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Estado es corrupción

De un tiempo a esta parte no hay telediario que no abra el sumario con las imágenes de algún político imputado entrando o saliendo de un juzgado. Ocurre en la derecha y en la izquierda, en provincias y a nivel nacional, y ha pasado ya a formar parte del imaginario colectivo eso de que todos los políticos son iguales. Iguales en corrupción pero no por ello menos votados ni queridos por sus afiliados y defensores incondicionales. Sin entrar a disculpar las responsabilidades individuales de cada escándalo, cabría preguntarse la razón por la cual la corrupción se ha convertido en una característica de nuestro sistema político.

El Estado se define como monopolio: monopolio jurídico, monopolio de la violencia y monopolio financiero. En cualquier caso, monopolio. Ésta es su naturaleza y su evolución, lejos de llevarnos a una descentralización que llegase a quebrarlos no ha hecho más que reforzarlos y ampliarlos a otros ámbitos en los cuáles ni los reyes más absolutos que se sentaron en los tronos de la vieja Europa llegaron a imaginar. El dualismo entre el poder del emperador y el papado, terminó rindiéndose al primero mientras que la poliarquía medieval en la que los reyes necesitaban la aprobación de los señores feudales para reunir un ejército fueron superados concentrando el poder en una sola mano. Así, hemos llegado a nacer sometidos bajo un poder cuyos límites ya señaló Fichte: "No, Príncipe, tú no eres nuestro Dios. De él esperamos la felicidad, de ti sólo la protección de nuestros derechos". El príncipe es hoy elegido de forma democrática y Dios ha sido sustituido por una ateología en la que el monopolio de la moral se suma a la larga lista de poderes que acapara el Estado. De esta forma, el hombre ha sido transformado en ciudadano y existe una moral pública encerrada en el triángulo de lo políticamente correcto, el positivismo y la supremacía de lo colectivo sobre lo individual. Los tentáculos del Estado avanzan sobre la esfera privada y tan solo se detienen para neutralizar cualquier intento de competencia que pueda ensombrecer su poder.

La corrupción política no puede desvincularse de estos hechos ya que forma parte del sistema. La naturaleza de un sistema político es la negación de la libertad, pues las elecciones se producen de forma periódica mientras que la toma de decisiones en un mercado libre es un proceso continuado. De esta forma, el límite de lo político se encuentra únicamente en los mecanismos constitucionales de control y la soberanía periódica de los votantes. Pero hoy, la afirmación de Jean-Louis de Lolme de que "el Parlamento lo puede todo menos convertir al hombre en mujer" ha sido llevada al extremo y hasta eso puede llegar a conseguir. Justamente, porque esas transformaciones no operan sobre los hombres sino sobre los ciudadanos, la teoría del hombre nuevo ha sido asumida por las democracias liberales y sobre este pilar torcido se levantan los abusos del Estado sobre el hombre.

Y es que creer, como Montesquieu, que "la única solución es encontrar una disposición de las cosas que de la misma derive una situación en la que el poder detenga el poder" es, sencillamente, utópico. A pesar de la separación de poderes y otros mecanismos de control, es ilusorio pensar que el Estado respetará los límites que se ha impuesto sin intentar rebasarlos. En demasiadas ocasiones se tiende a pensar que el hombre de Estado es aquel al que le guía el bien común, pero la naturaleza humana es caprichosa y la élite que controla los resortes del poder estatal es tan humana como cualquiera. Aun suponiendo que existiera un bien común que estuviera por encima de los intereses individuales, resultaría un exceso de inocencia pensar que hay hombres capaces de sobreponerse a la "inclinación de toda la humanidad" que tan brillantemente describió Hobbes en su Leviatán: "un perpetuo e incansable deseo de conseguir poder tras poder, que sólo cesa con la muerte".

Los representantes políticos operan a sus anchas lucrándose gracias a las decisiones que toman sobre nuestras vidas desde la ventaja que ofrece una posición monopolística a la que nada ni nadie puede oponerse. El reparto de subvenciones, la promoción de sus conmilitones en el aparato burocrático-administrativo y el sistema de concesiones y favores les confieren un poder desmesurado que deja en la máxima indefensión al resto de ciudadanos. La selección de gobernantes que idealmente se basaba en un principio meritocrático termina degenerando en el triunfo de la mediocridad, que es la consecuencia de la profesionalización de la política. El político profesional es aquel que se ha formado para conquistar el aparato del Estado y jamás ha ejercido un trabajo regido por los principios de libre competencia y selección que conlleva. En su lugar, se obtiene el objetivo inverso consiguiendo que aquellos que más facilidad tienen para dominar desde el poder incontestable terminen copando lo más alto de la jerarquía gubernamental.

La descentralización política que ha supuesto el Estado de las Autonomías lejos de socavar el poder central ha creado diecisiete nuevos estados que actúan de forma monopolística en su ámbito en lugar de competir entre sí. Las oportunidades y opciones de los ciudadanos se han visto reducidas y limitadas por un poder mucho más cercano que ejerce un control directo en todos los ámbitos de su vida. La salvación tampoco puede esperarse de las esferas supraestatales ya que no puede esperarse que una esfera de poder más elevada, sometida a menos controles y sin ningún igual que pueda desafiarla se comporte de forma benevolente. En cualquier caso, siempre se trataría de de una concesión graciosa y caprichosa que podría volverse en nuestra contra en el momento menos esperado. Un poder multiplicado que también ha multiplicado la corrupción en todos los niveles de la administración. No se trata de una oportunidad perdida, sino de la consecuencia lógica de un sistema creado no para salvaguardar los derechos de los hombres sino para otorgárselos.

