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Chávez y el devastador camino hacia el socialismo

Que durante años la situación fuera grave pero no dramática se debió simple y llanamente a que el tirano bolivariano sobrevivía gracias a las rentas del petróleo y a la rapiña puntual del sector privado.

Mal que bien, desde hace varias décadas Venezuela había logrado acumular importantes cantidades de capital que el gorila rojo, con sus características demagogia y retórica fascio-socialista, supo ir expropiando en nombre de un pueblo al que terminó acomodando en el parasitismo.

Hoy, Venezuela es un país con una economía destruida y una industria desmantelada. Su única exportación, su única fuente de riqueza, es el petróleo. Gracias a las ventas de esta materia prima al resto del mundo, los venezolanos obtienen los dólares que necesitan para poder comprar en el extranjero todo –todo– lo que les falta.

Así, desde 2003, momento en el que Chávez decidió impedir a las empresas privadas huir de su dictadura imponiendo un control de cambios, todo ciudadano que desea comprar al extranjero, ha de acudir con esa bazofia de divisa llamada bolívar ora al Gobierno ora al mercado negro. Hasta el pasado 10 de enero, el Gobierno, a través de su sucursal el Banco Central de Venezuela, vendía un dólar por 2,15 bolívares, pero sólo a los individuos que contaran con el favor de Chávez. Son las consecuencias del control de cambios: si el Estado no te quiere proporcionar divisa extranjera, no la puedes obtener a menos que acudas a medios alegales o ilegales.

Los particulares, gracias a su pequeñez, tenían la opción del mercado negro, donde podían adquirir dólares a precios que alcanzaban hasta los siete bolívares por billete verde. Pero las grandes empresas tenían que pasar por el filtro de Chávez, lo que generalmente significaba la negativa a la compra de dólares, agravando la destrucción de la industria venezolana (¿se imaginan como funciona una compañía que no pueda adquirir los factores productivos que necesita?). La nueva oligarquía venezolana temía que las grandes empresas sacaran su dinero del país y se lo entregaran a sus legítimos propietarios –los accionistas– en lugar de brindárselo con las manos atadas a los legitimados ladrones del régimen; de ahí que numerosas compañías españolas, como Telefónica, tuvieran millones de euros de beneficios cautivos en forma de bolívares que ahora se han diluido como un azucarillo.

Tras la devaluación del bolívar el pasado 10 de enero, a los venezolanos les costará 4,3 bolívares comprar un dólar. Así, los venezolanos deberán pagar el doble por los productos extranjeros y por sacar el dinero al exterior.

Nadie debería sorprenderse, pues, de que después de esto la ya de por sí elevada inflación (en 2009 superará el 25%) estalle, no sólo porque el precio en bolívares de las importaciones se ha disparado, sino porque la capacidad de Chávez para inflar la cantidad de bolívares sobre una misma base de dólares se ha multiplicado por dos.

El gorila tilda de "especuladores" a quienes simplemente tratan de repercutir los costes que él ha multiplicado a los precios y ya ha empezado a extender las garras del Estado sobre los negocios cuya única alternativa a no incrementar los precios era echar el cierre. Si vendías a cinco lo que comprabas a cuatro, difícilmente podrás seguir vendiendo a cinco lo que ahora te cuesta a ocho.

En realidad, sin embargo, los comercios venezolanos no tienen alternativa. Es una ficción incluso que puedan optar por cerrar. La devaluación del bolívar se encaminaba, desde un principio, a expropiar la poca riqueza que les quedaba a los ciudadanos y a las empresas extranjeras, a obligarles a entregarle al Gobierno el doble de sus ahorros para poder acceder al mercado exterior. Todo ha sido programado para que el entramado empresarial pase a ser propiedad exclusiva del chavismo. Cómo se implemente esta nacionalización es sólo cuestión de detalles (inflación, devaluación, expropiaciones, regulaciones…). No se trata de subir los precios y de ser nacionalizado o de mantenerlos y echar el cierre: Chávez pretende que todo pase a su propiedad. Y es que amamantar a un país en ruinas mediante las subvenciones estatales obliga a robar hasta la última migaja de pan al sector privado.

