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¿Se excitan los censores chinos con vacas suizas?

Ninguna de ellas tiene la menor utilidad para salir de la crisis, sino al contrario, pero como de lo que se trata es de presentar proyectos para cubrir la cuota "informativa" de los telediarios, ahí tenemos al Consejo de Ministros produciendo casi diariamente nuevos planes económicos, todos basados en la misma consigna: gastar más.

Ahora quiere la vicepresidenta que vayamos en moto. Supongo que dará ejemplo, aunque para ello tenga que renovar parte de su fondo de armario incorporando pantalones, botas y chupas de cuero. Verla llegar a La Moncloa en ciclomotor (mejor en sidecar, dada su edad) sería un gran incentivo para el plan "Moto E", que así se llama el último invento para salir de la crisis, consistente, como saben, en sacar del bolsillo de unos contribuyentes 9 millones de euros para introducirlos en los de quienes decidan hacer caso al Gobierno y pasarse a las dos ruedas.

Esos nueve millones de euros son, en realidad, una subvención encubierta para los fabricantes y vendedores de ese tipo de vehículos, pero como los progres no ven demasiado bien eso de entregar el dinero directamente a los empresarios (salvo si son de la banca), prefieren hacerlo a través de persona interpuesta (los que decidan comprar una moto), así de paso todos participamos de la liturgia socialdemócrata y hacemos como que luchamos hombro con hombro para salir de la recesión.

El socialismo consiste en robar a unos para darle a otros, excepto el 40% destinado a los gastos burocráticos. El proyecto económico de Zapatero era, por tanto, tan inservible hace cinco años como ahora. La única novedad es que cuando se produce una crisis económica, el daño que las ideas socialistas provocan a la economía se multiplica hasta tener consecuencias irreversibles.

Y luego está el factor de corrupción popular que el socialismo siempre lleva aparejado. Por ejemplo, los que habían decidido adquirir una motocicleta están muy contentos con esa subvención que han trincado del bolsillo ajeno, sin embargo, bastará con que reparen un momento en los varios miles de líneas de subvención a las que no tienen derecho por sus circunstancias personales o profesionales para darse cuenta de que les están tomando el pelo y de paso vaciándoles el bolsillo. En cuanto una parte de los once millones de votantes socialistas comprendan tan sencilla ecuación, asunto solucionado.

A La Moncloa en sidecar

Las autoridades del régimen de Pekín se han encargado de dejar claro que "es sólo cuestión de tiempo".

La relación de los dirigentes chinos con internet es tortuosa. Por una parte son conscientes de las grandes oportunidades que ofrece para el desarrollo económico del país, han seguido una línea radicalmente contraria a la de otras dictaduras comunistas y no vetan su uso a los ciudadanos. Sin embargo, son conscientes de que la red es un maravilloso vehículo para comunicar opiniones y acceder a informaciones que no son del gusto del gobierno, por lo que tratan de buscar distintas vías para controlar la web sin tener que prohibir que los chinos se conecten.

Fruto de esa peculiar situación son las docenas de ciberdisidentes que han pasado por las prisiones del gigante asiático, que de forma permanente desde hace varios años acogen a una media de unos cincuenta de ellos. También es producto de esta política las sucesivas cruzadas que contra los cibercafés han emprendido las autoridades comunistas, puesto que estos locales eran en el pasado un buen vehículo para obtener mayor intimidad a la hora de conectarse que si se hacía desde casa. Lo mismo ocurre con la censura en los resultados de búsqueda y otros servicios online de los distintos gigantes de internet, como Yahoo, Google o Microsoft. Y ahora, aunque se postergue su puesta en marcha, le ha llegado el turno a la obligación de que todos los ordenadores se vendan con el sistema de filtrado llamado "Dique verde – Acompañante de la juventud".

La excusa para esta nueva medida es, una vez más, proteger la moral de los chinos. El Gobierno del PCCh casi siempre recurre a ella. Aunque fuera cierta habría que denunciarla. Los Estados no tienen ninguna autoridad, más allá de su poder coactivo, para imponer prohibiciones en esta materia. Pero hay más. Desde el mismo momento en el que el filtro viene incorporado de fábrica y son las autoridades las que tienen capacidad de configurarlo sin control de los ciudadanos, del mismo modo en que se puede bloquear el acceso a un sitio pornográfico se tiene capacidad para impedir que los internautas visiten páginas con contenidos "sensibles" desde un punto de vista político. Algo que sin duda ocurrirá en un país sometido al poder de un régimen como el que sufre China.

