Ir al contenido principal

Mercantilismo monetario

Los artistas de la canción, que llevaban ya un tiempecito sin echarse un manifiesto al bolígrafo, acaban de firmar un documento en el que afirman que sus productos suponen una seña de identidad nacional que hay que preservar de internet, ese nido de libertarios que ni siquiera el gran Janli Cebrián ha podido amojonar.

Dicen que la industria musical está en crisis, gran novedad en los tiempos que corren, y en lugar de echar la culpa a la política económica de Zapatero, al que llevaron al poder a golpe de ceja, se la endosan a los adolescentes frikis que combaten los ataques de acné bajándose de las redes P2P el último éxito del momento.

En los últimos tiempos han descendido los ingresos de las discográficas, como lo han hecho en el sector del automóvil, de la panadería o de la fabricación de esparteñas, pero lo que no dicen los artistas es que, en cambio, han aumentado los beneficios directos de los grupos musicales gracias a la proliferación de actuaciones, debido en gran parte a la popularidad que obtienen sin ninguna inversión a través de internet.

Los tiempos han cambiado y las líneas de negocio que hace una década eran rentables ahora son deficitarias por la propia evolución de la tecnología y, por tanto, del mercado. Las dos únicas posibilidades para triunfar son adaptarse a las nuevas circunstancias y explotar sus posibilidades, como hacen los músicos de otros países, o exigir al Gobierno que coarte la libertad de los ciudadanos que, sin cometer ningún delito, comparten afición a través de la red.

Los cantantes, músicos y empresarios de la copla españoles han optado por lo segundo, que es más cómodo y bastante rápido. En última instancia, el coste de imponer una coacción institucional en internet lo asumiría el Gobierno y ellos serían los beneficiarios limpios de culpa. Sin embargo, la pasión por la libertad de los usuarios de internet les puede pasar una gravosa factura, y si no sólo tienen que preguntarse a sí mismos a qué festival puede acudir hoy en día su colega Ramoncín, pionero en el intento liberticida que ahora pretenden llevar a cabo todos estos "abajofirmantes". Es lo malo de la red: nada pasa desapercibido. Y mucho menos los nombres de los enemigos de la libertad.

La ceja presenta su factura al cobro

En unas semanas tendrá lugar una cumbre en Copenhague donde los políticos pretenden comprometerse a incumplir promesas aún mayores de reducciones de gases de efecto invernadero. No alcanzarán los objetivos con los que llenarán los titulares, pero con la excusa aumentarán su poder más y más sobre la economía y sobre nuestras vidas privadas. Lo de imponernos la temperatura a la que debemos tener el aire acondicionado es sólo un ejemplo. Holanda ya ha pasado a controlar en todo momento por dónde vamos con nuestro coche. Vendrán cosas peores.

La gráfica del palo de hockey, que venía a decir que sufrimos un calentamiento desconocido en la historia reciente de la Tierra, dio alas al alarmismo climático. Era mentira. Ahora, además, sabemos que los científicos responsables de estas gráficas hicieron todo lo posible para que no pudieran publicar en revistas científicas quienes dudaban de su teoría, para expulsar sus estudios del IPCC –el compendio "oficial" de esta ciencia– y, sobre todo, para colocar en el código empleado para hacer sus estudios correcciones artificiales y arbitrarias con el objetivo de que dieran los resultados deseados.

La ciencia es replicación. En el año 89, dos químicos aseguraron haber logrado una reacción de fusión a temperatura cercana a la ambiente. Era la llamada "fusión fría". La noticia era importantísima. Permitía acceder a una fuente de energía eficiente y barata. Pero durante las siguientes semanas otros científicos intentaron replicar el experimento de Pons y Fleischmann, y no lo lograron. La decepción fue enorme. Pero supimos que la "fusión fría" era un timo gracias a que estos científicos publicaron detalladamente su método y dieron así la opción a los demás de repetirlo.

Estos "científicos" del clima, por el contrario, se niegan a ofrecer sus datos de tomas de temperatura y el código empleado para obtener sus alarmantes resultados. Llevamos más de una década haciendo ciencia y política basada en una confianza irracional y extrema en la competencia y honestidad de quienes ahora se han revelado como activistas de su teoría alarmista sobre el calentamiento global. Deberíamos haber reaccionado cuando se negaron a ofrecer sus datos a científicos como McIntyre, pero los medios compraron la idea de que no se podía permitir poner los resultados en duda mediante una auditoría de los estudios alarmistas. A algunos nos llamaron "enemigos de la ciencia". No deja de ser irónico que se descubra ahora que quienes sí merecen esa clasificación son los otrora sacrosantos Mann, Jones, Briffa, Osborn y Rahmstorf. Y quienes les han hecho la cobertura mediática.

La única vía para que la climatología se recupere de este golpe y podamos volver a confiar en ella la ha indicado Eric S. Raymond. No debe permitirse la publicación de más estudios climáticos que no presenten los datos y código fuente de los algoritmos que producen sus resultados. El IPCC no debe incluir en sus páginas ningún estudio que no cumpla estos requisitos. Antes de la era de internet podía tener lógica que no se publicara todo por falta de espacio. Hoy ya no. El secretismo es enemigo de la calidad. Un pequeño y endogámico grupo de climatólogos nos lo ha dejado claro.

