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¿Fascistas?

Sí, hay cosas que están cambiando y que cambiarán aún más en el nuevo Gobierno vasco. Pero hay cosas que no cambian, y que no tienen visos de cambiarse jamás. El nuevo lehendakari, Patxi López, ha hablado con aparente firmeza de su decisión de acabar con estos "fascistas".

¿Fascistas?

¿Por qué utiliza esa palabra, si está claramente mal empleada? ¿Qué quiere decir, en este contexto? Ya se utilizó esa expresión en el pasado, pero llevamos años utilizando "izquierda abertxale". ¿Por qué vuelve la palabra fascista?

ETA es un grupo terrorista con dos patas ideológicas: el comunismo y el nacionalismo. Lo que quieren es un País Vasco independiente y convertido en una nueva Albania, con su buena dictadura del proletariado, sus gulags y demás. Es un partido socialista, y en la época del llamado "diálogo" se le reconoció como tal, llamándole "izquierda abertxale". Nadie les llamaba entonces "fascistas". Se alegará que son nacionalistas y socialistas, como los nazis, pero su socialismo es marxista, de modo que ese camino sólo lleva al juego de palabras.

No hay razón ideológica o histórica para llamarles fascistas. Pero sí política. El término "fascista" es una llamada de atención a la izquierda; es el disco rojo de la negociación con ETA. Cuando vuelvan a llamarles, de forma oficial y con toda solemnidad, "izquierda abertxale" sabremos que se ha encendido el disco verde de la negociación.

Carta de un preso cubano

Se corta de forma intermitente el servicio de telefonía móvil y de SMS. Las fuerzas del régimen llaman a los ciudadanos díscolos a sus casas para decirles "sabemos que ayer te conectaste con la IP equis a estas páginas…", la amenaza directa forma parte del sistema. Y, a pesar de todo, no lo logran. Los descontentos siguen encontrando maneras de convocar protestas e informarse sobre ellas y, además, contarle al resto de la humanidad lo que ocurre en la vieja Persia.

Twitter se convierte en un arma fundamental de la nueva revolución contra los teócratas. Y la empresa responsable de este servicio de micro-blogging se une a la revolución retrasando a la madrugada en Irán el corte del servicio previsto por motivos de mantenimiento para que no afecte de forma negativa a las protestas. Dicen que lo hace a instancias del Departamento de Estado de EEUU, pero es una empresa privada. Si no quiere, no tiene por qué obedecer. También aportan su grano de arena a la movilización internautas de todo el mundo.

Cuando los gobiernos democráticos se negaron a ayudar a quienes se alzaron contra el imperio soviético en Hungría en el 1956 y en Checoslovaquia en el 68, el mismo abandono al que sometieron a los estudiantes serbios que se enfrentaron pacíficamente a Milosevic durante unos meses del bienio 1996-1997, los ciudadanos occidentales no tenían medios para participar en el levantamiento contra los tiranos. Eso sin tener en cuenta que muchos periodistas e "intelectuales" tomaron partido contra quienes luchaban por la libertad. Algo, esto último, que también ocurre ahora.

Sin embargo, algunas cosas son diferentes. Internet, gracias al ingenio de quienes buscan vías para sortear el bloqueo al que les someten los teócratas, sirve para informar al mundo. Y también para formar parte de manera efectiva en las protestas. Pinchando en este enlace y manteniendo la ventana abierta se participa en un ataque de denegación de servicio contra las redes, webs oficiales incluidas, del régimen iraní. Así, entre otras cosas, se dificulta la labor de monitorización de las conexiones de los ciudadanos.

Las revoluciones de colores en la antigua URSS demostraron la utilidad de las nuevas tecnologías a la hora de enfrentarse a los gobiernos liberticidas. La marea verde iraní supone un nuevo paso en este terreno. La red moviliza, permite informar al mundo y, además, se convierte en un vehículo de colaboración para quienes, desde Madrid, Nueva York, El Cairo, Tel Aviv, Buenos Aires y cientos de ciudades más en todo el mundo, deciden aportar su grano de arena en ayuda de quienes se juegan el tipo frente a los tiranos.

