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Menos ladrillo y más ordenadores

Socialista como él es, considera que semejante cambio sólo puede producirse a base de más Estado, más subvenciones, más intervencionismo. Y como si no hubieran tenido ya bastante, va a empezar a imponerlo por decreto en Andalucía, la de las cifras astronómicas de paro y corrupción, la región en que la mayor empresa y agencia de colocación es "la PSOE".

Es fácil averiguar en qué se traducen en el mundo real estas pretensiones zapateriles. Porque no es que no se haya intentado antes. Contaba Alberto Illán en el Instituto Juan de Mariana la penosa e ilustrativa historia del fabricante de móviles Vitelcom. Nacido en 2001, instalado en el Parque Tecnológico de Andalucía, forrado con subvenciones, parece un prototipo ideal de ese nuevo "modelo productivo" por el que aboga Zapatero. A ustedes, seguramente, no les sonará de nada la empresa. Eso es porque se dedicó casi en exclusiva a diseñar móviles para la marca blanca de Movistar y, claro, no hay quien consiga que la gente recuerde tu nombre cuando nunca se lo has dicho. Curiosamente, mi primer móvil fue uno de ellos: el fabuloso TSM30, y sólo supe de la existencia de Vitelcom cuando me dio problemas y busqué una solución en los foros de internet, donde todo se sabe.

Finalmente, Telefónica cambió de estrategia y, como mala empresa que vive de la subvención y no del mercado, Vitelcom se hundió porque no se había preocupado de encontrar más clientes. El dinero del contribuyente acabó en la papelera y los trabajadores se dedicaron a exigir que los recolocaran en otra parte. La PSOE, parece ser, cumplió. Una gran agencia de recolocación, la PSOE.

Esta es la historia de lo que sucede cuando se pretende crear empresas de alta tecnología por decreto. La anciana IBM, Microsoft, Google, HP, Nokia, Acer, Asus… son todas ellas empresas que conocemos y que han llegado a ser grandes, referentes dentro del mundo tecnológico en el que nos movemos. También tienen en común que no fueron creadas por decreto. Ni siquiera llegaron a funcionar jamás los planes quinquenales, que al fin y al cabo eran más modestos y sólo pretendían producir bienes y servicios básicos y conocidos de antemano. Imaginen si encima se pretende que políticos, burócratas y liberados sindicales decidan qué proyectos son innovadores y cuáles no. No sólo no lo lograrán, sino que es más que probable que haya quien decida en función de súbitos aumentos de su cuenta bancaria.

Zapatero no puede cambiar el modelo productivo. Lo pueden hacer emprendedores como los que fundaron Blusens. El Gobierno tan sólo puede dar facilidades para que surjan y tengan éxito este tipo de iniciativas, bajando impuestos, reduciendo regulaciones y eliminando trámites. Y, sí, reformando el mercado de trabajo, que es uno de los mayores obstáculos con los que se tiene que enfrentar un empresario, especialmente cuando es pequeño y no sabe si arriesgarse a crecer o no, porque los costes de equivocarse son inmensos. Pero eso es justo lo que no hará el presidente del Gobierno. Así que nos tendremos que conformar con menos ladrillo y menos ordenadores.

La justicia y sus suburbios

Anthony de Jasay es un gran desconocido para la mayoría de los ciudadanos de a pie. Para los miembros y simpatizantes del Instituto Juan de Mariana ya no: es nuestro homenajeado de este año.

Reconozco haber leído solamente dos de sus libros y alguno de sus artículos. Pero también puedo decir, con toda humildad, que de cada párrafo leído he aprendido mucho más de lo esperable y cada vez que retomo alguno de sus escritos sigo sacando lecciones.

En La Justicia y sus Alrededores afirma que es más importante fomentar el pensamiento claro que los buenos principios, ya que cuando uno tiene claridad de pensamiento y es riguroso, los buenos principios se defienden por sí solos. Esta es una de las grandes lecciones.

