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Entre narcos y terroristas

Por el momento está dispuesto, como poco, a cambiar la Ley Orgánica del Poder Judicial para hacerlo. Y todo para crear un sistema rápido –del que tampoco sabemos lo suficiente como para estar seguros de que protege el derecho a la libertad de expresión– que lleve a la Audiencia Nacional a cualquiera que la futura comisión del Ministerio de Cultura considere que viola la propiedad intelectual con un sitio web.

Cierto es que, en principio, los planes que muchos se empeñan en atribuir a González-Sinde a pesar de que parezcan cosa del propio ZP eran mucho peores. Ahora al menos se pone a un juez, aunque por el momento no queda demasiado claro cuál será su función; eso se verá según se vayan presentando los cambios legislativos. Por el momento tan sólo nos queda claro que tener una web que alguien pueda considerar atentatoria contra los derechos de autor puede llevarle a uno al mismo sitio que a los narcos y terroristas: a la Audiencia Nacional.

Otra cosa ha quedado también clara. O Francisco Caamaño ha mentido para tratar de confundir o sus nulos conocimientos de la Constitución deberían costarle no sólo el puesto de ministro sino también el doctorado en Derecho y la plaza de profesor de esta materia. El titular de Justicia ha dicho literalmente que están en conflicto "por un lado el derecho de propiedad intelectual, que es un derecho fundamental, y por otro, los derechos fundamentales a la libertad de expresión y a la información".

Por mucho que buscamos, no encontramos que la propiedad intelectual entre los derechos fundamentales reconocidos en la Sección I del Capítulo II de la Constitución Española. Dudamos de que, puesto que no figura en ninguno de esos artículos (del 15 al 29), un profesor de Derecho Constitucional y ministro de Justicia como Caamaño pueda creerse lo que ha dicho. Si se lo cree, resultaría que estamos ante un perfecto incompetente.

Tal vez, no cabe descartar lo que decíamos al iniciar este artículo, pretendan reformar la Constitución para incluir la propiedad intelectual entre los derechos fundamentales. Con este Gobierno todo es posible. Incluso juzgar entre narcos y terrorista a los responsables de una simple página web.

El maestro Ciruela abre en Europa una escuela

La realidad no tiene para él ningún valor, de hecho no existe en lo que a él respecta, y si en algún caso los hechos contravienen sus predicciones con tozudez, su respuesta es persistir en el error con mayor terquedad. Un tipo cojonudo nuestro presidente.

De joven tuvo que ser absorbido por un vórtice cuántico que le alejó definitivamente del espacio-tiempo en el que se desarrollan los fenómenos físicos, de ahí que a sus cincuenta años siga creyendo sinceramente que sus deseos transforman la realidad y la de los que le rodean. Un tipo así dedicado a la venta ambulante es peligroso; como presidente del Gobierno es letal.

Cuando el proceso rotatorio anunció la llegada de Zapatero a la presidencia de la UE, los medios de comunicación extranjeros soltaron la gran carcajada, mayormente porque La Secta no emite para el resto del continente y, aunque lo hiciera, su audiencia sería previsiblemente igual de lamentable, así que la imagen que el presidente tiene fuera de nuestras fronteras es, a diferencia de España, completamente fidedigna. Ahora bien, después de este primer anuncio de Zapatero sobre lo que pretende hacer con Europa la risa se habrá convertido en un rictus de estupor mezclado con miedo a partes iguales. Este tío va a dejar Europa que no la va a conocer ni la progenitora B que la alumbró (por no seguir las recomendaciones del Gabinete de salud reproductiva). Y si a los ciudadanos europeos les gusta su actual forma de vida peor para ellos.

El problema de Zapatero es que su capacidad destructiva en Europa va a ser mucho más limitada que dentro nuestras fronteras, donde actúa con una patente de corso que nadie le ha expedido, porque también en democracia existe un Estado de Derecho que vincula a los gobernantes; a ellos en primer lugar. Otra cosa es que las instituciones garantes de la legalidad y la leal oposición miren para otro lado a la espera de heredar el país a beneficio de inventario, en cuyo caso no convalidan el delito sino que, sencillamente, se convierten en sus cómplices.

Zapatero es el gobernante que ha provocado en cualquier país la mayor devastación política, económica y social en el menor tiempo posible, lo que no le impide proponer una agenda al resto del continente por una década con sanciones a los que se salgan de sus recetas: envilecimiento de la política, subida de impuestos, derroche presupuestario, legislación contra la propiedad privada y la familia, idiotización de la infancia y la juventud a través del sistema educativo y creación de una casta de pesebristas que agiten las masas a su favor. Si no fuera porque la Unión Europea tiene un presidente permanente desde el pasado uno de diciembre y algunos primeros ministros sensatos, la llegada de Zapatero a la presidencia europea sería un nuevo Lepanto con el resultado invertido. En todo caso, está bien que la izquierda europea conozca de primera mano cómo se las gasta su referente más radical. Hala, a disfrutar el momento, que un semestre pasa volando.

