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Moción de censura

Los resultados de las elecciones europeas no son especialmente brillantes para el PP. Con cuatro millones de parados en la calle, y en unas elecciones sin coste para el elector y en las que se puede expresar un voto de castigo sin consecuencias en el reparto de poder en España, deberían haber ganado por no menos de cinco puntos. La ventaja sobre los socialistas, muy pobre, nada debe a Mariano Rajoy.

No es el PP el protagonista de estas elecciones, y de hecho Rajoy ha hecho lo posible por hurtar a su partido cualquier protagonismo. Es el PSOE y su líder, Rodríguez Zapatero. La crisis les está comiendo por los pies. Los españoles están anestesiados de tantos golpes de efecto que ya han perdido su impacto.

Pero Rajoy no debe olvidar el poder que tiene la izquierda movilizada. No hay más que ver lo que fueron los cuatro días de marzo de 2004. Jugar a que el INEM le gane las elecciones es suicida. Y tampoco debe olvidar que a sus espaldas hay una alternativa españolista y liberal, llamada UPyD, que se consolida en estas elecciones.

Por eso, porque es necesario recuperar la confianza en un nuevo liderazgo, porque es urgente echar del poder a los socialistas, este es el momento de recuperar el proyecto de presentar una moción de censura contra el Ejecutivo de Rodríguez Zapatero. Esta es la hora de Mariano Rajoy. Es la hora de que tome una determinación sobre su propio liderazgo, sobre su papel en el necesario cambio que necesita la sociedad española.

Eurohastío

En algunos países, como Polonia, la abstención se situará en torno al 80%. Pero nada de esto detendrá el constante chaparrón de frases altisonantes y la insufrible pedantería típica de los diputados y comisarios europeos.

Mi absoluto desinterés por los resultados no es fruto de la supuesta falta de poder político del Parlamento Europeo. Todo lo contrario. Me aterroriza el inmenso poder que ha acumulado este órgano en los últimos años. Cada vez son más las leyes españolas que no hacen otra cosa que trasponer las directivas que de allí provienen. Desde normativas antimonopolio hasta leyes educativas, pasando por las nuevas regulaciones medioambientales, casi todo tiene su oscuro origen en un parlamento en el que quienes calienten asiento cobrarán la friolera de 7.550 euros brutos al mes, cantidad que casi se verá duplicada con las dietas y otros pagos por "representarnos".

Los defensores de esta obscenidad alegan que hay que entender la gran responsabilidad que recae sobre sus hombros. Personalmente, la irresponsabilidad de estos seres me resulta inigualable. Toman todo tipo de decisiones sobre nuestras vidas que limitan nuestra libertad desvalijando nuestras rentas y nuestros ahorros. Quien no asume los costes ni recibe los beneficios de sus decisiones, difícilmente puede ser considerado responsable. El eurodiputado, más que ningún otro político, es un perfecto irresponsable que gasta el dinero de gente lejana en absurdos proyectos como la política agraria común o la política de energías renovables que hacen todavía más pobre al ciudadano que esquilma. La lejanía y la compleja estructura de poder y las listas cerradas provocan que el despellejado ciudadano de la Unión no tenga forma de controlar a esta casta privilegiada que nos mira al resto por encima del hombro.

Todo esto debería despertar mi interés y el de millones de europeos a los que no les importa un comino lo que pase en estas elecciones europeas. Y sin embargo, me hastía. ¿La razón? Posiblemente que la diferencia entre socialistas europeos y populares europeos me resulte, nos resulte, inexistente. A cual más ultraintervencionista. Pongamos el caso de Durao Barroso, presidente de la Comisión Europea. ¿Es socialista o popular? Pocos lo saben y aún menos están interesados en descubrirlo. Podría ser cualquier cosa porque su política se debate entre la más pura demagogia y el intervencionismo más descarado.

Cuando termino de escribir estas líneas leo en la pantalla de Libertad Digital que, al parecer, el PP ha ganado en España por un par de escaños y que el centro derecha amplía su ventaja en el Parlamento Europeo. ¿Y qué más da? Ni la política española se verá afectada ni las políticas europeas serán menos liberticidas.

Creo que lo único que despertaría mi interés en las elecciones europeas sería la aparición de un partido euroescéptico en este país. Paradójicamente, ese hecho podría ser lo único que redujera la abstención que tanto molestan a la izquierda y a la derecha. ¿Quién se anima?