También sería recomendable, como indicó en su día Michael Chrichton, que se impidiera que los mismos que deciden cómo recoger los datos, los recojan; que quienes recogen los datos sean quienes los analicen. No estamos hablando de ciencia pura, ahí aislada en su torre de marfil, practicada por individuos altruistas que se sitúan más allá de las consecuencias de sus investigaciones. La climatología es hoy una ciencia activista, muchos de cuyos integrantes quieren demostrar una tesis digan lo que digan los datos.

Pero no se hará nada. Hay demasiados intereses en juego. Posiblemente ni siquiera se consiga que los medios acojan con algo de escepticismo la enésima fecha en que se derretirá el Ártico.

La ciencia del mentir

Uno se los imagina recogiendo y cotejando los datos y sometiéndolos a pruebas y filtros sutiles y efectivos, de los que emerge, por fuerza propia, la verdad. El científico se sorprende, que en eso consiste la filosofía, anota los resultados y su historia y los redacta en un artículo para someterlos al juicio de sus colegas.

Pero estos no. Estos tenían el resultado de antemano y estaban dispuestos a todo por mantenerlo. Ocultaron datos y los manipularon. Intentaban expulsar a quienes no piensan como ellos de la república de la ciencia. Alguno se alegró de la muerte de un colega, otro fanfarroneaba con aplicar su visión de la ciencia, es decir, los puños, a un climatólogo. Todo para mantener que la Tierra se calienta por causa del hombre y acallar las causas puramente naturales.

Todo ello es a la vez previsible y sorprendente. Sorprendente porque la ciencia tiene todavía prestigio, y los legos le entregamos las virtudes del conocimiento y la seguridad, y nos sentimos traicionados cuando utilizan ese prestigio para la mentira y, digámoslo, para hacer política. Pero es previsible porque la política paga, con dinero, puestos de trabajo y honores un mensaje y persigue otro.

No tienen defensa. Pero en una segunda línea sí hay un buen argumento que, al menos, salva de la quema al mensaje, que recuerdo que es: 1) Nos abocamos a la catástrofe, 2) El culpable es el hombre (es decir, el capitalismo) y 3) Sólo los políticos nos pueden salvar. Consiste en decir que el hecho de que el desprecio por la ciencia de unos cuantos (aunque entre ellos estén varios de los más destacados miembros del IPCC), no tiene relación alguna con la afirmación de que la Tierra se calienta sólo por nuestra culpa. Todavía podría ser cierto. Claro que sí.

Pero lo que hay que plantearse con todo este escándalo es la motivación que ha llevado a científicos de primer nivel a hacer el ridículo, a traicionarse a sí mismos y a la ciencia a la que dicen servir, y todo por motivaciones políticas o económicas. ¿Por qué, en el periodismo, se repite la misma actitud despreciativa hacia la ciencia e intolerante con quien no traga con la versión oficial? ¿Qué lleva a una sociedad a venerar a la ciencia, pero a sacrificarla por la ideología en cuanto encuentra ocasión? Una sociedad no puede ser sana sin un respeto por la verdad, y se lo estamos perdiendo.

Contractualismo

Quienes estudian el Derecho con rigor y espíritu crítico, se enfrentan desde muy antiguo contra un racionalismo exagerado, ingenuo o constructivista, que, desconociendo los límites de la Razón humana, parece no comprender la condición evolutiva de las normas de conducta.

El Derecho llega hasta el presente como un conjunto amplio y complejo de dos tipos de contenido normativo: abstracto y enunciado. La primera clase de contenido es la más importante, por ser a su vez la raíz del segundo tipo, pues otorga a las normas explícitas, relativamente superficiales (accesibles, en cierto modo, al conocimiento expreso del Hombre), el contenido que las hace eficientes y dinámicas dentro de un orden jurídico evolutivo.

Se trata de dos procesos simultáneos de formación de contenido normativo:

1.      La evolución, gracias a procesos de aprendizaje, prueba y error, competencia y adaptabilidad dinámico-eficiente, de contenidos de tipo abstracto: una clase de conocimiento íntimo y tácito, que disciplina la conducta humana desde los niveles más básicos del orden cognitivo.

2.      El proceso de plasmación e integración institucional surgido de la efectividad de las normas abstractas, pero enunciadas e interpretadas, en su contenido más superficial, dentro de procesos de formulación teórica consciente de los distintos órdenes normativos, surgiendo enunciados competitivos, composiciones de dominio relativo, y soluciones ante situaciones conflictivas, inauditas o regulares, que contribuyen a formar una institución jurídica o moral, cierta y expresa, con suficiencia práctica.

