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El estanco de Roures

En 1952, la exposición de motivos del decreto de organización del recién creado Ministerio de Información y Turismo hacía la siguiente confesión, plagada de los habituales eufemismos:

La información se configura como uno de los servicios públicos de más hondo contenido y más delicado tratamiento, ya que debe sujetarse a la obligación de promover el bien común, en orden a formar sanos criterios de opinión y a difundir la más auténtica conciencia de nuestra Patria y sus circunstancias, tanto en el interior como en el exterior.

Por una suerte de metonimia se calificó después como servicio público a los concretos medios de información de masas, tanto los que ya existían en los años 50 del pasado siglo –radio y prensa– como el que destacaría por sus enormes posibilidades: la televisión.

De manera previsible, el gobierno de la época puso bajo su estrecha férula un invento con un potencial "informativo" tan influyente, incluso antes de que hubiera retransmisiones regulares de televisión. Tenía a su disposición la "técnica" de reservarse esa actividad (según expresión acuñada por los administrativistas) y declararla servicio público.

Esa atribución de la titularidad al Estado no condicionaba, en principio, el régimen de la prestación de los servicios públicos. De hecho, a lo largo del tiempo, hemos contemplado la gestión directa por la administración –o bajo la careta de organismos autónomos, entes públicos y sociedades mercantiles públicas– y la indirecta, a través de la adjudicación a empresas privadas de la prestación mediante una concesión administrativa.

Con escasas variaciones, ese fue el régimen jurídico que desarrolló el gobierno socialista de González Márquez en 1988, cuando se aprobó la mal llamada ley de televisión privada, antecedente directo de la regulación audiovisual que padecen los españoles. Más que regular una actividad privada, esa ley declaró la televisión como "servicio público esencial", cuya titularidad se reservaba el Estado (siguiendo en este punto la posibilidad contemplada en el Art 128 CE y la estela franquista) al tiempo que se regulaba por primera vez la gestión indirecta de esta actividad por sociedades anónimas privadas, mediante el régimen de concesión administrativa.

El análisis de la situación actual no puede soslayar la raíz del problema: la consideración de la televisión, cualquiera que sea su forma de transmisión, como un servicio público sometido a la graciosa concesión del Gobierno.

Ahora bien, las arbitrariedades anteriores en materia de televisión palidecen ante las reformas de este gobierno, uno de cuyos ejemplos ha sido la reciente introducción de la modalidad de pago de la TDT. La cadencia en el despliegue de la reglamentación desmiente la "extraordinaria y urgente necesidad" que el Gobierno ha esgrimido en los dos últimos decretos-leyes (1 y 2) aprobados este año para regular la materia.

Incluso en países corrompidos por el mercantilismo, la llamativa sincronización de las reformas legislativas con los planes de negocio del grupo empresarial presidido por Roures daría lugar a la apertura de una investigación para averiguar si las relaciones de amistad de sus gestores con los reguladores han desembocado en un burdo tráfico de influencias. Nótese las coordenadas que han coincidido en el momento de dictarse el último decreto-ley. En un sector donde el Gobierno dispone supuestamente de un servicio público, la falta de previsión de una forma de explotación por los concesionarios de canales de TDT impedía la modalidad de pago. En el año 2010 se produce el apagón analógico según la legislación previa que era tan urgente aprobar. En esta temporada 2009-2010, que comienza el próximo fin de semana, por primera vez Mediapro hace efectivos los derechos del fútbol de pago de la Liga de Campeones europea al mismo tiempo que los adquiridos a la mayoría de los equipos españoles en la liga nacional.

Después uno examina el surtido de "productos informativos" del grupo mediático agraciado donde se repiten incesantemente las consignas gubernamentales, sin el menor atisbo de contraste. No pasa de ser una propaganda gruesa y elemental, repleta de falacias ad hominem. Seguro que sus planificadores creen que forma "sanos criterios de opinión" de una vanguardia de activistas. Y se cierra el círculo. Recuerda al único régimen político que los actuales gobernantes conocieron en su juventud y en el que muchos prosperaron.

Mientras no se aborden reformas en el sector audiovisual que supriman la reserva de servicio público esencial de la televisión y sustituyan el régimen de concesión por simples licencias a las empresas privadas dentro de las limitaciones técnicas, la regulación no producirá más que estos estancos del capitalismo de amiguetes.

Un desatino cebrianés

Comienza mencionando el franquismo, y es que hay gente que lo conoció bien, medró con él, y no pueden dejar de recordarlo; o quizás quiere manchar con tintes franquistas a quienes va a criticar, pero eso sería un golpe bajo seguramente impropio de su nivel argumentativo.

Cebrián protesta contra la mala costumbre de gobernar a golpe de decreto ley, porque no suele haber la "extraordinaria y urgente necesidad" que requiere la Constitución. Pero la Constitución no menciona de quién o para qué sea esa extraordinaria y urgente necesidad, y el Gobierno de ZP y sus amigos de la Sexta (a quienes con muy mala educación nunca menciona por su nombre) son conscientes de que comienza la temporada de fútbol (urgencia) y no pueden seguir ofreciéndolo gratis con el pastón que les han costado los derechos de emisión (extraordinaria necesidad).