El empresario y su hermano menor

La acción del empresario y la del directivo a menudo se entremezclan y confunden pero la función de cada uno de ellos es muy distinta, siendo lo óptimo que ambas se complementen mutuamente. A pesar de que hay excepciones verdaderamente geniales, un buen empresario no tiene por qué ser un buen directivo, ni viceversa.

El empresario, por lo general, es propietario de todas o de un paquete significativo de las acciones del negocio que pone en marcha. Por ello toma decisiones vitales de cómo emplear el capital de su industria y la cuantía de las inversiones a realizar. Su función consiste en recombinar cada escaso factor productivo del modo más eficiente y urgentemente deseado por los consumidores. Es el que toma los riesgos y trata de convertir los desequilibrios subjetivamente percibidos en beneficios. Si lo logra, crea riqueza de la escasez y logra armonizar lo que estaba descoordinado.

El empresario es el que tiene una premonición sobre la futura estructura de una parcela concreta del mercado, inadvertida por el sentir general, y trata de sacar partido de ello llevándola a la realidad. Es un soñador perspicaz y un calculador de rentabilidades pero sin policías ni ejército alguno que impongan por la fuerza su visión. Sólo el mercado confirmará finalmente si es o no un visionario lúcido de su idea precisa. Se beneficiará de sus aciertos con la obtención de beneficios y pagará sus yerros con pérdidas patrimoniales propias.

El directivo está ligado a la compañía por meras razones profesionales y su función consiste en ajustar con pericia la marcha de la misma a la situación cambiante del mercado. Sus atribuciones clásicas son las de saber reclutar y motivar el personal apropiado, organizarlo, darle las herramientas adecuadas y adjudicarle objetivos precisos, planificar el negocio y dirigir los procesos dentro de la empresa con sus correspondientes ajustes y controles. El gerente toma responsabilidades pero nunca debería sustituir al empresario, a menos que esté patrimonialmente vinculado a la sociedad. A veces, los dueños de grandes corporaciones abdican de su función de liderazgo empresarial y otorgan el poder real a su manager retribuyéndole por objetivos o bonus. Esto no hará sino incrementar la temeridad de este último ya que estará a las ganancias pero no a los quebrantos. Se producirá una disfunción. Tampoco se mitigará la carencia de una verdadera dirección empresarial con la entrega al ejecutivo de stocks options en aquellas compañías que cotizan en alguna Bolsa ya que sus decisiones estarán condicionadas a la cotización de la acción a corto plazo y no a la consolidación de su valor en el medio o largo alcance.

El directivo es un mandatario de los accionistas o de sus consejeros delegados. El mal gerente puede perder su puesto de trabajo pero no su patrimonio. Si es un buen profesional desempeñará con destreza sus talentos gerenciales y llevará a buen puerto las complejas tareas que le han sido encomendadas. Creará valor para la compañía y hará ganar dinero a los accionistas. Logrará ser, en palabras de P. Drucker, un ejecutivo eficaz.

El empresario trabaja por su cuenta, actúa por afán de lucro y tiene vocación de empleador. El directivo depende del primero y se mueve por una retribución. El primero lleva una idea a la práctica, es un creador de productos y mercados. El segundo implementa las ideas del primero mediante equipos. El primero crea e innova, el empleado gerencial organiza una plataforma para crecer y estructurar la empresa acorde con el plan económico del primero.

La función directiva se halla subordinada a la empresarial. Su actor viene a ser, como decía Mises, el "hermano menor del empresario". No por ello su función debe minusvalorarse. Es más, el empresario que no sabe contratar o encontrar el momento adecuado para "fichar" a un directivo suele limitar su compañía a unos pocos trabajadores. Puede ser un negocio rentable durante años pero al privarse de talento directivo estará atenuando el estado de alerta debido en su proyecto al dedicarse en exceso a labores directivas que no domina. Se puede producir una disfunción. Pese a lo duro que es delegar en un tercero la gestión del sueño empresarial de uno, a veces es imprescindible. El empresario debe estar consagrado a su función esencial y la ampliación de su empresa no debiera distraerle de la misma.