Lejos de ser una excepción, el sistema político español no es más corrupto que otros. Quienes ven en España el problema y en Europa la solución solo tienen que mirarse en el espejo de nuestros vecinos. En este sentido, no se salvan ni los afrancesados –ahí está el imputado Chirac– ni los germanófilos –el mismísimo capitán de la reunificación, Helmut Khol–. ¿Es necesario recordar el caso italiano? Pero esto no son más que algunos ejemplos llamativos pues la realidad es que la corrupción no tiene tanto que ver con latitudes y culturas como con la propia naturaleza del Estado.

Golpes contra palabras en el Reino de Dios

Yoani Sánchez también está interesada en las cosas que tienen que cambiar en esa Cuba en la que le tocó nacer y vivir. Pero los intereses de uno y otro son muy diferentes. Al político suramericano los cambios que le interesan son los del sector agrícola; sobre libertad y derechos humanos evita pronunciarse.

Para la autora de Generación Y, una mujer lo suficientemente valiente como para fotografiar a quienes la vigilan y mostrarnos en su blog esos rostros de la infamia, la cosa es diferente. Ella conoce bien en qué consiste ese socialismo que Hugo Chávez proclama como el "Reino de Dios aquí en la Tierra". Yoani Sánchez está interesada en unos cambios que den mayor libertad a los cubanos. Mediante la simple vía de contar a través de su web el día a día de una habitante de La Habana se ha convertido en una disidente. El régimen castrista la ha transformado en "enemiga de la Revolución", algo que la ennoblece al tiempo que le dificulta la vida.

Por enfrentarse a la dictadura con la palabra y los bits, por mostrarnos a través de su bitácora la realidad cubana, ha pagado el duro precio de ser golpeada y sometida a terror por la seguridad castrista. Son golpes contra palabras en el "Reino de Dios aquí en la Tierra". Pero, a pesar de la violenta reacción del régimen comunista, Yoani Sánchez no se rinde y nos anuncia que su espíritu bloguero está intacto. Seguirá contándonos la realidad de Cuba al resto de los mortales.

Han pasado veinte años desde que los ciudadanos de Europa Central y Oriental lograran, con la ayuda de unos líderes occidentales que creían que era posible derrotar a la tiranía, derribar el Muro de Berlín y todo el Telón de Acero. Sin embargo, en Cuba el comunismo sigue vivo y castiga a todo aquel que osa mostrar su ansia de libertad. Como vienen haciendo desde hace medio siglo. A las palabras de Yoani Sánchez y otros blogueros responde con golpes sobre sus cuerpos. A las de otros opositores con castigos todavía mayores, como la cárcel.

Entérese el señor Enrique Iglesias, secretario general iberoamericano, que los cambios que importan en Cuba son aquellos que permitan a Yoani Sánchez y otros once millones de cubanos expresarse con libertad. Respecto al sector agrícola de la isla, lo único que debería importarnos al resto de seres humanos es saber si produce cebollas para que el ex ministro uruguayo las fría a su gusto.

Concilio Valenciano II

Sea como fuere, tres mil miembros del PP se disponen a estudiar en común los grandes asuntos que afectan a los ciudadanos, entre ellos el "calentón global", al que van a dedicar media mesa de trabajo de las nueve previstas. No está confirmado que el primo de Rajoy acuda como experto para asesorar a los integrantes de ese grupo de estudio, así que nos tememos que las conclusiones de ese equipo serán las habituales dentro de los esquemas progresistas, dando por bueno que la Tierra se está calentando por culpa del neoliberalismo salvaje a pesar de que todas las evidencias indican lo contrario.

A falta de estudiar detenidamente los documentos conciliares que surjan de esta convención nacional, se echa en falta en la programación la existencia de un verdadero debate abierto sobre la validez de la nueva doctrina sobre gestión política impuesta por Rajoy, sólo o en compañía de Arriola. Tras el sínodo de Elche y el Concilio Valenciano I, se da por hecho que la línea opositora del PP a escala nacional consiste en heredar lo que deje Zapatero y, sobre todo, no crispar, según el concepto de crispación que tiene la izquierda que, como referente moral de la derecha, es la que establece el significado de las categorías políticas.

Hay una gran preocupación entre los votantes del PP y ciertas dosis de cabreo sobre la forma en que Rajoy y su equipo están gestionando el futuro del partido para llevarlo a ganar las próximas elecciones. Basta con escuchar lo que dicen en la calle para darse cuenta de que la nueva teología marianil no cuenta con demasiados partidarios entre los que pagan la cuota del partido o acuden a las urnas a depositar la correspondiente papeleta. A algunos, además, esta nueva línea ideológica les parece una desviación herética respecto a lo que fue siempre el PP, precisamente el que ganó a Felipe González cuando la hazaña parecía imposible y revalidó el triunfo con mayoría absoluta cuatro años más tarde.

¿Surgirá alguna voz que exija volver a las esencias que siempre caracterizaron al Partido Popular o seguirán todos a pies juntillas las recomendaciones de un fraga otoñal y más travieso que nunca? No avancemos acontecimientos, pero mucho nos tememos que el miedo a decir lo que realmente se piensa pueda ser suficiente para que en Barcelona no surja un balido más alto que otro. ¡Es que te excomulgan en medio de la asamblea de fieles y a ver cómo se lo cuentas a la parienta a la vuelta del concilio!

