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Un Gobierno que escucha a los ciudadanos

Teniendo en cuenta la pusilanimidad con que el PP se defiende del PSOE en los asuntos polémicos, muchos y muy claros han de ser los indicios recogidos por de Cospedal para hacer una acusación tan contundente, cual es que miembros destacados de su partido están sufriendo escuchas ilegales.

El caso de las conversaciones de Federico Trillo con un abogado del partido popular, cuyo apellido coincide con el de un magistrado del Tribunal Superior de Justicia de Valencia, es tal vez el más pintoresco. La cadena SER, cuya facilidad para el periodismo de investigación alcanza cotas sublimes cuando mandan los socialistas, tardó muy pocas horas en divulgar a sus oyentes que Trillo estaba presionando un magistrado apellidado Montero. Los periodistas del grupo PRISA, por tanto, "descubrieron" que el ex ministro de defensa hablaba frecuentemente con alguien con ese apellido, al que identificaron erróneamente con el magistrado que, curiosamente, votó en contra del sobreseimiento de la imputación de Francisco Camps en el caso Gürtel.

Y como nada de lo que ocurre bajo un Gobierno socialista suele ser casual, en el PP están sumando dos más dos y llegando a conclusiones que nos retrotraen a tiempos pasados, cuando el entonces CESID realizaba aquellas simpáticas "escuchas aleatorias" en las que, vaya por Dios, siempre resultaban agraciados personajes incómodos para el Gobierno.

La hija del funcionario represaliado por el franquismo a base de nombramientos en el BOE parece no tomarse en serio la gravedad de lo que el PP está denunciando. Sin embargo, un vicepresidente socialista del gobierno tuvo que dimitir por este tipo de asuntos, más propios de un gobierno bolivariano que de uno homologable a las democracias occidentales. Quizás debería ordenar una investigación para aclarar si siguen existiendo "escuchas aleatorias", no sea que un día le pase lo que al gran Narcís. Sería una pena que por esta tontería perdiera la posibilidad realizar "veraneos de trabajo" en destinos exóticos con cargo al presupuesto, como viene haciendo desde que la nombraron.

Bruselas, una vez más contra la libertad

Gracias a un comunicado de la Asociación de Internautas nos enteramos de que los Veintisiete podrían abrir la puerta a que los gobiernos puedan bloquear a los ciudadanos el acceso a internet o a determinados servicios web. Nada sorprendente si se tiene en cuenta que es una propuesta de la Comisión Europea que bebe de una idea del Consejo de Ministros.

La amenaza viene de la propuesta de "compromiso" presentada por el Ejecutivo comunitario, a instancias de los gobiernos nacionales a través del Consejo de Ministros, para sustituir la enmienda 138 del llamado Paquete Telecom. Dicha enmienda tenía como objetivo proteger los derechos fundamentales de los ciudadanos en la red. Sin embargo, los cambios presentados por la Comisión significarían precisamente lo contrario. Eso sí, desde Bruselas se pretende hacer creer tanto a los ciudadanos como a los miembros del Parlamento Europeo que no es lo que parece.

Esta práctica de enmascarar la realidad bajo bonitas palabras, incluso llamando a las cosas justo de la manera opuesta a lo que son en realidad, es ya una vieja costumbre de los eurócratas. Y más en todo lo que tiene que ver con internet. No en vano desde Bruselas se refieren a la normativa de retención de datos, esa por la cual queda almacenado todo lo que hacemos por internet, como de "protección de datos". Ni los diseñadores de la neolengua de 1984 podrían hacerlo mejor.

Si en la Comisión se comportan de esta manera es debido a unas ansias de control sobre la sociedad cada vez más evidentes y a que, gracias al nada democrático funcionamiento de la UE, sus miembros saben que no tienen que responder de forma alguna ante la ciudadanía. Lo del Consejo de Ministros es todavía peor. Es el órgano por el cual los diferentes gobiernos convierten en comunitarias normas que si intentaran aprobar en su ámbito nacional generarían un lógico rechazo en la ciudadanía. Así se evitan problemas, pues pueden alegar que vienen impuestas desde Bruselas.

Si a todo lo anterior se suma un Parlamento Europeo que tiene una capacidad real de legislar muy limitada, y una todavía menor posibilidad de controlar lo que hace la Comisión, la fórmula para que desde los Veintisiete se violen las libertades de los ciudadanos de forma lenta pero constante es perfecta. Máxime cuando el funcionamiento de la UE es tan enmarañado que son muy pocos los europeos que logran comprenderlo. Y como todos aquellos políticos y altos funcionarios que desconfían de la libertad individual, los eurócratas ponen un especial interés en que los gobiernos se doten cada vez más de capacidad para controlar la red.

