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¿Necesitaba mentir Sebastián?

Su punto de partida es una aparente paradoja: los keynesianos sostienen que a corto plazo el mercado es inestable porque viene caracterizado por una desocupación parcial de los recursos debido a las oscilaciones de la demanda; los neoclásicos, por el contrario, consideran que el mercado es eficiente a largo plazo, pues todos los recursos se destinan a sus usos más valiosos, contribuyendo así a un crecimiento y a una prosperidad material que no dependen de la demanda, sino de la dotación de la oferta.

La paradoja reside, según Garrison, en que tanto los keynesianos como los neoclásicos tienen aparentemente razón en sus respectivas descripciones del mercado. En general, podemos observar cómo la recurrencia de períodos de desempleo de los factores productivos convive con una tendencia de crecimiento a largo plazo que la teoría económica convencional suele explicar por la abundancia de factores y por el progreso técnico. ¿Cómo es posible, se pregunta, que ambos escenarios sean posibles si el largo plazo es sólo la suma de los cortos? ¿Cómo puede el corto plazo depender de las condiciones de la demanda, y el largo de las condiciones de la oferta?

Su respuesta es que la teoría económica convencional se olvida de la existencia de un medio plazo, que sería el explicado por la teoría austriaca del ciclo económico; un medio plazo en el que los períodos de crisis enlazan con los de recuperación, los de recuperación con los de boom y los de boom con los de una nueva crisis. Crecemos a largo plazo gracias a la acumulación de capital y al progreso técnico, pero ese proceso dista de ser lineal y acumulativo debido a un falseamiento de las condiciones del crédito (de la demanda) en el corto plazo, que no obstante termina corrigiéndose.

La tesis de Garrison parece haber recibido un espaldarazo implícito por parte del premio Nobel de Economía Edmund Phelps. En un artículo publicado la semana pasada en el Financial Times, Phelps denunciaba la existencia de "dos malas teorías" que estarían "expulsando" del debate a las buenas. ¿Adivinan cuáles? Sí: las de keynesianos y neoclásicos. "El problema de los keynesianos es que creen que todas las fluctuaciones (…) se deben a problemas de demanda (…). La falacia de los neoclásicos es que el empleo total de los factores (…) es independiente de cualquier movimiento en la demanda".

Phelps llega al extremo de acusar a los keynesianos de no haber leído a Keynes y a los neoclásicos de no haber leído o comprendido a Hayek. Yo más bien pienso que ninguno de los dos grupos ha leído y mucho menos comprendido al economista austriaco.

Krugman, por ejemplo, reaccionó airado al sensato artículo de Phelps. El primero se limitó a extractar apenas unas frases de la columna del segundo para intentar desacreditarlo. "Nadie, y digo nadie, sostiene la tergiversación que ha hecho Phelps de los keynesianos". ¿Qué tergiversación? Eso de que "cualquier tipo de estímulos son efectivos contra toda clase de crisis".

¿Se aleja esa descripción tanto de lo que pensaba Keynes y, sobre todo, del keynesianismo realmente existente? Personalmente, pese a los matices que quepa hacer, creo que no demasiado. Keynes llegó a afirmar en la Teoría general: "La construcción de pirámides, los terremotos e incluso las guerras pueden servir para incrementar nuestra riqueza", y el propio Krugman ha pedido a Obama que, "en la medida de lo posible", invierta en cosas que tengan "un valor duradero".

Es cierto que, como dice el Nobel de 2008, los keynesianos sólo defienden los megaprogramas de gasto con cargo al déficit público cuando los estímulos en la política monetaria no sirven. Si bajando los tipos de interés todavía les resulta posible generar un boom económico artificial, prefieren tomar esta vía. En 2001, el propio Krugman sugirió a Greenspan que bajara los tipos de interés para favorecer una burbuja inmobiliaria que salvara a la economía del pinchazo de la burbuja de las puntocom. Pero, en general, Keynes desconfiaba bastante de la capacidad de los estímulos monetarios para reanimar la demanda.

Lo interesante del comentario de Krugman no es que se dedique a tergiversar la opinión de Phelps, acusándole de haber tergiversado la posición de los keynesianos, para no entrar a responder a un artículo harto razonable. Lo interesante es que, después de ese discutible ejercicio de honradez intelectual, Krugman acusa a sus rivales de ignorancia y falta de curiosidad económica: "Uno podría pensar que la peor crisis económica desde los años 30, una crisis que no debería estar ocurriendo según los modelos no keynesianos, generaría un mínimo de curiosidad intelectual. Pero no".

Por supuesto, Krugman no es lo suficientemente curioso como para plantearse y responder a los interesantes interrogantes que se desprendían del artículo de Phelps, a los cuales dedica Garrison su libro; esto es, no es lo suficientemente curioso como para plantearse si las perturbaciones de la demanda a corto plazo dependen de un proceso aleatorio de formación de expectativas o si, más bien, son el resultado de una manipulación deliberada del crédito por parte de las autoridades monetarias, ni para plantearse por qué si los neoclásicos se equivocan al creer que el mercado se puede ajustar de manera instantánea, los keynesianos aciertan cuando ese ajuste automático lo acomete el Estado. Si fuera lo suficientemente curioso, también debería ser lo suficientemente honesto como para no mentir al negar que sí hay al menos una teoría económica no keynesiana que predecía tanto esta crisis como la de los años 30: la teoría austriaca del ciclo económico.

