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La guerra de Afganistán (mentiras y gordas)

Parte de los equívocos sobre la legitimidad de las guerras actuales proceden de los elásticos principios consagrados en la carta de las Naciones Unidas para justificarlas. Así, ese embrión de Gobierno interestatal que pactaron las potencias vencedoras al final de la Segunda Guerra Mundial ampara, dentro de una escala de respuestas graduales, emprender las acciones militares "que sean necesarias para mantener o restablecer la paz y la seguridad internacionales", si los miembros del Consejo de Seguridad sancionan las infracciones de un estado como merecedoras de tal acción (Capítulo VII del Tratado de las Naciones Unidas). En consecuencia, de acuerdo a la teoría "positivista" del Derecho Internacional esas acciones quedan investidas de legitimidad por la naturaleza del órgano que las acuerda, por encima de otras consideraciones.

Bajo la farfolla del lenguaje diplomático se esconde, sin embargo, una realidad mucho más desagradable. Las llamadas operaciones de mantenimiento y restablecimiento de la paz comportan, de hecho, hacer la guerra contra el Estado que se identifica como agresor o peligroso infractor de la legalidad internacional; a no ser que sus dirigentes se plieguen (se rindan) a las exigencias planteadas en la resolución del Consejo de seguridad que habilita el uso de la fuerza. Las acciones militares, por muy perfeccionados que sean los medios empleados por los ejércitos, no permiten, a la hora de sembrar destrucción y muerte, discriminar totalmente los objetivos militares de la población civil. De esta manera, en todas las guerras habidas, con o sin refrendo del consejo de seguridad, los daños colaterales se consideran inevitables, incluso cuando las órdenes del mando político militar son escrupulosas y siguen los dictados de una guerra en principio "justa" (en los términos ya elaborados por los escolásticos españoles).

Por otro lado, ese marco jurídico internacional previó la formación de organizaciones de defensa regionales, así como que el consejo de seguridad pudiera encomendarles (Art. 53 de la Carta) las labores de mantenimiento de la paz y seguridad internacionales en sus ámbitos respectivos. Estos extremos nunca han sido aclarados por los dirigentes del PSOE posfranquistas que jugaron al "OTAN, de entrada no", para, una vez en el Gobierno, ganar un referéndum manipulado para no salir de la organización y, con el paso del tiempo, conseguir el nombramiento de Javier Solana Madariaga –uno de sus líderes– como secretario general. Ahí es nada.

Forma parte del contradictorio acerbo del derecho internacional público actual, asimismo, el deslizamiento hacia misiones con objetivos más ambiciosos que los perfilados en el propio tratado de las Naciones Unidas. Durante los años de "guerra fría" ese esquema se había mostrado inviable desde el momento que el imperio soviético luchaba por exportar su "revolución" y someter a sus dictados a buena parte de la humanidad. Después del colapso de la antigua URSS, la única superpotencia militar que quedó en el mundo –cuestión distinta es la evolución que ese status tenga en el futuro como resultado de múltiples factores– ha asumido el papel exclusivo de promoción de acciones de castigo y de intervención militar en distintas partes del mundo. Sin duda esto se debió en parte a los espeluznantes ataques terroristas del 11-S, pero encontramos antecedentes en la primera guerra del Golfo, después de la invasión de Kuwait por Irak, y la antigua Yugoslavia, tanto en Bosnia-Herzegovina como en Kosovo.

En cualquier caso, pese a las limitaciones de su ámbito geográfico, la OTAN obtuvo el mandato de varias resoluciones del consejo de seguridad para dirigir las fuerzas de seguridad internacional de ayuda (ISAF) al gobierno interino de Afganistán. Sucedía en la ocupación del país al fulminante derrocamiento del régimen de los talibanes por el ejército norteamericano, que esgrimió su derecho a la legítima defensa contra los terroristas de Al-Qaeda que perpetraron los ataques del 11 de septiembre de 2001 en su propio territorio. La cobertura, apoyo y refugio que ofrecía ese gobierno al grupo terrorista dirigido por Osama Bin Laden resultaba ostensible.

Dentro de ese contexto, resulta llamativo que no exista una conciencia generalizada entre los españoles de haber sido manipulados una vez más por las tretas sobre las relaciones internacionales con las que los agit-prop del PSOE han pavimentado sus ascensos al poder.

Catapultados al Gobierno tras los monstruosos y no esclarecidos atentados del 11 de marzo de 2004 en Madrid, desplegaron unos esfuerzos ímprobos por distinguir la guerra de Afganistán, y la participación de tropas españolas en ella, del conflicto de Irak. Como cabía esperar, no se trataba de una guerra, sino de una "misión de paz, auspiciada por la ONU" y la labor de las tropas españolas se reducía a la reconstrucción y la ayuda al pueblo afgano. El incidente del helicóptero Cougar en 2005, donde murieron 17 militares españoles, fue convenientemente despachado como accidente, sin que mediara una investigación seria.

No es ningún secreto que los políticos norteamericanos, incluido su presidente, coinciden en la necesidad de convencer a los aliados europeos para que aumenten sus contribuciones a misiones internacionales como la de Afganistán. El pasado mes de abril, después de la cumbre de la OTAN, confluyó el interés de los estrategas del PSOE por aprovechar los destellos de una reunión de Zapatero con el entonces rutilante Barack Obama con los planes de éste de sustituir fuerzas norteamericanas por europeas. Esto explica que el taimado inquilino de La Moncloa anunciase, a modo de presente para conseguir la ansiada entrevista, el envío de un batallón de 450 militares y una aportación de 9 millones de euros. Según sus propias palabras, volverían a España una vez terminado el proceso electoral del pasado mes de agosto, ya que "el Gobierno no es partidario de ampliar nuestro actual contingente de efectivos en Afganistán".

No obstante, ese ofrecimiento debió distar mucho de las expectativas norteamericanas. Aunque Obama concedió 45 minutos, elogios y un apretón de manos ante las cámaras al presidente del Gobierno español, a buen seguro dirigió algún mensaje más concreto, ya que al término de la entrevista el mandatario español se preguntaba, con una bobaliconería impropia de los inocentes, qué podía hacer por Obama.

Así estábamos, cuando, nada más celebrarse esas elecciones que pretextaron un aumento temporal de efectivos, se da cuenta de un suceso providencial. Al parecer, una compañía de soldados españoles se veía emboscada en un puerto de montaña por insurgentes y respondía al ataque causando la muerte de 13 talibanes, en un combate que se prolongaría durante "seis horas". Al contrario de lo que sucediera con otro precedente que causó heridas a un sargento, las tropas españolas habían salido ilesas del envite. Como si saltara un resorte, el pasado fin de semana los medios de comunicación ofrecieron emocionantes detalles, como aquel que precisaba que las tropas habían tenido tiempo de convencer a los aliados italianos para que cesaran sus ataques de apoyo con helicópteros cuando los forajidos se refugiaron en una aldea donde se mezclaron con la población civil.

