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Cambio de régimen

Las constituciones, por su eminente carácter político, no son normas que se rijan por las características que sí nos serían útiles para comprender y clasificar otro tipo de reglas jurídicas. De la vigencia de una Constitución depende, en gran medida, no solo la validez formal de las leyes incluidas bajo el orden que establece, sino la eficacia misma de los contenidos normativos que pretenden articular.

Acertaban algunos positivistas al hacer depender la coherencia de todo su entramado de ingenuidad científica y grave error intelectual de la eficacia general del sistema jurídico positivo. La cuestión radica en que no se trata de diseñar sistemas sino de percatarse de la mera existencia de un orden social que, por sí mismo, plantea, como hecho prepolítico, un tipo de consenso múltiple y complejo del que se deriva, forzosamente, el contenido y la efectividad del orden público. Las constituciones son, de esta manera, fruto del compromiso político más o menos claro siempre posterior a una clase de consenso del que se deriva la vigencia del régimen político y legal que contengan, definan y estructuren organizativa y axiológicamente hablando.

Una buena teoría política y del poder como la que podemos encontrar en las obras de Dalmacio Negro o B. de Jouvenel, entre otros, nos brinda la posibilidad de comprender en términos generales, pero bastantes, acontecimientos que ya pertenecen a la historia de los pueblos. De igual modo, con una teoría depurada y la perspectiva que exclusivamente la rigurosa comprensión histórica nos faculta, estaremos en disposición de analizar con acierto acontecimientos que nos son contemporáneos, advirtiendo, siempre con la cautela del que especula sobre el futuro, la posibilidad de nuevos cambios de régimen en breve plazo.

Los regímenes no cambian de la noche a la mañana; lo hacen, siempre, gracias a procesos de descomposición del compromiso político que, hasta la fecha, fue capaz de sustentar dicho régimen. Cuando se trata de un problema de disenso social, en función de su intensidad, el cambio puede llegar a ser traumático para los individuos que lo padezcan en primera persona.

Un orden social tramado es paralelo en su entidad al consenso social indispensable para que se dé un proceso político singular e histórico. Los acontecimientos contribuyen a alterarlo, pero también las deficiencias en determinados aspectos estructurales. Esto sucede en todo lo relativo a la formación del Estado, desde su versión moderna, cuasi medieval, hasta su sustancia actual. España, en este sentido, tiene una particular historia en lo que a la constitución estatal se refiere. Desacompasada y traumática, incapaz de afrontar la integración radical que otras naciones políticas si experimentaron. Fueron aquellas naciones con procesos más acompasados de formación estatal las que representan un referente que, más que de guía, sirvió como fuente de frustración, excesos y vicios en el compromiso político.

Si algo caracteriza el mundo que vivimos, y no debemos obviar si queremos comprender determinados acontecimientos, es sin duda la total absorción que el Estado ha ejercido sobre el Derecho, la política, el Poder, el mercado y la propiedad. Centrados en los tres primeros órdenes, el estatismo ha penetrado con tal virulencia que hoy son prácticamente indistinguibles Orden y Estado. Esto no sucede en el caso del mercado y la propiedad, donde el Estado invade pero se ve compelido a respetar ámbitos e idear formas de relación lo más eficientes posibles, al ser ambos la clave de su supervivencia.

En cuanto al Derecho la asimilación no es total, y la muestra es que la mayoría de los contenidos normativos tradicionales y de demostrada eficiencia han sobrevivido a pesar de la Legislación. Los jueces mantienen cierto espíritu libre y la Jurisdicción no ha acabado convirtiéndose en un instrumento más de dominación y planificación social.

El orden político y el Poder, muy al contrario, tienen en el Estado el mejor reflejo de su extensión adaptativa experimentada en los últimos tres siglos (si no más). La socialdemocracia "liberal" (permítanme el esperpento) es, y de eso no hay duda, la versión más perfeccionada del Estado total culminado, en su mera exaltación, durante el periodo de entreguerras y la segunda guerra mundial. En 1945 comenzó la andadura de un Estado que hoy, a pesar de crisis y reajustes organizacionales, es, en términos económicos, morales y políticos, la cima del totalitarismo (siempre entendido en sus justos términos, lejos de la ejemplificación reduccionista y capciosa).

Es posible afirmar que los cambios de régimen político no suceden de espaldas al estatismo, no son fenómenos sociales, sino acontecimientos gravemente alterados por una dinámica y una ideologización de cariz estatista. En España, a lo largo del siglo XX, tres cambios de régimen han marcado su singular dinámica política. En primer lugar, el derrumbe o colapso de la Restauración. En este caso no afirmo como cambio el advenimiento del régimen republicano porque, siendo estrictos, la Segunda República no nació del consenso social, sino que dicho consenso social precipitó el fin del régimen anterior y fue la ausencia de alternativa la que facilitó la exaltación republicana. Faltó, arrastrando semejante anomalía, el compromiso político capaz de sacar adelante una alteración institucional como la que se pretendió en 1931.