Estos dos procesos suceden como consecuencia de una combinación entre la acción intencional del hombre y los presupuestos sensoriales (de tipo perceptivo, ejecutivo o de conducta) que lo guían de forma abstracta, inconsciente o semiinconscientemente. Siendo así, en ningún caso puede hablarse de que el Derecho o la moral, así como el sustrato de reglas de mera conducta que los sostiene a ambos, sean fruto de una composición planificada, sino un resultado inintencional tras largos y complejos procesos de competencia y aprendizaje, donde varias generaciones de individuos, durante cientos de años, acaban reproduciendo patrones de conducta, más o menos explícitos, que son la esencia del orden social, su eficiencia y dinamismo (Menger, Hayek).

Frente a esta concepción de la sociedad y los órdenes normativos que rigen la conducta de los sujetos que la integran, impulsado por la arrogancia intelectual y el ingenuo racionalismo de los que hablábamos más arriba, se posiciona el contractualismo. Quizá parezca complicado advertir el profundo error teórico sobre el que se sustenta el contractualismo cuando éste tiende a circunscribirse al estudio político, y no tanto al del Derecho o la moral. Hayek extendió su examen sobre todas las manifestaciones del racionalismo ingenuo, atribuyéndole características comunes en las distintas facetas del estudio social. Cientismo, en cuanto al método y el complejo positivista, y constructivismo en lo que a la pretensión refundadora y antievolutiva que el racionalismo extremo representa, como exaltación de la capacidad compositiva de la Razón humana (a la que se le conceden extraordinarias facultades), y al mismo tiempo, ignorando el fundamento de las instituciones sociales evolutivas.

Conviene distinguir entre dos tipos de contractualismo. Su fondo común no debe perturbarnos en la identificación de las características que son privativas de cada uno:

1. Contractualismo social: tradicionalmente planteado desde una perspectiva eminentemente política, en realidad posee implicaciones en el resto de órdenes, incluido el jurídico o el económico. En todo caso, su vocación socialista (de diseño integral del orden social en virtud de supuestos fines e intereses generales de un grupo humanoespecífico), se plasma en la idea de un origen social primigenio, incompleto o imperfecto, superado gracias a un acto positivo de organización social mediante la elaboración de un contrato. Dicho pacto limita una apodíctica libertad natural en virtud de dos opciones, según sea hobbesiano o roussoniano el criterio: un caos mal entendido, inseguro y paralizante (Hobbes: guerra civil perpetua), o un estado de salvajismo honrado, roto por la irrupción de instituciones planteadas como dominación de unos individuos sobre otros, únicamente superable por la constitución de un Estado moralizador y redistribuidor (Rousseau).

El contractualismo social, excediendo el límite de lo político, engloba también el orbe de lo jurídico, considerando al Derecho como resultado de la voluntad del hombre, a través de actos legislativos concretos, gracias a los cuales se definen dominios y derechos subjetivos, o meras normas de atribución de facultades y orden público.

2. Contractualismo individualista: quizá sea una novedad para muchos, aunque no debería asombrar a quienes crean haber dado con una solución completa al problema de la organización social en ausencia de un Estado que ejerza los poderes jurisdiccionales, legislativos o redistributivos típicos.

Parte del mismo error que el contractualismo social, puesto que ambos se sostienen sobre la arrogancia intelectual de creer que existe, al alcance de la razón humana, un conocimiento completo o suficiente de todos los fenómenos o elementos relevantes del proceso social. Se trata de una respuesta que adolece de un vicio de origen: comulga con el positivismo en la certeza de que el Derecho y las instituciones pueden identificarse plenamente con el Estado, así como los poderes jurídicos o políticos donde son proyectadas. Este error se debe a que ambos tipos de contractualismo conceden a la razón idéntico acceso a la totalidad, superando la complejidad de los fenómenos en lid, demostrando su capacidad de ordenarlos, y así lograr resultados óptimos y mucho más eficientes que los que se derivan del proceso dinámico y competitivo que da sentido al orden social.

El contractualismo individualista cree en la existencia de una ética pétrea y estática, consustancial a la naturaleza humana, de donde la razón puede derivar un sistema completo de normas sociales. Se trata de un tipo de contractualismo que confía en un mundo donde cada individuo decide a través de contratos explícitos sus sometimientos personales. El contenido íntegro de estos pactos aparece como un enunciado cierto y conocido por las partes. En semejante escenario, no habría Poder, sino terceros contractualmente posicionados como garantes del cumplimiento de las estipulaciones pactadas. Tampoco habría lugar para la política, sino marcos de relación de intereses de acceso voluntario y diseño convencional. Y, claro está, de ninguna manera habría Derecho, sino un conjunto de contratos que guiarían, por completo, la conducta de sus contrayentes.

El contractualismo individualista consiste en una simplificación tan poco explicativa y tan acientífica, que ni siquiera resultaría útil como modelo imaginario con el que tratar de obtener determinadas conclusiones críticas.

Podemos resumir los argumentos expuestos en los siguientes puntos: según el contractualismo individualista, cada individuo decide sobre las normas que le obligan así como sobre las relaciones sociales que le comprometen, por derivar todo ello de actos positivos y convencionales. No existe orden político, sino una suerte de sociedad de intereses que sucede de unos a otros ligada a bienes patrimoniales concretos, y no como sucesión política dada la pertenencia a un grupo humano. Lo público carece de sentido, no existe, como tampoco ha lugar para la autoridad genuina (resultado de un tipo concreto de reconocimiento social).

