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¿Deben subir los tipos de interés?

Desde hace ya varios meses es tema común de conversación en círculos políticos, periodísticos y económicos, el hecho de si los bancos centrales deberían subir o no los tipos de interés. Los defensores de la subida arguyen que la política de dinero barato que se ha venido siguiendo en los últimos años ha inundado de papel el mercado, y que por tanto, existen tensiones inflacionistas que conviene corregir cuanto antes. Por el contrario, los defensores de tipos de interés bajos afirman que una subida de tipos de interés dificultaría cualquier posible recuperación económica, y que, por lo tanto, lo mejor es dejarlos como están, hasta que se haya iniciado ésta y tenga un carácter firme.

En general, tanto los defensores de una postura como los de otra consideran los tipos de interés como una mera herramienta de política económica. No obstante suelen olvidar la función fundamental que tienen, y que no es otra sino la de retribuir a quien realiza un préstamo.

A la hora de comprar y vender bienes, compradores y vendedores realizan una transacción si previamente han llegado a un acuerdo sobre la contrapartida, que generalmente suele ser una contraprestación de carácter monetario. De igual forma, a la hora de prestar dinero, prestamista y el prestatario, realizarían la operación si previamente se han puesto de acuerdo en la contrapartida, que suele ser el pago de una cierta cantidad de dinero, es decir, el interés. Por lo tanto, al igual que el cruce de la oferta y la demanda de bienes y servicios se produce para una determinada cantidad y a un precio precio, el cruce de la oferta y demanda de dinero se establecería para un importe establecido a un tipo de interés.

Pero, sin embargo, esto no es así, ya que el mercado monetario tiene una peculiaridad y es el monopolio de emisión. Sólo los bancos centrales están autorizados a emitir moneda, y por lo tanto, como monopolio, son ellos quienes fijan la retribución que se va a percibir por dicho dinero. Esos tipos de interés fijados por los bancos centrales van a servir como referencia al resto de operaciones. Así, si los particulares decidiesen depositar su dinero en la banca comercial a un tipo de interés sensiblemente superior al que el banco central realiza sus operaciones, el banco comercial acudirá para financiar sus operaciones al banco central. Por lo tanto, la oferta y la demanda de dinero pasan a no ser factores prioritarios a la hora de fijar los tipos de interés.

Si los tipos de interés se fijasen por el libre cruce de la oferta y la demanda, ahorro e inversión se igualarían. Sin embargo, no sucede así en la realidad, y estos tipos pueden estar fijados en unos importes superiores o inferiores a los que se realizarían las operaciones en un mercado libre. La consecuencia de esto es que el ahorro y la inversión no tienen por qué ser iguales. Así, si los tipos de interés resultasen más bajos de lo que se registrasen en el mercado libre, las empresas e inversores notarían como sus costes de financiación disminuirían. Ello les llevaría a acometer inversiones con muy baja rentabilidad, que no habrían llevado a cabo si los tipos de interés se hubiesen fijado libremente. Por lo tanto se produciría un exceso de inversión que acabaría muy probablemente estallando en forma de burbujas, tal y como ha sucedido en los últimos años. Por el contrario, si los tipos de interés fuesen superiores a los del mercado libre, muchas empresas tendrían unos costes de financiación elevados, y habría inversores que decidirían no acometer proyectos de inversión, ralentizándose la creación y expansión de las empresas.

Adicionalmente si las bajadas artificiales de interés conducen a un aumento de las inversiones, también trae consigo una disminución del ahorro ya que la contraprestación no sería lo suficientemente atractiva. Si se hubiese producido una subida artificial, conjuntamente con una bajada de la inversión habría un aumento del ahorro.

Es por ello por lo que no es aconsejable fijar los tipos de interés simplemente acudiendo a razones políticas de orden macroeconómica, ya que cuando más alejados estén los valores que se establezcan de los que se hubiesen acordado en un mercado libre, mayores perjuicios ocasionará la medida.

ZPombieland

Están en todas partes. Ocupan la administración, los sindicatos, las empresas públicas, el Congreso, el Senado, los organismos autonómicos y municipales… Son mayoría en sectores subvencionados como el cine, el teatro, los medios de comunicación. Y cada vez son más.

Viven de nuestro trabajo, quieren nuestro dinero, pues son incapaces de vivir en un mundo libre de oferta y demanda, y prosperan parasitando nuestras actividades con leyes absurdas, con impuestos abusivos, disfrutando de unas prebendas únicas, de unos sueldos escandalosos, de unas dietas opíparas. Se reproducen en listas cerradas dentro de unos entes opacos llamados partidos.

Bienvenidos a Zpombieland , la tierra de los Zpombies. Con el gran Zpombie de jefe de Gobierno rodeado de zpombies sin cerebro, sin escrúpulos, sin sentimientos humanos…estamos en una tierra de nadie, en una tierra que sólo pertenece al viento.

