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12, 18, Tuenti

Viene a cuento de la noticia de que el Partido Popular, en esa carrera sin frenos para perder las próximas elecciones, quiere prohibir el uso de redes sociales a los menores de 18 años, mientras que propone rebajar la edad penal a los doce años. Aquí se avecinan, en infeliz ayuntamiento, varios errores.

El primero es del diario El País. Una cosa es la consideración de que un comportamiento es delictivo para una persona de 12 años y otra muy distinta es la cuestión de la pena que se le deba imponer por su comportamiento delictivo. Un homicidio podría ser un delito para un chaval de 12 años y para un ministro. Pero ello no quiere decir que, por el mismo delito, tengan que cumplir la misma pena. Es decir, que a los menores de determinada edad se les puede enviar a centros especializados en personas de esas edades sin necesidad de que compartan patio con los mayores de edad.

El Partido Popular, quizá porque no es un diario global en español, que eso condiciona mucho, es capaz de entender esta distinción tan inmediata. Pero comete otros errores. El primero de ellos es no ponerle la correa al perro que llevan dentro. Se les escapa de la caseta, y claro, se pone a ladrar moralinas a izquierda y derecha. ¡Qué paternalismo! ¿Era PP o Papá? No quieren que nuestros menores se salgan del buen camino por unos minutos de ver fotos indecentes en Tuenti o responder encuestas estúpidas en el Facebook.

Quizá haya algún espíritu sensible que, no cumplidos los 18 años, necesite cierto control para no caer a un oscuro pozo de bits, pero quien debe tomar esa decisión no es el PP y el Estado cuando lo ocupen. ¡Son sus padres! La propuesta del PP consiste en exigir, precisamente, una autorización paterna. Pero dentro del derecho de los padres está también el de decidir si ejercen ese control o no, y en caso de que lo hagan, el modo de hacerlo.

Llevan años ya defendiendo el derecho de los padres a objetar por el contenido de la asignatura Educación para la Ciudadanía y ahora abandonan los derechos de los púberes y de sus progenitores para cambiar de bando: quien toma aquí la decisión es el Estado.

Por no creer, esta derecha descreída no se cree ni a sí misma.

A ver si vamos a estar en guerra…

A los votantes socialistas en general, y a los referentes progresistas en particular, les pareció muy sensata esa diferencia esbozada por el presidente, por lo que las algaradas callejeras y los ataques a las sedes del PP sin que ese Gobierno hubiera enviado un soldado a la guerra, han desaparecido milagrosamente ahora que participamos en una operación de envergadura en la que mueren civiles a cascoporro. Las portadas de la prensa española mostrando los cuerpos mutilados de niños y ancianos iraquíes tampoco han tenido continuidad ahora que estamos un poquito más hacia el este, participando en una operación exactamente igual, pero esta vez con tropas sobre el terreno.

Zapatero afirmó que estamos en Afganistán en son de paz, pero asombrosamente los talibanes no arrojan al paso de nuestros soldados ramilletes de clavellinas (o de amapolas opiáceas, que es la variedad más popular en la zona y para el caso es lo mismo), sino unos pepinazos muy escasos de talante.

Total, que a pesar de los esfuerzos de Zapatero, el silencio lanar de "las gentes de la cultura" y el papelón de Karma Chacón, hay ciertas sospechas de que lo que está ocurriendo en Afganistán tiene poco que ver con el cuadro pacifista que todos ellos dibujan cada vez que tocan el tema. Las evidencias de que estamos participando en una guerra eran ya nítidas antes de que Zapatero enviara tropas a suelo afgano y unos meses más tarde las incrementara para "ayudar a Obama", pero tras la reciente ofensiva talibán en la zona asignada a España es probable que hasta Leire Pajín tenga que reconocer que paz, paz, lo que se dice de paz, la misión española tiene muy poco. Y cuesta entender esos reparos permanentes a llamar a las cosas por su nombre, porque bien sabemos todos que ningún progre se va a echar a la calle o a dar un balido más alto que otro ocurra lo que ocurra en Afganistán. Su objetivo en todo momento fue echar a Aznar del poder, y eso ya lo consiguieron hace cinco años.

Los que peor quedan en todo este asunto son nuestros soldados, obligados a matar enemigos y repeler continuos ataques en esa misión de paz tan rara que les ha encomendado Zapatero. El ex ministro de Defensa, Pepe Bono, dijo en su día que prefería morir a matar, pero afortunadamente las tropas españolas tienen una opinión distinta sobre lo que se debe hacer cuando una horda multiculturalista reacia a aliarse civilizatoriamente con nosotros te ataca con helicópteros, morteros y fusiles de asalto. O Zapatero y Moratinos consiguen pronto el milagro ecuménico de aliarnos con los talibanes, o muy pronto no habrá pirueta léxica que disfrace la realidad elemental de que estamos participando en una guerra. Y encima promovida por los Estados Unidos de Norteamérica.

Un privilegio de Google

Sin duda alguna, en su sede central están orgullosos de que el Gobierno de los Estados Unidos –y, en virtud de numerosos acuerdos, los de muchos otros países– reconozca a esta empresa como la legítima propietaria de una idea concreta. La "genialidad" en cuestión de la que ahora son amos y señores no es otra que poner una caja para introducir texto y dos botones debajo sobre un fondo blanco.