La Cuarta y la Sexta han negociado para formar una Quinta de Buitres y repartirse la tarta jurgolera, pero parece que no se han puesto de acuerdo y ahora en Prisa están muy enfadados. Tanto, que al de la ceja y a sus subalternos les tacha de "sedicente talante democrático", algo feísimo. Y dice que no tienen calidad democrática y que no respetan la división de poderes: quizás se refiera al reparto del poder entre los socialistas y su antigua maquinaria de propaganda periodística, ahora traicionada por otra más joven. Y es que son arbitrarios, inmorales, maniáticos y ensoñadores.

Para Cebrián ha sido un "abuso gubernamental perpetrado" por el Gabinete al aprobar "por decreto ley la implantación del sistema de pago en la Televisión Digital Terrestre". Suárez y González también hicieron lo del abuso del decreto ley, pero Cebrián se siente magnánimo y los perdona, porque era la Transición (qué tiempos aquellos) y "se trataba de construir la democracia y de hacerlo de manera efectiva y rápida". Que no disculpe lo de ZP ahora quizás se deba a que disfrutamos de una democracia sólida y consistente, o tal vez porque ahora se trata de destruirla de manera efectiva y rápida.

Cuando habla de "favorecer los intereses de una empresa cuyos propietarios están ligados por lazos de amistad al poder" conviene prestarle atención porque el tema se lo sabe al dedillo. Quizás los lazos ahora no son tan cordiales (del amor al odio, ya se sabe que hay un paso) y presa de los celos ahora parece que quiere lanzar un recadito al PSOE y recordarles a "los votantes que creen en la moralidad de las propuestas de los políticos". Esos votantes que quizás lean El País y sigan sus directrices electorales.

Cebrián alaba las virtudes de la competencia leal y transparente, de la que son fervientes partidarios él y su empresa, ahora que ya están más o menos establecidos (antes no se recuerda este entusiasmo); pero estima que "el panorama audiovisual español ha sido manoseado hasta la obscenidad por este Gobierno mediante medidas parciales y caprichosas". Otros gobiernos seguramente no han manoseado hasta la obscenidad el panorama audiovisual español mediante medidas parciales y caprichosas. No pensemos en Canal Plus, ni en la Cuatro, ni en la Ser, ni en Antena 3…

En su película hay otro malo muy malvado, quizás para que le sirva de advertencia a ZP a ver si se arrepiente de sus errores y se redime: Aznar, que echó la derecha al monte y desde entonces "sólo asistimos a políticas de división y enfrentamiento". Esta es la moraleja final de su mensaje: derecha mala, evitemos las peleas entre los izquierdistas de ambos emporios mediáticos.

¿Bernanke contra la contracción secundaria?

Apoya su opinión en autores también austriacos de tanto renombre como Friedrich Hayek, George Selgin o Lawrence White y en menor medida en otros monetaristas como Milton Friedman y Anna Schwartz.

Ravier, sin embargo, desconfía de la magnitud del incremento en la oferta monetaria que ha llevado a cabo Ben Bernanke; en su opinión, el presidente de la Reserva Federal se ha pasado de frenada y ha "creado" más dinero del que era necesario para salvar a los bancos. Y sus dudas son más que razonables: la base monetaria (el dinero propiamente dicho) se ha duplicado en menos de un año en lo que supone, con diferencia, el mayor incremento de la historia. Tan exageradas son las estadísticas que muchos (demasiados) analistas se han lanzado a la piscina pronosticando que estas políticas nos llevarán a la hiperinflación. ¿Tiene razón mi colega Ravier o la tiene el friedmanita Bernanke? Por supuesto, mi opinión se acerca bastante más a la de Ravier, pero por motivos no del todo coincidentes a los suyos.

Primero, hay demasiada mitología entre todos los analistas, especialmente entre los monetaristas, sobre la magnitud de la expansión monetaria que ha llevado a cabo la Fed. La base monetaria simplemente se ha duplicado no porque Bernanke haya puesto en funcionamiento la imprenta de dinero, sino porque los bancos privados han dejado de prestarse dinero entre sí y se lo han comenzado a prestar a la Reserva Federal (en forma de depósitos a la vista). Dicho de otra manera, en gran medida se trata de un simple efecto estadístico: antes el banco A le prestaba 100 dólares al banco B y ahora los deposita en los baúles de la Fed. Y dado que el dinero que hay en estos "baúles" integra la definición de "base monetaria", las estadísticas monetarian reflejan un incremento brutal de la cantidad de dinero.

Segundo, como consecuencia de lo anterior, el interbancario se secó literalmente (los bancos dejaron de prestarse entre sí) mientras que la Fed comenzó a nadar en una abundancia de dinero (el que los bancos privados atesoraban en sus baúles). ¿Qué debería haber hecho Bernanke en estas circunstancias? ¿Sentarse encima de esta montaña de dinero mientras una parte muy sustancial de los bancos carecía de crédito para sobrevivir? No, en efecto, Bernanke hizo grosso modo lo correcto entre octubre y diciembre del año pasado (cuestión distinta es el antes y, sobre todo, el después) cuando comenzó a prestar a corto plazo a los bancos el dinero que él también había recibido prestado a corto plazo (en forma de depósitos). Básicamente, los bancos tenían demasiado miedo para prestarse dinero entre sí, así que primero se lo prestaban a la Fed y luego la Fed se lo volvía a prestar a los bancos. De este modo evitamos una innecesaria quiebra del sistema financiero por un súbito incremento de la demanda de dinero sin envilecer la moneda.

