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La verdadera fuerza de la web

Pero se inventó el automóvil y los caballos desaparecieron. La incertidumbre, lo que el progreso todavía no ha creado, no entra dentro de los modelos predictivos del agorero.

Estoy muy dispuesto a aceptar que el calentamiento global es un problema real, pero soy escéptico respecto a las dimensiones del problema y, sobre todo, las soluciones propuestas por los ecologistas para combatirlo. Este escepticismo deriva de concebir el mercado como un proceso dinámico y descubridor, y de considerar la capacidad adaptativa del hombre y el coste de oportunidad de redirigir recursos escasos a faraónicos programas medioambientales de dudosa eficacia, aspectos que los ecologistas subestiman a la hora de hacer sus predicciones y recomendaciones. Numerosos ecologistas creen que el protocolo de Kyoto o las energías verdes están al margen del análisis económico y de las valoraciones subjetivas de la gente respecto a costes y beneficios futuros, y deben ser implementadas "a cualquier precio".

El cambio climático puede suponer un incremento de las temperaturas de algunos grados en el próximo siglo y un aumento del nivel del mar de menos de un metro (con perdón de Al Gore, ese gran autor de cine fantástico). Los efectos son negativos si vives en los trópicos o a pocos pies por encima del nivel del mar, pero son positivos si vives en Escandinavia o en Siberia. En balance las consecuencias son negativas sólo si asumimos que somos incapaces de adaptarnos al cambio. ¿Es realista esta premisa? Al fin y al cabo hay gente viviendo en Alaska y en Ecuador. Si la temperatura baja nos ponemos un jersey y si sube enchufamos el aire acondicionado. ¿Por qué no podemos adaptarnos al cambio climático? La adaptación se nos antoja ingenua porque pensamos en términos estáticos, extrapolando las circunstancias actuales a los problemas del futuro, pero las circunstancias futuras pueden ser muy distintas. Si el observador del siglo XIX viera que el hogar medio de hoy en día a menudo tiene aire acondicionado y calefacción, cuando no climatizador, quedaría sorprendido.

La acumulación de capital es la base del progreso. Cuanto más productivos y ricos seamos más fácil nos resultará adaptarnos a un eventual cambio climático. Podremos permitirnos tecnologías más avanzadas y limpias, explotar energías que antes no eran rentables, construir diques por una fracción del coste actual o darnos el capricho de sufragar voluntariamente proyectos de conservación. Después de todo, el ecologismo y el cuidado del medioambiente son un fenómeno propio de las sociedades ricas. Apenas hay ecologistas en Nigeria, la India o Perú, pues tienen otras prioridades, y no en vano las áreas más contaminadas del planeta corresponden a países en desarrollo.

Hace un siglo la gente se desplazaba a pie o a caballo, se comunicaba por telégrafo, sumaba con reglas de cálculo y podía morir de casi cualquier enfermedad. ¿Quién sabe lo que nos depara el futuro? Como especula David Friedman en su libro sobre el futuro de la tecnología y la libertad, en cien años a lo mejor estamos conectados durante horas a la realidad virtual y consumimos poca energía. O proliferan los viajes interespaciales de bajo coste y nos esparcimos por la galaxia. O reducimos el impacto del sol en la Tierra y la absorción de calor poniendo en órbita una serie de espejos gigantes. O mediante inteligencia artificial o ingeniería genética multiplicamos nuestro CI y concebimos soluciones antes impensables. O gracias a la nanotecnología introducimos células reparadoras en nuestro cuerpo que nos permiten adaptarnos al medio y curar cualquier tipo de enfermedad. Hoy suena a ciencia ficción, como hace décadas sonaba a ciencia ficción que pudiéramos cruzar el Atlántico volando en siete horas o poner un marcapasos para regular el ritmo cardíaco. Los cimientos de varias de estas tecnologías se están desarrollando actualmente y no es tan aventurado pensar que nosotros o nuestros hijos veremos cómo alguna de ellas se materializa.

También hay posibilidades menos halagüeñas: el avance de la biotecnología puede facilitar el diseño de enfermedades letales. La nanotecnología puede traer consigo la denominada "plaga gris": máquinas ensambladoras de tamaño molecular que se auto-reproducen y acaban consumiendo toda la materia de la biosfera. En estos escenarios más pesimistas el calentamiento global sería el menor de nuestros problemas.

Intereses colectivos y particulares

Una de las trampas dialécticas tendidas contra el liberalismo ha sido la propagación de la especie de que la defensa del capitalismo, como sistema basado en el derecho de propiedad de los bienes de producción, solo puede hacerse por aquellos que tienen esas propiedades. De esa premisa se deduciría fácilmente, que, a sensu contrario, quienes no son propietarios no pueden apoyarlo racionalmente, ya que solo los primeros se beneficiarían de tal sistema, en detrimento de los segundos. La suposición de que esa relación es estática y que no varía por obra de los intercambios libres –al menos significativamente– va implícita también en ese sofisma, pero sigamos analizando otras derivaciones.

