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Un poco de autocrítica “austriaca”

La ignorancia de la comunidad financiera volvió a ser puesta de manifiesto en una desternillante anécdota. En un debate entre el historiador del Mises Institute, Thomas Woods, y un alto ejecutivo de ING, éste último –en un intento, además, de asestar el golpe definitivo a Woods– confundió la economía de la Escuela Austriaca con la economía de Austria, un error nada extraño, por otra parte.

Esta anécdota viene a reflejar una realidad de todos sabida: el desconocimiento que existe de gran parte del mundo económico y financiero acerca de la escuela austriaca. En efecto, esta corriente teórica apenas está presente en la academia ni en las aulas universitarias. Estudiada como una escuela más de la historia del pensamiento económico –como para los austriacos serían otras de las muchas escuelas alternativas que existen–, sus aportaciones no se suelen considerar relevantes para el día de hoy. De ahí que sus teorías del capital, de la competencia, o del ciclo económico sólo se estudien, en el mejor de los casos, como ideas del pasado.

Albert Esplugas se hizo eco de esta anécdota en su blog, y Kantor, en los comentarios, dio inicio a un interesante debate: decía que es cierto que la profesión económica sabe poco o casi nada acerca de economía austriaca, pero se planteaba la pregunta inversa: ¿y cuánto saben los austriacos de desarrollos económicos recientes de la teoría neoclásica avanzada?

Aunque es cierto que la gran mayoría de economistas austriacos han estudiado y conocen al mainstream, ¿qué garantías tenemos de que no se posee una visión sesgada o, de alguna manera, caricaturizada, de éste? A juzgar por opiniones de algunos autores que no comparten (por completo) el "paradigma austriaco" –si es que algo tal existe–, este sesgo y caricaturización existen.

En mi opinión, existe un sesgo a la hora de realizar simplificaciones: dependiendo de qué corriente teórica nos llame más la atención –en este caso la austriaca– les pasaremos por alto más errores, ambigüedades, o inconsistencias, y seremos más exigentes en cuanto a pedir que no se simplifiquen las ideas de esta corriente. Pedimos a los "adversarios" que antes de criticar a Hayek o a Mises se lean sus obras, mientras nos permitimos criticar a Keynes, a Friedman o a otros neoclásicos sin haberles leído y asimilado.

Nos permitimos tratar al mainstream en ocasiones con críticas caricaturescas, mientras que nos cuidamos de realizar ese mismo tipo de simplificaciones en relación con los pesos pesados austriacos. Introducimos matices en el pensamiento de estos últimos y en su evolución, pero no tenemos reparos en criticar a Keynes por su simplona idea de resolver todos los problemas económicos mediante el aumento explosivo del gasto público y la cantidad de dinero. Se trata al mainstream como un "stock de conocimientos homogéneo", sin tener en cuenta la heterogeneidad existente, los diferentes matices… La realidad es más rica de cómo la pintan los críticos.

Como dijo Mark Blaug en La Teoría Económica en Retrospección, los comentarios sobre los grandes libros son nítidos y consistentes, pero éstos no lo son, y están llenos de matices, ambigüedades, e incluso contradicciones. También dijo que "gran parte de lo que consideramos ciencia económica, tuvo su origen en respuestas intelectuales a grandes problemas políticos no resueltos", con lo que hay que ser cautos a la hora de interpretar a cada autor, dependiendo de su contexto político, social, personal y teórico. Este tipo de matices son los que a veces caen víctima de ese "sesgo simplificador".

En ocasiones puede que, al tratar sobre otras teorías, incurramos en un error que tenemos siempre presente, pero aplicado a otros: la "pretensión del conocimiento" (Hayek en su declaración de recepción del Nobel) y la fatal arrogancia de los burócratas y legisladores. Criticamos la economía matemática con conocimientos matemáticos superficiales o que quedan anticuados a la práctica actual y desarrollos más recientes –lo que, por otro lado, no niega la crítica al uso de las matemáticas en la ciencia económica–; o nos creemos los únicos que hemos anticipado y previsto la actual crisis y la anterior burbuja

Pero al fin y al cabo somos personas con un conocimiento intrínsecamente limitado, probablemente erróneo, que miramos e interpretamos la realidad con unas gafas particulares. Cada parcela del conocimiento, ya sea la disciplina económica u otro campo, es (al menos, prácticamente) inabarcable por cada ser humano. Por tanto, la simplificación y el sesgo son dos fenómenos muy difíciles de erradicar. Por ello precisamente, tal y como Hayek exigía humildad y reconocimiento de su ignorancia a los planificadores sociales, asimismo ésta debería exigirse entre los economistas, por supuesto también entre los austriacos.

No se trata de una defensa del mainstream, sino de poner de manifiesto la impresión de que en ocasiones se cometen simplificaciones de otras teorías y corrientes que no les hacen justicia, independientemente de que sigan estando equivocadas –siempre desde nuestro particular punto de vista. Para suavizar estos sesgos y vicios, ser más precisos en nuestras críticas y no caer descalificados a primeras de cambio, no se me ocurre nada mejor que mantener un diálogo abierto con los teóricos de las demás escuelas, para no caer en burdas caricaturas, tener una mejor comprensión de sus ideas, y salir del armario intelectual donde algunos puede que estén encerrados.

Quien esté libre de alguno de los "vicios" enunciados, que tire la primera piedra.

La homogeneidad del capital

Si tuviera que señalar tres errores mayúsculos de la macroeconomía actual, me inclinaría por el dinero, el interés y el capital. Dos de los errores –el dinero y el interés– se encuentran precisamente en el título de la obra más conocida de Keynes –La Teoría General de la Ocupación, el Interés y el Dinero– y desde luego no es casualidad, porque debemos al inglés buena parte de la confusión reinante. El tercero de ellos, sin embargo, ni siquiera aparece mencionado en el título de esta obra, básicamente porque su autor, tal y como le reconoció a Hayek, ni siquiera se había planteado la importancia de contar con una teoría del capital.

