Ir al contenido principal

¿Por qué el Estado mínimo tiende a crecer?

El liberalismo clásico propone como modelo un Estado mínimo dedicado a proteger la vida, la libertad y la propiedad de los ciudadanos de las agresiones de otros individuos o Estados extranjeros. Así el Estado se limitaría a proveer tres servicios básicos: tribunales (ley), policía (seguridad) y ejército (defensa nacional). En tanto Estado, detentaría un monopolio jurisdiccional sobre el territorio, esto es, sería el árbitro último en cualquier disputa que tuviera lugar dentro de sus fronteras. La mayoría de liberales clásicos aceptan que el Estado tiene derecho a cargar los tributos necesarios para financiarse y desempeñar correctamente las funciones que le corresponden.

La eventual viabilidad del Estado mínimo, como la de cualquier sistema político, depende de la aquiescencia activa o pasiva de la mayor parte de la sociedad hacia ese orden social. Teóricamente, pues, para que el Estado mínimo sea una realidad basta con que la mayoría de la gente crea que es el sistema más justo y el que genera mayor prosperidad. Planteada en estos términos la viabilidad del Estado mínimo parece, sin duda, posible. Pero, ¿es sostenible en el tiempo? ¿Tiene una estructura de incentivos interna que lo hace estable, o que por el contrario la empuja a su progresiva disolución?

El Estado actual es un monopolio de la fuerza que monopoliza varios sectores e interviene en virtualmente todas las esferas de la vida económica y social. El Estado mínimo es un monopolio mínimo, limitado a los servicios de gendarmería (ley, seguridad y defensa). Pero monopolio al fin y al cabo. Nadie puede "tomarse la ley por su mano", "escindirse del Estado", o "crear su propio Estado o empresa que compita con el Estado en la provisión de servicios de gendarmería". El Estado, por tanto, está afectado por los mismos problemas que cualquier otro monopolio.

Un monopolio tiene incentivos para subir el precio por encima del precio que fijaría en ausencia de barreras de entrada, para aumentar así sus beneficios. Al mismo tiempo, carece de incentivos para esmerarse al máximo en ofrecer un servicio de calidad, pues nadie va a arrebatarle su posición privilegiada. En el caso del monopolio público de la fuerza la situación es más grave: las contribuciones son obligatorias (impuestos), por lo que el Estado puede fijar el "precio" que quiera a sus servicios sin que podamos abstenernos de pagar. Si a esto añadimos los problemas derivados de la imposibilidad del cálculo económico en un sector nacionalizado, tenemos como resultado un Estado mínimo que nos ofrece servicios de gendarmería de una calidad muy baja a cambio de impuestos demasiado altos.

Pero el Estado sigue siendo mínimo, ¿no? Sigue cumpliendo con las funciones que se le han encomendado y ninguna más. Sin embargo, su condición monopolística y la naturaleza coactiva y redistribucionista de los impuestos tiene ulteriores implicaciones.

El Estado mínimo carga impuestos a los ciudadanos. Como señala Robert Nozick en Anarquía, Estado y Utopía, los impuestos deberían ser redistributivos para compensar a quienes se fuerza a participar en el sistema. Aunque pudiéramos concebir un Estado mínimo que cobra a cada ciudadano exactamente lo que recibe en seguridad y justicia (una tasa), es dudoso que muchos minarquistas favorecieran la propuesta, pues la razón por la que defienden un Estado en primer lugar es porque consideran que la protección de los derechos individuales es un prerrequisito de la sociedad libre y debe ser "garantizada a todos", incluidos los menos pudientes. Teniendo en cuenta que la tasa sería además artificialmente elevada, por los motivos mencionados antes, la redistribución se antoja aún más necesaria para proveer servicios a aquellos que no pueden o no quieren permitírselo a ese precio.

Al legitimar los impuestos y la redistribución se abre la caja de pandora. Si es legítimo confiscar dinero a Juan para pagar la seguridad a Pedro, ¿por qué no es legítimo confiscar dinero a Roberto para pagar la sanidad, la pensión o el subsidio de desempleo a María? El argumento en contra de la redistribución queda muy debilitado. Si se tolera un poco para alguien, ¿por qué no un poco más para alguien más? Es razonable pensar que un número creciente de gente presionará para que se amplíe esa tolerancia en el margen.

En este contexto hay que tener en cuenta el efecto de la socialización de los costes. Los costes de un servicio público se socializan cuando lo sufragan todos, no únicamente el beneficiario. ¿Y a qué conduce la socialización de los costes? Imaginemos dos mesas en un restaurante de 20 personas cada una. En la primera los costes se socializan, esto es, las facturas individuales se sumarán y se dividirán por 20. En la segunda mesa los costes se internalizan: cada persona paga por lo que consume. ¿Qué mesa habrá gastado más al final de la comida? La primera, pues cada comensal piensa: "si pido un plato más caro no lo pagaré yo, pues el precio se reparte entre todos". Pero como todos piensan lo mismo, acaban pagando más.