La falacia de la abolición de la propiedad privada –no solo de los medios de producción– se manifestó incluso en los países donde los experimentos socialistas llegaron más lejos. Tuvieron que tolerarla respecto a los bienes que pertenecen a la "esfera privada" del individuo, los cuales no coinciden exactamente con los bienes de consumo. No puede sorprender que los defensores de la libertad intentaran estirar el significado de ese vaporoso atributo en su toma y daca con los regímenes comunistas. Dentro de las cosas cuya propiedad se reconoce a un individuo, la distancia que separa la posibilidad de poseer solo unos enseres básicos a una vivienda y un terreno que poder explotar traza, correlativamente, una escala de menor a mayor libertad personal.

Releyendo Liberalismo, de Von Mises, estos días estivales, reparo en algunas analogías y diferencias de las fuerzas contrarias a la libertad entre la época de entreguerras y la actual. En aquel tiempo, según nuestro autor, los enemigos del mercado libre "empiezan afirmando que los principios liberales tienen como objetivo favorecer los intereses de los capitalistas y de los empresarios a costa de los intereses del resto, de suerte que el liberalismo estaría a favor de los ricos contra los pobres; luego observa que muchos empresarios y capitalistas, sobre la base de ciertas premisas, se baten a favor de los aranceles protectores y otros incluso a favor de los armamentos. Así que, como el que no quiere la cosa, se llega a la conclusión de que todo esto debe ser política capitalista. La realidad es totalmente diferente. El liberalismo no es una política que fomente los intereses de tal o cual clase social, sino una política a favor de los intereses de la sociedad en su conjunto. No es, pues, que los empresarios y los capitalistas tengan particular interés en preferir el liberalismo. Su interés en preferir el liberalismo es idéntico al de cualquier otro individuo. Es posible que el interés particular de algunos empresarios o capitalistas coincida con el programa del liberalismo en algún caso particular, pero los intereses particulares de otros empresarios o capitalistas se les oponen siempre".

Podemos comprobar que actualmente, a diferencia de la época de entreguerras en la que escribió Mises, se ha producido un cambio en las medidas de protección que algunos empresarios piden a los políticos e, inversamente, las que éstos les procuran para obtener, de paso, apoyos sólidos en su lucha por el poder.

Si en aquel tiempo la intervención estatal más buscada por los grupos de presión de distintos sectores consistía en la elevación de los aranceles a la importación (Ley Smooth-Hawley de 1930) hoy en los países más desarrollados se ha sustituido por la búsqueda de la subvención estatal de sectores productivos enteros (los armamentos parecen haber decaído a favor de las energías renovables ahora) y la tradicional regulación para crear barreras de entrada para ciertas actividades.

Digo hoy porque otro de los catastróficos efectos de las reacciones políticas ante el estallido de la crisis financiera y monetaria y la subsiguiente recesión ha sido la voladura de las prevenciones contra las subvenciones como instrumento normal de política económica. Salvo en sectores como el agrícola y el energético, en Europa y EEUU se había extendido la idea acertada de que esas ayudas causaban más daños que los que pretendían evitar. Por si fuera poco, suponían un modo de funcionamiento más propio de un "capitalismo de amiguetes" (crony capitalism) inaceptable éticamente.

No quiero decir con esto que el comercio internacional haya conseguido la liberalización total y absoluta que debería gozar para hacer más libres y prósperos a los seres humanos de este siglo XXI. Persiste un situación muy lejos de la que sería óptima e, incluso, algunas ideas del presidente Barack Obama para la recuperación económica norteamericana, plasmadas en la cláusula "Buy American" (Sección 1605) de su paquete de estímulo económico, podrían alimentar una espiral proteccionista que agravaría la situación.

Sin embargo, la realidad que nos han traído los planes de rescate promovidos por los grandes estados del mundo nos conducen a una situación de gigantescos déficit públicos, que se financiarán con mastodónticas emisiones de deuda pública y subidas de impuestos cuando esa deuda no pueda ser absorbida por los mercados mundiales. La evaluación de los efectos que este viraje en los instrumentos que utilizan los estados para quitar recursos a unos individuos para transferirlos a otros constituye un campo de estudio apasionante, pero, en todo caso, todavía no se perciben en toda su magnitud.

En conclusión, las soflamas anticapitalistas esconden una suerte de compromiso entre las pulsiones intervencionistas de unos políticos imbuidos de ideas socialistas y planificadoras y las presiones de protección de grupos organizados, habituados a tratar con la arbitrariedad de esos políticos. A diferencia de la depresión de los años 30 del pasado siglo, donde se ensayaron disparatadas subidas de aranceles, la recesión presente y la crisis financiera y monetaria internacional, lejos de servir a la contención y la austeridad de los estados, han desatado (al grito keynesiano de estimular la economía) un alocado aluvión de subvenciones directas a empresas de todo tipo, a cuenta de los impuestos presentes o futuros sobre otras empresas y ciudadanos.