Probablemente es más difícil y menos lucido de cara al respetable proclamar y enseñar a pensar con claridad y rigor, pero en nuestros días es mucho más importante que cualquier otra cosa, dada la confusión en la que vivimos desde hace demasiado tiempo. Ya no importa la etiqueta con que uno se defina porque se pervierte el lenguaje y todos son cualquier cosa, no importa la teoría económica que analices porque hay una para cada partido político, no importan los partidos políticos en los que pongas tu confianza porque hay uno por cada categoría de "clientes" dispuestos a recibir una subvención a costa de los demás…

Por eso quiero hacer caso de Anthony de Jasay y me voy a centrar en aclarar una sola idea siguiendo su lógica: la justicia y lo que no es la justicia en el intercambio.

El Estado, la redistribución de la riqueza y la renta, los beneficios y las cargas entre aquellos que toman decisiones colectivas y quienes se someten a ellas, el diseño de las instituciones económicas y sociales para conseguir que se ajusten a una única ideología y el problema de la libertad individual. Estas son las áreas cercanas por empatía a la justicia, que no son la justicia propiamente dicha. Lo que De Jasay pone de manifiesto es que quienes claman por la defensa de la justicia lo hacen desde estos alrededores (que a veces son suburbios) y en su nombre.

Uno de los aspectos que más me gusta releer, y que De Jasay avanza desde la misma introducción, es el que se refiere a la justicia del mercado. ¿Deben las autoridades corregir los desajustes generados por la injusta distribución del mercado? Si es verdad que el mercado crea desigualdades injustas, parece claro que "alguien", el encargado de gestionar eso de la justicia, tiene algo que decir y que hacer.

Pero esa falacia carece de fundamento ya que el mercado no redistribuye realmente, no es en esencia un mecanismo redistribuidor (¡al contrario de lo que yo misma he afirmado en varias ocasiones!). La redistribución de rentas que sucede en el mercado es el resultado no intencionado de innumerables transacciones bilaterales determinadas, a su vez, por las capacidades y las necesidades de los individuos. Estos intercambios ni son justos, ni injustos, ni se pueden agregar considerándolos como un todo coherente.

Es más, si tenemos en cuenta que estos intercambios son fruto del ejercicio de la libertad y de los derechos individuales, podemos concluir que si se permite el ejercicio de estos derechos y libertades individuales la distribución generada será justa y, en caso contrario será injusta. Por tanto, impedir que cada cual desarrolle su esfuerzo y sus capacidades como le plazca e intercambie libremente en el mercado conduce a una distribución de la riqueza injusta. No se trata tanto de que el resultado sea igualitario como de que se ejerza en libertad. Y si el intercambio no da lugar a un resultado igualitario y a alguien le parece mal, no se trata de un problema de justicia, deberá reclamar en otra ventanilla.

Pero ¿en cuál? Para responder a esta pregunta, De Jasay expone dos conceptos de justicia excluyentes que dominan nuestra cultura. La justicia asociada a la responsabilidad y aquella en la que no hay culpables. La mayoría de las injusticias distributivas se deben a ésta última: no hay culpables de las diferencias en la inteligencia, la estatura, el don de gentes, la fuerza física, la memoria… excepto la madre naturaleza. Y, si hay que compensar sus errores ¿hay que remunerar los aciertos? ¿Premia el hombre a la naturaleza cuando es "justa"? Esta reflexión cargada de sarcasmo encierra la clave de una de las falacias más graves y dañinas de nuestra decadente época.

Y si asumimos que sí hay responsables y que es la agencia humana la causante de resultados desiguales en el intercambio, entonces el resultado es peor. Dado que los intercambios bilaterales son la base del mercado, las correcciones implican negar la libertad de una parte de las personas que participan en el mercado, de manera que la máxima "todo el mundo puede usar sus capacidades y esfuerzos e intercambiarlos como quiera" se ve limitada por un "excepto usted que quiere acceder a mejor sanidad pagando más", "excepto usted que está dispuesta a cobrar menos del salario que me parece ‘digno’ por su esfuerzo en esta empresa", "excepto usted que ha conseguido una ganancia que provoca envidias"… y así podríamos seguir.

