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La sociedad individualista y el Estado

El Estado es la forma del Poder Absoluto (que es su sustancia).

El Estado es la culminación, técnica y mecanicista, del avance de un poder único e invasivo, creciente y decidido a suplantar el orden social a cambio de una organización de intereses y resultados, sostenida sobre arbitrarios cálculos de utilidad social.

Los criterios ideológicos que postulan los defensores o partícipes del estatismo ignoran por completo la realidad del funcionamiento del proceso social. Su audaz racionalismo convierte dicha ignorancia en potentes entramados conceptuales y explicativos, todos ellos volcados en la justificación del Poder y su voracidad.

El Estado se constituye gracias a la paulatina absorción de distintos y anteriores órdenes, comenzando por el político, continuando con el jurídico (dentro del mismo, con especial trascendencia, la institución de la propiedad), y, una vez pertrechado con aquellos mimbres, procurando el asalto del mercado, la producción y el intercambio. La mayor crisis del Estado no llegó hasta que se produjo esta última invasión, siendo desde entonces la historia del estatismo un esfuerzo perpetuo de ajustar la extensión e intensidad de su interferencia en lo que a libertad individual, mercado y cálculo económico se refiere.

En cuanto a la dinámica Estado-política, en la consolidación de la estructura impersonal y artificial que es el Estado, éste tuvo que enfrentarse a formas de poder consolidadas, tanto de tipo jurídico, como político, religioso, familiar o económico. El impulso estatista promueve la disolución de toda forma de poder que le plantee un obstáculo en su absolutismo. Para conseguir su objetivo puede bien suplantarlas, desprestigiarlas o saquearlas. Sucedió con la Iglesia, los municipios y los gremios, los Fueros locales, la aristocracia (noble o económica) y la patria potestad…

El ansiado resultado no era otro que la atomización de la sociedad, contribuyendo de una manera distorsionante y voluntariosa a la normal tendencia que el propio orden social manifiesta hacia el reconocimiento intersubjetivo generalizado. La mera apariencia de haber contribuido a ello evade la indispensable reflexión sobre los objetivos reales que condujeron al Estado a convertirse en un instrumento de emancipación individual.

El Estado basa su dominio en una peculiar autoridad recabada en las fuentes espontáneas de ésta. Dicha corrupción, unida al engaño monopolístico, convierten al Estado en un polo de atracción que religa voluntades, sentimientos y creencias dentro de una progresiva conversión de la política en religión secular. El Estado termina siendo fuente de moral y responsable de la seguridad personal en todas sus manifestaciones, trazando una suerte de patriarcado (ahora matriarcado) falsamente individualista.

La socialdemocracia, como culminación del totalitarismo estatista, logró aunar las técnicas de dispersión social y devaluación moral, o suplantación estatal, como ningún otro totalitarismo violento siquiera llegó a atisbar. Una mera apariencia de libertad garantiza la sostenibilidad –no sin quebrantos y crisis–, de un sistema social basado en la plena extensión de lo estatal sobre cualquier expresión de tipo social o personal.

El Estado sueña con monopolizar el altruismo, la entrega desinteresada, la ayuda al prójimo, la previsión del incapaz, la atención del desvalido. Absorbiendo las conciencias particulares, el Estado proyecta un artificio denominado "conciencia social", siendo la adhesión (emocional e ideológica) a la misma un gesto de integración virtual en el grupo. El fundamentalismo que plantea esta supuesta alternativa a la auténtica concienciación individual, hace creer a sus fieles devotos que han sido bendecidos por una revelación capaz de exonerarles de cualquier pecado mundano.

Por otro lado, el Estado mantiene su voluntad de evitar el surgimiento de resistencias o contrapoderes, forzando a la mayoría de sus súbditos hacia el más irresponsable consumismo, así como la extensión dominante del trabajo por cuenta ajena, en forma de funcionariado del Estado o de la Gran (y subvencionada) compañía "privada". Los individuos tienden a apostar por la seguridad al tiempo que agradecen la imposición de mecanismos de previsión colectiva que les permitan entregarse al hedonismo del consumo presente desaforado.

El Estado, siguiendo la rutina anterior, se esfuerza en descomponer la familia como núcleo de socialización, deformando sus elementos naturales (la filiación o la apariencia de filiación natural), y primando las formas de vida individualista, que siendo muchas de ellas espontáneas y fruto del libre proceso social, empleadas torticeramente por el Estado acaban incluidas en su estrategia de atomización individual y extensión del sentimiento de soledad (aspecto que, curiosamente, los "intelectuales" atribuyen capciosamente al libre mercado).

La descomposición de las facultades típicas de la patria potestad, ya dulcificadas por la espontánea consolidación del individualismo genuino, es quizá uno de los pasos más importantes en el sentido de que el individuo se sienta, cuanto antes, en conexión directa con el Estado, quedando exonerado de esos intermediarios que son el padre, la madre u otros familiares. La temprana mayoría de edad, o la emancipación formal o fáctica, son avances evidentes de esta vía de acción.

Hecho este análisis quizá comprendamos mejor que la mera atomización social que representa el avance del Estado a lo largo de los siglos no es, en realidad, la fuente del individualismo proclive a la mayor y mejor libertad del Hombre.

La sociedad abierta, regida por poderes públicos, políticos o jurídicos, de tipo competitivo y contrapesados, va unida al paulatino reconocimiento de un intenso individualismo en la consideración de cada ser humano. La flexibilización moral y normativa, sobre valores estables pero, con el tiempo, mejor percibidos y definidos, contribuye a desechar espontáneamente reglas e instituciones ineficientes o contrarias a la naturaleza humana, que en libertad, adquiere mayor nitidez en toda expresión social del individuo. La innovación es sopesada y filtrada gracias a procesos que, aun siendo en ocasiones lentos y tortuosos (el tiempo institucional-evolutivo es mucho más amplio que el tiempo praxeológico), siempre que el orden logre una renovada y eficiente sostenibilidad, será asimilada como nuevas máximas de acción entre el resto individuos presentes y futuros.