Nada realmente extraordinario y que, por cierto, no es una aportación original de Milton Friedman. Ya durante el siglo XIX se consideraba que la función más importante de los bancos centrales consistía en actuar como prestamista de última instancia, esto es, concediendo créditos a corto plazo a los bancos en dificultades durante un pánico financiero.

El gran teórico de la banca central de finales del s. XIX, Walter Bagehot (a quien, por cierto, Bernanke ha apelado en numerosas ocasiones para justificar su política), ya defendía en su magnum opus Lombart Street que el Banco de Inglaterra debía combatir las crisis de liquidez prestando sus reservas a la banca en momentos de dificultad. Pero ya antes que Bahegot, numerosos autores habían llegado a conclusiones análogas: Henry Thornton, Thomas Tooke o Henry Dunning Macleod, por nombrar sólo algunos.

En realidad, Friedman vino a confundir a todo el mundo (confusión que todavía persiste hoy) al defender que la misión del banco central en tiempos de crisis era evitar, no la iliquidez bancaria, sino las contracciones de la oferta monetaria (especialmente en la actualidad, es posible que la oferta monetaria crezca sin proporcionar liquidez al sector financiero y viceversa, que la oferta monetaria se contraiga y sin embargo el sistema financiero no necesite liquidez).

La recomendación de Friedman no significa prácticamente nada y, desde luego, no sirve como guía de actuación para una política sensata de la banca central. No es tan importante cuánto aumentan o disminuyen magnitudes bastante arbitrarias que definen la oferta monetaria (como la M0, M1, M2, M3 o M4) cuanto qué hace con sus reservas un banco central (y esta sería mi principal discrepancia con Ravier). Y repito, en momento de crisis lo que debe hacer un banco central es prestar sus reservas a corto plazo contra activos de calidad también de corto vencimiento con el objetivo de evitar que la banca y la economía privada entren en una contracción secundaria. Como digo, esto fue lo que hizo Bernanke, mal que bien, a finales de 2008. Pero, ¿es todo lo que ha hecho?

Por desgracia, no. Desde el comienzo de 2009 el presidente de la Fed comenzó a meter la pata hasta el fondo, ya que se olvidó del sensato objetivo de prestar sus reservas a corto plazo y puso en marcha su famoso helicoptero inflacionista: la Fed comenzó a utilizar sus reservas a corto plazo para comprar alrededor de 700.000 millones de dólares de activos a largo plazo –entre ellos titulizaciones hipotecarias a 30 años de Freddie Mac y Fannie Mae y deuda pública de los déficits de Obama– para tratar de reinflar el crédito e iniciar una nueva burbuja especulativa. Esto no tiene nada que ver con evitar una contracción secundaria y todo que ver con monetizar deuda pública y jugar a lo que hace 50 años se llamó Operación Twist.

Si por algo sentenciaba que la recomendación de Milton Friedman de que hay que evitar la contracción de la oferta monetaria no sirve de nada y sólo añade confusión a unas directrices muy claras desarrolladas por los economistas del s. XIX, es porque con estas actuaciones suicidas, impropias de un banco central serio, la Fed también está evitando que se hunda la oferta monetaria y, sin embargo, está colocando en grave riesgo la viabilidad futura del dólar y de la economía.

Por consiguiente, aunque Ravier se queja de que la oferta monetaria ha aumentado demasiado, el problema real no está ahí, sino en que ha aumentado demasiado porque se ha prestado a sectores a los que nunca se debería haber prestado. Esto es, el problema está en que la Fed se ha endeudado a corto plazo para prestar masivamente a largo, justo la insostenible estrategia financiera que nos ha arrastrado a la situación actual.

Pero en todo caso, sí coincido con Ravier, Hayek, Selgin, White y, por supuesto, con Huerta de Soto en que un sistema financiero que no padeciera las actuales leyes de curso forzoso y el monopolio de emisión de las autoridades monetarias sería un sistema que no generaría crisis como la que ahora padecemos.

¿Por qué no se aprieta Blanco el cinturón?

Sin embargo, no deberíamos dejar que esta degeneración política pervierta a la ciudadanía hasta convertirla en receptiva a cualquier barbaridad que se lance desde los púlpitos.

Dice Blanco, meses después de que su Gobierno jurara en todos los credos posibles que en España no se subirían impuestos, que el Ejecutivo está dispuesto a "incrementar ciertos impuestos" para garantizar la "inversión pública". Pero, como la dosis de demagogia izquierdista no puede faltar en la ecuación, sólo se subirán impuestos a las rentas más altas: "Soy partidario de ayudar a los que más lo necesitan y si para ayudar a los que más lo necesitan en momentos de dificultad los que tienen más recursos tienen que apretarse el cinturón, habrá que decirlo con claridad a la sociedad".

Desde luego se trata de un paso en la buena dirección, ya que el agente económico que, con diferencia, más fondos maneja en España y que más desequilibradas tiene sus cuentas es el Estado; y dentro de la Administración Central, uno de los ministerios que más despilfarra es, precisamente, el de José Blanco.

Si el ministro de Fomento quisiera aplicar su lógica elemental a arreglar algo el entuerto económico actual, y no a empeorarlo todavía más, concluiría, como muchos llevamos concluyendo desde hace más de dos años, que es imprescindible que el Estado reduzca de manera muy sustancial sus gastos para poder reducir también de manera enérgica los impuestos.