Curiosamente, al tiempo que cundía una satisfacción poco contrastada, el Gobierno filtraba datos imprecisos sobre el número de los soldados que incrementarían el contingente desplegado, dando por supuesto que la decisión estaba ya tomada y no podía discutirse; ¿quién puede oponerse a reforzar la seguridad de las tropas?, venía a decirse falazmente.

Sin esperar mucho más, Zapatero comparecía en una emisora radiofónica para anunciar que era "probable que la ministra de Defensa plantee en el parlamento el envío de unos doscientos efectivos". Demostrando su doble juego, se apresuró a condenar un bombardeo protagonizado por tropas alemanas que causó la muerte de civiles el viernes y a lanzar el señuelo de que cuando le toque la presidencia rotatoria del Consejo europeo planteará una estrategia de salida de Afganistán.

Sin embargo, antes que nada, el presidente del gobierno debe dar cuenta en las Cortes sobre la misión que están desempeñando las tropas españolas en Afganistán; qué ocurrió en 2005 con el helicóptero Cougar y los demás incidentes y las razones por las que ahora considera "necesario" incrementar sus efectivos, después de haberse mostrado contrario hace solo cinco meses, cuando ya contemplaba como temporal la aportación de un batallón para contribuir a la seguridad de las elecciones que ya se han celebrado en el avispero afgano. El intento de despachar el asunto con una comparecencia de su ministra de defensa revela no solo la cobardía de este personaje, sino sus infinitas ganas de eludir sus responsabilidades por todos estos requiebros de su diplomacia secreta. Mientras no cumpla con esas obligaciones, el partido de la oposición tiene una gran oportunidad para no plegarse a la artillería propagandística gubernamental que, en curiosa finta, ahora pide guerra para defenderse "de los ataques de delincuentes, bandas organizadas, o talibanes". Esperemos que no acuda a socorrer al caudillito posmoderno de sus aliados parlamentarios. Cuando, al acabar la previsible sesión parlamentaria, se pregunte a los diputados si aprueban el envío de las tropas adicionales a Afganistán deberían contestar un resonante no.

La metedura de pata del PP

Krugman denunciaba la hipótesis de los mercados perfectos (en el sentido de que los precios de los activos reflejan en cada momento toda la información disponible), criticaba el poco análisis que en las universidades han recibido las burbujas financieras y las quiebras bancarias y ponía muy en duda que la política monetaria de los bancos centrales sea siempre una respuesta eficaz a las crisis.

En realidad, buena parte de lo sostenido por Krugman en ese artículo no es novedoso. Algunos llevamos años poniendo el dedo en esa llaga: la macroeconomía moderna está en bancarrota; y, como también dice el de Princeton, existe un temor generalizado a desviarse de una ortodoxia que, sin embargo, no sirve para describir la realidad ni, mucho menos, para predecirla. Como bien apunta, los economistas actuales han renunciado a la verdad a cambio de la elegancia matemática.

El problema de Krugman es que, sin darse cuenta, también comulga con esa teoría económica cuyo edificio ha colapsado y que debería haber perdido toda credibilidad con la crisis que estamos viviendo. Por supuesto, el estadounidense defiende un regreso a Keynes y a su Teoría General –¡como si alguna vez se hubieran marchado!– como la única alternativa posible al desaguisado; pero sólo un profundo desconocimiento de Keynes y, sobre todo, de las alternativas a sus ideas puede llevar a una conclusión tan disparatada.

Es completamente falso que los keynesianos fueran los únicos en no sumarse a la corriente mayoritaria de la economía al negarse a rendir culto a un mercado supuestamente perfecto. La Escuela Austriaca lleva mucho tiempo –desde mucho antes de que Keynes publicara su primer libro– criticando que las economías de mercado están sometidas a fuertes fluctuaciones –ciclos económicos– derivadas de la expansión crediticia insostenible que ejecutan con regularidad el sistema bancario y los bancos centrales; y jamás se ha sumado a conclusiones tan irreales como la de los mercados perfectos. Muy al contrario, sus teorías resaltan la pluralidad, complejidad y subjetividad de la información presente en el mercado, que provoca diferencias en los juicios empresariales de los agentes y los mueve al error. Los austriacos no creen que el mercado sea perfecto, sólo afirman que las limitaciones de información de todo empresario las padecen igualmente, pero corregidas y aumentadas, los políticos, por lo que no es cierto que los problemas de coordinación (crisis incluidas)  se puedan solucionar con una regulación centralizada y omnicomprensiva de los mercados.

Al fin y al cabo, los defensores de la hipótesis de los mercados perfectos son economistas encerrados en sus despachos de universidad que nunca se han puesto a invertir en él –y cuando lo han hecho se han arruinado, como ilustra la quiebra de Long Term Capital Management– y que por tanto lo desconocen casi todo de la realidad. Larry Summers los calificó con sorna como los ketchup economists, aquellos que creen haber descubierto El Dorado cuando comprueban que dos botellas de ketchup de 250 gramos valen lo mismo que una de 500.

Sin embargo, por mucho que se equivoquen los neoclásicos en que los mercados impersonales no se ajustan perfectamente mediante los precios, no deberíamos olvidar que los keynesianos no son más que sus hijos bastardos.

Del artículo de Krugman se desprenden dos ideas que perfectamente pueden encajar con su criticada ortodoxia, tal y como los nuevos keynesianos pretenden formularla. Krugman opina que si los mercados fueran perfectos, y si los bancos centrales pudieran dejar los tipos de interés por debajo de cero, las crisis económicas desaparecerían. Pero esta presunción sólo puede nacer de la incomprensión de los procesos de mercado. Las crisis no se producen porque los agentes sean en numerosas ocasiones irracionales, en el sentido del homo economicus (aun cuando probablemente lo sean), sino porque el sistema bancario falsifica las señales y los incentivos que se envían a esos agentes. Dicho de otra manera: aun cuando todo el mundo actuara con toda la información disponible y tratara de maximizar sus beneficios, se seguirían produciendo crisis económicas con regularidad, porque lo cierto es que las decisiones que se toman durante una burbuja especulativa son muchas veces racionales (todos aquellos que compraron un piso en 2004 y lo vendieron en 2006 salieron ganando, pese a que entraron en el mercado en medio de la mayor burbuja inmobiliaria de nuestra historia).

Precisamente porque el sistema bancario lleva a los agentes a tomar decisiones de inversión insostenibles a largo plazo, el reducir los tipos de interés, aunque sea por debajo de cero, no sirve para corregir esos errores. Lo cual encaja muy mal en la idea keynesiana, a la que regresa Krugman, de que las crisis se producen por un problema de demanda (por no haber demanda suficiente para contratar a todos los trabajadores que se están quedando en paro).