Al margen de ese "orgullo y satisfacción", que diría el suegro de la hermana de la nueva enchufada por el PSC-PSOE de Barcelona, poco más han logrado con todo ese esfuerzo. Un esfuerzo que seguramente les ha costado además buenas cifras de dinero para pagar abogados y otros profesionales. En términos de beneficio reales para Google, es difícil imaginar alguno. Han logrado que algunos buscadores de menor importancia vayan a dejar de copiar su formato, pero eso no tiene ninguna importancia real. Nadie, o casi nadie, iba a confundir a esos pequeños rivales con el gigante de las búsquedas.

Lo que sí encuentro son problemas a este empeño. Cada vez quedaban menos internautas que se creyeran el Don’t be evil del que hace gala el mayor buscador del mundo. Los motivos son múltiples. En mi caso, como con muchos otros gigantes de internet, su disposición a colaborar con la censura de la dictadura china. Ahora dan una razón más. Han demostrado ser tan voraces como otros, por ejemplo Microsoft, en la cuestión de las patentes. Y esto es algo que disgusta a millones de personas muy implicadas en asuntos de internet o de informática en general.

Mientras tecleo estas líneas me rebelo mentalmente, una vez más, contra esa ficción jurídica llamada propiedad intelectual y todos sus derivados. En nombre de la supuesta posesión por parte de Google de una idea, se priva a cualquier diseñador de sitios web de usar libremente su propiedad. Nadie podrá crear, con su propio ordenador, una página similar para alojarla en un servidor que sea suyo. En este caso no es realmente grave, seguro que con una mínima modificación (tal vez un tercer botón) ya no se viola la patente. Sin embargo, es un buen ejemplo.

La propiedad intelectual no sólo es un lastre al desarrollo humano, al dificultar la difusión de ideas o conocimientos. Es, además, un atentado contra la propiedad privada y la libertad de terceros. Resulta triste que algo inventado hace cuatro siglos como un privilegio para favorecer a los mimados por reyes y similares se haya terminado aceptando como algo justo.

¿Subir impuestos? Ni razonable, ni obligado, ni solidario

Durante meses, los adalides del déficit público han estado repitiendo que no importaba descuadrar las cuentas porque, en una situación en la que no había inversión privada, la expansión del gasto público no tendría efecto expulsión.

Cuando la cuerda del déficit llega a su fin sin haber conseguido ningún resultado meritorio, los mismos que antes nos vendían el gasto público como solución, buscan ahora en la subida del Impuesto sobre las rentas patrimoniales una solución a los desperfectos de su anterior “solución”. Sin embargo, hay motivos sobrados para pensar que la nueva medida afectará a las inversiones, el empleo y las posibilidades de salir de la crisis.

Esta subida impositiva es una nueva vuelta de tuerca al ahorro, que sigue a la realizada hace apenas dos años por el Gobierno socialista. Recuerden que entonces no sólo subió el gravamen del 15% a 18%, sino que además reinstauró la injusta doble imposición a los dividendos al gravar primero el beneficio empresarial con el impuesto de sociedades y, después, el reparto del mismo ya gravado nuevamente con el Impuesto sobre la Renta.

El Gobierno parece estar convencido de que, con tal de no tocar el Impuesto de Sociedades, su subida de impuestos no afectará al tejido empresarial ni al trabajo. Se equivoca y mucho.

La reducción de la tasa esperada de retorno que conlleva la subida de Zapatero desincentivará un buen número de inversiones nacionales, al tiempo que gran parte de los inversores extranjeros huirá de nuestro infierno fiscal hacia lugares donde el tratamiento de las ganancias patrimoniales sea más templado.

El error garrafal está en pensar que la riqueza que se genera, así como la cantidad y la localización del capital que se invierte o el número de sueldos y salarios que se pagan, son algo independiente de los impuestos al ahorro y a la inversión que ponga el Gobierno.

En el contexto de falta de liquidez y menoscabo de capital que viven muchas empresas españolas, la subida del impuesto sobre las ganancias patrimoniales es una de las medidas menos razonables que quepa adoptar. Este impuesto grava la productividad, la reinversión y la acumulación de capital en el preciso instante en el que necesitamos de las tres como agua en el desierto.

Las empresas viables pero con problemas necesitan ahorro para recapitalizarse, y para que esto sea posible hace falta mimar el ahorro en vez de maltratarlo.

De lo contrario, las empresas subcapitalizadas que acudan a ampliaciones de capital sólo podrán ofrecer la siguiente alternativa: si la operación sale mal el inversor lo pierde todo mientras que si sale bien, Hacienda se queda con una buena tajada del premio. Poniendo esa espada de Damocles sobre los inversores sólo cabe esperar como resultado el alargamiento de la crisis.

Innovación

Por otro lado, esta medida miope dinamitará la ansiada creación de empleo a través de un cambio de modelo productivo. Y es que los proyectos de inversión más afectados serán aquellos más innovadores, que combinan elevadas posibilidades de pérdidas con la posibilidad de obtener beneficios extraordinarios. El crecimiento económico basado en la innovación no se consigue regando institutos científicos y universidades con dinero público.