A lo anterior se suma los excesos moralistas de los censores, que suelen tener una mente más calenturienta que el resto de los ciudadanos y pueden animar la imaginación del público. Es común en España escuchar que, al cortar la escena de Gilda en la que Rita Hayworth se quitaba el guante, los encargados de la censura franquista consiguieron que corriera el rumor de que en la película sin cortes la actriz se desnudaba del todo. Algo parecido ha debido pasar con quienes han configurado el "Dique verde". Este prohíbe entrar o elimina las fotos de sitios turísticos helvéticos, incluidas las imágenes de pacíficos animales pastando. En el título de la novela llevada al cine con nombre de Blade Runner, Philip K. Dick se planteaba: ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? Tal vez debamos preguntarnos ahora: ¿Se excitan los censores chinos con vacas suizas?

Unidad de mercado y nacionalismo

Uno de los puntos más susceptibles de controversia en la visión liberal del nacionalismo es el de si la proliferación de estados nacionales favorece o no a la extensión de la apertura comercial. Recientemente Juan Morillo trató el tema estableciendo un criterio mediante el cual enjuiciar cuándo un nacionalismo es aceptable y cuándo no para quien esté por la mayor libertad comercial. Pero surgen dos cuestiones adicionales que deben ser tratadas también.

Un nacionalismo partidario del mayor desarme arancelario sería económicamente aceptable. Si, además, se dice, reconoce el derecho a la diferencia e, incluso, a la secesión de partes integrantes de su nación, se debe aplaudir con fuerza. Si bien el primer principio es inatacable, la segunda proposición presenta problemas. La cuestión estriba, profundizando en esta formulación prescriptiva, en si se puede definir qué modelos de nación son más proclives a la liberalización de los mercados.

En un esbozo teórico, la propensión de un gobierno, surgido de una secesión o de una integración, a maximizar la ventaja comparativa de su nación tiene que ver con cuatro elementos: tamaño, tipo de ventaja, descubrimiento de esa ventaja y equilibrio interno de poder. Si un estado posee un recurso o sector económico en determinada abundancia o nivel tiende a ser proteccionista respecto del mismo. Un mayor tamaño aumenta las probabilidades de poseer ese recurso. La posibilidad de que el Gobierno descubra esa ventaja depende de la permeabilidad que tenga a los intereses vinculados a ese recurso o ramo industrial. Por último, abrirse o cerrase a los mercados internacionales depende de la existencia de intereses creados que sostengan al Gobierno.

De esa manera, los pequeños estados, en un entorno de estados grandes que sean proteccionistas en diversos grados, no poseen otra ventaja comparativa que la simple apertura comercial y financiera. Convertirse en paraísos fiscales y proteger el secreto de las finanzas privadas es su recurso. Pero, ¿sería así igualmente de darse un mundo de pequeñas entidades políticas, en un mundo que reedite las antiguas polis? En ese caso no existiría, pienso, una propensión necesaria hacia el libre mercado. Los microgobiernos que descubrieran, sin riesgo para la estabilidad de su poder, ventajas comparativas en la teoría de las ventajas comparativas sí abrirían sus mercados. Los que lo hicieran con algún recurso que ellos poseyeran en mayor grado, tenderían, por el contrario, a protegerlo. El triunfo de los primeros sobre éstos no es, tampoco, necesario y depende de factores políticos más que de éxito económico. La belicosidad inherente a todo estado proteccionista tendería a desarrollar naciones depredadoras y, progresivamente, más extensas.

Según lo dicho, no es posible definir qué tamaño de nación sea el adecuado. Ilustrativamente podemos añadir que, a lo largo del siglo XIX, el libre comercio fue la doctrina dominante en un entorno de formación de estados nacionales en Europa y América. El factor determinante fue Gran Bretaña que, siendo la primera en industrializarse fue también la primera en descubrir el laissez-faire merced a un vigoroso movimiento intelectual y popular favorable a él protagonizado, entre otros, por la Escuela de Manchester y la oposición popular contra las últimas barreras mercantilistas relevantes en 1846. Como reacción al proteccionismo propio de las monarquías absolutas, los regímenes que combinaron nacionalismo con industria aplicaron con más o menos fervor el librecambismo británico. Pero todo acabó en el periodo previo a 1914 cuando las naciones que desarrollaron sus industrias apostaron por la protección y por el imperio militar. Desde entonces, en la generalización de los estados-nación se han conocido muy breves periodos de apertura comercial.