En el contexto estatal los individuos tienden a despreciar los costes de que otros reclamen ayudas y prestaciones (pues se diluyen entre todos los contribuyentes) y al mismo tiempo tienden a codiciar las prebendas estatales (cuyos beneficios recoge en exclusividad el recipiente). El resultado no es otro que una demanda creciente de prestaciones por parte de la población, con el consiguiente aumento del gasto público. El caso de las regulaciones es análogo (protege o privilegia a unos grupos a expensas de los demás). Los individuos y colectivos se hallan ante el clásico dilema del prisionero: desde una perspectiva global todos estarían mejor si nadie solicitara prestaciones o regulaciones, pero desde el punto de vista de cada individuo o grupo en particular es beneficioso escaquearse y obtener una prestación o una regulación mientras el resto se abstiene de solicitarla. Como todos quieren ser el que se escaquea y nadie el que se queda atrás, todos acaban pidiendo prestaciones y regulaciones. Sin duda los principios éticos o la ideología de la gente puede ser un freno a estos impulsos, pero la cuestión sigue siendo que el Estado abre la posibilidad a la satisfacción de estos impulsos. Es la serpiente que introduce la tentación en el paraíso liberal.

Algunos minarquistas sostienen que el Estado puede limitarse de forma duradera a través de una constitución, separación de poderes etc. Pero como decía Anthony de Jasay, es como poner un cinturón de castidad a una doncella y dejar la llave al pie de la cama. Si es el propio Estado el que se pone los límites (a través del parlamento, el tribunal constitucional, etc.) puede modificarlos o reinterpretarlos cuando se vea empujado a ello. La historia de los Estados Unidos ilustra que el propósito y el significado original de una constitución cuasi-minarquista no resiste la presión del Estado por crecer y rebasar los límites que ésta impone.

Por tanto cabe preguntarse, ¿es el Estado mínimo una meta realista o utópica? A lo mejor vale la pena por poco que dure, o para comprobarlo. O quizás como paso previo a desmantelar el monopolio y tirar la llave por la ventana.

Los complementos monetarios

Fue Richard Page quien en 1826 expuso con más claridad el llamado "principio monetario", frontispicio de toda la Escuela Monetaria: "Sólo se da una situación saneada y bien regulada cuando no circula una cantidad numérica de papel superior a la que, de no existir éste, hubiese circulado de metales preciosos". Bajo estos presupuestos, parecía lógico que se mirara con desconfianza a los bancos, cuyo negocio consistía precisamente en crear "medios de pago" por encima de la cantidad de oro con la que contaban en reservas.

Frente al principio monetario fue John Fullarton quien en 1845 formuló el llamado "principio bancario" –más popularmente conocido como la ley del reflujo de Fullarton– al afirmar que: "Dado que los billetes de banco se emiten siempre como préstamos, cuando el préstamo vence se ha de devolver al banco la misma cantidad de billetes emitidos (…) El banquero sólo se ha de preocupar de que sean emitidos contra garantía de suficiente calidad y el reflujo y la emisión siempre se compensarán a largo plazo".

La escuela austriaca ha seguido de forma mayoritaria las conclusiones del principio monetario. De ahí, por ejemplo, que Mises hable de "sustitutos monetarios" para referirse a los billetes o a los depósitos bancarios: son medios de pago que se crean para cumplir las funciones que habría satisfecho el oro inmovilizado en sus reservas, pero no unas funciones nuevas y distintas a las del oro. Como mucho, si esos sustitutos monetarios tienen carácter fiduciario (no están respaldados por oro) generarán inflación, pero nunca riqueza.

Sin embargo, en mi opinión, los seguidores del principio monetario no se dan cuenta de que la única manera de saldar una deuda (esto es, de pagarla) no es sólo a través de la entrega de una cantidad de dinero, sino que, siguiendo a Henry Dunning Macleod, existen al menos tres formas adicionales:

  • La condonación: El acreedor exime del cumplimiento de la obligación al deudor.
  • La novación: El acreedor de una obligación acepta saldarla a través de la constitución de una nueva obligación a su favor modificando alguno de los términos de la antigua (ya sea la identidad del deudor, el contenido de la obligación o el vencimiento de la deuda).
  • La compensación: El acreedor de una obligación acepta saldarla a través de la cancelación de otra obligación de la que es parte deudora.

El dinero sólo sirve para saldar las obligaciones de contenido monetario a través de su cumplimiento estricto (esto es, entregando el deudor la cantidad de dinero pactada y recibiéndola el acreedor). Pero los otros tres mecanismos son medios de pago igualmente legítimos de saldarla y que pueden arbitrarse al margen del dinero.

Proponer que una sociedad restrinja sus medios de pago al dinero supone limitar sus posibilidades de coordinación. Y no olvidemos que el dinero es sólo uno de los mecanismos con los que evolutivamente se dota un sistema económico para coordinar a sus agentes, pero no tiene por qué ser el único.

Por este motivo, los mal llamados medios de pago fiduciarios (no respaldados 100% por dinero, aunque sí por otro tipo de bienes con mayor o menor liquidez) no vienen a cumplir necesariamente las funciones que habría cumplido éste y, por ello, resulta confuso y equivocado denominarlos sustitutos monetarios. Más adecuado sería llamarlos "complementos monetarios", ya que sin ellos numerosas transacciones no llegarían a producirse.