Precisamente, y también la semana pasada, Mark Spitznagel publicaba en The Wall Street Journal un muy interesante artículo, titulado "El hombre que predijo la depresión", en el que se quejaba del olvido en el que había caído una de las figuras económicas más importantes del s. XX, que predijo la Gran Depresión de los años 30 y es el mentor intelectual de quienes han predicho la actual: Ludwig von Mises.

Spitznagel recuerda que, mientras Keynes afirmaba ufano en 1927 que no íbamos a volver a padecer una depresión (dos años después se arruinará con el pinchazo de sus inversiones en bolsa), Mises se marchaba del Kreditanstalt –el banco cuya quiebra iba a acelerar la de los bancos estadounidenses– con las siguientes palabras: "Estamos al borde de una gran crisis y no quiero que mi nombre tenga ninguna conexión con ella".

La teoría austriaca del ciclo económico es capaz de describir con una enorme precisión los acontecimientos que ahora estamos padeciendo y que hemos padecido en el pasado; y sin embargo apenas recibe atención por parte de unos keynesianos que copan prácticamente todas las universidades. Y Krugman se lamenta de que nadie, ningún gobierno, ninguna universidad, ningún grupo de pensamiento, les haga caso…

Por increíble que pueda parecer, el mundo de la última década es lo más alejado a lo que hubiese prescrito Mises y lo más parecido a lo que hubiese demandado Keynes: dinero fiduciario de curso forzoso en todo el planeta, políticas monetarias expansivas recurrentes para salir de las crisis, inflación persistente, enorme peso del Gobierno y de los Estados de Bienestar para estabilizar las expectativas…; sin embargo, según la mayoría de economistas, resulta ser el segundo el referente en que debemos fijarnos para salir de la crisis y no volver a incurrir en una.

"Cuán extraño resulta que el hombre que describiera nuestra historia interminable de expansiones crediticias inducidas por el Estado, inflación y colapso del crédito haya sido tan univesalmente olvidado. ¿Debemos tomar asiento mientras contemplamos cómo se gesta una nueva tragedia?", se preguntaba Spitznagel en su artículo. Pues parece que sí, porque la curiosidad mata al gato –en este caso, el gato del chollo de tantos políticos y economistas politizados que viven de la inflación monetaria y de las malas ideas–, y Krugman y los keynesianos lo saben. Por eso relegan al olvido a Mises y resucitan a Keynes. No vaya a ser que se les desmonte una farsa teórica que ya dura más de 70 años.

Economistas curiosos y demagogos contra la crisis

Pero también hay cosas que se salen de ese ámbito y entran de lleno en el de los hechos. Y está fuera de toda duda que Soitu ha fracasado porque no tenían un buen plan de negocio y no lograron ingresar el suficiente dinero como para financiar el coste que suponía. Lo que hay que preguntarse, al final, es por qué un producto tan premiado internacionalmente ha resultado ser un fracaso económico de ese calibre.

Según indica la OJD, Soitu nunca llegó a alcanzar los cuatro millones de páginas vistas al mes con una plantilla de 23 personas. Por comparación, con un personal sólo ligeramente más alto, Libertad Digital lleva superando los 20 millones rutinariamente desde octubre de 2005. Sin embargo, en este negocio ni siquiera ese volumen garantiza nada por sí solo. Los grandes sitios web, tipo Google o Facebook, siempre van a pulverizar esas cifras. Lo ideal es que tus lectores sean un público interesante para la gente de marketing.

En principio, Soitu tenía eso. Era un medio hecho por y para los gafapastas, y éstos suelen tener un nivel adquisitivo más o menos alto, más que nada porque si eres pobre no te puedes permitir pagar tanta tontería. El problema es que por más que se definieran como un medio distinto y rompedor, no ofrecían nada suficientemente atractivo como para que este sector se abalanzara sobre ellos. Un buen progre tiene todas las televisiones, buena parte de los periódicos y diarios digitales y unas cadenas de radio que superan en postes a todo el universo conocido. Lo que Soitu ofrecía ya lo daban otros en buena medida; lo que lo diferenciaba no era acicate suficiente.

Ante esta situación tenían varias alternativas, no necesariamente excluyentes. Podían reducir la plantilla, admitir ciertos contenidos más populares con cierta mesura para no desvirtuar la línea elitista del medio, generar la suficiente lealtad por parte de sus usuarios para poder cobrarles… Pero no hicieron nada de esto. Tenían un millón de usuarios únicos al mes, que generaban alrededor de millón y medio de visitas y sólo entre 3 y 4 millones de páginas; eso significa que carecían de una base de lectores fieles. En general, la gente pasaba por Soitu, seguramente a través de buscadores o agregadores tipo Menéame, leía dos o tres cosas y no regresaba en un mes o dos. Para un medio pensado para generar lealtad entre su público potencial, estos datos suponen un fracaso sin paliativos. Así las cosas, es normal que BBVA se bajara del carro; no había perspectivas de que la cosa mejorara.