El reconocimiento social extenso se funda en el individuo, como sujeto digno y socialmente considerado, que se sitúa como centro de todo el devenir social. La sociedad individualista hace depender su éxito, crecimiento y sostenibilidad, en la competencia institucional, perfilando reglas, contenidos tácitos o expresos, que apuntalan la progresividad y el dinamismo del orden de acciones, capaz de albergar en su seno la más intensa consideración del Hombre.

En nada se parece esta definición a los logros alcanzados por el Estatismo atomizador, que, bajo el pretexto de procurar la emancipación del individuo en sus placeres o necesidades (objetivizados), despedaza los contenidos normativos ineludibles para favorecer la coordinación social y el éxito de las expectativas. A su vez, dinamita poderes espontáneos, parciales y competitivos, a fin de arrogarse para sí la égida absoluta sobre los destinos de un grupo humano, siempre con vocación plena o universal.

La sociedad individual que resulta del afán estatista por descomponer el orden social, para así domeñarlo y organizarlo deliberada y voluntariosamente, tiene rasgos de libertad, pero siempre, en sus crisis, se adivinan las profundas carencias y los surcos frustrados de ajuste y coordinación espontánea. Curiosamente, será de esas crisis de donde obtenga el poder absoluto una falaz justificación para seguir invadiendo la vida social e individual, no reconociendo en ningún caso que, en presencia de un poder extensivo, nunca los colapsos, parciales o generalizados, pueden atribuirse (menos en exclusividad) al libre albedrío de los individuos.

En una sociedad libre, individualista y de propiedad plural, el poder se circunscribe a un ámbito político y jurídico de actuación que intercede, o aúna, en las decisiones, o legítimas pretensiones particulares. Se trata un poder abierto, permeable, potestatario, competitivo, pero sólido y respetado. El orden social se fundamenta en la existencia de un contenido normativo suficiente y dinámico que garantice el gobierno de las leyes frente al gobierno de los hombres. La fuerza institucional no está reñida con su adaptabilidad dado que, en todo caso, la mera supervivencia del orden exige cambios y eventuales derogaciones, a pesar de esa falaz presunción racionalista tendente a la organización total de la sociedad.

El individualismo estatista responde a un patrón perverso, aparenta cosas que no son, adquiere un cariz fundamentalista, de religión secular volcada en la persecución del hereje, arte y gracia de lo políticamente correcto. Individuos plegados a la expectativa de que el Poder resuelva las cosas; dependientes que tienen en la política su única fuente de salvación.

Un Rajoy nada “esperanzado”

En el puente de mando, un Rajoy encantado de haberse conocido apoya a los causantes del destrozo mientras se desentiende de la víctima, precisamente uno de los principales motores del PP en esta singladura, pero no seremos nosotros quienes demos clases de navegación al intrépido Mariano, que para eso ya está Arriola.

El partido de Rajoy vive en una especie de realidad paralela que le impide actuar no ya con un cierto nivel moral, cosa bastante improbable en cualquier partido político, sino con la visión electoral necesaria para no darse la tercera bofetada en unas elecciones generales a las que va a concurrir, si Dios no lo remedia, en menos de dos años y medio.

El entusiasmo que el alcalde de Madrid y su cautivo moral despiertan entre los votantes y simpatizantes del partido es, digamos, francamente mejorable. Es seguro que las voces cortesanas que rodean a Rajoy le habrán convencido de que los abucheos al dúo dinamita a su entrada a la sede del partido forman parte de una campaña orquestada por Esperanza Aguirre para boicotear la brillante gestión del gallego, pero sólo hay que pulsar la opinión de los que han venido votando al PP en los tiempos más duros para convencerse del peso real de los dos personajes entre el electorado. Entre el del PP, me refiero, porque entre los electores que jamás van a votar a Mariano lo cierto es que tienen una excelente prensa, comenzando por Pepiño Blanco y terminando por el grupo PRISA que, como es sabido, sólo piensan en el bien del Partido Popular.

Dice también Rajoy que eso de que los alcaldes manifiesten su apoyo a la presidenta del partido en Madrid ante los insultos de un esclavo político aún no manumitido es algo que no se puede tolerar. Hombre, tendrá que tolerar eso y bastante más el lobo de mar, salvo que quiera quedarse a la deriva en una barcaza con Arriola de grumete como única tripulación.

Rajoy manda en el partido, pero no en la decisión soberana de los más de diez millones de contribuyentes que vienen votando al PP. Cualquier político con instinto de supervivencia trataría de compatibilizar lo primero con lo segundo, porque las cosas pueden ponerse tan mal que ni siquiera la necesidad de expulsar a Zapatero de La Moncloa puede acabar resultando un argumento suficiente para votar al partido de Gallardón. No digamos ya al de su esclavo.

Internet no nació hace 40 años

No para resistir un ataque nuclear, como comúnmente se dice, sino porque por entonces los errores eran tan comunes que, o el sistema estaba preparado para lidiar con ellos desde el principio o directamente no funcionaría más que tres minutos al día. Y con suerte.

