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Impuesto sobre la recuperación

Subirán los impuestos sobre el capital. El capital, ya sabe, los ricos, los potentados, los accionistas de las empresas. Es decir, como recuerda Juan Ramón Rallo, más de 16 millones de españoles que entran dentro de la clase media española y que es a ellos a quienes se refieren los socialistas cuando hablan de "los ricos".

Porque a los ricos, a los ricos de verdad, no les gusta pagar impuestos. No es ya la incomodidad de rellenar formularios, que para eso tienen a sus gestores, es que puestos ante la disyuntiva de pagar muchos impuestos o pagar pocos, prefieren esto último. Bien, no tienen más que pedirlo y se les pone a su disposición un instrumento adecuado, el de las Sicav, con una tributación del 1 por ciento, que ya ha adelantado que no tocará. Quede claro que a mí ese 1 por ciento me sigue pareciendo excesivo, pero lo que me interesa ahora es la brutal hipocresía del Gobierno, que le quiere meter la mano en el bolsillo a la clase media con el discurso de subirle los impuestos a los ricos, mientras las personas que objetivamente responden a esa rúbrica no sienten sobresaltos al leer la prensa.

Al Gobierno se le viene encima una avalancha fiscal. El déficit público está ya en el 10 por ciento del PIB y la deuda, que rondaba el 36 por ciento cuando Zapatero ganó las elecciones en 2008, alcanzará el 80 por ciento del PIB en 2010 y rebasará el 90 por ciento en 2011. Para entonces tendremos que destinar cerca del 3 por ciento del PIB a pagar los intereses de la deuda. Lo recaudado por el impuesto sobre el capital en 2008 sólo pagaría una cuarta parte de esos intereses.

No es ya que el efecto recaudatorio de subir los impuestos sobre el capital sea irrisorio sobre el enorme problema fiscal al que se enfrenta el Estado, sino que en esta fase del ciclo, más incluso que en cualquier otra, subir la fiscalidad precisamente ahí es clavar una daga en el corazón de la recuperación económica. Zapatero, a base de hacer retruécanos sobre la política del momento, está envenenando el futuro de nuestra economía. Saludaremos desde nuestra miseria a las economías que, en todos los puntos cardinales estarán en plena recuperación.

¿Resistirá el dólar otros cuatro años de Bernanke?

Puede incluso que haya obligado a la compañía a adelantar el anuncio de esa bajada de precio para que se deje de hablar en medios y bitácoras de un asunto que ha dado pie tanto a bromas como a acusaciones muy graves. Algún responsable del fabricante de Windows en Polonia decidió que se sustituyera, programa de retoque fotográfico en ristre, a un hombre de color por otro de raza blanca en un anuncio. El problema fue que el empleado encargado de proceder a la modificación tan sólo cambió la cabeza y se olvidó de la mano. De esta manera nació un peculiar mulato, blanco de cuello para arriba y negro en las manos.

El descubrimiento de la chapuza dio pie a que alguien comparara las dos versiones del anuncio y anunciara su descubrimiento. Las ganas de reírse, especialmente fuertes en internet cuando algo tiene que ver con Microsoft, hicieron el resto. No tardaron en aparecer otros retoques en tono de humor, algunos realmente buenos. Los hay para todos los gustos, desde los protagonizados por Steve Ballmer o Bill Gates hasta aquellos que harán las delicias de los seguidores de la Guerra de la Galaxia o Star Trek, pasando por los míticos (para toda una generación) Epi y Blas. Por supuesto, no podían faltar los fans de Linux, alguno ha caído en la tentación de incluir al pingüino Tux en un anuncio de su "bestia negra".

Pero junto a la juerga llegó algo más: la grave acusación de racismo. En algunos casos se dirige tan sólo a la filial polaca. En otros, al conjunto de la multinacional. Esto último es especialmente absurdo, puesto que en el original los protagonistas son una mujer blanca y dos hombres, uno asiático y otro negro. Algo, de hecho, comprensible en una publicidad destinada a una sociedad tan multirracial como la estadounidense. Pero incluso referido al caso de Polonia, la acusación es al menos precipitada. No vamos a negar el posible racismo de quien tomó la decisión de retocar la foto, no podemos conocer los motivos que le impulsaron a hacerlo. Pero, por esta misma razón, tampoco podemos compartirla.

Puede tratarse tan sólo de que los responsables polacos de Microsoft decidieran adaptar el anuncio al público de su país. Polonia, a diferencia de Estados Unidos, no es una sociedad multiétnica. La inmensa mayoría de sus habitantes son blancos. Tal vez con esta modificación lo único que se pretendía era que el potencial comprador sintiera una mayor identificación con la imagen que si se le mostraba un entorno que no le resultaba habitual. La adaptación de las campañas publicitarias al gusto local no es una práctica para nada extraña.

Es posible también que la decisión se tomara de espaldas a Redmond. Un pecado de muchas multinacionales es pensar que lo que emana de la central sirve para todos los lugares. Y eso no es cierto, sobre todo en lo referido a publicidad. Por ese motivo en algunas de estas compañías las filiales deciden actuar por cuenta propia al ser las que conocen el mercado local. Otra cosa es que no se suela hacer con un nivel de chapuza como el alcanzado en este caso. Ese es el problema de Microsoft. Si ha habido racismo, no lo podemos saber.

Chapuza sí, ¿pero racismo?

Si uno analiza la gestión que Bernanke ha hecho de la crisis —dejemos de lado la que hizo del boom crediticio, cuando incluso llegó a negar que existiera burbuja inmobiliaria alguna— puede distinguir tres fases en su política monetaria y sólo una de ellas resulta medianamente aceptable. Desde luego, un pobre historial para seguir siendo lo que algunos llaman la autoridad económica más importante del mundo.