Por ejemplo, los comerciantes acudían a las ferias medievales con su mercancía pero sin prácticamente oro. Una vez allí, se desprendían de sus mercancías girando letras y adquirían otras mercancías endosando letras (novación de la deuda). Finalmente, cuando la feria concluía, se ponían todas las letras de cambio en común y los saldos netos se pagaban en oro (compensación y posterior entrega de dinero).

Es muy probable que estos centros empresariales nunca se hubiesen desarrollado, o al menos no en toda su extensión, en caso de que los comerciantes no hubiesen podido recurrir a estos complementos monetarios. Por un lado, cada comerciante debería haber acudido a la feria con más oro del que probablemente disponía (y del que realmente necesitaba, porque su intención en la feria no era vender su mercancía, sino utilizar su mercancía como medio de pago para comprar la mercancía de otro comerciante) y, por otro, transportar semejante cantidad de oro a tan largas distancias los convertía en presa fácil de los delincuentes, con el mayor riesgo empresarial que ello suponía.

Por este motivo, creo que la adhesión de la mayoría de los austriacos al principio monetario supone un grave error que debería ir corrigiéndose con el tiempo si es que queremos favorecer el avance de la ciencia económica. Probablemente por estar preocupados por combatir las supercherías inflacionistas de John Law –según las cuales el incremento de la cantidad de dinero en una sociedad es fuente de riqueza– hayan tendido a negar prácticamente cualquier contribución de los complementos monetarios al desarrollo económico. Pero si la única función de los bancos es hacer lo que habríamos hecho sin ellos, realmente se vuelven superfluos salvo por cuestiones de seguridad y comodidad.

Es cierto que la cantidad de factores productivos o de bienes de consumo no aumenta por el hecho de que se incrementen los medios de pago. De hecho, no estoy proponiendo que aceptemos acríticamente el principio bancario, ya que los completos monetarios pueden ser fuente de nuevas coordinaciones, pero también de fuertes descoordinaciones (ciclo económico).

Sin embargo, tampoco deberíamos descartar la utilidad de los complementos monetarios por el hecho de que su emisión en apariencia no dé lugar automáticamente a más bienes consumibles o invertibles. Al fin y al cabo, la ciencia económica, decía Mises:

No trata sobre cosas y objetos materiales; trata sobre los hombres, sus apreciaciones y, consecuentemente, sobre las acciones humanas que de aquéllas se derivan. Los bienes, mercancías, la riqueza y todas las demás nociones de la conducta, no son elementos de la naturaleza, sino elementos de la mente y de la conducta humana. Quien desee entrar en este segundo universo debe olvidarse del mundo exterior, centrando su atención en lo que significan las acciones que persiguen los hombres (…) La producción no es un hecho físico, natural y externo; al contrario, es un fenómeno intelectual y espiritual.

La riqueza se crea coordinando más o mejor los planes de los agentes económicos, y no obsesionándose con aumentar la cantidad de objetos físicos. Los clásicos creían que el dinero era un velo monetario porque al final todas las mercancías se intercambian por mercancías. Hoy sabemos que una sociedad basada en el trueque no realizaría ni mucho menos las mismas transacciones que una sociedad que cuente con la institución social del dinero. Y ello con independencia de que la cantidad de objetos físicos que puedan ser consumidos o invertidos no se incrementara automáticamente con la aparición del dinero.

Si somos conscientes de ello con respecto al dinero, ¿por qué nos negamos a admitirlo para el caso de los complementos monetarios? No, la inflación no se debe a que se emitan medios de pago no respaldados por dinero, sino a que esos medios de pago pretendan sustituir el rol que debería desempeñar el ahorro a la hora de financiar la inversión a largo plazo. La emisión de complementos monetarios puede engendrar nuevas divisiones del trabajo y gracias a ellas incrementar nuestro bienestar futuro, como en el caso de las ferias medievales (ya sea en forma de más bienes y servicios o por otras vías).

Todo lo cual nos remite, otra vez, a que la reserva fraccionaria es habitualmente sólo un caso particular –aunque tal vez el más importante– de un problema mucho más amplio y complejo para explicar el ciclo económico: la iliquidez de los agentes económicos y, en especial, del sistema bancario.

La gaya ciencia de Zapatero

El tal evento consistía en la alineación de dos liderazgos progresistas, una conjunción en tiempo y espacio de José Luis Rodríguez Zapatero y Barack Obama.

Superado el primer rubor, zarandeados por la asimilación, absurda, entre el baile elegante e inexorable de los planetas y el encuentro entre el garbo zumbón de Obama y el meneo robótico de Zapatero, rompimos todos a reír como niños, a mandíbula batiente. La Historia, dos veces y media centenaria del otro lado, y varias veces milenaria del nuestro, tampoco es que se fuera a revolver por el casto ayuntamiento de los dos líderes. Más y más pensamientos chocantes y absurdos, trufados de coñas y risas, corrían en las reuniones de trabajo, en los bares, en la calle, a costa del planetario encuentro de ambos dos, predicho por el oráculo pajínico.