Obama no ha salvado la economía

Y mucho me temo que en este punto estamos perdiendo el pulso de una manera abrumadora aunque tal vez no tan absoluta como sucedió en la crisis del 29: la explicación más extendida de la actual debacle es una falta completa de regulación y no una muy desafortunada intervención de los bancos centrales en los mercados financieros, como así fue.

La segunda batalla se está librando en la actualidad y todavía no la hemos dejado de ganar de una forma tan aplastante: una vez ha estallado la crisis, ¿las intervenciones públicas han ayudado a que nos recuperemos? Es más, ¿podría el mercado haber superado la crisis sin la concomitante intervención del Estado?

Obama ya ha movido ficha: la economía se está recuperando gracias a sus políticas de estímulo. Sabe que para su proyecto socialista resulta esencial que esta idea cuaje entre los ciudadanos: primero, para asegurarse la reelección y segundo para justificar un avance cada vez más penetrante del Estado en todos los ámbitos de la economía. Al fin y al cabo, quien puede lo más (solucionar la mayor crisis del último medio siglo) también puede lo menos (colectivizar la sanidad, la energía, las pensiones…).

Por eso es esencial que seamos conscientes de los procesos económicos que hay detrás de esta estabilización de la economía internacional (la española, como siempre, es harina de otro costal) y que sepamos transmitirlos con claridad.

Como tan bien ha puesto de manifiesto la escuela austriaca, las crisis económicas son la respuesta espontánea del mercado al crecimiento insostenible, artificial y basado en la inflación crediticia que vive una economía. La crisis no es el problema, sino parte de la solución. Imagine, por ejemplo, que España no hubiese entrado en crisis en 2007 y que, por tanto, siguiéramos produciendo, como en 2006, 800.000 viviendas anuales. ¿Acaso cree que seríamos más ricos? No, tendríamos urbanizaciones por todo el país pero, entre otras cosas, no podríamos pagar el petróleo que consumimos. La crisis es la "protesta" del mercado contra una situación que no puede ni debe mantenerse.

Por eso mismo, las crisis no son períodos que duran de manera indefinida (salvo que el Estado las perpetúe con todo tipo de medidas absurdas como sucedió a partir de 1929): hay que purgar los excesos y una vez purgados, volver a crecer sobre bases más o menos sólidas. Esa purga pasa por tres ámbitos: reestructuración empresarial (es decir, que las empresas que no son rentables quiebren o cambien de actividad), ajuste de los precios relativos (por ejemplo, los precios de los inmuebles tienen que caer para que, por un lado, deje de ser rentable producir 800.000 al año y para que, por otro, el exceso de viviendas ya construidas pueda reutilizarse en la incipiente reestructuración empresarial) e incremento del ahorro (para reducir el endeudamiento y financiar la mentada recuperación).

Afortunadamente, el mercado de Estados Unidos ha experimentado de manera natural estos tres fenómenos: las bancarrotas se han extendido por toda la economía (ahí quedan las mayores de la historia como son Lehman Brothers y General Motors), los precios de la vivienda y de las acciones han caído a niveles del año 2001-2002 (precisamente, el momento en el que sobre todo los primeros comenzaron a inflarse en forma de burbuja) y el ahorro familiar ha aumentado a máximos de los quince años. En ninguno de estos tres procesos ha intervenido el Estado, sino que más bien los ha torpedeado todos (impidiendo quebrar a muchas empresas, tratando de reinflar los precios de la vivienda y despilfarrando los crecientes ahorros de los estadounidenses con sus déficits públicos).

Es del todo demagógico que Obama se atribuya la recuperación cuando sólo ha ejecutado el 10% de su plan de gasto y cuando la rebaja de impuestos que ha implementado es análoga a la que practicó Bush a comienzos de 2008 sin efecto alguno sobre la economía. No, de momento no ha hecho nada especial que no hiciera Bush y que no fracasara con Bush. Entonces, ¿con qué cara se jacta de estimular la economía? Con la misma con la que su vicepresidente Joseph Biden, cuando pintaban bastos en términos de empleo, decía que sin su plan de estímulo los resultados habrían sido todavía peores: si las cosas van bien es gracias a mí y si las cosas van mal es a pesar de mí.