Los buenos directivos convierten meros negocios en compañías muy rentables que pueden llegar a crecer exponencialmente. Esos directivos son también un recurso escaso. A veces la oportunidad de negocio es tan grande que el empresario sagaz no dudará en contratar a un experimentado ejecutivo sin necesidad de pasar por la etapa de "aprender en el trabajo". Se importa directamente el conocimiento necesario en cada etapa de crecimiento de la sociedad. Si se acierta con la elección habrá compensado con creces su alto coste.

Para aquellos empresarios incapaces de hacerse con un buen ejecutivo o que se encuentren en un impasse generacional o imposibilitados para la gestión adecuada de su negocio en expansión, el propio mercado ha creado soluciones a estos escollos: existen empresas financieras de capital riesgo (private equity) que compran al empresario antiguo sus acciones y ponen al frente un directivo al que, además, se le ofrece un paquete accionarial de la sociedad. Este director puede venir de fuera (MBI, Management Buy In) o puede incluso venir de dentro de la compañía (MBO, Management Buy-Out), o la combinación de ambas fórmulas conocida como BIMBO (Buy In Management Buy-Out). Pese a que la función empresarial en estos casos es capitaneada por la firma financiera, apuestan también por convertir a sus directivos en co-empresarios de su aventura conjunta.

Sea como fuere, el éxito de una empresa –grande, mediana o aún pequeña– depende de la interacción fructífera de ambas figuras en su seno que permita cubrir bien las necesidades de los consumidores. Es entonces cuando una compañía, en un proceso de dinámica rivalidad, logra ser engranaje de mejora social al materializar una idea servicial. Un motor más del bendito proceso económico de cooperación social se habrá puesto en marcha.

Gobierno universal

La crisis económica y otras cuestiones son aprovechadas para actualizar el alegato kantiano a favor y en predicción de que la humanidad debería llegar a un gobierno mundial y que acabaría alcanzando tal fase. La crisis, causada por el sistema bancario y por los gobiernos, impugna en la opinión pública a las empresas y a la función empresarial globalizada.

Por otra parte, la población mundial crece y lo hace en sistemas económicos que les sostienen, mal que bien. Pero los gobiernos y las empresas hacen previsiones para que el futuro ofrezca bienestar a sus poblaciones. No nos engañemos al respecto porque, si bien las empresas en mercado libre proveen ese bienestar de manera más ágil y progresiva que los gobiernos, éstos basan su legitimidad en presentarse como pieza imprescindible para ello. Obstaculizan y regulan obsesivamente la vida de las empresas para garantizar la calidad que ellos dificultan y que las empresas podrían mejorar pero no pueden a causa de las propias regulaciones y ataques fiscales. Y parece que esa batalla acerca de la eficiencia, de momento, no la pierden los gobiernos aunque al mercado le reconozcan algunos méritos ciertos sectores sociales.

Y es que esas previsiones empresariales y políticas para el futuro conllevan un mayor número de interrelaciones. Las que hemos denominado como globalización económica de la pasada década fue una de ellas. Durante años pareció que la dinámica de los intercambios comerciales entre personas de cualquier parte del mundo, acompañadas con el boom de la conectividad superaba la lógica de los estados. No obstante, hoy la realidad se presenta diferente.

Los estados recogen, con la crisis que ellos mismos han inducido, un refuerzo de su poder. Tras el cúmulo de interrelaciones libres entre ciudadanos más o menos libres, se producen las interrelaciones concertadas entre estados. La energía, que nunca dejó de ser cuestión de estado, deja ver su papel central en las economías como eje del poder de éstos. La excusa del calentamiento global, mentira resultona mientras el clima global no entre en una inequívoca fase fría, es el discurso oficial que oculta las tensiones por el control de la energía y por la competencia entre economías nacionales, tanto cuando se avanza en las regulaciones como cuando se ralentiza su adopción. La reducción de gases contaminantes es un arma arrojadiza para los gobiernos europeos igual que para los de economías emergentes. Todo ello hace, ahora más que hace pocos años, que la economía sea economía política y ésta cada vez más identificable popularmente con la política económica.

Por tanto tenemos una crisis económica global en la que los gobiernos son la solución, una crisis ecológica global cuya supuesta amenaza guía las guerras industriales y el bienestar futuro dependiendo de la energía que sólo los estados garantizan. Y quien sepa ver la mentira de los dos primeros elementos, tendrá difícil perspectiva para lo último, verdadero incentivo para alcanzar acuerdos gubernamentales mundiales.

La dinámica de las economías estatales, en lugar de dar por superada a la política, la afianza, asienta la legitimidad de la función gubernamental porque ésta, en última instancia satisface el inmediatismo de los ciudadanos que solamente demanda bienes materiales y olvida los espirituales, prefiere de soluciones rápidas y subvenidas antes que la libertad individual. A cambio devuelven a sus gobiernos legitimidad y poder.