En la primera de estas fases, que se extiende desde los primeros signos de la crisis de liquidez en agosto de 2007 hasta la quiebra de Lehman Brothers en septiembre de 2008, la Fed acometió una política monetaria que se dio en llamar qualitative easing. Básicamente, Bernanke se limitó a gestionar los activos de la Reserva Federal para inyectar “liquidez” en el conjunto del sistema bancario, pero sin incrementar sus pasivos. Lo que hizo fue, pues, cambiar los mecanismos de financiación a disposición de la banca degradando la calidad de los activos de la Fed.

La razón es fácil de entender: la política monetaria tradicional (operaciones de mercado abierto) supone que la Fed compra temporalmente la deuda pública de los bancos a cambio de dinero. El problema, claro, es que los bancos necesitaban en esos momentos mucho más dinero que deuda pública tenían, y Bernanke optó por prestarles dinero contra colateral muy variado (en general, los activos basura que tenían en sus balances). Nacieron así tres nuevos mecanismos de financiación (el Term Auction Facility, el Primary Dealer Credit Facility y el Term Security Lending Facility) y los tipos de interés se redujeron del 5,25% al 2%.

Los resultados de esta política ya pueden analizarse a la luz de la historia: Bernanke no solucionó ni mucho menos los problemas de liquidez de la banca y, a cambio, favoreció una brutal depreciación del dólar y la creación de una de las burbujas de materias primas más intensas de la historia que sólo contribuyeron a agravar la situación de la economía real por todo el mundo.

La segunda de las etapas de la política monetaria de Bernanke, conocida como quantitative easing, comienza tras la quiebra de Lehman Brothers y se extiende hasta finales de 2008. En esos momentos, la enorme incertidumbre asociada al sistema financiero provoca que los bancos privados dejen de prestarse dinero entre sí y pasen a depositarlo en los baúles de la Reserva Federal, por lo que el pasivo del banco central, que hasta entonces apenas había incrementado, aumenta más de un 100%.

En apenas unos meses, la Fed se encuentra con casi un billón de dólares en depósitos que proceden de un mercado interbancario drenado de fondos, circunstancia que deja al sector bancario sin sus mecanismos tradicionales de financiación.

Ante este incipiente pánico bancario, la Fed tiene dos opciones: o actúa como intermediario entre los bancos (desarrollando la función que venía cumpliendo el interbancario) o deja quebrar a grandes partes del sistema financiero, enfrentándose a una más que segura contracción secundaria. Y aquí, afortunadamente, Bernanke tomó la decisión acertada: crear o ampliar los mecanismos de financiación a corto plazo de la Fed para sostener el sistema.

Así, en pocas semanas, el banco central comienza a utilizar el dinero que había recibido en depósito para prestarlo a corto plazo al resto de bancos (ampliando el Term Auction Facility), a las empresas (favoreciendo el descuento de su papel comercial con el Commercial Paper Funding Facility) y a los bancos centrales extranjeros (mediante los swaps de divisas) para que pudieran implementar políticas en dólares análogas a las suyas.

Este conjunto de decisiones fueron grosso modo sensatas y estuvieron orientadas hacia la buena dirección: aplacar el pánico y permitir la normalización del crédito. Los resultados han sido de momento positivos, ya que la banca no ha quebrado, las malas inversiones se han ido purgando, la mayoría de los créditos ya se han devuelto y, en definitiva, el dólar no se ha resentido.

No es que fuera necesario ser un genio para llevar a cabo este tipo de políticas —el presidente del Banco Central Europeo, Jean-Claude Trichet, hizo lo mismo y con menos errores—; en realidad, bastaba con haber leído y entendido a Walter Bagehot. Por muy nocivos que resulten los bancos centrales —sobre todo a la hora de engendrar el ciclo económico— en la medida en que se arrogan el monopolio de la banca de emisión, su política no puede ser la de quedarse de brazos cruzados en medio de un pánico cuando la banca privada dispone de colateral de suficiente calidad.

Por tanto, y desde esta perspectiva, durante el cuarto trimestre de 2008 Bernanke sí estuvo bastante acertado el frente de la Reserva Federal. Cuestión distinta, por desgracia, es lo que podríamos denominar la tercera fase de su gestión de la crisis, que muchos analistas consideran una especie de apéndice de la segunda cuando sus diferencias son más que notables.

A finales de diciembre de 2008 y mediados de marzo de 2009, la Fed anunció que iba a utilizar los depósitos de los bancos para iniciar sendos programas de compra de bonos hipotecarios por valor de un billón de dólares y de 300.000 millones de dólares de deuda pública respectivamente. Semejantes planes no tenían nada que ver con el sensato objetivo de evitar una contracción secundaria, sino con un absurdo intento por reactivar el crédito en la economía mediante la reducción artificial de los tipos de interés a largo plazo (lo que en los años 60 se llamó Operación Twist).

El problema es que Bernanke no ha logrado su objetivo —y de haberlo logrado habría engendrado sólo otro ciclo económico— y en cambio sí ha hipotecado el futuro de la economía estadounidense y de su moneda. La Fed se ha endeudado masivamente a corto plazo (depósitos a la vista) para invertir a largo plazo (bonos hipotecarios y deuda pública), esto es, justo la insostenible estrategia financiera que nos ha abocado a la crisis actual.

Los riesgos de esta estrategia son enormes y, obviamente, aun no podemos juzgarlos desde un punto de vista histórico. Baste tener presente que cuando los bancos privados quieran retirar sus depósitos —esto es, cuando la demanda de crédito reflote gracias a la eventual recuperación económica—, la Fed tendrá que liquidar a toda prisa más de un billón de dólares en activos a largo plazo que, sobre todo por lo que se refiere a los bonos hipotecarios, son muy difíciles de enajenar en el mercado. Dicho de otra manera, del mismo modo en que un banco puede caer presa de un pánico financiero, al dólar le podría suceder lo mismo en el futuro.