Internet contra teocracia

Ha estado bien Pachi Lopez en su papel de lehendakari, mostrando a los autores del crimen y sus compañeros el camino a la cárcel (trayecto que recorrerán sin duda como ha ocurrido con todos sus antecesores), salvo por su definición de los asesinos como "violentos". Hombre, violentos son, claro, pero también son algo más, por ejemplo asesinos fanatizados por una ideología totalitaria de raíz marxistoetnicista. No obstante, la imagen de un presidente de la comunidad autónoma vasca condenando un atentado sin adversativas es, por novedosa, digna de ser destacada.

Los políticos llevan más de treinta años intentando acabar con ETA. Digo en su mayoría; otros se han dedicado a recoger nueces con el resultado conocido. Por probar lo han probado todo, incluida la humillación a las víctimas con el último "proceso de paz", en el que López, por cierto, tuvo una importante participación.

Precisamente ahora tiene el flamante lehendakari la oportunidad de demostrar con hechos su decisión de acabar con la ETA, pero para eso no basta con convocar concentraciones y manifestaciones ciudadanas. Habrá que hacer algo más, aunque eso suponga un coste político en otras instituciones gobernadas por su partido. Si estuvo dispuesto a pagar la factura de reunirse con el brazo ilegalizado de la ETA, ahora tiene la ocasión de hacer lo mismo en el sentido contrario. Es decir, el correcto.

La oportunidad de López

Bajo la radio y presto atención a los carteles, aunque aún quedan lejos para discernir el nombre de los presos cubanos en EEUU cuya liberación exigen. Están, claro es, a la espalda de la embajada de aquél país en el nuestro. El semáforo se pone en verde y avanzo a distancia del coche de adelante, con la ventanilla bajada y a baja velocidad. Y, movido por una infantil indignación, les miro y grito: “¡Libertad para los presos de Cuba!”. Oigo sus silbidos y me alejo sin pisar apenas el acelerador.

Batista, aquél dictador, tenía una cincuentena de prisiones en la isla. Hoy ronda los tres centenares y la población presa que es como la de Cádiz, Orense o Algeciras. En verdad, Castro ha reducido el número de cárceles a una sola y es toda la población cubana la que vive en una cárcel; dos millones largos de almas.

La desagradable escena me ha hecho pensar en un preso cubano; en una persona de carne y huesos encarcelados por oponerse a la dictadura en Cuba. Ahogaba sus penas en tinta. Escribió una carta en la que se expresaba con esa libertad que sólo está al alcance de los presos. Decía en su misiva: "Arreglé mi celda el viernes. Baldeé el piso de granito con agua y jabón primero, polvo de mármol después, luego con Lavasol y por último agua con creolina. Arreglé mis cosas y reina aquí el más absoluto orden. Las habitaciones del Hotel Nacional no están tan limpias…".

Al preso le rodea el Caribe, que se filtra en la cárcel hasta hacerla parecer algo completamente distinto: “Cuando cojo sol por la mañana en shorts y siento el agua de mar, me parece que estoy en una playa, luego un pequeño restaurante aquí. ¡Me van a hacer creer que estoy de vacaciones!”. Pero él no está de vacaciones. Se opuso a la dictadura cubana y paga su atrevimiento con su libertad. Nada puede compensar esa carencia. Ni siquiera la constatación de que, en verdad, el prisionero no lleva una vida desagradable: “"Ya tengo sol varias horas todas las tardes y los martes, jueves y domingo también por la mañana. Un patio grande y solitario, cerrado por completo con una galería. Paso allí horas muy agradables…”.

Han pasado 55 años desde que el 4 de abril de 1954 Fidel Castro escribiese esas palabras. Muchos de sus cien mil prisioneros darían un brazo por escribir con el otro la misma carta.

¿Alguna vez nos libraremos de los keynesianos?

El titular estaba escrito en julio de 2008 pero bien podría haberse referido a cualquier período anterior. Por ejemplo, a la anterior burbuja de las puntocom, cuyo pinchazo se produjo a lo largo de 2001 y 2002.

En aquel entonces, sin embargo, no era una publicación satírica sino uno de los economistas más reputados del mundo, el propio Paul Krugman, quien abogaba por que la Reserva Federal bajara los tipos de interés para crear una nueva burbuja inmobiliaria: "Para combatir esta recesión, la Fed necesita contestar con mayor brusquedad; hace falta incrementar el gasto familiar para compensar la languideciente inversión empresarial. Y para hacerlo, Alan Greenspan tiene que crear una burbuja inmobiliaria para reemplazar la burbuja del Nasdaq". Lo han recordado varios bloggers liberales durante estos días.