Por mucha innovación que fomenten las subvenciones, si no hay empresarios que conviertan esos descubrimientos en productos con demanda real no habrá cambio de modelo productivo. En la Unión Soviética había mucha investigación pública, pero a nadie en su sano juicio se le ocurriría decir que lo que había detrás del telón de acero era una sociedad dinámica e innovadora.

Las grandes plusvalías son la zanahoria que orientan e incentivan cambios viables en el modelo productivo, y el Gobierno, ajeno a esta realidad, pretende agarrar las zanahorias para tapar agujeros y dejar ingenuamente el motor del cambio en manos de subvenciones a entes que, a menudo, sólo sirven para mantener sus propias estructuras burocráticas.

España necesita cientos de miles de start-ups para generar empleo en cantidad y cambiar el modelo productivo. Pero estas empresas siempre parten con capital familiar, o del círculo más cercano, constituyendo ahorro y luego arriesgando parte del patrimonio.

Las que logren el favor del consumidor podrán desarrollar el proyecto gracias a ángeles inversores, al venture capital, a los fondos capital riesgo y, eventualmente, a la colocación en bolsa. Pero, de nuevo, todo este dinero para invertir sólo será atraído por la zanahoria de las grandes plusvalías porque los riesgos de pérdida son enormes.

Generar empleo sostenible gravando las rentas del ahorro y las plusvalías es una misión imposible. Con esta política, la creación de empleo quedará fiada sólo al déficit público. Eso fue precisamente lo que intentó Roosevelt tras la Crisis del 29 y el resultado fue que, tras diez años de alocado déficit, EEUU tuvo un paro medio del 18.6%.

Por más que hayan pasado setenta años, las leyes económicas siguen siendo las mismas y el Gobierno debería abstenerse de emular al presidente que más tiempo a su país mantuvo en una Gran Depresión.

Falsa solidaridad

Una subida de impuestos nunca puede ser considerada una medida solidaria y, en este caso, posiblemente menos aún que en otros. Elevar los impuestos de las rentas del capital (a los ahorros invertidos para entendernos) no ayudará a mejorar las rentas del trabajo.

Las retribuciones de los trabajadores dependen de la cantidad de capital que se haya acumulado para ayudar al trabajo en su esfuerzo productivo y del espíritu empresarial para dar forma, organizar y dirigir todo ello. En este sentido, la subida de impuestos que planea el Gobierno sólo puede reducir la productividad y las rentas laborales. Por último, pero no por ello menos importante, las rentas del ahorro y las plusvalías fruto de las ventas de elementos patrimoniales son el complemento de muchas familias, personas mayores y personas con dificultades para llegar a fin de mes sólo con su pensión, su subsidio o, si son afortunados, su sueldo. La solidaridad no puede consistir en quitarles aún más a estos millones de ahorradores para mantener planes de expansión del gasto público que, con demasiada frecuencia, se materializan en un consumo superfluo y que, en todo caso, no sirven para gastar en lo que esas familias o esos pensionistas hubieran querido y consideran más urgentes para salir de su situación económica.

El Gobierno se ha metido solito en este entuerto. Nadie le obligó a elevar el gasto público ni a incurrir en un rampante déficit cuando la población hacía justo lo contrario apretándose el cinturón. Creyó a pies juntillas en la falacia keynesiana que confía en que el gasto de los recursos por parte de políticos y burócratas con cargo a las rentas futuras de la ciudadanía genere un mayor crecimiento que las decisiones de ahorro e inversión de los propios interesados en salir de la crisis. Pero aún no es tarde para rectificar. La subida de impuestos no es ni mucho menos obligada. El Gobierno está a tiempo de llevar a cabo una ambiciosa reducción del gasto público y liberalizar tantos mercados como sea posible. No se trata siquiera de empezar a debatir si los servicios públicos deben ser privatizados o no. Se trata de que, como todo el mundo sabe, no hay Ministerio en el que no haya despilfarro de recursos y el margen para recortar gastos es amplio. Así, el Gobierno podría devolver a los ciudadanos la voz cantante en la salida de la crisis y quitarse de encima un peso que nunca debió arrogarse.

El papel higiénico, un artículo de lujo en Cuba

Sorprendente, pero cierto. Los cubanos sufren una grave escasez de papel higiénico que, al menos, se mantendrá hasta finales de año, según el propio régimen comunista. Asearse con un mínimo de dignidad también se ha convertido en todo un lujo para el 99% de la población que aún reside cautiva en la isla caribeña.

La Revolución Cubana cumple 50 años de historia. Durante este largo periplo, Fidel Castro ha gobernado con puño de hierro los designios y avatares del país, dictando hasta el más mínimo detalle de la actividad privada de los cubanos. Su política ha cosechado un enorme éxito, desde el punto de vista de la ideología comunista. Y es que, el dictador ha cumplido su propósito: la Cuba castrista en nada se parece a la Cuba pre-revolucionaria.