La Antirrevolución industrial

Pero aún así, fue esa sociedad española la que mayoritariamente aupó a esa pandilla de iletrados e incompetentes al Gobierno y por tanto –aun cuando algunos ni votáramos ni les votáramos– es esa mayoría social la que sí merece ser ridiculizada.

Entre otras cosas porque el descontento que se vive en nuestro país contra la gestión del PSOE es tan mayúscula que sólo llega a pasar el cepillo todos los meses para cobrar el subsidio de desempleo. Ejemplar resistencia cívica que obtiene los réditos que le son de justicia: endeudamiento, paro y un tejido productivo cada vez más esclerotizado.

Si ayer se certificaba la tan trágica como asumida realidad de que España se ha convertido en el paraíso europeo de la destrucción de empleo, hoy nos hemos desayunado con otra ronda de esa monserga rojiverde sobre la economía sostenible y los empleos verdes. Los sindicatos europeos, esos que en casa sirven de suicida inspiración para seguir engrosando las listas del INEM, reclaman a Zapatero que promocione desde la presidencia de la UE una transición hacia un modelo productivo basado en tecnologías "ecológicas y sostenibles".

Saben bien los sindicatos a quién se dirigen con sus panfletos. Pues lo que en la prensa londinense puede sonar a sarcasmo, aquí se escucha con devoción. Qué más querría Zapatero que detentar en Europa el poder suficiente como para hacerles caso. De momento, sin embargo, parece que su semestre de Virrey europeo se limitará a un impulso ideológico a favor del derroche energético, que no otro apelativo ha de recibir la producción de energía por medios carísimos.

Ya debería haber quedado suficientemente claro que subvencionar a las empresas para que sean ineficientes no genera riqueza y destruye empleo, por mucho que el ministro del ramo se empeñe en mentir. O al menos, los socialistas y los sindicatos, tan consternados ellos por la situación de millones de parados como para seguir machacándolos con su estiércol ideológico, deberían haber prestado más atención a la letra pequeña de las inversiones públicas en "energías verdes".

En España tenemos sobrada experiencia de cuáles son sus efectos. Incluso algunos hemos realizado algún estudio que arroja que los casi 30.000 millones de euros con los que se han forrado cuatro capitalistas más amantes del Estado que del mercado –¿o es que nos creemos que las empresas que producen energías renovables no tienen accionistas?– y se ha endeudado a las clases medias, han terminado por destruir más de 100.000 puestos de trabajo.

Rica (o paupérrima) experiencia que por lo visto sirve de base a nuestra izquierda para perseverar en el error, en su error. Lo llaman economía sostenible cuando la teoría y la práctica demuestran que no hay sistema económico menos sostenible que el que condena a las empresas a la bancarrota. Fíjense si no en cómo empiezan a malvivir nuestras compañías por obra y gracia de esta revolución en la sostenibilidad ecológica: nuestras empresas pagan la cuarta electricidad más cara de toda Europa cuando apenas dos años antes estaban abonando el precio medio del continente. Hemos pasado de 9,6 céntimos por kilowatio en 2007 a 11,5 en 2008. Ahí es nada: un aumento del 20% en el coste de la electricidad en medio de un contexto deflacionario en el que los precios de los productos están cayendo. ¿Se pueden imaginar qué estarán haciendo los márgenes de beneficio de nuestras compañías? Vender barato y comprar caro nunca fue la base de ningún éxito empresarial.

Así, no es extraño que la sangría laboral prosiga y de hecho a este ritmo difícilmente revertirá, ni aún dentro de cinco años como se afana en proclamar un optimista político. Debe ser que el empleo verde y sostenible era el del buen salvaje, esa superchería que desde Rousseau a Polanyi ha impregnado el pensamiento izquierdista. La reaccionaria "antirrevolución Industrial", como ya la definiera Ayn Rand en los años 60, sigue siendo la Estrella Polar de nuestros socialistas.

El trampantojo socialista

Un trampantojo (o trampa ante el ojo) es una técnica pictórica que intenta engañar a la vista jugando con la perspectiva y otros efectos ópticos. Si algo ha quedado claro a lo largo del terrible año que hemos dejado atrás hace menos de una semana es que la política del presidente del Gobierno español es exactamente eso: un trampantojo. No creo que haya nadie que siga defendiendo la buena fe y el idealismo de Rodríguez Zapatero; es demasiado evidente que lo que anima cada movimiento de su equipo es engañar al público.