Pero esto es una visión incluso más reduccionista que la de la perfección de los mercados. El problema económico de España no es –y parece mentira que alguien lo crea así– que la gente ha dejado de comprar pisos a unos precios infladísimos. Las dificultades de España –y de Estados Unidos, y del resto del mundo– no consisten en que ya no estemos despilfarrando nuestros ahorros en inversiones que nadie deseaba y que, pese a ello, estaban copando porciones cada vez mayores de nuestro aparato productivo…

El auténtico problema es que nos hemos metido durante cinco años en una orgía de malas inversiones y nos hemos endeudado hasta las cejas. En este contexto, las restricciones de la demanda son sólo una manifestación (que no una causa) de nuestra delicada situación: España tiene ahora una economía adaptada para producir bienes y servicios que nadie demanda (por ejemplo, viviendas a precios estratosféricos). Pero ¿acaso la solución a una crisis puede consistir en obligar a la gente a consumir aquello que no desea por medio del gasto público?

No, la crisis no puede solucionarse abaratando el endeudamiento (tipos de interés negativos) o forzando el consumo. Precisamente las crisis son períodos en que el aparato productivo protesta (restringiendo la oferta y demanda de crédito y comprimiendo los márgenes de beneficios de las industrias más dependientes del endeudamiento) contra los intentos de los agentes económicos de consumir e invertir por encima de sus posibilidades.

La irracionalidad o el cortoplacismo de los especuladores no causa las crisis, tal y como piensa la escuela conductivista, y también la keynesiana. Los errores de inversión explican por qué Warren Buffett se ha convertido en el hombre más rico del mundo y, en cambio, un inversor de a pie es probable que acabe perdiendo en bolsa si no adopta una estrategia financiera. Pero esa irracionalidad no proporciona una explicación de los ciclos económicos, esto es, de las fases prolongadas y recurrentes de auges y depresiones.

Para ello no hay que mirar a Keynes, como pretende hacer Krugman, sino a la Escuela Austriaca. Keynes está tan equivocado como lo estuvo siempre, simplemente porque sus propuestas –incremento deficitario del gasto público– están equivocadas en lo teórico y, en lo práctica, condenadas al fracaso: sólo hay que estudiar el caso de Japón, el de Estados Unidos con Bush o incluso el de España ahora mismo para darse cuenta.

Sí, los ketchup economists de Summers se equivocaban, pero los keynesianos (y Larry Summers) también: dos botellas de 250 gramos de ketchup no tienen el mismo valor que una de 500 –aunque su precio pueda circunstancialmente coincidir–, por la misma razón que 100.000 botellas de 1 gramo no valen lo mismo que una botella de 100.000 gramos. El error no es anecdótico, porque ilustra que los keynesianos jamás entendieron por completo la teoría subjetiva del valor que desarrollara en 1871 Carl Menger. Sus ideas –y las de los neoclásicos– son de antes de que la economía se convirtiera en ciencia. En realidad, son lo que la alquimia a la química. Sin una buena teoría del valor no pueden entender el concepto de liquidez y sin el concepto de liquidez no pueden comprender los ciclos económicos.

No hay que regresar a los errores teóricos seculares que Keynes resucitó en los años 30. Los friedmanitas se equivocan en casi todo, pero los keynesianos lo hacen en todo… salvo en apuntar que los friedmanitas se equivocan en casi todo. Aciertan, pero por razones erróneas; las razones correctas se las podría proporcionar una riquísima literatura austriaca –con la que, no lo olvidemos, se formaron economistas que ellos mismos glorifican, como Schumpeter, Hicks o Morgerstern– si no se negaran a aprender economía.

El problema no es sólo que vayan a vivir en la ignorancia más supina toda su vida –es lo que tienen los fanáticos ciegos–, sino que nos van a arrastrar a los demás. Es hora de enterrar toda la macroeconomía universitaria –de Keynes a Friedman– y aprender algo de la escuela que, con mucha diferencia, más se acerca a la realidad: la de Menger, Böhm-Bawerk, Mises, Hayek, Lachmann, Fekete y Huerta de Soto. Una hora que no parecen dispuestos a que llegue, por lo mismo que dice Krugman sobre la ortodoxia: ¡qué difícil es reconocer que se ha estado 80 años completamente equivocado!

El colapso de la macroeconomía… y de Keynes

En lo que va de año, el precio del oro se ha incrementado un 13,6%. Su constante revalorización es una señal inequívoca del temor a una futura inflación como resultado de las inéditas políticas monetarias aplicadas por los bancos centrales para rescatar al sistema financiero internacional del "colapso".

El metal amarillo es el activo refugio por excelencia. El objetivo de todo inversor no sólo estriba en ganar dinero haciendo trabajar su capital sino, como mínimo, no perder poder adquisitivo, manteniendo en la medida de lo posible el valor de su inversión. Pues bien, la inflación es el gran enemigo del capitalismo. El miedo al aumento de precios o, lo que es lo mismo, la devaluación de la moneda, se refleja casi de forma automática mediante una subida en el precio del oro. Actúa a modo de chivato, como el canario enjaulado que se empleaba antaño en las minas de carbón para advertir de la existencia de gases tóxicos y mortales.

Y es que, el mismo día en que la onza de oro superaba la barrera psicológica de los 1.000 dólares, el dólar alcanzó su valor más bajo en lo que va de año. Así, el euro se revalorizó frente al dólar en el mercado de divisas de Fráncfort hasta marcar su nivel más alto desde diciembre de 2008. Hoy, la moneda europea se cambiaba a 1,4515 dólares.

En la dura crisis de los años 70, el oro llegó situarse en 850 dólares tras dispararse un 2.400%, en medio de un intenso aumento de precios. En la actualidad, el riesgo de que se reproduzca un proceso inflacionario en el futuro reside en el posible colapso del dólar, divisa sobre la que se sustenta el sistema monetario vigente desde el abandono de Bretton Woods, el último anclaje con el patrón oro.

Al carecer de respaldo real, el valor del dólar depende, en última instancia, de la capacidad del Tesoro de EEUU para colocar sus bonos y refinanciar su abultado endeudamiento. El Gobierno norteamericano y la Reserva Federal han puesto toda la carne en el asador con el fin de combatir la mayor crisis económica desde la Gran Depresión. Sin embargo, tales medidas de choque tienen graves efectos secundarios. El estallido de la deuda pública podría provocar el derrumbe del dólar.

Éste y no otro es el gran temor de China, principal acreedor de EEUU, desde hace meses. La monetización de deuda pública por parte de la Reserva Federal, empleando sus activos para comprar bonos del Tesoro, amenaza con desencadenar la caída del billete verde, por lo que China ha comenzado a reorientar su política de reservas en divisas extranjeras. El gigante asiático posee más de dos billones de dólares en bonos de EEUU.

