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¿Libre mercado o intervencionismo?

La crisis económica está generando apasionantes debates cuya importancia para el pensamiento económico es capital. Tal relevancia puede ser comparable a la que tuvieron las discusiones en los años 30 entre dos grandes economistas, el austriaco y liberal Hayek contra el británico e intervencionista Keynes. Ahora, como entonces, el debate está girando sobre dos ejes clave.

En primer lugar, ¿cuáles son los orígenes de la crisis? ¿Se ha debido a la excesiva desregulación y a la ausencia de controles e intervenciones públicas sobre los mercados libres (como defiende el Nobel Joseph Stiglitz)? O por el contrario, ¿se ha originado por las masivas intervenciones de instituciones públicas o semi-públicas (p.ej. Bancos Centrales) en los sectores financiero, bancario e inmobiliario (como piensan otros analistas como Alberto Recarte)? Dependiendo de qué posición defienda, obviamente realizará sus recomendaciones de política económica en esa dirección, no sólo como medidas para paliar y salir de la crisis, sino como "modelo económico de referencia" para no volver a situaciones como ésta. Así, si cree que el problema ha sido que el mercado libre ha fallado, recomendará mayor grado de intervención estatal. Y si cree lo contrario, abogará por reducir el peso del sector público.

El segundo eje del debate es el que está dando más que hablar en las últimas semanas, y está relacionado con la salida de la crisis. ¿Ha comenzado ya la recuperación (como afirman FMI, la FED o el BCE)? ¿Cómo será ésta: adoptará forma de "V", "W", o "L"? Pero lo que quizás sea más interesante preguntarse y discutir sea: ¿Por qué, o gracias a qué o a quiénes, nos recuperaremos de la crisis? Aquí de nuevo tenemos, en resumidas cuentas, dos respuestas. O bien la recuperación se debe a las políticas de estímulo de los gobiernos y bancos centrales (expansión del gasto público, rescates masivos de entidades financieras, ayudas públicas a sectores en apuros, inyecciones masivas de liquidez y expansiones monetarias, reducciones intensas de las tasas de interés…), o bien la recuperación se produce debido a los "naturales" procesos del mercado libre, que tiende a reajustarse con relativa rapidez y que, en todo caso, han sido obstaculizados y retrasados por esas políticas públicas anticrisis.

Realmente, no son cuestiones fáciles de dilucidar con plena exactitud, especialmente si no se cuenta con un aparato teórico adecuado. Así que la disensión entre los analistas y expertos está garantizada: difícilmente un economista keynesiano se pondrá de acuerdo en estas cuestiones con un economista austriaco. Tenga en cuenta que tras más de 70 años después de la Gran Depresión, los economistas no se han puesto de acuerdo ni acerca de sus orígenes ni de las razones de su longeva existencia, ni tampoco coinciden en ponerle el mismo final. Por tanto, no hay ninguna razón por la que hoy se vaya a alcanzar un consenso instantáneo.

Usted quizá se esté preguntando con cierta indignación y desconcierto: ¿Por qué no se pueden poner de acuerdo los economistas de una puñetera vez? ¿Acaso es tan difícil examinar los datos y gráficos, y utilizar las sofisticadas herramientas estadísticas para llegar a unas conclusiones verdaderas?

Siento defraudarle, pero no es tan sencillo, principalmente debido a las fuertes limitaciones del análisis empírico para extraer conclusiones teóricas firmes en economía. Para comprender esto, piense en este sencillo ejemplo. Usted contrae un catarro y para curarse decide por primera vez no tomar jarabe, siguiendo los consejos de su amigo vegetariano. En este periodo, le suceden varias cosas: un día llega mojado a casa por una lluvia torrencial, otro día hace un frío inesperado, y una noche se deja la ventana abierta al dormir. El catarro se alarga más de la cuenta. ¿Se atrevería usted a maldecir a su amigo por su recomendación? ¿Hubiera acortado el jarabe el catarro? ¿Cuál fue la causa del alargamiento de éste?

Si tiene dificultades para responder, ahora tenga en cuenta que la economía, como ciencia social, estudia las complejas relaciones de intercambio y cooperación que se dan entre millones de seres humanos, y que infinidad de fenómenos acontecen simultáneamente. Así, mientras el gobierno está aplicando sus medidas intervencionistas anti-crisis, la gente olvidada está intentando salir adelante para evitar las nefastas consecuencias de la recesión. Mientras el gobierno interviene y, a pesar de ello, el necesario ajuste de precios y reajuste de la estructura productiva se están llevando a cabo (España sería un caso aparte). Millones de individuos se movilizan durante etapas de crisis, modificando y adaptando sus planes de ahorro, consumo e inversión a lo que el entorno marca. ¿Por qué, entonces, debemos atribuir el éxito de la recuperación a unas ínfimas decisiones (si se las compara con las decisiones de millones de agentes económicos) tomadas por el insaciable poder político y burocrático?