Desde la ley Sinde hasta las bombillas de Sebastián, pasando por las torpezas de las rubias de oro (Aído y Pajín), la sensación es que, más allá de su inicial pretensión de guiar el destino de España hacia algún lugar concreto, las medidas de Zapatero y sus muchachos responden estrictamente a un intento permanente de ocultar rotos y zurcidos. Las cortinas de humo, sin embargo, no han logrado evitar que los ojos europeos se fijen más en los datos del paro que en el "ingenioso" teléfono del maltratador; en el creciente endeudamiento público que en la alianza de civilizaciones. No hay que olvidar que las meteduras de pata en el ámbito internacional han ayudado a que la mirada de Europa se endurezca. La prensa europea ya barrunta algo de lo que nos espera. De manera que la pintura que trata de simular lo que no existe en el trampantojo de Zapatero es un Mr.Bean que enarbola grotescamente una banderita azul con un puñado de estrellas doradas formando un círculo.

Pero incluso si me equivoco y no se trata de un titánico esfuerzo de maquillaje y nuestro presidente tiene un objetivo prudente a la vista y la sana intención de guiarnos hacia él, no me vale. La intención es estéril en este ámbito, lo que sirve son los resultados. Y los de Zapatero son difícilmente empeorables.

Thomas Sowell explica en su libro A Conflict of Visions los diferentes resultados a que conducen dos visiones opuestas de la naturaleza humana, en concreto, aquella que contempla las limitaciones humanas como un dato más, y la que, por el contrario, considera que el ser humano es capaz de aprender de forma ilimitada. Para quienes defienden la primera opción, como Adam Smith, Edmund Burke o John Locke, lo mejor que podemos hacer es minimizar los errores a que conducen esos vicios, en vez de fijarnos metas inalcanzables. Su propuesta consiste en crear entornos y promover comportamientos virtuosos mediante los incentivos adecuados, incluso si de esa manera la virtud se ejerce sin intención. Por otro lado, quienes creen en la perfectibilidad ilimitada del ser humano, como Thomas Paine, Godwin, Rousseau o Condorcet, no aceptan más que el comportamiento virtuoso intencionado. Así se empeñan en desbrozar las causas de las guerras, la pobreza y el crimen, y en ofrecer una solución que lleve al comportamiento virtuoso de la sociedad.

Esta segunda corriente es la que inunda el pensamiento filosófico-político de nuestro país por obra y gracia de la Revolución Francesa. Para quienes se sientan atraídos (espero que momentáneamente) por esas ideas, simplemente quiero recordar que Robespierre esperaba acabar con el baño de sangre al que sometió a Francia tras los primeros momentos de la Revolución "cuando todo el pueblo se haya convertido en igualmente devoto de su patria y de sus leyes". Esa es la realidad más extrema a la que conduce la visión no restringida de la naturaleza humana. Repito: la más extrema. Pero las menos son igualmente ineficientes. Y, en grandes rasgos, esa es la filosofía que subyace a la política socialista (de todos los partidos). Se trata de dirigir la moral ciudadana a golpe de ley, de restricción, erigiéndose en poseedor de soluciones, encaramado en la máxima soberbia que consiste en creer que uno sabe lo que los demás necesitan, anhelan, desean. Y, a partir de ahí, me da lo mismo si la ley pretende que seamos santos o que seamos demonios. Desde mi punto de vista, es una visión del hombre que lleva indefectiblemente al fracaso, por más que se presenten las mejores intenciones como tarjeta de visita.

¿La razón? La ley de las consecuencias no queridas, el orden espontáneo, la naturaleza imprevisible del hombre. En plata: que no se puede meter el mar en un vaso de agua. Lo otro, la planificación desde arriba, la ingeniería social, la hipocresía moral, llevan a lo que ya sabemos: a la erosión de la responsabilidad, a la disminución de la libertad real, a la perversión de las conciencias, a la expulsión de la moral individual.

Estamos avisados.

Tribunal de la Incompetencia

2009 ha sido un gran año para la CNC, conocida anteriormente como Tribunal de Defensa de la Competencia. Según su última memoria, el regulador gubernamental abrió 21 expedientes el pasado ejercicio –el doble que en 2008–, imponiendo multas por valor de 191 millones de euros, un 560% más que en 2008.

Muchos –la mayoría– pensarán que esta frenética actividad es signo inequívoco de que, al menos, un organismo está cumpliendo rigurosamente con su cometido que, en este caso, no es otro que defender a los consumidores de los supuestos abusos de las grandes empresas. Y, sin embargo, se equivocan.