Al igual que el contractualismo social, el contractualismo individualista es un modelo imaginario del comienzo del orden social, económico y político, que deriva en consecuencias actuales plasmadas en la intervención institucional voluntarista. El modelo planteado no sería más que un tipo de horizonte final, situación social de reposo.

"La pretensión de que el Hombre es capaz de coordinar sus actividades con éxito a través de la plena y explícita valoración de las consecuencias de todas las acciones alternativas posibles, y su conocimiento exhaustivo de todas las circunstancias (…) trata nuestros problemas prácticos como si conociéramos todos los hechos y como si la tarea de afrontarlos fuera puramente intelectual" (F.A. Hayek, Estudios de…, "Clases de Racionalismo", página 145).

Verde no, roja

No es que la previsión fuera tranquilizadora, porque en esas materias se puede hacer mucho daño a la economía del país y Zapatero es un virtuoso del desastre, pero cuando leemos el resumen de la vicepresidenta económica con los puntos más destacados de la nueva normativa es inevitable reconocer que los socialistas nos han vuelto a sorprender.

O sea, que el principal escollo que nos impide salir de la crisis es el sueldo que los accionistas de una empresa pagan voluntariamente a sus gestores, delito de leso socialismo que el Gobierno se propone remediar con esta ley, anunciada como la iniciativa estelar de esta segunda legislatura. Porque además de ciertas reformas legislativas para agilizar la pesada burocracia estatal y las habituales apelaciones al apoyo a la investigación y el desarrollo, lo más destacado de este proyecto de ley, a juzgar por la sinopsis de la ministra Salgado, es la decisión de Zapatero de controlar lo que las empresas pueden o no pagar a sus ejecutivos. Sobre los tres sueldos de la Pajín o los cinco de de Cospedal, en cambio, el Gobierno no dice nada, convencido tal vez de que la labor de los políticos profesionales es mucho más importante que la de los ejecutivos de una multinacional. Y en parte es así, porque si los directivos de las grandes compañías hacen ganar dinero a los propietarios de la empresa, no vea usted la paletada de pasta que algunos políticos hacen ganar a los propietarios de terrenos urbanizables o a los productores de cine.

Por otra parte, seguimos sin saber a qué se refiere Zapatero cuando propone un nuevo modelo productivo, exactamente igual que le ocurre a él mismo. Si el arcano de la sostenibilidad ha sido desvelado en esta ley, la Salgado lo oculta al público, salvo que la clave para la nueva economía productiva, sostenible y respetuosa con el calentón global sea vigilar de cerca lo que gana el presidente del Santander y su equipo directivo. Que igual lo es, no pongamos trabas a la imaginación del Consejo de Ministros. Y si no es así, al menos ya han dado un titular a los medios "progresistas" y una mano de vaselina a electores de extrema izquierda, encantados de creer que Zapatero castiga a los ricos aunque estén en el paro y sin poder llegar a final de mes.

La sostenibilidad de Zapatero es básicamente esa, mantener subsidiados a sus votantes y darles su ración mensual de radicalismo legislativo. Este mes ya llevan recetadas dos dosis generosas, con la ley del aborto y ésta otra para la economía "roja". Todo un atracón, y eso que todavía no es Navidad.

Los empresarios y las crisis

Cuando hablamos de crisis económicas solemos señalar las malas inversiones que se han llevado a cabo por parte de los empresarios. En realidad, lo característico de las crisis económicas no es el hecho de que los empresarios se equivoquen al llevar a cabo sus proyectos e inversiones (cosa que ocurre en cualquier lugar y tiempo), sino que se equivoquen todos a la vez. Es decir, que ocurran errores colectivos simultáneos. Y es precisamente esta circunstancia la que debe ser explicada por una teoría del ciclo correcta.

En este sentido, la teoría del ciclo austriaca que hemos expuesto brevemente en otro artículo, explica cómo se produce esta grave descoordinación social en ámbitos como el dinero y el crédito bancario, y cuál es el papel del empresario.

Un empresario es, en sentido amplio, todo ser humano que actúa con perspicacia (alertness, en palabras de Israel Kirzner) para descubrir y darse cuenta de las oportunidades de ganancia subjetiva que surgen en su entorno, y establece un plan de acción para aprovecharse de ellas. En sentido estricto/económico, un empresario es todo aquel que guía los procesos de producción para satisfacer las necesidades y deseos de los consumidores. Para ello, se arriesga adquiriendo factores de producción en el presente para vender los productos terminados en el futuro y obtener una ganancia.

La función empresarial tiene una capacidad coordinadora. Los empresarios se dan cuenta de la situación de desajuste o descoordinación que se da en el mercado debido a la inevitable dispersión y limitación del conocimiento de oferentes y demandantes y, movidos por la creencia subjetiva de que existe una oportunidad de beneficio empresarial, crean nueva información y la transmiten a lo largo del cuerpo social. De esta manera se coordinan los comportamientos desajustados de los individuos del mercado. De esta manera los empresarios coordinan los planes de los individuos de la sociedad.