Pero entonces, ¿cómo puede pensar quien escribe estas líneas que los gobiernos están siendo el problema en la situación actual, teniendo en cuenta lo que dije arriba? La clave está en la teoría económica. Sin una buena teoría, lo más fácil es dar palos de ciego con datos sin sustancia y fenómenos a los que sólo se pueden encontrar explicaciones arbitrarias, nada sistemáticas. Por ello la macroeconomía moderna, basada principalmente en fundamentos keynesianos y monetaristas, está todavía en estado de shock

El spam de los estercolares

También se dedica a intentar desacreditar las iniciativas de los demás atacando sus métodos no porque sean malos, sino porque se usan en contra de las ideas de izquierdas. Es, de nuevo, la vieja ley del embudo, lo ancho para mí, lo estrecho para ti.

Fue hará cosa de un mes. El ex director de Público, Nacho Escolar, escribió en el periódico y en su blog un ataque contra la asociación conservadora Hazte Oír en la que la acusaba de enviar spam. En concreto, afirmaba que contaba con una "máquina" para realizar esta labor porque esta organización pone a disposición de todo el mundo –y no sólo de sus miembros– una herramienta que permite enviar una carta al director a 120 medios distintos.

Como Libertad Digital es un medio pequeño en el que casi todos hacemos casi de todo (y pongo el casi para evitar chistes fáciles), alguna vez he tenido que seleccionar y publicar las cartas al director. Créanme que los enviados a través de la herramienta de Hazte Oír se reconocen inmediatamente, y no dudo que algunos medios decidirán no publicarlas sabiendo que su sección puede compartir cartas con la de la competencia. Como es de esperar, los más son propios de la ideología de la organización, pero distan mucho de ser los únicos. Desde defensores de los Organismos Modificados Genéticamente a defensores de los animales y ecologistas, todo tipo de personas emplean ese formulario para enviar sus cartas.

El caso es que considerar esto una "máquina para enviar spam" es, como poco, atrevido. El sistema no envía mensajes indiscriminados y no deseados, sino sólo a unas direcciones específicas creadas también específicamente para recibir ese tipo de mensajes. Yo tengo que enviar mensajes con cierta frecuencia a grupos de 20 o 30 personas; esto no se diferencia mucho técnicamente, Hazte Oír tan sólo facilita un poco la labor. Pero no, no son los responsables de que su buzón esté inundado de ofertas de Viagra y mensajes muy correctos de nigerianos que quieren hacerle a usted rico.

En definitiva, esta herramienta nada tiene que ver con lo que usted o yo entendemos comúnmente por correo basura; tampoco creo que concuerde con lo que Escolar considera spam, pero siempre hay que cargar las tintas cuando de ponerle la mordaza a otros se trata; también le pareció muy bien emplear su blog como altavoz con el que promocionar una recogida de firmas para que la Conferencia Episcopal echara a Losantos.

Con todo, Escolar no es lo peor, ni mucho menos. Lo peor son sus acólitos, los que comentan habitualmente en el blog, los que puntúan como "comentario destacado" la receta para "cocinar un feto", los que algunos llaman los "estercolares". Y para prueba, un botón; los días posteriores al artículo fueron los primeros y últimos hasta la fecha en que la dirección de cartas al director de Libertad Digital recibió mensajes "no deseados" enviados desde la herramienta de Hazte Oír, es decir, mensajes que no eran cartas al director. Tenían todos un denominador común: se identificaban a sí mismos como spam e indicaban que procedían de la organización conservadora, animando en muchos casos a que se la denunciara, no sé aún por qué artículo del Código Penal.

Se ve que la herramienta nunca fue el problema. El problema es que se use para promocionar ideas discrepantes con el pensamiento que quiere ser único como sea.

Hacienda 2010, la odisea tributaria

El tiempo apremia. Las directrices de Bruselas son claras en esta materia. Para 2012, los países miembros de la zona euro deberán recuperar la estabilidad presupuestaria y, por lo tanto, el déficit no deberá superar el 3% del PIB, tal y como establece la UE. En caso contrario, habrá graves consecuencias.

El problema es que, en la actualidad, el Gobierno está gastando el doble de lo que ingresa. El déficit y la deuda pública aumentan a un ritmo récord, como resultado del ya famoso Plan E. Un "estímulo" a base de dinero público que ha tenido un efecto nulo sobre la economía, pero que está siendo nefasto para las cuentas públicas.

Los miles de millones invertidos en el rescate de las inmobiliarias y promotoras no impedirá el colapso que vive el sector; los 5.000 millones de euros para ayuntamientos constituyen un despilfarro sin parangón y, pese a ello, el Gobierno prepara un segundo plan de similares características para el próximo año; las ayudas públicas para la compra de vehículos, o el nuevo subsidio de Corbacho para parados sin prestación son las últimas medidas que se suman a esta suerte de despropósitos.