Sin la suficiente base, ni siquiera demostrada por la clase dominante o representativa de aquellos años, parece razonable que el disenso acabara por invadirlo todo, generando los mimbres de lo que acabaría siendo una guerra civil. El alzamiento militar, su fracaso inmediato y el estallido de la Guerra Civil española representan a la perfección la crisis política vigente y el grave disenso, que si bien se agravó durante la segunda república, venía de mucho antes, procedente de la incapacidad política para articular un régimen estable justo en el espacio vacuo que legó la larga agonía de la Restauración.

El franquismo logró contener el disenso, pero no por vías pacíficas, sino desde la instauración de un régimen totalitario en unos momentos donde el hartazgo, el miedo y la convulsión contribuyeron a perpetuar este nuevo régimen durante algunos años. La clave de su pervivencia no procede tanto de la naturaleza ideológica con que sus valedores morales quisieron proveer al nuevo régimen, sino de la situación de origen y la inaudita mejora en la calidad de vida de los españoles. El avance económico contribuyó a legitimar el régimen más allá de sus excesos, consolidando un consenso social con un débil compromiso político; dejando hacer a algunos y postergando los cambios para cuando fueran inevitables. El cansancio y las ganas de cambio político y social coincidieron con el ocaso de la clase dirigente. La transición política, pacífica, sin romper la legalidad anterior a pesar de las profundas y paulatinas reformas, representa el tercer tipo de cambio de régimen que ejemplifica a la perfección el caso español.

Analizadas teoría e historia toca ahora comentar la actual situación y las diferentes posiciones que tratan de influir en ese consenso social, de carácter prepolítico y del que emana la validez material de un régimen. La anomalía que se experimenta en España no es del todo inusual pero sí posee características que contribuyen a oscurecer la mera proyección de escenarios previsibles.

Roto el compromiso político obedeciendo a un disenso social acotado y minoritario, el sistema partitocrático ha sido manejado a fin de doblegar las instituciones políticas, alterando el diseño constitucional dentro de una estrategia sutil y novedosa: manteniendo una aparente adhesión al régimen vigente mientras que al mismo tiempo y tomando como base hechos consumados, se termina definitivamente con la validez misma de la Constitución de 1978.

Todo esto ha sucedido en gran medida al margen de la opinión pública que, gracias a una estrategia mediática de distorsión de la realidad unida a una oposición política incapaz de articular un discurso certero y audaz, ha seguido el proceso sin percatarse de la importancia de sus consecuencias.

La Constitución de 1978 fundó un régimen partitocrático, de libertades públicas y un Estado intensivo. En dicho proceso ha tenido un papel determinante la descentralización política, intervencionista y planificadora, con origen en el Estado central de herencia franquista, y final en los entes territoriales autónomos.

Las comunidades autónomas han logrado para sí la versión más radical de todas las previstas en el texto constitucional, aprovechando ciertas vías de centrifugación del Estado monolítico. Insertos en este proceso sin aparente final, la opinión pública ha perdido el contacto con la realidad de todo lo que acontece en el trasvase de facultades estatales del centro a la periferia. Agazapados, con mayor o mejor descaro, los particularistas de todo tipo han logrado que su deseada singularidad llegue a marcar la tónica general.

La reforma del Estatuto catalán ha demostrado cuál es la visión que el presidente José Luis Rodríguez Zapatero tiene de España. Si bien desconocemos todos los matices que pululan por la mente del audaz socialista, sí sabemos que abjura del orden constitucional vigente, despreciando su legitimidad, considerada un indeseable resquicio del régimen anterior, un ejemplo de la resignación que en los años de la transición política condujo a ciertos sectores de la opinión pública, con el único y loable objetivo de garantizar la estabilidad institucional y el camino hacia la democracia, hasta el oportuno apoyo dedicado al cambio régimen.

Aunque hubiera de aquello, y el resultado constitucional no gustase a casi nadie en su integridad, tomar la transición política española como una imposición de la clase dominante anterior y un acto de generosidad y paciencia por parte de los vencidos en la contienda civil que inauguró la dictadura franquista supone una franca temeridad al desconocer por completo cuáles son los cimientos de cualquier orden político.

El consenso social continúa siendo suficientemente amplio en lo fundamental, y es eso lo que tiene auténtica relevancia en la dinámica social y estatal de los pueblos occidentales contemporáneos. Considerar deficiente, superable o indeseable el compromiso político alcanzado en 1978 es un error sin paliativos producto de no comprender el hecho prepolítico que aún hoy lo sostiene.

Decíamos que el consenso social es previo al compromiso político capaz de diseñar un orden constitucional aparentemente original o novedoso. En 1978, y todavía hoy, determinados sectores de la opinión pública no participaron siquiera en ese consenso fundamental que hizo posible e inevitable el cambio de régimen. Dicha desvinculación genero tensiones y forzó la oportuna cesión en ciertos aspectos que, en principio, no formaban parte de los programas básicos de compromiso que portaban las dos visiones dominantes en sus carteras de negociación.