Por eso Bernanke nunca debería haber sido nominado para otro mandato al frente de la Fed. El pirómano que causa incendios no puede ser el encargado de apagarlos, por mucho que haya tenido algún momento transitorio de lucidez.

La dificultad de constituir nuevas empresas

Una de las peores consecuencias que ha tenido la actual crisis económica en España ha sido la subida de la tasa de desempleo. Hace apenas unos años la situación era de euforia generalizada, creyéndose que el pleno empleo se encontraba en un horizonte temporal no muy lejano. Hoy en día la situación es radicalmente distinta, preguntándose cada día más gente si podrá trabajar el día de mañana.

Al estudiar la crisis económica española y compararla con la que sufren otros países de nuestro entorno, nos podemos encontrar con que una de las características peculiares que tenemos en nuestro país se encuentra, precisamente, en la mayor repercusión del desempleo. Si tomamos, por ejemplo, las cifras de paro publicadas por Eurostat para la zona del euro, entre agosto de 2008 y junio de 2009 la tasa ha subido desde el 7,6% al 9,4%, pero, en España, para dicho mismo intervalo, la subida ha sido mucho más espectacular, desde el 11,8 al 18,1%.

Como se puede ver las cifras no son nada alentadoras y no invitan al optimismo. Son muchas las empresas que cierran o las que despiden a parte de su personal. No obstante, a la par que se destruyen empresas deberían surgir otras nuevas más adaptadas a las nuevas necesidades, lo que parece que no está ocurriendo con la celeridad necesaria si atendemos al incremento de la tasa de paro. Puede parecer extraño que alguien quiera crear una empresa hoy en día, sin embargo, muchas de las multinacionales existentes hoy en día nacieron en época de crisis, y en sus inicios fueron pequeñas empresas.

El proceso por el que una persona decide convertirse en emprendedor y crear una nueva empresa no resulta fácil. Su misión será la de proporcionar un producto o servicio que satisfaga a sus clientes, a un precio competitivo y, que a su vez, le permita cubrir los costes en los que incurre. Así deberá de dedicar su tiempo al desarrollo del producto, o a la prestación del servicio, a dar a conocer lo que ofrece, a la búsqueda de clientes, a su trato, a entender sus preferencias (incluso a conocer gustos que éstos últimos desconocen tener), a controlar los costes, a buscar personal, a satisfacerlo a fin de que no abandone la empresa, a estudiar la competencia, a buscar un lugar donde realizar la actividad de la empresa, a obtener recursos para la producción, etc. Como se ve, estos objetivos no sólo no son fáciles de cumplir, sino que, en algunos casos, llegan a ser contrapuestos.

Por tanto, los comienzos de una nueva empresa no resultan en absoluto fáciles. Así la falta de experiencia y de recursos es reemplazada por el esfuerzo y sacrificio del emprendedor y sus colaboradores.

No obstante, el emprendedor no ha de dedicar su tiempo únicamente a satisfacer los objetivos anteriores, ya que tiene diversas obligaciones de índole legal específicas de nuestro país, y que pueden estar motivando esa resistencia existente para la creación de nuevas empresas. Atendiendo a la clasificación de países por facilidades para hacer negocios que elabora cada año el Banco Mundial, España ocupa la posición número 49 en el año 2009, habiendo descendido 3 posiciones con respecto al año anterior. Y si se examina la clasificación en cuanto a la facilidad de abrir un negocio, España retrocede a la posición 140, frente a la 123 que ocupaba el año anterior.

Si un emprendedor decidiese constituir una Sociedad Limitada (forma societaria más común en España) para iniciar un negocio, estaría obligado a realizar, al menos, los siguientes trámites burocráticos:

  1. Solicitud al registro mercantil de una Certificación Negativa para que éste verifique que la denominación que se quiere dar a la sociedad es única.
  2. Apertura de la cuenta corriente bancaria, depósito del capital social, y obtención del certificado de la entidad financiera detallando el importe aportado por cada socio.
  3. Elaboración de una carta de intenciones por parte de todos los socios que se presentará a Hacienda junto al modelo censal 036 y la Certificación Negativa para la obtención del Código de Identificación Fiscal (CIF) provisional.
  4. Elevación a público de la Escritura de Constitución de la sociedad, que se formalizará en una notaría aportando la documentación anterior.
  5. Pago del Impuesto de Actos Jurídicos Documentados.
  6. Inscripción en el Registro Mercantil.
  7. Legalización de libros (actas y socios) en el Registro Mercantil.
  8. Solicitud del Código de Cuenta de Cotización Seguridad Social, comunicación de la apertura del centro de trabajo, solicitud del libro de visitas, y solicitud de alta en el Régimen Especial de los Trabajadores Autónomos de los socios trabajadores de la empresa si no lo estuvieran.
  9. Solicitud de la licencia de apertura ante el ayuntamiento (o de cambio de actividad o titularidad si anteriormente hubiese existido otra actividad similar en el local).

Como se puede observar el proceso es bastante largo (especialmente la licencia de apertura, que según el ayuntamiento en que se solicite puede demorarse meses) y puede suponer un coste importante para el pequeño emprendedor.

Puesto que existen países donde todo este proceso es mucho más sencillo deberíamos preguntarnos si la actual carga burocrática no está desincentivando a gente para constituir nuevas empresas, debiendo estudiar la legislación de otros países, como Nueva Zelanda, donde la constitución de una sociedad no lleva más allá de 1 día y su coste supone los 200 dólares.

La libertad en burka

Con el permiso de ambos, o sin él, que para eso está el espacio público, me meto en este intercambio, que trata sobre la conveniencia de prohibir el uso del velo en la calle. Sarkozy ya le ha levantado el velo a las francesas, quieran o no, y Vermoet defiende esa misma política para los colegios públicos de España. Llevar velo, dice, es un desafío a las libertades de los circundantes, porque supone, nada menos, que el intento de sustituir nuestra tradición liberal por la ley islámica. Quizá sea excesivo el poder que le otorga al velo que cubre una niña. Ese velo no es una jurisdicción y, de hecho, las niñas que lo lleven y sus padres están tan sometidos a nuestras leyes como los demás. ¿De veras la forma de vestir(se) es una amenaza?