Así pues, parece que los elementos o fuerzas que impiden la extensión de un estatus librecambista tienen mucho que ver con la escasa popularidad de las ideas que lo propugnan, las cuales tiene mucho que ver con la escasa popularidad de las ideas individualistas y de soberanía económica del individuo. No es posible aún, en rigor, mantener qué tipo de entidad estatal será más proclive a generalizar un mundo librecambista. Como mucho podemos decir que la existencia de crisis económicas cíclicas adereza nuevos impulsos proteccionistas. Es en la extensión de la ética individualista y en la política económica donde la batalla se presenta más decisiva.

Distinciones

Hagamos de un Roland Barthes venido a menos. La frase: "La villa y Corte de Madrid otorga…". La villa observa el espectáculo de un dictador poniéndose una medalla, y deja que sea la Corte quien cuelgue la distinción. Luego llega la democracia, y resulta que los galardones entre políticos, en lugar de guardarse vergonzantemente, se multiplican. Heróicos cuellos los suyos, que acarrean con vigor inusitado todo el peso de los autopremios. Los Juan Palomo de las medallas, ante la aprobación bobalicona de algunos y el desprecio, taimado por el desinterés, de la mayoría.

Mas, hablando de heroicidades, a Franco le están saliendo rivales políticos por doquier. Una pena que sea a destiempo, pues bien nos hubiera ido si su régimen autoritario hubiese sido reemplazado por otro democrático, aunque sea también autoritario y cutre, como el que tenemos. Debe de ser que la valentía contra el famoso militar se alcanza después de mucha reflexión; de varias décadas de reflexión, en concreto. Gallardón, a lo sumo, tiene que enfrentarse con la imagen de Franco cada vez que entra en el salón de su suegro, quien por otro lado ya le ha afeado su conducta.

Franco, déjenme ser ídem del lienzo, no creo que merezca distinción alguna. ¿Que se la quitan? Como si se la dan de nuevo, que conmigo no va la cosa. Su impronta en la Historia de España, que la juzguen los profesionales del ramo el día que logren sobreponerse a las pasiones políticas del momento y aprecien su actuación en la justa medida, la que permita una ciencia tan bella, pero tan inaprensible como es la Historia.

Ahora bien, hay una distinción, una, que se colgó en cuello ajeno Francisco Franco, que luce por todo lo alto de la política española: el nombramiento de Don Juan Carlos de Borbón y Borbón como sucesor a título de Rey. A ver quién le quita al difunto esa distinción.

Las medidas anticrisis van a pasar factura

"…vivimos abriendo restaurantes en un lado y otro del mundo para poder respaldar esta profesión y seguir adelante, ya que el Gobierno no nos ofrece ninguna ayuda. El dinero va para proyectos de cine o moda".

Sergi Arola — Cocinero.

Entrevista en El País

Sin duda, trabajar es un asco… ¿Es mejor vivir del dinero del Gobierno? Más tiempo libre, más dedicación a nuestros hobbies y más horas para la familia o para nuestros amigos. Pero también, más dependencia, más servilismo, más clientelismo político, más pobreza. Tal vez el Estado del Bienestar, o quienes lo representan, los políticos, sólo nos vendan la cara más bonita, pero el Estado del Bienestar no da para todo. ¿Los pobres, los desfavorecidos, los parias se llevan algo? ¿Y la clase media?

El sistema actual, lo que se llamó tercera vía, pretendía eliminar la cara oscura del capitalismo –el del estado depredador– a la vez que daba más oportunidades a los menos favorecidos. El resultado ha sido un sistema mucho peor y cruel. El dinero se ha sustituido por las influencias y las amenazas de los grupos de presión. Todo lo que se hace en política y articula el Estado del Bienestar obedece a presiones de grupos empresariales, sociales y políticos. No tiene nada que ver con el capitalismo. Éste es el intercambio de bienes y servicios de modo voluntario y pacífico.

La cita del Arola es el paradigma de esta sociedad. Él es cocinero. Cree que su sector es mejor que el cine y la moda. A la vez, en el sector del cine, creen que ellos son más necesarios que los cocineros, que siempre los hay. Los de la moda piensan que la gente ha de vestir e ir a la última; ha de ser un derecho, por el que el Gobierno ha de pagarles. Los banqueros opinan lo mismo sobre su sector, lo mismo sucede con el del automóvil o el de las grandes empresas ecológicas.

El Estado del Bienestar es el auténtico sistema depredador donde todos quieren vivir a costa de los demás sin que ninguno se haga responsable de sus propios actos. Como decía el gran economista Frédéric Bastiat: "El Estado es la gran ficción a través de la cual todo el mundo trata de vivir a cuenta de todos los demás".