Los diez secretos mejor guardados de las pensiones públicas

El sistema piramidal de pensiones públicas es un fraude institucional disfrazado de protección social. Éstos son algunos de sus secretos que se mantienen ocultos, a saber:

1. Sistema de reparto no capitalizado: las cotizaciones a la Tesorería de la Seguridad social (TSS) no se capitalizan sino que son básicamente un instrumento de distribución inmediata de rentas intergeneracionales sin crear riqueza alguna. Los cotizantes renuncian a un patrimonio propio a cambio de una peligrosa servidumbre de gestión estatal.

2. Superávit exiguo: fruto de los pactos de Toledo en 1997, el contador del déficit de la Seguridad social se puso a cero. Sin embargo, se prevé que de aquí a poco el sistema entre en déficit de nuevo y la hucha actual, el tan cacareado superávit (unos 58.500 millones de euros actualmente) solo daría para nueve meses de pagos a los pensionistas. Tocará, pues, ir progresivamente aplicando artilugios restrictivos al cobro de las pensiones futuras.

3. Dependencia poblacional: los españoles tenemos la mala costumbre de parir poco y vivir de media un año más cada decenio que pasa. Para que este tinglado funcione se precisa absolutamente que haya suficiente gente en activo en cada momento, cosa harto difícil de lograr en un futuro debido a nuestra baja tasa de natalidad (la menor de Europa). Por otro lado, los inmigrantes acuden allá donde se genera riqueza pero nuestro gobierno persiste en esquilmarla, trufado como está de ideología intervencionista y keynesiana.

4. Escamoteo de dinero: entender los fructíferos rendimientos que se generan de la capitalización del interés compuesto del ahorro privado invertido durante extensos periodos de tiempo nos sirve para comprobar que se nos está escamoteando mucho dinero que podría permitirnos adelantar la edad de jubilación según nuestro libre albedrío.

5. Fraude: el mecanismo de las pensiones gestionadas por la “Seguridad” social es un sistema piramidal estilo Ponzi. Estos sistemas de aceptación de ingresos sin capitalizar en los que se pagan a los antiguos “socios” con las aportaciones de los recién llegados son una estafa como una catedral, tipo Madoff o Afinsa. Nada cambia éticamente si alcanza coactivamente a toda la población activa de un Estado.

6. Impuesto al trabajo: la financiación de la Seguridad social por impuestos peculiares que recaen sobre los salarios (cuotas de las cotizaciones) aumenta los costes de trabajo y constituye un importante factor de disuasión y desincentivo para la contratación.

7. Se pagan dos cuotas, no una: Aparte de la cotización mensual por contingencias comunes (4,7% del salario bruto) que se ingresa en la TSS por parte del trabajador (la cuota que se refleja en su nómina) hay otra importante aportación mensual pagada por la empresa a la TSS por ese mismo contratado que supone más de un tercio adicional de su salario bruto (y que casi nunca se refleja en la nómina del empleado).

8. Merma de competitividad: el sobrecoste que se añade al mercado laboral –vía cotizaciones– afecta a nuestra competitividad interior (a nuestro mercado llegan otros productos sin tanto “recargo social”) y a nuestra competitividad exterior (a diferencia del IVA, nuestros exportadores no pueden pedir devoluciones de las cotizaciones a la TSS).

9. Éxito de pensiones privadas alternativas: ya existen sistemas exitosos de pensiones total o parcialmente privadas en otros países como el caso de Chile, Suecia y de Nueva Zelanda en los que el trabajador puede optar libremente por seguir en el sistema público (sin capitalizar) o desengancharse del mismo y pasar a uno de verdadero ahorro privado (con capitalización compuesta).

10. Los funcionarios se apuntan a las pensiones privadas: En España desde finales de 2004, los empleados públicos de la Administración General del Estado, cuentan ya con un plan de pensiones privado que servirá de complemento a las pensiones públicas. Los empleados públicos de las CC AA están haciendo lo mismo.

Nuestros políticos nos ocultan todas estas cosas porque no hay valentía electoral para poner el cascabel al gato y porque no desean que nos zafemos de su servidumbre y podamos crear una sociedad de propietarios que pueda ser financieramente independiente.

Mucho agradecería al lector que agregara cualquier otro secreto que conociese al respecto; la seguridad financiera de nuestra vejez merece que se desvelen todos ellos.

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Contra el Poder y las élites

Algunas de estas reformas, las que afectaban a los poderosos, fueron desestimadas por las propias élites aristocráticas un año después. No querían perder sus privilegios. Las consecuencias fueron la Revolución violenta de la gente contra el Poder.

La actual crisis económica tiene mucho en común con la de la Francia revolucionaria. Las élites, los privilegiados y los que conforman el poder no son los mismos. No son nobles, no son aristócratas, clérigos o terratenientes. Tampoco ejercen decisiones directas sobre la sociedad. Las cosas se han complicado más y son más sutiles.