Tal y como tristemente están redescubriendo los venezolanos y los empresarios que creyeron que podrían hacer negocios con el régimen, el camino hacia el socialismo está repleto de miseria para todos los individuos salvo para los que integran la nomenclatura. No lo olvidemos nosotros también: ése es el "progreso" que nos vende a diario la izquierda, nuestra izquierda.

La tragedia los desconcierta

Los fanáticos del ecologismo no soportan que la Gaia haya hecho tanto daño y algunos se han apresurado a responsabilizar al ser humano. Puestos a desfasar, lo suyo es echarle la culpa al cambio climático antropogénico. En efecto, algunos famosos como el actor Danny Glover ya han declarado que el calentamiento está detrás de la catástrofe de Haití. Según el actor de Arma Letal "cuando vemos lo que hicimos en la cumbre de Copenhague, esta es la respuesta, esto es lo que pasa". Ante afirmaciones como ésta, uno duda si esta gente ha perdido el juicio o si se trata de una versión macabra de los exagerados fotomontajes de Greenpeace sobre los efectos del cambio climático en España.

En el fondo, lo que ocurre es que el suceso de Haití no encaja en la visión que el movimiento radical ecologista lleva décadas vendiendo a toda la sociedad y eso les pone de los nervios. Por mucho que se empeñen en meter el eslogan hasta en la sopa, la naturaleza no es ese idílico marco armonioso que la actividad humana no hace sino desestabilizar. En esta y en otras muchas ocasiones podemos comprobar hasta qué punto la naturaleza es devastadora. En realidad, si no fuera por la acción cooperativa del ser humano para aminorar los efectos de los fenómenos naturales sobre el hombre, los habitantes del planeta serían muy pocos y estarían siempre luchando por la subsistencia. La muerte sorprendería a los hombres en múltiples circunstancias que hoy consideramos seguras y tanto la esperanza como las condiciones de vida serían muy reducidas.

En el futuro la naturaleza seguirá deparándonos sucesos de una extraordinaria fuerza cuyas consecuencias pueden resultar brutales para nuestra especie. Ante esta realidad, lo máximo que podemos hacer es defendernos y asegurarnos contra sus efectos dañinos. Para lograrlo tenemos que enriquecernos y ser capaces de desarrollar las instituciones con las que luchar contra las consecuencias de esos duros fenómenos naturales. En Japón, por ejemplo, la ocurrencia de terremotos de una escala similar a la del de Haití es algo relativamente frecuente. Sin embargo, los efectos sobre los seres humanos son enormemente inferiores gracias a que el progreso económico ha permitido a los japoneses levantar construcciones a prueba de la mayoría de los movimientos sísmicos que se dan en la zona. Además, el desarrollo de los mercados actuariales en el país asiático permite a los supervivientes reponer en poco tiempo los bienes destruidos.

Los ecologistas proponen restringir las actividades de mercado porque las responsabilizan de la pérdida de un paraíso que nunca ha existido. En realidad, es precisamente la acción de los seres humanos en el marco del libre mercado lo que nos puede permitir generar la riqueza, el capital y la energía barata con los que afrontar los embates de la naturaleza minimizando el sufrimiento y las pérdidas que provocan.

Democracia en Chile

La concertación ha funcionado bien, y en cuatro elecciones ha logrado alejar de la primera magistratura a la derecha de Chile, una parte de la cual se siente identificada con Augusto Pinochet. No es posible dar por bueno todo lo que se ha hecho en política económica en estas dos décadas en el poder, pero si bien han reformado el modelo económico que recibieron de la dictadura, no lo han sustituido por otro distinto. Gracias a ello, Chile ha logrado un crecimiento económico muy notable, ha luchado eficazmente contra la pobreza y es, hoy, una economía desarrollada. La primera de América del Sur. Es fácil resumir las razones: en el informe de 1975 de Libertad Económica en el Mundo de los institutos Cato y Fraser ocupaba el puesto 71 de los 72 países estudiados, y en el último informe es ya la quinta economía más libre del mundo.