Códigos que cuestan vidas

Ya en la primera entrega de los Piratas del Caribe, se hacen constantes menciones a un misterioso código que regula, si es que eso es posible, la conducta de los piratas. Pero es en la tercera en la que por fin se nos muestra el grueso libro que le da soporte, así como donde descubrimos a su custodio, que resulta ser el padre de Jack Sparrow.

Una de las frases que llama la atención del vigilante es la referencia a que el Código de los Piratas hay que respetarlo, porque mucha gente, en este caso, piratas, ha dado su vida por él. Desde un punto de vista liberal, esta frase es bastante llamativa, sobre todo si equiparamos ese código a alguna de nuestras normas. ¿Quién daría la vida por custodiar nuestras leyes y reglamentos? No creo que lo hiciera ningún funcionario o político, ni siquiera por la Constitución; así que mucho menos un ciudadano normal, a los que dichas leyes limitan la libertad, innecesariamente en la mayoría de los casos.

La cuestión es: ¿qué significa dar la vida por un código? Como nos describe Bruno Leoni en su imprescindible La Libertad y la Ley, las normas que nos damos los ciudadanos para regular nuestra interacción se han creado durante la mayor parte de nuestra historia mediante un proceso consuetudinario, de prueba y error, un proceso espontáneo de descubrimiento, que diría Hayek. Es por ello que los jurisconsultos romanos no trataban de crear la ley, se limitaban a descubrirla estudiando la conducta humana.

Es en esta concepción evolutiva y consuetudinaria de los códigos donde sí tiene razón de ser la afirmación del custodio del Código de los Piratas. De acuerdo a esta visión, los códigos resultan verdaderos depósitos de experiencia, en los que se atesoran circunstancias y sucesos vividos, y la forma de resolverlos e incluso prevenirlos. En ocasiones, la formulación del código y sus razones de ser, dejan de ser claras para los individuos de generaciones sucesivas. Esto no implica que necesariamente que hayan perdido vigencia; simplemente que el paso del tiempo y la ausencia de estudio, nubla dichas raíces hasta hacerlas incomprensibles. Cobra en estas circunstancias especial relevancia la figura del custodio y el respeto espontáneo por parte de todos los afectados de ese código, que dice lo que dice, y por algo lo dirá, aunque no sepamos por qué.

Quizá un ejemplo sencillo ayude a comprender mejor el párrafo anterior. Piénsese en el código de circulación vial. Lógicamente, es una creación hasta cierto punto moderna, pues el automóvil tiene poco más de un siglo. ¿Cómo se gestaría de dicho Código? Parece evidente que no se juntaron unos cuantos conductores y fabricantes y, en un ejercicio de imaginación omni-comprensivo, previeron todas las posibilidades de la conducción y la regularon. Más bien, lo que pasaría es que conforme avanzaba la experiencia de la conducción se producían problemas y conflictos que exigían algún tipo de solución. Esta solución, una vez se iba aceptando tácitamente como la mejor en conflictos similares, se incorporaría al código (que tampoco tendría que estar necesariamente escrito).

Por ejemplo, en la actualidad está prohibido aparcar en un túnel. Cabe suponer que esta prohibición se incorporaría al código tras ocurrir algunas desgracias por hacerlo. Aunque a posteriori parece fácil explicar la necesidad de dicha prohibición, es más difícil que se le ocurra al primer constructor de túneles que si se aparca dentro, se puede producir un accidente con más facilidad. Es más, aunque se le hubiera ocurrido, tal vez hubiera asumido que era tan obvio que no hacía falta prohibirlo. ¿Quién podía tener la idea de dejar el coche parado en un sitio oscuro por el que pueden pasar otros coches?

Así pues, lo normal es que antes de esa prohibición explícita, que beneficia a todos los conductores, se produjeran algunos accidentes e incluso muertes de personas. En este sentido, la incorporación de esta línea al código sí habría costado vidas humanas, y sería muy importante defenderlo ante cambios.

Siguiendo con el ejemplo, puede que el paso del tiempo haga olvidar las causas originales de la incorporación de esta prohibición al código. Tal vez no ha vuelto a haber accidentes, o tal vez los túneles están iluminados. Las razones de la prohibición son olvidadas, y se puede caer en la tentación de eliminarla. Quizá tal eliminación pueda estar justificada, o a lo mejor no, no lo sabemos. Pero debería ser una decisión completamente técnica, basada en la nueva experiencia, y en ningún caso política. No se requieren mayorías para esta eliminación, solo conocimientos.