Hoy la desorientación por parte de la economía ortodoxa sobre qué es y qué no es capital sigue más viva que nunca. Basta con preguntarle a cualquier licenciado para obtener tal pluralidad de respuestas como para desanimarte a emplear el concepto. Böhm Bawerk ya se quejaba en 1888 de que "nuestra ciencia no puede permitir que sus estudiantes llamen a diez o doce cosas fundamentalmente distintas por el mismo nombre". Y en la misma línea y el mismo año, Menger escribía con sorna: "Hay tantas definiciones distintas y confusas sobre qué es el capital como economistas que han escrito sobre el tema".

La macroeconomía dominante, como en tantas otras cosas, resuelve su poca claridad de ideas escondiéndose tras las matemáticas. Así, ante la pluralidad de definiciones contradictorias, basta con agruparlas todas bajo la variable K y operar con ella. No es necesario entender el proceso, sólo interpretar a gusto del cliente el resultado.

Desde luego, no es que los austriacos nos hayamos librado de este mal endémico de dar varias definiciones a la palabra capital –basta comparar a Böhm-Bawerk con Mises y a ambos con Hayek–, pero a diferencia de los neoclásicos nuestras definiciones no son disparatadas y, más importante, escogiendo las dos mejores definiciones de capital podemos terminar por acotar adecuadamente el concepto. En concreto, deberíamos combinar a Carl Menger con Ludwig Lachmann.

Aunque pocos lo conocen, entre las aportaciones seminales de Menger a la ciencia económica no sólo se encuentran el valor, el tiempo, la liquidez o las instituciones. En 1888, el padre de la Escuela Austriaca escribió un artículo esencial titulado Zur Theorie des Kapitals (Hacia la Teoría del Capital) en respuesta al profundo análisis que realiza su discípulo Böhm-Bawerk sobre el tema. El artículo, inédito en inglés, nos ha llegado sin embargo a España gracias a la traducción de Ingolf Krumm y a la insistencia de José Ignacio del Castillo.

En él, Menger no sólo critica a Böhm-Bawerk por considerar que su definición de capital no es plenamente útil para el subsiguiente desarrollo de nuestra ciencia, sino sobre todo a Adam Smith, quien conceptualizó el capital como los bienes de producción producidos para completar su teoría de la distribución de la renta (los salarios para los trabajadores; la renta de la tierra para los terratenientes; y los beneficios para los capitalistas). Sin embargo, la definición de Smith, aparte de obsesivamente versada en la naturaleza técnica de los bienes y en su derecho a una porción del producto nacional, no nos permitiría incluir en capital, por ejemplo, los salarios en I+D, los inventarios de materias primas, los pozos de petróleo no explotados; nos obligaría a incluir los factores de producción producidos erróneamente y que no sirven para nada; y sería ambigua con respecto a los gastos de formación de un trabajador, a los costes para tallar un diamante o a una excavación minera.

A la pobreza del análisis smithiano, Menger propone una alternativa que es precisamente la que tiene en mente todo empresario cuando toma sus decisiones: capital es el valor monetario de los factores productivos empleados para obtener un lucro monetario en el mercado. Esto es, capital es el valor de mercado de todo activo empresarial.

Dicho de otra manera, para Menger el capital no es una magnitud objetiva, sino que depende, primero, del marco institucional (el mercado y el dinero) y, segundo, de las intenciones del agente económico (obtener lucro monetario). Allí donde no existe un sistema libre de división del trabajo y donde los empresarios elaboran sus planes, los implementan, los abandonan o los adaptan en función de la rentabilidad que esperan obtener en el mercado, no existe capital. Habrá desde luego maquinaria, edificios, inventarios o patentes, pero su valor monetario a partir del cual aplicar el cálculo económico no tendrá ninguna relevancia. Por ello, los países comunistas o los del Tercer Mundo se deshacen en esfuerzos por ampliar su "capital" pero se estrellan siempre contra la misma realidad: la creación de riqueza no deriva de la acumulación de factores de producción, sino del uso que se les dé por parte de un entramado de planes empresariales en competencia.

Es esta competencia por diseñar en cada momento los mejores planes que les lleven a obtener un lucro monetario, lo que les permite hilvanar y coordinar a los distintos individuos a lo largo del tiempo en un sistema amplio de división del trabajo. Y es que el capital recoge el valor presente de todos los flujos de caja futuros que un determinado plan empresarial –en conjunción con el resto– se espera que proporcione a lo largo de vida. Aquellos planes empresariales que logren unos beneficios mayores en relación con el capital necesario para implementarlos tenderán a atraer sumas crecientes del mismo, que se retirará de aquellos sectores donde los beneficios sean relativamente menores. Es decir, gracias al capital, los capitalistas disponen de una guía sobre cómo y dónde reinvertir los rendimientos obtenidos para conservar o incrementar su riqueza futura a través de conservar o incrementar la riqueza futura del resto de agentes económicos con los que se coordinan.

De este modo, el capital se presenta como una magnitud homogénea que agrupa a todos los activos bajo una unidad común y que permite saber cuál es su valor en términos monetarios dentro del esquema de división del trabajo. Todos los proyectos devienen así directamente comparables y todos son susceptibles de perder o captar capital para contraerse o crecer. Sin esa homogeneidad del capital nos sería imposible organizar los numerosos y diversos factores productivos en planes que fueran consistentes entre sí y que no retuvieran recursos fuera de sus usos más valorados.

