la reforma de las pensiones en España ha revolucionado el gallinero. Mientras que unos tratan de salvar lo que tiene de positivo alargar la vida laboral, al menos en determinadas profesiones, otros, como Juan Ramón Rallo, insisten en recordar lo peligrosamente parecido que es nuestro sistema de reparto a la estafa piramidal tipo Ponzi o Madoff.

Una de las cosas que un buen maestro debe hacer con su pupilo es iniciarle en el oficio. En mi caso, mi maestro hizo lo propio en 1995 cuando publicamos conjuntamente un artículo titulado ‘Pobres viejos pobres’ en la Nueva Revista de Política, Cultura y Arte. Las conclusiones generales de aquel estudio se sostienen hoy en día. Sobre todo, la principal: el sistema de reparto ha puesto en peligro el futuro de los pensionistas del mañana. Otra de las conclusiones es que pasar de un sistema de reparto a uno de capitalización no es cosa fácil, las transiciones suelen ser siempre complicadas: si el sistema de reparto tiene una amplia cobertura de contingencias es difícil pasar a un sistema de capitalización que cubra todas ellas. Personalmente, aprendí lo complicado que es afirmar cosas a rajatabla cuando se trata un tema complejo que depende de muchas variables que cambian al mismo tiempo pero no necesariamente (y no, normalmente) como nosotros desearíamos. La propuesta del artículo es humilde: el análisis, país por país, de la alternativa privada, a pesar de ser cara y de necesitar un mercado financiero cuidado, para tratar de zafarnos del desastroso sistema de reparto.

Pero el enfoque sobre las medidas del gobierno que me parece más relevante es el que señala Gabriel Calzada en su artículo “Metiendo miedo con las pensiones”. Las pensiones, desde siempre, han sido un arma arrojadiza de la izquierda, empleada para atemorizar a quienes, después de una dura vida de trabajo, quieren retirarse con cierta tranquilidad económica. Y como se trata de una herramienta para ganar votos y titulares, el discurso puede cambiar de un año para otro. De ahí que de abril del 2008 a febrero del 2010 se haya pasado de estigmatizar al gobernador del Banco de España, a reclamar la necesidad de tomar medidas… las mismas que defendía Fernández Ordóñez o parecidas.

Claro que hay miedo intergeneracional ¿los jóvenes del día de mañana me pagarán mi retiro? ¿Qué hacen que no están teniendo miles de niños para asegurarme mi pensión, a mí que pago religiosamente mis impuestos para mantener a los mayores de hoy?

Pero la cosa no es tan sencilla. Dependemos de las proyecciones a largo plazo que los expertos hacen sobre la población, y que suelen ser deficientes; del mercado de trabajo; del crecimiento económico; de los shocks económicos externos (seguimos viviendo, afortunadamente, en una economía globalizada). Es decir, no estamos planificando en un sistema cerrado, en un estado estacionario. Ni siquiera se aplican los incentivos adecuados para que se cumplan las previsiones que los expertos realizan.

Algunos consideran que la cosa va mal desde que las mujeres nos incorporamos al mercado de trabajo y que nosotras creemos que estábamos mejor viviendo como la generación de nuestras madres. Yo no comparto esa idea. Y que la opinión de algunas mujeres se eleve a la categoría de argumento me parece demagógico. La decisión de que la madre y el padre trabajen, la crianza de los hijos, el sustento de la familia, no son decisiones que se tomen en solitario sino en conjunto, y son privadas, así que en todo caso habría que ver qué hacemos las mujeres, si abandonamos el mercado laboral o no, y las razones. Ahora bien, ¿qué incentivos han tenido las familias (no las mujeres) para tener muchos hijos? Pues más bien pocos. Y no hablo, por supuesto, de subvenciones, sino de los valores de la comunidad. En unos casos se impide que las familia ‘atípicas’ críen hijos y en otros se valora el confort y la ‘realización’ de la mujer por encima de otras cuestiones.

Otro tema es si el sistema de pensiones actual está o no quebrado, y si va a quebrar. Y después de leer a unos y a otros me acuerdo de la escena de Matrix en la que Nemo tiene que decidir que pastilla tomarse (si tomas la pastilla azul despertarás en tu cama y te limitarás a creer lo que te interese creer). En mi opinión, la mente humana está preparada para tragar las mentiras cuanto más grandes, mejor. Puedo dudar del cambio que me da el frutero, pero si el gobierno dice que el sistema de pensiones goza de excelente salud seguro que es verdad. Y así, en el imaginario colectivo, es imposible que un país quiebre, si no hay un orden impuesto coactivamente llegamos al caos, y si no dejas que el Estado haga lo que quiera con tu dinero odias a los niños, a los ancianos, a los pobres y quieres la destrucción de la madre Tierra.

Una ronda de pastillas azules, por favor….

Quousque tandem, Zapatero?