En otro plano, creo que el problema real de Soitu es que siempre fue un medio hecho al gusto de quienes lo hacían, no de quienes podrían llegar a leerlo. Gumersindo Lafuente debió pensar que el éxito de elmundo.es se debía a él, cuando en realidad su situación de estrellato dentro de este gremio de la web española fue debido a que estuvo al frente del diario digital gratuito con más medios de la prensa de nuestro país, sometido a unas reglas bastante estrictas. En cuanto hizo lo que quiso –y créanme que tengo anécdotas para aburrir que demuestran que Soitu era básicamente lo que él quiso, hasta extremos verdaderamente ridículos– no ha logrado remontar el vuelo. Pero no lloren por él, que seguirá siendo un gurú invitado a dar conferencias en las que nos aclarará a todos que la culpa no fue suya.

Pero ser gurú es relativamente fácil; ser un emprendedor con éxito es otra cosa. Me hace gracia, eso sí, que se haya escrito tanto sobre Soitu, sus intenciones y su altísima calidad, y tan poco sobre el fenómeno en el que se publican estas líneas: Libertad Digital, un medio que ha sobrevivido y ha crecido gracias a la lealtad de unos lectores que se han convertido en sus principales accionistas. Me da que haber alcanzado semejante éxito siendo un medio liberal-conservador, es decir, de derechas, no ayuda. ¡Pero imagínense si hubiésemos hecho lo mismo siendo progres! Como diría el George Clooney de Crueldad intolerable, hasta nos dedicarían un semestre en Harvard.

López Vázquez

Con la muerte de José Luis López Vázquez el pasado 2 de noviembre, el cine y el teatro español han perdido a uno de sus actores más carismáticos, prolíficos, versátiles y trabajadores. Con él ha muerto un poco más una manera de ser artista que ya no se lleva. La vida de José Luis López Vázquez fue una vida dedicada a su trabajo, a su pasión, la actuación. Fue la vida del cómico que empezó en el teatro, que despuntó en el cine, que llegó a la televisión y en todo estos medios supo demostrar que era uno de los grandes, uno de los que sólo con su presencia dignificaban un mal guión, mejoraban una mala dirección y que, cuando el guión era bueno y la dirección excelente, ofrecían un resultado apoteósico.

El cine en la época en la que empezó a trabajar José Luis López Vázquez era muy diferente del actual. En pleno régimen franquista, actores, directores y guionistas estaban sujetos a su control y censura. Al lado del cine oficial, al lado de los que escuchaban y obedecían los mandatos políticos, había otro que luchaba por expresarse libremente, por poder decir, contar, criticar, denunciar o simplemente divertir sin más control que el de su propia imaginación. Buena parte de estos últimos, si no todos, militaban en silencio en la izquierda política, temerosos de perder la posibilidad de seguir ejerciendo su labor; estaban obligados a burlar la censura de mil maneras, compitiendo en ingenio con los censores, levantando una falda allí, bajando un escote acá, criticando casi sin querer esa situación social que sufría el ciudadano, denunciado a la empresa desalmada –porque el rencor hacia la empresa y al libre mercado era común a la izquierda y al régimen de Franco–, desvelando las vergüenzas del hipócrita, reflejando una crítica social bajo el disfraz de una comedia y todo ello con el cemento de unos grandes directores y actores, principales y secundarios, cuyas películas servían como válvula de escape a los españoles que en masa, acudían a sesiones dobles y triples de cine en su día libre para olvidar la dureza de sus vidas.

Si miramos el panorama español actual, cabría pensar que la cosa ha empeorado. Ya no hay un cine oficial y un cine de "mercado negro". La oficialidad encubierta de democracia oscurece una labor que antes era mucho más que digna. Pocos actores y directores se atreven a discrepar de las opiniones de los que algunos han dado en llamar el Sindicato de la Ceja, pero cuya labor expansiva y lesiva llevan ejerciendo desde la transición política. Una denuncia a destiempo puede suponer demasiado tiempo en dique seco. Da la sensación que lo que deseaban no era libertad para ejercer su profesión, sino poder controlar la industria. La libertad que se supone que trajo la democracia ha servido para que unos pocos se hayan hecho con el negocio del cine, lo hayan politizado, hayan creado sus particulares censores, hayan colocado a algunos de los suyos en altos puestos políticos y controlen subvenciones, dineros y prebendas.