Más tarde, Arpanet evolucionaría, transformaría su funcionamiento y terminaría convirtiéndose en internet. Así que, técnicamente, podría considerarse que internet nació con el primer mensaje enviado en Arpanet, como lo hizo el teléfono con la famosa llamada de Graham Bell. Pero, curiosamente, no fue Bell quien lo inventó; el mérito corresponde a Antonio Meucci, que construyó uno casi veinte años antes. Pero, en la práctica, la fecha realmente importante en la historia del teléfono es 1876, porque Bell logró lo que nunca pudo conseguir Meucci: que su invento sirviera para algo al comenzar a comercializarlo.

De igual modo, el hito realmente importante en la historia de internet no es 1969 sino el 30 de abril de 1995. Antes de ese momento, las redes de las distintas universidades e instituciones que lograban recibir el permiso para conectarse lo hacían a través del backbone o "columna vertebral" de la NSF, una agencia científica del Gobierno de Estados Unidos. Durante años lo peor que podías hacer en la red era darle un uso comercial, por más casero que fuera; vender tu coche de segunda mano era anatema. Sin embargo, en esa fecha, la infraestructura cambió y se descentralizó; acceder al backbone de la NSF dejó de ser imprescindible y las distintas redes pudieron conectarse a través de los llamados puntos neutros.

Este cambio, en apariencia mínimo, fue sin embargo el nacimiento de internet tal y como lo conocemos: una red mundial a la que todos podemos acceder y en la que podemos compartir recursos de todo tipo. Antes, las empresas que se conectaban debían firmar un acuerdo de uso con la NSF; debían ser autorizadas. Después del 30 de abril de 1995, simplemente debían conectarse con las demás. No existe libertad de hacer algo, por ejemplo, ser taxista, cuando debes pedirle permiso a papá estado; del mismo modo, fue en esa fecha cuando tuvimos verdadera libertad para conectarnos a internet. Y la aprovechamos. A finales de aquel año había 16 millones de internautas. Hoy, catorce años después, se estima que existen 1.669 millones, casi un cuarto de la población mundial.

Sin duda, Arpanet y los demás pioneros –especialmente Tim Berners-Lee, el creador de la web– merecen nuestro respeto y admiración por su trabajo, imprescindible para la existencia de la red de redes. Pero no debemos olvidar que si la red hubiera seguido formando parte del sector público, internet nunca hubiera existido. O sería una red aburridísima a la que sólo podríamos conectarnos desde la universidad, que para el caso es lo mismo.

Artistas y sindicados, todos paniaguados

El pasado viernes los culturillas reclamaron un mayor grado de intervención pública e, incluso, hicieron un dantesco llamamiento para manifestarse contra los empresarios, a los que en gran medida culpan del aumento del paro.

Este martes, el turno ha sido para CCOO que, ni corto ni perezoso, aboga por reducir la jornada laboral y que el Estado abone el recorte de salarios que, en todo caso, se produciría. No voy a entrar aquí a valorar esta medida, cuyo fracaso ha sido rotundo en la vecina Francia. Para aquellos que quieran profundizar en el tema pueden consultar numerosos artículos, por ejemplo, aquí, aquí y aquí.

Basta con decir que, de llevarse a cabo, y dada la profunda crisis que padecemos, la recuperación económica será una mera utopía. La depresión se enquistaría hasta tal punto que España se convertiría nuevamente en un emisor neto de emigrantes en busca de un trabajo y un futuro mejor fuera del país.

Mi objetivo no es, pues, enumerar los nefastos efectos de tales políticas sino desenmascarar a los autores de tales necedades económicas. Y para ello, tan sólo es necesario acudir al diccionario para condensar y resumir en un mismo término la verdadera naturaleza de tale grupos sociales. La palabra en cuestión es paniaguado: "servidor de una casa, que recibe del dueño de ella habitación, alimento y salario; allegado a una persona y favorecido por ella".

Artistas y sindicatos viven por y para el Estado. Son unos mantenidos, cuyo único fin es acrecentar el poder del Gobierno y, así, aprovecharse aún más de la posición privilegiada que le ha otorgado su dueño. En este sentido, actúan igual que un perro fiel. Ya sea por mandato o iniciativa propia, ladran, e incluso muerden si es necesario, de forma instintiva para proteger y ayudar a su amo. El problema es que, por desgracia, en este caso el perro es un lobo, puesto que sus acciones repercuten negativamente en el bienestar del resto de ciudadanos.

No es algo nuevo. En concreto, la alianza entre el mundo de la cultura y el poder político se fraguó, curiosamente, en pleno auge del absolutismo francés. Para más señas, durante el reinado de Luis XIV (El Rey Sol), allá por el siglo XVII. Fue entonces cuando, bajo la férrea dirección económica de Jean-Baptiste Colbert (1619-83), los artistas comenzaron a vivir de la sopa boba gracias a la protección estatal.

Colbert, el paradigma del mercantilismo, quiso poner bajo su tutela la vida intelectual y artística de Francia. Su objetivo, asegurarse de que este gremio, hasta entonces una profesión como las demás, sirviese para glorificar al rey y, por tanto, los intereses del Estado –"el Estado soy yo", frase atribuida a Luis XIV.

La máxima autoridad económica del Rey Sol organizó a los artistas e intelectuales en academias y les apoyó financieramente para comprar sus servicios, mediante cuantiosas subvenciones y la concesión de proyectos gubernamentales. La Academia Francesa fue nacionalizada con el fin de defender e impulsar la lengua nacional. La Academia de Pintura y Escultura, que ostentaba el monopolio de la instrucción artística, se puso a las órdenes del Rey. Colbert fundó, además, una Academia de Arquitectura para trabajar en el diseño y construcción de los grandiosos edificios estatales y onerosos palacios.