Pues no, estamos justamente donde hace cinco meses. Cuando el pesimismo alcanzaba sus niveles más altos desde la quiebra de Lehman Brothers –el Dow tocó su mínimo en 12 años– y el plan de Obama estaba lejos de comenzar a ser aplicado, ya observé que:

Muchas empresas han quebrado y la economía se está reorganizando con fusiones, adquisiciones y liquidaciones de activos. En cierto sentido puede que los políticos hayan llegado demasiado tarde para impedir el ajuste.

El ajuste prosigue, aunque los riesgos también subsisten precisamente por la nefasta política fiscal que ha seguido Obama, como asimismo expliqué en mayo.

No deja de ser lamentable que la nomenclatura política que padecemos culpe al mercado de causar las crisis que ellos producen y luego se atribuyan el éxito de impulsar unas recuperaciones que el mercado genera y que ellos sólo obstruyen. No es sólo un error científico de primer orden, es un error deliberado para justificar el incremento de su poder y los recortes de nuestra libertad.

Bajos fondos y altos funcionarios

Según su secretaria general, María Dolores de Cospedal, varias autoridades judiciales y mandos de la policía han ordenado escuchas ilegales a miembros destacados del Partido Popular. Autoridades judiciales. Mandos policiales. Escuchas ilegales. Y todo ello, junto y con un objetivo claro: el Partido Popular.

La reacción del Gobierno es intachable: el PP debe rectificar de inmediato o acudir a los tribunales. Aunque también puede no hacer ninguna de las dos cosas. Mantenerse en sus denuncias y guardarse la baza judicial para cuando lo considere, que para eso es él el agraviado y el dueño del derecho de acudir, o no, a los tribunales. Si es cierto lo que dice Cospedal, lo suyo es dejar que la bola se hinche, e ir con las pruebas a algún juzgado imparcial de los que pueblan España a hacerla estallar.

El Gobierno hace un uso partidista de las instituciones. Alguno de esos usos están a la vista de todos: Cándido, en permanente rebeldía contra el nombre que le pusieron sus padres, ha hecho del servicio al Gobierno su más acrisolada visión de la justicia. Los comisarios políticos, tan avergonzados de su papel que se hacen llamar jueces del Tribunal Constitucional, cumplen vergonzantemente su encomienda. Garzón tiene en sus planes abandonar alguna de las décadas venideras la política. El CNI es el juguete de los políticos aficionados a las películas de 007.

Pero no menos importante es todo lo que queda oculto. Los policías con carné en lugar de placa. Los empleados públicos que le han quitado la máscara de majestad al Estado y ven en él una oportunidad para facilitar sus preferencias políticas. Los bajos fondos y los altos funcionarios. Los agradecidos, que se cuentan por centenares de miles y manejan millones de euros.

Se les puede acusar de ser desleales a la función que tienen asignada. A muchos, también de violar la ley, que conocen, además de a la moral, que desconocen. Lo que nadie les puede quitar es que, aunque sea de forma cínica, ven al Estado como es: como un mero instrumento de poder con el poder como único objetivo. Esa es la realidad del gran aparato devorador de riqueza y de libertades que es el Estado.

El Estado, pura mafia monopolística

A lo largo de los últimos siglos, el Estado se ha ido conformando progresivamente como el agente social más eficaz para limitar e incluso eliminar por completo los derechos inalienables del individuo. En realidad, no existen grandes diferencias entre la violencia que ejerce el poder estatal y la proveniente de un grupo criminal a la hora de cometer tales atropellos.

El único elemento diferenciador radica en que el Estado actúa como un poder monopolístico en su área de influencia, delimitada ésta por fronteras que separan y distinguen unos estados de otros. Es el único legitimado para ejercer el uso de la fuerza o la violencia contra sus ciudadanos. Precisamente, el concepto de "legitimidad" o "consentimiento" de los gobernados es el otro rasgo característico del poder estatal.

Sin embargo, tal y como expone el profesor Miguel Anxo Bastos Boubeta, el funcionamiento del Estado, en la práctica, guarda sorprendentes similitudes con la violencia que ejerce cualquier mafia o grupo de vándalos bien organizado. Así, bajo el argumento de ofrecer "protección" frente a supuestas amenazas externas e internas, el poder gubernamental se erige como la única fuerza capaz de limitar hasta el extremo la libertad de los individuos, ya sea imponiendo tributos, estableciendo penas y leyes o bien sacrificando la vida de sus ciudadanos en guerras de todo tipo y condición.

Tal y como expone Charles Tilly en Guerra y construcción del estado como crimen oganizado, la violencia ejercida por los estados y otros grupos organizados se diferenció lo suficiente como para hacer creíble la división entre fuerza "legítima" e "ilegítima". De este modo, con el tiempo, "los funcionarios ejercieron la violencia a mayor escala, con mayor eficacia, con mayor eficiencia, con un consentimiento más amplio por parte de sus propias poblaciones, y con una colaboración más solícita por parte de las autoridades vecinas que por parte de otras organizaciones".