Zapatero llegó a La Moncloa sin saber distinguir entre un impuesto regresivo y uno progresivo, lo que no le impidió unos años después, cuando probablemente seguía sin conocer la diferencia, enarbolar la bandera de la progresividad con ese mágico adagio de "que paguen la crisis los más ricos", trasunto de la no menos célebre fórmula de Alfonso Guerra "to’ pa’l pueblo".

Ignorante y déspota sin complejos, Zapatero se ha topado de bruces con la ley de la gravedad económica, a saber, que no basta con que el Gobierno pulse un botón para que las familias y las empresas vuelvan a generar riqueza. Por desgracia, dos tardes no bastan para que un ungido como nuestro presidente aprenda a desconfiar de la omnipotencia estatal, ese becerro de hojalata al que rinde pleitesía el conjunto de nuestra izquierda.

El problema esencial de nuestros políticos es que no son conscientes de sus limitaciones, que son todas. La sociedad no puede planificarse con escuadra y cartabón y cualquier intento por lograrlo sólo terminará fracturando esa misma sociedad.

Zapatero nos prometió que a partir de marzo del año pasado, los efectos sobre el empleo de su monumental despilfarro público iban a ser visibles. Nos aseguró que él solito, tirando de nuestras chequeras, conseguiría hacer remontar el vuelo a nuestra economía. Total, si la receta ya la dejó escrita Keynes, ese trilero que algunos pretenden hacer pasar por el mejor economista del s. XX:

Si el Tesoro Público se pusiera a llenar botellas viejas con billetes de banco, las enterrara a una profundidad conveniente en minas de carbón abandonadas que luego se cubrieran de escombros de la ciudad y encomendáramos a la iniciativa privada (…) la tarea de desenterrar los billetes (…) terminaríamos con el paro.

He ahí  condensado todo el pensamiento económico de ZP. He ahí el sustrato ideológico de su Plan E: convertir en escombros nuestras ciudades para cubrir de basura las minas subvencionadas de Rodiezmo con tal de que las empresas busquen en su fondo un tesoro repleto del dinero que previamente nos ha quitado Hacienda. Que tal proyecto sea del todo inútil para las familias y las empresas resulta irrelevante. Al cabo, se parte de un error: pensar que el gasto público debe servir de alguna manera a las necesidades de los contribuyentes que lo sufragan en lugar de a los intereses electorales del político que les ha arrebatado los impuestos.

ZP se gastó en 2009 algo así como 320.000 millones de nuestros euros; unas cinco veces lo contenido en esa filfa llamada Fondo de Reserva de la Seguridad Social que supuestamente iba a garantizar in saecula saeculorum nuestro fraudulento sistema de pensiones públicas. ¿Resultado de semejante despilfarro?

Desde enero de 2009 a enero de 2010 el paro se ha incrementado en 700.000 personas, superando –incluso con manipulaciones y maquillajes– esa cifra que Corbacho, el enésimo ministro socialista del Paro (Almunia, Chávez, Griñán… uno ya pierde la cuenta), nos juró en todas las lenguas sagradas existentes que nunca íbamos a alcanzar.

Pues aquí lo tenemos, cinco años perdidos por culpa de la burbuja creada por nuestros bancos centrales y por el fanatismo socialista de nuestro Gobierno. Barra libre de gasto público y bloqueo absoluto de cualquier liberalización de los mercados, incluyendo el laboral. ¿Hasta cuándo seguiremos soportando la incompetencia y la mala fe de estos señores? A estas alturas de la película nadie debería dudar de que su política económica ha sido y es un profundo fracaso que sólo ha conseguido arruinarnos y endeudarnos. Peor que la crisis, ha sido su calamitoso Gobierno. ¿Debemos esperar impotentes ante la tragedia a que concluya la legislatura para que terminen con su operación de derribo de nuestras economías?

El ejemplo polaco

Cuando Juan Pablo II visitó Polonia del 2 al 10 de junio de 1979, unos meses después de que hubiera accedido al papado, las autoridades polacas le recibieron con preocupación. La Iglesia polaca llevaba ya muchos años alentando una revolución interna entre los ciudadanos que la percibían como un contrapoder al dominio que la Unión Soviética ejercía sobre todos los países del otro lado del telón de acero. Pero la Iglesia también estaba preocupada por las consecuencias de su rebeldía. En 1968, pero sobre todo en 1956, los soviéticos habían frustrado a sangre y fuego los intentos de libertad de sus aliados checoslovacos y húngaros y, aparentemente, podían permitirse otro acto de violencia extrema.

La visita del Papa aglutinó a millones de polacos: católicos, agnósticos, ateos y disidentes del sistema. Pese a los intentos del régimen de minimizar sus efectos, fue seguida por millones de personas en Polonia y en el mundo, y terminó de perfilar una sociedad civil que habría de reactivar sus labores de oposición.