Pocas son las entidades públicas más hipócritas, falaces y perversas que las que actúan bajo la rúbrica de "defensa de la competencia". Y es que este tipo de tribunales especiales se levantan sobre toda una montaña de legislación errónea que tergiversa y manipula el concepto mismo de "competencia". Dicho término ha de ser entendido, única y exclusivamente, como un proceso social dinámico en el que una infinidad de empresarios rivalizan entre sí por satisfacer las necesidades de los consumidores y obtener así beneficios de forma legítima. Todo ello sin recurrir a la violencia, la coacción o a la amenaza del uso de la fuerza (que es lo que hace el Estado).

El libre mercado no es más que eso. Vendedores y compradores que satisfacen sus fines acordando intercambios libres y voluntarios que se materializan en precios. Pero hete aquí que nuestra querida clase política, quienes ejercen el monopolio de la ley, entienden la competencia como una situación de equilibrio perfecto en el que los empresarios apenas cuentan con margen para actuar.

No obstante, según estos tribunales, las empresas que suben tarifas corren el riesgo de ser enjuiciados por "precios abusivos"; los que abaratan sus productos bien pueden ser acusados de "competencia desleal"; y, por supuesto, ¡hay de aquellos que acuerden precios!, pues la sanción por "confabulación" es casi segura. Entonces, ¿en qué quedamos? En la práctica, el único objetivo de la ley es impedir, precisamente, que los vendedores compitan.

El error conceptual parte de los modelos matemáticos que se suelen estudiar en las facultades de Económicas. La mayoría de manuales enseñan una supuesta "competencia perfecta" que, sin embargo, nunca se produce en el mundo real. Dicho término alude a una situación ideal en la que todos los empresarios venden el mismo producto al mismo precio. Como poco, resulta contradictorio –por no decir vergonzoso– que economistas y políticos califiquen de "perfecta" la ausencia misma de competencia.

La legislación que opera en este ámbito constituye un atentado contra el libre mercado, y los órganos que la aplican auténticos Tribunales de la Incompetencia. Sonado fue el caso de Microsoft, condenado por ocupar una "posición de dominio" en su sector, y mucho me temo que el siguiente será Google por razones análogas. Los burócratas no entienden, o no quieren entender, que el éxito de las grandes empresas consiste, precisamente, en satisfacer de la mejor forma posible a los consumidores.

El único monopolio real radica en obstaculizar o impedir la entrada de nuevos competidores en un determinado sector mediante barreras administrativas. Dicho concepto carece de sentido en el libre mercado, ya que nada impide que cualquier otro empresario perspicaz tumbe al gigante a la mínima de cambio. Ésa, y no otra, es la esencia del proceso dinámico de la competencia.

Las grandes empresas corren el riesgo de caer en cualquier momento y ser sustituidas por otras más eficientes. Véase sino la otrora poderosa industria de velas hasta el nacimiento de la bombilla, el sector del carbón hasta el uso del petróleo, los gigantes ferroviarios hasta el despegue de la aviación civil… y así, desde que el hombre es hombre.

Aumento ilegal de precio es cobrar más que un colega,
pero si cobra usted de menos es desleal competencia.
Y téngalo bien presente, no haya en esto confusión:
Si cobran todos lo mismo será confabulación.
Debe competir, es cierto, pero ande con pies de plomo,
pues si conquista el mercado, ¡qué más claro monopolio!
¿Precio abusivo o escaso? El uno al otro no quita.
Si el Bien Público está en juego, ¿por qué no la parejita?

(Tom Smith y la increíble máquina de hacer pan)

Mr. Bean y el XSS

Resulta difícil de entender para un lego, incluso para alguien que sabe algo de ordenadores pero no de seguridad informática, saber qué ha sucedido en realidad. Porque por mucho que el Gobierno insista en hablar de un "fotomontaje" son demasiados los que han visto directamente en su navegador la foto de Mr. Bean sustituyendo a la del presidente del Gobierno. Y sin embargo, es cierto que la seguridad de los servidores que alojan la web no ha sido comprometida. Pero ¿cómo se traduce este galimatías?

Normalmente se entiende como un ataque el uso de alguna técnica que permite a los malos entrar en el ordenador de otro como si fuera el propio o inutilizarlo de alguna forma. No es eso lo que ha pasado. Lo que se ha producido es un ataque empleando una técnica llamada cross-site scripting o XSS, información que imagino les habrá dejado igual de fríos. Mediante esta técnica pueden lograrse muchas cosas, entre ellas alterar un sitio web sin entrar en él, que es lo que han hecho en este caso.