Ahora bien, que el capital, como magnitud monetaria, sea homogéneo no significa que su materialización física, los bienes de capital, lo sean. Precisamente, numerosos neoclásicos tienden a confundir que todo el valor del capital se exprese en una misma unidad con que todo el capital sea idéntico. Pero de este asunto, que entronca con la definición de capital de Ludwig Lachmann, nos ocuparemos en el siguiente artículo.

Absolutismo en el siglo XXI

La presión fiscal y la capacidad de los gobernantes para crear e imponer leyes son los dos rasgos esenciales para poder determinar con cierta precisión la amplitud y el alcance de la intervención estatal sobre los derechos naturales de los individuos (libertad y propiedad privada). En este sentido, si dejamos aparte el clímax que supuso el totalitarismo del siglo XX, el absolutismo regio es el paradigma de la opresión del poder político sobre la libertad individual.

El denominado Antiguo Régimen alzó su edificio gracias a la existencia previa de dos pilares básicos: a saber, el surgimiento de la figura del Estado, como ente propio y autónomo, y el desarrollo del humanismo, en contraposición al pensamiento escolástico hegemónico en la Baja Edad Media.

Antes del siglo XIV, los reyes franceses alimentaban sus arcas gracias, exclusivamente, a los recursos derivados de sus propias rentas y servidumbres señoriales, así como a la aplicación de determinadas levas impositivas que sólo se aplicaban en situaciones de emergencia y a regañadientes. El equilibrio que históricamente existió entre el poder de la Iglesia y el del Estado se rompió, precisamente, en el siglo XIV. Nació entonces el denominado Estado-nación, cuya figura se fue imponiendo progresivamente a las tradicionales ciudades-estado propias de los siglos anteriores. La drástica ruptura entre el poder temporal que ostentaba el rey y el poder eterno, representado por el Papa en la Tierra, se materializó en un constante aumento de impuestos y regulaciones estatales.

Por otro lado, comenzaron a desarrollarse las primeras teorías políticas justificadoras del poder absoluto del Estado. Frente a la doctrina del derecho natural, que sometía el poder del rey a los dictados de la ley divina, los nuevos teóricos propugnaban la supremacía del Estado sobre el orden espiritual y de la ley positiva sobre el derecho natural. El primer golpe lo recibió del nominalismo, corriente filosófica que negaba a la razón humana capacidad suficiente para alcanzar verdades esenciales. Pero el definitivo llegaría con el triunfo del protestantismo y, especialmente, el calvinismo, en el siglo XVI. Mientras que el catolicismo considera que Dios puede ser conocido no sólo por la fe sino también por la razón y los sentidos, las doctrinas instauradas por Martín Lutero y Juan Calvino consideran que la única vía de comunicación con Dios es la pura fe en la revelación. Así, sería imposible diseñar una ética social a través de la razón, como hizo la escolástica en la doctrina del derecho natural.

Dentro de la corriente absolutista destacan los casos de Italia y Francia, por las importantes aportaciones realizadas por algunos de sus filósofos y pensadores. En el primero destaca por encima de todos la figura de Nicolás de Maquiavelo que, con sus obras El Príncipe y los Discursos, revolucionó la forma de concebir y ejercer el poder político vigente hasta entonces. En las ciudades-estado, los gobernantes ejercían el poder de forma despótica. Sin embargo, su acción estaba limitada por determinados principios morales a los que debía obediencia. Maquiavelo rompe con esta tradición en el siglo XVI, abriendo las puertas de par en par al absolutismo regio.

Por su parte, Jean Bodino fue el impulsor del absolutismo francés en el siglo XVI gracias a su nuevo concepto de soberanía. El rey, como soberano, es el único legislador legítimo, el creador de ley por antonomasia y, como consecuencia, está por encima de la ley, según Bodino. Los súbditos deben acatar sus decretos, sin que sea preciso su consentimiento, y la ley que emana del poder soberano del monarca es superior a cualquier ley consuetudinaria o institución. El poder soberano es, además, unitario e indivisible.

Así pues, observamos que la hegemonía del Estado Absoluto entre los siglos XVI y XVIII tan sólo fue posible gracias a la aparición previa de una serie de conceptos e instituciones hasta entonces desconocidos: el concepto del Estado nación, la ruptura con la Iglesia, el abandono del derecho natural y una redefinición radical de la idea de soberanía y "virtud" en el ámbito político.

Ahora bien, visto lo visto, ¿qué diferencia existe entre el absolutismo regio y la democracia parlamentaria, más allá de mera forma en que se elige al gobernante (soberanía popular frente al monarca soberano)? Estado nación, ruptura con la Iglesia, derecho positivo, razón de estado, bien común son conceptos de máxima vigencia hoy en día. Además, en la práctica, no existe ya división de poderes. Todo hace indicar que, en pleno siglo XXI, aún vivimos, por desgracia, bajo el yugo del absolutismo, sólo que vestido con ropajes democráticos.

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Inmigrantes, fuera

Por ello, la relación de la izquierda con lo que ella misma ha venido a calificar como "colectivos" no deja de ser esquizofrénica: nunca dudó en aplastar y purgar a las mal llamadas "minorías" con tal de construir su paraíso socialista pero hoy, desde el poder, se erige como su mayor protectora.

En realidad, a los políticos, y especialmente a los socialistas, sólo les interesa cosechar papeletas y la supuesta "tolerancia" de la que hacen gala no es más –por desgracia– que una máscara en el teatro electoral. Sin embargo, cuando la miseria aprieta, no vacilan en exhibir su auténtica naturaleza intervencionista y dirigista.