En los discursos que dio el Papa a lo largo de esos días no había declaraciones explícitamente políticas, pero si dejaba caer perlas que tenían doble intención, perlas con las que invitaba a las autoridades a permitir la libertad religiosa, precursora de otras como la de conciencia o de pensamiento, o a permitir que los polacos decidieran sobre vida, un llamamiento a las libertades individuales que no excluía a nadie y que atacaba a los soviéticos. Cuando el Papa volvió a Roma, las autoridades polacas respiraron tranquilas, pues ningún hecho violento se había desencadenado, pero en Moscú no pensaban lo mismo. Se habían percatado de que esta visita, y en general la actividad de la Iglesia a lo largo de muchos años, había socavado su poder, que por otra parte se veía cada vez más impotente por su propia naturaleza política.

En los astilleros Lenin de Gdansk se creó el sindicato Solidaridad que encabezó Lech Walesa. Las huelgas generales pidiendo mayor libertad y reclamando la independencia de Polonia respecto de la Unión Soviética se sucedieron con rapidez, y en dos años consecutivos, 1980 y 1981, la Unión Soviética se vio tentada a intervenir con el envío [i] de varias divisiones. Pese a la imposición de la Ley marcial en este último año, los polacos siguieron avanzando hacia la independencia de Moscú y su ejemplo, como una ola de libertad, fue extendiéndose a otros países como Checoslovaquia o Hungría, más tarde Alemania Oriental e incluso la Unión Soviética en 1991, contribuyendo así a la caída del Muro de Berlín y la desaparición de los principales regímenes comunistas europeos.

El ejemplo polaco se articula sobre tres principios básicos. En primer lugar la unidad de acción ante un enemigo común, en este caso la Unión Soviética y su sistema comunista, junto a una clara identificación de sus víctimas, los polacos. Esta identificación era absoluta, cualquier polaco, no sólo los católicos, sino los ateos, agnósticos, disidentes, descontentos, exiliados y cualquier amante de la libertad, podía unirse a él. En segundo lugar, se había creado una sociedad civil implicada, una sociedad civil que pese a las dificultades de tener un gigante como la Unión Soviética a su lado, era capaz de luchar por sus propias ideas, de aglutinarse, de organizarse sin que le importaran las consecuencias, incluso si éstas eran la muerte. En tercer lugar, se crearon referentes, pero no referentes personalizados sino sobre todo referentes morales. El Papa era uno de ellos, pues el Papa había vivido bajo los nazis y bajo los comunistas, había sufrido ambos totalitarismo y en ambos se había rebelado y había optado por apartarse de la política de pacificación que incluso la propia Iglesia católica había adoptado desde el Concilio Vaticano II. Lech Valesa no era un líder apoyado por todas las facciones en Solidaridad, en especial las más extremistas, pero era un líder respetado y aclamado por todos por su lucha.

Bien es cierto que la revolución polaca estuvo apoyada por las circunstancias, por una Unión Soviética que empezaba una crisis de la que no saldría, por los gobiernos británico de Margaret Thatcher y americano de Ronald Reagan que supieron ver y creer que el comunismo estaba en franca decadencia y por una Iglesia Católica que cambió de rumbo justo en el preciso momento.

Polonia puede y debe ser un ejemplo para los que amamos la libertad, puede y debe ser un ejemplo para los habitantes y la sociedad civil de países como Cuba, Venezuela, Bolivia y tantos otros que ahora sufren las locuras de sus dirigentes. Y tiene que ser un ejemplo para buscar sus referentes morales, su unidad ante el totalitarismo, incluso salvando diferencias que pueden parecer insalvables y creando una sociedad civil activa que llegue a todos, ricos y pobres, formados o iletrados, intelectuales y profesionales de todo tipo.

Pero también debe ser un ejemplo para los países democráticos en los que el giro hacia un sistema demagógico, hacia un sistema de partitocracia descarado, es más que evidente. Somos dueños de nosotros mismos, de nuestros aciertos, errores y sus consecuencias, responsables de nuestras acciones. En Polonia lo demostraron y, con suerte, pero sobre todo con determinación, se arrancaron el yugo.



[i] Existen varias versiones sobre este punto, algunas apuntan a que la Unión soviética no podía iniciar ninguna invasión, primero porque dependía ya demasiado de los créditos de Occidente y no podía exponerse a perderlos. En segundo lugar, porque la capacidad de intervenir en sus países aliados ya no era la de hace unos años y el mismo Politburó demostró una indecisión que antes nunca había mostrado.

Joan Herrera y los residuos nucleares

Olvida cuidadosamente mencionar que esa radiactividad es un peligro frente al cual es técnicamente muy sencillo protegerse: basta con concentrar esos residuos (su masa y volumen son relativamente pequeños) y aislarlos adecuadamente en contenedores que pueden vigilarse sin demasiados problemas. Además, el hecho de que siga habiendo radiactividad significa que aún son una fuente potencial de energía explotable con la tecnología adecuada (actualmente en fases de investigación y desarrollo).

Pero Herrera no quiere (falta de interés) o no puede (falta de capacidad intelectual) enterarse y sigue preguntando qué hacer con estos residuos. Al parecer le contesta una "fe pronuclear" (¿una nueva religión para competir con el ecofanatismo rojiverde?) que "ya se encontrará una solución, perpetuándose así la inmadurez tecnológica de la energía nuclear al no saber qué hacer con los residuos que genera". El que no sabe cree que nadie sabe.