Vermoet, entonces, pasa a un segundo plano de ataque y dice que los niños no tienen plena responsabilidad ni capacidad para decidir por sí mismos. Eso es cierto. Lo que me parece discutible es la idea de que quien deba decidir por ellos sea… ¡el Estado! ¿No tendrán más derecho sus padres a decidir cómo va vestido?

Resulta que no, y este es el tercer asalto, porque los colegios públicos tienen derecho sobre el espacio que ocupan y pueden, en impecable lógica liberal, imponer sus normas. Con lo cual, hemos llegado al meollo de la cuestión. La calle, los edificios públicos y demás espacios en manos del Estado, ¿pueden suspender los derechos de la persona, como el de expresión o religión, simplemente porque los pisamos? Si ponemos un pie en la calle, ¿se suspenden por ello nuestros derechos y quedamos a merced de lo que diga el dueño, i.e., el Estado?

En absoluto. El Estado, con una vocación expansiva sin límites, tiende a ocupar todos los espacios y a someterlos a sus normas. Su mera presencia, o su titularidad, no es argumento suficiente para socavar nuestros derechos, que son previos al Estado, propios de la persona, y no tienen porqué ceder ante sus pretensiones.

De hecho ocurre, como reconoce Álvaro Vermoet. Se prohíbe la simbología nacional socialista. Pero el ejemplo de una injusticia, como es la censura en este caso, no es argumento suficiente para cometer otra. Ese camino nos llevaría a la justificación de cualquier crimen posible, incluso masivo. Se puede justificar el nacional socialismo con el antecedente del comunismo, o viceversa.

Conozco del pensamiento de Álvaro Vermoet todo lo que de él ha dejado huella. Está preocupado por que la incidencia de otras culturas rompan la armonía social, sustentada en valores en los que él, como yo, cree firmemente, y que se refieren al respeto, la libertad, la igualdad ante la ley y demás. Pero considera, contra mi opinión (y la de Albert Espulgas), que la libertad puede imponerse.

La libertad tiene que dejarse a su albedrío, aunque sea en burka.

El robo y el crimen se dispararán en 2010

El arte de gobernar generalmente consiste en despojar de la mayor cantidad posible de dinero a una clase de ciudadanos para transferirla a otra.
Voltaire (S. XVIII)

Los socialistas ya han lanzado varios globos sonda y no saben cómo decirlo. Que si contienen el sueldo de los funcionarios, que si suben impuestos a los ricos, que ahorrarán más. No tenga duda, desde el inicio de la crisis que se ve venir. Con un déficit esperado del 10% para el año que viene, una deuda que no para y con un Gobierno que gasta el doble de lo que ingresa, la subida de impuestos directos, indirectos y a todos los estratos sociales es irremediable.

Los ricos ya están preparando las maletas, los autónomos ven venir una debacle, la gente corriente (incluso en palabras del propio Gobierno) está aterrada con el aumento del desempleo que se producirá en el último trimestre de año. Mientras algunos países dan señales de repunte económico, España se sume en un profundo agujero negro. La gente va menos de vacaciones, los autónomos y las empresas cierran, aprueban EREs como nunca –Nissan ya lo hizo en julio y ahora se plantea otro–, la gente está más tensa, nerviosa y preocupada que nunca. ¿Cómo ayuda el Gobierno a la situación? Aumentando impuestos y obligando a las empresas a cerrar con absurdas leyes (ecológicas, sobre el tabaco, con trámites burocráticos…). En el peor momento, los altos burócratas sacan la pistola al ciudadano y le dicen: "la bolsa o la vida. Es por tu bien insensato". El Estado, el único ladrón que se auto-legitima en lugar de avergonzarse de sus crímenes. El botín será para regalárselo a bancos, concesionarios, empresas del Plan E, lobbies y grupos de presión sociales, como sindicatos, actores y países donde gobiernan tiranos de todo tipo.

Cuando Blanco o Salgado dicen que todos nos hemos de apretar el cinturón, se refiere sólo a los españoles de la calle. Vean como "ahorra" e "invierte" el Gobierno. Van a gastarse cuatro millones de euros en un centro temático dedicado al lobo. Más de 67 millones de euros para hacer 58 películas (que probablemente no se lleguen ni a estrenar). 100 millones de euros (entre Portugal, España y la UE) para un centro de nanotecnología que, como siempre, no va a servir de nada ya que nace de la planificación central. Trece millones de euros para un aparcamiento en el Congreso. Cinco millones de euros para lanzar una cápsula a Marte –el típico gasto propagandístico que justifica dejar cada día a miles de personas en la calle. Un museo –al que no irá nadie, por eso lo hace el Gobierno– que nos costará dos millones de euros (la DGT con el pastón que se saca con sus radares también dará un millón de euros a una obra de teatro). 500 millones de euros para programas de nutrición infantil en el extranjero. Ahora los socialistas son más solidarios con los países foráneos que con aquel que le elige y paga sus caprichos. ¿Tenemos garantías que ese dinero tendrá el fin que el Gobierno dice en lugar de acabar en manos corruptos empresarios o políticos? Este dinero iría muy bien a los 500 autónomos que cierran al día. Trabajo, sin fondos para el subsidio de desempleo, gastará más de medio millón en una sola conferencia. Sin nombrar los 15.000 euros mensuales de la "progre" Leire Pajín.

Es curioso fijarse como desde la época de Voltaire –la cita que abre el artículo– las cosas no han cambiado. El Gobierno aplica la extorsión sobre unos –la mayoría– para quedárselo en mutuo beneficio y repartir el resto del botín saqueado entre sus camaradas.