La teoría política argumenta que tal poder deriva de un "contrato social" por el que los ciudadanos ceden parte de su libertad natural al Estado para evitar el caos, el "desorden" social y, así, garantizar la convivencia de los individuos o "bien común". Sin embargo, la Escuela Austríaca muestra cómo el orden surge de forma espontánea y natural. Y este proceso no sólo se circunscribe al ámbito del mercado, en sentido económico, sino a la formación y desarrollo de todo tipo de instituciones, desde la familia y el matrimonio hasta el concepto de ley. Además, ¿ha firmado alguien el tan citado "contrato social"?

De hecho, ni siquiera la elección del gobierno, en base a la soberanía del pueblo, garantiza el cumplimiento de los principios liberales en sentido estricto. La potestad atribuida en la actualidad a la clase gobernante inserta en nuestro sistema político democrático es sorprendentemente amplia e intensa, tanto cualitativa como cuantitativamente, contando apenas con precedentes a nivel histórico, salvo ciertas excepciones referidas a regímenes totalitarios o determinadas prácticas de "democracia directa" (véase el caso de la Comuna de París en 1871).

En este sentido, no cabe duda de que nuestra clase política ejerce un nivel de poder e injerencia (en cuanto a gestión de recursos y ámbito de actuación) enormemente superiores, en términos comparativos, a los monarcas del Antiguo Régimen, comúnmente adscritos al pensamiento despótico o absolutista. Lo cual resulta ciertamente paradójico si tenemos en cuenta que el actual modelo de Estado, auspiciado por la corriente liberal, surge inicialmente como respuesta política y modelo alternativo para evitar, precisamente, los abusos y excesos cometidos en el ejercicio del poder por parte del anterior régimen.

Es, por tanto, evidente que la pretendida finalidad perseguida, en cuanto a la limitación y control del poder político, no se ha visto ni mucho menos satisfecha. Tal verificación demuestra una advertencia, propia del axioma liberal, que se concreta en el hecho de que a una mayor intervención pública le corresponde, consecuentemente, un creciente poder político que, a su vez, se manifiesta en una limitación de la acción individual.

Esta pretensión, objetivo y fundamento básico del primer liberalismo político, deriva de la dimensión liberal originaria (libertad negativa) y aún presente, al menos formalmente, en la estructura y principios institucionales del Estado contemporáneo.

El hecho de que tales valores, sobre todo la igualdad entendida en sentido material así como el criterio de eficiencia administrativa en la gestión de este tipo de políticas, se hayan constituido en elementos legitimadores de nuestro actual sistema democrático constituye un hecho diferencial básico con respecto a los principios y valores del objetivo liberal.

Así pues, existe un claro distanciamiento entre la aspiración liberal inicial, tendente a la defensa de la propiedad y la no injerencia del Estado en el ámbito de las actividades privadas, y lo acaecido en la práctica como resultado de la profundización en el proceso y dinámicas democráticas.

De este modo, tal y como enfatiza Bastos, es imprescindible abordar en profundidad la construcción y desarrollo de una teoría política propia desligada del mainstream politológico actual, propio del liberalismo contemporáneo, cuyo estudio se centra en cómo limitar el poder e injerencia de un agente, el Estado, que, a la luz de los hechos, no ha dejado de aumentar. Los autores austríacos han descuidado este aspecto esencial. Ya es hora de empezar a avanzar en esta ardua materia teórica.

Involuciones en las democracias parlamentarias

Hoy en día, el recuerdo de la permisividad de las democracias occidentales con respecto a la Alemania nazi sigue estando de actualidad ante las actitudes tibias, irresponsables e hipócritas que presentan muchos dirigentes democráticos frente a las dictaduras de los tiranos de Irán, Cuba o Corea del Norte. Pero también es significativo recordar cómo alcanzó el poder Adolf Hitler y cómo planificó la expansión de la ideología nacionalsocialista por Europa, ya que su metodología subversiva está siendo empleada por el populista Hugo Chávez en Venezuela para perpetuarse en el poder y extender el socialismo en los países bajo su influencia totalitaria.

Y es que la Alemania nazi quizás sea el ejemplo más claro de cómo una ideología totalitaria logra alcanzar el poder utilizando las fisuras legales que le proporciona una democracia parlamentaria con un Estado de Derecho deficientemente desarrollado.