Si la desigualdad es un problema, no es un problema de injusticia, es de otra índole. Tal vez el problema es la dificultad para algunos de asumir que no somos iguales. Apelar a la justicia para imponer el igualitarismo es liberticida y además, da lugar a una redistribución injusta.

Adidas y Puma: la rivalidad de los Dassler

Los hermanos Dassler (Rudolf y Adolf) eran dueños de una fábrica exitosa de calzado deportivo allá por los años 20 en la pequeña localidad de Herzogenaurach, cerca de Nürenberg. Pese a que su capacidad empresarial era portentosa, ninguno de ellos fue un santo. Ambos se afiliaron al partido nazi poco después de que éste se hiciera con el poder. No obstante, su fidelidad primera se decantó siempre por el negocio de las zapatillas.

Durante los Juegos olímpicos de Berlín de 1936 Hitler se sintió fuertemente contrariado al comprobar cómo sus deportistas arios eran sistemáticamente superados por los atletas afro-americanos. Lo que, tal vez, el Führer ignoraba era que Jesse Owens calzaba unas novedosas zapatillas de clavos confeccionadas por la Gebrüder Dassler Schuhfabrik.

La Segunda Guerra Mundial truncó brutalmente muchas vidas y proyectos empresariales. La fábrica de los hermanos Dassler se transformó en taller de tanques y en almacén de lanzallamas (este tipo de cosas era lo que demandaban más urgentemente los jerifaltes de la planificada economía alemana de entonces). Al concluir la contienda una fuerte discusión precipitó el cisma fratricida. Nunca más volverían a dirigirse la palabra. Cada uno montó separadamente su propia fábrica de zapatillas en sendos lados del río de su ciudad natal. Rudolf registró en 1948 la marca Ruda, que luego se transformaría en Puma y Adolf (el benjamín Adi) creó al poco tiempo la suya: Adidas, contracción de su nombre y apellido.

La competencia entre ambas compañías fue desde entonces feroz, al igual que el creciente antagonismo entre sus fundadores. Los trabajadores, sus familias y todos los residentes de la pequeña villa bávara tuvieron que tomar partido por una u otra marca. La elección del centro de trabajo y las preferencias en el vestuario deportivo era toda una declaración de principios que acarreaba la retirada del saludo de los miembros del bando opuesto. Por descontado cada uno tenía sus propias tiendas, escuelas y bares de adictos a los que acudir.

La rivalidad se extendió hasta hijos y nietos; demandas judiciales incluidas. Los diferentes Dassler y sus empleados trabajaron duro, mejoraron sus procesos productivos y, entre medias, popularizaron el uso de prendas deportivas por el mundo. Sin ningún diseño previo, tanto la enseña del trébol rayado como la del felino brincador acabarían por copar en los años 60 y 70 el mercado internacional. Se convirtieron en verdaderos iconos deportivos.

En su empeño por batir a su contrincante, debemos a la dividida saga Dassler la aparición del moderno marketing deportivo y el patrocinio millonario de los grandes deportistas (no exentos de corrupciones y alguna que otra felonía). Puma hizo fichajes memorables con Pelé, Cruyff, Boris Becker o Maradona. Adidas hizo lo propio con Bob Beamon, Cassius Clay o Beckenbauer y, recientemente, con Beckham o Messi. Incluso el jubilado Fidel Castro, profeta anticapitalista, apareció ataviado con su lustroso chándal de Adidas (confirmando ésta su eslogan de “impossible is nothing y contrariando, esta vez, a la progresía bermeja).