Pero como esto de la Economía es algo que se le atraganta al Gobierno, parece que Blanco con lo de "apretarse el cinturón" quiere decir que el PSOE cree necesario robar a los pocos que todavía generan algo de riqueza en España para que sus obesos y adiposos Ministerios sigan engordando de manera compulsiva. Se han vuelto adictos a derrochar nuestro dinero y, por lo visto, ya no les basta con los 100.000 millones de euros que se habrán pulido a finales de este ejercicio para desgracia y ruina nuestra, de nuestros hijos y de los hijos de nuestros hijos. La voracidad de esta gente no conoce límites; tal vez ahora se vea más claro por qué Zapatero estaba obsesionado con clausurar los paraísos fiscales antes de inaugurar su particular infierno fiscal.

Ahora bien, ni siquiera sin paraísos fiscales conseguirá evitar el PSOE que los inversores nacionales y extranjeros comiencen a huir de España debido a su cada vez mayor deuda pública, su rigidez laboral, su ruinoso modelo energético, su intervencionismo político en la vida empresarial y, ahora, su presión fiscal en ciernes de explotar. Subir los impuestos a las rentas más altas no es la medida más social que pueda adoptarse en momentos de crisis, sino la más suicida.

Desde luego los keynesianos se están cubriendo de gloria: más gasto, más déficit, más crisis, más gasto y déficit de nuevo y, finalmente, más impuestos. Ejemplar manera de gestionar una economía de la que los argentinos tendrán que tomar nota: todavía hay gente que puede hacerlo peor que ellos.

Imperialismo liberal

Existe una acepción del término liberalismo en la que se contempla como un hecho comprobado que la extensión del comercio libre precisa de la imposición del mismo a quienes no quieren comerciar. Generalmente son los críticos del liberalismo los que aseguran que éste es consustancial al imperialismo. También les gusta esta visión a quienes defienden un supuesto liberalismo estatista de tipo neocon. Otros, desde la izquierda más o menos liberal, criticando el imperialismo de las armas, no dudan en presentarlo escondido tras la barrera de la extensión forzosa de ideas asociadas al modo de vida occidental. El denominador común es la imposición. Pero, ¿es eso coherente con lo que propugnan los liberales?

Lo cierto es que una visión superficial de la historia humana presenta mezclados hechos de naturaleza no sólo diferente, sino contraria. Es así que al laissez faire de la época del emperador Augusto se le superpuso la pax de las legiones. Igualmente, la Inglaterra y, en menor medida, los europeos continentales, del periodo 1870-1914 globalizaron el comercio libre mundial acompañándolo de las armas. De hecho, las relaciones interestatales de comienzos de la llamada revolución industrial conllevaban un mayor nivel de igualdad de trato que las que se llevaron más adelante. Isabel I de Inglaterra había considerado al Gran Mogol con gran respeto, lo mismo que años después hizo Napoleón Bonaparte con el sha de Persia. Todo cambió cuando los estados, además de telares mecánicos y transportes a vapor, construyeron mejores rifles y equiparon sólidos barcos con cañones. La superioridad que los estados extraían del capitalismo industrial arruinó todo respeto internacional. Con él, los valores democráticos, nacidos en Occidente, eran exportados minando así a las autoridades tradicionales y favoreciendo el imperialismo liberal.

No cabe duda, igualmente, que, presentados así los hechos, una parte del comercio logrado fue acelerado por las armas. Quienes valoran las aventuras imperiales suelen asociar los resultados económicos obtenidos con el uso de la fuerza. Al fin y al cabo la demora en la importación de los productos deseados pareció menor que la que habría de esperar si se hubiera dependido sólo de la buena voluntad comercial de los nativos asiáticos o africanos, por otra parte tan salvajes y/o tan poco democráticos.

No obstante, encontrar dos fenómenos superpuestos y combinados no es prueba alguna de relación causal. Cuanto más se indaga en la historia, y se analizan los hechos económicos con una teoría de relaciones causales no estadísticas, lo contrario se revela como cierto.

Fueron y son muchos los gobernantes que, advirtiendo que sus pueblos dependen de las importaciones de productos y de energía buscan asegurar el suministro mediante la fuerza o la presión ideológica acompañada de aquella. Pero hacer lo necesario para aplicar esa fuerza conlleva muchos más descalabros al comercio que beneficios. Para aplicar la coacción apoyada en ella hay que mantener un ejército pagado con impuestos o con empréstitos que succionan la riqueza creada con el libre comercio. Los costes de esto no son menos reales que los beneficios percibidos, por más que no se quieran ver. Por otra parte, probablemente la más importante, las posibilidades comerciales que hubiera sido posible obtener mediante acuerdos recíprocos son mucho mayores que las logradas con las armas. Con éstas en la mano se seleccionan objetivos restringidos a aquello que los expedicionarios tienen en mente con medios "seguros", destruyendo opciones alternativas de productos y de modos de obtener los mismos. Opciones disponibles para ser descubiertas por mentes meramente comerciales.

