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La aventura del vendedor de cerillas

En los años cuarenta un adolescente disléxico se ganaba la vida en el sur de Suecia vendiendo cerillas al por menor abasteciéndose en almacenes mayoristas de Estocolmo. Luego amplió su gama de productos con adornos navideños, semillas, lápices, relojes y calcetines. Aumentó el número de clientes con pedidos por correo y realizaba los repartos a domicilio alquilando la camioneta del lechero de su pueblo cuando éste no la utilizaba.

En 1947 decidió incluir muebles en su catálogo de mercancías. Sus acuerdos con fabricantes locales le permitían obtener buenos precios y empezó a venderlos como rosquillas. Con 25 años, viendo que el negocio del mueble se le daba bien, decidió especializarse en ello. En 1953 organizó su primera sala de exhibición de muebles baratos y con estilo en la ciudad de Älmhult. Fue todo un éxito.

Esta exposición no pasó desapercibida a la Asociación Nacional Sueca del Mueble que, temiendo por sus márgenes, decidió hacerle un boicot: convenció a todos los fabricantes del país para que no vendieran nada a ese intruso jovenzuelo. Así se las gastaban.

Esto no amilanó en absoluto a nuestro joven empresario. Se puso a diseñar él mismo los muebles y salió fuera a buscar fabricantes de muebles (inicialmente a Polonia). Al traerlos de vuelta había que reducir costes en el transporte y en su almacenaje y minimizar los daños por manipulación. Ideó la forma en que los embalajes ocuparan el menor volumen posible. Una vez recibidos, en vez de ensamblarlos se vendían directamente desde su almacén al consumidor final, que podía fácilmente llevarse el pack y armar el mueble en su casa. Había nacido el modelo de negocio de Ikea, ideado por aquel emprendedor llamado Ingvar Kamprad, nacido en la granja de Elmtaryd en la localidad sueca de Agunnaryd.

En 1963 abrió su primera tienda fuera de su país, en Noruega, y empezó la conquista del mercado global. Al día de hoy posee 248 tiendas repartidas por el mundo y emplea a unas 120.000 personas. ¿Habría sorteado ese implacable boicot de 1953 y evolucionado así de haber contado la rudimentaria ley sueca de prácticas restrictivas al comercio de entonces con los poderosos instrumentos que cuenta actualmente? Nada hubiese sido igual.

La compañía sigue enfocada en el control de costes en todos sus procesos productivos y logísticos. Su catálogo anual gratuito es una de sus herramientas de marketing más poderosas al mostrar las nuevas tendencias y mantener sus atractivos precios durante todo el año. Sus tiendas-exposición están diseñadas para deleitar al consumidor, que puede ver y tocar antes de elegir lo que se llevará del almacén e, incluso, puede él mismo hacerse libremente un diseño a su gusto mediante la combinación de módulos, piezas y artículos.

Su director de diseño opina que “las soluciones caras son ideas mediocres (muchos gestores públicos debería tomar buena nota de dicho aserto). Los muebles no son de lujo pero incorporan un enorme valor en diseño, funcionalidad e innovación. No se mantendrán, tal vez, para toda la vida ni se heredarán (como antaño) pero sí durarán más tiempo del que la mayoría de la gente desea conservar. Ha revolucionado, sin duda, el diseño interior de las casas de mucha gente. A diario un millón de personas pasan por sus cajas.

Las acciones de Ikea no cotizan en bolsa; la forman un complejo holding de fundaciones y empresas domiciliadas en Luxemburgo, Irlanda, Holanda y sus Antillas buscando protección fiscal. Kamprad, por su parte, halló grata residencia y refugio (fiscal) en Suiza.

Sus tres hijos llevan actualmente la gestión de la empresa. Han logrado mantener y ampliar el negocio creado por su padre, que sigue como asesor. Se han rodeado de un equipo de diseñadores de muebles punteros (20 en plantilla y más de 70 en freelance) y han tenido la habilidad de que Ikea sea percibida por la gente como una empresa “verde”, filantrópica y socialmente responsable. En ciertos países ha tenido buena acogida la venta online, pese a contravenir la práctica usual de compra presencial de sus clientes.

Hace algunos años se desveló que Kamprad había coqueteado en su juventud con los nazis suecos (por ello escribió un libro y pidió disculpas públicas) y tiene fama de tacaño. Como comentaba acertadamente Daniel Rodríguez sobre otro gran empresario, lo bueno del mercado libre es que nos permite disfrutar sólo de la parte buena de las personas.

Ikea es objeto recurrente de campañas en su contra por promover el consumo, por evadir impuestos o por aparecer homosexuales y transexuales en su publicidad, ignorando probablemente todos ellos que al antiguo vendedor de cerillas los boicots le estimulan.

Zapatero y Hayek sobre la Constitución

La celebración de los treinta y un años de la Constitución sufrió las tensiones derivadas de la inminente, esperamos, resolución del Tribunal Constitucional sobre el Estatuto para Cataluña. Y si consideramos los tics que acompañaron a los actos junto con hechos del historial del propio Tribunal Constitucional, podemos dar cuenta de qué cosa es el TC y cuáles son las claves de sus sentencias.