Adolf Hitler fue elegido Führer del Partido Nacionalsocialista Alemán del Trabajo (NSDAP) en el año 1921 y el radicalismo de la ideología nazi se reflejaba en sus discursos demagógicos, en su estrategia de desacreditación de la moral judeocristiana para imponer su escala de valores nihilista y contraria al arraigo de la sociedad civilizada, en el adoctrinamiento de la juventud y, en una organización paramilitar (camisas pardas) que aterrorizaba a sus enemigos políticos y a la población contraria al movimiento nacional-socialista. Ante la inacción del sistema judicial y del Gobierno democrático, tan sólo dos años más tarde Hitler lideró un intento de golpe de Estado fallido denominado el Putsch de la Cervecería. Fue sentenciado a cuatro años de cárcel, pero permaneció sólo ocho meses en su celda ya que fue indultado por la falta de perspectiva y la debilidad de los políticos demócratas de la época, que no afrontaron con coraje, inteligencia y firmeza el desafío de un movimiento totalitario.

A pesar del constante amedrentamiento de las instituciones y de su intentona golpista, pudieron seguir erosionando el sistema y se presentaron a las sucesivas elecciones democráticas. Con la profunda crisis económica de 1929, la demagogia y la propaganda del partido nazi prendieron en una mayoría del pueblo alemán con promesas de pleno empleo, riqueza y poder para Alemania que permitieron al partido mejorar sus resultados electorales e incrementar su presencia en el Reichstag. En el año 1933, ganaron las elecciones y, con Adolf Hitler ya instalado en el poder, se impusieron continuos cambios legislativos que permitieron transferir el control del poder judicial al partido nazi, reemplazar los sindicatos por el Frente de Trabajo nazi, cerrar los medios de comunicación opuestos al régimen y, finalmente, prohibir otras formaciones políticas.

Se comenzó a planificar centralmente la economía y se orientó la producción hacia la industria militar para constituir un poderoso ejército. El inicio de la Segunda Guerra Mundial en el año 1939 fue el desenlace previsible a la falta de respuesta de las democracias parlamentarias ante la involución sociocultural que se producía en Alemania. Sin duda, las democracias occidentales debieron haber estado más vigilantes ante esa ideología totalitaria y debieron actuar antes en cuanto tuvieron noticia de las serias amenazas sobre las instituciones morales que permiten la sociedad civilizada como el respeto por la vida, la libertad, la igualdad ante la ley y las propiedades de los judíos, de los gitanos, de los opositores políticos o de los ciudadanos de las naciones que fueron invadidas por el ejército nazi.

El ejemplo de Alemania pone de manifiesto cómo las fisuras democráticas, la debilidad de los sistemas judiciales y la ineficiente dispersión pluralista del poder permiten que los demagogos populistas se aprovechen de los resquicios legales para subvertir el orden constitucional e imponer una dictadura por medio de legislación liberticida.

Algo similar ha sucedido en Venezuela. Hugo Chávez también protagonizó un golpe de Estado fallido en el año 1992, por el que fue procesado y permaneció encarcelado durante dos años pero, inexplicablemente, fue indultado por el presidente Rafael Caldera, quien actuó de modo irresponsable, de espaldas a la historia, ignorando la dimensión del desafío totalitario que debía combatir.

Sin quedar incapacitado para el ejercicio de cargos públicos y sin cumplir una condena ejemplar, el golpista Chávez pudo presentarse a las elecciones y en el año 1999 llegó al poder. Desde entonces, Venezuela asiste a la paulatina destrucción de su democracia. El precio del barril de crudo, por encima de 40 dólares, permite apuntalar a los dirigentes socialistas bolivarianos en Venezuela y a las compañías y grupos sociales que medran del Estado y, desgraciadamente, también extiende la financiación del narcoterrorismo y de la revolución bolivariana por Centroamérica y Sudamérica.

Los petrodólares y el discurso bolivariano están incendiando el continente con subvenciones a partidos políticos que promueven el odio de clases y la demagogia populista para alcanzar el poder. Su objetivo final es formar una unión socialista panamericana denominada Alternativa Bolivariana (ALBA) desarrollada en torno a la República Bolivariana de Venezuela como centro neurálgico.

Casualmente, al modo paramilitar nazi, existen organizaciones de base denominadas círculos bolivarianos que se dedican a la propaganda, que controlan a los ciudadanos en la empresa, el pueblo, el barrio o la ciudad, que ayudan a amañar los procesos electorales y que, desde luego, contribuyen al amedrentamiento de los opositores al régimen dictatorial en Venezuela.