Pero no sólo quieren el fruto de nuestro esfuerzo. Los Zpombies también quieren dominar nuestras mentes con leyes educativas, imponiendo idiomas, controlando la información que recibimos para así garantizarse que seguiremos siendo sus servidores y nunca rechistaremos.

Quieren convertirnos en zpombies esclavos, transformarnos en progres semianalfabetos, acríticos, políticamente correctos . Preocupados por entelequias como el Cambio Climático, la Alianza de Civilizaciones o el sexismo en los juguetes… pobres zpombies dominados por ellos, los ZPombies con mayúsculas.

Pero podemos luchar contra la amenaza Zpombie.

Y esta Lista de Normas de Supervivencia puede ayudarte a no acabar convertido en uno de ellos…

  1. No te creas nada de lo que digan los medios de comunicación zpombies ( TVE; Grupo Prisa, La Secta…)
  2. No veas películas producidas con subvenciones Zpombies , es decir , no veas cine español, aunque quizá sea bueno en determinados casos pues su calidad es tan ínfima que produce anticuerpos
  3. Ten a mano La Acción Humana y reléela con asiduidad.
  4. Ponte en guardia cuando oigas las palabras "sostenible" y "solidario", pues tu cartera corre peligro
  5. Cómprales a tu hijo un balón de reglamento y a tu hija una barbie cuanto antes.
  6. Escucha a Federico por las mañanas.
  7. Cómete de vez en cuando una hamburguesa XXL con doble de patatas y Coca-cola Jumbo Size. ¡Al carajo con el colesterol y las recomendaciones de Sanidad!
  8. Vigila tu espalda. *
  9. Nunca pienses ni por un solo segundo, que los Zpombies hacen algo por el bien común. Nunca, jamás, pues podría hacerte dudar y ahí empieza la transformación.
  10. Disfruta de las pequeñas cosas.

Y si esta lista no es suficiente, hay más consejos útiles sobre cómo enfrentarse a los Zpombies en la web del NRA …y por supuesto bájate Zombieland

¡Suerte en Zpombieland!

* Hermann Tertsch puede dar fe de la importancia de este punto

Mr. Bernanke: los responsables son ustedes

Eso es, al menos, lo que opina la mayoría de los encuestados por la Fundación de las Cajas de Ahorros de España, situando al líder popular por debajo de Zapatero en el grado de confianza para salir de la crisis. Es un resultado asombroso porque hasta hoy había un consenso general en que no existe nadie capaz de hacerlo peor que Zapatero. Hasta el último medio cargo de la más remota Casa del Pueblo sabe perfectamente que su presidente es una calamidad pública, así que o bien la encuesta se ha realizado en los pasillos de Ferraz o va a ser cierto que en España nadie dice la verdad cuando le preguntan sobre política.

Pero, ¿y si fuera cierto que la mayoría de los españoles confía menos en Rajoy que en Zapatero para acabar con la crisis? Entonces Arriola tendría un problema difícil de resolver, puesto que si la estrategia del PP para vencer a Zapatero en 2012 ha sido hasta ahora dejar que los problemas económicos acaben por hastiar a los votantes socialistas y resulta que ni siquiera así consigue Rajoy remontar el vuelo, ya nos contarán D. Pedro y D. Mariano en qué otros asuntos importantes tiene el PP margen para ofrecer una alternativa seria de Gobierno en que los electores puedan confiar.

En la defensa del derecho a la vida el PP pasa de perfil, limitándose a no sancionar a los altos cargos que acuden a las concentraciones en contra de la nueva ley del aborto, al igual que ocurre con el separatismo catalán, muy del gusto del nuevo PP de cara a futuros pactos, con el derecho a utilizar la lengua común de los españoles en todos sus territorios o con la necesidad evidente satisfacer las necesidades hídricas del sur de España con el agua sobrante en el norte, donde también Rajoy anda mansurreando para no poner en evidencia a su secretaria general, firme partidaria de que el agua de los ríos sea propiedad exclusiva del Gobierno autonómico por cuyo territorio transcurre una parte del cauce.

Si el PP piensa dejar a Zapatero cocerse en su propio fracaso puede ocurrirle lo que a Aznar en el 93 con González. La diferencia es que hasta ese momento el antecesor de Rajoy sólo había perdido unas elecciones generales y él ya lleva dos fracasos consecutivos. Uno más sería excesivo hasta para el PP, pero vaya usted a saber si eso está también previsto en los planes de Arriola. "Rajoy 2020", como las olimpiadas de Gallardón.