La última muestra de cómo el Estado del Bienestar premia la irresponsabilidad, al inútil, y sólo distribuye el dinero del ciudadano entre los lobbies y genera pérdidas netas totales, ha sido la iniciativa gubernamental del FROB (Fondo de Reestructuración Ordenada Bancaria). El capital inicial del FROB consta de 9.000 millones de euros (6.000 provienen de fondos públicos y 3.000 de los actuales Fondos de Garantía de Depósito). El Fondo se puede ir endeudando en varias fases y, con autorización de la ministra de Economía, puede multiplicar su capital público hasta por diez (60.000 millones de euros).

Algo así supondría un 6% adicional de déficit público. Este dinero ha de salir de algún lado. Y sólo puede hacerlo: reduciendo o eliminando deducciones –si los 400 euros ya se han quedado en nada, al "cheque bebé" le quedan cuatro días–, y subiendo impuestos directos e indirectos de forma acentuada, tanto a particulares como a empresas. Dicho en román paladino: todos pagamos más y recibimos menos. Bueno, no todos. Los malos gestores empresariales son consumidores de impuestos totales, ellos ganan.

Al subir los impuestos, más dinero se desviará a la economía sumergida, la demanda interna del país bajará, la pobreza de la clase media aumentará y, evidentemente, la recuperación económica no llegará en un corto plazo. Evidentemente, todo esto no afectará muy positivamente al rating de España, por lo que el coste de la deuda podría aumentar.

Imagínese que algo así se hace en mayor o menor medida sobre el sector del turismo, automovilismo, moda, cine… o que a nuestro chef, Sergi Arola y amigos, les empiezan a dar nuestro dinero. El principal cliente de las empresas ya no seremos nosotros, sino el Estado. Todas ellas quedarán subordinadas a sus designios en lugar de a nuestras necesidades. Transferencias de capital forzosas de particulares y empresas hacia el Estado y que éste vaya distribuyendo según el peso del lobby de turno.

El resultado es el actual. Un capitalismo de Estado donde todos los actores económicos, la sociedad, sirven como instrumento para beneficiar a unos privilegiados rentistas estatales por el supuesto bien común. El gran estado depredador, sin duda, es el Estado del Bienestar.

Moneda de reserva mundial

Desde hace unos meses se están vienen produciendo determinadas declaraciones de las autoridades políticas chinas pidiendo la creación de una nueva moneda de reserva mundial. Puede sorprender el llamamiento, ya que oficialmente no existe ninguna moneda de reserva mundial, sino que los distintos bancos centrales han ido materializando sus reservas en los activos que han juzgado convenientes, aunque de hecho, ha sido el dólar la moneda que mayoritariamente ha venido a ocupar dicho lugar. Aunque hace ya más de un lustro que el euro comenzó su andadura como billete físico, y en sus inicios hubo quien se aventuró a protagonizar que arrebataría al dólar su papel como divisa de reserva mayoritariamente usada, lo cierto es que no cumplió con dichas expectativas, puesto que a día de hoy el dólar supone el 64% de las reservas monetarias del conjunto de los bancos centrales.

Por lo tanto, quizás sorprende el llamamiento realizado desde China para crear una nueva moneda de reserva mundial, cuando su propio banco central podría vender los dólares que actualmente tiene (y que ascienden a un 70% de sus reservas) a cambio de otra divisa que satisfaga más sus intereses. Sin embargo es posible que no desee dar dicho paso, ya que cualquier otra divisa puede tener los mismos problemas que ahora mismo percibe en los dólares.

Las razones por las que las autoridades monetarias chinas se encuentran disconformes con los dólares no son ningún secreto. En los últimos tiempos la política monetaria de la Reserva Federal Estadounidense se ha caracterizado por la bajada al máximo de los tipos de interés y por la monetización indirecta de deuda pública. Dicho de otra forma, el número de dólares puestos en circulación se va elevando cada vez más, sin que las autoridades de la Reserva Federal muestren el más mínimo signo de que van a cambiar dicha tendencia. Por lo tanto, los responsables del banco central chino creen que esa abundancia de dólares perjudicará el valor de los que ya tienen. Por pura ley de oferta y demanda, cuando la oferta de un bien aumenta, su precio disminuye, por lo que prevén que, tarde o temprano, se empobrezcan.