Además de diversificar sus reservas en otras divisas, "el oro es definitivamente una alternativa, pero cuando compramos, el precio sube. Tenemos que hacerlo con cuidado para no estimular los mercados", según admitió recientemente un alto funcionario de la jerarquía comunista china.

El problema es que China tendría que adquirir el mismo volumen de deuda estadounidense que el pasado año para que el Tesoro pueda colocar su emisión de bonos. Si las autoridades de Pekín comienzan a desconfiar del dólar el riesgo de impago (default) dejará de ser una mera especulación para convertirse en la peor de las pesadillas.

Si el origen de la actual crisis estriba en la expansión del crédito propiciada por la Reserva Federal, las recetas monetarias aplicadas por estos mismos organismos podrían dar al traste con la ansiada recuperación económica que ha comenzado a propiciar el mercado tras el pinchazo de la burbuja inmobiliaria en EEUU.

No obstante, tal y como advierte el profesor Jesús Huerta de Soto, "a partir de que la economía norteamericana saliera de su última recesión en 1992, la Reserva Federal comenzó a orquestar una tremenda expansión crediticia que ha hecho crecer la masa monetaria en forma de billetes y depósitos (M3) a un ritmo próximo al 10% anual (lo que equivale a duplicar en cada periodo de 6 a 7 años el volumen total de dólares que circula en el mundo)". Tal expansión, materializada en la concesión de crédito fácil, provocó un grave desequilibrio en toda la estructura productiva, dando origen a las famosas burbujas de activos.

Sin embargo, dándole al borracho que ya empieza a sentir la resaca más alcohol, "las probabilidades de caer en un futuro no lejano en una grave recesión inflacionaria aumentarán exponencialmente (este es el error que se cometió tras el crash bursátil de 1987, que nos llevó a la inflación de finales de los ochenta y terminó en la grave recesión de 1990-1992)". Y, en este sentido, cabe recordar que es la recesión inflacionaria, y no la deflación, el peor de los mundos posibles. Es por esto, y no por otra causa, que los principales gobiernos planean no sólo reformar el sistema financiero sino también el sistema monetario internacional, ante su posible quiebra.

El canario en la mina de carbón

Lástima que probablemente no haya habido en el s. XX debate económico más encrespado que el de las causas de la crisis en el capitalismo.

Los economistas clásicos lo atribuían, no sin cierta razón, a la especulación desenfrenada en mercancías gracias a un crédito bancario excesivamente laxo. Los socialistas en general lo vinculaban a la anarquía productiva del capitalismo. Y los keynesianos pensaron que se debía a una intrínseca inestabilidad de los mercados financieros que terminaba provocando una crisis de demanda.

Ninguna de estas explicaciones, sin embargo, nos proporciona una auténtica y completa teoría del ciclo económico. ¿Lo sabe Obama? Lo dudo mucho. Entre otras cosas, porque estas demagógicas declaraciones se producen apenas unas semanas después de que el presidente estadounidense propusiera renovar a Ben Bernanke al frente de la Reserva Federal. Dicho de otra manera, Obama coloca al zorro al frente del gallinero y luego pretende terminar con la carnicería: adecuada postal de cuáles son sus conocimientos sobre economía y los ciclos económicos (no muy alejados a los de Zapatero, probablemente).

Los ciclos económicos, tal y como explica extensamente la Escuela Austriaca, son una consecuencia de una expansión desproporcionada del crédito bancario por encima del ahorro real de la sociedad. La inversión proviene del ahorro y el ahorro de la restricción del consumo; los bancos, sin embargo, permiten que se invierta sin que se deje de consumir, lo que eventualmente termina provocando el colapso de la pirámide de deuda que se ha construido.

¿Y cómo logran esto los bancos? Básicamente porque se endeudan a corto plazo (depósitos a la vista) e invierten a largo (hipotecas, préstamos empresariales, bonos…). Los depósitos a la vista (y la deuda a corto plazo en general) generan la ficción entre las familias de que tienen disponible su dinero y de que pueden seguir consumiendo antes de que maduren las inversiones que han realizado los bancos con su dinero. Con lo cual, durante un tiempo se invierte mucho más sin que se esté consumiendo mucho menos. Resultado: llega un momento en el que las inversiones no generan la renta suficiente como para amortizar toda la deuda viva y comienzan las liquidaciones y las reestructuraciones de las (malas) inversiones.

El problema que tienen los bancos es que si tienen mucha deuda a corto y muchas inversiones a largo, más pronto que tarde terminarían quebrando. Y aquí es donde entran los bancos centrales: gracias a su capacidad para crear medios de pago de curso forzoso –esto es, inflación– pueden proporcionar "liquidez" a los bancos privados que es´ten muy endeudados a corto plazo y así retrasar su quiebra. El resultado es el esperado: los bancos siguen endeudándose todavía más a corto plazo e invirtiendo a largo, distorsionando toda la economía.

Lo cierto es que las nocivas consecuencias de los bancos centrales pueden minorarse si al frente de la institución se sitúa una persona más o menos sensata y que conozca mínimamente los entresijos del negocio bancario, como Paul Volcker. Sin embargo, cuando ponemos al frente a un destemplado como Bernanke o a un Greenspan en sus años gañanes, las consecuencias pueden ser nefastas, como acabamos de comprobar: los bancos obtendrán tanta liquidez y tan barata como la necesiten para seguir inflando y distorsionando la economía.

¿Quiere terminar Obama con las burbujas? Pues que liberalice la banca y que no nos venga con la milonga de que el libre mercado genera ciclos económicos. Claro que dudo mucho de que lo haga; más bien parece que quiere llevar las burbujas a su redil. Ya sabe, cambiar para que todo siga igual.

¿Y para eso renueva a Bernanke?

Como acertadamente ha aclarado la presidenta de la comunidad de Madrid, que desde hace meses es la única política del PP que hace oposición, es el distintivo de quienes acabaron con la libertad de medio planeta y la vida de más de cien millones de seres humanos inocentes, por cierto Rubalcaba, la inmensa mayoría de ellos obreros. Conviene aclarar esta cuestión y ponerle cierto freno a la verborrea progresista, porque en caso contrario van a acabar convenciendo a las víctimas de la LOGSE de que el Gulag era un circuito de balnearios con spa en la costa siberiana para descanso y solaz de los trabajadores soviéticos.

El hecho de que los socialistas de pesebre sigan levantando el puñito al acabar sus performances proletarias, por tanto, no sólo es una patochada sarcástica, sino una ofensa a todos los seres humanos que han muerto asesinados por la ideología más nefasta que la Historia ha conocido, cuyo legado exaltan estos revolucionarios de Armani y visa oro.

Podemos entender que quieran rentabilizar las horas que han dedicado a aprenderse la letra de la internacional en el karaoke de la agrupación, pero eso no implica que los demás debamos aceptar sus gestos como una ofrenda a la libertad del género humano, sencillamente porque el socialismo es su antítesis más conseguida.

