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Liquidez

Durante los últimos meses la palabra liquidez parece haberse puesto de moda. Continuamente políticos, miembros de los bancos centrales y medios de comunicación la mencionan como si fuese la nueva piedra filosofal que permitirá alejar la crisis económica. Los dirigentes de los bancos centrales parecen querer emular a los alquimistas de antaño en su búsqueda de la lapis philosophorum, utilizando como componentes bajadas de tipos de interés y la impresión directa de papel-moneda para comprar deuda.

No obstante yerran en su búsqueda y en sus recetas. La solución a la crisis no la va a proporcionar los bajos tipos de interés o la mayor abundancia del papel moneda.

Durante todos estos últimos años, las entidades financieras han estado prestando el dinero que a tan bajo coste les habían proporcionado los distintos bancos centrales. Prácticamente la totalidad de los grandes bancos centrales habían bajado sus tipos de interés a importes casi desconocidos. Al tener un coste de financiación muy bajo, los bancos tomaron ingentes cantidades de dinero prestadas que a su vez suministraban a sus clientes un precio muy bajo. Innumerables proyectos de inversión que nadie se hubiese atrevido a acometer por su inexistente rentabilidad cambiaron el signo de ésta a positivo, gracias a la caída en los costes de financiación.

Sin embargo, durante todo este periodo el tipo de interés al que se cobraban los préstamos no fue real, puesto que vino marcado por una decisión unilateral de los responsables de los bancos centrales, en lugar de provenir de un punto de equilibrio entre la remuneración deseada por los ahorradores y la que estaban dispuestos a pagar los inversionistas. Por tanto, se acometieron inversiones cuya rentabilidad jamás se hubiese considerado de existir un tipo de interés real.

Este error en la apreciación de la rentabilidad de las inversiones no sólo afectó a empresas y particulares, sino que también fue común en las entidades financieras, al subestimar el riesgo de impago y el coste de sus servicios.

Puesto que el interés había sido irreal, el dinero empezó a perder su valor frente a otros bienes, primero frente a las acciones y posteriormente frente a los bienes inmuebles, subsistiendo el problema de no existir ahorro que respondiese frente a dichas inversiones ni en cantidad ni en el tiempo (se financiaban inversiones a largo plazo con ahorro a corto plazo).

Como era natural y al inflarse desmesuradamente los precios de los bienes de inversión, la gente empezó a preguntarse si realmente valían lo que se estaba pagando por ello, momento en que estallaron las burbujas. Así, los ciudadanos se encontraron que poseían inmuebles que valían menos de lo que debían al banco, las empresas veían bajar su cuenta de pérdidas y ganancias y observaban cómo éstas no cubrían los costes de los préstamos en que habían incurrido, y la morosidad de los clientes de los bancos aumentaba sin que el valor de sus garantías cubriera el importe de lo debido.

Los bancos centrales, en lugar de reconocer el error que han cometido durante todos estos años, han acometido una nueva huida hacia delante prestando el dinero a unos tipos de interés aún más bajos, e incluso, muchos de ellos han pasado a imprimir directamente dinero, para comprar deuda pública y privada, buscando así solucionar la actual situación económica, y reduciendo los problemas actuales a una mera falta de liquidez.

Esta huida hacia delante se convierte en un error dos motivos. En primer lugar, las instituciones de crédito están aprovechando los nuevos préstamos de los bancos centrales para fortalecer su balance, ya que ellos mismos han visto subir su morosidad, se encuentran cómo al ejecutar las garantías éstas no valen su tasación original y han prestado mucho dinero a largo plazo, con una captación realizada en el corto plazo. Por tanto el nuevo dinero no llega a los ciudadanos, supuestos destinatarios de las inyecciones de liquidez. De otro lado, al tener nuevos recursos, los bancos no se ven obligados a liquidar las malas inversiones, manteniéndolas en sus balances con un valor irreal, destinando recursos a ellas y aumentando cada vez más la cuantía que tienen en activos y acciones sobrevaloradas. Por tanto, la bajada de los tipos de interés se destina a mantener unas inversiones que no van a recuperar su valor original en un plazo elevadísimo de tiempo.

Por otro lado la compra de deuda pública y privada en que se han embarcado la Reserva Federal Estadounidense y el Banco de Inglaterra, entre otros, también demuestra ser un error, no sólo por los riesgos inherentes a toda monetización indirecta de deuda, cuyos efectos perjudiciales son sobradamente conocidos, sino porque retrasa la necesaria adaptación de las administraciones públicas de dichos países a la nueva situación y porque destina dinero a deuda privada que nadie está dispuesta a comprar, es decir, a la que procede de empresas con proyectos de rentabilidad que se han puesto en duda.