Al afamado economista estadounidense parece que no le ha gustado que aireen sus trapos sucios y se ha quejado en su propia bitácora de que la derecha le culpa de todos los males habidos y por haber: desde matar a Manolete a haber causado la burbuja inmobiliaria.

El problema es que nadie acusa a Krugman de haber estado entre el comité de asesores de Greenspan, quien ya se bastó él solito para inflar el ladrillo. La crítica es otra y Krugman sólo de un modo bastante patético trata de esparcir basura por todas partes: Krugman integra ese clima intelectual perverso e ignorante que nos ha conducido a la crisis actual. El keynesianismo no es la solución a la crisis, sino su causa última.

Por simplificar la cuestión. Los keynesianos consideran que la economía es como una máquina que, si se detiene, hay que darle cuerda. Lo único importante es que la máquina no se pare y no cómo se la vuelva a poner en funcionamiento. En este caso, Krugman quería salir de la burbuja de las puntocom con la burbuja inmobiliaria y para ello abogó por una brutal expansión crediticia.

La Escuela Austriaca, por el contrario, siempre ha explicado que la economía no es una masa uniforme que se pueda manipular a placer. Los aparatos productivos tienen sus estructuras y cuando esas estructuras se deforman y se vuelven insostenibles hay que purgarlas: la crisis cumple precisamente con la finalidad de liquidar lo malo para enderezar el camino.

El Premio Nobel Krugman siempre ha despreciado las teorías austriacas por considerarlas moralistas. En su torcida interpretación de las mismas, lleva años repitiendo que los austriacos creen que las crisis son una especie de castigo divino (de sanción correctiva) por haber crecido demasiado en el período del boom económico. Las crisis, en su opinión, no son inevitables, sino que la labor del Estado –Gobierno y Banco Central– consiste precisamente en impedir por cualquier medio –gasto público o expansiones crediticias– que se produzcan los reajustes que necesita la economía. Tal y como explicaba en 2001: "Siempre he creído que el enfoque más correcto frente a las crisis es el de olvidar el pasado en lugar del crimen y castigo. Es decir, siempre he creído que una burbuja especulativa no tiene por qué conducirnos hacia una recesión siempre y cuando los tipos de interés se bajen lo suficientemente rápido como para estimular inversiones alternativas".

Tampoco podíamos esperar mucho más de una mente privilegiada que sostiene que toda la dinámica de los ciclos económicos –tema sobre el que los mejores economistas de la historia se han rebanado los sesos para escribir miles de páginas con una calidad y cantidad de matices apabullantes– puede resumirse sin problemas en el modelo de una cooperativa de canguros. Una ridícula historieta que, según él mismo, "cambió su vida", con la que considera que "puede aprenderse más economía que con un año de editoriales del Wall Street Journal" y que incluso "si se lo tomara en serio podría salvar el mundo".

El problema no es que haya chiflados; el problema es que a los chiflados les den un Premio Nobel y luego se conviertan en gurús a los que leen y escuchan con admiración millones de ciudadanos, economistas y políticos. El problema no es que los medios presten su espacio a la propaganda inflacionista dirigida desde siempre a justificar el expolio del Estado a través de la moneda; el problema es que ese agitprop se haya convertido en dogma de fe al que rinden culto casi todas las universidades del planeta al camuflarse de keynesianismo. El problema no es que cada maestrillo tenga su librillo para salir de la crisis y que a muchos les agrade más la tertulia vespertina en el bar que el debate académico. El problema es que los mismos arrogantes ignorantes que nos metieron en el actual atolladero se postulan ahora como los salvadores que nos van a sacar de él exactamente del mismo modo en que nos forzaron a entrar.

Que alguien como Krugman haya logrado el máximo galardón al que puede aspirar un economista muestra los pies de barro del actual sistema financiero, no por casualidad inspirado en sus geniales ocurrencias y en las de sus colegas. La crisis no es sólo económica, sino también intelectual.

Las rentables excusas del Poder

Aunque el principio es totalmente cierto, parece que el socialismo y el colectivismo han hondado tanto en nuestra sociedad que olvidan algo más importante. ¿Qué pasa con la libertad individual?