Habiendo comentado estos puntos, debemos preguntarnos si existe alguna relación entre estos aspectos y el desencadenamiento de las crisis. La respuesta es que sí, y tiene su origen en la pretensión de los bancos centrales de fomentar un crecimiento estable y sostenido mediante la manipulación de la oferta monetaria y el tipo de interés. Al reducir los tipos de forma arbitraria, se fomenta que los bancos sean más flexibles y proclives a conceder créditos ya que se encuentran respaldados por los bancos centrales. Esta distorsión de los tipos de interés hace que los empresarios emprendan proyectos que ven rentables pero que en realidad no lo son (desplazando para ello capital y trabajo).

De esta manera se desencadena un proceso de descoordinación intertemporal, ya que el tipo de interés es un importante fenómeno de mercado que relaciona los bienes presentes con los bienes futuros y tiene un papel protagonista en los procesos empresariales de coordinación intertemporal porque regula la relación entre consumo, ahorro e inversión.

Vemos como, de esta forma, se pervierte/distorsiona el necesario ajuste de los comportamientos presentes y futuros que realiza la función empresarial en el mercado de intercambio de bienes presentes por bienes futuros, lo cual provoca una generalizada mala inversión de los recursos y factores productivos e imposibilita que se descubran las situaciones de desajuste que se dan en la sociedad.

Cabría también preguntarse si los empresarios pueden evitar participar en este proceso de descoordinación (que además puede suponer su ruina) rechazando los préstamos que reciben del sector bancario. Mi respuesta es que hay pocas posibilidades de que puedan conocer y anticiparse a las distorsiones señaladas anteriormente, ya que difícilmente podrán saber si el préstamo que se le ofrece procede de un aumento del ahorro real de la sociedad o, por el contrario, se trata de dinero inflacionario que han creado artificialmente gobiernos y bancos.

Sobre Ramoncín, con todo respeto

Procuraré en todo momento que ninguna frase o expresión pueda correr el riesgo de cruzar la fina línea que a veces separa la crítica del insulto. Tal precaución es necesaria por el simple motivo de que en las siguientes líneas me referiré a ese señor de profesión cantante y conocido por la "marca" Ramoncín.

No vamos a entrar aquí a valorar sus formas, sus declaraciones de hace años ni tan siquiera el victimismo que algunos podrían considerar que exhibe. No, tan sólo valoraremos algunos de los aspectos de su reciente intervención en el programa Espejo Público de Antena 3. De hecho, hay algunas de sus frases sobre las que evitaremos opinar debido a que es difícil decir sobre ellas nada sin perder el respeto por su autor. Así, no diremos nada sobre su afirmación de que "me quiere todo aquel que tiene un gramo de cerebro". Dado que no sentimos ningún aprecio hacia Ramoncín, al considerarnos insultados por esta frase podríamos responder con algo similar sobre él. Pero no lo haremos.

Reconozcamos que muchas personas han tenido realmente mal gusto al expresar su opinión sobre este cantante a través de la red. Que no guste lo que dice, o que sus opiniones puedan ser consideradas insultantes por muchos, no convierten en algo digno de elogio el hacer dibujos o montajes en los que se le decapita o fusila. Sin embargo, consideramos que se equivoca al hacer determinadas afirmaciones. Dice Ramoncín que "internet no puede ser el altar de todos los descerebrados que hay en este país".

Con todo el respeto, mientras no cometan ninguna ilegalidad, los descerebrados españoles y de cualquier otro lugar del mundo tienen todo el derecho a expresarse y actuar por internet como cualquier hijo de vecino que sienta cariño por Ramoncín. Tampoco consideramos que sea muy acertada la equiparación que hace de la vulneración de sus derechos de autor o de marca con la vejación de deficientes mentales mostrando vídeos de ellos a través de la red. Sin ánimo de molestar, consideramos que lo segundo es mucho más grave.

Con la máxima modestia y sin intención alguna de ofender, consideramos que Ramoncín se equivoca en algunas de sus apreciaciones y en otras puede estar exagerando. Dado que avisa que todos y cada uno de quienes le calumnien e insulten serán denunciados, esperamos que este artículo no nos lleve ante los tribunales. Creemos que ha sido un texto totalmente respetuoso.

La heterogeneidad de los bienes de capital

En el artículo anterior vimos cómo el capital era el valor monetario de los factores productivos destinados a obtener un lucro monetario. Se trataba, pues, de una magnitud homogénea que sólo podía emerger en un sistema de división del trabajo basado en la propiedad privada.