El Gobierno vende a la ciudadanía que estos planes servirán para ayudar a los más necesitados y paliar la recesión que vive el país. Por desgracia, no sólo no servirán de nada sino que, además, pasarán una factura difícilmente cuantificable para los contribuyentes. Economía prepara una amplia reforma fiscal en la que revisará al alza numerosos tipos impositivos: nuevos impuestos verdes, aumento de tributos indirectos y subida del IRPF a las rentas altas (más de 60.000 euros al año).

No se dejen engañar. La clase media sufragará el coste del rescate económico ideado por Zapatero. Los contribuyentes con rentas brutas anuales comprendidas entre los 10.500 y 39.000 euros son los que abastecen de recursos al Fisco. Entre ambos tramos se concentra el 65,6% de los contribuyentes y el 56,5% del total de la recaudación por IRPF, según los datos de la Agencia Tributaria correspondientes a 2007. Las rentas superiores a 60.000 euros únicamente representaron el 4,3% de las liquidaciones del IRPF, y apenas el 20% de la recaudación total.

De este modo, es evidente que la reforma fiscal afectará, sobre todo, a las rentas medias. No obstante, el contribuyente medio es mileurista y paga unos 4.000 euros al año en IRPF. Nada extraño si se tiene en cuenta que 18,3 millones de trabajadores (el 63% del total) perciben unos ingresos brutos mensuales inferiores a 1.100 euros mensuales.

De momento, Economía ya ha subido los impuestos del tabaco y la gasolina, ha eliminado la deducción por compra de vivienda habitual, ha endurecido las inspecciones fiscales a empresas y autónomos y presiona a Interior para que recaude más multas de tráfico.

A continuación, será el alcohol, el IRPF, el IVA y nuevas figuras impositivas las encargadas de incrementar por vía fiscal los deteriorados ingresos del Estado. De este modo, el ciudadano medio, además de tener que seguir pagando las facturas y las letras de la hipoteca, con la incertidumbre de quedarse en paro, tendrá que soportar un significativo incremento de la presión fiscal. Los trabajadores y empresas serán castigados por el Gobierno en 2010.

Dicha reforma tan sólo retrasará la recuperación económica. En un momento en el que familias y empresas se esfuerzan por saldar deudas y aumentar sus tasas de ahorro, el Ejecutivo ha incurrido en el mayor despilfarro de dinero público de las últimas décadas y, por lo tanto, contrarresta el positivo desapalancamiento iniciado por los agentes privados.

Y todo ello, sin tener en cuenta que el mayor volumen de gasto público aún está por llegar. Se trata del rescate bancario. Más de 90.000 millones de euros, según la estimación inicial de Economía (FROB) –que será más– para salvar a entidades financieras insolventes.

¡Fantástico! Y mientras, Alemania, tras sufrir la mayor recesión en décadas, comienza a repuntar manteniendo el déficit público en el 1,5% del PIB. Spain is different my friend.

Una recompensa a la mala gestión

No es que quiera simplificar el cometido de un banquero central aunque, como ya expliqué, Bernanke debería haberse limitado a lo que prescribió Walter Bagehot en su famoso tratado Lombart Street:

La mejor manera en la que el banco de banco –que posee la custodia de las reservas de todos los bancos– puede gestionar una crisis de confianza es prestando sin límites. El instinto inicial de todo el mundo es el contrario. Que si existe una gran demanda del bien que tu quieres preservar, hay que atesorarlo (…) Pero todo banquero sabe que este no es un buen mecanismo para calmar el pánico (…). Quienes tienen el dinero en efectivo deben estar preparados no para utilizarlo no para satisfacer sus obligaciones, sino las obligaciones de los demás. Han de prestar dinero a los mercaderes, a los pequeños banqueros, a ese y a aquel hombre… siempre que aporten buen colateral.

Subrayo deliberadamente las últimas cinco palabras porque son la clave para delimitar el error de Bernanke. Básicamente, pensemos en un pánico bancario como un escenario en el que cada individuo está ansioso por retirar su dinero del banco no porque necesite el efectivo, sino porque el resto de personas –que tampoco lo necesitan– están acudiendo a retirarlo y teme que no haya suficiente para todos y que, por tanto, los demás sean más veloces y se queden con su porción.

Se trata, pues, de un problema de coordinación entre los agentes: nadie sacaría el dinero del banco si nadie más lo hiciera, pero como todos lo hacen, todos se ven forzados a hacerlo. En Teoría de Juegos se diría que nos encontramos ante un dilema del prisionero donde la acción individual provoca consecuencias colectivas desastrosas (la destrucción de grandes cantidades de unidades de negocio sin motivo alguno).

Por fortuna, los mercados suelen desarrollar mecanismos que coordinen a los agentes y prevengan estos resultados desastrosos. En nuestras sociedades, ese mecanismo de coordinación está monopolizado por los llamados bancos centrales, encargados de gestionar de manera centralizada estos pánicos bancarios. No es una situación agradable ni óptima, pero es la que tenemos y padecemos y, por tanto, la que hemos de analizar. Una resignación que también se manifestaba en el texto de Bagehot:

Habría fracasado en mi objetivo si no hubiese mostrado que un sistema que confíe todas las reservas a un solo banco es anómalo, peligroso y trae nefastas consecuencias no del todo percibidas. (…) Estamos tan acostumbrados a un sistema bancario que dependa de un solo banco, que difícilmente podemos concebir otro. Pero un sistema natural –el que habría emergido sin la intervención del Gobierno– es el de muchos bancos que no se diferencien mucho de tamaño. (…) ¿Me convierte eso en revolucionario? ¿Propongo abandonar el sistema del monopolio de reservas y pasar a uno de reservas competitivas? Simplemente no, sería demasiado ingenuo por mi parte.