También creó un monopolio teatral y musical, hasta el punto de que ninguna compañía u orquesta podía tocar en París sin previa autorización de dichos organismos que, cómo no, vivían de los fondos públicos. El Gobierno absolutista francés concedió amplios subsidios y subvenciones para mantener a sus fieles siervos artísticos e intelectuales. Exenciones fiscales, nombramientos, donaciones… Toda una serie de prebendas comenzaron a fluir hacia este grupo de privilegiados, aniquilando así su espíritu de independencia… Hasta hoy.

Por supuesto que no todos los artistas ni sindicados comen de la mano de Papá Estado, pero es evidente que como grupo, siguen conformando una casta particular dentro de la sociedad francesa y, por supuesto, española. No obstante, la llegada de los Borbones (de origen francés) al trono de España también conllevó el traslado de ciertas costumbres.

En definitiva, artistas y sindicados, todos paniaguados, ya que su fin es servir al Estado, no a la sociedad civil. De ahí su interés y obsesión por acrecentar el poder del Gobierno (socialismo). Pese a todo, no deja de ser curioso que en lo que respecta a los artistas la política de la subvención pública fuera instaurada por el mayor déspota del Antiguo Régimen, que aún por encima era Rey, ¿no creen?

Una Ley Beckham para la economía

Cristiano Ronaldo, Jermaine Pennant, Karim Benzema o David Villa están entre los ilustres jugadores que han rechazado la Premier League para jugar en España. ¿Por qué España? Debido a que según la legislación fiscal española pueden acogerse a la figura del "ejecutivo extranjero", una posición que limita el tipo máximo que tienen que pagar a sólo un 24%.

Sin gallina no hay huevos de oro, concluía Jacoby. Y lo cierto es que parece que Zapatero y el resto de la izquierda se muestran ansiosos por matar la gallina de la Liga española que recibe el nombre de Ley Beckham. Gracias a ella, los futbolistas foráneos tributan a un tipo máximo del 24%, por lo que, en su ausencia, se les incrementaría de golpe el tipo marginal en casi 20 puntos (hasta el 43%).

La clubes de fútbol ya han amenazado con ir a la huelga si la medida sale adelante. Y no es para menos. Su creciente capacidad para fichar estrellas extranjeras procedía en buena medida de los menores impuestos que se veían obligados a pagarles: al fin y al cabo, a los futbolistas se les suelen ofrecer sus remuneraciones libres de impuestos, de modo que un club español podía pagar salarios netos más elevados que otro club europeo con un mismo salario bruto. Sin Ley Beckham se acabó la ventaja competitiva de nuestros clubes y, en consecuencia, su habilidad para pescar a jugadores extranjeros.

Pero me parece que las interrelaciones entre el fútbol y la política son demasiado grandes como para que nuestros mandatarios no acaben cediendo a las peticiones de sus compañeros de sobremesa, máxime ante un órdago de semejante envergadura: un país sin fútbol es un país sin circo, y al pan ya se nos acabó hace tiempo. Unos y otros no se van a tirar los trastos a la cabeza por apenas 100 millones de euros, el 1% de lo que Zapatero ha despilfarrado levantando aceras.

Pues bien, no creo que hasta aquí nadie se sorprenda lo más mínimo por el razonamiento. Puro sentido común de unos y otros: el Estado a lo suyo (rapiñar) y los clubes también (protestar por la rapiña). Lo extraño, sin embargo, es que nadie (o casi nadie) se dedique a aplicar este mismo razonamiento para el resto de la economía.

Acabamos de padecer la que probablemente sea la mayor subida tributaria de la historia y el Ejecutivo ha podido perpetrarla ante la anestesia generalizada de la población y al grito de que estaba favoreciendo la recuperación. ¿Acaso un burla tan flagrante contra el sentido común no despierta las iras ciudadanas y empresariales? ¿Acaso un atentado tan evidente contra cualquier atisbo de recuperación no moviliza a nadie a protestar y a patalear? ¿Acaso sólo los paniaguados sindicatos son capaces de salir a la calle para exigir más burlas y atentados por parte del Gobierno? ¿Hasta cuándo seguirá Atlas sin plegarse de hombros?

Mucho me temo que, en este caso, el tejido empresarial español está optando por una protesta mucho más silenciosa y estoica: padecer la sangría gubernamental en silencio y conforme el aparato productivo se vayan depreciando, dejar de invertir en él. No se trata del típico fenómeno del dinero caliente que padecen regularmente las repúblicas bananeras, sino de una fuga mucho más lenta y silenciosa. Más impuestos, más regulaciones y más deuda es la fórmula perfecta para que los mejores trabajadores y empresarios huyan de España. Tal y como harían muchos futbolistas si se suprimiera la Ley Beckham, tal y como ya han hecho y seguirán haciendo sin necesidad de huelgas.

Los políticos se echarán atrás a la hora de suprimir la Ley Beckham por temor a los efectos electorales a corto plazo. Mantendrán, por el contrario, las subidas de impuestos, pues les da igual la ruina a largo plazo de nuestra sociedad. Y es que las elecciones son dentro de dos años, ¿acaso pasaremos cuentas a Zapatero por nuestro subdesarrollo dentro de dos décadas?

Asientos reservados

Hace algún tiempo en mi pueblo organizamos una reunión en un local vacío que tuvo tanto éxito que continúa de forma indefinida desde entonces. Resulta que en el local no hay sillas, que con la tecnología existente resultan ser muy resistentes (no se estropean con el uso) pero sin variedad: son bienes duraderos todos iguales (bienes fungibles, que dicen los economistas, indistinguibles unos de otros).