Zapatero dijo ayer que subía los impuestos para "luchar contra el tabaquismo". Aunque nadie razonable puede tomarse tal aseveración en serio teniendo en cuenta cómo van las cuentas del Estado, la pregunta es: ¿quién es él para decidir mediante la imposición qué estilos de vida son correctos o incorrectos? ¿Es acaso un político más bueno, sensato y moralmente superior que cualquier ciudadano honrado? ¿Somos todos sólo engranajes de un gran plan estatal para conseguir la perfección humana donde todos pensemos igual, seamos iguales y nos comportemos igual? Si así lo creen, un camino fácil para tan deseado igualitarismo sería lobotomizar a toda persona nada más nacer.

Una sociedad virtuosa sólo se consigue con diversidad. Esto es, aceptar lo que nos gusta y lo que no nos gusta. Los liberales creemos firmemente en el principio de "vive y deja vivir". Los movimientos de izquierda –lo que significa todo el abanico político– han divido a las personas en buenas y malas criminalizando a las últimas. Es lo que entendemos como el principio de "crimen sin víctima". No se castiga al individuo por el daño causado a otros (hoy día es casi al contrario), sino por tener estilos de vida propios. El hombre adinerado siempre es malo y se le ha castigar por destacar de entre los demás. El que no recicla es un inadaptado al que también se le ha de castigar o desincentivar de alguna forma, pero siempre usando el robo (impuestos o multas) y la fuerza. Lo mismo con el que fuma, el que quiere ser él quien decida en lugar de la administración en qué lengua se educa a su hijo, el que bebe alcohol, el que se desplaza con vehículo privado en lugar de público…

Toda esta epidemia de pensamiento único, de creer que el bien común es un monopolio estatal y que la solidaridad a punta de pistola es equivalente a amor, y las continuas imposiciones del igualitarismo –que sólo incentivan la mediocridad en lugar de la búsqueda del conocimiento, aptitudes y desempeño– no son más que excusas de una oligarquía política para conseguir más dinero y poder.

Ni la bondad, ni la felicidad, ni el bienestar ni cualquier otro valor moral pueden ser impuestos por la fuerza. Hacerlo supone un atentado contra la libertad y quien así actúa es un tirano. Los valores morales, en política, no son fines, sino que siempre son medios, es decir, excusas, para conseguir beneficios partidistas. Esta es la razón por la cual un Gobierno jamás dará al hombre la auténtica llave para desarrollar su creatividad, alta producción, responsabilidad y bienestar: la libertad individual plena.

Si queremos salir de la crisis no hemos de castigar al que no tiene nada que ver y culparle por tener un estilo de vida propio. Tampoco subvencionar al inútil para que siga viviendo de los demás, ya sea una empresa o un particular. Mucho menos, destrozar con más regulación e impuestos a una frágil clase media. Probemos algo nuevo. Hagamos que cada uno haga lo que quiera, que se responsabilice de sus actos sin que un papá Estado salga al rescate y, muy especialmente, que seamos nosotros quienes tengamos el control de nuestras vidas y futuro en lugar de depender de las arbitrarias decisiones de un manojo de políticos que no buscan mayor bienestar que el suyo propio.

Estado y delegación de decisiones

Algunas personas defienden la existencia del Estado porque desean que tome decisiones en su nombre en ciertos ámbitos: les gusta que el Gobierno decida por ellos y creen que les soluciona muchos problemas ("te lo da todo hecho"), ni siquiera lo ven como un mal menor.

Delegar decisiones en otros es perfectamente legítimo. En la ética de la libertad cada persona decide por sí misma en el sentido de que otros no interfieren de forma ilegítima y le imponen coactivamente sus propias decisiones. Pero no es obligatorio decidir por sí mismo: cada individuo puede decidir por su cuenta en el ámbito de su propiedad, pero no tiene por qué hacerlo, puede delegar en otros para que decidan por él (aunque esta delegación es en sí misma una decisión que toma cada uno).