Sí, ¡cuánto reímos entonces, ignorantes de nosotros! Porque es brava, atrevida y desenvuelta la ignorancia, quedamos todos en ridículo al pretender que era ella, la orácula, quien se había merecido la mofa, esta sí, de dimensiones astronómicas. Los ridículos fuimos nosotros, fue España entera. Porque no caímos en el significado profundo de sus palabras.

Este miércoles, el dirigente Zapatero, sin querer darse importancia, sin trompetas ni fanfarrias, ofreció todas las claves escondidas en la predicación de Pajín. En la sede de la ONU, la habitación más planetaria que nos permite esta vieja esfera, José Luis Rodríguez Zapatero proclamó a la rosa de los vientos que la actual crisis económica hunde sus raíces nada menos que en el cambio del clima.

Sí, señores. Aquél encuentro será planetario porque el discurso de Zapatero surge de las entrañas de la Tierra. Zapatero es el Zaratustra de la Gaya ciencia. O, más bien, de la Gaya teoría, que entiende que nuestro planeta es un ser vivo, con sus equilibrios internos y sus flujos constantes. Vivo y puñetero, como todos los demás. Y si se le toca la moral, se revuelve y nos atiza una crisis económica de Dios Padre y muy Señor Mío. Y así estamos.

¿Qué? ¿Entienden ahora lo del encuentro planetario?

Señor presidente, no lo haga

Señor presidente del Gobierno:

Hay vías alternativas: reduzca más el gasto, elimine ayudas a dictadores, a programas inútiles, a los actores, privatice las tierras del Estado devolviendo a la gente lo que fue suyo. Legalice las drogas y prostitución, abra mercados de verdad como el de la seguridad privada. Elimine burocracia para crear más empresas y que reporten más dinero. Detenga su plan belicista en Oriente Medio. Elimine funcionarios y cargos públicos. Elimine las subvenciones a los rentistas estatales como sindicatos, patronal, profesiones del paro, medios de comunicación, agricultores…

José Luis Rodriguez Zapatero. Presidente del Gobierno. Este no ha de ser el "Gobierno del uno". Si así es, como decía Étienne de La Boétie, será tiranía.

¡No lo haga, no suba los impuestos!

Seguridad jurídica en países del tercer mundo

Una de las características del sistema judicial de los primeros años de la Roma Republicana era el secreto con que se guardaban las leyes por parte de los representantes del patriciado. Éstas eran aplicadas con el máximo rigor sobre la plebe que cuya posibilidad de defensa quedaba seriamente mermada, al no conocer el sistema legal y, por tanto, si la acusación que se les formulaba estaba penalizada por la ley.

En el año 462 antes de Cristo, el tribuno de la plebe Cayo Terentilio Arsa sugirió la elaboración de un nuevo código legal y que éste fuese público, de forma que los plebeyos pudiesen conocerlo, obteniendo así un grado mayor de seguridad jurídica. Así éstos podrían saber las disposiciones legales, conocer si la acusación que se les formulaba obedecía a un quebrantamiento legal real o imaginario, defenderse y no les sorprendería la pena impuesta si fuesen declarados culpables. Tras una larga resistencia inicial por parte del patriciado, se inició un proceso legislativo que incluyó una visita a Grecia para conocer la Constitución de Solón, y que concluiría con la aprobación y promulgación de la llamada Ley Decemviral, también conocida como la Lex Duodecim Tabularum (Ley de las Doce Tablas). Éstas se inscribieron en planchas y se colocaron en el foro, donde cualquier persona podría conocerlas.

Este proceso de publicidad legal constituye una de las bases que sustentan la seguridad jurídica de prácticamente cualquier país. Hoy en día, al promulgarse una ley, ésta ha de ser publicada en distintos boletines o diarios oficiales, de forma que cualquier ciudadano que lo desee pueda consultarla.

No obstante, no en todas las zonas del mundo ocurre de igual forma. Es famosa la experiencia que Robert Guest relató sobre el transporte de cerveza en Camerún. Con el objetivo de investigar el transporte de la misma por la selva de dicho país, se montó en un camión que iba a realizar un trayecto de unos 600 kilómetros con dicha mercancía. En principio se preveía que el trayecto pudiese ser finalizado en tres cuartas partes de un día, pero, al final, su duración fue de cuatro días. Indudablemente las pésimas carreteras, el hundimiento de un puente y las lluvias influyeron en la demora. Sin embargo, según el protagonista, el principal problema lo constituyó el hecho de ser detenidos por controles de policía 47 veces, con una demora en cada uno de ellos comprendida entre los cinco minutos y las cuatro horas. En cada uno de los controles se iniciaba un exhaustivo proceso de inspección del vehículo y su documentación, a la par que se empezaba a hablar de la forma en que se les debía “compensar” por haber infringido la ley. El pasajero no cesaba de preguntarse el motivo de estos controles. En uno de los controles pudo saber el motivo real, cuando el policía no encontró ningún problema y se inventó que se había violado una norma sobre el transporte de pasajeros en camiones de cerveza. Cuando Robert Guest le interpela al creer que dicha norma no existe, el policía le pregunta que si tiene un arma. Al obtener una respuesta negativa le dice “Bueno, yo sí, así que yo sé las normas”.