La cultura del esfuerzo que permitió que José Luis López Vázquez, Pepe Isbert, Manolo Morán, Gracita Morales, Paco Martínez Soria, Julia Gutiérrez Caba, Aurora Bautista, Manuel Alexandre o Isabel Garcés reinaran en las pantallas y en los teatros ha desaparecido y ha sido sustituida por la cultura del favor, la cultura de la política y lo oficial, sin posibilidad de réplica y crítica. Por eso cuando uno de estos genios muere, muere con ello un poco más el cine español y nunca un muerto nos había salido tan caro. Que descanse en paz el que fuera un admirador, un amigo, un esclavo y un siervo del espectador.

Las (sin)razones de fechar a Willy

El problema radica en el injustificado desgajamiento que sufre una instrucción criminal, cuando se investigan delitos donde participan menores de edad. En efecto, según prescriben las leyes procesales (artículo 16.4 de la Ley responsabilidad penal de los menores y 774.1.4ª de la Ley de Enjuiciamiento Criminal) el juez de instrucción tiene la obligación, si se desprende la participación de menores de dieciocho años en los hechos que investiga, de remitir a la fiscalía de menores competente copia de las diligencias practicadas para que ésta tramite un procedimiento separado en lo que atañe al menor, supervisado por un juez de menores.

Supone una decisión legislativa que quiebra la continencia de la causa, por utilizar una terminología procesal añeja, y, por añadidura ocasiona distorsiones muy serias en las investigaciones oficiales de los hechos delictivos. Por ejemplo, puede ocurrir perfectamente que los testigos, peritos y las víctimas de un delito único deban comparecer en ambos procedimientos con las molestias que acarrea. Se da la aberración jurídica de que los imputados como participantes de un delito se convierten en testigos en el otro procedimiento que no se dirija contra ellos por esa cuestión de la edad, aunque no están obligados a declarar contra sí mismos.

Recordemos el caso de "El Gitanillo" en relación con la causa del 11-M. Instruido un procedimiento separado del sumario principal por la fiscalía de menores, el juez central de menores de la misma Audiencia Nacional dictó una sentencia de conformidad, previo pacto entre la fiscal y el interesado, mediante el cual este último reconoció la versión sobre su participación que le presentaron a cambio de que se redujera la medida privativa de libertad a seis años de internamiento en un centro de menores. Además declaró como testigo en el mismo juicio del 11-M.

El incumplimiento de esa obligación, que los legisladores han impuesto y calificado como de orden público procesal, tiene dramáticas consecuencias para el juez de instrucción –podría acusársele de prevaricación– y un efecto invalidante del proceso en lo que se refiere al menor, si continúa la instrucción como si se desconociera esa circunstancia.

De este modo, no deben sorprender los esfuerzos que los jueces de instrucción despliegan por recabar dictámenes anatómicos que determinen la edad de un imputado –sobre todo si está detenido o preso provisionalmente– cuando resulta imposible obtener pruebas como las inscripciones de nacimiento o documentos de identidad que acrediten ese particular (artículo 375 LECr).

La solución del problema del secuestro del atunero Alakrana presenta otras aristas más complejas. Sin embargo, los ribetes ridículos que alcanzan casos como el de "Willy" –y el de miles de muchachos, principalmente inmigrantes ilegales– cuya edad no puede conocerse mediante pruebas ordinarias, se deben exclusivamente al empecinamiento de los legisladores en mantener esa dualidad de procedimientos penales para conocer de delitos en los que participan adultos y menores de edad.

Una reforma que suprimiera la instrucción y el enjuiciamiento especiales previstos en la Ley de Responsabilidad Penal del Menor diluiría el problema. La vuelta a la jurisdicción penal ordinaria de los menores podría compatibilizarse con una separación de los adultos en el momento de someterlos a medidas cautelares y el cumplimiento de las penas.

Una de piratas

El Estado, que se arroga el monopolio del ejercicio de la defensa y ha impedido hasta ahora que las empresas de seguridad pudieran dedicarse a defender nuestros barcos y propiedades fuera de España, se muestra totalmente incapaz de defendernos; y eso que había desplegado un dispositivo junto a otros países europeos para prevenir este tipo de sucesos.

Los temibles piratas somalíes no dejan de ser pandillas de jóvenes con armamento mediocre. Sin embargo, esos recursos parecen ser más que suficientes para poner en jaque a nuestro servicio de Defensa. Y es que cuando uno se arroga un monopolio, lo primero que debería hacer es preguntarse si es capaz de ofrecer el servicio allí donde sea necesario prestarlo. Otros países con ejércitos mucho más grandes son conscientes de sus limitaciones y permiten desde hace muchos años la actividad de empresas privadas de seguridad y defensa internacional. Los miembros de la secretaría de Estado de Estados Unidos, por poner un ejemplo, son defendidos en sus desplazamientos por empresas como Blackwater, incluso en países en los que hay bases del ejército norteamericano. Aquí, en cambio, nos hemos dedicado a demonizar la prestación de este tipo de servicios a cargo de empresas privadas y así nos va.