A menudo se presenta la acción humana como resultado de una decisión de acción intencional que escoge un objetivo valioso e intenta alcanzarlo utilizando medios escasos, asumiendo costes. Pero suele olvidarse que el proceso de decisión es en sí mismo una acción cognitiva de procesamiento de información que también tiene costes, pudiendo darse una sobrecarga cognitiva. Cuando hay muchas alternativas, se carece de experiencia en un ámbito o no se dispone de la información adecuada, puede tener sentido recurrir a otra persona para que nos asesore o ayude en nuestra decisión, y si la confianza es suficiente puede llegarse a aceptar que un experto tome la decisión en nuestro nombre.

La ciencia económica estudia estas relaciones entre el principal (el delegante) y el agente (el delegado): cómo escogen los principales a los agentes y cómo controlan que trabajen en beneficio del principal sin abusar de su confianza.

Algunos ciudadanos utilizan al Estado como su agente en diversos ámbitos y aceptan sus decisiones asumiendo que los gobernantes saben más que ellos y se preocupan por su bienestar. Pero quienes pretenden justificar así al Estado olvidan varios aspectos esenciales.

El Estado no se limita a ser el representante de quienes recurren a él, sino que se impone sobre todos los ciudadanos, lo acepten o no, y lo hace de forma monopolística, sin permitir la competencia de otros posibles agentes que podrían ofrecer sus servicios en los mismos ámbitos.

Es trivial afirmar que el mejor Gobierno es aquél en el cual gobiernan los mejores, pero el problema esencial es cómo determinar en qué consiste ser el mejor y quiénes son los mejores. La democracia es inútil para ello, ya que no es posible que los ignorantes decidan mediante votación quiénes son los sabios: se puede apreciar la belleza sin ser guapo, pero no se puede estimar la inteligencia sin ser inteligente.

Los políticos aseguran desvivirse por los gobernados, y algunos ciudadanos son tan ingenuos que hasta se lo creen. La escuela de la elección pública muestra cómo en el mejor de los casos los gobernantes son personas como las demás con sus propios intereses particulares; en los casos más realistas los políticos son individuos con ansias de poder y control sobre los demás y usan su poder en su propio beneficio a costa de los demás.

Quienes delegan sus elecciones en el Estado tal vez no han pensado en cómo violan la libertad ajena. O quizás sí: es posible que consigan exactamente lo que quieren, imponer sus decisiones sobre todos. Si es posible que cada uno decida por su cuenta, algunos acertarán y otros se equivocarán: los que se consideren más incompetentes preferirán no quedarse atrás, y como no pueden conseguir triunfar intentarán que o los demás fracasen también o que no haya diferencias, que no se pueda elegir y se imponga el mismo menú a todos.

Las personas intolerantes no se contentan con vivir sus propias vidas respetando las de los demás. Sienten miedo o repugnancia por la libertad ajena, y son capaces de aceptar restricciones sobre sí mismos con tal de que también se las impongan a los demás: el Estado es su herramienta uniformizadora favorita, y como los seres humanos no suelen ponerse de acuerdo sobre qué restricciones son deseables surgen las peleas por controlar el aparato de la coacción política.

Sólo una sociedad libre donde se permita la competencia entre mecanismos alternativos de representación (incluida la negativa a ser representado) puede ser legítima y prosperar.

Dos lecciones a partir del Windows Vista

De la corta pero intensa vida de Windows Vista se pueden extraer al menos dos lecciones: una para Microsoft, que la ha aprendido a costa de su sangre y sudor, y otra para las autoridades de la competencia, las cuales jamás serán capaces de asimilarla.

La lección para Microsoft es simple: aquella empresa que se separa de los dictados de sus clientes termina arrepintiéndose. La principal novedad que incorporaba Windows Vista tenía relación con algo que no le había pedido a Microsoft ninguno de sus clientes. Me refiero a todos los mecanismos de gestión de derechos de autor (el DRM) y prevención en el uso de productos presuntamente pirateados.

Las soluciones incorporadas por Microsoft suponen una sobrecarga al ordenador y un funcionamiento en muchas ocasiones intolerable para el usuario. Con todo, el principal problema es que esto no era demandado por sus clientes, que no lo querían, sino por determinados grupos de presión que todos conocemos. De esta forma, Microsoft dio la espalda a la gente que le da la vida para tratar de satisfacer unas necesidades espurias de unos cuantos interesados ajenos a su negocio. El desastre era inevitable. Pero Microsoft aprendió la lección, le iba en ello el sueldo.