Así pues, y admitiendo que vivimos en uno de los peores sistemas financieros posibles, ¿qué política debe implementar un banquero central ante una crisis de confianza en la banca? Pues prestar sus reservas de manera ilimitada… siempre que exista buen colateral; esto es en el lenguaje inglés del s. XIX, activos que vayan a cobrarse sin incertidumbre y a corto plazo.

Cualquier otro préstado ilimitado por parte del banco central será un mecanismo de "ahorro forzoso" que confundirá salir de una crisis de liquidez con evitar un conjunto de necesarias quiebras empresariales (en este caso de la banca). Es decir, un mecanismo para que la ciudadanía subsidie a la banca vía inflación.

Dentro de esas directrices y siendo conscientes de las muy importantes diferencias entre el sistema bancario que estudiaba Bagehot y el actual, las decisiones que tomó Bernanke durante el cuarto trimestre de 2008 fueron bastante sensatas. En concreto, conforme se acumulaban las reservas de la banca privada en sus baúles, comenzó a descontar efectos comerciales a corto plazo de las empresas (en un programa que se denominó Commercial Paper Funding Facility) y al resto de la banca comercial (en otro programa denominado Term Auction Facility). Dos medidas, como digo, bastante acertadas que no suponían tensiones inflacionistas –como demuestra el hecho de que casi todas las empresas y bancos a las que prestó dinero ya lo han devuelto– y que permitían a la economía disipar el pánico sin bancarrotas innecesarias.

El problema es que a partir de 2009 Bernanke comenzó a prestar, no a corto plazo, sino por períodos de tiempo muy prolongados. Así, inició un programa para adquirir hipotecas a 30 años por importe de un billón de dólares y otro para comprar masivamente la deuda pública que emitía Obama para financiar sus planes keynesianos de estímulo.

Con ellos, Bernanke está poniendo en muy serio peligro la salud de la economía estadounidense y la estabilidad de su moneda. Y todo sin que fuera en absoluto necesario para resolver el pánico de confianza.

Tengamos presente que, siendo optimistas, la Fed no recuperará hasta dentro de 30 años el dinero que ha destindo a comprar hipotecas a valores muy inflados y que había recibido como depósito a la vista por parte de los bancos privados. En el momento en que estos bancos privados quieran retirar sus fondos de la Fed (y previsiblemente lo querrán antes de 30 años), al banco central no le quedará más remedio que, como ya reconocen sus propios directivos, vender a muy bajo precio las hipotecas y diluir el valor del dólar. El billete verde, por consiguiente, podría sufrir un pánico de confianza de la misma manera en que lo ha sufrido hoy el sistema bancario privado.

Y si estos son los méritos de Bernanke, ¿por qué Obama decide ahora renovarlo al frente de la Fed? Pues simplemente porque ha actuado muy lealmente a la hora de colocar las ingentes cantidades de deuda pública que ha emitido la nueva Administración con tal de expandir el poder del Estado. Roma no pagaba a traidores, Washington sí.

De Malthus a Malthus y tiro porque me toca

No es mi intención detenerme a señalar las fallas y deficiencias de este razonamiento, hoy blandido en diferentes versiones por los keynesianos. Baste apuntar que, como decía Stuart Mill, la demanda de trabajadores no depende de la demanda de bienes de consumo; el subconsumismo deja fuera de su ecuación la esencial influencia del ahorro y la inversión en el sistema capitalista. Menos consumo no es más pobreza, sino al contrario: más inversión y más riqueza.

Lo que sí pretendo es desarrollar uno de los comentarios al margen que realiza el profesor Cabrillo: los mismos que hace años acusaban al capitalismo de promover un consumismo desbocado e insostenible son ahora quienes lo acusan de generar un insuficiente consumo como para salir de la crisis. ¿Contradicción? No, conveniencia. Su finalidad en parte inconsciente siempre ha sido la de incrementar el poder del Estado: antes para que controlara el consumo –por ejemplo regulando la publicidad y sobre todo restringiera el uso de unos recursos naturales que iban a agotarse inminentemente–, ahora para que incremente el gasto público y fuerce aumentos salariales.

El cambio de ritmo no es casual. Existe una marcada correlación en la historia del pensamiento económico entre los períodos inflacionistas y el mileranismo ecologista y entre los períodos deflacionistas y las ideas subconsumistas. Al fin y al cabo, los malos economistas elaboran sus teorías de manera chapucera según por donde sople el viento contrario a la libertad y no tratando de comprender las esencias de la acción humana.