Muchas veces, por ejemplo, haciendo una búsqueda en Google (por ejemplo, "ld"), podrán ver cómo la dirección de la web es un galimatías un poco incomprensible ("http://www.google.es/#hl=es&source=hp&q=ld&btnG=Buscar+con+Google&meta=&aq=f&oq=ld&fp=cd373de720a5339") en el cual se le envía al buscador un montón de información, entre la que destaca el texto que queremos encontrar en la web. En muchas páginas puede suceder que si en lugar de enviar un texto, digamos, normal, se envía código escrito en algún lenguaje de programación se consigue que éste se ejecute, lo que nos puede permitir, entre otros resultados, alterar el contenido que ven los usuarios.

Cuando ustedes accedían a la web por la dirección habitual, www.eu2010.es, veían la web en su estado normal. Sin embargo, el hacker en cuestión hizo circular una dirección similar a esos prodigios de arte abstracto que son a veces las direcciones de las páginas de los buscadores que hacía que la web de la presidencia española de la UE mostrara la imagen de Mr. Bean. No era un fotomontaje, no, pero tampoco fue un ataque clásico, de los que permiten a los malos hacerse con el control de la página. La web, vamos, no fue "hackeada", tal y como se suele emplear ese término.

Pero el problema es que da lo mismo si a esto se le llama técnicamente un ataque o no, porque el resultado que han visto los internautas ha sido equivalente a si lo hubieran hecho. Se trata de una imagen de notable incapacidad tecnológica la que ha dado este Gobierno del nuevo modelo de desarrollo productivo, basado en el I+D y no en el ladrillo, y todas esas monsergas propias de quien no sabe de qué habla. No es que no se lo merezca, claro.

Se nos comen

Es evidente que para financiar el gasto público hay que subir los impuestos o hay que emitir deuda; lo primero arrebata el dinero que tienen los ciudadanos en sus cuentas corrientes y lo segundo disminuye la cantidad de ahorro disponible en los mercados crediticios al que las familias y las empresas pueden echar mano para invertir.

Lo anterior son puras matemáticas casi de preescolar. Nada hay que objetar. Lo que en todo caso los adoradores de ese Becerro de Oro llamado intervencionismo estatal aducen para justificar la voracidad fiscal es que el gasto público puede resultar para la economía más eficiente que el gasto privado (crea más riqueza por euro gastado); entelequia que debería haberse derrumbado hace unos 90 años –cuando Ludwig von Mises demostró el teorema de la imposibilidad del socialismo­– o, si no son demasiado aficionados a las lecturas de buenos tratados y artículos de teoría económica, allá por 1989 cuando cayó el Muro. Baño de realismo, creo que se llama.

Sin embargo, es verdad que existe un cierto clavo ardiendo al que pueden agarrarse estos científicos de la propaganda estatista. En época de crisis los agentes económicos se niegan a endeudarse, a demandar crédito en los mercados. Como mucho, están dispuestos a refinanciar sus excesivas deudas pasadas, pero pocos –aunque alguno hay– acuden realmente al banco para comprarse una casa a precios todavía inflados o para montar una empresa en medio de un panorama cuando menos incierto. En general, durante una crisis es de esperar que el volumen agregado de crédito (o de deuda) se reduzca, precisamente porque durante la época del auge artificial esa cifra se hipertrofió gracias a la barra libre del sistema bancario.

Los keynesianos, por consiguiente, saltan en seguida a señalar que durante una crisis el gasto público financiado con déficit no expulsa la inversión privada: si nadie quiere endeudarse, ¿por qué el Estado no puede aprovechar el vacío para darle un pequeño empujoncito a la economía?

No me centraré en desarrollar cuáles son todos los efectos perversos que, también en una crisis, provoca el déficit público. Para más detalles –perdón por la autocita– puede consultarse el resumen económico de 2009 que publiqué en el Suplemento de Fin de Año en esta casa, pues versa precisamente sobre eso.

Tan sólo me centraré en una preocupante situación: las familias ahorraron en el tercer trimestre de 2009 casi 25.000 millones de euros, invirtieron 16.000 y les restaron 9.000 millones para financiar a otros agentes económicos que quisieran endeudarse. Algo por otro lado insólito, ya que nuestras familias venían necesitando pedir prestados del orden de 15.000 millones de euros trimestrales.

Por lo que respecta a nuestras empresas, también han realizado un buen ajuste, ya que de endeudarse a ritmos superiores a 30.000 millones por trimestre, en éste tan sólo han pedido prestados 5.000. Es decir, nuestras familias a día de hoy son capaces de financiar toda la inversión que realizan nuestras empresas y aún les sobran unos 4.000 millones.