Esta crisis ha de servir para recordar a los ciudadanos, empresas, gobiernos y bancos centrales cuál es su cometido más importante. Y en el caso de los bancos centrales su cometido pasa por ser garantes del valor del dinero, lo que es incompatible con su manipulación. En el momento en que los ciudadanos vuelvan a confiar en que el valor del dinero se corresponde con su valor facial (mediante, por ejemplo, la adopción del patrón oro), en que la inflación no les expropie un porcentaje de sus ahorros todos los años, y que el coste de los préstamos se corresponde con el punto de equilibrio en que ahorradores e inversores ven satisfechos sus expectativas, se habrá dado un paso muy importante para la recuperación económica. De esta manera los ahorradores obtendrán una retribución real, obteniéndose incentivos para ahorrar, y volverá la financiación para aquellos proyectos que realmente sea rentables, produciéndose la necesaria liquidación de aquellas inversiones que no debieron acometerse, reduciéndose el riesgo y la cuantía de futuras nuevas burbujas.

De desastre a calamidad

La ventaja que tenía Solbes es que era un tipo taciturno y desengañado. Había vivido la crisis del 93 desde la primera fila y sabía que las recetas socialistas no funcionaban salvo para hundir a España aún más en la miseria. El ex ministro no sabía qué hacer para facilitar la recuperación –y en caso de que lo supiera, Zapatero tampoco se lo habría dejado aplicar por ir en contra de la agenda socialdemócrata de expandir el Estado– pero sí sabía qué no hacer para agravarla. En cierta medida, pues, contenía la euforia despilfarradora y dirigista de Zapatero: no aceleraba la reestructuración pero no la retrasaba más.

Salgado, por el contrario, sí parece estar dispuesta a plegarse a los designios de Zapatero y a enfrentarse a la crisis desde una óptica socialista. En el traspaso de cartera, ha lanzado tres mensajes que, en realidad, son el mismo: "los bancos tienen que ayudar a familias y empresas"; "hay que cambiar el modelo económico"; "no podemos esperar a que la economía se recupere". En resumen, como ella misma señala, prepárense para un intervencionismo más descarado del Estado: "juntos podemos y juntos lo vamos a lograr".

Desde luego, el mensaje de Salgado coloca en el mismo plano sincrónico elementos que deben darse de manera diacrónica. Por decirlo de manera breve, primero deben purgarse las malas inversiones del pasado (vivienda, mueble, automóviles, restauración…) y una vez toquemos fondo, la economía comenzará a recuperarse; en ese momento, los bancos podrán comenzar a prestar dinero a familias y empresas con proyectos empresariales solventes y, gracias a la eliminación de lo malo y a la redirección hacia lo bueno, nuestro modelo productivo cambiará.

Lo que no puede pretenderse, sin embargo, es que estas tres fases de la recuperación se den a la vez o incluso de manera invertida; esto es, no podemos forzar a los bancos a que presten dinero a negocios que deben desaparecer ni podemos cambiar nuestro modelo productivo sin que esos negocios desaparezcan y surjan en el mercado nuevas oportunidades de ganancia.

Pero Salgado –y Zapatero– sí parece querer ir en esa dirección. El "no podemos esperar a que la economía se recupere" significa que el Estado no puede tolerar y esperar a que toquemos fondo y a que desaparezcan todos los sectores que deben hacerlo. Por tanto, en lugar de facilitar el ajuste, perpetuará el desajuste. ¿Cómo? Aparte de con gasto público, forzando a los bancos a que proporcionen un poco de suero crediticio a nuestras industrias comatosas. La finalidad no sería reanimarlas –algo imposible–, sino mantenerlas inertes.

Por supuesto, que tal operación pueda cobrarse la vida de los bancos es un problema menor que siempre podrán endosarle a Bush. La debilidad del sistema financiero más sólido del mundo no traería causa primero de nuestra burbuja inmobiliaria interna y luego de los malos créditos que les habrían obligado a conceder a compañías insolventes, sino de unos productos financieros estadounidenses en los que nunca invirtieron.

Pero la locura de nuestros dirigentes no debería hacernos olvidar que la mayor amenaza que tiene por delante la economía española –si exceptuamos, claro, la suspensión de pagos del Estado– es la quiebra de su sistema financiero. No es que este fenómeno requiera de la colaboración decidida del PSOE –al igual que Caja Castilla-La Mancha, nuestras entidades ya han acumulado suficientes "méritos" en sus balances para colapsar de forma autónoma–, pero los planes de Salgado para nuestra economía pueden provocar que no sólo caigan los bancos que deberían caer, sino también los que no deberían hacerlo.

Sin duda, si a destruir lo poco que queda de economía se refiere, "juntos podemos y juntos lo vamos a lograr". Los últimos diques de cordura de este Ejecutivo ya han saltado por los aires.