Probablemente el ejemplo más claro y esquizofrénico de esta correlación sea el de Thomas Malthus. El economista inglés ha pasado a la historia por su Ensayo sobre el Principio de la Población, escrito en 1798, donde pronosticaba que si la población crecía en términos geométricos y los recursos en aritméticos, pronto alcanzaríamos un estado de pobreza generalizado donde no dispondríamos de suficientes bienes de consumo para sobrevivir.

Menos conocido, sin embargo, es que Malthus escribió en 1819 sus Principios de Economía Política, cuyo mensaje más importante fue que el progreso económico se veía obstruido… por el insuficiente consumo de la población. ¿Cómo era posible que los riesgos fueran simultáneamente consumir demasiado y hacerlo demasiado poco? El pasaje de Malthus en el que intenta justificar ante David Ricardo su cambio de postua deja en evidencia su desorientación y confusión:

Me parece que Ricardo ha caído en el mismo error en el que estuve a punto de caer yo cuando, después de haber demostrado que los poderes irrestrictos de la población iban mucho más allá de los de la tierra para producir comida incluso en las condiciones más favorables posibles, hubiese considerado que la población resultaba irrelevante a menos que llevara a la tierra al colapso. Pero dicho esto, la población podría ser superflua, y muy superflua, en relación con la demanda de recursos para el consumo pese a ser deficiente, y muy deficiente, con respecto a la capacidad de la tierra para producir recursos adicionales para el consumo.

No se trata tanto de que Malthus fuera víctima de distintos Zeitgeist, sino que cayó en la trampa de una pobre observación empírica que lo llevó a teorizar sobre la marcha. Al fin y al cabo, en 1797, un año antes de que Malthus publicara sus teorías sobre la población, el Banco de Inglaterra suspendió pagos debido a que el Gobierno inglés financió desde 1793 la guerra contra la Francia revolucionaria imprimiendo billetes. Dicho de otra manera, Malthus reflexionó sobre la carestía de recursos naturales en un período inflacionista, donde todos los precios subían y donde parecía que pronto nadie podría seguir comprando nada: desde 1793 a 1800 los precios aumentaron alrededor del 70%.

De la misma manera, Malthus publicó sus teorías subconsumistas en 1820, un año después de que el Banco de Inglaterra volviera a convertir sus billetes en oro a la antigua paridad, lo que acentuó la deflación que ya había comenzado en 1815-1816 con el fin de las guerras napoleónicas y el anuncio de que se restaurarían los pagos. En otras palabras, Malthus teorizó sobre la falta de consumo en un momento en el que los precios descendían y las mercancías se acumulaban en las estanterías de los tenderos: entre 1815 y 1820 los precios cayeron más de un 40% volviendo a su nivel original.

Pero para comprobar estas marcadas oscilaciones en el pensamiento económico no hace falta irse casi 200 años atrás. Pensemos simplemente en cuál era una de las máximas preocupaciones durante la última década: el agotamiento de los recursos naturales. Hace poco más de un año todos los precios de las materias primas alcanzaron máximos históricos y los agoreros de siempre ya estaban pronosticando desabastecimientos generalizados por el planeta. Ahora, cuando sus precios han caído alrededor de un 70%, parece que el agotamiento está lejano y se exige a los poderes públicos que estimulen unos niveles de consumo que antes tildaban de insostenibles.

Lo mismo puede señalarse sobre el precio de los pisos: si hace años se pedía al Estado que forzara reducciones de precios para lograr una vivienda asequible, ahora se le exige que adopte distintas medidas, como recomprar los inmuebles a promotores y bancos, para evitar caídas tan drásticas de los precios.

La explicación a estos giros de veleta es sencilla y ya la hemos adelantado con Malthus: la fase alcista del ciclo se caracteriza por que el sistema bancario, guiado por los bancos centrales, fomenta una expansión crediticia muy por encima del volumen de ahorros reales, proceso que genera una presión excesiva sobre los bienes presentes (todo el mundo compra a crédito mercancías no producidas, por lo que suben los precios); la fase contractiva, por el contrario, se define por que todo el mundo intenta amortizar sus deudas y no toma dinero prestado para consumir: nadie compra a crédito y por tanto se amontonan una gran cantidad de stocks en los almacenes que deben ser liquidados a bajos precios.

En apariencia, pues, el problema en las fases expansivas es la exhuberancia irracional (consumimos demasiado y terminaremos con el plantea) y en las fases contractivas la excesiva frugalidad (consumimos demasiado poco y arruinaremos a los empresarios). Y, por ello, los estatistas piden primero controles malthusianos y después estímulos keynesianos.

En definitiva, los efectos del ciclo económico que provocan los bancos centrales no se limitan a la enorme destrucción de riqueza que generan, sino también a la promoción de todo tipo de doctrinas acientíficas, liberticidas y pauperizadoras. Otra mancha en el historial de nuestro intervenido sistema financiero.