El peligro adicional de este camino, el del Gobierno saqueador y omnipotente, es que no sólo nos despoja de nuestro dinero y trabajo, sino también de nuestra libertad, voluntad y capacidad de elección. Negar la libertad, es un crimen también. Con la nueva ley del tabaco cerrarán 5.000 bares (algo similar ha ocurrido en Reino Unido ya). No sólo es economía, nos dicen qué hemos de hacer en todo. Somos niños para ellos. El rebaño. Sus esclavos. Lo que nos deja perplejos es ver cómo aquellos que se dedican al negocio más antimoral, degenerado y partidista, la política, nos dan lecciones de "civismo" y comportamiento mediante el uso de la fuerza, de la ley. También de economía aún cuando la mayoría de los alcaldes y concejales de España no tienen ni la EGB. Estamos siendo gobernados por los tontos de la clase.

Las crisis son periodos donde la guerra del hombre libre contra el Estado se recrudece. El s. XX ha sido una muestra espantosa de esta lucha. Recordemos al gran Henry D. Thoreau: "La desobediencia es la auténtica fundadora de la libertad. Los complacientes merecen ser esclavos". Recuérdela bien y reflexione sobre ella para no arrepentirse después. Ya empieza a ser demasiado tarde para una reacción.

Las consecuencias del abuso del concepto de velocidad del dinero

En mi último artículo reflexioné sobre los problemas que, desde un punto de vista teórico, planteaba el concepto de "velocidad del dinero" frente al de "demanda de dinero". La discusión dista de ser un asunto meramente académico y sin relevancia práctica, ya que de hecho es fuente de numeroso errores analíticos.

El más llamativo probablemente haya tenido lugar en el último año. Desde mediados de septiembre de 2008, la base monetaria de Estados Unidos empieza a aumentar de manera desproporcionada: sólo en tres meses, pasó de 873.000 millones de dólares a 1.671.000 millones. O, por decirlo de otra manera, en Estados Unidos la cantidad de dinero aumentó en un trimestre más que en toda su historia.

No fueron pocos los autores, dentro y fuera de la Escuela Austriaca, que echando mano de la rudimentaria ecuación cuantitativa del dinero predijeron que el país se abocaba a la hiperinflación. ¿Qué si no cabía esperar del hecho de que la cantidad de dinero se duplicara mientras que la cantidad de bienes incluso se redujera debido a la recesión?

Pero, para sorpresa de muchos, Estados Unidos no entró en hiperinflación, sino en deflación. Para una profesión económica que se enorgullece de haber elevado nuestra ciencia a la categoría de las naturales gracias a la adopción a machamartillo del positivismo, debería haber bastado este caso histórico para echar por la borda cualquier credibilidad de la ecuación cuantitativa. Pero como todo misticismo, la ecuación cuantitativa también cuenta con su cláusula de salvaguarda que le sirve para resguardar los muebles siempre que la realidad no encaje con el modelo: Estados Unidos se salvó de la hiperinflación porque, si bien la cantidad de dinero se disparó, la velocidad del mismo se desplomó aún en mayor medida. Así pues, cuando la velocidad vuelva a incrementarse, no sé sabe muy bien a causa de qué, tal vez sí nos enfrentemos a un proceso hiperinflacionario.

El problema de este tipo de razonamientos, como digo, es que por utilizar malos conceptos teóricos llegan a conclusiones que dejan bastante que desear y, sobre todo, que contribuyen a alejar el foco de atención de donde resulta realmente relevante. De hecho, basta que dejemos de pensar en términos de velocidad de dinero y pasemos a hacerlo en términos de demanda de dinero, para que comencemos a ver las cosas con mucha más claridad y lógica.

Tras la quiebra de Lehman Brothers, la incertidumbre sobre el sistema financiero se dispara y todos los agentes económicos, incluidos los bancos, incrementan su atesoramiento, esto es, aumentan su demanda de dinero. En el caso de los bancos, esto se traduce en que dejan de prestar sus fondos en el mercado interbancario y, en cambio, comienzan a depositarlos en el que es su banco: la Reserva Federal.

Como consecuencia de ello, entre el 15 de septiembre y el 29 de diciembre de 2008, los depósitos de los bancos privados en la Reserva Federal se incrementan desde apenas 8.000 millones de dólares a 784.000 millones.

Pues bien, se da la circunstancia de que la definición de base monetaria es "dinero en circulación + depósitos de los bancos en la Reserva Federal", por lo que el brutal incremento de la demanda de dinero se convierte, por efecto estadístico, en el descomunal aumento de la base monetaria que comentábamos antes.

Como explicamos en el anterior artículo, un incremento en la demanda de dinero provocará un aumento de su valor y, por tanto, una caída del precio de los bienes y servicios, esto es, justo la deflación que hemos vivido a partir de septiembre. Dado que los agentes económicos dejan de gastar y prestar su dinero, los empresarios tienen que vender más barata su mercancía y, si quiebran, enajenar al descuento sus activos.

Ésta es toda la explicación que requiere la misteriosa expansión de la base monetaria que ha provocado deflación y no hiperinflación para sorpresa de muchos cuantitativistas: en realidad no se trataba de un aumento de la oferta de dinero, sino de su demanda. Y es que la cantidad total de dinero no aumentó y, en cambio, sí se atesoraron grandes cantidades.

Se me podrá objetar que en el artículo anterior dejé claro que, siguiendo a Wicksell, la demanda de dinero no es más que la inversa de la velocidad del dinero y que, por tanto, el análisis neoclásico de que la velocidad monetaria se ha derrumbado al tiempo que aumentaba la base monetaria sigue siendo válido correctamente entendido.