Eurolenguaje contra las personas

El pasado 13 de febrero el denominado Grupo de Alto Nivel sobre Igualdad de Género y Diversidad de la Eurocámara aprobó un Informe sobre el lenguaje no sexista en el Parlamento Europeo. La primera parte del texto está dedicada a todas las lenguas en general donde se repiten todos los topicazos del feminismo más rancio y menos conocedor de la lengua, aunque al menos se intenta dotarlo de cierta "elegancia". La segunda está más elaborada y adaptada a cada idioma en particular. Y es aquí, en este anexo de "Orientaciones específicas para el español" donde se presentan unas propuestas que superan con creces la cursilería e incultura propia de quienes dicen eso de "jóvenas" o "miembras" para entrar en terrenos mucho más peligrosos.

Algunas de las estupideces contenidas en las "orientaciones" para el español (desconocemos cuales son las destinadas a otras lenguas) son las habituales de la radicalización de una incultura propia de algunas ministras españolas (y también de algunos ministros, pero estos no suelen meterse en estos temas). Así, nos encontramos con que los europarlamentarios consideran que la distinción de tratamiento entre "señora" y "señorita" según el estado civil de una mujer es sexista al no existir algo similar para los hombres. Sin embargo, otras propuestas entran en la anulación del individuo frente al colectivo o de la confusión siempre peligrosa entre persona y cargo.

El segundo caso se refleja en propuestas-modelo como "la dirección" o "la Presidencia de la Comisión" en vez de "los directores" y "el Presidente de la Comisión". Toda persona es responsable de lo que hace en el ejercicio de su cargo, pero la confusión entre una y otra tiende a limitar este hecho al socializar dicha responsabilidad.

Pero es peor aún la anulación de la persona ante al grupo. El informe en cuestión propone directamente la utilización "de sustantivos genéricos y colectivos" y pone como ejemplos de lo segundo "el pueblo andaluz" o "el profesorado" frente a los menos feministas (sostienen que "invisibiliza" a las mujeres) pero mucho más correctos "los andaluces" y "los profesores". El texto también ataca el uso del término "hombre" con "valor genérico". Alguna de las sustituciones propuestas (como "las personas corrientes" en vez de "el hombre medio") no caen en lo señalado, pero otras sí. Así, el Parlamento europeo pretende que se diga "la gente de negocios, la clase empresarial" en lugar de "hombre de negocios" o "la gente de letras" como sustitutivo de "hombre de letras" o incluso "los derechos de la infancia" ante el tradicional "los derechos del niño".

Si quieren atacar por motivos políticos el lenguaje, una institución que debería mantenerse al margen de la acción del poder al ser configurada día a día a través del uso de los hablantes, podrían haber optado por propuestas que no implican colectivización. Así, para algunos de los casos anteriores podrían haber elegido, por ejemplo, "persona de negocios" o "persona de letras" e incluso haber caído en la cursilería común de "los derechos del niño y la niña". No es una cuestión baladí.

No es lo mismo los ciudadanos que el pueblo, o las personas que se sitúan dentro de un grupo social que la clase, ni tan siquiera los niños son lo mismo que la infancia. En todos estos casos, y hay muchos más, estamos ante un sujeto individual frente a supuesto sujeto colectivo. Si se apela a lo segundo, se corre el riesgo de crear inexistentes derechos y libertades colectivas que suponen siempre una conculcación de los derechos y libertades individuales. En España tenemos sobradas muestras de ello. Es, por ejemplo, en nombre de un supuesto derecho de "Cataluña" o el "pueblo catalán" por lo que se viola la lógica libertad de cada catalán a elegir en cuál de las dos lenguas quiere relacionarse con la Administración o incluso educar a sus hijos. Con lo referido a los menores de edad podría llegar a ocurrir lo mismo. Si es la "infancia" y no todos y cada uno de los niños quien tiene derechos, un infante podría verse privado de ellos en aras de proteger los que supuestamente existen para el conjunto de ellos como grupo.

Tal vez los miembros del Grupo de Alto Nivel sobre Igualdad de Género y Diversidad del Parlamento Europeo tan sólo pecan de una absoluta falta de conocimientos lingüísticos y un exceso de corrección política. Pero también pudiera ser que no y que sean conscientes, o al menos una parte de ellos, de las implicaciones reales de lo que proponen. Un motivo más para aplaudir al presidente checo, Vaclav Klaus, por su desconfianza hacia las instituciones de la Unión Europea y denunciar su tendencia al totalitarismo.

Tres mitos que caen con la crisis

Zapatero sigue al frente del Ejecutivo, maldita sea, primer dato decepcionante de esta remodelación, pero junto con la cuota de sectarismo, cubierta con las incorporaciones de un par de cejateros de distinta procedencia, lo más llamativo es la llegada al Gobierno de José Blanco y Manuel Chaves, éste último haciendo doblete tras su inolvidable paso por el felipismo.