Una encuesta para Arriola

Se puede formular de esta manera: "a medida que una discusión en internet se alarga, la probabilidad de que aparezca una comparación en la que se mencione a Hitler o a los nazis tiende al 100%". En cualquier caso, aunque sea inevitable que en muchas ocasiones las discusiones terminen por estos derroteros, no estaría de más intentar dar los menos motivos posibles para que las cosas terminen así. Pero nada, que si quieres arroz: el Gobierno ha decidido que las webs de enlaces las cerrará la Sección Segunda de la Comisión de Propiedad Intelectual, es decir, la SS.

La red está que trina, y no es para menos. Los internautas han vivido en sus propias carnes la forma de legislar que tiene este Gobierno. Primero, se propone un texto que va en contra de los intereses, la moral o los derechos de un grupo más o menos extenso de españoles. Este texto incluye disposiciones auténticamente desvergonzadas, como pueda ser, por ejemplo, que las menores de 16 años puedan abortar sin permiso ni conocimiento de sus padres. El alboroto subsiguiente se centra mucho en esos apartados, porque son los que más pueden movilizar a los contrarios a la ley e incluso a algunos tibios. Finalmente, en algún punto del debate, el PSOE se echa para atrás retirando parte de esos puntos tan escandalosos, pasando a argumentar que habiéndolos quitado ya no hay razones para oponerse. Y muchos se lo creen, claro.

Así ha pasado con esta ley. Los internautas han centrado sus protestas en que el cierre afectaba a derechos fundamentales, así que tenía que ser un juez quien así lo dictara y debía ser regulado en su propia ley orgánica y con un debate amplio y, a ser posible, consenso. El Gobierno dio a entender el viernes que así sería y que, por tanto, las protestas ya sólo podrían deberse a que se estaba "mal informado" –concepto muy empleado por el PSOE para englobar a quienes se ponen a sus iniciativas– o que simplemente querían bajarse cine y música gratis y se opondrían a cualquier cosa que pusiera eso en peligro.

La jugada es buena, pero no han conseguido que ni siquiera los más entusiastas del Gobierno en todos los demás ámbitos, incluyendo la gestión de la crisis, que alguno hay, se hayan tragado el anzuelo. Primero, porque el texto sigue en el anteproyecto de Ley de Economía Sostenible, que ya me dirán ustedes qué hace ahí salvo porque lo haya metido de capón el lobby de Teddy Bautista y sus mariachis, impidiendo un debate aislado y diferenciado. El Gobierno pretende así poder conseguir el apoyo de algunos nacionalistas para la medida a cambio de alguna gabela presupuestaria, y seguramente lo consiga, algo que no podría lograr de estar tramitado aparte.

Por otro lado, la introducción de la figura de un juez es casi meramente cosmética. No del todo, cierto, pues podrá frenar, pongamos, un hipotético intento de la comisión de cerrar un diario digital porque tenga enlaces a redes P2P. Pero no será un magistrado quien decida qué sitios web vulneran los derechos de propiedad intelectual y deben ser cerrados. Eso lo hará una comisión dependiente del Ministerio de la Ceja en la que estarán incluidos miembros de las entidades de gestión; es decir, los titiriteros serán juez y parte. Y podrán equivocarse lo que quieran, pues los posibles perjuicios que provoquen sus decisiones los pagará el Estado. Es decir, que si a usted le roban, quien tiene que restituirle es su seguro, si lo tiene contratado, o el ladrón, si lo pillan y tiene con qué. Sin embargo, si los artistas deciden sentirse perjudicados por una web y la cierran injustamente, quien les representará en los tribunales será el Estado y quien pague las consecuencias si los jueces dan la razón al pobre ciudadano al que violan sus derechos no será la SGAE sino los contribuyentes.

En definitiva, el texto de la ley Sinde es un intento de conseguir que la SGAE y sus acólitos puedan cerrar webs como medida cautelar con todo el peso del Estado. ¿Y por qué? Porque, cada vez más, los jueces estaban viendo estos sitios de internet como meros intermediarios que no cometían delito alguno, y por tanto se negaban a cerrarlos, en algún caso condenando a la SGAE por mala fe procesal al pedirlo. Es lo que tiene disfrutar de un Gobierno a tu servicio, plenamente dispuesto. Si no tienes la razón, te da la fuerza para imponerte de todos modos.

El Gobierno crea la SS

Pero en este caso, no me estoy refiriendo al latrocinio de la subida fiscal sino al despilfarro de recursos que supone y supondrá el rescate público del sistema financiero español.

Si un sólido sistema democrático como el de Estados Unidos no ha logrado evitar el despilfarro de miles de millones de dólares para rescatar por la puerta de atrás a grandes bancos de Wall Street a través de la aseguradora AIG, qué no pasará en un país como España, en el que la cultura del pelotazo, lejos de desaparecer, está aún plenamente vigente, sobre todo, en el sector público.