Ambas compañías recalaron pronto en el mercado de los EE UU. Su presencia propició sin duda la aparición en 1971 de una pequeña empresa de Oregón (inicialmente llamada Blue Ribbon Sports) que acabó dominando años después el mercado de la indumentaria deportiva: Nike es, actualmente y por el momento, la marca hegemónica mundial, seguida de Adidas-Reebok (Puma ha quedado bastante marginada, lejos de su indiscutido predominio de antaño junto a su adversario tribarrado).

En sus años dorados Puma introdujo, no obstante, innovaciones destacables como la moderna vulcanización, el cierre con velcro, la tecnología duoflex con fibra de carbono o las cámaras de aire interconectadas entre sí. Luego supo reinventarse a finales de los 90 al fusionar anticipadamente deporte y moda y conseguir conectar con un segmento más exclusivo de población urbanita que, sin practicar necesariamente deporte alguno, se preocupa por su salud e imagen. Ahora se la asocia a una marca cool.

Por su parte, el equipo de técnicos de Adidas aportó los tacos recambiables, el uso de materiales impermeables o la incorporación de tiras de goma modelo predator. A partir de los 90 hizo análisis escaneados del pie para diseños personalizados del calzado de los deportistas de élite, siendo hoy ya posible para el público en general el propio diseño o “tuneo” de las zapatillas. Sus modernas fábricas producen incluso calzado con microprocesadores (zapatilla inteligente tipo Adidas 1) o materiales nanotecnológicos.

Los herederos de Rudolf y de Adi perdieron hace años el control accionarial de sus respectivas empresas que han sufrido desde entonces diversas vicisitudes y cambios de dueños (incluido el ineficiente lustro de fines de los 80 en que Puma pasó a ser una empresa pública alemana). Sin embargo, toda aquella tenaz rivalidad cambió para siempre el mercado globalizado del equipamiento deportivo en beneficio de todos los consumidores.

Hace siglos que los escolásticos salmantinos, entre otras muchas observaciones certeras, supieron describir los fructíferos efectos de la competencia dinámica en el desarrollo de la sociedad pese a que los caminos que pueda aquélla tomar fueran siempre impredecibles.

Planificadores de todos los partidos, abstenerse de trazarlos. La imposición de una “competencia perfecta” no hubiera permitido la peripecia vital y empresarial de los Dassler.

Empresarialidad a la española

En el año 2001 se creó Vitelcom, empresa tecnológica española que se dedicó a la fabricación de móviles con tecnología UMTS, EDGE, GSM/GPRS y CDMA y que suministró terminales a Telefónica Móviles aprovechándose de una nueva estrategia en el negocio de la operadora, la creación de una marca blanca que, a precios más asequibles, pretendía competir con los principales fabricantes.

La fabricación de estos móviles empezó a realizarse en una planta situada en el Parque Tecnológico de Andalucía, un centro empresarial situado en Málaga y promovido por la Junta de esta Comunidad que pretendía atraer a líderes tecnológicos mundiales a través de acuerdos y ayudas públicas para revitalizar la economía de una de las provincias andaluzas paradójicamente más prosperas. Vitelcom pidió y recibió ayudas públicas para desarrollar allí su actividad. La Junta andaluza fue generosa y mientras se mantuvieron los acuerdos con Telefónica las ventas estuvieron aseguradas, así como la viabilidad de la empresa y los puestos de trabajo. Fue una época gloriosa, con acuerdos con otros fabricantes como Grundig, pero también problemas como los que tuvo con Nokia, que la acusó de copia de patentes. Pero nada es para siempre y menos cuando se cometen errores de bulto, errores que se ven con mucha frecuencia en las empresas españolas.

El primer gran error de Vitelcom fue no diversificarse. No se puede vivir de un único cliente. A Telefónica le fue rentable mantener esta línea de negocio durante una temporada, pero el cambiante y novedoso mercado de la telefonía móvil tiene sus propios caminos y Vitelcom no pudo o no supo verlos. La principal obligación de un empresario es analizar la situación y prever los cambios de tendencias, observar las oportunidades y saber sacar partido, la viabilidad de una empresa se basa en eso. De no haber sido así, Nokia no hubiera pasado de ser una empresa dedicada a la pulpa de madera en sus comienzos en 1865 a una puntera empresa de tecnología. Los principales directivos de Vitelcom no tomaron las decisiones adecuadas y cuando Telefónica rompió el acuerdo no tenían ni una tecnología puntera ni un cliente lo suficientemente importante ni una razón para seguir existiendo.