Y como la verdad es lo que más puede molestar a un progresista, los políticos del PSOE han reaccionado como doncellas ultrajadas cuando en el PP han comparado el gesto del puño en alto con el saludo fascista. En efecto, no hay apenas equivalencia, porque el socialismo internacionalista asesinó con mucha mayor eficacia y en mayor volumen que su hermano nacionalista; aproximadamente unas veinte veces más. Por tanto, equiparar a uno y otro no es una "indignidad", como sugiere Elena Valenciano. Es simplemente un error matemático.

Y el Gulag era un balneario

Eso sí, al mismo tiempo el partido proponía rebajar a 12 años la edad mínima para tener responsabilidades penales. Es decir, que puedes ir a un reformatorio –por llamarlo de algún modo que parezca punitivo– si cometes alguna de las múltiples barbaridades que actualmente cometen impunemente algunos niños, pero mientras juegas allí con la PlayStation 3 tendrás prohibido hacerte una cuenta en Tuenti.

Además, la alegre muchachada que quema comisarías en Pozuelo de Alarcón no podrá entrar en Facebook sin permiso de papá y mamá en caso de tener menos de dieciocho años. Eso sí, pueden tomar decisiones médicas de vida o muerte a partir de los dieciséis.

Está claro que el asunto de los menores de edad es algo en lo que difícilmente nos pondremos nunca de acuerdo, porque no puede resolverse en términos de lógica formal, de verdaderos o falsos, de ahora no y ahora sí. Una persona no puede ser completamente irresponsable y dependiente legalmente de sus tutores en todos los aspectos y al minuto siguiente pasar a ser una persona adulta, porque la realidad dista mucho de ser así. Vamos creciendo poco a poco en todos los sentidos y parece de sentido común que sea de la misma manera, gradualmente, la forma en que accedemos a la vida adulta para la Ley.

Este enfoque, aun siendo esencialmente correcto, no nos libra de problemas e incongruencias aun cuando lográramos eliminar el javierurrismo legislativo de considerar a los criminales jóvenes, sean menores o no, esencialmente como víctimas y no como lo que son, culpables; una idea grabada en piedra en la ley del menor. Es difícil trazar una línea, porque cada persona es única e irrepetible y accede a la madurez a su propio ritmo. El mismo proceso de aprobación de leyes llevará a que dependiendo de lo que piense la opinión pública en un momento determinado y de quien tiene la mayoría en las cámaras ese acceso a la edad adulta en determinados aspectos concretos sea antes o después. Así, podrían darse incongruencias como la posibilidad de que una cría de 16 años pueda decidir por su cuenta si aborta o no, pero no pueda votar, un acto con efectos sobre su futuro infinitamente menores.

Pero lo que no tiene sentido es que se piense, por un lado, que la irresponsabilidad legal de los menores se ha llevado demasiado lejos, como parece pensar el PP con su propuesta de reducción de la edad penal, y al mismo tiempo que acceder a una herramienta tan inocua en la mayor parte de los casos como son las redes sociales sea algo que debemos impedir a toda costa. Poco a poco, las redes sociales van formando parte de las relaciones entre personas tanto jóvenes como adultas. "¿Has visto el Feisbuc?" es una frase cada vez más repetida, que dependiendo de quién la pronuncie y de quién sea la persona a quien la dirige y el momento en que se dice significará cosas bien distintas. Hurtar a los menores por ley la posibilidad de acceder a ese mundo sería como prohibirles tener móvil, consola de videojuegos o acceso a internet; una intromisión en su presente y su futuro que sólo los padres –quienes los conocen de verdad– deberían poder hacer.

Ahora, según el muy conectado diputado Santiago Cervera , parece ser que todo ha sido un error de dar por bueno ante la prensa lo que era un borrador que no había sido aprobado ni previsiblemente lo iba a ser nunca. Es bueno saberlo, y mucho mejor ver a un político ensuciándose las manos en la blogosfera y reconocer un error. Aunque, claro, siempre sería mejor que no lo cometieran en primer lugar. El estigma de tecnófobos y represores que les ha salido será difícil de quitar.

Lógica, realidad y lenguaje

La formación intelectual de las personas suele incluir la lógica. Lo que es más raro es que la educación sea completa, de modo que los individuos que la utilizan sean conscientes de los límites de la aplicabilidad y del realismo de la lógica (sin necesidad de llegar a las complejidades metalógicas de los problemas de completud y consistencia). No saber argumentar lógicamente limita la competencia intelectual, pero también es muy peligroso creerse que se piensa de forma perfecta cuando en realidad no se comprenden las limitaciones de la herramienta que se está utilizando.

La lógica formal se refiere a asociaciones y operaciones mecánicas entre símbolos, es pura sintaxis. En la lógica proposicional (lógica de orden cero) algunos símbolos representan proposiciones a las que es posible asignar un valor de verdad (verdadero, falso), y otros símbolos son operaciones lógicas entre proposiciones (no, y, o). En la lógica de predicados (lógica de orden uno) las proposiciones se analizan como compuestas por elementos, propiedades y clases (una clase queda determinada por los elementos que comparten alguna propiedad), se añade el formalismo de la teoría de conjuntos (relaciones de pertenencia de elementos a conjuntos y operaciones de negación, unión e intersección), y los cuantificadores universal (para todo) y existencial (existe alguno). La lógica de predicados estudia así los rasgos universales más abstractos de las estructuras de clasificación.

La inteligencia humana intenta comprender la realidad categorizándola y expresando las clasificaciones construidas mediante el lenguaje. Pero la mente y el lenguaje natural son herramientas imperfectas que sólo pueden representar la realidad de forma parcial y problemática.

En la lógica formal clásica las respuestas son verdadero o falso, sin posibilidad de matices. Los límites de un conjunto son claros, exactos, infinitamente precisos (o se pertenece o no se pertenece, no hay zonas grises o gradaciones, dentro de una clase no hay diversidad o es irrelevante) y generalmente estáticos, inmutables. Cuando se enseña lógica se suele recurrir a ejemplos simples que no dan problemas, pero a menudo son irreales o inadecuados (las entidades geométricas son idealizaciones poco presentes en la realidad; parece claro que todo ser humano es hombre o mujer, pero en realidad no es así).

El racionalista ingenuo dispone de unos esquemas mentales que intenta forzar sobre la realidad para que encaje en ellos, en lugar de reconocer que la mente es una herramienta imperfecta de supervivencia en una realidad anterior a ella; además suele asumir que todas las personas comparten su misma clasificación o están equivocados. Las categorías del pensamiento son parcialmente innatas y universales a la especie humana (especialmente las más básicas y primitivas), pero muchos conceptos surgen culturalmente y su contenido puede variar de una persona a otra.

Las entidades y regularidades de la realidad a menudo tienen límites difusos y dinámicos y no existe una única forma posible de clasificarlas (distintos criterios de ordenación dan origen a ontologías diferentes con diversos rangos de validez o utilidad).