En primer lugar creo que debemos adoptar el enfoque de que el Tribunal Constitucional no es siervo de nadie más que de sí mismo. En general, como todo órgano con acceso a un gran poder, se atiene a sus propios intereses corporativos. Esto es congruente con varios hechos.

Muchos son los favores intercambiados tras periodos de tensiones entre los gobiernos legisladores y el TC. En muchas de esas tensiones lo que se ha visto es una mera disputa por los términos concretos, la letra pequeña de ciertas leyes. Es así que en la STC 6/1983 ya el tribunal donó a los políticos la capacidad para hacer leyes fiscales retroactivas adhiriéndose al muy socialista concepto de la fiscalidad como redistribuidora de la renta. Incluso en la STC 126/1987 confirmó que "la seguridad fiscal no pueden entenderse como un derecho de los ciudadanos a mantener un determinado régimen fiscal". La soñada indefensión del ciudadano es, pues una concesión del alto tribunal que, no obstante, se reserva cierto papel para acotar lo que los políticos digan, tal y como más tarde confirmó en la STC 150/1990 cuando dice que "la retroactividad fiscal ‘[…] puede, en efecto, ser cuestionada cuando su eficacia retroactiva contraríe otros principios consagrados en la Constitución".

Aporto lo anterior como muestra de la dinámica en que el TC se instaló con los ejecutivos-legislativos españoles. Una dinámica perversa donde cada área de poder es defendida por el TC y por el ejecutivo, para lo cual establecen acuerdos no declarados en orden a favorecerse, al final, mutuamente y seguir matando a Montesquieu.

Pero hay más. Uno de los regalos mejores que el poder político puede hacerle a un tribunal constitucional, compuesto por jueces que viven de utilizar cábalas sobre un texto y que asientan su poder sobre dichas cábalas, es que ese texto sea inflexible, en el sentido de difícilmente modificable, y abstracto, en sentido de interpretable con amplitud.

Y en eso consiste la actual Constitución Española. Es modificable sólo con amplios consensos y muy interpretable, también en lo referente al estado autonómico tal y como Rubio Llorente aclaró con su famoso dictamen acerca de la reforma constitucional que Zapatero le pidió en su primer mandato. Una constitución reformable es el demonio de los miembros de todo TC puesto que cada reforma es un escape político, arbitrario, a su control y a la convulsa aunque feliz connivencia entre poder político y jueces, arbitraria también.

A causa de eso Zapatero, deseoso de "una gran sentencia", es decir de una sentencia favorable a su estatut, les ha echado unas perlas con amenaza a los miembros del TC al mostrar su voluntad de mantener la actual redacción de la Constitución… o no. A ver si entre la promesa de permanencia constitucional y la amenaza de reforma se deciden de una vez los del TC a que el estatuto para Cataluña quepa dentro sus tragaderas.

Lo que demuestra todo esto es que el del Estado, su forma y la de la ley de leyes que lo regula, no es un tema aclarado en el pensamiento liberal ni mucho menos. Podría decirse que los eventos constitucionales de la España postfranquista contradicen los presupuestos hayekianos acerca de las bondades de una constitución abstracta y permanente. Ocurre que a veces hay un tribunal constitucional que se ocupa de ir acompasando esa abstracción al son del crecimiento del poder político durante largo tiempo y entonces la fórmula no resulta.

No obstante y por el momento, manteniendo como la menos mala posible la propuesta de Hayek, habría que suprimir al TC, aunque ¿qué pasaría con el estatut si no existiera el alto tribunal? Pues veremos.

La toma de decisiones a la europea

Hace unos años y durante mucho tiempo, el programa estrella de los viernes por la noche era el concurso "1, 2, 3… responda otra vez". En blanco y negro con Kiko Ledgar y don Cicuta (Valentín Tornos), en color con Mayra Gómez Kemp y las Supertacañonas (las Hurtado), el programa de Chicho Ibáñez Serrador, arrasaba. La parte más esperada era la subasta. Los concursantes que hubieran superado la fase de preguntas y una prueba de habilidad se enfrentaban a la terrible misión de decidir a ciegas entre diferentes regalos de los que solamente sabían la pista que Kiko o Mayra les anticipaban (porque "hasta ahí podían leer"). La intuición y, sobre todo, la suerte, determinaba que los más afortunados se llevaran un coche, un viaje o una casa y los menos afortunados la calabaza Ruperta.

Por suerte, cuando decidimos en la vida cotidiana la cosa no es tan peliaguda. Lo hacemos en otras condiciones: disponemos de más información acerca de las alternativas, calibramos lo que dejamos de ganar, hemos ensayado y aprendido criterios de decisión a lo largo de miles de años.

La toma de decisiones, en términos generales, es lo que ha permitido que el hombre siga sobre la tierra: la decisión que lleva a la acción asegura que huyes de un peligro o que corres hacia él, que sigamos aquí significa que las decisiones fueron acertadas más veces que menos.