El segundo gran error de la Vitelcom fue confiar en que se puede sobrevivir hasta el fin de los tiempos a base de ayudas públicas. Muchos empresarios españoles, sobre todo en sectores con excesivo peso de lo público (obras, proyectos, regulación, etc.), mantienen una actitud más cercana a la servidumbre feudal que a la que se debería tener en una economía basada en el libre mercado. No es de extrañar, pues la necesidad de capital en los negocios hace que los mismos empresarios los busquen en lugares donde disminuye el riesgo, sin darse cuenta de que el riesgo es necesario en el proceso empresarial. El Estado, especialista en expoliar al ciudadano para cumplir sus propios fines, mantiene en sus manos un capital que puede repartir entre aquellos que le rinden pleitesía. La corrupción es favorecida por el propio sistema.

Y Vitelcom se desmoronó, los despidos se fueron sucediendo en pocos meses. Los intentos de vender la empresa a Hyundai fracasaron. La Junta de Andalucía se quejó de que todas las ayudas que había dado a la empresa se habían perdido en una especie de agujero negro y los trabajadores, dentro de esta línea intervencionista que domina el pensamiento de la mayoría de los españoles, exigieron a la Junta que les volviera a recolocar en empresas del sector, labor a la que se ha dedicado con aparente éxito. Y así, el coste de esta gestión se debe unir a las ayudas que se han destinado a mantener un negocio que fue un fiasco casi desde el principio y que ha costado mucho al contribuyente. Es el modelo empresarial español, que da bastante pena.

Contra el ogro filantrópico

De Jasay se estrenó con El Estado, libro que comienza con estas palabras, traducidas del inglés a nuestro idioma por Carlos Rodríguez Braun: "¿Qué haría si usted fuera el Estado?". Crecer en poder sin más límite que los riesgos que suponga para su propia supervivencia. Esa idea, brutalmente realista, le sirve para explicar esencialmente el comportamiento del órgano central de coacción. El Estado se desasirá de todas las ataduras que le queramos poner los liberales, y aumentará su poder sin más límite que los riesgos derivados de ciertos excesos.

Es un mensaje pesimista para quienes tenemos un mínimo de aprecio a la libertad, porque supone que los intentos por controlar el poder son totalmente ilusorios. Ya constató Hayek, en Derecho, Legislación y Libertad, que el constitucionalismo había fallado. Él mismo falló proponiendo, en la misma obra, una nueva forma de constitución. El Estado de Derecho es una contradicción en los términos, porque el primero se acaba devorando al segundo. Y con éste, a la libertad y a la justicia.

Este desolador panorama tiene, al menos, una ventaja. Y es que queda claro quién es el enemigo de la sociedad; es ese "ogro filantrópico" del que hablaba Octavio Paz. El Estado, por boca de los intelectuales, es como aquellos marcianos de Mars Attack, que mientras disparaban a la gente les gritaban: "No huyáis, somos vuestros amigos". Jesús Huerta de Soto, Francisco Cabrillo, Pedro Schwartz y el propio Rodríguez Braun, pusieron de manifiesto su admiración por el húngaro universal. Nunca son suficientes los amigos de la libertad. Pero tenemos de nuestro lado a los mejores.

Alfredo Crespo – 30 años después: lecciones imprescindibles del tacherismo

Alfredo Crespo hablará sobre el giro radical que dio Margaret Thatcher al consenso político de la posguerra, que afectó tanto a su partido como al laborista. Durante la década de los 80, libertad y responsabilidad fueron los grandes conceptos del vocabulario político británico gracias a su obra. Sin embargo, hoy día parece que tanto Brown como Cameron están girando a las políticas anteriores.