Si acudimos a otras monedas la situación no mejora. El Banco de Japón y el Banco de Inglaterra, parecen seguir una política similar, e incluso el mismo Banco Central Europeo se ha unido a la tendencia de monetización de la deuda. El problema es que no existen muchos proveedores de divisas a nivel mundial de entre los que se pueda elegir, al ser la emisión de moneda un monopolio estatal dentro de cada país o grupo de países.

Por tanto, las autoridades chinas parecen haberse dado cuenta de que las principales monedas existentes hoy en día presentan el mismo problema, por lo que lo mejor es crear una nueva moneda que sirva como reserva a nivel mundial. Para ello se han fijado en los derechos especiales de giro del Fondo Monetario Internacional, cambiando su composición actual (cuya cesta se basa en el dólar, euro, yen y libra esterlina) para dar cabida al yuan dentro del mismo.

La falta de confianza en el dólar no es un fenómeno nuevo. La caída del sistema establecido en Bretton Woods la provocó precisamente la emisión masiva de dólares que provocó la caída del precio de éste desde los 35 dólares la onza de oro, que establecían dichos acuerdos, hasta los 125. Los responsables de la política monetaria china, temen, por tanto, que un fenómeno similar pueda desatarse y quieren protegerse frente a dicha eventualidad, para no quedar empobrecidos si finalmente se repitiese la historia.

El problema, como se ha visto antes, es que no existen monedas que parezcan indemnes a dicha erosión de valor, ya que, aunque en diferente grado, parece haberse producido cierto consenso entre las distintas autoridades monetarias en expandir la oferta de sus respectivas divisas, lo que acabará provocando, tarde o temprano, un envilecimiento de las mismas.

La adopción de una moneda mundial, ya se base en derechos especiales de giro o en cualquier otra moneda o cesta de monedas, no va a suponer la desaparición del problema del envilecimiento de éstas, ya que el problema radica en la emisión de moneda sin contrapartida alguna, lo que inexorablemente las conduce a la pérdida de su valor.

Las autoridades chinas han acertado buscando la forma de evitar empobrecerse ante la más que previsible pérdida de valor que van a experimentar sus reservas. Sin embargo la sustitución de sus dólares por otra moneda mundial no va a evitar este empobrecimiento, salvo que abandonen la idea de buscar una divisa existente o imaginaria, y busquen activos físicos como los metales preciosos (por ejemplo el oro) que tradicionalmente se habían venido usando para este fin.

Los principales perjudicados por la impresión masiva de billetes no serían, sin embargo, las autoridades monetarias chinas, sino los propios usuarios habituales de dichos billetes, especialmente los ciudadanos más pobres. Puesto que los pequeños ahorros de estos últimos suelen estar básicamente en billetes, un envilecimiento de la moneda supone que sus ahorros valen menos, por lo cual son aún más pobres.

Por tanto, ninguna moneda, nueva o antigua, puede evitar el empobrecimiento provocado por la impresión masiva de billetes, y a la que no es inmune, ni los ciudadanos ni los propios bancos centrales extranjeros. Tan sólo una política monetaria donde los tipos de interés se fijen en función de la oferta y la demanda y la emisión de moneda se encuentre respaldada por algún tipo de activo físico como por ejemplo el oro, puede evitar este empobrecimiento, devolviendo a las divisas la confianza perdida.

Derechos, derechillos y derechetes

Nosotros, los ciudadanos, les seguimos el juego, quizá para no desilusionarles. Y muchos de nosotros creemos que, de verdad, tenemos ese derecho, sólo porque unos cuantos tipos han dicho a la vez. Algunas veces se lo llegan a creer tanto, que se ponen trascendentes y otorgan un derecho "a la muerte digna", como en Andalucía, o el divertidísimo derecho "a la vivienda". En otras ocasiones, no tiene tanta gracia, pues pervierten completamente el significado y se creen que pueden dar a alguien un "derecho a abortar", como si por el hecho de que lo hubieran votado cambiara algo el que matar a un ser humano es un crimen.

En el ánimo de seguir "concediéndonos" derechos, la capacidad de innovación de los políticos muestra su faceta más productiva, superada sólo por la creación de impuestos. Así, hace unos días, la Comisión Europea aprobó un nuevo, digamos, derechillo. En el plan de acción para lo que denomina "la internet de las Cosas", se habla del derecho al silencio de los chips.