La percepción equivocada de la historia va de la mano del mismo error que se comete al contemplar los hechos actuales. De hecho, la percepción que tenemos de éstos determina la visión confusa del pasado aunque un medio idóneo de combatir los errores sobre el presente y el futuro es estudiar la historia derribando los mitos y las comadrejas intelectuales que la oscurecen. Cuando se contemplan las amenazas mundiales parece que clamamos por las soluciones imperiales, por realismo, se dice. ¿Cómo vamos así a combatir la niebla con que contemplamos lo ya sucedido?

Franco y Fidel, los iconos de Pajín

Para empezar, Pajín sueña al afirmar que la reforma sanitaria de Obama se inspira en el modelo español. Por suerte para los norteamericanos, dicho proyecto nada tiene que ver con la Seguridad Social que se aplica en España. De hecho, el presidente de Estados Unidos baraja abandonar su idea de crear un seguro público estatal -una de las medidas más controvertidas de su reforma.

Asimismo, frente a las injusticias y calamidades que sufren los pobres estadounidenses, Pajín destaca el "acierto político de nuestro país al universalizar la sanidad en su momento". La secretaria del PSOE debería entonces cambiar de siglas partidistas de inmediato o, como mínimo, lanzar mil y una alabanzas a la política social implantada por el general Franco.

Y es que el régimen franquista desarrolló el denominado "subsidio familiar" (1937), completado con el posterior "plus familiar", el seguro obligatorio de enfermedad (1942), el subsidio obligatorio de vejez e invalidez (1947), el de viudedad (1955), así como el primer mutualismo laboral, que recoge las pensiones de jubilación, viudedad y orfandad.

Pero hay más. Pajín, franquista en lo social, entra en el fango de la demagogia cuando afirma que la reforma de Obama pretende evitar que "nadie muera en la puerta de un hospital" por carecer de un seguro privado. Desconoce que existen dos programas de asistencia cuyos gastos ya pagan todos los contribuyentes estadounidenses: Medicare (seguro médico estatal para ancianos y minusválidos) y Medicaid (seguro médico estatal para personas de bajos ingresos). Uno de los objetivos de la reforma de Obama es reducir el enorme coste presupuestario de ambos seguros. ¡Curioso!

El coste sanitario en la primera potencia mundial equivale al 16% del PIB, frente al 10% de Francia, Canadá o Cuba, y la mitad de dicho montante es sufragado por el Gobierno.

Además, todo ciudadano, asegurado o no, puede acudir a urgencias, ya que la ley federal prohíbe a los hospitales denegar asistencia médica. Recomiendo, pues, a Pajín que repase algunos de los mitos y realidades sobre la sanidad de Estados Unidos, o sus principales ventajas frente a otros sistemas más sociales como el canadiense antes de opinar. No por casualidad, pese a sus problemas –que los tiene–, la sanidad de Estados Unidos lidera el ranking de calidad y satisfacción del paciente a nivel mundial.

En cuanto a los 46 millones de ciudadanos que carecen de seguro, Pajín olvida mencionar que muchos son inmigrantes ilegales, así como ciudadanos estadounidenses (sobre todo jóvenes) que, voluntariamente, deciden no contratar un seguro privado.

Visto lo visto, no cabe duda de que la secretaria del PSOE es una ferviente admiradora del cineasta Michael Moore y su polémico documental Sicko, donde pone a Cuba como ejemplo de desarrollo y avance sanitario. Por increíble que parezca, la dictadura castrista sigue siendo el modelo ideal a seguir para la izquierda en algunos ámbitos. Y ello, pese a los nefastos resultados que ha obtenido dicha experiencia totalitaria.

De ahí, precisamente, la crítica y profundo desconocimiento de Pajín sobre el sistema sanitario estadounidense. Y si esto es así, cabe pensar que la secretaria socialista también admira los logros obtenidos por la sanidad castrista, a diferencia de la inmensa mayoría de cubanos que aún viven recluidos y esclavizados en la isla caribeña. Franco y Castro, los dos iconos de Leire en materia sanitaria.

Los cuentos de los lecheros

Resultaba algo extraño que en una unión económica los gobernantes planificaran un sector para intentar que cada país fuera autosuficiente y su producción lechera no excediera su demanda: temían el descenso de los precios que provocaría una presunta sobreproducción (normal cuando se subvenciona un sector), y decidieron pensar más en los productores que en los consumidores, que no tienen tractores ni rebaños con los que bloquear las carreteras.

La cuota asignada a España fue inicialmente baja e insuficiente porque los ganaderos aparentemente ocultaron la producción real… ¡para no pagar impuestos! Unos auténticos liberales opuestos al Estado, estos bravos campesinos. Querían producir más, tal vez para demostrarles a los franceses que no necesitamos que nos amamanten. Así que el gobierno español ha pedido que se incrementara la cuota, y la Comisión Europea, aplicando un criterio de justicia como la equidad, se lo ha concedido… a todos los países miembros. Tal vez el Ministerio de Agricultura no entendió la jugada: se trataba de obtener algún privilegio y de mantener las restricciones a la competencia, no de liberalizar el sector: según Gaspar Anabitarte, responsable del Sector Lácteo de la COAG, "el Gobierno metió la pata. Nunca se debería haber aprobado esa medida. Es una barbaridad".