La pregunta de quién representa al poder y a los privilegiados responde a quién vive a costa del esfuerzo de los demás. ¿Quiénes mueven nuestras vidas con sus declaraciones y acciones? Políticos, intelectuales subvencionados, actores, sindicatos, agricultores, lobbies económicos y sociales. Recientemente los sindicatos han decidido montar una manifestación. ¿Contra el Gobierno? No, contra una de las víctimas de la crisis, los empresarios. Los sindicatos mayoritarios van a recibir el año que viene y de forma directa en subvenciones estatales más de 20 millones de euros. ¿Cómo se van a levantar contra el Gobierno? Viven de él. Les dan soporte otros rentistas, los actores y mundo de la farándula. Este mundillo de ilustrados inútiles improductivos nos costará 555 millones de euros hasta 2013. ¿Cómo se van a alzar contra el Gobierno si es su mecenas? Son establishment puro aunque no vayan de camisa y corbata.

¿Cómo se va rebelar la banca, el sector del motor o el de la construcción contra el Ejecutivo cuando no para de tirarles dinero tras los excesos cometidos? ¿Cómo se van a rebelar los desempleados cuando en este país existe una masa tan grande de profesionales del desempleo que podría casi formar un partido político independiente? Con la subida de impuestos, cada ciudadano va a pagar más de 500 euros al año para mantener a esta élite, a estos nuevos aristócratas que viven del trabajo de los demás. No está mal en plena crisis. Gobierno y resto de élite se desabrochan el cinturón, y en consecuencia, nosotros nos lo apretamos más y más. Incluso cuando ya no ven forma posible de exprimirnos, a algún burócrata se le ocurre una idea genial siempre en el mismo sentido. Por ejemplo, a partir de primavera, las multas se multiplicarán por tres nada menos.

La vuelta de tuerca del Nuevo Orden Mundial (NOM), no sólo se contenta con menos libertad económica y mayor aumento del robo estatal al ciudadano medio, sino con restricciones de libertad. Obama era el hombre que iba a cerrar Guantánamo, acabar con la guerra de Irak y traer seguridad al mundo. Desde que está como presidente, los soldados en Irak han aumentado. Ha entrado en una cruzada contra Afganistán y Guantánamo sigue como hace un año. Es más, cada día, en Estados Unidos entran en las listas del FBI 1.600 potenciales terroristas. ¿Se lo cree? No son más que ciudadanos normales. En Estados Unidos la represión contra la ciudadanía aumenta legislación tras legislación con mermas de libertad, secuestros estatales y vigilancia contra las formas de pensar gracias la Patriot Act. En España vamos por el mismo camino. El Gobierno nos espía con SITEL. Controla las llamadas y nuestro ordenador. Al proceso de vigilancia y represión se ha sumado la UE, que ahora dice que podrá cortar el acceso a internet sin orden judicial. ¡Todo por nuestro bien!

La Revolución Francesa y americana tal vez fueron el ejemplo más maravilloso de la gente, la burguesía o lo que ahora sería clase media y pobre, contra el establishment, contra los rentistas estatales o del sistema. Hubo otras, como la holandesa o irlandesa. Todas surgieron de lo mismo: el intento de reforzar un sistema en crisis para satisfacer a las élites que vivían de él, siempre a costa del resto de la gente.

¿No se está repitiendo la historia? La crisis ha afianzado los lobbies, a personajes que sólo viven de subvenciones, de nuestros bolsillos sin nuestro consentimiento. Tampoco es cuestión de ir a cortar cabezas, pero tal vez sí que sería hora de decir basta y unilateralmente tomarnos todas aquellas libertades económicas y sociales que los poderosos nos han robado, aunque eso signifique entrar en la ilegalidad. Algo que por otra parte no es difícil, ya que cada vez más cosas están prohibidas.

Balan, luego cabalgamos

No vamos a dramatizar porque ya contábamos con la hostilidad de todo el mundo político y mediático, también en esta modesta región, aunque debemos reconocer que los atentados para impedir el funcionamiento de un medio de comunicación era algo que considerábamos más propio de otras latitudes.

Estamos sólos, como lo hemos estado siempre, y la verdad es que no echamos a nadie de menos, ni siquiera añoramos alguna llamada de solidaridad de otros medios regionales que han conocido el suceso, que ni se ha producido ni se producirá, cosa que también sabíamos de antemano. En cuanto a los poderes públicos, garantes del ejercicio de las libertades civiles y entre ellas las de expresión y de información, tampoco hemos recibido siquiera "el más sentido pésame por lo ocurrido", y eso que, hasta la fecha, los ataques premeditados a las instalaciones de la emisora asociada a esRadio para la región de Murcia son un suceso inédito por estos pagos.

Si hubiera sido la antena de la cadena SER, pongamos por caso, la que hubiera recibido tan sólo un rasguño, es seguro que habría habido declaraciones de condena unánime por parte de todos los partidos políticos, encabezados por el PP, y millares de "abajofirmantes", yo el primero, solidarizándose con los damnificados y condenando esta agresión intolerable a la libertad de información. A esRadio no le han rozado la antena precisamente, sino que le han destrozado instalaciones por importe de varios miles de euros obligándonos a interrumpir las emisiones durante dos días, pero como somos muy incómodos, los poderosos y los trabajadores de la competencia prefieren mirar para otro lado, no sea que alguien crea que se significan demasiado con nosotros y acaben expulsados del partido o sancionados en su puesto de trabajo. Es el peaje lanar que los miembros del rebaño tienen que tributar a quienes les pastorean, pero cada uno es libre de degradarse en la forma que estime oportuna, faltaría más.