El felpudo de Wyoming

Sólo hay que verlos en acción cuando aparece una alcachofa de esa cadena para comprobarlo. Pero si el espacio para el que les piden su participación es uno de los que con más saña atacan a las ideas que comparte mayoritariamente la derecha, el espectáculo es soberbio.

El hecho es que andaba anoche viendo La Secta (por motivos estrictamente profesionales, no se preocupen), cuando vi a parecer a D. Jorge Moragas, uno de los principales impulsores del nuevo talante del Partido Popular. ¿Recuerdan ustedes la escena de Gallardón babeando ante una reportera de ese canal mientras hablaban de Wyoming? Pues lo de Moragas fue todavía peor, y además estaba con la misma periodista que recogió para la posteridad aquellas declaraciones del alcalde madrileño, para que no haya suspicacias a la hora de determinar quién es más genuflexo ante los que insultan a diario a los votantes del PP.

Si lo de estos destacados profesionales de la política pepera fuera un rasgo común en su comportamiento con los medios nada habría que objetar, salvo la ausencia de sentido del ridículo. Sin embargo no es eso lo que ocurre. A los comunicadores que atacan, denigran e insultan diariamente a los políticos y votantes de derechas, los moraguianos, sorayenses y gallardonitas les dan las gracias con una sonrisa. En cambio, a los que defienden los principios de esos mismos votantes les llevan a juicio y, de paso, hacen todo lo posible para que se queden sin trabajo.

Treinta segundos después de que Moragas acabara de arrastrarse ante los enemigos jurados del PP, el presentador del programa y presunto maltratador verbal de becarios sacaba unas imágenes de Irak, acusando expresamente a Aznar de ser el responsable directo de las muertes ocurridas en aquel país, que además de ser una falsedad sólo apta para ser creída por retrasados mentales, es algo que a algunos, digamos, nos jode un poquitín. Pero ya saben, es que Wyoming es moooooe bueno. Y los dirigentes actual del PP unos linces. Sólo hay que ver a las dos especies en acción.

Los intereses de la ministra Sinde

He ahí el primer problema, el papel del Ejecutivo no debería ser el de proteger los intereses de unos u otros, o hacer que estos colisionen lo menos posible entre sí. El único rol que le debería corresponder al Estado y sus poderes es justo lo contrario: la garantía efectiva de que no se vulneran los derechos de los ciudadanos –que es algo muy diferente a "crearlos"– y la igualdad de estos ante la ley.

Además, la ronda comienza con una tomadura de pelo. Para que resultara más evidente qué intereses quiere proteger en realidad, la ministra podría haberse reunido con las entidades de gestión de derechos de autor (nos referimos a que lo hiciera en público). En privado es más que probable que haya tratado ya con ellas estos temas, ya que al fin y al cabo perteneció a la junta directiva de una, además de haber sido presidenta de la Academia del Cine. Si lo que pretendía era disimular, podría haber comenzado por las organizaciones de internautas. Posiblemente no les hiciera demasiado caso, pero al menos se vería obligada a escuchar argumentos que probablemente no le gusten.

Sin embargo ha decidido empezar con los supuestos representantes de los consumidores y usuarios. Y son tan sólo "supuestos" por un doble motivo. En primer lugar, las organizaciones que se definen de esta manera tan sólo representan a sus miembros, nunca al conjunto de los ciudadanos (todas las personas son usuarias y consumidoras de todo tipo de productos y servicios). En segundo término, por el hecho de que con quien se ha reunido González-Sinde es con el Consejo de Consumidores y Usuarios, una entidad adscrita al Ministerio de Sanidad y Consumo. Es cierto que en él están representadas las principales asociaciones del país y que son ellas quienes eligen al presidente. Pero también es verdad que la elección es a propuesta del ministro del ramo.