Y es que en España el ganadero tiene una vaca lechera que no es una vaca cualquiera. Es una vaca con aspiraciones de inmortalidad y prosperidad económica garantizada por el Estado. La demanda de los consumidores no importa; si la competencia lo hace mejor, peor para ella. El sector lechero español quiere tener derecho a existir a costa de los demás, porque ¡es la leche! Si el coste de producción es superior a los precios de venta no se les ocurre buscar otra ocupación más beneficiosa para ellos mismos y sus semejantes. "El sector lechero es importantísimo de mantener, dado que es la única industria en ciertas zonas". Tal vez es la única industria por la dependencia que crean el proteccionismo y las subvenciones, que matan la empresarialidad.

"Permitir que se vengan abajo los pequeños productores en un nuevo escenario, en el cual no podrán competir ante la descalabrada producción de mega productores, supone una condena de muerte para ciertas zonas, en Galicia, en la cordillera Cantábrica, Navarra… incluso en Cataluña". O sea que son incompetentes pero tenemos que apiadarnos de ellos, pobrecitos, porque son pequeños, como los niños, y se van a morir (no será de hambre o sed, claro, antes se comerán las vacas…), no sólo ellos sino toda su región, y compiten contra abusones "descalabrados", todo un escándalo.

La vaca no es tan mansa como la pintan dado el lenguaje bélico de estos vaqueros. Adoración Llorente, técnico del sector lácteo de ASAJA asegura que "Francia va a intentar tomar nuestro mercado". Román Santalla, secretario de Ganadería de la UPA, afirma que "no podemos permitir que Francia nos invada".

Según Santalla "esta liberalización es equívoca porque no se ajusta a las realidades económicas del momento, y del futuro. Es demasiado firme, intenta definir una situación que naturalmente está por definir". ¿Liberalización "equívoca"? ¿Liberalización "demasiado firme"? ¿Liberalización que define situaciones? Tan acostumbrados a tener a sus rebaños domesticados y cautivos, no acaban de entender lo que es la libertad. Reclama "más apoyo del Gobierno, necesitamos que determine ayudas firmes, que evite que se imponga la ley de la selva". Porque en la selva las fieras se comen a las vacas, claro.

Anabitarte aclara que es el sector lácteo, pero en realidad estamos hablando de pasta: "Los ganaderos no quieren más leche, sino mejores remuneraciones. Con más leche, menos precio. Queremos mantener las cuotas –u otro tipo de regulación– para tener un equilibrio entre oferta y demanda". Pero no un "equilibrio" cualquiera donde precio y cantidad se ajustan mediante las interacciones libres y voluntarias de productores y consumidores. Ellos quieren un "equilibrio" a un precio más alto, sin el engorro de que los productores marginalmente menos competentes desaparezcan.

Albert Massot, profesor de la Universidad de Barcelona y administrador de estudios parlamentarios de Agricultura del Parlamento Europeo, recalca que "las cuotas son un mecanismo de control de producción, administrativo. Lo bueno sería que fueran autorregulados, pero falta unión entre los ganaderos españoles. Siguen viendo al vecino como el enemigo, y esta división les saldrá caro". Las cuotas son un mecanismo coactivo, y la unión entre ganaderos que se propone probablemente llamaría la atención del comisario de competencia.

Lope de Vega se va a forrar

O así era antes. Gracias a la nunca suficientemente ponderada acción cultural de la SGAE, ahora todas ellas son un clamor en contra de la voracidad recaudatoria de la asociación de Teddy Bautista.

Decían que la SGAE lo que tenía era un problema de imagen, y vaya que así es. Pero sin duda es un problema que se han creado ellos solos. Entiéndanme; ninguna institución privada que tenga la capacidad legal de cobrar un impuesto será nunca demasiado popular. Pero las Cámaras de Comercio, por poner un ejemplo, no parecen recibir tantas iras de la plebe, es decir, de quienes pagamos a la casta dominante de políticos, sindicalistas, subvencionados y demás gente que vive a costa del prójimo. Quizá sea porque no se dedican a llevar a los tribunales a quienes los critican o porque no se dedican a intentar ampliar aún más sus privilegios, qué sé yo.

Así las cosas, ni siquiera se le da la razón cuando podría incluso tenerla. Parece que el alcalde de Zalamea –el de ahora, del PSOE, no el de Calderón– no dijo toda la verdad sobre que la SGAE le quisiera cobrar entre 12.000 y 14.000 euros por representar una obra cuyo autor murió en 1681, mucho antes incluso de que Bautista empezara a presidir la Santa y Gloriosa Asociación de Ética. En realidad, le quieren cobrar eso en total por todas las actividades culturales del consistorio, sí, pero sólo 95 euros por la obra en cuestión, debido a que usan una adaptación y no el libreto original, que debió pasar al dominio público antes incluso de que ese concepto existiera en nuestras leyes.

No obstante, aunque su relación con la verdad haya sido más bien infiel, el alcalde de Zalamea ha logrado inflamar los ánimos de Fuente Obejuna y Olmedo, que también sufren en sus carnes de la voracidad recaudatoria de las celestinas de la compensación por copia privada. De golpe y porrazo se han encontrado facturas de 31.000 y 6.000 euros, respectivamente, de los que una parte considerable –11.600 y 1.200 machacantes– se corresponde a los derechos por representar Fuenteovejuna y El caballero de Olmedo. Lope de Vega debe estar frotándose las manos en su tumba, si es que aún queda en ella algo a lo que se pueda llamar mano. Se va a forrar. Bueno, alguien va a hacerlo al menos. Muchos sospechan quién.