El lenguaje surge y evoluciona en un dominio consensual, necesita una historia común, una tradición compartida. En las instituciones evolutivas como el lenguaje y el derecho hay una tensión permanente entre la estabilidad y el cambio: necesitan una mínima estabilidad para servir como referencias útiles, pero si son inmutables no pueden evolucionar y adaptarse.

El lenguaje puede utilizarse para transmitir información y coordinar las interacciones humanas porque los hablantes comparten en gran medida un contexto cultural o trasfondo común: conocen con mayor o menor precisión a qué realidades se refieren los términos lingüísticos. Pero la concordancia no es perfecta, es posible que haya malentendidos bien intencionados, problemas de interpretaciones no equivalentes, que quizás puedan resolverse con más interacción comunicativa (también son posibles los intentos conscientes de fraude o uso abusivo del lenguaje, dando a entender una cosa de forma engañosa). Explicar y precisar no consiste en divagar de forma indefinida y dar infinitas explicaciones, el proceso de interacción comunicativa puede converger rápidamente si se produce entre personas inteligentes y con buena voluntad dispuestas a esforzarse para conseguir entenderse.

El lenguaje se refiere a la realidad, pero cuando el lenguaje existe forma parte de esa realidad, y puede referirse a sí mismo de forma recursiva. A partir de demostraciones ostensivas (relaciones directas entre términos y objetos o acciones) es posible avanzar en el conocimiento del lenguaje mediante definiciones (uso recursivo o autoreferencial de partes del lenguaje para referirse a otras partes del lenguaje).

Los memes que constituyen el lenguaje y compiten evolutivamente entre sí por el éxito reproductivo son valorados por sus portadores (si no lo hicieran tenderían a desaparecer): al individuo no le da igual cómo se utilice el lenguaje, e intenta que los demás compartan su vocabulario y semántica concretos. Pero no existe ninguna autoridad externa que determine los usos correctos del lenguaje y que formalice las relaciones entre términos y significados. Las asociaciones semánticas tienden a establecerse mediante ensayos (con aciertos y errores) de acoplamientos comunicativos, y tienden a triunfar en la medida en que son funcionales y permiten la coordinación social.

El racionalista esencialista ingenuo insiste en determinar lo que las cosas son, pero de lo que se trata en realidad en muchos problemas de relaciones humanas es de interpretar qué han querido hacer las partes en un acto comunicativo (subjetivismo praxeológico). La hermenéutica (la interpretación según el contexto y el uso) es esencial para la comprensión de los textos históricos (aunque a menudo se abusa de ella para proferir espectaculares disparates que demuestran que el lenguaje puede construir ficciones totalmente desconectadas de la realidad).

El lenguaje no es propiedad de nadie, ningún hablante tiene derecho a imponer a los demás cómo deben utilizarlo. No puede exigirse que un término se utilice hoy de una determinada manera simplemente porque se usó así en el pasado: quizás ese uso se ha perdido o no es el único posible en la actualidad. La etimología es interesante, pero el uso del lenguaje en el pasado no obliga a utilizarlo igual en el presente.

Durante el aprendizaje de un lenguaje (no sólo el lenguaje natural sino también el habla especializada de un determinado ámbito) el maestro enseña al aprendiz qué asociaciones existen entre términos y significados, y puede intentar transmitir sólo las que él considera válidas o reconocer honestamente que existen alternativas.

En algunos ámbitos, como el científico o las relaciones contractuales, es importante formalizar el lenguaje de forma rigurosa en la medida de lo posible: aclarar, especificar lo que se quiere decir, evitar las ambigüedades y los malentendidos. Son ámbitos donde se exige como mínimo consistencia interna, que dentro de una teoría o durante una relación contractual no se altere el significado y las relaciones entre los términos empleados. Pero esto no significa que sólo exista una forma correcta de utilización de dichos términos: diversas construcciones lingüísticas pueden utilizar las palabras de formas diferentes. La consistencia externa consiste en intentar unificar usos (o por lo menos compatibilizarlos y poder traducir entre diferentes interpretaciones).

La coherencia interna se refiere a que en una construcción lingüística no se altere el uso de las palabras, manteniendo un único significado de forma consistente. La coherencia externa se refiere a que el uso de las palabras en un sistema coincide con su utilización en otros sistemas por otras personas. La coherencia externa facilita la comunicación en ámbitos extensos pero no siempre es garantizable: diversas personas pueden insistir en asignar diferentes significados a los mismos términos sin ponerse de acuerdo.

Ni la realidad ni el lenguaje son estáticos y con límites perfectamente delimitados. Del mismo modo que un término puede no significar lo mismo para diversos hablantes en un momento dado, el mismo término puede cambiar de significado con el transcurso del tiempo, y un mismo significado puede expresarse con términos diferentes en momentos distintos. Las palabras y los significados son como etiquetas y cajas clasificadoras con sus contenidos: es posible que con el tiempo una misma etiqueta se refiera a una categoría diferente o que una misma categoría se identifique con una etiqueta distinta. Los cambios en etiquetas y contenidos pueden ser graduales o bruscos (algunos términos pueden llegar a significar no sólo versiones levemente diferentes sino incluso todo lo contrario de lo que significaban).

El lenguaje es una herramienta delicada y algunos racionalistas esencialistas lo usan con poca habilidad. Los límites bruscos y rígidos de la lógica parecen sugerir rigor intelectual pero a menudo reflejan falta de realismo y complejidad. Parte importante del lenguaje argumentativo no son inferencias o deducciones desde axiomas a teoremas sino aclaraciones, precisiones, matizaciones.

La hora en que se alumbró la libertad

Las declaraciones de Mas haciendo de menos a España y sus instituciones, y lanzando una amenaza imprecisa. ¿No es lo de siempre? Buceo por la actualidad dominical en busca de alguna noticia. ¿No vendrá el último día de la semana al rescate de este articulista huérfano de temas?

No. Hay que esperar al lunes. Lunes 7, a las 7 de la mañana, que es la hora de Federico, la hora de esRadio, la hora de esta casa y del periodismo. En ese preciso instante comienza el sueño que guardamos en un cajón, hace años, quienes aprendimos a hacernos ciudadanos con Antena 3 de Radio.

Es cierto, como dijo Jiménez Losantos a este periodista antes incluso de ejercer la profesión, que políticamente aquella Antena 3 no era políticamente lo que ha llegado a ser la COPE. Pero también lo es que consiguió hacer frente, hasta vencerle en desigual lid. Aquél "empate técnico" frente al "imperio del monopolio", cuando Prisa era un grupo poderoso y no un muerto viviente, nos llenó de orgullo a muchos. Y de miedo a muchos otros. Un miedo que acabó en el antenicidio.