No voy a entrar a considerar si los socialistas son o no racistas porque, como en todas partes, habrá personajes de todo pelaje. No obstante, sí podemos afirmar sin temor a caer en el reduccionismo, que el socialismo lleva grabada en su ADN la oposición radical a los mercados abiertos y, en especial, a la libertad de movimientos de personas, capitales y mercancías. Y me refiero a mercados realmente abiertos, no a camelos como la Unión Europea, esa unidad política que guarda mayores parecidos con un cartel estatal en contra del libre comercio frente a los países extracomunitarios que con un genuino desarme arancelario.

Así, los mismos que prometían "papeles para todos" apelando a la dignidad de unos inmigrantes que sólo trabajan "allí donde los españoles no querían hacerlo", salen ahora a la calle para clamar por su expulsión o directamente para dispersarlos a través de "piquetes descontrolados", sintagma que suena más a mafia deambulante que pasa a recolectar su mordida.

Pero eso y no otra cosa son los sindicatos: grupos de presión de trabajadores que pretenden construirse su particular coto laboral –generalmente a través de los privilegios estatales– con tal de inflar artificialmente sus salarios a costa de la supervivencia de la economía. Son rentistas que no viven de satisfacer a los consumidores, sino de extorsionar a quienes sí los satisfacen.

Y el campo no va a ser una excepción: los inmigrantes están dispuestos a trabajar por unos sueldos que estos bien aposentados españoles rechazan. Por supuesto, estos nuevos burgueses del puño en alto ni se niegan a adquirir los baratísimos bienes que producen los inmigrantes ni se preocupan por buscar otras vías para satisfacer al resto de consumidores que no sea cargarse a la competencia.

La lógica, por tanto, les lleva a volver a sus orígenes: la tierra para quienes la trabajan pero, especialmente, para los españoles; que no vengan de fuera a quitarnos el empleo; que primero hemos de atender las necesidades de los nacionales y bla, bla, bla. La misma retórica sindicalista de siempre que, casualidades de la vida, coincidía con la del rancio ultraderechismo. Ni siquiera se les ha ocurrido pensar que el número de puestos de trabajo no está dado, sino que el ahorro de costes derivado de los bajos salarios de los inmigrantes nos permite generar riqueza en otras áreas para contratar a otros inmigrantes y a otros españoles.

Idéntica retórica reaccionaria, pues, a la de quienes se preocupaban de que la Revolución Industrial empobrecía a la población por sacarla de unos campos donde tenían que trabajar de sol a sol para vivir en la más absoluta miseria y acabar muriendo en alguna de esas recurrentes hambrunas que tanto temía Malthus. Nada de que extrañarse. El erial intelectual del que nace la idea de un Edén primitivista siempre se ha basado en lo mismo: los que sobran deben desaparecer. No es la escasez la que debe reducirse para adaptarse a las necesidades humanas, sino que son las necesidades humanas las que deben constreñirse al estado de nuestra pobreza. Progreso, lo llaman.

Financiación transparente de los partidos políticos

Se suceden los escándalos de tráfico de influencias y prevaricación de uno y otro partido político. Cuando el caudal de noticias relacionadas con tramas de corrupción es constante y cuando el número y la filiación de los encausados sólo dependen de la orientación de la veleta procesal de la Fiscalía, cualquier ciudadano honrado siente vergüenza e indignación.

Redes de medradores profesionales visitan los despachos de los dirigentes de los principales partidos políticos, reparten regalos para ganarse sus voluntades, organizan fiestas y eventos y, en definitiva, administran reuniones y cheques para financiar las campañas electorales o para reforzar la organización.

A cambio esos sinvergüenzas, esos representantes de las cloacas que corroen la ética y el buen hacer de una sociedad, logran jugosas contraprestaciones por medio de regulaciones, resoluciones administrativas favorables a sus intereses económicos y adjudicaciones de obras, contratas, suministros, concesiones administrativas, subvenciones o ayudas varias obtenidas "a dedo" y, por tanto, de modo moralmente deleznable.

La financiación ilegal de sus partidos políticos es una de las peores deficiencias que puede presentar una democracia, porque guía a sus instituciones por la ciénaga inmunda de la corrupción.

Han sido los ayuntamientos y su financiación por medio de la ley del suelo los que han permitido realizar las mayores tropelías administrativas en España con expropiaciones y recalificaciones de terrenos más que dudosas. Pero también operan mecanismos de financiación ilegal en los ámbitos nacional y autonómico por medio de las adjudicaciones de los contratos públicos de obras, servicios o suministros, ya que suponen un suculento pastel para los medradores que se acercan a los políticos para tentar su avaricia y satisfacer sus desmedidas ansias de poder.

Cuando no está bien resuelta la financiación de los partidos políticos es imposible que exista la libertad económica entendida como la libre interacción de los ciudadanos en mercados mínimamente regulados. Sin dotarse de una financiación transparente, nuestros políticos acaban buscando sus recursos financieros al mejor postor y, lamentablemente, suelen elegir el camino más directo y fácil pero también más oscuro e inmoral. En vez de dirigirse a los individuos que dicen defender, se dirigen a sus redes clientelares de empresarios "amigos" que les financian sus campañas a cambio de sus futuras canonjías.

Es una quimera pedir financiación transparente a personajes que ni siquiera son capaces de lograr un mínimo de democracia interna, con organizaciones monolíticas y mínima renovación de ideas y personas.

Sin embargo, si un Estado de Derecho tiene mal resuelto el tema de la financiación de los partidos políticos, la libertad económica no se conseguirá nunca ya que los diversos mercados quedan siempre "distorsionados" a favor de los corruptos; travistiendo el libre mercado con los ropajes de un amoral juego de intereses que bien puede definirse como capitalismo de Estado o mejor como socialismo de mercado.