En definitiva, las normas han provenido históricamente un proceso de creación imbricado en la acción humana. Como tales, son cúmulos de experiencia. Y no se debería poder jugar con ellas. Si un político decide, sin base en la experiencia, que se puede aparcar en los túneles, lo único que va a conseguir es que muera gente en accidentes.

Por eso, es tan importante la labor del custodio del código pirata. Por momentos, parece que manda más que los diez grandes Señores Piratas. Pero no hace falta que ejerza su poder, puesto los Señores Piratas (ni más ni menos, ¿quién puede ser menos respetuoso con las normas que un pirata?) saben que es en su interés respetar el código, y lo respetan. Ni mucho menos se les ocurre utilizar su autoridad para cambiarlo.

Casi igual que nuestros políticos y gobernantes, casi igual.

Monseñor Zerolo

Esta fascinación de la izquierda por la liturgia católica es muy comprensible, dado que el progresismo actúa también a modo de religión, con sus profetas, sus presbíteros, sus fieles y su Sagrada Inquisición de lo políticamente correcto. El problema es que se emocionan en el proceso y comienzan a exigir extravagancias, que es lo que le ocurrió a Fray Zerolo nada más terminar la liturgia bautismal del chiquillo de Cayetana Guillén Cuervo, el primer niño español que recibe las sagradas aguas socialdemócratas para que hagan de él un progre a la altura de lo que esperan y merecen sus papás.

En efecto, nada más ungir al pequeñuelo y presa de la emoción por haber protagonizado un acto de esa trascendencia, Monseñor Zerolo exigió que en todos los ayuntamientos exista un registro de bautismo laico, como si el acto que acababa de celebrar tuviera alguna relevancia jurídica que el Estado debiera consignar. La Iglesia, como institución privada, lleva el registro parroquial de los niños bautizados sin que el Estado intervenga en el proceso, dado que se trata de un acto sin efectos legales, que es exactamente lo mismo que ha hecho el concejal madrileño con esta criatura. Si quiere registrar el acontecimiento no tiene más que comprar una libretica y hacer la anotación correspondiente, pero exigir a los madrileños que paguen el gasto de una oficina pública con el único objeto de que el gobierno municipal se parezca cada vez más a una Diócesis se antoja excesivo incluso para Zerolo… O sea que pueden estar seguros de que Gallardón incluirá la creación de este registro en su programa para las próximas municipales.

El laicismo sociata, como vemos, no consiste en rechazar al cristianismo sino en sustituirlo, que es algo bien distinto. A este paso no es descartable que pronto tengamos una Semana Laica, coincidente en fechas con la tradicional Pascua católica, así que no se extrañen si un día ven desfilar por las calles de su localidad de vacaciones el paso de Mister X amarrado a la columna, o azotado por el sindicato del crimen. Cofrades no le han de faltar.

Sometimientos

Hoy ha hablado desde El Cairo para todos los musulmanes, y ha expresado con brillantez los abrumadores deseos de una paz compartida con ellos que sentimos quienes no lo somos. Obama no ha escondido lo que pueda tener Occidente de culpable, sin caer en la autoflagelación y autofagocitación propias de nuestra sociedad más descreída. Ha abordado los principales focos de conflicto sin dejar al margen ni siquiera aquellos que, como los derechos de la mujer, pueden ser fácilmente interpretados desde el otro lado como un ejercicio de imperialismo cultural. Ha mostrado firmeza, pero abriendo de par en par las puertas al Islam más moderado. Ha señalado los episodios de enfrentamiento, crimen y guerra del pasado y a su vez los de convivencia.

¡Qué atractiva su apelación a la libertad religiosa en la Córdoba califal! ¿No es el ejemplo perfecto de lo que buscamos? El problema con esa llamada a la historia es que es ficticia. Hubo una cierta tolerancia impuesta por las circunstancias. Al comienzo porque dominaban una población muy superior en número. Luego porque eran fuente inagotable, pero agotada, de impuestos. Pero a medida que el poder de los sarracenos se hizo mayor, la tolerancia práctica se fue ahogando para dar lugar a una represión intolerable.

Bien, pero por un pequeño fallo como el que sea sangrantemente falsa, ¿debemos desechar la bellísima imagen de un islamismo medieval tolerante e ilustrado, puente entre el conocimiento clásico y el ilustrado? Pues, si esa estampa, moldeada con cincel, es útil para desbrozar de odios las relaciones del islam con el resto del mundo, ¿no será la mentira más piadosa de la historia?