La actual presidenta de esta entidad es la ex senadora y ex diputada europea Francisca Sauquillo, con lo que su función política es más que evidente. No se puede pretender que una ex legisladora del PSOE nombrada para su actual cargo a propuesta del Gobierno tenga algo parecido que ver con la independencia. Así, la ronda de contactos de González-Sinde ha comenzado con una gran mascarada. El Gobierno se ha reunido consigo mismo y nos tratan de hacer creer que lo ha hecho con los usuarios. La guionista metida a ministra habla de "todos los intereses", pero resulta evidente que tan sólo le preocupan los del Ejecutivo y los de sus palmeros del autodenominado "mundo de la cultura". Y, casualidades de la política, estos se corresponden con los suyos propios.

Zapatero y su economía insostenible

Es el nuevo chunda chunda intervencionista frente al cual la oposición caerá rendida por miedo a ser políticamente incorrecta. Según el propio líder de la banda, el estribillo tendrá tres ingredientes: sostenibilidad medioambiental, sostenibilidad social y sostenibilidad económica.

La sostenibilidad económica establecida por decreto es la vieja matraca de Zapatero y de todos aquellos que no entienden cómo funciona el mercado. La idea consiste en sustituir el modelo económico a la fuerza y sustituirlo por una economía del conocimiento y de la innovación.

En estos momentos, se trataría de cambiar la desmoronada economía del ladrillo por una economía altamente productiva fundamentada en la investigación y el desarrollo. El modelo resultante nos permitiría, supuestamente, afrontar con éxito los retos de la globalización.

Melodía obsoleta

A los quinceañeros la melodía puede que les engatuse pero a los que llevamos más tiempo en esto, la musiquilla suena a déjà-vu obsoleto. En el año 2004 Zapatero llegó al poder hablando de un gran cambio, una revolución, del modelo económico.

Cuando a finales de aquel año Pedro Solbes se presentó en Las Cortes con los Presupuestos Generales del Estado para 2005, dijo que con aquellas cuentas se iniciaba la transición hacia un “nuevo modelo de crecimiento” fundamentado en el incremento de la productividad. Miguel Sebastián, por aquel entonces fontanero de Moncloa, recitaba de memoria aquello del I+D+i y el esplendoroso futuro de la economía española cada vez que le ofrecían cantar el himno del gobierno.

Todos hemos podido comprobar en qué quedó aquel cambio de modelo productivo. Una torre de ladrillo hueco que se vino abajo en cuanto la ficción zapateril tuvo que enfrentarse a la realidad de los recursos escasos de la economía. Y es que en el fondo del fracaso socialdemócrata se encuentra el famoso pecado, que no es exclusivo de la izquierda española, consistente en pensar que se puede diseñar desde arriba un modelo productivo.

Es la fatal arrogancia de la que nos hablaba Hayek: pensar que unos seres elegidos pueden saber mejor cómo organizar la sociedad que el conjunto de los individuos interactuando libremente en función de sus preferencias y valoraciones subjetivas que el gobernante no puede conocer.

Por ejemplo, la arrogancia de Zapatero de creer que podía provocar una revolución energética verde condujo a una burbuja de renovables que no sólo han costado decenas de miles de millones de euros, sino que ha pinchado y ahora muestra a las claras la insostenibilidad económica de la ingeniería social, por verde que esta sea.

La verdadera sostenibilidad económica sólo puede surgir de los órdenes espontáneos y armónicos que surgen de las acciones voluntarias en el mercado a partir de las acciones concretas de individuos, que guiados por la consecución de sus metas personales, se ven impelidos a satisfacer los deseos de otros ciudadanos a los que ni siquiera tienen por qué conocer (mano invisible en desafortunada expresión de Adam Smith). La idea no gusta a los políticos porque reduce su función a la mínima expresión.

Cambio climático

La sostenibilidad medioambiental, por su lado, es el estribillo político irresistible de nuestro tiempo. Sin embargo, es más fácil mencionarla que cantarla sin desafinar. Para Zapatero esta forma de sostenibilidad consiste en promover la economía verde, construir un modelo productivo bajo en emisiones y conjurar las amenazas planteadas por el cambio climático.