De la Vega y su escudero Moratinos se han metido en un buen lío. Primero se tiraron un mes sin hacer nada esperando que Obama, Merkel o Sarkozy nos resolviera el problema; a continuación dejaron que los piratas sacaran a tres pescadores del barco colocándoles en una posición mucho más fuerte de la que tenían; luego se han dedicado a confundir a las familias con noticias falsas y por último se han puesto a negociar con el Gobierno somalí en lugar de optar por usar los efectivos desplazados a la zona o negociar directamente con los piratas de manera transparente. Por otra parte, los piratas saben que el Ejecutivo español ha estado dispuesto a pagar jugosas sumas en ocasiones anteriores y que un Gobierno que ha mentido a los familiares no se puede permitir en este momento otra cosa que no sea traer a los pescadores a casa sanos y salvos a cualquier precio.

Para colmo de males, hemos visto como Garzón mandó a traer a España a unos piratillas que iban a por víveres en vez de enviarlos a un lugar desde el que poder negociar el canje con los piratas. Ahora no sólo dependemos de las malas artes diplomáticas españolas sino de nuestro ovillo jurídico-legislativo, que no considera la piratería más que una especie de juego de niños malos.

Los piratas del Índico deben haber tomado buena nota de lo ventajoso que resulta secuestrar un barco con bandera española. En medio de tanto despropósito, la única buena noticia es que ha hecho falta algo así para que en este país demos un margen algo más amplio a los servicios de seguridad privados. Eso quizá desincentive en el futuro a los piratas y nos libre del efecto llamada de este desatino. Mientras tanto, crucemos los dedos por la suerte de la tripulación del atunero español.

Siempre contra el muro

Recuerdo también que al día siguiente me lancé a comprarme el ABC y me impresionó la idea que nos ofreció Federico Jiménez Losantos en su comentario liberal: va a ser que Europa es un gran país, unido por la libertad.

Los años que siguieron al derrumbe de ese muro, en los que millones de personas recobraban una libertad que jamás debieron perder, o la experimentaban por vez primera, fueron para mí, como para muchos, unos años de rearme moral, de reivindicación histórica de lo que unos cuantos –no la mayoría, por cierto–, defendíamos: la democracia, la libertad, los derechos del hombre, el capitalismo. Es decir, todo lo bueno que hemos sido capaces de darnos para vivir en sociedad. Teníamos a cualquier argumento moral defendible de nuestro lado. Cualquier argumento económico salvable, también. Y ahora la historia unía a la alegría el resarcimiento de un sentimiento de justicia.

Al igual que quienes siempre denunciaron al socialismo tuvieron razón en todo momento, veinte años después de su hundimiento histórico nos asisten las mismas razones para rechazarlo. El socialismo fue un fracaso ético porque tomaba a las personas por piezas de una gran construcción que, digámoslo claramente, siempre fue monstruosa. Fue un fracaso económico porque la planificación es un error y destruye los lazos sociales que nos permiten prosperar. Y fue un error histórico porque el socialismo no responde a una necesidad de la sociedad, y porque si gran parte de la sociedad fue arrastrada hacia él fue por la traición de los intelectuales. Sigue siendo un error y sigue mereciendo nuestra condena.

El socialismo vuelve por sus fueros y se infiltra en millones de almas gracias a sus espurias denuncias y falsas promesas. Vuelve esa abyecta tolerancia hacia el viejo totalitarismo. El anticomunismo es la decencia en política, pero la decencia está de rebajas.

Pero también vive entre nosotros un nuevo socialismo, tan viejo como el que más, tan embebido en las instituciones, en los medios, en el discurso, que apenas llama la atención. Porque hoy Europa es un país unido por la burocracia. Haciendo mención a la efeméride que hoy todos recordamos, el diario Pravda decía lo siguiente: "Veinte años después de la caída del Muro de Berlín, la Unión Europea es hoy una reencarnación de la Unión Soviética".

El mercado no es “la solución”

El intervencionista observa el mercado como si se tratase de una fotografía, el liberal observa el mercado como si fuera una película que aún no ha terminado. Estos dos enfoques divergentes dan forma a nuestra comprensión de la realidad social y explican en buena medida la confianza que los primeros depositan en el Estado y los segundos depositamos en el mercado para la mejora del bienestar general. Juzgar el mercado como una fotografía que deja bastante que desear, una realidad imperfecta estática o "en equilibrio", tiene ciertas implicaciones que no se siguen del hecho de juzgar el mercado como un proceso equilibrante, una película con muchos cabos sueltos que tiende a un final cerrado (y feliz).

Al intervencionista no le gusta la fotografía que ve del mundo, la compara con una fotografía artificial "perfecta", y cree que debe retocar la original con Photoshop para que se asemeje a su modelo de referencia. Como tiene una fotografía "perfecta" con la que comparar todas las instantáneas de la realidad, cree identificar los defectos y saber corregirlos (o confía en que algún experto sabrá hacerlo). Traducido a lenguaje económico neoclásico, el mercado falla en la medida en que la realidad no se acerca al "óptimo" definido en condiciones teóricas de "competencia perfecta". Las condiciones de competencia perfecta no se dan nunca, así que el mercado falla continuamente. Así, el intervencionista busca una solución al fallo de mercado, que lógicamente no puede provenir del propio mercado (pues ha fallado). El mercado es la fotografía defectuosa, y hay que retocarla en el taller.