Ante este posible derecho, lo primero que es difícil silenciar son las carcajadas. Una vez enjugadas las lagrimillas, centrémonos en el contenido del supuesto derechete. Sería un derecho que tendríamos a desconectarnos de nuestro entorno de red en cualquier momento, y está relacionado con las tarjetas RFID (Dispositivos de Identificación por Radio Frecuencia), esas que, por ejemplo, se utilizan para el telepeaje. Con este derechillo, se nos autorizaría a leer y destruir estos dispositivos para preservar nuestra privacidad.

No sé el lector, pero un servidor no era consciente de no tener tal derecho, si es que así se le puede llamar. Caben dos supuestos: o bien la tarjeta es mía, y entonces puedo hacer lo que quiera con ella, incluido leerla y destruirla. O bien no es mía, y entonces no puedo hacerlo. No hace falta ningún nuevo derechillo que ratifique mi derecho de propiedad. O no debería hacer falta.

¿Por qué piensan los políticos que la existencia de este derecho tiene que debatirse? ¿Por qué piensan que depende de que ellos decidan si existe o no ese derecho? Es la cuestión, y es una cuestión realmente grave. Aquel ciudadano que acepta que la existencia de un derecho depende de los políticos y cree que estos pueden crear nuevos derechos, tiene que aceptar también que los mismos que se los dan, se los puedan quitar. Para este ciudadano la vida se vuelve de una incertidumbre intolerable. Cuando las vacas son gordas, todos los políticos están ávidos de conceder derechos; pero, cuando vienen las vacas flacas, ya estamos empezando a ver qué pasa con esos derechetes.

Señores de la Comisión Europea y políticos en general: no necesitamos ningún derechillo al silencio de los chips. Nos conformamos con que ustedes respeten nuestros derechos de propiedad.

Compitiendo contra el burka

La vestimenta lleva implícita la sumisión de la mujer al hombre y al islam, no es una elección voluntaria sino que le ha sido impuesta por presión de la familia y la comunidad. El mismo argumento es extensible al chador, el nicab, el hijab y otras variedades de velo.

El problema con este razonamiento es que asume demasiado y diluye la diferencia entre coacción y presión social. La esclavitud es desde luego incompatible con una sociedad libre, pero también lo es prohibir el burka si alguien desea llevarlo. La mayoría de mujeres que llevan el burka, u otros atuendos islámicos menos extremos, lo hacen porque quieren. Eso no significa que se hayan decantado por el burka después de sopesar las alternativas disponibles, escuchar distintos puntos de vista y mantenerse al margen de influencias externas. Significa que en su fuero interno están convencidas de que eso es lo correcto, por incomprensible que nos parezca a nosotros. ¿Es el resultado de la estricta y retrógrada educación que han recibido y de los valores fundamentalistas de su entorno? Sí, pero eso no confiere al Estado ningún derecho a la "reeducación" forzosa.

No hay cura posible si el propio enfermo no quiere curarse, y uno de los principios éticos de cualquier médico es no administrar una medicina si el paciente no consiente. El caso del burka no es distinto: si la mujer no expresa su rechazo al burka la presunción razonable es que no quiere que se lo prohíban. La carga de la prueba debe recaer en quienes quieren interferir en su forma de vestir.

Decir que la mayoría de mujeres que llevan burka han sido coaccionadas por sus maridos o familiares no nos lleva muy lejos, pues asume lo que tiene que probar. Parece claro que la coacción (en forma de maltrato o amenaza) en las comunidades islámicas fundamentalistas se practica con más frecuencia que en el resto. Pero esta coacción está penada por la ley (probablemente no lo bastante) y corresponde a las autoridades investigar caso por caso y salir en defensa de las víctimas.

Incluso los prohibicionistas admitirán que el mal no es el burka en sí, sino el comportamiento opresor del marido, que la obliga a ponérselo. Pero entonces, ¿por qué no se encarcela directamente al marido? Si ninguna mujer lleva el burka voluntariamente significa que todos los maridos son culpables de abuso y deben ser detenidos y encarcelados. Esa es la conclusión lógica de su premisa. Si, en cambio, están dispuestos a garantizar a los maridos la presunción de inocencia, entonces no pueden argüir al mismo tiempo que sus esposas llevan el burka bajo coacción.

No me cabe duda de que los partidarios de la prohibición del burka intentan ayudar a las mujeres musulmanas. Pretenden que éstas se den cuenta de su penosa condición de sumisas, vean que hay un mundo de posibilidades ahí fuera, y reclamen a su familia y comunidad un trato más igualitario. Al mismo tiempo muchos ven el fundamentalismo islámico como una amenaza a los valores occidentales, como un virus que se irá expandiendo en nuestra sociedad (inmigración y mayores tasas de natalidad) si no tomamos medidas prohibicionistas para protegernos.