Lo que los estudios sobre los mecanismos que determinan la toma de decisiones nos indican es que no es un proceso lineal, sino múltiple y que los circuitos que se activan en la mente no son siempre los mismos ante el mismo dilema: hay muchos factores intrínsecos y también externos que influyen en el resultado final. Por eso, todos nosotros somos individualistas y sociales. Nuestro propio interés a veces está encontrado con el del grupo, pero otras veces no. En otras ocasiones nos conviene asociarnos, mirar por todos y tatuarnos el slogan: "o todos o ninguno". El equilibrio no cooperativo de Nash que nos muestra a un hombre que se mira el ombligo es cuestionado por la evidencia que Elinor Ostrom pone encima de la mesa. La realidad nos dice que las cosas funcionan de otra manera y que el hombre es menos egoísta de lo que los economistas predicamos. Por eso, ella confía en que los recursos naturales comunitarios sean gestionados por las comunidades sin que el Estado planifique de arriba a abajo.

También Bastiat explicaba que no concibe propiedad sin libertad y justicia porque solo así se llegará a una sociedad en la que todos seamos más iguales en una sociedad segura y pacífica. Para él la competencia nos iguala porque los bienes son más accesibles a todos ("Todos los hombres son iguales ante esa parte del precio de los libros desaparecida gracias a la imprenta"). Los intereses, siempre y cuando sean legítimos y no consistan en vivir a costa de los demás, se armonizan. El hombre en sociedad, dice Bastiat, progresa porque se asocia a los demás, coopera. No se trata de que los intereses privados y los cooperativos sean opuestos o convergentes, es que el interés individual, a veces, consiste en que el grupo progrese. La búsqueda del propio interés, en cualquier caso, es la decisión principal de la que cada cual debe ocuparse. De ahí que, según Bastiat, la interferencia del legislador en las decisiones ajenas merma la responsabilidad de los individuos, que no puede aprender, asumir los aciertos o errores, y decidir mejor la siguiente ocasión.

Los teóricos de la Escuela de Public Choice estudian las diferentes maneras que adopta la toma de decisiones colectivas, y en particular, las elecciones. Y la conclusión es que cuanto más nos acerquemos a la unanimidad, más segura será la votación como regla de decisión, más difícil de romper, más difícil de establecer pactos que perviertan la decisión y sometan a los más a la bota de los menos. La unanimidad es difícil de conseguir, pero es el objetivo al que se debe apuntar si queremos decisiones políticas "de calidad".

Por eso es sorprendente que el Pacto de Lisboa de la Unión Europea relaje la regla de decisión y cada vez nos alejemos más de la unanimidad. Y aún más que no se haya destacado en las noticias de la semana pasada, como si nadie se hubiera dado cuenta. Pero esa modificación, que casi ha pasado inadvertida, no beneficia la integración real, ni refuerza la percepción de pertenencia, ni evita los pactos perversos. Solamente permite quitarse los problemas de un plumazo, salir en la foto y decir sonrientes en la rueda de prensa que hemos llegado un acuerdo los 27 porque tenemos una Europa cada vez más una, más grande y más libre sobre el papel, o ante las cámaras, pero todo lo contrario en realidad.

Para poner los pelos de punta.

Las descargas son lo de menos

El último acercamiento al modo yanqui de hacer las cosas mal ha consistido en colar de matute en una ley "ómnibus" como la de economía sostenible una disposición que permite al Ministerio de Cultura cerrar sin intervención judicial las páginas de enlaces P2P.

Teóricamente, la propuesta para acabar con estas web se iba a realizar antes de final de año tras el informe de una comisión ministerial que se conocería este mes de diciembre. Pero al igual que sucede en Estados Unidos, donde miles de medidas son aprobadas como añadidos a las leyes importantes para así ganarse el apoyo de congresistas clave, se han adelantado incluyéndolo en una ley que nada tiene que ver con internet ni con las descargas.

Además, esta disposición del anteproyecto de ley fue ocultada a la opinión pública cuando se aprobó en consejo de ministros y revelada unos días después, casualmente el mismo día en que se celebraba una manifestación de titiriteros pidiendo al Gobierno que impidiera las descargas P2P. La ley que pretende aprobar el PSOE lo convierte en policía, juez y fiscal a un tiempo, con facultades para cerrar toda página web que les moleste. Y eso no se puede tolerar, sea cual sea la excusa; no lo hace con páginas terroristas, pero pretende hacerlo con sitios web de enlaces que, con la legislación actual, ni siquiera cometen un delito, como han ido reconociendo en su mayoría los jueces que han examinado las denuncias de la SGAE y sus compis.

Naturalmente, está en juego algo mucho más importante que el destino de unos cuantos sitios web. No se puede conceder al Estado la potestad de cerrar a su libre albedrío un medio de comunicación, y los sitios web lo son. Con este arma, el Gobierno podría ordenar, por ejemplo, el cierre de Libertad Digital, y aunque previsiblemente un juez nos daría posteriormente la razón y nos permitiría volver a abrir las puertas, habría transcurrido mucho tiempo y el daño ya estaría hecho. La libertad de expresión es un derecho fundamental que está incluso reconocido en nuestra Constitución, que especifica que sólo una orden judicial puede ordenar "el secuestro de publicaciones, grabaciones y otros medios de información". Eso es lo que está en juego, y no el destino de unos sitios web con enlaces a descargas de canciones y películas.