El intervencionista busca "la solución". Quiere un plan de acción encaminado a corregir el defecto en la fotografía, y "la solución" a menudo parece obvia, pues la "fotografía perfecta" de referencia reposa al lado. La solución es un programa, una ley, una regulación, un subsidio, una fijación de precios, un impuesto pigouviano, una nacionalización, una bajada de tipos, una licencia, una prohibición, un aumento del presupuesto, un ministerio, una agencia… El Estado es el órgano a través del cual el intervencionista intenta materializar su solución. El intervencionista no controla el Estado, pero actúa como si lo hiciera. Expone su propuesta como si el Estado fuera a consultarle y a implementarla sin desvirtuarla. En cualquier caso, el intervencionista no piensa en un mecanismo de corrección, en un proceso de descubrimiento, en una estructura de incentivos para encontrar soluciones adecuadas, solo piensa en encontrar "la solución" que el Estado debe estampar en la fotografía.

El liberal, en cambio, no pretende encontrar "la solución". De hecho admite humildemente que a menudo ignora cuál es la solución adecuada a una determinada carencia percibida. El liberal prefiere centrarse en el proceso que lleva a encontrar buenas soluciones. No aspira a diseñar una solución concreta, sino a dar con el mejor mecanismo para descubrir y testar soluciones concretas. El liberal no concibe la realidad como una fotografía sino como un proceso dinámico en el que los fotogramas adquieren sentido si se deja que la película avance. El liberal busca un marco propicio para el desarrollo de la película, un marco que permita la experimentación con distintas propuestas, ejercicios de prueba y error por parte de muchos emprendedores, competencia entre ideas y el triunfo de las mejores sobre las peores.

Un fallo de mercado desde una perspectiva estática es una oportunidad de ganancia desde una perspectiva dinámica. Representa una demanda insatisfecha que puede ser explotada por algún emprendedor perspicaz e imaginativo. En el mercado la expectativa de rentabilidad es un incentivo para corregir errores de "fotografías" pasadas, y las pérdidas y las ganancias son un indicador de éxito o fracaso en la búsqueda de soluciones que elevan el bienestar de la gente. Este enfoque dinámico que enfatiza la competencia descentralizada, el "derecho de salida" y la "libertad de entrada" al mercado, el test de prueba y error, los incentivos para servir a la gente y mantener una buena reputación, contrasta con el enfoque estático que confía en "la solución" centralista diseñada por el experto o tecnócrata y en la voluntad del Estado para implementarla.

El intervencionista intenta diseñar "la solución", el liberal busca un marco en el que experimentar y descubrir múltiples soluciones. El liberal deja la búsqueda de soluciones concretas a los millones de emprendedores que arriesgan sus recursos y tienen incentivos para explotar oportunidades latentes, o a los individuos de la comunidad afectada que conocen su particular situación y tienen razones para organizarse colectivamente. El intervencionista, ansioso por retocar la fotografía, no quiere entregarse a ningún "proceso de mano invisible" y prefiere seguir hablando en términos de "soluciones". El liberal, consciente de que la realidad social es cambiante y compleja, confía en un mecanismo de ajuste descentralizado y habla en términos de "cómo encontrar las mejores soluciones". El mercado no es "la solución" ni garantiza soluciones inmediatas. Es simplemente un proceso de experimentación competitiva que tiende a producir las mejores soluciones. Confiar en el mercado requiere paciencia y cierta tolerancia a los altibajos. Confiar en el Estado y en su "solución" es un simple acto de fe.

Això és una dona

En el momento de publicar estas líneas, la señora tiene dieciséis puestos de trabajo, aunque no es descartable que durante el fin de semana aparezcan nuevas ocupaciones de la presidenta consorte, por supuesto remuneradas, que los Montilla no trabajan por la patilla.

El caso de la segunda esposa del primer ministro Montilla es asombroso por la capacidad de trabajo que demuestra en su desempeño cotidiano, porque no es sólo que tenga que atender a las dieciséis ocupaciones laborales que tiene asignadas, sino que al llegar a casa debe ocuparse también de las trillizas y de la inmersión lingüística del iznajeño, a ver si consigue que el bachiller cordobés alcance el nivel C en la lengua del imperio catalano-balear.

Sería interesante conocer cómo organiza la agenda este portento proletario porque el día tiene sólo veinticuatro horas, también en Cataluña, salvo que el TC disponga lo contrario. ¿Ha adquirido la mujer del president el don de la bilocación? ¿Es su bolso un centro de comunicaciones que le permite desempeñar sus tareas sin estar físicamente en el lugar de trabajo? A todos los que se nos quedan cortos los días trabajando sólo para una empresa nos gustaría saber cómo lo hace Annita, para así disponer de más tiempo libre y, eventualmente, encargar trillizos.