Es decir, desde un punto de vista estrictamente liberal, los partidos políticos sólo defenderán los derechos y libertades individuales y el libre mercado si en su financiación prevalecen las aportaciones de los ciudadanos.

De otro modo, los partidos políticos otorgan mayor prioridad a la protección de los derechos de las grandes corporaciones que los financian de un modo más o menos opaco, con el objetivo final de conseguir favores gubernamentales vía leyes, regulaciones, concesiones públicas, contratos, obras…

Lo moralmente lícito sería implementar una ley de financiación de partidos, que elimine las aportaciones de fondos públicos y promueva las aportaciones dinerarias de los afiliados y simpatizantes por medio de una fuerte desgravación fiscal.

Por ejemplo, valdría una fuerte reducción del 75% (o superior) de las cantidades aportadas para la financiación de los partidos políticos en la Declaración del Impuesto de la Renta que realice cada ciudadano, pero siempre garantizando una completa transparencia de las cuentas contables de cada partido, auditadas y publicadas anualmente para el conocimiento de la opinión pública.

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Moreno, Rockefeller y el show del PP

La imputación es tan absurda como si en los tiempos en los que José Luis Moreno triunfaba en la televisión alguien corriera el rumor de que Rockefeller había traicionado a su dueño. Ni una sola palabra salía del pico del simpático cuervo sin que antes el ex ventrílocuo la hubiera susurrado, como tampoco hay frase pronunciada por Cobo que antes no haya sido apuntada por su jefe.

El problema, por tanto, no es cómo se sanciona al muñeco, sino ver si hay narices para castigar al ventrílocuo, que no las hay. Las declaraciones de Rajoy son la prueba evidente de que no tiene la menor intención de sajar una herida que supura desde que Gallardón intentó acabar con Esperanza Aguirre por métodos democráticos con un resultado, digamos, bastante discreto. En aquella ocasión también fue Cobo el encargado de representar el papelón, como después lo fue en el supuesto caso de los seguimientos ilegales de la Comunidad de Madrid, expediente a la altura del prestigio del grupo PRISA que acabó, naturalmente, en el ridículo más espantoso, es decir en la línea del personaje, su patrocinador y sus voceros.

Casi todo el mundo, comenzando por Pepiño Blanco, coincide en que el PP es en los últimos tiempos un circo de lo más divertido donde no dejan de crecer los enanos. Es lo que ocurre cuando en un partido político todos los dirigentes andan desnortados, intentando situarse en el bando ganador, sin que nadie sepa cuál de los seis o siete en liza va a resultar triunfante cuando pase la tormenta.

Y es que, sin ánimo de ser exhaustivos, la situación es la siguiente: Esperanza Aguirre apoya a Rajoy; Gallardón odia a Esperanza pero mucho más a Rajoy, que no sabe a quién teme más de los dos; De Cospedal, por su parte, no quiere a Costa pero sí a Camps, quien a su vez teme a Rajoy al tiempo que reniega de Bárcenas, a quien Rajoy valora casi tanto como De Cospedal a Aguirre y ésta a Rato, todos los cuales opinan que Ricky es un niño pijo, pero no tanto como Ana Mato, que ya no se junta con Sepúlveda ante la atónita mirada de Mariano, que respeta y valora la lealtad de Sepúlveda casi tanto como la de Manuel Cobo.

Y mientras todo esto sucede, Javier Arenas… Bocanegra.

Me gusta Windows 7

Desde el momento en que se arranca da una sensación de rapidez que los usuarios de Vista seguramente ya ni recuerden cómo era. Y además incorpora todas las novedades que trajo el sistema anterior, especialmente las referidas a seguridad e interfaz de usuario.

Quizá lo más útil sea analizarlo desde el punto de vista de quien lleve una pila de años atado a Windows XP, porque serán la mayoría de quienes se actualicen a este sistema cuando cambien sus equipos. Son personas que, como mucho, sólo experimentaron un poco con Vista, les desagradó y se mantuvieron fieles a su sistema operativo. O quizá incluso se pasaron a Mac. O, si son especialmente frikis, a Ubuntu o alguna otra distribución de Linux. Desde ese punto de vista, las mejoras son innumerables, pues hay que sumar a las propias las de Vista.

Windows 7 arranca rápido, hiberna más rápido y la suspensión es casi instantánea. El interfaz gráfico de Aero es agradable a la vista e incorpora algunas mejoras a la productividad, como es el uso de miniaturas de los contenidos de cada ventana cuando cambiamos de una a otra empleando la combinación Alt+Tab o Windows+Tab o pasando el ratón por la barra de tareas. Esta última ha sufrido un cambio radical; ahora es similar al Dock de Mac OS X, de modo que tiene disponibles tanto las aplicaciones que estamos usando como aquellas que hayamos querido que permanezcan siempre ahí. La manera de localizar programas desde el menú de inicio será buscándolos, pues en cuanto tengamos dos o tres letras del nombre la aplicación deseada aparecerá en los resultados. Se acabó por tanto, la tarea de reordenar los programas para no tener un menú interminable.

Los programas de Microsoft, y es de esperar que cada vez más aplicaciones de otros fabricantes, permiten ser abiertos desde la barra de tareas y el menú de inicio con alguno de los documentos más recientes. Podemos colocar dos aplicaciones a izquierda y derecha de la pantalla ocupando todo el escritorio simplemente arrastrándolas a esas posiciones y así trabajar con ellas en paralelo. Y la principal mejora de Vista, la seguridad, aunque a priori invisible para los usuarios gracias a que el molesto UAC (la ventana que pide al usuario que apruebe cuando una aplicación va a hacer algo potencialmente peligroso) casi no aparece más que cuando instalamos un programa, supone una mejora notable respecto a XP.