Aunque, sobre el papel, es posible que estos países traten de observar las mismas formalidades que los denominados países desarrollados, con la publicación de sus leyes para que puedan ser conocidas, en la práctica dos policías, que no dejan de ser dos autoridades de un gobierno, pueden imponer su ley particular, no conocida y no recurrible, a cualquier particular. El ciudadano queda en una situación de indefensión absoluta, en el que sus derechos no existen, quedando en una situación no mejor que la de la antigua plebe romana.

Esta inseguridad jurídica constituye uno de los principales problemas de los países con menor grado de desarrollo, y que, sin duda alguna, influye en la situación en la que se encuentra gran parte de su población. Tratar de favorecer el desarrollo de estos países se vuelve misión casi imposible mientras que los gobiernos de dichos países no garanticen un mínimo nivel de seguridad jurídica. Esta inseguridad no sólo constituye una violación de los derechos fundamentales del individuo, sino que constituye una barrera muy fuerte para el desarrollo del país, al no tener el tráfico comercial unas normas claras y precisas sobre cómo llevarse a cabo y estar supeditado a la norma particular de, por ejemplo, un control policial.

Un economista llamado Zapatero

Zapatero, preclaro intelectualillo que confundía la progresividad con la regresividad fiscal y que supuestamente aprendió el contenido de una de las ciencias sociales más complejas que existen en apenas dos tardes, ha sentenciado ante la ONU, sin rubor alguno, que el cambio climático es una de las causas de la recesión.

¿Por qué? Pues no queda muy claro con sólo una frase tan seca y tajante. Al menos los delirios de Jevons tenían cierta relación con la realidad, pues el inglés pensaba que el tamaño de las manchas solares provocaba alteraciones en el clima que a su vez generaban malas cosechas, incrementos en los precios de los productos agrícolas y, a través de estos, crisis económicas.

Pero, ¿y Zapatero? El que está acumulando méritos para convertirse en el economista español más original del s. XXI no ha querido desarrollar su visionaria teoría. Lástima, nos quedaremos de momento con las ganas de descubrir cómo ha influido el cambio climático en la burbuja inmobiliaria: tal vez sea que la calor abochornara al bueno de Alan Greenspan y lo impulsara a favorecer una de las mayores expansiones crediticias de nuestra historia.

Tampoco llegaremos a entender cómo España, uno de los países más ecologistas del mundo, que se ha sumado a todas las iniciativas habidas y por haber en torno al cambio climático y que ha inundado con miles millones de euros a las eléctricas para promover el negociete de las energías renovables, es a la vez uno de los que más está sufriendo ­–y más va a sufrir– los achaques de esta crisis que nos trajo el cambio climático.

Curioso, por cierto, esto del ciclo económico. Algunas de las mentes más brillantes de la historia se han dejado las neuronas en redactar decenas de miles de páginas sobre el asunto, y nuestro insigne presidente, al que no se le conoce escrito alguno que no quepa en una servilleta de papel, lo ha zanjado en un par de frases.

Aunque, en realidad, más verosímil me parece la hipótesis de que Zapatero siga teniendo hoy los mismos conocimientos económicos y los mismos prejuicios ideológicos que antes de convertirse en discente del posteriormente defenestrado Sevilla. Lo que buscaba el presidente del Gobierno con tales malabarismos era justificar que esté aprovechándose de la crisis para promover todo tipo de leyes disparatadas –como la Ley de Crecimiento Sostenible– que en absoluto atacan las causas de la recesión ni favorecen la recuperación: nos inventamos un muñeco de paja que nos permita no tomar ni una decisión correcta pero sí bastantes catastróficas.

Al fin y al cabo, a Zapatero le importa bastante poco que los españoles salgan de la crisis en la que, en buena medida, su Gobierno nos ha metido. Como él mismo ha declarado: "Los intereses que tiene España para defender en Naciones Unidas es Naciones Unidas", véase: "una garantía de paz que atienda la salud en el mundo, la lucha contra la pobreza y ahora que atienda también la lucha por el cambio climático". Los españoles no tenemos intereses porque han sido sustituidos por los de Naciones Unidas, esto es, por la agenda izquierdista global que Zapatero lidera en nuestro país. Hay que acabar con la pobreza en el mundo mientras la vamos multiplicando en España. Cómo no habremos caído antes.

Suicidios en France Télécom

Pasaron los días, y se calmó el asunto. Parece que la oleada no era tal, y que la tasa de suicidios se mantenía en niveles similares a otros ejercicios, aunque de todas formas el Gobierno francés tomó cartas en el asunto, llamando a capítulo a Didier Lombart, presidente de la empresa.

Dios me libre de presumir las razones que pueden llevar a una persona a una decisión tan desesperada, pese a que los sindicatos de la compañía tienen claro que es por los traslados de los empleados que está realizando la misma. Pero, aprovechando que el Sena pasa por Paris, sí quiero realizar un par de reflexiones. Ambas se relacionan con el papel que se podría atribuir al Estado en esta oleada.