Resulta interesante observar que a pesar de las decenas de planes nacionales aprobados para convertir la economía española en la avanzadilla de un mundo libre de CO2, España sea el país que más incumple el fracasado Protocolo de Kyoto.

El último dato oficial es que nuestro país ha incrementado en más de un 52% las emisiones de gases de efecto invernadero cuando el compromiso era no pasar de un 15%. La verdad inconveniente es que EEUU, sin el racionamiento de Kyoto y con un modelo mucho más cercano al libre mercado que el español, ha logrado una tasa de incremento de emisiones muy inferior a la española y la mitad de la europea, desde que se firmó el protocolo.

Sólo la recesión económica permitirá a España dejar de distanciarnos del objetivo y acercarnos un poco dando la razón a quienes decíamos que cumplir el Protocolo de Kyoto supondría una enorme crisis económica para la economía española. No está claro a qué desafíos del calentamiento se refiere Zapatero (los milenaristas no suelen explicar las causas del apocalipsis).

Durante los últimos cinco años ha estado insistiendo machaconamente en el riesgo de la subida del nivel del mar hasta el punto de que su gobierno aconsejó a los españoles dejar de ocupar la primera línea de playa. Pero a los políticos hay que tomarles por lo que hacen con su dinero y no por lo que dicen. Y lo que Zapatero ha hecho con su dinero está muy claro: desoír sus pronósticos catastrofistas comprándose un chalecito en primera línea de playa.

Resulta muy improbable superar mediante planificación política el elevado nivel de sostenibilidad medioambiental que provee el mercado libre. El motivo es que los precios libres son el único indicador social de la escasez relativa de los recursos escasos y sólo en el mercado libre se tiende a evitar su despilfarro de manera eficiente.

La tercera y última rima que tararea Zapatero en la nueva ley es, cómo no, sostenibilidad social. En esta estrofa final, la Ley para la Economía Sostenible debe proveernos de empleo estable, cohesión social y un sistema de pensiones sostenible.

La estabilidad impuesta en el empleo no es algo que habitualmente pueda lograrse sin perjudicar la creación de empleo. Los funcionarios, por ejemplo, tienen un empleo estable pero en poco ayudan al crecimiento económico de este país.

La política laboral de este gobierno, con Caldera y Zapatero como ideólogos supremos, ya ha logrado el éxito de convertir a nuestro país en el campeón del desempleo entre los países desarrollados.

El empecinamiento en inflar con dinero de todos la burbuja renovable produce ahora decenas de miles de desempleados verdes y, aún si este no fuera el caso, el dinero que se detrae de otros usos y se dedica a sostener las energías que están demasiado verdes para funcionar de manera sostenible en mercado libre, provoca la pérdida de más del doble de empleos de aquellos que se generan con la subvención. Es la realidad económica del coste de oportunidad que los mercantilistas nunca han querido entender.

Pensiones y sistema de reparto

Por otro lado, pocas cosas pueden ser más insostenibles que el sistema público de pensiones de reparto, un sistema piramidal que hace que el timo de los sellos o el de Madoff parezcan juegos de niños. Por mucho que Zapatero nos cante la musiquilla de la sostenibilidad, su plan de pensiones es un puro timo que tratará de extender obligándonos a incrementar lo que aportamos y reducir lo que recibimos. Así Madoff también su hubiera salvado, por un tiempo.

En cuanto a la cohesión social, la cantinela no puede ser más errónea. Las sociedades se cohesionan de forma natural a través de la interdependencia propia de los intercambios voluntarios. La cohesión impuesta de Zapatero sólo puede acrecentar las disputas, dar rienda suelta a la envidia y multiplicar sin límite los agravios comparativos. En suma, la nueva canción de Rodríguez Zapatero combina la música melosa de la peor demagogia política con una letra que es la receta de un modelo socio-económico insostenible.