Probablemente Blanco haya pedido personalmente a Zapatero la cartera de Fomento, dado que las comunicaciones con los bellos parajes de la costa gallega, en uno de los cuales se ha construido un casoplón ligeramente ilegal, necesitan un empujón para conectarlos con el centro de España, trayecto que el flamante ministro se va a ver obligado a realizar muchos lunes durante su mandato.

En cuanto a Chaves, salvo que se lleve consigo a Gaspar Zarrías, suceso que bien podría ocurrir en atención a los brillantes servicios prestados en Andalucía, su llegada al Ejecutivo parece más una huida estratégica Despeñaperros arriba, exigida por el interesado, que la libre decisión de un presidente del Gobierno que, según sus propias palabras, pretende dar un nuevo impulso a la política nacional. Si se trata de dar un buen empujón a las cifras del paro, la elección del expresidente andaluz es impecable, dada su acrisolada trayectoria en la materia cuando ejerció esas competencias nacionales. Pero en medio de una recesión económica brutal no parece una decisión propia de alguien en sus cabales, aunque sea para desempeñar una cartera como la de "Cooperación Territorial".

El drama de la España de Zapatero es que necesita un ministerio de cooperación territorial, porque los territorios no cooperan entre ellos voluntariamente –como sería lógico en un país normal– sino más bien todo lo contrario. El poner al frente de esa responsabilidad a un político fracasado en todos los cargos que ha desempeñado, demuestra lo que le importa verdaderamente al jefe del Ejecutivo la cohesión nacional.

Más que un Consejo de Ministros, el nuevo Gobierno parece una escuadrilla de demoliciones dispuesta a realizar un trabajo concienzudo. Siempre puede ocurrir un milagro, claro, pero como dijo el obispo de Málaga asomándose a la ventana cuando una representación de fieles le pidió permiso para sacar a la patrona en rogativa durante una sequía, "no parece que el tiempo esté de lluvia".

Que el Señor nos proteja

Los cambios efectuados son relevantes y apuntan la estrategia que, a partir de ahora, seguirá el PSOE de cara a un posible adelanto de las elecciones generales para 2010. Una vía nada descartable si se tiene en cuenta que los socialistas carecen del apoyo de los nacionalistas del PNV, tras el acuerdo de Gobierno alcanzado entre el PSE y el PP en el País Vasco.

Zapatero es consciente de que tendrá serias dificultades a la hora de aprobar nuevos proyectos y, sobre todo, los Presupuestos Generales del Estado para el próximo año. Y todo ello en un contexto en el que la dureza de la crisis ya no permite negar la evidencia, como sí sucedió en los meses previos a las elecciones de marzo de 2008. Ante esta perspectiva, el presidente ha optado por la huida hacia adelante.

Así, ha fichado a dos pesos pesados de la cúpula socialista: José Blanco, que ocupará la cartera de Fomento que tanto ansiaba para apuntarse el tanto de inaugurar la entrada del AVE en su tierra, Galicia; y Manuel Chaves, quien se encargará de negociar el sudoku de la financiación autonómica y la adopción de nuevas medidas anticrisis en colaboración con los gobiernos regionales.

Por otro lado, Zapatero prescinde, al fin, de los servicios de Solbes, a la vista de que ya había cumplido su cometido. A saber, repetir en el cargo como ministro de Economía para ofrecer así una imagen de cierta solidez y solvencia ante la crisis. Tras la victoria socialista, su deseada jubilación de oro era tan sólo cuestión de tiempo. De hecho, cabe recordar que fue Zapatero quien logró convencer a Solbes de que continuara al frente de la dirección económica uno o dos años más al término de la primera legislatura.

Salgado será su sustituta. Una elección que ha causado asombro y desconcierto entre las elites empresariales y financieras del país. Y es que muchos no entienden cómo es posible que Zapatero prescinda de perfiles técnicos y experimentados al frente de Economía, justo en el momento en el que España afronta la peor crisis del último medio siglo. La explicación, sin embargo, tiene una lectura simple y sencilla. El presidente ha configurado un Gobierno de marcado perfil político, el más sectario de los últimos años, con el firme propósito de asegurarse la victoria en las urnas en caso de elecciones anticipadas.

La orden es muy clara. Chaves, Blanco, Gabilondo, Sinde y la reubicación de Salgado –bajo la maquiavélica dirección de Rubalcaba (su protector)–, conforman un nuevo Gabinete idóneo para el desarrollo de un discurso mucho más reaccionario y de marcado perfil ideológico contra la tenue y acomplejada oposición del PP.