Mientras que en 1960, la isla era el tercer país latinoamericano en consumo de calorías diarias per cápita, en 1995 registraba un suministro de comida más precario que Honduras, según las estadísticas de la ONU. El 11% de la población estaba desnutrida, según la FAO; su ratio de crecimiento en energía eléctrica es el más bajo del hemisferio junto con el de Haití; el número de líneas telefónicas por habitante a finales de los 90 permanecía estancado en los niveles de 1958; la producción de azúcar en los 90 fue inferior a la de 1958, al igual que la de arroz, la producción láctea permanece estable respecto a los niveles de los años 50; la mitad de las tierras cultivables permanecen ociosas…

Además, Cuba es el único país de Latinoamérica con menos coches por habitante que hace medio siglo. La renta per cápita de los cubanos asciende a unos 3.000 dólares al año; sobreviven con menos de 30 dólares al mes, situando a Cuba como uno de los países más pobres del continente americano, junto a Honduras, Bolivia, Nicaragua y Haití.

El régimen castrista ha terminado por convertir todos los bienes básicos en auténticos artículos de lujo para la población. Desde el arroz, la carne y el suministro eléctrico hasta el papel higiénico. Los cubanos se asean con ejemplares viejos de la prensa revolucionaria (Granma), que se pueden adquirir a menos de un centavo de dólar. Sin embargo, las revistas chinas y norcoreanas son las favoritas por la suavidad de su papel.

Las interminables colas en las tiendas oficiales para adquirir la escasa dieta que marcan los cupones de racionamiento se han extendido a los puntos de distribución de periódicos. Los cubanos esperan horas para comprar 10 ó 15 ejemplares del diario oficial del régimen para emplearlos en diversos usos domésticos, ante la falta de papel higiénico. ¡Todo un logro!

La completa nacionalización de la economía ha supuesto un retroceso sin parangón en los niveles de vida y bienestar de todos los ciudadanos, a excepción, por supuesto, de los miembros del régimen castrista. La escasez de papel higiénico, al igual que hasta ahora sucedía con el jabón o la pasta de dientes, es tan sólo un ejemplo más de los nefastos resultados de la colectivización.

Un proceso que, por desgracia, está imitando a la perfección el Gobierno bolivariano de Hugo Chávez. Su reforma constitucional establece, al menos, ocho preceptos legales para proceder a la incautación arbitraria e indiscriminada de la propiedad privada por parte del Estado. Su plan es claro: primar "los intereses comunes sobre los individuales".

Art. 18:"El Estado enfrentará toda acción especulativa respecto a la renta de la tierra y los desequilibrios económicos".

Art. 112:"El Estado promoverá el desarrollo de un Modelo Económico Productivo fundado en la preponderancia de los intereses comunes sobre los individuales".

Art. 113:"Se prohíben los monopolios", así como todas las actividades tendentes al "abuso de la posición de dominio" por parte, tanto de particulares como de empresas. Además, "no se permitirán" las actividades y acuerdos privados que "vulneren los métodos de producción social […] o dificulten la justa y equitativa concurrencia de bienes y servicios".

Art. 115:"Por causa de utilidad pública o interés social […] podrá ser declarada la expropiación de cualquier clase de bienes", y "toda propiedad estará sometida a las cargas y obligaciones que establezca la ley".

Art. 300: "La ley nacional establecerá las condiciones para la creación de empresas para la realización de actividades económicas o sociales, bajo los principios de la economía socialista".

Art. 305:La producción de alimentos es de "interés nacional".

Art. 307: "Se prohíben los latifundios", y se podrán confiscar las propiedades que atenten contra el medio ambiente o la "seguridad y defensa de la nación".

Art. 318: La banca y el sistema monetario deben responder a los principios del "Estado Socialista". El Banco central carecerá de autonomía.

Pese a que la citada reforma fue tumbada por referéndum en 2007, Chávez consiguió el pasado febrero aprobar una enmienda constitucional para perpetuarse en el poder más allá de 2012. Desde su llegada al poder, hace una década, el líder bolivariano ha logrado esquivar fácilmente los débiles resortes democráticos para anclarse en el sillón presidencial de forma ilimitada con el fin de extender la nacionalización de la economía venezolana.

Ningún mecanismo institucional logrará frenar las ansias totalitarias de Chávez. La Revolución Bolivariana está en marcha y, de hecho, su avance continúa imparable hacia la instauración de un nuevo régimen comunista en el cono Sur. Si nada lo remedia, dentro de 50 años, o quizás menos, los venezolanos también se limpiarán con el entonces periódico oficial del régimen chavista.

La mayor externalidad positiva

A los economistas neoclásicos les encanta la creación de conceptos para explicar su teoría económica. Como la realidad es imposible de casar con sus modelos, los matizan con conceptos de aparente elaboración, y así pretenden pulir un poco más unos modelos que están viciados de inicio.

Y uno de estos conceptos de nombre rimbombante, es el de externalidad. ¿En qué consiste una externalidad? Pues vienen a ser aquellas consecuencias de nuestros actos que no padecemos o de las que no nos beneficiamos. Los ejemplos proliferan, una vez se entiende el concepto, pues la realidad está llena de este tipo de sucesos. Por ejemplo, se produce una externalidad positiva si me ducho frecuentemente, ya que mejora el bienestar de mis congéneres debido a mi (esperemos) mejor olor corporal. Sensu contrario, nos llevaría a una externalidad negativa.

El problema que tienen las externalidades para los economistas neoclásicos es que llevan al sistema económico a resultados sub-óptimos. Como yo no soy capaz de capturar todos los beneficios que supone ducharme, me ducho menos de lo que lo haría en su mundo neoclásico ideal. Alternativamente, como no soporto todos los perjuicios de no ducharme, tiendo a no ducharme más de lo que lo haría en el ideal.