Hasta que punto esas medidas irán seguidas por "nacionalizaciones" de esas empresas subvencionadas está por ver. Ciertamente, aparte de los ingentes gastos corrientes por los estados contemporáneos, en algún momento deberán cuantificarse los perjuicios que se están causando a la libertad y prosperidad de las generaciones actuales y venideras. En el caso español, donde destaca la súbita intensidad y la opacidad con que se distribuyen estos fondos de intervención, tal vez destacados miembros de la nomenclatura política y los empresarios parásitos del presupuesto público tengan que dar cuenta algún día de estas transferencias coactivas ante una justicia que merezca tal nombre.

Pajín, mi héroa

Leyre Pajín es una mujer hecha a sí misma. Es más, la Pajín es la prueba viviente de que la selección de las élites en la democracia progresa adecuadamente, pues muy pocas personas, sean hombres, mujeres o transexuales en cualquiera de las dos direcciones, han llegado jamás a las cotas de excelencia intelectual que la secretaria de organización del PSOE exhibe en sus comparecencias públicas, y eso que su antecesor, don José Blanco, dejó el listón a niveles ionosféricos, como es bien sabido.

Cuanto más sabemos de Pajín más la admiramos los que reconocemos el mérito de las personas que luchan contra las circunstancias de la vida para salir adelante a despecho de las dificultades. Si encima se dedica a la cosa pública, a la admiración se suma el agradecimiento instintivo propio de los contribuyentes bien nacidos. Porque esta mujer podría estar ganando una millonada gerenciando cualquiera de las multinacionales más potentes que operan en nuestro territorio, cuyos consejos de administración se dejarían cortar las uñas sin anestesia por un fichaje de esa categoría, y sin embargo la Pajín prefiere dedicarse diariamente a hacer más felices a los españoles por la ridícula cantidad de quince mil puñeteros euros al mes, que es lo que gana cualquiera a poco que se ponga con cierto interés, especialmente en los tiempos que corren.

La Pajín quiere que el poder sea más tía y yo estoy de acuerdo. Quiero decir, no sé qué cojones significa la expresión, pero si lo dice El Pasmo Benidormí será porque es bueno para España, porque tanto ella como el resto de compañeros y compañeras socialistas se dejan la vida por la patria, como es notorio. Que el poder sea más tía y el PIB se convierta en una PIBA , como dice Ella, se antoja necesario para cambiar el modelo socioeconómico "deste país", concepto que permanece también oculto para el común de los mortales, pero si Pajín lo dice debe ser absolutamente cierto.

Miren que era difícil encontrar un político a la altura de José Luis Rodríguez Zapatero, pero con la Pajín hemos encontrado una figura equiparable al líder. Y encima mujer, oiga, que ya es la felicidad completa. Desde que Pajín llegó a la política, ser mujer en España es un motivo de orgullo añadido. Y si eres "tía" ya ni te cuento.

Adiós a Bloglines

Pero el enorme crecimiento que experimentaron pronto hizo inviable ese sistema. Fueron el RSS y los lectores de RSS los que nos permitieron seguir al tanto de todo lo que nos interesaba.

RSS es un estándar creado en 1997 por Userland y Netscape, con el objeto de competir con los canales del Internet Explorer a través de su portal configurable "My Netscape"; permitía incluir contenidos de otros sitios web al portal personalizado de cada usuario. Pero cuando dos años después Netscape abandonó el proyecto, parecía que el estándar había muerto. Sin embargo, los blogs lo adoptaron como forma de compartir sus contenidos, y su impulso lo convirtió en un estándar universal, que emplean todas las publicaciones que actualizan frecuentemente sus contenidos, como Libertad Digital.

Originalmente pensado para que unos sitios web incluyeran contenidos de otros, empezaron a popularizarse unos programas llamados "agregadores RSS", que permitían a los usuarios suscribirse a los torrentes de noticias y anotaciones de blogs que les resultaban de interés. Eran programas para nuestros ordenadores, como puedan ser los clientes de correo electrónico Windows Mail o Thunderbird. Recuerdo que mi preferido, con notable diferencia, era FeedDemon. Aún sigue siendo utilizado por muchas personas, pero otros cuantos nos acabamos mudando a aplicaciones que hacían el mismo servicio desde la web, igual que pasamos de leer el correo desde un programa a hacerlo con Gmail. Ofrece la ventaja de poder emplearlo desde cualquier sitio –en casa, en el trabajo, en el móvil– manteniendo siempre la coherencia; es decir, que si leemos los titulares de un blog, aparecerán ya como leído nos conectemos desde donde nos conectemos.