Aun así se quiso incorporar también a quienes disentían sin darse cuenta de que nunca, o en rara ocasión, el disenso de este estilo acaba siendo asimilado con el éxito pretendido. Lo cierto es que contradijo la buena voluntad de quien así quisieron soñarlo: el disenso como patrón del diseño institucional acabó por contagiar un espíritu que inoculó en la clase dominante un descalce evidente respecto al sentimiento general de la opinión pública dominante.

Lo que se ha venido realizando desde hace unos años, con mayor éxito desde que gobierna un defensor de semejantes posiciones, es el cambio de régimen a pesar de la opinión pública. Un fraude que camufla dentro de discursos efectistas un asalto constitucional cada vez más evidente. Desde el interior del entramado político-institucional, y por la vía de los hechos consumados, se ha conseguid la ruptura con las previsiones principales de la carta magna, disolviendo la definición política de España, como nación única, e incorporando al diseño estatal entes capaces de reivindicar mediante actos de soberanía cuestiones declaradas ilegales o inconstitucionales.

La controversia en torno a la esperada sentencia del Tribunal Constitucional sobre el Estatuto Catalán es un adelanto interesante. No es ya que desde las instituciones autonómicas catalanas se advierta del conflicto sino que en las Cortes Generales del Estado o el mismo gobierno español, se manifieste sin tapujos la normalización de una ruptura del orden constitucional vigente. Defendiendo que lo que aprueba el Parlamento catalán de acuerdo con las Cortes no puede ser posteriormente declarado inconstitucional por el órgano que la misma Constitución prevé para tales conflictos, demuestra que la dinámica de crisis política en la que se ve inserta la sociedad española es imparable.

A todo esto, la oposición política, declarando su disconformidad, parece incapaz de articular un discurso que, desde el sosiego y la claridad, presente ante los españoles la gravedad de la situación. El consenso social resiste, pero el compromiso político está roto por completo. La fuerza que hoy gobierna, al menos desde su dirección de partido, ha dado por superadas las previsiones fundamentales de la Constitución española, sin recurrir a los cauces que ésta prevé en un eventual proyecto de reforma. Esto no es un mero y anecdótico desprecio por el formalismo y los cauces instituidos, sino la única manera posible para, por la vía de los hechos, consolidar esas conquistas políticas anheladas quienes practican el disenso particularista.

El sentimiento político de media España ha quedado al margen del pretendido cambio. El consenso social en torno al régimen vigente,  aún mayoritario, se encuentra indefectiblemente asaltado por los acontecimientos. La crisis puede adoptar formas inauditas e imprevisibles. Desde una auto anulación que deje todo como está, hasta una reincorporación sorprendentemente inmediata a la normalidad constitucional, o, en el peor de los casos, a una súbita ruptura unida al inicio de un periodo de desasosiego social y político.

Sea como sea el desenlace de este conato de cambio de régimen, sus responsables tendrán, en todo caso, nombres y apellidos. No ha sido el clamor popular por modificaciones sustanciales, tampoco la unanimidad al menos en el interior de uno de los sectores políticos mayoritarios, lo que promovido un cambio. El precipicio al que nos enfrentamos procede de una estrategia irresponsable, arte y gracia de quien nos gobierna y quienes les apoyan, amparado por la estructura partitocrática que lamentablemente blinda a los dirigentes facultándoles en la comisión de fechorías tan megalómanas como la que hemos tratado de estudiar en estas líneas.

José Blanco gobierna y decide por ti

Ahora quiere recordarnos, por si lo habíamos olvidado, que "gobernar es decidir", lo cual es cierto pero incompleto: gobernar en plan socialista es inmiscuirse, entrometerse, decidir ilegítimamente por otros, en contra de su voluntad, e imponiéndoles las decisiones de forma coactiva. Blanco asegura que los principios de su Gobierno son "determinación, ambición, sensibilidad y responsabilidad". Veamos.

Determinación: ZP "ha apostado por estar en el G-20. Y lo ha conseguido". Efectivamente, ZP es como un ludópata que juega con dinero ajeno: si se paga el precio pedido y se consiguen los enchufes adecuados uno puede entrar en cualquier parte, y la factura ya la abonarán otros; confundir eso con "una conquista que no tendrá marcha atrás" o con que "España ha consolidado su posición en los centros mundiales de decisión" es una sandez muy patriotera y demagógica. Y en el aspecto técnico de lo que es el determinismo, la acción de este Gobierno no es indeterminada o aleatoria: sus decisiones son peores que el azar, van sistemáticamente en la dirección equivocada.

Ambición: afán de aferrarse al poder como sea no se les puede negar. Haciendo como que se estimula la economía mientras se la mata a conciencia con más y más intervencionismo y gasto público.