El interés por las externalidades reside en que son una excusa infinita para la intervención estatal. En el momento en que alguien detecta una externalidad, sea positiva o negativa, ya hay argumentos para la intervención, pues sin ella el escenario es sub-óptimo.

El típico ejemplo de externalidad negativa es el ultraconocido de las emisiones contaminantes. En principio, dichas emisiones constituyen una externalidad negativa, puesto que su causante no sufre todo el perjuicio que ocasiona. Por tanto, tiende a contaminar más de lo que lo haría en el mundo ideal. La solución: se crean unos derechos de emisión, de forma que las empresas que contaminen soporten el perjuicio que conlleva su acción. Cabe esperar que, así, las emisiones se reduzcan hasta alcanzar el punto óptimo de eficiencia.

Las externalidades positivas, por su parte, están muy relacionadas con el problema del free rider, o tipejo que se aprovecha de lo que paga un tercero sin poner su parte. Por ejemplo, la defensa o seguridad de una ciudad beneficia a todos los habitantes de la misma, la paguen o no. En ausencia de intervención se tendería a producir menos seguridad del ideal. Conclusión: se obliga a todo el mundo a pagar, con impuestos, por esos servicios.

La intervención basada en esta clase de argumentos ha sido fuertemente contestada por los economistas austriacos. Si alguien está interesado, le recomiendo Welfare Economics and Externalities in an Open Ended Universe, de Roy Cordato. Resumo eso sí su conclusión: no existen externalidades, sólo derechos de propiedad mal definidos.

Tras tan largo preámbulo, llego ya al objeto de este comentario, que no es otro que identificar la mayor externalidad positiva. Y que es, en mi opinión, la tenencia de niños/hijos. Esta afirmación merece explicación, por supuesto.

El hecho de que yo críe a un hijo tiene beneficios para el resto de la sociedad, que yo no puedo capturar. Mis conciudadanos son, en cierta forma, free raiders de mis hijos. ¿Por qué? Porque con el sistema de jubilación implementado en nuestro país, sus pensiones van a depender del trabajo que hagan las futuras generaciones. Si no hay niños ahora, no habrá adultos después que puedan "garantizar" el cobro de las citadas prestaciones.

Según la teoría de las externalidades recién expuesta, esto supone que se crían menos hijos de los que sería óptimo, puesto que los progenitores no son capaces de aprehender todo el beneficio que dichos hijos pueden producirles. Es en respuesta a esta situación que, determinados estados de la Europa del bienestar, desgraciadamente no España, dan generosos subsidios y ayudas a las familias. Para, por esta vía, compensar la externalidad positiva que supone la crianza de hijos.

¿Cuál sería la solución según Cordato? Definir bien los derechos de propiedad asociados al "hijo". Curiosamente, es la propia nacionalización del sistema de pensiones la que crea dichas distorsiones en la propiedad privada (en este caso, de la capacidad de trabajo del hijo), al expropiar parte de su producción para satisfacer las pensiones de los retirados.

En ausencia de pensiones públicas (y ceteris paribus), el hijo sería dueño de todo el producto de su trabajo. Y sería cuestión del padre haber creado unos vínculos afectivos y familiares que le permitieran acceder a parte de ese fruto para subsistir en la vejez. Por supuesto, siempre habrá casos de hijos que se distancien de sus padres o que no estén dispuestos a aportar para su mantenimiento por las razones que sean. Pero, ¿de quién prefiere uno fiarse, de su hijo o del Estado? ¿Necesitamos una intervención estatal que nos proteja de nuestros propios hijos?

Afortunadamente para todos, y para el estado, el tener hijos no es una cuestión económica en sentido neoclásico. El tener hijos en un Estado como el español no se puede explicar por ningún cálculo racional de optimización. Si la economía neoclásica fuera cierta, en España nadie tendría hijos, pues los ingresos pecuniarios son inferiores a los costes, y no somos capaces de capturar todos los beneficios que un hijo produce a la sociedad.

Pero el mundo real no es neoclásico, sino austriaco. Basta con aceptar, como hace la economía austriaca, que nuestras jerarquías internas de valores no son reducibles a dinero, para que el misterio de la procreación de hijos quede explicado. Digo, el misterio económico, del otro no procede hablar en este foro.

Cambios constitucionales ilegítimos y el secuestro del derecho a la libertad

Ya analizamos como el populismo y la demagogia se aprovechan de las fisuras normativas de las democracias para conseguir el poder, provocando involuciones institucionales explícitas que son fácilmente identificables por su metodología subversiva y por sus políticas de colectivización que destruyen los cimientos y la riqueza de la sociedad civilizada.

Pero también merece la pena analizar un tipo de involución más lenta y difusa, como la que se está produciendo en España, mediante un cambio de régimen político por la imposición a todos los españoles del nuevo Estatuto de Cataluña, aprobado por sólo un 36% de los catalanes con derecho a voto y sin el consentimiento explícito del resto de ciudadanos de España que también verán conculcados sus derechos individuales.