El primer lector decente de este tipo fue Bloglines. Fue creado en 2003 por Mark Fletcher y comprado dos años después por el buscador Ask, cuando su liderazgo era indiscutible y estaba tan de moda como ahora pueda estarlo Twitter. Pero poco después de la venta apareció, primero de forma tímida y algo chapucerilla, una alternativa seria. Era Google Reader, que en septiembre de 2006 ya llevó a cabo su primera renovación y empezó a ofrecer cosas de las que carecía Bloglines. Este último intentó ponerse a la altura al año siguiente con el lanzamiento de una versión beta que igualaba, pero no superaba, las características que ofrecía Google. Y desde hace dos años sigue igual, en pruebas, mientras la versión oficial permanece sin cambios.

El problema es que Ask, después de gastarse 10 millones de dólares, no ha sido capaz de encontrar la forma de sacar dinero del servicio. Y lo ha mantenido con un personal mínimo y perdiendo clientes continuamente. Hasta tal extremo llegó la cosa que, en octubre del año pasado, tardaron una semana en solucionar un problema que convertía Bloglines en algo imposible de utilizar. Su fundador, Mark Fletcher, llegó a decir que pese a que naturalmente no quería hacerlo, le iban a terminar obligando a usar Google Reader.

Yo, después de años de resistirme como gato panza arriba, más que nada por razones sentimentales, he terminado por rendirme a la realidad. Me he convertido en usuario de Google Reader. Creo que a estas alturas Enrique Dans debe ser ya el último de Filipinas. Lo que me da un poco de miedo es la gran cantidad de herramientas que dependen del gigante californiano. No es que crea que vayan a desatenderme como ha hecho Ask. Pero todo podría pasar.

Rajoy necesita dos tardes

La auténtica lacra reside en la inexistencia de una alternativa política capaz de liderar los duros cambios que precisa la economía nacional para evitar que, tarde o temprano, España se argentinice.

Y es que no hay nada peor que un ignorante atrevido. Nos cuenta Mariano que "no va a intervenir ni a opinar" sobre las fusiones entre cajas de ahorros porque se considera un "liberal de verdad". Atención al dato: ¡el líder de la oposición se autoproclama liberal!

Más que desfachatez, un completo sinsentido. Y no porque Rajoy quisiera expulsar de su partido a los escasos "liberales" que militan en las filas del PP, sino por las argumentaciones que ofrece. Rajoy no se moja porque "cuanto menos intervenga la política" en el futuro de las cajas, "mejor". Como si tales entidades financieras estuvieran exentas de la influencia política. Parece que el líder popular todavía no se ha enterado de que Caja Castilla-La Mancha (CCM), la primera caja quebrada en España, estaba presidida por un ex político del PSOE, al igual que otras muchas.

Parece ignorar, además, que el sistema financiero es el sector económico más regulado e intervenido en las democracias occidentales; que las cajas de ahorros dependen, en última instancia, de los gobiernos autonómicos; olvida que el proceso de fusiones está siendo dirigido desde el Gobierno, por la propia ministra de Economía, y bajo la supervisión del Banco de España –un órgano de planificación financiera– y la burocracia de Bruselas.

¿A qué tipo de liberalismo se refiere Mariano? ¿Al mismo que le sirvió para aprobar junto al PSOE un rescate bancario (FROB) valorado inicialmente en 90.000 millones de euros? Un "liberal de verdad" abogaría por eliminar el engendro financiero-político de las cajas de ahorros, exigiría transparencia total al Gobierno en el uso de dinero público para ayudar a entidades con problemas de liquidez y apoyaría, sin miramientos, la liquidación de bancos y cajas insolventes.

Pero los ejemplos de liberalismo marianista van mucho más allá y, de hecho, encajan perfectamente en el ideario socialista más retrógrado, propio de los sindicatos. El líder del PP rechaza frontalmente, al igual que CC.OO., que los convenios colectivos fijen una rebaja mínima del 1% en los salarios, tal y como reclama la patronal empresarial. "Yo no apoyo eso", afirma como buen liberal que es.

De este modo, lo que defiende Mariano es que el paro siga creciendo. La fijación de sueldos por encima del valor de mercado genera desempleo. Rajoy desconoce que la mano de obra responde a la ley de la oferta y la demanda, al igual que todo bien y servicio.

Durante los primeros años de la Gran Depresión en EEUU el entonces presidente Hoover insistió en la necesidad imperiosa de no recortar los salarios a los trabajadores. Lo único que consiguió fue un aumento histórico del paro, hasta tasas superiores al 25%. Por si ello fuera poco, Rajoy defiende con uñas y dientes el teatrillo del "diálogo social". Ya se ha olvidado de que el actual mercado laboral español es una pesada herencia del franquismo, cuya reforma es imperiosa.