Y es que quizá Microsoft se creyó lo de su dominancia en el mercado de sistemas operativos, en que tanto le habían insistido las autoridades de competencia. Son estas las destinatarias de la segunda lección que nos da Windows Vista, muy relacionada con la primera.

Para la Comisión Europea, Microsoft era (y es) dominante en su mercado, porque puede actuar con independencia de sus clientes. Esto es siempre mentira, a menos que se haya concedido un privilegio por parte del Estado al empresario en cuestión, lo que sucede con Microsoft. ¿Acaso puede Microsoft obligar a alguien a comprar sus productos? ¿Lo pueden hacer Telefónica, o Intel, por citar otros de los encontrados como "dominantes" en sus mercados?

Quizá Microsoft se creyó estas monsergas, y pensó que podría imponer su Windows Vista a los usuarios. Pues ya ha visto que no, que si su producto no está a la altura de las circunstancias, su pretendida posición dominante se disuelve como un azucarillo en el café. Y no le queda más remedio que capitular hacia un producto acorde a las necesidades de esos usuarios de las que creía poder apartarse.

La realidad es que en el mercado libre no existen posiciones dominantes, pues nadie puede imponer la compra de su producto a un tercero. Pero esta es una lección que no aprenderán las autoridades de competencia, les va en ello el sueldo.

Ultraderechistas de izquierda

La clasificación sugiere que grupos como el Partido Nacional Briánico (BNP), el Partido para la Libertad de Geert Wilders (PVV), el Partido de la Libertad de Austria de Haider (FPÖ), el Frente Nacional de Le Pen (FN), o la Falange Española están "a la derecha" de los partidos liberales y conservadores, o lo que es lo mismo, son una versión radical de estos o llevan sus principios más lejos.

Esta clasificación sobre el eje izquierda-derecha es muy conveniente para los partidos de izquierda. A diferencia de la ultraizquierda, la ultraderecha está muy mal vista y los partidos izquierdistas pueden explotar la supuesta cercanía de la derecha con sus extremos para obtener votos centristas. Si te asocian tangencialmente con el franquismo o la xenofobia tu imagen y tu apoyo se resienten, pero que te asocien con los comunistas no parece importarle a nadie.

El problema con el eje izquierda-derecha es que no captura fielmente, ni siquiera esencialmente, las similitudes y las diferencias de los distintos partidos y corrientes del espectro político. El denominador común de todos los grupos considerados de "ultraderecha" es su hostilidad a la inmigración, en particular la musulmana, y su ferviente nacionalismo y tradicionalismo cultural. ¿Pero son el sentimiento anti-inmigración y el nacionalismo los atributos que definen a la derecha en oposición a la izquierda? La izquierda es más favorable al multiculturalismo y la inmigración, pero en rigor apenas hay diferencias entre las políticas migratorias del PP y el PSOE. En cuanto al nacionalismo, claramente no es exclusivo de la derecha (BNG, ERC…).

Si buscamos otros denominadores comunes con partidos que no son tildados de "ultraderechistas" encontramos otras similitudes. En el programa económico del racista BNP inglés puede leerse: "La globalización, con su exportación de empleos al Tercer Mundo, está trayendo la ruina y el paro a las industrias británicas y a la comunidades que dependen de ellas". Un aserto que podría incluirse en cualquier panfleto anti-globalización izquierdista. El BNP está en materia económica a la izquierda del laborismo: a favor de aumentar las pensiones públicas y el presupuesto de la sanidad, mejorar la protección de los trabajadores, nacionalizar industrias clave…

En el manifiesto de Falange Española hay puntos casi marxistas: "Creemos que es necesario sindicalizar la economía nacional", o "los trabajadores, a través de los Sindicatos unitarios y verticales deben ser los propietarios de los bienes de producción", o "la propiedad debe fundamentarse en la propia naturaleza de los bienes (los de uso y consumo, privados; las viviendas, pequeños negocios, etc., familiares; los de producción, sindicales o comunales y los de interés social o nacional, estatales)."