Ya vimos el camino de servidumbre por el que transitan las democracias parlamentarias con fisuras normativas y con dirigentes que no afrontan decididamente los desafíos que plantean las organizaciones terroristas y los partidos políticos totalitarios. De hecho, en Venezuela, primero se cerró la cadena de televisión RCTV, para después revocar licencias de 240 emisoras de radio y de 44 televisiones. Se amedrenta se modo sistemático a los editores de los periódicos y ahora incluso se legisla para penalizar la libertad de expresión de modo que "toda persona que divulgue a través de un medio de comunicación social noticias falsas que ocasionen grave alteración a la tranquilidad pública (…) será castigada con una pena de prisión de dos a cuatro años".

Caracas ahora ya no es ni la sombra de lo que era hace unos años. Coches muy antiguos. Negocios medio arruinados y sin mantenimiento. Hoteles de cuatro estrellas que no llegan a dos. Pobreza y más pobreza, debido al grave intervencionismo revolucionario que aleja el desarrollo al destrozar las libertades, la propiedad privada, el tejido productivo y, en general, la libre interacción entre personas.

Mientras escribo estas líneas recuerdo la magnifica obra de teatro El Aguila y la Niebla, de Narciso Ibáñez Serrador, en donde se representa la historia de un demente que se cree la reencarnación de Napoleón e intenta constituir los Estados Unidos de Sudamérica. Efectivamente, parece una locura, algo incongruente y absurdo, un tremendo caso clínico de desorden mental pero, lamentablemente, la realidad supera a la ficción. La diferencia es que el megalómano está utilizando la figura de Simón Bolívar para promover la colectivización de una sociedad.

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Será en septiembre

Si recuerdan, en marzo de 2008, en plena campaña electoral, Zapatero prometió "crear 2 millones de nuevos empleos" en la presente legislatura. De hecho, llegó a decir que "España está en condiciones para llegar al pleno empleo". Por desgracia para todos, el tiempo se ha encargado de desmontar la falsedad de tales palabras, además de la ineptitud de quien las profirió.

La mayoría de titulares destacan que el desempleo ha bajado en 20.794 en personas con respecto a junio, según las cifras oficiales. Sin embargo, este dato esconde algunas trampas, que resultan clave para entender la tendencia real del mercado laboral.

En primer lugar, si se elimina el efecto calendario propio de la época estival, los datos de los Servicios Públicos de Empleo (antiguo Inem) muestran que tan sólo 2.437 personas han abandonado la cola del paro en julio. Una cifra ínfima e insignificante.

Además, el único indicador relevante en esta materia es la tasa interanual, y ésta muestra que 1.117.179 personas han perdido su trabajo en los últimos doce meses (un aumento de 46% respecto a julio de 2008). Asimismo, España destruye empleo a un ritmo del 6,4% interanual, lo que se traduce en la desaparición de 1.238.669 de puestos de trabajo.

El Gobierno basa su optimismo en que el repunte del turismo, propio de la época estival, ha logrado crear algo más de 45.000 empleos. De hecho, el sector servicios ha registrado 79.173 nuevos afiliados a la Seguridad Social. Sin embargo, cabe destacar que la agricultura, la industria y la construcción han destruido 33.606 puestos de trabajo en julio. Es decir, tan sólo el turismo crea empleo, pero a un ritmo muy tímido debido a la particular crisis que atraviesa el sector (la peor en décadas).

Por si ello fuera poco, por décimo cuarto mes consecutivo, la contratación indefinida se reduce a un mayor ritmo que la temporal. En concreto, la contratación indefinida cae un 30,7% interanual en julio, mientras que la temporal lo hace a un ritmo muy inferior (-11,9%). Además, desde abril la mayor parte del empleo que se está generando es de carácter temporal, según el Servicio de Estudios de AGETT.

En segundo lugar, tal y como alardea el propio Ejecutivo, el Plan E destinado a la realización de obras inútiles en los ayuntamientos está ocupando a 400.000 trabajadores, de los que casi 169.000 son nuevas contrataciones. Es decir, el escaso trabajo que se crea es de carácter artificial, ya que se sostiene sobre ingentes partidas de gasto público que, tarde o temprano, se terminarán agotando.

Por último, los demandantes de empleo han crecido un 3% en julio y rozan ya los 5 millones. Este dato indica que aumenta el número de personas que se incorporan por primera vez al mercado laboral. Y es que el deterioro económico que sufren los hogares, la mayoría muy endeudados, provoca que miembros de la familia que antes no trabajaban (desde estudiantes a amas de casa) se pongan a buscar empleo. Muchos, sin éxito.