El actual secretario del Tesoro de Estados Unidos, Tim Geithner, está en el punto de mira tras haber ocultado a la opinión pública un gran rescate bancario sin el consentimiento del Congreso cuando presidía la Reserva Federal de Nueva York. Haciendo uso de prácticas propias de la mafia, Geithner ordenó a AIG tapar el asunto pero, por suerte, un congresista levantó la liebre gracias al apoyo de algunos medios de comunicación.

El escándalo, pese a que ahora está siendo investigado, pone de relieve la facilidad y el descaro con el que los organismos públicos despilfarran el dinero de los contribuyentes –en este caso, un mínimo de 13.000 millones de dólares– en beneficio propio, sin importar las consecuencias.

El Gobierno español ya ha puesto encima de la mesa un fondo de rescate (FROB) por valor de 90.000 millones de euros, que equivale al 9% del PIB nacional. Este inmenso dineral será gestionado por el Banco de España y el Ministerio de Economía. El manguerazo de billetes comenzará en breve y, sin duda, supondrá un caldo de cultivo idóneo para el ejercicio de la corrupción política y financiera al más alto nivel. Numerosas entidades serán salvadas con nuestro dinero sin importar la ineficiente gestión llevada a cabo por sus directivos –en su mayoría ex políticos en el caso de las cajas de ahorros– ni calibrar si realmente merece la pena o no acudir al rescate.

Por el momento, la intervención de Caja Castilla-La Mancha (CCM), la primera del Banco de España, se está saldando sin consecuencias penales de ningún tipo. Y eso que la entidad vulneró la ley al conceder créditos por valor de casi 1.000 millones de euros al entorno de sus directivos, aparte de dejar un agujero milmillonario en su balance.

Asimismo, la fusión de Caja España y Caja Duero supondrá, como mínimo, 562 millones de euros para las arcas públicas. Pero lejos de arrugarse, ambas entidades han acordado duplicar los componentes de la nueva Asamblea General (34 personas) para asegurarse que todos los directivos mantendrán su sillón tras la integración.

¿Alguna reacción política al respecto? Ninguna. Los grandes partidos aplauden al unísono y con fervor la dilapidación de nuestros escasos recursos con tal de mantener inamovible el statu quo que les garantiza una posición privilegiada y dominante como casta. Por desgracia, estos dos pequeños ejemplos de robo institucional se verán multiplicados conforme comience a funcionar el famoso FROB. El gran golpe está en marcha y las víctimas, una vez más, serán todos los contribuyentes.

El gran golpe

Como es sabido, la Fed dirigida por Alan Greenspan colocó durante dos años los tipos de interés en el 1%, con lo que provocó una expansión del crédito sólo parangonable a la que desembocó en la Gran Depresión de los años 30. Para Bernanke, miembro de la Junta de Gobernadores de la Fed desde 2002, este impulso crediticio estaba perfectamente justificado porque en 2001, y especialmente tras la burbuja de las puntocom y el mazazo que supuso el 11-S, la economía estadounidense atravesaba por una pequeña crisis, que sólo se empezó a remontar ya bien entrado 2003.

En otras palabras, dado que Greenspan y Bernanke no podían aceptar que las malas inversiones acumuladas durante el ciclo económico anterior se liquidaran, prefirieron inyectar un chute crediticio que trocara los necesarios reajustes por nuevos desajustes. Así, como haciendo caso a las recomendaciones de Paul Krugman, la Fed trató de sustituir la burbuja tecnológica por la burbuja inmobiliaria.

Bernanke, sin embargo, considera infundada la afirmación de que esa burbuja inmobiliaria fuera consecuencia de la política de la Fed de abaratar tanto como fuera posible el coste de los créditos. O sea, que Bernanke cree posible que el dinero barato estimule la cantidad de buenas inversiones necesarias para reanimar la economía pero ve complicado que las genere malas. Bien está, pues, que los tipos de interés dejen de desempeñar papel alguno en la coordinación intertemporal de los agentes económicos y pasen a convertirse en el juguete del burócrata de turno para inundar de maná nuestros hogares cuando lo considere pertinente.

Para el presidente de la Fed, hay cuatro argumentos que claramente demuestran que el banco central no fue el responsable, o al menos no el principal responsable, de la reciente burbuja inmobiliaria.

El primero sostiene que los precios de la vivienda venían subiendo de manera ininterrumpida desde 1990; de hecho, entre 1999 y 2005 lo hicieron casi todos los años por encima del 10%. ¿Es posible, se pregunta Bernanke, que la política monetaria que desarrolló la Fed entre 2002 y 2005 ocasionara ese brutal efecto acumulativo sobre los precios?