En la actualidad, el sueldo medio de los trabajadores estadounidenses acaba de registrar un descenso histórico del 5% interanual en el segundo trimestre. Claro que allí no existe tal "mesa de diálogo". Quizá por eso la productividad aumente a una tasa anualizada del 6,4%, tras al recorte de horas de trabajo en las empresas, y el paro todavía no haya alcanzado el 10%, pese a padecer la mayor recesión en décadas.

¿Liberal dice? Sería para echarse a reír a carcajada limpia si no fuera el líder de la oposición el autor de semejante insulto a la inteligencia de los ciudadanos. Rajoy, el rojo, es más bien un socialista acomplejado de perfil bajo que, al igual que su compañero Zapatero, precisa, al menos, dos tardes de economía básica para saber diferenciar entre izquierda y derecha, arriba y abajo, delante y detrás… Liberal y socialista.

El Estado como cliente preferente

La externalización de servicios orquestada por los Estados, incluidas las administraciones regionales y locales, ha generado o condicionado un tipo singular de empresas privadas. Viven al abrigo del presupuesto, de la arbitraria decisión pública de contratar o no con ellas y, en caso positivo, de con quién hacerlo.

Dichos contratos cambian, se renuevan, solicitan suministros o prestaciones adicionales, acaban deslizando más y más gasto del que previamente habían fijado. El objetivo original fue el incremento en la eficiencia de la prestación del servicio o suministro de un bien o servicio público. La tendencia por la que discurren estas privatizaciones termina haciendo desaparecer la posibilidad de comparar entre el presunto despilfarro de un sistema íntegramente público y la aparente superioridad en calidad y reducción del gasto atribuible a una externalización.

El presupuesto pervive y las partidas continúan nutriéndose gracias las exacciones fiscales ejecutadas sobre los ciudadanos. Una vez que se pierde el punto de referencia, camina independiente el servicio público prestado por agentes privados, derivando en todos los vicios y corruptelas propias de la burocracia extensiva. Es más, poco a poco surgen nuevos problemas, y lo que era antes un complejo intraorganizacional acaba convirtiéndose en una red de organizaciones integradas que multiplica los intereses en disputa y competencia cuyo único fin es hacerse con el poder monopolístico que detenta el Estado.

Los sectores donde la excesiva dependencia del gasto público no es del todo preocupante son en los que el Estado no ejerce un monopolio legal sobre la prestación del servicio o el suministro del bien. Sucede lo opuesto cuando la empresa privada dedica su actividad, o la mayor parte de ella, a la prestación efectiva de servicios que son propios y exclusivos del Estado (imposición mediante), y que éste, por una u otra razón, externaliza recurriendo al sector privado.

Los funcionarios concurren en un “concurso público” de plazas para la administración. Una vez se consigue el puesto, el trabajador, generalmente, dedicará toda su jornada laboral y esfuerzo productivo a su empleador, sea Estado central, ente público, Comunidad Autónoma o Ayuntamiento. Este tipo de relación satisface las necesidades de trabajador y administración, pero corrompe, indefectible y generalmente, la actitud de quien tiene en el Estado su principal fuente de ingresos.

Su posición no es muy distinta a la de cualquier contratado por cuenta ajena que presta servicios para un único empleador. La diferencia radica en que dicho empleador necesita al trabajador para prestar servicios privados, es decir, que cualquier agente puede prestar si se lo propone, compitiendo con aquel en la captación de clientes. El trabajador, esté más o menos especializado, podrá optar, en circunstancias normales (dentro de un mercado laboral flexible y no intervenido), por contratar con un empresario o con otro, en función de las condiciones ofertadas o las razones a las que subjetivamente más importancia conceda.

Sin embargo, cuando es el Estado quien emplea o contrata servicios que exclusivamente él puede prestar (al existir un monopolio autogenerado), sea un individuo o una empresa quien acceda a ser prestador mediático de los mismos, la situación funcionarial de todos ellos tenderá a corromperlos, aun en el supuesto en que presupusiéramos un inicial ánimo a favor de la libertad de mercado.

Esas empresas, al igual que los funcionarios, dependen del gasto público, y por tanto, de la continuidad del latrocinio fiscal. Guiado por incentivos similares a los del sujeto galardonado con un privilegio monopolístico estatal, quien accede a la contratación pública verá extenderse sobre sus intereses y fines particulares la imperiosa necesidad de mantener la égida Estatal así como su mera justificación.

No es la misma cosa prestar servicios concretos de seguridad y defensa (o educación, o sanidad…) enmarcados en las arbitrarias decisiones del Estado, como monopolio del uso de la violencia (garante de sanidad o planificador educativo), que competir en un mercado donde libremente individuos ofertan y demandan tales servicios sin que existan barreras de acceso o, en su caso, la mera presencia de un dominador emitiendo regulación e imponiendo fines y resultados.