Comparto la preocupación por las mujeres musulmanas y también entiendo la amenaza que supone un minoría hostil creciente. Pero en mi opinión la solución no es prohibir y restringir, sino interactuar y competir. Alertan que Europa se está convirtiendo en Eurabia, pero es al revés: Arabia se está convirtiendo en Eurabia (o en Usabia, más bien). La influencia de nuestros valores culturales, morales y políticos en Oriente Medio es tan intensa que los gobiernos censuran los medios de comunicación e internet para que la sociedad no se "corrompa" demasiado. Aún así penetra por todas partes: a través del cine, la televisión, la música, la literatura, el deporte, la moda, los negocios… Ven nuestras series, consumen nuestros productos y tratan de imitarnos. Varios países se están modernizando socialmente (Jordania, Egipto, los emiratos del Golfo), reconociendo más derechos a las mujeres y tolerando más libertades sociales. Todavía están lejos de nuestros estándares y abundan los bárbaros, pero ésa no es la cuestión. La cuestión es que esa influencia no es mutua: sus valores puritanos y reaccionarios no penetran en nuestra sociedad, que se toma a cachondeo lo que pueda decir Mahoma en el Corán.

Lo que es más importante: las minorías musulmanas en Occidente están aún más expuestas a nuestra influencia que las sociedades de Oriente Medio. Aquí no hay censura ni lejanía física, es difícil aislarse del influjo de nuestra cultura. Los inmigrantes fundamentalistas de nueva generación quizás tienen sus valores demasiado arraigados y viven en guetos, pero en la medida en que sus hijos vayan a la escuela con otros niños occidentales, tengan amigos cristianos o ateos, lean la prensa, vean la tele, se conecten a internet, trabajen en empresas… nuestros valores harán mella. Es difícil que una mujer acepte como algo natural ponerse el burka cuando ha crecido viendo como todas las demás chicas lucían su cuerpo y su melena. Lo mismo puede decirse de encerrarse en casa cuando está a su alcance salir con amigos, estudiar una carrera y ser una mujer más independiente.

Cada siglo augura un fin del mundo distinto, cortesía de nuestro sesgo pesimista. Para unos es el calentamiento global y para otros es la invasión islámica (¡o ambos!). Los partidarios de prohibir el burka piensan que los valores occidentales son superiores pero no parecen confiar en su fuerza. Si son superiores no hace falta prohibir nada, aparte de que el fundamentalismo es una realidad social que no se elimina prohibiendo vestimentas. Hagamos que nuestra cultura y valores éticos ejerzan presión a través de la interacción y la competencia, a ver si las nuevas generaciones de musulmanes pueden resistir la tentación de una vida más libre y enriquecedora.

Adiós a la república de los ayatolás

La llamada revolución verde iraní parece estar desinflándose. Una vez más, las esperanzas de cambio en un país sometido a un régimen especialmente liberticida dan la impresión de irse al traste. Sin embargo, en su fracaso puede estar su triunfo. A partir de ahora, nada será igual en la antigua Persia.

La falsificación de los datos de las últimas elecciones fue, para las autoridades religiosas del régimen, un error fatal difícilmente comprensible. El candidato denominado "reformista" y vencedor real de los comicios, Mir Hossein Mousavi, no suponía una amenaza de ningún tipo para la República Islámica. Al contrario, era una pieza totalmente integrada en el sistema. Lo que se dirimía en las urnas no era la continuidad del actual régimen o su desaparición. Lo que estaba en juego era tan sólo cuál de las corrientes internas conseguía controlar el poder civil. Un poder civil que además no tiene una fuerza real, al estar supeditado al religioso. Este último, a través de la acción del Guía Supremo, Alí Jamenei, y los seis clérigos que conforman el Consejo de Expertos, es el que controla la política del país.

El lenguaje habitual para referirse a las corrientes internas del régimen iraní da lugar a tremendos equívocos. Los denominados "reformistas" son en realidad conservadores teocráticos y los llamados "conservadores" son ultraconservadores, también teocráticos. Las diferencias entre unos y otros son de matices, posiblemente incluso menores que las que existían entre falangistas, carlistas y tecnócratas en el franquismo. Todo queda dentro del sistema. Mousavi está tan integrado en este último que consiguió el visto bueno del Consejo de Expertos para poder presentarse a presidente, algo impensable si estos clérigos hubieran pensado que ponía en juego la estructura política del país.