Habrá quien se queje de que una socialista acumule dieciséis ocupaciones mientras cada vez más proletarios, tan socialistas como la Montilla, se van al paro irremediablemente, más no deben preocuparse porque Zapatero prometió pleno empleo en esta legislatura y es un hombre que siempre cumple su palabra. Sucede simplemente que ha empezado por Cataluña, concretamente por los Montilla, para seguir por la costa hacia abajo y de ahí avanzar hacia el interior. Es sólo cuestión de esperar sentados. Mayormente en la puerta de la oficina del paro.

Internet al otro lado del muro

Dos décadas después casi todo el mundo, con la excepción del irreductible comunista Francisco Frutos y algún fanático más, celebramos aquel acontecimiento como lo que fue: una auténtica revolución liberadora para millones de personas.

Sin embargo, veinte años después, el muro sigue en pie en varios puntos del planeta como Cuba, China, Vietnam o Corea del Norte. En esos países las sufridas poblaciones siguen sin poder celebrar la caída de la tiranía comunista. Hace dos décadas internet estaba en pañales, lejos de ser el instrumento de comunicación que es hoy en día. Si en aquel entonces hubiera existido la red, los regímenes de la hoz y el martillo no se hubieran enfrentado a ella de manera muy diferente a como lo hacen sus hermanos todavía en pie. De hecho, serían incluso más restrictivos que algunos como el chino.

En los países que todavía siguen sometidos al comunismo, aquellos donde el muro sigue en pie, los ciudadanos no conocen un internet similar al que disfrutamos en el resto del mundo. Quizás el régimen más suave con sus restricciones es China. En ese país, pese a las cruzadas contra los cibercafés emprendidas hace años y los filtros que impiden visitar una gran cantidad de sitios web, conectarse no es difícil debido a que los gobernantes han visto el potencial económico que ofrece la web. Eso sí, si el comportamiento en la red es el no deseado, el precio que se paga puede ser muy alto.

Desde hace ya varios años, en China hay una media de cincuenta ciberdisidentes encarcelados de forma simultánea, lo que hace de este país la mayor cárcel de internautas del mundo. Además, si en la URSS o en la China de Mao se enviaba a centros psiquiátricos o campos de reeducación a quienes pensaban diferente, el régimen de Pekín convenció a los padres de la necesidad de "desenganchar" a sus hijos de internet si pasaban demasiado tiempo delante del ordenador. Llevó esto hasta tal extremo que ahora ha tenido que prohibir el uso de castigos físicos para "curar" esa "adicción" tras la muerte de un joven.

Los otros sistemas comunistas asiáticos también tienen ciberdisidentes encarcelados, pero menos. El motivo es tan simple como que está prohibido conectarse a la red o tan sólo se permite hacerlo en locales controlados por el Gobierno. El peor caso es el de Corea del Norte, donde su uso está totalmente vetado. De hecho, hace unos años el dictador Kim Jong Il "regaló" a la cúpula de su régimen el derecho de conectarse a una versión muy filtrada de internet.

Por último, está Cuba. En la mayor de las Antillas es necesario obtener un permiso gubernamental para tener una conexión a internet en casa. Lo máximo que se tolera al resto de los cubanos es acceder a unos centros propiedad del Gobierno o alguno de sus tentáculos y entrar desde ellos a una red filtrada hasta grados extremos. Pero, ni aún así, logran que algunos valientes bloggers transmitan al mundo lo que ocurre en la isla-cárcel. Eso sí, al resto de los cubanos les está vetado leer esos textos puesto que esas bitácoras están bloqueadas en Cuba.

Y, a pesar de eso, el régimen castrista tiene la desfachatez de organizar debates sobre internet. Unas mesas redondas a las que se impide acudir –tan sólo como público– a esos blogueros libres que tanto molestan al viejo barbudo y su hermano Raúl. Pero, como el ansia de libertad es mayor incluso que su poder de control, la valiente Yoani Sánchez logró engañarles, entrar y decir en persona lo que los siervos de los tiranos no querían que nadie escuchara.

Mientras todos los Yoani Sánchez que viven en lugares como Cuba o Corea del Norte no puedan expresarse sin tener que recurrir a engaños para que su Gobierno no se lo impida, quedarán partes del muro en pie. Y eso es algo que tan sólo Francisco Frutos sería capaz de celebrar.

Inmersión lingüística en la gran pantalla

Desafortunadamente, la Fundació Catalunya Oberta (FCO) pone su nacionalismo por encima de la libre empresa y a los "derechos lingüísticos" por encima de los derechos individuales. Se comporta como un payés "defensor del libre mercado" que luego corta la autopista porque no queremos subvencionar sus tomates. Los tomates de la FCO son la lengua catalana.