Mucho me temo, sin embargo, que la mayoría de quienes recurren a ese análisis no saben de lo que hablan. Por ejemplo, Xavier Sala-i-Martin declara textualmente en la entrevista de Público que "la Fed se ha dedicado a imprimir dinero como loca", cuando eso es simplemente falso. La Reserva Federal no ha impreso prácticamente nada, sino que se ha limitado a actuar como receptora del dinero que los bancos sacaban del interbancario y le depositaban en sus cuentas.

Es más, la idea de que por un lado ha aumentado la oferta monetaria y, por otro, ha caído la velocidad (es decir, ha aumentado la demanda de dinero), como si ambos hechos se hubiesen producido independientemente, es un tanto esquizofrénica, porque en realidad ambos hechos son el mismo: los pasivos de la Fed han aumentado porque ha caído la velocidad del dinero. No se trata, pues, de que una providencial caída en la velocidad del dinero nos haya librado de la hiperinflación: básicamente porque sin esa caída en la velocidad del dinero (aumento en su demanda) nunca se habría producido ese asombroso incremento de la base monetaria.

Y por si fueran pocos todos estos defectos analíticos –que mezclan la inexactitud teórica con la propaganda económica–, su efecto más nocivo ha sido el de desviar el debate del punto en el que debería haberse centrado: qué ha hecho la Reserva Federal con el casi un billón de depósitos que ha recibido de la banca. Todos los economistas se han escandalizado del notable incremento de los pasivos de la Reserva Federal y casi ninguno ha dedicado medio minuto a analizar qué ha pasado con sus activos, cuando ésa es la clave del asunto.

En general, y por resumirlo mucho, la Reserva Federal ha evitado una contracción secundaria pero también ha incentivado la creación de un nuevo descalce de plazos al adquirir un billón de bonos hipotecarios que vencen a 30 años.

Ahí precisamente reside la dificultad y los riesgos de futuro, aunque sólo algunos economistas de la Fed –que sí saben qué están haciendo– parecen darse cuenta. Cuando los bancos privados quieran disminuir su demanda de dinero (desatesorarlo) para volverlo a prestar al sector privado, la Fed tendrá que liquidar esos bonos hipotecarios al descuento, lo que sí supondrá un incremento de la oferta monetaria y una disolución del valor del dólar.

En definitiva, vemos como el uso de malas teorías económicas –en este caso sobre la demanda y el valor del diner–, no sólo nos lleva a malinterpretar la realidad, sino a desviar la atención de las cuestiones realmente clave. Por eso el monetarismo ha sido y seguirá siendo uno de los principales responsables de la crisis actual; una crisis no sólo económica sino también intelectual.

Xenofobia sindical

Formaciones como la neofascista Democracia Nacional y los grupúsculos neonazis y ultraderechistas de todo tipo han encontrado un interesante aliado en el sector andaluz del sindicato del partido que actualmente gobierna España. La Unión General de los Trabajadores de Andalucía ha hecho suyo uno de los lemas favoritos de los herederos hispánicos de José Antonio Primo de Rivera, Benito Mussolini o Adolf Hitler. Sin utilizar esas mismas palabras, el secretario del Sector Agroalimentario de la UGT de Sevilla, Emilio Terrón, ha venido a decir eso de "los españoles primero".

Pretende el señor Terrón que no se contraten extranjeros para la recogida de la aceituna. Acusa a los empresarios agrícolas de querer "importar" trabajadores rumanos para pagar sueldos menores mientras las oficinas de empleo "están llenas de parados" españoles. Se trata de mostrar de manera dulcificada –algo muy apropiado para su apellido– el clásico y falso argumento ultraderechista de que los inmigrantes "roban" el trabajo a los nacionales al cobrar menos que los de aquí. Lo que propugna el sindicalista sevillano es ni más ni menos que un mezquino proteccionismo laboral cargado de populismo, en un momento en el que millones de desempleados buscan una explicación a su situación y soluciones aparentemente simples a la misma.

Lo que no plantea el líder sindical, ni ningún otro xenófobo que recurre al argumento económico, es que "proteger" al trabajador nacional frente al extranjero no es una solución real. De hecho, si se aprueban leyes en ese sentido lo único que se logra es fomentar el trabajo irregular de inmigrantes y poner a estos en un lugar de mayor indefensión. Incluso en el caso de que funcionaran y se consiguiera frenar la inmigración, tampoco eso beneficiaría a los autóctonos que buscan empleo. Al reducir de forma artificial la oferta de trabajadores, los sindicatos presionarían para regular y encarecer aún más la contratación de forma que se mantendrían las tasas de paro.

Además, ningún supuesto interés nacional justifica que se viole el derecho básico de cada persona de tratar de conseguir una vida mejor allá donde lo considere adecuado. De hecho, lo necesario es abrir las fronteras a las mercancías, lo que llevaría el desarrollo económico a muchos lugares del mundo y a los seres humanos.

Una consecuencia nociva adicional de lo expresado por el sindicalistas sevillano es que fomenta el rechazo al extranjero. Con sus declaraciones transmite a los ciudadanos que la solución a sus problemas está en impedir que trabajen los procedentes de otros países. Dado el inmerecido prestigio de los sindicatos en ciertos sectores de la sociedad, Terrón ha dado carta de legitimidad a la peligrosa idea nacionalista de "los españoles primero". Cuando desde UGT denuncien el racismo y la xenofobia, o alerten sobre un crecimiento real o ficticio de la ultraderecha, alguien deberá recordarles que ellos tienen buena parte de responsabilidad.

Guay de las comparaciones

Así, los gobiernos pueden chulear de ser primeros, segundos o terceros, o, al menos, de estar por encima de la media de la OCDE, de la UE, de la UE-15 o del sursuncorda. Claro, también pueden quedar abochornados si ocupan los últimos lugares, o si no alcanzan la media susodicha.