Pero al margen de todo esto, la pregunta es: ¿qué tal se trabaja en Windows 7? Después de meses con la versión preliminar gratuita puedo responder que muy bien; mejor, desde luego, que con XP. De hecho, instalé esa versión para probar y a los pocos días me di cuenta de que ya no arrancaba nunca el Windows XP. Parece que Microsoft ha logrado lo que no consiguió con Vista: un sistema operativo útil para los usuarios. Durante años, daba la impresión que el gigante de Redmond pensaba principalmente en los fabricantes de ordenadores, haciendo Windows cada vez más grandes y con más requisitos. Pero con Windows Vista se pasó de frenada, exigiendo demasiado para ofrecer a cambio un sistema operativo molesto e incómodo para sus clientes reales, es decir, nosotros. Aunque le ha costado, parece haber aceptado su error. Al final, nosotros, el mercado, imponemos nuestra ley.

Libertad en cuatro folios

En un momento en el que las grandes potencias del planeta –aglutinadas en torno al G20– se han lanzado como auténticos perros de presa a vilipendiar con improperios y falsedades el libre mercado, culpándolo de todos los males en época de crisis, la ex república soviética levanta con más fuerza que nunca la bandera del liberalismo. "Creemos firmemente en los resultados del sistema liberal", afirma sin titubeos Nikoloz Gilauri, primer ministro de Georgia.

Mientras que la hipócrita e ignorante clase política occidental toma como excusa la crisis financiera que ellos mismos han creado, con la inestimable ayuda de la banca central, para justificar la mayor intervención económica desde la Gran Depresión de los años 30, el Gobierno georgiano toma el camino opuesto y emprende una de las mayores reformas liberales de las últimas décadas. Sin duda, la jugada le saldrá bien de seguir así.

Gilauri, a diferencia de otros cuyo nombre prefiero no recordar, confía en el dinamismo y la creatividad innatas de la iniciativa empresarial para construir un sólido modelo de crecimiento capaz de levantar y poner a toda máquina un país que, hasta hace nada, estaba en ruinas como resultado de la guerra. Y para ello es fundamental "crear un entorno en el que florezca el espíritu emprendedor".

Dicho y hecho. El Gobierno georgiano ha creado zonas industriales libres de impuestos para atraer capital foráneo, y así desarrollar empresas y crear empleo. Además, ha borrado del mapa la mayoría de barreras comerciales y trabas burocráticas con el fin de facilitar al máximo la vida a los empresarios, único motor capaz de generar riqueza, prosperidad económica y, por lo tanto, bienestar social.

No obstante, el pequeño país del Cáucaso lidera algunos de los principales indicadores de libertad económica del mundo. Según el informe Doing Business 2010 del Banco Mundial –que mide la facilidad para hacer negocios–, Georgia se sitúa en el puesto 11 del ranking internacional, y entre los 10 primeros del mundo en ámbitos tan esenciales como la contratación laboral, apertura de una empresa, permisos de construcción o registro de propiedades. España, en comparación con Georgia, está a la altura del Tercer Mundo. Sí, han oído bien: ¡Tercer Mundo!, según el mismo informe.

Por si fuera poco, Georgia ha privatizado el sistema sanitario, al contrario de lo que Obama en Estados Unidos con su polémica reforma socialista, y ha reforzado las exigencias de capital de sus sistema bancario para no sufrir, precisamente, un crack financiero como el de 2008.

Sin embargo, lo más destacable y glorioso es la limitación constitucional –"Ley de Libertad"– que ha implantado Georgia para prohibir que el peso del Estado supere, en ningún caso, el 30% del PIB nacional. De este modo, el gobierno que quiera subir los impuestos tendrá que convocar un referéndum para contar con el visto bueno de los contribuyentes. Mientras, pese a que el 90% de los españoles rechaza el aumento fiscal aprobado por el Ejecutivo socialista, queramos o no, en 2010 pagaremos más a Hacienda.

Pero si hay un dato que resume la reforma liberal georgiana es el siguiente: Georgia ha pasado de 21 figuras impositivas a tan sólo 6, "planas y fáciles de administrar". "Yo mismo resumí en cuatro folios" la nueva estructura fiscal de Georgia, indica Gilauri.

¿Se imaginan un país donde pagar impuestos es fácil, sencillo y barato? Es más, ¿se imaginan decenas de inmensos volúmenes de derecho tributario y regulación fiscal española reducidos a apenas cuatro folios claros y sencillos? Sin duda, el paraíso. Y es que los georgianos ya conocen el infierno estatal propio de la utopía soviética y, a diferencia de nosotros, ahora saben perfectamente cuál es el camino correcto que deben tomar: el de la libertad, sin ambages ni complejos.

¿Cuál es el precio justo de su piso?

Sin embargo, sí utilizaré un concepto análogo, el de precio razonable, para referirme al valor de los inmuebles. No porque crea –obviamente, no lo creo– que toda compraventa inmobiliaria deba efectuarse obligatoriamente a ese precio razonable, sino porque, como el adjetivo indica, sería prudente y sensato que el comprador lo tuviera en cuenta a la hora plantearse cualquier transacción.

Al fin y al cabo, toda compraventa de un inmueble implica una compraventa a lo largo del tiempo de bienes y servicios y, por consiguiente, podemos perfectamente comparar el precio que se está pagando por la propiedad del inmueble con el precio que se está pagando por los servicios que proporciona el inmueble (el alquiler). Piénselo de este modo: si lo que quiere es sólo vivir 60 años en un piso, tanto le da comprárselo que vivir alquilado durante 60 años. Y, por consiguiente, podemos comparar el precio del piso con el precio de 60 años de alquiler.