Muchos de los votantes, en un país en el que décadas de teocracia no han logrado terminar con una sociedad civil que tampoco pudo someter la monarquía de los Palevi, optaron por Mousavi por ser lo menos malo. No tenían una esperanza real en que supusiera un cambio real. Sin embargo, al robarle la victoria los ultraconservadores abrieron un proceso que sí supone una amenaza real para todo el sistema. Según pasaban los días y el régimen se negaba a reconocer la verdad, unas protestas destinadas a exigir un recuento limpio terminaron derivando en una enmienda a la totalidad por parte de un sector nada despreciable de la sociedad. El formado por los jóvenes, en Irán el 60% de la población es menos de 30 años; principalmente en las grandes ciudades.

Aunque estas protestas terminen a causa de la sangrienta represión que está ejerciendo el régimen, se ha abierto un proceso de desintegración del régimen difícil de cerrar. Si las autoridades de la República Islámica optan por el continuismo las revueltas volverán con mayor fuerza y será el fin de la teocracia. Si deciden ir abriéndose poco a poco, optando por pequeños cambios para que en lo esencial todo siga igual, habrán abierto un proceso que llevará de un modo u otro al fin de la teocracia shií. Como se vio en el antiguo bloque soviético, cuando se abren pequeños resquicios a la libertad los ciudadanos exigen más.

Los días de la República Islámica están contados en Irán. La única duda que queda ahora es si el proceso será de meses o de unos años, y cómo se producirá. La democracia en la vieja Persia está más cerca de lo que quieren reconocer los barbudos con turbante.

Las crisis no son épocas para lujos

En épocas de bonanza uno puede argumentar que "colectivamente" hemos de afrontar esos gastos "imprescindibles" para el bienestar social y planetario. Personalmente me parece una idea errónea propia de una mentalidad dirigista que no se ha parado a pensar ni medio minuto cómo los derechos de propiedad pueden gestionar de manera mucho más eficiente y justa estos asuntos, pero admito que la inclinación natural de muchos seres humanos es esa. Sólo hay que observar esa afición tan extendida entre algunos millonarios de adquirir una mansión con un amplio, verde y "ecológico" jardín.

Pero la tendencia natural del ser humano también es la de recortar los gastos más ostentosos cuando las cosas empiezan a ir mal. No es casual que los países pobres se suelan despreocupar por las consideraciones estéticas del medio ambiente: ni derechos de animales, ni de árboles, ni de rocas. Lo primero es comer, caigan los ecosistemas que caigan.

Este razonamiento primario que casi cualquiera entiende y cuya verificación no requiere más que una mirada fugaz a la realidad trastoca sus términos cuando se incorpora a las teorías de esa plaga económica que son los keynesianos. En sus modelos, los despilfarros lujosos no son un lastre para la recuperación de las crisis, sino uno de sus principales motores.

Sólo así puede entenderse que Obama proponga invertir en las carísimas energías renovables para crear riqueza. Sí, leen bien: el presunto gran beneficio que nos proporcionarán las lluvias de millones que caerán en forma de generosas subvenciones sobre los molinillos y las placas de silicio es que nos ayudarán a salir de la crisis creando puestos de trabajo. Todo lo demás sólo son argumentos accesorios en estos momentos de estacamiento.

Es la perversa lógica del Plan E aplicada a cualquier disparate que se le aparezca en los sueños del gobernante de turno. Lo importante no es la riqueza, sino el puesto de trabajo; los seres humanos no trabajan para producir bienes de consumo que mejoren su bienestar, sino que el trabajo por el trabajo, el esfuerzo vacío y desorientado, el cansancio quemagrasas dignifica y mejora nuestra calidad de vida. No se explica, pues, cómo las sociedades más pobres del mundo están ocupadas 18 horas al día para lograr malvivir y cómo las ricas han tendido sistemáticamente a reducir las horas de trabajo al tiempo que incrementan su prosperidad.

Sólo a las brillantes cabezas de unos inflacionistas patológicos se les podría ocurrir que invirtiendo en energías caras –carísimas– vamos a darle la vuelta a la crisis. Nada nuevo desde que Bastiat redactara sarcásticamente aquella famosa carta de parte de los fabricantes de velas en la que proponían tapiar las ventanas de todos los franceses para que el Sol no les hiciera competencia desleal y se relanzara así esta pionera industria nacional.

¿Tanto les cuesta reconocer a los obamas y zapateros que están sobrecargando las espaldas de los estadounidenses y de los españoles justo cuando deberían estar aligerándolas?