El caso es que, en estos tiempos de crisis, los inspectores de la Sagrada y Generosa Alianza de Exactores han decidido hacerles unas cuantas auditorías a otros tantos ayuntamientos para que paguen la parte que han dejado de recaudar por otros conceptos. Y nadie dentro de esa organización preclara e inteligentísima –pues se trata de nuestras gentes de la cultura, nada menos– ha pensado que quizá no sería muy conveniente para esa imagen que taaaanto nos estamos esforzando por limpiar centrarse en consistorios tan señalados.

Eso sí, luego el PP no llevará en su programa electoral la eliminación de estas canonjías. País.

Un fallo del Estado, no del mercado

Tales lumbreras, sin embargo, no parecen darse cuenta de que los supuestamente encargados de volvernos virtuosos por la gracia de las cadenas serían unos hombres tan corruptos como aquellos a quienes se quiere reformar. Es decir, pretendemos que estafadores y pecadores nos conduzcan por el camino de la honradez y de la virtud.

Huelga decir que el razonamiento hace aguas por todos los lados y que sustituyendo a Madoff por otro Madoff con sueldo público no solucionaremos nada. De hecho, muy probablemente lo estemos agravando. Puede que el mercado intervenido que padecemos en la actualidad haya fallado (parcialmente) a la hora de detectar el fraude, pero sin duda también lo ha hecho el Estado y todas sus agencias supervisoras.

El propio Madoff se sorprende de que las autoridades tardaran tanto tiempo en descubrir su engaño. Sí, finalmente, tras unos 50 años, lo detectaron, pero ¿en qué sentido cabe considerar esto un éxito? Ahora mismo habrá muchos otros estafadores sueltos a quienes las autoridades no habrán descubierto y que, gracias a esta incompetencia, podrán seguir engañando a sus clientes. ¿Es un problema del supervisado o más bien del supervisor?

Obama y el resto de socialistas han tratado de atribuir este fracaso del Estado a su supuesta falta de competencias. Olvidan que lo normal en todo proceso de crecimiento sano –esto es, aquel que no pretenda hacerse añadiendo grasa a un organismo–, es que uno vaya captando más competencias conforme acredita que ha hecho el mejor uso posible de las que ya disponía. Las empresas exitosas no son las que amplían capital para evitar la quiebra, sino las que han exprimido al máximo el capital y piden más para continuar haciendo lo propio.

Y aquí los incentivos del Estado y del mercado sí son totalmente asimétricos: si la SEC fracasa a la hora de descubrir el fraude de Enron, se aprueba la Ley Sarbanes-Oxley para que obtenga más competencias; y si con la Ley Sarbanes-Oxley tampoco es capaz de detectar a Madoff, a Stanford y tantos otros, se defiende alegando que todavía necesita más competencias. En cambio, las empresas encargadas de detectar fraudes que fracasan suelen desaparecer, como Arthur Andersen, o ser penalizadas por sus clientes a menos que asuman el coste de su error (como ha hecho el Banco Santander).

Pero es que además, no es cierto que la SEC no detectara el fraude de Madoff por falta de competencias, sino por pura incapacidad. En 1999, el inversor Harry Markopolos contactó con la SEC para advertirle sobre el fraude de Madoff y desde entonces reiteró sus acusaciones año tras año.

En 2001, Michael Ocrant publicó un informe para el fondo de inversión MAR/hedge –del que incluso se hizo eco la revista Barron’s– en el que señalaba sus dudas sobre la honorabilidad de la estrategia de Madoff. Según Ocrant, numerosos inversores en Wall Street desconfiaban de Madoff ya que habían intentado lograr sus altas rentabilidades replicando su supuesta estrategia, y ninguno lo había logrado.

Asimismo, y de manera más reciente, en diciembre de 2006, un pequeño fondo de inversión, Aksia LLC, detectó el fraude de Madoff y aconsejó a sus clientes que no invirtieran en él.

Podríamos seguir citando a personas y empresas que descubrieron el fraude de Madoff (Doug KassSociété General o Salomon Konig), pero lo esencial es que la SEC tardó diez años en darse cuenta de lo que muchos otros agentes en el sector privado ya había detectado.

Al final, la inoperancia –incluso para escuchar a los expertos del sector privado– de ese supervisor monopolístico de facto llamado SEC, ilustra aquella enseñanza hayekiana tan importante de que los sistemas sociales complejos funcionan mejor permitiendo que los agentes se coordinen haciendo uso de su conocimiento disperso que tratando de concentrar y centralizar esa información en unas pocas cabezas burocráticas.

El caso Madoff es flagrante: muchos potenciales inversores habían descubierto el fraude desde hacía al menos una década, pero el organismo encargado de perseguirlo les hizo caso omiso. Se trata de todo un fallo de un monopolio público que, para más inri, impide que el mercado desarrolle las adecuadas instituciones espontáneas que permitían responder al fraude con más agilidad y eficiencia. Entonces, llegados aquí, ¿qué ganaremos dándoles más competencias a los incompetentes?