Parece que el problema no se resuelve a no ser que la radiactividad desaparezca, lo cual es extraño: no se causa ningún daño a nadie pero aún así tenemos un problema. Y es que los políticos colectivistas son así, ellos deciden cuáles son nuestros problemas, nos lo comunican y nos imponen sus presuntas soluciones.

Parece que "en los países europeos más avanzados el pacto sobre dónde albergar los desechos radiactivos se ha construido consensuando una fecha límite para dejar de generar esos residuos". No se nos informa de cuáles son esos países, pero sospecho que no se trata de que como son avanzados han decidido dejar de generar residuos, sino que más bien Herrera decide que como han decidido dejar de generar residuos deben ser calificados como avanzados. Un país es avanzado si hace lo que Joan Herrera juzgue correcto. Porque es "un error", incluso un "pecado original", "decidir dónde albergar todos los residuos sin consensuar previamente un calendario que determinase hasta cuándo generar residuos". No sorprende que este diputado, experto en el error, recurra a terminología religiosa para defender su particular superstición antinuclear.

Joan Herrera pide rigor para este "espinoso debate de los residuos nucleares": él mismo se descalifica. Después de insistir en que se trata de un problema no resuelto, va y suelta que "la pretensión de resolver dónde poner los residuos sin decidir hasta cuándo seguirán operando las centrales, solventa el principal problema de la energía nuclear: ¿qué hacer con los residuos?". ¿En qué quedamos?


Francisco Capella
es director del área de Ciencia y Ética del Instituto Juan de Mariana, creador del proyecto Inteligencia y Libertad y escribe regularmente en su bitácora.

La miseria de la estadística

…que, en su Traité d’Économie Politique, publicado en 1803, desconfiaba de la pretendida respetabilidad que aporta la cuantificación en economía.

La reticencia de Say frente a las estadísticas no era nueva. También Adam Smith había expresado su desconfianza hacia las investigaciones estadísticas. Después de seguir los estudios de población que su amigo Alexander Webster había desarrollado a lo largo de toda su vida, éste le confesaba que el censo poblacional tenía un error de unas 250.000 personas. Desolador, después de años y años de trabajo exhaustivo y riguroso.

Hoy en día, recién inaugurada la segunda década del siglo XXI, las cautelas de los economistas del pasado parecen no tener cabida. Hemos desarrollado nuevas técnicas, nuevos métodos, nuevos procedimientos, contamos con apoyo informático, nada que ver con los rudimentos de otros siglos. Y sin embargo, día sí, día también, ministros del mismo gobierno, o representantes del gobierno y de la oposición, se enfrentan públicamente por culpa de los datos.

El último round, en concreto, ha sido por el diferente peso que Corbacho y Salgado le dan a la economía sumergida. Y cuando no, es por la interpretación de los datos del paro. O por la determinación de la tasa de crecimiento necesaria para que haya creación de empleo.

El caso es que los ciudadanos, a quienes supuestamente nos informan en las ruedas de prensa, estamos mucho más confusos tras la exposición de datos que antes. La reacción del común de los mortales, similar a la de Adam Smith, es un poco injusta porque tira por la borda el trabajo de los buenos estadísticos, que tratan con respeto los datos y matizan todo lo necesario a la hora de interpretarlos.

La estadística aplicada a la economía tiene serios problemas. Las normas que guían a la ciencia no son independientes del tipo de preguntas a las que responde. Además, la complejidad de los datos observados plantea problemas a la hora de decidir qué variable es relevante, qué suceso es destacable, qué correlación es significativa. A esto hay que sumar que no existen laboratorios en economía. Y la tendencia del observador a poner de su propia cosecha a la hora de estudiar las causas profundas de las transformaciones sociales. Demasiadas trabas como para confiar a ciegas en los datos como parecen hacerlo nuestros gobernantes.

La Nobel de Economía 2009, Elinor Ostrom, cuenta en el artículo que estudia la acción colectiva, Colective Action and the Evolution of Social Norms (2000), la importancia que tiene a la hora de asegurar la cooperación voluntaria de los ciudadanos, la posibilidad de mirarnos a la cara.

Es importante que sepamos quiénes son los gorrones y los cooperantes en la gestión de recursos de una comunidad. Pero más aún es echarles un vistazo: tirar un papel al suelo cuando todos te miran te avergüenza. El lenguaje no verbal importa. Lo cierto es que Corbacho no mira a la cara al parado que saca a su familia adelante haciendo chapuzas, si lo hiciera vería simplemente necesidad, en vez de impuestos perdidos y economía sumergida.

Es curioso que el autónomo que te ofrece un servicio «¿con o sin factura?» no se avergüenza, el cliente sabe que le puede tocar a él. Los parados tampoco tienen la oportunidad de señalar con el dedo al responsable de su drama: la crisis no tiene un culpable más allá de las cifras. En último caso, no pasa nada, se cocinan los datos que haga falta y en paz.