Los instrumentos del banco central para expandir el crédito

El sistema basado en el patrón oro impidió a los gobiernos extenderse y crecer debido a las grandes restricciones presupuestarias a las que se veían sujetos. Sin embargo, desde que el Estado expropió el oro, la inflación empezó a utilizarse como recurso de autofinanciación. De ahí que Jacques Rueff hablase de "era de la inflación".

El proceso inflacionario debe entenderse no como el aumento generalizado de precios, sino como el incremento de la cantidad de dinero en el sistema económico como consecuencia de políticas monetarias, que suele producir (aunque no siempre) un aumento de los precios porque la moneda pierde valor adquisitivo y calidad. La inflación es, por tanto, un fenómeno monetario causado por la expansión crediticia por parte de las autoridades monetarias.

Bajo el sistema de patrón oro la estabilidad del oro era tal que su valor variaba muy lentamente. Si el stock de oro se modificaba (producción nunca por encima del 4 por ciento anual), los precios relativos tendían a ajustarse a la nueva cantidad. En un sistema de Banca Central en el que se sustituye el dinero-mercancía por dinero fiat, las autoridades monetarias pueden manipular la oferta monetaria y expandir el crédito a discreción. Cuando el objetivo de las autoridades monetarias es el de introducir más dinero en circulación, se habla de política monetaria expansiva.

Dentro de las operaciones que amplían la base monetaria podemos distinguir las que son externas al banco central (autónomas) y las que son internas (controlables). Las operaciones externas serían los superávit de la balanza de pagos (sector exterior). Si hay saldo positivo en el comercio exterior porque las exportaciones superen a las importaciones, las reservas en divisas aumentarán provocando un aumento en la base monetaria.

Nos interesa resaltar y prestar más atención a las operaciones internas, ya que son las operaciones utilizadas por el banco central para controlar la base monetaria, y de esa manera influir en la oferta monetaria y expandir el crédito. Dentro de estos instrumentos de control, encontramos las siguientes:

Operaciones de mercado abierto. Son las operaciones de compra-venta que lleva a cabo el banco central con las entidades financieras en el mercado abierto para adquirir o desprenderse de títulos de deuda pública (letras, bonos y obligaciones). Si compra deuda pública, incrementará el activo en la cuenta de crédito sobre el sector público, por lo que tendrá que aumentar el pasivo monetario (creación de dinero). Las entidades financieras se desprenden de valores de renta fija por liquidez, que podrá ser utilizada para conceder más préstamos. Es la herramienta más importante de control monetario de los bancos centrales.

Préstamos a la banca. Las autoridades monetarias pueden aumentar el dinero en circulación otorgando préstamos a los bancos. El tipo de redescuento es el interés que cobra el banco central a los bancos que acuden a descontar títulos previamente descontados por ellos. Estos créditos se realizan, principalmente, a través de operaciones de mercado abierto y a través de facilidades permanentes. Las tasas de descuento que fijan los bancos centrales por realizar el redescuento resultan de gran importancia para el conjunto de la economía ya que sus cambios están relacionados directamente con la cantidad de dinero que circula en el mercado. Si reduce la tasa, hará más atractivos los préstamos bancarios en la ventanilla de descuento. Las entidades financieras solicitarán mayores importes (expandiéndose de esta forma la base monetaria) y los empresarios dispondrán más fácilmente de dinero para invertirlo en sus proyectos.

Operaciones de cambio. Cuando el banco central compra y vende activos en moneda extranjera. La compra de activos externos tiene efectos sobre la cantidad de dinero en la economía ya que aumenta la oferta de dinero.

Coeficiente de caja. El banco central decide las reservas mínimas, es decir, el mínimo de reservas que deben tener los bancos en proporción a los depósitos a la vista para poder satisfacer la demanda de efectivo por parte de los depositantes. El coeficiente de caja (o encaje bancario) indica el porcentaje de los depósitos que ha de mantenerse líquido, es decir, sin prestarse. Actualmente, éstos deben tener, al menos, un coeficiente de caja igual a un 2 por ciento de sus depósitos en el caso europeo. Si el banco central decide reducir el coeficiente de caja, estará propiciando que los bancos reserven menos dinero y presten más, con lo que la cantidad de dinero en circulación será mayor, aumentándose la oferta monetaria. Si baja el encaje se expande el crédito mediante el multiplicador monetario.

El Big Bang de Obama

Eso, y no otra cosa, es su "yes, we can". Un "Podemos" que dispara a todos los cambios que se habían resistido secularmente. Entre otras cosas, por causa de la Constitución y del federalismo. Pero éste está de capa caída, y la Constitución es, en la mente de Obama, un texto con una legitimidad corta y breve. Y en ningún caso un freno a la voluntad de los estadounidenses que le tiene a él como máximo representante.