Bien por la clase política chilena. Ha sabido instaurar una democracia después de una dictadura brutal, ha sabido mirar hacia delante más que hacia atrás, sin mirar por ello a otro lado frente a los crímenes del régimen de Pinochet. Y de éste ha tirado lo que se merecía estar en la basura de la historia sin hacer lo mismo con el modelo económico.

Ahora puede ganar la derecha sin que pase absolutamente nada. Los cronistas dicen que no se vive un ambiente de tensión, más allá de las esperanzas llamadas a cumplirse o quebrarse según quién sea el candidato de cada uno. Sebastián Piñera no presenta una alternativa institucional, sino meramente política. Y Chile no puede permitirse una victoria permanente de la Concertación sin degradar la propia democracia. Una victoria de Piñera implicaría que el país seguiría unas políticas y no otras, pero no sólo no pondría en riesgo la democracia, sino que le otorgaría la oportunidad de consolidarse y cerrar una larga transición desde la dictadura.

Zapatero a expiar sus (muchas) culpas

Por ejemplo lo de poner al presidente a rezar en una asamblea de confesiones cristianas, cosa que aquí deberíamos hacer mensualmente con Zapatero a ver si algún día hacemos de él un hombre de provecho. 

La circunstancia de que nuestro presidente del Gobierno diga que es laico sin saber qué significa (como tantas cosas) no es impedimento para que participe en acontecimientos penitenciales como el que va a tener lugar el mes próximo en Washington. Al contrario, Zapatero lo necesita más que muchos de los que van a acudir al ritual como es público y notorio. 

Nuestro problema es que la Iglesia española tiene un nivel tan lamentable por mundano, que si Zapatero acudiera a una liturgia moderna se encontraría con obispos y curas mucho más laicos que él, si es que ello fuera posible. Sólo hay que recordar los espectáculos de la parroquia roja de Vallecas, con Bono y Zerolo comiendo rosquillas y abrevando calimocho en comunión con otros marxistas y ateos (comenzando por los concelebrantes) para desechar una idea que no cumpliría su objetivo.

No obstante para eso están los EEUU, donde presidentes tan laicos como ZP no tienen inconveniente en rezar sincera y públicamente por la nación y sus ciudadanos. Esta visita de Zapatero para participar también en la oración comunitaria va a ser, probablemente, lo único provechoso de su presidencia europea semestral. Igual cae al suelo lanzando espumarajos y algún cura católico presente consigue expulsar los demonios que atormentan su alma. Vade Retro.

Google, China y la libertad

Desde hace varios años una media de cincuenta "ciberdisidentes" sufre penas de prisión en el gigante asiático y los dirigentes comunistas inventan mil maneras de impedir que los súbditos (quien está sometido a un sistema como el del PCCh no puede ser considerado en rigor un ciudadano) accedan a una gran cantidad de contenidos a través del ciberespacio.

El debate fue especialmente encendido hace años, a raíz de la detención de un "ciberdisidente " con la colaboración de Yahoo. Y ahora ha vuelto a abrirse por un motivo radicalmente opuesto. Si entonces un gigante de internet colaboró de manera vergonzosa e injustificable con la dictadura, ahora otro muestra una actitud que honra a sus responsables. Es cierto que debería haberla tenido mucho antes. Hace cuatro años Google accedió a plegarse a las exigencias del Partido Comunista que rige los destinos del país más poblado del mundo, algo que le valió numerosas críticas por algo que desde este mismo espacio consideramos que hacía de esta compañía víctima y cómplice de manera simultánea.