Como sucede en otros ámbitos de la vida del hombre, la clave está más en lo que no se puede aprehender que en lo evidente. La confianza, la empatía, el sentido común, el olfato empresarial no están representados en las estadísticas. Es cierto que por sus hechos les conoceréis y el resultado de las acciones sí se puede medir. Ahora bien, ¿cuál es el peso de la intuición a la hora de interpretar los datos? ¿Cómo aportar credibilidad a la frialdad de la estadística? Son respuestas difíciles de responder.

Como las demás disciplinas, la estadística también es limitada. Utilizarla como arma política, en muchas ocasiones, como decía Say, lleva a emprender tareas detestables y, tal vez, lleve a la ruina al Gobierno socialista.

María Blanco es miembro del Instituto Juan de Mariana y profesora de Economía en la Universidad CEU-San Pablo.
Este artículo fue publicado en Mercados, suplemento económico de El Mundo, el 31 de enero de 2010.

Metiendo miedo con las pensiones

Desde que tengo uso de razón escucho a los líderes socialistas decir que si gobierna la derecha, desaparecerán las pensiones. La cantinela era casi el himno de campaña del PSOE durante la era González. Los socialistas no dejaron de usar esa idea ni siquiera después de que los años de Gobierno popular dejaran bien claro que prácticamente no había diferencias entre los dos partidos en esta materia. Zapatero llegó a enviar cartas a los electores diciéndoles que si el PP ganaba las elecciones europeas bajaría las pensiones.

Ojalá los socialistas hubiesen tenido razón cuando decían que el PP acabaría con las pensiones públicas, porque eso es precisamente lo que necesitamos para generar algo de seguridad social. Lo que debería dar miedo a cualquier persona que analice el sistema de pensiones estatal es pensar que unos y otros sigan imponiéndonos a la fuerza y durante más tiempo un sistema de reparto bien parecido a una estafa piramidal. Da miedo el sistema público y da miedo saber que no hay partido ni político en este país que abogue abiertamente por dar libertad de elección a los ciudadanos sobre el modelo de pensiones que quiere para su jubilación. Manuel Pizarro defendió antes de entrar en política un modelo de capitalización bastante más libre que el que tenemos y se desdijo en el primer debate cara a cara con Solbes. Quizá ahora que abandona por aburrimiento el Partido Popular, recupere sus críticas al actual modelo público.

Otro gran miedo en el campo de las pensiones es el que mete la izquierda (sin respuesta alguna por parte de la derecha) cuando relaciona un sistema más libre con la dictadura de Augusto Pinochet. Claro que ellos defienden un timo tipo Madoff inventado por el totalitario de Bismarck. Como nadie les dice nada, ellos siguen erre que erre. Chile fue, bajo el mandato de Pinochet, sí, el primer país en sustituir el fraude de las pensiones de reparto por un sistema en el que el ciudadano es medianamente responsable de su jubilación. Después de dos décadas de gobiernos de centro-izquierda, los sucesivos gobiernos democráticos no han hecho sino reforzar el sistema de pensiones de capitalización. Detrás de Chile han venido más de una veintena de países. En la mayoría se ha dado a elegir a la población qué sistema preferían, algo que nunca se ha hecho con el sistema coactivo y social de reparto. En todos ellos las encuestas previas vaticinaban el mayoritario mantenimiento del sistema público de reparto y, sin embargo, allí donde se ha dado libertad de elección, la inmensa mayoría de los ciudadanos han huido como ratas del sistema público, tal y como lo hacen los funcionarios españoles de la provisión médica pública cuando Muface les da a elegir servicio privado o público.

Gabriel Calzada Álvarez es doctor en Economía y presidente del Instituto Juan de Mariana.

Pizarro, pensiones y otros engaños

En Economía se repiten los titulares que hablan de su propuesta de reforma de las pensiones. Las dos son una y la misma noticia: política y verdad no se llevan bien. Y menos en España.

Manuel Pizarro fue un cartel electoral fallido. Fallido porque según las encuestas, los analistas, los periodistas, perdió en el famoso debate que mantuvo con el ministro de Economía, Pedro Solbes. El hombre que nos llevó dos veces a la ruina dijo entonces que "España está preparada para cualquier reto"; entonces Zapatero, Caldera y otros nos decían que a partir de marzo de 2008, en mágica coincidencia con las elecciones, la economía comenzaría a subir. La economía, dijeron, y no el paro. Pizarro habló de lo que se nos venía encima. Perdió porque no hablaba como un político. Tampoco piensa como un político. Habla desde la razón y la honradez; juntas no tienen por qué llevar a la conveniencia política, y en muchas ocasiones no lo harán. De ahí su reclusión política en el PP.