Recuerdo que la primera vez que estuve llevé una silla y la utilicé un rato mientras estaba sentado conversando con un amigo. Al rato me apeteció levantarme a bailar y me surgió un problema: es difícil moverse cargando todo el rato con la silla. Dejarla abandonada a su suerte no es buena idea, ya que podría haber ladrones, así que le pedí a un amigo que me la guardara hasta mi vuelta. Algo más tarde ese mismo día apareció una amiga que vino sin silla, y yo caballerosamente le presté la mía para que se sentara, por lo cual quedó muy agradecida. Pronto mi amigo se ausentó un rato y me pidió que le guardara su silla, y como yo estaba de pie le dije que si no le importaba me sentaría en ella; antes de que él volviera llegó una segunda amiga y yo, de nuevo caballeroso, le presté la silla de mi amigo, quien al volver entendió la situación y no se enfadó por ello.

Como tengo algo de perspicacia empresarial veo que hay dos diferentes oportunidades de negocio: guardar y prestar sillas, servicios para los cuales quizás la gente no siempre tenga amigos a mano. Así que al día siguiente voy con unas cuantas sillas y me instalo en una zona con dos partes diferenciadas: un servicio de custodia de sillas y un servicio de préstamo de sillas. Cobro según la cantidad de sillas y la duración del servicio, que a veces no es predeterminada (plazo fijo pactado al comienzo del servicio) sino que se extiende hasta que me pidan la silla guardada o me devuelvan la silla prestada; también puede suceder que yo decida devolver una silla guardada o reclame una silla prestada.

El negocio es rápidamente un éxito, y como trato con mucha gente y algunos no son conocidos tengo que llevar un registro básico. En el lado de la custodia de sillas le doy a cada uno un recibo por el cual me comprometo a entregar una silla ante la entrega del mismo. Algunos recibos son personalizados con el nombre del dueño de la silla, porque así aunque les robaran el papel el ladrón no podría reclamarla; aun así si se quiere que otra persona recoja la silla es posible transferir estos recibos a otra persona demostrando de algún modo en el documento que la transacción ha sido voluntaria. Por comodidad algunos recibos se hacen al portador: no importa la identidad de quien reclame la silla. En el lado del préstamo de sillas son los prestatarios quienes me dan a mí un reconocimiento de deuda por el cual se comprometen a devolverme la silla al final del tiempo pactado (o cuando yo se la reclame si es el caso).

Alguna vez me ha pasado que no me han devuelto una silla prestada: así he descubierto que los préstamos tienen riesgo, que es necesario fijarse en la fiabilidad o crédito del prestatario y ajustar mis tarifas según el riesgo de pérdida.

Normalmente tengo buen ojo para calcular cuántas sillas debo tener en el local, y si me hacen falta más puedo salir a una tienda cercana y comprar alguna más. Cuando me sobran sillas el mismo dueño de la tienda me las recompra, siempre a un precio menor al de venta por aquello de la diferencia entre el precio pedido y el precio ofrecido: la diferencia de todos modos no es muy grande porque al ser las sillas indestructibles el mercado de sillas nuevas y de segunda mano es el mismo.

En una ocasión sucedió que se agotaron mis sillas prestables, en la tienda no tenían más y todavía había personas que querían una. Mi perspicacia empresarial me llevó a pensar que quizás hubiera gente en el local que estuviera dispuesta a prestarme sus propias sillas, que yo a su vez podría seguir prestando a otros. Me convierto así en un intermediario en el mercado del préstamo de sillas: por un lado me las prestan a mí (yo debo esas sillas, tengo una deuda frente a otros o pasivo, que dice mi contable) y por el otro yo se las presto a otros (me deben sillas, tengo un activo, otros tienen una deuda frente a mí) a un precio ligeramente superior. Mis beneficios proceden de coordinar a distintas partes que no se han dado cuenta de la situación de los demás y no saben que podrían establecer relaciones mutuamente ventajosas con ellos: mi negocio es el punto de encuentro entre quienes les sobran y les faltan sillas.

En el negocio de la intermediación del préstamo no sólo importan las cantidades, los precios y los riesgos: también son muy importantes los plazos. Gestionarlos inadecuadamente puede poner mi negocio en peligro, ya que yo podría suponer un riesgo para mis prestamistas de sillas. Si yo recibo prestada una silla durante una hora lo más prudente es prestarla durante como mucho ese mismo plazo: así cuando me la reclamen de vuelta yo la tendré disponible.

Como algunas personas no saben cuándo van a sentirse cansados y querer sus sillas de vuelta, a veces me las prestan a la vista, o sea hasta que reclamen su devolución. Para no tener problemas con los plazos yo estas sillas también las presto a la vista y las reclamo cuando me las reclaman a mí. Algunas personas se ponen un poco nerviosas y creen que podría haber conflictos de doble disponibilidad sobre estas sillas, pero yo intento explicarles la situación quitando de en medio al intermediario para ver si así lo entienden: si tú me prestas la silla hasta que me la reclames de vuelta, el hecho de que me la prestes muestra que no la estás usando, y dispondrás de nuevo de ella a partir del momento en que me la pidas; yo la utilizo y dispongo de ella hasta que me la pidas.

Como mi negocio iba tan bien eventualmente surgió la competencia. Alguno procedió de forma deshonesta, prestando las sillas que le habían entregado en custodia: cobraba por ambos lados, cuando las recibía y cuando las prestaba. Yo lo denuncié y su negocio se fue a pique al perder la confianza de la gente.

De todos modos el negocio de la custodia es muy pequeño y tiende a desaparecer: mis clientes se dan cuenta de que si me prestan sus sillas y yo a su vez las presto con prudencia pueden recuperarlas cuando quieran, o sea que es casi como si las tuvieran guardadas (con algún pequeño riesgo) y no sólo no pagan por ello sino que incluso reciben un pequeño pago a cambio. Si algún cliente no se da cuenta yo mismo se lo propongo y son pocos los que insisten en que custodie sus sillas, para lo cual suelo usar unas cajas cuyos candados guardan ellos mismos.