Muchos internautas han protestado ante este atropello, y la ministra de Cultura ha hecho el paripé de sentarse a hablar durante un cuarto de hora con algunos de ellos, y Zapatero el de decir que "no se va a cerrar ninguna web". Pero incluso los más fanáticos defensores del presidente del Gobierno –y entre quienes se reunieron con Sinde hay unos cuantos– no deberían sino reconocer que la palabra de Zapatero no tiene ya a estas alturas valor alguno. Este anteproyecto ha sido aprobado en Consejo de Ministros y elaborado con la colaboración de varios ministerios; es responsabilidad, más de lo habitual, del Gobierno al completo y de quien lo preside. No es la ley Sinde, sino la ley Zapatero. Además, al no cesar inmediatamente a su ministra, ha asumido la responsabilidad. Es el presidente, por tanto, quien debe ser puesto en cuestión por este intento liberticida de querer convertirnos en China.

La caja de Pandora

En primer lugar, anima al Gobierno a tomar las riendas de la producción nacional. El Estado debe "dirigir el proceso de desarrollo en una determinada dirección". ¿Cuál? La que estime oportuna la elite burocrática, ignorando así la regla de oro de cualquier economía que, mínimamente, defienda el libre mercado. Esto es, la inviolable soberanía del consumidor y la propiedad privada de los factores de producción.

El Gobierno tiene que marcar el desarrollo económico a seguir, según González. Una idea propia del marxismo que, por supuesto, cuadra a la perfección con el espíritu dirigista y planificador que desprende la nueva Ley de Economía Sostenible. Para ello, el ex ugetista recomienda aumentar la inversión pública en educación, I+D+i y energías renovables.

En segundo lugar, aboga por fortalecer, aún más, el papel de los sindicatos. Contradiciendo a todos los organismos internacionales, González considera que el mercado laboral español es excesivamente flexible, de ahí su "volatilidad" en los períodos de crisis y auge económico, por lo que defiende una mayor regulación en este ámbito.

Ambas reflexiones carecerían de la menor importancia si no fuera porque el autor de las mismas pertenece al selecto club de ignorantes e inútiles asesores que conforman la Oficina Económica de Moncloa. Sus ideas son una reproducción exacta del recetario sindical, cuyo único objetivo es implantar una economía planificada y estática al servicio del corporativismo estatal.

González parece desconocer que España es una de las economías más rígidas del planeta, la menos competitiva de las grandes potencias (OCDE), y con un mercado laboral propio del Tercer Mundo, según el Banco Mundial. Y pese a ello, insiste en repetir sin el más mínimo rubor la falacia izquierdista de "más Estado y menos mercado".

Desconozco si Zapatero seguirá sus recomendaciones. Confío en que no pues, de lo contrario, la nueva política económica del Gobierno acabaría por convertirse en una losa insalvable para la ansiada recuperación económica. España vive un momento clave. Las grandes crisis económicas suelen ser aprovechadas por el Ejecutivo y sus parásitos para extender la intervención pública y emprender reformas anti-mercado con el fin de acrecentar su poder. El "dirigismo" que promueve el asesor de Moncloa es un claro ejemplo de ello.

Adoptar este tipo de consejos, tarde o temprano, conllevaría la implantación de modelos económicos bien conocidos en América Latina, como es el caso de Argentina. Por el bien de todos, más vale que el Gobierno no destape la Caja de Pandora.

Señores agricultores: no culpen a los intermediarios

El razonamiento es sencillo… y es una de las supercherías económicas más generalizadas: los intermediarios no sólo explotan a los agricultores, también a los consumidores. A los primeros les ofrecen unos precios que ni siquiera les llegan para cubrir los costes, y a los segundos les ofertan unos precios absolutamente inflados. Todo el mundo sabe que el margen de los intermediarios es brutal, y que a más intermediarios, precios más altos. Es la inapelable evidencia de la sabiduría popular, ¿verdad? Pues… no vayamos tan rápido.

Ocurre en demasiadas ocasiones que nuestras intuiciones económicas no se corresponden con la realidad. La folk economics suele distar mucho de la economic science, y es trabajo de los economistas explicar dónde fallan nuestros razonamientos más primarios.

En el caso de los intermediarios, da la impresión de que si una persona se interpone entre el productor y el consumidor, será para elevar los precios que pagan los segundos por encima de lo que habrían abonado de haber negociado directamente con los primeros. Frente a este razonamiento, los economistas suelen apuntar que una manzana en el campo no es el mismo producto que una manzana en el supermercado, y que, por consiguiente, es legítimo e incluso necesario que los precios de dos bienes distintos diverjan.