Visto lo visto, la realidad es que, hoy por hoy, España cuenta con algo más de 4 millones de parados; una tasa de desempleo superior al 18%, según las estadísticas más fiables (EPA y Eurostat); la creación de empleo estival es muy exigua debido al desplome del turismo; y el escaso trabajo que se genera es artificial (dinero público) y temporal (incertidumbre económica).

De este modo, España retomará la senda del aumento del paro a la vuelta de las vacaciones. Septiembre será, pues, la prueba de fuego. Incluso agosto podría deparar alguna que otra sorpresa desagradable. La cuestión es que sin reformas estructurales los números rojos volverán y el drama que viven millones de ciudadanos continuará su curso. El pasado febrero, los datos avanzaban un paro del 20% a finales de año. Superar dicho umbral marcará un antes y un después. Ojalá el Gobierno reaccione a tiempo incentivando el libre mercado para evitar el peor escenario posible en 2010: un desempleo de entre el 25% y el 30%.

La falsa Declaración de Hamburgo

Pero se diga como se diga, lo cierto es que Google ha despreciado a los editores europeos y su pomposa Declaración de Hamburgo, en la que vienen a decir que hay que proteger mejor su propiedad intelectual y que no deben ser obligados a ofrecer gratuitamente sus contenidos.

El texto de la declaración no es el problema. En realidad, casi todo el mundo podría suscribirlo, que quizá es la razón por la que muchos lo están haciendo. Pero la intención y las declaraciones que lo acompañan son claras: quieren que los buscadores y agregadores de noticias como Google News les paguen. Como dice Josh Cohen, de Google, si nos ceñimos a la declaración en sí, lo cierto es que los editores ya tienen todo el control respecto a qué contenidos publicar gratis y qué contenidos hacer de pago, así como qué contenidos quieren que aparezcan en los resultados de los buscadores y cuáles no. Lo primero pueden hacerlo con un sistema de pago, como ya hacen muchos. En cuanto a lo segundo, se trata de dos simples líneas de código:

User-agent: *
Disallow: /

Existe un protocolo ya bastante antiguo que consiste en colocar un fichero llamado robots.txt que contiene una serie de instrucciones para permitir o impedir que los buscadores indexen todo o parte del sitio web. Pueden ustedes verlo aunque no lo entiendan; basta con que añadan robots.txt detrás del nombre del dominio; por ejemplo, http://www.libertaddigital.com/robots.txt. No existe ninguna obligación de seguir esas instrucciones, pero los buscadores las obedecen voluntariamente. Y si ese fichero tuviera sólo esas dos líneas, Google, Bing y demás compañeros mártires dejarían de indexar esa web.

¿Qué es lo que pasa? Que los editores no son tan tontos. En realidad no quieren que se cumpla lo que dicen explícitamente en la Declaración de Hamburgo, sino que las autoridades hagan una ley que atienda las peticiones con que acompañan a la presentación de ese texto. Quieren el tráfico que viene de los buscadores y que además estos les paguen por enviarles clientes. Por seguir el estilo claro y didáctico del señor Andrews, pretenden que Google, además de puta, ponga la cama.

Estas pretensiones tienen poco que ver con la Justicia, que supone dar a cada uno lo suyo, sino con la redistribución forzosa de las rentas. No se diferencia en nada del impuesto que el Gobierno ha puesto a las televisiones privadas y a las operadoras de telecomunicaciones para pagar el despilfarro de RTVE. Tan sólo se diferencia el nombre del expoliado, en este caso Google, y el de los privilegiados por el poder político, que aquí serían los diarios.

No voy a engañarles, es posible que terminen teniendo éxito. No cometerán el error de otros y no intentarán sacarle las perras al blog que copie un texto, a no ser que ese blog pertenezca a una red profesional como Weblogs S.L. Es posible que ni siquiera vayan a por la fotocopiadora digital de los hermanos Rojo. Se limitarán a atacar a los grandes de internet, porque mientras lo hagan el europeo medio se sentirá satisfecho. Porque no cree que la Justicia sea dar a cada uno lo suyo, sino que se haga daño a quien ha tenido éxito.

Las dotes adivinatorias de la Fashionaria

Le ocurrió a la ministra de Educación con la sentencia del Tribunal Supremo sobre la asignatura Educación para el Socialismo (nominalmente "para la Ciudadanía") y le ha vuelto a ocurrir a la vicepresidenta anunciando el recurso de la fiscalía contra el sobreseimiento judicial del proceso contra el presidente valenciano.