Normalmente mantengo sin prestar una pequeña reserva de las sillas que me prestan para poder devolverlas en seguida sin tener que ir a buscar a mis deudores. Algunos economistas (por otra parte grandes pensadores) de la Escuela Oriental (porque por lo general están bien orientados) dicen muy indignados moralmente que esa reserva fraccionaria es ilegítima, fraudulenta, que disfruto de algún privilegio legal, que no podría hacer frente a todas las reclamaciones de sillas si se presentaran a la vez, que estoy generando múltiples y conflictivos derechos de propiedad, que los préstamos sin plazo prefijado son una aberración y no sé qué horrores más de un ciclo barato en el cual la gente cree que podrá estar sentada y resulta que se queda de pie. Me parece a mí que teorizan demasiado y no entienden el negocio.

Además me sorprende que no vean que el principal problema de este negocio puede venir de los plazos descalzados. No se trata de que no lleven zapatos, sino de que yo tome prestadas sillas a corto plazo y luego las preste a largo plazo (y por lo tanto sin derecho a exigirlas por mucho tiempo): si no tengo mucho cuidado mi negocio podría quebrar si me reclamaran simultáneamente muchas sillas y yo no encontrara quien me las prestara o vendiera. Y digo que es un problema porque la tentación para caer en esta práctica es muy fuerte, ya que el precio del préstamo de sillas por unidad de tiempo es casi siempre más barato a corto plazo que a largo plazo, y algunos listillos aunque no saben las reglas de este deporte quieren arbitrar esas diferencias. Como yo soy un empresario de una madurez ajustada no cometo este error: tengo muy en cuenta la posible desconfianza de mis clientes y la competencia real o potencial de otros empresarios.

Algunos listillos granujas están intentando organizar un oligopolio de intermediarios del préstamo de sillas: quieren restringir la competencia, montar una institución coactiva y obligatoria para la producción centralizada y planificada de sillas financiadas con impuestos que les permitan desajustar sus plazos y obtener sillas baratas en caso de necesidad, y prometer sillas pero en realidad prestar taburetes. Para que la gente siga prestándoles sillas y no se asusten van a imponer un seguro obligatorio que garantice la devolución sin importar lo arriesgado que sea cada intermediario. Como consigan todo esto me temo que aunque hasta ahora han sido indestructibles las sillas van a ver muy deteriorada su calidad y se van a parecer más a los bancos de la calle. Y lo vamos a pagar muy caro.

¡Prevariquemos, coño!

Allí había dirigentes de diversos organismos, y un fino teórico de la promoción inmobiliaria que, por aquello de corresponder sus inquietudes intelectuales con la praxis, también ejercía el noble arte de la promoción. Era un hombre orondo y tenía entre los dientes un puro que apenas le cabía en la boca. En un momento de la comida decidió compartir con el resto de comensales el precipitado de su experiencia, el acervo sintético de esa combinación entre teoría y praxis que resulta en una síntesis perfecta, que se corresponde con la realidad hasta confundirse con ella. Aquel hombre dijo: "Si tú dices que un terreno mío se tiene que dedicar a parques y jardines, me hundo. Si dices que puedo edificar diez plantas, me forro. ¡Prevariquemos, coño, prevariquemos!".

¡Qué maravilla! En tres decenas de palabras nos había expuesto el filósofo, in nuce, todo lo que uno necesita saber sobre la corrupción. ¡Por supuesto! Resultaba que si los políticos tienen en su mano que el dueño de un terreno haga de él el uso más valioso posible o lo puede cercenar hasta dejarlo en la nada, lo que va de una decisión política a otra es un margen de beneficio, y por tanto de corrupción, enorme.

Una cuenta de la vieja hecha por El Mundo recoge un valor económico de la corrupción de 4.100 millones de euros en diez años, una cantidad ridícula (algo más de un millón de euros al día) en comparación con lo que nos diría un contable omnisciente. El diario incluye un "decálogo para que los corruptos no nos sigan saqueando" al que no merece la pena ni asomarse, a excepción de la sexta propuesta, la liberalización del suelo.

Porque ni el Código Penal ni la transparencia de los bienes de los políticos, ni dar (aún) más dinero a los ayuntamientos ni ninguna de esas consideraciones pueden nada contra el hecho de que un político, desde su despacho, pueda tomar una decisión u otra y que entre las dos pueda mediar la posibilidad de realizar, o no, un negocio de decenas de millones de euros.

No es que haya corruptos en la política. Es que hacer política con la economía es una forma de corrupción.

El precio de los “abajofirmantes”

Pero hay cosas que indignan todavía más. Por ejemplo, que a los sindicatos se unan para la foto los habituales "abajofirmantes" del mundo "cultureta". Ya saben, una panda de personas que sangran al resto de los ciudadanos vía subvenciones y vía cánones por copia privada va a quejarse de la situación en la que viven millones de españoles.

Su alegato a favor de un mayor intervencionismo, de la subida de impuestos y contra cualquier cosa que se parezca al sentido común tendrá un precio. Y aunque el acto de entrega del pago –consistente en estampar la firma del ministro de turno en alguna norma que amplía las subvenciones o impone cánones a más productos– lo haga algún miembro del Ejecutivo, lo pagaremos el conjunto de los ciudadanos. A los autoerigidos representantes de la cultura española no les gusta que nada de lo que hacen salga gratis, y no va a ser ZP quien se rasque el bolsillo.