Otra cuestión es que no sólo quiera vivir en el piso, sino adquirir su propiedad como mecanismo de inversión. Pero esta decisión no va exactamente de la mano con la anterior: si bien es lógico que todo el mundo quiera vivir en un inmueble, no todo el mundo tiene por qué invertir su dinero en un inmueble, sobre todo si existen inversiones alternativas más rentables. ¿Qué prefiere? ¿Vivir 60 años en un inmueble y al final de su vida ser el propietario de un piso valorado en 300.000 euros, o vivir 60 años alquilado en un inmueble y al final de sus días tener un patrimonio bursátil valorado en un millón de euros? Lo lógico es que elija lo segundo, ya que con ese millón de euros podrá comprarse un piso de 300.000 euros y, aparte, le sobrarán 700.000.

Por este motivo, la decisión entre vivir de alquiler o adquirir un inmueble no es baladí. En ocasiones es mucho más barato alquilar un piso que comprarlo, con lo cual será razonable que accedamos a nuestro servicio de vivienda en el mercado de alquiler y que la cuantía que nos ahorremos la destinemos a invertir en otros activos más rentables que un inmueble.

Robert Kiyosaki, por ejemplo, repite continuamente que la compra de la primera vivienda no es una inversión, sino un gasto. Estoy tentado a pensar que, en general, tiene razón. Por desgracia, la mayoría de la gente desarrolla cierto apego emocional hacia la vivienda en propiedad, lo que le lleva a pagar precios absurdamente elevados que lastran su prosperidad futura. Ahorrar e invertir son dos actividades que resultan tanto más provechosas cuanto más pronto se hagan (1.000 euros a un tipo de interés del 10% se transforman en 6.700 al cabo de 20 años, pero en 17.500 al cabo de 30, o en 45.000 al cabo de 40), y precisamente lo que hacen los sobreprecios que se pagan con gusto por las viviendas en propiedad es lastrar enormemente la renta de la que se dispone durante los primeros años de vida laboral.

Sin embargo, el argumento de Kiyosaki se debilita en aquellas situaciones en las que caen los precios de las viviendas en propiedad hasta el punto de que los alquileres se vuelven relativamente más caros. En estos casos, comprar una vivienda en propiedad nos permite en realidad ahorrarnos dinero a la vez que estamos invirtiendo, y por tanto sí debe considerarse una inversión y no un gasto.

Hoy estamos claramente en esa situación. Los excesos de la burbuja inmobiliaria que provocaron los bancos centrales han inundado nuestras ciudades de viviendas vacías que tienen que liquidarse para que bancos y promotoras puedan saldar parcialmente sus ingentes deudas. El proceso está siendo más lento de lo deseable, pero parece imparable a largo plazo. Así pues, ¿cuándo y a qué precio comprar?

Tal y como lo hemos expuesto, es esencial que comparar el precio del alquiler con el de la vivienda. Esta relación, heredada del análisis bursátil, recibe el nombre de PER. Cuanto más alto sea el PER, más cara será la vivienda en propiedad en relación con su alquiler. Por ejemplo, si un piso en propiedad cuesta 480.000 euros y podemos alquilarlo por 12.000 euros anuales, su PER será de 40. Esto significa que tardaríamos 40 años en recuperar nuestro capital inmovilizado en el inmueble a través del alquiler. O, dicho de otra manera, los servicios que esa vivienda presta (alquiler) son muy poco valorados en el mercado en relación con el precio desproporcionadamente elevado que estamos pagando. En cambio, una vivienda con PER 5 es una magnífica inversión, ya que, ahorrándonos cinco años de alquiler, recuperamos el capital que hemos inmovilizado.

La burbuja inmobiliaria española llevó el PER medio nacional a 33 a finales de 2007; esto es, el alquiler era mucho más barato que la vivienda en propiedad. Al concluir 2008 había caído a 27, lo que significa que esa sobrevaloración del precio se había corregido relativamente. ¿Hasta cuándo debería reducirse? La media histórica del PER en España está sobre 19, lo que significa que los precios de la vivienda todavía deberían caer un 27% hasta que sea razonable adquirir una. Aunque, desde mi punto de vista, si lo que le preocupa no es pagar malos precios, sino pagar buenos precios, no compre a más de un PER 15.

¿Dónde estamos ahora? Bueno, ciñéndome a Madrid capital, el PER medio de los pisos –tomo los datos de idealista.com– es de 23, después de que el precio de las viviendas haya caído casi un 10% desde su pico en 2007. En general, pues, ya pueden adquirirse inmuebles a precios mucho más razonables que hace dos años. De hecho, en algunos barrios de la Villa y Corte, donde el ajuste de precios ha sido más drástico –por ejemplo, Vallecas o Villaverde–, el PER ya se encuentra en el rango de 19-20 (en Vallecas los precios han caído un 24%, y en Villaverde un 19%). Otros barrios, como Chamartín, Salamanca o Moncloa, siguen teniendo PER muy elevados –entre 27 y 28–, que permiten pronosticar que la caída de precios proseguirá. Es cierto que en estos tres barrios la presión para que el coste de los inmuebles caiga es menor que en otras zonas, esencialmente porque no se construyó demasiado durante el boom inmobiliario, por ello no hay legiones de bancos, promotores y pequeños propietarios endeudados que quieran deshacerse de sus viviendas. Pero el caso es que, a largo plazo, ratios PER de 27 y 28 siguen siendo insostenibles: sus propietarios están dejando de ganar mucho dinero por mantener su capital inmovilizado en el ladrillo en lugar de, por ejemplo, invertirlo en bolsa (donde los ratios PER suelen situarse en torno a 15).