Es cierto que el comportamiento de este periodo por parte de Google ha sido al menos más digno que el que caracterizó a su rival cuando se convirtió en colaborador de la dictadura. Se limitó a censurar tal como le exigía el régimen, pero no fue cómplice de la represión contra ninguna persona. Y, tal vez por eso mismo, su servicio de correo electrónico ha sido víctima de ataques cuya responsabilidad niega el Gobierno de Pekín dando unas excusas difíciles de creer.

La respuesta del régimen comunista, negando su más que posible responsabilidad y "llamando al orden" a Google sin citarlo, demuestra que a los gobernantes chinos les preocupa que este gigante online deje el país asiático. Preocupación comprensible si se tiene en cuenta que el ejemplo podría cundir y terminaran marchándose otros como Yahoo o MSN. Los dirigentes de la dictadura entienden que un gran desarrollo de internet en el país tiene grandes ventajas económicas. Por eso mantienen una política represiva más suave que la cubana o la norcoreana. Y por eso también les asusta tanto la reacción de Google.

Ahora le toca mover ficha a la compañía estadounidense. La mejor opción sería cerrar la versión china del buscador pero dejar libre acceso (actuando desde el exterior) a los ciudadanos del país asiático a sus otros servicios, como el correo electrónico, el chat GTalk o Google Wave. Así, privaría a la dictadura de los beneficios de su presencia en territorio controlado por ella pero seguiría prestando una gran ayuda a aquellas personas que buscan comunicarse con un menor control del régimen. Con independencia de que pueda molestar a algunos, algo así ayudaría más a la libertad en China que cientos de campañas por parte de miles de activistas de todo el mundo.

La redistribución, una forma de esclavitud

Decir que la redistribución es una forma de esclavitud no es ninguna hipérbole. Confiscar los ingresos de Juan producto de diez horas semanales de trabajo equivale a confiscarle "diez horas" de trabajo o, en otras palabras, forzarle a trabajar diez horas a la semana en beneficio de otro. Como atinadamente advierte Robert Nozick en su libro Anarquía, Estado y Utopía, incluso quienes aceptan la imposición de tributos se oponen a que el Estado obligue a trabajar a un hippie desempleado. De igual modo se opondrían a que el Estado obligara a todos los ciudadanos a trabajar diez horas extras a la semana para beneficio de terceros. Pero confiscar las ganancias de diez horas de trabajo les parece aceptable.

¿Acaso no hay diferencia entre ofrecer a la persona una gama de alternativas (como sucede en el caso de los impuestos) y obligarla a realizar un trabajo específico (como ocurre con la esclavitud clásica)? En realidad no es una diferencia de categoría sino de grado. Podemos imaginar, siguiendo a Nozick, una gradación de sistemas de trabajo forzoso: uno que obliga a realizar una actividad concreta, uno que permite escoger entre dos actividades, etc.

Los estatistas a menudo ven los impuestos como un tributo proporcional sobre todas las actividades que están por encima de aquellas necesarias para sobrevivir. Una vez cubiertas las necesidades básicas con ingresos exentos de impuestos, nadie nos obliga a trabajar más para gozar de bienes y servicios adicionales. Es muy curioso que este argumento a veces proceda de los mismos socialistas que afirman que una persona se ve "forzada a trabajar" cuando sus alternativas son peores (algo que siempre achacan al capitalismo). Nozick replica que ambas visiones son incorrectas: desde el momento en que se utiliza la fuerza para limitar las alternativas (en este caso imponiendo la disyuntiva de pagar impuestos o vivir en modo de subsistencia), el sistema impositivo es una forma de esclavitud y se distingue de aquellos escenarios en los que las alternativas no han sido limitadas por la fuerza.