El argumento no está mal y apunta algunas verdades importantes, pero resulta bastante incompleto y, en general, poco convincente si no lo desarrollamos más. Y es que, en realidad, los intermediarios desarrollan una labor casi mágica muy pocas veces reconocida. Su función es tan esencial y provechosa para la economía, que logran a la vez dos objetivos en apariencia contradictorios: consiguen que los precios que reciben los agricultores suban y que los que pagan los consumidores bajen.

Sí, ya sé que parece que lo anterior es más complicado que la cuadratura del círculo, pero no lo es. Basta con que olvidemos por un momento casi todo el armazón teórico con el que los economistas neoclásicos han empantanado nuestra ciencia y volvamos a tocar con los pies en la tierra: los productos no cotizan en el mercado a un precio, sino a dos.

Todo bien o servicio tiene en cada momento dos precios, no un vulgar precio de equilibrio, como insisten demasiados economistas: el precio al que se puede comprar de manera inmediata (asked price o precio pedido) y el precio al que se puede vender de manera inmediata (bid price o precio ofrecido). Los consumidores adquieren sus mercancías abonando el precio pedido y los vendedores descargan su mercancía recibiendo el ofrecido. El primero siempre es superior al segundo.

Nuestra vida está llena de ejemplos de lo anterior. Desde pequeños aprendemos que si queremos revender un coche después de haberlo comprado, sólo podremos hacerlo a un precio bastante menor, aun cuando el producto sea idéntico. En los mercados más organizados y sofisticados, como el bursátil o el de divisas, encontramos claramente dos ventanillas: una para comprar acciones o moneda extranjera (donde pagamos el precio pedido) y una para venderlas (donde cobramos el precio ofrecido).

Es una ilusión de muchas modelizaciones académicas de los mercados suponer que todos los compradores y todos los vendedores están en contacto, se conocen y pueden intercambiar cantidades ilimitadas de mercancías sin coste ni dificultad alguna. En los mercados la información suele estar muy dispersa y fraccionada, por lo que es frecuente que los especialistas del parqué o los creadores de mercado (market maker), esto es, los intermediarios, pongan en contacto a todas las partes entre sí: centralizando compras y ventas, anticipando excesos o déficits de demandas y ofertas futuras, acumulando y desacumular inventarios…

Dicho de otra manera: si los agricultores fueran casa por casa tratando de vender su mercancía, obtendrían precios ofrecidos muy inferiores a los que les pagan los intermediarios. ¿A cuántas familias puede preguntar un agricultor cada día si necesita naranjas, tomates, pepinos o coliflores? No es demasiado práctico, y, de hecho, se arriesga a que muchas de esas familias ya tengan satisfechas sus necesidades. Y hasta que no logre vender, casa por casa, toda la cosecha trimestral o anual, tendrá que acumular unos enormes inventarios, que se van deteriorando y que ocupan espacio.

Lo mismo cabe decir de los consumidores: ¿a cuántos agricultores desperdigados por el campo puede visitar un consumidor para comparar y proveerse de todos los productos que necesita? A buen seguro, el precio pedido que tendría que pagar (especialmente si incluimos costes de desplazamiento, de pérdida de tiempo…) sería mucho más elevado que el que abona en el supermercado que tiene al lado de casa.

Es más, con el escaso volumen de transacciones que podrían realizarse en estos intercambios directos entre consumidores y agricultores, ¿cuántos productores sobrevivirían a medio plazo? Muchos menos de los que quedarían hoy incluso si quebraran todos aquellos que deberían quebrar. Y ya se sabe qué sucede cuando la oferta se reduce de manera muy considerable: los precios que tendrán que abonar los consumidores se dispararán.

Desde luego, es mucho más práctico y eficiente que todos los agricultores vendan toda su mercancía a un intermediario o a un conjunto de intermediarios (mayoristas y minoristas), y que los consumidores que diariamente desean hacer compras de pequeña cuantía acudan para ello a estos últimos, a los detallistas. Así, los agricultores pueden vender mucho más y a precios más altos, y los consumidores comprar mucho más y a precios más bajos. Son los intermediarios los que permiten la estabilización de la oferta y la demanda del sector, y a muchos agricultores sobrevivir.

En definitiva, gracias a los intermediarios, los agricultores obtienen precios ofrecidos mayores de los que conseguirían malvendiendo su mercancía a los poquísimos consumidores interesados en ella que encontrasen cada día; y la mayoría de los consumidores tendría que pagar precios pedidos muy superiores a los que les piden los intermediarios si compraran a la desesperada la escasa mercancía que les ofrecieran los cuatro agricultores desperdigados por el campo que pudiesen encontrar.

Entonces, si esto es así, ¿por qué escuchamos que los intermediarios incrementan los precios en un 500 ó 600%? La verdad es que no lo sé. Mi impresión es que los agricultores ni tienen en cuenta los costes de los intermediarios ni, sobre todo, se plantean qué precios efectivos pagarían los consumidores si no tuvieran a su disposición los supermercados. Aun así, es lícito preguntarse si los intermediarios no podrían pagar a los agricultores precios ofrecidos mayores e, igualmente, cobrar a los consumidores precios pedidos menores de los que están fijando ahora.