El anteproyecto de la Ley del Cine de Cataluña está en fase de discusión parlamentaria y podría aprobarse en dos o tres meses. La ley obligaría a doblar o subtitular al catalán la mitad de las copias de un largometraje (para aquellos con más de 15 copias), y prevé multas que van desde los 75.000 euros a los 4.000 (o amonestación). Quedan exentas las películas en versión original castellana. El anteproyecto incluye la creación de una red de pantallas concertadas (subvencionadas por la Generalitat) para la exhibición de cine catalán y europeo, y contempla un impuesto del 5% sobre la recaudación en taquilla que las salas de cine deberán dedicar a la mejora de sus instalaciones. Por último, también prevé subsidios a producciones independientes catalanas.

Frente a esta ley intervencionista a varios niveles, el editorial del portal de opinión de la FCO, Catalunya Oberta, sólo sabe congratularse de que este "proyecto ambicioso" ponga fin a "la anomalía lingüística" del panorama cinematográfico catalán. Como la "política de diplomacia y buen rollo" con las distribuidoras no ha funcionado, "hace falta un nuevo impulso". Es decir, si no se pliegan a nuestra voluntad por las buenas, lo harán por las malas. El mismo recurso que emplea la mafia. No en vano luego se pregunta si el consejero de Cultura será capaz de "doblegar a las majors".

La FCO es una organización favorable al libre mercado y por tanto le presumo un mínimo de conocimientos sobre la naturaleza del mismo. No obstante, califica de "anomalía" que haya tan poco cine en catalán y se lamenta de que el catalán "no avance", sin reparar en que los culpables de que eso ocurra son los espectadores, la demanda. Quizás la FCO replicara lo mismo que el anti-capitalista de Galbraith: la oferta no responde a la demanda sino que crea la demanda. Lo cual es tan absurdo como decir que lo único que tiene que hacer una empresa es vender algo, que los consumidores lo comprarán automáticamente.

El problema con esta concepción de la empresa como "dictadora de preferencias" es que si no hay barreras de entrada al mercado cualquier otra empresa puede competir con ella, captando más demanda ajustándose un poco más a las preferencias genuinas de la gente. Si "en el fondo" los espectadores quieren ver cine en catalán pero la industria se empeña en suministrar sólo cine en castellano, ¿por qué tan pocas distribuidoras o exhibidores estrenan películas en versión catalana? ¿Por qué iban a desaprovechar la oportunidad de hacerse con una mayor cuota de mercado y aumentar sus ganancias? Los datos corroboran que el cine en catalán tiene simplemente menos demanda: cuando en un complejo multi-salas se proyectan las versiones castellana y catalana de una misma película, el 78,2% de los espectadores opta por la primera, frente al 21,8% que escoge la segunda (La Vanguardia, 6/3/09, págs. 28-29). La Generalitat, lejos de admitir esta realidad, manipula y compara cifras que no son comparables. El gremio de los exhibidores puso como ejemplo en un comunicado el estreno de Vicky Cristina Barcelona en los cines de Cataluña: cinco copias se exhibieron en castellano, 47 copias en catalán, y 22 en versión original. La media de recaudación por copia de la versión castellana fue más de cinco veces superior a la de la versión catalana. La versión original obtuvo de media casi el doble que la versión catalana.

Los datos anteiores no deberían sorprender a nadie, ya que en prensa escrita y en televisión la proporción es similar y no puede alegarse que el consumidor carece de opciones, pues la oferta es muy amplia. El 27,5% en prensa diaria y el 20,5% en televisión es consumo en catalán, el resto en castellano (datos del Barómetro de la Comunicación y la Cultura). ¿Debería la Generalitat introducir una Ley del Periódico? ¿O una Ley de la Televisión? Por desgracia la pregunta es menos retórica de lo que parece. (Para una discusión más extensa de estos argumentos remito al lector a un artículo anterior: No al doblaje impuesto en catalán)

Cabe la posibilidad de que la FCO admita que la mayoría de espectadores quiere ver cine en castellano, pero le parezca mal ese ejercicio de su libertad y quiera "corregir" sus elecciones. La FCO quizás considera que el buen catalán debe estar más comprometido con la lengua catalana, y si no lo está debe ser "enseñado". Ya he criticado la noción de que el Estado tiene que proteger la lengua en otros artículos (véase Preservar por la fuerza y ¿Qué opina Rosa Díez de la obligación de conocer el castellano?).

Si la mayoría de espectadores en efecto prefiere el doblaje en castellano, poner restricciones al mercado tiene costes que sus valedores deberían reconocer. Por ejemplo, las copias catalanas no van a sumarse a las copias castellanas, van a sustituirlas. Así, a menos que se trate de una superproducción estrenada en varias pantallas de un complejo multisalas, muchos cines de barrio se verán obligados por la nueva ley a proyectar películas solo en catalán. Para los espectadores que frecuentan ese cine, y que en su mayoría prefieren el castellano, la ley les estará forzando a ir a un cine más alejado si quieren satisfacer sus preferencias. ¿Considera la FCO que la Generalitat tiene derecho a perjudicar al espectador de esta manera, por el bien de "la lengua catalana"?