Sensibilidad: el Gobierno te ama, se preocupa por ti (cómo te atreves a dudarlo), y "considera que se debe de reforzar el Estado de bienestar para que la crisis económica no derive en una crisis social". Los problemas con el lenguaje y los conceptos de Pepiño le llevan a decir que quizás se refuerce el Estado de bienestar cuando obviamente pretende recordarnos que van a incrementar obligatoriamente la dependencia de la sociedad del Estado, lo cual implicará una crisis social permanente.

Responsabilidad: como sólo llevan cinco años en el Gobierno, ahora van a renovar "los pilares sobre los que se sustenta nuestro crecimiento" porque la herencia económica que recibieron anteayer parecía saludable pero estaba con el colesterol alto la pobre por "el excesivo peso de la construcción residencial". En la primera legislatura no pudieron hacer nada por los líos típicos de las herencias, que se eternizan hasta resolverse, pero ahora se van a poner a ello y van a "involucrar a todas las instituciones y agentes sociales": quieran o no, los van a involucrar pero bien, para que todo el mundo se pringue y participe de la responsabilidad en el desastre.

Así que "el Gobierno decide que en esta crisis, el Estado debe de fortalecer sus resortes". Y dale con el "debe de", que alguien le explique a este genio que eso significa quizás, tal vez, puede ser, y que no casa bien con el tono admonitorio que quiere dar a su discurso. El Estado es tan frágil, está tan inerme, que no es aceptable en esta grave coyuntura que un socialista solamente insinúe que podría ser que hagan algo para fortalecerlo.

No les resulta fácil, pobrecillos, pero van a "recuperar parte de la presión fiscal que hemos bajado en la anterior legislatura". Recuperar siempre suena bien, sobre todo si se nos recuerda que nuestra caldera tiene una "presión fiscal notablemente inferior a la de nuestros vecinos europeos"; no vamos a ser nosotros menos que ellos, faltaría más. Además los malvados capitalistas van a "hacer una contribución adicional" en sus plusvalías, esas que expropian a los honrados trabajadores.

Para aquellos que creen que estamos cerca del Estado mínimo después de estos últimos decenios de ofensiva neoliberal, Blanco nos recuerda que "la política fiscal es claramente redistributiva al destinar más de la mitad de los Presupuestos Generales del Estado al Gasto social". Lástima que lo llamen social cuando quieren decir estatal.

Alguien podría sugerirle que la mentira tiene un límite más allá del cual no cuela: "Los españoles seguirán pagando menos impuestos que cuando llegamos al Gobierno porque hemos sido rigurosos en las cuentas públicas en tiempos de bonanza y tenemos margen para acudir al endeudamiento". ¿Menos impuestos? ¿Rigor? ¿Margen de endeudamiento? Política ficción.

Entre muchas otras memeces propias de su cargo y condición no podía faltar la mención a "la firme lucha contra la gran amenaza del siglo". ¿El socialismo? ¿El estatismo? No… "el cambio climático".

"Sí, gobernar es elegir y esta es nuestra apuesta, clara, firme y decidida". Hemos elegido gastar todo lo que podamos confiscar con la firmeza que da el que nosotros mandamos y el pueblo obedece: está muy claro.

El velo y la cortina

Llama la atención que una cuestión de este tipo motivara que un magistrado que domina como pocos el efectismo aplazara las sesiones de un juicio oral penal para cinco días después, sin que concurriera ninguna de las causas legalmente previstas para hacerlo (art. 746 LECr) y contradiciendo una actuación suya precedente ante una negativa a declarar de un testigo en el juicio del 11-M.

Según las crónicas, el juez había ofrecido a la testigo unas razonadas advertencias en la vista pública para que cesara en su actitud e, incluso, le informó de que podría multarla y procesarla por desacato. Aparte de la evidente necesidad de verificar la identidad del testigo en el mismo momento que presta declaración para evitar suplantaciones de personalidad, una negativa a mostrar el rostro obstaculiza gravemente –si no impide– la imprescindible valoración de credibilidad que debe hacerse a la hora de juzgar. Por otro lado, de admitirse una comparecencia en esas condiciones por parte de un tribunal, se vulneraría el derecho de todo acusado y de las partes en general a un proceso con todas las garantías (art. 24 CE). Incluso cuando se trata de un testigo protegido, el ocultamiento de su aspecto físico no puede afectar a la observación del tribunal, los abogados de las partes y el fiscal.

Sin embargo, el incidente se resolvió de una manera un tanto peculiar. En vez de quedar zanjado en la misma vista pública con una sucinta explicación de que los motivos religiosos invocados para mantener su rostro cubierto no podían prevalecer sobre esas razones y derechos fundamentales, al parecer el juez Gómez Bermúdez interrumpió la vista para reunirse en su despacho con la testigo y la fiscal Delgado, y pactar allí las dimensiones del "destape" de rostro que finalmente se escenificaría con la reanudación del juicio.