En primer lugar, France Télécom, como buen operador histórico, está sujeto a múltiples regulaciones por su gobierno. Y muchas de ellas tienen como consecuencia directa la reducción de sus ingresos. Una de las más recientes, por ejemplo, es la imposición de un nuevo impuesto para financiar a las televisiones públicas. Medida que, por cierto, ha tenido aquí su remedo.

Ocurre que, por mucho que no les guste a políticos y reguladores, cada reducción de ingresos impuesta de esta forma, exige una correlativa reducción en gastos para mantener el rendimiento. Y no porque lo quieran los jefazos del operador, sino porque lo quieren los accionistas e inversores, que no están dispuestos a sacrificar rentabilidad para su dinero. Si los directivos no responden de forma efectiva, la gente preferirá meter sus ahorros en otras empresas y en otros sectores, y entonces estará en riesgo el futuro de la compañía en su totalidad.

Y, en telecomunicaciones, la reducción de gastos se consigue casi siempre mediante "reestructuraciones" de personal. Así pues, cabe la posibilidad de que dicha medida, y los suicidios consecuentes, tengan más relación con estos ajustes forzados por el Estado que con los exigidos por el mercado en competencia.

En segundo lugar, France Télécom, también como buen operador histórico, ha sido durante gran parte de su historia un verdadero ministerio. De hecho, aún en la actualidad, el Gobierno francés tiene el 27% de las acciones, lo que le convierte en el principal accionista de la entidad.

Todo el que ha trabajado en una entidad más o menos pública sabe que las condiciones de su trabajo tienen poco que ver con su rendimiento o capacidad. Al contrario que en las entidades privadas, donde el empresario sufre en sus beneficios por los errores que cometa al respecto, en las entidades públicas invita el contribuyente. Y esto permite un cierto grado de flexibilidad a la hora de elegir gente por sus rendimientos (nótese la ironía, por favor). Por tanto, la gente se encuentra con que su carrera o su posición tras las reestructuraciones no tiene relación con su desempeño en el trabajo, como tendería a ocurrir en una empresa privada, sino con factores políticos sobre los que no tiene control.

A los empleados de France Télécom se les hurta en gran medida la posibilidad de influir en su propio destino. Decisiones arbitrarias del gobierno, sea en la regulación de su actividad o en el plano organizativo, están condicionando sus vidas. ¿Hay algo más desesperante que creer que no puedes hacer nada para influir sobre tu propio destino?

¿Neocones o neoprogres?

Pero hoy en día casi nadie se preocupa por el significado original del término "neoconservador" o "neocón", que se ha convertido en arma arrojadiza de la izquierda contra quienes no comulgan con sus ideas, especialmente los liberales. Algunos han reaccionado aceptando el epíteto como si fuera un piropo –declarándose liberales a fuer de neocones–, sin reparar en la grieta ideológica que separa el neoconservadurismo del liberalismo clásico. No en vano el grueso del movimiento liberal y muchos conservadores en Estados Unidos marcan claras distancias con los neoconservadores, a quienes acusan de haber traicionado los principios anti-estatistas y aislacionistas de la vieja derecha. El propio Kristol no se consideraba a sí mismo liberal, ¿por qué tendríamos que considerarnos neocones los liberales?

En el albur de la Segunda Guerra Mundial, Irving Kristol era de convicciones comunistas y se enfrentaba a la disyuntiva de cómo responder al pacto de Hitler y Stalin y a la ocupación de Europa por parte de dos regímenes totalitarios. El debate en el seno del principal grupo trotskista americano, el Socialist Workers Party, llevó a enfrentar a los trotskistas ortodoxos favorables a la Unión Soviética con los revisionistas, liderados por Max Shachtman y James Burnham. Esta segunda facción se escindió, Kristol se fue con ellos y otros le siguieron.

Kristol evolucionó a posiciones anti-comunistas, pero dentro de los parámetros de un progresismo centrista alineado con el Partido Demócrata. En 1965 fundó la revista The Public Interest, junto con Daniel Bell, que aglutinó a la que sería la primera generación de neoconservadores: Nathan Glazer, James Q. Wilson y Seymour Martin Lipset, entre otros. Norman Podhoretz, otro prominente neoconservador que venía de la izquierda, editaba por aquel entonces la revista Commentary.

Kristol acuñó la frase "un neoconservador es un progresista asaltado por la realidad". El economista Lester Thurow propuso una definición distinta: "un progresista asaltado por la realidad que decide no presentar cargos". El neoconservadurismo nació en parte como reacción al exceso de intervencionismo de la Great Society de Lyndon Johnson, pero en general se mostró complaciente con el Estado del Bienestar. Kristol señalaba en su libro Reflections of a Neoconservative que "un Estado del Bienestar, adecuadamente concebido, puede ser una parte integral de una sociedad conservadora". En su artículo The Neoconservative Persuasion, Kristol afirmaba que el crecimiento del Estado en el pasado siglo no produce alarma ni ansiedad a los neoconservadores, es visto como algo natural e inevitable. "Los ideales decimonónicos tan nítidamente expresados por Herbert Spencer en su The Man Versus the State son una excentricidad histórica". Calvin Coolidge y Barry Goldwater, probablemente el presidente y el presidenciable más liberales que ha tenido Estados Unidos en el siglo XX, no eran santos de su devoción. En materia de políticas sociales y culturales, Kristol apuntaba que los neoconservadores no son muy tradicionalistas pero encuentran más puntos en común con la derecha religiosa que con la derecha de corte liberal.