En todas las emisoras que colaboran con esRadio vamos a seguir haciendo lo mismo que hasta ahora, tratar de que la voz de nuestra radio llegue al mayor número de oyentes posible y completar las franjas locales y regionales con programas que sigan la línea editorial de nuestra empresa. Sabemos que no está bien visto hablar en libertad y que el medio que lo hace tiene que pagar el precio correspondiente, pero lo asumimos con toda naturalidad y estamos dispuestos a seguir en la misma línea mientras la audiencia, que es mucha, y los anunciantes, que a bandadas abandonan a la competencia para unirse a nosotros, nos permitan seguir funcionando. El día que no podamos decir lo que nos dé la gana cerraremos el chiringuito, pero mientras tanto, en lugar de una ración informativa estamos dispuestos a dar dos tazas y media diarias. Chulos que somos, qué le vamos a hacer.

Socialismo sin fin

¿Que celebramos la caída del muro? Pues en consecuencia se reconstruye. Lo dicen tanto los recalcitrantes comunistas que aún declaran seguir con sus iconos como los iluminados del socialismo del siglo XXI y quienes desde Occidente los apoyan.

Pero lo suscriben, aunque no lo digan, los que reeditan el socialismo en todas sus fórmulas, los que levantan muros no de incomprensión, de intolerancia o de pamplinas de hippie con o sin corbata, sino de cortapisas a la propiedad privada y a la libre competencia empresarial. Es preciso no perder el norte con las celebraciones, bonitas, pletóricas de grandes frases y responder a la pregunta: ¿se ha acabado el socialismo? Muchos de los que celebran el fin del muro, ¿en verdad lo enterrarían por completo? Quizá, para eso, habría que saber, qué cosa sea eso del socialismo y qué hace falta para inhumarlo.

Un estudio del socialismo especialmente clarificador es el que se realiza desde la escuela austriaca. Si bien hubo autores como el mismo Mises que lo definía como el régimen de propiedad colectiva de los medios de producción, lo cierto es que así sólo es posible ver una parte del problema. Es por eso que era necesario superar la primitiva formulación basada en la propiedad de los medios de producción y pasar al hecho profundo que ese socialismo (que podemos llamar soviético, el que dicen que cayó con el muro de Berlín) comparte con cualquier otra modalidad de intervencionismo público: que obstaculiza o impide la función empresarial.

Incluso la importante aportación de H. H. Hoppe en el sentido de definir al socialismo como todo sistema de agresión a los derechos de propiedad puede ser mejorada tras las aportaciones sobre la "empresarialidad" y la función empresarial de los profesores Kirzner y Huerta de Soto. Uniendo los análisis dinámicos de Mises y Rothbard con los basados en la dispersión del conocimiento y de sus secuelas (efecto aprendizaje, etc.), el profesor Huerta define socialismo como todo sistema que obstaculiza o impide mediante agresión sistemática la función empresarial en alguna de las áreas de la economía.

Esta definición tiene la virtud de ser un potente foco analítico con el que desvelar todas las agresiones a la función empresarial en cualquier régimen sociopolítico y destacar en cada uno cuáles son los efectos empobrecedores y desmoralizadores que tiene. El respeto a la función empresarial conlleva tanto el respeto a la propiedad privada existente como a la apropiación futura de los beneficios derivados de la tarea de descubrimiento empresarial y de su acción coordinadora.

El debate sobre el socialismo tiene una enorme actualidad y no solamente festiva y retórica. Aunque los partidarios del socialismo hayan aminorado parte de su énfasis en él, lo cierto es que sus planteamientos reviven y se reformulan de diversas maneras mediante los nuevos teóricos de la administración pública, que pretenden introducir en ella lo que llaman "reformas de mercado" en una suerte de revival del "socialismo de mercado". Algo que ya intentaran Durbin, Dickinson y otros entregados a la salvación de lo insalvable y que hoy reinventan economistas de diversas escuelas aplicándolo a sectores determinados. En fin, mientras haya suficiente mercado para financiar los experimentos sociales, ya sabemos que seguirán asignándose a éstos el crecimiento resultante de aquél.

Todo esto no hace sino reproducir un debate ya ganado por la escuela austriaca en la teoría pero no en la práctica que la alimenta, que, por mucho que se confeccionen trajes de brillo científico, no es más que la mera envidia social no emulativa. Sólo queda, pues, incorporar el debate ético con toda su fuerza.

Los muros invisibles

Un 9 de noviembre de 1989 caía el muro que desde agosto de 1963 había dividido Berlín en dos: 45 kilómetros que partían la ciudad y 115 más que separaban la parte occidental de la ciudad del resto de la Alemania comunista. Entre 125 y 270 personas se calcula que murieron tratando de pasar de una zona a otra, las más de las veces de la zona comunista a la occidental. La diferencia de cifras depende de la fuente consultada: en el primer caso el Centro de Estudios Históricos y en el segundo la Fiscalía de Berlín. Pero, a pesar de la enorme diferencia, no es tan importante que fueran cien personas más o menos; lo relevante es que había un goteo permanente de personas dispuestas a perder su vida para salir de aquel infierno.

Sin que nadie lo esperara, gracias al hartazgo rotundo y contundente y a la valentía de la gente, el muro fue derrumbado. En realidad, los intelectuales de entonces solamente querían mejorar lo que ya tenían, no acabar con el régimen comunista. Y hoy, a vista de pájaro, después de 20 años, toca hacer una reflexión. Los políticos patrios y vecinos declaran en los medios que ellos estaban allí. Nuestro presidente proclama que nosotros tuvimos nuestro muro. Se diría que tenemos una clase política que ha estado presente en todos los hitos históricos ajenos, pero no sabe valorar los propios. Todos derribaron el muro, formaron parte del "mayo del 68", corrieron delante de los grises y estuvieron en la DGT donde fueron vilmente torturados. Como si no supiéramos el color de la camisa que vestía González en su adolescencia, quién protegía a Carrillo cuando vino a España disfrazado con una peluca, y quienes son tantos otros que ahora sacan pecho. A todos ellos les recuerdo que Franco murió de viejo, y que antes de irse designó al rey de España como su sucesor. Y aquí seguimos pagando parte de nuestra renta al sucesor de Franco.