Si dentro de unos días el Gobierno anuncia que seguirá los pasos de Francia y el Reino Unido y se cortarán las conexiones a los usuarios de redes de pares, nadie debería sorprenderse. Si, cuando hayan pasado unas semanas o meses, se emprende una reforma de la Ley de Propiedad Intelectual en la que se incluye la vieja reclamación de la SGAE de imponer el canon a las conexiones a internet, nadie habría de asombrarse. Si directamente se impone un nuevo impuesto, por ejemplo a los accesos de banda ancha, para crear un fondo con el que subvencionar más cine o teatro español, estaría dentro de lo previsible.

Que nadie se engañe. El manifiesto de los "trabajadores de la cultura", por mucho que tengan poco de "trabajadores" y casi nada de "cultura", lo terminaremos pagando los ciudadanos. Lo firman no sólo por una ceguera ideológica que les impide ver que las fórmulas que propugnan tan sólo crean mayores niveles de pobreza. También lo hacen debido a que en ese mundo suyo, donde los propios méritos no cuentan y lo que vale es vivir de los demás sin merecerlo, estar cerca de un Gobierno que cree que el país es de su propiedad sale muy rentable.

Artistas contra su crisis

Así, un manifiesto sobre la crisis firmado por artistas por el hecho de ser artistas debería ser poco más que irrelevante. ¿Se imaginan un manifiesto de artistas sobre la física nuclear o sobre la química estructural? No, porque todo el mundo sería consciente desde un principio de que estarían haciendo el más espantoso de los ridículos.

Con la economía, sin embargo, los de la farándula parece que tienen barra libre. No digo que la profesión económica no haya contribuido mayoritariamente al descrédito y a la vulgarización de su ciencia, pero desde luego los errores de unos no justifican las barbaridades de otros.

Nuestros artistas consideran que la crisis es responsabilidad de haber dejado que "los capitales financieros y los mercados sean los únicos reguladores de las relaciones económicas" y de haber entregado absoluta libertad a los bancos para "incrementar artificialmente la deuda con tal de ganar más dinero". No se preguntan, claro, qué papel juegan en todo este tinglado los bancos centrales, esos monopolios públicos sobre la emisión de un dinero "de curso forzoso" (¡viva el libre mercado!) que no es ya que dejaran a los bancos privados incrementar su deuda en libertad, sino que les incentivaron a hacerlo colocando durante varios años los tipos de interés a niveles artificial y ridículamente bajos.

"¡Ah!", dirán los artistas, semejante plutocracia se debe a la "complicidad de las autoridades con los poderosos que controlan el dinero y las finanzas, esto es, la falta de una auténtica democracia". Gruesas palabras que una vez más no significan nada. ¿O acaso esperan que de haber sometido a votación popular las deliberaciones de los bancos centrales "el pueblo soberano" hubiese votado a favor de subidas de los tipos de interés? ¿Acaso el pueblo llano –y el no tan llano– no era el primero entusiasmado con que los bancos le ofrecieran hipotecas casi gratis? No deberían olvidar nuestros artistas que siempre que los bancos prestan dinero a alguien es porque ese alguien quiere endeudarse. ¿Hubo muchas reticencias al endeudamiento por parte de familias, empresas y administraciones públicas en España y Estados Unidos? No lo parece, habida cuenta de que no sólo el endeudamiento de los bancos, sino el de todos los agentes pasó a estar en máximos históricos.

Claro que quizá a las pobres clases proletarias no les quedó más remedio que endeudarse debido a la implementación de "políticas neoliberales basadas en reducir los salarios y la presencia del Estado, el gasto social y los impuestos progresivos para favorecer a las rentas del capital". El problema, vaya por donde, es que desde la Gran Depresión nunca los salarios, el peso del Estado y la presión fiscal fueron más elevados que en los diez años durante los que se gestó la crisis. 

Y si en enumerar las supuestas causas de la debacle nuestra "cultura" no ha estado muy acertada, a la hora de proponer recetas para favorecer la recuperación todavía han estado menos atinados: más gasto público, nuevas subidas de impuestos y más regulaciones públicas. Justito justito lo que está haciendo con gran éxito Zapatero para hundir nuestra economía so pretexto de reanimarla. Será por eso que Willy Toledo no ha firmado, de momento, el manifiesto de los artistas, demasiado moderadillo y ultracapitalista para un genuino izquierdista como él.

Pero en cualquier caso ahí tienen la variedad de alternativas de que dispone la izquierda. Más derroche, más expolios y menos libertad. En lo único en lo que difieren es en los grados. El tibio Zapatero logrará un 25% de paro y sus recetas, de aplicarlas, nos llevarían al 50%. Pero de recuperación y creación de riqueza, nada de nada.

Será, pues, que el arte tiene poco que ver con la ciencia económica. Claro que también cabe la posibilidad de que los artistas no estén haciendo economía, sino política. Ya conocen esa máxima que reza que "la política es el arte de obtener el dinero de los ricos y el voto de los pobres con el pretexto de proteger a los unos de los otros". En nuestro país, sin embargo, el mundo de la cultura ha conseguido con sus movimientos de ceja convertir la política en el arte de obtener el dinero de los pobres y el voto de los ricos para proteger a los segundos de la libre competencia de los primeros. ¿Entienden ya por qué no les gusta el mercado? Ahí afuera hace mucho frío como para ponerse a ganar el pan honradamente sirviendo a los consumidores.