Por tanto, no está claro que la "derecha moderada", donde suele incluirse a conservadores y a liberales, tenga más rasgos en común con la ultraderecha que la izquierda o (especialmente) la ultraizquierda. En ocasiones sí, en muchas otras es más bien lo contrario. Un eje riguroso debería situar en extremos opuestos a los partidos o corrientes ideológicamente más distantes entre sí. Pero como hemos visto, no son tantas las diferencias entre algunos partidos de ultraderecha y los partidos izquierdistas, sobre todo en materia económica. Por el contrario, el liberalismo y las corrientes ultraderechistas o ultraizquierdistas no se parecen virtualmente en nada.

El liberalismo está en contra de las invasiones a la libertad en todos los ámbitos. El comunismo y el fascismo están a favor de una totalitaria intervención estatal y de la sistemática represión de conductas pacíficas, aunque a veces pongan el énfasis en temas distintos. El liberalismo y el comunismo/fascismo son las corrientes que deberían ocupar los extremos del eje, como ya identificó Friedrich Hayek en Camino de Servidumbre. Libertad, voluntariedad, cooperación en un lado; coacción y estatismo en el otro. Pese a las diferencias entre el comunismo y el fascismo, un comunista se encontraría más a gusto en una sociedad fascista que en un libre mercado irrestricto, y lo mismo cabe decir del fascista.

Los partidos deberían ordenarse en función de su apego por la libertad: la libertad de hacer con nuestro cuerpo lo que queramos, la libertad de administrar nuestro dinero y nuestro negocio, la libertad de contratar e intercambiar, la libertad de expresarse y asociarse, la libertad de emigrar e inmigrar. En España, la Falange está en el extremo estatista del eje, en compañía de Izquierda Unida y demás grupúsculos comunistas. Los demás partidos del arco parlamentario se ubican también en el lado intervencionista, un poco más hacia el centro. Tanto ultraderechistas como ultraizquierdistas deberían regocijarse de que en el extremo opuesto, el de la libertad, no haya ningún partido.

Precario económico

Jesús Huerta de Soto, en Dinero, Crédito Bancario y Ciclos Económicos, realiza un minucioso estudio jurídico compositivo de dos figuras contractuales diferenciadas: el préstamo y el depósito irregular. Al hilo de sus explicaciones caben algunos comentarios que resultarán muy útiles para comprender la trascendencia que tiene la vulneración de los principios generales del Derecho arrastrada por la imposición de una reserva fraccionaria bancaria.

Un depósito irregular, de bienes fungibles (como es el dinero), implica para el depositario (quien los recibe), la obligación de guardar y custodiar, y para el depositante (quien lo entrega) el derecho a disponer sobre la cosa en cualquier momento, reincorporando una cantidad y calidad de bienes idéntica a la previamente entregada (tantundem).

Cuando en lo que era un depósito irregular se reconoce al depositario el derecho a servirse del bien depositado (en este caso un bien fungible, como el dinero), dicha relación jurídica deja de ser considerada un depósito para convertirse en un préstamo (artículo 1768 del Código Civil). Siguiendo este precepto resulta obvio que el depósito bancario, tal y como está regulado en nuestra legislación, no puede ser considerado depósito, dada su definición institucional.

Desde el momento en que el banco puede disponer y servirse del dinero que le es entregado, queda transferido el dominio efectivo del bien, como sucede en los préstamos, pero con una salvedad: siendo el depósito a la vista, no existe plazo contractualmente previsto. El "depositante" cree tener plena e inmediata disponibilidad sobre su dinero, y así lo admite la otra parte (el banco), cuando en realidad el cumplimiento de este pacto que duplica la disponibilidad resulta jurídicamente imposible (económicamente parece serlo en base a la ley de los grandes números, que estima viable mantener una reserva fraccionaria inferior al 100% y cercana a 0, con la que responder a las retiradas puntuales y nunca generalizadas de sus clientes).

La ausencia de plazo previamente pactado implica que el préstamo es de renovación continua, al segundo, al instante: un corto plazo radical. El contrato de préstamo sin plazo se denomina precario: el propietario de la cosa transmite el uso, pero no el dominio, pudiendo reclamar el bien en cualquier momento, quedando prestatario obligado a restituirlo cuando así le fuera exigido (artículo 1750 del Código Civil). Todas estas consideraciones se refieren al comodato, o préstamo regular, de un bien no fungible, cierto y determinado.