Mas la Historia, con mayúsculas, se venga siempre. Si se retuerce para hacerla pasar por el aro de la política, acaba recuperando su forma original. Y si la mentira es justificación para llamar al Islam a la tolerancia, la verdad será justificación para defender justamente lo contrario.

El propio Obama ha jugado con las palabras hasta llevarlas a las afirmaciones más brutales. En mitad de su llamado a ir de la mano con el islam, le ha dicho a todos los musulmanes que la política de sometimiento de otras naciones y sociedades es cosa del pasado y no se podrá tolerar. ¿Saben cuál es el significado de la palabra islam? Sometimiento.

El paraíso de la libertad

Mientras paseábamos por las hermosas calles del casco histórico de Tallin, o por los deprimentes barrios construidos en esa misma ciudad durante la época soviética, había algo que no sabíamos. Estábamos caminando por la capital del país del mundo donde la red es la más libre.

Años después, hice un viaje muy distinto junto con otro liberal español. A diferencia de las repúblicas bálticas, el país al que nos dirigimos no se había liberado de la opresión comunista. Luis Margol, colaborador de este mismo periódico, y yo fuimos a Cuba a conocer en persona a quienes luchan de forma pacífica por la instauración de la democracia en la isla. Visitábamos, y en esta ocasión sí lo sabíamos, el lugar del mundo donde internet es menos libre. Nada de extrañar en un país donde la libertad en general es algo de lo que se oye hablar pero que les es robada a los ciudadanos por una dictadura totalitaria que ya se prolonga medio siglo.

Un magnífico estudio de la organización independiente Freedom House identifica las amenazas existentes sobre la libertad en la red y presenta además un análisis comparativo de un total de quince países. Cada uno de ellos es clasificado como "libre", "parcialmente libre" y "no libre". A la cabeza de la primera y la tercera categoría, siendo los dos extremos opuestos, se encuentran los países de los que hablaba al principio de este artículo. Justo a medio camino está Malasia. Este país, donde es relativamente frecuente el arresto arbitrario de bloggers, periodistas online y otros usuarios de tecnologías de la información, demuestra la falacia de que la virtud se encuentra en el punto medio.

El paraíso de la libertad online se encuentra en un pequeño rincón de Europa cuyos habitantes sufrieron durante décadas el comunismo y, durante un breve periodo en la II Guerra Mundial, el nazismo de los invasores alemanes. Viven en él apenas 1,3 millones de personas, vecinas de una Rusia cuyos dirigentes parecen añorar a partes iguales el zarismo y el imperio soviético. Y de ese país dirigido con mano firme y poco democrática desde Moscú ha procedido precisamente la principal amenaza contra la libertad de internet en Estonia: los ataques a páginas web que ha sufrido en el pasado. De hecho, las sospechas de que los atacantes estaban vinculados de alguna manera al Kremlin parecen estar bastante fundadas.

Sin embargo, la amenaza de un vecino gigantesco con ansias de controlar lo que antaño fuera parte de su imperio no supone que los estonios renuncien a su libertad en la red o fuera de ella. Se demuestra así el error de quienes consideran que una dictadura se justifica por la presencia de un poderoso vecino o por devolver, supuestamente, la "dignidad" a un pequeño pueblo. Dicha dignidad tan sólo se encuentra en la libertad de los seres humanos y en no cederla ante amenazas reales o ficticias. Estonia es un buen ejemplo de ello.

¿Apretarías el botón?

En una ponencia después de finalizar la Segunda Guerra Mundial Leonard Read declaró: "Si hubiera un botón en esta tribuna que suprimiera al instante todos los controles de precios y salarios, lo apretaría". Murray Rothbard utilizó luego el ejemplo de Read para definir su postura abolicionista con respecto al Estado: si existiera un botón que eliminara al instante todas las invasiones a la libertad (esto es, que pusiera fin al Estado y a todas sus intervenciones inmediatamente), el liberal coherente debería apretarlo.