El hecho de que el capital sea homogéneo, sin embargo, no significa que los bienes de capital, los activos empresariales con los que se obtiene el lucro monetario, también lo sean. Precisamente, la excesiva simplificación sobre la naturaleza de los bienes de capital es uno de los mayores defectos de la teoría neoclásica. Así, confunden el valor monetario –el capital– con el bien valorado –el bien de capital– y por ello imaginan que las cualidades del valor monetario son a su vez las del bien valorado. El trato que se les concede es el de que son completamente homogéneos y convertibles entre sí, pese a que parece bastante claro que una cafetera tiene bastante poco que ver con una locomotora. Como recuerda Peter Klein, con Samuelson y Solow se caracteriza al capital como un shmoo: un ente perfectamente elástico, modelable y sustituible sin coste alguno desde un proceso productivo a otro.

La Escuela Austriaca, sin embargo, siempre ha enfatizado la heterogeneidad e inconvertibilidad parcial de los bienes de capital. No importa únicamente cuántas máquinas, cuántas materias primas, cuántos inventarios o cuánta energía haya en un país; tan o más relevante resulta cuál sea su organización. De ahí que ya desde un comienzo Menger recordara en su artículo sobre el capital que "cada economía individual forma parte de un organismo de economías, dentro del cual el éxito de cada economía en cuestión está condicionado a la situación de las demás y de sus interrelaciones". De ahí también que Böhm-Bawerk considerara que el capital son un conjunto de bienes intermedios que van avanzando por las distintas etapas de la economía hasta convertirse en bienes de consumo. Y de ahí, en definitiva, que Hayek hablara de una "estructura productiva" para referirse a aquel conjunto de etapas sucesivas por las que van pasando los factores originarios de producción hasta madurar en bienes de consumo.

Sin embargo, ha sido Ludwig Lachmann quien posiblemente más haya hecho por profundizar en este concepto genuinamente austriaco de la heterogeneidad de los bienes de capital. Primero en un artículo publicado en Economica, Complementarity and Substitution in the Theory of Capital (1947) y sobre todo en su posterior libro Capital and its Structure (1956), Lachmann analiza detalladamente cuáles son las propiedades que comparten los bienes y qué implicaciones tienen estas propiedades sobre una teoría económica que las ha dejado enormemente de lado. Así, siguiendo a Lachmann podemos decir que los bienes de capital son:

  • Heterogéneos: Los bienes de capital son esencialmente heterogéneos entre sí, esto es, sus características y su función económica son distintas en cada uno. No son lo mismo una oficina, un escritorio, un camión, un inventario de patatas o los conocimientos laborales aprehendidos por un trabajador. Por supuesto, habrá bienes de capital que serán iguales a otros y en ese caso sí podrá hablarse de homogeneidad (dos barriles de petróleo), pero ni el conjunto de los bienes de capital puede ser homogéneos ni, como norma general, lo serán los bienes particulares. Por ello, pese a que todos ellos están insertos dentro de un plan empresarial con el objetivo de obtener un lucro y todos ellos pueden valorarse y agruparse en términos monetarios –concediéndoles la apariencia de una falsa homogeneidad–, no deberíamos obviar las indudables implicaciones que sobre la actividad económica tienen sus diferencias.
  • Específicos: Debido a su heterogeneidad, el rango de fines que puede perseguir un bien de capital está limitado. Un bien de capital que sirviera para desempeñar cualquier función seguiría siendo, en el fondo, un bien de capital homogéneo. Dentro del rango de fines que puede lograr un bien de capital, los empresarios tratan de dirigirlos en sus planes a aquellos fines para los son más valiosos (donde su productividad marginal descontada es mayor). Cuanto más específico sea un bien de capital, más sensible será su valor a los cambios que experimente la rentabilidad esperada del proyecto que esté ayudando a lograr, debido a que menos opciones de recolocación tendrá dentro del sistema económico.
  • Complementarios: Dado que el empresario trata de dirigir un conjunto de bienes de capital heterogéneos hacia sus usos más valiosos, es lógico que busque aquellas combinaciones en las que aparezcan sinergias, esto es, aquellas estructuras de capital en las que los bienes de capital se complementen a la hora de obtener beneficios. Así, los bienes de capital podrán ser complementarios (camión y gasolina) o sustitutivos (ordenador y máquina de escribir) dentro de un plan empresarial. Normalmente, los bienes de capital complementarios proporcionarán rendimientos crecientes al empresario mientras que los bienes de capital sustitutivos, rendimientos decrecientes. Por ello, el empresario preferirá invertir buscando las complementariedades marginales dentro de su estructura productiva actual (las sinergias) que las posibles sustituciones. Aun así, también estará dispuesto a invertir en bienes sustitutivos para, por un lado, constituir reservas para sus bienes de capital complementarios (piezas de recambio) y, por otro, para sustituir a partes enteras de su plan empresarial cuando, por ejemplo, un cambio tecnológico eleve la rentabilidad de los bienes sustitutivos por encima del consumo de capital que implica la sustitución.
  • Limitadamente convertibles: Al ser heterogéneos y específicos, los bienes de capital no pueden transformarse en otros total y automáticamente. Los errores que se comentan con respecto a ellos (las malas inversiones) acarrean pérdidas irrecuperables para el empresario. Precisamente por ello, además, las estructuras entre bienes de capital complementarios tenderán a ser bastante rígidas y bastante poco flexibles; en ausencia de reservas de bienes sustitutivos, cualquier fallo en un bien de capital complementario tenderá a paralizar o a restar eficiencia al resto de la estructura, siendo complicado y costoso reconvertirla o redirigirla hacia otros usos: esto es, toda reconversión de los bienes de capital acarreará un coste que será más o menos importante según el alcance de ese cambio.
  • Limitadamente divisibles: Por último, los bienes de capital no son totalmente divisibles, sino que tienen un tamaño mínimo adecuado para poder utilizarlos. La décima parte de un automóvil no nos proporciona la décima parte de la utilidad de un automóvil, ya que no nos sirve para prácticamente nada. Debido a esta indivisibilidad, parece claro que no podremos explotar en todo momento todas las complementariedades potenciales entre los bienes de capital. A menos que alcancemos una escala mínima, ciertas inversiones que nos podrían proporcionar sinergias no serán rentables. Por ejemplo, una autopista sólo comienza a ser rentable cuando hay suficientes automóviles que pueden circular por ella; dado que no podemos construir mini autopistas para cada automóvil, sólo podremos explotar las sinergias (reducción de los costes de transporte) cuando haya una masa crítica suficiente de automóviles. Por eso Marx y Keynes se equivocaban al afirmar que la tasa de beneficios era decreciente en el capitalismo. Asumieron que todos los bienes de capital eran sustitutivos y que por tanto las nuevas inversiones siempre se colocaban en una posición inferior a las anteriores, proporcionando una menor rentabilidad. Pero lo cierto es que cuanto más ricos somos, más bienes de capital acumulamos, menos importancia van adquiriendo las indivisibilidades pasadas, más complementariedades podemos explotar gracias a ello y, a su vez, nuevas indivisibilidades potenciales aparecen con las nuevas inversiones.