Obama es un presidente atípico, de eso no cabe duda. Está a la izquierda de su partido, que es la izquierda posible en Estados Unidos y, en condiciones normales, jamás habría llegado a la presidencia de un país que mayoritariamente se confiesa conservador. Pero ha llegado en un momento de crisis a la que ha contribuido en no poca medida su antecesor, George W. Bush. Y las crisis debilitan la resistencia de la sociedad a las embestidas del poder. El jefe de Gabinete de Obama, el radical Ralph Emmanuel, declaró en su momento que "no querrás jamás que una buena crisis se eche a perder. Esto es, lo que quiero decir es que es una oportunidad para hacer cosas que, de otro modo, no podrías hacer".

Obama quiere reformar el mercado financiero, el sanitario, el energético y lo que se le ponga por delante. The Politico, esa última gran creación del periodismo, explica que el Big Bang de Obama se desinfla. El Big Bang es la teoría de que Obama tenía que aprovechar el impulso político de su llegada para atizarle varios trágalas al Congreso de los Estados Unidos, en lugar de negociar en años sucesivos cada uno de los grandes proyectos de su Administración. Esa teoría podría ser más falsa que el flogisto.

Porque Obama es el epítome de la elocuencia vacía. Sus palabras son sugerentes y atractivas, un llamamiento a todo el mundo a hacerlas suyas. Pero no son lo suficientemente precisas como para explicar bien cuáles son sus verdaderos planes. Obama, sencillamente, no ha explicado a sus ciudadanos las razones y las implicaciones de todas sus políticas. Los cambios se aceleran, pero la gente tiene que digerirlas antes de aprobarlas. Y congresistas y senadores lo saben, y temen perder sus puestos si siguen ciegamente al presidente, incluidos varios demócratas.

Quizá la política de los Estados Unidos no sea tan de chicle como pretende Obama.

Experiencia democrática venezolana

En Madrid, Pedro Almodóvar, gañán ilustrado, el malhumorado Fernando Fernán Gómez y la bellísima Leonor Watling leen un manifiesto bajo el título "paremos la guerra en Irak". Los tres lamentan que haya quien esté "contra la experiencia democrática venezolana".

Chávez continúa con su democracia experimental. La democracia, como él y sus admiradores la entienden, es un palo con el que golpear, hasta las últimas consecuencias, a los recalcitrantes. Como siempre los hay, la cuestión es entrar en sus mentes e impedir que refuercen sus propias ideas. Chávez está en plena guerra contra los medios de comunicación desafectos, "independientes", como se hacen llamar. Pero esa visión bolivariana del futuro le lleva a entrar directamente en las escuelas para sustituir la instrucción en el acervo de saberes que pueden transmitir sus profesores, una panoplia de viejas y gastadas ideas, por una verdad para una nueva sociedad. Educación para la bolivarianía.

Así se construye la democracia experimental de nuestros queridos Almodóvar, Gómez y Watling, entre ejércitos paralelos al servicio del partido (recuerden a las SS, fruto de otra experiencia democrática), junto a la aplicación del socialismo a los periodistas, en forma de palizas, cabe a la formación de una nueva oligarquía. El fin, que siempre es un futuro prometedor que otros nos han querido negar, y que está permanentemente a la vuelta de la esquina, justifica los medios. Claro que sí.

Especialmente cuando esos medios son democráticos. Como, por ejemplo, la aplicación de gas bolivariano sobre las masas, que se manifiestan en la calle, del modo más antirrevolucionario, contra la nueva Ley Orgánica de Educación. ¡Qué experimental! ¡Qué democrático! ¡Cuán bolivariano! ¡Cuán progresista y de izquierdas! Gases lacrimógenos. ¡Lágrimas de cocodrilo!

Cada día que pasa, esta democracia es más experimental.

Vigilante

Italia está un poco revuelta porque Silvio Berlusconi está intentando poner orden en un fenómeno que tiene allí, según parece, bastante arraigo. Se trata de la creación, a veces espontánea y efímera, otras de un modo más arraigado y permanente, de organizaciones vecinales que proveen un servicio de seguridad a la comunidad.

Es claro que con la expresión vigilante, cuyo origen español es evidente, se puede referir uno a la organización de grupos ciudadanos para la comisión de crímenes socialmente aceptados, al menos por una parte de los vecinos: la represión de los miembros de cierta raza o de los extranjeros, pongo por caso. En tal caso de lo que hablamos es de crimen organizado. Pero generalmente a lo que nos referimos con los vigilantes es a organizaciones creadas para reprimir el crimen o aminorarlo, no para cometer actos criminales.

La Policía pública no es la única solución al problema del crimen. Es claro que todos tenemos derecho de defendernos. También podemos contratar en el mercado a compañías especializadas en la defensa de nuestra casa, nuestra urbanización o nuestro barrio. Pero también cabe, como en otros ámbitos de la vida, que sea la propia sociedad local la que se organice para hacer cumplir la ley, como pueden organizarse para cualquier otro cometido de interés social.

Estos grupos tienen la ventaja de manejar un conocimiento cercano a los problemas locales. Además refuerzan los lazos sociales, y esa misma fortaleza desincentiva la actuación criminal. Tienen el riesgo de ponerse al servicio de la represión de actividades legítimas que consideren inmorales.