Bernanke parece ignorar, o querer ignorar, cómo surge y se desarrolla una burbuja. En general, una burbuja de precios no suele surgir aleatoriamente sobre cualquier activo, sino que se concentra en alguno que todos los inversores consideran que va a revalorizarse (porque sea relativamente escaso, por ejemplo). Es sobre esa subida original basada en razones fundamentales sobre la que se edifica una pirámide de naipes especulativa que termina desmoronándose tarde o temprano.

Por ejemplo, ¿era lógico que los precios de la vivienda despuntaran en España? Sí, porque teníamos la oferta limitada y tanto la población inmigrante como la de jóvenes en edad de emanciparse había crecido mucho. ¿Era lógico que crecieran tanto? No, pero ahí ya entró una demanda especulativa alimentada por el crédito barato. Pues lo mismo sucedía en Estados Unidos, donde los precios de la vivienda estaban condenados a subir desde comienzos de los 90.

Pero no estamos, o no deberíamos estar, discutiendo eso, sino sobre la razón de que se diera una burbuja en los mismos. Si en lugar de en los precios nos fijamos en otro indicador más relevante, la relación entre el precio de los pisos y el de los alquileres (también llamado "PER de la vivienda"), nos daremos cuenta de que esta ratio se mantuvo estable entre 1975 y 2000 en Estados Unidos: si otorgamos un valor 100 a la del año 2000, el valor más bajo fue el registrado en 1975: 90; y el más alto el de 1980: 105. ¿Qué sucedió con el PER a partir de 2001, justo cuando la Fed empezó a bajar tipos de manera alocada? Pues que pasó de 100 a 140. Ahí es nada: en apenas cinco años se infla más la burbuja que en 25. Pero la Fed no tuvo nada que ver en ello. Claro.

El segundo argumento que se saca Bernanke de la manga es un estudio econométrico que analiza precios de la vivienda en función de las condiciones macroeconómicas vigentes (PIB, consumo personal, inflación, desempleo, porcentaje de la construcción en el PIB y tipos de interés de la Fed). El modelo asume que la relación de los precios con todas estas variables es estable a lo largo de la historia, y por tanto que nos permite comparar el precio esperable de la vivienda según las regularidades históricas con el que realmente se dio. Los resultados de este estudio resultan bastante positivos para el banco central: aun con los tipos de interés en el 1%, no cabía esperar que los precios de la vivienda subieran tanto y por consiguiente que deben entrar otros factores en la explicación de la burbuja.

De entrada, no deja de ser llamativo que este estudio que exculpa a la Reserva Federal de su desastrosa política monetaria lleve el sello y esté financiado… por la Reserva Federal. Detalle que, convenientemente, Bernanke silencia en su discurso.

Sin embargo, lo grave, o lo más grave, no es esto, ya que hoy en día casi todos los economistas que realizan este tipo de estudios viven directa o indirectamente de los bancos centrales, sino la propia endeblez de los supuestos sobre los que se asienta el trabajo. Si el modelo econométrico empleado busca relaciones históricas estables entre los tipos de interés y el precio de la vivienda, ¿qué sentido tiene dar un valor esperado a los precios de la vivienda en función de unos tipos de interés que no se habían dado jamás en la historia? Mejor dicho: entiendo qué sentido tiene hacerlo desde un punto de vista matemático, en el que se supone que las relaciones funcionales entre dos variables son estables o cambian de una manera conocida, pero no desde un punto de vista económico, que debería tener presente que los tipos de interés se redujeron tanto como fue necesario para estimular una economía en recesión mediante la creación de una burbuja inmobiliaria. Si obviamos el hecho de que no todos los descensos de un punto en los tipos de interés estimulan tanto la demanda de endeudamiento y que la Fed colocó las tasas a unos niveles que le permitiera crear un boom crediticio artificial (fueran éstas cuáles fueran), entonces el estudio econométrico deviene pura filfa.

La tercera línea de defensa de Bernanke tiene más sentido: de acuerdo con el presidente de la Fed, el banco central sólo es responsable de las reducciones en los tipos de interés, pero no de todo el deterioro de los estándares crediticios que se produjo en la última década, y que es responsable de buena parte de la burbuja.

Obviamente, la Fed no obligaba a los bancos a conceder hipotecas sin entrada, a referenciar los tipos de interés al Libor o a prestar dinero a gente insolvente. Pero Bernanke no explica toda la realidad. Las torpes decisiones de los bancos privados eran perfectamente racionales si la economía hubiese seguido creciendo, si los precios de la vivienda hubiesen seguido subiendo y si el desempleo se hubiese mantenido en niveles bajos; esto es, si el boom artificial generado por la política de dinero barato de la Fed no se hubiese interrumpido en 2005. Los impagos a partir de 2006 se disparan no tanto porque los deudores de los bancos fueran subprimes, sino porque cuando la economía se estanca, los deudores marginalmente menos solventes son siempre los primeros en ahogarse.