Con esa reunión reservada no sólo se interrumpió un juicio, sino que se celebró un acto que debería haber sido público (art. 680 LECr). Un breve receso para que la testigo reconsiderase su posición –como el mismo juez acordó en el caso del extraño episodio de Agustín Díaz de Mera durante el juicio del 11-M– habría evitado toda decisión precipitada.

Pero lo que resulta increíble y un mal precedente es que un testigo pueda "negociar" con el juez y el fiscal de un caso cuándo y cómo va a prestar testimonio en juicio.

Lo que no dicen las encuestas

Más preocupante para el Gobierno es que muestran que ha perdido la credibilidad ante la sociedad. Ocho de cada 10 españoles piensan que Zapatero improvisa y tres de cada cinco desaprueban su gestión y otro tanto está en contra de la subida de impuestos; además el 85 por ciento cree que serán las rentas medias y bajas quienes paguen el atraco fiscal que nos espera. Por si fuera poco, otro 85 por ciento no se traga eso de que lo peor ya ha pasado y se teme lo peor para el año que viene.

Junto a todos esos datos, o quizá incluso por encima de ellos, está la creencia mayoritaria, del 54 por ciento, de que el Partido Popular ganará las próximas elecciones. Hay una masa de votantes poco ideologizados que se deja llevar por la tendencia del momento, y si cala la convicción de que el PP ocupará La Moncloa, será difícil que el PSOE vuelva a ganar.

Difícil. Pero no imposible. A Mariano Rajoy le debe de dar la impresión de que, después de subir el Tourmalet, todo lo que le queda es cuesta abajo. Pero el PSOE le ha ganado dos veces tras dos atentados terroristas convenientemente manoseados por la prensa del régimen. Y la confianza en que el PP va a ganar las elecciones puede convertirse, para muchos, en el temor de que eso es lo que va a ocurrir. Si en Génova piensan que la izquierda no es capaz de darle la vuelta a la situación en una semana, es que no la conocen.

Pero Rajoy es el único líder capaz de tropezar tres veces con la misma encuesta.

Pobre españolísima Microsoft

Por ponerlo un poco en perspectiva, entre mayo y julio se han creado en España, merced a abrir zanjas, taparlas y volver a cavar, 100.000 puestos de trabajo, bastante menos de los que se destruyeron en marzo y abril –160.000– y casi los mismos –120.000– que se crearon durante idéntico período de 2006 y sin necesidad de plan E alguno.

Se me dirá, claro, que en 2006 estábamos todavía en medio de esa burbuja crediticia que el Banco Central Europeo creó y que nuestros bancos y sobre todo cajas de ahorros –eso es lo que se llama desregulación financiera– tan bien supieron canalizar y amplificar. Y es verdad; sin embargo, ¿qué otra cosa ha sido el Plan E salvo un intento in extremis de perpetuar la burbuja de la construcción? Si, ya sé que al Gobierno se le ha llenado la boca prometiendo un cambio en el patrón de crecimiento español, pero no nos engañemos: aunque tal tarea no compete al Ejecutivo, sino a cada uno de los empresarios que día a día tratan de localizar oportunidades de beneficio y aprovecharlas, ni siquiera se ha seguido semejante rumbo.

El PSOE, como mucho, podía facilitar el proceso de ajuste: dejar que se hundiera la construcción –sin rescatar a las promotoras, sin reformar la ley concursal, sin retrasar tanto como sea posible la quiebra de cualquier banco y sin planes E–, que se ajustaran precios y salarios –rebajando las cotizaciones a la Seguridad Social y poniendo fin a ese instrumento propio del fascismo mussoliniano y análogo a los comités paritarios de Primo de Rivera, llamado negociación colectiva– y, por tanto, que los factores productivos de nuestra economía se recolocaran en industrias exportadoras que, poco a poco, nos permitieran ir amortizando nuestra elefantiásica deuda exterior.

Pero no. Los socialistas prefirieron dificultar cualquier reajuste privado de la economía y teledirigir el cambio de modelo productivo de manera centralizada. Primero exprimiendo los últimos estertores de la burbuja de la construcción, recolocando a los trabajadores y empresarios desde el ladrillo privado –carísimos inmuebles que nadie quería ni podía pagar– hacia el ladrillo público –innecesarias obras de remodelación urbana por las que nadie hubiese pagado ni un céntimo en tiempo de crisis. Ahí se ven los salvíficos efectos del Plan E: entre mayo y julio el sector donde más cae el paro en términos relativos es el de la construcción. Bendito cambio de patrón de crecimiento que en su agonía ya ha destruido entre agosto y septiembre un número mayor de empleos a todos los creados artificialmente por el Plan E.

Segundo, el Gobierno no sólo no facilitó las minoraciones de precios y salarios que podrían haber permitido el surgimiento de nuevas industrias competitivas y rentables. Al contrario, se cerró en banda en el mal llamado diálogo social, levantando el puño como si en Rodiezmo estuvieran, e impidió la muy necesaria contención salarial.