La tradicional defensa de los impuestos introduce otras paradojas. Las personas que anhelan bienes materiales y tienen que trabajar extra para obtenerlos están sujetos a impuestos ("extra" respecto a lo que deberían trabajar para cubrir sus necesidades básicas), mientras que aquellas que tienen placeres que no requieren trabajo extra no son forzadas a trabajar para pagar el mismo tributo. Si quieres ir al cine, debes ganar dinero para pagar la entrada y pagar impuestos. Si prefieres ver una puesta de sol o estar tumbado en el sillón no hace falta que produzcas nada para ganar más dinero ni que pagues ningún impuesto. En todo caso, dice Nozick, uno esperaría lo contrario: "¿Por qué se le permite a la persona con el deseo no material o no consumista proceder sin obstáculos hacia su alternativa posible favorita, mientras que el hombre cuyos placeres o deseos suponen cosas materiales y que debe trabajar por dinero extra (sirviendo, por ello, a quienquiera que considere que sus actividades son suficientemente valiosas para pagarle) se le restringe lo que puede realizar?"

La equiparación de los impuestos o la redistribución a la esclavitud o a los trabajos forzosos dejará indiferente a aquellos que ya les parezca bien la esclavitud para beneficiar a según qué grupos. Pero sin duda incomodará a los intervencionistas menos honestos, cuyas ínfulas de superioridad moral no les deja admitir que su Estado del Bienestar es un sistema de trabajos forzosos.

El éxito de Chile

El pasado lunes, la presidenta de Chile, Michelle Bachelet, firmaba la entrada de Chile en la OCDE, el club de los países desarrollados. Era la escena que rubricaba el éxito de un país que ha pasado de 1.300 a más de 15.000 dólares de renta per cápita. Más allá de eso, Chile es un país que ha dado, con sus fallos y reformas pendientes, con una fórmula de éxito. El “modelo chileno” ha llevado la prosperidad a sus ciudadanos y es lo suficientemente estable como para ofrecer una gran seguridad. Y ello en un continente fracasado prácticamente en toda su extensión. ¿Cuáles son las claves del éxito, cuál el significado del mismo?

Chile encarna el fracaso del socialismo y el éxito de la libertad. No de forma sincrónica, como las dos Coreas, sino diacrónica, con el desastre impuesto por Allende con grandes dosis de socialismo, seguido de la decisión de salvar económicamente al país. Recordemos que la dictadura comenzó por hacer en economía la correspondencia exacta de su política; el socialismo por otros medios. Sólo cuando el país, y con él el propio régimen, se vio en peligro, el Gobierno recaló en los técnicos. Con la suerte que éstos eran un grupo de jóvenes que venían de la Universidad de Chicago con muchas ideas y una sola: liberalizar la economía de su país.

En 1975 cambia, pues, el rumbo de la política económica. Levantan los controles de precios y la tasa de interés, recortan el gasto público y eliminan el déficit, introducen el IVA y liberalizan parcialmente el comercio internacional. En una segunda fase, introducen varias reformas estructurales. Siguiendo las ideas de Chicago, dotan al Banco Central de independencia. Reducen el número de empresas públicas de 300 a 24. Eliminan y reforman muchas regulaciones y llevan el factor trabajo al mercado. En 2003 se hizo una apuesta decidida por la apertura comercial, con un arancel plano del 6 por ciento para todos los países y todos los productos, que se ha ido reduciendo según los 20 acuerdos comerciales con 56 países que ha firmado.

La gran reforma chilena es la de las pensiones. Ha cambiado un impuesto sobre el trabajo por una cuenta de ahorro que acumula capital, el principal factor de desarrollo junto con la división del trabajo. El primer sistema, que es el más extendido, desincentiva el trabajo y favorece el consumo. El modelo chileno de pensiones, exportado a otros países de la zona, libera al trabajo de esa carga, favorece el ahorro y el crecimiento, y convierte a los trabajadores en capitalistas, lo que les permite beneficiarse plenamente de los beneficios de una sociedad libre. Por si ello no fuera poco, esta acumulación de capital ha empujado la liberalización del mercado financiero.

Resulta incómodo hablar del éxito de Chile, porque el modelo se comenzó a forjar bajo una feroz dictadura. Pero desde que Augusto Pinochet aceptó el referéndum sobre su continuidad que él mismo había convocado y Chile ha abrazado la democracia, los partidos no han cambiado el modelo; sólo lo han perfeccionado o degradado, pero sin sustituirlo. El resultado de la primera vuelta de las elecciones, en las que el representante de la izquierda antisistema ha obtenido sólo un 20 por ciento de los votos, demuestra que el pueblo chileno no quiere variar el rumbo. Es evidente que no lo necesita.