Pues bien, hete aquí que entra el Estado en el paisaje y nuestros desequilibrados políticos presentan unas desequilibradas cuentas por las que en sólo un trimestre han de pedir prestados 18.000 millones de euros. Total, que la economía española, tras deducir la aportación positiva del sector bancario, ha de pedir prestado al exterior 10.000 millones de euros. Así, pese al ajuste que tendríamos que realizar en la crisis, la economía española ha terminado adeudando 10.000 millones de euros más –y no menos– en apenas tres meses.

¿Y para qué querríamos tener un ahorro neto, en lugar de un endeudamiento neto, de 10.000 millones de euros?, se preguntarán los keynesianos. Quizá se olvidan de que los españoles deben al extranjero, en términos netos, casi un billón de euros, es decir, todo lo que producimos en un año.

¿Nunca se les ha ocurrido a los economistas profesionales que la amortización de las deudas pasadas es una forma de invertir nuestro dinero; de incrementar nuestra renta futura y de reducir esos desajustes nuestros que han degenerado y nos están perpetuando en esta crisis? Parece que no, por eso, tan pronto como sale un pequeño brote verde, se lo meriendan. Ya sabe, las familias ahorran 9.000 millones de euros y el Estado se pule 18.000 en abrir zanjas y volverlas a tapar y en pagar la prestación de desempleo a esos parados procedentes de la ausencia de una liberalización laboral que ese mismo Estado se niega a aprobar. Grandes, muy grandes.

Sistema electoral y autogobierno

En la España actual, los sujetos que se hacen con el control de los partidos políticos manejan el sistema democrático a su antojo gracias a la Ley Electoral. Los representante lo son de sus partidos y no de sus electores. La ciudadanía desconfía cada vez más de estos vendemantas profesionales, pero a ellos les importa bastante poco. Lo único que cuenta es que el líder del partido confíe en ellos, y para el líder lo único importante es que la ley siga como está.

En este contexto maloliente es en el que el presidente del Congreso ha afirmado que "sería conveniente que las cúpulas de los partidos redujeran el poder que tienen en materia electoral, que no es poco". Una declaración como esta sería una simple obviedad si no fuera porque todos lo piensan pero nadie se atreve a decirlo claro y alto. Otra forma de describirlo es que vivimos en una partitocracia en la que los electores no pintan prácticamente nada. Piense uno lo que piense del sistema democrático, lo que tenemos en España es bastante peor. Un grupo de depredadores manejan nuestras vidas a placer gracias al control que ejercen sobre las listas de sus partidos, sin que tengamos otro mecanismo de control sobre ellos que votar por otro organizador de listas cuatro años después de la anterior votación.

Aquí es impensable que el Ejecutivo sufra un revés del legislativo como ocurre en países democráticos. Hace un año los españoles (y gran parte de los europeos) asistían atónitos a la negativa del congreso norteamericano a aprobar el plan Paulson-Bush. En los últimos meses veíamos desde este lado del Atlántico cómo el presidente Obama iba diluyendo su ley sanitaria para lograr la aceptación de las Cámaras a pesar de que su partido cuenta con mayoría en las dos. Allí no basta con tocar la corneta y ordenar el voto de los miembros del partido a la propuesta del Gobierno. Obama ha tenido que quitarle a su propuesta casi todos los aspectos que la hacían revolucionaria para su país porque sus camaradas no se deben al partido, sino a los electores de su circunscripción. En 1997 el vicepresidente de Estados Unidos, Al Gore, experimentó en qué consiste eso de la democracia norteamericana cuando el Senado votó sobre su famosa propuesta de racionamiento de CO2 y creación de un mercado en el que comerciar los permisos. El resultado fue que ni un único senador demócrata votó a favor de la posición del Gobierno Clinton-Gore (demócrata) por lo que Estados Unidos nunca ratificó el Protocolo de Kyoto. Eso tiene algo de democrático. Lo de aquí se parece más a un circo cutre en el que varios domadores se meten en una jaula de gatos mansos y exigen a sus amaestrados levantar una patita cuando proponen algo.

La propuesta de Bono podría ayudar a mejorar las cosas. Sin embargo, el problema de fondo no es cómo se elige a los "representantes", sino qué es lo que los representantes pueden hacer una vez elegidos. Los elija quien los elija y se elijan como se elijan, si luego pueden aprobar impuestos confiscatorios, restringir las acciones pacíficas o esclavizar a los ciudadanos, las formas importarán un pimiento. La decadencia de nuestro sistema proviene de un cóctel hecho a partes iguales de partitocracia y de la falta de limitaciones del poder político. Si queremos regenerar la putrefacta política española, a la necesaria reforma del sistema electoral le tiene que acompañar una reforma que fortalezca y amplíe la esfera de autogobierno del individuo.