Rothbard plantea el escenario imaginario del botón en el contexto de su discusión sobre el abolicionismo y el gradualismo en el desmantelamiento del Estado. ¿Puede un liberal defender la disolución gradual del Estado por principio? Rothbard sugiere una analogía con el esclavismo: ¿es ético sostener que la esclavitud debe abolirse de forma gradual? Si desde el liberalismo se entiende que la esclavitud es injusta, uno debería estar dispuesto a "apretar el botón". De lo contrario estaría legitimando la esclavitud durante el intervalo de tiempo en que no lo apretara. Otra cosa es que en la práctica no haya ningún botón mágico y tengamos que conformarnos con pequeños pasos en la buena dirección porque no está en nuestra mano darlos más grandes. Pero filosóficamente debemos ser abolicionistas.

Un problema con el escenario imaginario del botón es que no dice nada sobre cómo extingue esas invasiones a la libertad: ¿convierte a la gente en robots? ¿Destruye todos los edificios públicos y desarma a las fuerzas policiales? ¿Hace cambiar de ideas a la sociedad? Dependiendo de cuál sea la respuesta apretar el botón deja de tener sentido. Si destruye el Estado, disolviendo las instituciones sociales que monopoliza (derecho, dinero) y los servicios que proporciona (policía, justicia), la sociedad retrocederá unas cuantas décadas y será sumida temporalmente en el caos para luego ver como emerge un nuevo Estado donde estaba aquél. Si el botón cambia mágicamente las ideas de la gente, entonces es posible poner fin de inmediato a todas las invasiones a la libertad, pero aún en este caso hay que hacer un matiz importante.

En un hipotético escenario en el que la mayoría de la población fuera hostil al Estado y tuviera ideas liberales, su abolición formal inmediata sería posible, pero el principio de no agresión no exigiría abolir todos sus componentes y programas de facto y al instante. Algunos servicios e instituciones deberían disolverse o transformarse gradualmente.

Roderick Long ha tratado este tema en un excelente ensayo sobre estrategia anarco-capitalista y privatización del Estado: Dismantling Leviathan From Within. Long explica que el Estado hace básicamente tres cosas: carga impuestos, regula y proporciona servicios. De las tres, la única cuya abrupta interrupción causaría caos social es la provisión de servicios. Pero dispensar servicios como la policía, los bomberos o los tribunales de justicia no constituye, per se, una agresión. La agresión se produce al financiar estos servicios con impuestos, y al impedir legalmente que otras empresas entren en el mercado para ofrecer el mismo producto. Luego una disolución gradual de los servicios estatales no atenta contra los principios liberales siempre y cuando pueda encontrarse una solución al problema de la financiación y la desmonopolización.

En el hipotético contexto de una sociedad muy escorada hacia el liberalismo lista para dar el salto del minarquismo al anarco-capitalismo, Long propone privatizar la financiación de los servicios públicos que son útiles para la ciudadanía (justicia, policía etc.) y abrirlos a la competencia. El Estado mínimo, ahora privatizado, seguiría siendo el principal proveedor de esos servicios durante un lapso de tiempo, pero estaría sometido a la disciplina del mercado y no recurriría a la coacción para financiarse. Long sugiere varias alternativas para financiar voluntariamente los servicios e instituciones recién desnacionalizadas:

  • El Gobierno privatizado podría exigir precios por sus servicios. En tanto permitiera la entrada de competidores no sería una práctica agresiva. Como el mercado tardaría un tiempo en producir competidores la demanda de servicios del Gobierno sería amplia al principio y éste obtendría abundantes ingresos (la auto-imposición de un control de precios podría justificarse alegando que el Gobierno tiene ahora una posición ventajosa en el mercado debido a su previa condición de monopolio público). Conforme entraran nuevas empresas en el mercado el Gobierno tendría que competir como cualquier otra compañía privada.
  • El Gobierno podría apelar a la caridad de los ex contribuyentes para sufragar servicios esenciales. Una opción sería gravar a los ciudadanos como antes, pero no hacer que el pago sea obligatorio. La mayoría seguramente dejaría de pagar, pero algunos no, ya fuera por un sentimiento de deber cívico o por conformismo social.
  • Confiscar y gravar con impuestos obligatorios a los que en el período estatista se han beneficiado de privilegios legales. Los ingresos obtenidos podrían ayudar a financiar los servicios del Gobierno, una forma de restituir a la sociedad por los males causados.
  • Restringir el voto a los que contribuyeran a financiar el Gobierno. Cuando el Gobierno tiene un monopolio sobre los servicios legales, la policía, etc. es razonable que los usuarios exijan el derecho a ejercer algo de control mediante el voto en nombre de la autodefensa. Pero si el Gobierno deja de ser un monopolio (como en nuestro caso hipotético), pasa a ser un proveedor de servicios como cualquier otro y sus consumidores ya no tienen derecho a exigir participar en la toma de decisiones. Si quieren hacerlo, pueden pagar una contribución. Algunos ciudadanos, por el hábito de ejercer el voto y participar en la toma de decisiones, quizás estarían dispuestos a pagar.