Sin duda, no seré yo quien defienda la gestión desempeñada por Solbes al frente de Economía. Su descaro a la hora de ocultar la cruda realidad a los españoles ha sido mayúsculo y no tiene perdón. Pese a todo, el ahora ex ministro ejerció, hasta cierto punto, la función de bombero en el seno del Ejecutivo.

Durante los últimos coletazos de la burbuja inmobiliaria –entre 2004 y 2006– su gestión se caracterizó por el continuismo heredado del Gobierno del PP. Pocas fueron entonces las medidas adoptadas, y su cometido se centró en mantener el siempre deseable equilibrio presupuestario. Sin embargo, tras el estallido de la crisis –finales de 2006–, comenzó el particular quebradero de cabeza para Solbes. En este sentido, cabe destacar su oposición a determinadas medidas lanzadas desde los círculos de Sebastián y Zapatero.

Pese a todo, la creciente presión política ejercida desde el seno del Ejecutivo, su falta de motivación al frente de Economía, su insidia a la hora de ocultar la realidad y, por supuesto, el creciente deterioro económico han terminado por quemar la única figura que ejercía algo de contrapeso, aunque muy limitado, a la nefasta y amplia sombra del presidente. Zapatero gozará ahora de manga ancha para ponerse manos a la obra. Bajo la dirección de Salgado y Chaves, el Ejecutivo se esforzará por combatir la crisis.

El problema es que, como todo buen liberal sabe, si no se aplican las recetas adecuadas más vale contar con un Gobierno pasivo, ineficaz e incapaz de tomar decisiones contundentes. De este modo, al menos, no agravará la situación. El nuevo Gobierno tiene un objetivo bien distinto. Todo apunta a que apostará abiertamente por mayor intervencionismo e ingente gasto público en materia económica.

Y en esto, por desgracia, Chaves es un experto. El ex presidente de la Junta de Andalucía goza de una larga experiencia en la perpetuación de depresiones económicas. La economía andaluza no merece otro calificativo. Si España fuera un país federal, Andalucía y Extremadura liderarían el ranking de paro y falta de competitividad de la UE-27. Y pese a ello, se ha mantenido en el poder. Mi temor es que Zapatero pretenda con estos cambios imitar la gestión andaluza. Es decir, comprar votos mediante la extensión del clientelismo político tirando de chequera pública. ¿Un PER a nivel nacional? Ahora sí, todo es posible.

Un cambio para perpetuar la depresión

Es, como no podía ser menos siendo producto del endogámico mundillo del cine español, una firme creyente de que la culpa de todo la tiene internet y no la nula preocupación de los cineastas patrios –es un decir– por los gustos del público.

Sus opiniones son diáfanas. Los del cine deben "seguir peleando para que las descargas ilegales no nos hagan desaparecer". En el asunto del canon hay mucha demagogia pero porque un "ministro de Industria empatice más con un importador de tecnología que con más de ocho mil autores", no porque quienes lo cobran, como ella, digan encima que "son sólo unos céntimos". Piensa que el cine español está en una épica lucha "como la del pequeño comercio con la gran superficie". Y considera también que las subvenciones al séptimo arte son una de las partidas más pequeñas del ministerio, por lo que cabe suponer que su solución para que el cine español despegue será aumentarlos en esta época de crisis.

En fin, la quintaesencia destilada del progresismo cinematográfico. Ellos son estupendos, los demás somos malos porque no vamos a ver películas y encima las descargamos. Como si "La suerte dormida" y "Una palabra tuya" fueran los vídeos más compartidos en la redes P2P, vamos.

Zapatero ha decidido, en la sustitución que seguramente menos comentarios genere de su anunciada crisis de gobierno, sustituir a un buen representante de los artistas en gastarse nuestro dinero por uno de ellos. ¿Para qué disimular? Parece claro que la función de González Sinde en el Gobierno será acelerar la presión sobre las operadoras para que lleguen a un acuerdo "voluntario" con las entidades de gestión, pacto sobre el que corren rumores desde hace meses, y que se desvelará tan dañino para los usuarios como acompañada se sienta la SGAE por el Gobierno y desamparadas Telefónica y compañía.

Hay que tener en cuenta que ese artistazo se parecerá mucho a los acuerdos extrajudiciales que hemos visto mil veces en las películas norteamericanas, en donde el lado que debe pagar ofrece una cifra cuya cuantía depende del riesgo que perciba de perder el juicio y tener que apoquinar mucho más. Con González Sinde en el Gobierno, está claro que se impondrá entre las operadoras la percepción de que en caso de llegar a un acuerdo se hará una ley mucho más dura. Al fin y al cabo, es alguien que se quejó porque Telefónica ofreciera conexiones de 20 megas y ha considerado siempre que las compañías de telecomunicaciones se están lucrando a costa de los creadores de contenidos tan interesantes como los suyos. Así pues, Zapatero ha dejado claro que quiere acabar con el P2P esta legislatura con modos aún menos democráticos y transparentes que Sarkozy, que aprobó su ley con la presencia de sólo 16 diputados de una cámara compuesta por 577. El de la "vocación por la transparencia" prefiere no tener que pasar ninguna votación.