Vean en este gráfico la peculiar evolución que precios y salarios han tenido en España durante el último año.

Desde septiembre de 2008 el IPC empieza a hundirse y en cambio los costes salariales siguen aumentando a ritmos del burbujeante año 2006. ¿En qué se traduce esto? Pues muy sencillo: precios decrecientes y costes crecientes para los empresarios. O, por traducirlo a lo que todo el mundo entiende, menos rentabilidad y competitividad de nuestras empresas que, poco a poco, van echando el cierre y despidiendo trabajadores.

Y claro, con esto llegamos a la última fase del cambio de modelo productivo comandado por Zapatero: impuestos más altos para financiar todavía más obra pública y, sobre todo, más subsidios de desempleo. Precioso panorama: el PSOE impide a los españoles trabajar por lo que pasa a convertirlos en parásitos de los empresarios, de los trabajadores que todavía trabajan y –no lo olvidemos– de todos nuestros hijos.

Desde luego, si nuestro presidente del Gobierno fuera consejero delegado de cualquier compañía, lo tendría algo difícil para llegar a fin de mes: vacaciones indefinidas pero remuneradas para toda su plantilla. Vamos, que a menos que haya descubierto la piedra filosofal, en unas semanas estaría quebrada y disuelta. Lástima que Zapatero no dirija una fallida empresa, sino un fallido Estado cuya capacidad de expolio le permite seguir endeudándose y tirando artificialmente del carro aún cuando esté cayendo en picado.

Y luego Salgado regaña al FMI porque en sus negros augurios no han valorado la influencia que va a tener sobre nuestro crecimiento el falseado proyecto de presupuestos para 2010. Probablemente no lo hayan hecho, porque si no, en lugar de pronosticar una recesión del 0,7%, habrían al menos triplicado el ritmo de caída. Pero ¿qué más dará una mentirijilla adicional?

La corta vida de la burbuja Zapatero

Había muchos elementos en contra de que la elección recayera en Madrid, pero el toque "zapatero" ha sido definitivo.

Para Gallardón, el hecho de que Madrid no haya conseguido ser sede de las olimpiadas de 2016 es lo de menos. Lo que de verdad le ha destrozado el ánimo es que sus posibilidades de dirigir el partido de la derecha española, objetivo que lleva persiguiendo desde que hizo la primera comunión, se desvanecen. En realidad no desaparecen por completo, porque Gallardón se viene arriba muy pronto y, además, la España del centro-reformismo es muy gallardonita, con algunos presidentes autonómicos que sienten auténtica devoción por el personaje.

En todo caso ha sido un día feliz para Mariano Rajoy, que durante las deliberaciones finales se le veía más nervioso que si viera entrar a Camps en una sastrería acompañado del "bigotes"… por si ganaba Gallardón, claro. En todo caso, cuando se pase la decepción inicial, también será un alivio para los ciudadanos madrileños. Y es que como nos gusta la fiesta más que a un progre una tiza y preferimos no pensar en las consecuencias de la resaca, no vemos que semejante dispendio en una ciudad que acumula ya una deuda astronómica podría desembocar en la quiebra técnica del primer consistorio, una circunstancia muy apropiada para la España de Zapatero pero extraordinariamente gravosa para los ciudadanos de la capital de la nación.

Después del tercer intento de convertirse en sede olímpica, segundo consecutivo, a Gallardón sólo le queda rentabilizar las cuantiosas inversiones realizadas, vendiendo en pública subasta las instalaciones construidas y a medio construir como medio de aliviar las depauperadas arcas municipales. La situación económica no es la más favorable, pero a un buen precio podría ser una opción muy adecuada para captar inversión extranjera. Además, Madrid cuenta con el encanto de Gallardón, capaz de convertir la derrota olímpica en el éxito de ser el primer alcalde de una capital de nación que convierte en superávit el mayor desastre económico de la historia reciente. Yes, he can.

Y Rajoy respiró tranquilo

Las tropas nacionales, al mando de Varela, en un movimiento también carente de sentido estratégico, se desviaron hacia aquél punto para liberar a los asediados. Aquella historia de resistencia y liberación se convirtió en todo un símbolo por parte de aquél bando y, más tarde, del régimen instaurado por el General Franco.

Se acaban de cumplir, hace una semana, 73 años de aquello. Ha dado tiempo para que terminase la guerra, se disolviese un régimen autoritario por el hecho natural de la muerte del dictador y se instaurase una democracia con tres decenios. Tuvo un valor simbólico que fue efectivo sólo en la guerra y que se agotó por completo con el régimen, al margen de que sirva de alimento para la nostalgia de unos cuantos.