Pizarro hubiera explicado elocuentemente a dónde nos lleva el sistema público de pensiones: Un quebrado en el que el numerador, el número de trabajadores, apenas puede crecer, mientras que el denominador, el número de jubilados-año, aumentará sin remedio. Resultado inevitable: cada vez tendremos que pagar más durante más tiempo para recibir una pensión más baja. Esto es así, y no de otra manera, y cualquiera que tenga un mínimo interés en el asunto lo sabe. Y los políticos, lo saben. Y no sólo no nos lo han dicho, sino que nos llevan mintiendo décadas. Como las malas noticias no llegarán hasta pasados unos cuantos lustros y entonces no se presentarán a las elecciones, se sienten cómodos en el engaño. Pizarro no es de esos. De hecho, si perdió el debate con Solbes fue sobre todo porque éste le echó en cara que hubiese defendido el sistema de pensiones de Chile. Un sistema que no es un fraude, que acumula y crea riqueza, que es sostenible y que permite pensiones crecientes con jubilaciones adelantadas.

Y no es sólo la política. La sociedad también rechaza la realidad cuando ésta no le interesa. No es que se nos acorten las pensiones, sino que con esa actitud se nos acortará el futuro.

El diálogo de Hillary

Lo hizo, en lo que muchos defensores de los derechos humanos consideraron una bofetada en la cara de todos los tibetanos y el resto de víctimas de cualquier dictadura, para no poner en peligro sus buenas relaciones con el Gobierno totalitario de Pekín. Sin embargo, semanas después a quien abofeteó fue a ese mismo régimen comunista chino en su propia casa al dirigir a un grupo de jóvenes reunidos con él en Shangai la siguiente frase: "Soy defensor de la tecnología y de no restringir el acceso a internet".

Tras la cobardía mostrada en su propia casa –propia de un Zapatero o un Moratinos negándose a condenar el cierre de emisoras televisivas en Venezuela o la ausencia de derechos humanos en Cuba–, Obama le gritó en la cara a su anfitrión comunista para reclamarle libertad en internet. La dictadura china ya mostró su malestar por aquel episodio, como también lo ha hecho por la necesaria amenaza de Google de cerrar su buscador en mandarín.

Tampoco gustó a los dirigentes del régimen de Pekín que Hillary Clinton criticara, en un discurso que se inscribe dentro de la polémica abierta entre Google y la dictadura comunista, la censura que imponen a internet. Los responsables del Gobierno totalitario que somete a una mayor cantidad de personas en el mundo dijeron que la intervención de la ex senadora por Nueva York era una "falta de respeto". Tras eso, y en una muestra de cobardía que alguien en su puesto no se puede permitir, la secretaria de Estado americana ha rebajado el tono en una polémica en la que lo que está en juego es mucho más que los intereses de una empresa de internet.

La que fuera primera dama de EEUU ha dicho haber mantenido un "diálogo muy positivo" con el ministro de Exteriores chino sobre Google. Con independencia de los temas que trataran y del tono de la conversación, la declaración de Clinton es una muestra de que va en la dirección equivocada. Para empezar, el motor de búsqueda no debe ser el centro de las conversaciones. El enfrentamiento de esta compañía con el régimen comunista (que puede incluso poner en peligro el desarrollo de internet en el gigante asiático) es producto de lo que realmente es importante en este asunto: la falta de libertad de expresión y de cualquier otro derecho fundamental que sufren los internautas chinos. Es de eso, y no de otra cuestión, de lo que debe hablar Clinton con el Gobierno de Pekín.

Además, no resulta creíble que se haya tratado de un diálogo "muy positivo". La conversación, o conversaciones si ha habido más de una, tan sólo merecería esa calificación si hubiera finalizado con una absoluta aceptación de respetar la libertad en internet por parte del régimen chino. Cualquier otra cosa es dejarse marear o querer justificar la propia falta de firmeza ante una tiranía.

Antonio José Chinchetru es autor de Sobre la Red 2.0.

Pobreza, el rendimiento de la izquierda

Los chiquillos (financieramente) malcriados que no han tenido empacho en delegar sus libertades y su prosperidad al Estado niñera se dan de bruces con la realidad. Qué plácidamente se vivía cuando, apelando a principios tan tergiversados como el de solidaridad intergeneracional, éramos capaces de vivir a costa de los ingresos generados por los demás. Las pensiones públicas se configuraron siempre, en todas partes y en cualquier régimen como un robo masivo organizado: los jubilados se quedaban con parte de la renta de los trabajadores en activo y a cambio éstos adquirían el derecho a robar a su vez a los futuros trabajadores en activo.

Estafa piramidal por la que a Madoff le han caído apenas 150 años entre los aplausos generalizados de estas mismas clases apesebradas que se niegan a retocar lo más mínimo el sistema de pensiones público. Lástima que toda pirámide, en cuanto se invierte, tiende a perder el equilibrio y a derrumbarse. Nuestros políticos nos prometieron vencer a la ley de la gravedad, pero al final las mentiras caen por su propio peso.