Por consiguiente, aun sin quitar responsabilidad a unas prácticas bancarias desnortadas por treinta años de ingeniería financiera (cuestión distinta es a qué se debe la explosión de esa ingeniería financiera, y aquí sí podríamos buscar grandes responsabilidades dentro de la Fed y en su abandono del patrón oro), no debe olvidarse el espejismo de bonanza que generó la Reserva Federal y que llevó a los bancos privados a creer que todo el monte era orégano, hasta el punto de olvidar que no hay que prestar a quien va a dejar de pagar tan pronto como le vengan mal dadas.  

Por último, Bernanke se refugia en una correlación por países entre la laxitud de la política monetaria y el incremento de los precios de la vivienda. En ella se aprecia que, aunque ambas variables están relacionadas, el caso de Estados Unidos no es especialmente sangrante, ya que hay países –como Nueva Zelanda– con una política monetaria más estricta en la que los precios subieron mucho más y otros –como Grecia–con una política bastante más laxa en la que subieron bastante menos.

Aparte del hecho nada desdeñable de que el indicador empleado para medir el grado de laxitud o rigidez de la política monetaria es del todo inapropiado (pues arrojan resultados como que los paradigmas de la ortodoxia monetaria son Japón, con un tipos del 0%, o Alemania, con tasas del 2%), Bernanke debería saber que los bancos centrales pueden, en cierta medida, expandir el crédito, pero no pueden controlar dónde va a dirigirse. Como ya hemos comentado, las burbujas se generan si existen condiciones objetivas en los activos para que los precios suban, y por ello el hecho de que no en todos los países donde los tipos de interés bajaran, se produjeran automáticamente alzas en los precios de los inmuebles sólo demuestra que esas economías ya estaban relativamente saturadas de viviendas, o que sus ciudadanos ya estaban endeudados hasta las cejas y eran incapaces de demandar más hipotecas.

Así mismo, ni cabía esperar que las bajadas de tipos de interés de la Fed en 2001 y 2002 relanzaran la burbuja tecnológica cuando ésta ya había estallado y se había revelado un fiasco, ni que los actuales tipos al 0% revigoricen la burbuja inmobiliaria que pinchó en 2007. Pero esto no significa que la Fed no impulsara con anterioridad ambas burbujas abaratando el endeudamiento y generando un boom artificial en la economía.

Ya ve, Míster Bernanke: si quiere mentirnos como nos mintió en 2005 cuando negó que existiese una burbuja inmobiliaria, deberá buscarse falacias mejores. Ya estamos muy escarmentados del juego politiquero que practican los bancos centrales, empezando por el suyo.

Sociedad subvencionada, injusta, pobre y dependiente

La sociedad actual se caracteriza por la búsqueda desesperada de subvenciones y ayudas públicas. Aunque esto es inherente a los estados modernos del bienestar, la situación se agrava notablemente en épocas de fuerte crisis económica como la actual. Sin embargo, una sociedad subvencionada es, por definición, una sociedad más pobre, menos próspera y más injusta.

Las subvenciones no dejan de ser transferencias unilaterales del Gobierno hacia particulares o hacia determinados sectores para alentar actividades económicas específicas (véase las ayudas al sector del automóvil, las subvenciones a los agricultores o las ayudas al cine español, entre otros).

El Gobierno extrae riqueza de quienes la han creado (eficientemente), y la reparten/redistribuyen entre aquellos particulares o grupos de presión que no son capaces de obtener ganancias en un mercado libre. De esta manera, las actividades subsidiadas por el Gobierno son aquellas que no podrían desarrollarse sin algún tipo de apoyo externo. Los gobiernos utilizan su legitimidad para poner el dinero de millones de ciudadanos en manos de intereses particulares, que buscan el favor y privilegio estatal para mejorar su cuenta de resultados porque no pueden satisfacer las preferencias de los consumidores en un mercado competitivo. Todo este proceso acaba desembocando en un tráfico de favores sin fin; lo que escuela de la Public Choice denomina logrolling. De esta manera se pervierte la democracia y el Estado de Derecho y la sociedad acaba siendo más injusta.

Además, la subvención no crea riqueza, sino que la destruye. Los subsidios se otorgan a particulares independientemente de la rentabilidad que tengan en el mercado. Los recursos no se asignarán eficientemente, ya que capital y mano de obra se trasladan a unas líneas de producción que en realidad no están siendo demandadas por la sociedad. Las ayudas públicas distorsionan los mercados porque se lleva a cabo una asignación de recursos distinta a la que se llevaría a cabo por los procesos de mercado mediante transacciones voluntarias. Las subvenciones incentivan a grupos a actuar como si la escasez no existiese, por lo que se resta eficacia y se maximiza la escasez. Lo cual desemboca en una sociedad menos próspera y más pobre.