Ángeles González Sinde… se decía que muchos discos de rock tenían un mensaje satánico oculto que se desvelaba al escucharlos al revés. Las iniciales de la nueva ministra al revés son SGA… ¡casi!

Otra enemiga de internet en el Gobierno

Sea como fuere, lo cierto es que la crisis ha servido para derribar tres importantes mitos.

1. Las quiebras bancarias son imposibles cuando no hay patrón oro

Una de las razones más importantes por las que se abandonó el patrón oro clásico era que éste ataba las manos a los banqueros centrales y les impedía evitar quiebras generalizadas como la que tuvo lugar durante la Gran Depresión. Se pensaba que, con el dinero fiduciario, los bancos centrales siempre podrían demorar las quiebras mediante expansiones del crédito que, por su magnitud, eran inviables con el patrón oro.

Pues bien, pese a las supuestas propiedades salvíficas de las expansiones monetarias antiquiebra, lo cierto es que el sistema bancario mundial ha entrado en bancarrota. Si no hemos asistido a un concurso de acreedores a gran escala ha sido porque los Estados han recapitalizado los bancos (algo que, dicho sea de paso, también pueden hacer en un sistema de patrón oro).

Quienes pensaban que un sistema bancario insolvente puede mantenerse a flote con la actuación coordinada de los bancos centrales confundían los procesos de quiebra con los de suspensión de pagos. Cuando el valor del activo cae por debajo del del pasivo, poco importa que éste tenga líneas de crédito abundantes, como las que proporciona un banco central: la entidad en cuestión está muerta.

Habrá que buscar una excusa mejor contra el oro.

2. La crisis es fruto de la desregulación

Hoy –y en 1929– se piensa que las burbujas que han terminado estallando son consecuencia directa o indirecta de la falta de regulación del sistema financiero. Hoy –y en 1929– se propone como solución la regulación masiva.

La idea es simple: si se deja a los individuos actuar libremente, asumirán riesgos extraordinarios que terminaremos pagando todos; por consiguiente, echémonos en los brazos de la regulación y establezcamos una supervisión que impida la adopción extraordinaria de riesgos.

Problema: si la crisis del 29 dio pie a la regulación, ¿qué sentido tiene aducir que esta nueva crisis se debe a la desregulación? Básicamente, los encargados de supervisar el sistema financiero –por ejemplo, el actual secretario del Tesoro de EEUU– quieren quitarse de encima cualquier responsabilidad por negligencia, y por eso dicen que la crisis se ha gestado en ciertas áreas de la economía que escaparon a la regulación post Gran Depresión. Por tanto, basta con extender la regulación a las nuevas realidades y problema resuelto.

Problema (bis): en España hemos tenido una burbuja inmobiliaria (alimentada por el crédito bancario) mayor que la de Estados Unidos, y sin embargo nuestro sistema bancario sí está regulado y supervisado casi como se sostiene que debe estarlo el internacional. Así que no, la desregulación sólo es un problema en la medida en que permite explotar con impunidad las estrategias financieras que han dado lugar a la crisis; claro que esas estrategias seguirían siendo explotables con la montaña de regulaciones que ahora se está proponiendo.

3. Todo está justificado para luchar contra la deflación

Casi todos los jerarcas consideran que el gran problema al que se enfrenta Occidente es la deflación, esto es, una fuerte contracción del crédito y de la mayoría de los precios (especialmente, de los de los activos). Por este motivo sostienen que debe hacerse cualquier cosa para evitarla, incluso utilizar herramientas que en tiempos normales resultarían del todo aberrantes.

El carácter grotesco de esta idea puede ilustrarse, por ejemplo, en la propuesta de Milton Friedman de que la Reserva Federal le diera a la máquina de imprimir billetes para arrojarlos desde helicópteros y lograr así que los precios dejaran de caer…

La experiencia islandesa y de las economías de Europa del Este nos demuestra que la deflación sólo es el mayor problema mientras no peligre el crédito del Estado. En estos países, la quiebra de facto del Estado ha hundido el valor de la divisa local (en algunos casos hasta un 40%) hasta tal punto que algunos de ellos han dejado de importar bienes. Obviamente, su problema dejó de ser la deflación y pasó a serlo una hiperinflación incipiente, como refleja la evolución de los precios en Islandia. Que ése no sea también el caso de Estados Unidos o Europa sólo se debe a que los políticos americanos y europeos no han sido aún lo suficientemente ambiciosos (léase suicidas). Pero déles tiempo…

En definitiva, ciertos economistas siguen sin entender que el origen de la crisis se encuentra en una estrategia financiera inestable (endeudarse a corto para invertir a largo) que ha sido alentada por los bancos centrales y los privilegios concursales que el Estado ha concedido a los bancos. No es, pues, culpa del patrón oro, ni de la desregulación, ni de la pasividad de los Gobiernos ante la deflación.