El desprecio entre muchos economistas neoclásicos a estudiar las propiedades de los bienes de capital (con algunas notables excepciones, como el premio Nobel de Economía en 2009, Oliver Williamson, que remarca la heterogeneidad de los bienes de capital empresariales con su concepto de "especificidad de los activos") les llevan a incurrir en portentosos errores a la hora de prescribir políticas públicas.

Precisamente en el próximo artículo utilizaremos las definiciones que hemos elaborado de capital y de bienes de capital para trazar algunas de sus implicaciones sobre la teoría del ciclo económico en general y sobre la crisis actual en particular.

La crisis financiera llegará a España en 2010

La crisis económica comenzó en España a finales de 2006, momento en el que se inició la caída de ventas inmobiliarias y la ralentización de precios. Tras casi tres años, la recesión se ha llevado por delante 300.000 empresas y 2 millones de puestos de trabajo. El problema es que, por el momento, el necesario ajuste en el precio relativo de los inmuebles aún no se ha producido. Lo peor aún está por llegar.

El ajuste de la economía real se habrá completado cuando España deje de destruir empleo sin necesidad de ayudas públicas. Es decir, sin planes E ideados para maquillar las cifras de paro. El problema es que cuando la recesión termine es posible que España cuente con más de 5 millones de parados (una tasa superior al 25%); sin un motor de crecimiento capaz de sustituir al ladrillo el auténtico drama será como recolocar en el mercado a tanta gente.

Ahora bien, dicho esto, la economía nacional se enfrenta todavía a tres grandes crisis diferentes e interrelacionadas en los próximos años.

En primer lugar, crisis inmobiliaria. El stock de pisos nuevos a la venta se aproxima a 1,6 millones de unidades, según cálculos del propio sector inmobiliario. Una cifra que si se suma a los usados podría alcanzar los 3 millones. Disponemos de un stock de vivienda nuevas vacía de una cuantía tal, que para poder disolver esta sobre oferta con los niveles de demanda del año 2008 harían falta 7 años, por lo que el descenso de precios continuará.

En segundo lugar, la caída de la vivienda se traducirá en una crisis financiera de grandes dimensiones, debido a la fuerte exposición al ladrillo de bancos (50% de sus créditos) y cajas (70%). Por el momento, el sistema financiero está refinanciando el crédito incobrable que acumulan las inmobiliarias y miles de hipotecados para ocultar la creciente morosidad y evitar registrar pérdidas. Las entidades tienen orden de recapitalizar a todos sus clientes insolventes. Esto es, están concediendo nuevos créditos para que los morosos salden su deuda anterior. Es lo que se conoce como roll-over, y es justo lo que hizo Japón en la crisis de los años 90.

El pasado octubre, la tasa media de morosidad rozó el 5% pero, sin duda, seguirá creciendo. Tan sólo recordar que con una tasa de mora superior al 10% la mayoría de entidades no sobrevivirían.

El sistema financiero español cuenta con unos fondos propios de 220.000 millones de euros. Y con ese dinero tiene que hacer frente a la deuda que acumula el sector del ladrillo. ¿Cuánta? Casi el 50% del PIB, unos 470.000 millones de euros. La mayoría de este crédito resultará impagado, con lo que la banca nacional podría enfrentarse a unas pérdidas próximas a los 250.000 millones de euros, según diversas estimaciones de organismos oficiales.