La COPE tuvo la generosidad de salvarse a sí misma acogiendo a los profesionales de aquella casa. Estos años duros, todos lo son para la libertad, las ondas de la COPE nos han acogido a quienes todavía la queremos lo suficiente. Pero esa casa tenía un cuerpo y dos almas, y por algún lado tenía que deshacerse ese sin Dios.

Y el monstruo se rasgó por donde tenía que rasgarse. Por quienes están contra el poder sin más compromiso que el de la libertad y la verdad, dos querencias que por este rincón del Universo se unen inextricablemente al compromiso con España.

Ahora nace, desde un pequeño rincón de las ondas, el proyecto más auténtico de una vida volcada hacia la libertad, la suya y la de todos. Mucha suerte a los compañeros de esRadio.

¿Por qué la derecha pierde en todos los debates?

La dicotomía política se traduce en diversas contraposiciones según convenga en cada momento. La dirección de tamaña burla al sentido común queda, habitualmente, en manos de aquellos considerados a sí mismos "de izquierdas".

Conservadores y progresistas, con la amplitud de significados que pueden acoger sendos términos. Oportunistas y radicales, como quiso reducir M. N. Rothbard en alguna parte. Reaccionarios y vanguardistas, que viene a decir poco más o menos lo mismo pero guarda matices reveladores. La cuestión –y quizá la segunda distinción sea la más aséptica, pero no por ello acertada, de las tres descritas– es que izquierdistas y derechistas, dentro de sistemas políticos occidentales y contemporáneos, poseen un eje común que les inspira y acomoda: su manifiesta fe en el Estado.

Aunque sean igualmente estatistas cabe establecer una importante diferencia: el Estado de la derecha es paternal, no en un sentido tan tuitivo como el de la izquierda, sino desde la disciplina y la afirmación de la responsabilidad individual, si bien es cierto coincide en esencia y concretos desarrollos teóricos y prácticos con el Estado izquierdista. Éste, muy al contrario, resulta dulcificado (en su versión socialdemócrata) y asimilable a una actitud de impronta maternal, capaz de moralizar a través de valores colectivistas tan atávicos como contrarios a la sociedad abierta, consiguiendo ciudadanos dóciles en algunos aspectos, pero fuertemente indisciplinados en la mayoría.

Tras décadas de feroz intervencionismo la derecha política tuvo su pequeño despertar liberal en Occidente. En absoluto se trató de una auténtica revolución liberal. Sí de una cómoda asimilación de contadas consignas atribuibles al credo liberal. Con ellas se salió de la crisis en la que se vio inmerso el estatismo democrático del momento, dando la apariencia de más mercado cuando en realidad lo que se hizo fue variar el modelo de relaciones entre un Estado creciente con un mercado capaz de oxigenarlo y hacerlo ligeramente viable (a corto y medio plazo).

Frente a esta situación de cambio, en una época convulsa y muy adversa al discurso izquierdista clásico, los progresistas buscan nuevos horizontes demostrando una capacidad camaleónica inaudita en sus adversarios. Adoptan como propios, sin rasgarse las vestiduras ni revisar mitos, sofismas y burdas consignas que le son inherentes, los métodos de intervención y estatismo de la derecha, logrando acomodar su discurso a la demanda de moderación inspirada por la ciudadanía. El mercado se convierte en un servidor de causas de elevada estima y superioridad incuestionable, recuperando sin problemas la primacía moral e ideológica sobre el amplio espectro de la derecha política.

Dado que ninguna intervención queda sin descoordinación y efectos perniciosos y contrarios al fin originalmente perseguido, el estatismo de mercado de las dos últimas décadas acaba encallando en sus propias contradicciones y carencias intelectuales. La derecha recupera brío no tanto desde el impulso que una nueva apelación al liberalismo parece proporcionarle, sino de una suerte de pragmatismo directamente conectado con la eficacia misma de un sistema (la socialdemocracia occidental) entendido como insuperable y definitivo. "Hacerlo mejor", pero no cambiar lo malo, sencillamente dotar de soluciones más eficientes a los resquicios fundamentales del apego socialdemócrata compartido con la izquierda.

Desde el izquierdismo, con la rapidez de recuperación habitual, se retoma la iniciativa aceptando máximas como son la aparente liberalización de ciertos sectores, la bajada selectiva (y por ello engañosa) de ciertos impuestos, la apelación al mercado y la iniciativa privada como sinónimos de la excelencia económica de una nación…

Las razones de esta falta de auténtica confrontación en cuanto al modelo de intervención son las que siguen: izquierda y derecha son igualmente estatistas; desconocen los valores que hacen posible la sociedad abierta y dinámica que vivimos; y lo que es más importante, ignoran por completo los fundamentos teóricos elementales de la economía política más próxima a comprender la realidad social tal y como es, y no a través de formulaciones ad hoc y una metodología profundamente equivocada.

Es imposible que la derecha venza en un debate cualquiera en contraposición con lo que se viene denominando "ideario progresista", o mero izquierdismo. La superioridad moral de éstos arrastra hacia la pública contradicción a todo el que ose cuestionar propuestas, poses o concretas misiones políticas de izquierdas. La derecha tiende a tropezar en algún momento, por muy bien construido que llegue a estar su discurso. Coincidiendo en las taras intelectuales básicas parece virtualmente imposible mantener la firmeza ante determinados recursos dialécticos o tópicos y lugares comunes "políticamente correctos".

Derecha e izquierda coinciden, aunque los primeros lo hagan con disimulo, en que el intercambio libre y voluntario puede ser injusto, que suma cero porque siempre hay uno que gana contra otro que sale perdiendo; se dan la mano en la convicción de que la distribución de la riqueza puede ser objeto de corrección en pos de objetivos muy superiores al respeto de la propiedad legítima de los individuos; ambos está de acuerdo en que el Estado es inevitable, incluso deseable, como resorte o intermediario capaz de mejorar las circunstancias, promoverlas o regenerar situaciones de interacción; el Estado resulta incontrovertible, aunque como hemos visto su modelo varía, pero nunca en lo fundamental: su mera existencia y legitimidad de intervención y dominio sobre los individuos; también coinciden izquierdas y derechas en el ciego convencimiento de que es la demanda la que crea su propia oferta, y no al revés, siendo el consumo la base del crecimiento económico; de ahí que el Estado acabe por convertirse en un estimulador, en un justo redistribuidor, en un inversor y gastador eminente (con dinero ajeno, claro), único capaz de superar las miserias propias de los individuos; todos, absolutamente todos, a izquierda y a derecha, abogan por que el dinero sea una válvula de estímulo, que corra barato generando inflación; incapaces de afrontar grandes retos sociales se valen del inflacionismo como mejor método para rebajar salarios reales para estimular el empleo… o eso creen que consiguen.