Pero mi reflexión sobre la caída del muro viene a cuento después de leer el impecable artículo de Luis I. GómezAprendiendo a ser libres, quien "desde el exilio" (porque vive en Leipzig, y porque ese es el nombre de su/nuestro blog) apunta a la diana, y acierta. Detrás de los fastos, fuegos artificiales, declaraciones pomposas y consultas a la hemeroteca hay un cierto desencanto que impregna las miradas de muchos berlineses. Personas que vivieron de verdad y en primera persona la historia reciente de Alemania y que explican que nada ha cambiado…

La distancia entre unos y otros sigue siendo la misma, cómo el clima de desconfianza cultivado durante 40 años de denunciantes y denunciados sigue siendo el mismo.

Los políticos mienten igual pero con mejor marketing y con el aplauso de la Unión Europea. Y a muchos alemanes la libertad les supera. Como explica Luis I. Gómez:

Si a finales de 1998 más del 70% de los alemanes del Este soñaban con mejorar sus vidas, hoy apenas un 45% reconoce haberlo conseguido. El 25% cree incluso que la mayoría de los residentes en el Este vive peor hoy que hace 20 años.

Anatema. ¿Cómo pueden afirmar tal cosa después de haber sido "liberados"? La realidad se impone y si miramos a nuestro alrededor, veremos que nosotros, después de tantos años de democracia, "liberados" de la dictadura franquista, tampoco sabemos valorar la libertad. No sabemos qué hacer con ella, y por eso la rechazamos. Preferimos delegar la educación de los niños a un Gobierno aunque sabemos que los va a manipular a su antojo para hacer de ellos votantes socialistas del futuro. Preferimos delegar la defensa de cada persona y de su honor (subjetivo para cada uno) a un Gobierno que ha acabado con la igualdad ante la ley y que titubea durante cuarenta días cuando una panda de piratas secuestra a pescadores españoles. Y tampoco se sonroja cuando pacta con terroristas que están amedrentando y masacrando ciudadanos. Preferimos delegar las rentas de nuestro trabajo para que los responsables de los dineros derrochen en viajes, subvenciones a tiranías, y compra descarada de votos. Preferimos dejarnos engañar con la "tasa Tobin", que junto con los pantalones campana y las hombreras, muchos pensábamos que era uno de esos males del pasado, desterrado del mundo civilizado para siempre; una tasa que detrae recursos de los inversores, los únicos que pueden ofrecer puestos de trabajo "reales", que pueden atreverse a invertir en países que intentan despegar, y que si hubiera estado vigente en otro siglo habría impedido que España tuviese ferrocarril, por ejemplo, que existe gracias al capital francés.

El muro de Berlín cayó por obra y gracia de los ciudadanos berlineses. Ahora cada cual debe hacer un esfuerzo de introspección y derribar el muro invisible que todos ocultamos: los límites a la libertad están en el entrecejo de cada uno.

Tiranía educativa

Demasiado dinero y demasiados intereses concentrados en generar la nueva burbuja que necesitaba nuestra economía para que España, como en tiempos de Solchaga, siguiera siendo el país del pelotazo, aquél en el que en un menor tiempo y con los menores esfuerzos podía uno volverse multimillonario.

El argumento del informe era bastante sencillo y debería estar al alcance de cualquiera: si la energía renovable es mucho más cara que la energía procedente del resto de fuentes, necesariamente estaremos despilfarrando recursos si forzamos a la economía a que se abastezca a través de ésta en lugar de por otros medios más baratos. Puro coste de oportunidad, ese concepto que supuestamente se enseña en primero de carrera de Economía pero que tan pocas personas llegan a aprehender en toda su intensidad.

Constatada esa realidad, simplemente nos dedicamos a cuantificar el importe monetario de ese coste de oportunidad, esto es, las ayudas que en distintos conceptos el Gobierno había dedicado a la energía verde: casi 30.000 millones de euros. Ahí es nada, dos veces el importe que Zapatero pretende recaudar con la mayor subida de impuestos de nuestra historia.

Pero la cifra de 30.000 millones parecía no significar demasiado para mucha gente. Así que decidimos dar un paso más allá: dado que uno de los argumentos más recurrentes a favor de la inversión pública en energías renovables es que contribuyen a crear puestos de trabajo –puro keynesianismo de mercadillo–, dividimos esos 30.000 millones por los poco más de 50.000 empleos derivados de esa lluvia de millones. ¿Resultado? Cada empleo verde ha costado a los españoles algo más de 570.000 euros.

Pero, ¿eso es mucho o poco? A bote pronto es difícil de responder. Así que lo comparamos con la inversión media por puesto de trabajo en la economía española. Si los amantes de la subvención sostenían que estaban creando empleos competitivos, era necesario que efectuáramos alguna comparación. Pues bien, por dos vías distintas, obtuvimos que las subvenciones a las renovables absorbían los recursos necesarios para crear en el resto de la economía unos 3,2 empleos. La implicación era obvia: si por cada empleo que creaban con la subvención, se destruían 3,2, el efecto neto de subvencionar las energías renovables era una destrucción de 2,2 empleos por cada uno de los que se pretendían crear.