Es decir, existen involuciones políticas encubiertas, menos evidentes ante la población, pero premeditadas, alevosas e implícitas en legislaciones liberticidas que aprueban las autoridades en contra de la Constitución. Por más que hayan sido elegidos en unas elecciones democráticas, los políticos no reciben un cheque en blanco para legislar en contra de los derechos fundamentales o de la estructura institucional de un Estado, sin contar con el principio de consentimiento de la inmensa mayoría de los votantes que verán atropellados sus derechos civiles.

A pesar de contener artículos inconstitucionales, violentar la convivencia con otras Comunidades Autónomas y atropellar los derechos de los ciudadanos no nacionalistas, se ha estado aplicando el nuevo Estatuto de Autonomía de Cataluña, por lo que parece estar asentándose un golpe de estado permanente por la vía de los hechos consumados en un proceso ilegal e ilegítimo de destrucción de la Constitución Española de 1978.

Sin respuesta social contundente ante el desafío nacionalista y, con un elocuente silencio oficial ante los serios interrogantes planteados por el magnicidio terrorista del 11 de marzo de 2004, parece existir un acuerdo tácito e irresponsable de los principales partidos y autoridades políticas, del Rey hacia abajo, tan sólo roto por protestas meramente testimoniales e inefectivas, para dejar evolucionar (degenerar) la situación de crisis institucional hasta que se logre un punto de equilibrio (inestable) que está a punto de validarse judicialmente mediante el juego ilegítimo al que nos tiene acostumbrados el jurídicamente aberrante Tribunal Constitucional.

Con un retraso de más de tres años, se espera una sentencia de maquillaje del nuevo Estatuto de Cataluña que mantendrá el status quo de diferenciación política a favor de las clases dirigentes de la región de Cataluña, para mantener la enorme red de intereses clientelares tejida entorno al nacionalismo con militantes y organizaciones viviendo de la sopa boba del presupuesto público como Omnium Cultural, Sobirania i Progres o Deumil, auspiciadas, financiadas e instrumentalizadas por políticos y, fundamentalmente, organizadas en contra de los derechos de los ciudadanos no nacionalistas y de la voluntad manifestada por todos los españoles con la mayoritaria aprobación de la Constitución Española el 6 de diciembre de 1978.

Un tribunal especializado en temas de inconstitucionalidad es siempre peligroso cuando se constituye ajeno a la máxima autoridad judicial que debiera ser el Tribunal Supremo o bien cuando no queda integrado como quinta sala del mismo y no está formado exclusivamente por jueces de carrera elegidos con carácter vitalicio por la propia judicatura o, en su defecto, por los ciudadanos.

La redacción del artículo 159 CE fue jurídicamente errónea al no exigir que los miembros del Tribunal Constitucional tuviesen que ser jueces, con lo que se eliminó el principio de independencia judicial y se asestó una puñalada legislativa al principio de separación de poderes; ambos indispensables para afianzar la existencia de un Estado de Derecho que garantice los derechos civiles y para evitar la corrupción y la prevaricación que erosionan las instituciones de la democracia.

Como órgano del poder judicial, resulta mortal para la salvaguarda de los derechos y libertades de los españoles, que los miembros del Tribunal Constitucional sean elegidos por el Gobierno y el Parlamento nacionales, cuando su cometido es evaluar la inconstitucionalidad de las leyes.

Con doce miembros altamente politizados por evidente cercanía al movimiento nacionalista o por deber sus cargos al apaño político, es muy probable que el Tribunal Constitucional acabe claudicando ante las presiones separatistas sirviendo a los espurios intereses de los partidos que los han elegido. Es decir, muy probablemente el Tribunal Constitucional validará con una sentencia rectificadora la reforma encubierta de la Constitución Española de 1978 que supone el nuevo Estatuto de Cataluña en vez de abolir una ley que es de arriba a abajo inconstitucional.

Esta ley de rango inferior y autonómico, introduce normativa inconstitucional que secuestra el derecho a la libertad de los ciudadanos no nacionalistas en Cataluña, crea un Consejo de Garantías Estatutarias que suplanta al propio Tribunal Constitucional y, establece una relación bilateral con el resto de regiones de España lo que instaura de facto un Estado Confederal.

Sometido a la pérdida democrática de derechos civiles, bien mediante involuciones rápidas y explícitas bien por medio de involuciones lentas e implícitas, el ciudadano queda prisionero de normas y leyes que atentan contra los derechos naturales inherentes e inalienables al hombre libre e imponen la servidumbre a los designios de la ingeniería social impuesta por la casta política instalada en el poder.

En el caso de Cataluña, los prebostes nacionalistas aprovechan las fisuras normativas de la Constitución Española de 1978, chantajean al Tribunal Constitucional y amenazan la débil estructura institucional para instaurar un nuevo régimen político confederal, ilegítimo al no conseguir el refrendo de una amplia mayoría de la población con derecho a voto en España.

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Republicanos en Palacio

Cayo Lara es republicano de profesión y el Rey lo es por vocación, como ya se encargó de señalar en su día Rodríguez Zapatero exaltando la figura del monarca y felicitando a todos los españoles por tener un rey "muy republicano". Ser republicano queda muy progre y si por algo se han distinguido siempre los borbones es por ir con el sino de los tiempos. Es cierto que algunas veces "los tiempos" les han indicado el camino a la puerta, pero son vicisitudes puntuales que en nada empañan la trayectoria ejemplar de una dinastía identificada con el pueblo y sus neurosis episódicas, como la de instaurar una nueva república a pesar de los antecedentes de nuestra historia.