En el fondo, lo que subyace en estas comparativas es una visión socialista del mundo, en que todas las personas son iguales y tienen las mismas preferencias. Por eso, cuando un país no alcanza la media, automáticamente se asume que el gobierno está haciendo algo mal, pues es la única explicación posible para tal separación, insisto, en ese mundo inexistente de individuos clónicos.

El ejercicio comparativo puede ser interesante y hasta informativo en determinados casos. Por ejemplo, puede ser interesante conocer el precio de la gasolina en los distintos países. Después de todo, se trata de un bien relativamente homogéneo del que todos sabemos cuanto consumimos y cuyo precio es sencillo de conocer. Además, en casi todos los sitios se vende de la misma forma, esto es, por capacidad adquirida, aunque en algunos países el precio se especifique en litros y en otros en galones (y al europeo no habituado le dé un sofocón al ver el precio en la gasolinera).

Ahora bien, el ejercicio alcanza cierto grado de delirio cuando estamos hablando de bienes o servicios más complejos. Por ejemplo, los servicios de telefonía móvil. ¿Cómo se pueden comparar los precios de servicios móviles, que son un conjunto de servicios muy heterogéneos, y que además se venden de muchas formas distintas? Quizá se pueda comparar el precio de un servicio determinado, no sé, el de SMS, con el de otros países, si se olvidan todas las ofertas de bonos, empaquetamientos y planes comerciales que hacen los operadores. Pero tratar de comparar los precios de la telefonía móvil, así, en general, parece tarea imposible.

Pues ni corta ni perezosa, la OCDE aborda periódicamente el ejercicio. Coge y se define unas cestas de llamadas, hace los números y clasifica a los países. El problema, es, por supuesto, lo de las cestas de llamadas. Porque lo que significan esas cestas es que existe una especie de ciudadano "medio" virtual, que hace un determinado número de llamadas de cierta duración y manda unos cuantos SMSs al mes. Así que lo que se mira es qué país es el más barato para ese ciudadano universal que, obviamente, no tiene nada que ver con ninguno de nosotros, ni españoles, ni americanos ni turcos. Pero sí con esa visión distorsionada de que todos los individuos tienen las mismas preferencias.

Al ser un ciudadano inexistente, sería absurdo que los operadores se dedicaran a hacerle buenas ofertas. Pero parece que eso es lo que espera la OCDE de los móviles: que en vez de tratar de dar servicio a los ciudadanos reales de cada uno de sus países, se lo den a ese tipo. Por cierto, a lo mejor coincide con el patrón de consumo del funcionario que ha definido la cesta. Así se garantiza el mejor precio en todos los países.

Como los operadores españoles sirven a ciudadanos reales españoles y compiten duramente al hacerlo, dicho sea de paso, suelen salir mal en las clasificaciones para ciudadanos virtuales. Las buenas noticias son que cada vez menos gente se toma en serio estos absurdos ejercicios. Ni siquiera, según parece, el Gobierno español.

¿Competencia cultural o integración forzosa?

Según Vermoet, mi crítica a la prohibición del velo omite dos cuestiones relevantes desde un punto de vista liberal: hablamos de menores de edad, sobre los cuales el Estado tiene potestad para dictar normas de comportamiento; y el Estado es el titular de las escuelas públicas, luego tiene derecho a establecer las normas que estime oportunas.

Ninguno de los dos argumentos me parecen coherentes con los principios liberales. En efecto hablamos de menores de edad, pero son los padres y no el Estado los que deben decidir sobre la educación de sus hijos. El Estado no tiene ningún derecho a interferir en tanto no se produzca maltrato o abuso, y hacer una excepción para determinados colectivos religiosos no sólo vulnera sus derechos sino que sienta un precedente que puede volverse en tu contra (como de hecho ocurre con asignaturas como Educación para la Ciudadanía). Es ingenuo pensar que el Estado va utilizar el poder que se le ha concedido en la dirección que uno personalmente desea.

No basta que alguien sea el titular de una propiedad para reconocer su derecho a establecer las normas, hace falta que sea titular legítimo. Si Pedro me roba el coche no tiene luego ningún derecho a llevarlo al desguace. El Estado, que usurpa a los padres el poder decisión en el ámbito educativo (y, vía impuestos, los medios económicos para tomarla), es la antítesis del propietario legítimo. La educación debería privatizarse y desregularse completamente, permitiendo que el mercado ofrezca una amplia variedad de modelos educativos. La competencia fomentaría la excelencia y presionaría los precios a la baja. Los padres, y no el Ministerio de Educación, decidirían lo que es mejor para sus hijos.

Este es el escenario ideal, extremo que quizás Vermoet no comparte. Pero no es el escenario actual, ¿qué normas de conducta deben regir en la enseñanza pública mientras ésta exista? Yo soy partidario de conceder autonomía a los padres dentro del sistema público: si se recluta a sus hijos, al menos que puedan elegir en la medida de lo posible. Si quieren que lleven un crucifijo o un velo por motivos religiosos, creo que es razonable permitirlo. El laicismo en la escuela no es neutro, también implica una imposición de valores (a saber, impone un ambiente no-religioso que los padres a lo mejor no desean). El argumento de Vermoet de que no puede cuestionarse el derecho del Estado a imponer normas de conducta va en contra de su defensa del derecho de los padres de elegir la lengua oficial en la que sus hijos deben estudiar. ¿Acaso no cuestiona que la Generalitat excluya el castellano de las aulas, aludiendo al derecho a elegir de los padres?

Lo mismo respecto a las calles y otros espacios públicos (que también privatizaría). Me inclino por la tolerancia de comportamientos pacíficos en espacios públicos, entre ellos vestir un burka. Por otro lado, tampoco hacen faltan leyes para prohibir el nudismo o los emblemas nazis, basta la costumbre (o el sentido del ridículo), que es lo que guía la mayoría de nuestros comportamientos. El código penal no prohíbe ir desnudo por la calle, y en Barcelona hubo asociaciones nudistas que incluso promocionaron ir por la vía pública sin ropa. Todavía no he visto a nadie paseando como vino al mundo.