La derecha pierde en los debates no porque carezca de sanos principios y valores adecuados (algunos desmadrados por simple complejo de resistencia), sino porque aun teniéndolos se ven afectados por su evidente estulticia económica. Incluso los mejores pensadores contemporáneos pertenecientes al orbe derechista acabaron y acaban frustrando maravillosas escaladas argumentativas. Todo gracias a un defecto teórico imperdonable en todo pensador social: el completo desconocimiento de una buena teoría económica. Es más, liberales reconocidos, presuntos economistas incluso, han terminado cayendo en el mismo error, sirviendo con sus postulados y posiciones ideológicas al que es el origen mismo de toda la perversión intelectual de la ha sido capaz de Hombre: la creencia en un Estado deseable o inevitable como requisito de la sociedad occidental, capitalista, abierta e individualista que a pesar de todo y de casi todos, disfrutamos. Al final, y al principio, todo debate entre izquierdistas y derechistas acaba por concentrarse en lo anecdótico, cuando no en la más terrible derrota de los mejores valores merced del gravísimo complejo intelectual que padece todo aquel que no se sienta de izquierdas.

Externalidades del futuro

Una actividad tiene externalidades negativas cuando perjudica a terceros que no participan en la transacción. La contaminación es un ejemplo de externalidad negativa. Normalmente el problema se solventa definiendo bien los derechos de propiedad, de modo que el que sufre la externalidad pueda exigir reparación por daños a su propiedad y el causante se vea obligado a internalizar esos costes en lugar de imponerlos a los demás. La mayoría de externalidades negativas se producen en espacios de titularidad pública, donde los derechos no están bien asignados y los usuarios actúan con dejadez o sobreexplotan el medio. La solución vuelve a ser la correcta definición de los derechos de propiedad, en este caso la privatización del espacio público.

Pero estos remedios pueden ser insuficientes o inadecuados si las externalidades son dispersas. Si no podemos aislar la causa e identificar al autor, no vamos a poder exigirle que internalice el coste de sus acciones. El calentamiento global de origen antropogénico plantearía un problema de este tipo. Asumiendo que sea consecuencia del CO2 de nuestras fábricas y coches, medir la contribución de cada persona al cambio climático es una tarea inviable. Las externalidades están dispersas entre miles de millones de individuos y no hay modo de establecer un nexo causal entre un "agresor" particular y una "agresión" concreta. Es imposible definir un derecho de propiedad que otorgue a las (futuras) víctimas de la externalidad un poder de veto sobre el uso de la energía en los hogares occidentales. Si éticamente la cuestión es difícil de abordar, en la práctica no hay razón para hacerlo: el coste de mitigar el cambio climático probablemente es muy superior al de adaptarse a él. A veces es más fácil aprender a convivir con la externalidad (y anular sus efectos mediante acumulación de riqueza y desarrollo tecnológico) que combatirla.

El futuro, no obstante, quizás nos depare externalidades más difíciles de acomodar. David Friedman, en su excelente libro Future Imperfect. Technology and Freedom in an Uncertain World, combina ciencia, economía, derecho y piscología evolucionista con unas buenas dosis de especulación para presentarnos un repertorio de posibles tecnologías que podrían hacer nuestra vida mucho más placentera en el próximo siglo, pero que también tienen el potencial de barrer a la especie humana del planeta. El progreso tecnológico aumenta nuestra capacidad de hacer cosas y amplifica el efecto de nuestras acciones. En la actualidad los derechos de propiedad y la coordinación descentralizada funcionan porque los efectos de nuestras acciones se circunscriben básicamente a nuestra propiedad y a la propiedad de aquellos con quienes hacemos transacciones. Pero si las tecnologías futuras amplifican los efectos de nuestras acciones de forma que trasciendan los límites de nuestra propiedad, la coordinación descentralizada puede verse menoscabada.

Friedman se refiere a los potenciales peligros de la biotecnología, la nanotecnología y la inteligencia artificial. La biotecnología puede facilitar el diseño de plagas que sean letales para la humanidad o para un determinado grupo humano. La nanotecnología haría posible la creación de máquinas de tamaño molecular capaces de auto-reproducirse que podrían ser empleadas con fines destructivos. También podría llegar a provocar lo que se conoce como la "plaga gris": máquinas ensambladoras de dimensiones moleculares que producirían copias de sí mismas descontroladamente y acabarían consumiendo toda la materia de la biosfera. En cuanto a la inteligencia artificial, si llega a descubrirse y la ley de Moore sigue siendo aplicable (las computadoras doblan su capacidad cada uno o dos años), en pocas décadas seríamos como chimpancés o roedores para las máquinas y nuestra suerte dependería de que les gustaran las mascotas.

Este es el escenario más pesimista, pero las mismas tecnologías y muchas otras tienen también el potencial de mejorar extraordinariamente nuestra calidad de vida. La biotecnología podría erradicar las enfermedades genéticas y otras taras de nacimiento, así como elevar el coeficiente intelectual de nuestra especie. La nanotecnología podría utilizarse para reparar nuestros tejidos o crear máquinas que multipliquen exponencialmente nuestra productividad. La inteligencia artificial podría integrarse en el cuerpo humano. Nos aprovecharíamos de sus ventajas y estaríamos a su mismo nivel, sin riesgo de convertirnos en mascotas o esclavos.

Si algunas tecnologías amplían el alcance de la acción humana, otras como la encriptación o la realidad virtual limitan el efecto de las acciones de los demás. En la realidad virtual no puede haber agresiones físicas, y el desarrollo de la encriptación protegería nuestras transacciones y nuestra identidad. Las externalidades en este contexto quedarían desterradas.

Al considerar los riesgos de las futuras tecnologías debemos tener en cuenta que la prohibición puede que no sea siquiera una opción. Este tren, como dice Friedman, no va equipado con frenos. La mayoría de tecnologías pueden desarrollarse localmente y utilizarse globalmente. La presión para aprovecharse de ellas una vez inventadas por alguien es demasiado irresistible. La disyuntiva es, por tanto, entre permitir el desarrollo libre de las tecnologías o intentar regularlo y dirigirlo desde el Estado.

Aunque fuera posible restringir una tecnología con el potencial de generar devastadoras externalidades negativas, no está claro que debamos hacerlo. En nuestro afán por evitar una plaga podríamos estar prohibiendo numerosas curas. Si la nanotecnología se investigara solo en laboratorios del Gobierno seguramente acabaría teniendo aplicaciones militares y los Estados no tienen un historial muy limpio en materia de derechos humanos. Los laboratorios privados, en cambio, estarían enfocados a servir a los consumidores y serían más eficientes diseñando protecciones contra amenazas nanotecnológicas o biotecnológicas que pudieran crear grupos terroristas o lunáticos solitarios.

Sea como fuere, es una paradoja curiosa que el libre mercado y el desarrollo tecnológico que sostienen nuestro bienestar presente tengan al mismo tiempo el potencial de facilitar nuestra destrucción futura. Supongo que vale la pena correr el riesgo, y aunque no lo valga me temo que este tren no tiene frenos.