Apretar el botón de Rothbard, por tanto, no está reñido con desmantelar la provisión de servicios estatales gradualmente. El problema es cómo convencer a la sociedad de que el Estado es contraproducente e innecesario sin la ayuda de ningún botón mágico.

La economía del espejismo

Todo depende de si queremos ver el vaso medio lleno o medio vacío. Si usted fuese el PSOE y se encontrara con las elecciones europeas encima, ¿qué dato de los siguientes cantaría a los cuatro vientos? 1) En mayo se ha reducido el paro en casi 25.000 personas, o bien, 2) en la actualidad hay más de 1,5 millones de personas sin subsidio de desempleo y más de 800.000 familias que tienen a todos sus miembros en el paro.

La función básica del gobierno y del político consiste en vender esperanzas, por más absurdas y artificiales que resulten. Estas continuas esperanzas se consiguen actuando como un dictador de la producción: manipulando la economía, creando dinero barato, aprobando las subvenciones, y conseguir electores y lobbies cautivos.

Remontémonos a los tiempos anteriores a la crisis. En aquel entonces, el mensaje del gobierno consistía en incentivar el endeudamiento, el dinero fácil que facilitaba el banco central y la economía dirigida hacia "sectores estratégicos". Todo el mundo estaba a favor del endeudamiento masivo, incluso los más técnicos. Uno de los pilares básicos de la economía, el ahorro, no tenía ninguna importancia. Contrariamente a la lógica económica, sólo los altos niveles de deuda generaban riqueza. Lo importante eran las expectativas económicas y un inflado efecto riqueza provocado por la sobrevaloración de todo: la vivienda, los negocios relacionados con la construcción, la bolsa, los instrumentos financieros fuertemente apalancados… pero un día todo esto estalló y no encontramos nada sólido debajo, esto es, ahorro real. No éramos ricos, sólo vivíamos en una ilusión de riqueza. Era un espejismo.

¿Cuál es la solución del Gobierno? La mismo, otra vez. Ignorando los fundamentos económicos, el Ejecutivo vuelve a planificar y dirigir la economía entrando en una espiral de gasto y deuda. De forma artificial, el Estado ha creado trabajos no productivos, de ahí "el repunte" del empleo. Trabajar sin producir algo útil –esto es, que no proceda de los actores económicos privados– sólo sirve para cansarse; implica detraer recursos del mercado, de la gente, para quemarlos con el objetivo de obtener votos. Como los camelos del Gobierno antes de la crisis, los actuales brotes verdes no son más que un espejismo. El propio Ben Bernanke hizo ayer una reflexión sobre la situación de su país y, según el presidente de la Fed, en algún momento se tendrá que empezar a reducir la deuda o, de lo contrario, va a ser más dura la post-crisis que la crisis en sí misma.

¿Quién se cree que todo este déficit y deuda que se están acumulando van a poder pagarse? El Gobierno también apuesta por la economía verde. La economía del ecologismo es tan improductiva como los empleos del "Plan E", por eso sólo funcionan con subvenciones, esto es, manu militari. Según un estudio del Instituto Juan de Mariana –que ha dado la vuelta al mundo–, cada empleo verde cuesta 2,2 puestos de trabajo.

De hecho es lógico, si la economía verde fuese rentable, daría suculentos beneficios en el libre mercado. Pero aquí el único beneficiario neto no es el hombre común que disfruta del servicio por un precio que él voluntariamente ha aceptado, ni tampoco el pequeño productor que explota las necesidades de la demanda, sino las grandes empresas energéticas –curiosamente petroleras– que han visto en las subvenciones verdes un filón que va directo a su margen de ganancias. Otra vez, ¿quién cree que está pagando los beneficios de estas compañías sin haberlo aceptado voluntariamente? Pues usted con sus impuestos. La economía del ecologismo está acaparando cada vez más papeletas para convertirse, en un futuro, en la próxima burbuja especulativa. Al igual que toda economía dirigida, no es más que una ilusión de eficiencia, rentabilidad, progreso y bienestar que algún día chocará con la dura realidad. El mercado siempre va buscando el dinero y si el gobierno lo regala con cualquier excusa, el mercado irá en trompa detrás suyo. Para los grandes lobbies esto supone dinero fácil, no tienen ni siquiera que satisfacer al cliente, sólo hacer promesas al gobierno.