El problema es que para rescatar a la banca el Gobierno tiene que acudir a la deuda pública para conseguir dinero. Y aquí es donde se encuentra la tercera pata de la crisis: la deuda pública. En los últimos 12 meses el Gobierno ha logrado colocar en el mercado más de 100.000 millones de euros en bonos a corto plazo. ¿Cómo? El BCE está financiando el déficit público español de forma indirecta. Las masivas inyecciones de liquidez a la banca europea han sido aprovechadas por las entidades nacionales para adquirir deuda pública (productos de menor riesgo) y sacar beneficio del arbitraje de tipos (piden dinero a corto plazo al BCE a un tipo de interés del 1% e invierten ese dinero en bonos con una rentabilidad del 3,5%).

De este modo, el BCE está monetizando de forma indirecta la deuda pública española. Sin embargo, una vez que el BCE relaje sus inyecciones de liquidez, el Estado va a comenzar a tener grandes dificultades para colocar su papel entre los inversores, con lo que tendrá que ofrecer una mayor rentabilidad, encareciendo aún más el coste del rescate para los contribuyentes.

Ante esta delicada situación, que no sólo vive España, sino otras grandes potencias, las elites políticas y financieras comunitarias barajan ya tres posibles escenarios:

  • Centralizar la emisión de deuda pública: en lugar de bonos nacionales, emitir bonos europeos para compensar la menor calidad de la deuda de los países más débiles.
  • La denominada "opción nuclear": expulsión o abandono del euro, con todo lo que ello implicaría (devaluación monetaria, impagos masivos de la deuda contraída en euros, ruptura de la zona euro…)
  • Que la UE acuda al rescate público de los países más débiles (incluida España), imponiendo a cambio un rígido e impopular plan de reformas estructurales y de austeridad pública, muy similar al que aplica el Fondo Monetario Internacional (FMI) a otros países cuando concede ayuda financiera.

Y dicho esto… ¿a nadie se le ha ocurrido la posibilidad de salvar a la banca por medios exclusivamente privados y de mercado? Por desgracia, esta solución liberal no cabe en la mente de la clase política.

El parto de los montes

Sepa el lector interesado que hará tres años, la Comisión Europea empezó a revisar la legislación vigente para ver si tenía algún problemilla y se podía mejorar. Tras la revisión, formuló su propuesta de nuevas leyes (directivas, en el argot comunitario), y desde entonces las instituciones comunitarias, digo, el Europarlamento y el Consejo, han estado entretenidas quitando y poniendo cosas a las propuestas de los funcionarios.

Y por fin acaban de llegar los tres a un acuerdo.

El punto de discusión final era especialmente relevante, pues se trataba de ver si Europa iba a aceptar que una autoridad administrativa cualquiera pudiera ordenar el corte de nuestras conexiones a internet, o sólo lo podría hacer un juez. En aras del consenso, por supuesto, se ha acordado permitir lo primero. Lo divertido es que el pasado mayo, unos días antes de las elecciones para el Europarlamento, esta cámara escenificó sin complejos su defensa del ciudadano. Una vez pasadas las elecciones, ya no hay tanto problema. Así que se sacrifican un poco las libertades de los ciudadanos y todos tan contentos. Por cierto, como se observa, un punto especialmente adecuado para su aprobación en la normativa de telecomunicaciones.

¿Y qué ha surgido del parto de los montes, de los tres años de trabajo de las instituciones comunitarias, con 600 europarlamentarios y 27 Estados miembros trabajando a todo motor para dotar a la ciudadanía de un necesitadísimo marco nuevo?

Pues la constatación de todas las miserias que tienen los procesos legislativos de estas democracias en que nos ha tocado vivir. Modificaciones de última hora; negociaciones sobre aspectos de interés particular (frente a la generalidad de la ley que propugna Hayek); cada grupo de interés, incluidos los gobiernos de los Estados miembros, tirando para su lado sin ningún pudor, y como resultado unos textos contrahechos que tratan de dar cabida a todas las posibilidades que nuestros políticos quieren mantener abiertas. Otra vez lo contrario al rule of law de Hayek.

Eso sí, en lo que no hubo discusiones, en lo que estaban todos de acuerdo (con alguna honrosa excepción, como nuestro Ministerio de Industria), es en que se tiene que poder expropiar la red de acceso a los operadores de telecomunicaciones. Porque esa es la realidad bajo el eufemismo utilizado de separación funcional. Ya sabemos lo fácil que es acordar entre dos cómo repartir lo que pertenece a un tercero. Y esta es otra prueba.

Junto a la separación funcional, el otro fruto del costoso parto es el regulador europeo. Aquí sí que se han esmerado de verdad nuestros representantes. Ahí es nada: lo que empezó siendo EECMA, pasó luego a BERT; de aquí se transformó en GERT; y ha terminado en un contundente BEREC. Estupendo trabajo, sí señor. Todo para crear un nuevo nido de burócratas con la consabida finalidad de perpetuarse en sus funciones y acaparar competencias. Y digo yo que qué más daba el nombre.