La solución a las crisis debe pasar no por incurrir en barbaridades ya cometidas en tiempos pasados, sino por poner fin a los privilegios del sistema bancario y por rebajar enérgicamente el peso del Estado. Pero, claro, a muchos les sale más a cuenta construir mitos interesados que renunciar a sus rentas.

La insolvencia no se soluciona con liquidez y nacionalizaciones

Los principales gobiernos del mundo, encabezados por EEUU, son conscientes de la magnitud de la crisis económica que sufrimos (la peor desde la Gran Depresión, según Roubini y otros analistas destacados) y buscan desesperadamente remedios con el objetivo de aplacarla. Para hacer frente a la escasez de concesión de créditos a las familias y empresas, han tomado básicamente dos medidas: seguir inyectando liquidez y nacionalizar bancos (parcial o totalmente). Pero la aplicación de estas “soluciones” no ha aliviado la crisis en absoluto.

La primera de las medidas que implementaron fue la reducción de los tipos de interés para que se produjesen nuevas expansiones crediticias en la economía y los activos de los bancos volviesen a subir de precio. Esta es, por ejemplo, la política monetaria que ha llevado a cabo la Reserva Federal, mediante inyecciones masivas de liquidez y bajando los tipos de interés casi al 0%. Sin embargo, el problema que se les presenta a los bancos no es de liquidez, sino de insolvencia. Es decir, no es que no puedan conseguir financiación para mejorar su flujo de caja, sino que el valor de sus deudas está muy por encima al valor de sus activos. En su momento, las entidades de crédito se aprovecharon de los bajos tipos de interés para adquirir deuda a corto plazo para invertir a largo (hipotecas). Ahora los bancos son insolventes porque no pueden hacer frente a sus deudas, y eso no se soluciona con liquidez, sino liquidando malas inversiones. Bajar los tipos de interés no es la solución a un problema de insolvencia, ya que un banco quebrado no va a prestar el dinero que reciba, sino intentar saldar su deuda.

Al ver que la reducción de tipos no ha sido un buen instrumento para reactivar el consumo y el crédito, la siguiente medida que están tomando los gobiernos es nacionalizar los bancos (parcial o totalmente) al ver que hay bancos en riesgo de quiebra (cientos de pequeños bancos en EEUU). Es decir, adquirir activos inflados a los bancos para que se recapitalicen y concedan prestamos. Sin embargo, esto significa no entender el motivo por el cual se ha producido esta crisis coyuntural. En efecto, los bancos centrales, al reducir los tipos de interés de forma artificial y arbitraria, fomentaron que los bancos fuesen más flexibles y proclives a conceder créditos ya que se encontraban respaldados por ellos. Esta reducción de tipos hizo que apareciesen rentables negocios que en realidad no lo eran. Se indujo a actuar como si el ahorro de la sociedad se hubiese incrementado, cuando la realidad se trata de dinero inflacionario que han creado artificialmente gobiernos y bancos. Ahora que se han puesto de manifiesto los errores cometidos, es necesario un reajuste en la estructura productiva. Hay que liquidar los proyectos de inversión no rentables emprendidos y trasladar mano de obra y recursos productivos hacia sectores que los consumidores demanden más. Y eso sólo se efectúa mediante el ahorro voluntario de la sociedad, ya que únicamente a partir del ahorro puede surgir el crédito. Cuando los estados evitan que se liquiden las malas inversiones y aprueban planes de rescate como el del presidente Obama (838.000 millones de dólares), están consumiendo este ahorro voluntario de los ciudadanos, por lo que están agravando y alargando la crisis. En el caso de EEUU, esto puede acabar con el colapso del dólar y todo el sistema monetario. Como señaló el profesor Fekete, los activos tóxicos deberían ser liquidados inmediatamente y su titulización cancelada.

Por consiguiente, los gobiernos no deben incrementar artificialmente el crédito ni adquirir los activos tóxicos de los bancos técnicamente quebrados, sino llevar a cabo políticas que favorezcan el ahorro de los ciudadanos para financiar la recuperación económica. Y esto no se consigue mediante planes de estímulo, sino dejando que los bancos insolventes quiebren, reduciendo notablemente el gasto público, dejando de emitir deuda pública, disminuyendo los impuestos, y permitiendo que los precios de los activos inflados se ajusten.