Esta economía de datos maquillados, rendimientos cortoplacistas, de lobbies, engaños y ciclos, no beneficia al hombre de la calle. ¿Durante cuánto más tiempo se va a dejar tomar el pelo y robar por el Estado?

¿Es el bajo consumo culpable de demorar la salida de la crisis?

Con motivo de la actual crisis económica, la palabra consumo parece haberse puesto de moda, especialmente entre determinados políticos y periodistas. Muchos de ellos afirman que la crisis económica actualmente existente ha provocado un retraimiento del consumo, y hasta que éste no se incremente no se podrá salir de la crisis. Básicamente vienen a decir que, puesto que el consumidor dedica una menor parte de su renta a consumir, las ventas de las empresas bajan, éstas tienen que reducir costes, despidiendo a parte de sus empleados, por lo que la crisis empeora aún más, detrayéndose aún más el consumo, con lo que nos encontraríamos ante un círculo vicioso.

El razonamiento puede parecer bastante sencillo y lógico, por lo que podría parecer que la mejor política sería aquella que fomentase el consumo a cualquier coste. No obstante, este razonamiento olvida un elemento muy importante en el desarrollo económico, y es el ahorro.

El dinero que ingresa una persona puede destinarse a consumir distintos bienes o servicios o puede ahorrarse. Es decir, estos ingresos no se pierden en el caso de que su titular no decida dedicarlo al consumo. Ahora bien, dicho ahorro por sí mismo no se puede considerar simplemente como algo perjudicial al tener un fin distinto al consumo. El hecho de que no se destine a adquirir los distintos productos vendidos por distintas empresas, no significa que no las vaya a servir de nada, sino que, por el contrario, va a ser un elemento fundamental para su formación y expansión.

Si nos paramos a analizar prácticamente cualquier empresa existente, ésta suele ser titular de distintos bienes que se van a emplear en su actividad productiva durante periodos de tiempo muy diversos. Así, se pueden emplear, por ejemplo, bolígrafos, cuya duración puede ser de varios meses, ordenadores, cuya vida se puede estimar en años, o bienes inmuebles, que van a estar en funcionamiento durante varias décadas. Es evidente que cuanto mayor sea el tiempo en que estos bienes se vayan a emplear en la empresa, más tiempo necesitará ésta para recuperar la inversión, con el beneficio obtenido en las ventas. Y ahí es donde el ahorro juega un papel fundamental, ya que permite la realización de todas estas inversiones con plazos de recuperación extensos, puesto que la empresa puede pedir prestado el dinero que necesita para acometerlas durante este plazo de tiempo que transcurre hasta la recuperación.

La existencia de cualquier empresa hoy en día sería prácticamente imposible si previamente no hay alguien que deja de emplear parte de su dinero en el consumo de bienes y servicios y va ahorrándolo. Este dinero se materializó en la empresa bien como capital propio (al ceder su ahorro a la empresa a cambio de acciones de la misma) o como fondos ajenos (el ahorrador prestó su dinero a la empresa, directa o indirectamente, por ejemplo, por medio de los bancos).

El nivel de inversiones que han realizado determinadas empresas es muy elevado, y su plazo de recuperación, a veces, se mide en décadas. Sin la existencia de un ahorro elevado no se hubiesen podido crear gran parte de las empresas que hoy conocemos.

Por tanto la falta de consumo no se puede traducir como algo perjudicial, sin más, ya que permite el ahorro y la inversión. La proporción de ingresos que se destina al ahorro y al consumo suele variar en cada individuo, influyendo factores como sus preferencias temporales, el entorno económico o la retribución. Se puede afirmar que es el producto de la libre elección por parte de las distintas personas, y, como tal, resulta imposible cuantificar el nivel óptimo de renta que se debería destinar al consumo.

Pese a que la proporción de renta que se destina al ahorro no permanece constante, sí que la retribución de este ahorro sirve como desincentivo frente a las burbujas que se han ido produciendo en los últimos años. Si, siguiendo la pauta de la última década, cae el ahorro y se incrementa la inversión, la retribución de dicho ahorro debería ser superior, siguiendo los principios básicos de la oferta y la demanda, por lo que se abandonarían aquellas inversiones menos rentables. Al existir mayor coste para la financiación, la formación de burbujas se desincentivaría parcialmente.