La ministra Cabrera, sin necesidad de escudriñar las entrañas de una oca sagrada, supo dos días antes de que se redactara la sentencia que el Tribunal Supremo iba a avalar el proyecto socialista de manipular las mentes de los escolares en función de su agenda política. No resulta extraño, por tanto, que su jefa sepa con antelación cuál va a ser la decisión de un órgano independiente encargado constitucionalmente de "promover la acción de la justicia en defensa de la legalidad, de los derechos de los ciudadanos y del interés público tutelado por la Ley", así como "velar por la independencia de los Tribunales y procurar ante éstos la satisfacción del interés social".

El acierto hubiera sido menos asombroso si El Pollo del Pinar estuviera hoy al frente de la Fiscalía General del Estado, porque su conducta era tan previsible que hacía inútil especular sobre el sentido de sus decisiones, siempre a favor del Gobierno y en contra de la oposición. En el caso de Conde Pumpido, de cuya rabiosa independencia ya hemos tenido suficientes muestras cuando el Gobierno negociaba con la ETA, el hallazgo tiene su mérito.

Aunque Fernández de la Vega no lo dijera por su probada modestia, lo más seguro es que adivinara también que la fiscalía iba a pedir el archivo de las diligencias contra su compañero de gabinete por otorgar una subvención a su querida hija. Total, diez millones de euros del bolsillo de todos los españoles no pueden compararse en importancia con los cuatro famosos trajes de Camps, por la sencilla razón de que en este segundo caso el acusado pertenece al PP y ya se sabe que los poderes públicos deben atender sobre todo a los casos que provocan alarma social(ista).

Si Venezuela contara con una vicepresidenta y un fiscal general como los nuestros no sería necesaria una legislación tan grasienta para prevenir la "alarma social". El secreto, como demuestra el Gobierno de Zapatero, es la telepatía, la clarividencia y la coordinación entre poderes del estado. Sobre todo, mucha, mucha coordinación.

Hay que darles en la cabeza

Los nuevos estatutos se escriben contra España. El Tribunal Constitucional se ríe de su nombre porque es de facto un órgano político. Jueces y políticos se intercambian sus trabajos sin mutar sus puestos. Se cierran emisoras, se acorrala políticamente a un partido mayoritario, la corrupción se enquista en éste y otros partidos y sólo se le oye un minucioso mutismo. Pero este sábado, Juan Carlos I habló por fin. Será porque era su primer día de vacaciones. Ante los medios, y refiriéndose a los últimos atentados de ETA, ha dicho: "Hay que darles en la cabeza y acabar con ellos". Sí Señor.

Hay que darles en la cabeza. Porque la cabeza es la que dispara, la que coloca bombas y la que mata. Sin ella, una mano es un trozo inerte de carne, huesos y tendones. Para acabar con el terrorismo hay que darles fuerte en las ideas que les llevan a un comportamiento criminoso. Son las típicas ideas antiliberales y, digámoslo, antihumanas. El nacionalismo y el socialismo. Unos matan por esas ideas, otros les justifican, otros intentan que esas muertes sean eficaces políticamente y otros dejan claro que quienes se les enfrente no tienen derecho a pertenecer a esa sociedad. Y esos otros son los unos y los mismos. Son los nacionalistas, porque es el nacionalismo el armazón de cada villanía que cometen.

Pero para ello hay que actuar en todos los frentes. Es necesario desmontar un sistema político erigido sobre el presupuesto de que los vascos no son españoles, de que hay una diferencia entre "ellos" y "nosotros" que justifica el atropello de los derechos. Hay que desmontar la espectacular mentira de que están oprimidos por quienes, dentro y fuera, se saben españoles. Y hay que hacerlo en los medios de comunicación, en la calle y en las aulas.

La vicelehendakari, Isabel Celaá, ha reconocido que "es necesario trabajar en ese terreno, a veces intangible, de la propagación de las ideas". Pero para enfrentarse a esa ideología hace falta oponerle otras ideas. Y tienen que ser las ideas contrarias, que no es el nacionalismo de otro signo, sino el reconocimiento de los derechos esenciales de la persona, de que en una sociedad abierta no cabe ese tribal antagonismo de "los nuestros" contra los demás, de que el poder no tiene justificación para imponer una forma de pensar en las aulas. Es necesario romper muchos sobreentendidos, como que para una parte de la sociedad vasca que no digiere ni un gramo del nacionalismo lo máximo que se le puede conceder es una tolerancia con desgana. Dar a los terroristas en la cabeza supone desandar tres décadas de nacionalismo e intolerancia. ¿Cuántos estarán dispuestos a hacerlo?