La experiencia de los Estados Unidos, que no tiene porqué ser muy diferente de la de otros países, es que estos grupos se crean cuando las instituciones encargadas de mantener la ley y el orden han fallado, mientras que, como dice Bruce L. Benson en To serve and protect refiriéndose a varios casos históricos, “las organizaciones vigilantes se formaron para reestablecer la ley y el orden, no para desafiarlos”.

Los vecindarios no tienen control sobre su propio desarrollo, ya que las calles y el urbanismo son de carácter público, y ello permite que se incrusten en esa sociedad actividades que son socialmente perjudiciales y que hacen caer el valor del barrio. Uno sólo tiene que observar la diferencia entre un barrio público y una urbanización privada por lo que se refiere a la incidencia de venta de droga o a la prostitución.

En ocasiones no hay que recurrir a la violencia. Como el caso de los gorras naranjas (orange hats) de Anacostia, Washington D.C., que se apostaban frente a los camellos en sus puntos de venta ataviados con una gorra de ese color. Los vendedores de droga se ponían nerviosos, lanzaban amenazas, pero acababan yéndose. Luego compraron cámaras de video, y los filmaban. Desaparecieron de las calles, pero no dejaron, seguramente, de realizar su negocio. Sólo que ya no estaba tan a la vista.

Los grupos vigilantes, si violan la ley, son como cualquier otro de los que ya viven en nuestras ciudades. Y si no lo hacen, pueden llegar a ser su mejor aliado.

Un desatino cebrianés

Comienza mencionando el franquismo, y es que hay gente que lo conoció bien, medró con él, y no pueden dejar de recordarlo; o quizás quiere manchar con tintes franquistas a quienes va a criticar, pero eso sería un golpe bajo seguramente impropio de su nivel argumentativo.

Cebrián protesta contra la mala costumbre de gobernar a golpe de decreto ley, porque no suele haber la "extraordinaria y urgente necesidad" que requiere la Constitución. Pero la Constitución no menciona de quién o para qué sea esa extraordinaria y urgente necesidad, y el Gobierno de ZP y sus amigos de la Sexta (a quienes con muy mala educación nunca menciona por su nombre) son conscientes de que comienza la temporada de fútbol (urgencia) y no pueden seguir ofreciéndolo gratis con el pastón que les han costado los derechos de emisión (extraordinaria necesidad).

La Cuarta y la Sexta han negociado para formar una Quinta de Buitres y repartirse la tarta jurgolera, pero parece que no se han puesto de acuerdo y ahora en Prisa están muy enfadados. Tanto, que al de la ceja y a sus subalternos les tacha de "sedicente talante democrático", algo feísimo. Y dice que no tienen calidad democrática y que no respetan la división de poderes: quizás se refiera al reparto del poder entre los socialistas y su antigua maquinaria de propaganda periodística, ahora traicionada por otra más joven. Y es que son arbitrarios, inmorales, maniáticos y ensoñadores.

Para Cebrián ha sido un "abuso gubernamental perpetrado" por el Gabinete al aprobar "por decreto ley la implantación del sistema de pago en la Televisión Digital Terrestre". Suárez y González también hicieron lo del abuso del decreto ley, pero Cebrián se siente magnánimo y los perdona, porque era la Transición (qué tiempos aquellos) y "se trataba de construir la democracia y de hacerlo de manera efectiva y rápida". Que no disculpe lo de ZP ahora quizás se deba a que disfrutamos de una democracia sólida y consistente, o tal vez porque ahora se trata de destruirla de manera efectiva y rápida.

Cuando habla de "favorecer los intereses de una empresa cuyos propietarios están ligados por lazos de amistad al poder" conviene prestarle atención porque el tema se lo sabe al dedillo. Quizás los lazos ahora no son tan cordiales (del amor al odio, ya se sabe que hay un paso) y presa de los celos ahora parece que quiere lanzar un recadito al PSOE y recordarles a "los votantes que creen en la moralidad de las propuestas de los políticos". Esos votantes que quizás lean El País y sigan sus directrices electorales.

Cebrián alaba las virtudes de la competencia leal y transparente, de la que son fervientes partidarios él y su empresa, ahora que ya están más o menos establecidos (antes no se recuerda este entusiasmo); pero estima que "el panorama audiovisual español ha sido manoseado hasta la obscenidad por este Gobierno mediante medidas parciales y caprichosas". Otros gobiernos seguramente no han manoseado hasta la obscenidad el panorama audiovisual español mediante medidas parciales y caprichosas. No pensemos en Canal Plus, ni en la Cuatro, ni en la Ser, ni en Antena 3…

En su película hay otro malo muy malvado, quizás para que le sirva de advertencia a ZP a ver si se arrepiente de sus errores y se redime: Aznar, que echó la derecha al monte y desde entonces "sólo asistimos a políticas de división y enfrentamiento". Esta es la moraleja final de su mensaje: derecha mala, evitemos las peleas entre los izquierdistas de ambos emporios mediáticos.