Militarmente, la liberación del Alcázar de Toledo fue un sinsentido, pero tenía todo el valor político porque se había convertido en todo un símbolo, muy potente tanto para un bando como para otro. Este jueves hemos sabido que el Gobierno va a eliminar las huellas del fracasado asalto republicano, y de la resistencia entre muros derruidos. Curiosamente, vuelve al Alcázar para continuar con el asedio y revive, para matarlo, el viejo símbolo. Si eso es contradictorio, ¿cómo puede casar todo ello con las apelaciones constantes a la memoria histórica? ¿Cómo se revive la memoria borrando los rastros del pasado?

La explicación más sencilla y más certera es que este Gobierno está embebido en un sectarismo sin medida, al que da curso con todo el descaro. Pero hay más. Como el régimen descrito por George Orwell en 1984, que quería escribir una neolengua y trucar las huellas del pasado, el de Zapatero quiere crear una neohistoria, al menos en la conciencia de una gran parte de la población. Los libros de historia están ahí, y sus letras, ordenadas con mayor o menor maestría en palabras, frases, párrafos e ideas, quedan a salvo de la labor del Gobierno de luchar contra el pasado. Pero el Gobierno espera que gran parte de la población quede a salvo de tener que leerlos.

Neohistoria

Podría haber optado por "Pobre españolísima Sega", "Pobre españolísima Nintendo" o títulos idénticos con Virgin y Nokia, que no sólo los japoneses pretenden ser grandes bailadores de chotis, sardana o sevillanas a la hora de pedir subvenciones. También hay al norte de los Pirineos quienes con el mismo objetivo pretenden hacerse pasar por grandes cocineros de pulpo a feira, fabada, tortilla de patatas o papas con mojo picón.

El caso es que todas estas compañías, o sus españolísimas filiales, pretenden que parte de esa subida de impuestos que vamos a sufrir los ciudadanos en 2010 se dedique a mejorar su cuenta de resultados. En realidad, el incremento de la carga fiscal no tiene nada que ver. Si no fuera a producirse también reclamarían para ellos parte de ese dinero público, que "no es de nadie" según lamentable doctrina de una ex ministra de Zapatero. Los señores de la Asociación Española de Distribuidores y Editores de Software de Entretenimientos (aSeDe) han pedido que se subvencione la "producción local" de videojuegos.

Poco nuevo se puede decir sobre esto que no se haya dicho antes. Si los videojuegos españoles son realmente buenos (hay casos, como la ya mítica serie Commandos o los muy entretenidos títulos de Imperium), se venderán sin problemas por mucha piratería que exista. Eso hará innecesarias las ayudas. Si las subvenciones son necesarias es que estamos ante productos que aquellos que deben opinar sobre su calidad, el público, no consideran como suficientemente buenos como para invertir un duro. Por tanto, la inyección de dinero público no estaría justificada.

Sin embargo, ellos no apelan a la razón. Ellos acuden al nacionalismo paleto, que ya fue agitado a su favor en el Congreso de los Diputados. Son el sector del videojuego español, y por tanto todos los que vivimos en España tenemos la curiosa obligación de pagar parte del sueldo de sus trabajadores y directivos. Pretenden que, como ya ocurre en el cine, el mercado y la voluntad de los ciudadanos no vayan con ellos. Para rematar, y de ahí el título de este artículo, está la peculiar españolidad de gran parte de las empresas que piden estas ayudas. aDeSe agrupa, además de a algunas realmente españolas, a las filiales hispánicas de firmas como Microsoft, Sony, Virgin, Nokia, EA o Warnerbros, entre otras multinacionales. Y todas ellas, como sabemos, necesitan nuestra ayuda para sobrevivir.

Aunque todas las compañías fueran realmente españolas su reclamo sería igual de ilegítimo. Pero es que con pobres y españolísimas compañías estadounidenses, japonesas, finlandesas y de otras nacionalidades, encima suena especialmente a ganas de tomarnos el pelo.

Ideas que merecen la pena

TED es una de las conferencias más importantes del mundo. Un evento anual donde algunos de los emprendedores y pensadores más importantes del planeta están invitados a compartir lo que más les apasiona. "TED" significa Tecnología, Entretenimiento y Diseño, tres grandes áreas que están dando forma a nuestro futuro. En realidad, el evento engloba una temática más amplia con "ideas que merecen la pena" procedentes de cualquier disciplina.

Con el propósito de esparcir estas ideas que "merecen ser compartidas" TED creó un programa que se llama TEDx. La "x" significa que es un evento TED organizado localmente. Desde ese momento un grupo de emprendores formado por Todd Lombardo, Tomy Lorsch, Danny Adler, Derek Koenig, Javier Muñoz y quien les habla, se lanzó a preparar TEDxMadrid, que se celebrará el próximo sábado 3 de Octubre en el Aula Magna del IE.