También es una sociedad más dependiente y menos autónoma. Los individuos creen que el Estado debe tomar partido en las grandes cuestiones de nuestra vida, ya sea dándonos ayudas directas individuales, ya sea "salvando" a nuestro sector, o ya sea "garantizándonos" la cobertura de un amplio conjunto de necesidades como las pensiones, la asistencia sanitaria, la permanencia del puesto de trabajo, el pleno empleo perpetuo, la vivienda o el subsidio de paro, así como otros programas sociales de diversa naturaleza. Esto acaba generando una sociedad más infantil y menos autónoma, porque el parasitismo sustituye a la responsabilidad individual.

La ceguera de RTVE

Por el momento, el Gobierno no considera necesario que el ente público emita publicidad para su financiación, y ha encargado tan importante tarea a las televisiones privadas y los operadores de telecomunicaciones, que se unen en la misma a los ya acostumbrados contribuyentes.

Hombre, decir, como proclama una y otra vez RTVE, que la publicidad en la TV pública ha pasado a la historia es mucho decir. De la misma forma que este Gobierno ha tomado esta decisión ahora, la puede revocar con idéntica facilidad dentro de seis meses. Así pues, que nadie desdeñe volver a disfrutar de publicidad en RTVE. Es lo bueno que tiene vivir en sociedades democráticas avanzadas como la nuestra, que siempre el omnipotente Gobierno te puede dar una sorpresilla.

Pero asumamos que fuera así durante una temporadita. ¿Cuál será el efecto sobre RTVE? Para empezar, sus ingresos ya no dependen de ella misma y de la audiencia que pueda conseguir. Aunque este último indicador, la audiencia, le puede seguir guiando en sus decisiones "empresariales", lo cierto es que dicha audiencia no va a tener su reflejo monetario. Para las restantes teles, sí: a mayor audiencia presumiblemente consiguen más ingresos, y esto justifica la búsqueda de programas aceptables para su público.

Es más: como los ingresos de RTVE dependen de los de sus competidoras en audiencia, y los ingresos de éstas serán tanto mayores cuanta más audiencia consigan, parece que a RTVE le podría interesar minimizar el número de sus telespectadores.

Entonces, ¿cómo va a saber RTVE qué clase de programas incluir en su parrilla? El criterio seguido hasta ahora ya no le vale. En el fondo, al impedirse el acceso de RTVE al mercado publicitario, el efecto es que se la deja ciega. Ya no podrá ni sabrá adaptarse a lo que demande el mercado. Es un futuro ciertamente negro, como corresponde a la minusvalía que la decisión gubernamental le ha infligido.

En ausencia de criterios económicos, los criterios políticos son los únicos. Y no es que estos estuvieran ausentes hasta ahora de la gestión de RTVE, ni mucho menos. Pero en todo caso había una cierta disciplina impuesta por el objetivo de audiencia. Eliminado este objetivo, los criterios políticos son los únicos apoyos que le quedan a RTVE para su deambular futuro.

Me da la impresión de que la próxima Nochevieja, las campanadas ya no las veremos en RTVE. Al tiempo.

El descrédito

Se lo hacía ver una periodista al preguntarle cómo podía liderar la recuperación un país que dobla la media europea en paro. The Financial Times ha dicho que "una España torpe guiará a Europa".

El crédito internacional de nuestro Gobierno y el de España no ha dejado de caer. Zapatero tuvo una buena acogida en los medios foráneos, y en ocasiones le han prestado atenciones inmerecidas. Pero llevan años dándole una estopa que está sólo un cuerpo por detrás de la que recibe Berlusconi.

Desde que el Wall Street Journal le considerara un "presidente por accidente", le han caído a Zapatero tortas de todos lados. Le han llamado "populista", "provinciano", "sectario", le han puesto como un cobarde o un mentiroso, como un tramposo. Y ven en él un personaje ideologizado, que vive al margen de la realidad, y que ha pasado de ella con graves consecuencias para los españoles. Gracias a Zapatero, España es ahora "irrelevante".

No le doy a la prensa extranjera el crédito que le conceden habitualmente los medios y el público. Suele mirar a España con un desenfoque notable, especialmente en la cuestión nacional y la incidencia del terrorismo. Pero las críticas de la prensa de fuera al Gobierno y, por extensión, a nuestro país (le hemos elegido dos veces, al fin y al cabo) son importantes por dos razones.

Primero porque degradan la imagen exterior de nuestro país y, especialmente, de nuestra economía, que es donde nos las están dando (casi) todas. Y segundo, porque la prensa extranjera no está atada a los intereses políticos nacionales y por tanto resulta inmune ante la sucesión de consignas enlatadas en que consiste el discurso de Zapatero. Fuera se han dado cuenta de que es un hombre risible.

¿Qué democracia?