Al Gobierno, siempre tan respetuoso con la libertad de expresión y con el progreso científico, las conclusiones no le hicieron ninguna gracia. No es para menos: el campeón de la política social estaba lastrando a la economía española con una hipoteca que le restaría capacidad para crear más de 100.000 empleos. Y así comenzó una campaña de, digamos, difamación en torno al informe que alcanzó el pasado viernes un nuevo y delirante episodio.

Sebastián, de visita por Estados Unidos para tratar de endilgarles a nuestros queridos Mister Marshalls la enorme burbuja renovable que PP y sobre todo PSOE habían contribuido a crear y que lleva más de un año estallando, no vaciló a la hora de intentar desacreditar el informe recurriendo a esa estrategia que está prácticamente impresa en el ADN de nuestro Gobierno: mentir.

En una breve entrevista en The Houston Chronicle, el ministro de Industria se despachó a gusto al sostener que: a) el estudio liga la destrucción del empleo en la construcción con la creación de empleo subvencionado en las renovables y b) la Universidad Rey Juan Carlos es una universidad privada y marginal en la Comunidad de Madrid.

No voy a decir eso tan típico de que o bien Sebastián no se ha leído el informe o que o bien miente. No, no es necesario concederle el beneficio de la duda. Miente y punto. Que una persona que ha sido profesor de una universidad madrileña y que se presentó a alcalde de Madrid no sepa que la Universidad Rey Juan Carlos es la cuarta universidad pública por número de alumnos de la Comunidad no es algo que resulte ni siquiera mínimamente verosímil. Que una persona que es ministro de Industria no conozca el contenido de uno de los informes españoles con más impacto internacional en la historia de nuestro país y que echa por los suelos una de las políticas estrella de su departamento, todavía lo resulta menos. Huelga decirlo, pero en ningún punto del informe se liga la destrucción del empleo en el sector del ladrillo con las subvenciones verdes, algo que sería realmente disparatado.

Lo que cabe preguntarse no es si Sebastián mintió, algo evidente, sino más bien por qué necesitaba hacerlo para responder a nuestro informe. Y aquí la respuesta tampoco admite muchas posibilidades: por un sentimiento muy humano llamado impotencia, que en las instancias políticas da paso a poner en marcha la máquina de propaganda. En un país como España, donde los políticos son capaces de sostener una cosa y la contraria sin que nadie se escandalice, ¿por qué iba nuestro ministro de Industria en su tour comercial por Estados Unidos a decir la verdad? Lo que no se estila dentro, menos se va a estilar fuera, donde además no tienen por qué conocer ni al personaje, ni al partido, ni a la clase política a la que pertenecen ambos. Pero esto es lo que hay. España no se merece un Gobierno que le mienta, pero con estos politicastros, no puede tener otra cosa.

¿Necesitaba mentir Sebastián?

Su punto de partida es una aparente paradoja: los keynesianos sostienen que a corto plazo el mercado es inestable porque viene caracterizado por una desocupación parcial de los recursos debido a las oscilaciones de la demanda; los neoclásicos, por el contrario, consideran que el mercado es eficiente a largo plazo, pues todos los recursos se destinan a sus usos más valiosos, contribuyendo así a un crecimiento y a una prosperidad material que no dependen de la demanda, sino de la dotación de la oferta.

La paradoja reside, según Garrison, en que tanto los keynesianos como los neoclásicos tienen aparentemente razón en sus respectivas descripciones del mercado. En general, podemos observar cómo la recurrencia de períodos de desempleo de los factores productivos convive con una tendencia de crecimiento a largo plazo que la teoría económica convencional suele explicar por la abundancia de factores y por el progreso técnico. ¿Cómo es posible, se pregunta, que ambos escenarios sean posibles si el largo plazo es sólo la suma de los cortos? ¿Cómo puede el corto plazo depender de las condiciones de la demanda, y el largo de las condiciones de la oferta?

Su respuesta es que la teoría económica convencional se olvida de la existencia de un medio plazo, que sería el explicado por la teoría austriaca del ciclo económico; un medio plazo en el que los períodos de crisis enlazan con los de recuperación, los de recuperación con los de boom y los de boom con los de una nueva crisis. Crecemos a largo plazo gracias a la acumulación de capital y al progreso técnico, pero ese proceso dista de ser lineal y acumulativo debido a un falseamiento de las condiciones del crédito (de la demanda) en el corto plazo, que no obstante termina corrigiéndose.

La tesis de Garrison parece haber recibido un espaldarazo implícito por parte del premio Nobel de Economía Edmund Phelps. En un artículo publicado la semana pasada en el Financial Times, Phelps denunciaba la existencia de "dos malas teorías" que estarían "expulsando" del debate a las buenas. ¿Adivinan cuáles? Sí: las de keynesianos y neoclásicos. "El problema de los keynesianos es que creen que todas las fluctuaciones (…) se deben a problemas de demanda (…). La falacia de los neoclásicos es que el empleo total de los factores (…) es independiente de cualquier movimiento en la demanda".

Phelps llega al extremo de acusar a los keynesianos de no haber leído a Keynes y a los neoclásicos de no haber leído o comprendido a Hayek. Yo más bien pienso que ninguno de los dos grupos ha leído y mucho menos comprendido al economista austriaco.