La tabarra de los instalados

Para quienes desconocen las muestras de arquitectura dispersas por Madrid, resulta interesante descubrir el bello edificio que ocupa el Círculo de Bellas Artes. Diseñado por Antonio Palacios a principios del siglo XX, se alza sobre la célebre calle de Alcalá, justo enfrente de su confluencia con la Gran Vía. Sobre la azotea de esta construcción vanguardista se vislumbra una estatua de Minerva, la diosa romana de la sabiduría, un motivo añadido en los años 60 y debido al escultor gaditano Juan Luís Vasallo.

Como contrapunto dramático al guiño ilustrado que preside ese marco incomparable, los corifeos habituales del Gobierno socialista español –que se dispone a celebrar el sexto aniversario de su nueva era de disfrute del poder– eligieron otra vez ese escenario para presentar en sociedad el manifiesto Otra política y otros valores para salir de la crisis el pasado viernes.

Se ha destacado la participación de los artistas y escritores que prestaron sus ajados rostros y voces a la lectura de esta pieza de mixtificación, al tiempo que posaban junto a los líderes sindicales de UGT y CCOO. Sin embargo, subestimaríamos las fuerzas desplegadas por los proclamados colectivistas si nos ciñéramos a esos "representantes de la cultura". Por la posible influencia que ejercen a largo plazo, considero más reseñable la firma de numerosos profesores, periodistas, el rector de la universidad con mayor número de alumnos del Estado español (sic) y dirigentes de fundaciones donde se confeccionan materialmente este tipo de proclamas. Algunas de ellas se han creado por los sindicatos agasajados, gracias a las ingentes subvenciones públicas que reciben. Otras, como la Fundación Alternativas, destaca por el elenco de personalidades "progresistas" que forman su patronato.

Al constatar que estos individuos sólo representan a la casta político funcionarial mullida por el Gobierno y el conglomerado que lo apoya, no debe perderse de vista que es muy probable que cientos de miles de estudiantes de todos los niveles educativos estén tratando ahora mismo el manifiesto de marras como parte de su programa informal de estudios. Tal vez suscite el rechazo instintivo de algunos jóvenes rebeldes, pero cabe esperar todo tipo de carencias intelectuales en quienes reciban como enseñanza canónica este pensamiento esotérico y groseramente falso.

En cualquier caso, llama la atención la incorporación entusiasta a este neosocialismo refundido de los portadores de la hoz y el martillo de antaño. Tras unos primeros años de pugna por la hegemonía que sostuvieron las facciones socialistas de izquierdas, resulta evidente el triunfo, siquiera provisional, de la "síntesis" propiciada por personajes como el antiguo secretario general del PCE, Santiago Carrillo Solares, cuando decidió apartarse de la línea marcada por Julio Anguita, una suerte de combinación imposible de ética y socialismo, y comenzó una singladura de vuelta al partido donde comenzó su carrera política en los lejanos años treinta del pasado siglo. Después del hundimiento del paraíso soviético, la reinvención de la izquierda española no pasó por reconsiderar las ideas que trajeron el terror y la miseria, como algunos ingenuos habían reclamado, sino por muñir una ideología de evasión de la realidad con retales dispersos, propagada con la tradicional pesadez que se ganaron a pulso los seguidores de la Tercera Internacional.

Naturalmente, para ello debe deformarse el diagnóstico de los complejos problemas que afronta la humanidad. Aun con la feliz caída de los gobiernos que luchaban de forma más concienzuda para privar a sus súbditos de las ventajas de la división del conocimiento y de la creación de riqueza a escala planetaria, no puede decirse seriamente que el mundo disfrute una economía capitalista de libre mercado. Pero no importa. El texto que comentamos parte de una disparatada concatenación de consignas contra el capitalismo que desde hace tiempo venían lanzando los portavoces del Gobierno para eludir cualquier mención a la particular situación española.

De creer estas jeremiadas, el mismo Gobierno que, apenas hace dos años, atribuía a su gestión los indicadores que presentaba la economía española, no tendría nada que ver con la coyuntura actual. Además, la crisis económica habría sido provocada "por las prácticas financieras neoliberales". Por supuesto, no interesa analizar que los sectores financieros están sometidos a una intensa y regulación por parte de los estados. Se omite el papel de impulsores del endeudamiento insostenible de los muy aplaudidos bancos centrales, que redujeron artificialmente los tipos de interés que cobraban a los bancos que supervisan.

Tampoco se reflexiona sobre el dato de que España tenga la tasa de paro más alta de la zona euro, la cual perdurará si no se cambia la legislación laboral franquista defendida por los sindicatos. Al contrario, se insiste en describir procesos que solo han ocurrido en la calenturienta mente de los enemigos de la libertad. Así, por ejemplo, se afirma "que es una evidencia que las políticas neoliberales basadas en reducir los salarios y la presencia del Estado, el gasto social y los impuestos progresivos para favorecer a las rentas del capital, han provocado una desigualdad creciente".

Ninguna mención merecen los planes de rescate emprendidos por el Gobierno a cuenta de futuros impuestos que pagarán los trabajadores. Especialmente lacerante es el caso de las cajas de ahorros, donde se darán los mayores problemas de insolvencia del sector financiero, tal vez porque sus órganos rectores nunca fueron abandonados por la política. La exigencia de responsabilidades a los gestores de la Caja Castilla La Mancha, única entidad financiera intervenida hasta el momento, brilla por su ausencia.

Entre tantas líneas de lenguaje codificado y de sugestión, cabe percibir, no obstante, un solo elemento esperanzador: a pesar de la escasa influencia que las ideas liberales coherentes tienen en la política de los estados democráticos actuales, es evidente –esta vez sí– que los sindicatos temen su propagación. Dadas las necedades comprobables de su discurso y su inusitada influencia, parece lo único interesante de esta tabarra de los instalados.