Una pregunta que sólo puede responderse yendo a los datos, en concreto a los beneficios que obtienen los dos intermediarios más importantes de la cadena alimenticia: los mayoristas (como Mercamadrid y Mercabarna) y los minoristas (supermercados e hipermercados). Los primeros intermedian entre los productores y los minoristas, y éstos, entre los mayoristas y los consumidores. Si es cierto que los precios que pagan los consumidores son cinco veces superiores a los que reciben los agricultores, en algún lugar encontraremos unos monstruosos beneficios, ¿no?

Tomemos como ejemplo de minoristas a Mercadona, Carrefour y Eroski. Su margen de ganancia de 2008 –qué porcentaje de las ventas les queda como beneficio después de deducir los costes– es del 2, el 1 y el -1%, respectivamente. Es cierto que estos porcentajes no comprenden sólo los productos agrarios, pero resultan suficientemente ilustrativos de los estrechos márgenes con los que, en general, operan estos sectores (Eroski incluso pierde dinero). Más adecuado que medir los márgenes, sin embargo, es comparar sus beneficios absolutos con la inversión que han tenido que hacer para obtenerlos (el ROA, la auténtica métrica de la rentabilidad de una inversión); en este caso las cifras no mejoran demasiado: 7, 2 y -1%, respectivamente; muy en línea con las rentabilidades del resto de la economía.

Si los brutales márgenes de beneficio que según los agricultores obtienen los intermediarios no aparecen entre los minoristas, deberán entonces reflejarse en las cuentas de los mayoristas, ¿no? Pues tampoco. Es cierto que sus márgenes son mayores que los de los minoristas: los beneficios de Mercamadrid alcanzan el 32% de sus ingresos y los de Mercabarna el 12%; si bien siguen muy lejos de las cifras que no dejamos de escuchar: 400, 500, 600%. Pero esos grandes números se matizan cuando los ponemos en relación con la inversión necesaria para lograrlos: su ROA es del 5,8% y 3,7%, respectivamente.

En otras palabras, el modelo de negocio de los mayoristas es tal, que necesitan inmovilizar mucho más dinero (lo mismo sucede en industrias como la aeronáutica), y para rentabilizar todo ese capital necesitan obtener beneficios muy grandes. Al final, pues, los beneficios extraordinarios de que tanto hablan los agricultores no aparecen por ningún lado. Los mayoristas obtienen unos rendimientos muy normalitos por su muy necesaria actividad.

De hecho, si los márgenes fueran tan cuantiosos como siempre se nos dice, ¿por qué no se dedican los agricultores a explotarlos vendiendo directamente al consumidor final? Ah, no, que no les sale a cuenta, que su negocio es la producción y no la distribución. Pues para eso, precisamente, existen los intermediarios, la división del trabajo y tal y tal y tal.

Qué bonito sería que, dedicándose sólo a producir, los agricultores se quedaran con los beneficios derivados de la intermediación: precios justos, lo llaman.

Yo también quiero salvar al mundo

Ahora bien, lo primero que necesitas para vencer en esta batalla es saber cómo se comporta el enemigo, cuáles son sus puntos fuertes y cuáles sus debilidades, y para eso es imprescindible transformarte en agente del adversario y camuflarte en sus filas para convivir como un capitalista más, que es precisamente lo que hacen los calentólogos de profesión.

Los progres que han decidido tomar parte en esta batalla contarán siempre con la gratitud del resto de mortales, porque si hay algo que a un tipo de izquierdas le repugne especialmente es hacer como que disfruta de las bondades del sistema que busca destruir. Y ahí los tienen, sufriendo día tras día los rigores del capitalismo salvaje, soportando un tren de vida que a la mayoría de seres humanos por fortuna nos está vedado, viajando por todo el mundo, alojándose en asquerosos hoteles para ricos y comiendo manjares de todo tipo que seguramente incluyen sustancias transgénicas a quinientos euros el menú. Toda una tortura diaria que, sin embargo, los salvadores del mundo soportan con admirable estoicismo.

Ahora andan por Copenhague, dando un nuevo ejemplo de sacrificio puesto que la cumbre contra el calentón global podría haberse organizado perfectamente en Brasil o en el Caribe, lugares más templados ya que del calentamiento se trata; pero no, la han convocado en el norte de Europa para que todos veamos en ellos un ejemplo añadido de abnegación. No sólo eso. Conociéndolos son capaces de poner los radiadores de las suites hoteleras al mínimo y decirle a los chóferes de las mil doscientas limusinas que no dejen el motor y la calefacción en marcha mientras se reúnen para acabar con el calentón global, el mismo que todavía no ha aparecido por tierras danesas pero que llegará sin duda para vaporizar la corrupta civilización que lo ha provocado.