Krugman, por ejemplo, reaccionó airado al sensato artículo de Phelps. El primero se limitó a extractar apenas unas frases de la columna del segundo para intentar desacreditarlo. "Nadie, y digo nadie, sostiene la tergiversación que ha hecho Phelps de los keynesianos". ¿Qué tergiversación? Eso de que "cualquier tipo de estímulos son efectivos contra toda clase de crisis".

¿Se aleja esa descripción tanto de lo que pensaba Keynes y, sobre todo, del keynesianismo realmente existente? Personalmente, pese a los matices que quepa hacer, creo que no demasiado. Keynes llegó a afirmar en la Teoría general: "La construcción de pirámides, los terremotos e incluso las guerras pueden servir para incrementar nuestra riqueza", y el propio Krugman ha pedido a Obama que, "en la medida de lo posible", invierta en cosas que tengan "un valor duradero".

Es cierto que, como dice el Nobel de 2008, los keynesianos sólo defienden los megaprogramas de gasto con cargo al déficit público cuando los estímulos en la política monetaria no sirven. Si bajando los tipos de interés todavía les resulta posible generar un boom económico artificial, prefieren tomar esta vía. En 2001, el propio Krugman sugirió a Greenspan que bajara los tipos de interés para favorecer una burbuja inmobiliaria que salvara a la economía del pinchazo de la burbuja de las puntocom. Pero, en general, Keynes desconfiaba bastante de la capacidad de los estímulos monetarios para reanimar la demanda.

Lo interesante del comentario de Krugman no es que se dedique a tergiversar la opinión de Phelps, acusándole de haber tergiversado la posición de los keynesianos, para no entrar a responder a un artículo harto razonable. Lo interesante es que, después de ese discutible ejercicio de honradez intelectual, Krugman acusa a sus rivales de ignorancia y falta de curiosidad económica: "Uno podría pensar que la peor crisis económica desde los años 30, una crisis que no debería estar ocurriendo según los modelos no keynesianos, generaría un mínimo de curiosidad intelectual. Pero no".

Por supuesto, Krugman no es lo suficientemente curioso como para plantearse y responder a los interesantes interrogantes que se desprendían del artículo de Phelps, a los cuales dedica Garrison su libro; esto es, no es lo suficientemente curioso como para plantearse si las perturbaciones de la demanda a corto plazo dependen de un proceso aleatorio de formación de expectativas o si, más bien, son el resultado de una manipulación deliberada del crédito por parte de las autoridades monetarias, ni para plantearse por qué si los neoclásicos se equivocan al creer que el mercado se puede ajustar de manera instantánea, los keynesianos aciertan cuando ese ajuste automático lo acomete el Estado. Si fuera lo suficientemente curioso, también debería ser lo suficientemente honesto como para no mentir al negar que sí hay al menos una teoría económica no keynesiana que predecía tanto esta crisis como la de los años 30: la teoría austriaca del ciclo económico.

Precisamente, y también la semana pasada, Mark Spitznagel publicaba en The Wall Street Journal un muy interesante artículo, titulado "El hombre que predijo la depresión", en el que se quejaba del olvido en el que había caído una de las figuras económicas más importantes del s. XX, que predijo la Gran Depresión de los años 30 y es el mentor intelectual de quienes han predicho la actual: Ludwig von Mises.

Spitznagel recuerda que, mientras Keynes afirmaba ufano en 1927 que no íbamos a volver a padecer una depresión (dos años después se arruinará con el pinchazo de sus inversiones en bolsa), Mises se marchaba del Kreditanstalt –el banco cuya quiebra iba a acelerar la de los bancos estadounidenses– con las siguientes palabras: "Estamos al borde de una gran crisis y no quiero que mi nombre tenga ninguna conexión con ella".

La teoría austriaca del ciclo económico es capaz de describir con una enorme precisión los acontecimientos que ahora estamos padeciendo y que hemos padecido en el pasado; y sin embargo apenas recibe atención por parte de unos keynesianos que copan prácticamente todas las universidades. Y Krugman se lamenta de que nadie, ningún gobierno, ninguna universidad, ningún grupo de pensamiento, les haga caso…

Por increíble que pueda parecer, el mundo de la última década es lo más alejado a lo que hubiese prescrito Mises y lo más parecido a lo que hubiese demandado Keynes: dinero fiduciario de curso forzoso en todo el planeta, políticas monetarias expansivas recurrentes para salir de las crisis, inflación persistente, enorme peso del Gobierno y de los Estados de Bienestar para estabilizar las expectativas…; sin embargo, según la mayoría de economistas, resulta ser el segundo el referente en que debemos fijarnos para salir de la crisis y no volver a incurrir en una.

"Cuán extraño resulta que el hombre que describiera nuestra historia interminable de expansiones crediticias inducidas por el Estado, inflación y colapso del crédito haya sido tan univesalmente olvidado. ¿Debemos tomar asiento mientras contemplamos cómo se gesta una nueva tragedia?", se preguntaba Spitznagel en su artículo. Pues parece que sí, porque la curiosidad mata al gato –en este caso, el gato del chollo de tantos políticos y economistas politizados que viven de la inflación monetaria y de las malas ideas–, y Krugman y los keynesianos lo saben. Por eso relegan al olvido a Mises y resucitan a Keynes. No vaya a ser que se les desmonte una farsa teórica que ya dura más de 70 años.