Esta no es una conferencia típica. El público de TEDxMadrid tiene unas expectativas muy altas de los ponentes ya que tienen que seguir unas reglas específicas: la prohibición de "venta desde el escenario" (no enlazar la ponencia con su empresa u organización) y un control estricto del tiempo de 18 minutos. Éstos son los ponentes confirmados:

  • Luis Collado – El Futuro del libro y eBooks
  • Cynthia Markhoff and Juliane Maier – Diseño Integral Avanzado
  • Andrés Ortiz – Narrativas de redes complejas
  • Marco Caserta – Teoría de Markov para la predicción de secuencias de DNA
  • Pedro SchwartzWhy political success eludes classical liberals?
  • Ariel Guersenzvaig – Iluminando la caja negra: procesos cognitivos en diseño
  • Andres Konig – El conocimiento revisitado

Para mí es un honor participar en la organización TEDxMadrid y más si cabe poder tener a Pedro Schwartz, uno de nuestros liberales más reconocidos, en una conferencia como TEDx. Gracias a María Blanco por hacerlo posible.

Sobre cómo las subvenciones destruyen el mercado

Que las subvenciones y en general las ayudas públicas distorsionan el mercado no es ningún secreto. Ni siquiera lo es para las propias autoridades, y, de hecho, la Comisión Europea tiene atribuidas competencias para vigilar las ayudas públicas que dan los estados miembros. Aunque, hay que decirlo, las distorsiones que trata de evitar son las de ámbito geográfico, tratando de preservar la homogeneidad del mercado único.

Lo cierto es que las ayudas del Estado tienen varios efectos negativos sobre la economía, algunos de ellos bastante directos. En primer lugar, está el efecto general de redistribución: se redirigen recursos a unas actividades que no son demandadas por el mercado. Los recursos se obtienen de forma coactiva mediante impuestos; dichos recursos no van a donde el legítimo dueño de los mismos los hubiera dirigido, y se dirigen a actividades no demandadas.

Además de este efecto general, se produce uno algo más sutil, consistente en la progresiva adaptación de las empresas a los requisitos para obtener dichas subvenciones, en lugar de a conseguir un producto final aceptable para el público. Así, poco a poco, la estructura productiva se va modificando, siguiendo lo que Kirzner llama el proceso de descubrimiento completamente superfluo, hacia aspectos innecesarios desde el punto de vista de la demanda, pero imprescindibles para conseguir la subvención.

Por ejemplo, pueden aparecer especialistas en realizar proyectos según los requerimientos públicos, o en preparar la documentación necesaria, o, por qué no, en proporcionar los contactos adecuados. Son actividades que, desde el punto de vista de la empresa, tienen valor únicamente por la existencia de las subvenciones.

Sin embargo, los efectos pueden ser quizá aún más destructivos. Además, pueden provenir no solo de ayudas públicas, sino de la contratación pública en general. En presencia de ambas, aquellas empresas que no se adapten a los requerimientos de las administraciones, tenderán a disminuir su rentabilidad respecto a aquellas que sí lo hacen. Por un lado, porque no acceden a esas subvenciones o contratos. Y por otro porque, consecuentemente, no pueden competir con precios similares. El público puede encontrar sustitutivo el producto subvencionado, aunque no se adapte bien a sus necesidades, simplemente por ser artificialmente más barato. La empresa que no se adapta está llamada a desaparecer del mercado, mientras que la otra garantiza su supervivencia siendo cada vez más eficiente en la obtención de subvenciones y contratos públicos. Esto es, apartándose progresivamente de las necesidades del mercado y acercándose a las preferencias del Estado.

Eventualmente, desaparecen las empresas que satisfacían mejor al mercado, y la oferta queda compuesta exclusivamente por empresas especializadas en satisfacer la demanda del Estado. Al consumidor no le queda más remedio que consumir el producto subvencionado, aunque ha dejado de satisfacer sus expectativas, o dejar de consumirlo completamente.

Cuando, en esta situación, cambia la política económica del Gobierno, esto es, decide que hay que fomentar otro sector económico, las empresas hasta ahora subvencionadas dejan de ser viables. El consumidor no está dispuesto a pagar el precio que se necesita para cubrir los costes sin la subvención por un producto que no satisface adecuadamente sus necesidades.

En esta situación dramática, el proceso de readaptación a las necesidades del cliente no es inmediato. Y puede llevar a la empresa a la desaparición, de forma que se destruya completamente el sector. Ya no quedan ni las empresas que originalmente satisfacían las necesidades del cliente, ni aquellas que adaptaron sus actividades para satisfacer los requerimientos públicos.

Así pues, las empresas deberían rehuir y evitar todo tipo de subvenciones públicas, e incluso contratos públicos (este planteamiento no es, evidentemente, realista para aquellos sectores en que el único demandante es el Estado). Es obvio que en el corto plazo nadie es capaz de rechazar un dinero aparentemente llovido del cielo. Pero también lo es que ajustarse a las necesidades del Estado en vez de a las de la demanda del mercado deja la sostenibilidad de la empresa en manos del arbitrio de los políticos, en lugar de de su desempeño.

Por desgracia, en España, nuestros principales empresarios parecen tener claro que es más cómodo el corto plazo y el arbitrio que satisfacer las exigencias del cliente.