Lo más chocante es que una gran parte de los que aspiran a cambiar de régimen se declaran orgullosos herederos de nuestra última aventura republicana, que acabó en una feroz guerra civil con los borbones en el exilio. Con esos antecedentes, lo más prudente es que los sucesores de unos y otros observaran cierta moderación en sus alardes republicanos, pero como en España todo es excesivo, el titular de la monarquía constitucional y el responsable de un partido antisistema a punto de convertirse en fuerza extraparlamentaria se reúnen en palacio para conversar, entre otras cosas, sobre la mejor forma de traer a España la III República, que ya hay que tenerlos holgueros.

A los agnósticos en lo que respecta a la forma de gobierno nos importa relativamente poco que estas situaciones rocambolescas se produzcan, pero agradeceríamos cierta claridad en este asunto y, sobre todo, una mayor coherencia de los que se manifiestan dispuestos a cambiar la arquitectura política de la nación. Quiero decir que hubiera sido más presentable que a la salida del cónclave neorrepublicano en sede Real, el coordinador general de lo que queda de Izquierda Unida hubiera manifestado su contrariedad por el rechazo del monarca a debatir sobre el cambio de régimen en lugar de su satisfacción por la cordialidad del encuentro. Claro que después del estatuto de Cataluña, defender el orden constitucional es más bien cosa de héroes y nadie está a estas alturas para hazañas. Tampoco en Palacio.

España recurrirá al FMI

Dicho estudio ha tenido eco en los principales medios de comunicación, tanto nacionales como internacionales. No es para menos. Y es que, a diferencia del diagnóstico oficial que trata de vender el Gobierno, España se enfrenta a una peligrosa espiral deflacionista, un colapso inmobiliario histórico, una grave crisis bancaria y un paro superior al 25%.

Dada la situación, estos mismos analistas añaden que los acreedores de España –Francia y Alemania– tendrán que acudir al rescate de una deuda que, hoy por hoy, es incobrable. El país se enfrenta a un gravísimo problema de endeudamiento, no sólo privado sino, ahora más que nunca, también público. Zapatero ha encomendado toda su política económica a la emisión masiva de bonos del Tesoro con la ilusoria esperanza de resucitar la demanda agregada y mantener artificialmente el mayor número de puestos de trabajo posible.

El resultado visible, el único que el Gobierno se esmera en destacar, es el aumento de las matriculaciones de coches (gracias a su Plan 2000E de ayudas públicas) y la ocupación de 400.000 trabajadores en su Plan de Inversión Local para la realización de obras públicas de diversa índole en los ayuntamientos.

Esto es "lo que se ve", pero la clave reside en "lo que no se ve", tal y como advertía el maestro liberal Henry Hazlitt en su obra La economía en una lección, cuya lectura recomiendo encarecidamente.

El sofisma básico de la "nueva" Economía consiste en concentrar la atención sobre los efectos inmediatos de cierto plan en relación con sectores concretos e ignorar o minimizar sus remotas repercusiones sobre toda la comunidad […] Cuando [los economistas] ignoran o desprecian los efectos remotos, están incidiendo en un error de mayor gravedad. Su preciso y minucioso examen de cada árbol les impide ver el bosque.

El déficit público se ha multiplicado por cinco en el último año, hasta rozar los 50.000 millones de euros el pasado julio. De hecho, tan sólo en el último mes se ha disparado un 28,7%. Economía acaba de confirmar que el Estado está gastando el doble de lo que ingresa vía impuestos: mientras que los pagos ascendieron a 107.639 millones de euros los ingresos apenas sumaron 57.952 millones.

Este ritmo de endeudamiento público es, simplemente, insostenible. El déficit superará la barrera de los 100.000 millones de euros el presente año (el 10% del PIB), y la subida de impuestos que pretende aprobar Zapatero no impedirá que el desequilibrio presupuestario siga aumentando en 2010. La respuesta no reside en incrementar la presión fiscal sino en reducir drásticamente el gasto público.

De lo contrario, el manantial de liquidez que, en la actualidad, ofrece el Tesoro se acabará agotando por completo. Y cuando esto suceda, será entonces cuando el Ejecutivo tendrá que rogar compasión a los acreedores de la zona euro, o bien echar mano del Fondo Monetario Internacional (FMI), el prestamista de última instancia al que recurren los países. 

No es algo nuevo. El Estado también quiebra. De hecho, este tipo de bancarrotas son más frecuentes de lo que se piensa, sobre todo, en un contexto de crisis crediticia y bancaria como la actual. España, curiosamente, lidera el ranking de las suspensiones de pagos a lo largo de la historia.

En Gran Bretaña ya se debate abiertamente esta posibilidad desde hace meses, y los últimos datos que arrojan sus cuentas públicas acrecientan el riesgo de tener que acudir a un crédito extraordinario del FMI. Así, Variant Perception señala en su último informe que la recaudación fiscal en Gran Bretaña caerá un 12% interanual en 2009, al tiempo que la deuda pública ascenderá hasta el 64% del PIB. En este sentido, recuerda que el entonces Gobierno laborista tuvo que solicitar ayuda al FMI en 1976. Y ello, con una deuda pública de apenas el 54% del PIB. 