En el primer caso, por muy privado que sea el capital invertido en esa actividad, cuando su cliente fundamental sea el Estado, la principal aspiración del empresario será la consecución de mayores desvíos presupuestarios hacia los ámbitos donde desarrolla su actividad, y nunca la desaparición del monopolio estatal sobre los mismos.

El estatismo más eficiente no peca de estúpido, como sí lo hacen muchos de sus defensores cuando apuestan por la extensión administrativa en todos y cada uno de los aspectos fundamentales de la prestación directa del servicio considerado como público. La ceguera con la que en esa situación acude el Estado al proceso social acarrea indefectiblemente despilfarro y creciente ineficacia. El Estado, en la medida que pretenda sobrevivir y legitimar su posición excluyente e irresistible, deberá mejorar sus resultados, dar apariencia (y exclusivamente apariencia, ya que conseguirlo resultaría sencillamente imposible) de que su intervención contribuye a una más intensa y benéfica coordinación social.

Es esa la razón por la que el Estado se sirve de empresas privadas en su proceso de externalización. En un primer momento podrá parecer un éxito del mercado, pero a medida que profundizamos en los aspectos más relevantes de la nueva situación, comprendemos que se trata de una batalla ganada por el estatismo.

Las contradicciones internas del sindicalismo

Aunque las castas políticas y sindicales dicen que protege a los trabajadores –en un país con una tasa de paro del 18´70 %, la más elevada dentro de la OCDE– la realidad se resiste a amoldarse a las consignas y la propaganda.

Uno de los más ilustrativos para analizar las dinámicas perversas que desencadena el intervencionismo estatal en las relaciones laborales ha sido el caso del expediente de regulación de empleo solicitado por Nissan Ibérica para despedir o suspender temporalmente los contratos de sus trabajadores de las fábricas de la Zona Franca de Barcelona y Montcada i Reixac. Como se sabe, fue aprobado recientemente por el gobierno autónomo catalán, tras casi un año de "negociaciones" –viaje de Montilla a Japón incluido– a tres bandas entre la empresa, los sindicatos mayoritarios y las autoridades del tripartito catalán.

En un sector industrial donde sin excepciones las ventas se habían hundido, en octubre de 2008 esa empresa anunció su intención de despedir a 1.680 trabajadores de esas plantas de producción. En consonancia con ese propósito, presentó su solicitud de autorización administrativa previa antes de proceder al despido colectivo, tal como exigen los artículos 51 y 52 del Estatuto de los trabajadores y el reglamento que regula los procedimientos de regulación de empleo.

Esa regulación exige que las empresas, en el caso de alegar "causas económicas, técnicas, organizativas o de producción", presenten una solicitud de autorización administrativa, acompañando toda la documentación que acredite la causa concreta invocada, antes de despedir a grupos de trabajadores. Paralelamente, las empresas deben emprender lo que la ley denomina "periodo de consultas" con los representantes legales de los trabajadores. Ese eufemismo encubre el mantenimiento nominal de la propiedad de la empresa privada socavada por la coacción del gobierno y los sindicatos. Si, dentro de este contexto, la empresa y el comité de empresa alcanzan un acuerdo sobre los despidos o suspensiones de contratos temporales, éste será vinculante para la administración salvo en casos tasados. En caso de no llegar a un acuerdo, la administración tiene la potestad de estimar o desestimar, total o parcialmente, la solicitud empresarial. En cualquier caso, al mismo tiempo que obtiene la autorización para los despidos, la empresa deberá abonar a los trabajadores una indemnización de 20 días de salario por año de servicio, con un máximo de 12 mensualidades.

Dado que la autorización de la dirección de trabajo catalana convalidó el acuerdo al que llegaron la empresa y los sindicatos mayoritarios en el comité de empresa – CCOO y UGT– para despedir finalmente a 698 trabajadores, aunque 150 podrían ser readmitidos si la evolución del mercado hiciese necesario elevar la carga de trabajo, resulta asombroso que no se investiguen las acusaciones de la CGT contra los sindicatos mayoritarios CCOO y UGT, en el sentido de que éstos últimos habrían conseguido que la mayoría de los afectados se concentraran en las filas del sindicato anarcosindicalista. Paradójicamente, de confirmarse, este hecho convertiría en nulo el acuerdo, según sanciona la propia ley de libertad sindical promulgada en 1985 para favorecer a los sindicatos establecidos entonces. Podría constituir, incluso, un delito.