Sin embargo no ha ocurrido así, y cabe preguntarse el motivo. La razón ha sido que el interés a que se retribuyen el ahorro y los préstamos no ha venido marcado por el libre juego de la oferta y la demanda, sino por los bancos centrales. Éstos prestan dinero al resto de bancos, a un tipo de interés fijado unilateralmente por los primeros al tener el monopolio de emisión de moneda. Adicionalmente las cantidades prestadas por estos bancos centrales se incrementaban en unos porcentajes superiores a los incrementos de ahorro privado, por lo que el ahorro privado apenas influía en los importes de las cantidades prestadas a su vez por la banca comercial ni en la retribución que se exigía. Al ser los tipos de interés más bajos que los que hubiesen resultado del juego de oferta y demanda, las distintas burbujas no sólo no han encontrado elementos que la desincentiven, sino que, por el contrario, han sido estimuladas por los bancos centrales.

Por tanto, no se puede culpar a la falta de consumo ni de causar la crisis, ni de ser la causa por la que no se sale de la misma. Tanto ahorro como consumo son dos elementos esenciales en la economía, sin que exista una proporción óptima a priori, y sin que su alteración vaya a servir para acelerar la salida de la misma.

¿Qué neutralidad de red: la tuya o la mía?

Por su parte, algunos de los más prominentes agentes de internet, tipo Google, Amazon, eBay o Skype llevan un tiempo abogando ante los políticos de Estados Unidos y Europa, a favor de lo mismo, de la neutralidad de red. Que se ponga algo en la norma para garantizar la misma.

Es bien sabido que el gobierno encuentra su razón de ser en responder a los distintos grupos de presión para repartir la riqueza que nos extrae; dado que no puede seguir las señales del mercado, se tiene que guiar por otros indicios, cual es el fragor mediático. Lo curioso es que normalmente los grupos acuden con intereses contrarios: estos grupos, en ausencia de gobierno, deberían coordinarse por vías pacíficas y con mecanismos de libre mercado (esto es, ofreciendo los mejores servicios posibles a los congéneres). Es sólo por la existencia del Estado que optan por la vía cómoda de conseguir sus objetivos mediante coacción.

Por eso es llamativo que internautas y empresas de internet pidan lo mismo al gobierno. Imagínense que ocurriera lo mismo con fabricantes y usuarios de automóviles. ¿A qué es extraño?

Sucede que, aunque parece que piden lo mismo, no lo están haciendo. Cuando los internautas piden que haya neutralidad de red, lo que quieren es poder usar su conexión para los servicios y contenidos que deseen, sin injerencias de terceros. Específicamente, sin injerencias del gobierno, que es la gran amenaza para el uso de servicios P2P, como estamos viendo constantemente. No quieren que nadie esté vigilando lo que hacen por internet o lo que se descargan. En este sentido, la neutralidad de red se relaciona con la libertad de los individuos.

Y al respecto de esta neutralidad de red, sus principales aliados serán sus aparentes enemigos: los operadores de telecomunicaciones, que siempre han sido neutrales en los contenidos transportados y en el uso que cada cliente ha dado a su red. ¿Cuándo han querido los operadores controlar los contenidos de las llamadas telefónicas que circulaban por su red? ¿Cuándo los han bloqueado? Nunca, salvo si el gobierno o los jueces se lo han ordenado.

Por su parte, cuando Google y compañía piden neutralidad de red, quieren algo muy distinto. Lo que buscan es que los operadores de telecomunicaciones, los agentes que poseen las redes y dan los accesos a internet, vean limitado el libre uso de estos recursos de los que son propietarios. Quieren que no puedan gestionar su red como lo han venido haciendo desde siempre, porque asumen que entonces tendrán ventaja en el mercado. Quieren cortar las alas a algunos de sus competidores para mejorar su posición relativa ante el cliente sin necesidad de mejorar su desempeño.

Internautas y agentes piden "neutralidad de red", pero con significados muy distintos: los primeros quieren asegurar su libertad, los segundos quieren encadenar la de los operadores.

Que ningún internauta se engañe: el día que Skype o eBay (por variar, que siempre se machaca a Google) canten victoria en el tema de la neutralidad de red, será otra derrota para la libertad, y no la victoria que persiguen con su manifestación.