Además, el propio Fondo estima que la deuda de los países desarrollados se disparará hasta el 120% del PIB en los próximos cinco años. En este contexto, los más débiles, como es el caso de España, sucumbirán. Los inversores acabarán rechazando los bonos españoles debido a su elevado riesgo en comparación con otras economías más sólidas.

Con una recaudación fiscal que se hunde a un ritmo superior al 25% interanual, un gasto público descontrolado, una subida de impuestos a la vuelta de la esquina, un paro superior al 25% y una crisis bancaria que, tarde o temprano, acabará estallando, España cuenta con todos los ingredientes necesarios para que el FMI acabe instalando una sede permanente en Madrid antes de 2012. Con el tiempo, "lo que no se ve" hoy se acabará viendo mañana.

Nos vuelven a tomar el pelo y la cartera

Hemos escalado en la demagogia del "que paguen los más ricos" a "que paguen los capitalistas" con la misma facilidad con la que escalamos la mentira desde el "bajar impuestos es de izquierdas", al "será una subida temporal y limitada" pasando por el "no tengo intención de subir impuestos".

Zapatero recurre al imaginario socialista para justificar sus disparates en todos los frentes. La contraposición de clases asalariadas con clases capitalistas no deja de ser un resorte populista que olvida que muchos trabajadores también son capitalistas sin necesidad de ser ricos. ¿O acaso todo aquel que percibe intereses, que cobra dividendos o que posee un paquete de acciones en este país aparece en la lista anual de Forbes? Más bien cabría sospechar lo contrario, ya que en 2007 16,3 millones de declarantes en el IRPF percibieron rentas del capital mobiliario; sólo quinientos mil menos, por cierto, de quienes las percibieron del trabajo.

Demagogia no menor, sin embargo, a la que denota la idea de que van a subirse los impuestos para reducir el déficit público y mantener las políticas sociales y de inversión pública. Más bien, habría que invertir los términos: van a mantenerse las falsas políticas sociales y las ruinosas inversiones públicas para que no se reduzca el déficit y haya un pretexto para subir impuestos.

Sólo así se entiende que Zapatero no haya anunciado ni un solo tijeretazo a las partidas de gasto más superfluas y, en cambio, anuncie un aumento de impuestos que no dará ni para sufragar lo que nos ha costado el propagandístico Plan E. ¿Adivinan cuál fue el año pasado la recaudación total en el IRPF procedente de las malvadas "rentas del capital"? Apenas 6.900 millones de euros. Con esta estrechísima base recaudatoria, ¿qué piensa hacer Zapatero para reducir un déficit público que rondará a finales de 2009 los 100.000 millones de euros?

Porque aún cuando duplique el gravamen de las rentas del capital, ese déficit seguirá ahí, hipotecando nuestro presente y nuestro futuro. Pero es que además, Zapatero sabe que no puede duplicar el gravamen de las rentas del capital. ¿Alguna vez se ha preguntado por qué el capital tributa al 18% y el tramo más bajo de las rentas del trabajo al 24%? Muy sencillo: los capitales son móviles y los trabajadores no demasiado. Cualquier gobierno que no sea el de Argentina o el de Zimbabue es consciente de que si aumenta significativamente la tributación de las rentas del capital, éstas volarán y con ellas la inversión, el crédito y la prosperidad dentro del país. ¿Entiende ahora por qué Zapatero quería eliminar los paraísos fiscales? En efecto, para que no fueran los refugios al infierno fiscal que quiere montar en nuestro país.

Nadie debería llevarse a engaño: si la noticia de El País se confirma, esto es, si Zapatero se ceba en las rentas del capital y no toca las del trabajo, esta reforma fiscal –y no las palabras de José Blanco– será el auténtico globo sonda de una futura revolución tributaria. Tarde o temprano Zapatero tendrá que reducir el gasto –medida que parece antropológicamente incompatible con su sectarismo– o subir los impuestos a los trabajadores. No hay más.

Lo lamentable de todo, no obstante, es que en apenas dos años Zapatero se ha terminado de cargar lo poco que seguía en pie de la economía española. Sí, habíamos sufrido la mayor burbuja inmobiliaria de Occidente; sí, nuestro sistema bancario no es el más sólido del mundo, sino que está en su mayor parte quebrado; sí, tenemos un mercado laboral más intervenido que el de Camerún; sí, padecemos una cleptocracia en todos los niveles de la administración; y sí, nuestro ritmo de ajuste ante la crisis no podía ser más lento. Pero, pese a todo, habríamos superado la crisis y probablemente en mejor forma de la que entramos.

Sin embargo, dos años después de sus primeros destellos, España es un país cada vez más empantanado en deudas e impuestos. Y todo gracias a un visionario socialista que se empeñó en forzarnos a gastar lo que no teníamos mientras se negaba a reformar cualquier aspecto de nuestro aparato productivo. Ahora es cuando comenzamos a pagar la factura de unos dispendios que no han servido para nada. Cuatro millones de parados, caída histórica del PIB y subidas de impuestos. Esos han sido los exitosos resultados del Plan E y demás tomaduras de pelo y cartera socialistas.