En apenas dos años han desaparecido más de dos millones de puestos de trabajo y millón y medio de cotizantes forzosos a ese sistema fraudulento de la (in)Seguridad Social. Un proceso de putrefacción acelerado por la crisis pero cuyas bases siempre estuvieron condenadas a descomponerse. De no haber sido por el respiro transitorio que proporcionaron millones de inmigrantes, la despensa se habría quedado vacía años ha. El milagro económico español en puridad nunca ha existido ni nunca se producirá: fue un puro placebo, una estafa más añadida a una montaña de mentiras. Convendría basar la política más en la ciencia y menos en la fe: lo de multiplicar los panes y los peces está bien para Jesucristo, pero nunca estuvo al alcance de nuestros burócratas. Malvados ellos por medrar mediante la propaganda; ignorantes aquellos que les creyeron y los auparon al poder.

67 años y pensiones sustancialmente más bajas son el rendimiento de un sistema quebrado. Ésa es la conciencia social de nuestra izquierda, la misma que inspiró el sistema económico más ruinoso de todos los tiempos: más vale esclavos y pobres, que libres y prósperos.

Mejor no hablar hoy de la alternativa que PSOE y PP, PP y PSOE, y tantas otras siglas que actúan como recipientes del pensamiento socialista, se han dedicado con fruición a desprestigiar, marginar y atacar: sería demasiado doloroso recordar en este día que con una sociedad de propietarios los ciudadanos medios podrían jubilarse a entre los 40 y los 50 años con rentas muy superiores a las pensiones públicas.

Algunos se arrepentirán de haber prestado su apoyo a este timo, de haberlo contemplado con buenos ojos y de haber impedido la transición hacia los sistemas de capitalización en el momento en que ésta podía acometerse. Yo, sinceramente, no lo lamento por ellos. Creo que cada cual es responsable de sus decisiones, acertadas y erróneas. Los ciudadanos que confiaron su futuro a la casta política están cosechando lo que sembraron. No más ni tampoco menos, aunque ahora les sorprenda.

Lo que sí lamento es que arrastraran en su error a muchas o pocas personas que eran conscientes del fraude que suponían las pensiones públicas; lo que lamento es que, por no ser lo suficientemente respetuosos con la libertad individual, algunos tengan (tengamos) que cargar con la factura de quienes nos empujaron al abismo. Porque nunca quisimos arrebatarle su pensión a nadie, sólo pretendimos conservar la nuestra. Ahora no tenemos ni eso. A ver cuánto tardan nuestros políticos en babear ante los fondos privados de pensiones: Argentina ya ha marcado el camino (también) en eso.


Juan Ramón Rallo
es jefe de opinión de Libertad Digital, director del Observatorio de Coyuntura Económica del Instituto Juan de Mariana, profesor de economía en la Universidad Rey Juan Carlos y autor de la bitácora Todo un Hombre de Estado. Ha escrito, junto con Carlos Rodríguez Braun, el libro Una crisis y cinco errores donde trata de analizar paso a paso las causas y las consecuencias de la crisis subprime.

Una maravillosa coincidencia

"Cuanto más planifica el Estado, más complicada se le hace al individuo su propia planificación". Las palabras del maestro Hayek siguen siendo hoy tan certeras como cuando las escribió en Camino de servidumbre (cap.6), allá por 1944.

Pensaba en ellas el otro día, mientras leía en la prensa dos noticias habituales en estas fechas: la publicación del Índice de Libertad Económica (ILE) que elabora la Fundación Heritage junto con el Wall Street Journal; y la nueva edición del Doing Business (DB), la clasificación que el Banco Mundial realiza desde 2004.

Me gusta revisar cada año estos dos rankings por lo que tienen de demostración empírica de algo que los liberales defendemos desde el punto de vista teórico cada día: que la libertad no sólo es un derecho inalienable a todo ser humano, sino que, además, crea prosperidad y riqueza allá donde es protegida y promovida. Así, los primeros puestos de ambas clasificaciones están ocupados por las economías que más han crecido en las últimas décadas, mientras que los experimentos intervencionistas que tanto aplauden los progresistas de salón europeos (como Venezuela o Bolivia) se hunden bajo el asfixiante peso del entrometimiento estatal.

Aunque los dos estudios se ocupan de la libertad económica en su conjunto y comparten, incluso, algunos de sus datos, el ángulo desde el que se acercan a los países objeto de estudio es ligeramente diferente. Así, el informe de la Fundación Heritage analiza la política económica y la legislación de cada país desde un punto de vista general (nivel de impuestos, libertad para comerciar, protección de los derechos de propiedad, corrupción,…); mientras que el trabajo del Banco Mundial pone el acento en las facilidades que da cada Estado para que los empresarios hagan negocios dentro de sus fronteras (número de días necesarios para abrir una empresa, tiempo gastado al año por una compañía en calcular y pagar sus impuestos o documentos necesarios para importar o exportar una mercancía desde su territorio).