El desastroso parto de la conjunción planetaria

Desde el Parlamento a la Comisión, pocos se libran de sentir una adoración casi sacra por ese conato de Estado mundial en el que algunos se empeñan en convertir lo que comenzó siendo una simple unión aduanera: la Unión Europea. Pero al lado de Zapatero, todos esos políticos de casta, todas esas hornadas de tecnócratas más centrados en el krátos que en el tecnos, parecen corderitos ultraliberales.

Ha tenido que llegar nuestro presidente del Gobierno para remover las tranquilas aguas de unos funcionarios que sólo aspiraban a pastar en los presupuestos comunitarios a cambio de aplastar a los europeos con voluminosas regulaciones que por supuesto ni se llegan a leer. En apenas unos días desde la presidencia de turno, Zapatero ya ha lanzado dos ocurrencias a cada cual más absurda. Tan disparatas son que incluso las gargantas profundas de la Unión Europa están teniendo problemas de digestión.

La primera fue extender el quebrado modelo español de energías renovables y de economía falsamente sostenible al resto de nuestros socios comunitarios, so pena de ser sancionados por ese egregio líder político cuyo país carga con una tasa de paro del 20% y un déficit público anual de más de 100.000 millones de euros. Magníficos referentes con los que ponerse a impartir lecciones y a sancionar a aquellos que se salgan del guión por él marcado, esto es, a aquellos que empiecen a crecer, crear riqueza y reducir el paro.

No es de extrañar que la prensa europea lo recibiera con una mezcla entre mofa, desprecio y compasión. Hasta la fecha, no conocemos casos exitosos de pordioseros administrando las finanzas de multimillonarios. Tal vez por eso, dentro del PSOE no se aclaran a elegir entre el capirote o la camisa de fuerza; entre el ridículo de la ignorante arrogancia o la enajenación mental transitoria a lo Napoleón.

La segunda boutade presidencial parece ser fruto de esa mística conjunción planetaria que en su día ya nos pronosticara Leire de Nostradamus. A Obama se le ha ocurrido que los bancos rescatados con el dinero de los contribuyentes deben financiar sus manirrotos proyectos faraónicos. No está mal: primero se roba a los estadounidenses para salvar indiscriminadamente a todo banco que se les cruzara por en medio (incluso a aquellos que no querían ser rescatados) y luego la víctima a la que tienen que indemnizar los bancos no son esos contribuyentes asfixiados por deudas e impuestos, sino a un manirroto Obama que no para de gastar el dinero de esos mismos contribuyentes.

Por cierto, Obama miente. Sería largo de explicar, pero las pérdidas que atribuye al Tesoro por más de cien mil millones de dólares todavía son provisionales. Imagine que usted adquiere un paquete de acciones de Telefónica a 15 euros y el precio cae a 10. Puede concluir que ha perdido dinero, pero esas pérdidas sólo serán definitivas si vende esas acciones antes de que vuelvan a 15.

Las pérdidas que alega Obama están calculadas sobre la depreciación de las acciones (mejor dicho, de los warrants) de los bancos acumuladas a mediados de 2009 que están en propiedad del Tesoro. Desde entonces, muchas de ellas ya se han revalorado alrededor de un 20% y si la economía sigue recuperándose, continuarán apreciándose.