Dicho esto, el burka y el nudismo no son equiparables. La razón por la que algunos quieren prohibir el nudismo (o el burkini en las piscinas públicas) es de tipo higiénico, o porque se considera de muy mal gusto, poco decoroso, etc. Dejando a un lado si este argumento justifica la prohibición del nudismo en la calle, las razones que se utilizan para defender la prohibición del burka suelen ser otras (pues vestir un burka es literalmente lo contrario que ir desnudo): opresión de la mujer por parte del marido, sumisión al Islam etc. Es decir, se pretende prohibir el burka por motivos paternalistas (para proteger a las mujeres de su propio adoctrinamiento y religiosidad, o porque se asume que están siendo coaccionadas, etc.).

Vermoet, no obstante, rechaza el argumento paternalista y defiende la prohibición de los velos integrales en base a su condición de "símbolo político". Pero no parece darse cuenta de que entonces entramos en el terreno de la libertad de expresión. Si es legítimo prohibir el burka porque "representa el integrismo islámico y la esclavización de las mujeres", ¿por qué no prohibimos las camisetas del Che, que representan la mayor tiranía que ha asolado la humanidad? Numerosos símbolos, propaganda y opiniones políticas tienen una influencia bastante más devastadora que el burka, pero obviamente no se prohíben porque sería una atentado contra la libertad de expresión.

Vermoet habla de "destalibanizar" Afganistán como se "desnazificó" Alemania, algo que Estados Unidos está lejos de conseguir después de ocho años de ocupación y que va a la raíz del problema: el burka es una manifestación externa de determinados valores, y no vas a cambiar esos valores arraigados prohibiendo sus manifestaciones externas. De hecho puede que tenga el efecto contrario, al percibir los afectados que se ataca su religión y su identidad. Alemania se "desnazificó" porque los alemanes mismos repudiaron esas ideas, no porque se prohibieran los símbolos nazis o se llevara a cabo una "reeducación forzosa".

Vermoet dibuja un cuadro bastante negro de la situación actual: fundamentalismo en auge en el mundo musulmán, radicalización de las minorías en Occidente. La no-integración de muchos musulmanes no es un problema baladí, y el fundamentalismo islámico es preeminente en varios países. Pero la realidad sigue siendo que los países musulmanes más retrógrados son también los más atrasados, y los más avanzados (Turquía, Jordania, los emiratos del Golfo) están muy influidos, en distinto grado, por nuestra cultura y son bastante más tolerantes y cosmopolitas. En Gaza puede que se vean mujeres con burka en la playa, pero en Dubai se puede llevar bikini. Creo que es obvio cuál de las dos regiones es la más pujante.

Como apuntaba en mi artículo anterior, la influencia de nuestros valores en Oriente Medio es tan intensa (a través del cine, la televisión, la música, la literatura, el deporte, la moda, los negocios) que los gobiernos se ven obligados a censurar los medios para que la sociedad no se "corrompa". En Occidente ni nos planteamos la censura en esos términos, porque los mensajes reaccionarios de Mahoma o el Corán no tienen ninguna acogida entre nosotros. Así es como se demuestra la superioridad de los valores occidentales.

Aún más difícil es aislarse del influjo de nuestra cultura si se trata de un musulmán viviendo en Occidente. En la medida en que sus hijos vayan a la escuela con otros niños nativos, tengan amigos de otras creencias religiosas, vayan al cine o a jugar al parque, vean la tele, se conecten a internet, lean la prensa, vayan a la universidad, trabajen en empresas o monten un negocio… nuestros valores harán mella. La intolerancia se cura interactuando con gente que piensa y actúa distinto. La guetización dificulta esa interacción, pero no creo que la mayoría de familias musulmanas puedan aislarse herméticamente con éxito aunque quieran, sobre todo en el caso de los más jóvenes. No en vano han inmigrando a Occidente con el fin de prosperar y eso normalmente implica ir a la universidad, participar en el mercado laboral o comerciar con gente diversa.

En mi crítica resaltaba el hecho curioso de que se tome como referencia el modelo de integración francés y no el de Estados Unidos, donde la prohibición del velo ni siquiera es debate. Al fin y al cabo Estados Unidos no padece los problemas de inmigración que tiene Francia, pese a tener una proporción mucho mayor de inmigrantes. Vermoet responde que en Estados Unidos sí hay integración política y los musulmanes no odian los valores del país, pero la razón por la que esto es así quizás hay que buscarla precisamente en la actitud americana más respetuosa con la diferencia. En Estados Unidos no tienes que renunciar a tu identidad o a tu cultura para ser considerado americano y, recíprocamente, considerarte americano. En Francia se exige una asimilación más fuerte si quieres ser considerado francés. La integración muchas veces requiere también de una actitud abierta o respetuosa por parte de la sociedad receptora. Sobre todo se trata de no fomentar estereotipos que alienen a los inmigrantes más susceptibles de dejarse influir, y de tenderles la mano o incluso encontrarse a mitad del puente si hace falta. Si perciben rechazo y hostilidad de entrada es probable que se autoexcluyan.

Vermoet habla del Reino Unidos y de Londres, ciudad en la que vivo. Tiene razón en que hay muchos guetos, mezquitas y una minoría radical, pero en general (y pese a los atentados terroristas de 2005) su modelo de integración funciona mejor que otros. Londres es un mosaico de culturas y nacionalidades conviviendo en casi perfecta armonía. No hay disturbios racistas, se puede pasear tranquilo por cualquier barrio (los ricos dejan sus Ferrari y sus Bentley aparcados en la calle, sin temor a que nadie los raye, robe o queme) y rebosa vitalidad, contrastando con un París envejecido y a ratos conflictivo. Londres es una ciudad internacional con conciencia de serlo. París es una ciudad francesa con inmigrantes.