Tengo que reconocer que, aunque los dos me parecen tremendamente interesantes, siento una especial predilección por Doing Business y la manera en la que resalta esas pequeñas trabas que los gobiernos de todos los países ponen para que los ciudadanos hagan algo tan sospechoso como contratar libremente y crear riqueza (un amigo mío, especialmente fajado en los laberínticos vericuetos de la burocracia española, lo denomina, con algo de mala leche, "el mundo del papelito").

En cualquier caso, las dos clasificaciones nos dan infinitos ejemplos de cómo la libertad y el crecimiento van de la mano allí donde aquélla es cuidada. Los siguientes son algunos de esos datos que han llamado particularmente mi atención (ambos estudios utilizan datos de 2008 y 2009, por lo que no reflejan todas las consecuencias de la crisis y de la fiebre reguladora que ha afectado a los gobiernos de medio mundo):

  • Los cinco primeros clasificados en el ILE son Hong Kong, Singapur, Australia, Nueva Zelanda e Irlanda. En DB encabezan la lista Singapur, Nueva Zelanda, Hong Kong, Estados Unidos y Reino Unido. Incluso con los efectos del crack financiero que ha asolado la economía mundial en los últimos dos años, todos ellos son buenos ejemplos de sociedades prósperas.
  • España pierde posiciones en los dos índices. En el ILE, pasa del puesto 29 al 36 en un año (una pérdida de 0,5 puntos en la puntuación); mientras que en DB cae del puesto 51 al 62.
  • Los dos países de la eurozona peor clasificados en ambas listas son Grecia e Italia. Evidentemente, su crítica situación económica no es una casualidad.
  • En la evolución histórica del ILE, puede verse cómo España experimentó una subida sustancial desde 1996 hasta el año 2001 (de 59,6 puntos a 68,1; una mejora de 7,5 puntos en cinco años) coincidiendo con el primer Gobierno del PP. Luego, tanto con la mayoría absoluta de los populares como con Zapatero, la situación ha sido prácticamente estable (hemos crecido 1,5 puntos en ocho años). Tampoco parece fruto del azar que los últimos años del pasado siglo hayan sido los de mayor crecimiento de la historia reciente de nuestro país.
  • El segundo país europeo mejor clasificado en la suma de ambas listas es Dinamarca (9º en el ILE y 6º en DB). El país nórdico, incluso, podría subir aún más si no fuera por su alto nivel de impuestos y de gasto gubernamental. En mi opinión, es un claro ejemplo de algo que los liberales olvidamos con cierta facilidad: que no todo se acaba con el cobro de más o menos tasas por parte de la administración de turno. No es que quiera defender el altísimo nivel impositivo danés; pero, sinceramente, prefiero un gobierno que me cobra el 55% de mis ingresos y luego me deja tranquilo para que organice mi vida como me plazca, a uno que me cobra el 47% y luego está permanentemente entrometiéndose en mis asuntos.
  • Si la foto de España sale especialmente borrosa en algo, es en la parte dedicada al mercado laboral. En el ILE, los 47,3 puntos del apartado Labor Freedom no sólo son nuestra peor nota, sino que nos sitúan muy por debajo de la media global y a kilómetros de distancia de los países de nuestro entorno. No hay noticias de que los sindicatos o el Gobierno o el 20% de parados hayan tomado nota (ni lo vayan a hacer) de este dato.
  • Peor aún es nuestra situación en el epígrafe Starting a business de DB. Ocupamos el puesto ¡¡146!! de los 183 países analizados (vamos, que tenemos detrás a Cuba, Venezuela, Corea del Norte y algún otro despistado). La comparación con los demás países de la OCDE provoca ganas de llorar: en España, son necesarios 10 procedimientos, 47 días y un coste del 15% del PIB per cápita para algo tan peligroso como poner en marcha un negocio (en Francia, que tampoco es que sea un ejemplo de liberalismo los datos son 5 procedimientos, 7 días y un 0,9% de coste; en Nueva Zelanda, uno de los mayores éxitos de las últimas décadas, para crear una empresa sólo es necesario un requisito, que se cumplimenta en un solo día y no tiene ningún coste).

Analizando estos resultados, me acordé de otra anécdota de Friedrich Hayek que le he oído narrar en alguna ocasión al profesor Rodríguez Braun. En una conferencia, el gran pensador vienés aseguraba que la libertad es un fin en sí mismo que hay que defender siempre, y que los liberales debemos tener cuidado con los argumentos utilitaristas (tipo ‘a más libertad, más riqueza’) porque podrían volverse puntualmente en contra nuestra. En esas estaba, cuando uno de los asistentes le recordó que, casi sin excepción, en aquellos lugares donde se ha promovido la libertad ha crecido la riqueza. Hayek sonrío y le dijo: "Efectivamente, ésa es una maravillosa coincidencia".
 

*Rectificación del autor: La anécdota referida en el último párrafo no fue protagonizada por Hayek, sino por otro ilustre liberal vienés, Karl Popper. El profesor Rodríguez Braun ha tenido la amabilidad de llamarme y comentármelo. Se lo agradezco sinceramente y quiero hacer constar que el equívoco es atribuible sólo a mi mala memoria.