Lo cual no quita para que al final, muy probablemente, se produzcan pérdidas, pero esas vendrán más bien por la incapacidad de ciertas empresas para repagar el dinero que el Tesoro les prestó. De momento, los bancos más solventes ya devolvieron unos 150.000 millones de dólares a mediados del año pasado. Ahora mismo, los peores y más arriesgados deudores son empresas que nunca, bajo ningún concepto, debieron ser rescatadas, como General Motors o los gubernamentales gigantes hipotecarios Freddie Mac y Fannie Mae. Pero, ¡ah!, estas empresas que a buen seguro arrojarán milmillonarias pérdidas para el Tesoro están exentas del nuevo impuesto que pretende crear Obama y, en cambio, otras que ya han pagado sus deudas, como Goldman Sachs o Morgan Stanley, no lo van a estar. Un disparate intervencionista cuyo objetivo es el de siempre: dotar de más poder a los políticos para repartir dádivas y comprar voluntades.

Zapatero, por supuesto, se ha entusiasmado con la idea. Todo cuanto sea crear nuevos impuestos cuenta con el espaldarazo socialista. Lo que no queda claro es qué sentido tiene darles centenares de miles de millones de euros a unos debilitados bancos y cajas para evitar que quiebren y, posteriormente, quitarles un pellizquito de esos fondos para maquillar el dispendio en el que incurren los políticos. En lugar de crear un nuevo impuesto, bien podrían reducir proporcionalmente los fondos que les van a entregar, haciendo innecesario el viaje de ida y vuelta.

Claro que entonces nuestros Estados se quedarían sin poder crear un nuevo impuesto que, con la excusa de recuperar el dinero prestado, grave a los bancos de manera permanente. El efecto trinquete: todo intervencionismo que avanza, no retrocede.

¡Qué fácil y transparente habría sido dejar a los bancos insolventes quebrar y a los solventes prosperar en lugar de repartir carretillas de millones, por un lado, e imponer nuevos tributos a justos y pecadores por otro! Pero cuanto más enfangado esté el asunto, más fácil les resulta meter mano. Qué bien se lo están pasando nuestros socialistas en estos momentos de crisis y desconcierto que ellos mismos contribuyen a agravar.

El gran crimen del Gobierno

Lo interesante de las manifestaciones de Corbacho no fueron sus datos, sino sus declaraciones. Afirmó que en tiempos de crisis la economía sumergida aumenta. Durante el año 2009, la Inspección de Trabajo hizo un 30% más de actuaciones que el año anterior, lo que representó para la administración una recaudación en multas de unos 1.000 millones de euros (un 12,5% más que en el año 2008).

Todos los políticos y gobiernos de Occidente han perdido el mundo de vista y se han olvidado del origen de su función. El papel que desarrollan todos es el mismo: el de arbitrario juez económico y civil. Han olvidado una de las bases del buen Gobierno. El Estado trabaja para gente. Cada individuo que compone la sociedad no ha de dar explicaciones de nada al Gobierno. Sólo el Gobierno ha de dar explicaciones de lo que hace. El S. XX y XXI se han convertido en la sumisión y esclavización del ciudadano al tirano, al Gobierno y a la administración. George Orwell estaría orgulloso de su novela 1984.

Si en épocas de crisis aumenta la economía sumergida no es por gusto, es por necesidad. Que la administración, en plena crisis, quiera aumentar su recaudación con más impuestos contra la sociedad, incrementar las multas y subir de forma arbitraria los costes del mercado es un crimen contra el hombre libre. El Estado se ha convertido en la Santa Inquisición del Medievo. A igual que la Iglesia de entonces, que dejó de servir a la gente para obligarla a adaptar su estilo de vida y creencias, todos los gobiernos occidentales han hecho lo mismo en los últimos cien años. Castigan al infiel por una promesa futura de un mundo mejor. Los resultados son el terror, la represión, el robo legalizado, la esclavitud y la persecución económica y social.

Las cosas claras. El hombre nace libre y tiene derecho a su vida, propiedad y libertad. La función del Gobierno es garantizar estos tres principios. Pero lejos de garantizarlos son sus peores enemigos. Si no pagamos una cuota de la hipoteca, la policía nos echa de casa sin reparos, pero si un tipo que no quiere trabajar se cuela en nuestra casa y no sale de ahí, es imposible que la justicia lo eche. Si un delincuente nos roba, no se pasará más de dos horas en la comisaría; pero si nos defendemos de su agresión, nos multan por uso excesivo de fuerza. Y si nuestra web no se adapta al pensamiento único del Estado, la ministra Sinde nos cierra la página.