El depósito bancario es una excepción privilegiada legalmente que no pierde la consideración de depósito irregular aun cuando se admita la doble disponibilidad (y la consecuente descoordinación en la preferencia temporal de los distintos agentes –depositantes y depositarios– que intervienen en la economía). Semejante aberración jurídica consolida una suerte de precario irregular, que por sus características, y como hemos atisbado más arriba, resulta imposible y desnaturalizado. El comodato no transfiere la propiedad de la cosa, mientras que el mutuo (préstamo de bien fungible) sí lo hace. La inexistencia de plazo tiene su sentido en el primero: confianza, proximidad o la vigencia de usos y costumbres locales que marcan cesiones de uso por temporada, por ejemplo. Los conflictos son fácilmente resolubles entre conocidos, íntimos, o miembros de una misma comunidad donde la confianza es alta y cierta. El bien cambia de manos pero sigue conservando su entidad, es fácilmente identificable, localizable y por tanto, llegado el caso, recobrable. Su uso no implica su consumo, quizá sí su desgaste. Se trata de bienes no fungibles.

El depósito irregular convertido en mutuo (préstamo) al reconocer la disponibilidad de la cosa al "depositario", pero sin plazo (consolidando la ficción de la doble disponibilidad) no comparte con el precario comodato ninguna de las características que lo hacen eficiente en términos institucionales: el precario regular no duplica la disponibilidad ni dificulta, por la naturaleza del bien, su inmediata recuperación. En los contratos bancarios se pierde la confianza en el receptor del bien así como la certeza de que siempre, en todo momento, mantendrá la reserva suficiente como para responder a sus obligaciones con uno, pero también con el resto de depositantes. La ley de los grandes números no garantiza nada, menos aún cuando sabemos que la doble disponibilidad conduce a procesos de expansión crediticia y reducción del tipo de interés que derivan indefectiblemente en ciclos económicos recurrentes, donde la liquidez y solvencia bancarias son las primeras en quedar seriamente afectadas.

Para mantener esta situación de quiebra sistémica se recurre a una norma del Estado que concede el privilegio de seguir denominando depósito a lo que en realidad es un mutuo (préstamo) precario de imposible cumplimiento, sembrando entre los depositantes la confianza necesaria para mantener el entramado en un inestable equilibrio. Puesto que los ciclos económicos o el extremo apalancamiento de los bancos conducen a quiebras irremediables, la banca libre con el privilegio (reconocido por el Estado) de la reserva fraccionaria, termina por exigir la presencia de un prestador de última instancia que acuda en ayuda de los agentes “privados” en situaciones extremas (y cotidianas).

Con un patrón monetario caracterizado por un dinero externo como el oro, ni siquiera la acción del banco central como prestador de última instancia garantiza la viabilidad del sistema, siendo indispensable que el Estado de un paso más, expropiando el dinero y convirtiendo su dinero fiduciario, interno del Banco Central, en el dinero de curso legal. De esa forma se cree posible garantizar la liquidez del sistema.

El resultado de que la ley respalde el esperpento jurídico que representa una suerte de préstamo irregular (mutuo) de tipo precario (imposible, por definición) enmascarado en la forma del depósito bancario, incitando a una perversa sensación de doble disponibilidad sobre el mismo bien, es la necesaria y radical planificación y regulación del sistema monetario y financiero vigente.

Dalmacio Negro, en su Teoría del Orden, establece la prelación del Orden Jurídico con respecto al Económico. Define el primero como reflejo de lo recto en virtud de lo justo, siendo los principios generales del Derecho aquellos fundamentos estructurales mínimos que hacen del sistema de normas un conjunto eficiente y dinámico. El orden económico siguiendo su explicación, comporta la libertad de acción conforme a la rectitud jurídica, en cuanto a la posesión, adquisición y transmisión de bienes. Con sus palabras cerramos este artículo; por sí mismas resuelven todas las dudas y debates suscitados en torno a esta cuestión: banca libre con coeficiente de caja del 100% versus banca libre con reserva fraccionaria (abocada a terminar siendo introducida dentro de un sistema de absoluta intervención): "Siendo la posesión la causa final propia del orden económico, si se confunde la posesión con la propiedad el Derecho se llena de sentido económico. Pierde entonces el orden jurídico la autonomía que le es propia, facilitando la primacía de lo económico sobre los demás órdenes."