Los descuentos de los hermanos Albrecht

Los hermanos Albrecht están hechos de una pasta especial. Han trabajado denodadamente a lo largo de sus vidas y han sido siempre cuidadosos en sus inversiones y gastos. Su ciudad natal de Essen, situada en el corazón de la región industrial de la cuenca del río Ruhr, quedó devastada por los diversos bombardeos de la Segunda Guerra Mundial. Los Albrecht vieron, aún jóvenes, demasiado sufrimiento humano. Allí empezaría su trayectoria empresarial al constatar la acuciante necesidad de sus conciudadanos por alimentarse en un mundo en ruinas al tiempo que padecían racionamientos y el envilecimiento de su moneda nacional.

Al abrigo de la revolución liberal de Ludwig Erhard abrieron su propia tienda de comestibles hace doce lustros. Se limitaron a vender pocos alimentos básicos a precios muy módicos. Con paciencia y fieles a su lema de permanente control y rebaja en todos y cada uno de los costes de su negocio, pudieron transferir sus crecientes ahorros al consumidor final en forma de precios más bajos en un entorno libre ya del control oficial de precios.

No les gustaba endeudarse demasiado; sólo aceptaban pagos en efectivo. A diferencia de otras tiendas optaron por un escaso margen de beneficios a cambio de un gran volumen de ventas. Acertaron y comenzaron a prosperar. Registraron la enseña Aldi, contracción de las dos primeras letras de su apellido y de discounts. Hicieron popular el modelo de tienda de descuento en su país a la par que sus competidores más directos, Lidl y Metro AG.

Tras años de duro trabajo, una discrepancia menor (suministrar o no cigarrillos en sus locales) junto con el deseo de administrar cada hermano su propia empresa les condujo a un acuerdo amistoso para repartirse el mercado. A Theo Albrecht, partidario de vender cajetillas de tabaco, le tocaron las tiendas del norte del país (Aldi Nord) y Karl Albrecht, que pensaba que la venta de cigarrillos dispararía los hurtos, se hizo cargo de las del sur (Aldi Süd). Pese a su gestión independiente, ambos usarían su marca común (con logos algo diferenciados), negociarían conjuntamente con los proveedores y acordarían los mismos precios de venta al público. Se expandieron por toda Alemania, según el ecuador-Aldi.

Los supermercados de los Albrecht han mostrado siempre una espartana presentación de sus mercancías, a veces apiladas en palés para que el cliente se surta allí mismo como si fuese un mayorista. Mantienen una escasa variedad de artículos; su gama no suele pasar de los mil y rehúsan emplear cualquier tipo de adorno o accesorio superfluo (estilo no-frills). Decidieron pronto vender casi únicamente con sus propias marcas aunque sus proveedores solían ser los mismos que los de las marcas reconocidas. Luego muchos les imitarían.

Sus establecimientos no son excesivamente grandes por lo que la compra de sus productos suele hacerse en menor tiempo que en las extensas superficies de otros hipermercados. Con los años han introducido unos pocos productos electrónicos, cosméticos y vestimenta básica y han acabado aceptando el pago con tarjetas (generalmente de débito).

Fueron de los primeros en el sector en devolver el dinero al cliente insatisfecho y en no ofrecer en caja bolsas de plástico (el cliente debía aportarlas o comprarlas). Se daba por hecho que Aldi era un modelo de negocio enfocado a los menos pudientes. Pues bien, uno de los descubrimientos más sorprendentes de dicha cadena fue constatar que sus establecimientos triunfaban también en los barrios acomodados de las ciudades alemanas. Los ricos, además de llorar, ahorraban y consumían productos básicos. Las pautas de consumo entre clases sociales no eran tan estancas como se pensaba.

Aldi se ha internacionalizado igualmente al alimón. Entre la enseña sureña y norteña suman unos 8.100 puntos de venta por el mundo (la mitad están en Alemania). En EE UU, están arrebatando poco a poco cuota de mercado a Wal-Mart, Target o Save-A-Lot. Lo mismo sucede en Europa y Australia con las cadenas consolidadas. Pudiera pensarse que los bajos precios se consiguen a costa de la merma de la calidad de lo ofrecido. Nada más lejos de la realidad: las calificaciones de los exigentes análisis de calidad realizados por el Stiftung Warentest son generalmente buenas. Ocho productos Aldi han sido ya premiados en el Reino Unido con los Quality Food Awards (los Óscars de la industria alimentaria de allá).

La estructura accionarial de sus respectivas empresas está formada por una compleja red de holdings y de trusts. No es posible comprar sus acciones pues no cotizan en bolsa alguna. La mesura de los Albrecht ha recelado siempre de la financiación bursátil que tanto puede dar o quitar en cada momento. Lo que seguro no les quita hoy el sueño son las operaciones de venta masiva de títulos a crédito. Si se entra en bolsa se ha de estar a las duras y a las maduras, debieron pensar. Decidieron, consecuentemente, permanecer al margen.

El buen hacer de los Albrecht, hoy casi nonagenarios, les ha permitido amasar la 6ª y 9ª mayores fortunas del mundo a base de permitir a muchos importantes ahorros en su cesta de la compra. En la actual recesión que padecemos crecerán todavía más.

Los Albrecht siguen aquilatando obsesivamente sus costes en sus empresas. Llevan vidas relativamente austeras que guardan con celosa intimidad. Compárese sus indiscutibles aportaciones a la sociedad con las "gratuidades" de los políticos de todos los partidos, con los diseños sociales de los intelectuales anti-mercado o con los diestros empresarios caza -subvenciones. No albergo dudas, me quedo con los descuentos de los hermanos Albrecht.