¿Qué legitimidad tiene un Gobierno así? Ninguno. La tiranía, aunque se cambie de ropajes cada cuatro años, va contra los principios fundamentales del hombre. Aunque lo exija la ley, el principio del hombre libre siempre ha de ser mismo: no dar explicaciones al Estado por nada por ejercer su libertad de expresión, de elección o propiedad (siempre y cuando no sea un crimen, cosa que no hace falta ni decir). Los impuestos, las leyes del Estado del Bienestar, la persecución del Gobierno contra las empresas, empresarios y particulares, o la imposición ecológica y del "bien común" son un crimen contra el ciudadano. Son el gran crimen de lo que representa el Estado hoy día en Occidente.

Una madre que representa a Cuba

Gloria Amaya era, hasta su reciente fallecimiento, un símbolo vivo de la sociedad cubana. Esta mujer de avanzada edad (murió a los 81 años) y admirable valentía según el testimonio de quienes le conocían llegó a tener de forma simultánea a tres hijos en prisión por el mero hecho de oponerse al tirano. Dos de ellos, Ariel y Guido Sigler Amaya, siguen habitando las siniestras cárceles cubanas en las que otros hermanos, Fidel y Raúl Castro, encierran a quienes se niegan a pensar como ellos ordenan. El tercero, Miguel, vive en el exilio de Miami tras salir del presidio.

Gloria Amaya era una de esas admirables Damas de Blanco que, desde que sus hijos, maridos y otros familiares fueran detenidos durante la oleada represiva de 2003, se movilizan para pedir la libertad de esos y otros valientes que osan enfrentarse a la tiranía castrista. Sin embargo, era especial entre todas esas valerosas mujeres. Tan sólo ella era madre de tres presos políticos, un triste récord que le otorgaba un lugar muy especial entre quienes aspiran a ver una Cuba libre del castrismo. Y, con el dolor que esa triple condena imponía a una madre, marchaba junto a sus compañeras para pedir libertad. Pero, a diferencia de las demás, ella lo hacía en silla de ruedas a causa de la edad y una delicada salud.

Gloria Amaya representaba a todos esos cubanos que no se rinden ante la tiranía. Quienes la trataron han señalado que ella supo transmitir a sus hijos primero y a sus nietos después un ansia de libertad irrefrenable y la convicción de que merece la pena enfrentarse a los tiranos. El precio pagado por ella y los suyos por mantenerse firmes en esas convicciones fue, sigue siendo, muy alto. El objetivo de su noble lucha, el fin de la dictadura, es algo que ella no podrá ver pero, tal vez, sí lo hagan sus descendientes.

Gloria Amaya personificó la Cuba sufriente incluso en su velatorio. En un gesto de falsa humanidad, sabedora del precio que podría significarle en imagen exterior cualquier otra opción, la tiranía permitió que los hijos encarcelados fueran a rendir homenaje a la madre fallecida. Pero los retorcidos funcionarios del terror no les permitieron hacerlo con normalidad, condenándolos a la clandestinidad. Fue a altas horas de la madrugada cuando los vástagos pudieron despedirse de su progenitora. A Guido le llevaron a las 2:45 de la madrugada y le condujeron de vuelta a prisión a las 4:45. Las fotos nos muestran al preso político en un estado de salud realmente malo, delgado al extremo y en silla de ruedas.

Gloria Amaya fue, es, una madre que representa a Cuba. La progenitora de una familia dividida entre la cárcel y el exilio. Esta es la misma división que sufre la sociedad cubana, fracturada geográficamente entre quienes viven dentro de esa gigantesca prisión que es la isla y quienes marcharon al exterior para respirar más libertad o poder vivir dignamente. Gloria Amaya, descanse en paz.