En política exterior, el principal objetivo de los neoconservadores durante la Guerra Fría era la eliminación del estalinismo, ahora enemigo mortal, por medios militares (algunos defendieron un ataque nuclear preventivo contra la Unión Soviética). Se distanciaron de Reagan en su segundo mandato porque se aproximó a Gorbachov. Es significativo que Kristol dijera que "para mí no hay ningún ‘después de la Guerra Fría’". Refleja el estado mental de "guerra permanente" en la que los neoconservadores parecen inmersos. Esta actitud agresiva en política internacional sería el rasgo definitorio del neoconservadurismo, que alcanzaría el cénit de su influencia durante la Administración de George W. Bush.

En contraste con el conservadurismo de la época de Robert Taft o el paleoconservadurismo actual, los neocones se caracterizan, pues, por defender una política exterior ambiciosa e idealista. Pero esta actitud no tiene raíces conservadoras sino progresistas. El movimiento progresista de finales del siglo XIX y principios del siglo XX simpatizaba con la expansión territorial y fue Woodrow Wilson el que inició la cruzada para "hacer un mundo seguro para la democracia". Como señala el historiador William Leuchtenburg, "pocas personas veían un conflicto entre las reformas sociales y democráticas en casa y la nueva misión imperialista". Eran dos caras de la misma moneda. La vieja derecha se oponía, en cambio, al intervencionismo militar ideológico, arguyendo que la guerra es la salud del Estado y el interés nacional exige una postura defensiva y prudente, no aventurista.

Justin Raimondo, una de las plumas más críticas con el neoconservadurismo, ha calificado la "revolución global por la democracia" de Bush de neo-trotskista, poniendo en relación el pasado de neoconservadores como Kristol y la visión de Trotsky sobre la necesidad de extender la revolución por el mundo en lugar de circunscribirla solo a Rusia. Quizás Raimondo se excede en su interpretación, pero su conclusión sí parece acertada: Irving Kristol y los demás neoconservadores contribuyeron a alejar el movimiento conservador de sus posiciones radicalmente anti-estatistas y a concentrarlo en torno a una actitud pro-activa en política exterior. Hay quienes se sentirán cómodos con este cambio, pero algunos preferimos el conservadurismo de antaño.

Música y revolución

Las últimas semanas anduvo medio mundo, y Cuba entera (tanto la del interior como esa formada por millones de seres humanos condenados al exilio), revuelto con el concierto de Juanes en la habanera Plaza de la Revolución. Sin embargo –más allá de los análisis, opiniones e interpretaciones que cada uno haga– la realidad es que este espectáculo no ha tenido ni va a tener ningún efecto real sobre la vida de los cubanos. Cuando ya se han apagado los focos, así como desconectado los altavoces, amplificadores y micrófonos, todo sigue igual en la mayor de las Antillas.

Sin embargo, hay otras actuaciones musicales que sí suponen una auténtica revolución. Cantantes como Gorki Águila, con su grupo punk Porno Para Ricardo, o el rapero rasta Raudel, "Eskuadrón Patriota", hacen de cada canción que interpretan ante otros o graban en un video una auténtica acción revolucionaria por la libertad. Gorki saltó a la fama fuera de la Isla hace algo más de un año, cuando fue detenido y posteriormente liberado por los sicarios del régimen castrista. Hoy difunde, por unos días en libertad y con la esperanza de que esa misma tiranía le permita volver a casa, su mensaje rebelde y gamberro por tierras de Estados Unidos. Raudel, el valiente músico hip-hop, nos manda el suyo a través de internet. No es menos rebelde, pero sí más desgarrador, que el del cantante de Porno para Ricardo.

Gorki Águila y "Eskuadrón Patriota" representan la resistencia contra la tiranía a través de la música. Ejercen la libertad de expresión con sus canciones, en un país donde decir lo que se piensa supone en la mayor parte de las ocasiones pena de prisión y todo tipo de represalias de diferente naturaleza. Desde dentro de Cuba decirle a Fidel Castro que "tú comes mucha minga, comandante", como hace el cantante de Porno para Ricardo, o proclamar que los cubanos "quieren gritar su dolor / pero no pueden / porque el terror impuesto / les arranca lo poco que tienen" y preguntarse "¿por qué reprimen al que libre quiera ser?", como rapea Raudel, exige mucho valor.

En Cuba están prohibidos todos los medios de comunicación que no pertenezcan al Estado o al Partido Comunista, que vienen a ser lo mismo, está vetado el uso de antenas parabólicas o las radios de onda corta para que no llegue la señal de radios y televisiones extranjeras, internet está sometido a un férreo control en los pocos sitios desde los que se permite conectarse. Todo eso son terribles ataques a la libertad de expresión. Pero también lo es que valientes cantantes como los protagonistas de este artículo no puedan cantar en público sin peligro a ser detenidos.