Dado que parece poco probable que con la crisis económica los alquileres se encarezcan mucho, a medio plazo a los barrios ricos de cualquier ciudad no les quedará más remedio que ajustar precios. Aunque no haya pisos de nueva construcción, sí habrá un movimiento destinado a deshacerse de los mismos para rentabilizar el capital en otros lugares.

Así que ya sabe, en general conviene esperar un par de años a que los precios de la vivienda en propiedad sigan bajando y se pongan más en consonancia con la valoración que hacen los consumidores de los servicios que prestan (los alquileres). Obviamente, a día de hoy ya hay numerosos casos en que se pueden encontrar viviendas incluso por debajo de PER 10, pero de momento son más bien la excepción. No crea a los agoreros monclovitas que dicen que los precios ya han tocado fondo, porque el inmueble en propiedad sigue siendo mucho más caro que el alquiler. Otra cosa es que Zapatero se las arregle para encarecer artificialmente los precios de la vivienda quitando la deducción por compra, pero ni con esta medida cortoplacista se logrará detener la caída; más bien la agravará.

Ajustando en locales

En un comentario previo, me referí a la rapidez del proceso emprendedor (libre) y como éste redistribuye los recursos a una velocidad insospechada, haciendo que estén en continua aproximación a la satisfacción óptima de las necesidades de la gente.

Decía entonces, por ejemplo, "que la cafetería cede el paso a la tienda de ropa, y la heladería a la discoteca, o se cierra el cine". Y así es sin duda en los momentos económicos normales, si es que existe alguno. Por desgracia, la realidad actual es mucho más triste, y lo que más se percibe no son locales que cambian de uso, sino locales que directamente se cierran y dejan de utilizarse para actividades económicas. Esto es producto de que determinados negocios que crecieron al calor de la expansión monetaria y crediticia, se ven ahora en la situación de contracción como insostenibles a la vista de la demanda real que tienen.

Así pues, se cierra el negocio, y se liberan los recursos que estaban mal dirigidos, para que otros emprendedores los ajusten mejor a las necesidades reales. El recurso liberado más prominente en nuestros barrios suele ser esos locales comerciales a que me estoy refiriendo, que revelan con sus carteles en el escaparate y con su vacío interior el error cometido.

Curiosamente, pero a la vez consistentemente, comienzan también a proliferar los negocios que cambian de local comercial. Esto me pareció algo anecdótico la primera vez que detecté un cambio hará unos meses, pero ahora tiene visos de extenderse de forma sistemática.

Y es lógico. Conforme se liberan locales comérciales por los negocios fracasados, la oferta de este recurso aumenta. Los propietarios pueden tratar de aguantar un tiempo el precio de alquiler, pero finalmente se tendrán que rendir a la realidad, y rebajar el precio para conseguir su ocupación. La alternativa es dejarlo vacío. Esto a su vez fuerza a los actuales arrendatarios a revisar sus precios (aunque sean contratos largos), bajo la amenaza de que el empresario que lo alquila se mude a otro más barato.

Por tanto, estos traslados son consecuencia directa de la bajada de precios del recurso liberado. Y han de ser descensos pronunciados, puesto que el empresario que cambia ha de acometer considerables inversiones para adaptar el nuevo local, y también pierde la inversión en "información", de la gente que ya sabía donde estaba su negocio y ahora tienen que desplazarse a otro sitio.

Pero sigamos describiendo la vida del negocio trasladado. Como consecuencia del ahorro obtenido, su margen comercial es mayor, está mejor preparado para sobrevivir a la crisis. No se olvide: la rebaja que ha conseguido procede de la mayor oferta de locales, proveniente de negocios fallidos, consecuencia de la contracción de la demanda. Ahora bien, esa contracción también le afectará a él, lo que le exigirá reducir sus márgenes para poder sobrevivir.

Y así queda todo el proceso ajustado: el comerciante puede sobrevivir en el nuevo local, ya que el nuevo precio de alquiler le proporciona margen que reducir. En la nueva situación, todo ha quedado ajustado a las nuevas preferencias de los consumidores, en este caso, cambiadas por la crisis económica. Obsérvese que tampoco el propietario del local queda perjudicado, pues aunque obtiene menor renta, también confronta menores precios para los productos que consume.

Es importante denotar que el proceso viene desde el consumidor hacia el local (el precio del local baja como consecuencia de la contracción generalizada de la demanda de bienes para el consumo), llega al fondo (incrementa la oferta de locales y baja su precio) y rebota otra vez hacia el consumidor (el precio rebajado del local permite la sostenibilidad de los comercios aún bajando sus precios). Y así se ajusta el uso de locales.

Llegados a este punto, no ha de olvidarse que, con los locales comerciales, también se "liberan" otros recursos: los trabajadores que se quedan en paro. Esta situación es ciertamente más dramática, pero obedece a razones idénticas. Sin embargo, no se está ajustando el uso de estos recursos. Los negocios cambian de local, pero el paro sigue creciendo.

¿Las razones? Muy sencillas: recuérdese que, como consecuencia de la sobreoferta, los locales bajaban de precio, y esto era lo que permitía la reubicación del recurso. ¿Qué ocurre con la mano de obra? Que cuando toca que el precio baje por la sobreoferta, esto no ocurre por la enorme rigidez que tiene el mercado laboral español, sea en salario mínimo, cargas de seguridad social o demás "derechos" de los trabajadores. Por tanto, los empresarios prefieren quedarse en el "local" que ya tienen (con los trabajadores a precios caros) o directamente cerrar.

Por último, no se olvide: para los trabajadores no debería suponer demasiado problema la reducción de sus rentas, de la misma forma que tampoco salía malparado el dueño del local comercial, puesto que los precios de los productos que consumen han bajado primero.