Sorpresa, sorpresa

La cuestión es que la foto se ha producido y su sonrisa está plenamente justificada. Por eso, y por otras razones, sorprende la noticia que este domingo traían El País y El Mundo: llega la remodelación del Gobierno.

Sorprende porque estaba anunciada y todos los medios jugaban con una pronta crisis de Gobierno. El uso político marca que pille a la opinión publicada a contrapié, para acaparar todo el interés informativo y dar la sensación de que se retoman las riendas del Gobierno y de la dirección política del país. Y no sólo hace buenas (y malas) las quinielas, sino que, de confirmarse, la noticia se produciría en plena Semana Santa, con media España de vacaciones. Además, en dos meses hay elecciones europeas, y si como parece le salen mal al PSOE, el impulso político que pueda exprimirle al cambio de carteras quedará agotado. Y todo esto, cuando no se ha cumplido un año de Gobierno.

La impresión que daría Zapatero es que actúa forzado por las circunstancias, no que él lidera el momento político en España. Y que no puede contar con ningún fichaje "estrella"; no hay nadie de renombre que quiera prestarse a hacer pandi con Zapatero y demás. Incluso tiene que tirar de los camisas viejas, como Manuel Chaves. Este es un equipo de Cháveses y Aídos, una versión cutre de los Zidanes y Pavones que quería Florentino para el Madrid. La impresión que dará un movimiento como éste es la de un Gobierno en retirada y a la deriva.

La deriva es la de la crisis económica, con la que va a tener que lidiar, de aquí a las elecciones, Elena Salgado. Otra sorpresa. No porque no sea una mujer capaz, o por todo lo contrario, sino porque le falta el impulso político de otros para venderle al personal que el Gobierno está luchando eficazmente contra la crisis. Cierto es que necesitaría a todo un Felipe González para hacer tragar semejante sapo.

Zapatero no aguanta así tres años más. La crisis será larga, bien lo sabe el Gobierno aunque diga lo contrario, y cuando el número de parados, el de éstos que ya no cobran la prestación, el de familias ahogadas por la hipoteca, el de pequeñas empresas reducidas a la nada no deje de crecer, le resultará crecientemente difícil ganarse el apoyo de antes. En cuanto se produzca el primer dato económico medianamente positivo, convocará elecciones.

Aislacionismo

Thomas Jefferson pedía en su primer discurso inaugural “paz, comercio y amistad honesta con todas las naciones; alianzas comprometedoras con ninguna”. John Quincy Adams, dos décadas más tarde, decía que “América no sale fuera buscando monstruos que destruir. Es la que desea libertad e independencia para todos. Es la campeona y luchadora sólo de las suyas”. Son estas dos declaraciones profundas de la política exterior de los Estados Unidos, tal como quedó marcada por George Washington en su discurso de despedida presidencial, y como continuó hasta finales del XIX. Es lo que se ha llamado, despectivamente, “aislacionismo”.

Es un nombre absurdo para un planteamiento que pide “paz, comercio y amistad honesta con todas las naciones”. ¿En qué se parece eso a un “aislacionismo”? Pero esa alusión al aislamiento no se refiere a los lazos de sus ciudadanos y empresas con el resto del mundo… sino a la inacción del Estado en el exterior que, digámoslo todo, jamás fue completa. Quizás, se dice, esa forma de actuar fuera la adecuada en otro tiempo. Pero bien instalado el XX, ¿podría Estados Unidos, el país más rico de la tierra, limitarse a defender su forma de ser, guardar para sí las esencias sin intentar llevarlas al exterior? ¿Cómo contenerse ante el avance imparable del nacional socialismo en Europa? ¿Cómo no rebasar las propias fronteras ante el imperialismo comunista?

Por un lado, las intervenciones en el exterior, como la guerra contra España, no han estado todas motivadas por ideales, sino por intereses espurios, bien de ciertos sectores empresariales, bien del propio Ejecutivo, que con la guerra logra unir al país en torno a sí y engrandecer su poder sin apenas resistencia. Por otro, la única justificación de entrar en guerra con otro país es la propia defensa, no la extensión de la democracia, la libertad y demás palabras gastadas. Especialmente cuando en su nombre se degradan esa democracia y esa libertad en el propio país. Estados Unidos deja de ser una ciudad en una colina, ejemplo para millones de ciudadanos que desean para sí un sistema político parecido.

Hay algo paradójico en la idea de que otorgar un poder creciente al Estado más poderoso del mundo es la estrategia ideal para fomentar la libertad, y por tanto la limitación del poder, en el mundo. Y a medida que Estados Unidos ha ido descendiendo por ese camino, ha ido bajando la ladera de la colina, queda cada vez menos claro qué es eso de la “sociedad libre” que tenemos que defender.