En la actualidad solo cuatro estados no se definen a sí mismos como democráticos: Ciudad del Vaticano, Arabia Saudita, Birmania y Brunei. Las percepciones que tenemos sobre nosotros mismos suelen encontrarse siempre algo distorsionadas pero seguro que a nadie le costaría demasiado esfuerzo encontrar un puñado de estados más que, de ninguna forma, podrían adecuarse a lo que convencionalmente entendemos como democracia. Tal es la fuerza legitimadora de esta forma de gobierno que son pocos los estados que no enmascaran su tiranía tras formalismos y fórmulas creativas como apellidar a la democracia y otras argucias. Es posible que los cuatros estados no democráticos sean –en este asunto que aquí nos atañe– los más honrados, pues difícilmente podamos encontrar un lugar en este planeta en el que se practique la democracia, aunque previamente deberíamos preguntarnos qué democracia.

Pensar en democracia es pensar en la Grecia Clásica, pero para eso deberíamos afinar un poco más pues poco tenían que ver las formas de gobierno de una polis a otra; y aún tomando como referente a Atenas deberíamos especificar si vamos a tomar como modelo la que se regía tras la reforma de Solón o la que alcanzó la grandeza de Pericles hasta su decadencia frente a los macedonios. Pero sin duda existen unos puntos en común que son los que hoy admira y quiere recuperar la corriente republicana. La concepción del hombre sobre la que se asentaba el gobierno del pueblo no era otra que la del zoon politikon, la del hombre que solo puede realizarse en tanto que es ciudadano y miembro de pleno derecho de la polis. Un concepto integrador y de igualdad… sólo entre quienes eran considerados ciudadanos, los hombres libres. Porque los demás habitantes de la polis –algo así como tres cuartos de su población formada por mujeres, esclavos y extranjeros– no eran considerados como tales. La virtud y la felicidad solo podían alcanzarse en el ámbito público y con el aplauso de la Asamblea mientras que quienes se dedicaban a cultivar su jardín eran tildados de traidores; no se concebía la autonomía, sólo la igualdad y la libertad dentro de la Polis. Y es que si los griegos ya lo pensaron todo antes que nosotros, también la eterna fricción entre democracia y libertad fue discutida por ellos con una vigencia que a veces puede resultar asombrosa aunque por desgracia nos haya llegado sesgada.

La misma carga peyorativa que todavía hoy tiene el término sofista no es más que aquella que le dieron los buenos ciudadanos a aquellos filósofos que osaron vivir de enseñar a otros como ganarse a la opinión pública poniendo en cuestión los cimientos del bien común; al igual que los cínicos y los epicúreos que fueron considerados bárbaros por buscar la felicidad más allá de la vida pública. La propia condena a muerte de Sócrates marca esta ruptura en el pensamiento griego y en su apología final se puede leer que "cuando realmente se quiere combatir por la justicia y si se quiere vivir algún tiempo, es absolutamente necesario confinarse en la vida privada y no abordar la vida pública". Y aún así, condenado por corromper a la juventud con sus enseñanzas, aceptó su destino legitimando el sometimiento absoluto del ciudadano a las leyes promulgadas por la Polis, última soberana de la vida de sus ciudadanos.

Pero la Historia se cobra sus venganzas y la democracia griega fue condenada al ostracismo –de la misma forma que lo eran sus políticos irresponsables– hasta bien entrado el siglo XVIII. La democracia adquirió entonces la acepción negativa que habían creado sus defensores: el pueblo –ahora masa informe– ya no era ciudadano virtuoso sino bárbaro manipulable; a diferencia de lo que ocurre hoy, tras la experiencia griega los gobiernos procuraron desvincularse de la idea democrática y buscar la legitimidad de su poder en otras esferas divinas o terrenales.

Superada esta idea de democracia absoluta su restitución solo llegó con la idea de representación y la idea de democracia como fórmula para elegir gobiernos antes que como forma de gobierno. La democracia como fin dejaba paso a la democracia como medio al mismo tiempo que Benjamin Constant trazaba la línea que diferenciaba la libertad de los antiguos a los de los modernos. No así para todos, pues la corriente del republicanismo que hoy guía a la izquierda –cuyo profeta podría considerarse Rousseau y su religión la revolución– retomará la idea de una democracia total y totalizadora en la que la Voluntad General es expresión única del conjunto de ciudadanos y debe anteponerse a ellos. Así, entronca con el ideal de democracia griega trasladándolo a la nueva realidad política que es el Estado-Nación en el que actualmente nos enmarcamos y en la que la tensión entre democracia y libertad continúa vigente como en aquél juicio popular en el que Sócrates fue condenado a muerte por enseñar a sus semejantes a buscar su propia verdad más allá de las fronteras de las estructuras de poder; en definitiva, a ser un poco más libres, a ser más hombres.