Yo también quiero salvar a la humanidad, siempre que los gastos de mi esfuerzo corran a cargo de los demás, porque no está bien que los protagonistas de la hazaña tengan que asumir los costes del salvamento. Y si hay que viajar en jet privado, usar limusina y contaminar como una manada de vacas a dieta de repollo se hace sin rechistar. Como los titanes de Copenhague, voluntarios desinteresados dispuestos a soportar todas las fatigas que conlleva esta batalla definitiva contra el neoliberalismo depredador. ¡Pero si hasta han decidido que ni siquiera van a ir de putas! ¿Son unos héroes o no son unos héroes?

De arrogantes e hipócritas

Si tuviéramos que buscar algunos rasgos característicos que definan a los líderes políticos, muchos elegiríamos la arrogancia y la hipocresía. Seguramente la primera es común, aunque no necesariamente dominante, en la mayoría de líderes, independientemente de su pertenencia a la política, la empresa o cualquier otra actividad humana mientras que la hipocresía es algo que define más al político o al líder social que al empresario.

Sin embargo, la arrogancia suele ser contraproducente cuanto más poder tiene el que toma decisiones, pues en caso de que los resultados no se correspondan con lo planeado, las desviaciones pueden ser nefastas. Los planes quinquenales soviéticos produjeron hambrunas y matanzas, lo mismo que la Revolución Cultural china; el Reich nazi de los mil años condujo a la mayor guerra que ha sufrido la humanidad. Hoy por hoy, el proyecto bolivariano de Hugo Chávez para toda Latinoamérica hace aguas, aunque los venezolanos lo sufren en sus carnes.

Los planes deberían ser genéricos y flexibles y los objetivos variables en función de los medios, sobre todo si las variables que se manejan son muchas e imprevisibles, pero principalmente deberían ser realistas. Podemos llegar a conseguir ciertos objetivos cuando somos conscientes de las limitaciones y del riesgo que queremos correr.

Si hay un escenario caótico e impredecible ese es una guerra o, en este caso, una ocupación. Cuando en plena Guerra Fría, el antagonismo entre bloques justificaba cualquier política de intervención exterior, podría ser comprensible, aunque moralmente dudoso, que las grandes superpotencias se involucraran directa o indirectamente en terceros países con el argumento, no necesariamente falso, de que de no haber una intervención, terminaría en manos del enemigo. Estados Unidos tomo progresivamente Indochina cuando los franceses la abandonaron en la década de los 50 del siglo XX e iniciaron uno de sus negocios más ruinosos y desastrosos en los que ha participado.

Los planes americanos en Vietnam, Camboya y Laos eran un querer y no poder. Si de verdad estaban abocados a una intervención se deberían haber utilizado todos los medios posibles, financieros, humanos y militares, para ocupar y gobernar estos países y que no cayeran en manos de las guerrillas comunistas apoyadas por Moscú. Pero Estados Unidos simplemente mandaba a miles de sus soldados a una guerra que luchaba en sus cuarteles, sin ocupar el terreno, contemporizando con las élites políticas corruptas del Vietnam del Sur, vigilados por una prensa y una intelectualidad hostiles y paradójicamente, apoyados en las encuestas por el pueblo americano. Vietnam fue ocupado, pero no luchado y al final, además de costar muchísimo al contribuyente americano, terminó convertido en un reducto comunista.

El presidente Obama parece que quiere repetir viejos errores en Afganistán y si bien el viejo tópico de que la historia se repite es una exageración (nunca se repiten las circunstancias ni los actores en el devenir histórico), sí es cierto que la historia nos enseña lecciones de cómo no se debe hacer algo. Barak Obama ha anunciado con la arrogancia propia de quien comanda el ejército más poderoso del mundo, que va a mandar 30.000 nuevos soldados a los desiertos afganos para controlar un país que cada vez está más descontrolado, mientras que sus aliados han prometido otros 7.000 efectivos. Los señores de la guerra y los talibanes, ocho años después, han visto que los colmillos del lobo no son tan afilados como parecía al principio y han iniciado una lenta y hasta ahora efectiva reconquista.

Entre 37.000 y 0, me quedo con lo último, es más barato. Si nos ponemos del lado más asquerosamente utilitarista y nos olvidamos de su coste, "civilizar" Afganistán debería ser un proceso de colonización total, una ocupación militar en condiciones, una sustitución de todo su complejo administrativo y gubernamental, un cambio en el orden social, una introducción de principios éticos y morales distintos de los que actualmente tienen, en definitiva un aparatoso plan de ingeniería social que además de ser tremendamente caro… podría terminar también en desastre.

Pero es que Obama, además de ser un pomposo arrogante, da la sensación de ser un hipócrita redomado. De entrada, ha puesto fecha de caducidad a este plan: 2011, un año antes de las elecciones presidenciales. 37.000 soldados no son muchos para tan magno objetivo, pero permitirían a sus enemigos prepararse durante uno o dos años para la guerra civil que seguirá a la salida de las tropas occidentales, sin tener que luchar abiertamente contra éstas por un terreno que ocuparían unos meses después. No me extrañaría que Obama se presentara en su momento ante sus electores como el pacificador de nada.