No vamos a valorar aquí el concierto de Juanes. No es el fin de este artículo. Tan sólo diremos que, con independencia de su objetivo y de su resultado, no supone un cambio en la naturaleza del régimen comunista. Como no lo supuso para el franquismo el hecho de que Los Beatles tocaran en Las Ventas. La verdadera revolución, la de la libertad, llegará a Cuba el día que en una céntrica plaza de La Habana se pueda levantar un escenario para que toquen Porno para Ricardo y "Eskuadrón Patriota".

Los últimos éxitos del periodismo disperso

John Nolte hace notar una contradicción sólo aparente: no ha sido la flagrante parcialidad de los principales medios norteamericanos lo que los está llevando a la ruina, ha sido la aparición de internet, la blogosfera y sus altavoces radiofónicos y televisivos (Fox News, prácticamente en exclusiva) los que están destruyendo la credibilidad de la prensa. Walter Duranty podía alabar a Stalin en las páginas del New York Times y recibir un Pulitzer; hoy posiblemente terminaría despedido y el director del diario habría dimitido para afrontar nuevos retos en cierto puesto burocrático de la compañía editora. La diferencia entre entonces y ahora es que existe un quinto poder con capacidad para ejercer de contrapeso al cuarto y denunciar sus abusos: el periodismo disperso.

No obstante, hay que hacer notar que por sí sola la blogosfera no puede hacer nada. Necesita de altavoces mayores. Dispone en muchos casos de información extraordinaria, de gran valor, pero perdida entre un mar de datos falsos, opiniones y poca capacidad de llegar al gran público. Sigue siendo necesario que un medio tradicional ejerza de altavoz; en concreto, una televisión nacional, que siguen siendo las principales fuentes informativas del ciudadano medio. Esa es la principal diferencia entre Estados Unidos y España: allí existe Fox News, aquí no; los posibles candidatos a convertirse en la Fox española son demasiado pequeños, tienen poco dinero y escasa audiencia. Mientras, la gente se sigue informando en TVE, Antena 3, Telecinco, Cuatro y La Sexta. No son precisamente los sitios donde uno esperaría encontrarse en horario de máxima audiencia a alguien como Glenn Beck.

Ha sido este periodista, quien por cierto entrevistó hace unos meses a Gabriel Calzada, quien parece haber encontrado la fórmula perfecta. En cierto modo se parece al mecanismo descrito por Eric S. Raymond en su ensayo La catedral y el bazar mediante el cual se desarrolla el software libre. Beck acude a su programa con información de interés que afecta negativamente al Gobierno o a los demócratas y pide colaboración; personas de todo el país se ponen a buscar con ahínco y terminan encontrando cosas que Beck jamás habría podido hallar por sí mismo.

Es lo que ha provocado la caída de Van Jones, el "zar" de Obama para impulsar la llamada economía verde y las energías renovables. Mientras la prensa hablaba más bien poco de él, como no fuera para ponerlo como una de las 100 personas más influyentes del mundo en la lista de Time y con artículo apologético del gran intelectual Leonardo DiCaprio, Beck lo denunció por ser comunista. Algo que aquí le daría caché, pero es que en Estados Unidos son raros y miran mal a quienes comparten ideas con los asesinos de más de 100 millones de seres humanos. A partir de ahí el periodismo disperso comenzó a actuar y pronto pudo poner un vídeo donde llamaba gilipollas a los republicanos e informar de que en 2004 firmó una petición donde se exigía una investigación a fondo del 11-S y en la que se acusaba a Bush de haber permitido a propósito los ataques.

El resultado fue la dimisión de Jones, algo impensable, por cierto, por estos lares. En vista del éxito, Beck ha repetido un par de veces más la jugada. Primero, emitiendo un reportaje con cámara oculta hecho por dos aficionados veinteañeros ataviados de chulo y puta, respectivamente, en el que se demostraba que en las oficinas de ACORN se incitaba al fraude fiscal y se hacía la vista gorda incluso ante la trata de blancas. Consecuencia: el Senado ha votado retirarles los fondos públicos a esta organización con la que trabajó Obama.

En segundo lugar, Beck publicó un vídeo sacado a la luz en un blog en el que la directora del National Endowment for the Arts –la agencia que subvenciona el arte en EEUU– animaba a los artistas a hacer propaganda a favor de Obama. Consecuencia: Yosi Sergant fue "recolocada".

Mientras tanto, la prensa se dedicaba a buscar todo lo posible sobre el yerno de Sarah Palin, que ya no tiene ningún cargo público. No es de extrañar que la confianza del público en la profesión haya bajado al 29 por cierto, la peor cifra desde que comenzaron a medirla. La culpa, sí, es de la blogosfera y Glenn Beck y el periodismo disperso todo. Pero especialmente de unos periodistas que, ante la certeza de que no podrían seguir saliéndose con la suya haciendo lo de siempre, decidieron intentarlo unos años más.