La vorágine anticapitalista que nos rodea escamotea algunas cuestiones fundamentales al público. La vía intermedia entre capitalismo y socialismo, con ribetes corporativistas, escogida por la legislación laboral española despoja a los empresarios de la facultad de tomar las decisiones que estimen más adecuadas para rentabilizar sus inversiones y, si lo consideran oportuno, asegurar la supervivencia de sus empresas. Si, por cualesquiera razones, los consumidores retiran su favor a los productos de una empresa o un sector entero, es muy probable que los empresarios tengan que adoptar medidas como redimensionar su estructura o liquidar sus inversiones. Si se les impide o inflige un daño adicional, alguien tendrá que pagar por el mantenimiento de esa situación artificial.

Así ha sido en este caso. La denuncia de un sindicato minoritario siembra la sospecha de que, si no hubiera mediado la coacción gubernamental y sindical, la empresa no habría señalado a los concretos trabajadores despedidos. Probablemente, además, el número habría sido mayor, tal como se infiere de su primer anuncio de despidos. Ante las primeras consecuencias de la recesión, el Gobierno se entrega entusiasmado a socializar parte de las pérdidas de los ajustes incompletos, con su plan de ayudas directas a la compra de automóviles. Por mucho que se intente camuflar, otros pagarán directamente ese dispendio y quedarán menos recursos en el resto de la economía para otras inversiones rentables, generadoras de puestos de trabajo.

Las dramáticas circunstancias que está viviendo la economía mundial están poniendo en un primer plano los defectos estructurales de todas las economías. En el caso español, los empresarios extranjeros con inversiones directas están comprobando cuan estrechas son las posibilidades de adaptarse a los cambios cuando vienen mal dadas que ofrece el marco legal. Seguro que no les hace falta leer The Economist para posponer la construcción de castillos en España, que dirían nuestros vecinos franceses.

Hiroshima y Nagasaki

Las armas atómicas no pueden discriminar a sus víctimas, por lo que, por su propia naturaleza, son injustas. Sólo sirven para quien esté dispuesto a arrasar a poblaciones enteras, por lo que sólo le son útiles a los Estados. La destrucción a gran escala es un argumento muy convincente, pero de una moralidad más que dudosa.

Se ha justificado la decisión de Harry Truman porque de este modo aceleró el final de la guerra y evitó así numerosos muertos. El propio Truman no lo veía así. En la Conferencia de Postdam, celebrada días antes del lanzamiento de las bombas, advirtió a Japón, que ya estaba pensando en rendirse, de que a él sólo le valía la rendición incondicional, pues de otro modo infligiría sobre aquél país una "devastación total". Sabía de lo que estaba hablando. Hiroshima no era un centro militar, sino una ciudad con instalaciones militares. Nagasaki no era un centro industrial, que estaba a las afueras de la ciudad y apenas fue afectado por la bomba. La propia matanza de civiles fue, en realidad, el gran argumento utilizado para poner al país de rodillas.

Si en lugar de ser los Estados Unidos fuera la Alemania nacional socialista la que se hubiese adelantado, nos cuadraría con la concepción moral que tenemos de aquél régimen totalitario y la condenaríamos sin reservas. Nos resulta incómodo albergar la idea de que fue una democracia, la primera de todas, la que cometió aquél crimen. El ejemplo de Harry Truman muestra que el sistema democrático es mejor que cualquier otro, pero que está muy lejos de ser bueno.

La mejor educación, en Castilla-León

¿Cuál es el mejor modelo universitario del mundo? ¿El modelo francés estatista con universidades como la Sorbona? ¿El modelo americano de libre empresa y competencia con campus tan prestigiosos como Harvard, el MIT o Stanford? ¿La tradición británica de Oxford y Cambridge? ¿Las prestigiosas instituciones alemanas como Gottingen o Heildelberg?

Pues no señores, ni Ivy League, ni Ox-bridge, ni nada de nada. Si la calidad de un modelo universitario se mide en como da respuesta a las necesidades educativas de la comunidad, el mejor modelo universitario está en España, en Castilla León para más señas.

Efectivamente. En dicha comunidad española se ha llegado al óptimo, al clímax universitario, según la Federación de Enseñanza de Comisiones Obreras: "las cuatro universidades públicas de la región, ya cubren sobradamente la demanda de las enseñanzas tanto presenciales como no presenciales".

Toma ya. El modelo universitario definitivo, la panacea educativa ha sido hallado al fin, y por un sindicato comunista, nada menos. Ellos conocen a la perfección la demanda de enseñanza que existe por parte de la sociedad castellano leonesa (y la española y mundial, pues la enseñanza universitaria por definición es universal y abierta) y saben a ciencia cierta que con lo que hay ya está cubierta dicha demanda… sobradamente.

Por eso se oponen a la creación de una nueva universidad privada virtual en la región, pues "se rompe el principio de igualdad e incide de forma negativa en la calidad del sistema de Educación Superior".