De la misma manera que los comunistas dominaron Indochina, los islamistas dominarían Afganistán y probablemente Pakistán e Irak. Lo que empezó en septiembre de 2001 como la respuesta a un ataque terrorista de horribles consecuencias se ha terminado convirtiendo en un costoso proceso que ha supuesto para los americanos y en general a los occidentales, miles de millones de euros. Los planes deben ser realistas, con objetivos razonables, acordes a los medios que se tienen, flexibles y eso es algo que en política no se contempla, no al menos cuando de arrogantes e hipócritas estamos hablando.

Lo siento, Greenpeace

La campaña de esta temporada muestra a Zapatero, Obama, Lula, Merkel y otros mandatarios con el pelo blanco y la piel más arrugada que una papa con mojo picón. Por fin un fotomontaje que no engaña. Las fotos, que simulan la apariencia de estos políticos en el año 2020, van acompañadas de unas frases en las que se lee "Lo siento. Podríamos haber detenido los efectos catastróficos del cambio climático… Pero no lo hicimos".

Greenpeace introduce como ciertas tres ideas que distan mucho de estar probadas. La primera es que los efectos del cambio climático vayan a ser catastróficos. La ausencia de calentamiento durante los últimos once años no sólo deja al descubierto algunas de las flaquezas más importantes de los modelos más catastrofistas que preveían fuertes incrementos en la temperatura global, sino que hace que la ciudadanía sea más escéptica a la hora de aceptar las tesis alarmistas. Además, las encuestas a climatólogos de todo el mundo no parecen indicar que la comunidad científica considere mayoritariamente que estemos ante un fenómeno catastrófico. 

La segunda es que el hombre pueda hacer algo para solucionar esa supuesta catástrofe, sobre todo si tenemos en cuenta las declaraciones del presidente de la organización radical el año pasado diciendo que Kioto es la única solución. Lo cierto es que Kioto representa un modelo en el que el coste es inmenso mientras que el beneficio climático ha sido casi imperceptible. En ese marco que tanto les gusta a los guerreros del arco iris será difícil solucionar nada. Pero claro, como resulta que no quieren ni oír hablar de alternativas más eficaces y menos costosas como las deducciones fiscales, invertir en sumideros, secuestro de carbono o energía nuclear, tienen que quedarse con el fracasado modelo de Kioto. Lo siento Greenpeace, se pueden hacer muchas cosas si de verdad nos enfrentamos a un cambio climático peligroso, pero con la postura intransigente y suicida que mantienen me temo que pasarán los años y veremos que no se hizo nada provechoso (aunque de no ser por ustedes quizá se podrían haber tomado buenas medidas).

La tercera idea es que nos quedan diez años para resolver el problema. Esto es muy interesante porque hace cuatro años la organización ya decía que sólo teníamos diez años. Si no cambiábamos nuestro modelo productivo hacia uno centralizado y fuertemente intervenido en menos de diez años, estábamos abocados a ser partícipes del fin del mundo. Así que de algún modo hemos logrado obtener una prórroga de cuatro años.

Habrá que ver qué pesa más sobre los políticos, las fotos y el argumento vacío de Greenpeace o el escándalo del Climategate, que implica a varios de los científicos más influyentes dentro de la corriente catastrofista por haber destruido datos, escondido declives en las temperaturas que no cuadraban con sus modelos, cerrado el paso de los críticos al debate académico y engañado a la opinión pública.

La red, campo de batalla

Las ha envuelto en su discurso almibarado y les ha colgado uno de los pocos carteles con enganche que no había utilizado: Ley de Economía Sostenible. Este es un hombre de grandes miserias, puestas a la venta con grandes letreros. Alianza de Civilizaciones, Educación para la Ciudadanía, Ley de Economía Sostenible… ¿Qué será lo próximo? ¿Una Ley de Libertad Religiosa?

Doscientas páginas tiene el anteproyecto, y entre un par de recomendaciones a los bancos de que hagan su trabajo, la amenaza de cumplir a medias su programa de 2004 sobre los sueldos de los directivos y demás, se ha colado en el texto el espíritu de las navidades futuras, esas en las que la SGAE va cerrando páginas. ¡Toma ómnibus!

Usted siempre se ha preguntado para qué queremos un ministerio de Cultura. Además de para repartir dinero a una clase de artistas adocenados y pastueños, claro está. Pues para censurar. La ley prevé que un grupo de aleccionados cierre páginas web, y sin control judicial. La idea no ha sido de Salgado (la ley ha salido de su Ministerio) ni de Sinde, sino de Zapatero. El corazón de la SGAE late en La Moncloa, y su pulsión de control de internet no se apagará jamás. La red, campo de batalla por la libertad.

Un grupo de bloggers, sí, se ha reunido con la ministra y ha expresado ante el Gobierno el modo de pensar de centenares de miles, de millones de internautas. Es decir, de ciudadanos. Y por el momento, el Gobierno ha rectificado. Es más, la comisión censora, al parecer, se ha quedado sin atribuciones. ¿Dónde está el Estado, con su poder y su aureola de autoridad? Es una filfa moldeable por unas cuantas pantallas de ordenador. Pero reaparecerá.