Esta sobradamente claro. Para los comunistas de Comisiones, la situación actual es la óptima, un modelo universitario que, según ellos, da absoluta respuesta a todas las necesidades educativas que tenga o pueda tener el ciudadano. Y si alguien no está de acuerdo y quiere elegir otro modelo de educación, allí estarán para tratar de evitar que dicho ciudadano se equivoque pues "los mayores servicios de calidad están garantizados ya con recursos públicos", aunque aquí se les olvidara añadir el "sobradamente" después de "garantizados".

Aunque sorprendentemente afirman a renglón seguido que "cada vez es más difícil la captación de alumnado", lo cual indica que posiblemente muchos ciudadanos no están muy de acuerdo con el "principio de igualdad" y no acaban de ver dichos "mayores servicios de calidad" prefiriendo otras opciones, lo cual es descorazonador para un comunista que sabe "sobradamente" lo que la gente necesita mucho mejor que ellos mismos.

En fin, una nueva "sobrada" por parte de unos sindicalistas al cual precisamente no le sobran afiliados y que, eso sí, viven sobradamente de nuestros impuestos.

Comunismo y aburrimiento

Carlos Alberto Montaner, uno de los grandes intelectuales de habla española en la actualidad y víctima en primera persona del castrismo, decía hace unos meses en Madrid que los gobiernos comunistas se han mostrado en todo momento muy eficaces en una cosa: construir prisiones. Tiene razón, pero en otro aspecto han llegado a una eficacia similar, en generar aburrimiento. Un aburrimiento que sirve para que en el resto del mundo aquellos que denuncian lo que ocurre en los "paraísos" del socialismo real se cansen de contar siempre lo mismo. Y también para que la población de los países democráticos termine por no escuchar a los que no sucumben al abatimiento, debido a lo monótono que termina siendo el mensaje que transmiten.

En realidad no son sólo los sistemas comunistas quienes han hecho de este aburrimiento una eficaz arma para que no se difunda lo terrible de su naturaleza. En general todas las dictaduras terminan lográndolo cuando se afianzan y prolongan en el tiempo, pero son ellos quienes lo han llevado a su máxima expresión. Sus tácticas represivas son tan eficaces como monótonas. Al ser las más terribles, históricamente tan sólo igualadas y en algunos casos superadas por los nazis, es difícil que una vez que se establecen en su grado habitual puedan ser superadas de una manera que llame la atención.

Cualquiera que escuche o lea con frecuencia las experiencias que cuentan o escriben los exiliados o los disidentes del interior de países como Cuba, Corea del Norte o China termina sucumbiendo a la sensación de que cada nuevo relato es el mismo que le fue transmitido decenas de veces en el pasado. Y en realidad es así. Cambia la víctima pero el sufrimiento y el modo de hacérselo padecer varían tan sólo en pequeños matices. Y lo tremendo es que todas las narraciones procedentes de uno de esos lugares son increíblemente parecidas a las que provienen de cualquier otro país sometido al comunismo en la actualidad o en el pasado.

Las historias de arrestos arbitrarios, largas penas prisión, palizas, expulsiones del puesto de trabajo o escarnio público son una constante. No llegan noticias de la clausura de medios de comunicación debido a que, una vez afianzado el sistema comunista, se prohíben todos aquellos que no sean oficiales en un plazo de tiempo relativamente corto. Los periodistas no cuentan, y gran parte del público no está interesado en que lo hagan, cada detención o cada tortura a un disidente debido a que llega un momento en que deja de ser noticia. Tan sólo en momentos de máximo paroxismo represivo, como fue la Primavera Negra de 2003 en Cuba, este tipo de noticias vuelve a los medios.

Sin embargo, no por aburrir deja de ser terrible. Cada experiencia vital de cada uno de los millones de seres humanos sometidos al comunismo u otros sistemas dictatoriales es una historia de sometimiento, miedo o desesperación. Y no se les puede reclamar otra cosa, no se puede exigir a nadie que sea un héroe. Existen excepciones, aquellas personas que se enfrentan a los tiranos y cargan con consecuencias como la cárcel, las palizas, el exilio o la destrucción de sus medios de subsistencias. Sin embargo, precisamente por enfrentarse a una represión tan terrible como monótona, también sus vidas terminan pareciéndose entre sí y dejan de interesar a buena parte del resto del mundo.

Por ellos (y también por todos esos millones de seres humanos que no consiguen ser héroes) merece la pena no dejarse abatir por el aburrimiento causado por la monotonía. Compensa moralmente seguir denunciando, con los medios de los que disponga cada uno, el terror de dictaduras como la cubana o la china. Muchos se han dejado convencer por su propaganda, otra práctica en la que el comunismo es terriblemente eficiente. Que al menos, entre el resto de personas, haya quien no se deje vencer por la sensación de hartazgo que logra imponer el totalitarismo de la hoz y el martillo, además de otras dictaduras de diferente signo.